dedicatoria

A Luis Loayza, el borgiano de Petit

Thouars, y a Abelardo Oquendo,

el Delfín, con todo el cariño del

sastrecillo valiente, su hermano

de entonces y de todavía

cita

Il faut avoir fouillé toute la vie

sociale pour être un vrai romancier,

vu que le roman est l’histoire privée

des nations.

BALZAC,
Petites misères de la vie conjugale

parte1

 
 
Uno

cap1

I

Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú? Los canillitas merodean entre los vehículos detenidos por el semáforo de Wilson voceando los diarios de la tarde y él echa a andar, despacio, hacia la Colmena. Las manos en los bolsillos, cabizbajo, va escoltado por transeúntes que avanzan, también, hacia la plaza San Martín. Él era como el Perú, Zavalita, se había jodido en algún momento. Piensa: ¿en cuál? Frente al Hotel Crillón un perro viene a lamerle los pies: no vayas a estar rabioso, fuera de aquí. El Perú jodido, piensa, Carlitos jodido, todos jodidos. Piensa: no hay solución. Ve una larga cola en el paradero de los colectivos a Miraflores, cruza la plaza y ahí está Norwin, hola hermano, en una mesa del Bar Zela, siéntate Zavalita, manoseando un chilcano y haciéndose lustrar los zapatos, le invitaba un trago. No parece borracho todavía y Santiago se sienta, indica al lustrabotas que también le lustre los zapatos a él. Listo jefe, ahoritita jefe, se los dejaría como espejos, jefe.

—Siglos que no se te ve, señor editorialista —dice Norwin—. ¿Estás más contento en la página editorial que en locales?

—Se trabaja menos —alza los hombros, a lo mejor había sido ese día que el director lo llamó, pide una Cristal helada, ¿quería reemplazar a Orgambide, Zavalita?, él había estado en la universidad y podría escribir editoriales ¿no, Zavalita? Piensa: ahí me jodí—. Vengo temprano, me dan mi tema, me tapo la nariz y en dos o tres horas, listo, jalo la cadena y ya está.

—Yo no haría editoriales ni por todo el oro del mundo —dice Norwin—. Estás lejos de la noticia y el periodismo es noticia, Zavalita, convéncete. Me moriré en policiales, nomás. A propósito ¿se murió Carlitos?

—Sigue en la clínica, pero le darán de alta pronto —dice Santiago—. Jura que va a dejar el trago esta vez.

—¿Cierto que una noche al acostarse vio cucarachas y arañas? —dice Norwin.

—Levantó la sábana y se le vinieron encima miles de tarántulas, de ratones —dice Santiago—. Salió calato a la calle dando gritos.

Norwin se ríe y Santiago cierra los ojos: las casas de Chorrillos son cubos con rejas, cuevas agrietadas por temblores, en el interior hormiguean cachivaches y polvorientas viejecillas pútridas, en zapatillas, con várices. Una figurilla corre entre los cubos, sus alaridos estremecen la aceitosa madrugada y enfurecen a las hormigas, alacranes y escorpiones que la persiguen. La consolación por el alcohol, piensa, contra la muerte lenta los diablos azules. Estaba bien, Carlitos, uno se defendía del Perú como podía.

—El día menos pensado yo también me voy a encontrar a los bichitos —Norwin contempla su chilcano con curiosidad, sonríe a medias—. Pero no hay periodista abstemio, Zavalita. El trago inspira, convéncete.

El lustrabotas ha terminado con Norwin y ahora embetuna los zapatos de Santiago, silbando. ¿Cómo iban las cosas por Última Hora, qué se contaban esos bandoleros? Se quejaban de tu ingratitud, Zavalita, que viniera alguna vez a visitarlos, como antes. O sea que ahora tenías un montón de tiempo libre, Zavalita, ¿trabajabas en otro sitio?

—Leo, duermo siestas —dice Santiago—. Quizá me matricule otra vez en Derecho.

—Te alejas de la noticia y ya quieres un título —Norwin lo mira apenado—. La página editorial es el fin, Zavalita. Te recibirás de abogado, dejarás el periodismo. Ya te estoy viendo hecho un burgués.

—Acabo de cumplir treinta años —dice Santiago—. Tarde para volverme un burgués.

—¿Treinta, nada más? —Norwin queda pensativo—. Yo treinta y seis y parezco tu padre. La página policial lo muele a uno, convéncete.

Caras masculinas, ojos opacos y derrotados sobre las mesas del Bar Zela, manos que se alargan hacia ceniceros y vasos de cerveza. Qué fea era la gente aquí, Carlitos tenía razón. Piensa: ¿qué me pasa hoy? El lustrabotas espanta a manazos a dos perros que jadean entre las mesas.

—¿Hasta cuándo va a seguir la campaña de La Crónica contra la rabia? —dice Norwin—. Ya se ponen pesados, esta mañana le dedicaron otra página.

—Yo he hecho todos los editoriales contra la rabia —dice Santiago—. Bah, eso me fastidia menos que escribir sobre Cuba o Vietnam. Bueno, ya no hay cola, voy a tomar el colectivo.

—Vente a almorzar conmigo, te invito —dice Norwin—. Olvídate de tu mujer, Zavalita. Vamos a resucitar los buenos tiempos.

Cuyes ardientes y cerveza helada, el Rinconcito Cajamarquino de Bajo el Puente y el espectáculo de las vagas aguas del Rímac escurriéndose entre rocas color moco, el café terroso del Haití, la timba en casa de Milton, los chilcanos y la ducha en casa de Norwin, la apoteosis de medianoche en el bulín con Becerrita que conseguía rebajas, el sueño ácido y los mareos y las deudas del amanecer. Los buenos tiempos, puede que ahí.

—Ana ha hecho chupe de camarones y eso no me lo pierdo —dice Santiago—. Otro día, hermano.

—Le tienes miedo a tu mujer —dice Norwin—. Uy, qué jodido estás, Zavalita.

No por lo que tú creías, hermano. Norwin se empeña en pagar la cerveza, la lustrada, y se dan la mano. Santiago regresa al paradero, el colectivo que toma es un Chevrolet y tiene la radio encendida, Inca Kola refrescaba mejor, después un vals, ríos, quebradas, la veterana voz de Jesús Vásquez, era mi Perú. Todavía hay embotellamientos en el centro, pero República y Arequipa están despejadas y el auto puede ir de prisa, un nuevo vals, las limeñas tenían alma de tradición. ¿Por qué cada vals criollo sería tan, tan huevón? Piensa: ¿qué me pasa hoy? Tiene el mentón en el pecho y los ojos entrecerrados, va como espiándose el vientre: caramba, Zavalita, te sientas y esa hinchazón en el saco. ¿Sería la primera vez que tomó cerveza? ¿Quince, veinte años atrás? Cuatro semanas sin ver a la mamá, a la Teté. Quién iba a decir que Popeye se recibirá de arquitecto, Zavalita, quién que acabarías escribiendo editoriales contra los perros de Lima. Piensa: dentro de poco seré barrigón. Iría al baño turco, jugaría tenis en el Terrazas, en seis meses quemaría la grasa y otra vez un vientre liso como a los quince. Apurarse, romper la inercia, sacudirse. Piensa: deporte, ésa es la solución. El parque de Miraflores ya, la Quebrada, el Malecón, en la esquina de Benavides maestro. Baja, camina hacia Porta, las manos en los bolsillos, cabizbajo, ¿qué me pasa hoy? El cielo sigue nublado, la atmósfera es aún más gris y ha comenzado la garúa: patitas de zancudos en la piel, caricias de telarañas. Ni siquiera eso, una sensación más furtiva y desganada todavía. Hasta la lluvia andaba jodida en este país. Piensa: si por lo menos lloviera a cántaros. ¿Qué darían en el Colina, en el Montecarlo, en el Marsano? Almorzaría, un capítulo de Contrapunto que iría languideciendo y lo llevaría en brazos hasta el sueño viscoso de la siesta, si dieran una policial como Rififí, una cowboy como Río Grande. Pero Ana tendría su dramón marcado en el periódico, qué me pasa hoy día. Piensa: si la censura prohibiera las mexicanadas pelearía menos con Ana. ¿Y después de la vermouth? Darían una vuelta por el Malecón, fumarían bajo las sombrillas de cemento del parque Necochea sintiendo rugir el mar en la oscuridad, volverían a la quinta de los duendes de la mano, peleamos mucho amor, discutimos mucho amor, y entre bostezos Huxley. Los dos cuartos se llenarían de humo y olor a aceite, ¿estaba con mucha hambre, amor? El despertador de la madrugada, el agua fría de la ducha, el colectivo, la caminata entre oficinistas por la Colmena, la voz del director, ¿preferías la huelga bancaria, Zavalita, la crisis pesquera o Israel? Tal vez valdría la pena esforzarse un poco y sacar el título. Piensa: dar marcha atrás. Ve los muros ásperos color naranja, las tejas rojas, la ventanitas con rejas negras de las casas de duende de la quinta. La puerta del departamento está abierta, pero no aparece el Batuque, chusco, brincando, ruidoso y efusivo. ¿Por qué dejas abierta la casa cuando vas al chino, amor? Pero no, ahí está Ana, qué te pasa, viene con los ojos hinchados y llorosos, despeinada: se lo habían llevado al Batuque, amor.

—Me lo arrancharon de las manos —solloza Ana—. Unos negros asquerosos, amor. Lo metieron al camión. Se lo robaron, se lo robaron.

La besa en la sien, cálmate amor, le acaricia el rostro, cómo había sido, la lleva del hombro hacia la casa, no llores sonsita.

—Te llamé a La Crónica y no estabas —Ana hace pucheros—. Unos bandidos, unos negros con caras de forajidos. Yo lo llevaba con su cadena y todo. Me lo arrancharon, lo metieron al camión, se lo robaron.

—Almuerzo y voy a la perrera a sacarlo —la besa de nuevo Santiago—. No le va a pasar nada, no seas sonsa.

—Se puso a patalear, a mover su colita —se limpia los ojos con el mandil, suspira—. Parecía que entendía, amor. Pobrecito, pobrecito.

—¿Te lo arrancharon de las manos? —dice Santiago—. Qué tal raza, voy a armar un lío.

Coge el saco que ha arrojado sobre una silla y da un paso hacia la puerta, pero Ana lo ataja: que almorzara primero rapidito, amor. Tiene la voz dulce, hoyuelos en las mejillas, los ojos tristes, está pálida.

—Ya se enfriaría el chupe —sonríe, le tiemblan los labios—. Me olvidé de todo con lo que pasó, corazón. Pobrecito el Batuquito.

