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¿Cómo había podido, una vez más, ceder ante la insistencia de Félix? Mediante no sé qué tipo de milagro, siempre conseguía pillarme: encontraba un argumento o un aliciente para convencerme de acudir. Todas las veces me dejaba liar, me decía a mí misma que, quizás, podría encontrar un no sé qué que me hiciera flaquear. Y eso que conocía a Félix como si lo hubiese parido, y nuestros gustos eran diametralmente opuestos. Por tanto, cuando pensaba y decidía por mí, metía irremediablemente la pata. Con todo el tiempo que llevábamos siendo amigos debería haberlo sabido. Y así fue como, una vez más, pasaba una noche de sábado acompañada por un imbécil integral.

 

 

La semana anterior había tenido que soportar al rey de lo ecológico y la vida sana. Cualquiera diría que Félix tiene problemas de memoria con respecto a los vicios de su mejor amiga. Me pasé la velada recibiendo lecciones sobre mi consumo de tabaco, de alcohol y de comida basura. Ese perroflauta en chanclas había declarado con total naturalidad que mi estilo de vida era desastroso, que acabaría estéril y que en realidad estaba flirteando inconscientemente con la muerte. Supongo que Félix había olvidado entregarle la ficha completa de su pretendienta. Le respondí, con una gran sonrisa, que, en efecto, el tema de la muerte y las ganas de suicidarme me tocaban muy de cerca, y me marché.

 

 

El cretino de turno tenía un estilo diferente esta vez: era más bien guapo, con bastante saque y sin ganas de dar lecciones. Su defecto, no precisamente pequeño, era que parecía convencido de que me iba a llevar a la cama a base de contarme sus logros en compañía de su amante, llamada GoPro: «Este verano descendí por un glaciar con mi GoPro... Este invierno hice esquí de baches con mi GoPro... Sabes qué, el otro día bajé al metro con mi GoPro», etcétera. Llevaba más de una hora así, incapaz de pronunciar una frase sin hablar de ella. Había llegado al punto de preguntarme si se la llevaría al baño.

—¿Adónde dices que voy con mi GoPro? Creo que no lo he entendido bien —se interrumpió.

Ay..., lo había pensado en voz alta. Estaba harta de ser la mala, incapaz de interesarme por lo que contaba y preguntándome qué hacía allí. Sin embargo, decidí arrancar el esparadrapo de un tirón.

—Mira, de verdad que eres un tío simpático, pero la historia de amor con tu cámara en la frente es demasiado hermosa para que yo me inmiscuya entre vosotros. Paso del postre. Y para el café tengo de todo en casa.

—¿Cuál es el problema?

Me levanté y me imitó. A modo de despedida le hice un gesto con la mano y me dirigí a la caja: no me había vuelto tan cruel como para dejarle pagar la factura de ese fiasco. Le lancé una última mirada y contuve una carcajada. Era yo la que debería haber llevado una GoPro para conservar un recuerdo de su cara. Pobre chico...

 

 

Al día siguiente me despertó el teléfono. ¿Quién osaba interrumpir mi sacrosanto zanganeo del domingo por la mañana? La respuesta era obvia.

—Dime, Félix —gruñí al aparato.

—And the winner is?

—Cállate.

Su risita ahogada me irritó.

—Te espero donde siempre dentro de una hora —articuló torpemente antes de colgar.

Me estiré como un gato sobre la cama y miré el despertador: las 12.45. Podría haber sido peor. No tenía problema ninguno en levantarme durante la semana para abrir «La Gente feliz lee y toma café», mi café literario, mientras conservara mi oasis dominical de sueño para recuperarme, para vaciar mi mente. Dormir seguía siendo mi refugio; primero de las grandes penas, luego de los pequeños problemas. Ya en pie, comprobé con alegría que sería un día maravilloso; la primavera parisina no faltaba a su cita.

