Recuerdo que eras un niño envejecido, Fernando, un niño viejo. Tu cuerpo era enorme y en tus manos abiertas cabía con holgura una cabeza humana. De hecho, a veces jugabas con nuestras cabezas, las cabezas de tus hermanos: las tomabas, las movías de una mano a otra como peloticas y te reías. Nosotros también reíamos hasta que nos sacudías muy fuerte sin darte cuenta y entonces nos quejábamos y acababa el juego. Tenías un tronco extenso que lucía más seguro cuando estabas sentado que cuando caminabas inclinado y oscilante como un simio. Tus piernas eran largas, frágiles y dobladas como serpentinas que se aferraban con vacilación al mundo. Eras un niño avejentado, tenías el pelo cano con apenas unos pocos años, la frente arrugada y el semblante serio y, sin embargo, a veces soltabas una risa delirante, abierta y fácil que te hacía parecer feliz. Y sí, lo eras de alguna extraña manera.
Eras un niño gigante, Fernando, parecías un niño tonto, pero no lo eras. Las canas te daban dignidad. Eras un niño añoso, un niño sabio. Conocías muchas cosas que nosotros desconocíamos. Por ejemplo: hacer crucigramas, ninguno de nosotros lograba acabar uno, ni uno solo; no teníamos esa paciencia que a ti te desbordaba. Por ejemplo: sabías un montón de palabras que sacabas del diccionario y que usabas las pocas veces que hablabas y que no siempre entendíamos. Más aún, había algo que solo tú sabías, ¿cómo fue tu muerte?
Mas no solo te admirábamos por esas cosas que sabías y que para nosotros eran tan solo enigmas, también te apreciábamos por tu silencio. Eras un ser callado y no porque tu forma de hablar fuera confusa, tu dicción enrevesada y eso te cohibiera, sino porque te resguardabas bien tras el silencio: era tu territorio, la zona en que más confiabas. En consecuencia, evitabas las palabras, las usabas únicamente para resolver tus crucigramas, para solicitar algo, para asentir o negar; de resto, tu mutismo era inviolable. Cuando caminabas producías un ruido tenue como si tus pies fueran de lana. Procurabas pasar desapercibido, pero el titubeo, el arrastre al andar, a veces te delataban. Al principio pensamos que nos espiabas con ese vagar imperceptible por el apartamento. Llegamos a desconfiar de ti, pero muy pronto supimos que tú no eras sino un ser sumido en el silencio; que no querías fisgonear nuestro comportamiento, sino que en ocasiones transitabas por el espacio del apartamento con la necesidad de poseer una geografía breve pero propia: un pasillo, un par de salones y unas cuantas habitaciones por mundo. La calle estaba vedada para ti.
Hoy, madre me dejó en una nueva casa. Me dijo que desde ahora ese era mi hogar. Que tendría otra familia: primos, tíos y tías, hermanos y padres. Y no sé por qué. No los conozco. A mí siempre me ha gustado vivir con ella. Aun en ese cuartucho en el que hemos estado estos años. Allí hacía mucho frío. Era muy pequeño. Había mucha gente en los cuartos alrededor, pero estaba en su compañía. Sé que ha tratado de explicármelo: hijo mío, estarás con una familia que te va a querer. Va a cuidar que estés bien. Que tomes las drogas. Que puedas moverte con tranquilidad. Que puedas comer todos los días. Que duermas en una cama tú solo. Tendrás unos hermanos para jugar. Y una buena pareja de padres. Eso me dijo. También que vendrá a visitarme a cada rato. Que pronto podremos irnos a vivir juntos de nuevo. A un lugar nuestro. Pero, aunque me lo haya dicho y repetido, prefiero estar con ella esté donde esté. No sé si podré vivir sin ella. Ha sido mi vida. No conozco a nadie distinto.
Horizontales
Verticales
No he podido dormir en toda la noche. El dolor de cabeza me lo ha impedido. Extraño tanto a mi madre que no he podido descansar. Aquí todos han sido amables. Me han dejado una habitación para mí solo. Me han dado de comer. Ellos, mis padres, son muy cariñosos. Los otros, mis hermanos, me observan con sorpresa. No saben muy bien quién soy. De dónde vengo. Por qué estoy aquí entre ellos. Mis padres (me siento muy raro diciéndolo) les han dicho que soy su nuevo hermano. Que se porten bien conmigo. Ellos acatan. Pero quizá más que despertarles curiosidad mi verdadero origen, mi condición de hermano, noto que se preguntan por mi cuerpo. No acaban de entenderlo. Jamás han visto algo parecido. Dudan sobre mi verdadera condición humana. No comprenden mi dificultad para caminar. Jamás han visto a un joven giboso. Observan mi rostro una y otra vez. Tratan de discernir mi verdadera edad. Quieren ver mis ojos tras los lentes gruesos. Desean sumar los años que muestra mi cabello canoso. Después procuran juntar las piezas a ver qué les da. No saben por qué un hermano puede ser tan viejo. Y tan raro.
