Portadilla
Índice
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Agradecimientos
Notas
Sobre la autora
Créditos
Dedicado a aquellos que estén leyendo este libro ahora mismo.
Sin vosotros, nada de esto sería posible. Sois lo mejor.
Había dos cosas en esta vida que me asustaban a muerte. Despertarme en mitad de la noche y descubrir el rostro translúcido de un fantasma a mi lado era una de ellas. No es que fuera muy probable que ocurriera, pero, aun así, solo pensarlo ya era bastante espeluznante. Lo segundo era llegar tarde a una clase abarrotada de gente.
Odiaba con todas mis fuerzas llegar tarde.
Odiaba que la gente se diera la vuelta y me mirara, cosa que todo el mundo hacía en cuanto llegabas un minuto más tarde de que la clase hubiese empezado.
Por eso era por lo que había calculado en Google durante el fin de semana la distancia entre mi apartamento en University Heights y el aparcamiento destinado a los estudiantes, hasta el último detalle. Y de hecho me hice la ruta en coche dos veces el domingo para asegurarme de que Google me estaba indicando el camino correcto.
Dos kilómetros, para ser exactos.
Cinco minutos en coche.
Incluso salí de mi casa con un cuarto de hora de antelación para poder llegar diez minutos antes de que comenzara mi clase de las nueve y diez.
Con lo que no contaba fue con el atasco de un kilómetro que llegaba hasta la señal de stop, porque Dios nos librara de poner un solo semáforo en una ciudad histórica, ni tampoco con el hecho de que no quedaba un solo sitio libre para aparcar en el campus. Tuve que dejar el coche en la estación de tren que había al lado, y desperdicié mi valioso tiempo buscando monedas sueltas para el parquímetro.
«Si insistes en irte a la otra punta del país, por lo menos quédate en una de las residencias. Tienen residencias allí, ¿verdad?». La voz de mi madre atravesó mis pensamientos mientras me detenía enfrente del pabellón de ciencias Robert Byrd, sin aliento después de haber subido corriendo la cuesta más empinada y más inoportuna de la historia.
Por supuesto había optado por no quedarme en una residencia, porque sabía que en algún momento mis padres se presentarían sin avisar y empezarían a hablar y empezarían a juzgar y preferiría darme de golpes antes que someter a ese espectáculo a algún inocente espectador. En vez de eso, utilicé mi dinero, ganado con mi sangre, para alquilar un apartamento de dos habitaciones cerca del campus.
Al señor y a la señora Morgansten les había parecido una idea horrible.
Y eso me había hecho realmente feliz.
Pero ahora me estaba medio arrepintiendo de mi pequeño acto de rebeldía, porque mientras me apresuraba a entrar en el edificio de ladrillo con aire acondicionado para escaparme del calor pegajoso de esa mañana de finales de agosto, ya eran las nueve y once minutos y mi clase de astronomía estaba en el segundo piso. ¿Y por qué diablos habría escogido astronomía?
¿Quizá porque la idea de aguantar otra clase de biología me hacía tener ganas de vomitar? Sí. Era por eso.
Apresurándome a subir por la espaciosa escalera, atravesé corriendo la puerta de doble hoja y me estampé contra una pared.
Me tambaleé hacia atrás, agitando los brazos como si fuera un guardia de tráfico zumbado. Mi bandolera, llena hasta los topes, se me resbaló, provocando que me empezara a caer hacia ese lado. El pelo me tapó la cara, una cortina de color castaño que hizo que todo se volviera oscuro mientras mi equilibrio peligraba.
Ay, Dios mío, me estaba cayendo. No había manera de pararlo. En mi mente bailaron imágenes de cuellos rotos. Esto iba a ser espant…
Algo fuerte y duro me rodeó la cintura, deteniendo mi caída en picado. Mi bolso alcanzó el suelo, desparramando los carísimos libros y los bolígrafos por todo el reluciente suelo. ¡Mis bolis! Mis preciosos bolígrafos, por todas partes. Un segundo después estaba apoyada en la pared.
Una pared extrañamente caliente.
Una pared a la que se le escapó una risa.
—Vaya —dijo una voz grave—. ¿Estás bien, corazón?
Una pared que definitivamente no era una pared. Era un chico. Mi corazón se detuvo, y durante un angustioso momento la ansiedad me aplastó, y no podía ni hablar ni moverme. Retrocedí cinco años. Atrapada. No me podía mover. El aire se me escapó de los pulmones en una oleada dolorosa, mientras empezaba a sentir escalofríos en el cuello y la espalda. Todos los músculos en tensión.
—Hey —la voz se volvió más dulce, con una pizca de preocupación—, ¿estás bien?
Me obligué a respirar hondo, solamente respirar. Necesitaba respirar. Inhalar. Exhalar. Lo había estado practicando una y otra vez durante cinco años. Ya no tenía catorce. No estaba allí. Estaba aquí, a todo un país de distancia.
Unos dedos bajo mi barbilla, obligándome a levantar la cabeza. Unos deslumbrantes ojos azules, rodeados de espesas pestañas, fijos en los míos. Un azul tan vibrante y eléctrico, ofreciendo un contraste tan marcado con sus negras pupilas, que me pregunté si eran de verdad.
Y entonces me di cuenta.
Un chico me estaba abrazando. Nunca me había abrazado un chico. Y no contaba esa vez, porque esa vez no contaba para nada, y ahora estaba ceñida a él, mis piernas contra sus piernas, mi pecho junto al suyo. Como si estuviéramos bailando. Mis sentidos se colapsaron al oler el ligero rastro de su colonia. Vaya. Olía bien, como si costara mucho dinero, como la suya…
La indignación se apoderó de mí de repente, una sensación tan familiar, tan dulce, que eliminó mi confusión y mis viejos miedos. Me aferré a ella con desesperación y pude encontrar mi voz.
—Suéltame. Ahora. Mismo.
Ojos Azules dejó caer sus brazos inmediatamente. Como no estaba preparada para mi repentina falta de apoyo, me balanceé hacia un lado, recuperando el equilibrio antes de tropezarme con mi propio bolso. Con la respiración agitada, como si acabara de correr un par de kilómetros, me aparté la melena de la cara y por fin pude mirar detenidamente a Ojos Azules.
