OTRA VEZ JUNTOS, DEMASIADO PRONTO
Hoy
Nueva York
Teatro Graumann
Primer día de ensayo
Camino a toda prisa por la acera abarrotada y un sudor nervioso me cubre todas mis partes menos glamurosas.
Oigo la voz de mi madre en la cabeza: «Una dama no suda, Cassie. Resplandece».
En ese caso, mamá, estoy resplandeciente como una cerda.
De todas formas, nunca pretendí ser una dama.
Digo para mis adentros que estoy «resplandeciente» porque llego tarde. No por él.
Tristan, mi compañero de piso/coach personal, está convencido de que no he pasado página, pero eso es una chorrada.
Le tengo más que olvidado.
Le olvidé hace mucho tiempo.
Cruzo correteando la calle, esquivando el imparable tráfico de Nueva York. Varios taxistas me maldicen en distintos idiomas. Estiro alegremente el dedo corazón porque casi seguro que ese gesto significa «Que te jodan» en el mundo entero.
Echo un vistazo a mi reloj al entrar al teatro y me dirijo a la sala de ensayos.
Maldita sea.
Cinco minutos tarde.
Casi puedo ver el gesto burlón en su cara de cabrón y me horroriza que, incluso antes de poner el pie en la sala, sienta el impulso irrefrenable de abofetearle.
Me detengo junto a la puerta.
Puedo hacerlo. Puedo verle sin venirme abajo.
Puedo.
Suspiro y presiono la frente contra la pared.
¿A quién diablos voy a engañar?
Sí, claro, puedo interpretar una obra apasionada con mi examante, que me rompió el corazón, no una, sino dos veces. No hay problema.
Me doy cabezazos contra la pared.
Si existiese el país de los estúpidos, yo sería su reina.
Inspiro hondo y exhalo despacio.
Cuando mi agente me llamó para darme la noticia de mi gran oportunidad en Broadway debería haber intuido que había gato encerrado. Puso por las nubes a mi compañero de reparto. Ethan Holt: el chico it del momento en el mundo del teatro. Con mucho talento. Premiado. Adorado por fans histéricas. Un pibón.
Pero, claro, ella no estaba al corriente de nuestra historia. ¿Por qué iba a estarlo? Jamás hablo de él. De hecho, me alejo cuando mencionan su nombre. Resultaba más fácil sobrellevarlo cuando él se encontraba al otro lado del mundo, pero ya está de vuelta, empañando el trabajo de mis sueños con su presencia.
Típico.
Cabrón.
Poner cara animosa no va a ser fácil, pero no hay más remedio.
Saco mi polvera y me miro al espejo.
Maldita sea, brillo más que el edificio Chrysler.
Me doy unos toquecitos de polvos y me retoco el brillo de labios mientras me pregunto si me encontrará distinta después de todos estos años. Mi pelo castaño, que me llegaba a media espalda en la universidad, ahora me cae justo por debajo del cuello en capas asimétricas de punta. Aunque tengo la cara un poco más afilada, supongo que en esencia sigo siendo la misma. Labios decentes. Constitución ósea aceptable. Ojos ni marrones ni verdes, sino una rara mezcla de ambos. Más aceituna que avellana.
Cierro con un chasquido la polvera y la echo al bolso, cabreada por el mero hecho de plantearme tener un aspecto presentable para él. ¿Acaso no he aprendido nada?
Cierro los ojos y pienso en todas las maneras en las que me hizo daño. En sus absurdos argumentos. En sus excusas de mierda.
Me invade la amargura y suspiro aliviada. Ese es el acicate que necesito. Hace aflorar a la superficie mi rabia. Me sirve de protección a modo de escudo y encuentro consuelo en el rescoldo de agresividad.
Puedo hacerlo.
Tiro de la puerta y entro con aire resuelto. Siento que me observa incluso antes de verle. Me resisto a buscarle con la mirada porque eso es lo que deseo hacer, y una de las cosas que aprendí con Ethan Holt fue a controlar mi instinto natural. Las cosas se jodieron entre nosotros por guiarme por mi instinto; me decía que él podía aportarme algo, cuando en realidad no me ofrecía nada.
Me dirijo hacia la mesa de producción donde nuestro director, Marco Fiori, está deliberando con nuestros productores, Ava y Saul Weinstein. De pie junto a ellos hay una cara conocida: nuestra directora de escena, Elissa, la hermana de Ethan.
Ethan y Elissa van en el mismo lote. El contrato de Ethan estipula que ella dirija todas las obras en las que trabaja, lo cual no me explico en vista de que se llevan como el perro y el gato.
Yo diría que Elissa es su colchón, pero, claro, ¿por qué iba a necesitarla? Él no necesita nada ni a nadie, ¿no? Es intocable. Es de puñetero teflón.
Elissa señala hacia una maqueta del decorado que vamos a utilizar mientras comenta la mecánica de la escenografía.
Los productores escuchan y asienten.
Con Elissa no tengo ningún problema. Es una fantástica directora de escena y hemos trabajado juntas anteriormente. De hecho, hace un siglo éramos buenas amigas. Cuando yo todavía pensaba que su hermano había nacido de una madre humana y no en un desove por el mismísimo ojete de Satanás.
Levantan la vista cuando me acerco.
—Ya, ya —digo soltando el bolso encima de una silla—. Lo siento.
—No pasa nada, cara —dice Marco—. Todavía estamos comentando detalles de producción. Tranquila, tómate un café. Nos pondremos en marcha enseguida.
—Genial. —Busco en mi bolso mis provisiones para el ensayo.
—¿Qué tal? —dice Elissa con una cálida sonrisa.
—Hola, Lissa.
Por un momento un torrente de nostalgia templa mi ira y caigo en la cuenta de lo mucho que la he echado de menos. Es tan distinta a su hermano… Ella baja, y él alto. Ella rellenita, y él de rasgos angulosos. Hasta su tez es diferente. Él es de piel clara y de aire convencional, mientras que ella es morena y anárquica. Y, sin embargo, volverla a ver me recuerda por qué llevamos años sin hablar. Siempre la asociaré con él. Demasiados malos recuerdos.
Al sacar la botella de agua, mi bolso resbala del asiento y cae ruidosamente al suelo. Todos se quedan mirando. Aprieto los dientes al oír una risita por lo bajini.
Que te den, Ethan. Ni me molesto en mirarte.
Recojo mi bolso y lo lanzo a la silla.
De nuevo una risita, y maldigo al Dios Todopoderoso del Homicidio Justificado. Voy a asesinarle con mis propias manos.
Aunque está al otro lado de la sala, bien podría estar justo a mi lado, porque su voz vibra hasta en mis huesos.
Necesito un cigarrillo.
