Era Nochebuena.
Para ser más exactos, era la tarde previa a la Nochebuena. Pero, antes de ir al auténtico meollo de la cuestión, quiero aclarar algo. Sé por experiencia que, si aflora más adelante, ese algo os distraerá tanto que no podréis concentraros en nada de lo que os cuente.
Me llamo Jubilee Dougal. Tomaos un momento para asimilarlo.
Veréis, cuando lo digo desde el principio, no parece tan terrible. Ahora bien, imaginaos que estoy a mitad de una historia larga (como la que voy a contaros) y os suelto la bomba de cómo me llamo. «Por cierto, me llamo Jubilee.» No sabríais cómo reaccionar.
Soy consciente de que Jubilee es nombre de bailarina de striptease. Seguramente pensáis que habré sentido la llamada de la barra de baile, pero no. Si me vierais, entenderíais enseguida que no lo soy (o eso creo). Tengo el pelo negro y llevo una melena corta tipo casco. La mitad del tiempo uso gafas, y la otra mitad, lentillas. Tengo dieciséis años, canto en el coro, participo en concursos de matemáticas. Juego al hockey sobre hierba, para el que no hay que tener un cuerpo curvilíneo e insinuante, cubierto de aceite, imprescindible para ser bailarina de striptease. (No tengo manía a las stripers, por si alguna está leyendo esto, que conste. Lo único es que yo no lo soy. Mi única preocupación relacionada con el striptease es el látex. No creo que sea un material saludable para la piel, porque no la deja respirar.)
Mi problema es que Jubilee, que quiere decir «jubileo», no es un nombre de pila, es una especie de celebración. Nadie sabe de qué tipo. ¿Conocéis a alguien que haya celebrado un jubileo? Y, de haber sido invitados, ¿habríais ido? Porque yo no. Me suena a evento para el que se tenga que alquilar un enorme objeto hinchable, colgar banderines y trazar un complejo plan para reciclar la basura generada por la fiesta.
Pensándolo bien, el significado de mi nombre me hace pensar en una de esas verbenas populares estadounidenses con música country y baile en línea.
Mi nombre tiene que ver mucho con la historia que voy a contaros y que, como ya he dicho, sucedió la tarde antes de Navidad. Yo tenía uno de esos días en los que sientes que la vida te quiere de verdad. Los exámenes finales ya habían terminado y no volveríamos a clase hasta después de Año Nuevo. Estaba sola en casa y me sentía muy cómoda y a gusto. Me había vestido para salir esa noche con ropa de estreno, especialmente reservada para la ocasión: falda y medias negras, camiseta roja de lentejuelas y mis botas nuevas de color negro. Estaba tomándome un eggnog latte —café con leche, cubierto por una capa de clara de huevo batida y nata montada—, preparado por mí. Tenía los regalos envueltos y listos para entregar. Todo estaba dispuesto para el gran acontecimiento: a las seis iría a casa de Noah —Noah Price, mi novio— para la celebración anual del Smörgåsbord familiar de Nochebuena.
El Smörgåsbord de la familia Price es un momento destacado de nuestra historia personal. Gracias a él nos convertimos en pareja. Antes del Smörgåsbord, Noah Price no era más que una estrella en mi firmamento… Constante, familiar, inteligente y muy lejos de mi alcance. Nos conocimos en cuarto, a los nueve años, aunque tenía la impresión de conocerlo solo como si fuera alguien de la tele. Sabía cómo se llamaba y veía sus programas. Noah era alguien más próximo para mí, claro… Sin embargo, en cierta forma, cuando se trata de alguien real, cuando es alguien presente en tu vida, puede parecer incluso más lejano e inalcanzable que un famoso. La cercanía no es sinónimo de familiaridad.
Noah siempre me había gustado, pero no se me había pasado por la cabeza fijarme en él de esa otra forma. La verdad es que jamás creí que fuera una aspiración razonable. Era un año mayor que yo, me sacaba una cabeza, tenía las espaldas anchas, los ojos claros y un pelazo muy sedoso. A Noah no le faltaba nada —sacaba buenas notas, y era deportista y un pez gordo del consejo de estudiantes—, era de esas personas que uno solo relaciona con parejas como modelos, agentes secretos o propietarios de laboratorios que llevan su apellido por nombre.
Por eso, cuando me invitó a asistir al Smörgåsbord de su familia la Nochebuena del año anterior, estuve a punto de desgarrarme la córnea de tanto frotarme los ojos de emoción y confusión. Desde que recibí la invitación, me pasé tres días dando tumbos. El aturdimiento provocado por la noticia llegó a tal punto que me vi obligada a practicar cómo caminar sin tropezar en mi habitación antes de ir a casa de Noah. No tenía ni idea de si me lo había pedido porque le gustaba, porque su madre lo había obligado (nuestros padres son amigos) o porque había perdido una apuesta. Todas mis amigas estaban igual de emocionadas, aunque lo entendían mejor que yo. Me aseguraron que Noah no me había quitado ojo durante el concurso de mates, y que se había reído con mis intentos de chistes matemáticos sobre trigonometría, y que mencionaba en las conversaciones.
Era una verdadera locura. Me parecía tan raro como descubrir de pronto que alguien hubiera escrito un libro sobre mi vida o algo por el estilo.
