alter Henriksen estaba sentado en la mesa de la cocina tratando desesperadamente de desayunar parte de lo que su mujer había puesto en la mesa. Huevos con beicon. Arenque, salami y pan recién horneado. Una infusión hecha con hierbas de su huerta, la huerta que ella había deseado tener desde que habían comprado esta casa, lejos del centro de Oslo, próxima a la provincia de Østmarka. Precisamente para poder dedicarse a actividades tan sanas. Pasear por el bosque. Tener una pequeña huerta. Recoger bayas y setas, y sobre todo conseguir que la perra pudiera tener más libertad. Era una cocker spaniel y Walter Henriksen no la soportaba, pero amaba a su mujer y por esta razón había accedido a todo eso.
Tomó un bocado de pan con arenque y luchó contra el impulso de escupirlo inmediatamente. Bebió un gran trago de zumo de naranja e intentó, lo mejor que pudo, sonreír, aunque se sentía como si alguien estuviera golpeándole la cabeza con un martillo. La cena de empresa de la noche anterior no había salido como él esperaba; tampoco esta vez había conseguido evitar beber.
Se oía el susurro de las noticias de fondo, mientras Walter trataba de interpretar la cara de su esposa. Su estado de ánimo.
VIAJO SOLA
Se preguntaba si se habría quedado despierta después de que él hubiera caído redondo en la cama de madrugada. No sabía la hora exacta, pero había llegado tarde, demasiado tarde. Recordaba que se había quitado la ropa, que había tenido una vaga noción de que ella estaba dormida y que había pensado: «Menos mal», antes de caer inconsciente sobre el colchón demasiado duro que ella había insistido en comprar, ya que últimamente había tenido muchos problemas de espalda.
Walter tosió un poco, se limpió la boca con una servilleta y se pasó la mano por la barriga gruñendo, como si hubiera disfrutado del desayuno y quisiera mostrar que ya no podía más.
—Estaba pensando que podía sacar a Lady —murmuró esbozando lo que esperaba que pudiera parecerse a una sonrisa.
—¡Ah, qué bien! —exclamó su mujer, un poco sorprendida.
No hablaban de ello muy a menudo, pero sabía de sobra que a Walter en realidad no le gustaba la perra, que tenía tres años.
—Esta vez podrías llevarla un poco más lejos y no dar solo una vuelta alrededor de la casa.
Walter buscó ese tono de pasividad agresiva que ella solía emplear cuando no estaba contenta con él, esa sonrisa que en realidad no era tal, sino algo muy diferente; pero no lo encontró. Parecía contenta. No se había percatado de nada. Se había salido con la suya, afortunadamente. Se prometió a sí mismo que ahora sí que lo dejaría. A partir de ahora, una vida sana. No más cenas de empresa.
—Sí, había pensado llevarla por el valle de Maridalen, tal vez por el camino que lleva al lago.
—Genial —respondió su mujer con una sonrisa.
Pasó la mano por la cabeza de la perra, le plantó un beso en la frente y la rascó detrás de la oreja.
SAMUEL BJØRK —Papá y tú vais a dar una vuelta, ¿a que sí? Eso sí que te va a gustar, te va a encantar. Claro que le va a gustar a mi pequeña Lady, ya lo creo. ¿A que te va a gustar, pequeña?
El paseo por el valle siempre era el mismo, las pocas veces que sacaba la perra a pasear. A Walter Henriksen nunca le habían gustado los perros y no sabía nada sobre ellos. Si por él hubiera sido, el mundo podría haber estado vacío de perros. Sentía una creciente irritación hacia la estúpida perra cuando tiraba de la correa y quería que avanzara más rápido. O cuando quería que esperase. O cuando tomaba una dirección distinta de la que Walter había elegido.
Por #n llegó al sendero que llevaba hacia el lago. Allí, por lo menos, podía soltar a la perra. Se puso de rodillas y se forzó a acariciarle la cabeza y tratarla con un poco de amabilidad mientras soltaba la correa.
—Venga, ahora puedes correr un poco.
La perra, con la lengua colgando, lo miró con sus estúpidos ojos. Walter encendió un cigarrillo y por un momento sintió algo parecido a cariño hacia la pequeña perra. La culpa no era de ella. No era una mala perra. Además, el dolor de cabeza ya no era tan agudo como antes y el aire fresco le aliviaba. A partir de ahora la perra le iba a caer bien. Mira qué perra más buena. Incluso resultaba agradable eso de caminar un poco juntos por el bosque. Ya casi se habían hecho amigos. ¡Y qué bien obedecía! Sin lugar a dudas era una perra buena. Aun sin correa, caminaba tranquila a su lado por el sendero.
En ese preciso instante la cocker spaniel echó a correr. Abandonó el sendero y se internó en el bosque.
Mierda.
—¡Lady!