Por el amor de Dios, Ojos Azules estaba…
Estaba muy bueno, en todas las maneras que hacen que las chicas se comporten de forma estúpida. Era alto, me sacaría una cabeza o quizá dos, y tenía los hombros anchos, pero la cintura estrecha. Un cuerpo de atleta, como el de un nadador. El pelo, ondulado y oscuro, le cubría la frente, rozando sus cejas a juego. Unos pómulos marcados y una boca amplia y expresiva completaban la oferta con todo incluido para que a las chicas se les cayera la baba. Y con esos ojos de color zafiro, por favor…
¿Quién habría pensado que un lugar que se llamaba Shepherdstown pudiera esconder a alguien así?
Y yo me había estampado contra él. Literalmente. Qué bien.
—Lo siento. Tenía prisa por llegar a clase. Llego tarde y…
Sus labios se curvaron en una sonrisa al tiempo que se arrodillaba. Empezó a recoger mis cosas y durante un breve instante tuve ganas de llorar. Podía sentir cómo los sollozos se acumulaban en mi garganta. Ya llegaba muy tarde, no había modo de entrar en esa clase y era mi primer día. Qué fracaso.
Me agaché y dejé que el pelo me cubriese la cara mientras recuperaba mis bolígrafos.
—No tienes por qué ayudarme.
—No es molestia. —Recogió un folio y le echó un vistazo—. ¿Astronomía 101? Yo también voy para allá.
Genial. Durante todo el semestre, tendría que ver por los pasillos al chico que casi había matado.
—Llegas tarde —le dije, sin mucha convicción—. De verdad que lo siento.
Con todos mis libros y mis bolis metidos otra vez en el bolso, se enderezó mientras me lo tendía.
—No pasa nada. —Volvió a desplegar su sonrisa curvada, revelando un hoyuelo en la mejilla izquierda, aunque no existía el equivalente en la derecha—. Estoy acostumbrado a que las chicas se me echen encima.
Parpadeé, pensando que a lo mejor no había entendido bien al tío bueno de los ojos azules, porque era casi imposible que hubiese dicho algo tan lamentable.
Pues sí, y no había acabado.
—Aunque atacarme por la espalda es nuevo. Pero me ha gustado, no te creas.
Le repliqué mientras notaba que las mejillas me ardían.
—No era mi intención atacarte por la espalda, ni abalanzarme sobre ti.
—Ah, ¿no? —La curva de su sonrisa permaneció intacta—. Vaya, qué pena. Si fuera así, habría sido el mejor primer día de clase de la historia.
No supe qué decirle, mientras aferraba el bolso contra mi pecho. De donde yo venía, los chicos no habían intentado coquetear conmigo. La mayoría de ellos ni siquiera se habían atrevido a mirarme en el instituto; y los pocos que lo hacían, bueno, digamos que no estaban flirteando.
La mirada de Ojos Azules se desvió al folio que llevaba en la mano.
—¿Avery Morgansten?
Mi corazón dio un salto.
—¿Cómo es que sabes mi nombre?
Ladeó la cabeza al tiempo que su sonrisa se hacía más grande.
—Está en tu horario.
—Ah. —Me retiré los mechones ondulados de pelo de la cara, sofocada. Me tendió el horario y lo cogí, metiéndolo después en el bolso. Sentí toda la incomodidad del mundo mientras manejaba con torpeza la correa de mi bandolera.
—Mi nombre es Cameron Hamilton —se presentó Ojos Azules—. Pero todo el mundo me llama Cam.
Cam. Saboreé el nombre, me gustaba.
—Gracias otra vez, Cam.
Se agachó para coger una mochila negra en la que hasta entonces no me había fijado. Varios rizos oscuros se le cayeron sobre la frente y, al enderezarse, se los apartó con la mano.
—Bueno, hagamos nuestra entrada triunfal.
Mis pies se quedaron pegados al suelo mientras él se daba la vuelta y recorría el par de metros que nos separaban de la puerta cerrada del aula 205. Con la mano en el picaporte, miró hacia atrás, esperando.
No podía hacerlo. No tenía nada que ver con el hecho de que casi había atropellado al que era probablemente el tío más atractivo del campus. No podía entrar en esa clase y provocar que todo el mundo se girase para mirarme. Ya había tenido suficiente los últimos cinco años, siendo el centro de atención allá donde fuera. Gotas de sudor me humedecieron la frente. El estómago se me hizo un nudo mientras daba un paso hacia atrás, lejos de esa clase y de Cam.
Se dio la vuelta, frunciendo el ceño mientras una expresión de curiosidad se abría paso en esa cara tan extraordinaria.
—Vas en la dirección equivocada, corazón.
Había estado yendo en la dirección equivocada la mitad de mi vida, por lo que parecía.
—No puedo.
—¿No puedes qué? —Dio un paso hacia mí.
Y entonces salí huyendo. De hecho me di la vuelta y corrí como si el premio fuese la última taza de café que quedara en el mundo. Mientras llegaba a esa puñetera puerta de doble hoja, oí que me llamaba, pero seguí corriendo.
La cara me estaba ardiendo mientras me apresuraba a bajar las escaleras. Al salir del pabellón de ciencias, ya estaba sin aliento. Mis piernas siguieron moviéndose automáticamente hasta un banco que había enfrente de la biblioteca, el edificio más cercano. La luz del sol de primera hora de la mañana me pareció demasiado deslumbrante al alzar la cabeza y cerrar con fuerza los ojos.
Vaya.
Qué manera de causar la primera impresión en una ciudad nueva, en una escuela nueva…, en una vida nueva. Me había mudado a más de mil kilómetros de distancia para empezar de cero y ya lo había estropeado, en cuestión de minutos.
Llegados a ese punto, tenía dos opciones: sobreponerme a mi desastroso intento de asistir a la primera clase de mi carrera, o volverme a casa, meterme en la cama y taparme con la colcha. Deseaba decidirme por la segunda, pero yo no era así.
Si huir y esconderme hubiese sido mi modus operandi, nunca habría sobrevivido al instituto.
Bajé la mirada para comprobar que el amplio brazalete de plata que llevaba en la muñeca izquierda estaba en su lugar. Casi no había sobrevivido al instituto.