Cuando estuve lista para salir, me aguanté las ganas de coger las llaves de La Gente. Era domingo, y me había prometido no volver por allí el «día del Señor». Me tomé todo el tiempo del mundo para acercarme a la Rue des Archives. Deambulé un rato, remoloneé mirando escaparates mientras fumaba el primer cigarrillo del día, me crucé con algún habitual de La Gente al que saludé con un gesto. Félix rompió aquel apacible encanto cuando llegué a nuestra terraza dominical.

—¿Qué andabas haciendo? ¡Han estado a punto de echarme de nuestra mesa!

—Buenos días, mi adorado Félix —le respondí plantándole un sonoro beso en la mejilla.

Frunció el ceño.

—Estás demasiado amable, me ocultas algo.

—¡En absoluto! Háblame de tu noche. ¿A qué hora has terminado?

—Cuando te he llamado por teléfono. Tengo hambre, ¡vamos a pedir!

Dejé que hiciese una seña al camarero para reclamar nuestro brunch. Era su nueva manía. Para compensar, había decidido que, tras sus locas veladas de los sábados, el brunch le mantendría más en forma que un trozo de pizza pasado y recalentado. Desde entonces, me quería plantada ante él para que pudiese admirar cómo devoraba sus huevos revueltos, su baguette, sus salchichas, y cómo se bebía el litro de zumo de naranja destinado a aplacar su sed post-after.

 

 

Yo, como de costumbre, me limitaba a picotear sus restos. Me quitaba el apetito. Fumábamos con las gafas de sol en las narices, tirados sobre las sillas.

—¿Irás a verlos mañana?

—Como siempre —le respondí sonriendo.

—Dales un beso de mi parte.

—Prometido. ¿Tú ya no vas nunca?

—No, ya no lo creo necesario.

—Y pensar que antes no quería ni acercarme...

Se había convertido en mi ritual de los lunes. La Gente cerraba y yo iba a visitar a Colin y a Clara. Lloviese, nevase o granizase, tenía una cita con ellos. Me gustaba contarles cómo había pasado la semana, las anécdotas de La Gente... Desde que había vuelto a salir, le detallaba mis desastrosas citas a Colin, me parecía que se reía y yo me reía con él, como si tramásemos algo. A Clara me resultaba más difícil hablarle en confianza. El recuerdo de mi hija me hacía siempre caer en un abismo de dolor. Me llevaba sin darme cuenta la mano al cuello, y fue durante una de esas conversaciones íntimas con Colin cuando quité de mi cadena la alianza que llevaba a modo de colgante. Para siempre.

 

 

Mi cuello estaba desnudo desde hacía unos meses. Le había explicado a Colin que, después de darle vueltas, estaba dispuesta a aceptar las posibles citas que me sugería Félix.

—Mi amor..., estás ahí..., siempre estarás ahí..., pero te has ido..., estás lejos y nunca volverás, lo he aceptado..., tengo ganas de intentarlo, sabes...

Suspiré, intenté contener las lágrimas, y jugué con mi alianza entre los dedos.

—Empieza a pesar demasiado... Sé que no me lo echarás en cara..., creo que estoy lista..., me la voy a quitar..., siento que estoy curada de ti..., te querré siempre, eso no cambiará nunca, pero ahora es diferente..., sé vivir sin ti...

Besé la tumba y desabroché la cadena. Mis ojos se desbordaron. Apreté con todas mis fuerzas la alianza dentro de mi puño y me levanté.

—Hasta la semana que viene, queridos míos. Mi Clara..., mamá..., mamá te quiere.

Me marché sin mirar atrás.

 

 

Félix interrumpió mis pensamientos con una palmadita en el muslo.

—Vamos a dar un paseo, hace bueno.

—¡Vale!

