Lo que he aprendido de mis tres matrimonios
y mis dos divorcios
La palabra «amor» es la más maltratada de la historia. Lo sé por experiencia. De hecho, quiero empezar pidiendo disculpas a todas las mujeres a las que he amado, incluyendo, por supuesto, a mi actual esposa. Os pido perdón por no haber estado nunca a la altura, por haber sido un enano emocional. Durante la mayor parte de mi vida, el desproporcionado tamaño de mi ego me ha impedido daros lo que necesitabais, trataros como os merecíais y, en definitiva, haceros sentir queridas.
Lo reconozco: he tenido que sufrir como un perro apaleado para empezar a cambiar. Mis tormentosas relaciones con las mujeres han sido lo que más me ha ayudado a madurar. No solo como hombre, sino también como ser humano. Para ser sincero, me he sentido atraído sexualmente por infinitas mujeres. Y también por algunas de sus madres. Les he tirado la caña a cientos de ellas. Me ha rechazado la mayoría. Me he acostado con 68 mujeres. Lástima, me ha faltado una para alcanzar el número mágico. Me consta que muchas de ellas disfrutaron de un buen orgasmo, si bien sospecho que unas cuantas —todavía no sé muy bien por qué— lo fingieron.
La primera vez que besé a una chica tenía catorce años. Se llamaba Tiffany. Nunca lo olvidaré. Estábamos solos, sentados en el campo, en una preciosa tarde de verano. Protegidos por una muralla de arbustos, llevábamos casi una hora compartiendo las típicas chorradas de las que hablan los adolescentes para no decir lo que realmente piensan. Y cuando empezó a oscurecer, por fin me armé de valor y la miré a los ojos. Quería besarla, pero no pude. Los nervios me impidieron ser tan valiente.
Supongo que, al sentir mi vulnerabilidad, Tiffany me robó un beso. Nuestros labios se fundieron y nuestras lenguas se encontraron. Apenas diez minutos después —con revolcones por el suelo incluidos—, me dijo que paráramos. Que estábamos yendo demasiado rápido. Y, por cierto, que me cortara un poco, que la estaba llenando de babas... Me pidió que siguiéramos quedando y que nos lo tomáramos con más calma. No volví a verla.
Dos años más tarde y decenas de flirteos entre tanto, experimenté mi primer «amor platónico». Por más que Platón se refiriera a otra cosa, popularmente se considera platónico aquel amor «no correspondido», «inalcanzable» y aparentemente «imposible». Pues bien. Me sucedió con una chica del instituto: Betsy. Aunque íbamos a clases diferentes, formábamos parte del mismo grupo de amigos. Era una chica tan hermosa como introvertida. Rara vez me dirigía la palabra. Y cuando lo hacía, ni me hablaba de ella ni se interesaba por mí.
Betsy me hacía tan poco caso que tuve que imaginar nuestra relación de pareja. Por aquel entonces yo era un chico inseguro y atormentado. E iba bien disfrazado de romántico. No sé qué apareció antes, si el enamoramiento, la obsesión o la locura. Tal vez los tres al mismo tiempo. Lo cierto es que no podía parar de pensar en ella. Cada noche soñaba que la conquistaba. Y cada mañana me daba cuenta de que, en efecto, había vuelto a tener el mismo sueño.
No sé muy bien cómo, pero me convencí de que no podía vivir sin ella. El vacío era tan insoportable que empecé a enfermar de soledad. Me sentía como un barco que llevaba años a la deriva y que por fin había encontrado su puerto. De pronto creía saber dónde había estado escondida todo aquel tiempo mi felicidad. Sin embargo, cuanto más me acercaba a ella, más se alejaba Betsy de mí. Al final me acabé ahogando en un océano de emociones y sentimientos. Tras acudir varias veces a la consulta de un psiquiatra, empecé a medicarme para combatir la depresión.
Lo bueno que tiene la obsesión es que te permite comprometerte a largo plazo. Solo cuatro años más tarde, después de picar mucha piedra, logré que aquella chica fuera mía. Sucedió, cómo no, en una discoteca. Al igual que el resto de jóvenes que nos rodeaban, hacíamos ver que bailábamos. Es curioso la cantidad de ruido, oscuridad y alcohol que algunos hemos necesitado para poder ligar. Aquella noche, sin ir más lejos, Betsy y yo nos tomamos seis chupitos de tequila y otros tantos cubatas antes de darnos una oportunidad.