Echo un vistazo a Marco, radiante con su pañuelo mientras describe la obra haciendo aspavientos. Todo esto es culpa suya. Fue él quien quiso que Holt y yo hiciéramos este proyecto. Me convencí a mí misma de que sería un gran paso en mi carrera, pero en realidad va a ser el último espectáculo de mi vida porque, como el idiota que ríe con sorna en el rincón no cierre el pico, en el momento menos pensado me va a dar un ataque asesino y van a encerrarme de por vida.
Gracias a Dios la risita cesa, aunque todavía siento su mirada achicharrándome la piel.
Le ignoro y hurgo en mi bolso. Llevo cigarrillos, pero mi encendedor ha desaparecido en combate. Necesito seriamente hacer limpieza en este pozo sin fondo. Por Dios, ¿hay algo que no lleve ahí dentro? Chicles, pañuelos, maquillaje, analgésicos, viejas entradas de cine, un frasco de perfume, tampones, llaves, un muñeco coleccionable de la Federación Mundial de Lucha Libre al que le falta una pierna… ¿Qué demonios…?
—Perdone, ¿señorita Taylor?
Al alzar la vista encuentro a un guapo chico afroamericano ofreciéndome algo que huele sospechosamente como mi cortado de café verde favorito.
—Vaya, parece estresada —dice en el tono justo de preocupación para evitar que le arranque las orejas de un bocado—. Soy Cody. Hago prácticas en Producción. ¿Café?
—Hola, Cody —digo mientras calibro el vaso de cartón—. ¿Qué llevas ahí, amigo?
—Un cortado de café verde doble con moca y extra de crema.
Asiento, impresionada.
—Me lo había parecido. Es mi favorito.
—Ya. Me aseguré de familiarizarme con sus gustos y los del señor Holt para tener previstas sus necesidades y crear un ambiente agradable en los ensayos.
¿Un ambiente agradable en los ensayos? ¿Conmigo y Holt? Pobre criatura ilusa.
Cojo el café y lo huelo mientras continúo rebuscando en el cajón de sastre.
—¿No lo dirás en serio?
¿Dónde coño está mi encendedor?
—Sí. —Saca un mechero de su bolsillo y me lo tiende con una sonrisa monísima.
Suspiro y dejo caer la cabeza hacia atrás.
Madre mía, el chico es un regalo de los dioses.
Cojo el mechero y contengo el impulso de abrazarle. Tristan dice que a veces soy demasiado sobona. En realidad, el término que utiliza es «tocapelotas», pero yo lo cambio para sentirme mejor.
En lugar de eso, sonrío al chaval.
—Cody, espero que no te lo tomes a mal porque acabamos de conocernos, pero… creo que te quiero.
Se ríe entre dientes y agacha la cabeza.
—Si quiere escabullirse fuera, iré a avisarla cuando estén listos para empezar.
Si no aparentara dieciséis años seguramente le besaría. Con lengua.
—Eres mi ídolo, Cody.
Con mi visión periférica distingo una sombra oscura repantigada en una silla al otro lado de la sala, así que enderezo los hombros y me pavoneo como si me importara un bledo.
El calor de su mirada me sigue hasta que llego a la escalera; después simplemente me quedo abotargada.
Digo para mis adentros que no echo de menos ese ardor.
La escalera, empinada y oscura, conduce a un callejón a espaldas del teatro. Antes incluso de que la puerta se cierre ya llevo el cigarrillo prendido en los labios. Al apoyarme contra los fríos ladrillos, inhalo y alzo la vista a la fina franja de cielo visible entre los edificios. La nicotina no consigue calmar mis nervios. Casi seguro que hoy solo lo harían los sedantes de uso hospitalario.
Termino el cigarrillo y vuelvo hacia la entrada de artistas pero, antes de empuñar el tirador, se abre y me topo con el causante de toda mi rabia. Sus vaqueros oscuros se le ajustan de una manera en la que no debería haberme fijado ni mucho menos.
Sus ojos son tal cual los recordaba. Azul claro, cautivadores. Pestañas gruesas y oscuras. De una intensidad que abrasa.
El resto, sin embargo…
Ay, lo había olvidado. Me había obligado a olvidarlo.
Incluso ahora, es el hombre más guapo que he visto en mi vida. No, no exactamente. «Guapo» no le hace justicia. Los actores de telenovelas son guapos, pero en un sentido totalmente previsible, insulso. Holt es… fascinante. Como una pantera exótica, rara; belleza y carisma a partes iguales. Enigmático sin siquiera pretenderlo.
Odio su buen aspecto.
Cejas marcadas y fruncidas. Mandíbula angulosa. Labios lo bastante carnosos como para resultar bonitos, pero que vistos en el conjunto de sus rasgos parecen de lo más masculinos.
Lleva su pelo oscuro más corto que la última vez que le vi, lo cual le da un aire más maduro. Y más alto, si es que eso es posible.
Siempre ha sido mucho más alto que yo. Metro noventa y cinco comparado con mi metro sesenta y cinco. Y, en vista de la anchura de sus hombros, lleva haciendo ejercicio desde la universidad; no demasiado, pero sí lo suficiente para que yo note una definición muscular evidente bajo su camiseta oscura.
Me arden las mejillas y me dan ganas de abofetearme a mí misma por la reacción.
Encima aparece con un aspecto más atractivo que nunca. Qué asco.
—Hola —dice, como si no me hubiera pasado los tres últimos años soñando con darle un puñetazo en su preciosa cara de cabrón.
—Hola, Ethan.
Me mira fijamente y, como de costumbre, siento su vibración en la médula de mis huesos.
—Tienes buen aspecto, Cassie.
—Tú también.
—Llevas el pelo más corto.
—Tú también.
Da un paso hacia mí y odio el modo en el que me mira. Evaluándome y dando su aprobación. Ávido. Eso me atrae hacia él, como si fuera una tira matamoscas y todo mi ser zumbase para intentar liberarse.
—Ha pasado mucho tiempo.
—¿En serio? No me había dado cuenta. —Trato de aparentar absoluta indiferencia. No quiero que sepa el efecto que ejerce sobre mí. No se merece esta reacción. Y, por encima de todo, yo tampoco.
—¿Qué tal? —pregunta.
—Muy bien. —Respuesta automática. No significa nada; simplemente que me ha ido muy bien.
Sigue con la mirada clavada en mí y me encantaría estar en otro sitio porque en este instante me recuerda los viejos tiempos, y duele.
—¿Y tú? —pregunto con impecables modales—. ¿Qué tal?
—Yo… bien.
Hay algo en su tono. Algo soterrado. Ha dejado entrever lo justo para despertar mi curiosidad, pero no quiero hurgar más porque sé lo que pretende.
—Vaya, genial, Ethan —digo en el tono justo de desenfado para cabrearle—. Me alegro.
Mira al suelo y se atusa el pelo. Su postura se tensa para adquirir la habitual forma del zopenco que conozco tan bien.
