TESOROS OCULTOS
Érase una vez un hombre llamado Jack Gilbert que no era pariente mío..., por desgracia para mí.
Jack Gilbert fue un gran poeta, pero si nunca has oído hablar de él, no te preocupes. No es culpa tuya. Nunca le preocupó demasiado ser conocido. Pero yo sí supe de su existencia y lo quise mucho desde una distancia respetuosa, así que déjame que te hable de él.
Jack Gilbert nació en Pittsburgh en 1925 y creció rodeado del humo, el ruido y las fábricas de esa ciudad. De joven trabajó en fábricas y acererías, pero muy pronto sintió la llamada de la poesía. Acudió a ella sin dudarlo. Se hizo poeta de la misma manera en que otros se hacen monjes: como una práctica devota, como un acto de amor y un compromiso de por vida con la búsqueda de la gracia y la trascendencia. Creo que esta es, probablemente, una excelente manera de convertirse en poeta. En realidad, de convertirse en cualquier cosa que conquiste tu corazón y te haga sentir vivo.
Jack podría haber sido famoso, pero no le interesaba. Tenía el talento y el carisma necesarios para la fama, pero no el interés. Su primer libro de poemas, publicado en 1962, obtuvo el prestigioso premio Yale Younger Poets y fue nominado al Pulitzer. Pero lo más importante es que conquistó a lectores y críticos por igual, una hazaña nada fácil para un poeta en el mundo moderno. Había algo en él que atraía a las personas y las cautivaba. Encima de un escenario era guapo, apasionado, sexi y brillante. Era un imán para las mujeres y un ídolo para los hombres. La revista Vogue le hizo un reportaje fotográfico con aspecto arrebatador y romántico. La gente estaba loca por él. Podría haber sido una estrella del rock.
En lugar de eso, desapareció. No quería que el alboroto lo distrajera. Años más tarde dijo que su fama le había resultado aburrida, no porque fuera algo inmoral o corruptor, sino simplemente porque era lo mismo todos los días. Buscaba algo más enriquecedor, más complejo, más variado. Así que lo dejó. Se fue a Europa y se quedó allí veinte años. Vivió una temporada en Italia y una temporada en Dinamarca, pero casi todo el tiempo lo pasó en una choza de pastor en lo alto de una montaña en Grecia. Desde allí contempló los misterios eternos, observó cómo cambiaba la luz y escribió sus poemas en privado. Vivió historias de amor, obstáculos, victorias. Era feliz. Se las arreglaba para ganar un sustento haciendo esto y lo otro. Necesitaba poco. Dejó que su nombre cayera en el olvido.
Pasadas dos décadas, Jack Gilbert reapareció y publicó un nuevo poemario. El mundo literario volvió a enamorarse de él. De nuevo, podría haberse hecho famoso. De nuevo, desapareció..., esta vez durante diez años. Este sería siempre su patrón: aislamiento seguido de la publicación de algo sublime seguida de más aislamiento. Era como una orquídea rara que florece cada muchos años. Nunca se promocionó a sí mismo ni siquiera mínimamente. (En una de las escasas entrevistas que concedió le preguntaron cómo creía que había afectado su distanciamiento del mundo editorial a su carrera literaria. Se rio y dijo: «Supongo que ha sido funesto»).
La única razón por la que sé quién fue Jack Gilbert es que, ya a edad avanzada, volvió a Estados Unidos y —por motivos que siempre ignoraré— aceptó un puesto de profesor interino en el departamento de escritura creativa de la Universidad de Tennessee, Knoxsville. Al año siguiente, 2005, resultó que yo tuve exactamente el mismo trabajo (puesto al que por el campus empezaron a llamar, en broma, «la cátedra Gilbert»). Encontré los libros de Jack Gilbert en mi despacho, el mismo que había sido suyo. Era casi como si la habitación conservara el calor de su presencia. Leí sus poemas y me conquistaron su grandeza y lo mucho que me recordaba su escritura a la de Whitman. («Tenemos que arriesgarnos al deleite», escribió. «Debemos obstinarnos en gozar en esta incineradora despiadada que es el mundo»).