Mi madre y mi padre me habían montado una escena cuando les había informado de mis planes de ir a una universidad que estaba en la otra punta del país. Si hubiese escogido Harvard, Yale o Sweet Briar, me habrían apoyado desde el principio. Pero ¿una universidad que no estaba entre las mejores? Qué vergüenza. Lo cierto es que no me entendían. Nunca me entendieron. No había modo alguno de que fuera a la misma universidad a la que ellos habían ido, o de que me inscribiera en la facultad en la que la mayoría de la gente de su club de campo obligaba a sus hijos a inscribirse.
Quería ir allí donde no fuera a ver una mirada de desdén que me resultara familiar, o escuchar los susurros que todavía salían de la boca de la gente, corrosivos como el ácido. Allí donde la gente no hubiese oído la historia, o alguna versión de la verdad que había sido repetida una vez y otra; hasta que algunas veces me preguntaba qué era lo que realmente había ocurrido en el Halloween de hacía cinco años.
Aunque nada de eso importaba aquí. Nadie me conocía. Nadie sospechaba nada. Y nadie sabía lo que escondía mi brazalete en los días de verano, cuando no me podía poner una camiseta de manga larga.
Venir aquí había sido mi decisión y también había sido lo correcto.
Mis padres me habían amenazado con borrarme del fideicomiso familiar, lo que me pareció muy divertido. Yo tenía mi propio dinero, dinero sobre el que no tenían control alguno desde que cumplí los dieciocho. Un dinero que me había ganado. En su opinión, les había decepcionado una vez más, pero si me hubiese quedado en Texas, o cerca de esa gente, ya estaría muerta.
Mirando la hora en mi teléfono móvil, me puse en pie y me eché el bolso al hombro. Por lo menos no llegaría tarde a mi clase de historia.
La clase de historia se daba en el pabellón de ciencias sociales, al pie de la colina que había subido corriendo antes. Atravesé el aparcamiento de la parte posterior del edificio Byrd y crucé la calle, que estaba abarrotada de gente. A mi alrededor, los estudiantes paseaban en grupos o en parejas; era obvio que muchos de ellos ya se conocían. En vez de sentirme desplazada, había una bonita sensación de libertad en poder caminar hasta clase sin ser reconocida.
Apartando de mi mente el fracaso total de esa misma mañana, entré en el pabellón Whitehall y subí el primer tramo de escaleras a mi derecha. El pasillo de arriba estaba lleno de estudiantes esperando a que las aulas se quedaran vacías. Sorteé los grupos de gente riendo, esquivando a algunos que todavía parecían medio dormidos. Encontré un hueco desde donde podía vigilar mi futura clase y me senté contra la pared, cruzando las piernas. Me froté las manos contra los vaqueros, emocionada por empezar a dar historia. La mayoría de la gente se aburriría como una ostra en Historia 101, pero era la primera clase de mi carrera, y en lo que me quería especializar.
Y si tenía suerte, de aquí a cinco años, estaría trabajando en un frío museo o una silenciosa biblioteca, catalogando textos antiguos o piezas arqueológicas. No era la más glamurosa de las profesiones, pero sí perfecta para mí.
Mejor que lo que deseaba ser antes, una bailarina profesional viviendo en Nueva York.
Y esa era otra cosa por la que mi madre se sentía decepcionada. Todo ese dinero gastado en clases de ballet desde que pude caminar, desperdiciado después de que cumpliera catorce años.
Aunque lo echaba de menos, esa sensación de calma que te proporciona la danza. Era solo que no podía ni imaginarme volviendo a bailar otra vez.
—Nena, ¿qué haces sentada en el suelo?
Levanté la cabeza y se me escapó una sonrisa al ver el reflejo de otra, amplia y deslumbrante, en la piel color canela de la atractiva cara de Jacob Massey. Nos habíamos hecho colegas durante la orientación para los estudiantes de primer año, y los dos íbamos a la siguiente clase, además de arte los martes y los jueves. Me había sentido cómoda con él de inmediato, gracias a que era muy extrovertido.
Eché un vistazo a sus vaqueros, con pinta de caros, reconociendo el corte a medida.
—Se está muy bien aquí abajo. Deberías acompañarme.
—Ah, no. No quiero que mi precioso culito se manche por sentarme en el suelo. —Apoyó la cadera contra la pared, a mi lado, y sonrió—. Espera. ¿Qué estás haciendo aquí? Creía que tenías una clase a las nueve.
—¿Te acuerdas de eso? —Nos habíamos dicho los horarios la semana pasada, en algo así como medio segundo.
Me guiñó un ojo.
—Tengo una memoria alucinante para las cosas que no me sirven para nada.
Me reí.
—Está bien saberlo.
—¿Así que ya te has saltado la clase? Eres una chica muy, muy mala.
Haciendo una mueca, sacudí la cabeza.
—Sí, pero es que llegaba tarde, y odio entrar en las clases después de que hayan empezado, así que supongo que mi primer día será el miércoles si no lo he dejado para entonces.
—¿Dejarlo? Nena, no seas estúpida. Astronomía es una clase muy fácil. Yo me habría apuntado si el cupo no se hubiese llenado en dos segundos con todos esos malditos estudiantes de último curso.
—Bueno, tú no has atropellado a un chico en el pasillo mientras corrías para llegar a clase, un chico que resulta que también está en esa clase tan fácil.
—¿Qué? —Sus ojos oscuros brillaron con interés y empezó a arrodillarse. Alguien llamó su atención—. Espera un momento, Avery. —Entonces se puso a mover los brazos y a dar saltos—. ¡Eh, Brittany! ¡Trae tu culo para acá!
Una chica con el pelo rubio y corto se detuvo en mitad del pasillo, con las mejillas sonrojadas, pero sonrió cuando vio a Jacob dar saltitos. Vino hacia donde estábamos, y se quedó de pie enfrente de nosotros.
—Brittany, esta es Avery. —Jacob estaba radiante—. Avery, esta es Brittany. Decid hola.
—Hola —obedeció Brittany, haciéndome un pequeño gesto con la mano.
Le devolví el saludo.
—Hey.
—Avery estaba a punto de contar cómo atropelló a un chico en un pasillo y casi le mata. He pensado que a ti también te gustaría oír la historia.
Fruncí un poco el ceño cuando dijo eso, pero la chispa de interés en los castaños ojos de Brittany cuando me miró era bastante graciosa.
