Mi teléfono suena en mi bolso, es un silbido agudo que recuerda al pitido de un tren a lo lejos. Rebusco entre cacao para labios, tickets de compra y una servilleta del Starbucks hasta que por fin saco mi móvil.
Es un mensaje de Carlos, mi mejor amigo desde el colegio. ¿En qué andas?
Top secret, le contesto junto con dos emoticonos de flores para enfatizar. Carlos ya sabe que estoy en el trabajo. Llevo trabajando en la lujosa floristería Bloom Room casi todos los días después de clase durante los últimos tres años.
¿No quieres ir a una de las fiestas de Farrah antes de que nos graduemos?, responde Carlos.
Aquí lo que pasa es que no quiere ir solo. El chico que le mola estará allí: Alan Gregory, un chico de nombre compuesto que va al instituto privado Worther de Beverly Hills y que ha estado coqueteando con Carlos desde que se conocieron en un concurso de Clubes de Debate el mes pasado.
Suspiro y apoyo los codos sobre el mostrador. Lo siento, escribo. Te irá genial sin mí… como de costumbre. Siempre me pierdo todos los eventos sociales: fiestas, discotecas, viajes a Venice Beach para ver la puesta de sol y beber ron de una petaca.
Mi teléfono pita de nuevo: ¡¡NECESITO A MI CHARLOTTE!!
Me río, soplando mi flequillo oscuro e irregular y apartándolo de mis pestañas.
Por desgracia, tu Charlotte le dijo a Holly que cerraría esta noche. Ve tú por los dos, escribo.
Esta es mi vida: clases, trabajar tres días a la semana en la floristería, prácticas de investigación en la universidad UCLA dos días por semana, estudiar en la pequeña casa que comparto con mi abuela y mi hermana mayor. Enjabonar. Enjuagar. Enjabonar.
Enjuagar… Y vuelta a empezar. No es que me haya propuesto ser la mayor marginada social de toda la ciudad de Los Ángeles, pero sí ser la primera mujer en mi familia que va a la universidad, y no quiero descarrilarme como hicieron mi madre y mi hermana: teniendo hijos antes de cumplir los veinte y sin esperanzas de un futuro mejor. Y es por eso por lo que, a mis dieciocho años, jamás he besado a un chico, nunca he hecho manitas con nadie en el pasillo entre clases y ni siquiera he asistido a un baile en el gimnasio del insti.
Carlos envía unos cuantos emoticonos llorosos.
Estoy a punto de escribir algo nuevo cuando un escalofrío me sube por la nuca: alguien me está mirando.
Elevo la vista desde mi teléfono y se me corta la respiración.
Un chico está de pie al otro lado del mostrador, con las manos en los bolsillos, mirándome. Ni siquiera he oído el timbre de la puerta al entrar. Me estremezco y me enderezo desde el mostrador en el que estaba apoyada. Me doy cuenta de que el amplio cuello de mi camiseta de tirantes se ha bajado por la parte del pecho, dejando al descubierto la curva de mi sujetador rosa.
—¿Puedo ayudarte? —pregunto, deslizando el teléfono móvil en el bolsillo trasero de mis vaqueros y escondiendo una vergüenza que ya delata mi piel.
Me mira fijamente, sus ojos oscuros van de mi clavícula a mi cara, como si le costase encontrar la respuesta a mi pregunta.
—Necesito unas flores.
Es guapísimo, observo: pómulos duros y labios que se encuentran en una línea recta…, labios que atraen mi mirada durante un instante demasiado largo.
—¿Sabes lo que quieres? —pregunto, obligando a mi cerebro a que siga la retahíla habitual de preguntas mientras mis ojos continúan dejándose llevar por él: pantalones vaqueros rotos, pelo muy corto y una camiseta fina medio metida por el vaquero. Los fuertes músculos de sus hombros solo se intuyen bajo las mangas del algodón y su pecho es ancho y marcado. Es alto, musculoso y esbelto.
—No estoy seguro —responde con tono seco.
—Ven conmigo —le digo de forma automática saliendo de detrás del mostrador. Él mantiene cierta distancia con mi espalda mientras caminamos hacia la parte trasera de la tienda, donde una pared con rosas, lirios y ramos terminados esperan ser escogidos por los clientes. Señalo con un gesto hacia la cámara frigorífica, tratando de evitar que mis ojos se queden fijos demasiado tiempo en su rostro. Hay que ser disciplinada para ignorar a chicos increíblemente guapos, y estoy orgullosa de mi maestría. Pero en este instante, hay algo en este chico en concreto que me hace sentir incómoda y demasiado consciente de la postura de mi cuerpo, de mis torpes manos, de mis mejillas calientes—. Con unas rosas es imposible equivocarse.