—Fíjate —dice—. Tres años y eso es lo único que tienes que decirme. Cómo no.
Se me retuerce el estómago.
No, imbécil, eso no es todo lo que tengo que decirte, pero ¿qué más da? Ya está todo dicho y no me hace gracia darle vueltas al tema.
—Pues sí —contesto alegremente, y le aparto a un lado para pasar. Abro la puerta con brusquedad y bajo al trote la escalera ignorando el hormigueo del punto de mi piel donde nos hemos tocado.
Oigo un «¡Joder!» apagado y acto seguido sus pasos a la carrera. Intento sacarle ventaja, pero me agarra del brazo antes de llegar al pie de la escalera.
—Cassie, espera.
Me hace volverme para mirarle e imagino que va a pegarse a mí. A hacer que su piel y su olor sean mi perdición como tantas otras veces. Pero no lo hace.
Se queda ahí plantado y todo el aire de la estrecha y oscura escalera se vuelve tan denso como el algodón. Siento claustrofobia, pero no pienso ponerme en evidencia.
Nada de flaquezas.
Él me enseñó eso.
—Oye, Cassie —dice, y yo odio haberme perdido oírle pronunciar mi nombre todo este puñetero tiempo—. ¿Qué te parece si dejamos a un lado todos nuestros malos rollos y empezamos de nuevo? Por mí, encantado. Pensaba que tú también podrías.
Su expresión es de pura sinceridad, pero ya me la conozco. Cada vez que he confiado en él ha acabado rompiéndome el corazón.
—¿Que quieres empezar de nuevo? Ah, claro. No hay problema. ¿Cómo no se me había ocurrido?
—No tiene por qué ser así.
Insinúa que no estoy siendo razonable. Si no estuviera tan enfadada me echaría a reír.
—Entonces, ¿cómo debería ser, eh? —pregunto con acritud—. Por favor, dime. Al fin y al cabo, tú siempre eres quien toma decisiones sobre nuestra relación. ¿Qué papel quieres que hagamos esta vez? ¿El de amigos? ¿Amigos con derecho a roce? ¿Enemigos? Ah, espera, ya sé. ¿Por qué no interpretas tú al pedazo de mierda que me rompió el corazón y yo a la mujer que no quiere tener nada que ver con él fuera de la sala de ensayos? ¿Qué te parece?
Aprieta la mandíbula. Está enfadado.
Bien.
Puedo lidiar con el enfado.
Se frota los ojos y resopla. Supongo que va a ponerse a vociferar, pero no lo hace. En vez de eso, dice en voz baja:
—Nada de lo que dije en mis correos significó algo para ti, ¿verdad? Pensaba que al menos podríamos ser capaces de hablar de lo ocurrido. ¿Llegaste siquiera a leerlos?
—Por supuesto que los leí —contesto—. Simplemente no me lo creí. A ver, me lo he tragado tantas veces que me he hartado. ¿Cómo es el dicho? Una vez engañan al prudente y dos al inocente.
—Esta vez no voy a engañarte. Ni a mí mismo. En su momento hice lo que tenía que hacer, por los dos.
—¿Estás de coña? ¿De verdad pretendes que te agradezca lo que hiciste?
—No —contesta con frustración patente en su voz—. Por supuesto que no. Solo quiero…
—¿Quieres otra oportunidad para machacarme? ¿Me tomas por tonta o qué?
Niega con la cabeza.
—Quiero que las cosas sean diferentes. Si quieres que pida perdón, lo haré hasta perder la puta voz. Lo único que quiero es que las cosas marchen bien entre nosotros. Háblame. Ayúdame a arreglar esto.
—No puedes.
—Cassie…
—¡No, Ethan! Esta vez no. Se acabó.
Se inclina. Está cerca. Demasiado cerca. Huele como entonces, y no puedo pensar. Quiero apartarle de un empujón para poder despejar mi cabeza. O golpearle con los puños hasta que entienda que llevo años sin ser plenamente feliz por su culpa. Quiero hacer muchas cosas, pero me limito a quedarme inmóvil con toda mi rabia por la impotencia que todavía me hace sentir.
Su respiración es tan irregular como la mía. Su cuerpo está igual de tenso. Con todo lo que hemos pasado, nuestra atracción sigue torturándonos. Igual que en los viejos tiempos.
Gracias a Dios la puerta al pie de la escalera se abre. Al bajar la vista veo a Cody observándonos con desconcierto.
—¿Señor Holt? ¿Señorita Taylor? ¿Todo bien?
Holt se aparta de mí y se pasa los dedos por el pelo.
Doy un leve suspiro entrecortado.
—Todo bien, Cody. Estupendamente.
—Vale —dice alegremente—. Era solo para avisarles de que estamos a punto de comenzar.
Desaparece y Ethan y yo nos volvemos a quedar a solas. Bueno, con el lastre de mierda que llevamos a cuestas.
—Estamos aquí por trabajo —digo en tono cortante—. Hagámoslo y punto.
Frunce el ceño y aprieta la mandíbula; por un segundo pienso que no va a dejarlo pasar, pero dice:
—Si eso es lo que realmente quieres…
Reprimo una leve sensación de decepción.
—Sí.
Asiente y, sin mediar palabra, baja las escaleras y cruza la puerta.
Me tomo un momento para recomponerme. Tengo la cara caliente, el corazón me late con fuerza y casi me hace gracia pensar que ya me ha liado y ni siquiera hemos empezado los ensayos.
Las próximas cuatro semanas me van a consumir más que un agujero negro.
Me pongo derecha y me dirijo a la sala de ensayos.
Para cuando empuño mi guion y un botellín de agua solo queda una silla libre junto a la mesa de producción y, naturalmente, está al lado de Holt. La arrastro lo más lejos posible y me hundo en el incómodo plástico.
—¿Todo bien? —Marco enarca las cejas.
—Sí. Genial —digo risueña, y es como remontarme al primer año en la escuela de arte dramático, diciendo lo que otros quieren oír para que estén contentos aunque yo no lo esté.
Interpretando mi papel.
—Entonces comencemos por el principio, ¿vale? —sugiere Marco. Se oye un revoltijo de papeles cuando todo el mundo abre su guion.
Qué gran idea. Todas las buenas historias necesitan empezar en algún punto.
¿Por qué esta iba a ser distinta?
AL PRINCIPIO
Hoy
Nueva York
Diario de Cassandra Taylor
Querido diario:
Tristan ha sugerido que te utilice para escribir una crónica de los acontecimientos de mi vida que me llevaron a convertirme en el ser inadaptado que soy hoy. Quiere que analice algunas de las relaciones malsanas que han hecho que se me agríe el carácter y me cierre emocionalmente, así que he pensado empezar por el premio gordo de todos mis pesares:
Ethan Holt.