A pesar de las lagunas, recuerdo borrosamente que nos besamos con tanta fuerza que terminamos cayéndonos al suelo. Más tarde fuimos a mi casa y —por expresarlo de forma elegante— hicimos el amor durante casi tres gloriosos minutos. Aquel día ambos perdimos la virginidad. Así fue como empezamos a salir. Pero nada cambió: yo seguía sufriendo. Eso sí, a partir de entonces por miedo a perderla. Betsy solía quedar conmigo alguna tarde entre semana, y reservaba los jueves, viernes y sábados por la noche para salir de fiesta con sus amigas. Su ausencia fue la excusa para que afloraran mis demonios internos, que me convirtieron en un chico posesivo, controlador y celoso.
Dos meses después de que comenzara nuestro noviazgo, me dijo que estaba embarazada. Yo acababa de cumplir veinte años y no tenía ni puñetera idea de qué hacer con mi vida. Había dejado mis estudios y trabajaba a tiempo parcial como mozo de almacén. Lo nuestro no tenía presente ni mucho menos futuro. Sin embargo, presionados por nuestro entorno social, al año siguiente decidimos casarnos por la Iglesia y empezar a vivir juntos. Y al poco nació nuestra hija. Ahora lo veo con perspectiva y me pregunto: ¿cómo diablos íbamos a ser capaces de cuidar a nuestra pequeña si no éramos capaces de cuidar de nosotros mismos?
Fueron cuatro años de conflicto, lucha y sufrimiento. Madre mía, lo mucho que dos personas que dicen quererse pueden llegar a destruirse en el nombre del amor. Tras el divorcio, Betsy se mudó a San Francisco con sus padres y nuestra hija de tres años. Y poco después conoció al hombre con el que rehízo su vida. En la actualidad mantenemos una relación muy respetuosa y cordial. Tenemos una hija en común, a la que veo siempre que puedo, y que me ha dado dos nietos cojonudos. Le llevó muchos años, pero tiene un corazón tan grande que al final perdonó mis numerosos pecados.
La ruptura con Betsy me sumergió, todavía más, en la profunda depresión que me acompañaba desde hacía años. La verdad es que por poco no salgo vivo. Estuve a punto de suicidarme. Se puede decir que la filosofía me salvó la vida. Inspirado por las enseñanzas de los grandes sabios de la historia de la humanidad —como Séneca, Buda, Sócrates o Jesús de Nazaret, por citar a algunos— decidí dejar las pastillas. Y me comprometí a salir del pozo en el que yo mismo me había metido. Como dice uno de mis proverbios preferidos, «quien se cae al suelo se levanta con la ayuda del suelo».
Lo reconozco: a lo largo de mi proceso de recuperación demonicé a las mujeres. No quería saber nada de ellas. Bueno, al menos desde un plano sentimental. A los veinticinco años me convertí en un lobo solitario. Cual cazador, estaba siempre al acecho, en busca de presas fáciles. Durante los siguientes tres años aprendí todo lo que pude de las mujeres. Ya no me interesaba el amor. Tan solo el sexo. De hecho, me volví adicto al placer para huir del dolor. Y una vez que el lobo se sació, empezó a aburrirme el proceso de seducción, conquista y consumación.
Por aquel entonces me quería tan poco que atraje a mi vida a una chica que todavía se quería menos que yo. Se llamaba Rachel. La conocí en un bar. Nos enamoramos como locos. Literalmente. Hoy en día todavía me cuesta entender qué vimos el uno en el otro. El enamoramiento nos cegó. Nos casamos por lo civil y estuvimos juntos durante seis años. Si bien en la superficie todo aparentaba ir de maravilla, en la profundidad se cocía a fuego lento otro drama de los buenos.
Con Rachel no tuve grandes peleas ni discusiones. Nos poníamos de acuerdo con facilidad en casi todo. El problema fue que ninguno de los dos se conocía lo suficientemente a sí mismo para saber hacia dónde iba lo nuestro. Nos esforzamos en llevar una vida normal. La cagada fue que lo conseguimos. El exceso de convivencia nos pasó factura. Lo cierto es que la rutina trajo una monotonía y un hastío muy pesados. Dimos la relación por sentada. Y poco a poco la llama se apagó, envolviéndonos en un halo de sombra y penumbra. Fue entonces cuando nuevamente la basura empezó a salir a borbotones de debajo de la alfombra.