Su mirada va de mí a las flores y su mandíbula se tensa y destensa. Conozco esta rutina, la veo todos los días: un chico necesita flores para su novia por su aniversario o para pedir perdón por algo, pero no tiene ni idea de qué color escoger, ni cuántas, ni si es mejor que vayan en un ramo envuelto o en un jarrón, y luego agoniza en el mostrador intentando decidir qué escribir en la pequeña tarjeta cuadrada que introduzco en el ramo.
Sus ojos se posan sobre mí ahora y no puedo evitar otra mirada en su dirección. Algún lugar de las facciones de su rostro, de la estructura de su mandíbula perfectamente formada y del contorno oscuro brillante de sus ojos, me resulta vagamente familiar. Quizá vaya a mi instituto. Quizá sea uno de los chicos atormentados y melancólicos que fuman cigarrillos entre clase y clase en el parking.
—¿Nos conocemos? —pregunto, y al instante deseo no haberlo hecho. Si es cierto que va a mi instituto, prefiero fingir que no lo conozco si lo veo en los pasillos y evitar la típica media sonrisa incómoda y el saludo con la cabeza.
Cambia de lado el peso de su cuerpo, eleva los hombros con las manos aún en los bolsillos, como si estuviera esperando a que yo respondiera a mi propia pregunta. El silencio se cuela entre nosotros y la comisura de sus labios tiembla un poco.
Mi móvil silba en el bolsillo. Lo ignoro pero suena de nuevo.
—Solicitada —dice con una ceja levantada.
—Apenas. Es solo que tengo un mejor amigo muy persistente. —Saco mi teléfono un segundo y lo pongo en vibración.
—Puedes contestar si quieres.
—No. Quiere que vaya a un sitio, solo es eso.
—¿Y no vas a ir?
Niego con la cabeza.
—Tengo que cerrar la tienda.
—¿Y después de eso? —Ladea un poco la cabeza, y juraría que le conozco…, pero hay algo en él que me dice que debería olvidarme del tema.
—Deberes —respondo simplemente.
—¿No puedes descansar una noche y salir a dar una vuelta?
Le miro, preguntándome por qué le importa.
—Si no quiero trabajar en esta floristería el resto de mi vida, no puedo.
Pero él solo sonríe. Un destello de luz brilla en sus ojos y un pequeño hoyuelo aparece en su lado izquierdo.
—¿Cuál es tu favorita? —pregunta, rompiendo el silencio.
—¿Mi qué favorita?
Sube la barbilla, señalando las flores que nos rodean.
—Tu flor favorita.
—La verdad es que no…
—Seguro que tienes una. —Sonríe—. Trabajas en una floristería. Estás rodeada de flores por todas partes.
—Tengo una, sí…, pero no creo que quieras esa —contesto sin comprometerme.
Eleva las cejas, intrigado.
—No la estás vendiendo muy bien que se diga.
Miro a los cubos a rebosar de flores: coloridas orquídeas y lirios aromáticos. Hortensias y peonías que nunca están en temporada, pero que siempre son populares. Y las variedades menos comunes: áster, ranúnculos, dalias y camelias.
—Me gustan las rosas de color rosa —le digo y tengo la impresión de que está medio paso más cerca de mí. Su respiración es grave y profunda.
—¿Por qué? —pregunta.
—No intentan ser algo que no son —contesto—. Son sencillas. Pero nadie elige nunca rosas de color rosa.
Hay un momento de silencio entre nosotros y por un instante me pregunto de qué estamos hablando en realidad.
—Y alguien debería hacerlo, ¿verdad? —pregunta al fin.
—Sí —respondo—. No hay nada llamativo sobre las rosas rosas: son bonitas sin reclamar atención. Sin duda alguien debería elegirlas.
Puedo sentir su mirada en mí y mi piel se calienta. Estoy nerviosa; siento como si le acabara de contar mucho más de lo que pretendía. Me giro hacia la cámara y toco la manivela como si estuviera asegurándome de que está bien cerrada.
—Entonces creo que compraré las rosas rosas —añade él.
Mi cerebro tarda un segundo en ponerse en marcha, a bloquearse de nuevo en «modo vendedora».
—Eh. Vale. ¿Cuántas?
—¿Cuántas sugieres?
—¿Una docena?
—Perfecto.
—Te digo el precio en el mostrador —le digo.