Durante un rato Walter Henriksen la llamó gritando desde el sendero, pero no le sirvió de nada. Tiró el cigarrillo, maldijo
JO SOLA en voz baja y se abrió paso por donde había desaparecido la perra. Unos cien metros más adelante se detuvo de repente. La perra estaba tumbada en el suelo, quieta, en medio de un pequeño claro del bosque. Fue entonces cuando descubrió a la niña que colgaba del árbol. Bamboleándose sobre el suelo. Con la mochila del cole en la espalda. Y una nota alrededor del cuello:
«Viajo sola».
Walter Henriksen cayó de rodillas e hizo lo que había deseado hacer desde que se levantara de la cama.
Vomitó sobre sí mismo y se echó a llorar.
l ruido de las gaviotas despertó a Mia Krüger. Ya debería haberse acostumbrado, después de todo habían pasado cuatro meses desde que se había comprado esta casa en medio del mar, pero parecía que la ciudad no quería soltarla. En el piso de Torshov, en la calle Vogtsgate, siempre había ruidos —autobuses, tranvías, sirenas de coches de policía, ambulancias— y nunca la habían despertado. Era casi como si la tranquilizaran. Pero no era capaz de abstraerse del ruido que hacían estas gaviotas. ¿Tal vez porque el resto estaba en silencio?
Estiró la mano en busca del reloj en la mesilla, pero no consiguió ver qué hora marcaba. Parecía que no estaban las agujas, que se encontraban escondidas tras una niebla. Podían ser las diez y cuarto, o la una y media, o cualquier hora y treinta y cinco minutos. Las pastillas que se había tomado la noche anterior todavía estaban haciendo efecto. Creaban adicción, ralentizaban el raciocinio, anestesiaban los sentidos. «No se deben tomar con alcohol». ¿A quién le importaba? En todo caso, solo faltaban doce días para morir. Las cruces del calendario en la cocina lo mostraban: quedaban doce cuadrados sin tachar.
«Doce días. El 18 de abril».
E
VIAJO SOLA
Se incorporó en la cama, se puso el jersey de punto y bajó al salón a trompicones. Un colega le había recetado las pastillas. Un amigo forzoso que la ayudaría a olvidar, a procesarlo, a seguir adelante. Era un psicólogo de la policía… ¿o era psiquiatra? Tal vez tenía que serlo para poder recetar pastillas. Fuera lo que fuese, le proporcionaba lo que ella quería. Incluso aquí, aunque le costaba un poco de trabajo ir a recoger los medicamentos. Vestirse. Arrancar el motor fueraborda de la lancha. Enfriarse durante los quince minutos de travesía hasta el muelle. Arrancar el coche. Seguir la carretera durante los cuarenta minutos que tardaba en llegar a Fillan, la principal ciudad de la zona. No era muy grande, pero, al #n y al cabo, allí estaba la farmacia, en el centro comercial de Hjorten. Luego una vuelta por el monopolio estatal de licores, en el mismo lugar. Las recetas ya estaban preparadas, habían enviado las medicinas desde Oslo. Apodorm, Vival, Citalopram. Algunas eran del psiquiatra, pero también había otras del médico. Todos eran voluntariosos, amables: «No tomes demasiadas, debes tener cuidado». Sin embargo, Mia Krüger no tenía ninguna intención de actuar con cuidado. No había venido aquí para mejorar. Había venido para desaparecer.
«Faltan doce días. El 18 de abril».
Mia Krüger sacó una botella de agua mineral de la nevera, se vistió y bajó al mar. Se sentó sobre las rocas, se abrochó la cazadora y se tomó las primeras pastillas del día. Metió la mano en el bolsillo del pantalón. Diferentes colores. No sabía qué pastillas se tomaba, todavía estaba mareada; pero daba lo mismo. Se las tragó con un poco de agua de la botella y estiró los pies hacia las olas. Se quedó contemplando las botas de goma. No tenía sentido, era como si los pies no fueran suyos, sino de otra persona, y estaban lejos. Levantó la vista y observó el mar. Tampoco tenía sentido, pero se obligó a seguir alzando los ojos hacia el horizonte y mirar el islote cuyo nombre no conocía.
SAMUEL BJØRK
Había elegido ese sitio al azar. Hitra. Una isla en Trøndelag. Podría haber sido cualquier lugar con tal de estar sola. Había dejado el asunto en manos del agente de la inmobiliaria. «Véndeme el piso y consígueme otra casa». La había mirado con ojos incrédulos, como si estuviera loca o simplemente fuera imbécil, pero como quería ganar dinero le daba igual; en realidad no era asunto suyo. La sonrisa de dientes relucientes le decía con amabilidad que él se ocuparía. ¿Quería venderlo ya? ¿Estaba buscando algo especial? Lo preguntó tratando de parecer amable, pero Mia había visto lo que se escondía detrás de su mirada. Se ponía mala solo de pensarlo. Ojos falsos y desagradables. Por alguna razón, siempre había sido capaz de ver el interior de las personas que la rodeaban. Y ahora este ser impecable con traje y corbata. No le había gustado lo que había visto.