Cuando llegué a casa de Noah, me pasé casi toda la noche en un rincón, apoyada contra la pared, para no meter la pata con mis andares, y hablando con su hermana, que no es especialmente profunda (y que conste que la quiero). Digamos que el tema de tus marcas de sudadera favoritas no da para mucho, y no tardas en sentirte acorralado por la falta de argumentos. Pero Elise no tenía freno. Le sobraban recursos para seguir opinando.
Me tomé un descanso cuando la madre de Noah sacó una nueva bandeja de aperitivos y pude excusarme diciendo aquello de: «Perdona, pero es que eso tiene muy buena pinta». Aunque no sabía qué estaban sirviendo y resultó ser pescado encurtido. Justo cuando empezaba a retroceder, la madre de Noah dijo: «Tienes que probarlo».
Como soy un poco suicida, lo hice. Sin embargo, esa vez me salió bien la jugada, porque fue el instante en que me di cuenta de que Noah estaba mirándome. Me dijo: «Me alegro mucho de que lo hayas probado». Le pregunté el porqué, ya que empezaba a sospechar que realmente se trataba de una apuesta. («Vale, le pediré que venga, pero tenéis que pagarme veinte pavos si consigo que coma pescado encurtido.»)
Su respuesta fue: «Porque yo también lo he comido». Todavía estaba ahí plantada con cara de pasmo —aunque yo creía que resultaba encantadora—, cuando él añadió: «Y no podría besarte si tú no lo hubieras comido».
Fue un comentario asqueroso y superromántico al mismo tiempo. Podría haber subido al baño a cepillarse los dientes, pero se había quedado en el comedor y había esperado junto al pescado hasta que yo lo probara. Nos escapamos al garaje, donde nos enrollamos bajo la estantería de las herramientas eléctricas. Así empezó todo.
Pues bien, la Nochebuena de la que estoy a punto de hablaros no era una celebración cualquiera, era nuestro primer aniversario como pareja. Me parecía increíble que ya hubiera pasado un año. Había ido todo tan deprisa…
Veréis, Noah siempre está muy ocupado. Cuando asomó la cabeza al mundo, pequeñín, arrugadito y rosado, seguramente le tomaron las huellas de los pies y lo sacaron del hospital a todo correr para que pudiera asistir a alguna reunión. Como alumno de los cursos superiores del instituto, miembro del equipo de fútbol y presidente del consejo de estudiantes, su tiempo libre había quedado reducido a prácticamente cero. Durante el año que llevábamos saliendo juntos habíamos tenido unas doce citas de verdad, solos Noah y yo. Ocurría, más o menos, una vez al mes. Habíamos hecho varias apariciones en pareja. ¡Noah y Jubilee en la venta de pasteles del consejo de estudiantes! ¡Noah y Jubilee en la mesa del bingo del instituto! ¡Noah y Jubilee en la colecta para el banco de alimentos; en la sala para clases de recuperación; en la reunión para organizar la visita de los ex alumnos…!
Noah lo tenía en cuenta. Y aunque el Smörgåsbord era un acontecimiento familiar con muchos invitados, me prometió que tendríamos tiempo para quedarnos a solas. Para conseguirlo, había estado colaborando en la organización del evento. Si aguantábamos dos horas en la fiesta, podríamos escaparnos al trastero, darnos los regalos y ver El Grinch que robó la Navidad juntos. Él me llevaría a casa en coche y pararíamos un rato por el camino para…
Pero entonces detuvieron a mis padres, y todo el plan se fue al garete.
¿Conocéis ese pueblo navideño en miniatura de la marca Flobie? El pueblo de Flobie es una pieza tan fundamental en mi vida que suelo suponer que todo el mundo sabe lo que es, aunque últimamente me han dicho que hago demasiadas suposiciones, así que os lo explicaré.
El pueblo navideño en miniatura de Flobie está compuesto por una serie de piezas de cerámica con las que va construyéndose una población. Mis padres las coleccionan desde que nací. He visto esas calles con adoquinado de piedras de plástico desde que tengo edad para aguantarme de pie. Lo tenemos todo: el puente de bastones de caramelo, el lago nevado, la tienda de gominolas, la panadería con galletas de jengibre, el callejón Caramelo. Y os advierto que no es un pueblo precisamente pequeño. Mis padres compraron una mesa solo para colocarlo encima, y ocupa la parte central del comedor desde Acción de Gracias hasta Año Nuevo. Se necesitan siete ladrones de luz para enchufarlo todo. Con tal de reducir el impacto medioambiental, lo desconecto por la noche, aunque me costó lo mío conseguir que me dejaran hacerlo.
A mí me pusieron el nombre por el edificio número cuatro del pueblo en miniatura de Flobie: Jubilee Hall. Jubilee Hall es la pieza más grande de la colección. Es el lugar donde se fabrican y se envuelven todos los regalos. Tiene luces de colores, una auténtica cinta transportadora para los paquetes alrededor de la estructura, y pequeños elfos que giran sobre sí mismos al cargar y descargar los regalos de la cinta.
Los elfos de Jubilee Hall llevan un regalo pegado a las manos, y parecen un grupo de seres torturados y condenados a colocar el mismo paquete en la cinta, una y otra vez, hasta el fin de los tiempos o hasta que el mecanismo se rompa. Recuerdo habérselo comentado a mi madre cuando era pequeña; ella me dijo que yo no entendía el verdadero sentido de la figura. Bueno, puede que sí. Estaba claro que lo enfocábamos desde distintos puntos de vista, más si tenemos en cuenta que mi madre consideraba esos edificios tan importantes que había puesto a su primogénita el nombre de uno.
