Después, la oscuridad

Ella nos suplica de rodillas que salvemos a su hijo.

Estoy en primera línea, no tengo elección, debo ir. Ni siquiera es una cuestión de elegir, sino de honor, de dignidad. Por eso me dedico a esto.

Se trata de una vida humana, ahí, ahora, la de un niño, el hijo de esta mujer en el suelo. La acción no admite ningún titubeo.

El apartamento en llamas está en el octavo piso. La escalera es inaccesible. La madre, aterrorizada, grita que su hijo está ahí arriba, solo. Salió a comprar mientras el niño dormía, y a su vuelta ya se había formado una aglomeración de gente, atraída por el humo negro que escapaba por las ventanas. Nos implora juntando las manos y se balancea adelante y atrás. No sé si es una muestra de locura pasajera o si se acuna a sí misma en busca de un consuelo imposible. Quizá ambas cosas. Es una mujer negra, lleva un caftán bajo una cazadora deformada, con los puños raídos y desabrochada sobre una barriga enorme que anuncia la llegada de un bebé, y unas chanclas pese al frío de este mes de febrero. Verla de rodillas, desesperada, me vuelve loco.

Me llamo Roméo Fourcade, tengo veinticinco años y soy bombero profesional. Soy sargento-jefe responsable de la EPA, o, dicho popularmente, de un camión con escalera extensible.

En acto de servicio, avanzo como un soldado en el frente, intentando llegar lo más lejos posible en medio de los obuses. Con rabia. También con miedo. Hace falta un poco de miedo para seguir con vida.

—¡Sargento, rescate por el exterior con la escalera extensible!

Obedezco. Me meto en la cesta y, justo antes de que empiece a elevarse, engancho el mosquetón a mi arnés, bajo la chaqueta. Me coloco la botella de aire comprimido sobre la espalda y me pongo la máscara. El Romeo de los tiempos modernos. Más práctico para encaramarse al balcón.

Si fuera para encontrarme con mi Julieta…

¡Anda ya!

Por un instante, pienso en el SMS de Carine que he recibido esta mañana. Me deja.

«Me voy, ya no te quiero, lo siento.»

Me deja a través de un SMS. ¡Qué vergüenza! Lo siente, al menos. ¡Es una vergüenza de todas formas! Pero ante el vacío, el verdadero vacío, frente a este edificio, debo concentrarme. Un niño me está esperando ahí arriba, y desde abajo su mamá me suplica. Entonces, sin pensar ya en nada, miro hacia la ventana convertida en chimenea. Hacia la mitad del recorrido, distingo una voz entre el ruido de mi propia respiración, que resuena bajo la máscara. Está vivo. El humo negro que escapa por la ventana permite imaginar la violencia de las llamas en el interior. Haré lo que sea para salvarlo. Lo que sea.

Me faltan dos metros para llegar. A través del auricular, mi superior me ordena que no corra riesgos innecesarios.

La rabia ha sofocado el miedo. A quien oigo es al niño, lo demás me trae sin cuidado.

Salvar al niño.

Al pisar el alféizar de la ventana, justo después de haber desprendido el mosquetón del arnés, noto un soplo abrasador y salgo disparado por los aires.

Después, la oscuridad.

2. ¿Quién es Josiane?

¿Quién es Josiane?

Atar a los enfermos para que no se arranquen los tubos me rompe el corazón.

Me he pasado parte de la noche de palique con un hombrecillo regordete y calvo de ochenta y cuatro años. Era eso o las correas. He preferido hablar. La unidad estaba vacía, podía permitírmelo. Es algo excepcional. Si no, el paciente habría permanecido firmemente atado a la cama, con la mirada angustiada, o tal vez furiosa.

Las chicas del turno de día nos informaron de que había sufrido un ictus por la mañana y que, desde entonces, repetía las mismas palabras en bucle. Por la noche, pese a todas las sondas que lo conectan a las máquinas, quería levantarse para irse. Quería ver a Josiane. Cuando le preguntábamos quién era Josiane, respondía: «Pues Josiane».

Vale.

Hemos leído su historial. Su mujer se llama Colette, y su hija, Sandrine. No tiene hermanas. Vaya por Dios. Total, que al terminar mi guardia esta mañana me he llevado conmigo el misterio Josiane. Lo único que puedo decir es que, cuando le he preguntado si esa tal Josiane había sido importante para él, sus ojos perdidos en el vacío se han enrojecido y dos lágrimas han resbalado por sus mejillas, una por cada una, bien paralelas.

Mañana por la noche volveré. Teniendo en cuenta su estado, seguirá allí, a no ser que muera en el intervalo, cosa que no le perdonaría. La verdad, irse sin haberme revelado su secreto, hacerme eso a mí, con lo amable y servicial que soy, sería de muy mal gusto. Espero que en mi próxima guardia no me encuentre todas las camas llenas y que se le haya pasado ese deseo irreprimible de partir en busca de Josiane. No soportaría tener que atarlo. Sobre todo, espero que deje de hablar de Josiane cuando su mujer vaya a verlo por la tarde, sería un desastre.