Teníamos el mismo apellido, habíamos tenido el mismo puesto de trabajo, ocupado el mismo despacho, habíamos tenido muchos alumnos comunes y ahora me había enamorado de sus palabras. Como es natural, empecé a sentir una gran curiosidad por él. Empecé a preguntar por ahí: ¿Quién era Jack Gilbert?
Los alumnos me dijeron que era el hombre más extraordinario que habían conocido. Que no parecía de este mundo, dijeron. Que daba la impresión de vivir en un estado de perpetuo asombro y que los animaba a hacer lo mismo. No les enseñó tanto cómo escribir poesía, dijeron, sino por qué: por deleite. Por gozo obstinado. Les dijo que debían vivir sus vidas de la forma más creativa posible y resistirse así a la incineradora despiadada que es el mundo.
Pero sobre todo les pedía a sus alumnos que fueran valerosos. Sin valor, les enseñaba, nunca serían capaces de desarrollar sus habilidades al máximo. Sin valor no llegarían a conocer el mundo con la profundidad con que este ansía ser conocido. Sin valor sus vidas seguirían siendo pequeñas, mucho más pequeñas probablemente de lo que querían.
No llegué a conocer a Jack Gilbert, que ya no está con nosotros: murió en 2012. Podría haberme propuesto buscarlo y conocerlo mientras seguía vivo, pero lo cierto es que no quise. (La experiencia me ha enseñado a ser cauta a la hora de conocer a mis héroes en persona; puede ser muy decepcionante). En cualquier caso, me gustaba la manera en que vivía en mi imaginación como una presencia inmensa y poderosa, basada en sus poemas y en las historias que había oído sobre él. Así que decidí conocerlo solo de esa manera, a través de mi imaginación. Y ahí es donde continúa hoy: vivo en mi pensamiento, completamente interiorizado, casi como si lo hubiera soñado.
Pero nunca olvidaré lo que el verdadero Jack Gilbert le dijo a otra persona, alguien de carne y hueso, una tímida estudiante de la Universidad de Tennessee. Esta joven me contó que una tarde, después de su clase de poesía, Gilbert había hecho un aparte con ella. Alabó su trabajo y a continuación le preguntó qué quería hacer con el resto de su vida. Vacilante, la chica admitió que estaba pensando en ser escritora.
Gilbert sonrió a la chica con simpatía infinita y preguntó: «¿Tienes el valor? ¿Tienes el valor de sacar esa obra que llevas dentro? Los tesoros que están escondidos en tu interior confían en que digas que sí».
VIVIR CREATIVAMENTE. DEFINICIÓN
Esta es, en mi opinión, la cuestión central alrededor de la que está articulada toda existencia creativa: «¿Tienes el valor de sacar los tesoros escondidos en tu interior?».
Mira, yo no sé qué tienes tú escondido en tu interior. No tengo manera de saberlo. Es posible que ni tú mismo lo sepas, aunque sospecho que algún atisbo has tenido. No conozco tus habilidades, tus aspiraciones, tus anhelos, tus talentos ocultos. Pero sin duda albergas algo maravilloso en tu interior. Esto lo digo convencida porque, en mi opinión, todos somos portadores de tesoros enterrados. Creo que esta es una de las bromas más antiguas y generosas que le gasta el universo a los seres humanos, y lo hace tanto por su propia diversión como por la nuestra: el universo entierra joyas inesperadas dentro de todos nosotros y luego da un paso atrás y espera a ver si las encontramos.
La búsqueda para desenterrar esas joyas: eso es vivir creativamente.
El valor de emprender esa búsqueda: eso es lo que diferencia una existencia anodina de una especial.
A los a menudo sorprendentes resultados de esa búsqueda es a lo que yo llamo Gran Magia.
UNA EXISTENCIA AMPLIFICADA
Cuando hablo de «vida creativa», que quede claro que no me refiero por fuerza a intentar llevar una existencia que esté profesional o exclusivamente dedicada a las artes. No estoy diciendo que tengas que convertirte en un poeta que viva en la cima de una montaña en Grecia, o actuar en el Carnegie Hall, o ganar la Palma de Oro en el festival de cine de Cannes. (Aunque si quieres intentar alguna de esas hazañas, no lo dudes, a por ello. Me encanta ver a la gente darlo todo). No, cuando hablo de «vivir creativamente», lo hago de manera más general. Hablo de vivir una vida que esté guiada por la curiosidad antes que por el miedo.
