Índice
Portadilla
Índice
Dedicatoria
Cita
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Capítulo 67
Capítulo 68
Capítulo 69
Capítulo 70
Capítulo 71
Capítulo 72
Capítulo 73
Capítulo 74
Capítulo 75
Capítulo 76
Capítulo 77
Capítulo 78
Capítulo 79
Capítulo 80
Capítulo 81
Capítulo 82
Capítulo 83
Capítulo 84
Agradecimientos
Referencias
Sobre la autora
Créditos
A Margaret, con cariño
Tú me das, tú me das,
ahora me tendrás que besar.
(Cancioncilla infantil)
¡Donde vivimos y aprendemos a orillas del mar!
¡El colegio Pirriwee es una ZONA SIN ACOSO!
No acosamos.
No aceptamos que nos acosen.
Nunca mantenemos en secreto el acoso.
Tenemos la valentía de denunciarlo si vemos que acosan a nuestros amigos.
¡Decimos NO al acoso!
Ese estrépito no suena a concurso de preguntas en el colegio, sino a tumulto —dijo la señora Patty Ponder a Marie Antoinette.
La gata no respondió. Estaba adormilada en el sofá, y los concursos de preguntas y respuestas le parecían un rollo.
—No te interesa, ¿eh? ¡Que coman pasteles! ¿Es eso lo que estás pensando? Se atiborran de pasteles, ¿a que sí? Pasteles por todas partes. Dios mío. Aunque no creo que ninguna madre los pruebe. Son todas flacas y esbeltas. Igual que tú.
Marie Antoinette sonrió por el cumplido. Lo de «que coman pasteles» había pasado de moda hacía mucho, y recientemente había oído decir a un nieto de la señora Ponder que en realidad debía de ser «que coman brioches», y también que María Antonieta no lo había dicho jamás.
La señora Ponder tomó el mando a distancia y bajó el volumen de Dancing with the Stars. Lo había subido antes por el ruido de un chaparrón, pero ahora ya no era más que llovizna.
Le llegaba el griterío de la gente. Voces airadas rasgaban el aire silencioso y frío de la noche. A la señora Ponder le resultaba extrañamente doloroso oírlas, como si todo aquel furor se dirigiera contra ella. (La señora Ponder se había criado con una madre colérica).
—Dios mío. ¿Pues no están discutiendo por la capital de Guatemala? ¿Sabes cuál es? ¿No? Yo tampoco. Tendremos que googlear. No me hagas burla.
Marie Antoinette olisqueó el aire.
—Vamos a ver qué pasa —dijo la señora Ponder muy decidida.
Se estaba poniendo nerviosa y eso la llevaba a actuar resueltamente delante de la gata, como había hecho en otro tiempo delante de sus hijas cuando su marido no estaba en casa y se oían ruidos raros por la noche.
La señora Ponder se puso en pie apoyándose en el andador. Marie Antoinette deslizó con suavidad su escurridizo cuerpo entre las piernas de la señora Ponder (los procederes enérgicos no iban con ella), mientras su dueña empujaba el andador por el pasillo hacia la parte de atrás de la casa.
Su cuarto de costura daba directamente al patio del colegio Pirriwee.
«¿Estás loca, mamá? No puedes vivir pegada a un colegio de primaria», le había dicho su hija la primera vez que la señora Ponder habló de comprar la casa.
Pero a ella le encantaba oír el bullicioso murmullo de las voces de los niños a intervalos a lo largo del día y, como ya no conducía, le traía sin cuidado que la calle estuviera atascada de esos coches grandes como camiones que tiene todo el mundo hoy en día, con mujeres parapetadas tras grandes gafas de sol, apoyadas en el volante y transmitiendo a gritos informaciones terriblemente urgentes sobre el ballet de Harriette y la sesión de logopedia de Charlie.
Hoy en día las madres se toman muy en serio su cometido. Con esos rostros tensos. Esos ágiles traseros contoneándose por el colegio con la ropa ceñida del gimnasio. El balanceo de las coletas de caballo. La mirada clavada en el móvil que llevan en la palma de la mano como una brújula. A la señora Ponder le entraba la risa. Cariñosa, claro. Sus tres hijas, aunque eran mayores, eran exactamente iguales. Y todas muy guapas.
—¿Cómo estáis esta mañana? —decía siempre al paso de las madres si estaba en el porche con una taza de té o regando el jardín.
—¡Con mucho lío, señora Ponder! ¡Sin parar! —respondían siempre al pasar tirando del brazo de sus hijos. Eran agradables, cordiales e inevitablemente un poco condescendientes. ¡Ella tan mayor y ellas tan ocupadas!
Los padres, y cada vez iban siendo más los que llevaban a sus hijos al colegio, eran diferentes. No solían ir deprisa, pasaban por delante con calculada despreocupación. No era para tanto. Todo estaba bajo control. Ese era el mensaje. La señora Ponder también se reía cariñosamente de ellos.
Pero ahora parecía que los padres del colegio Pirriwee estaban alborotando. Se acercó a la ventana y retiró la cortina de encaje. El colegio acababa de pagarle una reja a raíz de que una pelota de críquet hubiera hecho añicos el cristal y casi hubiera dejado fuera de juego a Marie Antoinette. (Encima del frigorífico guardaba una tarjeta de disculpas dibujada y enviada por un grupo de chicos de tercer curso).
Al otro lado del patio había un edificio de arenisca de dos plantas, con salón de actos y una balconada con vistas al mar en la segunda. La señora Ponder había acudido en pocas ocasiones: una charla de un historiador local, un almuerzo ofrecido por los Amigos de la Biblioteca. Era un salón muy bonito. A veces celebraban allí las recepciones de boda los antiguos alumnos. Allí era donde estaba teniendo lugar el concurso de preguntas esa noche. Estaban recaudando dinero para pizarras interactivas, o como se llamara aquello. Por supuesto, habían invitado a la señora Ponder. Su proximidad al colegio le confería un curioso estatus honorífico, aunque nunca hubiera llevado allí a ningún hijo ni nieto. Había declinado la invitación. Creía que no tenía sentido participar en un acto del colegio sin tener hijos en él.
Los alumnos celebraban su asamblea semanal en el mismo salón. Los viernes por la mañana la señora Ponder se acomodaba en el cuarto de costura con una taza de té con leche bien cargado y una galleta de jengibre. Escuchar los cánticos de los niños procedentes del segundo piso del edificio siempre le hacía llorar. No creía en Dios más que cuando oía cantar a los niños.
Ahora no había cánticos.
La señora Ponder podía oír muchas palabras fuertes. No es que eso la escandalizara, ya que su hija mayor blasfemaba como un carretero, pero resultaba molesto y desconcertante oír a alguien repitiendo a voces como loco una palabrita en particular en un lugar normalmente lleno de risas y gritos infantiles.
—¿Estáis todos borrachos? —dijo.
La ventana, salpicada de gotas de lluvia, quedaba a la altura de las puertas de entrada al edificio. De pronto, la gente empezó a salir precipitadamente. Las luces de emergencia iluminaban la zona pavimentada de la entrada al colegio como un escenario listo para una representación. La neblina reforzaba la comparación.
Era un espectáculo extraño.
Los padres del colegio Pirriwee tenían una incomprensible afición a las fiestas de disfraces. No les bastaba con los concursos habituales de preguntas y respuestas. Se había enterado por la invitación de que alguna mente preclara había decidido que esa noche el concurso fuera sobre Audrey y Elvis, de modo que todas las mujeres debían ir vestidas de Audrey Hepburn y los hombres, de Elvis Presley. (Razón de más para declinar la invitación: la señora Ponder siempre había abominado de los disfraces). Por lo visto, la interpretación más popular de Audrey Hepburn era la de Desayuno con diamantes. Todas las mujeres llevaban vestidos negros largos, guantes blancos y gargantillas de perlas. En cambio, los hombres habían decidido rendir homenaje al Elvis de sus últimos años. Todos llevaban brillantes monos blancos, piedras preciosas relucientes y escotes muy bajos. Las mujeres estaban encantadoras. Los pobres hombres, ridículos del todo.