Acaban de ponerme la primera inyección en el vientre. Ya está, comenzamos el tratamiento para conseguir que mi cuerpo se preste a concebir ese bebé que tanto deseo. Reproducción asistida. Inyecciones, hormonas, muestras, análisis, efectos secundarios e incertidumbres, no muy romántico para convertirnos en padres. Pero, dado que mi cuerpo no quiere hacerlo de otro modo y mi cabeza lo desea tanto… Estaría dispuesta a dar la vuelta al mundo en globo para ser madre. A viajar a la estratosfera, a cruzar los mares a nado, incluso a vivir un año con mi suegra. Es un decir.

Me voy a acostar, con el antifaz y los tapones de cera para no oír los ruidos de la calle y recuperarme un poco antes de volver al trabajo. Me agota encadenar guardias como nos piden ahora, porque hay tres bajas por enfermedad y dos permisos de maternidad sin sustitutos. Un día el sistema explotará. Cuando se tensa demasiado la cuerda, al final se rompe. El año pasado una compañera estuvo seis meses de baja por estrés. Sin sustituto, por supuesto. Seis meses más difíciles aún para los demás… Y con el consiguiente riesgo del efecto dominó, afortunadamente esquivado, pero ¿por cuánto tiempo?

Pese a todo, no quiero dejar escapar ninguna oportunidad. No puedo seguir esperando, necesito sentirme completa y realizada. Y sé que esa sensación llegará con un embarazo. Completa y llena de vida, llena de otra vida.

Tengo que dormir…

3. Una bruma suave

Una bruma suave

He pasado de la oscuridad a una especie de bruma rojiza. No distingo las caras, pero veo sombras y oigo diálogos, reconozco voces, la de mi jefe en particular, que me pide que aguante, que resista, me dice que me llevarán enseguida al hospital. Los ruidos se amortiguan en una especie de neblina en la que floto agradablemente. Mi jefe me dice que no me preocupe.

No estoy preocupado. ¿Por qué iba a estar preocupado?

Después, la bruma se disipa.

¿O soy yo quien desaparece?

No entiendo lo que me pasa. No me duele nada, pero no puedo hablar ni moverme, y solo tengo un brazo, el otro parece lleno de aire. Ni siquiera sé si sigue ahí.

Recuerdo vagamente que, mientras la escalera se elevaba, estaba pensando en Carine y mi jefe me dijo: «Vigila tu espalda». Y después, nada más.

Ahora que lo pienso, estoy tumbado boca arriba. Eso significa que mi espalda aún conserva cierta consistencia…

En cuanto a lo demás, todavía no lo sé.

Oigo otras voces, desconocidas, y noto que manipulan mi cuerpo, que cortan la ropa que llevo, alguien se pone nervioso porque no lo consigue y, justo antes de perder el conocimiento, oigo una vez más a ese niño que me llama.

4. La ecuación del deseo

La ecuación del deseo

Laurent me ha despertado cerrando la puerta sin ningún cuidado al volver del trabajo, alrededor de las seis. Es la primera vez que duermo tan bien entre dos noches de guardia. La verdad es que lo necesitaba.

—Hola, cariño. ¿Todavía estabas durmiendo?

—Sí.

—¿No hay nada preparado para esta noche?

—No he tenido tiempo.

—Vengo con hambre.

—Perdona. Últimamente estoy cansada.

—Yo también. No es fácil dirigir una sucursal bancaria, ¿sabes? Aguantar a todos esos pobretones que vienen a hostigarnos esperando que les concedamos un préstamo desgasta mucho. Pero lo hago por ti. Tú podrías hacer un esfuerzo por mí, ¿no?

Me he ido a la ducha. No le falta del todo razón. Trabaja mucho. Yo podría haber puesto el despertador para que sonara un poco antes. Pero últimamente estoy cansadísima. Y debo descansar como es debido para que las cosas me sean favorables. Al salir del cuarto de baño, lo veo delante del ordenador, y en la cocina no hay nada preparado. Se pasa el día frente a una pantalla en la oficina y en cuanto llega a casa se pone delante de otra. Hay cosas que se me escapan.

Tengo que irme. Cojo de la despensa lo primero que encuentro para comer sobre la marcha y salgo de casa después de darle un beso en la mejilla, ante unos ojos ausentes, demasiado obnubilados por la pantalla. De todas formas, cuando mira los mensajes no ve nada más. Sé que después se pasará horas jugando a juegos de guerra para desfogarse después de la jornada de trabajo estresante. No estoy segura de que vaya a cenar. Probablemente comerá alguna porquería entre partida y partida, y con eso tendrá bastante. En cuanto a mí, me conformaré con el plato insípido que sirven en el hospital: zanahorias blandas ralladas, metidas en un recipiente plastificado y sumergidas en una salsa cien por cien industrial, y dos rodajas frías de asado de cerdo semejantes a la suela de los zuecos que llevo para trabajar.