Avanzamos a grandes zancadas por los muelles. Como cada domingo, Félix insistió en atravesar el Sena y desviarse hasta Notre-Dame para encender una vela. «Debo expiar mis pecados», se justificaba. No me engañaba: su ofrenda iba dedicada a Clara y Colin, como modo de conservar un lazo con ellos. Mientras él rezaba, yo esperaba en el exterior de la catedral, observando cómo las palomas atacaban a los turistas. Me dio tiempo a apurar un pitillo antes de asistir a un remake de la muerte de la madre de Amélie Poulain, interpretado por un Félix digno de Óscar. ¡Sobre todo por el grito! Después, ese maravilloso actor me cogió por los hombros, saludó a un público en un éxtasis imaginario y me obligó a tomar el camino de vuelta a nuestro querido Marais y a nuestro bar de sushi de las tardes de domingo.

 

 

Félix bebía sake. «Hay que combatir el mal con el mal», me decía. Yo me conformaba con una Tsingtao. Entre dos makis pasó al ataque y me reclamó su informe.

—Y bien, ¿qué le reprochas al de ayer?

—¡La cámara en la frente!

—¡Guau! ¡Qué excitante!

Le di un buen azote.

—¿Cuándo comprenderás que no vemos el sexo de la misma manera?

—Eres de un aburrido... —se lamentó.

—¿Nos vamos? La película de TF1 no espera.

 

 

Félix me acompañó hasta la puerta del edificio de La Gente, como siempre. Y me estrujó entre sus brazos, como siempre.

—Tengo que pedirte una cosa —le dije mientras todavía me tenía abrazada.

—¿Qué?

—Por favor, deja de jugar a ser Meetic, estoy harta de veladas fracasadas. ¡Es muy deprimente!

Me soltó.

—No, no voy a parar. Quiero que encuentres a un tío guay, majo, con el que seas feliz.

—¡Pero no me presentas más que a fantoches, Félix! Me las arreglaré sola.

Clavó sus ojos en los míos.

—¿Sigues pensando en tu irlandés?

—¡Déjate de tonterías! Hace un año que regresé de Irlanda. ¿Te he vuelto a hablar de Edward? ¡No! No tiene nada que ver. Es agua pasada. ¡No es culpa mía que solo me presentes a payasos!

—¡Vale, vale! Te dejaré en paz durante un tiempo, pero ábrete un poco a conocer gente. Sabes tan bien como yo que Colin querría que hubiera alguien en tu vida.

—Lo sé. Y esa es mi intención... Buenas noches, Félix. ¡Hasta mañana! ¡Es el gran día!

—Yes!

Le solté el mismo besote que horas antes y entré en mi edificio. A pesar de la insistencia de Félix, no quería mudarme. Me gustaba vivir encima de La Gente, en mi pequeño apartamento. Me mantenía en el corazón de la actividad y me venía bien. Y, sobre todo, allí era donde me había reconstruido yo sola, sin ayuda de nadie. Cogí la escalera en vez del ascensor y subí hasta el quinto. Al llegar a casa, me apoyé en la puerta de entrada y suspiré de satisfacción. A pesar de nuestra última conversación, había pasado una jornada maravillosa junto a Félix.

Al contrario de lo que él creía, nunca veía la película de TF1. Ponía música —esa noche Ásgeir, King and Cross— y comenzaba lo que había bautizado como mi velada spa. Estaba decidida a cuidarme, y ¿qué mejor momento que el domingo por la noche para concederse el tiempo de ponerse una mascarilla, hacerse una exfoliación y todas esas cosas de chicas?

 

 

Una hora y media más tarde, salía por fin del cuarto de baño, olía bien y mi piel estaba suave. Me serví el último café del día y me tumbé en el sofá. Encendí un cigarrillo y dejé que mi mente divagara. Félix nunca había llegado a saber lo que me había hecho guardar a Edward en el fondo de mi memoria y no volver a pensar en él.

 

 

Al regresar de Irlanda no había mantenido el contacto con nadie: ni con Abby y Jack, ni con Judith, ni mucho menos con Edward. Evidentemente era al que más había echado de menos. Su recuerdo volvía por oleadas, a veces de felicidad, otras de dolor. Pero cuanto más tiempo pasaba, más segura estaba de que no volvería a tener noticias de ellos, y sobre todo de él. Hacía meses que todo aquello había dejado de tener sentido; había pasado más de un año... Sin embargo...