Mientras la señora Ponder estaba mirando, un Elvis dio un puñetazo en la mandíbula a otro. Este retrocedió tambaleante encima de una Audrey. Dos Elvis lo agarraron por detrás y lo apartaron de un empujón. Una Audrey ocultó la cara entre las manos y se dio media vuelta, como si no soportara la escena. Alguien gritó:
—¡Estaos quietos!
Desde luego. ¿Qué pensarían vuestros preciosos hijos?
—¿Llamo a la policía? —se preguntó la señora Ponder en voz alta y en ese mismo momento oyó a lo lejos el aullido de una sirena, mientras en la balconada una mujer gritaba sin parar.
GABRIELLE: A ver, no fue solo cosa de las madres. No habría pasado nada sin los padres. Aunque supongo que sí empezaron ellas. Fuimos las jugadoras principales, por así decirlo. Las mamás. No soporto la palabra «mamá». Es espantosa. La prefiero acabada en i. Suena como a más delgada. Tengo problemas de imagen corporal, dicho sea de paso. Claro que quién no.
BONNIE: Fue todo un terrible malentendido. Hubo gente que se sintió herida en sus sentimientos y luego la situación acabó totalmente fuera de control. Suele pasar. Todo conflicto se remonta a que se han herido los sentimientos de alguien, ¿no cree? Divorcio. Guerras mundiales. Acciones legales. Bueno, quizá no todas las acciones legales. ¿Puedo ofrecerle una infusión de hierbas?
STU: Le voy a contar exactamente por qué ha sucedido. Las mujeres no dejan pasar las cosas. Y no es que los tíos no tengan parte de culpa. Pero si las chicas no hubieran sacado las cosas de quicio... y esto puede sonar sexista, pero no lo es, es la realidad, pregunte a cualquier hombre, no a esos tipos de la nueva era, esos artistas incomprendidos que se dan crema hidratante, me refiero a un hombre de verdad, pregunte a cualquier hombre y le dirá que las mujeres son atletas olímpicas del rencor. Debería ver cómo se pone mi mujer. Y eso que no es la peor.
SEÑORITA BARNES: Padres helicóptero. Antes de empezar en el colegio Pirriwee creía que era una exageración eso de que los padres estaban excesivamente encima de los hijos. Es decir, mi madre y mi padre me querían, claro que se interesaban por mí cuando era pequeña en los años noventa, pero no estaban obsesionados conmigo.
SEÑORA LIPMANN: Es una tragedia, y muy lamentable, estamos todos intentando pasar página. No hago más comentarios.
CAROL: La culpa la tiene el Club del Libro Erótico. Es mi opinión, claro.
JONATHAN: En el Club del Libro Erótico no hubo nada erótico, se lo puedo asegurar.
JACKIE: ¿Sabe una cosa? Yo esto lo veo como un tema feminista.
HARPER: ¿Quién ha dicho que era un tema feminista? Para nada. Le voy a contar qué lo provocó. El incidente del día de presentación de preescolar.
GRAEME: Creo que todo se reduce a una pelea entre madres amas de casa y madres profesionales. ¿Cómo lo llaman? Las Guerras de las Madres. Mi mujer no participó. No tiene tiempo para esas cosas.
THEA: A ustedes las periodistas les va el rollo de la niñera francesa. Hoy he oído por la radio que alguien hablaba de la «doncella francesa», cosa que desde luego Juliette no era. Renata tenía también asistenta. Qué suerte tienen algunas. Tengo cuatro hijos y nadie que me eche una mano. No tengo nada contra las madres que trabajan, claro, pero eso no quita que me pregunte por qué se han tomado la molestia de tener hijos.
MELISSA: ¿Sabe lo que creo que irritó y molestó a todo el mundo? Lo de los piojos. Oh, Dios, no me tire de la lengua con lo de los piojos.
SAMANTHA: ¿Qué piojos? ¿Qué tiene que ver eso? ¿Quién se lo ha dicho? Melissa, seguro. Esa pobre chica sufrió estrés postraumático cuando sus hijos los cogieron por segunda vez. Lo siento, no tiene gracia. No tiene ninguna gracia.
SARGENTO DETECTIVE ADRIAN QUINLAN: Se lo diré claramente. Esto no es un circo. Es una investigación por asesinato.
Seis meses antes de la noche del concurso de preguntas
Cuarenta. Madeline Martha Mackenzie cumplía ese día cuarenta años.
—Tengo cuarenta años —dijo alzando la voz mientras conducía. Alargó la penúltima sílaba como en los efectos sonoros especiales—. Cuareeeenta.
Miró a su hija por el espejo retrovisor. Chloe sonrió e imitó a su madre.
—Tengo cinco años. Ciiiinco.
—¡Cuarenta! —exclamó Madeline como una cantante de ópera—. ¡Tra la la la!
—¡Cinco! —exclamó Chloe.
Madeline atacó una versión rap, llevando el ritmo con la mano sobre el volante.
—Tengo cuarenta años, sí, cuarenta.
—Ya basta, mamá —dijo Chloe tajante.
—Lo siento —se disculpó Madeline.
Estaba llevando a Chloe a la presentación de preescolar «¡Vamos a preparar el cole!». No es que a Chloe le hiciera falta presentación alguna antes de empezar las clases en enero. Ya conocía de sobra el colegio Pirriwee. Al dejarlo esa mañana allí, había estado pendiente de su hermano Fred, dos años mayor que ella, aunque a menudo parecía más pequeño:
—¡Fred, se te ha olvidado poner la bolsa con los libros en la cesta! Eso es. Ahí dentro. Buen chico.
Fred había dejado obedientemente la bolsa con los libros en la cesta correspondiente antes de salir disparado a hacerle una llave de cabeza a Jackson. Madeline había fingido no ver la llave. Seguro que Jackson se la merecía. Renata, la madre de Jackson, tampoco lo había visto porque estaba en animada conversación con Harper, ambas con gesto reconcentrado por el estrés de educar a sus hijos superdotados. Renata y Harper asistían al mismo grupo semanal de apoyo a padres de niños superdotados. Madeline se los imaginaba a todos sentados en círculo retorciéndose las manos mientras les asomaba a los ojos un destello de secreta satisfacción.
Mientras Chloe mangoneaba al resto de los niños de la presentación (su talento consistía en mangonear, algún día dirigiría una empresa), Madeline iba a tomar un café con un pastel con su amiga Celeste. Los dos hijos gemelos de Celeste también empezaban el colegio este año, de modo que estaban como locos con la presentación. (Su talento eran los gritos. Madeline tenía dolor de cabeza a los cinco minutos de estar con ellos). Iba a estar bien, porque Celeste siempre compraba regalos de cumpleaños exquisitos y muy caros. Después de eso Madeline iba a dejar a Chloe con su suegra y luego comería con unas amigas antes de regresar rápidamente al colegio para recoger a los niños. Lucía el sol. Ella llevaba sus fabulosos zapatos nuevos de tacón de Dolce & Gabbana (comprados online, treinta por ciento de descuento). Iba a ser un día muy, pero que muy bonito.
—¡Que empiece la Fiesta de Madeline! —había dicho esa mañana su marido Ed al llevarle el café a la cama. Madeline era famosa por su afición a los cumpleaños y celebraciones de todas clases. Pretextos para beber champán.
De todas formas. Cuarenta.
Pensó en su espléndida edad por estrenar mientras recorría la ruta habitual al colegio. Aún era capaz de sentir «cuarenta» de la manera en que lo sentía cuando tenía quince. Qué edad tan gris. Abandonada en la mitad de tu vida. Nada importaría gran cosa cuando tuvieras cuarenta. No tendrías verdaderos sentimientos cuando tuvieras cuarenta, porque estarías bien protegida por ser una espantosa cuarentona.
«Hallada muerta mujer de cuarenta años». Dios mío.
«Hallada muerta mujer de veinte años». ¡Tragedia! ¡Tristeza! ¡Encuentren al asesino!
