A mi querida Maminou
y a mi querido Jean.
En memoria de Vladimir Dimitrijević.
No vayan a creer que la guerra, ni siquiera la más necesaria, ni siquiera la más justificada, no es un crimen. Pregúntenles a los soldados de infantería y a los muertos.
ERNEST HEMINGWAY,
Introducción a Treasury for the Free World
Que todos los padres del mundo, a punto de abandonarnos, sepan el gran peligro que corremos sin ellos.
Nos enseñaron a caminar, y ya no caminaremos.
Nos enseñaron a hablar, y ya no hablaremos.
Nos enseñaron a vivir, y ya no viviremos.
Nos enseñaron a convertirnos en Hombres, y ya ni siquiera seremos Hombres. Ya no seremos nada.
Fumaban al amanecer, mientras contemplaban sentados el negro cielo que bailaba sobre Inglaterra. Y Palo recitaba su poema. Al abrigo de la noche, recordaba a su padre.
Sobre la colina donde se encontraban, las colillas teñían de rojo la oscuridad: habían adoptado la costumbre de venir a fumar allí a primera hora de la mañana. Fumaban para hacerse compañía, fumaban para no desesperar, fumaban para no olvidar que eran Hombres.
Gordo, el obeso, olisqueaba entre los matorrales imitando a un perro vagabundo, ladrando para ahuyentar a los ratones de campo entre la hierba húmeda, y Palo se enfadaba con el falso perro.
—¡Para, Gordo! ¡Hoy hay que estar triste!
Gordo se detuvo tras tres reprimendas y, enfurruñado como un niño, dio la vuelta al semicírculo que formaba la decena de siluetas y se fue a sentar al lado de los taciturnos, entre Rana, el depresivo, y Ciruelo, el tartamudo infeliz, secretamente enamorado de las palabras.
—¿En qué piensas, Palo? —preguntó Gordo.
—En cosas…
—No pienses en cosas malas, piensa en cosas bonitas.
Y con su mano grasa y regordeta, Gordo buscó el hombro de su camarada.
Los llamaron desde la escalinata del viejo caserón que se levantaba frente a ellos. El entrenamiento iba a comenzar. Inmediatamente, todos se pusieron en marcha; Palo permaneció sentado un instante más, escuchando el murmullo de la bruma. Volvía a pensar en su último día en París. Pensaba sin cesar en ello, todas las noches y todas las mañanas. Sobre todo las mañanas. Hoy hacía exactamente dos meses que se había marchado.
Había sucedido a principios de septiembre, justo antes del otoño; resultaba inevitable: era preciso defender a los Hombres, defender a los padres. Defender a su padre, al que sin embargo había jurado no abandonar nunca, años atrás, cuando el destino se había llevado a su madre. El buen hijo y el viudo solitario. Pero la guerra los había atrapado y, al elegir las armas, Palo había elegido abandonar a su padre. Ya en agosto sabía que iba a marcharse, pero había sido incapaz de anunciárselo. Sin coraje suficiente, solo pudo reunir el valor necesario para despedirse la víspera de partir, después de la cena.
—¿Por qué tú? —se atragantó su padre.
—Porque si no soy yo, no será nadie.
Con el rostro tan compungido como orgulloso, había abrazado a su hijo para infundirle valor.
Su padre había pasado el resto de la noche encerrado en su habitación, llorando. Lloraba de tristeza, pero le parecía que su hijo de veintidós años era el más valiente de los hijos. Palo había permanecido ante su puerta, escuchando los sollozos. Y de pronto se había odiado tanto por hacer llorar a su padre que se había cortado el torso con la punta de su navaja hasta hacerse sangre. Con el cuerpo herido frente a un espejo, se había insultado y había socavado más aún la carne a la altura del corazón para estar seguro de que la cicatriz no desaparecería nunca.
Al alba del día siguiente, su padre, que deambulaba por el piso en pijama, con el alma hecha trizas, le había preparado café bien fuerte. Palo se había sentado a la mesa de la cocina, con los zapatos y el sombrero puestos, y se había bebido el café, lentamente, para dilatar la partida. El mejor café que bebería nunca.
—¿Has cogido buena ropa? —había preguntado su padre señalando la bolsa que su hijo se disponía a llevarse.
—Sí.
—Déjame que lo compruebe. Necesitarás prendas de mucho abrigo, el invierno va a ser frío.
Y el padre había añadido al equipaje algo más de ropa, salchichón, queso y un poco de dinero. Después había vaciado y vuelto a llenar la bolsa en tres ocasiones; «voy a hacértela mejor», repetía cada vez, intentando retrasar el inexorable destino. Y cuando ya no hubo nada que pudiese hacer, se había dejado invadir por la angustia y la desesperación.
—¿Qué va a ser de mí? —le preguntaba.
—Pronto estaré de vuelta.
—¡Tengo tanto miedo por ti!
—No debes…
—¡Sentiré miedo cada día!
Sí, mientras su hijo no volviese, ni comería ni dormiría. A partir de entonces sería el más infeliz de los Hombres.
—¿Me escribirás?
—Claro que sí, papá.
—Y yo te esperaré siempre.
Estrechó con fuerza a su hijo.
—Tendrás que seguir estudiando —había añadido—. Los estudios son importantes. Si los hombres fueran menos tontos, no habría guerras.
Palo asintió con la cabeza.
—Si los hombres fueran menos tontos, no estaríamos aquí.
—Sí, papá.
—Te he metido unos libros…
—Lo sé.
—Los libros son importantes.
Entonces el padre había agarrado a su hijo de los hombros, con furia, en un desesperado impulso de rabia.
—¡Prométeme que no morirás!
—Te lo prometo.
Palo había cogido su bolsa y había besado a su padre. Por última vez. Y, en el descansillo, el padre lo había vuelto a retener.
—¡Espera! ¡Te olvidas la llave! ¿Cómo vas a volver si no tienes llave?
Palo no la quería: aquellos que no van a volver no necesitan llaves. Pero, para no apenar a su padre, murmuró simplemente:
—No quiero arriesgarme a perderla.
El padre temblaba.
—¡Claro! Sería un fastidio… ¿Cómo volverías si…? Entonces, mira, la pongo debajo del felpudo. Fíjate qué bien la guardo, debajo del felpudo, aquí, ¿ves? Dejaré siempre esta llave aquí, para cuando regreses —y, tras reflexionar un momento, añadió—: Pero ¿y si se la lleva alguien? Mmm… Avisaré a la portera, ella tiene una copia. Le diré que te has marchado, que no debe abandonar la portería cuando yo no esté, al igual que yo no debo salir de casa si ella no está en la portería. Sí, le diré que esté atenta y que le doblaré el aguinaldo.
—No digas nada a la portera.
—De acuerdo, no le diré nada. Entonces no volveré a cerrar la puerta con llave, ni de día ni de noche, nunca. Así no habrá riesgo de que no puedas volver.
Hubo un largo silencio.
—Adiós, hijo —dijo el padre.
—Adiós, papá —dijo el hijo.
Palo llegó a musitar «te quiero, papá», pero el padre no alcanzó a escucharlo.