 

 

Unos seis meses antes, un domingo de invierno en el que llovía a mares, me quedé en casa y me dediqué a limpiar los armarios. Encontré la caja donde había metido las fotos que él había hecho de nosotros en las islas Aran. La abrí y me quedé de piedra al ver de nuevo su rostro. Como en un ataque de locura, me apresuré a coger el teléfono, encontré su número en mis contactos y pulsé la tecla de llamada. Quería..., no, debía saber qué había sido de él. Con cada tono estaba a punto de colgar, dividida entre el temor a oírle y un profundo deseo de reconciliarme con él. Y entonces saltó el contestador: solo su nombre de pila, pronunciado con su voz ronca, y un bip. Tartamudeé: «Eh..., Edward... Soy yo..., soy Diane. Quería..., quería saber..., eh..., qué tal te iba... Llámame... por favor». Colgué e inmediatamente pensé que había hecho una tontería. Me puse a dar vueltas por la habitación comiéndome las uñas. La obsesión por tener noticias suyas, por enterarme de si me había olvidado o no, me mantuvo pegada al teléfono hasta el final del día. Incluso lo volví a intentar a las diez de la noche. No descolgó. Cuando desperté a la mañana siguiente, me insulté de todas las formas posibles y me di cuenta de que había hecho el ridículo. Mi ataque de locura me dejó claro que Edward se había acabado, que solo había sido un paréntesis en mi vida. Me había enseñado el camino para liberarme de mi lealtad hacia Colin. Ahora también me sentía libre de él. Estaba lista para abrirme a los demás.

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2

 

 

 

Esa mañana de lunes, al abrir los ojos, saboreé la importancia del día. Por la noche, cuando me fuera a la cama, sería la única propietaria de «La Gente feliz lee y toma café».

 

 

Tras volver de Irlanda, me hicieron falta varias semanas antes de decidirme a dar señales de vida a mis padres. No tenía ningunas ganas de discutir con ellos ni de aguantar sus comentarios sobre cómo estaba mi vida. Cuando finalmente los llamé, me invitaron a cenar en su casa y acepté. Al llegar al piso familiar me sentí incómoda, como siempre que entraba. No conseguíamos comunicarnos con normalidad. Mi padre permanecía en silencio y mi madre y yo nos limitábamos a una charla banal, sin encontrar un tema de conversación. Al sentarnos a la mesa, mi padre se decidió por fin a dirigirme la palabra:

—¿Cómo va el negocio? —se burló. Su tono y su mirada huidiza me pusieron a la defensiva.

—Voy enderezando el rumbo poco a poco. Espero que las cuentas cuadren de aquí a dos meses. Tengo algunas ideas nuevas para poner en marcha.

—No digas estupideces. No sabes nada de nada. Te lo llevamos diciendo desde que murió Colin, era él quien lo hacía funcionar, además de su trabajo en el gabinete.

—¡Estoy aprendiendo, papá! ¡Quiero conseguirlo, y lo conseguiré!

—Eres incapaz de hacer nada, ha llegado el momento de que me haga cargo.

—¿Puedo saber cómo?

—Como dudo mucho que encuentres a un hombre capaz de hacerlo todo por ti, voy a contratar a un gerente, serio y eficaz. Si quieres seguir jugando a las camareras, no te lo impediré. Te mantendrá entretenida.

—Papá, creo que no entiendo...

—Pues a mí me parece que lo entiendes perfectamente, ¡se acabaron las niñerías!

—¡No tienes derecho!

Me levanté bruscamente, derribando la silla.

—¡La Gente es mi casa!

—¡No, es la nuestra!

Me moría de rabia por dentro, pero en el fondo sabía que mi padre tenía razón. Ellos eran los verdaderos propietarios de La Gente: habían sacado la chequera para mantenerme ocupada, animados y apoyados por Colin.

—Puedes montar una escena si te divierte —prosiguió—. Te doy tres meses.

