Prefacio

Mi viaje desde la vesícula al ser
humano, pasando por las aves

Compadezcámonos de todos esos pobres científicos sociales. Compadezcámonos de los antropólogos, psicólogos clínicos, economistas, historiadores, geógrafos humanos, politólogos y sociólogos. No saben utilizar los rigurosos métodos de los experimentos de laboratorio controlados que ofrecen respuestas concluyentes al manipular una muestra (por ejemplo, vertiendo una sustancia en un tubo de ensayo) y dejar intacta otra, idéntica a la anterior, para que actúe como muestra de control.

Los experimentos de manipulación controlada son el sello distintivo de la verdadera ciencia, por lo menos según los científicos que los realizan (tales como químicos y biólogos moleculares), quienes consideran que su labor es «ciencia dura» y desdeñan las investigaciones de las ciencias sociales tachándolas de «ciencia blanda». En su opinión, debido a la superioridad de sus métodos, los científicos que trabajan en laboratorios experimentales han logrado responder a las preguntas más complejas que plantean sus disciplinas, entre ellas problemas de importancia trascendental como el conocimiento de la estructura hiperfina del átomo de molibdeno o la identificación de la función del aminoácido 137 de la enzima betagalactosidasa. Entretanto, los científicos sociales ni siquiera han logrado resolver cuestiones a todas luces tan fundamentales como por qué unos países son ricos y otros pobres. Bastaría con que esos científicos adoptaran métodos experimentales rigurosos para que avanzaran con mucha mayor rapidez.

Pensemos, por ejemplo, en una cuestión de gran interés para ustedes los europeos: ¿por qué el sur de Italia es crónicamente más pobre que el norte del país? ¿Por razones geográficas? ¿Se debe, por ejemplo, a que el norte tiene suelos más fértiles y a que geográficamente está más cerca de países europeos ricos y avanzados desde el punto de vista tecnológico como Alemania y Francia? ¿O se debe más bien al legado histórico de ciertas instituciones sociales, como, por ejemplo, la huella que en el sur dejaron el dominio normando y el borbónico, y la constante influencia perniciosa de la Mafia, la Camorra y la ’Ndrangheta?

A continuación presento una humilde propuesta para responder a estas preguntas relativas a Italia. Dejemos que visite el planeta Tierra un poderoso ser de la nebulosa de Andrómeda, en cuyas universidades ha aprendido los rigurosos métodos científicos que se basan en el trabajo experimental de laboratorio. Ese visitante extraterrestre, enterado de la dificultad que entraña comprender las diferencias entre el norte y el sur de Italia, idearía protocolos experimentales para resolver el problema. Con el fin de evaluar la importancia de los factores geográficos, esparciría todos los años en Sicilia fértiles materiales aluviales del valle del Po, retiraría la isla de su desafortunada situación actual, junto al sur de Italia, para trasladarla frente a la costa de la próspera ciudad norteña de Génova. Con objeto de evaluar la importancia del legado histórico de las instituciones sociales, utilizaría una máquina del tiempo que le permitiría erradicar los dominios normando y borbónico de la Italia meridional y rebobinar la cinta de la historia; después mataría a todos los sospechosos de pertenecer a la Mafia que hubiera en el sudeste de Italia (pero no en el sudoeste) y llevaría al nordeste (pero no al noroeste) a cien mil mafiosos con fondos ilimitados y órdenes de propagar la corrupción y la extorsión. El noroeste de Italia, no manipulado, serviría de zona de control para el nordeste, que sí estaría manipulado; la misma función ejercería el sudoeste, que tampoco se habría manipulado, respecto al sudeste, y el sur continental del país serviría de zona de control para la desplazada Sicilia. Al cabo de cuarenta años, el científico de Andrómeda regresaría para comparar la riqueza de Sicilia con la del sur continental de Italia; la riqueza del nordeste, infestado experimentalmente de mafiosos, con la del noroeste, no manipulado y libre de la Mafia; y la riqueza de la Italia meridional, purgada de mafiosos de manera experimental, con la zona de control del sudoeste, no manipulada y asolada por la Mafia. De este modo, el visitante de Andrómeda conseguiría sin duda datos tan concluyentes acerca del origen de las diferencias de riqueza entre el sur y el norte de Italia como las obtenidas por los biólogos moleculares respecto al aminoácido 137 de la enzima beta-galactosidasa.

Por desgracia, mi humilde propuesta sería inmoral, ilegal e inviable. En las ciencias sociales, muchos otros experimentos potencialmente decisivos son asimismo inmorales, ilegales e inviables. ¿Significa esto que debemos abandonar toda esperanza de progreso en las ciencias sociales?

Por supuesto que no. La ciencia progresa no solo mediante los experimentos de laboratorio controlados que tanto admiran los químicos y biólogos moleculares. Disponemos de otros métodos para obtener conocimientos fiables sobre el mundo real. Lo que define la ciencia es ese objetivo y todos esos métodos, no tan solo los experimentos de laboratorio controlados.

