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Eran casi las ocho de la noche en Lezzeno, estaba en la bañera y desde allí observaba el lago de Como. Supe que era el instante de tomar la decisión más importante de mi vida, la que definiría quién era yo y cómo deseaba ser el resto de mis días.

¿Dejarte llevar por la venganza o actuar con cordura? Realmente, en este mundo de locos ¿te pueden pedir calma?

El lago estaba más bello que nunca, jamás había visto esos colores reflejados en el agua. Además llovía a mares desde hacía días; decían los de recepción que podía llegar a desbordarse.

Añoraba a mi padre y supe que debía contaros esta historia. Ojalá me salga como deseo. Todo lo que os relato es real. Es mi vida, son mis miedos y mis anhelos. Aunque yo no soy más que un hombre que algún día seré olvidado pero cuyos problemas serán idénticos a otros que vivirán dentro de cientos de años o siglos.

¿Por qué escribo ahora este libro? Creo que tiene que ver con este lugar. Como atrae tus temores y los lleva hacia el centro del lago. Noto que ahora mismo está atrayendo todo lo que debo desechar.

Me acabo de hacer una foto con el móvil, necesitaba inmortalizar este instante preciso de mi vida. Es la locura de este siglo que me ha tocado transitar, todo se ha de inmortalizar para que luego se pierda en un mar de datos cibernéticos y no lo vuelvas a ver.

Aunque yo realmente necesito atrapar este instante porque no deseo que cambie la temperatura ni que se oscurezca el cielo, y mucho menos que deje de sonar la canción que estoy escuchando en bucle. Se ha convertido en la banda sonora de este momento. No la puedo oír, pero vibra dentro de mí: en mi alma y en mi espíritu.

Es el tema Meraviglioso de Domenico Modugno lo que suena sin parar. Es una de esas canciones que duele con sólo escucharla y que habla de los demonios que poseemos dentro.

Veo desde mi bañera un barquito justo en medio del lago, deseo lanzarme desde el balcón de este hotel e ir nadando hasta él. Siento que ese lago me llama poderosamente y desearía surcar sus aguas pensándome que no tienen fin.

¿Qué tiene este lago de Como que coge mis demonios y los agita?

Yo era un chico con objetivos claros y lo que me ha pasado estos meses me ha afectado la mente. Todo cambia tan rápido si no estás preparado emocionalmente y nadie te educa en este sentido. Te abandonan con enseñanzas inútiles que no te preparan para nada y es por ello que hay tanto loco emocional que lucha contra los cuerdos racionales.

No sé bien si esta novela comenzará así. Estoy escribiendo en la bañera y me pasaré horas aquí hasta que acabe de relatarlo todo. Si estáis leyendo esto, es que ha comenzado como prometí.

No sé si al final cambiaré este inicio, pero necesito centrarme. Antes que nada os invito a ir al lago de Como si tenéis que extraer algún demonio. Si lo posees y deseas desprenderte de él, ven aquí y suéltalo en el centro del lago.

Me da la sensación de que el agua de este lago tiene esa energía increíble porque está formada por las lágrimas de toda la gente que ha venido durante siglos a vaciar su dolor. Y es que este lugar ha sido retiro espiritual para cientos de miles de almas angustiadas.

Pero he de hablaros de la muerte de mi padre, contaros cómo fue. Es la base de por qué estoy así, de por qué tengo que tomar esta decisión tan importante.

Deberíamos tener un manual de instrucciones que pudiéramos abrir cuando perdemos al padre porque es una situación que cambia todas las reglas de juego. Igual que en el ajedrez, que cuando la pieza más importante desaparece del tablero, las otras inmediatamente adquieren otro valor.

En mi familia yo era un peón o quizá una torre de movimiento anodino y ahora debía convertirme en un astuto caballo o en un sagaz alfil.

Yo soy doctor en epigenética, analista del ADN, se podría decir. Estudio sobre todo cómo las alteraciones del ADN hacen que seas propenso a tener ciertas enfermedades. Pero antes fui profesor de guardería, supongo que tenía que ver con la profesión de mi padre y su protección de la infancia, que resonaba dentro de mí.

Siempre he defendido que los niños poseen algo en su ADN que les hace únicos y que tiene que ver con no saber que morirán. Eso hace que no tengan preocupaciones.

Y es que todas las preocupaciones provienen del miedo a morir o a vivir. Todo: el trabajo, la duda vital, el amor, el sexo... Todos los temores aparecen cuando eres consciente de tu propia mortalidad.