Las noches de insomnio, Palo abandonaba el dormitorio donde sus camaradas, agotados por el entrenamiento, dormían a pierna suelta. Deambulaba por el caserón glacial, en el que el viento se colaba como si no hubiese puertas ni ventanas. Se sentía como un fantasma escocés, el francés errante; pasaba por la cocina, por el comedor, y luego por la gran biblioteca; miraba su reloj, después los de la pared, contando cuánto tiempo faltaba para salir a fumar con los demás. A veces, para librarse de los pensamientos más tristes, pensaba en algún chiste para divertirse a sí mismo y, después, si le parecía bueno, lo anotaba para contárselo al resto al día siguiente. Cuando ya no sabía qué hacer, iba a echarse agua sobre las agujetas y las heridas, y junto al lavabo recitaba su nombre de pila, Paul-Émile, Palo, como le llamaban aquí, donde casi todos habían adoptado un mote. Nueva vida, nuevo nombre.
Todo había empezado en París meses antes, cuando en dos ocasiones, junto a uno de sus amigos, Marchaux, había pintado cruces de Lorena sobre un muro. La primera vez había ido todo bien. Así que lo repitieron. La segunda expedición había tenido lugar al atardecer, en una callejuela. Marchaux vigilaba mientras Palo pintaba hasta que, en plena acción, había notado cómo una mano lo agarraba del hombro y gritaba: «¡Gestapo!». Sintió cómo su corazón dejaba de latir, se volvió: un tipo grande le agarraba firmemente con una mano y a Marchaux con la otra. «Estúpidos niñatos —había escupido el hombre—, ¿queréis morir por una pintada? ¡Las pintadas no sirven para nada!». Aquel tipo no era de la Gestapo. Al contrario. Marchaux y Palo lo volvieron a ver en dos ocasiones. La tercera reunión tuvo lugar en la trastienda de un café en Batignolles, con un hombre al que nunca habían visto antes, aparentemente inglés. El hombre les había explicado que buscaba franceses valientes, dispuestos a unirse al esfuerzo de guerra.
Así fue como se marcharon. Palo y Marchaux. Una red de colaboradores les ayudó a llegar a España, a través de la zona Sur y los Pirineos. Marchaux decidió entonces desviarse y pasar por Argelia. Palo quería continuar hasta Londres. Se decía que allí era donde se jugaba todo. Siguió hasta Portugal y después a Inglaterra, en avión. A su llegada a Londres, había recalado en el centro de interrogatorios de Wandsworth —parada obligatoria para los franceses que desembarcaban en Gran Bretaña— y junto a todos los cobardes, valientes, patriotas, comunistas, brutos, veteranos, desesperados e idealistas, había desfilado ante los servicios de reclutamiento del ejército británico. La Europa fraternal se hundía, como un barco construido a toda prisa. La guerra duraba ya dos años, en las calles y en los corazones, y a esas alturas cada uno miraba por su propio interés.
No permaneció mucho tiempo en Wandsworth. Lo condujeron inmediatamente a Northumberland House, un antiguo hotel situado al lado de Trafalgar Square y requisado por el Ministerio de Defensa. Allí, en una habitación desnuda y glacial, había mantenido largas entrevistas con Roger Calland, francés como él. Las entrevistas se escalonaron durante varios días: Calland, psiquiatra de profesión, se había convertido en reclutador para el Special Operation Executive, una organización de actividades clandestinas de los servicios secretos británicos, y tenía interés en Palo. El joven, ajeno por completo al destino que le estaban preparando, se había limitado a responder aplicadamente a las preguntas y a los formularios, feliz de poder aportar su pequeña contribución al esfuerzo de guerra. Si le juzgaban útil como ametrallador, pues sería ametrallador. ¡Ay! Qué bien ametrallaría desde su torreta; si era mecánico, sería mecánico y ajustaría los pernos como nadie los había ajustado jamás; si las cabezas pensantes de Inglaterra le asignaban un papel de modesto pasante en una imprenta de propaganda, llevaría las planchas de tinta con entusiasmo.
Pero Calland había pensado desde un principio que Palo reunía las condiciones para ser un buen agente del SOE sobre el terreno. Era un chico tranquilo y discreto, de rostro dulce, más bien guapo, y cuerpo robusto; era un furibundo patriota sin ser uno de esos cabeza loca que podrían llevar al desastre a toda una compañía, ni uno de esos románticos desapegados y deprimidos que quieren ir a la guerra porque desean la muerte. Se expresaba bien, con sentido y vigor, y el médico le había escuchado divertido cuando le había explicado que sí, que se dedicaría gustosamente a la impresión, pero que habría que enseñarle porque, en lo referente a la imprenta, no sabía mucho, aunque le gustaba escribir poemas y trabajaría con ahínco para hacer buenas octavillas, octavillas magníficas, que se lanzarían desde los bombarderos y que los pilotos declamarían en sus cabinas con emoción, pues, al fin y al cabo, hacer octavillas también es hacer la guerra.
Entonces Calland escribió en sus notas que el joven Palo era una de esas personas valientes que a menudo ignoran que lo son, lo que añade la modestia a sus otras cualidades.
El SOE había sido ideado por el primer ministro Churchill en persona al día siguiente de la derrota inglesa en Dunkerque. Consciente de que no podría enfrentarse a los alemanes frontalmente con un ejército regular, había decidido valerse de la guerra de guerrillas para combatir desde el interior de las líneas enemigas. Y su concepción era notable: el Servicio, bajo dirección británica, reclutaba a extranjeros en la Europa ocupada, los entrenaba y los formaba en Gran Bretaña, y después los enviaba puntualmente a sus países de origen, donde pasaban desapercibidos entre la población local, para llevar a cabo operaciones secretas en la retaguardia enemiga: información, sabotaje, atentados, propaganda y creación de redes.
Después de todas las verificaciones de seguridad, Calland había abordado finalmente el tema del SOE con Palo. Terminaba el tercer día en Northumberland House.
—¿Estarías dispuesto a llevar a cabo misiones clandestinas en Francia? —había preguntado el médico.
El corazón del joven había empezado a latir con fuerza.
—¿Qué tipo de misiones?
—De guerra.
—¿Peligrosas?
—Mucho.
Acto seguido, adoptando un tono de confidencia paternal, Calland le había explicado de forma muy sucinta lo que era el SOE, o al menos lo que la bruma de secreto que rodeaba al Servicio le permitía revelar, porque necesitaba que el chico se diese cuenta de lo que suponía una propuesta como aquella. Sin comprenderlo del todo, Palo comprendió.
—No sé si seré capaz —había dicho.
Palideció. A él, que se había imaginado a sí mismo como alegre mecánico o jovial tipógrafo, le proponían sin decírselo directamente unirse a los servicios secretos.
—Te dejaré tiempo para pensarlo —había dicho Calland.
—Claro, tiempo…
Nada impedía a Palo decir que no, regresar a Francia, recuperar su tranquilidad parisina, besar de nuevo a su padre y no volver a abandonarlo jamás. Pero ya sabía, en el fondo de su alma inquieta, que no lo rechazaría. Lo que estaba en juego era demasiado importante. Había recorrido todo ese camino para unirse a la guerra y, en aquel instante, ya no podía renunciar. Con un nudo en el estómago y las manos temblorosas, Palo había regresado a la habitación en la que estaba instalado. Tenía dos días para pensárselo.