Las personas que coleccionan piezas del pueblo en miniatura de Flobie llegan a obsesionarse con el tema. Se celebran convenciones, existen una docena de páginas web muy especializadas sobre la colección y hasta cuatro revistas. Algunas intentan atraer a nuevos adeptos asegurando que las piezas de Flobie son una inversión a largo plazo. Afirman que realmente valen lo que cuestan, y es cierto. Sobre todo, las piezas numeradas. Solo se pueden adquirir en la feria de piezas de Flobie, que se celebra el día de Nochebuena. Nosotros vivimos en Richmond, Virginia, que está solo a ochenta kilómetros de donde se organiza ese evento. Así que todos los años, la noche del veintitrés, mis padres se van con el coche cargado de mantas, sillas plegables y provisiones, y se sientan a hacer cola toda la noche.
Flobie fabricaba cien piezas numeradas, pero el año anterior redujeron esa cantidad a diez. Entonces empezó a torcerse todo. Un centenar de piezas no era suficiente, ni de lejos, y cuando el número se redujo a solo una decena, los forofos sacaron las uñas y empezaron a tirarse de los pelos. El año anterior había habido problemas cuando la gente intentó reservar sitio en la cola. No tardaron en producirse escenas de personas que se zurraban con los catálogos de Flobie enrollados, se tiraban cajas metálicas de galletas a la cabeza, tropezaban con las sillas plegables y acababan derramándose el chocolate ardiendo sobre las cabezas, tocadas con gorros de Papá Noel. El enfrentamiento fue tan grave y ridículo que salió en las noticias locales. Los responsables de Flobie dijeron que estaban «tomando medidas» para garantizar que no volviera a ocurrir, pero yo jamás me lo creí. Era la típica publicidad engañosa.
Sin embargo, no estaba pensando en eso cuando mis padres llegaron en coche a la feria para hacer cola y comprar la pieza número sesenta y ocho, el Hotel de los Elfos. Y seguía sin pensar en ello mientras disfrutaba de mi eggnog latte y mataba el tiempo a la espera de ir a casa de Noah. Aunque sí me percaté de que mis padres estaban tardando más de lo normal en volver. Por lo general, regresaban de Flobie para la comida del día de Nochebuena y, mira tú por donde, ya eran casi las cuatro de la tarde. Me ocupé en tareas típicas navideñas para mantenerme distraída. No podía llamar a Noah… Sabía que estaba ocupado ayudando con el Smörgåsbord. Así que añadí más lazos y acebo a sus regalos. Activé todos los ladrones que encendían el pueblo en miniatura de Flobie y así obligué a trabajar a los elfos esclavizados. Puse unos villancicos. Justo iba a salir para encender las luces de la entrada cuando vi a Sam acercándose con sus andares de soldado imperial.
Sam es nuestro abogado, y cuando digo «nuestro abogado» quiero decir: «Nuestro vecino que, casualmente, es un letrado con mucho poder en Washington». Sam es el tipo de persona a la que contratarías para demandar a una gran empresa o que querrías como abogado defensor si te demandaran por miles de millones de dólares. Sin embargo, no es precisamente la persona con más tacto del mundo. Estaba a punto de invitarlo a probar uno de mis deliciosos eggnog lattes, cuando me dejó cortada.
—Tengo malas noticias —dijo, y me apremió para obligarme a entrar en mi propia casa—. Se ha producido un nuevo incidente en la feria de miniaturas de Flobie. Entra. Vamos.
Creía que iba a contarme que mis padres se habían matado. Así de trágico era el tono de Sam. Imaginé enormes montañas de piezas del Hotel de los Elfos desplomándose y aplastando a todos los que estaban cerca. Había visto fotos del hotel en cuestión: tenía afiladas agujas de bastón de caramelo con las que se podía empalar a alguien perfectamente. Si existían candidatos posibles para morir por el Hotel de los Elfos, esos eran mis padres.
—Los han detenido —dijo Sam—. Están en la cárcel.
—¿Quién está en la cárcel? —pregunté, porque no soy muy rápida asimilando cosas y porque me resultaba mucho más fácil imaginar a mis padres aplastados por el Hotel de los Elfos que esposados y de camino a la cárcel.
Sam se quedó mirándome a la espera de que lo asimilara y reaccionara.
—Se ha producido un nuevo altercado cuando han sacado las piezas de colección esta mañana —me explicó tras un silencio—. Ha sido por una discusión sobre quién estaba reservando sitio en la cola. Tus padres no estaban implicados, pero no se han dispersado cuando lo ha ordenado la policía. Los han detenido con otras personas. Han arrestado a cinco de los presentes. Sale en todos los informativos.
Sentí que empezaban a fallarme las piernas y me dejé caer en el sofá.
—¿Por qué no han llamado? —pregunté.
—Solo tenían derecho a una llamada —dijo—. Me han llamado a mí porque creían que podría sacarlos. Pero no puedo.
—¿Cómo que no puedes?
La idea de que Sam no pudiera sacar a mis padres del trullo local resultaba ridícula. Era como escuchar a un piloto de avión diciendo por el altavoz: «Hola a todos. Acabo de recordar que no se me da bien aterrizar. Así que voy a seguir volando hasta que a alguien se le ocurra algo mejor».