Esa preocupación, con los años, cuando te haces mayor, acaba residiendo en tus sueños y empiezas a dormir mal por la noche. Entonces ya no sólo te preocupas despierto, sino también cuando estás dormido.

Como decía Françoise Sagan: «La verdadera felicidad consiste en dormir sin miedo y despertar sin angustia».

En aquellos años, cuando daba clases en aquel colegio, yo era consciente de mi propia mortalidad, pero el hecho de trabajar con niños pequeños de tres a cinco años (yo estaba en la zona de guardería) me mantenía libre, e incluso a veces me contagiaban su tranquilidad y llegaba a olvidar cualquier preocupación.

Todos en aquel colegio eran sordos como yo. Así que en el sentido auditivo me sentía como en casa.

No diré que me encontraba bien con mi sordera. No lo llevaba bien, me sentía inferior o quizá el resto del mundo me hacía sentir así.

Por eso en aquella época me refugié entre niños antes de volver a la realidad. Supongo que paré el mundo, como decía mi padre. Allá me sentía seguro. Casi no utilizaba el habla y eso que podía hacerlo porque me quedé sordo tarde.

Es muy fácil salir de este mundo para evitar que te hagan daño, pero volver cuando ya has salido es complicadísimo.

Ahora lo veía todo de otra manera, creo que estaba relacionado con los puntos de los que hablaba Steve Jobs. Él decía: «No puedes conectar los puntos mirando hacia delante; sólo puedes hacerlo mirando hacia atrás. Tenéis que confiar en que los puntos se conectarán de algún modo en vuestro futuro».

Ahora, en aquella bañera, los puntos se estaban conectando. Espero poder explicáoslo bien y en un orden coherente para que lo comprendáis.

En aquella guardería fui feliz. Los niños hacían que me sintiera uno de ellos. No tengo dudas de que la inteligencia es un don y la bondad es una elección. Los niños poseen ambas cualidades de serie.

Quizá eso lo resume todo, la decisión que había de tomar tiene que ver con esos dos conceptos: inteligencia y bondad.

Pero creo que me estoy liando, he de empezar por el principio, os estoy contando demasiadas cosas, algunas innecesarias para la historia y otras muy importantes pero no en el orden que toca.

Todo empezó con el viaje que hice con padre hace ya seis meses. Ése es el inicio, eso es lo que os debo contar primero.

Y os he de hablar de mi padre, de cómo lo perdí y sobre todo de cómo lo reté.

A mi madre la perdí hace mucho más. No deseo hablaros mucho de ella, pero sí que os diré que me escribió una carta antes de morir donde me hablaba de nuestra vida juntos y de los pozos erróneos. Creo que es importante que os lea lo que decía sobre eso:

Izan,

si te pasas la vida buscando en pozos erróneos,

tu vida será infeliz.

Los pozos son erróneos porque alguien te indicó de pequeño que allá estaba tu camino y tu sentido.

Y tú vuelves y vuelves...

Retornas toda tu vida y lo que obtienes

sólo te contamina

y te hace buscar en otros pozos

mucho más erróneos.

No era ella la que me había llevado a esos pozos erróneos, era mi padre. Pero fue sin maldad, tan sólo con consejos continuados durante mi niñez y adolescencia.

Todo eso que repites a tus hijos acaba haciendo mella en ellos en el futuro. Después, extraer todos esos consejos bien intencionados pero equivocados cuesta una vida entera.

No quiero culparle a él, ni creo que ésa fuera la intención de mi madre en esa carta. Los pozos erróneos siempre necesitan del buscador de pozos y ése era yo.

Pero cuando pierdes al instigador de los pozos es cuando te das cuenta de que no sabes ni por qué estabas buscando aquello que no deseabas.

Bueno, pues de eso va esta historia, de pozos erróneos. Creo que sería un buen resumen.

Pero empecemos por el principio, disculpadme por los giros y la imprecisión.

Todo empieza con un hijo retando a su padre.

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Éste es el inicio.

Todo hijo reta a su padre.

Lo que no imaginamos es que el padre morirá un día y el reto carecerá de sentido.

Mi padre murió hace seis meses, como os he dicho. Todo lo que os contaré tiene que ver con él y con quien soy yo desde que le perdí. Supongo que no entierras solo a tu padre, sino también a la parte que creaste para agradar a tu padre.