Esta noche estoy motivada por el misterio Josiane para ir a hacer la guardia, y tranquila porque trabajaré con Guillaume, el enfermero del equipo. Es amable, alto y fuerte, muy fuerte, lo que permite pasar una noche agradable y tranquila en los pasillos oscuros del hospital. Sobre todo desde el año pasado, cuando un drogadicto con mono de metadona agredió a una compañera.

Guillaume, con sus veinticuatro años y su metro ochenta y cinco de estatura, introduce un CD de Charles Trenet en el lector de la sala de descanso y, mientras arreglamos el mundo, nos comemos unas magdalenas que ha hecho por la tarde. Dudó entre hacerse enfermero o pastelero. Acertó en la elección. No sé cómo lo verá él, para para sus compañeros es indiscutible. Le resulta más fácil hacer pasteles siendo enfermero que dispensar cuidados a la gente siendo pastelero. Y de esta forma, yo salgo ganando.

Lo primero que pregunto a mis compañeros en el momento de efectuar el cambio de turno es si el hombre que buscaba a Josiane sigue ahí.

Sí, todavía está.

Qué alivio. Con un poco de suerte, mi curiosidad se verá satisfecha.

Ha vuelto en sí y ya no habla de la tal Josiane.

¡Vaya!

De todas formas, le tiraré de la lengua. Mis compañeros siguen sin comprender que preste atención a ese tipo de detalles, pero yo me intereso por el paciente en su conjunto. Tratamos un cuerpo que alberga un alma. Cuando a esta lo atormentan pensamientos, ¿cómo se puede curar el cuerpo?

Por lo demás, se le han pasado las ganas de levantarse de la cama. Lo cual es una buena noticia. No necesitaremos atarlo. Durante la noche anuncian el ingreso de un caso grave. Un hombre de veinticinco años en muy mal estado. Bombero en acto de servicio, caída desde un octavo piso. Están intentando salvarle el brazo en el quirófano. El box está preparado, estamos esperándolo. Todo dependerá de la destreza de los cirujanos. A veces llega a la categoría de milagro. Hay uno en el equipo que se llama doctor Merlin. Un auténtico mago. Si es él quien opera esta noche, el paciente debería conservar los dos brazos. Un día, mientras tomábamos café, el doctor Merlin nos contó que de pequeño le encantaba el modelismo, que se pasaba días enteros uniendo piececitas para construir aviones y que no paraba hasta que conseguía que volaran. Debe de plantearse el mismo tipo de reto en el quirófano. Las enfermeras de su entorno aseguran que con él más vale haber hecho pis antes de que empiece la intervención, porque no cuenta las horas y exige que el equipo al completo esté disponible en todo momento para no tener que esperar nunca cuando pide un instrumento.

Como todavía no han anunciado la llegada del nuevo paciente, voy a sentarme al lado del hombrecillo y le pregunto si ha podido ver a Josiane.

—No, claro que no.

—¿Por qué dice «claro que no»?

—Porque murió.

—¿Quién era Josiane?

Él mira hacia arriba, como para pensar.

— Hay queso en el techo —dice al cabo de un momento.

—¿En serio?

—Sí, hay que bajar la calefacción, si no, se fundirá.

—Voy a ocuparme de eso.

Salgo de la habitación diciéndome que no resolveré el misterio Josiane. En reanimación estamos acostumbrados. Los sedantes y los analgésicos fuertes a veces les hacen ver elefantes de color rosa. De todas formas, las lágrimas de la noche anterior eran reales. Pero, así son las cosas, se marchará con su Josiane toda para él solito.

Si no acaba gratinado antes. Tengo que pedir que bajen la calefacción.

Cuando llego a la sala de descanso, mi compañero está tarareando Que reste-t-il de nos amours. Ha sacado una caja metálica y, al verme, dice:

—He hecho macarons.

—¿Estás de broma?

—No, ¿por qué?

—Porque me encantan. ¿De qué sabor?

—De frambuesa.

—¿Cuántas guardias quieres que te haga?

—¿Perdón?

—Debes de querer pedirme un favor, si intentas complacerme tanto, y como tienes doce años menos que yo, no debe de guardar ninguna relación con mi cuerpo.

—Aparte de las cuestiones de prohibición legal, la edad no interviene en la ecuación que explica la atracción de los cuerpos.

—¿Y cómo es esa ecuación?

—Un verdadero programa. ¿Y qué tiene que ver la pastelería con eso?

—La pastelería no forma parte de la ecuación del deseo, pero tiene su utilidad en la fase de realización.

—¿Deseo + pastelería = paso a la acción?

—Menos contigo —me dice Guillaume poniendo cara de decepción, e inmediatamente añade—: ¡Es broma, ES BROMA! Era simplemente para tener un detalle contigo. Es una lástima que vayas a irte de la unidad.

—Voy a subir unas plantas, a trauma. No estaré muy lejos.

—Sí, pero ya no trabajaremos juntos.

—Nos veremos cuando hagamos intercambio de pacientes.

—Acaban de llamar las chicas de quirófano. Nuestro hombre llegará dentro de una hora.

—Tenemos tiempo de saborear uno o dos macarons

—¿Cómo está el paciente de la 3?

—Ve queso en el techo.