—He hecho todo lo posible —prosiguió Sam—, pero el juez sigue en sus trece. Está harto de los problemas que genera Flobie y ha decidido imponer un castigo ejemplar. Tus padres me han pedido que te lleve a la estación. Solo tengo una hora, debo estar de regreso a las cinco para una merienda de galletas recién horneadas con cántico de villancicos. ¿Puedes hacer la maleta muy rápido?
Me lo soltó con el mismo tono dramático que seguramente usaba para acosar a los testigos del estrado al preguntarles por qué habían sido vistos escapando a todo correr, y cubiertos de sangre, de la escena del crimen. No parecía muy contento de que le hubieran endilgado aquella misión justo la tarde previa a la Nochebuena. No me habría importado que lo dijera con un tono más de madre comprensiva, algo más rollo Oprah.
—¿La maleta? ¿A la estación? ¿Qué…?
—Te vas a Florida, a casa de tus abuelos —dijo—. No he podido conseguirte un billete de avión, han cancelado todos los vuelos por la ventisca.
—¿Qué ventisca?
—Jubilee —dijo Sam con gran parsimonia tras llegar a la conclusión de que yo era la persona más pasmada del planeta—, ¡está a punto de estallar la tormenta más importante de los últimos cincuenta años!
El cerebro no me funcionaba bien, no estaba asimilando nada de lo que escuchaba.
—No puedo ir —dije—. Se supone que esta noche tengo que ver a Noah. Y es Navidad. ¿Qué pasa con la Navidad?
Sam se encogió de hombros, como diciendo que la Navidad no era responsabilidad suya y que no había nada que el sistema legal pudiera hacer al respecto.
—Pero… ¿por qué no puedo quedarme aquí y ya está? ¡Esto es de locos!
—Tus padres no quieren que estés dos días sola durante las vacaciones.
—¡Puedo ir a casa de Noah! ¡Tengo que ir a casa de Noah!
—Verás —dijo—, ya está todo arreglado. Ahora no podemos contactar con tus padres. Los han procesado. Te he comprado el billete, y no tengo mucho tiempo. Ahora debes hacer la maleta, Jubilee.
Me volví y miré el parpadeante paisaje en miniatura que tenía junto a mí. Contemplé las sombras de los elfos condenados mientras trabajaban en Jubilee Hall; el tenue fulgor de la pastelería de la señora Muggin; el lento pero alegre avance del Elfo Express por el breve tramo de vía…
—Pero… ¿y qué pasa con el pueblo? —Fue lo único que se me ocurrió preguntar.
En realidad jamás había viajado en tren. Era más alto de lo que había imaginado, con ventanas en el segundo «piso», donde supuse que estaba el coche cama. El interior tenía una iluminación tenue, y la mayoría de los viajeros apiñados allí parecían catatónicos. Yo creía que el tren echaría vapor por la chimenea, haría «chuuu-chuuu» y saldría disparado como un cohete, porque había visto muchos dibujos en mi desperdiciada infancia y así funcionaban los trenes en las series de animación. Aquel tren avanzaba con indiferencia, como si se hubiera aburrido de estar dando vueltas y más vueltas.
Lógicamente llamé a Noah en cuanto nos pusimos en marcha. Hacerlo suponía incumplir la norma de no llamarlo hasta las seis porque iba a estar ocupadísimo y porque ya lo vería en la fiesta, pero no existían unas circunstancias más atenuantes en el mundo que lo justificaran. Cuando respondió, oí el rumor festivo de fondo. Se oían villancicos y el traqueteo de los platos, un contraste deprimente con el claustrofóbico rumor sordo del tren.
—¡Lee! —exclamó Noah—. Me pillas en mal momento. ¿Nos vemos dentro de una hora?
Soltó una especie de bufido. Sonó como si estuviera levantando algo pesado, quizá fuera una de esas patas de jamón asado tan tremendas que su madre siempre conseguía para la celebración del Smörgåsbord. Supongo que las consigue en alguna de esas granjas experimentales donde tratan a los cerdos con láseres y supermedicamentos para que crezcan nueve metros.
—Hummm… Ese es el problema —dije—. No voy a ir.
—¿Cómo que no vas a venir? ¿Qué ocurre?
Le expliqué la situación lo mejor que pude: mis padres estaban en la cárcel, yo, en el tren y, en resumen, mi vida no estaba yendo como había planeado. Intenté quitar hierro al asunto, como si me pareciera algo divertido, sobre todo para no acabar llorando en un tren oscuro, rodeada de desconocidos estupefactos.
Oí un nuevo resoplido. Parecía que estuviera arrastrando algo.
—Todo saldrá bien —dijo al cabo de un rato—. Sam se encarga del asunto, ¿verdad?
—Bueno, si te refieres a que no puede sacarlos de la cárcel, sí.
Ni siquiera se mostró preocupado.
—Estarán en la celda de alguna comisaría local, nada más —respondió—. No será nada grave. Y si Sam no está preocupado, todo irá bien. Siento que haya ocurrido, pero nos veremos dentro de uno o dos días.
—Sí, pero la Navidad… —protesté. Me salió una voz como gangosa y contuve una lágrima.
Él me dio un momento.
—Ya sé que es duro, Lee —dijo tras la pausa—, pero todo saldrá bien. Ya lo verás. Son cosas que pasan.