—Cuenta —me animó, sonriendo.
—Bueno, no es que casi le matara —dije, y suspiré—. Pero estuvo cerca y fue muy, muy bochornoso.
—Las historias bochornosas son las mejores —replicó Jacob, arrodillándose.
Brittany se rio.
—Es verdad.
—Confiésalo todo, hermana.
Me remetí el cabello por detrás de las orejas y bajé el volumen de mi voz para que el disfrute de mi humillación no se extendiera por todo el pasillo.
—Llegaba tarde a astronomía, y atravesé las puertas del segundo piso. No estaba mirando por dónde iba y me empotré contra ese pobre chaval en el pasillo.
—Glubs. —Una mueca de compasión apareció en la cara de Brittany.
—Sí, y además me refiero a que casi le derribo. Se me cayeron todas las cosas. Los libros y los bolígrafos, por todas partes. Fue bastante épico.
Los ojos de Jacob se llenaron de diversión.
—¿Estaba bueno?
—¿Qué?
—¿Estaba bueno? —repitió, atusándose su pelo corto—. Porque si estaba bueno deberías haberlo usado en tu provecho. Habría podido convertirse en la mejor manera de romper el hielo de la historia. Como que os podríais enamorar locamente y así le podrías contar a todo el mundo cómo te empotraste contra él antes de que él te empotrara.
—Ay, Dios mío. —Un rubor muy familiar ascendió por mis mejillas—. Sí, la verdad es que era bastante atractivo.
—Oh, no —exclamó Brittany, que parecía ser la única otra persona en reconocer que el hecho de que fuera un tío bueno hacía que toda esta situación fuese mucho más humillante. Supongo que necesitabas tener una vagina para llegar a entenderlo, porque Jacob parecía todavía más emocionado ante la noticia.
—Así que, dime, ¿cómo era ese pedazo de hombre? Y necesito saber todos los detalles.
Había una parte de mí que no quería contárselo, porque pensar en Cam me hacía sentir realmente incómoda.
—Eh…, bueno, es muy alto y tiene un cuerpazo, supongo.
—¿Cómo sabes que tiene un cuerpazo? ¿También le tocaste o qué?
Me eché a reír mientras Brittany negaba con la cabeza.
—De verdad que me estrellé contra él, Jacob. Y él me agarró. No es que le estuviera tocando a propósito, pero parecía tener un buen cuerpo. —Me encogí de hombros—. De todos modos, tenía el pelo oscuro y ondulado. Un poco más largo que el tuyo, un poco descuidado pero…
—Oye, nena, si me dices descuidado pero en un estilo «no me importa porque soy un dios del sexo», voy a querer chocarme contra ese tío.
A Brittany se le escapó una risita.
—Me encanta el pelo así.
Me pregunté si mi cara reflejaba el calor que estaba sintiendo.
—Sí, algo así. Estaba muy bueno y sus ojos eran tan azules que parecían…
—Espera —jadeó Brittany, abriendo mucho los ojos—. ¿Sus ojos eran de ese azul tan profundo que parece falso? ¿Y olía genial? Ya sé que parece un poco raro y siniestro, pero respóndeme.
Lo cierto es que era raro y siniestro, y muy divertido.
—Sí a las dos cosas.
—Mierda. —Brittany se echó a reír—. ¿Sabes su nombre?
Estaba empezando a preocuparme, porque Jacob también tenía cara de acabar de entenderlo todo.
—Sí, ¿por qué?
Brittany le dio un codazo a Jacob y bajó la voz.
—¿Se llama Cameron Hamilton?
Se me desencajó la mandíbula de la sorpresa.
—¡Sí! —Los hombros de Brittany empezaron a sacudirse—. ¿Te estrellaste contra Cameron Hamilton?
Jacob no estaba sonriendo. Me estaba mirando con lo que parecía… ¿admiración?
—Me estoy muriendo de envidia ahora mismo. Daría mi testículo izquierdo por chocarme contra Cameron Hamilton.
Me atraganté de tanto reírme.
—Vaya. Eso es algo muy serio.
—Cameron Hamilton es un tema muy serio, Avery. No lo podías saber. No eres de por aquí —dijo Jacob.
—También es tu primer año. ¿Cómo es que tú si le conoces? —le pregunté, porque Cam parecía demasiado mayor para ser de primero. Tenía que ser de tercero o de cuarto, como mínimo.
—Todo el mundo en la facultad le conoce —me contestó.
—Pero ¡si llevas aquí menos de una semana!
Jacob sonrió.
—Me entero de las cosas.
Me eché a reír, moviendo la cabeza de un lado a otro.
—No lo pillo. Vale, está… bueno, pero ¿qué más da?
—Yo fui al colegio con Cameron —me explicó Brittany, mirando hacia atrás por si alguien estaba escuchando—. Quiero decir, era dos años mayor que yo, pero era el tío más guay del instituto. Todo el mundo quería estar con él o cerca de él. Aquí pasa más o menos lo mismo.
Se me despertó la curiosidad, a pesar de que lo que Brittany me había dicho me recordaba a otra persona.
—¿Así que sois los dos de por aquí?
—No. Somos de las afueras de Morgantown, de la zona de Fort Hill. No sé por qué escogió esta universidad en vez de la de West Virginia, pero yo lo hice porque quería salir de mi ciudad, en vez de quedarme atrapada con la gente de siempre.
Eso podía entenderlo perfectamente.
—De todas maneras, Cameron es muy conocido en la facultad. —Jacob juntó las palmas de las manos—. Vive fuera del campus y se supone que monta las mejores fiestas y…
—Tenía una cierta reputación en el instituto —le cortó Brittany—. Una fama merecida. No me entiendas mal. Cameron siempre ha sido un tío muy guay. Muy agradable, muy divertido, pero era de lo más mujeriego en aquel entonces. Parece que se ha calmado un poco, pero ya sabes que genio y figura…
—Vale. —Jugueteé con mi brazalete—. Está bien saberlo, pero tampoco es que importe mucho. Quiero decir, me choqué contra él en un pasillo. Hasta ahí llega todo lo que conozco a Cam.
—¿Cam? —Brittany parpadeó.