Había vuelto a reunirse con Calland en Northumberland House dos días después. Por última vez. En aquella ocasión no le condujeron a la siniestra sala de interrogatorios, sino a una habitación agradable, caldeada, con ventanas a la calle. Sobre una mesa habían dejado té y pastas y, en un momento en el que Calland se había ausentado, Palo se había lanzado sobre la comida. Tenía hambre, no había tomado casi nada los dos últimos días, por culpa de la angustia. Y había engullido, y vuelto a engullir, había tragado sin masticar. De pronto, la voz de Calland le sobresaltó.
—¿Cuánto llevas sin comer, muchacho?
Palo no respondió nada. Calland lo miró larga y fijamente: le parecía que era un joven atractivo, educado, inteligente, sin duda el orgullo de sus padres. Pero tenía las cualidades de un buen agente y eso seguramente sería su perdición. Se preguntó por qué diablos ese maldito chico había venido hasta allí, y por qué no se había quedado en París. Y como si quisiera retrasar el destino, lo llevó a una cafetería cercana para invitarle a un sándwich.
Comieron en silencio, sentados en la barra. Después, en lugar de volver directamente a Northumberland House, pasearon por las calles del centro de Londres. Palo declamó un poema suyo sobre su padre; lo hizo sin razón alguna, ebrio por su propio caminar: Londres era una hermosa ciudad, los ingleses eran un pueblo lleno de ambición. Calland se detuvo entonces en medio del bulevar y le agarró por los hombros.
—Márchate, hijo —dijo—. Corre a reunirte con tu padre. Ningún Hombre merece lo que te va a pasar.
—Los Hombres no huyen.
—¡Vete, por Dios! ¡Vete y no vuelvas nunca!
—No puedo… Acepto su propuesta.
—¡Piénsatelo bien!
—Lo tengo decidido. Pero quiero que sepa que nunca he hecho la guerra.
—Te enseñaremos… —el doctor suspiró—. ¿Eres consciente de lo que te dispones a hacer?
—Eso creo, señor.
—¡No, no sabes nada!
Entonces Palo miró fijamente a Calland. En sus ojos brillaba la luz del valor, ese valor de los hijos que son la desesperación de sus padres.
De esa forma, durante la noche, en el caserón, Palo recordaba a menudo su ingreso en el seno de la Sección F del SOE, a la que se había unido gracias a la recomendación del doctor Calland. Bajo mando general inglés, el SOE se subdividía en diferentes secciones encargadas de las operaciones en los diferentes países ocupados. Francia contaba con varias, a causa de sus distorsiones políticas, y Palo se había integrado en la Sección F, la de los franceses independientes no ligados ni a De Gaulle —Sección DF—, ni a los comunistas —Sección RF—, ni a Dios, ni a nadie. Había recibido como cobertura un rango y un número de registro en el seno del ejército británico; si alguien le preguntaba, podía decir que trabajaba para el Ministerio de Defensa, cosa nada excepcional, sobre todo en una época como aquella.
Había pasado varias semanas de soledad en Londres, mientras esperaba el comienzo de su formación como agente. Encerrado en su cuartucho, había estado rumiando su decisión: había abandonado a su padre, había preferido la guerra. ¿A quién querías más?, le preguntaba su conciencia. A la guerra. No podía evitar preguntarse si volvería a ver algún día a su padre, a quien tanto había amado.
Todo había comenzado de verdad a principios del mes de noviembre, cerca de Guilford, en Surrey. En la mansión. Pronto haría dos semanas. Wanborough Manor y su loma de fumadores al alba. La primera etapa de la escuela de formación de alumnos en prácticas del SOE.
Wanborough era una mansión a pocos kilómetros de la ciudad de Guilford, al sur de Londres. Se accedía a través de una sola carretera, que serpenteaba entre las colinas hasta un conjunto irregular de edificios de piedra, algunos con varios siglos a cuestas, construidos en su momento para servir a Wanborough Manor, un dominio ancestral que databa del año 1000, que había sido, con el paso de los siglos, feudo, abadía y granja, antes de convertirse, en el mayor de los secretos, en una escuela de entrenamiento especial del SOE.
La formación impartida por el SOE preparaba, en pocos meses, a aspirantes de toda Gran Bretaña. Futuros agentes que eran instruidos en el arte de la guerra en cuatro escuelas. La primera, donde permanecían unas cuatro semanas, era una escuela preliminar —preliminary school—, uno de cuyos objetivos principales consistía en descartar a los aspirantes menos aptos para el Servicio. Las escuelas preliminares se habían instalado en mansiones diseminadas por el sur del país y en las Midlands. Wanborough Manor acogía sobre todo las escuelas preliminares de la Sección F. Oficialmente, y para los curiosos de Guilford, no era más que un campo de entrenamiento de comandos del ejército británico. Era un sitio bonito, una casa señorial, una propiedad verde sembrada de bosquecillos y lomas al lado de un bosque. El edificio principal se levantaba entre altos álamos y a su alrededor tenía algunos anexos: una enorme granja e incluso una capilla de piedra. Palo y los demás aspirantes comenzaban a acostumbrarse al lugar.
La selección era implacable: habían llegado veintiuno, en el frío noviembre, y ya solo quedaban dieciséis, incluido Palo.
Stanislas, cuarenta y cinco años, el mayor del grupo, un abogado inglés, francófono y francófilo, y antiguo piloto de combate.
Aimé, treinta y siete años, un marsellés de acento cantarín, siempre de buen humor.
Dentista, treinta y seis años, dentista en Ruan y que, cuando corría, no podía evitar resoplar como un perro.
Frank, treinta y tres años, un lionés atlético, antiguo profesor de gimnasia.
Rana, veintiocho años, que sufría crisis de depresión que no le habían impedido ser reclutado; parecía una rana con sus grandes ojos desorbitados en su rostro delgado.
Gordo, veintisiete años, llamado en realidad Alain, pero apodado Gordo porque estaba gordo. Decía que era por culpa de una enfermedad, pero su enfermedad consistía únicamente en comer demasiado.
Key, veintiséis años, procedente de Burdeos, un pelirrojo alto, fuerte y carismático, con doble nacionalidad francesa y británica.
Faron, veintiséis años, un temible coloso, una inmensa masa de músculos hecha para el combate y que, de hecho, había servido en el ejército francés.
Slaz el Cerdo, veinticuatro años, un francés del Norte de origen polaco, ágil y achaparrado, de mirada maliciosa, tez extrañamente bronceada, y cuya nariz parecía el hocico de un cerdo.
Ciruelo, el tartamudo, veinticuatro años, que no hablaba nunca porque se le trababa la lengua.
Coliflor, veintitrés años, que debía su apodo a sus inmensas orejas despegadas y a una frente demasiado grande.
Laura, veintidós años, una rubia de ojos brillantes y encantadores modales, procedente de los barrios acomodados de Londres.
Gran Didier y Max, veintiún años cada uno, poco dotados para la guerra, y que habían llegado juntos desde Aix-en-Provence.
Y Claude el cura, diecinueve años, el más joven de todos, dulce como una chica, que había renunciado al seminario para combatir.