Así lo aprendí a los veintiséis años, cuando mi afición infantil de observar a los pájaros comenzó a convertirse en la seria actividad científica de la ornitología, el estudio científico de las aves. Entre los veintiuno y los veinticinco había cursado una licenciatura en fisiología, una ciencia basada en experimentos de laboratorio. Mis profesores me habían enseñado a resolver cuestiones fisiológicas mediante experimentos de laboratorio concebidos a la perfección. Por ejemplo, ¿acaso un ión común llamado potasio influye en el flujo de sodio —un pariente cercano suyo, asimismo común— que sale de la vesícula? Y, de ser así, ¿en qué medida? Según me enseñaron mis profesores, para responder a esa pregunta debía sumergir alternativamente una vesícula en una solución con potasio y en otra que no lo contuviera, a fin de medir el sodio que salía de la vesícula y calcular la proporción de esa sustancia que se perdía en presencia o ausencia del potasio. De este modo, utilizando cada una de las vesículas experimentales como su propio elemento de control, determiné de manera inequívoca y cuantitativa que el potasio propicia una pérdida de sodio de alrededor del 30 por ciento.

Cuando más tarde viajé a Nueva Guinea para estudiar las aves, me sorprendí planteándome preguntas de sintaxis similares. Por ejemplo, ¿acaso un ave común de Nueva Guinea llamada petroica dorsiverde influye en la abundancia de una pariente suya asimismo común, la petroica ojiblanca? Y, de ser así, ¿en qué medida? En teoría, podría haber respondido en un periquete a la pregunta exterminando de un lugar determinado a la población de la primera especie y midiendo después el cambio producido (si hubiera alguno) en el número de ejemplares de la segunda, ahora libre de la competencia de su pariente. Por desgracia, ese experimento decisivo habría sido tan inmoral, ilegal e inviable como el desplazamiento de Sicilia y los asesinatos o traslados de mafiosos que habría propuesto el visitante de Andrómeda. Había que buscar otro método para responder a mi pregunta ornitológica.

En el caso de las aves, decidí sustituir los experimentos de manipulación controlada por un método alternativo de uso generalizado en las ciencias sociales: el experimento natural. Es decir, en lugar de provocar de forma experimental la ausencia de petroicas dorsiverdes, comparé muchas montañas de Nueva Guinea y observé que algunas resultaban por naturaleza favorables a la presencia de esas aves y otras no lo eran. Descubrí que la población de petroicas ojiblancas era un 30 por ciento más abundante en las montañas sin petroicas dorsiverdes que en aquellas habitadas por estas, ya que en las primeras podían expandirse hasta altitudes donde en las otras montañas solían vivir las petroicas dorsiverdes. Evidentemente, los experimentos naturales, al igual que los de manipulación, presentan sus dificultades. Por ejemplo, en el caso de las petroicas dorsiverdes se necesitaron más observaciones para determinar que la ausencia natural de ojiblancas era en realidad la causa de la mayor abundancia de las primeras, y no solo un elemento relacionado con dicha causa.

Los experimentos naturales suelen utilizarse en las ciencias sociales para abordar cuestiones distintas de la abundancia de las petroicas dorsiverdes en Nueva Guinea. En algunos casos, la historia crea un experimento natural casi tan perfecto como un experimento controlado consistente en la inmersión de una vesícula en dos soluciones, una con potasio y otra sin él; así ocurre cuando un país unido se divide de manera ordenada, mediante una frontera geográfica arbitraria, en dos mitades que a partir de ese momento desarrollan gobiernos e instituciones muy distintos. Entre los ejemplos figura Alemania, que en 1945 dejó de ser un solo país para dar lugar a Alemania Occidental y Alemania Oriental, cuyos respectivos gobiernos e instituciones crearon entre 1945 y 1990 incentivos económicos diferentes; de ahí el distinto grado de riqueza de ambas cuando este experimento histórico natural llegó bruscamente a su fin con la caída del muro de Berlín, en 1989. Aunque en el caso de las mitades de Alemania solo comparamos dos entidades, la interpretación de la comparación es inequívoca, ya que antes de 1945 la Alemania del Este y la del Oeste eran similares en cuanto al gobierno, las instituciones y otros aspectos. Las diferencias de riqueza observadas entre ambas en 1990 eran en su inmensa mayoría resultado de una única causa: los diferentes gobiernos que habían tenido entre 1945 y 1990.

En otros casos, las entidades comparadas difieren en muchos aspectos, no solo en una única variable dominante. Por ejemplo, para determinar la influencia de la latitud en la riqueza nacional no podemos limitarnos a comparar un país de latitud baja (por ejemplo, Zambia) con otro de latitud alta (como los Países Bajos), ya que presentarán otras muchas diferencias. No obstante, la comparación de decenas de países de distintas latitudes demuestra que en general los situados en latitudes altas y zonas templadas son dos veces más ricos que los tropicales de latitudes bajas.