Empiezo a sentir de nuevo la punzada en mi cerebro. Corro hacia el diccionario. “Migraña”: f. Jaqueca: Dolor de cabeza.// Dar a uno una jaqueca. fr. fig y fam. Molestarle, importunarle. ¡Qué poca cosa decía el diccionario sobre mi sufrimiento! Decir que mi cabeza me molestaba o me importunaba era una mala broma. No, mi cabeza no me inoportuna o molesta. Mi cabeza se convierte en un pedazo insoportable de mi cuerpo. En un trozo torturado. En un infierno concentrado.
Mi nueva madre es una señora muy hermosa. Tiene el pelo negrísimo y brillante y sus ojos parecen dos pepas renegridas. Es bondadosa y reza mucho. Dice que hay que ayudar a la gente y confiar en Dios. Lo dice a cada rato como si de repetir esa frase dependiera el movimiento del mundo. Mi nueva madre trabaja mucho, pero siempre regresa ansiosa por vernos a nosotros, sus hijos. Le gusta volver del trabajo y estar con nosotros, preguntarnos qué hicimos, revisar las tareas de Lucho y Miguel, incluso jugar un rato con todos. Le gusta ser madre. A mí me presta mucha atención. Apenas llega a la casa me busca en donde quiera que esté para abrazarme. Me pregunta cómo me siento, si he tenido dolores, si me he tomado la droga, si mis hermanos me han hecho daño. No es una mala nueva madre, pero yo, sin decírselo, prefiero a mi otra madre.
Mi nueva madre se llama Juliana, aunque casi nadie la llama por su nombre, solo Isabel que le dice señora Juliana o doña Juliana. Nosotros la llamamos madre y mi padre, mi único padre, le dice Juli a secas. Él no habla mucho, no es muy cariñoso y siempre huele bien. Tampoco se la pasa en la casa, llega tarde en la noche y sale muy temprano en la mañana; entra y sale de ella como si hiciera escala entre una cosa y otra. Es un hombre menudo, pero muy fuerte. Parece una gran bombona de gas. Una vez lo encontré tirado en el piso del baño. Estaba borracho y seguro se había caído pero sin hacer ruido ni hacerse daño. No es fácil herir su cuerpo, lo supe, ni sacarle sonidos. No es gordo, es grueso, fornido quizá, corpulento, tal vez espeso, eso, es un hombre espeso. Lo cogí de las manos y lo arrastré hasta su habitación, me pareció que jalaba una bolsa de jabones; luego lo alcé y lo dejé en su cama. Madre dormía profundamente.
Fui a mi habitación, tomé el diccionario y busqué la palabra “borracho”. Ebrio, que se embriaga habitualmente.// Aplícase a algunos frutos y flores de color morado//Dícese de las telas cuyos colores se corren al lavarlos.//Fig. y fam. Poseído de alguna pasión, y especialmente de la ira. Sin duda esta última parte cobraba razón, padre a veces se dejaba poseer de la ira. Había visto u oído cómo les pegaba a mis hermanos, especialmente a Lucho, y alguna que otra vez a madre. A mí nunca me había tocado, pero en realidad yo no era su hijo.
Muy poco sabemos de tus primeros años, Fernando, pero no es arriesgado deducir que no estuvieron rodeados de comodidades y menos aún de libros. Es muy posible que no existiera una biblioteca donde quiera que hayas crecido y eso hace más misterioso el hecho de que sintieras un auténtico amor por los diccionarios. Cuando Blanca Luz te dejó en nuestra casa, ibas despojado de “las cosas del mundo”, excepto por un par de mudas de ropa, el cepillo de dientes y un libro ajado, pero aún resistente: el Diccionario ideológico de la lengua española de Julio Casares. Es raro que tuvieras ese apego cotidiano por un libro lleno de definiciones. Sin embargo, Fernando, buscas todos los días palabras en él antes de sumergirte en algún crucigrama. El crucigrama es, pues, como el juego final, el desenlace diario de tu aventura con las palabras. Hoy, por ejemplo, retomas las páginas intermedias del diccionario, aquellas que se definen por el orden alfabético y encuentras la siguiente:
Abandonar: tr. Dejar, desamparar a una persona o cosa./ No hacer caso de ella./r.fig. Dejarse dominar por pasiones o vicios. / fig. Descuidar uno sus deberes o su aseo. / fig. Sentir desaliento. / Teol. Hacer abandono.