Los primeros días habían sido los más duros, porque ninguno de los candidatos se había imaginado la dificultad de los entrenamientos. Demasiado esfuerzo, demasiado aislamiento. Los aspirantes se despertaban al alba, con el miedo en el estómago, se vestían a toda prisa en sus dormitorios helados, y se presentaban inmediatamente para la sesión de combate cuerpo a cuerpo de la mañana. Más tarde, podían disfrutar de un desayuno copioso, pues no tenían que sufrir el racionamiento. A continuación daban una clase teórica, de morse o de comunicación por radio, y después volvían los agotadores ejercicios físicos: carreras, gimnasias diversas, y de nuevo combate cuerpo a cuerpo, combates violentos cuya única regla era que no había reglas para acabar con el enemigo. Los candidatos se lanzaban unos sobre otros, gritando, asestándose golpes sin miramientos; a veces incluso se mordían para librarse de alguna llave. Había muchas heridas, pero ninguna de gravedad. Y la jornada continuaba, entrecortada por algunas pausas, para terminar, al final de la tarde, con clases más técnicas, durante las que los instructores enseñaban a los aspirantes a utilizar llaves simples pero eficaces, así como a desarmar con las manos desnudas a un adversario armado con un cuchillo o una pistola. Después los aspirantes, agotados, podían ir a ducharse, antes de cenar temprano.
Al principio, en el comedor de la mansión, tragaban con el silencio de los hambrientos, y tragar quiere decir que comían sin hablarse, sentados a la misma mesa, ignorándose, como animales; el fressen de los alemanes. Después, solos, agotados, preocupados por la posibilidad de no aguantar, iban a derrumbarse a sus dormitorios. Fue allí donde poco a poco habían ido conociéndose, y donde habían descubierto las primeras afinidades entre ellos. En el momento de ir a acostarse, habían ido soltando algunas bromas, se habían contado anécdotas, habían revivido las jornadas para desdramatizarlas; a veces habían compartido sus angustias, el miedo a los combates del día siguiente, pero no mucho, por pudor. Palo había hecho amistad inmediatamente con Key, Gordo y Claude, con quienes compartía habitación. Gordo había distribuido entre sus compañeros un montón de galletas y salchichón inglés que había traído en su petate y así, mascando galletas, cortando salchichón, habían hablado hasta caer vencidos por el sueño.
Después de la cena, en la sala, habían empezado a disputar partidas de cartas; al alba, sobre la colina, comenzaban a fumar juntos, para infundirse valor. Y, rápidamente, todos los aspirantes se habían ido conociendo.
Key, robusto y dotado de un carácter fuerte, se convirtió en uno de los primeros amigos de verdad de Palo en el seno de la Sección F. Inspiraba una calma serena, tranquilizadora: daba buenos consejos.
Aimé, el marsellés, inventor de una pseudopetanca con piedras redondas, buscaba a menudo la compañía de Palo. Le repetía sin cesar que le recordaba a su propio hijo. Se lo decía casi todas las mañanas, en la colina, como si perdiese la memoria.
—¿De dónde eres, chaval?
—De París.
—Es verdad… París. Bonita ciudad. ¿Has estado en Marsella?
—No. No he tenido ocasión de ir, desde ayer.
A Aimé aquello le hacía gracia.
—Me repito, ¿eh? Es que, cuando te veo, pienso en mi hijo.
Key decía que el hijo de Aimé estaba muerto, pero nadie se atrevía a preguntarle.
Rana y Stanislas se aislaban juntos a menudo para jugar al ajedrez sobre un tablero de madera tallada que había traído Stanislas en su equipaje. Rana ganaba la mayoría de las partidas, y Stanislas se enfadaba.
—¡Ajedrez de mierda! —gritaba tirando los peones por toda la habitación.
Aquello siempre hacía reír a los demás, y Slaz le gritaba a Stanislas que ya era demasiado viejo y que perdía la cabeza, a lo que Stanislas respondía prometiendo repartir tortazos que no llegaban nunca. Mientras tanto, Gordo corría detrás de Stanislas y recogía las piezas del suelo.
—No rompas este juego tan bonito, Stan.
Gordo era en verdad el más encantador de los aspirantes, estaba repleto de buenas intenciones que a veces hacían que se volviera molesto. Por ejemplo, para infundir valor a sus compañeros durante los calentamientos individuales de la mañana, en el exterior de la mansión, con una bruma húmeda y glacial, cantaba a voz en grito una horrible canción infantil: Rougnagni tes ragnagna. Y saltaba en el aire, ya sudando, corto de aliento, mientras daba palmadas en los hombros de los aspirantes, recién levantados, y les gritaba al oído, lleno de ternura: «Rougnagni tes ragnagna, choubi choubi choubi choubidouda». A menudo recibía algún golpe, pero al final de la jornada, bajo la ducha, los aspirantes se sorprendían tarareando el estribillo.
Faron, el coloso, aseguraba que nunca se cansaba con los entrenamientos. Llegaba incluso a salir a correr solo para poner aún más a prueba sus músculos, y todas las noches hacía flexiones de barra colgándose de las vigas de la granja y flexiones de suelo en su habitación. Una noche de insomnio, Palo se lo había encontrado en el comedor haciendo gimnasia como un poseso.
El joven Claude, destinado a convertirse en cura antes de cambiar de opinión y unirse casi por casualidad a los servicios secretos británicos, desbordaba una gentileza enfermiza que hacía pensar que no estaba hecho para la guerra. Rezaba todas las noches, arrodillado frente a su cama, indiferente a cualquier burla. Decía rezar por sí mismo, pero sobre todo rezaba por ellos, por sus compañeros. A veces les proponía que se unieran, pero como todos se negaban, desaparecía y se refugiaba en la pequeña capilla de piedra de la propiedad, para explicar a Dios que sus compañeros no eran malas personas y que seguramente tenían un montón de buenas razones para no querer rezar. Claude era muy joven, y su apariencia física lo hacía parecer más joven aún; era de talla media, muy delgado, imberbe, con el pelo moreno muy corto y la nariz chata. Tenía la mirada huidiza, lo que denotaba su gran timidez, y a veces, en el comedor, cuando intentaba unirse a un grupo en plena conversación, inclinaba la espalda, incómodo y torpe, como para hacerse más discreto. Palo sentía a menudo lástima por él y, una tarde, le acompañó a la capilla. Gordo, como un perro fiel, los seguía detrás canturreando, contando estrellas y masticando madera para engañar el hambre.
—¿Por qué nunca vienes a rezar? —preguntó Claude.
—Porque rezo mal —respondió Palo.
—No se puede rezar mal si uno es devoto.
—No soy devoto.
—¿Por qué?
—No creo en Dios.
—¿Y en qué crees entonces?
—Creo en nosotros, que estamos aquí. Creo en los Hombres.
—Bah, los Hombres ya no existen. Por eso estoy aquí.
Hubo un silencio incómodo, los dos habían censurado la religión del otro, hasta que Claude dejó estallar su indignación:
—¡No puedes no creer en Dios!
—¡No puedes dejar de creer en los Hombres!
Entonces Palo, por simpatía, se arrodilló junto a Claude. Por simpatía, pero sobre todo porque en lo más profundo temía que Claude tuviese razón. Y esa noche rezó por su padre, al que echaba tanto de menos, para que no sufriese los horrores de la guerra y los horrores que se preparaban para cometer, ellos que estaban siendo entrenados para matar. Aunque matar no era tan fácil: los Hombres no matan a los Hombres.