Uno de los ejemplos más bonitos de vida creativa que he visto en los últimos años me lo dio mi amiga Susan, que se puso a aprender patinaje artístico a los cuarenta años. Para ser exactos, ya sabía patinar. Había hecho patinaje artístico de competición siendo niña y siempre le había encantado, pero lo había dejado de adolescente, cuando comprendió que no tenía el talento suficiente para ser una campeona. (Ah, qué maravilla, la adolescencia, cuando los que tienen «talento» son apartados del rebaño, lo que significa cargar los sueños creativos de la sociedad sobre las frágiles espaldas de unos pocos escogidos mientras que todos los demás son condenados a llevar una existencia más ordinaria y sin fuentes de inspiración. Menudo sistema...).
Durante los veinticinco años siguientes, mi amiga Susan no patinó. ¿Para qué molestarte si no puedes ser la mejor? Entonces cumplió los cuarenta. Se sentía apática. Se sentía inquieta. Se sentía gris, apesadumbrada. Hizo un poco de introspección, como se hace a menudo cuando se cumplen años. Se preguntó cuándo había sido la última vez que se había sentido verdaderamente ligera, alegre y, sí, creativa. Con gran sorpresa, se dio cuenta de que llevaba décadas sin sentirse así. De hecho, la última vez que había experimentado tales sentimientos fue cuando todavía patinaba. Descubrió consternada que llevaba mucho tiempo privándose de esta actividad tan revitalizante y sintió curiosidad por comprobar si seguía gustándole tanto.
Así que decidió satisfacer su curiosidad. Se compró unos patines, encontró una pista de hielo y contrató a un preparador. Ignoró una voz interior que le decía que estaba siendo autocomplaciente y ridícula por emprender tamaña locura. Ignoró la extrema timidez que le producía ser la única mujer de mediana edad en la pista de hielo en medio de todas aquellas niñas de nueve años diminutas y etéreas.
Lo hizo y punto.
Tres días a la semana Susan se levantaba al amanecer y dedicaba esa hora somnolienta antes de que empezara su exigente jornada laboral a patinar. Patinó, patinó y patinó. Y sí, le gustaba, tanto como antes. Más, incluso, porque ahora, de adulta, por fin tenía la perspectiva necesaria para apreciar el valor de su disfrute. Patinar la hacía sentir viva y sin edad. Dejó de sentirse una mera consumidora, una mera suma de sus obligaciones y deberes diarios. Estaba convirtiéndose en algo más a base de esfuerzo. A base de su esfuerzo.
Fue una revolución. En todo el sentido de la palabra, puesto que Susan resurgió a base de dar vueltas en una pista, una vuelta tras otra, una revolución tras otra...
Ojo, mi amiga no dejó su trabajo, no vendió su casa, no dejó de ver a sus amigos ni se marchó a Toronto a entrenar setenta horas a la semana con un preparador exigente de nivel olímpico. Y no, esta historia no termina con medallas en un campeonato. No hace falta. De hecho, la historia no termina de ninguna manera porque Susan sigue haciendo patinaje artístico varias mañanas a la semana, simplemente porque patinar sigue siendo su manera preferida de desplegar una belleza y una trascendencia determinadas en su vida a las que no puede acceder de ninguna otra forma. Y quiere pasar el mayor tiempo posible en ese estado de trascendencia mientras siga aquí, sobre la tierra.
Tal cual.
A eso es a lo que yo llamo vivir con creatividad.
Y aunque los caminos y consecuencias de llevar una vida creativa variarán muchísimo de una persona a otra, una cosa sí te garantizo: una vida creativa es una vida amplificada. Es una vida más grande, más feliz, más extensa y, te lo aseguro, mucho más interesante. Vivir de este modo —obstinándose siempre en desenterrar los tesoros que tenemos en nuestro interior— es un arte en sí mismo.
Porque en una vida creativa es donde reside la Magia con mayúsculas.
DA MUCHO MIEDO
Ahora vamos a hablar de valor.