Almuerzan sin hablar, en la mesita pegada a la ventana que da al patio de la quinta: tierra color ladrillo, como las canchas de tenis del Terrazas, un caminito sinuoso de grava y, a la orilla, matas de geranios. El chupe se ha enfriado, una película de grasa tiñe los bordes del plato, los camarones parecen de lata. Estaba yendo al chino de San Martín a comprar una botella de vinagre, corazón, y, de repente, frenó a su lado un camión y se bajaron dos negros con caras de bandidos, de forajidos de lo peor, uno le dio un empujón y el otro le arranchó la cadena y, antes de que ella se diera cuenta, ya lo habían metido a la perrera, ya se habían ido. Pobrecito, pobre animalito. Santiago se pone de pie: esos abusivos lo iban a oír. ¿Veía, veía? Ana solloza de nuevo; también él tenía miedo de que lo mataran, amor.

—No le harán nada, corazón —besa a Ana en la mejilla, un sabor instantáneo a carne viva y a sal—. Lo traigo ahorita, vas a ver.

Trota hasta la farmacia de Porta y San Martín, pide prestado el teléfono y llama a La Crónica. Contesta Solórzano, el de judiciales: qué carajo iba a saber dónde quedaba la perrera, Zavalita.

—¿Se llevaron a su perro? —el boticario adelanta una cabeza solícita—. La perrera queda en el Puente del Ejército. Vaya rápido, a mi cuñado le mataron su chihuahua, un animalito carísimo.

Trota hasta Larco, toma un colectivo, ¿cuánto costaría la carrera desde el paseo Colón hasta el Puente del Ejército?, cuenta en su cartera ciento ochenta soles. El domingo estarían ya sin un centavo, una lástima que Ana dejara la clínica, mejor no iban al cine a la noche, pobre Batuque, nunca más un editorial sobre la rabia. Baja en el paseo Colón, en la plaza Bolognesi encuentra un taxi, el chofer no conocía la perrera señor. Un heladero de la plaza Dos de Mayo los orienta: más adelante, un letrerito cerca del río, Depósito Municipal de Perros, era allí. Un gran canchón rodeado de un muro ruin de adobes color caca —el color de Lima, piensa, el color del Perú—, flanqueado por chozas que, a lo lejos, se van mezclando y espesando hasta convertirse en un laberinto de esteras, cañas, tejas, calaminas. Apagados, remotos gruñidos. Hay una escuálida construcción junto a la entrada, una plaquita dice Administración. En mangas de camisa, con anteojos, calvo, un hombre dormita en un escritorio lleno de papeles y Santiago golpea la mesa: se habían robado a su perro, se lo habían arranchado a su señora de las manos, el hombre respinga asustado, carajo esto no se iba a quedar así.

—Qué es eso de entrar en la oficina echando carajos —el calvo se frota los ojos estupefactos y hace muecas—. Más respeto.

—Si le ha pasado algo a mi perro la cosa no se va a quedar así —saca su carnet de periodista, golpea la mesa otra vez—. Y los tipos que agredieron a mi señora lo van a lamentar, le aseguro.

—Cálmese un poco —revisa el carnet, bosteza, el disgusto de su cara se disuelve en aburrimiento beatífico—. ¿Recogieron a su perrito hace un par de horas? Entonces estará entre los que trajo ahorita el camión.

Que no se pusiera así, amigo periodista, no era culpa de nadie. Su voz es desganada, soñolienta como sus ojos, amarga como los pliegues de su boca: jodido, también. A los recogedores se les pagaba por animal, a veces abusaban, qué se le iba a hacer, era la lucha por los frejoles. Unos golpes sordos en el canchón, aullidos como filtrados por muros de corcho. El calvo sonríe a medias y sin gracia, abúlicamente se pone de pie, sale de la oficina murmurando. Cruzan un descampado, entran a un galpón que huele a orines. Jaulas paralelas, atestadas de animales que se frotan unos contra otros y saltan en el sitio, olfatean los alambres, gruñen. Santiago se inclina ante cada jaula, no era ése, explora la promiscua superficie de hocicos, lomos, rabos tiesos y oscilantes, aquí tampoco. El calvo va a su lado, la mirada perdida, arrastrando los pies.

—Compruebe, ya no hay donde meterlos —protesta, de repente—. Después nos ataca su periódico, qué injusticia. La municipalidad afloja miserias, tenemos que hacer milagros.

—Carajo —dice Santiago—. Tampoco aquí.

—Paciencia —suspira el calvo—. Quedan cuatro galpones más.

Salen de nuevo al descampado. Tierra removida, hierbajos, excrementos, charcas pestilentes. En el segundo galpón una jaula se agita más que las otras, los alambres vibran y algo blanco y lanudo rebota, sobresale, se hunde en el oleaje: menos mal, menos mal. Medio hocico, un pedacito de rabo, dos ojos encarnados y llorosos: Batuquito. Todavía estaba con su cadena, no tenían derecho, qué tal concha, pero el calvo calma, calma, iba a hacer que se lo saquen. Se aleja a pasos morosos y, un momento después, vuelve seguido de un zambo bajito de overol azul: a ver, que se sacara al blanquiñoso ese, Pancras. El zambo abre la jaula, aparta a los animales, atrapa al Batuque del pescuezo, se lo alcanza a Santiago. Pobre, estaba temblando, pero lo suelta y da un paso atrás, sacudiéndose.

—Siempre se cagan —ríe el zambo—. Su manera de decir estamos contentos de salir de la prisión.

Santiago se arrodilla junto al Batuque, le rasca la cabeza, le da a lamer sus manos. Tiembla, gotea pis, se tambalea borracho y sólo en el descampado comienza a brincar y a hurgar la tierra, a correr.

—Acompáñeme, vea en qué condiciones se trabaja —toma a Santiago del brazo, ácidamente le sonríe—. Escríbase algo en su periódico, pida que la municipalidad nos aumente la partida.

Galpones malolientes y en escombros, un cielo gris acero, bocanadas de aire mojado. A cinco metros de ellos una oscura silueta, de pie junto a un costal, forcejea con un salchicha que protesta con voz demasiado fiera para su mínimo cuerpo y se retuerce histérico: ayúdalo, Pancras. El zambo bajito corre, abre el costal, el otro zambulle adentro al salchicha. Cierran el costal con una cincha, lo colocan en el suelo y el Batuque comienza a gruñir, tira de la cadena gimiendo, qué te pasa, mira espantado, ladra ronco. Los hombres tienen ya los garrotes en las manos, ya comienzan uno-dos a golpear y a rugir, y el costal danza, bota, aúlla enloquecido, uno-dos rugen los hombres y golpean. Santiago cierra los ojos, aturdido.

—En el Perú estamos en la Edad de Piedra, mi amigo —una sonrisa agridulce despierta la cara del calvo—. Mire en qué condiciones se trabaja, dígame si hay derecho.

El costal está quieto, los hombres lo apalean un rato más, tiran al suelo los garrotes, se secan las caras, se frotan las manos.

—Antes se los mataba como Dios manda, ahora no alcanza la plata —se queja el calvo—. Escríbase un articulito, amigo periodista.

—¿Y sabe usted lo que se gana aquí? —dice Pancras, accionando; se vuelve hacia el otro—. Cuéntaselo tú, el señor es periodista, que proteste en su periódico.

Es más alto, más joven que Pancras. Da unos pasos hacia ellos y Santiago puede verle al fin la cara: ¿qué? Suelta la cadena, el Batuque echa a correr ladrando y él abre la boca y la cierra: ¿qué?

—Un sol por animal, don —dice el zambo—. Encima hay que llevarlos al basural donde los queman. Apenas un sol, don.

No era él, todos los negros se parecían, no podía ser él. Piensa: ¿por qué no va a ser él? El zambo se agacha, levanta el costal, sí era él, lo lleva hasta un rincón del descampado, lo arroja entre otros costales sanguinolentos, vuelve balanceándose sobre sus largas piernas y sobándose la frente. Era él, era él. Cumpa, le da un codazo Pancras, ándate a almorzar de una vez.

—Aquí se quejan, pero cuando salen en el camión a recoger se pasan la gran vida —gruñe el calvo—. Esta mañana se cargaron al perrito del señor que tenía correa y estaba con su ama, conchudos.

El zambo alza los brazos, era él: ellos no habían salido esta mañana en el camión, don, se las habían pasado tirando palo. Piensa: él. Su voz, su cuerpo son los de él, pero parece tener treinta años más. La misma jeta fina, la misma nariz chata, el mismo pelo crespo. Pero ahora, además, hay bolsones violáceos en los párpados, arrugas en su cuello, un sarro amarillo verdoso en los dientes de caballo. Piensa: eran blanquísimos. Qué cambiado, qué arruinado. Está más flaco, más sucio, muchísimo más viejo, pero ése es su andar rumboso y demorado, ésas sus piernas de araña. Sus manazas tienen ahora una corteza nudosa y hay un bozal de saliva alrededor de su boca. Han desandado el canchón, están en la oficina, el Batuque se refriega contra los pies de Santiago. Piensa: no sabe quién soy. No se lo iba a decir, no le iba a hablar. Qué te iba a reconocer, Zavalita, tenías ¿dieciséis, dieciocho? y ahora eras un viejo de treinta. El calvo pone papel carbón entre dos hojas, garabatea unas líneas de letra arrodillada y avara. Recostado contra el vano, el zambo se lame los labios.

—Una firmita aquí, mi amigo; y en serio, dénos un empujoncito, pida en La Crónica que nos aumenten la partida —el calvo mira al zambo—: ¿No te ibas a almorzar?

—¿Se podría un adelanto? —da un paso y explica, con naturalidad—: Los fondos andan bajos, don.

—Media libra —bosteza el calvo—. No tengo más.

Guarda el billete sin mirarlo y sale junto a Santiago. Un río de camiones, ómnibus y automóviles atraviesa el Puente del Ejército, ¿qué cara pondría si?, en la neblina los montones terrosos de casuchas de Fray Martín de Porres, ¿se echaría a correr?, se divisan como en sueños. Mira al zambo a los ojos y él lo mira:

—Si me mataban a mi perro, creo que yo los mataba a ustedes —y trata de sonreír.

No, Zavalita, no te reconoce. Escucha con atención y su mirada es turbia, distante y respetuosa. Además de envejecer se habría embrutecido también. Piensa: jodido, también.

—¿Se lo recogieron esta mañana al lanudito? —un brillo inesperado estalla un instante en sus ojos—. Sería el negro Céspedes, a ése no le importa nada. Se mete a los jardines, rompe las cadenas, cualquier cosa con tal de ganarse su sol.

Están al pie de la escalera que sube a Alfonso Ugarte; el Batuque se revuelca en la tierra y ladra al cielo ceniza.

—¿Ambrosio? —sonríe, vacila, sonríe—. ¿No eres Ambrosio?

No se echa a correr, no dice nada. Mira con expresión anonadada y estúpida y, de pronto, hay en sus ojos una especie de vértigo.

—¿Te has olvidado de mí? —vacila, sonríe, vacila—. Soy Santiago, el hijo de don Fermín.