Madeline se había visto obligada últimamente a efectuar un pequeño ajuste mental cuando oía en las noticias algo relacionado con mujeres muertas con cuarenta y tantos. ¡Cuidado, esa podría ser yo! ¡Qué triste! ¡La gente se pondría triste si me muriera! Incluso quedaría destrozada. Normal, en un mundo obsesionado por la edad. Tendré cuarenta, pero me aprecian.
Claro que, probablemente, era completamente natural entristecerse más por la muerte de alguien de veinte años que de cuarenta. El de cuarenta había disfrutado de veinte años más de vida. Por eso, si hubiera algún pistolero suelto, Madeline se sentiría en la obligación de interponer sus cuarenta años vividos ante alguien de veinte años. Aceptaría un balazo en aras de la juventud. Era lo mínimo.
Bueno, actuaría de este modo si tuviera la certeza de que se trataba de una buena persona. No alguien insoportable, como la chica que conducía el pequeño Mitsubishi azul delante de Madeline. Ni se molestaba en disimular que estaba utilizando el móvil mientras conducía, probablemente enviando mensajes o actualizando el muro de Facebook.
¡Fíjate! ¡Esta chica ni siquiera habría advertido la presencia del pistolero suelto! ¡Habría seguido mirando absorta el móvil mientras Madeline sacrificaba su vida por ella! Era irritante.
En el pequeño coche con la flamante placa de conductor novel pegada en la ventanilla trasera parecían viajar cuatro personas. Atrás tres, como mínimo, por el bamboleo de las cabezas y los gestos de las manos. ¿Era eso un pie agitándose? Era una tragedia en ciernes. Todos necesitaban concentrarse. Precisamente la semana pasada Madeline se había tomado un café sobre la marcha después de la clase de Shock-Wave mientras leía un artículo del periódico acerca de la cantidad de jóvenes que se estaban matando por enviar mensajes mientras conducían. «En camino. Ya llego». Eran sus últimas y estúpidas palabras, a menudo mal escritas. Madeline había llorado al ver la fotografía de la desolada madre de una adolescente mostrando absurdamente el móvil de su hija a la cámara como advertencia a los lectores.
—Qué idiotas son —dijo en voz alta mientras el otro coche invadía peligrosamente el carril contiguo.
—¿Quién es idiota? —preguntó Chloe desde el asiento trasero.
—La chica del coche que va delante, que va conduciendo y usando el móvil al mismo tiempo.
—Como cuando tienes que llamar a papá porque llegamos tarde —dijo Chloe.
—¡Solo lo he hecho una vez! —protestó Madeline—. ¡Además tuve cuidado y fui rápida! ¡Y tengo cuarenta años!
—Hoy —puntualizó Chloe—. Hoy cumples cuarenta años.
—¡Sí! Además, fue una llamada corta, ¡no envié un mensaje! Para enviar mensajes tienes que apartar los ojos de la carretera. Enviar mensajes es ilegal y peligroso, de manera que tienes que prometerme que cuando puedas conducir no lo harás jamás.
Le tembló la voz solo de pensar en Chloe adolescente al volante de un coche.
—Pero dejan hacer llamadas rápidas —insistió Chloe.
—¡No! ¡Eso también es ilegal!
—O sea, que te saltaste la ley —dijo Chloe con satisfacción—. Igual que un atracador.
Chloe estaba en ese momento enamorada de la idea de los atracadores. Seguro que acabaría saliendo con malotes. Malotes en moto.
—¡Júntate con chicos buenos, Chloe! —replicó Madeline al momento—. Como papá. Los chicos malos no te llevan el café a la cama. Te lo puedo asegurar.
—¿Qué murmuras, mujer? —dijo Chloe con un suspiro.
Había tomado esa frase de su padre e imitaba a la perfección su tono de hastío. Habían cometido el error de reírse la primera vez que ella lo había dicho, de manera que se aficionó a hacerlo y la decía bastante a menudo, en el momento adecuado, de tal forma que sus padres no pudieran contener la risa.
Esa vez Madeline se las apañó para no reír. Chloe acababa de franquear la sutil línea divisoria ente lo adorable y lo odioso. Probablemente Madeline también.
Frenó tras el pequeño Mitsubishi azul ante un semáforo en rojo. La joven conductora persistía en mirar el teléfono móvil. Madeline se puso a tocar el claxon. Vio que la conductora miraba por el espejo retrovisor, mientras los demás ocupantes volvían la cabeza para mirar.
—¡Deja el teléfono! —gritó. Imitó con el dedo sobre la palma de la mano el gesto de enviar mensajes—. ¡Es ilegal! ¡Es peligroso!
La chica le hizo un corte de mangas.
—¡Muy bien! —Madeline echó el freno de mano y encendió las luces de emergencia.
—¿Qué estás haciendo ?—preguntó Chloe.
Madeline se quitó el cinturón de seguridad y abrió de golpe la puerta del coche.
—¡Pero si tenemos que ir a la presentación! —protestó Chloe asustada—. ¡Vamos a llegar tarde ! ¡Oh, desastre!
«¡Oh, desastre!» era una frase de un libro para niños que solían leer a Fred cuando era pequeño. Ahora la decía toda la familia. La habían adoptado incluso los padres de Madeline y algunas amigas suyas. Era una frase contagiosa.
—No pasa nada —dijo Madeline—. Será cosa de un momento. Voy a salvar la vida de unos jóvenes.
Fue derecha al coche de la chica con sus nuevos zapatos de tacón alto y dio un golpe en la ventanilla.
La ventanilla bajó y la conductora se metamorfoseó de silueta borrosa en una chica de verdad, de piel blanca, un piercing reluciente en la nariz y exceso de rímel mal dado.
Levantó la vista hacia Madeline entre agresiva y recelosa.
—¿Cuál es tu problema? —dijo con el teléfono móvil aún en la mano izquierda.
—¡Deja el teléfono! ¡Puedes matarte tú y matar a tus amigas! —Madeline empleó idéntico tono que con Chloe cuando se portaba fatal. Alargó el brazo, agarró el teléfono y se lo tiró a la boquiabierta chica del asiento trasero—. ¿Vale? ¡Así que déjalo!
De vuelta al coche pudo oír las carcajadas. No hizo caso. Se sentía agradablemente estimulada. Detrás de ella se había detenido otro coche. Madeline pidió disculpas levantando la mano y se apresuró a montar antes de que cambiara el semáforo.
Se torció el tobillo. Un segundo antes el tobillo estaba cumpliendo su función como es debido y, al siguiente, se había torcido en un ángulo inverosímil. Cayó pesadamente de lado. Oh, desastre.
Este fue casi con toda seguridad el momento en que comenzó la historia.
Con una desafortunada torcedura de tobillo.
Jane frenó ante un semáforo en rojo tras un grande y reluciente todoterreno con las luces de emergencia dadas y vio a una mujer de pelo castaño correr hacia él por el borde de la calzada. Llevaba un vestido azul de verano con vuelo y sandalias de tiras de tacón alto, y le hizo un gesto encantador a Jane a modo de disculpa. Un rayo de sol dio en uno de los pendientes, que refulgió como si hubiera recibido un toque celestial.
Una chica resplandeciente. Mayor que Jane, pero aún resplandeciente, desde luego. Jane había mirado a chicas como esa toda su vida con curiosidad científica. Puede que con cierta admiración. Incluso con cierta envidia. No eran necesariamente las más bonitas, pero se arreglaban muy bien, igual que árboles de Navidad, con pendientes largos, pulseras tintineantes y delicadas bufandas caladas. Te tocaban el brazo al hablar. La mejor amiga del colegio de Jane había sido una chica resplandeciente. Jane sentía debilidad por ellas.
En ese momento la mujer se cayó, como si algo hubiera tirado de ella hacia abajo.
—Ay —dijo Jane, y apartó rápidamente la vista, por decoro hacia la mujer.
—¿Te has hecho daño, mamá? —preguntó Ziggy desde el asiento de atrás. Siempre le preocupaba que se hiciera daño.
—No —contestó Jane—. Se ha hecho daño esa señora. Ha tropezado y se ha caído.
Esperó a que la mujer se levantara y montara en el coche, pero seguía en el suelo. Tenía la cabeza echada hacia atrás mirando al cielo y en la cara una expresión muy dolorida. El semáforo se puso verde y un coche pequeño con placa de novato que había estado delante del todoterreno se largó rechinando las ruedas.