«Debes usar el talento que te ha sido concedido. ¿No te das cuenta? Tienes que usarlo para algo, ¡tienes que usarlo para esto!».
A tomar por saco, no lo iba a usar para nada. Ya no. Nunca más. La sosegaba pensar eso. En general, había estado muy tranquila desde que llegó a este lugar. Hitra. El agente inmobiliario había realizado un buen trabajo. Casi se sentía agradecida.
Mia Krüger se levantó de las rocas y tomó el sendero que llevaba hacia la casa. Ya era hora de tomarse la primera copa del día. No sabía qué hora era, pero era el momento. Había hecho compras caras, cosas que había encargado. Podría ser una contradicción, ¿por qué algo caro para el poco tiempo que le quedaba? Por otro lado, ¿por qué no? ¿Por qué algo? ¿Por qué lo contrario? Hacía tiempo que había dejado de pensar en estos temas. Abrió una botella de armañac Domaine de Pantagnan 1965 Labeyrie y llenó tres cuartas partes de una taza de té sin fregar que estaba en la encimera. Beberse un armañac de ochocientas coronas en una taza sin fregar. «¿Te crees que me importa? Mira cómo me preocupa». Sonrió levemente para sí misma, sacó unas pastillas del bolsillo del pantalón y bajó a las rocas otra vez.
VIAJO SOLA
Estuvo a punto de dedicarle un nuevo pensamiento agradecido al agente inmobiliario con los dientes demasiado blancos. Si hubiera comprado una casa para vivir, bien habría podido ser esta. El aire, las vistas al mar, la tranquilidad bajo las nubes blancas. Antes no había oído hablar nunca de Trøndelag, pero le había gustado esta isla nada más verla. Había ciervos, enormes cantidades de ciervos; eso la fascinaba. Le parecía que el ciervo pertenecía a otros territorios, a Alaska, a las películas. Ese bello animal que la gente se empeñaba en matar. Mia Krüger había aprendido a disparar en la academia, pero nunca le habían gustado las armas. No se jugaba con ellas, solo se usaban cuando era estrictamente necesario, e incluso en esas circunstancias era mejor no utilizarlas. En Hitra, la temporada de caza del ciervo empezaba en septiembre y terminaba en noviembre. Un día, camino de la farmacia, se había encontrado con un grupo de adolescentes que estaban atando un ciervo a la baca del coche. En febrero, fuera de temporada. Lo primero que se le ocurrió fue parar, anotar sus nombres, denunciarlos y procurar que recibieran su merecido castigo; pero se contuvo y lo dejó pasar.
Una vez que eres policía, ¿lo eres para siempre?
«Ya no. De ninguna manera».
«Faltan doce días. El 18 de abril».
Se tomó el último sorbo del armañac, echó la cabeza hacia atrás, sobre la roca, y cerró los ojos.
olger Munch estaba sudando en la terminal de llegadas de Værnes mientras esperaba en la cola de la o#cina de alquiler de coches. El avión, como siempre, había aterrizado demasiado tarde por culpa de la niebla en Gardemoen. Holger se volvió a acordar del cientí#co Jan Fredrik Wiborg, que supuestamente se había suicidado en Copenhague después de criticar los planes de ampliación del aeropuerto principal por sus condiciones meteorológicas. Ni siquiera ahora, dieciocho años más tarde, podía dejar de pensar en ello. ¿Por qué su cuerpo atravesaría la ventana demasiado pequeña de un hotel sin motivos aparentes justo antes de que fueran a debatir este tema en el Parlamento? ¿Por qué ni la policía noruega ni la danesa se habían molestado en investigar el caso adecuadamente?
Holger Munch dejó de pensar en esto en el momento en que la chica rubia del mostrador de Europcar se aclaró la garganta para anunciarle que había llegado su turno.
—Munch —dijo en tono seco—. Se supone que tengo un coche reservado.
—Anda, así que es usted el que va a tener un museo nuevo en Oslo —bromeó la chica del uniforme verde.
Munch no captó la broma en un primer momento.
H
VIAJO SOLA —¿O no es usted el pintor? —preguntó la chica con una sonrisa mientras seguía tecleando en el ordenador.
—¿Cómo? No, no soy el pintor —dijo Munch secamente—. Ni siquiera somos familia.
«Si lo fuéramos, con semejante herencia yo no estaría ahora aquí», pensó Munch mientras la chica le tendía un papel para que lo #rmara.
Holger Munch odiaba volar, por eso estaba de mal humor. No porque temiera que el avión se estrellase, ya que Holger Munch era a#cionado a las matemáticas y sabía que la probabilidad de tener un accidente era menor que la de que te cayera un rayo encima dos veces el mismo día. No, Holger Munch odiaba volar porque ya casi no cabía en el asiento.
—Ya está —le dijo sonriendo amablemente la chica del uniforme verde mientras le daba las llaves—. Un Volvo V70 muy grande con todo pagado, sin límite de tiempo ni kilometraje. Puede dejarlo donde quiera y cuando quiera. Que tenga un buen viaje.