Las manazas se alzan, ¿el niño Santiago, don?, se inmovilizan como dudando entre estrangularlo y abrazarlo, ¿el hijo de don Fermín? Tiene la voz rota de sorpresa o emoción y parpadea, cegado. Claro, hombre ¿no lo reconocía? Santiago en cambio lo reconoció apenas lo vio en el canchón: qué decía, hombre. Las manazas se animan, pa su diablo, viajan de nuevo por el aire, cuánto había crecido Dios mío, palmean los hombros y la espalda de Santiago, y sus ojos ríen, por fin: qué alegría, niño.

—Parece mentira verlo hecho un hombre —lo palpa, lo mira, le sonríe—. Lo veo y no me lo creo, niño. Claro que lo reconozco, ahora sí. Se parece usted a su papá; también su poquito a la señora Zoila.

¿Y la niña Teté?, y las manazas van y vienen, ¿emocionadas, asustadas?, ¿y el señor Chispas?, de los brazos a los hombros a la espalda de Santiago, y sus ojos parecen tiernos y reminiscentes y su voz porfía por ser natural. ¿No eran grandes las casualidades? ¡Dónde venían a encontrarse, niño! Y después de tanto tiempo, pa su diablo.

—Este trajín me ha dado sed —dice Santiago—. Ven, vamos a tomar algo. ¿Conoces algún sitio por aquí?

—Conozco el sitio donde como —dice Ambrosio—. La Catedral, uno de pobres, no sé si le gustará.

—Si tienen cerveza helada me gustará —dice Santiago—. Vamos, Ambrosio.

Parecía mentira que el niño Santiago tomara ya cerveza, y Ambrosio ríe, los recios dientes amarillo verdosos al aire: el tiempo volaba, caracho. Suben la escalera, entre los corralones de la primera cuadra de Alfonso Ugarte hay un garaje blanco de la Ford, y en la bocacalle de la izquierda asoman, despintados por la grisura inexorable, los depósitos del Ferrocarril Central. Un camión cargado de cajones oculta la puerta de La Catedral. Adentro, bajo el techo de calamina, se apiña en bancas y mesas toscas una rumorosa muchedumbre voraz. Dos chinos en mangas de camisa vigilan desde el mostrador las caras cobrizas, las angulosas facciones que mastican y beben, y un serranito extraviado en un rotoso mandil distribuye sopas humeantes, botellas, fuentes de arroz. Mucho cariño, muchos besos, mucho amor truena una radiola multicolor, y al fondo, detrás del humo, el ruido, el sólido olor a viandas y licor y los danzantes enjambres de moscas, hay una pared agujereada —piedras, chozas, un hilo de río, el cielo plomizo—, y una mujer ancha, bañada en sudor, manipula ollas y sartenes cercada por el chisporroteo de un fogón. Hay una mesa vacía junto a la radiola, entre la constelación de cicatrices del tablero se distingue un corazón flechado, un nombre de mujer: Saturnina.

—Yo ya almorcé, pero tú pide algo de comer —dice Santiago.

—Dos Cristales bien fresquitas —grita Ambrosio, haciendo bocina con sus manos—. Una sopa de pescado, pan y menestras con arroz.

No debiste venir, no debiste hablarle, Zavalita, no estás jodido sino loco. Piensa: la pesadilla va a volver. Será tu culpa, Zavalita, pobre papá, pobre viejo.

—Choferes, obreros de las fabriquitas de por aquí —Ambrosio señala el rededor, como excusándose—. Se vienen desde la avenida Argentina porque la comida es pasable y, sobre todo, barata.

El serranito trae las cervezas, Santiago sirve los vasos y beben a su salud niño, a la tuya Ambrosio y hay un olor compacto e indescifrable que debilita, marea y anega la cabeza de recuerdos.

—Qué trabajo tan fregado te has conseguido, Ambrosio. ¿Hace mucho que estás en la perrera?

—Un mes, niño, y entré gracias a la rabia, porque estaban completos. Claro que es fregado, a uno le sacan el jugo. Sólo es botado cuando se sale a recoger en el camión.

Huele a sudor, ají y cebolla, a orines y basura acumulada, y la música de la radiola se mezcla a la voz plural, a rugidos de motores y bocinazos, y llega a los oídos deformada y espesa. Rostros chamuscados, pómulos salientes, ojos adormecidos por la rutina o la indolencia vagabundean entre las mesas, forman racimos junto al mostrador, obstruyen la entrada. Ambrosio acepta el cigarrillo que Santiago le ofrece, fuma, arroja el pucho al suelo y lo entierra con el pie. Sorbe la sopa ruidosamente, mordisquea los trozos de pescado, coge los huesos y los chupa y deja brillantes, escuchando o respondiendo o preguntando, y engulle pedacitos de pan, apura largos tragos de cerveza y se limpia con la mano el sudor: el tiempo se lo tragaba a uno sin darse cuenta, niño. Piensa: ¿por qué no me voy? Piensa: tengo que irme y pide más cerveza. Llena los vasos, atrapa el suyo y mientras habla, recuerda, sueña o piensa, observa el círculo de espuma salpicado de cráteres, bocas que silenciosamente se abren vomitando burbujas rubias y desaparecen en el líquido amarillo que su mano calienta. Bebe sin cerrar los ojos, eructa, saca y enciende cigarrillos, se inclina para acariciar al Batuque: cosas pasadas, qué carajo. Habla y Ambrosio habla, las bolsas de sus párpados son azuladas, las ventanillas de su nariz laten como si hubiera corrido, como si se ahogara, y después de cada trago escupe, mira nostálgico las moscas, escucha, sonríe o se entristece o confunde y sus ojos, a ratos, parecen enfurecerse o asustarse o irse; a ratos tiene accesos de tos. Hay canas entre sus pelos crespos, lleva sobre el overol un saco que debió ser también azul y tener botones, y una camisa de cuello alto que se enrosca en su garganta como una cuerda. Santiago ve sus zapatones enormes: enfangados, retorcidos, jodidos por el tiempo. Su voz le llega titubeante, temerosa, se pierde, cautelosa, implorante, vuelve, respetuosa o ansiosa o compungida, siempre vencida: no treinta, cuarenta, cien más. No sólo se había desmoronado, envejecido, embrutecido; a lo mejor andaba tísico también. Mil veces más jodido que Carlitos o que tú, Zavalita. Se iba, tenía que irse y pide más cerveza. Estás borracho, Zavalita, ahorita ibas a llorar. La vida no trataba bien a la gente en este país, niño, desde que salió de su casa había vivido unas aventuras de película. A él tampoco lo había tratado bien la vida, Ambrosio, y pide más cerveza. ¿Iba a vomitar? El olor a fritura, pies y axilas revolotea, picante y envolvente, sobre las cabezas lacias o hirsutas, sobre las crestas engomadas y las chatas nucas con caspa y brillantina, la música de la radiola calla y regresa, calla y regresa, y ahora, más intensas e irrevocables que los rostros saciados y las bocas cuadradas y las pardas mejillas lampiñas, las abyectas imágenes de la memoria están también allí: más cerveza. ¿No era una olla de grillos este país, niño, no era un rompecabezas macanudo el Perú? ¿No era increíble que los odriístas y los apristas que tanto se odiaban ahora fueran uña y carne, niño? ¿Qué diría su papá de esto, niño? Hablan y a ratos oye tímidamente, respetuosamente a Ambrosio que se atreve a protestar: tenía que irse, niño. Está chiquito e inofensivo, allá lejos, detrás de la mesa larguísima que rebalsa de botellas y tiene los ojos ebrios y aterrados. El Batuque ladra una vez, ladra cien veces. Un remolino interior, una efervescencia en el corazón del corazón, una sensación de tiempo suspendido y tufo. ¿Hablan? La radiola deja de tronar, truena de nuevo. El corpulento río de olores parece fragmentarse en ramales de tabaco, cerveza, piel humana y restos de comida que circulan tibiamente por el aire macizo de La Catedral, y de pronto son absorbidos por una invencible pestilencia superior: ni tú ni yo teníamos razón papá, es el olor de la derrota papá. Gentes que entran, comen, ríen, rugen, gentes que se van, y el eterno perfil pálido de los chinos del mostrador. Hablan, callan, beben, fuman, y cuando el serranito aparece allí, inclinado sobre el tablero erizado de botellas, las otras mesas están vacías y ya no se escucha la radiola ni el crujido del fogón, sólo al Batuque ladrando, Saturnina. El serranito cuenta con sus dedos tiznados y ve la cara urgente de Ambrosio adelantándose hacia él: ¿se sentía mal, niño? Un poquito de dolor de cabeza, ya estaba pasando. Estás haciendo un papelón, piensa, he tomado mucho, Huxley, aquí lo tienes al Batuque sano y salvo, me demoré porque encontré a un amigo. Piensa: amor. Piensa: párate, Zavalita, ya basta. Ambrosio mete la mano al bolsillo y Santiago estira los brazos: ¿estaba cojudo, hombre?, él pagaba. Trastabilla y Ambrosio y el serranito lo sujetan: suéltenme, podía solo, se sentía bien. Pa su diablo, niño, no era para menos, si había tomado tanto. Avanza paso a paso entre las mesas vacías y las sillas cojas de La Catedral, mirando fijamente el suelo chancroso: ya está, ya pasó. El cerebro se va despejando, va huyendo la modorra de las piernas, van aclarándose los ojos. Pero las imágenes están siempre ahí. Entreverándose en sus pies, el Batuque ladra, impaciente.

—Menos mal que le alcanzó la plata, niño. ¿De veras se siente mejor?

—Estoy un poco mareado, pero no borracho, el trago no me hace nada. La cabeza me da vueltas de tanto pensar.

—Cuatro horas, niño, no sé qué voy a inventar ahora. Puedo perder mi trabajo, usted no se da cuenta. En fin, se lo agradezco. Las cervecitas, el almuerzo, la conversación. Ojalá pueda corresponderle alguna vez, niño.

Están en la vereda, el serranito acaba de cerrar el portón de madera, el camión que ocultaba la entrada ha partido, la neblina borronea las fachadas y en la luz color acero de la tarde fluye, opresivo e idéntico, el chorro de autos, camiones y ómnibus por el Puente del Ejército. No hay nadie cerca, los lejanos transeúntes son siluetas sin cara que se deslizan entre velos humosos. Nos despedimos y ya está, piensa, no lo verás más. Piensa: no lo he visto nunca, nunca he hablado con él, un duchazo, una siesta y ya está.

—¿De veras se siente bien, niño? ¿No quiere que lo acompañe?

—El que se siente mal eres tú —dice, sin mover los labios—. Toda la tarde, las cuatro horas te has sentido mal.