Me marché dando un portazo. En ese instante comprendí que había cambiado, que me había endurecido. Antes me hubiese venido abajo, habría caído en una nueva depresión. Esta vez me sentía decidida, tenía un plan. Lo que ellos no sabían entonces es que ya lo había puesto en marcha.

 

 

Había enderezado el rumbo empezando por instalar wifi gratis en el café. Gracias a ello, había atraído a una clientela estudiantil; algunos se pasaban tardes enteras trabajando en la sala del fondo. Mantuve bajos los precios del café y de las cervezas, lo que me aseguraba su fidelidad. La mayoría había terminado acostumbrándose a comprarme los libros, sabiendo que estaba dispuesta a hacer todo lo posible para encontrar la biografía que salvaría su presentación. La regularidad con los horarios de La Gente había funcionado; abría todos los días con puntualidad, contrariamente a la época en la que Félix estaba solo al mando. Eso me había permitido crear una atmósfera relajante. Nadie se encontraba la puerta cerrada.

Las tres horas punta de la jornada eran simples: por la mañana, para el café antes de empezar a trabajar; a mediodía, durante la pausa de la comida —con algunos bibliófilos que se olvidaban de comer para encontrar una nueva novela— y por la tarde, para el aperitivo a la salida de la oficina; en este último caso se trataba de copitas en la barra y, de vez en cuando, ventas de libros de bolsillo para veladas en solitario. Puntualmente daba carta blanca a Félix, que organizaba una noche temática. Nadie mejor que él como animador. Encontraba siempre un conferenciante disparatado, terriblemente culto, que debatía sobre el tema propuesto —siempre controvertido— y el alcohol corría a mares. Tanto que los participantes se marchaban siempre con varios libros bajo el brazo, sin haberse enterado realmente de lo que se había hablado. Y Félix obtenía de propina promesas de noches tórridas. Yo nunca asistía a esas veladas, eran cosa suya, su momento, en el que le dejaba divertirse y en el que miraba a otro lado cuando aparecía su clientela underground.

Había tratado de convertir La Gente en un lugar amable, cálido, abierto a todos, en el que las diversas literaturas tuvieran su espacio. Quería aconsejar a los lectores y darles la oportunidad de entretenerse, de leer las historias que quisiesen sin sentir vergüenza. No importaba si les apetecía un premio literario o un éxito popular, solo contaba una cosa: que los clientes leyesen, que no tuvieran la impresión de ser juzgados por su elección. La lectura siempre había sido un placer para mí, quería que las personas que frecuentaban mi café lo sintiesen, lo descubriesen y que los más reacios se lanzaran a la aventura. En mis estantes se mezclaban toda clase de géneros: policiaco, literatura general, novela sentimental, poesía, young adult, testimonios, best sellers y títulos más inusuales. Era como un gran bazar en el que Félix, los clientes habituales y yo nos reuníamos. Me gustaba el juego de la caza del tesoro para encontrar el libro. Los nuevos clientes iban aprendiendo las reglas poco a poco gracias al comportamiento de los demás.

 

 

Ahora La Gente era mi equilibrio. Me había permitido sacar la cabeza del agua, reconstruir mi vida en París, darme cuenta de hasta qué punto el trabajo me ayudaba, probarme a mí misma —ya que no podía demostrárselo a mis padres— que era capaz de hacer algo útil. Gracias a La Gente, había vuelto a ser una persona dotada para las relaciones sociales, una mujer trabajadora e independiente. Había tenido que perder lo que más quería para darme cuenta de todo lo que me unía a este lugar, a sus cuatro paredes. No me había tomado un día libre en un año, era incapaz de abandonarlo y nunca volvería a dejar que Félix se ocupase solo de él.