¿Grande? ¿También eso era una broma o lo había dicho para que no se preocupara? «Toma, un coche grande para que quepas, ya que estás tan gordo que casi ni puedes verte los pies».
Holger Munch se observó de reojo re%ejado en los ventanales que separaban la terminal de llegadas del aparcamiento. Tal vez ya fuera hora de empezar a hacer un poco de deporte. Comer un poco más sano. Bajar unos kilos. Últimamente había empezado a pensar en este tema, por varios motivos. Había dejado de perseguir a delincuentes por las calles, porque ya tenía a gente por debajo de él que podía encargarse de ello; así que no se trataba de eso. No, la razón era que Holger Munch había empezado a ser un poco presumido las últimas semanas.
«Vaya, Holger, ¿un jersey nuevo?». «Vaya, Holger, ¿una nueva cazadora?». «Vaya, Holger, ¿te has recortado la barba?».
SAMUEL BJØRK
Abrió el Volvo, colocó el teléfono en su soporte y lo encendió. Se abrochó el cinturón de seguridad, arrancó el coche y se dirigió al centro de Trondheim mientras los mensajes iban llegando uno tras otro. Suspiró. Una hora con el teléfono apagado y ahora volvía a empezar. Nunca te podías liberar del mundo. No era verdad que estuviera de mal humor solo por el vuelo. Habían pasado muchas cosas en los últimos tiempos. Tanto en el trabajo como en casa. Holger deslizó los dedos sobre la pantalla del teléfono inteligente que le habían obligado a comprar. Ahora todo tenía que ser de tecnología punta; la policía debía estar al día también en Hønefoss, donde había pasado los últimos dieciocho meses. En el distrito policial de Ringerike. Era allí donde había empezado su carrera y ahora estaba de vuelta. Por los sucesos de Tryvann.
Siete llamadas desde la comisaría central de Grønland. Dos de su exmujer. Una de su hija. Dos de la residencia. Además de un montón de mensajes.
Holger Munch dejó que el mundo siguiera su curso sin él por un momento y encendió la radio. Encontró el canal de música clásica de la NRK, bajó la ventanilla y encendió un cigarrillo. Fumar era su único vicio; aparte de la comida, naturalmente, pero eso era algo diferente. Holger Munch no pensaba en absoluto dejar de fumar, por muchas leyes que se inventaran los políticos y por muchos carteles de «Prohibido fumar» que pusieran por todas partes, como, por ejemplo, en el salpicadero del coche que acababa de alquilar.
Sin fumar no podía pensar y, si había algo que a Holger Munch le gustaba, era precisamente pensar. Usar el cerebro. El cuerpo le daba igual mientras el cerebro funcionase. En la radio sonaba el Mesías de Händel. No era la música preferida de Munch, pero daba igual. Era más a#cionado a Bach. Le gustaba el aspecto matemático de su música, más que todos esos compositores que apelaban a los sentimientos. La incitación a la guerra
JO SOLA aria de Wagner, el mundo emocional impresionista de Ravel. Munch escuchaba música clásica para evadirse de esos sentimientos humanos. Si el ser humano fuera una ecuación matemática, todo habría sido mucho más fácil. Rozó brevemente la alianza que llevaba en el dedo y pensó en Marianne, su exmujer. Habían pasado ya diez años y, aun así, no había podido quitarse el anillo. ¿Por qué le había telefoneado? ¿Qué querría decirle?
No, sería por la boda, naturalmente. Había llamado para hablar de la boda. Tenían una hija en común. Miriam iba a casarse. Había que resolver asuntos prácticos. No era para hablar de otras cosas. Holger Munch arrojó la colilla por la ventanilla y encendió otro cigarrillo.
«No tomo café ni toco el alcohol. Joder, al menos puedo permitirme fumar un poco».
Holger Munch solo se había emborrachado una vez, cuando tenía catorce años. Había bebido en la cabaña de Larvik un licor de cerezas que había elaborado su padre. Después de aquella vez no había vuelto a tocar el alcohol. No tenía necesidad. No le apetecía. ¿Dañar las células del cerebro? Ni se le ocurría. Fumar sí. Y tal vez comerse una hamburguesa.
Entró en la estación de servicio de Shell junto al hotel Stavy y pidió una hamburguesa con beicon, que se comió en un banco con vistas sobre el #ordo de Trondheim. Si alguien solicitara a sus compañeros de trabajo que describieran a Holger Munch con tres palabras, una de ellas sería «friqui». «Inteligente» probablemente fuera otra o tal vez «buenazo». Pero «friqui» seguro. Un friqui gordo y bueno que nunca probaba el alcohol y era un apasionado de las matemáticas, la música clásica, los crucigramas y el ajedrez. Un poco aburrido tal vez, pero un excelente investigador. Y un jefe justo. Así que daba igual que nunca fuera a tomar una cerveza con sus compañeros o que no hubiera salido con ninguna otra mujer desde que su ex lo abandonara por un profesor de Hurum, que tenía dos meses de
UEL BJØRK vacaciones al año y nunca se veía obligado a levantarse en medio de la noche sin poder contar adónde iba. Nadie tenía un porcentaje tan alto de casos resueltos como Holger Munch, eso lo sabía todo el mundo. Holger Munch les caía bien a todos. Aun así, le habían destinado de nuevo a Hønefoss.