El detonante, eso sí, fue nuestra incapacidad para tener hijos. Lo intentamos de todas las formas, pero no hubo manera. Según las pruebas, los dos éramos fértiles. Pero ningún médico supo afirmar con certeza la causa real de nuestra infertilidad como pareja. Al aceptar finalmente que no podríamos formar una familia normal y corriente, de pronto nos quedamos sin motivos para seguir juntos. El supuesto amor que nos profesábamos resultó no ser suficiente. La cruda verdad es que, más allá de compartir el día a día, no teníamos nada en común. Años después de divorciarnos, me enteré de que Rachel había cambiado de acera. Le costó más de treinta y cinco años salir del armario. En la actualidad seguimos siendo amigos.
Lo bueno de tropezar dos veces con la misma piedra es que empiezas a pensar que la piedra no tiene la culpa. Más que victimizarte, empiezas a asumir la responsabilidad de que tú eres el que te has tropezado con ella. Comienzas a observar con detenimiento la piedra y descubres que está justo ahí, en tu camino, para que aprendas algo valioso acerca de ti mismo. Así fue como comprendí que aquella roca —mis relaciones con las mujeres— era en realidad mi maestra. Desde entonces me considero su humilde aprendiz.
Tenía treinta y cinco años, dos matrimonios a mis espaldas y una hija de catorce años a la que apenas veía. Para explicar cómo me sentía, déjame que utilice las palabras de Dante Alighieri: «En la mitad del camino de mi vida me encontraba en una selva oscura y había perdido la senda que seguía». Por lo menos supe convertir mi conflicto existencial en una colaboración profesional. Por aquel entonces trabajaba como periodista freelance en una revista de Nueva York. Escribía artículos sobre las relaciones humanas desde una perspectiva psicológica y filosófica. Mi trabajo consistía en aprender acerca de qué coño hacemos en este mundo. Me pasaba el día entrevistando a reconocidos expertos en la materia, así como a anónimos extraordinarios, cuyas historias de superación llegaban todas las semanas al corazón de cientos de miles de lectores.
Cómo olvidar aquella fecha. El 8 de septiembre de 1991 miré al cielo y me juré no volver a tropezar. No volvería a estar con ninguna mujer —ni sentimental ni sexualmente— hasta que supiera ser feliz por mí mismo... Sé que no vas a creerme, pero al día siguiente conocí a Kate. Fue en la redacción de aquella revista. Mi jefe me la presentó con una nueva colaboradora. Nada más verla se me detuvo el corazón. Aquella morena —con aspecto de intelectual y cuatro años menor que yo— era, sin duda alguna, la mujer más bella que había visto nunca.
Lo peor de todo fue que en nuestra primera conversación empezamos a hablar, sin venir a cuento, del sentido de la vida. Enseguida descubrimos que teníamos dos cosas en común: por un lado, un pasado de relaciones de pareja tormentoso. Y por el otro, un profundo amor por la literatura y la filosofía. Esa misma noche, nada más salir a la calle, volví a mirar al cielo y exclamé: «Joder, ahora sé que la mujer de mi vida existe». Más allá de mi juramento, existía otro pequeño obstáculo: Kate llevaba varios años saliendo con otro. Por primera vez en mi vida decidí actuar como un caballero. Me conformé con ser su amigo. O al menos disimular mis sentimientos para intentar serlo.
No fue fácil. Kate y yo nos veíamos todos los días, y buscábamos cualquier excusa para hacer una pausa y conversar durante nuestra jornada laboral. Nos pasábamos horas compartiendo libros y debatiendo sobre autores. Desde el primer momento nuestra relación se fundamentó sobre una honestidad casi brutal. Me lo contó todo acerca de ella. Y yo le conté todo acerca de mí. Bueno, casi todo. Obvié un pequeño detalle: que estaba tan loco por ella que tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano para llevar mi enamoramiento con cordura. Para ello, me ayudó muchísimo asistir a un curso de fin de semana de Eneagrama, una herramienta de autoconocimiento que significó un nuevo punto de inflexión en mi búsqueda espiritual. Kate fue la primera persona a la que llamé nada más terminarlo, totalmente entusiasmado.