Sabía que intentaba tranquilizarme y consolarme, pero aun así… ¿«Cosas que pasan»? Lo ocurrido no era una de esas «cosas que pasan». Una de esas «cosas que pasan» es que se te averíe el coche o que te dé una gastroenteritis o que las luces viejas de Navidad provoquen un chispazo y acabe incendiándose el seto del jardín. Se lo solté todo, mientras él suspiraba, y entendió que yo tenía razón. Y entonces volvió a resoplar.
—¿Qué ocurre? —le pregunté y me sorbí los mocos.
—Estoy sujetando un jamón enorme —me dijo—. Voy a tener que colgar. Mira, celebraremos una segunda Navidad cuando vuelvas. Te lo prometo. Ya encontraremos tiempo. No te preocupes. Llámame cuando llegues, ¿vale?
Se lo prometí, colgó y se marchó con su jamón. Me quedé mirando el teléfono, ya silencioso.
Por el hecho de salir con Noah, algunas veces me identificaba con los consortes de los políticos. Podría decirse que tienen vida propia, pero, como aman a la persona con la que están, acaban viéndose arrastrados por la fuerza de la naturaleza y, bastante al principio de la relación, se encuentran saludando a cámara y sonriendo con la mirada perdida bajo una lluvia de globos y entre miembros del equipo de campaña de su pareja, que los apartan a empujones del camino del Importante y Famoso Otro, que es perfecto.
Ya sé que nadie es perfecto, que detrás de toda fachada de perfección hay una maraña intrincada de subterfugio y penas ocultas… Pero, aun teniendo eso en cuenta, Noah era casi perfecto. Jamás he oído a nadie decir ni una sola cosa mala sobre él. Su posición social era tan incuestionable como la ley de la gravedad. Al convertirme en su novia, él demostraba que creía en mí y yo me unía a su fe. Empecé a caminar más erguida. Tenía más confianza en mí misma, me sentía más optimista, más importante. A Noah le gustaba que lo vieran en mi compañía, por tanto, a mí me gustaba ser vista conmigo misma, si es que eso tiene algún sentido.
Sí, su excesivo número de compromisos a veces resultaba incómodo. Pero yo lo entendía. Eran situaciones como tener que arrastrar un jamón enorme para tu madre porque están a punto de presentarse sesenta personas en tu casa para celebrar el Smörgåsbord. Son obligaciones ineludibles. Y hay que estar a las duras y a las maduras. Saqué el iPod y usé la batería que me quedaba para echar un vistazo a sus fotos. Hasta que me quedé sin carga.
Me sentía tan sola en aquel tren… Era una soledad extraña, poco habitual, que me había calado hasta el fondo. Se trataba de una sensación un tanto más intensa que el miedo y algo similar a la tristeza. Me sentía cansada, pero no era un cansancio que se pasara durmiendo. El ambiente era oscuro y lúgubre, y me daba la impresión de que las cosas no mejorarían aunque encendieran las luces. En todo caso, vería con mucha más claridad la penosa situación en la que me encontraba.
Pensé en llamar a mis abuelos. Ellos ya sabían que iba hacia su casa. Sam me dijo que los había llamado. Les gustaría hablar conmigo, aunque no me apetecía mucho. Mis abuelos son geniales, pero se complican mucho la vida. Por ejemplo, si en el folleto del súper anuncian una oferta de pizza congelada o de sopa en lata, y ellos van solo para comprar eso, se quedan plantados discutiendo durante media hora qué hacer a continuación. Si los llamaba, me bombardearían a preguntas detalladas sobre todo lo relativo a mi visita. ¿Qué manta necesitaría? ¿Todavía comía galletas saladas? ¿El abuelo tenía que comprar más champú? Era muy tierno, pero demasiado abrumador para soportarlo justo en ese momento.
Me considero una persona resolutiva. Con esa actitud dejaría de pensar en todo aquel follón. Rebusqué en mi bolso para ver qué había logrado recoger antes de salir pitando de casa. Descubrí con pesar que estaba muy mal preparada para el viaje que me esperaba. Apenas había cogido lo básico: un par de mudas de ropa interior, unos vaqueros, dos jerséis, un par de camisas y las gafas. El iPod no tenía batería. Y solo llevaba un libro. Era La abadía de Northanger, de la lista de lecturas de la clase de inglés para las vacaciones del instituto. Estaba bien, aunque no era exactamente la lectura ideal para un momento en que uno siente que se aproxima la mano acechante del destino.
Por eso, durante dos horas, me limité a mirar por la ventana la puesta de sol, el cielo rosa chicle tornándose plateado, y los primeros copos de nieve que empezaban a caer. Sabía que era bonito, pero saber que algo es bonito y que te importe son dos cosas muy distintas, y a mí me daba igual. Los copos de nieve eran cada vez más gruesos y numerosos, hasta que formaron una cortina blanca que lo tapaba todo. Nevaba en todas direcciones a la vez, incluso de abajo arriba. Mirar tan fijamente como nevaba me mareó y me hizo sentir náuseas.