La primera vez que le vi yo fingía que practicaba sexo anal con alguien a quien acababa de conocer.
Uf. Qué mal ha sonado.
Deja que me explique.
Estaba en una audición para conseguir plaza en The Grove Institute of Creative Arts, un centro privado que ofrece cursos de danza, música y artes visuales y que además alberga una de las escuelas de arte dramático más prestigiosas del país.
Construido en los restos de un antiguo huerto, está situado en Westchester, en el estado de Nueva York, y en los últimos tiempos se habían formado en él algunas de las estrellas del teatro y la pantalla con más talento del país.
Yo llevaba toda la vida soñando con estudiar allí, así que en mi último año de instituto, mientras todos mis amigos solicitaban plaza en universidades para estudiar Medicina, Derecho, Ingeniería y Periodismo, yo lo hice para ser actriz.
The Grove fue mi primera elección por muchas razones, entre ellas que se encontraba al otro lado del país respecto al lugar donde vivían mis padres.
No es que no quisiera a mis padres, porque quererlos, los quería. Pero Judy y Leo tenían ideas muy concretas sobre cómo debía vivir mi vida. Como yo era hija única y por lo tanto estaba programada para hacer todo, cualquier cosa, con tal de conseguir su aprobación, básicamente vivía acorde a sus idealistas expectativas.
Llegué al último curso del instituto sin haber probado jamás el alcohol, ni fumar un cigarrillo, ni comer nada más que las porquerías vegetarianas de Judy —sanas pero insípidas—, ni acostarme con un chico. Siempre estaba en casa cuando se suponía que debía estar, incluso aunque me ignoraran por completo, o se criticaran el uno al otro, o ni siquiera estuvieran allí.
Mi madre era exigente. Siempre consideraba que debía mejorarse a sí misma, o a mí. Yo era patosa, de modo que me apuntó a clases de ballet. Yo era regordeta, de modo que vigilaba cada bocado que comía. Yo era tímida, de modo que me apuntó a clases de teatro.
Yo odiaba todo lo que me obligaba a hacer, salvo las clases de teatro. Ahí dio en el clavo. Resulta que, encima, se me daba bastante bien. ¿Simular que era otra persona durante unas horas? Me vino que ni pintado, vaya que sí.
La principal contribución de Leo a mi educación consistía en establecer unas estrictas pautas sobre adónde podía salir, a quién podía ver y qué podía hacer. Por lo demás, me ignoraba a menos que hiciera algo muy bien o muy mal. Enseguida aprendí que había menos gritos y castigos cuando hacía bien las cosas. Si sacaba buenas notas le hacía feliz. También ganar premios de teatro y oratoria.
Así que me esforcé mucho. Más de lo que una hija debería para que su padre le preste atención. Puedo decir sin temor a equivocarme que ese es el origen de todos mis traumas por complacer a la gente.
Como es obvio, a mis padres no les agradó mi idea de ir a la escuela de arte dramático. Creo que las palabras exactas de Leo fueron: «Ni de coña». A mamá y a él no les parecía mal que actuara como pasatiempo, pero con mis notas podía elegir profesiones bien pagadas. No entendían cómo tiraba eso por la borda por una vocación en la que el noventa por ciento de los licenciados universitarios eran parados de por vida.
Les convencí para que me dejasen presentarme a una audición con la condición de solicitar plaza también en la Facultad de Derecho de la Universidad Estatal de Washington. Con ello conseguí un billete de ida y vuelta a Nueva York y la leve esperanza de dejar atrás mi lastre de búsqueda de aprobación.
Cuando inicié los trámites de solicitud sabía que mis posibilidades eran escasas, pero tenía que intentarlo. Había otras escuelas a las que habría ido encantada. Pero quería la mejor, y era The Grove.
Seis años antes
Westchester, estado de Nueva York
Audiciones de The Grove
Tengo espasmos en la pierna.
No temblor.
Ni estremecimiento.
Espasmos.
Descontrolados.
Tengo nudos en el estómago y ganas de vomitar. Otra vez.
Estoy sentada en el suelo con la espalda apoyada en una pared.
Soy invisible.
Estoy fuera de lugar. Yo no soy como ellos.
Tienen desparpajo, son estrafalarios, y parece que utilizan la palabra que empieza por «J» con soltura. Fuman un cigarrillo detrás de otro y se tocan las partes íntimas entre sí, a pesar de que casi todos acaban de conocerse. Alardean de las obras en las que han participado o de las películas en las que han salido o de los famosos que han visto, y yo aquí sentada sintiéndome más y más pequeña cada segundo a sabiendas de que lo único que voy a conseguir hoy es demostrar mi incompetencia.
—Y entonces el director dice: «Zoe, tienes que enseñar los pechos al público. Dices que te entregas a tu oficio, y sin embargo tu desacertado sentido del pudor dicta tus decisiones».
Una rubia dicharachera está contando batallitas teatrales rodeada de admiradores. La gente arremolinada a su alrededor parece cautivada.
La verdad es que no me apetece escucharla, pero habla tan alto que no tengo más remedio.
—Madre mía, Zoe, ¿qué hiciste? —pregunta una guapa pelirroja crispando el rostro con una emoción exagerada.
—¿Qué iba a hacer? —replica Zoe con un suspiro—. Le chupé la polla y le dije que no me iba a quitar la camisa. Era la única manera de proteger mi integridad.
Se oyen risas y aplausos. La función ha empezado incluso antes de pisar el escenario.
Reclino la cabeza y cierro los ojos para intentar tranquilizarme.
Repaso mentalmente mis monólogos. Me los sé. Al dedillo. He diseccionado cada sílaba, analizado los personajes, el trasfondo y las sutilezas de los matices emocionales, pero aun así no me siento preparada.
—¿De dónde eres?
Zoe vuelve a tomar la palabra. Intento ignorarla.
—Eh, tú. La de la pared.
Abro los ojos. Me está mirando. Los demás también.
—¿Eh…? ¿Qué?
Carraspeo y procuro disimular mi tremendo miedo.
—¿De dónde eres? —insiste, como si yo fuera tonta—. Está claro que de Nueva York, no.
Sé que su maliciosa mirada se ha fijado en mis tejanos y mi jersey gris liso de grandes almacenes, en mi soso pelo castaño y en la ausencia de maquillaje. No soy como la mayoría de las chicas de aquí, con sus colores vivos, bisutería llamativa y caras maquilladas. Parecen pájaros tropicales exóticos y yo, una mancha de grasa.
—Hum… Soy de Aberdeen.
Arruga el gesto con desagrado.
—¿Dónde coño está eso?
—Está en Washington. Es más bien pequeño.
—Es la primera vez que lo oigo —comenta con ademán desdeñoso con sus uñas pintadas—. Ni tendréis teatro allí, ¿no?