Todos los grupos de aspirantes al SOE estaban bajo las órdenes de un oficial de los servicios secretos británicos retirado de las operaciones y encargado de guiarlos en su formación, de seguir su progreso y de orientarlos más tarde. El grupo de Palo estaba a cargo del teniente Murphy Peter, antiguo enlace de los servicios secretos en Bombay. Era un inglés alto y seco de unos cincuenta años, inteligente, duro pero buen psicólogo y muy unido a sus aspirantes. Era él quien los despertaba, quien se ocupaba de ellos, quien velaba por ellos. Discreta y borrada por la bruma, su silueta angulosa se cernía sobre los aprendices combatientes durante los entrenamientos; anotaba sus logros, señalaba sus fortalezas y sus debilidades, y cuando le parecía que uno de ellos no iba a aguantar más tiempo, debía descartarlo de la selección. Un suplicio para él. Como el teniente Peter no hablaba francés y la mayoría de los aspirantes no dominaba el inglés, el grupo también disponía de un intérprete, un escocés bajito y políglota del que no se sabía nada, y que se hacía llamar sobriamente David. En cuanto a los tres anglófonos —Key, Laura y Stanislas—, tenían prohibido comunicarse en inglés para que su francés fuese irreprochable y no los traicionase una vez estuvieran sobre el terreno. Así que no paraban de requerir a David: debía traducir las instrucciones, las preguntas y las conversaciones, desde el amanecer hasta el ocaso, y sus traducciones eran a menudo somnolientas al alba, brillantes durante la jornada, y cansadas y llenas de lagunas por la noche.
El teniente Peter impartía por la noche las consignas para el día siguiente, anunciaba el comienzo de los entrenamientos y sacaba de su cama a los rezagados. Los entrenamientos empezaban al alba. Los aspirantes debían endurecer sus cuerpos mediante penosos ejercicios físicos: tenían que correr solos, en grupo, alineados, en fila; reptar en el suelo, en el barro, en los matorrales de zarzas; zambullirse en arroyos helados; subir por maromas hasta que les ardiesen las manos. También había sesiones de boxeo, de lucha libre o de combate a pecho descubierto contra armas de fuego. Los torsos se cubrían de hematomas; las piernas y los brazos, de profundos arañazos. No había más que sufrimiento.
Tras el último entreno, llegaba el momento de la ducha. Los cuerpos desnudos y ateridos, marcados por cortes y contusiones, se apilaban en cuartos de baño demasiado pequeños, bajo los chorros de agua tibia, en la intimidad de un espeso vaho blanco, con los aspirantes lanzando sordos gruñidos de fatiga. Palo consideraba la ducha como un instante privilegiado: dejaba que el agua se deslizara suavemente sobre su cuerpo fatigado y lo limpiara de sudor, barro, sangre y arañazos. Se enjabonaba despacio, masajeando sus hombros doloridos, y se sentía un hombre nuevo después de enjuagarse. Más estropeado, es verdad, pero más fuerte, más endurecido, cambiando de piel como una serpiente muda la suya; se convertía en alguien distinto. Se perdía de nuevo otro instante bajo el agua, empapando su cara y su pelo; pensaba en su viejo padre, y esperaba que estuviese orgulloso de él. Tenía el alma tranquila, con esa embriagadora sensación del deber cumplido, que duraría hasta la cena, hasta que Peter entrara en el bullicioso comedor y les indicara el programa y los horarios del día siguiente. Entonces, la angustia por la dificultad de los entrenamientos matutinos los invadiría de nuevo. Salvo, quizás, a Faron.
Todos aprovechaban la ducha para observar a sus compañeros desnudos y juzgar así a los más fuertes, a los que habría que evitar durante los ejercicios de cuerpo a cuerpo. Faron, con su gran talla y sus marcados músculos, era ciertamente el más temible; daba miedo, y su particular fealdad amplificaba el lado salvaje que irradiaba su esculpida complexión. Su rostro era cuadrado y poco agraciado, iba rapado y afeitado como si tuviese sarna, y balanceaba los brazos a ambos lados de su cuerpo como un gran mono. Al hacer el balance de los más fuertes, se señalaba también a los más débiles, aquellos que no aguantarían mucho tiempo, los peor adaptados, demacrados y con heridas profundas. Palo pensaba que Rana y probablemente Claude serían los siguientes. Claude, el infeliz, que no era del todo consciente de lo que les aguardaba, y que a veces preguntaba a Palo:
—Pero, al final, ¿qué vamos a hacer después?
—Después iremos a Francia.
—Y, una vez en Francia, ¿qué haremos?
Y Palo no sabía qué responderle. Primero porque ignoraba qué iban a hacer en Francia, segundo porque Calland les había avisado: no volverían todos. Entonces, ¿cómo decir a Claude, que tanto creía en Dios, que quizás iban a morir?
Al final de la segunda semana de entrenamiento, Dentista fue eliminado. La tarde de su partida, cuando Key propuso a Palo ir a fumar a la colina aunque aún no despuntara el alba, este le preguntó qué pasaba con aquellos que eran eliminados de la selección.
—Ya no vuelven —dijo Key.
Al principio, Palo no comprendió, y Key añadió:
—Los encierran.
—¿Los encierran?
—Encierran a los que fracasan aquí. Para que no revelen nada de lo que saben.
—Pero si no sabemos nada.
Key se encogió de hombros, pragmático. No servía de nada preguntarse lo que era justo o injusto.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé.
Key le ordenó que no repitiese palabra, porque podría ocasionarles problemas a los dos, y Palo se lo prometió. Sin embargo, le invadió un profundo sentimiento de indignación: iban a encerrar a Dentista y a los demás, porque no valían. Pero no valían ¿para qué? ¿Para la guerra? ¡Si ni siquiera sabían lo que era la guerra! Y llegó a preguntarse si los ingleses eran realmente mejor que los alemanes.
La lluvia, británica y puntual, empezó a caer sobre Wanborough Manor: una lluvia fría, pesada e interminable; el cielo entero chorreaba. El suelo se saturó de agua, y los aspirantes, empapados hasta lo más profundo de sus carnes, vieron cómo sus pieles adoptaban un tinte pálido, mientras su ropa, sin tiempo para secarse, enmohecía.
Además del entrenamiento físico y los ejercicios militares, la formación dispensada en las escuelas preliminares del SOE englobaba todo lo que podía ser útil sobre el terreno. Los ejercicios físicos se complementaban con diferentes cursos teóricos y prácticos. Poco a poco, los aspirantes fueron recibiendo las nociones básicas de comunicación: señales codificadas, morse, lectura de mapas o utilización de una emisora de radio. También aprendieron a moverse en campo abierto, a permanecer inmóviles durante horas en el bosque, a conducir un coche e incluso un camión, a veces sin demasiado éxito.
Al principio de la tercera semana, bajo el aguacero, llegó el turno de las lecciones de tiro, con revólveres Colt de calibre 38 y 45 y pistolas Browning. La mayoría de ellos manejaba un arma por primera vez y, alineados frente a un talud de tierra, disparaban, concentrados, con más o menos habilidad. Ciruelo era un verdadero desastre: estuvo a punto de dispararse en un pie, después casi abatió al instructor; Faron, en cambio, apuntaba con mucha precisión, alcanzando el centro de los blancos de madera con sus balas. Coliflor se sobresaltaba con cada detonación, y Rana cerraba los ojos justo antes de tirar. Al final de su primera jornada de tiro, todos escupieron una mucosidad espesa y negra, cargada de pólvora. El teniente Peter aseguró que era perfectamente normal.