La gente empezaba a recorrer el pasillo con recipientes de comida… Patatas fritas, refrescos y bocadillos envasados. Estaba claro que, en algún punto del tren, había una fuente de víveres. Sam me había puesto un billete de cincuenta dólares en la mano al dejarme en la estación, que mis padres devolverían ipso facto en cuanto volvieran a respirar aires de libertad. No tenía otra cosa que hacer, así que me levanté y fui hacia el vagón restaurante, donde me informaron amablemente de que se les había acabado todo salvo unos redondeles de pizza, de masa blanda y elástica, calentados en el microondas, dos muffins, unas cuantas barritas de chocolate, una bolsa de frutos secos y unas piezas de fruta mustia. Me entraron ganas de felicitarlos por estar tan bien preparados para las fiestas, pero el chico que trabajaba en el mostrador parecía muy afectado. No necesitaba que yo me pusiera en plan sarcástico. Compré un redondel de pizza, dos barritas de chocolate, los muffins, la bolsa de frutos secos y un vaso de chocolate caliente. Me pareció una buena idea hacer acopio de alimentos para el resto del viaje, ya que las provisiones estaban agotándose a toda velocidad. Metí un billete de cinco dólares en el bote de las propinas, y el chico me lo agradeció asintiendo con la cabeza.
Ocupé uno de los asientos libres en las mesas atornilladas a la pared. En ese momento, el tren daba fuertes traqueteos, incluso cuando redujo la marcha. El viento lo zarandeaba de un lado para el otro. Dejé la pizza sin tocar y me quemé los labios con el chocolate. Pobres labios: eso era lo más caliente que iban a probar.
—¿Te importa si me siento? —me preguntó alguien.
Levanté la vista y me topé con un chico guapísimo de pie delante de mí. Aprecié su atractivo, pero me dio igual. Aunque me impresionó más que la ventisca, para ser sincera. Era tan moreno como yo, es decir, tenía el pelo negro. Sin embargo, él lo llevaba más largo. A mí solo me llega por debajo de la barbilla. Él iba peinado con una coleta. Parecía un indio norteamericano, con los pómulos muy marcados.
La fina chaqueta vaquera que llevaba no podía abrigarle mucho con el frío que hacía. Pero percibí algo en su mirada que me tocó la fibra: parecía preocupado, como si estuviera costándole mucho mantener los ojos abiertos. Acababa de pedir un café y sujetaba el vaso con fuerza.
—Claro —dije.
Mantuvo la cabeza gacha al sentarse, pero me fijé en que miraba la comida de mi bandeja. Tuve la impresión de que estaba mucho más hambriento que yo.
—Puedes servirte —dije—. Lo he comprado todo antes de que se quedaran sin nada. No tengo tanta hambre. Ni siquiera he probado la pizza.
Se mostró reticente, pero insistí empujando la bandeja hacia él.
—Ya sé que parece la peor pizza del mundo —añadí—. Era lo único que tenían. En serio. Cómetela.
Sonrió con timidez.
—Me llamo Jeb —dijo.
—Yo me llamo Julie —respondí. No estaba de humor para soportar el royo de: «¿Jubilee? ¿Te llamas Jubilee? Cuéntame, ¿qué te pones para menear el esqueleto, aceite de masaje para bebés o algún aceite de frutos secos? ¿Limpia alguien la barra de baile después de tu actuación?». Y todo lo que os he explicado al principio. La mayoría de la gente me llama Julie. Noah me llamaba Lee.
—¿Adónde vas? —me preguntó.
No tenía ninguna historia alternativa a las de mis padres ni una explicación que justificara mi presencia allí. Además, la verdad era demasiado extraña para soltársela a un desconocido.
—Voy a ver a mis abuelos —dije—. Ha sido por un cambio de planes de última hora.
—¿Dónde viven? —me preguntó mientras miraba cómo caían los copos de nieve formando remolinos que impactaban contra la ventana del tren.
Era imposible saber dónde acababa el cielo y dónde empezaba el suelo. Una nube tormentosa estaba descargando la nevada justo encima de nosotros.
—En Florida —contesté.
—Qué lejos. Yo voy solo hasta Gracetown, es la parada siguiente.
Asentí en silencio. Había oído hablar de Gracetown, pero no tenía ni idea de dónde estaba. Se encontraría en algún punto de aquel largo y nevado recorrido, entre donde me encontraba y ninguna parte. Volví a ofrecerle la bandeja de comida, pero él negó con la cabeza.
—Estoy bien así —dijo—. Pero gracias por la pizza. Me moría de hambre. Hemos escogido un mal día para viajar. Supongo que no quedaban muchas alternativas. A veces tienes que hacer cosas de las que no estás muy seguro…
—¿A quién vas a visitar? —le pregunté.
Se quedó cabizbajo y dobló el cartón sobre el que iba el redondel de pizza.
—Voy a ver a mi novia. Bueno, es más o menos mi novia. He intentado llamarla, pero no tengo cobertura.
—Yo sí tengo. —Saqué el móvil—. Usa mi teléfono. Me sobran muchos minutos de llamadas este mes.
Jeb aceptó mi teléfono con una amplia sonrisa. Cuando se levantó, me di cuenta de lo ancho de espaldas que era. De no haber querido tan ciegamente a Noah, me habría quedado pilladísima. Se alejó solo unos metros, en dirección al otro extremo del vagón. Vi como marcaba el número, pero cerró el teléfono sin haber llegado a hablar siquiera.
—No la he localizado —dijo, volvió a sentarse y me devolvió el móvil.
—Bueno —dije sonriendo—, ¿qué es eso de que es más o menos tu novia? ¿Todavía no sabes si estáis saliendo?