Me sigue de nuevo, esta vez a la parte delantera de la tienda, su olor flota en el aire; es una fragancia fresca y limpia que no soy capaz de descifrar.
Tecleo su pedido en el ordenador, sintiendo su intensa mirada en mí.
—¿El nombre? —pregunto, levantando la vista de la pantalla.
—¿Perdona?
—Tu nombre —repito—. Necesito tu nombre para el pedido.
Todavía no estoy segura de que me haya oído, porque sus labios se elevan en una media sonrisa torcida, como si tuviera un secreto que no está compartiendo.
—Tate —responde al fin.
Termino el pedido, después cuento los billetes que me entrega y le devuelvo el cambio. Pero en lugar de cogerlo del mostrador, su mano se extiende hacia mí, cerrando el espacio entre nosotros. Sus dedos rozan mi mejilla justo debajo del ojo izquierdo. La respiración se me corta. Abro la boca para preguntarle qué está haciendo, pero él retira la mano y la sostiene delante de mí.
Purpurina —dice.
—¿Qué? —Miro sus dedos. La punta de su dedo pulgar y el dedo índice están brillantes.
Purpurina. He estado preparando unos tulipanes para la fiesta de cumpleaños de una niña de ocho años y he utilizado una cantidad monstruosa de purpurina para decorar los jarrones.
—Gracias —le digo, el calor crece en mis mejillas como agujas calientes.
—Te quedaba bien. —Ahora sonríe completamente, sus ojos oscuros y vítreos.
Niego con la cabeza, el calor de la vergüenza provoca picor en mi piel. ¿Qué narices me pasa a mí hoy?
—Y… ¿para cuándo necesitas el ramo?
—Para mañana —dice, cogiendo el cambio del mostrador y metiéndoselo en el bolsillo.
—Puedes venir a por él después de las diez de la mañana. —Me muerdo el labio inferior todavía sintiéndome incómoda y rara, medio deseando que se vaya de una vez—. Espero que le gusten a tu novia —añado antes de que pueda parar.
El contorno de sus ojos parece estrecharse. Cuando por fin habla, suelta las palabras con lentitud.
—No tengo novia…, Charlotte.
Mi respiración se queda atrapada en mi garganta mientras se aleja del mostrador caminando hacia la parte delantera de la tienda. Sabe mi nombre. ¿Por qué sabe mi nombre? Y a continuación mis dedos tocan la tarjeta identificativa de plástico enganchada en mi camisa donde pone «Charlotte» en letras blancas.
Se detiene con una mano en la puerta de vidrio y lo miro fijamente, con la esperanza de que no se dé la vuelta. Con la esperanza de que sí lo haga. Pero sale hacia la luz de la tarde y yo me agarro al borde del mostrador con el sonido de mi nombre en sus labios repitiéndose dentro de mi cabeza.
Alguien llama a la puerta de la clase y todo el mundo se sobresalta en su asiento.
El señor Rennert, mi profesor de Literatura Avanzada, suspira y suelta el rotulador de pizarra encima de la mesa con frustración.
La puerta se abre y Misty Shaffer, una chica de tercero con pelo muy corto y sonrisa constante de brackets morados y verdes, entra en el aula. Espero descubrir una nota en su mano, algo privado que entregar a uno de los estudiantes. Pero en lugar de eso sostiene un enorme ramo de rosas.
Rosas de color rosa.
Lacy Hamilton y Jenna Sánchez sueltan un jadeo desde sus asientos una fila más a la derecha que la mía con sus rostros iluminados de esperanza. Al fondo de la clase emergen comentarios.
El tiempo parece ralentizarse cuando Misty, con sus dientes morados y verdes, camina por el pasillo. Creo que va a parar en el pupitre de Jenna, y la postura de esta revela que también lo piensa. Pero Misty lo hace frente a mí, el ramo prácticamente cubre su cara. Parpadeo al mirarla, el lápiz que sostengo en la mano se detiene en el boceto a medio terminar de una vid serpenteante que había estado dibujando en los márgenes de mi cuaderno.
—Charlotte —dice ella. Acerca el ramo hacia mí y no parezco ser capaz de reaccionar, de levantar mis manos para quitárselo de las suyas.
No es posible.
Sentado en la fila contigua, Carlos me empuja en el costado para que haga algo. Toda la clase me está mirando, incluido el señor Rennert. Rápidamente agarro las flores y las pongo sobre el pupitre. Misty se queda un momento en el pasillo, con los ojos abiertos, expectante, como si pensara que le voy a decir de quién son.