—No me extraña. Desde que pusieron el falso techo de placas decoradas con agujeros, les ha pasado a varios pacientes.

—Y no me enteraré de quién era Josiane.

—¿Tan importante es?

—No.

El enamorado de Josiane duerme como un niño de pecho. Guillaume se ha apostado delante del ascensor para sujetar las puertas a los camilleros. Yo espero en el pasillo. Pienso en lo que acaba de decirme acerca de la insignificancia de la diferencia de edad en la atracción de los cuerpos. Tiene la habilidad de dejar caer frases importantes en momentos en que podrá escabullirse inmediatamente después y dejar que el destinatario se las apañe solo desentrañando el significado.

Me quedo desconcertada unos instantes. Guillaume es un chico estupendo.

El herido se encuentra en un estado lamentable, pero tiene los dos brazos. El doctor Merlin ha vuelto a conseguir reparar una de sus maquetas. Aunque esta ha volado por los aires antes de que él la reconstruyera.

¡Anda!, hablando del rey de Roma…

El cirujano se acerca a nosotros, con la mascarilla de quirófano bajada hasta el cuello y el gorro todavía puesto. Mueve nerviosamente la mano en dirección al paciente y lo señala con el índice.

—A este me lo vigiláis como si fuera un cazo de leche al fuego, no me gustaría haber pasado tanto tiempo trabajando en su brazo para tener que amputarlo dentro de tres semanas por culpa de una infección tonta.

—¿Ha sido complicado? —pregunta Guillaume.

—Creo que es mi mejor caso. Si conserva el brazo, me marco un artículo en la revista norteamericana de traumatología —responde Merlin con una sonrisa de cirujano.

Justo la que queda un escalón por debajo de Dios.

Acto seguido, nos da las instrucciones de sedación y va a acostarse, confiando en que ninguna urgencia lo saque de sus sueños de maquetas volantes.

El chico que ocupa esta cama tiene todo el aspecto de un bombero. Pelo cortísimo y hombros anchos, un cuerpo musculoso y una cara cuadrada que se adivinan bajo las heridas cubiertas de vendajes, las contusiones y la hinchazón generalizada. Cada vez me resulta más doloroso cuando los pacientes son bomberos que han sufrido politraumatismos en el ejercicio de sus funciones. Porque deben salvar una vida y ponen la suya en peligro. ¿Cuántos lo hacemos?

No sé si en la vida de este hay también una Josiane, pero lo que sí sé es que no saldrá pronto de aquí. Me siento junto a él y cojo su historial para leerlo tranquilamente.

Roméo Fourcade. Un nombre nada común. Eso me hace sonreír. Y con razón.

Veinticinco años. Qué joven…

Persona de confianza: el señor Klein, capitán de la brigada de bomberos. Debe de ser el que lo acompañaba al llegar a urgencias. Qué raro que no sea alguien de su familia. En el historial no consta nadie más. Normal, en una admisión de este tipo van lo más deprisa posible.

La lista de sus males es vertiginosa. No la leo entera. Nuestro trabajo consiste en comprobar si se mantiene estable el resto de la noche. Dejo el historial y lo miro. No todos salen de aquí. En este caso, el riesgo de que pierda la vida parece descartado, pero la experiencia me ha enseñado que nunca hay que cantar victoria demasiado pronto.

5. Una conciencia sin conciencia

Una conciencia sin conciencia

Paso de la oscuridad a la bruma como en una especie de bucle. Cuando estoy en la bruma, siento un dolor terrible. Noto una presencia a mi lado. Quizá el olor de un perfume. Quizá el ruido que se hace al pasar páginas. O puede que sea una respiración. No lo sé, percibo sin poder concretar. Y vuelvo a sumergirme en la oscuridad cuando el dolor es demasiado intenso. Acabo por refugiarme en ella.

Me gustaría abrir los ojos y no lo consigo. Moverme, menos aún. Tengo la impresión de que lo único que me funciona son los oídos y algunas neuronas. Y todos los receptores del dolor. Esos están en plena forma.

No sé qué ha pasado, no sé dónde estoy, tal vez ni siquiera sepa quién soy. Soy una conciencia en un cuerpo ausente, una conciencia que no tiene conciencia de nada, salvo de no saber.

Me sumerjo de nuevo en la oscuridad. Aliviado de alejarme de la dolorosa bruma.

Querido Tú:

En las uñas de las manos el esmalte ya está seco, así que puedo escribirte mientras se me seca el de los pies. El separador de dedos que me ha prestado Charlotte hace mucho daño. Está visto que para presumir hay que sufrir. Pues nada, sufriremos. Mi hermano va a estar fuera cuarenta y ocho horas, y mañana veré a Raphaël. Se le cae la baba cuando me esfuerzo en ser femenina. Mi hermano cree que maquillarse no es propio de mi edad y que si lo hago provocaré a los chicos. Pero, de todas formas, los del insti ya están calientes. En posición ON desde que se despiertan, así que, cuando ven pasar a una chica, un poco de rímel en los ojos o de esmalte azul en las uñas no cambia nada. Me lo quitaré cuando llegue mañana por la noche.