Terminaba noviembre, y Palo sentía que el fantasma de la soledad seguía acechándole. No dejaba de pensar en su padre. Le hubiese gustado tanto escribirle, decirle que iba bien y que le echaba de menos… Pero en Wanborough tenía prohibido escribir a su padre. Sabía que no era el único que sufría de soledad, que la sufrían todos, que no eran más que mercenarios miserables. Ciertamente, cada día que pasaba endurecía sus cuerpos: la bruma parecía menos bruma, el barro menos barro, el frío menos frío, pero sufrían moralmente. Entonces, para sentirse mejor, denigraban a los demás para no denigrarse a ellos mismos. Se burlaban de Claude el piadoso, asestándole patadas en el trasero cuando rezaba arrodillado; patadas que no dolían en el cuerpo sino en el corazón. Se burlaban de Stanislas, que deambulaba con un amplio camisón de mujer durante los momentos de descanso porque intentaba secar su ropa. Se burlaban de Ciruelo, el tartamudo incapaz, que disparaba de cualquier forma y daba en todas partes menos en el blanco. Se burlaban de Rana y de sus preguntas existenciales, que no se mezclaba nunca con los demás para comer. Se burlaban de Coliflor y de sus grandes orejas que adoptaban un tono púrpura cuando eran azotadas por el viento. «¡Eres nuestro elefante!», le decían al tiempo que le daban dolorosos pescozones en los lóbulos. Se burlaban también de Gordo, el obeso. Todo el mundo se burlaba a la fuerza, al menos un poco, para sentirse mejor; incluso Palo, el hijo fiel, y Key el leal; todos salvo Laura, dulce como una madre, y que nunca se reía de los demás.
Laura no dejaba a nadie indiferente. En los primeros días en Wanborough Manor, todos habían puesto en duda sus capacidades, la única mujer entre tantos hombres, pero ahora los aspirantes se morían secretamente de placer cuando, en el comedor, se sentaba con ellos a la mesa. Palo la contemplaba a menudo, le parecía la mujer más bonita que había visto nunca: resplandecía por su aspecto alocado y su sonrisa magnífica, pero sobre todo emanaba de ella un encanto, una forma de vivir, una ternura en la mirada que la hacían especial. Nacida en Chelsea, de padre inglés y madre francesa, conocía bien Francia y hablaba su lengua sin el menor acento. Había estudiado literatura anglosajona en Londres durante tres años, antes de verse atrapada por la guerra y ser reclutada por el SOE en la universidad. Numerosos aspirantes habían sido captados en los bancos de las facultades inglesas, sobre todo los de doble nacionalidad, que ofrecían la seguridad de ser ingleses pero sin resultar completamente extranjeros en los países a los que se les iba a enviar.
Con frecuencia, cuando un aspirante del que se habían burlado se aislaba del grupo, era Laura la que iba a consolarle. Se sentaba cerca de su compañero, le decía que no importaba, que los demás solo eran hombres y que mañana todos habrían olvidado los malos resultados en tiro, la debilidad de espíritu, los pliegues grasientos o el tartamudeo que tanto les habían hecho reír. Después sonreía, y aquella sonrisa curaba todas las heridas. Cuando Laura sonreía, todo el mundo se sentía mejor.
Decía a Gordo, el hombre más feo de toda Inglaterra: «A mí no me pareces tan gordo. Eres fuerte, y creo que tienes mucho encanto». Entonces Gordo, durante un instante, se veía deseable. Y más tarde, bajo la ducha, frotándose sus enormes montículos de grasa, se juraba que después de la guerra, no volvería a ir de putas.
Decía a Ciruelo, el tartamudo: «Creo que utilizas palabras muy bonitas, poco importa cómo las pronuncies porque son bonitas». Y Ciruelo, durante un instante, se creía un orador. Bajo la ducha pronunciaba largos discursos impecables.
Decía a Claude el cura, el piadoso difamado: «Afortunadamente crees en Dios. Ruega y vuelve a rogar por todos nosotros». Y Claude acortaba su ducha en beneficio de unos cuantos avemarías.
En cuanto a Rana, al que denigraban porque quería estar solo para expresar su tristeza, Laura le confesaba que ella a menudo también estaba triste, por culpa de todo lo que ocurría en Europa. Pasaban un momento juntos, hombro con hombro, y después se sentían mejor.
Una mañana de la tercera semana, mientras Palo, Ciruelo, Gordo, Faron, Frank, Claude y Key fumaban según su costumbre sobre la destemplada colina, se cruzaron en la bruma con la silueta de un zorro, largo y sarnoso, que les saludó con un aterrador grito ronco. Claude intentó una respuesta amistosa, poniendo las manos a modo de embudo para imitarle, pero el zorro salió huyendo.
—¡Maldito zorro! —exclamó Frank.
—No te preocupes —dijo Gordo.
—Quizás tiene la rabia.
—¿Cómo puedes asustarte de un zorro, y no sentir miedo de los alemanes?
Frank entrecerró los ojos para ofrecer un aspecto malvado y no pasar por un cobarde.
—No tiene nada que ver… Quizás tenga la rabia.
—Él no —le tranquilizó Gordo—. No Georges.
Todos se volvieron hacia Gordo, incrédulos.
—¿Quién? —preguntó Palo.
—Georges.
—¿Le has puesto un nombre a ese zorro?
—Sí, me lo cruzo a menudo.
Gordo tiró el cigarrillo, como si no pasara nada, contento de que se interesaran por él.
—No se puede llamar Georges a un zorro —dijo Key—. Georges es un nombre de humano.
—Llámalo Zorro —sugirió Claude.
—Zorro no me gusta —refunfuñó Gordo—. Prefiero llamarlo Georges.
—¡Yo tengo un primo que se llama Georges! —declaró Slaz, indignado.
Y se echaron todos a reír.
Resultó, efectivamente, que Georges solía rondar cerca de la mansión en busca de comida, y que se lo podía ver al alba y al crepúsculo bajo un gran sauce que tenía el tronco vacío. Y en Wanborough Manor aquel día se habló mucho del zorro de Gordo. Laura se mostró muy interesada en saber cómo había conseguido domesticar a un zorro, lo que llenó al gigante de una inmensa satisfacción. «No se puede decir que lo haya domesticado, solo le he dado un nombre», dijo con modestia.
A la mañana siguiente, todo el grupo fue a fumar, pero no sobre la colina habitual, sino a pocos pasos del famoso sauce, con la esperanza de ver a Georges. Gordo, convertido por las circunstancias en guía masái del safari, comentaba: «No sé si vendrá… Hay demasiada gente… Seguro que se asusta…». Y se sintió muy importante, y le pareció formidable sentirse muy importante, porque era un sentimiento de felicidad extrema, el de los ministros y los presidentes.
Durante dos mañanas seguidas, Georges se mostró a los fumadores, siempre bajo el gran sauce. Y, observándolo bien, constatando que el raposo, sentado sobre el trasero, mascaba continuamente, Slaz comprendió que encontraba comida en el tronco hueco.
—¡Está comiendo! —clamó susurrando, pues la consigna de Gordo era susurrar para no espantar a Georges.