Si ya te has atrevido a sacar los tesoros que hay en tu interior, fantástico. Probablemente estés haciendo cosas muy interesantes con tu vida y no necesites este libro. Dale duro.
Pero si no tienes el valor, voy a intentar infundirte un poco. Porque vivir de forma creativa es cosa de valientes. Todos lo sabemos. Y sabemos que cuando el valor desaparece, la creatividad también. Sabemos que el miedo es un cementerio desolado donde nuestros sueños se agostan bajo un sol abrasador. Eso es vox populi; el problema es que en ocasiones no sabemos qué hacer al respecto.
Deja que te enumere algunas de las muchas maneras en que puede darte miedo llevar una vida más creativa:
Temes no tener talento.
Temes que te rechacen, critiquen, ridiculicen, malinterpreten o, lo que es peor, te ignoren.
Temes que no haya mercado para tu creatividad y, por tanto, no tenga sentido dedicarte a ella.
Temes que lo que puedas hacer ya lo haya hecho alguien antes y mejor.
Temes que todo el mundo lo haya hecho ya antes y mejor.
Temes que alguien te robe las ideas, así que te parece más seguro mantenerlas escondidas.
Temes que no te tomen en serio.
Temes que tu trabajo no sea lo bastante importante política, emocional o artísticamente para cambiar la vida de nadie.
Temes que tus sueños sean algo de lo que debas sentirte avergonzado.
Temes que un día, al mirar atrás, tus empeños artísticos te parezcan una gigantesca pérdida de tiempo, dinero y esfuerzo.
Temes no tener la disciplina necesaria.
Temes no tener la disponibilidad laboral, la independencia financiera o las horas libres necesarias para centrarte en inventar o explorar.
Temes no tener la formación o la titulación necesarias.
Temes estar demasiado gordo. (No sé si eso tiene algo que ver con la creatividad exactamente, pero la experiencia me ha enseñado que casi todos tenemos miedo de estar demasiado gordos, así que, por si acaso, vamos a incluirlo en la lista de temores).
Temes que te tomen por un intruso, un tonto, un diletante, un narcisista.
Temes contrariar a tu familia con lo que puedas revelarles.
Temes lo que puedan decir tus compañeros y colegas si expresas en voz alta tu verdad personal.
Temes dar rienda suelta a tus demonios interiores y no tienes ningún deseo de hacerles frente.
Temes haber dado ya lo mejor de ti.
Temes no tener nada que dar.
Temes haber desatendido tu creatividad durante tanto tiempo que ya no puedas recuperarla.
Temes ser demasiado mayor para empezar.
Temes ser demasiado joven para empezar.
Temes que, puesto que ya te ha salido bien una cosa en la vida, no pueda irte bien otra.
Temes que, puesto que nunca te ha salido nada bien, ¿para qué molestarte?
Temes ser un piernas.
Escucha, no tengo todo el día, así que voy a dejar de enumerar temores. En cualquier caso, es una lista infinita, además de deprimente. Así que la voy a resumir así: MIEDO, MIEDO y MÁS MIEDO.
Qué miedo da todo, joder.
DEFENDER NUESTRA DEBILIDAD
Por favor, entiende que hablo del miedo de forma tan autoritaria porque lo conozco muy bien. Lo conozco de los pies a la cabeza, cada centímetro de él. Toda la vida he sido una persona asustada. Nací aterrorizada. No exagero; que le pregunten a cualquier miembro de mi familia y confirmará que sí, que fui una niña excepcionalmente asustadiza. Mis recuerdos más tempranos son de miedo, como lo son también los recuerdos que siguen a los más tempranos.
A medida que me hacía mayor, me daban miedo no solo los peligros infantiles comúnmente admitidos y legítimos (la oscuridad, los desconocidos, la parte de la piscina donde más cubría), sino también una extensa lista de cosas por completo benignas (la nieve, canguros encantadoras, coches, parques infantiles, escaleras, Barrio Sésamo, el teléfono, los juegos de mesa, la tienda de alimentación, una brizna de hierba afilada, cualquier situación nueva, cualquier cosa que se atreviera a moverse, etcétera, etcétera, etcétera).