Esta mañana, después de tres intentos fallidos de metérmela de pie contra la pared del retrete del insti, el escuchimizado de Dylan ha acabado por darme la vuelta. Yo tenía la cabeza justo encima de la taza del váter. Muy práctico, si me entraban ganas de vomitar. No ha sido el caso, sé aguantarme, no creas. También ha tenido que ponerse tres veces el condón porque al elegir la talla en el supermercado confundió los deseos con la realidad y, claro, se le salía a cada momento. Paraba de moverse cada vez que alguna chica empujaba la puerta de los lavabos. Nos quedábamos inmóviles, no nos atrevíamos ni a respirar mientras ella hacía pis, a veces soltando un pedo porque pensaba que no había nadie. Luego Dylan volvía a la carga, mecánicamente. Menudo alivio cuando por fin ha acabado. La verdad, tengo cosas mejores que hacer que perder el tiempo esperando que él se corra de esa forma tan lastimosa. Tengo que entregar un trabajo de física. Último aviso antes del desembarco. Así es como llamamos a la expulsión temporal.

Con Dylan ha sido la primera vez y la última, ni siquiera me ha dado las gracias. ¡Tampoco es que haya que exagerar, yo quiero ser amable, pero, mierda, un poco de agradecimiento no está de más!

Esta noche no tengo ganas de estudiar. Estoy hasta el gorro de geografía-historia. ¿Para qué narices hace falta conocer el PIB de Japón y saber lo que pasó en el siglo XVI? Como mucho, hablar de la Segunda Guerra Mundial, como mi bisabuelo, porque lo que pasó es repugnante y hay que evitar que las próximas generaciones hagan lo mismo. Eso sí que quiero aprendérmelo para el próximo examen. En el control de mañana de ciencias de la tierra y del medio ambiente haré lo que pueda con mis vagos recuerdos. Odio a esa profe. Es una cortada de narices, y no sonríe nunca. Parece que nos tenga miedo. Sí, en realidad, nos tiene miedo.

No, esta noche toca bandeja delante de la tele. Bolsa de patatas fritas y Coca-Cola, salchichón, un Babybel y, de postre, a lo mejor me como un yogur sin azúcar para compensar un poco. Y Anatomía de Grey. Los internos están de miedo y las situaciones son de lo más tontas. Los americanos bordan este tipo de series.

Qué raro que mi hermano aún no haya dicho nada, normalmente a estas horas ya ha llamado. Debe de tener mucho trabajo.

Bueno, querido Tú, te dejo, va a empezar la serie y el esmalte de las uñas de los pies ya se ha secado. Me alegro de que estés aquí.

Un beso.

6. Entre macaron y macaron

Entre macaron y macaron

El Josianófilo duerme como un bebé, y el bombero no mueve ni un pelo. Se mantiene estable. Degustamos la segunda tanda de macarons de frambuesa: los hemos llevado al puesto para estar junto a los pacientes, los bips y los monitores.

«Como si fuera un cazo de leche al fuego», ha dicho el mago Merlin.

—Bueno, ¿qué?

—Pues que tus macarons están para chuparse los dedos.

—Me refiero al bombero. Llevas un cuarto de hora comiéndotelo con los ojos.

—Miraba su historial.

—Y yo te miraba mirar su historial, y no mirabas su historial.

—Me da pena. Espero que no quede muy hecho trizas.

—Te tomas las cosas demasiado a pecho.

—Puede ser. Pero es tan joven…

—Y deportista. Se recuperará bien. A nosotros nos toca hacer lo necesario para que no se le infecte el brazo, para evitar que se lo amputen. Lo demás ya llegará. Lo que es seguro es que no va a volver a subir a una escalera extensible.

—¿Tienes la receta? —pregunto, con la boca llena.

—¿Para que no se le infecte el brazo? Desinfectar las heridas, lavarse las manos, evitar las corrientes de aire y hacer que todo el mundo lleve mascarilla.

—Me refiero a los macarons.

7. La oscuridad-refugio

La oscuridad-refugio

En medio de la bruma, oigo hablar. Hay una voz de hombre y otra de mujer. Risas francas y diálogos, pero no entiendo lo que dicen. Están lejos.

Me duele todo. En especial el brazo. Antes notaba aire, ahora tengo la impresión de que me lo retuercen en todos los sentidos, o de que un elefante de circo está pasando por encima. Me duele también la parte baja de la espalda, y las piernas. Me duelen la mandíbula y la cabeza. En realidad, creo que el elefante se me ha tumbado encima. También tengo la sensación de haberme tragado una Coca-Cola con botella y todo, y que se me ha quedado atravesada en el esófago.

Sé que estoy en el hospital. Reconozco el ruido de las máquinas, el brazalete del tensiómetro, que se infla regularmente. O sea, que estoy intubado.

De vez en cuando noto que trajinan a mi alrededor, que me mueven ligeramente o que recolocan un hilo sobre mi piel. Todo es dolor, hasta el menor roce. Hasta un hilo.

Así que me sumerjo de nuevo en la oscuridad-refugio.