—Ni crea, tengo muy buena cabeza para el trago —dice Ambrosio, y, un instante, ríe. Queda con la boca entreabierta, la mano petrificada en el mentón. Está inmóvil, a un metro de Santiago, con las solapas levantadas, y el Batuque, las orejas tiesas, los colmillos fuera, mira a Santiago, mira a Ambrosio, y escarba el suelo, sorprendido o inquieto o asustado. En el interior de La Catedral arrastran sillas y parece que baldearan el piso.

—Sabes de sobra de qué estoy hablando —dice Santiago—. Por favor, deja de hacerte el cojudo.

No quiere o no puede entender, Zavalita: no se ha movido y en sus pupilas hay siempre la misma porfiada ceguera, esa atroz oscuridad tenaz.

—Por si quería que lo acompañe, niño —tartamudea y baja los ojos, la voz—. ¿Quiere que le busque un taxi, es decir?

—En La Crónica necesitan un portero —y él también baja la voz—. Es un trabajo menos fregado que la perrera. Yo haré que te tomen sin papeles. Estarías mucho mejor. Pero, por favor, deja un ratito de hacerte el cojudo.

—Está bien, está bien —hay un malestar creciente en sus ojos, parece que su voz fuera a rasgarse en chillidos—. Qué le pasa, niño, por qué se pone así.

—Te daré todo mi sueldo de este mes —y su voz se entorpece bruscamente, pero no solloza; está rígido, los ojos muy abiertos—. Tres mil quinientos soles. ¿No es cierto que con esa plata puedes?

Calla, baja la cabeza y, automáticamente, como si el silencio hubiera desatado un inflexible mecanismo, el cuerpo de Ambrosio da un paso atrás y se encoge y sus manos se adelantan a la altura del estómago, como para defenderse o atacar. El Batuque gruñe.

—¿Se le ha subido el trago? —ronca, la voz descompuesta—. Qué le pasa, qué es lo que quiere.

—Que dejes de hacerte el cojudo —cierra los ojos y toma aire—. Que hablemos con franqueza de la Musa, de mi papá. ¿Él te mandó? Ya no importa, quiero saber. ¿Fue mi papá?

Se le corta la voz y Ambrosio da otro paso atrás y Santiago lo divisa, agazapado y tenso, los ojos desorbitados por el espanto o la cólera: no te vayas, ven. No se ha embrutecido, no eres un cojudo, piensa, ven, ven. Ambrosio ladea el cuerpo, agita un puño, como amenazando o despidiéndose.

—Me voy para que no se arrepienta de lo que está diciendo —ronca, la voz lastimada—. No necesito trabajo, sépase que no le acepto ningún favor, ni menos su plata. Sépase que no se merecía el padre que tuvo, sépaselo. Váyase a la mierda, niño.

—Ya está, ya está, no me importa —dice Santiago—. Ven, no te vayas, ven.

Hay un rugido breve a sus pies, el Batuque mira también: la figurilla oscura se aleja pegada a las paredes de los corralones, destaca contra los ventanales lucientes del garaje de la Ford, se hunde en la escalerilla del puente.

—Ya está —solloza Santiago, inclinándose, acariñando la colita tiesa, el hocico ansioso—. Ya nos vamos, Batuquito.

Se incorpora, solloza de nuevo, saca un pañuelo y se limpia los ojos. Unos segundos permanece inmóvil, su espalda apoyada contra el portón de La Catedral, recibiendo la garúa en la cara llena de lágrimas de nuevo. El Batuque se frota contra sus tobillos, le lame los zapatos, gruñe bajito mirándolo. Echa a andar, despacio, las manos en los bolsillos, hacia la plaza Dos de Mayo, y el Batuque trota a su lado. Hay hombres tumbados al pie del monumento y a su alrededor un muladar de colillas, cáscaras y papeles; en las esquinas la gente toma por asalto los ómnibus maltrechos que se pierden envueltos en terrales en dirección a la barriada; un policía discute con un vendedor ambulante y las caras de ambos son odiosas y desalentadas y sus voces están como crispadas por una exasperación vacía. Da la vuelta a la plaza, al entrar a la Colmena detiene un taxi: ¿su perrito no iría a ensuciar el asiento? No, maestro, no lo iba a ensuciar: a Miraflores, a la calle Porta. Entra, pone al Batuque en sus rodillas, esa hinchazón en el saco. Jugar tenis, nadar, hacer pesas, aturdirse, alcoholizarse como Carlitos. Cierra los ojos, tiene la cabeza contra el espaldar, su mano acaricia el lomo, las orejas, el hocico frío, el vientre tembloroso. Te salvaste de la perrera, Batuquito, pero a ti nadie vendrá a sacarte nunca de la perrera, Zavalita, mañana iría a visitar a Carlitos a la clínica y le llevaría un libro, no Huxley. El taxi avanza por ciegas calles ruidosas, en la oscuridad oye motores, silbatos, voces fugitivas. Lástima no haberle aceptado a Norwin el almuerzo, Zavalita. Piensa: él los mata a palos y tú a editoriales. Él era mejor que tú, Zavalita. Había pagado más, se había jodido más. Piensa: pobre papá. El taxi disminuye la velocidad y él abre los ojos: la Diagonal está ahí, atrapada en los cristales delanteros del taxi, oblicua, plateada, hirviendo de autos, sus avisos luminosos titilando ya. La neblina blanquea los árboles del parque, las torres de la iglesia se desvanecen en la grisura, las copas de los ficus oscilan: pare aquí. Paga la carrera y el Batuque comienza a ladrar. Lo suelta, lo ve cruzar la entrada de la quinta como un bólido. Oye adentro los ladridos, se acomoda el saco, la corbata, oye el grito de Ana, imagina su cara. Entra al patio, las casitas de duende tienen iluminadas las ventanas, la silueta de Ana que abraza al Batuque y viene hacia él, por qué te demoraste tanto amor, qué nerviosa había estado, qué asustada amor.

—Entremos, este animal va a enloquecer a toda la quinta —y la besa apenas—. Calla, Batuque.

Va al baño y, mientras orina y se lava la cara, oye a Ana, qué había pasado corazón, por qué se había tardado así, jugando con el Batuque, menos mal que lo encontraste amor, y oye los dichosos ladridos. Sale y Ana está sentada en la salita, el Batuque en sus brazos. Se sienta a su lado, la besa en la sien.

—Has estado tomando —lo tiene cogido del saco, lo mira medio risueña, medio enojada—. Hueles a cerveza, amor. No me digas que no, has estado tomando ¿no?

—Me encontré con un tipo que no veía hacía siglos. Fuimos a tomarnos un trago. No pude librarme, amor.

—Y yo aquí, medio loca de angustia —oye su voz quejumbrosa, mimosa, cariñosa—. Y tú tomando cerveza con tus amigotes. ¿Por qué al menos no me llamaste donde la alemana, amor?

—No había teléfono, nos metimos a una cantina de mala muerte —bostezando, desperezándose, sonriendo—. Y, además, no me gusta molestar a la loca de la alemana todo el tiempo. Me siento pésimo, me duele una barbaridad la cabeza.

Bien hecho, por haberla tenido con los nervios rotos toda la tarde, y le pasa la mano por la frente y lo mira y le sonríe y le habla bajito y le pellizca una oreja: bien hecho que duela cabecita, amor, y él la besa. ¿Quería dormir un ratito, le cerraba la cortina, corazón? Sí, se pone de pie, un ratito, se tumba en la cama y las sombras de Ana y del Batuque trajinan a su alrededor, buscándose.

—Lo peor es que me gasté toda la plata, amor. No sé cómo vamos a llegar hasta el lunes.

—Bah, qué importa. Menos mal que el chino de San Martín me fía siempre, menos mal que es el chino más bueno que hay.

—Lo peor es que nos quedamos sin cine. ¿Daban algo bueno, hoy?

—Una con Marlon Brando, en el Colina —y la voz de Ana, lejanísima, llega como a través del agua—. Una policial de esas que te gustan, amor. Si quieres me presto plata de la alemana.

Está contenta, Zavalita, te perdona todo porque le trajiste al Batuque. Piensa: en este momento es feliz.

—Me presto y vamos al cine, pero me prometes que nunca más te vas a tomar cerveza con tus amigotes sin avisarme —se ríe Ana, cada vez más lejos.

Piensa: te prometo. La cortina tiene una esquina plegada y Santiago puede ver un retazo de cielo casi oscuro, y adivinar, afuera, encima, cayendo sobre la quinta de los duendes, Miraflores, Lima, la miserable garúa de siempre.

cap2

II

Popeye Arévalo había pasado la mañana en la playa de Miraflores. Miras por gusto la escalera, le decían las chicas del barrio, la Teté no va a venir. Y, efectivamente, la Teté no fue a bañarse esa mañana. Defraudado, volvió a su casa antes del mediodía, pero mientras subía la cuesta de la Quebrada iba viendo la naricita, el cerquillo, los ojitos de Teté, y se emocionó: ¿cuándo vas a hacerme caso, cuándo Teté? Llegó a su casa con los pelos rojizos todavía húmedos, ardiendo de insolación la cara llena de pecas. Encontró al senador esperándolo: ven pecoso, conversarían un rato. Se encerraron en el escritorio y el senador ¿siempre quería estudiar arquitectura? Sí papá, claro que quería. Sólo que el examen de ingreso era tan difícil, se presentaban montones y entraban poquísimos. Pero él chancaría fuerte, papá, y a lo mejor ingresaba. El senador estaba contento de que hubiera terminado el colegio sin ningún curso jalado y desde fin de año era una madre con él, en enero le había aumentado la propina de una a dos libras. Pero aun así, Popeye no se esperaba tanto: bueno, pecoso, como era difícil ingresar a Arquitectura mejor no se arriesgaba este año, que se matriculara en los cursos de Pre y estudiara fuerte, y así el próximo año entrarás seguro: ¿qué le parecía, pecoso? Bestial, papá, la cara de Popeye se encendió más, sus ojos brillaron. Chancaría, se mataría estudiando y el año próximo seguro que ingresaba. Popeye había temido un verano fatal, sin baños de mar, sin matinés, sin fiestas, días y noches aguados por las matemáticas, la física y la química, y a pesar de tanto sacrificio no ingresaré y habré perdido las vacaciones por las puras. Ahí estaban ahora, recobradas, la playa de Miraflores, las olas de La Herradura, la bahía de Ancón, y las imágenes eran tan reales, las plateas del Leuro, el Montecarlo y el Colina, tan bestiales, salones donde él y la Teté bailaban boleros, como las de una película en tecnicolor. ¿Estás contento?, dijo el senador, y él contentísimo. Qué buena gente es, pensaba, mientras iban al comedor, y el senador eso sí, pecoso, acabadito el verano a romperse el alma ¿se lo prometía?, y Popeye se lo juraba, papá. Durante el almuerzo el senador le hizo bromas, ¿la hija de Zavala todavía no te daba bola, pecoso?, y él se ruborizó: ya le estaba dando su poquito, papá. Eres una criatura para tener enamorada, dijo su vieja, que se dejara de adefesios todavía. Qué ocurrencia, ya está grande, dijo el senador, y además la Teté era una linda chiquilla. No des tu brazo a torcer, pecoso, a las mujeres les gustaba hacerse de rogar, a él le había costado un triunfo enamorar a la vieja, y la vieja muerta de risa. Sonó el teléfono y el mayordomo vino corriendo: su amigo Santiago, niño. Tenía que verlo urgente, pecoso. ¿A las tres en el Cream Rica de Larco, flaco? A las tres en punto, pecoso. ¿Tu cuñado iba a sacarte la mugre si no dejabas en paz a la Teté, pecoso?, sonrió el senador, y Popeye pensó qué buen humor se gasta hoy. Nada de eso, él y Santiago eran adúes, pero la vieja frunció el ceño: a ese muchachito le falla una tuerca ¿no? Popeye se llevó a la boca una cucharadita de helado, ¿quién decía eso?, otra de merengue, a lo mejor lo convencía a Santiago de que fueran a su casa a oír discos y de que llamara a la Teté, sólo para conversar un rato, flaco. Se lo había dicho la misma Zoila en la canasta del viernes, insistió la vieja. Santiago les daba muchos dolores de cabeza últimamente a ella y a Fermín, se pasaba el día peleando con la Teté y con el Chispas, se había vuelto desobediente y respondón. El flaco se había sacado el primer puesto en los exámenes finales, protestó Popeye, qué más querían sus viejos.