—No.
—Entonces, ¿no tienes experiencia como actriz?
—Hice algunas obras amateur en Seattle.
Le brillan los ojos. Se huele una presa fácil.
—¿Amateur? Ah… Ya. —Contiene la risa.
Mi instinto de supervivencia contraataca.
—Claro, yo no he hecho todas las cosas increíbles que tú has hecho. O sea, una película. Guau. Debe de haber sido una auténtica pasada.
Los ojos de Zoe se apagan un poco. El olor a sangre se atenúa al hacerle la rosca.
—Pues sí que fue una auténtica pasada —afirma al tiempo que sonríe como una barracuda con lápiz de labios—. Vamos, que seguramente esté perdiendo el tiempo al hacer este curso porque me llegará una oferta sustanciosa antes de que acabe, pero así me mantengo ocupada hasta entonces.
Sonrío mostrando mi complicidad con ella. Halago su ego.
Es fácil. Se me da bien.
Continúan de cháchara y añado algún que otro comentario. Cada media verdad que vierte mi boca me identifica más con ellos. Me ayuda a integrarme.
Poco después me río a carcajadas y rebuzno como el resto de los burros, y uno de los chicos gays tira de mí para levantarme y finge que estamos en una rave.
Se coloca detrás de mí y empuja contra mi culo. Le sigo el juego, aunque estoy espantada. Hago ruidos vulgares y sacudo la cabeza. Todos piensan que soy divertidísima, así que venzo mi vergüenza y le sigo la corriente. Aquí puedo elegir ser desinhibida y popular. Su aprobación es como una droga, y quiero más.
Sigo fingiendo que me están dando por el culo cuando al levantar la vista le veo… Se encuentra a pocos metros e impone con su altura y anchos hombros. Tiene el pelo oscuro, ondulado y rebelde, y, aunque su expresión es impasible, sus ojos revelan un desprecio patente. Profundo e implacable.
Mi risa falsa titubea.
Parece un ángel vengador con su mirada intensa y sus rasgos etéreos. Piel suave y ropa oscura.
Tiene una de esas caras que te hace detenerte cuando estás hojeando una revista. No es el prototipo de guapo; es más bien fascinante. Como la portada de un libro que te incita a abrirlo rápidamente y a enfrascarte en la historia.
Bajo su atenta mirada me pesa mi nueva fanfarronada fingida. De pronto me siento sucia y ordinaria y paro de reír.
El chico gay me aparta y se vuelve hacia otra. He perdido mi encanto vulgar de «meneaculo».
El chico alto también se da la vuelta y se sienta con la espalda pegada a la pared. Se saca del bolsillo un libro destrozado. Alcanzo a ver el título: Rebeldes. Uno de mis favoritos.
Me vuelvo hacia el bullicioso grupo, pero se ha alejado.
Estoy en un dilema entre intentar recuperar mi hueco o indagar sobre el chico del libro.
La ocasión de escoger se desvanece cuando la puerta que hay a unos pasos se abre y entra una mujer con paso resuelto. Es escultural, con el pelo oscuro corto y los labios rojo fuerte; nos examina con la intensidad de un rayo láser. Me recuerda a Betty Boop, siempre que Betty Boop fuera tan intimidante como para hacer que te mearas encima y tuviera un portanotas de charol.
—Bien, atención.
El gallinero se queda en silencio.
—Si os nombro, pasad dentro.
Se pone a bombardear nombres con claridad y determinación.
Cuando grita: «Holt, Ethan», el chico alto se despega de la pared. Me mira fugazmente al pasar y me dan ganas de seguirle. Me siento falsa e incómoda sin él.
Sigue nombrando. Calculo que cruzan la puerta más de sesenta personas, incluyendo a «Stevens, Zoe», que chilla y entra pavoneándose. Doy un respingo al oír: «¡Taylor, Cassandra!».
Mientras cojo mi mochila, la intimidatoria mujer dice:
—Este grupo ya está. El resto, esperad aquí. Os llamarán otros profesores.
Me sigue al cruzar el umbral y cierra la puerta tras de sí.
Estamos en una sala amplia y oscura. Un espacio polivalente del teatro.
En la pared del fondo hay una larga fila de asientos abatibles. Casi todo el grupo está sentado allí, charlando en voz baja.
El recuento final es de ochenta y ocho. Sesenta chicas y veintiocho chicos. Nadie parece estar tan nervioso como lo estoy yo.
Ocupo una de las sillas y me siento como una novata de pacotilla en un mar de chicos de ciudad con experiencia. Me empieza a temblar la pierna de nuevo.
La profesora se queda de pie frente a nosotros.
—Me llamo Erika Eden y soy la directora del departamento de interpretación. Esta mañana vamos a trabajar el carácter y la improvisación. Al final de cada escena os comunicaré quién se queda. Sé lo que busco y, si no lo tenéis, fuera. No pretendo ser un callo; es lo que hay. Ni que decir tiene que The Grove solo aceptará a los treinta mejores candidatos de arte dramático entre los dos mil que se presentarán a las audiciones en los próximos días, de modo que esmeraos. No me interesa ver ademanes teatrales manidos ni emociones falsas. Dadme autenticidad o marchaos a casa.
Mi temor al fracaso me murmura que debería irme, pero no puedo. Necesito esto.
Pasamos la siguiente media hora haciendo ejercicios de concentración. Todo el mundo intenta desesperadamente no parecer desesperado. Algunos lo consiguen mejor que otros.
Zoe se muestra enérgica y segura de sí misma como si tuviera la plaza en el bote. Es probable que así sea. «Holt, Ethan» es intenso. Increíblemente intenso. Interactúa con energía contenida, como si fuera una planta nuclear que se utiliza para iluminar una única bombilla.
Trato de mantener la autenticidad y naturalidad en todo momento y, en líneas generales, lo logro.
Después de cada escena eliminan a gente. Algunos se lo toman a bien y otros se vienen abajo y explotan. Es como una zona de guerra.
Los miembros del grupo se reducen con rapidez. Erika es expeditiva y eficiente, y cada vez que se acerca a mí pienso que ha llegado mi hora. De algún modo me las ingenio para sobrevivir.
Cuando hacemos un descanso para comer, todos nos quedamos callados. Hasta Zoe. Nos sentamos en círculo y nos vienen a la cabeza nuestros respectivos monólogos mientras intentamos no pensar que casi ninguno pasará a las pruebas de mañana. Unas cuantas veces siento que me arde la cara y al levantar la vista encuentro a «Holt, Ethan» observándome. Automáticamente mira a otro lado y frunce el ceño. Me pregunto por qué tiene ese aire malhumorado.
De vuelta a la sala, nos colocan en parejas. Me asignan a un chico llamado Jordan que tiene acné y cecea.