—Gracias, Misty —dice el señor Rennert desde el frente de la clase con su habitual tono seco. Misty se da la vuelta, yéndose tan deprisa como entró—. Venga, todo el mundo a centrarse —añade él, recuperando el rotulador de su escritorio.
Pero antes de que pueda decir otra palabra, la campana suena desde el altavoz que hay sobre la puerta y todo el mundo salta de su asiento. El señor Rennert suelta un bufido.
Me levanto lentamente, como si la fuerza de la gravedad fuese demasiado potente. No puedo ni hablar.
—¿Qué no me estás contando? —dice Carlos con tono casi acusador mientras el mogollón del pasillo nos traga. Nunca nos guardamos secretos el uno al otro. Las mochilas y los hombros chocan contra mí mientras me abro camino a través de la multitud; Carlos está pegado a mi espalda.
—¿Quién te las ha enviado?
Mis dedos tiemblan mientras saco la tarjeta desde el centro del ramo y analizo el sobre. Sin duda es de nuestra tienda. Reconozco el fino ribete de oro del borde. En la parte frontal se lee CHARLOTTE en letra sencilla y clara. La pequeña tarjeta sale deslizándose con facilidad del sobre y la purpurina se escapa hacia fuera con él, quedándose pegada en mis dedos y cayendo como lluvia al suelo, ensuciando la parte de arriba de mis zapatos.
PORQUE LO SENCILLO ES HERMOSO, pone.
—Esto… ¿Me lo cuentas? —pregunta Carlos, leyendo por encima de mi hombro—. ¿Y a qué viene lo de la purpurina?
Meto la tarjeta en el sobre, siento mi corazón golpeándome el pecho. Tate. Compró las flores para mí. ¿Qué clase de loco compra rosas para una chica a la que ni siquiera conoce? ¿Y cómo me ha encontrado aquí en el instituto?
—¿Holaaaa? —insiste Carlos, agitando una mano delante de mi cara—. ¿Mi pequeña Charlotte por fin ha encontrado un admirador?
—Por supuesto que no. —Pero mis mejillas arden—. Es solo un tío que vino a la tienda ayer.
—¿Lo conociste AYER y ya te está enviando flores? —pregunta Carlos, tocando uno de los perfectos capullos.
—Ni siquiera sé cómo me encontró —digo.
—¿Estaba bueno o era un raro?
Frunzo el ceño al recordar su rostro perfecto, sus ojos oscuros y su pecho ancho y musculoso.
—Así que estaba bueno —dice Carlos con una sonrisa, doblando su brazo sobre mis hombros—. No pasa nada, Char, puedes pensar que un chico es guapo. Creerlo no hace ningún daño.
Vuelvo a fruncir el ceño.
—Era increíblemente guapo —digo—. Pero me parece arrogante que me envíe flores cuando ni siquiera le conozco.
Huelo los pétalos cuando llegamos a nuestra taquilla compartida. Como todos los años, cuando nos asignan a cada uno la nuestra, Carlos y yo elegimos la mejor situada de las dos y la utilizamos ambos.
—Quizá esté un pelín demasiado seguro de sí mismo —Carlos gira la rueda del candado de combinación—, pero no se lo eches en cara a las flores.
Meto el enorme ramo dentro de la taquilla, tratando de que parezca que no me importa aunque tengo cuidado de que ninguno de los tallos se doble o se parta. Cambio de tema.
—Háblame de la fiesta de anoche, ¿viste a Alan Gregory?
—Lo de ayer por la noche fue un bajón total. Alan me envió un mensaje diciendo que tenía que estudiar un examen de física y que al final no podía ir a la fiesta. Me largué pronto y en casa me puse a ver programas antiguos de Saturday Night Live.
Engancho mi brazo en el de Carlos y le aprieto.
—Lo siento. Quizá él te llame para quedar contigo este fin de semana.
—Quizá. —Carlos se encoge de hombros—. Y quizá Míster Guapísimo y Misterioso te envíe otra docena de rosas mañana.
—Espero que no.
Carlos cierra la taquilla de golpe y se pone delante para abrirnos paso por un pasillo atestado y en movimiento. Chloe Zines se ve obligada a desviarse bruscamente y me lanza una mirada de desprecio. Chloe es guapa. Guapa rollo demasiado arreglada, demasiado maquillaje, pelo perfecto y ropa impecable. Siempre me he sentido simple y deslucida a su lado, como una figura de cartón, vacía de todo color.
—A mí me gusta mi dulce Charlotte tal y como es —dice Carlos, girando la cabeza hacia mí—. La eterna virgen.