—No quiere entrar a la Católica sino a San Marcos —dijo la señora Zoila—. Eso lo tiene hecho una noche a Fermín.

—Yo lo haré entrar en razón, Zoila, tú no te metas —dijo don Fermín—. Está en la edad del pato, hay que saber llevarlo. Riñéndolo, se entercará más.

—Si en vez de consejos le dieras unos cocachos te haría caso —dijo la señora Zoila—. El que no sabe educarlo eres tú.

—Se casó con ese muchacho que iba a la casa —dice Santiago—. Popeye Arévalo. El pecoso Arévalo.

—El flaco no se lleva bien con su viejo porque no tiene las mismas ideas —dijo Popeye.

—¿Y qué ideas tiene ese mocoso recién salido del cascarón? —se rió el senador.

—Estudia, recíbete de abogado y podrás meter tu cuchara en política —dijo don Fermín—. ¿De acuerdo, flaco?

—Al flaco le da cólera que su viejo ayudara a Odría a hacerle la revolución a Bustamante —dijo Popeye—. Él está contra los militares.

—¿Es bustamantista? —dijo el senador—. Y Fermín cree que es el talento de la familia. No debe ser tanto, cuando admira al calzonazos de Bustamente.

—Sería un calzonazos, pero era una persona decente y había sido diplomático —dijo la vieja de Popeye—. Odría, en cambio, es un soldadote y un cholo.

—No te olvides que soy senador odriísta —se rió el senador—. Así que déjate de cholear a Odría, tontita.

—Se le ha metido entrar a San Marcos porque no le gustan los curas, y porque quiere ir donde va el pueblo —dijo Popeye—. En realidad, se le ha metido porque es un contreras. Si sus viejos le dijeran entra a San Marcos, diría no, a la Católica.

—Zoila tiene razón, en San Marcos perderá las relaciones —dijo la vieja de Popeye—. Los muchachos bien van a la Católica.

—También en la Católica hay cada indio que da miedo, mamá —dijo Popeye.

—Con la plata que está ganando Fermín ahora que anda de cama y mesa con Cayo Bermúdez, el mocoso no va a necesitar relaciones —dijo el senador—. Sí, pecoso, anda nomás.

Popeye se levantó de la mesa, se lavó los dientes, se peinó y salió. Eran sólo las dos y cuarto, mejor iba haciendo tiempo. ¿No somos patas, Santiago?, anda, dame un empujoncito con la Teté. Subió por Larco pestañeando por la resolana y se detuvo a curiosear las vitrinas de la Casa Nelson: esos mocasines de gamuza con un pantaloncito marrón y esa camisa amarilla, bestial. Llegó al Cream Rica antes que Santiago, se instaló en una mesa desde la que podía ver la avenida, pidió un milk shake de vainilla. Si no lo convencía a Santiago de que fueran a oír discos a su casa irían a la matiné o a timbear donde Coco Becerra, de qué querría hablarle el flaco. Y en eso entró Santiago, la cara larga, los ojos como afiebrados: sus viejos la habían botado a la Amalia, pecoso. Acababan de abrir la sucursal del Banco de Crédito y, por las ventanas del Cream Rica, Popeye veía cómo las puertas tumultuosas se tragaban a la gente que había estado esperando en la vereda. Hacía sol, los Expresos pasaban repletos, hombres y mujeres se disputaban los colectivos en la esquina de Schell. ¿Por qué habían esperado hasta ahora para botarla, flaco? Santiago encogió los hombros, sus viejos no querían que él se diera cuenta que la botaban por lo de la otra noche, como si él fuera tonto. Parecía más flaco con esa cara de duelo, los pelos retintos le llovían sobre la frente. El mozo se acercó y Santiago le señaló el vaso de Popeye, ¿también de vainilla?, sí. Por último qué tanto, lo animó Popeye, ya encontraría otro trabajo, en todas partes necesitaban sirvientas. Santiago se miró las uñas: la Amalia era buena gente, cuando el Chispas, la Teté o yo estaban de mal humor se desfogaban requintándola y ella nunca nos acusó a los viejos, pecoso. Popeye removió el milk shake con la cañita, ¿cómo te convenzo de que vayamos a oír discos a tu casa, cuñado?, sorbió la espuma.

—Tu vieja le fue a dar sus quejas a la senadora por lo de San Marcos —dijo.

—Puede ir a darle sus quejas al rey de Roma —dijo Santiago.

—Si tanto les friega San Marcos, preséntate a la Católica, qué más te da —dijo Popeye—. ¿O en la Católica exigen más?

—A mis viejos eso les importa un pito —dijo Santiago—. San Marcos no les gusta porque hay cholos y porque se hace política, sólo por eso.

—Te has puesto en un plan muy fregado —dijo Popeye—. Te las pasas dando la contra, rajas de todo, y te tomas demasiado a pecho las cosas. No te amargues la vida por gusto, flaco.

—Métete tus consejos al bolsillo —dijo Santiago.

—No te las des tanto de sabio, flaco —dijo Popeye—. Está bien que seas chancón, pero no es razón para creer que todos los demás son unos tarados. Anoche lo trataste a Coco de una manera que no sé cómo aguantó.

—Si a mí no me da la gana de ir a misa, no tengo por qué darle explicaciones al sacristán ese —dijo Santiago.

—O sea que ahora también te las das de ateo —dijo Popeye.

—No me las doy de ateo —dijo Santiago—. Que no me gusten los curas no quiere decir que no crea en Dios.

—¿Y qué dicen en tu casa de que no vayas a misa? —dijo Popeye—. ¿Qué dice la Teté, por ejemplo?

—Este asunto de la chola me tiene amargo, pecoso —dijo Santiago.

—Olvídate, no seas bobo —dijo Popeye—. A propósito de la Teté, por qué no fue a la playa esta mañana.

—Se fue al Regatas con unas amigas —dijo Santiago—. No sé por qué no escarmientas.

—El coloradito, el de las pecas —dice Ambrosio—. El hijito del senador don Emilio Arévalo, claro. ¿Se casó con él?

—No me gustan los pecosos ni los pelirrojos —hizo una morisqueta la Teté—. Y él es las dos cosas. Uy, qué asco.

—Lo que más me amarga es que la botaran por mi culpa —dijo Santiago.

—Más bien di culpa del Chispas —lo consoló Popeye—. Tú ni sabías lo que era yobimbina.

Al hermano de Santiago le decían ahora sólo Chispas, pero antes, en la época en que le dio por lucirse en el Terrazas levantando pesas, le decían Tarzán Chispas. Había sido cadete de la Escuela Naval unos meses y cuando lo expulsaron (él decía que por haberle pegado a un alférez) estuvo un buen tiempo de vago, dedicado a la timba y al trago y dándoselas de matón. Se aparecía en el óvalo de San Fernando y se dirigía amenazador a Santiago, señalándole a Popeye, a Toño, a Coco o a Lalo: a ver, supersabio, con cuál de ésos quería medir sus fuerzas. Pero desde que entró a trabajar a la oficina de don Fermín se había vuelto formal.

—Yo sí sé lo que es, sólo que nunca había visto —dijo Santiago—. ¿Tú crees que las vuelve locas a las mujeres?

—Cuentos del Chispas —susurró Popeye—. ¿Te dijo que las vuelve locas?

—Las vuelve, pero si se le pasa la mano las puede volver cadáveres, niño Chispas —dijo Ambrosio—. No me vaya a meter en un lío. Fíjese que si lo chapa su papá, me funde.

—¿Y te dijo que con una cucharada cualquier hembrita se te echaba? —susurró Popeye—. Cuentos, flaco.

—Habría que hacer la prueba —dijo Santiago—. Aunque sea para ver si es cierto, pecoso.

Se calló, atacado por una risita nerviosa, y Popeye se rió también. Se codeaban, lo difícil era encontrar con quién, excitados, disforzados, ahí estaba la cosa, y la mesa y los milk shakes temblaban con los sacudones: qué locos eran, flaco. ¿Qué le había dicho el Chispas al dársela? El Chispas y Santiago se llevaban como perro y gato y vez que podía el Chispas le hacía perradas al flaco y el flaco al Chispas perradas vez que podía: a lo mejor era una mala pasada de tu hermano, flaco. No pecoso, el Chispas había llegado hecho una pascua a la casa, gané un montón de plata en el hipódromo, y lo que nunca, antes de acostarse se metió al cuarto de Santiago a aconsejarlo: ya es hora de que te sacudas, ¿no te da vergüenza seguir virgo tamaño hombrón?, y le convidó un cigarro. No te muñequees, dijo el Chispas, ¿tienes hembrita?, Santiago le mintió que sí y el Chispas, preocupado: es hora de que te desvirgues, flaco, de veras.

—¿No te he pedido tanto que me lleves al bulín? —dijo Santiago.

—Te pueden quemar y el viejo me mata —dijo el Chispas—. Además, los hombres se ganan su polvo a pulso, no pagando. Te las das de sabido en todo y estás en la luna en cuestión hembras, supersabio.

—No me las doy de sabido —dijo Santiago—. Ataco cuando me atacan. Anda, Chispas, llévame al bulín.

—Y entonces por qué le discutes tanto al viejo —dijo el Chispas—. Lo amargas dándole la contra en todo.

—Sólo le doy la contra cuando se pone a defender a Odría y a los militares —dijo Santiago—. Anda, Chispas.