Jane encendió el intermitente para sortear el coche. Se dirigían a la jornada de presentación en el nuevo colegio de Ziggy y no tenía ni idea de a dónde iba. Ziggy y ella estaban igual de nerviosos por mucho que lo disimularan. Jane quería llegar con tiempo de sobra.
—¿Está bien la señora? —dijo Ziggy.
Jane sintió esa extraña sacudida que experimentaba en ocasiones, cuando se hacía la desentendida y entonces algo (a menudo Ziggy) le hacía recordar a tiempo la forma adecuada de comportarse de un adulto atento, normal y bien educado.
De no haber sido por Ziggy habría seguido adelante. Estaba tan concentrada en el objetivo de llevarlo a la jornada de presentación de preescolar que habría dejado a una mujer sentada en la calzada retorciéndose de dolor.
—Voy a verla —dijo como si esa hubiera sido su intención desde el principio. Encendió las luces de emergencia y abrió la puerta del coche, con plena conciencia de hacerlo a regañadientes. «¡Es usted un estorbo, doña resplandeciente!».
—¿Está bien? —le preguntó.
—Perfectamente. —La mujer trató de incorporarse y soltó un quejido con la mano en el tobillo—. Ay. Mierda. Me he torcido el tobillo, nada más. Soy una idiota. He salido del coche para ir a decirle a la chica que tenía delante que dejara de enviar mensajes de móvil. Me está bien empleado por comportarme como una monitora de colegio.
Jane se acuclilló a su lado. La mujer tenía una melena castaña bien cortada y unas cuantas pecas alrededor de la nariz. Había algo estéticamente agradable en aquellas pecas, como un recuerdo de los veranos de la infancia; además combinaban con las finas arrugas alrededor de los ojos y el absurdo vaivén de los pendientes.
El malestar de Jane se disipó.
Le gustaba esa mujer. Tenía ganas de ayudarla.
(Claro que ¿qué quería decir eso? ¿Habría mantenido su cólera sorda de haberse tratado de una vieja desdentada con verrugas en la nariz? Qué injusto. Qué cruel. Iba a portarse mejor con esta mujer porque le gustaban sus pecas).
El vestido de la mujer tenía un historiado bordado de flores caladas en el cuello. Jane pudo ver la piel bronceada y pecosa por entre los pétalos.
—Tenemos que aplicar hielo inmediatamente —dijo Jane, conocedora de las lesiones de tobillo desde sus tiempos de jugadora de netball, por lo que se dio cuenta de que el tobillo de esta mujer estaba empezando a inflamarse—. Y mantenerlo en alto.
Se mordió el labio y miró alrededor en busca de alguien. No tenía ni idea de cómo proceder.
—Es mi cumpleaños —comentó la mujer con tristeza—. Mi cuarenta cumpleaños.
—Felicidades —dijo Jane.
No dejaba de resultar encantador que a una mujer de cuarenta no le importara decir que era su cumpleaños.
Miró las sandalias de tiras de la mujer. Llevaba las uñas de los pies pintadas de un color turquesa vivo. Los tacones eran tan finos como palillos y peligrosamente altos.
—No me extraña que se torciera el tobillo —dijo Jane—. ¡Nadie podría andar con esos zapatos!
—Ya lo sé, pero ¿a que son preciosos? —La mujer giró el pie para contemplarlos—. ¡Ay! Joder, qué daño. Lo siento. Perdone mi lenguaje.
—¡Mamá! —Por la ventanilla del coche asomó la cabeza una niña de pelo castaño rizado con una reluciente diadema—. ¿Qué estás haciendo? ¡Levanta! ¡Que llegamos tarde!
Madre resplandeciente. Niña resplandeciente.
—Gracias por el apoyo, cariño —dijo la mujer, y sonrió tristemente a Jane—. Vamos de camino a la presentación de preescolar. Está toda emocionada.
—¿En el colegio Pirriwee? —dijo Jane asombrada—. Pero si es adonde estoy yendo yo. Mi hijo Ziggy empieza el colegio este año. Nos mudaremos aquí en diciembre.
No parecía posible que esta mujer y ella pudieran tener algo en común o que sus vidas pudieran confluir en algún punto.
—¿Ziggy? ¿Como Ziggy Stardust? ¡Qué nombre más bonito! —dijo la mujer—. Por cierto, me llamo Madeline. Madeline Martha Mackenzie. Por alguna razón siempre digo el nombre de Martha sin que venga a cuento. No me pregunte por qué.
Le tendió la mano.
—Jane. Jane sin segundo nombre de pila Chapman.
GABRIELLE: El colegio acabó dividido en dos. Fue como, qué sé yo, una guerra civil. Estabas con el equipo de Madeline o con el de Renata.
BONNIE: No, no, eso es horrible. No fue así en absoluto. No hubo bandos. Somos una comunidad muy unida. Hubo demasiado alcohol. Además, había luna llena. Todo el mundo se vuelve un poco loco cuando hay luna llena. Lo digo en serio. Es un fenómeno que puede comprobarse en la realidad.
SAMANTHA: ¿Había luna llena? Estaba lloviendo a cántaros, me acuerdo. Tenía todo el pelo encrespado.
SEÑORA LIPMANN: Eso es absurdo y muy calumnioso. No hago más comentarios.
CAROL: Ya sé que sigo insistiendo en el Club del Libro Erótico, pero estoy segura de que algo sucedió en alguna de sus, entre comillas, reuniones.
HARPER: Escucha, lloré cuando nos enteramos de que Emily era superdotada. ¡Otra vez!, pensé. ¡Sabía dónde me metía, porque ya había pasado por eso con Sophia! Renata estaba en el mismo barco. Dos hijos superdotados. Nadie sabe el estrés que genera. Renata estaba preocupada por cómo se adaptaría Amabella al colegio, si la estimulación sería suficiente y cosas así. Por eso, cuando el niño ese de nombre ridículo, el tal Ziggy, hizo lo que hizo, el mismo día de la presentación, ella lógicamente se angustió. Ahí empezó todo.
Jane se había llevado un libro para leer en el coche mientras Ziggy asistía a la presentación de preescolar, pero en vez de eso acompañó a Madeline Martha Mackenzie (sonaba a nombre de chica pendenciera en un libro para niños) a un café frente a la playa llamado Blue Blues.
El café era un curioso edificio pequeño y desproporcionado, casi como una cueva, justo en el paseo marítimo entablado de la playa de Pirriwee. Madeline fue cojeando descalza, dejando caer tranquilamente el peso del cuerpo sobre el brazo de Jane como si fueran viejas amigas. Daba sensación de intimidad. Podía oler el perfume de Madeline, levemente cítrico y delicioso. A Jane no la habían tocado muchos adultos en los últimos cinco años.
Nada más abrir la puerta del café salió de detrás del mostrador un hombre más bien joven con los brazos abiertos. Iba todo de negro, con el pelo rubio y rizado, como de surfista, y una tachuela en la aleta de la nariz.
—¡Madeline! ¿Qué te ha pasado?
—Una lesión grave, Tom —dijo Madeline—. Y es mi cumpleaños.
—Oh, desastre —dijo Tom, guiñando un ojo a Jane.
Jane echó una ojeada al café mientras Tom llevaba a Madeline a una mesa de la esquina para ponerle hielo envuelto en un paño de cocina en el pie y apoyarlo en una silla con cojín. Su madre habría dicho que era «completamente encantador». En las paredes desiguales de color azul chillón había estanterías destartaladas repletas de libros usados. Las tablas del entarimado resplandecían al sol de la mañana y Jane aspiraba una pesada mezcla de café, bollería, mar y libros viejos. La fachada del café era un ventanal y los asientos estaban dispuestos de manera que se viera la playa desde todos ellos, como si se estuviera allí para ver una actuación del mar. Al tiempo que miraba alrededor, Jane experimentó la incómoda sensación que la asaltaba a menudo cuando se hallaba en un sitio nuevo y agradable. No podía expresarla más que con las palabras: «Ojalá estuviera aquí». Este pequeño café frente a la playa era tan exquisito que tenía ganas de estar realmente allí, cosa que no tenía sentido, dado que ya estaba allí.