8. Con la yema del dedo

Con la yema del dedo

Son las seis de la mañana. El relevo llega dentro de media hora escasa. Nos hemos comido todos los macarons. Mañana habré engordado un kilo, pero me da igual, estaban buenísimos. El joven bombero ha desaturado varias veces a última hora de la noche, lo que nos ha obligado a revisar la regulación de oxígeno del respirador. Resulta que no está tan estable como parecía. Las chicas del turno de día tendrán que seguir vigilando el cazo de la leche.

Y la temperatura para evitar la fondue de queso unos metros más allá.

Estoy sentada a su lado. Guillaume ha ido a urgencias a buscar un historial.

Está inmóvil. Su tórax se eleva con regularidad, al ritmo del respirador. Ahora veo que mueve el índice. Repite varias veces el mismo gesto. El dedo tiembla, se desplaza con dificultad por encima de la sábana, pero acabo por comprender que dibuja un signo de interrogación. Necesita saber qué pasa.

—¿Me oye? Si me oye, dé dos golpecitos con el dedo sobre la cama

El índice se mueve dos veces.

—Dos veces significa «sí», una vez significa «no».

—…

—Me llamo Juliette Toledano. Soy enfermera de la unidad de reanimación. ¿Puede abrir los ojos?

(no)

—¿Siente dolor?

(sí)

—¿Sabe quién es?

(sí)

—¿Sabe lo que le ha pasado?

(no)

—¿Quiere saberlo?

(sí)

—Vale. Se ha caído desde un octavo piso. Si sigue vivo, es porque unos árboles han amortiguado la caída, aunque las ramas lo han dejado bastante destrozado. No voy a entrar en detalles, pero tardará bastante tiempo en recuperarse. ¿Lo ha entendido?

(sí)

—¿Hay que avisar a alguien?

(sí)

—¿A sus padres?

(no)

—¿A su mujer?

(no)

—¿A un amigo?

(no)

—Hummm… ¿a un hermano o una hermana?

(sí)

—Me ocuparé de eso.

Están esperándome para efectuar el cambio de turno. Le he cogido la mano un momento antes de dejarlo solo. Él me ha apretado ligeramente los dedos.

Eso reconforta.

Nos reconforta a los dos, creo yo.

Guillaume tiene razón, me tomo las cosas demasiado a pecho.

Puede ser.

Seguramente.

¿Y qué?

No voy a volverme insensible a los treinta y cinco años. Guillaume ha empezado a hablar de los historiales. Solo tenemos dos pacientes para cuatro camas. Las chicas del turno de día ya conocen al hombrecillo del gruyer. Informo sobre el bombero: las circunstancias, la intervención, las instrucciones del cirujano y el establecimiento de contacto que acaba de producirse entre él y yo. Magnánima, les propongo ocuparme de encontrar a la persona a la que hay que avisar antes de marcharme a casa. Añado, por último, que los macarons estaban de fábula, pero que no queda ni uno. Todo el equipo se pelea para hacer noches con nuestro pastelero, así que, por la mañana, la feliz elegida alardea de haber podido disfrutar de su compañía. Un pequeño juego entre nosotras.

Cualquiera diría que lo único que nos interesa son los pasteles.

Cojo un pósit para apuntar el número de la persona de confianza y me encierro en el despacho de la jefa. Tengo tiempo, ya hace rato que Laurent se ha ido a trabajar.

—¿Capitán Klein?

—Sí.

—Buenos días, me llamo Juliette Toledano y soy enfermera de la unidad de reanimación. Le llamo en relación con el señor Fourcade.

—¿Cómo está?

—Bastante estable.

—¿Y el brazo?

—Lo han operado.

—¿No se lo han amputado?

—No. Es un asunto delicado, pero estamos muy pendientes. Aunque el peligro no ha pasado, no está mal.

—¿Está consciente? ¿Puede hablar?

—No, está intubado. Pero he podido establecer contacto con él hace un rato. Tiene momentos de consciencia. Mueve un dedo. Quiere que avise a su hermano o hermana.

—¡¡¡Joder, su hermana!!! Me había olvidado por completo de Vanessa.

—¿Olvidado?

—Él tiene la custodia, la chica es menor. Iré a buscarla a la salida del instituto.

—Gracias.

—¿Cuándo podemos ir a verlo?

—Mejor por la tarde. Por la mañana, entre las visitas médicas y las curas…

—¿Hasta qué hora?

—En teoría, hasta las ocho. En la práctica, somos flexibles si la unidad está tranquila.

—¿Puedo hacerle una pregunta?

—Sí.

—¿Cómo ha conseguido hablarle de su hermana con un dedo?

—El sexto sentido de la enfermera…

Cuando me ha deseado que tenga un buen día, le he oído sonreír. He estado a punto de decirle que esperaba pasarlo durmiendo, ya que voy a encadenar una tercera noche de trabajo, pero, después de todo, no es su problema.