Era una criatura sensible y fácil de traumatizar que se echaba a llorar en cuanto se producía la más mínima perturbación en su campo de fuerza. Mi padre, exasperado, me llamaba «princesa del guisante». El verano que tenía ocho años fuimos a la costa de Delaware y el mar me inspiró tal terror que intenté que mis padres impidieran a todas las personas que estaban en la playa ir adonde había olas. (Me habría sentido mucho más cómoda si todo el mundo se hubiera quedado sentado en su toalla, leyendo tranquilamente, ¿era demasiado pedir?). De haber dependido de mí, habría pasado las vacaciones —no, mi infancia entera— dentro de casa acurrucada en el regazo de mi madre, a ser posible con un paño húmedo en la frente.
Esto que voy a decir es horrible, pero allá va: probablemente me habría encantado tener una de esas madres atroces con síndrome de Munchausen por poderes que se hubiera confabulado conmigo para simular que siempre estaba enferma, débil o agonizante. De haber tenido la oportunidad, habría cooperado encantada con esa clase de madre para crear una niña por completo indefensa.
Pero no tuve esa clase de madre.
Ni de lejos.
En lugar de ello me tocó una madre que no me pasaba ni una. No estaba dispuesta a tolerar ninguno de mis numeritos, algo que probablemente es lo mejor que me ha ocurrido en mi vida. Mi madre creció en una granja en Minnesota, estaba orgullosa de sus padres, curtidos inmigrantes escandinavos, y no estaba por la labor de criar a su hija para que fuera una blandengue. Desde luego, no si podía impedirlo. Mi madre ideó un plan para darle la vuelta a mis miedos que era casi cómico, de tan sencillo. En cuanto tenía ocasión, me obligaba a hacer justo lo que más miedo me daba.
¿Te da miedo el mar? ¡Al agua inmediatamente!
¿Te asusta la nieve? ¡Coge la pala y ponte a trabajar!
¿Eres incapaz de contestar al teléfono? ¡Pues a partir de ahora cada vez que suene lo coges tú!
No era una estrategia refinada, pero sí coherente. Créeme si te digo que intenté resistirme. Lloré, gimoteé e hice las cosas mal adrede. Me negué a mejorar. Me hacía la remolona, simulaba cojear, tiritar. Cualquier cosa con tal de demostrar que era un ser por completo endeble emocional y físicamente.
A lo que mi madre reaccionaba diciendo: «Pues no, no lo eres».
Pasé años resistiéndome a la fe inquebrantable de mi madre en mi fuerza y mis capacidades. Entonces, un día, en algún momento de la adolescencia, por fin me di cuenta de que estaba luchando una batalla un tanto extraña. Estaba defendiendo mi debilidad. ¿De verdad quería morir por una causa así?
Como se dice en estos casos: «Defiende tus limitaciones y las harás tuyas».
¿Por qué quería yo defender mis limitaciones?
Y resultó que no quería.
Tampoco quiero que lo hagas tú.
EL MIEDO ES ABURRIDO
A lo largo de los años a menudo me he preguntado qué es lo que me llevó, en última instancia, a dejar de hacerme la «princesa del guisante» casi de un día para otro. Sin duda, hubo muchos factores que influyeron en ese cambio (el factor madre implacable, el factor hacerse adulto...), pero creo que el principal fue este: por fin me di cuenta de que el miedo es aburrido.
Y es que mis miedos habían resultado siempre aburridos para todo el mundo, pero hasta entrada mi adolescencia no empezaron a serlo para mí. Mis temores empezaron a aburrirme, creo, por la misma razón que la fama había terminado por aburrir a Jack Gilbert: porque era lo mismo todos los días.
A los quince años más o menos, no sé cómo llegué a la conclusión de que mis temores no tenían ni variedad ni profundidad ni base ni textura. Me di cuenta de que mi miedo no cambiaba, no me proporcionaba placer, nunca me brindaba un giro sorprendente o un final inesperado. Mi miedo era una canción de una sola nota —de una sola palabra, en realidad— y esa palabra era «¡PARA!». Mi miedo nunca tenía nada interesante o sutil que ofrecer aparte de esa palabra enfatizada, en reproducción continua y a todo volumen: «¡PARA, PARA, PARA, PARA!».
Lo que significa que mi miedo me hacía siempre tomar decisiones predeciblemente aburridas, como en un libro de esos cuyo final eliges y es siempre el mismo: nada.