Entregan a cada pareja un guion, y el resto observa. Es como un deporte sangriento. Todos tenemos la esperanza de que los demás la pifien para tener más posibilidades.
Zoe y «Holt, Ethan» están emparejados. Se supone que son desconocidos en una estación de tren. Charlan y coquetean mientras Zoe sacude el pelo. No sé si tiene más ganas de impresionar a Erika o a Ethan.
Jordan y yo hacemos de hermanos. Yo no tengo hermanos, así que la idea me hace gracia. Bromeamos y reímos, y tengo que reconocer que lo hacemos de miedo. Erika nos felicita y el resto del grupo aplaude de mala gana.
Al final de la ronda eliminan a gente y se derraman lágrimas. Suspiro aliviada al caer en la cuenta de que solo quedamos unos treinta. Las posibilidades aumentan.
Cambiamos de compañero. A mí me toca «Holt, Ethan». Da la impresión de que no le hace gracia. Se sienta a mi lado; su mandíbula se aprieta y afloja. No creo que me haya fijado en la mandíbula de un chico en mi vida, pero la suya es impresionante.
Se vuelve y me pilla mirando; su expresión es una mezcla perfecta de cara de pocos amigos y «Voy a arrancarte la piel a tiras».
Uf. Menudo papelón vamos a hacer como pareja.
Erika camina enfrente del grupo.
—Para esta última hora de clase todos vais a realizar la misma tarea. Vuestro escenario es «la imagen especular».
Suena fácil.
—No será fácil.
Caramba.
—Este ejercicio es sobre la confianza, la franqueza, y se trata de conectar con la otra persona. Sin inhibiciones. Sin artificios. Solo energía pura y dura. Ninguno lleva las riendas ni va a la zaga. Tenéis que sentir la actitud del otro. ¿Entendido?
Todos asentimos, pero no tengo ni pajolera idea de sobre qué está hablando. Holt se restriega los ojos y refunfuña, así que me figuro que él tampoco.
—Entonces, adelante.
La primera pareja se coloca en su posición. Son Zoe y Jordan. Se toman unos minutos para prepararse y a continuación se ponen manos a la obra. Es obvio que Zoe lleva la voz cantante y Jordan va a la zaga. Hacen aspavientos y nada más. Llegados a un punto, Jordan suelta una risita. Erika anota algo en su portanotas. Me figuro que Jordan acaba de cagarla. Sonrío. Holt también.
Otro que muerde el polvo.
Los demás grupos van actuando por turnos, y Erika da vueltas a su alrededor como un buitre, escudriñando hasta el último movimiento. Está decidiendo dónde hacer el corte final para la segunda audición. La mayoría está de los nervios por la presión. No hay palabras para describir mi alegría.
Por fin llega nuestro turno y nos colocamos de pie frente al grupo. Holt mueve la pierna inquieto. Tiene las manos en los bolsillos y los hombros encorvados. No me inspira confianza precisamente. Tengo muchísimas ganas de hacer pis y/o vomitar. Como no puedo hacer ninguna de las dos cosas, basculo el peso del cuerpo de un pie a otro y suplico a mi vejiga que se resigne.
Erika nos examina durante unos instantes.
Noto que tanto Holt como yo estamos conteniendo la respiración.
—Venga, vosotros dos —dice—. Última oportunidad para impresionarme.
Holt me mira y veo mi desesperación reflejada en él. Quiere esto. Tal vez tanto como yo.
Erika se inclina hacia mí y dice en voz baja:
—Él se mueve, tú te mueves, Taylor. ¿Entiendes? Respira su aire. Encuentra una conexión. —Mira a Holt—. Tienes que abrirte a ella, Ethan. No lo pienses; simplemente, hazlo. Recordad: tres fallos y os quedáis fuera.
Él asiente y traga saliva.
—Tenéis tres minutos para prepararos.
Se va, y Holt y yo nos dirigimos al fondo de la sala. Está cerca de mí y huele bien. No es que deba fijarme en algo así, pero mi cerebro está buscando distracción para mis nervios, y su agradable olor lo es.
—Oye —dice inclinándose hacia mí—. Necesito esto, ¿vale? No la cagues.
Me enciendo de rabia.
—¿Perdón? Tú tienes las mismísimas posibilidades de cagarla que yo. ¿Qué ha querido decir Erika con lo de «tres fallos y os quedáis fuera»?
Se acerca más a mí, pero no me mira.
—Este es el tercer año que me presento. Si no lo consigo esta vez, se acabó. No me permitirán que vuelva a presentarme. Entonces mi padre dirá con todas las de la ley: «Te lo dije», y esperará que vaya a la Facultad de Medicina. He trabajado mucho para esto. Lo necesito, ¿vale?
Estoy confusa. Llevo observándole todo el día. ¿Es que esta gente está ciega?
—¿Y cómo no lo has conseguido antes? Eres buenísimo. —digo de una manera inquietantemente intensa.
Su gesto se relaja unos instantes.
—Me cuesta… encajar… con otros actores. Por lo visto Erika cree que es una cualidad que deben tener sus actores.
—No daba la impresión de que tuvieras ningún problema con Zoe.
Suelta una risita burlona.
—Ahí no había conexión. No sentía nada, como de costumbre. Erika se ha dado cuenta.
Miro hacia la mujer de pelo oscuro que nos está escrutando.
—¿Has hecho audiciones con ella antes?
Asiente.
—Todos los años. Quiere ofrecerme una plaza, pero no por la cara. Si no le demuestro que soy capaz de hacer este ejercicio en concreto, que me ha salido de pena en todas las audiciones anteriores, se acabó.
—¡Un minuto! —grita Erika.
El corazón me late a cien por hora.
—Oye, haz lo que sea para «conectar» conmigo, ¿vale? Porque si no consigo esto, tendré que regresar bajo el yugo paterno y, jopé, odiaría tener que volver a empotrarme. Sé que esto igual te sorprende, pero no eres el único que tiene algo que perder aquí.
Frunce el ceño.
—¿Cómo? ¿Has dicho «empotrarme»?
Siento que un sofocón me oprime la garganta. Se burla de mí por el simple hecho de que me niego a soltar un taco detrás de otro como todos y cada uno de los petardos que hay aquí.
—Cierra el pico.
Su sonrisita se acentúa.
—¿En serio? ¿Empotrarme?
—¡Basta! Estás desperdiciando el tiempo.
Deja de reír y suspira. Parece más relajado, pero supongo que es porque me ha transmitido toda su ansiedad.
—Oye, Taylor…
—Me llamo Cassie.
—Como sea. Relájate, ¿vale? Podemos hacer esto. Mírame a los ojos y… ¡Por Dios! No sé… Hazme sentir algo. No pierdas la concentración. Por eso la han cagado todos los demás hasta ahora. Simplemente céntrate en mí, y yo me centraré en ti. ¿Vale?