—Jane, ¿qué te pido? —dijo Madeline—. ¡Te invito a café con algo especial para darte las gracias por todo! —Se volvió al ajetreado barista—. ¡Tom! ¡Esta es Jane! Mi caballero de armadura reluciente. Mi caballera.
Jane había llevado a Madeline y a su hija al colegio tras haber estacionado antes nerviosamente el enorme coche de Madeline en una calle lateral. Había quitado el asiento de Chloe de la parte de atrás del coche de Madeline y lo había colocado en la parte de atrás de su pequeño hatchback, junto a Ziggy.
Había sido un triunfo. Una pequeña victoria sobre sí misma.
Era un triste indicio de la vida social de Jane el hecho de haber encontrado emocionante todo aquel incidente.
Ziggy también se había quedado con los ojos como platos y cohibido por la novedad de ir con otro niño en el asiento de atrás, especialmente alguien tan bullicioso y carismático como Chloe. La niña no había parado de hablar en todo el trayecto, explicándole a Ziggy todo cuanto tenía que saber del colegio: quiénes iban a ser las profesoras; cómo tenían que lavarse las manos antes de entrar en clase, usando luego una única toalla de papel; dónde se iban a sentar a comer; que no te dejaban llevar crema de cacahuete porque había personas con alergia y podían morir y que ella ya tenía su tartera, donde ponía Dora la Exploradora, y ¿qué ponía en la tartera de Ziggy?
—Buzz Lightyear —se había apresurado a contestar, muy educado y mentiroso a la vez, porque Jane no le había comprado aún la tartera, es más, ni siquiera habían hablado de que fuera necesaria. De momento iba a la guardería tres días a la semana y allí le daban de comer. Preparar la tartera iba a ser una novedad para Jane.
Cuando llegaron al colegio, Jane acompañó a los niños mientras Madeline se quedaba en el coche. En realidad los guio Chloe, yendo por delante de ellos con su diadema reluciente al sol. En un momento dado Ziggy y Jane se habían mirado como diciendo: «¿Quiénes son estas personas maravillosas?».
Jane se había puesto moderadamente nerviosa con motivo de la jornada de presentación de Ziggy, sabedora de que debía ocultarle los nervios, porque le provocaban ansiedad. Tenía la sensación de empezar un nuevo trabajo, el trabajo de madre de un niño de primaria. Habría normas, trámites y procedimientos que aprender.
De todas formas, entrar en el colegio con Chloe era como llegar con una entrada VIP. Se les pusieron inmediatamente a la altura otras dos madres.
—¡Chloe! ¿Dónde está tu mamá?
Luego se presentaron ellas mismas a Jane, que procedió a contarles el episodio del tobillo de Madeline, del que también quiso enterarse la señorita Barnes, la profesora de preescolar, de tal forma que Jane se convirtió en el centro de atención, algo a decir verdad muy agradable.
El colegio era bonito: coronaba el promontorio, de modo que el azul del océano parecía estar constantemente reverberando en la visión periférica de Jane. Las aulas ocupaban largos edificios bajos de arenisca y el frondoso patio parecía repleto de lugares secretos encantadores para estimular la imaginación: escondites entre los árboles, senderos protegidos, incluso un diminuto laberinto a la medida de los niños.
Se marchó una vez que Ziggy y Chloe hubieron entrado de la mano en clase, él muy excitado y contento. Jane se dirigió al coche igual de excitada y contenta y se encontró con Madeline saludándole con la mano y una sonrisa deliciosa en el asiento del copiloto, como si fuera una gran amiga suya. Entonces experimentó una sensación de pérdida, de flojera.
Ahora estaba sentada con Madeline en el Blue Blues a la espera de que llegara el café, contemplando el agua y sintiendo el sol en la cara.
Tal vez mudarse aquí fuera el comienzo o incluso el final de algo, lo cual sería mucho mejor.
—Mi amiga Celeste vendrá enseguida —anunció Madeline—. Puede que la hayas visto dejando a los niños en el colegio. Dos pequeños terremotos rubios. Ella es alta, rubia, guapa y nerviosa.
—Creo que no —dijo Jane—. ¿Cómo es que es nerviosa si es alta, rubia y guapa?
—Exacto —contestó Madeline, como si eso respondiera a la pregunta—. Además, tiene un marido guapísimo y rico. Todavía van de la mano. Y es encantador. Me hace regalos. La verdad es que no tengo ni idea de por qué sigo siendo amiga de ella. —Consultó el reloj—. Oh, no tiene arreglo. ¡Siempre tarde! Bueno, mientras esperamos, te interrogaré a ti. —Se inclinó hacia delante para dedicar toda su atención a Jane—. ¿Eres nueva en la península? No me suena nada tu cara. Con chicos de la misma edad cabe pensar que nos habríamos encontrado en psicomotricidad, cuentacuentos y cosas por el estilo.
—Nos vamos a mudar aquí en diciembre —respondió Jane—. Ahora vivimos en Newtown, pero decidí que estaría bien vivir una temporada cerca de la playa. Nada más que por capricho, supongo.
Lo de «por capricho» le salió sin pensarlo, y eso le hizo sentirse a la vez satisfecha e incómoda.
Trató de construir el relato de un capricho, como si fuera verdaderamente una chica caprichosa. Le contó a Madeline que un día, meses atrás, había llevado a Ziggy de excursión a la playa y, al ver los anuncios de alquileres en un bloque de pisos, pensó: «¿Por qué no vivir cerca de la playa?».
Al fin y al cabo, no era mentira. No del todo.
Un día en la playa, no había dejado de repetirse una y otra vez mientras conducía por la larga carretera en descenso, como si alguien estuviera escuchando sus pensamientos, cuestionando sus motivos.
¡La playa de Pirriwee era una de las diez mejores del mundo! Lo había visto en algún sitio. Su hijo merecía ver una de las diez mejores playas del mundo. Su guapo y extraordinario hijo. No apartaba la vista de él por el espejo retrovisor, con el corazón dolorido.
No contó a Madeline que, mientras volvían al coche cogidos de la mano, pegajosos de arena, en su cabeza resonaba sin voz la palabra «socorro», como si estuviera suplicando algo: una solución, cura o salvación. ¿Salvación de qué? ¿Cura de qué? ¿Solución a qué? Su respiración se había vuelto superficial. Sentía las gotas de sudor en el nacimiento del pelo.
Luego había visto el cartel. El alquiler del piso de Newtown vencía pronto. Dos habitaciones en un feo y anodino bloque de pisos de ladrillo rojo, pero a tan solo cinco minutos andando de la playa.
—¿Y si nos mudáramos aquí? —le había dicho a Ziggy y, como los ojos de él se habían iluminado, al momento parecía que el piso era la solución idónea a todos sus males. La gente lo llamaba «cambio radical». ¿Por qué no iban a tener Ziggy y ella un cambio radical?
No le contó a Madeline que había estado de alquiler de seis en seis meses por diferentes apartamentos de Sídney desde que Ziggy era bebé, tratando de encontrar una vida con futuro. No le contó que quizá todo ese tiempo había estado dando vueltas cada vez más cerca de la playa de Pirriwee.
Tampoco le contó que, cuando salió de firmar el contrato de alquiler en la inmobiliaria, había caído por primera vez en la cuenta de qué clase de personas vivían en la península —piel dorada, cabellos secados al sol de la playa— y que había pensado en sus piernas blancuchas bajo los vaqueros y luego en lo nerviosos que se pondrían sus padres conduciendo por la serpenteante carretera de la península, su padre con los nudillos blancos al volante, solo que seguirían haciéndolo sin queja alguna, y que en ese mismo instante Jane se había convencido de que había cometido un error verdaderamente reprobable. Pero ya era demasiado tarde.
—Y aquí estoy —concluyó de forma poco convincente.
—Te va a encantar esto —dijo Madeline entusiasmada. Se ajustó el hielo en el tobillo con una mueca de dolor—. Ay. ¿Haces surf? ¿Y tu marido? O tu pareja, debería decir. O novio. Novia. Estoy abierta a todas las posibilidades.