Recuerdo muy bien ese momento, cuando Noah y yo empezamos a salir, y yo no estaba segura de ser su novia. Sentía un delicioso nerviosismo.
—Me engañó —se limitó a decir Jeb.
Vaya, lo había malinterpretado. Acababa de meter la pata. Sentí pena por él, fue como una punzada en el pecho. Lo sentía de corazón.
—No es culpa suya —añadió, pasado un rato—. No del todo. Yo…
No llegué a escuchar lo que había ocurrido, porque la puerta del vagón se abrió de golpe, y se oyó un chillido, algo parecido al graznido de Beaker, aquella cacatúa horrible y empalagosa que habíamos tenido como mascota en cuarto curso. Jeremy Rich había enseñado al pájaro a chillar la palabra «culo». A Beaker le encantaba gritar «culo», y lo hacía realmente bien. Se le oía desde el final del pasillo, desde el baño de las chicas. Acabaron trasladando a Beaker a la sala de profesores, donde supongo que está permitido aletear con tus asquerosas alas y gritar «culo» cuanto quieras.
Pero lo que oí no fue un grito al estilo «culo» de Beaker. Eran catorce chicas, todas con el mismo chándal ceñido, en cuyo trasero se leía: ANIMADORAS DE RIDGE. (Lo cual era, por otra parte, su particular forma de gritar «culo».) Cada una llevaba su nombre escrito en la espalda de su elegante sudadera de forro polar. Se apiñaron junto a la barra y siguieron hablando a gritos. Deseé con toda mi alma que no gritaran todas a la vez. «¡Por favor, Dios mío!» Pero mis oraciones no fueron escuchadas, tal vez porque Dios estaba ocupado escuchándolas a todas ellas.
—No tienen nada con proteína light —oí decir a una de las chicas.
—Te lo dije, Madison. Deberías haberte comido un rollito de lechuga cuando has tenido oportunidad.
—¡Creí que al menos tendrían pechuga de pollo!
Para mi desesperación, me di cuenta de que las dos chicas que mantenían esa conversación se llamaban Madison. Peor aún: tres de las demás componentes del grupito se llamaban Amber. Me sentí atrapada en un experimento social de resultados nefastos. Tal vez fuera un experimento relacionado con replicantes.
Unas cuantas fueron a por nosotros. Quiero decir, se fijaron en nosotros. Se fijaron en Jeb y en mí. En realidad solo se fijaron en Jeb.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó una de las Amber—. ¿Verdad que este es el peor viaje de tu vida? ¿Has visto cómo nieva?
Qué tía tan lista la tal Amber. ¿De qué se percataría a continuación? ¿Del tren? ¿De la luna? ¿De las caprichosas vicisitudes de la existencia humana? ¿De que tenía la cabeza sobre los hombros?
No dije nada de eso, porque no quería dejar este mundo asesinada por unas animadoras. De todas formas, Amber no estaba diciéndomelo a mí. Amber no tenía ni idea de que yo estaba allí. Le había echado el ojo a Jeb. Casi se le veía el núcleo robótico de las córneas desplazándose para enfocar su imagen a la perfección y ponerlo en su punto de mira.
—Es bastante horrible —respondió él educadamente.
—Vamos a Florida, ¿sabes? —La chica lo soltó así, en plan pregunta.
—Allí se estará mejor —contestó él.
—Sí. Si es que llegamos… Vamos todas a la convocatoria regional de animadoras, ¿sabes? Y es un palo, porque estamos de vacaciones, ¿sabes? Pero ya hemos celebrado la Navidad antes de viajar, ¿sabes? Porque la celebramos ayer, ¿sabes?
Entonces me di cuenta de que todas llevaban objetos y dispositivos realmente nuevos. Móviles relucientes, llamativos collares y pulseras con los que jugueteaban, la manicura recién hecha y iPods que jamás había visto.
Amber Uno se sentó con nosotros, adoptando una postura estudiada: las rodillas juntas y los talones hacia afuera. Una pose desenfadada para una chica acostumbrada a ser la más adorable y recatada del vecindario.
—Ella es Julie —dijo Jeb, quien tuvo la amabilidad de presentarme a su nueva amiga.
Amber me dijo que se llamaba Amber, y luego empezó a parlotear sobre las demás Amber y las Madison. Había otros nombres, pero, para mí, eran todas Amber y Madison. Pensarlo así era una apuesta segura. De esa forma tenía alguna oportunidad de acertar con el nombre.
Amber no paraba de hablar y nos comentó lo de la competición. Hizo eso tan flipante de incluirme en la conversación al mismo tiempo que me obviaba. Además iba enviándome un mensaje telepático —profundamente subliminal—: quería que me levantara y cediera mi asiento a su clan.
Tal como estaban dispuestas, ya ocupaban hasta el último rincón del espacio disponible en el vagón. La mitad de ellas estaba hablando por teléfono; la otra mitad, acabando con el suministro de agua, café y Coca-Cola light.
Decidí que aquella experiencia no me ayudaría a sentirme realizada en la vida.
—Voy a volver a mi asiento —dije.