—Y por qué estás tú contra los militares —dijo el Chispas—. Y qué mierda te ha hecho Odría a ti.

—Subieron al gobierno a la fuerza —dijo Santiago—. Odría ha metido presa a un montón de gente.

—Sólo a los apristas y a los comunistas —dijo el Chispas—. Ha sido buenísimo con ellos, yo los hubiera fusilado a todos. El país era un caos cuando Bustamante, la gente decente no podía trabajar en paz.

—Entonces tú no eres gente decente —dijo Santiago—. Porque cuando Bustamante tú andabas de vago.

—Te estás rifando un sopapo, supersabio —dijo el Chispas.

—Yo tengo mis ideas y tú las tuyas —dijo Santiago—. Anda, llévame al bulín.

—Al bulín, nones —dijo el Chispas—. Pero te voy a ayudar a que te trabajes una hembrita.

—¿Y la yobimbina se compra en las boticas? —dijo Popeye.

—Se consigue por lo bajo —dijo Santiago—. Es algo prohibido.

—Un poquito en la Coca-Cola, en un hot dog —dijo el Chispas—, y esperas que vaya haciendo su efecto. Y cuando se ponga nerviosita, ahí depende de ti.

—¿Y eso se le puede dar a una de cuántos años, por ejemplo, Chispas? —dijo Santiago.

—No vas a ser tan bruto de dársela a una de diez —se rió el Chispas—. A una de catorce ya puedes, pero poquito. Aunque a esa edad no te lo va a aflojar, le sacarás un plan bestial.

—¿Será de verdad? —dijo Popeye—. ¿No te habrá dado un poco de sal, de azúcar?

—La probé con la punta de la lengua —dijo Santiago—. No huele a nada, es un polvito medio picante.

En la calle había aumentado la gente que trataba de subir a los atestados colectivos, a los Expresos. No hacían cola, eran una pequeña turba que agitaba las manos ante los ómnibus de corazas azules y blancas que pasaban sin detenerse. De pronto, entre los cuerpos, dos menudas siluetas idénticas, dos melenitas morenas: las mellizas Valle Riestra. Popeye apartó la cortina y les hizo adiós, pero ellas no lo vieron o no lo reconocieron. Taconeaban con impaciencia, sus caritas frescas y bruñidas miraban a cada momento el reloj del Banco de Crédito, estarían yéndose a alguna matiné del centro, flaco. Cada vez que se acercaba un colectivo se adelantaban hasta la pista con aire resuelto, pero siempre las desplazaban.

—A lo mejor están yendo solas —dijo Popeye—. Vámonos a la matiné con ellas, flaco.

—¿Te mueres por la Teté, sí o no, veleta? —dijo Santiago.

—Sólo me muero por la Teté —dijo Popeye—. Claro que si en vez de la matiné quieres que vayamos a oír discos a tu casa, yo de acuerdo.

Santiago movió la cabeza con desgano: se había conseguido un poco de plata, iba a llevársela a la chola, vivía por ahí, en Surquillo. Popeye abrió los ojos, ¿a la Amalia?, y se echó a reír, ¿le vas a regalar tu propina porque tus viejos la botaron? No su propina, Santiago partió en dos la cañita, había sacado cinco libras del chancho. Y Popeye se llevó un dedo a la sien: derechito al manicomio, flaco. La botaron por mi culpa, dijo Santiago, ¿qué tenía de malo que le regalara un poco de plata? Ni que te hubieras enamorado de la chola, flaco, cinco libras era una barbaridad de plata, para eso invitamos a las mellizas al cine. Pero en ese momento las mellizas subieron a un Morris verde y Popeye tarde, hermano. Santiago se había puesto a fumar.

—Yo no creo que el Chispas le haya dado yobimbina a su enamorada, inventó eso para dárselas de maldito —dijo Popeye—. ¿Tú le darías yobimbina a una chica decente?

—A mi enamorada no —dijo Santiago—. Pero por qué no a una huachafita, por ejemplo.

—¿Y qué vas a hacer? —susurró Popeye—. ¿Se la vas a dar a alguien o la vas a botar?

Había pensado botarla, pecoso, y Santiago bajó la voz y enrojeció, después estuvo pensando y tartamudeó, ahí se le había ocurrido una idea. Sólo para ver cómo era, pecoso, qué le parecía.

—Una estupidez sin nombre, con cinco libras se pueden hacer mil cosas —dijo Popeye—. Pero allá tú, es tu plata.

—Acompáñame, pecoso —dijo Santiago—. Es aquí nomás, en Surquillo.

—Pero después vamos a tu casa a oír discos —dijo Popeye—. Y la llamas a la Teté.

—Conste que eres un interesado de mierda, pecoso —dijo Santiago.

—¿Y si se enteran tus viejos? —dijo Popeye—. ¿Y si el Chispas?

—Mis viejos se van a Ancón y no vuelven hasta el lunes —dijo Santiago—. Y el Chispas se ha ido a la hacienda de un amigo.

—Ponte que le caiga mal, que se nos desmaye —dijo Popeye.

—Le daremos apenitas —dijo Santiago—. No seas rosquete, pecoso.

En los ojos de Popeye había brotado una lucecita, ¿te acuerdas cuando fuimos a espiarla a la Amalia en Ancón, flaco? Desde la azotea se veía el baño de la servidumbre, en la claraboya dos caras juntas e inmóviles y abajo una silueta esfumada, una ropa de baño negra, qué riquita la cholita, flaco. La pareja de la mesa vecina se levantó y Ambrosio señala a la mujer: ésa era una polilla, niño, se pasaba el día en La Catedral buscando clientes. Vieron a la pareja salir a Larco, la vieron cruzar la calle Schell. El paradero estaba ahora desierto, Expreso y colectivos pasaban semivacíos. Llamaron al mozo, dividieron la cuenta, ¿y por qué sabía que era polilla? Porque, además de bar-restaurante, La Catedral también era jabe, niño, detrás de la cocina había un cuartito y lo alquilaban dos soles la hora. Avanzaron por Larco, mirando a las muchachas que salían de las tiendas, a las señoras que arrastraban cochecitos con bebes chillando. En el parque, Popeye compró Última Hora y leyó en voz alta los chismes, hojeó los deportes, y, al pasar frente a La Tiendecita Blanca, hola Lalo. En la alameda Ricardo Palma arrugaron el periódico e hicieron algunos pases hasta que se deshizo y quedó abandonado en una esquina de Surquillo.

—Sólo falta que la Amalia esté furiosa y me mande al diablo —dijo Santiago.

—Cinco libras es una fortuna —dijo Popeye—. Te recibirá como a un rey.

Estaban cerca del Cine Miraflores, frente al mercado de quioscos de madera, esteras y toldos, donde vendían flores, cerámica y fruta, y hasta la calle llegaban disparos, galopes, alaridos indios, voces de chiquillos: Muerte en Arizona. Se detuvieron a mirar los afiches: una cowboy tela, flaco.

—Estoy un poco saltón —dijo Santiago—. Anoche me las pasé desvelado, debe ser por eso.

—Estás saltón porque te has desanimado —dijo Popeye—. Me invencionas, no va a pasar nada, no seas rosquete, y a la hora de la hora el que se chupa eres tú. Vámonos al cine, entonces.

—No me he desanimado, ya se me pasó —dijo Santiago—. Espera, voy a ver si los viejos se fueron.

No estaba el carro, ya se habían ido. Entraron por el jardín, pasaron junto a la fuente de azulejos, ¿y si se había acostado, flaco? La despertarían, pecoso. Santiago abrió la puerta, el clic del interruptor y las tinieblas se convirtieron en alfombras, cuadros, espejos, mesitas con ceniceros, lámparas. Popeye iba a sentarse pero Santiago subamos de frente a mi cuarto. Un patio, un escritorio, una escalera con pasamanos de fierro. Santiago dejó a Popeye en el rellano, entra y pon música, iba a llamarla. Banderines del colegio, un retrato del Chispas, otro de la Teté en traje de primera comunión, linda pensó Popeye, un chancho orejón y trompudo sobre la cómoda, la alcancía, cuánta plata habría. Se sentó en la cama, encendió la radio del velador, un vals de Felipe Pinglo, pasos, el flaco: ya estaba, pecoso. La había encontrado despierta, súbeme unas Coca-Colas, y se rieron: chist, ahí venía, ¿sería ella? Sí, ahí estaba en el umbral, sorprendida, examinándolos con desconfianza. Se había replegado contra la puerta, una chompa rosada y una blusa sin botones, no decía nada. Era Amalia y no era, pensó Popeye, qué iba a ser la de mandil azul que circulaba en la casa del flaco con bandejas o plumeros en las manos. Tenía los cabellos greñudos ahora, buenas tardes niño, unos zapatones de hombre y se la notaba asustada: hola, Amalia.

—Mi mamá me contó que te habías ido de la casa —dijo Santiago—. Qué pena que te vayas.

Amalia se apartó de la puerta, miró a Popeye, cómo estaba niño, que le sonrió amistosamente desde la calzada, y se volvió a Santiago: no se había ido por su gusto, la señora Zoila la había botado. Pero por qué, señora, y la señora Zoila porque le daba la gana, haz tus cosas ahora mismo. Hablaba y se iba aplacando los pelos con las manos, acomodándose la blusa. Santiago la escuchaba con cara incómoda. Ella no quería irse de la casa, niño, ella le había rogado a la señora.

—Pon la charola en la mesita —dijo Santiago—. Espera, estamos oyendo música.

Amalia puso la charola con los vasos y las Coca-Colas frente al retrato del Chispas y quedó de pie junto a la cómoda, la cara intrigada. Llevaba el vestido blanco y los zapatos sin taco de su uniforme, pero no el mandil ni la toca. ¿Por qué se quedaba ahí parada?, ven siéntate, había sitio. Cómo se iba a sentar, y lanzó una risita, a la señora no le gustaba que entrara al cuarto de los niños, ¿no sabía acaso? Sonsa, mi mamá no está, la voz de Santiago se puso tensa de repente, ni él ni Popeye la iban a acusar, siéntate sonsa. Amalia se volvió a reír, decía eso ahora pero a la primera que se enojara la acusaría y la señora la resondraría. Palabra que el flaco no te acusará, dijo Popeye, no te hagas de rogar y siéntate. Amalia miró a Santiago, miró a Popeye, se sentó en una esquina de la cama y ahora tenía la cara seria. Santiago se levantó, fue hacia la charola, no se te vaya a pasar la mano pensó Popeye y miró a Amalia: ¿le gustaba cómo cantan ésos? Señaló la radio, ¿regio, no? Le gustaban, bonito cantaban. Tenía las manos sobre las rodillas, se mantenía muy tiesa, había entrecerrado los ojos como para escuchar mejor: eran Los Trovadores del Norte, Amalia. Santiago seguía sirviendo las Coca-Colas y Popeye lo espiaba, inquieto. ¿Amalia sabía bailar? ¿Valses, boleros, huarachas? Amalia sonrió, se puso seria, volvió a sonreír: no, no sabía. Se arrimó un poquito a la orilla de la cama, cruzó los brazos. Sus movimientos eran forzados, como si la ropa le quedara estrecha o le picara la espalda; su sombra no se movía en el parquet.