Mi plan del día es sencillo. Ir a casa, ducharme, dar un bocado, ponerme la inyección y descansar. Me gusta trabajar de noche, pero me cuesta hacérselo entender a mi cuerpo. Cuando tenía veintidós años, soportaba bien el desajuste horario. Pero con el paso de los años se me hace cada vez más cuesta arriba.

Antes de marcharme del hospital, vuelvo con mi paciente confiando en que siga oyéndole. Necesito decirle que he hablado por teléfono con el capitán y que vendrá con su hermana. Supongo que es importante para él.

Nunca he estado en el lugar de los pacientes, pero, a fuerza de tratar con ellos, llego a sentir lo que es para ellos estar aquí, con sus angustias y sus dolores, en un entorno totalmente desconocido, solos. Así que si puedo tranquilizarlos…

9. Un pequeño faro

Un pequeño faro

Continúo con la alternancia entre la oscuridad-refugio y la bruma-dolor. Sobre todo cuando me tocan. He notado que la cama se movía. Ha avanzado, ha girado, ha montado en un ascensor y ha avanzado de nuevo. He intentado mover el índice, pero nadie le ha prestado atención. Espero que la enfermera de antes vuelva pronto.

Me gustaría sobre todo que Vanessa estuviera aquí. Es la única persona que me aliviaría de verdad. Mi faro en medio de la bruma.

10. Su hermana pequeña

Su hermana pequeña

Tercera noche consecutiva, van a acabar con nosotros a fuerza de matarnos a trabajar. Y ninguna incorporación al equipo para confiar en que se levante un poco el pie del acelerador. El hospital está en crisis, esa es la realidad. Una crisis que muy pronto afectará a los nervios del personal. Menos mal que vuelvo a estar de guardia con Guillaume. Yo también lo echaré de menos cuando cambie de unidad. Es joven, pero juicioso y competente. Autoritario pero cordial. Y no demasiado sensible. La medida justa.

Es muy raro que un hombre sea sensible en la medida justa.

Estoy impaciente por ver lo que ha preparado para esta noche y que nos comeremos en una esquina del escritorio, acompañado de un café cargado para aguantar hasta la mañana.

Estoy impaciente también por saber cómo evoluciona el joven bombero.

Guillaume siempre espera a que el equipo de día se haya marchado para sacar sus exquisiteces. Se niega a que todo el mundo se apunte a la degustación. Así es Guillaume. Le divierte esto y lo asume.

Al hombre-de-Josiane lo han trasladado a cardiología, por fin había quedado una cama libre. Lo ha sustituido otro paciente. Afortunadamente, menos grave que el bombero.

El equipo de día nos informa de que su hermana pequeña ha venido y sigue ahí. Hace más de dos horas que está sentada a su lado y lo mira sin decir nada. Y sin moverse: apenas resulta perceptible el movimiento respiratorio en la parte superior de su espalda. Apenas.

Cuando entro en la habitación, está, efectivamente, inmóvil en la silla, observándolo en silencio. Un poco encorvada, como si toda la miseria del mundo recayera sobre sus endebles hombros de adolescente. O quizá simplemente ocupa un cuerpo que ha crecido demasiado deprisa y que ella intenta retener en la infancia encogiéndolo. Le da la espalda a la puerta. A sus pies descansa una mochila Eastpak, con tres llaveros de peluche, uno en cada cremallera, que deben de bambolearse con brusquedad cuando la chica camina por la calle. Que probablemente la tranquilizan, devolviéndola también ellos a la infancia. Debe de tener catorce años.

—Buenas noches, ¿eres Vanessa?

—Sí —me responde, al tiempo que se vuelve sin exteriorizar ninguna emoción.

Media melena, largo flequillo que le cae sobre los ojos, realzados con una gruesa raya negra. Es muy espigada y sus piernas parecen dos cerillas. Lleva unos pendientes largos de acero y una sarta de pulseras brasileñas en cada muñeca.

—¿Has venido sola?

—No, su jefe ha venido a buscarme a la salida del instituto. Está en la sala de espera.

—¿Te ha explicado lo que le ha ocurrido?

—Sí.

—¿Sabes cuál es el estado de tu hermano?

—No.

—Te lo explicaré antes de que te vayas. ¿Le has dicho algo? ¿Lo has besado o le has cogido la mano?

Dice que no con la cabeza, lentamente, mirando a su hermano.

Parece más agitado que ayer. Así que le cojo la mano y le digo que soy yo. Que estaba allí la noche anterior. Él la aprieta un poco más fuerte que la otra vez.

—¿Quiere comunicarse conmigo?

(sí)

—¿Sabe quién está aquí, a su lado?

(sí)

—¿Quiere que le coja la mano?

(sí) (sí) (sí)

Da tres golpecitos seguidos sobre la sábana. Le propongo a su hermana que venga al lado de la cama donde estoy yo, al lado del brazo ileso. Pero, en el momento en que me dispongo a guiarla, ella esconde la mano tras la espalda.

—¿No quieres?

—Es que… bueno, ayer me pinté las uñas. Él no quiere que me las pinte, así que lo hago cuando está de guardia y me quito el esmalte antes de que vuelva. Lo que pasa es que hoy su jefe ha venido a buscarme a la salida del instituto y no me ha dado tiempo.