—¿Qué es lo que come? —preguntó uno de ellos.
—No lo sé, no lo veo.
—¿Gusanos, quizás? —sugirió Claude.
—¡Los zorros no comen gusanos! —corrigió Stanislas, que conocía bien a los zorros por haber participado en alguna montería—. Comen cualquier cosa, pero no gusanos.
—Creo que es su despensa —declaró Gordo con tono erudito—. Por eso viene siempre aquí.
Todos asintieron, y Gordo se sintió importante de nuevo.
Pero Georges el zorro no acudía bajo el sauce por casualidad: desde hacía diez días, Gordo dejaba allí, para atraerlo, los restos que se guardaba en los bolsillos durante las comidas. Primero lo había hecho para poder contemplar al animal; lo había esperado, al acecho, por su propio placer. Pero desde hacía dos días, se felicitaba por aquella idea, que había convertido al zorro y a sí mismo en el centro de atención general. Y al alba, aglutinados todos a su alrededor para ver al zorro, Gordo bendijo con amor a su noble raposo vagabundo, en realidad un zorro enclenque y enfermo, cosa que tuvo buen cuidado de no revelar.
El último día de la tercera semana, el teniente Peter concedió una tarde de descanso a los aspirantes, que estaban rendidos. La mayoría de ellos fueron a acostarse a sus dormitorios: Palo y Gordo entablaron una partida de ajedrez en la sala, cerca de la estufa; Claude se fue a la capilla. Faron, celoso por la agitación en torno a Gordo y a su zorro, aprovechó el tiempo libre para ir a buscar al zorro a su madriguera, justo debajo de la granja.
En dos ocasiones, el coloso había observado que el animal desaparecía detrás de una tabla baja: no le costó nada levantarla, y localizó la entrada de una pequeña cavidad poco profunda. El zorro estaba allí. Faron sonrió, satisfecho de sí mismo: no todo el mundo era capaz de encontrar zorros. Con ayuda de un palo largo, empezó a dar violentos golpes hasta el fondo del escondite. Deslizó el brazo dentro del túnel de la madriguera y golpeó el fondo lo más fuerte que pudo hasta tocar al animal, que gemía. Cuando Georges, herido y sin otra escapatoria, intentó salir para huir, Faron comenzó a darle patadas y pisotones y lo mató sin dificultad. Gritó de alegría: era tan fácil matar… Se levantó y lo contempló, un poco decepcionado; de cerca era mucho más pequeño de lo que había pensado. Contento a pesar de todo, llevó su trofeo hasta la sala desierta, donde Palo y Gordo se inclinaban sobre el tablero de Stanislas. Faron entró en la habitación, triunfal, y lanzó el cadáver del zorro a los pies de Gordo.
—¡Georges! —gritó Gordo—. ¿Has…, has matado a Georges?
Y Faron sintió cierto placer al descubrir en los ojos abiertos de Gordo un reflejo de terror y desesperación.
Palo, temblando, dejó estallar su rabia. Lanzó el tablero a la cara de Faron, que se carcajeaba y, tras correr hacia él, lo derribó en el suelo, gritando: «¡Eres un hijo de puta!».
Faron, con el rostro repentinamente enrojecido por la cólera, se levantó de un salto y agarró a Palo con un movimiento firme, uno de los que habían aprendido allí y, retorciéndole el brazo, sirviéndose de él como una palanca, le aplastó la cabeza contra la pared. El coloso, los ojos amarillentos de furia, cogió después a Palo por el cuello, con una sola mano, lo levantó por encima del suelo y empezó a golpearle con el puño libre. Palo se ahogaba; intentó zafarse, pero en vano; no podía hacer nada contra aquella fuerza prodigiosa, salvo cruzar los brazos contra su cuerpo y su rostro para protegerlos un poco.
La escena duró apenas unos segundos, el tiempo que necesitó el teniente Peter para correr a interponerse, alertado por los ruidos de la pelea, seguido de David y del resto del grupo que llegaban desde los dormitorios.
Palo había recibido una sarta de golpes, su propia sangre le quemaba la garganta y su corazón latía tan fuerte que pensó que se iba a parar.
—¡Qué está pasando aquí! —exclamó el teniente tirando de Faron por el hombro.
Le ordenó que se marchase al instante, después ordenó a los aspirantes dispersarse, amenazándoles con retomar los entrenamientos si no volvía la calma de inmediato. Palo se encontró entonces a solas con Peter, y pensó por un segundo que quizás él le iba a pegar también, o a enviarlo a prisión por haber sido vencido tan fácilmente. Se puso a temblar, quería volver a París, volver con su padre, no abandonar nunca más la Rue du Bac, y poco importaba lo que pasaba fuera, poco importaban los alemanes y poco importaba la guerra, mientras estuviese con su padre. Era un hijo sin padre, un huérfano lejos de su tierra, y quería que todo acabase. Pero el teniente Peter no le levantó la mano.
—Está sangrando —dijo simplemente.
Palo se secó los labios con el dorso de la mano y se pasó la lengua por los dientes para asegurarse de que no se había roto ninguno. Se sentía triste, humillado, había manchado el pantalón con un poco de orina.
—Ha matado al zorro —dijo Palo en su mal inglés, señalando la piel ensangrentada.
—Lo sé.
—Le he dicho que era un hijo de puta.
El teniente se rio.
—¿Me van a castigar?
—No.
—Teniente, no se debe matar a los animales. Matar a los animales es como matar a los niños.
—Tiene razón. ¿Está herido?
—No.
El teniente posó una mano sobre su hombro, y Palo sintió que sus nervios le abandonaban.
—Echo de menos a mi padre —sollozó, los ojos brillantes de lágrimas.
Peter asintió con la cabeza, compasivo.
—¿Eso hace de mí un débil?
—No.
El oficial dejó un poco más su mano sobre el hombro, y después le ofreció su pañuelo.
—Vaya a echarse agua en la cara, está sudando.
No sudaba, lloraba.
En la cena, Palo no consiguió probar bocado. Key, Aimé y Frank intentaron reconfortarle. Claude propuso contarle algunos grandes episodios bíblicos para cambiarle las ideas, Ciruelo balbuceó bromas incomprensibles y Stanislas le propuso jugar al ajedrez. Pero ninguno podía hacer nada por Palo.
Se separó de los demás. Se escondió detrás de la capilla, en un lugar que solo él conocía, un escondite entre dos muros de piedra que protegían de la lluvia. Apenas se instaló apareció Laura. No dijo nada, simplemente se sentó a su lado y plantó su bonita mirada en la suya; sus ojos verdes reían en silencio. A Palo le pareció tan dulce que se preguntó por un momento si estaba al corriente de la paliza que le había dado Faron.
—Me ha arreado una buena tunda, ¿verdad? —murmuró, incómodo.
—Eso no importa.
Ella le hizo una seña para que se callase. Y fue un bonito instante. Palo cerró los ojos e inspiró secretamente: Laura olía tan bien; su cabello lavado olía a albaricoque, su nuca emanaba un delicado perfume. Se perfumaba, ¡estaban en plena escuela de guerra y se perfumaba! Escondido en la oscuridad, acercó su rostro hacia ella sin que se diera cuenta y volvió a inspirar. Hacía tanto tiempo que no había sentido un olor tan agradable…
Laura golpeó amistosamente con la mano el brazo de Palo, para que se sintiese mejor, pero él no pudo evitar un gesto de dolor. Al subirse la manga, descubrió a la luz de su mechero dos enormes hematomas violáceos en su antebrazo, causados por los golpes de Faron. Ella posó con ternura las manos frescas sobre las heridas.