—Sí. —Me puse en pie y cogí mi bolso. Las puertas de la clase estaban a punto de abrirse.
Brittany frunció el ceño.
—Las personas que no le conocen le llaman Cameron. Solo sus amigos le llaman Cam.
—Ah —me extrañó—. Me dijo que la gente le llamaba Cam, así que di por sentado que se refería a todo el mundo.
Brittany no respondió, y lo cierto es que yo no veía cuál era el gran misterio. Cam, Cameron, o Comosellamara solo estaba siendo educado conmigo después de que yo le atropellara. El hecho de que fuera un fiestero y un donjuán reformado no significaba nada para mí, más allá de la conveniencia de mantenerme muy, pero que muy alejada de él.
Las puertas se abrieron y los estudiantes se desparramaron por el pasillo. Nuestro grupito esperó a que escampara antes de aventurarnos a entrar, y escogimos tres sitios al fondo, con Jacob en el medio. Mientras sacaba mi enorme cuaderno para todas las asignaturas, con el que podría golpear a alguien si lo necesitara, Jacob me agarró del brazo.
Su mirada estaba llena de malicia y de picardía.
—No puedes abandonar astronomía. Para poder sobrevivir este semestre, tengo que vivir indirectamente a través de ti y escuchar cómo hablas de Cam al menos tres días por semana.
Me reí en voz baja.
—No voy a dejar la clase. —Lo cierto es que una parte de mí sí lo deseaba—. Pero dudo mucho que vaya a tener nada que contarte. No es que fuésemos a hablar otra vez.
Jacob me soltó el brazo y se arrellanó en el asiento, mirándome fijamente.
—Unas famosas últimas palabras, Avery.
El resto del día no fue tan emocionante como lo había sido mi mañana, lo que me pareció genial. No hubo más inocentes tíos buenos a los que casi tirar al suelo ni ningún otro acontecimiento humillante. Aunque tuve que volver a contarlo todo a la hora de la comida para entretener a Jacob, estaba contenta de que tanto él como Brittany tuvieran la hora libre al mismo tiempo que yo. Había contado con que la mayoría del día estaría sola, así que fue bastante agradable estar hablando con gente… de mi misma edad.
Supongo que ser sociable es como montar en bicicleta.
Y aparte del consejo totalmente innecesario de Jacob, que conllevaba que me estampara a propósito contra Cam la siguiente vez que le viera, no había habido ningún momento embarazoso. Para cuando se acabó el día, lo cierto era que ya me había olvidado por completo de Cam.
Antes de salir del campus, me fui a la oficina de la universidad para coger una solicitud de trabajo. No necesitaba el dinero, pero sí el tiempo que mantendría mi mente ocupada. Me había matriculado del curso completo —dieciocho créditos—, pero, con todo, iba a tener un montón de tiempo libre. Un trabajo a tiempo parcial en la facultad parecía la opción perfecta, pero ya no quedaban vacantes. Mi nombre se añadió a una larga lista de espera.
La universidad era realmente bonita, de un modo pintoresco y muy tranquilo. No tenía nada que ver con los campus de otras universidades más grandes, siempre en expansión. Enclavado entre el río Potomac y la histórica ciudad de Shepherdstown, era como un paisaje de postal. Grandes edificios con torres mezclados con estructuras más modernas. Árboles por todas partes. El aire fresco y limpio, y todo lo que necesitabas se encontraba a un paseo de distancia. De hecho, en los días que hiciera buen tiempo podría llegar caminando, o por lo menos aparcar en el campus del oeste para no tener que pagar el parquímetro.
Después de apuntar mis datos personales en la lista de espera, volví caminando hasta donde estaba mi coche, disfrutando de la suave brisa. A diferencia de esa misma mañana, en la que llegaba tarde, aproveché para observar las residencias que había al lado de la estación de tren. Tres casas, una al lado de otra, con los porches llenos de chicos en edad de ir a la universidad. Parecía que esto era la versión local de las fraternidades.
Un chico con una cerveza en la mano me miró. Sonrió, pero después se dio la vuelta cuando un balón de fútbol salió volando por la puerta, golpeándole en la espalda. A eso le siguió una explosión de palabrotas.
Definitivamente era como una fraternidad.
Enderecé mi postura al tiempo que apretaba el paso, apresurándome a dejar atrás las casas. Llegué a un cruce y me disponía a atravesarlo cuando una camioneta plateada —una de esas enormes, quizá una Tundra— estuvo a punto de golpearme al acelerar por la estrecha carretera que iba a cruzar. El corazón se me detuvo cuando la camioneta frenó bruscamente, bloqueando mi camino.
Volví a la acera, confusa. ¿Acaso iba el conductor a echarme la bronca?
La ventanilla de vidrio ahumado empezó a bajar, y en ese momento estuve a punto de caerme de bruces.
Cameron Hamilton me sonrió tras el volante, con una gorra de béisbol puesta al revés. Mechones de pelo negro se le enroscaban en la cintilla. Y no llevaba camiseta —una total ausencia de camiseta—. Y por lo que podía ver de él, que era solo su pecho, era un pecho más que aceptable. Pectorales…, el tío tenía pectorales. Y un tatuaje. En la parte derecha de su torso emergía un sol, con llamas extendiéndose hacia sus hombros en vibrantes matices de rojo y naranja.
—Avery Morgansten, nos volvemos a encontrar.
Era la última persona a la que deseaba ver. No había suerte peor que la mía en toda la historia conocida.
—Cameron Hamilton…, hola.
Se inclinó hacia mí, apoyándose con una mano en el volante. Corrección. También tenía unos bíceps realmente bonitos.
—Tenemos que dejar de encontrarnos así.
Y eso era lo más cierto que se podría haber dicho. Necesitaba dejar de mirar fijamente su brazo…, su pecho… y su tatuaje. Nunca pensé que un sol pudiera ser tan… sexy. Vaya. Esto era bastante embarazoso.
—¿Tú atropellándome, yo casi atropellándote? —explicó Cameron—. Es casi como una catástrofe a punto de suceder.
No tenía ni idea de qué contestarle. La boca se me había secado, mis pensamientos iban en todas direcciones.
—¿Dónde vas?