 

 

El único fiasco en los planes que había puesto en marcha para nuestro negocio no había sido por falta de clientela: la culpable era yo. Se me había ocurrido ofrecer talleres de lectura para niños, los miércoles por la tarde. Félix me había animado, sabía que me encantaba la literatura infantil. Habíamos hecho publicidad, distribuido folletos en los colegios del barrio, los centros de ocio, etcétera. Había renovado mi stock de siropes y sobre todo de libros para niños. Llegó el gran día. Cuando entraron tímidamente las primeras mamás acompañadas de su progenitura, la campanilla de la puerta me sobresaltó por primera vez desde hacía semanas y me refugié detrás de la barra. Me limité a invitarlas a pasar a la salita del fondo. Pedí a Félix que las acomodase mientras salía a fumar. Al ver que no regresaba, vino a decirme que solo faltaba yo: debía interpretar mi papel de animadora del taller. Me uní al pequeño grupo titubeando y, cuando empecé a leer Perro azul, no reconocí mi voz.

Comprendí que había cometido un grave error cuando un niño de tres años se me acercó. Mi mirada se posó sobre él, me eché hacia atrás instintivamente y empecé a temblar. En ese instante hubiese querido que fuese Clara la que se acercase a mí y se sentase sobre mis rodillas para ver el libro desde más cerca. Habría enterrado mi nariz en su melena. Dejé caer el libro y pedí socorro a Félix. No tardó en llegar, estaba vigilándome. Me sustituyó haciendo el payaso y subí a refugiarme en casa. Pasé el resto del día y toda la noche bajo el edredón, gritando a la almohada, llorando, llamando a Clara.

Al día siguiente se devolvieron los libros a los editores. Aquella crisis me hizo ser consciente de una cosa: nunca me curaría de la pérdida de mi hija. Podría recuperarme por la de Colin, pero no de la suya. Comprendí que, ni de lejos ni de cerca, ningún niño entraría en mi vida ni en La Gente.

A pesar de este incidente, tenía clara la decisión. Pedí cita en el banco para revisar la póliza del seguro de vida de Colin. Había previsto todo para que no me faltase nada. Me negaba a dilapidar ese dinero, a él le hubiese hecho feliz que lo utilizara para algo importante. Necesitaba un proyecto a la altura de mi marido, y por fin lo había encontrado: compraría La Gente a mis padres.

 

 

El gran día había llegado: la culminación de esos meses de batallas con mis padres. El acontecimiento de la jornada no impidió mi visita a Colin y Clara. Caminé con la cabeza alta y sonriente por los senderos del cementerio. Después de haber depositado un ramo de rosas blancas, me contorsioné para arrodillarme sin parecer ridícula; llevaba un vestido negro —quizás demasiado sobrio— y tacones altos, después de una eternidad sin hacerlo. Mis padres debían de haberme descrito al notario como una depresiva irresponsable, y quería demostrarles lo contrario.

—Amor mío, ¡hoy es el gran día! Esta noche La Gente será nuestra casa. Espero que estés orgulloso de mí, esto lo hago por vosotros dos. Y como no quiero hacer las cosas a medias, después de la firma ¡lo festejaré con Félix! Cuando se lo dije, pensé que me iba a echar a llorar de alegría. La vida retoma su curso..., qué raro... No puedo entretenerme, ¡me esperan los autógrafos! Os quiero, mis dos amores. Clara..., mamá está aquí...

Besé la tumba y salí del cementerio.

 

 

La lectura del acta en el despacho del notario tuvo lugar en calma y con nosotros en silencio. Había llegado el gran momento: la firma. Tuve que intentarlo dos veces por lo mucho que temblaba. Me vencía la emoción, lo había conseguido, no pensaba más que en Colin y en lo que me había convertido. Derramé alguna lágrima al volver a sentarme. Me crucé con la mirada vacía de mi madre. Después, el notario me entregó una hoja que atestiguaba mi título de propiedad. Título de propiedad en el que estaba escrito, negro sobre blanco, que era viuda sin hijos. Nos invitó cortésmente a salir a la calle. Una vez fuera, me volví hacia mis padres, buscando algo, sin saber qué en realidad.

—No pensamos que llegarías hasta el final. No lo estropees todo, por una vez.