—No tengo marido —contestó Jane—. Ni pareja. Estoy sola. Soy una madre soltera.
—¿Sí? —dijo Madeline como si Jane acabara de anunciarle algo más bien audaz y maravilloso.
—Sí. —Jane puso una sonrisa tonta.
—Bueno, ¿sabes?, a la gente siempre le gusta olvidarlo, pero yo también fui madre soltera —dijo Madeline alzando la barbilla, como si estuviera dirigiéndose a un grupo de personas que lo desaprobaran—. Mi exmarido me dejó cuando mi hija mayor era un bebé. Abigail. Tiene catorce años. Yo también era bastante joven, igual que tú. Nada más que veintiséis. Aunque creí que no sería capaz de salir adelante. Fue duro. Ser una madre soltera es duro.
—Bueno, tengo a mi madre y a mi…
—Oh, claro, claro. No estoy diciendo que no tuviera apoyo. Yo también tuve ayuda de mis padres. Pero, Dios mío. Había algunas noches, cuando Abigail estaba enferma, o yo, o peor aún, las dos, y… en fin. —Madeline calló y se encogió de hombros—. Mi exmarido se ha vuelto a casar. Tienen una niña de la misma edad que Chloe y Nathan se ha convertido en padre del año. A los hombres les pasa a menudo cuando tienen una segunda oportunidad. Abigail cree que su padre es maravilloso. Soy la única que le guarda rencor. Dicen que es bueno quitarse de encima el rencor, pero no lo sé, a mí me gusta mucho el mío. Lo cuido como a una pequeña mascota.
—Tampoco yo estoy por el perdón —dijo Jane.
Madeline sonrió y le apuntó con la cucharilla.
—Bien hecho. No perdonar jamás. No olvidar jamás. Ese es mi lema.
Jane no supo distinguir si lo decía en broma.
—¿Y el padre de Ziggy? —siguió Madeline—. ¿Sigue presente de alguna manera?
Jane no se inmutó. Había tenido cinco años para conseguirlo. Notó que se había vuelto del todo indiferente.
—No. En realidad no estábamos juntos. —Dijo la frase perfectamente—. Ni siquiera sé cómo se llamaba. Fue una… —Alto. Pausa. Apartar la mirada como si no fuera capaz de aguantarla—. Una especie de… rollo de una noche.
—¿Te refieres a sexo ocasional? —dijo inmediatamente Madeline, comprensiva, y Jane estuvo a punto de soltar la carcajada por la sorpresa que le causó. Todo el mundo, especialmente las de la edad de Madeline, reaccionaba con un delicado y ligero mohín de disgusto que decía: no, si a mí no me importa, pero ahora te coloco en una categoría diferente de persona. Jane nunca se lo tomaba a mal. A ella también le disgustaba. Solo quería despachar ese tema de conversación particular, y la mayoría de las veces lo conseguía. Ziggy era Ziggy. No había padre. A otra cosa.
«¿Por qué no dices simplemente que su padre y tú os separasteis?», le decía su madre al principio.
«Las mentiras se enredan, mamá», decía Jane. Su madre no tenía experiencia en mentiras. «De esta forma se zanja la conversación».
—Recuerdo el sexo ocasional —dijo melancólica Madeline—. Las cosas que hacía en los años noventa. Señor… Espero que Chloe no se entere. Oh, desastre. ¿Estuvo bien el tuyo?
Jane tardó unos momentos en comprender la pregunta. Le estaba preguntando si había estado bien el sexo ocasional.
Por un momento Jane volvió al ascensor transparente que subía silenciosamente por el centro del hotel. Él agarrando con la mano derecha una botella de champán por el gollete. La mano izquierda en el trasero de ella, empujándola hacia delante. Los dos partiéndose de la risa. Profundas arrugas en los ojos de él. Ella, vulnerable por la risa y el deseo. Olores caros.
Jane carraspeó.
—Supongo que estuvo bien.
—Lo siento —dijo Madeline—. Estaba siendo frívola. Ha sido solo porque estaba pensando en mi disipada juventud. O quizá porque eres muy joven y yo muy mayor y quiero hacerme la guay. ¿Cuántos años tienes? ¿Te importa que te lo pregunte?
—Veinticuatro —contestó Jane.
—Veinticuatro —repitió Madeline con un suspiro—. Yo cumplo cuarenta hoy. Creo que ya te lo había dicho. Seguro que crees que nunca tendrás cuarenta años, ¿verdad?
—Bueno, sí que espero llegar a los cuarenta —dijo Jane.
Ya había advertido que las mujeres de mediana edad estaban obsesionadas con el tema de la edad, siempre riéndose de él, quejándose, volviendo una y otra vez, como si el envejecimiento fuera un intrincado acertijo que estuvieran tratando de resolver. ¿Por qué les intrigaba tanto? Las amigas de la madre de Jane no parecían tener literalmente otro tema de conversación, por lo menos cuando hablaban con ella. «Oh, eres tan joven y guapa, Jane» (cuando estaba claro que no lo era; era como si pensaran que una cosa llevaba aparejada la otra; que, si eras joven, automáticamente eras guapa). «Oh, eres tan joven, Jane, seguro que sabes arreglarme el teléfono, el ordenador, la cámara fotográfica» (cuando de hecho a muchas amigas de su madre se les daba mejor la tecnología que a Jane). «Oh, eres tan joven, Jane, tienes tanta energía» (cuando estaba tan cansada que no podía más).
—Escucha, ¿y de qué vives? —dijo Madeline preocupada, incorporándose en el asiento, como si se tratara de un problema que exigiera solución inmediata—. ¿Trabajas?
Jane asintió con la cabeza.
—Trabajo por mi cuenta como contable. Ahora tengo una buena cartera de clientes, un montón de empresas pequeñas. Soy rápida. Así acabo el trabajo deprisa. Da para pagar el alquiler.
—Una chica inteligente —comentó Madeline positiva—. Yo también me gané la vida cuando Abigail era pequeña. Prácticamente sola. Nathan se dignaba a enviar un cheque muy de cuando en cuando. Era duro, pero también tenía algo de satisfactorio, era como una forma de decirle «que te den». Ya me entiendes.
—Claro —dijo Jane.
La vida de Jane como madre soltera no era una forma de decirle «que te den» a nadie. Al menos, no en el sentido al que se refería Madeline.
—Serás una de las madres más jóvenes de preescolar —comentó divertida Madeline. Dio un sorbo al café y sonrió maliciosamente—. Incluso eres más joven que la deliciosa nueva esposa de mi exmarido. Prométeme que no te harás amiga de ella, ¿vale? Yo te encontré primero.
—Seguro que nunca me la encontraré —dijo Jane perpleja.
—Oh, sí que lo harás —replicó Madeline con una mueca—. Su hija empieza preescolar al mismo tiempo que Chloe. ¿Te lo puedes imaginar?
Jane no podía imaginárselo.
—Las simpáticas mamás tomarán todas café y allí estará la esposa de mi exmarido sentada a la mesa con su infusión de hierbas. No te preocupes, no habrá peleas. Por desgracia, es todo muy aburrido, amistoso y terriblemente adulto. Bonnie incluso me besa al saludarme. Le da por el yoga, los chakras y toda esa mierda. Y por si creías que debes odiar a la malvada madrastra, mi hija la adora. Claro, Bonnie es tan «apacible». Lo contrario que yo. Habla en un tono de voz… suave…, bajo…, melodioso…, de los que te dan ganas de aporrear la pared.
Jane se rio de la imitación de la voz baja y melodiosa.
—Seguro que te haces amiga de Bonnie —dijo Madeline—. Es imposible odiarla. Incluso a mí, que se me da muy bien odiar, me resulta difícil. Tengo que esforzarme en cuerpo y alma. —Volvió a cambiar el hielo del tobillo—. Cuando Bonnie se entere de que me he lesionado el tobillo me traerá comida. Se vale de cualquier excusa para traerme comida hecha por ella. Probablemente porque Nathan le habrá dicho que yo era una cocinera horrible. Aunque lo peor de Bonnie es que probablemente lo haga sin maldad. Es perturbadoramente agradable. Me encantaría tirar sus comidas a la basura, pero es que son puñeteramente deliciosas. Mi marido y mis hijos me matarían. —Madeline cambió de expresión, sonrió y saludó con la mano—. Aquí está por fin. ¡Celeste! ¡Estamos aquí! ¡Ven a ver lo que me he hecho!