—A mi coche —me obligué a decir—. Se me va a acabar el tiempo del parquímetro. —No era del todo cierto, porque había metido monedas de sobra para que no me pusieran una multa, pero él no tenía por qué saber eso—. Así que…
—Bueno, pues súbete, corazón. Te puedo acercar.
La cara se me vació de sangre, agolpándose en otras partes de mi cuerpo, dejándome con una sensación rara y confusa.
—No. Estoy bien. Está justo subiendo la colina. No hace ninguna falta.
Su sonrisa se ladeó, dejándome ver ese hoyuelo.
—No hay problema. Es lo menos que puedo hacer, después de que casi te atropello.
—Gracias, pero…
—¡Eh! ¡Cam! —El Chico de la Cerveza salió del porche y corrió por la acera, echándome una ojeada rápida—. ¿Qué pasa contigo, tío?
Salvada por el chico de la fraternidad.
Los ojos de Cam no se apartaron de mí, pero su sonrisa comenzó a desvanecerse.
—Nada, Kevin, solo estaba intentando tener una conversación.
Despidiéndome de Cam con un gesto, me apresuré a rodear a Kevin y la parte delantera de la camioneta. No miré atrás, pero podía sentirle observándome. A lo largo de los años, uno de los talentos que había adquirido era saber cuándo alguien se estaba fijando en mí aunque no estuviera en mi campo de visión.
Me obligué a no echarme a correr hacia la estación de tren, porque escaparme del mismo chico dos veces en un día sobrepasaba los límites de lo normal. Incluso para mí.
No me di cuenta de que había estado aguantando la respiración hasta que me situé detrás del volante y puse el motor en marcha.
Dios.
Dejé caer la cabeza y gemí. ¿Una catástrofe a punto de suceder? Sí, tenía toda la pinta.
Aguantar una clase de sociología de tres horas un martes por la noche no había sido tan malo como pensé que sería, pero para cuando salí me moría de hambre. Antes de volver a mi apartamento, me dirigí a Sheetz —una cadena de gasolineras con tienda incorporada que no teníamos en Texas— y me compré una EAG. Una ensalada al gusto para llevar, con mucho pollo braseado y mayonesa.
Mmm. Muy saludable.
El aparcamiento estaba lleno de coches, incluso habían dejado algunos en el terreno cercano al oeste del campus. No estaba tan abarrotado cuando me había ido a mis clases de por la tarde, y me pregunté qué estaba pasando. Logré encontrar un lugar casi al lado de la carretera y, mientras sacaba la llave, mi teléfono móvil, situado en el portavasos, empezó a repiquetear.
Sonreí cuando vi que se trataba de un mensaje de Jacob. Nos habíamos intercambiado los números de teléfono en una de las clases, dado que él sí vivía en una de las residencias.
«El arte apesta», era todo lo que decía el texto.
Riéndome, le contesté con otro mensaje acerca de nuestras tareas, que eran reconocer qué cuadros pertenecían a qué épocas. Gracias a Dios por Google, porque así era como pensaba hacer mis deberes.
Salí del coche, cogiendo mi bolso y la comida. El aire estaba húmedo y pegajoso, y me recogí el pelo con las manos, deseando haberme hecho una coleta. Aunque ya se podía oler el otoño, y me estaba apeteciendo que hiciera más frío. A lo mejor incluso que llegara a nevar en invierno. Crucé el aparcamiento, bien iluminado, para dirigirme a la colmena central de apartamentos. Me alojaba en el piso más alto —el quinto—, y parecía que muchos estudiantes también vivían aquí, aunque no hubieran llegado hasta hoy, pero tan pronto como llegué a la acera comprendí de dónde venían todos esos coches.
La música atronaba desde algún lugar de mi bloque. Había un montón de luces encendidas y pude oír fragmentos de conversación mientras subía las escaleras. Al llegar a la quinta planta, encontré a los culpables de todo eso. El piso del otro lado del pasillo, del que me separaban otros dos, tenía una fiesta en marcha. La puerta estaba entreabierta y las luces y la música inundaban el rellano.
Una leve envidia me revolvió el estómago mientras abría mi propio piso. Todas esas risas, el ruido y la música tenían pinta de ser divertidos. Parecía todo tan normal, como algo a lo que podría estar yendo, pero las fiestas…
Las fiestas nunca acababan bien para mí.
Cerrando la puerta tras entrar, me quité los zapatos y dejé caer el bolso en el sofá. Amueblar el apartamento había supuesto una merma en mis ahorros, pero iba a vivir aquí como mínimo cuatro años, y pensé que ya lo vendería todo cuando me fuera, o me lo podría llevar.
Y además eran mis cosas. Eso significaba mucho para mí.
La fiesta al otro lado del pasillo seguía en marcha mucho después de que me hubiera acabado la no tan saludable ensalada, me hubiese puesto unos pantalones cortos y una camiseta de manga larga para dormir, y hubiese terminado los deberes de arte. Justo después de medianoche dejé de leer lo que nos habían encargado en literatura inglesa y me dirigí al dormitorio.
Pero me detuve en el recibidor, retorciendo los dedos de los pies en la alfombra.
Escuché una explosión de risas ahogadas, y supe que tenían que haber dejado la puerta abierta, porque sonaba más alto incluso que antes. Me quedé congelada, mordiéndome el labio inferior. ¿Qué pasaría si abriera la puerta y reconociera a alguien de la facultad? Obviamente era un universitario el que estaba dando la fiesta. A lo mejor le conocía. Bueno, y si fuese cierto, ¿qué? Tampoco es que me fuera a unir yendo en pijama, sin sujetador, y con la coleta más deshecha del mundo.
Me di la vuelta y encendí la luz del baño, mirándome al espejo. Sin nada de maquillaje, las pecas de mi nariz llamaban la atención y mi cara parecía más ruborizada de lo normal. Me incliné sobre el lavabo, del que mi madre se habría burlado, y me acerqué más a mi reflejo.
Con la excepción de mi pelo castaño tirando a rojizo, herencia de mi padre, era clavada a mi madre. Nariz recta, mentón redondo y pómulos marcados; con todos los retoques cosméticos a los que se había sometido a lo largo de los años para «conservarse», parecíamos hermanas más que madre e hija.
Unos pasos resonaron en el rellano. Más risas.