—No soy una eterna virgen —le corrijo—. Estoy esperando hasta después de la universidad… por lo menos.
—Es decir, básicamente, hasta el fin de los tiempos.
—Para —digo, sacudiendo la cabeza y sonriendo hacia él.
—Eres una especie de santa, Charlotte Reed.
Atravesamos las pesadas puertas dobles y salimos hacia la luz de la mañana, donde el sol del mediodía brilla resplandeciente y caluroso. Carlos levanta una mano para protegerse los ojos mientras observamos el césped salpicado de grupos de estudiantes que se sientan en la hierba o en los bancos azules desgastados.
A medida que nos acercamos a nuestro lugar en el césped de siempre, a la sombra, dice:
—Algún día te enamorarás locamente y no seré capaz de arrancarte de las fauces de ese espécimen de varón fornido con abdominales como un dios espartano.
Resoplo.
—Creo que ese es el chico de TUS sueños —contesto, pellizcando su brazo. No tengo ningún chico soñado en MI cabeza.
Me guiña un ojo mientras nos sentamos.
—Ya verás, mi incorrupta y virgen Charlotte. Un día encontrarás a alguien que le dará la vuelta a tu mundo perfecto y lo pondrá al revés.
Cuando entro, nuestra casa está tranquila. Es una pequeña vivienda de la calle Harper, escondida entre dos imponentes palmeras que agonizan. Desenvuelvo el ramo de flores sobre el fregadero de la cocina, quito el celofán transparente y lo coloco en un florero con agua fría. Son más bonitas aquí en casa, los pétalos de color rosa claro son como un soplo de primavera contra las gastadas paredes.
—¿Quién te las ha dado? —La voz de mi hermana se eleva desde el arco que separa la cocina del salón. La casa es un rectángulo claustrofóbico de tres dormitorios, un salón con cocina americana y un baño increíblemente pequeño. Cuando me afeito las piernas por la mañana antes de clase, tengo que sacar una pierna por la cortina de la ducha y apoyar mi pie en el borde del lavabo para mantener el equilibrio.
—Nadie —contesto rápidamente, colocando el jarrón en el centro de la mesa de la cocina.
El pequeño Leo está apoyado en la cadera de Mia y sus diminutos dedos agarran la tela de su camiseta blanca, manchada con alguna sustancia pegajosa de bebé. Ella se acerca caminando sobre el linóleo y yo le hago cosquillas a Leo en la barbilla.
—Son más bonitas que los restos que normalmente traes de la tienda —dice Mia.
—Son de un pedido especial que no han venido a recoger. —La mentira sale con facilidad, sorprendiéndome mucho. Jamás miento. Nunca tengo razones para hacerlo.
Mia levanta a Leo y sus ojos azules se giran hacia mí, una sonrisa sin dientes se forma en sus labios. Le tomo de los brazos de mi hermana y le miro mientras Mia se pasa sus manos por el pelo dorado, con un movimiento exhausto, como si no hubiera tenido ni un momento sin Leo en sus brazos en todo el día. Sus ojos hundidos revelan falta de sueño. Por un momento me siento como si estuviera mirando mi propio reflejo. Mia es dos años mayor que yo y, aunque no compartimos el mismo padre, casi podríamos ser gemelas; tenemos los mismos cristalinos ojos verdes y el pelo del color del caramelo.
—No sé por qué todavía llevas eso puesto —dice, caminando hacia el frigorífico.
—¿El qué? —pregunto, meciendo a Leo un poco, sonriéndole cuando estalla en una risa de bebé.
—El anillo de mamá. —Ella hace un gesto con la cabeza hacia mi mano izquierda, donde el anillo turquesa se ha movido un poco y está descentrado. Mi padre se lo dio a mi madre cuando empezaron a salir y ella me lo dio a mí una vez tuve edad suficiente como para no perderlo.
—Me recuerda a ella —digo, aunque eso no es todo y Mia lo sabe. También me sirve para recordar que no quiero ser como mi madre, que no quiero acabar como ella, conduciendo hasta chocar de frente una y otra vez contra el amor mientras el resto de su vida se quemaba en su espejo retrovisor.
—Hola, chicas —dice la abuela entrando por la puerta principal. Besa la coronilla de Leo—. Bonitas flores —dice, señalando las rosas.