—No es mi intención.

Me coloqué frente a mi madre. Se acercó a mí y me besó con más calidez que de costumbre.

—Nunca supe ser la madre que necesitabas —me susurró al oído.

—Eso me entristece.

—A mí también, lo siento.

Nos miramos a los ojos. Tuve ganas de preguntarle por qué. Por su expresión comprendí que no podría soportar mis interrogantes, mis reproches. La armadura de mi madre se agrietaba, como si por fin pudiese sentir remordimientos. Pero, ¿acaso no era demasiado tarde? Mi padre la cogió del brazo y dijo que ya era hora de marcharse. Me dedicaron un «hasta pronto» a modo de apoyo. Se marcharon por un lado de la calle y yo por el otro. Me puse las gafas de sol y me dirigí a La Gente feliz lee y toma café, que ahora ya era mío. Bajé por el Boulevard de Sébastopol para llegar a la Rue de Rivoli. No acorté por las calles adyacentes, las grandes avenidas me llamaban, quería pasar por el Ayuntamiento, fundirme entre el gentío que salía y entraba del BHV. Cuando, por fin, giré a la izquierda para entrar en la Rue Vieille-du-Temple, no me quedaban más que un centenar de metros para llegar a mi casa. En cuanto sonó la campanilla, pensé que Félix debía de tener espías a lo largo del camino, porque hizo saltar el tapón del champán en el instante en que traspasé el umbral. Sin molestarse en servirme una copa, me tendió la botella.

—¡Eres toda una killer!

Bebí a morro. Las burbujas me hicieron cosquillas en el paladar.

—¡Joder! ¡Cuando pienso que ahora eres mi jefa!

—¡Genial!

—Prefiero eso a tu padre —me dijo recuperando la botella.

—Félix, siempre serás mi socio en mi corazón.

Me abrazó con fuerza y bebió a su vez un gran trago.

—¡Cómo pica, coño! —me dijo mientras me soltaba, con los ojos brillantes.

—¡Haz que vuelva a correrme una buena juerga!

Ni siquiera subí a casa a cambiarme. Limpié el champán derramado sobre la barra y cerré. Félix me arrastró a una ronda por los bares. Le conocían en todos, entraba como una celebridad, y aquel día tenían preparados los cócteles con antelación, mi mejor amigo había planificado la velada con todo detalle. Todos sus amantes y pretendientes se apartaban para dejarme sitio; como Félix me quería, ellos debían cuidarme. Nuestro itinerario estuvo jalonado de encuentros absurdos, alfombras rojas, confeti, flores prendidas en mi pelo..., todo para convertirme en una princesa durante una noche. El ambiente de locura organizado por Félix me embriagaba quizás más que todo el alcohol que me servían.

Llegó el momento de una pausa para cenar, aunque cenar es mucho decir. Nos detuvimos en un bar de tapas que evidentemente no nos permitiría compensar lo que habíamos bebido. Teníamos sitio reservado en la barra. Félix sabía que me encantaba encaramarme a los taburetes para ver lo que pasaba al fondo. Abrieron una botella de tinto para nosotros. Félix levantó su copa.

—¡Por tus padres, que dejarán de joderte la vida!

Sin responderle, probé el primer trago, el vino era fuerte, con cuerpo, pura imagen de lo que estaba viviendo en aquel momento.

—Ya no tengo familia, Félix...

No supo qué responderme.

—¿Te das cuenta? Ya no me une nada a mis padres, no tengo hermanos ni hermanas. Colin y Clara ya no están. Tú eres todo lo que me queda. Eres mi única familia.

—Somos pareja desde que nos conocimos en la facultad, eso no cambiará nunca.

—¡Hemos hecho de todo juntos!

—¡Salvo acostarnos!

¡Horrorosa visión para ambos! Se puso un dedo en la boca para vomitar, y yo también. ¡Vaya par de chiquillos!