Hice una mueca a mi imagen y me aparté del espejo. De vuelta en el recibidor, me dije que era hora de irme a dormir, pero de repente me encontré dirigiéndome hacia mi puerta. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo o por qué estaba siendo tan curiosa, pero todo parecía… cálido y alegre allí fuera, y todo lo de dentro era frío y aburrido.
¿Cálido y alegre?
Puse los ojos en blanco. Dios, parecía estúpida. Hacía frío dentro porque había puesto el aire acondicionado a tope.
Pero ya estaba frente a la puerta y no había nada que me detuviera. La abrí de un impulso y miré hacia las escaleras, avistando dos cabezas que desaparecían a medida que iban bajando. La puerta que daba paso a la fiesta todavía estaba abierta y me quedé allí, de pie, sin poder decidirme. Este sitio no era mi ciudad, mi casa. Nadie me iba a dirigir miradas crueles o me iba a gritar obscenidades. Si acaso, pensarían que era una chica un poco rara por quedarme ahí, medio saliendo de mi piso, con los ojos extremadamente abiertos y dejando escapar todo el aire acondicionado.
—¡Trae a Raphael de vuelta! —exclamó una voz familiar, con una risa profunda que hizo que mi estómago se tensara con incrédulo asombro—. ¡Gilipollas!
¡Reconocía esa voz! Ay, Dios mío…
No podía ser. No había visto su camioneta plateada aparcada fuera, pero claro, había muchos coches y tampoco es que la hubiera ido buscando.
La puerta se abrió del todo y me quedé congelada mientras un chico salía tambaleándose y riéndose al tiempo que dejaba una tortuga —pero ¿qué estaba pasando?— en el suelo. El animalito sacó la cabeza, miró a su alrededor y volvió a desaparecer dentro de su caparazón.
Un momento después, metieron a rastras al chico que había sacado la tortuga al pasillo y Cam apareció en la puerta, con todo el esplendor de su torso sin cubrir. Se agachó para recoger al bicho verde.
—Perdona, Raphael. Mis amigos son unos completos… —Alzó la vista.
Intenté meterme en casa, pero era demasiado tarde.
Cam me había visto.
—Cabrones. —Volvió a mirar—. Pero ¿qué…?
¿Quedaría muy raro si le cerraba la puerta en las narices? Sí, sí que lo parecería. Así que opté por un vago «Hey…».
Cam parpadeó varias veces, como si quisiera aclarar la visión.
—¿Avery Morgansten? Esto se está empezando a convertir en una costumbre.
—Sí. —Me recordé a mí misma que tenía que tragar—. Es verdad.
—¿Vives aquí, estás de visita…?
Me aclaré la garganta al mismo tiempo que la tortuga empezó a mover sus patas como si se quisiera escapar de allí.
—Yo… vivo aquí.
—¡No me fastidies! —Sus ojazos azules se agrandaron por la sorpresa, y empezó a pavonearse siguiendo la línea de la barandilla de las escaleras. No pude evitar fijarme en que los pantalones cortos que llevaba se le ceñían a la parte baja de sus estrechas caderas. O en sus abdominales. Estaba realmente fibroso, convirtiendo lo que se conoce como la tableta de chocolate en tableta y media—. ¿De verdad que vives aquí?
Me obligué a alzar la vista y me quedé contemplando el tatuaje del sol.
—Sí. De verdad que vivo aquí.
—Esto es…, no sé. —Se volvió a reír, y por fin le miré a los ojos—. Muy raro.
—¿Por qué? —¿Aparte de por el hecho de que se encontraba en el rellano de mi apartamento, sin camiseta y descalzo, sosteniendo una tortuga llamada Raphael?
—Yo también vivo aquí.
Me quedé boquiabierta. Todo eso de andar medio desnudo por ahí empezaba a tener sentido, y supongo que también lo de la tortuga, pero no podía ser. Demasiadas coincidencias.
—Estás de broma, ¿verdad?
—No. Llevo viviendo aquí bastante tiempo, como un par de años, con mi compañero de piso. Ya sabes, el gilipollas que ha sacado al pobre Raphael.
—¡Eh! —gritó el chico desde el apartamento—. ¡Tengo un nombre! ¡Es señor Gilipollas!
Cam se rio.
—De todos modos, ¿te has mudado este fin de semana?
Asentí sin darme cuenta.
—Claro. Yo estaba en mi casa, visitando a la familia. —Cambió a Raphael de mano, llevándose al animal al pecho, mientras el pobre trataba de liberarse—. Vaya, pues…
Yo estaba agarrando la puerta con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.
—¿Esa es…, eeeh…, tu tortuga?
—Sí. —Sonrió mientras levantaba al bicho—. Raphael, te presento a Avery.
Saludé con un pequeño gesto a la tortuga, e inmediatamente después me sentí estúpida por hacerlo. Lo único que hizo fue volver a meter la cabeza en su caparazón verde.
—Es una mascota muy interesante.
—Y esos son unos pantalones de pijama muy interesantes. —Bajó su mirada—. ¿Qué es el estampado? —Se acercó para verlos mejor, y sentí que me ponía rígida—. ¿Porciones de pizza?
El rubor me inundó la cara.
—Cucuruchos de helado.
—Vaya. Me gustan. —Se enderezó y sus ojos subieron lentamente, dejando un rastro de calor en mí al que no estaba acostumbrada—. Mucho.
Inmediatamente solté la puerta para poder cruzar los brazos y taparme el pecho. Las comisuras de sus labios se curvaron. Entrecerré los ojos.
—Gracias. Eso significa mucho para mí.
—Debería. Tienen mi aprobación. —Se mordió el labio inferior mientras levantaba la mirada. Sus ojos se clavaron en los míos—. Tengo que llevar a Raphael a su sitio antes de que se desahogue en mi mano, que es algo que suele hacer, y no es agradable.
Me salió una pequeña sonrisa.
—Ya me imagino.
—Bueno, podrías venirte. Los chicos ya se iban a ir, pero seguro que se quedan un poco más. Así les conoces. —Se acercó un poco más y bajó la voz—. No son ni la mitad de interesantes que yo, pero no están mal.
Miré hacia la puerta por encima de su hombro, parte de mí queriendo hacer una cosa y otra parte deseando no tener nada que ver con todo eso. Ganó la segunda.
—Gracias, pero me estaba yendo a la cama.