Jane levantó la vista y se le cayó el alma a los pies.
No debería importarle. Sabía que no debería importarle. Pero el hecho de que ciertas personas fueran tan inaceptable e hirientemente guapas le daba vergüenza. Su inferioridad quedaba en evidencia frente al mundo. Ese era el aspecto que debía tener una mujer. Exactamente ese. Ella estaba bien y Jane, mal.
«Eres una niña muy fea y gorda», le repetía insistentemente una voz al oído con un aliento cálido y fétido.
Se estremeció e intentó sonreír a la mujer horriblemente guapa que se dirigía hacia ellas.
THEA: Supongo que a estas alturas se habrá enterado de que Bonnie está casada con el exmarido de Madeline, Nathan. Conque eso era complicado. Necesitaría explorarlo. Claro que no voy a decirle cómo tiene que hacer su trabajo.
BONNIE: Eso no tiene absolutamente nada que ver. Nuestra relación era completamente amistosa. Esta misma mañana le he dejado en la puerta una lasaña vegetal para su pobre marido.
GABRIELLE: Yo era nueva en el colegio. No conocía a nadie. «Oh, somos un colegio tan afectivo», me dijo la directora. Bla, bla, bla. Déjeme decirle, lo primero que pensé al entrar en el patio de preescolar en la jornada de presentación fue: elitista. Elitista, elitista, elitista. No me sorprende que alguien haya acabado muerto. Oh, vale. Supongo que es una exageración. Me quedé un poco sorprendida.
Celeste abrió la puerta de cristal del Blue Blues y vio enseguida a Madeline. Compartía mesa con una joven menuda y delgada que llevaba una falda vaquera y una camiseta blanca con el cuello en V. Celeste no reconoció a la chica. Sintió una momentánea y aguda punzada de decepción. «Nosotras dos solas», había dicho Madeline.
Celeste se resignó ante las circunstancias. Respiró hondo. Últimamente había notado que sucedía algo extraño cuando hablaba a la gente en grupos. No sabía bien cómo comportarse. Se le venía a la cabeza: ¿Me habré reído muy fuerte? ¿Me habré olvidado de reír? ¿Me habré repetido?
En cambio, cuando estaba a solas con Madeline todo estaba bien. Sentía intacta su personalidad cuando estaban las dos solas. Era porque conocía a Madeline desde hacía mucho.
Quizá necesitara un tónico. Eso es lo que habría dicho su abuela. ¿Qué era un tónico?
Sorteó las mesas que la separaban de ellas. Todavía no la habían visto. Estaban enfrascadas en la conversación. Pudo hacerse una clara idea del aspecto de la chica. Demasiado joven para ser una madre del colegio. Debía de ser una niñera o una au pair. Probablemente una au pair. ¿Tal vez europea? ¿Que no hablara mucho inglés? Eso explicaría su postura algo tiesa y forzada, como si necesitara concentrarse. Claro que también podía tratarse de alguien totalmente ajeno al colegio. Madeline se movía con facilidad por muy diversos círculos sociales, ganando de paso amigos y enemigos para toda la vida, probablemente más de los segundos. Se crecía con los conflictos y nunca era tan feliz como cuando estaba indignada.
Madeline vio a Celeste y su rostro se iluminó. Uno de los mayores encantos de Madeline era cómo se le transformaba la cara al verte, como si no hubiera nadie más en el mundo a quien quisiera ver.
—¡Hola, cumpleañera! —exclamó Celeste.
La acompañante de Madeline se giró en su asiento. Tenía el pelo castaño recogido hacia atrás, muy tirante, como si perteneciera al ejército o la policía.
—¿Qué te ha pasado, Madeline? —dijo Celeste al acercarse y ver la pierna de Madeline apoyada en la silla. Sonrió cortésmente a la chica, que pareció encogerse, como si Celeste se hubiera burlado de ella en vez de sonreírle. (Oh, Dios, le había sonreído, ¿o no?) .
—Esta es Jane —dijo Madeline—. Me recogió en la carretera cuando me torcí el tobillo por haber intentado salvar la vida a unas jóvenes. Jane, esta es Celeste.
—Hola —dijo Jane.
Había algo desnudo y descarnado en la cara de Jane, como si la hubieran frotado demasiado fuerte. Mascaba chicle con movimientos de mandíbula apenas perceptibles, como si fuera un secreto.
—Jane es una nueva madre de preescolar —dijo Madeline cuando Celeste se sentó—. Igual que tú. Por tanto, es responsabilidad mía poneros al corriente de todo cuanto necesitéis saber de la política del colegio Pirriwee. Es un campo de minas, chicas. Un campo de minas, os lo aseguro.
—¿La política del colegio? —Jane frunció el ceño y tiró de la coleta con ambas manos para dejarla más tirante todavía—. No quiero tomar parte en ninguna política del colegio.
—Yo tampoco —coincidió Celeste.
Jane recordaría siempre con qué temeridad había tentado al Destino ese día. «No quiero tomar parte en ninguna política del colegio», había dicho y alguien de por allí lo había oído sin querer y no le había gustado nada ese comentario. Demasiada confianza en uno mismo. «Ya lo veremos», dijeron antes de volver a sentarse y reírse con ganas a su costa.
El regalo de cumpleaños de Celeste era un juego de copas de champán de cristal Waterford.
—Oh, Dios mío. Me encantan. Son absolutamente preciosas —dijo Madeline. Sacó con cuidado una de la caja y la puso a la luz para admirar el intrincado motivo, hileras de lunas diminutas—. Te deben de haber costado una pequeña fortuna.
A punto estuvo de decir: «Gracias a Dios que eres muy rica, querida», pero se contuvo a tiempo. Lo habría dicho si hubieran estado solas, pero presumiblemente Jane, como madre soltera, no andaba sobrada de dinero y, por supuesto, era una falta de educación hablar de esas cosas en compañía. Bien lo sabía ella. (Se lo dijo mentalmente a su marido como defensa, porque era él quien estaba recordándole siempre las normas sociales que ella insistía en saltarse).
¿Por qué tenían todas que pasar de puntillas sobre el hecho de que Celeste tenía dinero? Ni que la riqueza fuera una enfermedad vergonzosa. Pasaba igual con su belleza. Los desconocidos dirigían a Celeste las mismas miradas furtivas que a las personas a quienes les falta algún miembro, y si alguna vez Madeline mencionaba su aspecto, Celeste reaccionaba de un modo semejante a la vergüenza. «Shhh», decía, mirando temerosa alrededor por si alguien lo hubiera oído. Todas querían ser ricas y guapas y las que de verdad lo eran tenían que hacer como si fueran igual que las demás. Oh, este loco mundo.
—A ver, la política del colegio —dijo volviendo a poner con cuidado la copa en la caja—. Empezaremos por arriba con las Melenitas Rubias.
—¿Las Melenitas Rubias? —Celeste entrecerró los ojos, como si fueran a preguntárselo más tarde.
—Las Melenitas Rubias dirigen el colegio. Si quieres estar en la junta, tienes que llevar melenita rubia. —Madeline demostró con la mano el tipo de corte de pelo—. Es como un requisito legal.
Jane se rio, una risa seca y breve, y Madeline se descubrió ansiosa por hacerla reír otra vez.
—Pero ¿son simpáticas estas mujeres? —preguntó Celeste—. ¿O hay que guardar las distancias?
—Bueno, están bien —dijo Madeline—. Muy, muy bien. Son…, mmm, ¿cómo son? Son como Madres Monitoras. Se toman muy en serio su papel de madres del colegio. Es como su religión. Son madres fundamentalistas.
—¿Hay alguna Melenita Rubia entre las madres de preescolar? —preguntó Jane.