«Esto no es un castigo, sino un traslado. Desde mi punto de vista, deberías alegrarte de seguir teniendo trabajo».
Había pensado dimitir aquel día, frente a la puerta del despacho de Mikkelson, en la comisaría de Grønland; pero se había reprimido. ¿Qué iba a hacer si no? ¿Trabajar como guardia jurado?
Holger Munch se subió al coche otra vez y siguió por la E6 hacia Trondheim. Encendió otro cigarrillo y tomó la circunvalación que bordeaba la ciudad rumbo al sur. El coche de alquiler tenía un GPS montado, pero no lo encendió. Sabía adónde iba.
«Mia Krüger».
Estaba pensando en su antigua compañera de trabajo cuando volvió a sonar el teléfono.
—Aquí Munch.
—¿Dónde narices estás?
Mikkelson estaba agobiado, al borde de un infarto, como siempre. Cómo había sobrevivido siete años de jefe en la comisaría era un misterio para muchos.
—Estoy en el coche. ¿Y tú dónde narices estás? —contestó Munch secamente.
—En el coche, ¿dónde? ¿Has llegado ya?
—No, no he llegado; acabo de aterrizar, deberías saberlo.
¿Qué es lo que quieres?
—Solo quería comprobar que estás haciendo lo que hemos acordado.
—Tengo la carpeta aquí y mi intención es entregarla, si es a lo que te re#eres —respondió Munch con un suspiro—. ¿De verdad era necesario enviarme aquí solo para esto? ¿No podías
JO SOLA haber mandado un mensaje? ¿No podíamos habérselo encargado a la policía local?
—Sabes muy bien por qué solo puedes ir tú —contestó Mikkelson—. Y esta vez quiero que cumplas lo que se te ha dicho.
—En primer lugar —dijo Munch soltando un suspiro al tiempo que tiraba la colilla por la ventanilla—, no te debo nada. En segundo lugar, no te debo nada. Y en tercer lugar, tú eres el responsable de que ya no utilice el cerebro para lo que hay que usarlo. Así que ya puedes cerrar el pico. ¿Sabes a qué me dedico ahora? ¿Quieres saberlo, Mikkelson? ¿Quieres saber a qué me dedico?
Hubo un momento de silencio al otro lado de la línea. Munch sonrió sin emitir ningún sonido. Si había algo que Mikkelson odiaba, era pedir un favor. Estaba seguro de que Mikkelson estaba irritado y disfrutaba sabiendo que su antiguo jefe tenía que contenerse, que no podía decir todo lo que quería.
—Limítate a hacerlo.
—Sí, señor —se burló Munch mientras se llevaba la mano
a la frente imitando un saludo marcial.
—No me seas irónico, Munch. Llámame cuando tengas algo.
—Lo haré. Ah, sí…, solo una cosa más.
—¿Qué? —gruñó Mikkelson.
—Si ella se apunta, yo vuelvo. Se acabó Hønefoss para mí.
Y quiero volver a la antigua o#cina. La de la calle Mariboesgate.
Quiero trabajar fuera de la comisaría. Y quiero el mismo equipo que tenía antes. ¿De acuerdo?
Hubo un momento de silencio antes de que llegara la respuesta.
—Eso queda totalmente descartado. De ninguna manera. Munch, eso es…
Munch sonrió y colgó antes de darle tiempo a Mikkelson a explicarse. Encendió un nuevo cigarrillo, volvió a subir el volumen de la radio y tomó el camino hacia Orkanger.
ia Krüger se había quedado dormida en el sofá, pegada a la chimenea con la manta echada encima. Había soñado con Sigrid y se había despertado con la sensación de que su hermana gemela seguía allí. Con ella. Viva. Que estaban juntas, como siempre. Sigrid y Mia. Mia y Sigrid. Las dos niñas inseparables de Åsgårdstrand nacidas con dos minutos de diferencia. Una rubia, la otra morena; tan diferentes, pero muy parecidas.
Mia solo quería volver al sueño, volver con Sigrid, pero se obligó a levantarse e ir a la cocina. Desayunar algo. Bajar un poco el alcohol. Si seguía así, moriría antes de tiempo, y eso no podía ser.
«El 18 de abril. Faltan diez días».
Lo conseguiría, aguantaría otros diez días. Mia se obligó a comer dos rebanadas de pan duro y sopesó la posibilidad de tomarse un vaso de leche, pero al #nal decidió beber agua. Dos vasos de agua y dos pastillas. Se las sacó del bolsillo del pantalón. Daba lo mismo cuáles. Tocó que fueran una blanca y otra de color azul claro.