El pelo castaño oscuro de la abuela descansa sobre sus hombros en ondas suaves. Además lleva su collar de oro favorito. Lo recibió como regalo de boda de su suegra cuando se casó a los diecisiete años. Cuando mi madre tenía esa edad se quedó embarazada de Mia. Y Leo nació antes de que Mia acabara el instituto, como si estuviera predeterminado por algún malvado y enrevesado giro del destino. Yo ya he batido el récord habiendo llegado a los dieciocho sin ningún bebé.
La abuela va a la nevera y saca una jarra de agua con rodajas de limón flotando en la superficie.
—Esta noche estaré fuera hasta las diez —dice cogiendo un vaso del armario y llenándolo. Una rodaja de limón cae en su vaso en el último momento.
—¿Trabajas hoy? —pregunta Mia. La abuela trabaja duro limpiando oficinas, pero se niega a dejarme ayudar a pagar los gastos de la casa con mi salario de la floristería. Dice que todo lo que gane debe ser para la universidad. —Es que ya he hecho planes —se queja, y me pregunto cómo puede tener ganas de salir—. Me viene a buscar en una hora.
—Yo puedo quedarme con él mañana —ofrece la abuela, devolviendo la jarra a la nevera y extiende sus manos para coger a Leo de mis brazos.
—Vamos a un concierto. El grupo no toca mañana. —Pero cuando la abuela no responde de inmediato, Mia se gira hacia mí—. Charlotte —suplica, diciendo mi nombre lentamente—. Porfi. Este chico me gusta un montón.
—No puedo —contesto—. Tengo que estar en la tienda en veinte minutos. —Siento una punzada de culpabilidad. Quizá debería ayudar a mi hermana, llamar al trabajo y decir que estoy enferma. Pero parte de mí no puede evitar pensar que es mejor que Mia se mantenga alejada de los chicos por un tiempo. A fin de cuentas, eso fue lo que la llevó a su situación. Sé que no es algo muy agradable de pensar, pero es la verdad.
Mia gira sobre sus talones y se va con paso firme a su habitación, cerrando la puerta de golpe tras ella.
La abuela me da una palmadita en el brazo.
—Solo está disgustada —susurra—. No es fácil con el bebé.
—Lo sé.
Mia solía serlo todo para mí, mi mejor amiga, éramos los dos únicos planetas en la órbita de la otra. La Reina de Miel y la Princesa de Semillas de Amapola. Así nos llamábamos a nosotras mismas cuando éramos pequeñas. Pertenecíamos la una a la otra. Pero ahora, Mia pertenece a cualquier chico que le diga que la quiere y le dé dinero extra para pañales y ropa nueva. Ellos no se dan cuenta, pero ella los usa más de lo que ellos la usan a ella. Para Mia son desechables… de usar y tirar.
Le echo otro vistazo a la puerta de su dormitorio y me pregunto cómo hemos acabado de forma tan diferente.

La noche se presenta tranquila en la floristería. Miro la puesta de sol por los ventanales de la fachada, cómo el cielo se deshace en cintas rosas y naranjas. Consulto mi reloj: diez minutos más tarde de la hora de cerrar. Holly se marchó hace treinta minutos y me pidió que cerrase, pero antes nos hemos pasado casi todo el turno hablando de mi misterioso admirador.
Justo después de abrir la tienda esta mañana, ella recibió una llamada pidiendo que el ramo de rosas rosas fuese entregado a Charlotte Reed en el instituto Pacific Heights. Había pasado el resto del día a punto de explotar de curiosidad, esperando a que llegase yo a la floristería para hacerme novecientos millones de preguntas sobre el chico que me había enviado las flores.
Holly sabe que yo no tengo citas con nadie. Y sabe que nunca he tenido novio. Pero es una romántica empedernida y quería conocer todos los detalles, desde lo que llevaba puesto, pasando por qué es exactamente lo que dijo, hasta lo que yo había sentido al ver las flores llegar a mi clase. Le he dicho que me he sentido incómoda pero no me ha creído.
Me levanto del taburete, me dirijo hasta el ventanal del escaparate y le doy la vuelta al cartel de CERRADO.
Estoy a punto de coger mi bolso y las llaves cuando la campanilla de la puerta principal suena detrás de mí, indicando que alguien acaba de entrar.
—Lo siento, ya hemos cerrado —digo, girando sobre mis pies para, cortésmente, acompañar al exterior a quienquiera que sea.
Pero mi cuerpo se congela.
—Hey —dice Tate, de pie con las manos en los bolsillos, inclinado ligeramente hacia un lado.
—¿Qué haces aquí? —pregunto.
—Quería verte —dice simplemente.
Exhalo a través de mi nariz, mi corazón se para y comienza a funcionar de nuevo.