—Perfecto.
—Y no digas más «empotrarme», porque me parto de risa. Sabes que es un término porno, ¿no?
No, no sabía que era un término porno. ¿Tengo pinta de pervertida aficionada al porno?
Suelto el aire y trato de centrarme. Mi mente es un torbellino. Tengo que tranquilizarme.
—Eh —dice, tocándome el brazo. No me ayuda para nada a concentrarme—. Podemos con esto. Mírame.
Levanto la vista y le miro a los ojos. Qué pestañas…
Mientras me observa fijamente me da una sacudida en la mismísima boca del estómago.
Por lo visto a él también, porque se queda con la boca abierta e inspira bruscamente.
—Mierda. —Parpadea, pero no aparta la mirada.
La chispa que surge entre nosotros es demasiado intensa. Cierro los ojos y exhalo un suspiro.
—¿Taylor?
—Cassie.
—Cassie —musita en tono dulce y realmente desesperado—. Quédate conmigo. Por favor. No puedo hacer esto sin ti.
Trago saliva y asiento. Entonces Erika nos da una voz y nos dirigimos al centro de la sala.
Nos colocamos el uno frente al otro separados por escasos centímetros.
Como es mucho más alto que yo, me quedo mirando su pecho, observando su movimiento mientras intenta calmarse.
—¿Listos?
Me dan ganas de gritar: «¡No! Dios, por favor, ¡no estoy lista, jopé!», pero en vez de eso digo: «Sí, claro», como si esto no fuera cuestión de vida o muerte o, como mínimo, decisivo.
Respiro hondo antes de levantar la vista. Holt ya no parece tan desesperado, y me da la impresión de que le estoy viendo —viéndole de verdad— por primera vez. Siento su energía. Es como una ola de calor a su alrededor. Nos quedamos inmóviles unos instantes, respirando, y, mientras nos miramos fijamente a los ojos, el aire se solidifica entre nosotros y nos conecta como dos mitades de la misma persona.
Él levanta la mano y yo le sigo como si hubiese miles de minúsculos hilos entre nuestros brazos que tiraran de ellos para alinearlos. Sincronizo su velocidad con precisión, moviéndome al unísono, respirando al unísono.
Nos movemos de nuevo y nuestros cuerpos se alinean perfectamente. Es una sensación muy natural. Más natural de lo que me he sentido en mucho tiempo. Tal vez en toda mi vida.
Nos acercamos. Él se echa hacia delante, y yo hacia atrás. Me ladeo y él me sigue. Los hilos invisibles se tensan entre nosotros. Nuestros movimientos adquieren más rapidez, pero todos son perfectos y precisos. Una complicada coreografía que jamás hemos aprendido, pero que de algún modo nuestros músculos recuerdan.
Es emocionante.
Estamos en estado de gracia. Ese estado mágico que los actores a veces alcanzan cuando todo fluye y se abre. Corazón, mente, cuerpo. Lo he sentido antes, pero nunca con otra persona.
Es increíble.
En nuestras caras se dibuja una sonrisa. Me fijo en que Holt está muy mono cuando sonríe.
Tenemos los brazos por encima de la cabeza y, al bajarlos, juntamos las palmas. Tiene las manos grandes y cálidas. Siento un cosquilleo en la piel con su roce. Después le miro a los ojos; ambos estamos aguantando la respiración, y no sé por qué.
De pronto pone cara de pánico y se tensa. Parpadea y baja la mirada, y de repente es como si todo el optimismo se disipara en el aire. Nuestra energía se estampa contra el suelo y se consume.
Holt se aparta, suspira y acto seguido mira a Erika.
—¿Ya? Los demás no han durado tanto. Hemos acabado, ¿no?
Erika ladea ligeramente la cabeza y lo examina. Holt tiene una postura tensa y desafiante.
Bajo las manos. Ahora las tengo frías y me cruzo de brazos a la defensiva mientras mi corazón bombea a un ritmo rápido y constante.
—¿Hemos acabado o no? —pregunta Holt, y todo el buen rollo que he sentido con él se desvanece en la sombra de su brusquedad.
—Sí, Holt —responde Erika con calma al tiempo que dirige la mirada hacia mí—. Taylor y tú habéis superado el ejercicio. Bien hecho. Hay una química interesante entre vosotros, ¿no?
Él la atraviesa con la mirada.
Ella le brinda una cálida sonrisa.
—Podéis sentaros. Los demás, aplaudid.
El grupo entero rompe a aplaudir. Oigo murmullos de sorpresa por lo bien que lo hemos hecho.
La más sorprendida soy yo.
Holt vuelve hacia los asientos con aire indignado y se sienta. Zoe se deshace en elogios hacia él mientras le toca el bíceps. Sería más sutil si se abriera la camisa de un tirón y le suplicara que le metiera mano. Él la ignora y apoya los codos en las rodillas.
Hago un esfuerzo por apartar la mirada de él.
Guardo un recuerdo borroso del resto de la tarde. La criba continúa y se cambia de pareja a medida que se interpretan más guiones.
Al final de la jornada Erika nos despacha y salimos en fila para esperar a que cuelgue la lista de seleccionados.
Tenemos los nervios a flor de piel. Ninguno sabe si ha hecho lo suficiente para pasar a la siguiente prueba. Hasta Zoe tiene sus dudas. Se muerde el carrillo y camina de un lado a otro.
Yo me mordisqueo las cutículas y repito sin cesar la cantinela: «Ay, por favor, ay, por favor, ay, por favor» como si rogar al universo pudiera ayudarme lo más mínimo ahora.
Holt se sienta al final del pasillo con la espalda pegada a la pared y las piernas recogidas contra el pecho. Parece que está pasando un mal trago.
A pesar de su actitud de esta mañana, me compadezco de él. Todo el mundo está nervioso, pero da la impresión de que no se encuentra nada bien.
Camino hacia él. Tiene la cabeza apoyada en la pared, los ojos cerrados. Al tocarle el hombro, da un respingo como si le hubiera dado una descarga con una pistola eléctrica.
—¿Qué coño…? —Me mira con gesto amenazante, pero le cuesta parecer intimidatorio cuando está tan verde que podría encontrar trabajo con los Teleñecos.
—¿Estás bien?
Deja caer la cabeza sobre las rodillas y da un suspiro.
—Muy bien. Vete.
Ni siquiera sé por qué me tomo la molestia.
—Eres un gilipollas, ¿lo sabías?
—Soy consciente de ello.
—Es solo para asegurarme.
Cuando me dispongo a marcharme estira el brazo para retenerme.
—Taylor, oye… Yo…
—Me llamo Cassie.
—Cassie…
El modo en el que dice mi nombre es… En fin, me provoca sensaciones extrañas. Igual es mejor que me siga llamando Taylor.