¿Quién soy yo sin él? No lo sé, pero espero que este libro me ayude a moverme de este clima de impasse en el que me encuentro. Quizá no lo haga, pero creo que escribir es lo único que puede hacer que vire hacia otro lugar. Tal vez las palabras me empujen a cambiar de estado.

Formo parte de un club nuevo para mí, los que no tenemos padre ni madre. Somos cientos, miles, millones en este Universo.

Chicas y chicos que retaban a sus progenitores y que deben reencontrarse después de tanto reto.

Mi padre se separó de mi madre cuando cumplí los cinco años. No sé bien por qué, él no se explicaba bien cuando quería que no le entendiésemos.

Se dedicaba a buscar niños perdidos, ésa era su profesión. Era muy bueno en ello. Casi siempre los encontraba.

A casa siempre llamaban padres y madres al borde de la locura. Él siempre me decía que no teníamos que empatizar con ellos, simplemente debíamos pasarle el teléfono sin atisbo de sentimientos.

Y yo hacía eso.

En teoría era raro que llamasen extraños a casa llorando por la pérdida de un ser querido. Pero mi padre vivía de esos desconocidos. Así que para mí eran clientes, igual que el hijo de un charcutero no se preocupa de que la gente compre carne de animales muertos a su padre.

De pequeño me parecía el ser más increíble del Universo. Casi como un súper héroe. Con los años, nos distanciamos. Él y sus niños perdidos me acabaron asqueando y me daban absolutamente igual.

Qué importaba esa gente cuando no cuidaba de su propia familia.

Nos había perdido, pero nadie llamaba a casa para que nos encontrase.

Supongo que todo se resume en que me puse a favor de mi madre después del divorcio. A él no lo veía mucho. Siempre estaba de viaje buscando a sus niños.

Ahora está muerto y me duele hablar mal de él. Pero de qué serviría no decir la verdad, debo confesar lo que siento o de nada servirá este escrito. No me moverá, me mantendrá en este limbo cómodo.

Continúo.

Mi madre nunca me habló mal de él. Supongo que no hacía falta, estaba muy claro cómo era él y cuáles eran sus prioridades. Su trabajo le absorbía por completo.

Su dolor era máximo cuando no encontraba a un niño por alguna razón, muchas veces era culpa del captor o de la familia que había avisado demasiado tarde. Jamás, que recuerde, fue debido a su falta de pericia.

Cuando los recuperaba, casi no se alegraba, era lo que se esperaba de él. Era su trabajo.

Mi madre se cansó de esa vida y lo abandonó. No era la primera vez que lo hacía. Una vez ella me contó que antes de que yo naciera ya le había dado un ultimátum, pero que él finalmente reaccionó.

Pero la gente no cambia, eso lo he descubierto yo con los años. No cambiamos, nadie lo hace, todo el mundo es como le han parido. Querer transformar a alguien es la forma más rápida de perderlo.

Supongo que mi llegada les trajo cinco años de felicidad. No está nada mal para una pareja. Eso lo he descubierto cuando las he tenido. Ninguna me ha durado un año, tengo problemas de afecto y de fidelidad.

Pero creo que debo volver a la actualidad y contaros cómo murió y dónde. Y todo lo que pasó antes y después porque, si no, difícilmente entenderéis nada de lo que os relataré y abandonaréis la lectura.

Murió en el lago de Como. Fuimos juntos, él quería investigar un caso y decidí acompañarlo porque él ya no estaba bien, me parecía una locura dejarlo ir solo. Ahora os contaré el caso.

Yo tengo cuarenta años; habían pasado muchos desde mi infancia. Yo no era ya ese niño que le odiaba. Simplemente convivíamos y nos aceptábamos.

Mi padre y mi madre durante su vida habían vuelto y se habían separado más de seis veces que yo recuerde. Quizá fueron más, perdí la cuenta y a partir de la tercera reconciliación dejó de ser novedoso e interesante.

Mi madre murió de cáncer hace unos quince años. Él lloró mucho cuando la perdió. Creo que le destrozó esa pérdida que no pudo evitar.

En su tumba hizo grabar:

—No puedo vivir sin ti.

—Sí que puedes.

—Sí, pero no quiero.

Esas frases eran su mantra, las habían cogido de una película de Godard y siempre se las decían. Eran su código secreto. Siempre se me ponían los pelos de punta cuando les escuchaba pronunciarlas. En sus últimos años casi no las decían y creo que es lo único que he deseado volver a oír en esta vida.