Apenas cuatro meses después de conocerla, vino un día a mi escritorio y se despidió de mí. La revista de la competencia le había ofrecido un muy buen empleo como reportera. Me alegré mucho por ella. Y sentí pena por mí. Ya no tendríamos la excusa del trabajo para vernos a diario. Lo cierto es que pasaron dos meses antes de que volviera a saber de ella.
Me llamó un día para informarme de que se había organizado una cena para periodistas de nuestro gremio. Acepté la invitación encantado. Casualmente nos sentamos uno al lado del otro. Y durante aquella noche apenas interactuamos con nadie más. Directa, como siempre, me comunicó que lo había dejado con su novio. Tuve que emplear mi cara de póquer para volver a disimular. Esta vez me sentía apenado por ella. Y contento por mí. Empecé a coquetear con la idea de que tal vez tuviera alguna posibilidad de salir con Kate.
Volvimos a quedar varias veces. Esta vez mano a mano, sin público, sin decorado. Y una noche, mientras la dejaba en el portal de su casa, sentí que era el momento de besarla. Me armé de valor, pero tampoco esta vez fui lo suficientemente valiente para pasar a la acción. Al menos físicamente. La miré a los ojos y dejé hablar a mi corazón: «Kate, me gustas mucho». Y al ver que se ruborizaba, añadí: «¿Te puedo dar un beso?».
Puede que no lleve ningún anillo en la mano, pero llevamos veinticuatro años juntos. Sigo llevando un colgante de cuero con una alianza que cuelga sobre mi pecho. En su interior, con letras diminutas, figura la siguiente inscripción: «29 de julio de 1992. Kate & Clay», rememorando el día que nos besamos apasionadamente por primera vez.
No te mentiré: durante todos estos años hemos pasado por diferentes etapas. Y nos hemos enfrentado, juntos, a innumerables crisis de pareja. Sabemos muy bien a qué sabe el cielo. Y también a qué huele el infierno. Lo que nos ha mantenido unidos ha sido nuestra firme convicción de que juntos podemos crecer y disfrutar más que por separado. A lo largo de nuestro viaje en pareja hemos procurado aprender de lo que hemos vivido para evolucionar como seres humanos. De la mano. Pero no atados. Tratando de no encerrar el amor en la cárcel del apego y la dependencia. E intentando, a su vez, no caer en un exceso de egoísmo, individualismo y libertinaje.
Somos padres de dos hijos maravillosos: una niña y un niño. Y juntos hemos construido nuestra propia forma de entender la relación de pareja y la familia. Tanto es así que Kate ha leído y corregido todos los capítulos de este libro, ayudándome a integrar la visión y perspectiva femenina. De este modo, la redacción de este libro ha significado una auténtica catarsis como pareja. También les estoy agradecido a mis dos ex mujeres, Betsy y Rachel. Las dos me han ayudado, y mucho, a darle una perspectiva más amplia a mi propia experiencia en el campo del amor. A su vez, aprovecho para agradecer a los cientos de hombres y mujeres que han acudido a lo largo de los últimos años a mis cursos sobre desarrollo espiritual en busca de una nueva concepción de las relaciones de pareja.
De mis tres matrimonios y mis dos divorcios he aprendido que donde hay gran conflicto hay gran potencial. Mujeres y hombres —ya formen parejas heterosexuales u homosexuales— estamos condenados a entendernos. Comprender los principios armónicos que posibilitan disfrutar del amor en pareja es el primer paso para construir una familia verdaderamente feliz. Mientras la mayoría de familias sigamos perpetuando el conflicto, la lucha y sufrimiento en nuestros propios hogares, seguiremos imposibilitando el nacimiento de una sociedad verdaderamente pacífica y amorosa.
Hoy, a mis cincuenta y nueve años, me he dado cuenta de que vivir lo que he vivido era justamente lo que necesitaba para aprender lo que he aprendido. Eso sí, no se lo deseo a nadie. Por eso me he atrevido a escribir este libro. Ironías del destino, los que nos dedicamos a la enseñanza tendemos a compartir lo que más nos ha costado aprender. Y creas o no en el destino, si has leído hasta aquí, quiero que sepas que este libro está escrito para ti.
CLAY NEWMAN
Nueva York, 27 de agosto de 2015