Me hace un gesto para que me siente, y lo hago.
—El caso es que… no vamos a ser amigos, así que supongo que no vale la pena que desperdiciemos energía mutuamente, ¿no?
Parpadeo unas cuantas veces.
—Hummm… Vale.
—¿Eso es todo? ¿Vale? —Parece decepcionado, pero no sé por qué.
—Bueno, la verdad es que hasta ahora nunca me habían dado la charla de «No vamos a ser amigos», de modo que no estoy segura del protocolo. ¿Te agradezco que hayas hecho hincapié en lo evidente o…?
Se pasa las manos por la cara y gruñe.
—¿Qué? —pregunto—. No sé qué esperas que te diga. No tenía intención de ser tu amiga.
—Me alegro —dice sin dejar de manosearse la cara.
Inspiro y procuro no perder los estribos.
—¿A ti qué te pasa? Hoy prácticamente te he salvado el culo ahí dentro, ¿y me tratas como una mierda?
—Sí —contesta con los hombros tensos y erguidos—. Porque eres muy…
—¿Qué? —pregunto—. ¿Pesada? ¿Irritante?
—Bipolar.
Eso me deja pasmada.
—Ah. Yo… ¿eh?
Suspira y niega con la cabeza.
—Antes me he fijado en cómo te ganabas al personal. Dándoles a esos vacilones lo que deseaban, lo cual es absurdo porque la mayoría son unos pelotas más falsos que Judas. Pero conmigo eres tan impaciente que crispas y tan sincera que me tocas los cojones. ¿Qué, no te caigo tan bien como para fingir?
No me había dado cuenta, pero tiene razón. Jamás, y digo jamás, le he hablado a nadie de la manera en que le he hablado a él. Dar muestras de enfado o impaciencia no es propio de mí. Me llevo bien con la gente. Lo llevo haciendo toda mi vida. Si no le gusto a alguien, hago que cambie de idea.
Pero con él todo es diferente.
—Bueno, ¿y tú qué? —digo—. ¿A ti qué te pasa?
Se encoge de hombros.
—Soy fácil de entender. Soy un gilipollas.
—Eso ya lo sé.
—No, no lo sabes.
—Ya lo creo. Te has pasado la tarde tratándome como si fuera a contagiarte la lepra. De modo que sé lo que eres.
Asiente.
—Me alegro. Entonces harás bien manteniéndote alejada de mí.
—Estoy segura de que no tendré más remedio porque, cuando Erika cuelgue la lista de seleccionados, no volveremos a vernos nunca. Problema resuelto.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Porque seguramente te volverán a llamar y a mí no, así que… listo.
Baja la vista y se pone a juguetear con los cordones de sus zapatos.
—No estés tan segura. Hoy lo has hecho bien. Más que bien.
Tardo un momento en caer en la cuenta de que me acaba de hacer un cumplido.
—Bueno…, vaya, gracias. Tú también has estado bien.
Levanta la vista con una media sonrisa.
—¿Sí?
Pongo los ojos en blanco.
—Bah, venga ya. Sabes que has estado increíble.
—Pues sí —dice, asintiendo.
—Qué modesto.
—Y guapo. Tengo que cagarla de verdad para no ser yo.
Meneo la cabeza.
—Entonces, si llevas tres años intentando entrar aquí, ¿qué has estado haciendo entre audición y audición?
Mira al pasillo.
—Sobre todo, montar decorados para una empresa de Hoboken. Construyen escenografías para espectáculos de Broadway. Imaginaba que, si no lograba salir a escena, trabajaría entre bastidores.
—¿Por eso tienes las manos ásperas? —Frunce el ceño—. Durante el ejercicio de la imagen especular —explico—, cuando nos tocamos, tenías las manos encallecidas.
Se mira las manos.
—Prefiero pensar que están curtidas. Llevar a cuestas toneladas de piezas de decorados no es un trabajo delicado. Menudo ejercicio hago.
—Entonces, ¿por eso tienes todo —señalo sus hombros y brazos— eso?
Sonríe y menea la cabeza.
—Sí. Por eso tengo todo esto. Y dinero suficiente para pagar como mínimo dos cursos si consigo entrar aquí.
—Cuando entres aquí —rectifico.
Se queda mirándome unos instantes como si le resultara incomprensible que alguien tenga fe en él.
—Si tú lo dices, Taylor…
No insisto en pedirle que me llame por mi nombre. Seguramente será mejor que utilicemos los apellidos teniendo en cuenta que no vamos a ser amigos ni nada.
Salvo por la circunstancia de que al parecer ya lo somos.
Nos quedamos un rato sentados en silencio. Luego se abre la puerta y todo el mundo se levanta de un brinco cuando Erika aparece con una hoja.
Todos nos quedamos callados y la expectación se palpa en el ambiente.
—A quienes estéis en esta lista, enhorabuena. Volveréis mañana para la segunda ronda de audiciones. Los que no, me temo que no habéis sido seleccionados. Podéis volver a presentaros el año que viene. Gracias por vuestro tiempo.
Pega el papel en la puerta y acto seguido se mete dentro.
Una desbandada de cuerpos se abalanza a ver la lista. Me abro paso a empujones, con el corazón desbocado, preparada para llevarme un chasco.
Cuando por fin lo consigo, contengo la respiración.
Solo hay tres nombres.
Ethan Holt.
Zoe Stevens.
Y… Cassandra Taylor.
El resto del grupo queda eliminado.
Estoy en shock.
Lo conseguí.
¡Toma ya!
Holt lee por encima de mi hombro, suspira aliviado y comenta:
—Joder, menos mal.
Al darme la vuelta deja caer la cabeza y suelta el aire. Parece un preso del corredor de la muerte a quien le han concedido el indulto.
—Ay, qué detalle que te alegres tanto por mí —comento—. ¿En serio tenías alguna duda?
—¿Sobre ti? Ninguna en absoluto. Enhorabuena.
—Enhorabuena a ti también. Supongo que el mundo de la medicina está a salvo de tu deslumbrante trato a los pacientes, al menos durante otro día.
—Supongo que sí. —Cuando me mira, siento un hormigueo y una sacudida en la boca del estómago.
Tengo ganas de decir algo más, pero me siento rara y obnubilada, así que me quedo ahí plantada.
Él tampoco habla. Se limita a mirarme fijamente. Su cara resulta fascinante por lo guapo a rabiar que es.
—Bueno —digo tras un largo e incómodo silencio—, supongo que nos veremos mañana.
Asiente.
—Sí. Claro. Hasta luego, Taylor.
Agarra su mochila y se aleja, pero sé que nos veremos por la mañana. Estoy deseándolo y al mismo tiempo temiéndolo.
Nunca había tenido este tipo de reacción con un chico.
Seguro que no augura nada bueno.