Sin embargo, en cuanto me levanté, el tren frenó en seco y nos lanzó a todos hacia delante bajo una copiosa lluvia de líquidos calientes y fríos. Las ruedas chirriaron como protestando mientras se arrastraban por la vía durante más o menos un minuto. Cuando por fin nos detuvimos fue con un frenazo brusco. Oí el ruido del equipaje al caer a lo largo de todo el tren, las maletas que salían volando desde las repisas de barrotes metálicos y los golpes de las personas que se desplomaban. Personas como yo. Aterricé sobre una Madison y me golpeé la barbilla y la mejilla contra algo. No estoy segura de qué fue, porque justo en ese instante se apagó la luz, lo que provocó un grito generalizado de consternación. Unas manos me ayudaron a levantarme, y no necesité el sentido de la vista para saber que se trataba de Jeb.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Estoy bien. Creo.
Las luces parpadearon y al final volvieron a encenderse, una a una. Varias Amber se aferraban a la barra de la cafetería como si les fuera la vida en ello. El suelo estaba alfombrado de comida. Jeb se agachó y recogió lo que había sido su teléfono hasta entonces y que en ese momento era un objeto partido limpiamente en dos. Lo acunó entre sus manos como a un polluelo herido.
Se oyó un crujido por el altavoz, y la persona que habló parecía muy afectada, no usó el tono frío e imperativo con el que nos habían comunicado las paradas a lo largo de todo el recorrido.
—Damas y caballeros, por favor, mantengan la calma. Un auxiliar del servicio de abordo pasará por todos los vagones para comprobar si hay algún herido.
Pegué la cara al frío cristal de la ventana para ver qué ocurría. Nos habíamos detenido junto a una autovía de varios carriles, una especie de carretera interestatal. Al otro lado de la vía, se veía un cartel amarillo, colgado muy por encima del asfalto.
Era difícil ver nada con la nieve que estaba cayendo, pero distinguí el color y la forma del letrero. Se trataba de un local de la cadena Waffle House, restaurantes especializados en gofres y tortitas de todas clases. En el exterior del tren, un miembro de la tripulación avanzaba a trompicones por la nieve e iba revisando los bajos de los vagones, iluminándolos con una linterna.
Una maquinista abrió la puerta de nuestro vagón de golpe y se quedó mirándonos a todos. No llevaba la gorra del uniforme.
—¿Qué está pasando? —le pregunté cuando llegó hasta nosotros—. ¿Estamos atrapados?
Se inclinó y miró con detenimiento por la ventana, a continuación emitió un silbido grave.
—No vamos a seguir avanzando, cariño —respondió con voz ronca—. Estamos en las afueras de Gracetown. La nieve ha cubierto la vía a partir de este punto, ha quedado enterrada del todo. A lo mejor, mañana por la mañana llegan los vehículos de emergencia para sacarnos de aquí. Pero no es seguro. No pondría la mano en el fuego. En cualquier caso, ¿estás herida?
—Estoy bien —le aseguré.
Amber Uno se sujetaba una muñeca.
—¡Amber! —exclamó otra Amber—. ¿Qué te ha pasado?
—Me la he torcido —gimoteó Amber Uno—. Es grave.
—¡Es la mano que usas para sujetarnos en el salto de lanzamiento de canasta!
Seis animadoras me indicaron (de forma nada sutil) que querían que me apartara para llegar hasta la componente herida de su grupo y sentarla. Jeb quedó atrapado en el tumulto. Las luces perdieron intensidad, la calefacción se apagó de forma ruidosa y volvió a oírse el altavoz.
—Damas y caballeros —dijo la voz—, vamos a cortar el suministro eléctrico para ahorrar energía. Si tienen alguna manta o jersey, les recomendamos su uso. Si alguno de ustedes necesita más abrigo, intentaremos proporcionárselo. Si les sobra alguna prenda de abrigo, les rogamos que la compartan con el resto de los pasajeros.
Volví a mirar el cartel amarillo, y otra vez al grupito de animadoras. Tenía dos opciones: quedarme allí en aquel tren frío, oscuro y atrapado en la nieve o tomar cartas en el asunto. Podía coger las riendas de ese día que se empeñaba en rebelárseme. No sería difícil cruzar la vía y llegar a la Waffle House. Seguro que allí contaban con una fuente de calor y un montón de comida. Valía la pena intentarlo, además, me parecía un plan que Noah aprobaría. Suponía tener iniciativa propia. Aparté con amabilidad a las Amber para llegar hasta Jeb.
—Hay una Waffle House del otro lado de la carretera —señalé—. Voy a ir hasta allí para ver si está abierta.
—¿Una Waffle House? —respondió Jeb—. Estamos justo a la salida de la ciudad, junto a la carretera I-40.
—No seas loca —dijo Amber Uno—. ¿Y si se va el tren?
—No se irá —respondí—. Me lo acaba de decir la maquinista. Estaremos aquí atrapados toda la noche. En ese local tendrán calor, comida y espacio para poder moverse. ¿Qué otra cosa podemos hacer?
—Podríamos practicar las piruetas para animar al equipo —sugirió una de las Madison con un hilillo de voz.
—¿Vas a ir tú sola? —preguntó Jeb. Sabía que él quería acompañarme, pero Amber estaba apoyada sobre él como si su vida dependiera de ello.
—Estaré bien —contesté—. Está justo aquí enfrente. Dame tu número de teléfono y…
Levantó su móvil roto para recordarme el penoso estado del aparato. Asentí con la cabeza y agarré mi mochila.
—No tardaré mucho —añadí—. De todas formas tengo que volver, ¿no? ¿Adónde voy a ir si no?