Todos los años, por el aniversario de su pérdida vuelvo a su tumba y se las digo en voz alta. Sé que le gusta escucharlas.

No puedo vivir sin ti, madre.

Y la escucho susurrar dentro de mi cabeza:

Sí que puedes, Izan.

Y yo lo acepto y le replico ante su presencia:

Sí, pero no quiero, mamá.

Mi padre jamás fue a la tumba, decía que ahí no estaba ella, sino que residía en otros mil sitios, en mil recuerdos, en mil objetos, pero no en aquel cementerio de Capri.

Después de la muerte de mamá fue trabajando menos. No le recuerdo más amores. Y eso que siempre le fue infiel a mi madre cuando vivía, pero cuando pudo ser él mismo dejó de serlo, se recluyó. Misterios de las personas.

Y mi padre acostumbraba a ser muy misterioso. Creo que hasta que no tenga su edad será imposible para mí entrar en su cabeza. Los hijos sólo conocemos a nuestros padres cuando logramos llegar a su edad, no hay atajo posible.

Cuando cumplió los setenta abandonó totalmente sus búsquedas de niños perdidos. Se podría decir que se jubiló, él mismo se dio cuenta de que ya no era tan rápido y ágil. Se le olvidaban datos y para él su trabajo conllevaba una gran responsabilidad. Siempre decía: «No existen las segundas oportunidades. Cada fallo es un niño perdido».

Además, tampoco quiso modernizarse. Todo el tema del ADN, de los avances que proporcionaba internet, no deseaba usarlos. Me dijo una vez que yo pensaba que lo sabía todo, pero que lo que todavía desconocía es que a mí también me llegaría un avance tecnológico que me superaría.

No lo decía con odio de revancha, era su manera de explicar por qué no podía con toda aquella innovación.

Yo intenté explicarle lo del ADN, cómo obtenerlo y hacer búsquedas y comparaciones, era parte de mi profesión. Pero a los dos días vi cómo se bloqueaba. Enseñar a tu padre y ver que no comprende es una de las cosas más terribles de la vida. Él que te enseñó a atarte los cordones, a hablar, a comer derecho y a saber las horas... Y tú sin poder ayudarle. Era tan frustrante.

Yo no seguí sus pasos, como os he comentado. Trabajo de epigenetista, ya os contaré de qué se trata, no es tan complicado como parece. Dejémoslo en que estudié medicina.

Pero supongo que he de centrarme en el viaje. Decidimos ir a Como porque recibió una carta con matasellos de allí. Era una petición de ayuda, un grito de auxilio.

Se había retirado, pero recibía muchas cartas de padres o policías solicitando su talento en casos que eran imposibles de solucionar.

Pero esta vez, la carta la escribía la propia víctima, y eso fue lo que llamó poderosamente la atención de mi padre.

Normalmente no contestaba ninguna ni hacía caso a esas misivas. Pero ésta, yo no sabía en aquel tiempo por qué, le tenía fascinado.

No era el único caso que le fascinaba. Había algunos en los que aún estaba enrocado y seguía investigando. Deseaba entender dónde se equivocó o dónde estaba el chico que no encontró. Todavía quedaban una decena de niños perdidos.

En su casa había una habitación repleta de fotos de esos chavales no encontrados. Estaban justo al lado de un enorme saco de boxeo de color rojo.

Le veía mirar las fotos y después golpear ese saco. Y entonces notaba cómo su rabia iba en aumento. Se maldecía tanto por perderlos, por no haberlos salvado. Podía golpear el saco durante horas, hasta que sus nudillos quedaban destrozados.

Yo a veces le decía que si el captor era un cabrón, poco podía haber hecho por aquel niño. Pero mi padre sostenía que esa gente no desea matar. Decía: «Sólo matan cuando temen perder a ese niño. Cuando perder no es un camino ni una vía aceptable. Hay que evitar que sientan la pérdida, ése es mi trabajo, que piensen que no perderán nada, sino que deberían haber buscado otro camino».

No sé, nunca estuve muy de acuerdo con él ni entendí lo más mínimo lo que quería decirme. Ahora que está muerto le comprendo algo más.

Las pérdidas precisan de aceptación, si no las aceptas es cuando realmente necesitas tomar medidas drásticas.

Y supongo que le comprendo porque cuando muere tu padre, te conviertes en él, no hay más. Pasas de retarlo a ser él, a convertirte en él.

Necesito una pausa.