También me di cuenta de que mi miedo era aburrido porque era idéntico al de todo el mundo. Supuse que la canción del miedo de todos tiene la misma letra soporífera: «¡PARA, PARA, PARA, PARA!». De acuerdo, el volumen puede variar de una persona a otra, pero la canción en sí no cambia, porque a todos los seres humanos nos equiparon con el mismo paquete de temores cuando estábamos aún formándonos en el útero materno. Y no solo a los seres humanos: si pasas la mano sobre una placa de Petri en la que hay un renacuajo, este se encogerá bajo tu sombra. Ese renacuajo no sabe escribir poesía, no sabe cantar, nunca conocerá el amor, los celos o el éxito y tiene un cerebro del tamaño de un signo de puntuación, pero sí sabe cómo tener miedo de lo desconocido.
Pues yo igual.
Yo y todos. Pero eso no tiene nada de interesante. ¿A que no? Me refiero a que saber tener miedo de lo desconocido no tiene especial mérito. En otras palabras, el miedo es un instinto muy antiguo, y vital desde el punto de vista evolutivo..., pero no especialmente inteligente.
Me pasé toda mi asustadiza juventud convencida de que mi miedo era lo más interesante de mí, cuando en realidad era lo más anodino. De hecho, es posible que mi miedo fuera lo único anodino de mi personalidad. Tenía una creatividad que resultaba original; tenía una personalidad original; tenía sueños, perspectivas y aspiraciones originales. En cambio, mi miedo no tenía nada de original. Mi miedo no era un objeto artesanal, precioso; no era más que un artículo producido en serie que se encuentra en los estantes de cualquier gran superficie.
¿Y sobre eso quería construir toda mi identidad?
¿Sobre mi instinto más aburrido?
¿Sobre el gesto defensivo reflejo de mi renacuajo interior?
No.
MIEDO QUE NECESITAS Y MIEDO QUE NO NECESITAS
Ahora igual piensas que te voy a decir que tienes que convertirte en una persona temeraria para poder llevar una vida más creativa. Pero no voy a decirte eso, porque resulta que no lo creo. La creatividad es un camino para valientes, sí, pero no para temerarios, y es importante conocer la diferencia.
Ser valiente significa hacer algo que da miedo.
Ser temerario significa no entender siquiera lo que significa la palabra miedo.
Si tu objetivo en la vida es ser temerario, entonces creo que te has equivocado de camino, porque las únicas personas verdaderamente temerarias que he conocido eran sociópatas, así, tal cual, y unos cuantos niños de tres años excepcionalmente descerebrados..., y esos no son buenos modelos para nadie.
La cierto es que necesitamos el miedo por razones obvias de supervivencia básica. La evolución hizo bien en instalar el reflejo del miedo en nuestro interior, porque, si no lo tuviéramos, nuestras vidas serían breves y absurdas. Nos echaríamos encima de los coches. Nos internaríamos en el bosque y nos comería un oso. Nos zambulliríamos entre olas gigantes en la costa de Hawái a pesar de no saber nadar bien. Nos casaríamos con un tipo que en la primera cita nos dijera: «No creo que las personas estén diseñadas por naturaleza para ser monógamas».
De manera que sí, necesitas ese miedo para que te proteja de peligros reales como los que he enumerado arriba.
Pero no lo necesitas en tu esfera de expresión creativa.
De verdad que no.
Que no necesites tener miedo cuando de creatividad se trata no significa que este no vaya a aparecer. Créeme, tu miedo siempre hará acto de presencia, sobre todo cuando estés tratando de ser inventivo o innovador. El miedo siempre lo desencadenará tu creatividad, porque tu creatividad te exige entrar en esferas de resultados impredecibles, y el miedo odia los resultados impredecibles. Tu miedo —programado por la evolución para ser hipervigilante y superprotector hasta extremos ridículos— siempre dará por hecho que un resultado impredecible pasa por una muerte sangrienta y atroz. Más o menos, tu miedo viene a ser como un vigilante de seguridad de un centro comercial que se cree un marine: lleva días sin dormir, está hasta arriba de Red Bull y corre el riesgo de disparar a su propia sombra en un intento absurdo por mantener a todo el mundo «a salvo».