Sigrid Krüger, hermana, amiga e hija.
M
VIAJO SOLA
Nacida el 11 de noviembre de 1979. Fallecida el 18 de abril de 2002.
Muy querida. No te olvidaremos nunca.
Mia Krüger volvió a sentarse en el sofá hasta que sintió los primeros efectos de las pastillas. Cómo la entumecían generando un velo entre ella y el mundo. Ahora sí que lo necesitaba. Ya hacía casi tres semanas desde la última vez que se había mirado en un espejo y ahora tenía que ir. Una ducha. El baño estaba en la primera planta. Había tratado de evitarlo todo lo posible, no quería mirarse en el gran espejo que el anterior dueño había colgado junto a la puerta. Había pensado conseguir un destornillador. Para quitar ese miserable trasto. Se sentía su#cientemente mal sin necesidad de comprobarlo, pero la prueba era que no había tenido fuerzas. No había tenido fuerzas para hacer nada. Solo para tomarse las pastillas. Y para beber. Valium líquido en las venas, pequeñas sonrisas en la sangre, una maravillosa protección contra todos los pequeños clavos que llevaban tanto tiempo circulando por su interior. Se armó de valor y subió las escaleras. Abrió la puerta del baño y se quedó horrorizada ante la sorprendente aparición en el espejo. No era ella. Era otra persona. Mia Krüger siempre había sido delgada, pero ahora parecía enferma. Siempre había sido una chica sana. Siempre había estado fuerte. Ahora ya casi no quedaba nada de ella. Se quitó el jersey y los vaqueros y se quedó en ropa interior delante del espejo. Las bragas le colgaban %ojas. Toda la grasa alrededor de la barriga y las caderas había desaparecido. Pasó una mano cautelosamente por encima de las costillas, que sobresalían. Podía sentirlas con sus dedos, podía contarlas todas, de una en una. Se obligó a acercarse al espejo y se detuvo justo enfrente. Encontró su propia mirada re%ejada en la deteriorada super#cie del viejo espejo. Antes siempre había presumido de sus ojos azules. «Mia, nadie tiene unos ojos tan noruegos como tú», le habían
UEL BJØRK dicho una vez y todavía recordaba lo orgullosa que se había sentido. «Ojos noruegos»; le había sonado muy bien en aquel entonces, cuando quería encajar y no ser diferente. Sigrid era la más guapa. ¿Sería por eso por lo que aquel comentario la había alegrado tanto? Ojos azules vivos. Ahora ya no quedaba mucho de ellos. Parecían muertos. Sin brillo ni vida, rojizos donde deberían ser blancos. Se agachó para coger el pantalón y encontró otras dos pastillas en el bolsillo. Se tragó las pastillas y acercó la boca al grifo. Después se situó frente al espejo otra vez e intentó enderezar la espalda.
«Mi pequeña india», así solía llamarla su abuela. Excepto por los ojos azules, podría haberlo sido. Una india. Kiowa, sioux o apache. De niña siempre la habían fascinado los indios. Nunca había dudado sobre sus preferencias. Los vaqueros eran los malos. Los indios eran los buenos. «¿Qué tal estás hoy, Mia, Rayo de Luna?». Mia puso la mano sobre el re%ejo de su propia cara en el espejo y pensó con cariño en su abuela. Se quedó mirando su largo pelo. El suave pelo, negro como el azabache, se derramaba sobre sus hombros #nos. Hacía tiempo que no tenía el pelo tan largo. Había empezado a llevarlo corto en la academia de policía. No iba a la peluquería, porque se lo cortaba ella misma en casa. Cogía las tijeras y simplemente se lo cortaba. Para demostrar que la belleza no le importaba. Le daba igual estar guapa o no. Tampoco usaba maquillaje. «Tienes una belleza natural, mi pequeña india», le había dicho su abuela una noche después de trenzarle el pelo junto a la chimenea, en la casa de Åsgårdstrand. «¿Ves qué párpados tan bonitos tienes?, ¿ves qué pestañas tan largas? ¿Sabes que la naturaleza ya te ha maquillado? No hace falta darle mayor importancia. No nos ponemos guapas para los chicos. Ya vendrán cuando tengan que venir». Con la abuela, los chicos eran indios. Y en la escuela, noruegos. En realidad era perfecto. De repente, Mia se sintió un poco mareada por las pastillas. Las pequeñas píldoras no solo
JO SOLA traían paz y bienestar. Eso pasaba de vez en cuando, pero nunca se preocupaba de mirar qué pastillas mezclaba. Se apoyó levemente con una mano en la pared, hasta que pasó lo peor, y luego volvió a alzar los ojos y se obligó a permanecer delante del espejo un rato más. Para mirarse. Por última vez.
«Faltan diez días. El 18 de abril».