No tienes que meditar demasiado para confirmar que eres una persona (¿cosa?) desamparada, que has sido dejado por tu madre. En ese sentido, continúas, tu madre no ha hecho caso de ti. En cuanto a la siguiente acepción, la de descuidar tus deberes, no lo entiendes bien; ¿cuáles serán tus deberes? ¿No molestar a tu nueva familia, a aquellos que te han recibido por decisión de tu madre? Si de eso se trata, entonces no eres un abandonado, sabes que eres discreto, casi invisible y que lo que más te gustaría en la vida sería pasar desapercibido para los demás. ¿Y el aseo? Tampoco, eres muy limpio, cuidadoso con el baño, escrupuloso con toda tu higiene. Llegas por fin al final de las definiciones: ¿sientes desaliento? Claro que sí, pareciera ser tu estado natural, eres sin objeción alguna un desalentado, una persona que carece de entusiasmos, de fuerzas para hacer las cosas, de razones para vivir, en definitiva. No hay duda, concluyes: de acuerdo con el diccionario eres un abandonado.
Después retrocedes un poco y vas al orden analógico donde sabes que encontrarás sinónimos, pero también otras palabras que se relacionan asociativamente. Allí hallarás una gran cantidad y entre ellas seleccionas las siguientes:
Abandono: desamparo, desarrimo, desatención, desabrigo, desvalimiento, defección, retirada, deslealtad, descuido, soledad, aislamiento, incomunicación, orfandad, desgracia, indefensión, dejación, ausencia, arrinconar, arrumbar, sacrificar, exponer, inhóspito, huérfano, inerme, repudiado, extraviado, impotente, etc, etc.
Hay más palabras y expresiones relacionadas con el abandono, pero estas bastan para dejarte ensimismado. Quieres conocer el sentido de todas ellas, pero más que nada, las sutiles diferencias entre lo que ellas significan. Aciertas en coincidir en que eres un abandonado, ¿pero serás también un desgraciado? Mueves rápido las páginas a pesar de tus dedos torpes, ellos han aprendido a moverse con fluidez por entre la maraña de hojas; ellos saben con cierta precisión cuántas hojas separan la letra A de la D. En efecto, con un simple gesto en el que acumulas un incierto número de hojas arribas a la letra buscada y allí, con la mirada veloz, ubicas la palabra necesitada, “Desgracia”: f. suerte desfavorable o adversa. // Suceso adverso o funesto. // Estado de aflicción originado por un acontecimiento desfavorable. // Pérdida de gracia o valimiento. // Desabrimiento en la condición o en el trato. // Falta de gracia, sosería, torpeza.
Reinicias tus indagaciones: “suerte desfavorable o adversa”. No sabes muy bien qué podría ser la buena suerte, por supuesto no es buena suerte poseer tu figura, tampoco convivir con tu ánimo decaído, tener dolores frecuentes, vivir sin tu madre, en fin. Sí, tienes una suerte desfavorable. Sigues leyendo, Fernando, como si confrontando las distintas acepciones de las palabras descubrieras por fin quién eres, así, con esa devoción aprendes las posibles significaciones que te da ese libro. Ahora lees: “suceso adverso o funesto”. ¿Cuál sería el suceso más funesto de tu vida? ¿Quizá tu nacimiento? Pero de ese acontecimiento lo ignoras todo como si hubieras sido la persona menos importante de cuantas concurrieron a él. ¿O el evento de tu madre abandonándote a tu suerte en una casa extraña? Tal vez éste sí podría ser ese suceso infame. Continúas con firmeza, casi sin sorpresa: “Estado de aflicción originado por un acontecimiento desfavorable”. Indudable, dices en voz alta. “Pérdida de gracia o valimiento”. Sientes, Fernando, que has llegado a una definición perfecta de ti, sí, no posees ninguna gracia (posees desgracia, por el contrario) y eres incapaz de valerte por ti mismo. Te apoyas en los demás para existir hasta en tus necesidades más primarias: ir al baño, andar, comer, hablar. Eres un dependiente, un desvalido, un invalido, un inválido. Ni gracia ni valía. Y qué decir de lo que falta: Desabrimiento (¿a qué sabrás?, ¿tendrás algún sabor?), sosería, torpeza… sabes a soso y eres tan torpe que no puedes ni caminar, te arrastras por el suelo sin la menor pudicia, pareces un tubino de hilo tirado por Lucho en el suelo. Seguro, Fernando, eres un abandonado, un desgraciado, un tubino.