—Ya, pero ten en cuenta que creo que te ha oído.

—¿Lo oye todo?

—Es muy posible.

Él golpea de nuevo el colchón con el dedo.

—Además, yo diría que en el estado en que se encuentra le da bastante igual. Ha estado a punto de morir, así que ese asunto del esmalte de uñas seguramente no es prioritario —le digo, guiñándole un ojo.

Temblando, muy indecisa, acerca la mano a la de su hermano. Él la aprieta largamente. Yo retengo justo a tiempo el puñado de lágrimas de emoción que querían arrojarse al vacío al ver la escena.

—Te dejo, estaré ahí afuera. Si quieres comunicarte con él, hay que hacerle preguntas cerradas.

—¿Cerradas?

—Preguntas a las que solo pueda responder con un sí o un no. Sí, da dos golpes con el dedo en el colchón, y no, solo golpea una vez. Dale tiempo, funciona un poco al ralentí.

Salgo del box y me dirijo al escritorio, donde me espera el café. El otro paciente duerme plácidamente. Será una noche tranquila, si no ocurre nada imprevisto.

Guillaume me sonríe cuando llego. Esa sonrisa angelical que trae de calle a todas las enfermeras El hombre del equipo que todas las solteras de la unidad codician. Y algunas casadas también, discretamente, como si nada, porque resulta muy agradable sentirse deseable, y deseada por otro. Y no hablemos de las estudiantes. Deploran que un hombre tan encantador no disfrute de ninguna de ellas y todas hablan de un desperdicio total. Algunas aventuran la hipótesis de que es gay, hipótesis inmediatamente descartada, porque es incompatible con su ardiente deseo.

Me divierte ver cómo se les cae la baba. Es un chico adorable, pero no me atrae. Conozco a Laurent desde hace cinco años y soy fiel. Además, le haría mucho daño enterarse de que estoy entre los brazos de otro. Con todo, aprecio mucho a Guillaume. Está al corriente de mi historia, de mi recorrido, de lo que persigo con Laurent. Me apoya. Me tranquiliza, a veces se enfada cuando le cuento las discusiones que tengo en casa. Soy demasiado buena, dice.

Puede ser.

Él tampoco lo sabe todo.

11. Una insolente fragilidad

Una insolente fragilidad

La mano de Vanessa en la mía, lo más tierno que he sentido jamás. Cuando se la cogía para cruzar la calle delante del colegio. Yo era el hermano mayor. Hoy es ella la hermana mayor, porque yo no sé en qué estado me encuentro ni si voy a vivir o morir, si voy a recuperar mi vida de antes o a verme condenado al estado de vegetal. Ni siquiera sé si sigo entero o me faltan trozos. ¿Sentir dolor significa forzosamente que la zona dañada aún está presente? Quizá lo que noto son cuatro miembros fantasma y en realidad no están ahí. Un hombre-tronco. Nada más alrededor. Sí, el dedo índice. Y si conservo el índice, forzosamente tengo que conservar todo el brazo. En ese caso, un hombre-tronco con una rama. Los pájaros podrán venir a posarse en ella, me harán compañía.

No me acuerdo del nombre de esta enfermera. No me acuerdo de gran cosa. Solo de que estoy gravemente herido. Pero ¿hasta qué punto? Por el momento, oigo simplemente la voz suave de esta mujer y el ruido de las máquinas alrededor. Y ahora tengo la mano de Vanessa. He escuchado su conversación. La enfermera le ha explicado cómo comunicarse conmigo. Sin embargo, ella no me dice nada. Me gustaría decirle que sí o que no con este famoso índice sobre la sábana.

Podría preguntarme: «¿Te alegras de que esté aquí?».

SÍ.

«¿No vas a dejarme tirada?»

NO.

«¿Quieres que vuelva mañana?»

SÍ.

«¿Vas a morir?»

NO.

«¿Puedo pintarme las uñas?»

SÍ.

No dice nada.

Vanessa.

A la vez dura y tímida, rebelde y ansiosa. No tiene miedo de nada, tiene miedo de todo. Se pone chula en casa, con los profes y con la asistente social, pero es para esconderse mejor entre sus grietas. Vanessa, una insolente fragilidad.

No tengo derecho a morir. No lo tengo hasta que ella cumpla dieciocho años. Antes sería un acto cobarde, repugnante. No puedo hacerle eso. ¡Prohibido! Así que me aferro a la vida, pese al dolor. Un dolor terrible. Su dolor sería mayor si yo me fuera. Lo sé. Discutimos sin parar, me las hace pasar canutas, pero sé que está muy unida a mí. Bueno, y yo a ella.

No dice nada.

A lo mejor no sabe qué decir.

¿Hay algo que decir?

El silencio tal vez se deba a eso.

Consigo mover el pulgar por la palma de su mano. A duras penas. Normalmente eso le hace cosquillas y retira la mano. Pero ahora la deja.

Luego, a causa del cansancio o del dolor, vuelvo a alejarme en medio de la bruma. Sin haber podido darle las buenas noches como hago todos los días.