—Te traje esto para que te compres algo —dijo Santiago.

—¿A mí? —Amalia miró los billetes, sin agarrarlos—. Pero si la señora Zoila me pagó el mes completo, niño.

—No te la manda mi mamá —dijo Santiago—. Te la regalo yo.

—Pero usted qué me va a estar regalando de su plata, niño —tenía los cachetes colorados, miraba al flaco confusa—. ¿Cómo voy a aceptarle, pues?

—No seas sonsa —insistió Santiago—. Anda, Amalia.

Le dio el ejemplo: alzó su vaso y bebió. Ahora tocaban Siboney, y Popeye había abierto la ventana: el jardín, los arbolitos de la calle iluminados por el farol de la esquina, la superficie azogada de la fuente, el zócalo de azulejos destellando, ojalá que no le pase nada, flaco. Bueno pues, niño, a su salud, y Amalia bebió un largo trago, suspiró y apartó el vaso de sus labios semivacío: rica, heladita. Popeye se acercó a la cama.

—Si quieres, te enseñamos a bailar —dijo Santiago—. Así, cuando tengas enamorado, podrás ir a fiestas con él sin planchar.

—A lo mejor ya tiene enamorado —dijo Popeye—. Confiesa Amalia, ¿ya tienes?

—Mírala cómo se ríe, pecoso —Santiago la cogió del brazo—. Claro que tienes, ya te descubrimos tu secreto, Amalia.

—Tienes, tienes —Popeye se dejó caer junto a ella, la cogió del otro brazo—. Cómo te ríes, bandida.

Amalia se retorcía de risa y sacudía los brazos pero ellos no la soltaban, qué iba a tener, niño, no tenía, les daba codazos para apartarlos, Santiago la abrazaba por la cintura, Popeye le puso una mano en la rodilla y Amalia un manazo: eso sí que no, niño, nada de tocarla. Pero Popeye volvió a la carga: bandida, bandida. A lo mejor hasta sabía bailar y les había mentido que no, a ver confiesa: bueno, niño, se los aceptaba. Cogió los billetes que se arrugaron entre sus dedos, para que viera que no se hacía de rogar nomás, y los guardó en el bolsillo de la chompa. Pero le daba pena quitarle su plata, ahora no tendría ni para la matiné del domingo.

—No te preocupes —dijo Popeye—. Si no tiene, los del barrio hacemos colecta y lo convidamos.

—Como amigos que son, pues —y Amalia abrió los ojos, como recordando—. Pero pasen, aunque sea un momentito. Disculparán la pobreza.

No les dio tiempo a negarse, entró a la casa corriendo y ellos la siguieron. Lamparones y tiznes, unas sillas, estampas, dos camas deshechas. No podían quedarse mucho, Amalia, tenían un compromiso. Ella asintió, frotaba con su falda la mesa del centro de la habitación, un momento nada más. Una chispa maliciosa brotó en sus ojos, ¿la esperarían un ratito conversando?, iba a comprar algo para ofrecerles, ya volvía. Santiago y Popeye se miraron asustados, encantados, era otra persona, flaco, se había puesto loquita. Sus carcajadas resonaban en todo el cuarto, tenía la cara sudada y lágrimas en los ojos, sus disfuerzos contagiaban a la cama un escalofrío chirriante. Ahora ella también acompañaba la música dando palmadas: sí, sí sabía. Una vez la habían llevado a Agua Dulce y había bailado en un sitio donde tocaba una orquesta, está loquísima pensó Popeye. Se paró, apagó la radio, puso el tocadiscos, volvió a la cama. Ahora quería verla bailar, qué contenta estás bandida, ven vamos, pero Santiago se levantó: iba a bailar con él, pecoso. Conchudo, pensó Popeye, abusas porque es tu sirvienta, ¿y si la Teté se aparecía?, y sintió que se le aflojaban las rodillas y ganas de irse, conchudo. Amalia se había puesto de pie y evolucionaba por el cuarto, sola, dándose encontrones con los muebles, torpe y pesada, canturreando a media voz, girando a ciegas, hasta que Santiago la abrazó. Popeye apoyó la cabeza en la almohada, estiró la mano y apagó la lamparilla, oscuridad, luego el resplandor del farol de la calle iluminó ralamente las dos siluetas. Popeye las veía flotar en círculo, oía la voz chillona de Amalia y se metió la mano al bolsillo, ¿veía que sí sabía bailar, niño? Cuando terminó el disco y Santiago vino a sentarse a la cama Amalia quedó recostada en la ventana, de espaldas a ellos, riéndose: tenía razón el Chispas, mírala cómo se ha puesto, calla conchudo. Hablaba, cantaba y se reía como si estuviera borracha, ni los veía, se le torcían los ojos, pecoso, Santiago estaba un poco saltón, ¿y si se desmaya? Déjate de bobadas, le habló al oído Popeye, tráela a la cama. Su voz era resuelta, urgente, la tenía al palo, flaco, ¿y tú no?, angustiada, espesa: él también, pecoso. La calatearían, la manosearían: se la tirarían, flaco. Medio cuerpo inclinado sobre el jardín, Amalia se balanceaba despacito, murmurando algo, y Popeye divisaba su silueta recortada contra el cielo oscuro: otro disco, otro disco. Santiago se incorporó, un fondo de violines y la voz de Leo Marini, terciopelo puro pensó Popeye, y vio a Santiago ir hacia el balcón. Las dos sombras se juntaron, lo invencionó y ahora lo tenía tocando violín en gran forma, esta perrada me la pagarás, conchudo. Ni se movían ahora, la cholita era retaca y parecía colgada del flaco, se la estaría paleteando de lo lindo, qué tal concha, y adivinó la voz de Santiago, ¿no estás cansadita?, estreñida y floja y como estrangulada, ¿no quería echarse?, tráela pensó. Estaban junto a él, Amalia bailaba como una sonámbula, tenía los ojos cerrados, las manos del flaco subían, bajaban, desaparecían en la espalda de ella y Popeye no distinguía sus caras, la estaba besando y él en palco, qué tal concha, sírvanse niños.

—Les traje estas cañitas, también —dijo Amalia—. Así toman ustedes ¿no?

—Para qué te has molestado —dijo Santiago—. Si ya nos íbamos.

Les alcanzó las Coca-Colas y las cañitas, arrastró una silla y se sentó frente a ellos; se había peinado, se había puesto una cinta y abotonado la blusa y la chompa y los miraba beber. Ella no tomaba nada.

—No has debido gastar así tu plata, sonsa —dijo Popeye.

—No es mía, es la que me regaló el niño Santiago —se rió Amalia—. Para hacerles una atención siquiera, pues.

La puerta de la calle estaba abierta, afuera comenzaba a oscurecer y se oía a veces y a lo lejos el paso del tranvía. Trajinaba mucha gente por la vereda, voces, risas, algunas caras se detenían un segundo a mirar.

—Ya están saliendo de las fábricas —dijo Amalia—. Lástima que el laboratorio de su papá no esté por aquí, niño. Hasta la avenida Argentina voy a tener que tomar el tranvía y después ómnibus.

—¿Vas a trabajar en el laboratorio? —dijo Santiago.

—¿Su papá no le contó? —dijo Amalia—. Sí, pues, desde el lunes.

Ella estaba saliendo de la casa con su maleta y encontró a don Fermín, ¿quieres que te coloque en el laboratorio?, y ella claro que sí, don Fermín, donde sea, y entonces él llamó al niño Chispas y le dijo telefonea a Carrillo y que le dé trabajo: qué papelón, pensó Popeye.

—Ah, qué bien —dijo Santiago—. En el laboratorio seguro estarás mejor.

Popeye sacó su cajetilla de Chesterfield, ofreció un cigarrillo a Santiago, dudó un segundo, y otro a Amalia pero ella no fumaba, niño.

—A lo mejor sí fumas y nos estás engañando como el otro día —dijo Popeye—. Nos dijiste no sé bailar y sabías.

La vio palidecer, no pues niño, la oyó tartamudear, sintió que Santiago se revolvía en la silla y pensó metí la pata. Amalia había bajado la cabeza.

—Es una broma —dijo, y las mejillas le ardían—. De qué te vas a avergonzar, ¿acaso pasó algo, sonsa?

Ella fue recobrando sus colores, su voz: no quería ni acordarse, niño. Qué mal se había sentido, al día siguiente todavía se le mezclaba todo en la cabeza y las cosas le bailaban en las manos. Alzó la cara, los miró con timidez, con envidia, con admiración: ¿a ellos las Coca-Colas nunca les hacían nada? Popeye miró a Santiago, Santiago miró a Popeye y los dos miraron a Amalia: había vomitado toda la noche, no volvería a tomar Coca-Cola nunca en su vida. Y, sin embargo, había tomado cerveza y nada, y Pasteurina y tampoco, y Pepsi-Cola y tampoco, ¿esa Coca-Cola no estaría pasadita, niño? Popeye se mordió la lengua, sacó su pañuelo y furiosamente se sonó. Se apretaba la nariz y sentía que el estómago le iba a reventar: se había terminado el disco, ahora sí, y sacó rápido la mano del bolsillo de su pantalón. Ellos seguían fundidos en la media oscuridad, vengan vengan, siéntense un ratito, y oyó a Amalia: ya se había acabado pues la música, niño. Una voz difícil, por qué había apagado la luz el otro niño, aleteando apenas, que la prendieran o se iba, quejándose sin fuerzas, como si un invencible sueño o aburrimiento la apagara, no quería a oscuras, así no le gustaba. Eran una silueta sin forma, una sombra más entre las otras sombras del cuarto y parecía que estuvieran forcejeando de a mentiras entre el velador y la cómoda. Se levantó, se les acercó tropezando, ándate al jardín pecoso, y él qué tal raza, chocó con algo, le dolió el tobillo, no se iba, tráela a la cama, suélteme niño. La voz de Amalia ascendía, qué le pasa niño, se enfurecía, y ahora Popeye había encontrado sus hombros, suélteme, que la soltara, y la arrastraba, qué atrevido, qué abusivo, los ojos cerrados, la respiración briosa y rodó con ellos sobre la cama: ya estaba, flaco. Ella se rió, no me haga cosquillas, pero sus brazos y sus piernas seguían luchando y Popeye angustiosamente se rió: sal de aquí pecoso, déjame a mí. No se iba, por qué se iba a ir, y ahora Santiago empujaba a Popeye y Popeye lo empujaba, no me voy a ir, y había una confusión de ropas y pieles mojadas en la sombra, un revoloteo de piernas, manos, brazos y frazadas. La estaban ahogando, niño, no podía respirar: cómo te ríes, bandida. Quítese, que la soltaran, una voz ahogada, un jadeo entrecortado y animal, y de pronto chist, empujones y grititos, y Santiago chist, y Popeye chist: la puerta de calle, chist, la Teté, pensó y sintió que su cuerpo se disolvía. Santiago había corrido a la ventana y él no podía moverse: la Teté, la Teté.