—¿Te duele?
—Un poco.
Era horriblemente doloroso.
—Ven a mi habitación dentro de un rato. Te curaré.
Y con esas palabras se marchó, arrastrando por el inmenso parque de Wanborough Manor los efluvios de su delicado perfume.
Como Palo ignoraba cuánto tiempo significaba dentro de un rato, aprovechó el hecho de que todo el mundo estaba todavía ocupado en el comedor para ir a cambiarse al dormitorio. Examinó su rostro en un trozo de espejo, se puso una camisa inmaculada y registró las bolsas de sus compañeros buscando perfume, pero no encontró nada. Después se deslizó hasta la habitación de Laura, con cuidado de que los demás no le vieran. Nadie entraba en la habitación de Laura, y ese privilegio le hizo olvidar por un momento la humillación que le había hecho sufrir Faron.
Llamó a la puerta; dos golpes. Se preguntó si dos golpes no sería demasiado insistente. O quizás demasiado impersonal. Hubiese debido dar tres golpes, algo más ligeros. Sí, tres golpecitos, como tres pasos apagados, furtivos y elegantes. Pam pim pum, y no el terrible pam pam que había aporreado. ¡Ay, cómo se arrepentía! Laura abrió, y Palo penetró en el sanctasanctórum.
La habitación de Laura era idéntica a las otras, amueblada con las mismas cuatro camas y el mismo gran armario. Pero aquí solo se usaba una cama y, a diferencia de los demás dormitorios, roñosos y llenos de desorden, esa estancia estaba bien cuidada.
—Siéntate aquí —dijo ella señalándole una de las camas.
Él obedeció.
—Súbete las mangas.
Palo volvió a obedecer.
Laura cogió de una estantería un frasco transparente que contenía un ungüento de color claro, se sentó a su lado y con las yemas de los dedos aplicó la crema en sus antebrazos. Cuando movía la cabeza, su pelo despeinado acariciaba las mejillas de Palo sin que ella se percatara.
—Esto debería calmarte el dolor —murmuró.
Palo ya no escuchaba, contemplaba sus manos: tenía unas manos tan bonitas, tan cuidadas a pesar del barro cotidiano. Y sintió ganas de amarla, sintió ganas desde el primer segundo en que le tocó el brazo. También tenía ganas de gritar a Claude que viniese a ver, que no estaban acabados si Laura existía, en esa sórdida casa de entrenamiento para la guerra. Luego recordó que Claude quería ser cura, así que no dijo nada.
Y empezó la cuarta y última semana en Wanborough Manor. Los primeros fríos envolvieron lentamente Inglaterra, y Stanislas, que conocía su país, predijo que pronto llegarían grandes heladas. Los aspirantes pasaron varias de sus últimas noches entrenándose en recorridos nocturnos, poniendo a prueba a la vez las capacidades físicas y teóricas que les habían inculcado. Pero, llegados al final de su curso en Surrey, y a pesar de todos los ejercicios que hubiesen podido practicar, seguían sin saber nada del SOE ni de sus métodos de acción. Sin embargo, habían cambiado bastante: sus cuerpos se habían hecho más musculosos, más resistentes, habían aprendido lucha cuerpo a cuerpo, boxeo, algo de tiro, morse, algunos modos operativos simples, y sobre todo empezaban a adquirir una inmensa confianza en sí mismos, pues sus progresos habían sido asombrosos para quienes, en su mayoría, no sabían nada de la guerra clandestina al llegar allí. Se sentían preparados.
En esos últimos días, puestos al límite, algunos se hundieron, agotados: Gran Didier fue eliminado de la selección, sus piernas ya no aguantaban, y Palo se dio cuenta en las duchas de que Rana estaba apagándose. Una tarde, un instructor condujo al grupo para realizar una carrera por el bosque. El ritmo era terrible, y en varias ocasiones tuvieron que vadear un arroyo. El grupo fue estirándose poco a poco, y cuando Palo, más bien en la parte más retrasada de la tropa, penetró por tercera vez en el agua glacial, escuchó un grito de niño que desgarró el silencio: al volverse, vio a Rana tendido en la orilla, gimiendo, agotado.
El resto del grupo estaba ya lejos, detrás de los árboles. Palo aún pudo distinguir a Slaz y Faron; los llamó, pero Faron, que corría cargado con dos gruesas piedras en las manos para endurecerse aún más, gritó: «¡No nos paramos por los gilipollas, ya los cogerán los alemanes!». Y desaparecieron por el sendero de barro. Entonces Palo, chapoteando con el agua hasta la cintura, dio marcha atrás. El arroyo le pareció más frío en ese sentido, la corriente más fuerte.
—¡No te detengas! —gritó Rana viéndolo—. ¡No te detengas por mí!
Palo no hizo caso, llegó a la orilla.
—Rana, debes continuar.
—Me llamo André.
—André, debes continuar.
—No puedo más.
—André, debes continuar. Te echarán si abandonas.
—¡Entonces abandono! —gimió—. Quiero volver a mi casa, quiero volver a ver a mi familia.
Se puso las manos en el vientre y encogió las piernas.
—¡Me duele! ¡Me duele!
—¿Dónde te duele?
—En todas partes.
Estaba desesperado.
—Tengo ganas de morirme —suspiró.
—No digas eso.
—¡Tengo ganas de morirme!
Palo le rodeó con sus brazos nudosos e intentó consolarle con sus palabras.
—Abandono —repitió Rana—. Abandono y me vuelvo a Francia.
—Si abandonas, no te dejarán volver —dijo Palo. Y juzgando que se trataba de un caso de fuerza mayor, rompió la promesa hecha a Key y reveló el insoportable secreto—: Irás a prisión. Si abandonas, irás a prisión.
Rana se echó a llorar. Palo sintió sus lágrimas correr por sus brazos, lágrimas de miedo, de rabia y de vergüenza. Y se llevó a Rana con él para unirse a los demás.
La escuela preliminar terminó al mismo tiempo que el mes de noviembre, después de un ejercicio final de rara intensidad que tuvo lugar en la noche glacial. Max, débil desde hacía varios días, quedó eliminado durante el recorrido. Al final de esa última prueba, reunieron al resto de los aspirantes en la sala para una pequeña celebración, y el teniente Peter les anunció que habían terminado su estancia en Surrey. Se felicitaron mutuamente en aquella habitación que ahora parecía tan desierta: tres semanas antes, eran el doble, la selección había sido implacable. Y fueron todos a fumar por última vez sobre la colina.
Esa noche, Palo decidió no ir a su dormitorio, donde sus camaradas ya estaban durmiendo. Atravesó el pasillo y llamó a la puerta de la habitación de Laura. Ella abrió y sonrió. Puso un dedo sobre su boca para que no hiciese ruido y le hizo una seña para que entrase. Sentados sobre una de las camas, permanecieron un instante contemplándose, orgullosos del trabajo realizado pero física y moralmente exhaustos. Después se tumbaron juntos, Palo la abrazó, y ella posó las manos sobre las de él, y las estrecharon.