—En cambio, si cambias de opinión sobre los niños y no encuentras al tío adecuado, puedo hacer de banco de esperma. Enseñaré al chiquillo cosas de la vida.

Me atraganté con el vino, y él se echó a reír.

—¿Cómo puedes soltar esa burrada?

—Estábamos cayendo en el sentimentalismo, y me jodía.

—¡Tienes razón! Quiero bailar, Félix.

—Tus deseos son órdenes.

 

 

Al llegar a la discoteca, nos saltamos toda la cola: Félix tenía sus contactos. Besó en la boca al gorila de la puerta, ante mi mirada atónita y mojigata. La última vez que lo había visto en ese estado había sido en mi despedida de soltera. En la zona vip nos esperaba una botella gigante de champán. Me lancé a la pista tras beber dos copas. Me contoneaba con los ojos cerrados; me sentía viva, diez años más joven, libre de mis penas y autorizada a aprovechar la vida.

—La he pedido para ti —me susurró Félix al oído—. Aprovéchala, no la van a repetir.

Gracias a dos pares de brazos, me subí a una tarima. El sonido del bajo y la batería me hicieron entrar en trance. Durante unos minutos, fui la reina de la noche con Panic Station de Muse. Hacía semanas que escuchaba ese tema una y otra vez, hasta el punto de hartar a Félix. Incluso me había sorprendido limpiando La Gente con esa canción en la cabeza. Tenía mi público, al que hice repetir el estribillo: «Ooo, 1, 2, 3, 4 fire’s in your eyes. And this chaos, it defies imagination. Ooo, 5, 6, 7 minus 9 lives. You’ve arrived at panic station».

 

 

Hacia las cuatro de la mañana, de común acuerdo, decidimos tomar el camino de nuestros respectivos sobres. La vuelta fue costosa, y molesta para todos los que dormían. Berreaba una y otra vez mi canción, Félix hacía los coros, con una botella de champán metida en la chaqueta. Me acompañó hasta la puerta del edificio de La Gente. Echó un vistazo al escaparate.

—¡La gente feliz toma las riendas de su vida! ¡Ya estás en casa!

—¡Es enorme!

—¿Conseguirás subir?

—¡Claro!

Nos dimos un fuerte abrazo.

—Buenas noches, mi familia —le dije.

—¿Volvemos a empezar?

—¡Ni de coña!

Le solté y abrí la puerta.

—Por cierto, mañana cerramos, duerme.

—¡Gracias, jefa!

Se marchó contento, como revitalizado por la inesperada mañana libre. Lo que no sabía es que yo pretendía abrir puntualmente.

 

 

Tuve un despertar terrorífico. Con los ojos medio cerrados inspeccioné el botiquín y me tragué un gramo de paracetamol antes incluso de tomar café, algo inconcebible en circunstancias normales. Me di una ducha fría para aclarar las ideas. Cuando fui a ponerme los zapatos, pensé que mi mayor error no había sido irme de fiesta con Félix, sino haber llevado tacones toda la noche. ¡Así que me fui a trabajar en chanclas en pleno abril!

Como cada mañana, me desvié hasta la panadería para comprar mi cruasán y mi napolitana de chocolate matinales. Después, abrí La Gente y no cerré la puerta. La brisa matinal me ayudaría a mantener los ojos abiertos, aunque mis pies se congelaran. Encendí la cafetera y me preparé un café triple. Mis clientes más madrugadores llegaron tranquilamente y fueron despertándose conmigo, mientras hojeaban Le Parisien. Pasada la primera oleada, puse un poco de orden mientras comprobaba las existencias, eché cuentas como cada día desde hacía casi un año y recorrí en diagonal las últimas novedades literarias. Sabía que durante un buen rato nadie me molestaría, porque Félix seguiría remoloneando hasta por la tarde. ¡Mejor para él! Nada había cambiado, y sin embargo todo era distinto. Había salido reforzada y más estable de aquella batalla con mis padres. Ya no les debía nada. Y la vida, mi vida, no se acababa con ellos, aunque me quedase un regusto amargo.