En el presente librito explicaré en siete capítulos qué puede averiguarse sobre las grandes cuestiones de las ciencias sociales mediante el método de experimentación natural ornitológico. En el capítulo 1 se aborda una cuestión de interés académico para los economistas y de gran interés práctico para todos los habitantes del planeta Tierra: por qué unos países son ricos y otros pobres. Los experimentos naturales indican que la respuesta depende en parte de la geografía: las comparaciones entre países de todo el mundo demuestran que, a igualdad del resto de factores, no solo los países tropicales cercanos al ecuador son más pobres que los de las zonas templadas, sino también que los que carecen de salida al mar son más pobres que los que tienen costa y ríos navegables.

En el capítulo 2 se examina cómo las instituciones contribuyen también a esas diferencias de riqueza entre las naciones. Países con buenas instituciones, como gobiernos honrados y formas de imponer el cumplimiento de leyes y contratos, suelen ser más ricos que aquellos donde el gobierno es corrupto y no se respetan contratos ni leyes. Con todo, las propias instituciones son producto de la geografía, de una larga historia y de «accidentes» históricos como la división de Alemania.

El capítulo 3 se centra en un único país: China, en la actualidad el más poblado del mundo y el de crecimiento económico más rápido. En pocas páginas resumo todos los datos relevantes sobre China: geografía, población, lenguas, agricultura, prehistoria, historia y situación actual. Con solo echar un vistazo a los mapas de China y Europa y compararlos, surge un interesante experimento natural. Se observa de inmediato que Europa tiene islas grandes (como Gran Bretaña e Irlanda), penínsulas grandes (como Italia y Grecia), cadenas montañosas que la cortan transversalmente (como los Alpes y los Pirineos) y ríos que fluyen hacia los cuatro puntos cardinales como si fueran los radios de una rueda de bicicleta (caso del Rin y el Danubio), en tanto que China no tiene nada de eso. Analizaré de qué manera esas diferencias geográficas entre China y Europa pueden haber contribuido a ocasionar las diferencias históricas entre ambas regiones.

En el capítulo 4 me pregunto qué podemos averiguar comparando las crisis personales con las nacionales y comparando entre sí las crisis de diferentes naciones. Japón, el Reino Unido, Alemania, Chile y otros países han sufrido crisis provocadas por razones externas, internas o ambas, y las han resuelto con distintos grados de éxito.

Uno de los capítulos más personales del libro es el 5, donde se comparan las reacciones ante el peligro individual entre ciudadanos de estados contemporáneos como Estados Unidos o Italia, con las de mis amigos de Nueva Guinea. De estos he aprendido mucho acerca de cómo afrontar los peligros de la vida cotidiana adoptando una actitud que denomino «paranoia constructiva». Espero que gracias a este capítulo los lectores aprendan a pensar con mayor claridad a la hora de reconocer peligros triviales como resbalar en la ducha, y a pensar menos en terroristas y accidentes aéreos.

El otro capítulo que se centra en nosotros como individuos, no como integrantes de naciones, es el 6. Los experimentos naturales tienen mucho que enseñarnos sobre el mantenimiento de la salud y sobre cómo vivir muchos años, hasta una edad avanzada, con una buena calidad de vida. En concreto, hay buenas razones para explicar por qué entre los neoguineanos y otros pueblos que viven de forma tradicional casi no se producen muertes por diabetes, enfermedades coronarias y accidentes cerebrovasculares, causas principales de fallecimiento entre los europeos y los estadounidenses actuales. Trágicos experimentos naturales muestran hoy en día la rapidez con que los neoguineanos y otros pueblos tradicionales comienzan a sufrir esas enfermedades al adoptar la forma de vida occidental, y cómo podemos utilizar esa información para reducir nuestro propio riesgo de morir de dichas dolencias.

Por último, este librito sobre temas importantes finaliza con un capítulo dedicado al más importante de todos: los problemas de la humanidad actual. En él ofrezco mis propias opiniones sobre los que considero los tres grandes problemas del mundo.

Estos siete capítulos ponen de manifiesto lo fascinantes, difíciles e importantes que son las ciencias sociales. Confío en que estas cuestiones les parezcan tan esclarecedoras y relevantes para su vida y el futuro de sus países como me lo parecen a mí.

El libro debe su inspiración a la estimulante compañía de colegas y estudiantes de la Universidad LUISS Guido Carli de Roma, que me acogió durante el mes de marzo de 2014. Los capítulos nacieron como conferencias que preparé para sus alumnos y profesores. Tengo una especial deuda de gratitud con Mariasilvia Ciola y Madi Gandolfo, dos maravillosas italianas que, con gran esfuerzo, organizaron mi estancia. Gracias a ellas y a los colegas y alumnos de LUISS se cumplió un sueño que acariciaba desde hacía muchos años: estar en Italia y oír y hablar únicamente, día tras día, su hermosa lengua.