No había pensado mucho en cómo sería ese último momento. En si le dolería. En si sería difícil dejarse llevar. No se creía todas esas historias de que la vida pasa en un minuto por delante de tus ojos cuando estás a punto de morir. ¿Sería verdad? No importaba mucho. Mia Krüger llevaba la historia de su vida inscrita en el cuerpo. Podía ver su vida en el espejo. Una india con ojos noruegos. Un pelo largo y negro que antes simplemente llevaba corto, pero que ahora caía ondulado sobre sus #nos hombros blancos. Se apartó el pelo por detrás de la oreja izquierda y contempló la cicatriz junto al ojo. Un corte de tres centímetros, una marca que no quería desaparecer. Habían arrestado a un sospechoso de homicidio. Habían encontrado en el río Akerselva a una joven letona. Mia había mostrado una debilidad, no había prestado atención. No había visto el cuchillo. Afortunadamente, había conseguido apartarse lo su#ciente para no quedarse tuerta. Había llevado varios meses un parche en el ojo. Gracias a los médicos de Ullevål, todavía podía ver con los dos ojos. Levantó la mano izquierda delante del espejo y vio el dedo al que le faltaba un trozo. También un sospechoso, una granja en las afueras de Moss, «cuidado con el perro». El rottweiler se le había lanzado al cuello, solo le dio tiempo a levantar el brazo. Todavía podía sentir los colmillos cerrados alrededor de sus dedos, cómo el pánico se había apoderado de ella durante los breves instantes que tardó en sacar la pistola de la funda y disparar al perro en medio de la cara. Bajó la mirada hacia la pequeña mariposa, un tatuaje que se había hecho al lado del borde de las bragas, junto a la cadera. Diecinueve años y una vida loca
UEL BJØRK en Praga. Había conocido a un español, un amor de verano. Bebieron demasiado Becherovka y se despertaron cada uno con un tatuaje. El de ella era una pequeña mariposa en la cadera de color lila, amarillo y verde. A Mia casi se le escapó una sonrisa. Varias veces había estado a punto de quitarse ese tatuaje, avergonzada por aquella locura juvenil, pero al #nal no lo había hecho y ahora ya daba lo mismo. Pasó una mano sobre la pequeña pulsera de plata que llevaba en la muñeca derecha. Les habían regalado una a cada una en la con#rmación, a ella y a Sigrid. Era una pulsera infantil, con un corazón, un ancla y una letra. La «M» en la suya. La «S» en la de Sigrid. Esa noche, cuando terminó la #esta y los invitados ya se habían marchado, estaban las dos juntas en la habitación que compartían en la casa de Åsgårdstrand. De repente, Sigrid le propuso intercambiarse las pulseras.
«Si me das tu pulsera, yo te doy la mía».
Desde entonces, Mia nunca se había quitado esa pulsera de plata.
Ahora las pastillas empezaban a aislarla más, apenas podía verse en el espejo. Su cuerpo era como un fantasma en la distancia. Una cicatriz junto al ojo izquierdo. Un dedo meñique al que le faltaban las dos últimas falanges. Una mariposa checa junto al borde de las bragas. Piernas y brazos delgados. Una india con ojos azules tristes, casi muertos. De repente no pudo más y desvió la mirada del espejo, entró tambaleándose en la ducha y se quedó tanto tiempo bajo el agua caliente que esta al #nal salió fría.
Evitó mirar al espejo al salir del baño. Bajó desnuda al salón y se secó delante de la chimenea que nadie había encendido. Entró en la cocina y se preparó otra copa. Encontró más pastillas en un cajón. Las masticó mientras se vestía. Ahora estaba aún más adormilada. Estaba limpia por fuera y en breve también por dentro.
VIAJO SOLA
Mia se puso un gorro y una cazadora y salió de la casa. Bajó al mar otra vez. Se sentó en las rocas y posó la mirada en el horizonte. Sentimentalismo en la costa. ¿De dónde se había sacado eso? Sí, de un festival, eso era, un festival de cine antinoruego organizado por famosos que opinaban que las películas noruegas deberían ser diferentes. A Mia Krüger le encantaba el cine, pero desde su punto de vista las películas noruegas no habían mejorado solo porque evitaran el sentimentalismo. Sufría cada vez que un pobre actor trataba de dar vida a un agente de policía en el cine. Normalmente salía de la sala compadeciendo al actor, que tenía que seguir el guion y las instrucciones del director para hacer esto o lo otro; resultaba demasiado bochornoso. Nada, hacía falta más sentimentalismo. Mia Krüger sonrió un poco para sí y se tomó un sorbo de la botella que había sacado. Lo dicho, si no fuera porque había venido aquí para morir, no sería un mal sitio para quedarse a vivir.
«El 18 de abril».
Se le había ocurrido de repente, como una especie de revelación, y desde entonces no había tenido dudas. A Sigrid la habían encontrado muerta el 18 de abril de 2002. En un sótano de Tøyen, en Oslo, sobre un colchón mugriento con la jeringuilla todavía clavada en el brazo. Ni siquiera se había quitado la goma. La sobredosis había entrado como una %echa. Dentro de diez días habrían transcurrido justo diez años. La pequeña Sigrid, guapa y maravillosa, muerta por una sobredosis de heroína en un sótano sucio. Solo una semana después de que Mia la hubiera sacado de la clínica de rehabilitación de Valdres.