—Veamos —contestó Madeline—. Oh, sí, Harper. Es la Melenita Rubia por antonomasia. Está en la junta y tiene una hija terriblemente superdotada con alergia a los cacahuetes. Por lo tanto, forma parte del Zeitgeist, una chica con suerte.
—Vamos, Madeline, no es ninguna suerte tener una hija con alergia a los cacahuetes —dijo Celeste.
—Ya lo sé —dijo Madeline, consciente de estar exagerando para hacer reír a Jane—. Estoy de broma. Vamos a ver. ¿Quién más? Está Carol Quigley. Obsesionada con la limpieza. Entra y sale de clase con un pulverizador.
—¡Qué va! —dijo Celeste.
—¡Que sí!
—¿Y los padres? —Jane abrió un paquete de chicles y se metió otro en la boca como si fuera de contrabando. Parecía obsesionada con los chicles, aunque apenas se le notaba cuando los mascaba. No miró a Madeline a los ojos al hacer la pregunta. ¿Acaso esperaba conocer a algún padre soltero?
—Según radio macuto este año en preescolar tenemos al menos un padre amo de casa —dijo Madeline—. Su esposa es un pez gordo en el mundo empresarial. Jackie Nosecuántos. Creo que es consejera delegada en algún banco.
—¿No será Jackie Montgomery? —dijo Celeste.
—Eso es.
—Dios mío —murmuró Celeste.
—Probablemente no la veamos nunca. Para las madres es difícil trabajar a jornada completa. ¿Quién más trabaja a jornada completa? Oh, Renata. Está en uno de esos trabajos financieros…, acciones o, no sé, opciones sobre acciones, algo así. O quizá sea analista. Creo que es eso. Analiza no sé qué. Siempre que le pido que me explique en qué trabaja me olvido de escucharla. Sus hijos también son unos genios. Evidentemente.
—Entonces, ¿Renata es una Melenita Rubia? —dijo Jane.
—No, no. Es una mujer dedicada a su profesión. Tiene niñera a jornada completa. Creo que se trajo una nueva de Francia. Le va el rollo europeo. Renata no tiene tiempo para echar una mano en la escuela. Cuando hablas con ella siempre acaba de ir a una reunión de la junta o vuelve de una reunión de la junta o se está preparando para una reunión de la junta. Digo yo, ¿con qué frecuencia tienen que reunirse estas juntas?
—Bueno, depende de… —empezó Celeste.
—Era una pregunta retórica —interrumpió Madeline—. A lo que voy es que no puede estar más de cinco minutos sin hablar de una reunión de la junta, igual que Thea Cunningham no puede estar más de cinco minutos sin decir que tiene cuatro hijos. Por cierto, también es madre de preescolar. No puede superar el hecho de tener cuatro hijos. ¿Sueno malévola?
—Sí —contestó Celeste.
—Lo siento —dijo Madeline, que se sentía un poco culpable—. Solo quería entretener. La culpa la tiene el tobillo. Ahora en serio, es un buen colegio, todo el mundo es encantador y vamos todas a pasarlo muy, muy bien y hacer nuevas amigas de lo más encantadoras.
Jane se rio e hizo su discreto gesto de mascar chicle. Parecía estar tomando café y mascando chicle al mismo tiempo. Resultaba extraño.
—Entonces, a esos niños «superdotados» —preguntó Jane—, ¿les hacen alguna prueba o algo?
—Hay todo un proceso de verificación —dijo Madeline—. Y tienen programas y «oportunidades» especiales. Están en la misma clase, pero se les asignas tareas más difíciles, me figuro, y a veces salen para mantener sesiones especiales con un profesor especializado. Mira, evidentemente nadie quiere que su hijo se aburra en clase, esperando a que todos se pongan a su nivel. Lo comprendo perfectamente. Solo que me pone un poco… Bueno, por ejemplo, el año pasado tuve un pequeño conflicto, por así decirlo, con Renata.
—A Madeline le encantan los conflictos —contó Celeste a Jane.
—No sé cómo, Renata encontró tiempo entre las reuniones de la junta para pedir a las profesoras que organizaran una salida especial solo para chicos superdotados. A ver una obra de teatro. Digo yo que no hay que ser puñeteramente superdotado para disfrutar del teatro. Soy directora de marketing del Teatro Peninsular de Pirriwee, así es como lo he sabido.
—Ganó ella, claro —sonrió Celeste.
—Gané yo, claro —dijo Madeline—. Conseguí un descuento especial por grupo, fueron todos los chicos, conseguí champán a mitad de precio para todos los padres en el descanso y lo pasamos muy bien.
—¡Oh, hablando de eso! ¡Casi me olvido de darte tu champán! ¿Se me habrá…? Oh, sí, aquí está. —Rebuscó por el voluminoso bolso de paja con su energía característica y sacó una botella de Bollinger.
—No puedo regalarte las copas sin el champán.
—¡Vamos a beber un poco ahora! —Madeline levantó en un arrebato repentino la botella por el gollete.
—No, no —dijo Celeste—. ¿Estás loca? Es demasiado temprano para beber. Tenemos que recoger a los chicos dentro de dos horas. Además, no está frío.
—¡Desayuno con champán! —dijo Madeline—. Encaja perfectamente con tu forma de presentarlo. Tomaremos champán y zumo de naranja. ¡Media copa de cada! Más de dos horas. ¿Te animas, Jane?
—Creo que podría tomar un sorbo —dijo Jane—. Se me sube enseguida.
—Seguro que sí porque andarás por los diez kilos —dijo Madeline—. Nos vamos a llevar bien. Me encanta la gente a la que el alcohol se le sube enseguida. Así me toca más.
—Madeline —dijo Celeste—, déjalo para otra ocasión.
—Pero es que es la Fiesta de Madeline —dijo Madeline triste—. Y estoy lesionada.
—Pásame una copa. —Celeste puso los ojos en blanco.
THEA: Jane estaba achispada cuando recogió a Ziggy de la presentación. Y eso da un cierto perfil, ¿sabe? Madre soltera joven que bebe desde por la mañana temprano. Además, masca chicle. La primera impresión no es buena. Eso es lo único que estoy diciendo.
Bonnie: Por amor de Dios, ¡ninguna estaba borracha! Habían desayunado con champán en el Blue Blues por los cuarenta años de Madeline. Estaban un poco risueñas. De todas maneras, hablo de oídas porque no pudimos acudir a la jornada de presentación. Estábamos en un Retiro de Sanación Familiar en Byron Bay. Fue una experiencia espiritual increíble. ¿Quiere la referencia de la página web?
HARPER: Se sabía desde el primer día que Madeline, Celeste y Jane hacían piña. Llegaron del brazo como si tuvieran doce años. Renata y yo no fuimos invitadas a su pequeña soirée, aunque conocíamos a Madeline desde que nuestros hijos iban a preescolar pero, como le dije a Renata esa noche, mientras tomábamos un menú degustación divino en Remy’s (por cierto, antes de que el resto de Sídney lo descubriera), me traía completamente sin cuidado.
SAMANTHA: Yo estaba trabajando. Stu llevó a Lily a la presentación. Comentó que unas madres habían llegado de desayunar champán. Le dije: «Bien, ¿cómo se llaman? Esas son de las mías».
JONATHAN: Me lo perdí todo. Stu y yo estábamos hablando de críquet.
MELISSA: Yo no le he dicho nada, pero, por lo visto, Madeline Mackenzie llegó tan borracha esa mañana que se cayó y se hizo un esguince en el tobillo.
GRAEME: Creo que están errando el tiro. No veo cómo un inoportuno desayuno con champán pudo haber conducido a un asesinato y al caos.
El champán nunca es un error. Ese había sido siempre un mantra de Madeline.
Solo que después Madeline sí que se preguntó si en este caso podría haber habido un ligero error de juicio. No porque estuvieran borrachas, que no lo estaban, sino porque al entrar en el colegio riéndose juntas las tres (Madeline había decidido que no quería perderse la salida de Chloe quedándose en el coche, de manera que entró a la pata coja, colgada del brazo de las otras dos) habían ido dejando un inconfundible aroma a fiesta.
Y a la gente no le gusta perderse una fiesta.