—La verdad es que no deberías haberme enviado esas rosas.
—¿Por qué no? —La pregunta se queda en el aire entre nosotros y su mirada se derrama sobre mí como si pudiera tocar mi piel con solo observarme. Me pone nerviosa. Y odio a esa parte de mí a la que le gusta esa sensación. Me he encontrado con chicos como este antes: chicos que piensan que me conocen, que piensan que pueden llegar a mí. Tate no tiene por qué ser diferente. Él NO es diferente. Pero entonces, ¿por qué me siento como si no pudiera respirar cuando está cerca?
—Ni siquiera me conoces —consigo decir.
—Sé que te gustan las rosas de color rosa.
—Eso es todo lo que sabes —contesto.
—¿No es suficiente? —Levanta una ceja y desliza sus manos en los bolsillos más adentro.
Rechino los dientes de la frustración.
—No, no lo es —respondo.
—Sal conmigo —dice bruscamente.
Me pilla con la guardia baja y doy un paso atrás.
—¿Qué?
—Ten una cita conmigo. —Su voz es grave, provocativa y su cuerpo se desplaza hacia el centro. Está vestido de manera casi idéntica a ayer: vaqueros desgastados y una sencilla camiseta blanca. Pero en su muñeca izquierda lleva un reloj de plata que no recuerdo haber visto antes. Parece caro.
—Yo… —Mi boca está abierta, mi mente no consigue centrarse en ningún pensamiento. Y algo se aferra a mi pecho, una presión que no puedo explicar. Me gustaría que se fuera de la tienda.
Pero no lo hace. Da un paso hacia mí y se detiene a solo un par de centímetros de distancia sin apartar sus ojos de los míos. Siento mi piel como si de repente fuera un cristal, agrietándose y astillándose pero sin llegar a romperse. Su mirada me llena de una energía nerviosa.
El claxon de un coche suena desde la calle y él gira la cabeza mientras un camión se aleja de la acera. Su expresión se vuelve incómoda por un instante, después se relaja y vuelve a esa inconsciente confianza en sí mismo.
—Quiero dar una vuelta contigo —dice de nuevo.
No puedo evitar el cosquilleo de emoción en la boca de mi estómago. Pero cruzo los brazos, aprieto mis manos en puños y le ordeno a mi cuerpo que se comporte.
—No —le digo y la palabra suena dura contra mi garganta—. Necesito cerrar la tienda y necesito irme a casa. —Fuerzo a mi mirada a que se encuentre con la suya para que vea que estoy hablando en serio.
La comisura de su boca se arquea hacia arriba ligeramente, como si todo esto le pareciese divertido. O tal vez es que simplemente le gustan los desafíos. Imagino que probablemente no escucha la palabra «no» muy a menudo.
Mira su reloj y después la puerta.
—En ese caso, buenas noches, Charlotte —dice, su voz enroscándose en mi nombre. Y contengo el aliento mientras lo veo atravesar las puertas de cristal y desaparecer en la oscuridad.

—¿Te ha invitado a salir con él? —chilla Carlos.
Estamos sentados en el laboratorio de informática de la señora Fields, donde el club del periódico se reúne una vez a la semana después de clase. Esta semana Carlos va a escribir un artículo sobre el sauce llorón junto a la entrada oeste, que se está muriendo poco a poco porque todo el mundo sigue tallando sus nombres en la suave corteza de su tronco. Durante la comida he hecho fotos del árbol con la cámara del instituto, documentando los corazones y nombres grabados en la madera: «Weston ❤ Cara. TM + AY», que todo el mundo sabe que son Toby McAlister y Alison Yarrow. Sus nombres esculpidos eternamente en el árbol a pesar de que solo estuvieron saliendo durante dos semanas y ahora se odian.
—Le dije que no —le aclaro a Carlos. Estoy sentada en uno de los ordenadores de las ventanas que dan a la calle, seleccionando las fotos que hice antes. Trabajar en el periódico del instituto viene bien para la solicitud de entrada a la universidad de Stanford. Por eso me apunté, pero lo cierto es que me lo paso bien. Hacer fotos parece más anónimo que redactar artículos y, sin embargo, a veces da la sensación de que es más importante; como si una fotografía pudiese contar más que cuatrocientas palabras a doble espacio.
—¿Qué más dijo? —Carlos presiona desde su ordenador junto al mío, girando sobre su silla para quedarse frente a mí.
—Nada. Le dije que se fuera.
—¿En serio? —Carlos me mira como si estuviese loca.
—Bueno, le dije que tenía que cerrar la tienda —me defiendo.