Sigrid tenía tan buen aspecto entonces, después de cuatro semanas en la clínica… Tenía las mejillas sonrosadas y había recuperado la sonrisa. En el coche, en el viaje de vuelta a Oslo, ya casi había sido como antes, las dos sonriendo y jugando juntas como en el jardín de la casa de Åsgårdstrand.
—Tú eres Blancanieves y yo soy la Bella Durmiente.
SAMUEL BJØRK —Pero yo quiero ser la Bella Durmiente. ¿Por qué tengo que ser siempre Blancanieves?
—Porque tienes el pelo oscuro, Mia.
—Ah, ¿es por eso?
—Sí, por eso. ¿No se te había ocurrido hasta ahora?
—No.
—Qué tonta eres.
—No soy tonta.
—No, no lo eres.
—¿Por qué tenemos que jugar a Blancanieves y la Bella
Durmiente? Para empezar, las dos tenemos que dormir cien
años mientras esperamos a que venga algún príncipe a rescatarnos. Eso no es nada divertido y además estamos solas aquí.
—Verás cómo vendrá algún día, Mia. Ya vendrá.
En el caso de Sigrid, el príncipe había sido un idiota de Horten. Se suponía que era músico, incluso tenía algo parecido a un grupo, pero nunca tocaban. No hacían más que quedar en el parque para fumar marihuana o tomar speed, o para pincharse. Él. Ese delgado y creído perdedor de mierda. Mia Krüger ni siquiera era capaz de pronunciar su nombre; solo con pensar en él se sintió tan mareada que tuvo que levantarse para respirar hondo. Caminó por el sendero que recorría las rocas, pasó el cobertizo y se sentó en el embarcadero. Podía ver actividad en tierra #rme, a lo lejos. Personas que se dedicaban a sus asuntos humanos. ¿Qué hora sería? Se llevó una mano a la frente y oteó el cielo. Podrían ser las doce o la una, a juzgar por la posición del sol. Bebió otro sorbo de la botella y notó que las pastillas empezaban a hacer efecto, a privarla de sus sentidos, a volverla indiferente. Dejó que las piernas colgaran al borde del embarcadero y dirigió la cara hacia el sol.
«Markus Skog».
Sigrid tenía dieciocho años; el idiota, veintidós. El idiota había ido a vivir a Oslo y había empezado a pasar el tiempo en
JO SOLA el parque Plata. Unos meses más tarde, Sigrid había seguido sus pasos.
Cuatro semanas de rehabilitación. No había sido la primera vez que Mia sacaba a su hermana de una clínica, pero en esta ocasión todo había parecido distinto. Una motivación totalmente diferente. No solo la sonrisa de drogata después de una de esas estancias, mentir, mentir y mentir esperando poder salir para meterse un chute; no, esta vez había algo diferente en sus ojos. Parecía más segura, casi como antes.
Mia había pensado tanto en su hermana a lo largo de los años que había estado a punto de volverse loca. ¿Por qué precisamente Sigrid? ¿Por qué se había enganchado? ¿Por su madre y su padre? ¿O solo por un jodido idiota %aco? ¿El amor únicamente?
Su madre podía ser estricta, pero eso no era su#ciente. Su padre podía ser demasiado bueno, pero ¿qué importaba eso? Eva y Kyrre Krüger habían adoptado a las gemelas tras el parto. Habían llegado a ese acuerdo previamente con la madre. Ella era joven, estaba sola, no podía, no quería, no era capaz de tenerlas. Para el matrimonio sin hijos fue como un regalo caído del cielo; las niñas eran justo lo que habían deseado, era un golpe de suerte.
Ella, su madre, Eva, era profesora de primaria en Åsgården. Él, su padre, Kyrre, vendía pinturas; era el propietario de Pinturas Ole Krüger, en el centro de Horten. Mia había buscado incansablemente en el entorno familiar una explicación de por qué Sigrid se había convertido en drogadicta, pero nunca la había encontrado.
«Markus Skog». La culpa era de él.
Solo una semana después de volver a casa tras la estancia en Valdres. Habían estado tan bien juntas en el piso de la calle Vogts… Sigrid y Mia. Mia y Sigrid. Blancanieves y la Bella Durmiente. Uña y carne otra vez. Mia incluso había pedido unos
UEL BJØRK días de vacaciones, por primera vez desde hacía Dios sabe cuánto tiempo. Después, una noche, la nota en la puerta del frigorí#co:
He salido a hablar un rato con M.
Vuelvo enseguida.
S.
Mia Krüger se levantó del borde del embarcadero y echó a andar hacia la casa. Ya estaba tambaleándose. Era hora de tomarse unas cuantas pastillas más. Y otra copa.