—¿Tan pronto?
—Ya ha pasado la medianoche.
Su sonrisa se hacía cada vez más amplia.
—Eso todavía es pronto.
—A lo mejor para ti.
—¿Estás segura? —preguntó—. Tengo galletas.
—¿Galletas? —Arqueé las cejas.
—Sí, y las he hecho yo. Se me da bastante bien.
Por alguna extraña razón, no me lo podía ni imaginar.
—¿Tú has hecho las galletas?
—Cocino un montón de cosas, y seguro que quieres que te cuente todas y cada una. Pero hoy, en concreto, han sido galletas de chocolate y nueces. Y son la leche, si se me permite decirlo.
—Por muy bien que suene, voy a tener que rechazar la invitación.
—¿A lo mejor en otro momento?
—Quizá. —No era probable. Retrocedí un paso, agarrando la puerta otra vez—. Bueno, pues un placer verte de nuevo, Cameron.
—Cam —me corrigió—. Y oye, esta vez no nos hemos atropellado el uno al otro. Míranos, aprendiendo de nuestros errores.
—Eso está bien. —Ya estaba dentro de mi piso y él todavía estaba frente a mi puerta—. Deberías volver, antes de que Raphael se alivie en tu mano.
—Valdría la pena —me contestó.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
No me contestó, pero empezó a alejarse.
—Si cambias de idea, estaré despierto un rato más.
—No voy a cambiar de idea. Buenas noches, Cam.
Abrió ligeramente los ojos al escuchar esto, pero su sonrisa se hizo más amplia, y mi estómago dio un vuelco, porque era asombrosa.
—Te veo mañana.
—¿Mañana?
—La clase de astronomía. ¿O te la vas a saltar otra vez?
Volví a sonrojarme. Dios, casi me había llegado a olvidar de que me había escapado delante de él como una estúpida.
—No —contesté con un suspiro—. Allí estaré.
—Genial. —Continuó yéndose—. Buenas noches, Avery.
Refugiándome tras la puerta, me aseguré de cerrarla bien. Juraría que oí que se le escapaba una risita, pero eso sería un poco locura.
Me quedé allí un momento y después me di la vuelta para dirigirme rápidamente a mi cama. Me refugié bajo las colchas y, tumbada boca abajo, me tapé la cabeza con la almohada.
Duérmete. Solo necesitas dormirte.
¿Cam vivía al otro lado del rellano?
Te tienes que levantar pronto. Duérmete.
¿Cómo era posible? Estaba en todas partes.
Duérmete.
¿Y por qué tenía una tortuga de mascota? ¿Y de verdad le había puesto ese nombre por las Tortugas Ninja? La verdad es que tenía gracia.
Va a amanecer en breve.
¿Solo se pone camisetas para ir a clase o qué? Ay, Dios mío, era verdad que vivía en la misma planta que yo. Jacob iba a alucinar…, y probablemente se mudara conmigo. Eso sería divertido. Jacob me caía muy bien, pero tenía la pinta de irme a coger prestada la ropa.
Que te duermas, joder.
No me podía creer que el tío bueno contra el que me había chocado y del que después había huido viviera dos puertas más allá. Ni siquiera sabía en qué podía afectarme. No es que me importara. No estaba interesada en chicos ni en chicas, pero era sensacionalmente guapo…, y bastante divertido…, y, hasta cierto punto, encantador.
No. No. No. Deja de pensar en él, porque no tiene ningún sentido, así que duérmete ya.
¿Me había comido ya toda la ensalada? Vaya, la verdad es que en ese momento unas galletas me apetecían bastante.
—¡Uf! —gruñí a la almohada.
Este rollo siguió durante una hora, más o menos, hasta que me di por vencida y salté de la cama. Ya en el salón, no escuché nada de música ni ningún ruido que proviniera del piso de Cam. Probablemente estaba dormido como un tronco mientras yo estaba despierta y obsesionada con la idea de unas galletas, pollo rebozado y unos abdominales perfectos.
Entré en el segundo dormitorio, que había convertido más bien en una especie de despacho/biblioteca. Encendí el ordenador y abrí mi correo electrónico. En la bandeja de entrada tenía un e-mail de mi primo sin leer. Lo borré sin ni siquiera abrirlo. En el menú de la izquierda, vi que había varios en la carpeta de Correo electrónico no deseado. Estaba tan aburrida que la abrí para echarle un vistazo a las ofertas de medicamentos sin receta, los correos de estafa tipo «Mi dinero está en una cuenta corriente en el extranjero», y el aviso de que Bath and Bodyworks estaba de rebajas. Mis ojos se fijaron en el título del Asunto del que me había llegado sobre las once de la noche del día anterior.
Ponía AVERY MORGANSTEN y lo enviaban desde una dirección de mail que no me sonaba de nada.
Bueno, eso era extraño, porque mi mail no estaba puesto a mi verdadero nombre, así que no parecía que pudiera tratarse de un timo para sacarme mis datos bancarios. Tan solo mis padres y mi primo tenían mi dirección de e-mail, porque, aunque también les había dado mi número de teléfono, prefería que me contactaran por escrito en vez de llamarme, pero nadie más la tenía.
Mis dedos acariciaron la alfombrilla del ratón, dudando. Una sensación de ansiedad me recorrió todo el cuerpo mientras en el estómago se me formaba un nudo. Subí las piernas a la silla y me abracé a ellas, ordenándome a mí misma no abrir ese correo. Solo tenía que borrarlo, pero lo terminé leyendo porque necesitaba hacerlo. Era como quedarse mirando un accidente de coche mientras vas conduciendo. Sabes que no deberías, pero no lo puedes evitar.
Inmediatamente deseé no haberlo hecho. El nudo de mi estómago se hizo más fuerte y se me formó otro en la garganta. Con náuseas, me aparté de la mesa y cerré el ordenador portátil. De pie, en medio de la habitación, respiré hondo y apreté los puños.
Solo eran tres líneas.
Eso era todo.
Tres líneas que borraron miles de kilómetros.
Tres líneas que arruinaron mi noche.
Tres líneas que me habían encontrado en una pequeña universidad en Virginia Occidental.
No eres nada más que una mentirosa, Avery Morgansten.
Al final, recibirás lo que te mereces.
Y no será dinero.