—¿Y cómo de bueno estaba esta vez?
Elevo un hombro y niego con la cabeza.
—Admítelo —dice Carlos, sonriendo—. Crees que está como un queso.
—Da igual —le digo—. Ya sabes que da igual cómo esté. He llegado al último curso de instituto sin distraerme por un chico. No voy a dejar que me pase ahora.
—Pero solo para aclararme. Crees que está megabuenorro, en plan «se te caen las bragas», ¿verdad?
Suspiro.
—Es perturbadoramente increíble y me da mucha rabia que lo sea.
—Guay. No tendremos que fingir que no lo es cuando volvamos a hablar de él.
—No vamos a volver a hablar de él. —Me concentro de nuevo en la pantalla de mi ordenador.
—Recordaré que has dicho eso —dice Carlos, y puedo detectar que sonríe en su tono de voz.

Ese lunes, en el trabajo hay que preparar varios ramos de flores. Me concentro en ellos y cuando termino me pongo a estudiar y a hacer problemas para mi próximo examen de matemáticas. Está genial porque necesito distraerme para no pensar en Tate. Pero, ¿POR QUÉ estoy pensando en él? Lo rechacé por muy buenas razones, me recuerdo a mí misma: he trabajado demasiado y estoy demasiado cerca de dejar toda esta vida atrás, mi instituto mediocre, nuestra pequeña casa desmoronada. Hay más, ahí afuera, esperándome, lo sé.
Cuando escucho el timbre de la puerta de nuevo, me giro demasiado rápido y se me caen las tijeras al suelo, casi clavándose en mi pie derecho.
—Mierda —murmuro, agachándome para recogerlas.
—¿Estás bien? —pregunta una voz.
—Uy, lo siento, ¿puedo ayudarle? —digo, levantando la cabeza con las tijeras en la mano.
Y de pie junto a la puerta está Tate.
En sus manos sostiene dos bandejas de cartón con cuatro vasos de café en cada una.
—Te he traído café —dice directamente, como si le estuviese esperando.
—¿Ocho?
—No sé cuál te gusta.
—¿Quién dice que me gusta el café? —pregunto y una sonrisa amenaza con abrirse en mi cara.
Mira hacia abajo, a los vasos, y vuelve la vista hacia mí.
—¿Te gusta el café?
—Puede ser —le digo, aunque por supuesto, me encanta el café.
Se mueve hacia el mostrador y pone encima las dos bandejas de cartón. El dulce aroma de café, la leche caliente y la canela llenan el ambiente.
—¿Cuáles son mis opciones? —Sé que no debería seguirle su pequeño juego, debería decirle que se fuera, pero me dirijo al mostrador, atraída por el aroma, muy a mi pesar.
—¿Un espresso sin florituras? —pregunta, señalando una taza. Su voz grave hace que la pregunta suene mucho más personal de lo que es en realidad.
Niego con la cabeza.
Su mirada recorre las tazas de café y después vuelve a mí.
—¿Mocha con extra de nata?
—No.
—¿Caramel Machiatto con leche desnatada?
Niego con la cabeza de nuevo. En realidad estoy empezando a disfrutar de esta historia. Decir que no a cada opción me hace sentir bien, como si recordara así a ambos que él no tiene nada que yo quiera.
Su mirada se estrecha, sin inmutarse. A continuación levanta uno de los vasos y lo sostiene ante mí.
—Chai con leche de almendra caliente y una pizca de canela.
Mi barbilla se inclina hacia un lado. Sin responder, cojo el vaso de su mano. Mierda.
Detecto una mínima sonrisa de satisfacción en las comisuras de sus labios.
—Esto no quiere decir que vaya a decir que sí a una cita contigo —le digo.
—No te he pedido nada.
Le doy un sorbo al chai y calienta al instante mi lengua. Es exactamente lo que necesito para ayudarme a continuar con el resto de la tarde.
—Gracias —digo.
La pupila de sus ojos baja y se centra en mis labios, y yo me agarro mi labio de abajo entre los dientes cuando un repentino fogonazo de calor me atraviesa. Entonces, inesperadamente, coge las dos bandejas del mostrador, aún llenas salvo por un vaso, y se dirige a la puerta.
Abro la boca, a punto de decir: ¿Ya está? ¿Para eso has venido nada más? cuando recuerdo mis prioridades en la vida y aprieto los labios.
Se detiene a medio camino de la puerta y dice:
—Adiós, Charlotte. —Una vez más se marcha, pero esta vez, no puedo evitar tener la esperanza de que vuelva.