Eso es algo por completo natural y humano.
Nada de lo que avergonzarse.
Sin embargo, hay que enfrentarse a ello, y pronto.
EL VIAJE
Así es como he aprendido a enfrentarme a mis miedos: hace tiempo tomé la decisión de que si quiero creatividad en mi vida —y así es—, entonces tendré que hacer sitio también para el miedo.
Mucho sitio.
Decidí que tenía que construirme una vida interior lo bastante amplia para que mi miedo y mi creatividad pudieran convivir en paz, puesto que todo apuntaba a que siempre irían acompañados el uno del otro. Es más, tengo la impresión de que mi miedo y mi creatividad son poco menos que hermanos siameses, algo que demuestra el hecho de que la creatividad no puede dar un solo paso sin que el miedo la acompañe. El miedo y la creatividad compartieron un útero, nacieron al mismo tiempo y siguen compartiendo algunos órganos vitales. Por eso debemos tener cuidado a la hora de abordar el miedo, porque me he fijado en que algunas personas, cuando intentan atajar sus temores, a menudo terminan asesinando su creatividad.
Así que no intento eliminar mi miedo. No le declaro la guerra. En lugar de ello le dejo espacio. Mucho. Todos los días. Lo estoy haciendo en este momento. Permito a mi miedo que viva, respire y estire las piernas y se ponga cómodo. Creo que cuanto menos luche contra mi miedo, menos me atacará él. Si consigo relajarme, mi miedo también lo hará. De hecho, lo invito amablemente a que me acompañe a todas partes. Incluso le tengo preparado un discurso de bienvenida, que pronuncio justo antes de embarcarme en un proyecto o una aventura nuevas.
Viene a decir más o menos esto:
Estimado Miedo:
Creatividad y yo estamos a punto de emprender un viaje juntas. Entiendo que nos vas a acompañar, porque siempre lo haces. Reconozco que crees que tienes una misión importante en mi vida y que te tomas tu trabajo en serio. Al parecer, tu trabajo consiste en provocarme el mayor pánico posible cada vez que me dispongo a hacer algo interesante y, permíteme que te lo diga, lo haces de maravilla. Pero en este viaje yo también tengo la intención de hacer mi trabajo, que es emplearme a fondo y no perder de vista mi objetivo. También Creatividad hará el suyo, que es seguir siendo estimulante e inspiradora. En el coche hay sitio de sobra para los tres, así que adelante, ponte cómodo, pero que te quede clara una cosa: Creatividad y yo somos las únicas que tomarán decisiones. Admito y respeto que eres parte de esta familia, así que no te excluiré de ninguna actividad, pero, aun así, tus sugerencias nunca serán escuchadas. Tienes sitio, tienes voz, pero no tienes voto. No puedes tocar los mapas de carreteras; no se te permite sugerir desvíos en el itinerario; no se te permite subir o bajar la calefacción. Tío, ni siquiera puedes tocar la radio. Pero sobre todo, mi viejo y querido amigo, tienes absolutamente prohibido conducir.
A continuación nos ponemos en camino, la creatividad, el miedo y yo, juntos para siempre, y nos adentramos aún más en el terreno aterrador pero maravilloso de los resultados inesperados.
POR QUÉ MERECE LA PENA
No siempre resulta cómodo ni fácil —me refiero a llevar tus miedos a cuestas en un viaje grande y ambicioso—, pero siempre merece la pena, porque si no aprendes a estar cómodo con tu miedo, entonces nunca podrás ir a ningún sitio interesante ni hacer nada interesante.
Y eso sería una lástima, porque tu vida es corta y única e increíble y un milagro, y te conviene hacer cosas de verdad interesantes y hacerlas mientras estás aquí. Sé que es lo que quieres para ti, porque es lo quiero para mí.
Es lo que queremos todos.
Tienes tesoros ocultos en tu interior —tesoros extraordinarios—, lo mismo que yo y que todos los que nos rodean. Sacarlos requiere esfuerzo, fe, concentración, valor y horas de dedicación, y el reloj sigue avanzando, el mundo gira y lo cierto es que tenemos que empezar ya a pensar a lo grande.