—Ahora sí nos vamos, Amalia —Santiago se paró, dejó la botella en la mesa—. Gracias por la invitación.

—Gracias a usted, niño —dijo Amalia—. Por haber venido y por eso que me trajo.

—Anda a la casa a visitarnos —dijo Santiago.

—Claro que sí, niño —dijo Amalia—. Y salúdela mucho a la niña Teté.

—Sal de aquí, párate, qué esperas —dijo Santiago—. Y tú arréglate la camisa y péinate un poco, idiota.

Acababa de encender la lámpara, se alisaba los cabellos, Popeye se acuñaba la camisa en el pantalón y lo miraba, aterrado, salte, salte del cuarto. Pero Amalia seguía sentada en la cama y tuvieron que alzarla en peso, se tambaleó con expresión idiota, se sujetó del velador. Rápido, rápido, Santiago estiraba el cubrecama y Popeye corrió a desenchufar el tocadiscos, sal del cuarto idiota. No atinaba a moverse, los escuchaba con los ojos llenos de asombro y se les escurría de las manos y en eso se abrió la puerta y ellos la soltaron: hola, mamá. Popeye vio a la señora Zoila y trató de sonreír, en pantalones y con un turbante granate, buenas noches señora, y los ojos de la señora sonrieron y miraron a Santiago, a Amalia, y su sonrisa fue disminuyendo y murió: hola, papá. Vio, detrás de la señora Zoila, el rostro lleno, los bigotes y patillas grises, los ojos risueños de don Fermín, hola flaco, tu madre se desanimó de, hola Popeye, ¿estabas aquí? Don Fermín entró al cuarto, una camisa sin cuello, una casaca de verano, mocasines, y tendió la mano a Popeye: cómo está, señor.

—¿No estás acostada, tú? —dijo la señora Zoila—. Son más de las doce ya.

—Estábamos muertos de hambre y la desperté para que nos hiciera unos sándwiches —dijo Santiago—. ¿No se iban a quedar a dormir en Ancón?

—Tu madre se había olvidado que tenía invitados a almorzar mañana —dijo don Fermín—. Las voladuras de tu madre, cuándo no.

Con el rabillo del ojo, Popeye vio salir a Amalia con la charola en las manos, miraba el suelo y caminaba derechita, menos mal.

—Tu hermana se quedó donde los Vallarino —dijo don Fermín—. Total, se me malogró el proyecto de descansar este fin de semana.

—¿Ya son las doce, señora? —dijo Popeye—. Me voy volando. No nos dimos cuenta de la hora, creí que serían las diez.

—Qué es de la vida del senador —dijo don Fermín—. Siglos que no se lo ve por el club.

Salió con ellos hasta la calle y allí Santiago le dio una palmadita en el hombro y Popeye le hizo adiós: chau, Amalia. Se alejaron en dirección a la línea del tranvía. Entraron a El Triunfo a comprar cigarrillos; hervía ya de borrachines y jugadores de billar.

—Cinco libras por las puras, un papelón bestial —dijo Popeye—. Resulta que le hicimos un favor a la chola, ahora tu viejo le dio un trabajo mejor.

—Aunque sea, le hicimos una chanchada —dijo Santiago—. No me arrepiento de esas cinco libras.

—No es por nada, pero estás tronado —dijo Popeye—. ¿Qué le hicimos? Ya le diste cinco libras, déjate de remordimientos.

Siguiendo la línea del tranvía, bajaron hasta Ricardo Palma, y caminaron fumando bajo los árboles de la alameda, entre filas de automóviles.

—¿No te dio risa cuando dijo eso de las Coca-Colas? —se rió Popeye—. ¿Tú crees que es tan tonta o se hacía? No sé cómo pude aguantarme, me orinaba de risa por adentro.

—Te voy a hacer una pregunta —dice Santiago—. ¿Tengo cara de desgraciado?

—Y yo te voy a decir una cosa —dijo Popeye—. ¿Tú no crees que nos fue a comprar las Coca-Colas de puro sapa? Como descolgándose, a ver si repetíamos lo de la otra noche.

—Tienes la mente podrida, pecoso —dijo Santiago.

—Pero qué pregunta —dice Ambrosio—. Claro que no, niño.

—Está bien, la chola es una santa y yo tengo la mente podrida —dijo Popeye—. Vamos a tu casa a oír discos, entonces.

—¿Lo hiciste por mí? —dijo don Fermín—. ¿Por mí, negro? Pobre infeliz, pobre loco.

—Le juro que no, niño —se ríe Ambrosio—. ¿Se está haciendo la burla de mí?

—La Teté no está en la casa —dijo Santiago—. Se fue a la vermouth con amigas.

—Oye, no seas desgraciado, flaco —dijo Popeye—. ¿Me estás mintiendo, no? Tú me prometiste, flaco.

—Quiere decir que los desgraciados no tienen cara de desgraciados, Ambrosio —dice Santiago.

cap3

III

El teniente ni siquiera bostezó durante el viaje; estuvo todo el tiempo hablando de la revolución, explicándole al sargento que manejaba el jeep cómo ahora que Odría había subido al poder entrarían en vereda los apristas, y fumando unos cigarrillos que olían a guano. Habían salido de Lima a la madrugada y sólo se detuvieron una vez, en Surco, para mostrar el salvoconducto a una patrulla que controlaba los vehículos en la carretera. Entraron a Chincha a las siete de la mañana. La revolución ni se notaba aquí: las calles estaban alborotadas de escolares, no se veía tropa en las esquinas. El teniente saltó a la vereda, entró al café-restaurante Mi Patria, escuchó en la radio, con un fondo de marcha militar, el mismo comunicado que oía hacía dos días. Acodado en el mostrador, pidió un café con leche y un sándwich de queso mantecoso. Al hombre en camiseta y de cara avinagrada que lo atendió, le preguntó si conocía a Cayo Bermúdez, un comerciante de aquí. ¿Lo iba a, revolvió el hombre los ojos, meter preso? ¿Era aprista el tal Bermúdez? Qué iba a ser, no se metía en política. Mejor, la política era para los vagos, no para la gente de trabajo, el teniente lo buscaba por un asunto personal. Aquí no lo iba a encontrar, no venía nunca. Vivía en una casita amarilla, detrás de la iglesia. Era la única de ese color, sus vecinas eran blancas o grises y había también una marrón. El teniente tocó la puerta y esperó y oyó pasos y una voz quién es.

—¿Está el señor Bermúdez? —dijo el teniente.

La puerta se abrió gruñendo y se adelantó una mujer: una idiota con la cara negruzca y llena de lunares, don. La gente en Chincha decía quién te viera y quién te ve. Porque de muchacha era presentable. El día y la noche le digo, qué cambiazo, don. Tenía los pelos revueltos, el chal de lana que le cubría los hombros parecía un crudo.

—No está —miraba de través, con unos avarientos ojitos recelosos—. Qué se le ofrece. Soy su señora.

—¿Volverá pronto? —el teniente examinó a la mujer con sorpresa, con desconfianza—. ¿Puedo esperarlo?

Ella se apartó de la puerta. Adentro, el teniente se sintió mareado entre los muebles macizos, los jarrones sin flores, la máquina de coser y las paredes consteladas de sombritas o agujeros o moscas. La mujer abrió una ventana, entró una lengua de sol. Todo estaba gastado, sobraban cosas en el cuarto. Cajones arrumados contra los rincones, pilas de periódicos. La mujer murmuró permiso y se esfumó en la boca oscura de un pasillo. El teniente oyó silbar en alguna parte a un canario. ¿Si era su mujer de veras, don? Su mujer ante Dios, claro que sí, una historia que sacudió Chincha. ¿Que cómo comenzó, don? Una punta de años atrás, cuando la familia Bermúdez salió de la hacienda de los de la Flor. La familia, es decir el Buitre, la beata doña Catalina y el hijo, don Cayo, que por entonces estaría gateando. El Buitre había sido capataz de la hacienda y cuando se vino a Chincha la gente decía los de la Flor lo han botado por ladrón. En Chincha se dedicó a prestamista. A alguien le faltaba plata, iba donde el Buitre, necesito tanto, qué me das en prenda, este anillito, este reloj, y si uno no pagaba él se quedaba con la prenda y las comisiones del Buitre eran tan bárbaras que sus deudores iban muertos. El Buitre por eso, don: vivía de los cadáveres. Se llenó de platita en pocos años y la cerró con broche de oro cuando el gobierno del general Benavides comenzó a encarcelar y deportar apristas; el subprefecto Núñez daba la orden, el capitán Rascachucha metía en chirona al aprista y corría a la familia, el Buitre le remataba sus cosas y después entre los tres se repartían la torta. Y con la plata el Buitre se volvió importante, don, hasta fue alcalde de Chincha y se lo vio con tongo en la plaza de Armas, en los desfiles de Fiestas Patrias. Y se llenó de humos. Le dio porque su hijo se pusiera siempre zapatos y no se juntara con morenos. De chicos ellos jugaban fútbol, robaban fruta en las huertas, Ambrosio se metía a su casa y al Buitre no le importaba. Cuando se volvieron platudos, en cambio, lo botaban y a don Cayo lo reñían si lo pescaban con él. ¿Su sirviente? Qué va, don, su amigo, pero sólo cuando eran de este tamaño. La negra tenía entonces su puesto cerca de la esquina donde vivía don Cayo y él y Ambrosio se la pasaban mataperreando. Después los separó el Buitre, don, la vida. A don Cayo lo metieron al Colegio José Pardo, y a Ambrosio y a Perpetuo, la negra, avergonzada por lo del Trifulcio, se los llevó a Mala, y cuando volvieron a Chincha don Cayo era inseparable de uno del José Pardo, el Serrano. Ambrosio lo encontraba en la calle y ya no le decía tú sino usted. En las actuaciones del José Pardo don Cayo recitaba, leía su discursito, en los desfiles llevaba el gallardete. El niño prodigio de Chincha, decían, un futuro cráneo, y que al Buitre se le hacía agua la boca hablando de su hijo y que decía llegará muy alto, decían. Lo cierto es que llegó ¿no, don?

—¿Cree que tardará mucho? —el teniente aplastó su cigarrillo en el cenicero—. ¿No sabe dónde está?

—Y yo también me casé —dice Santiago—. ¿Y tú no te has casado?

—A veces vuelve a almorzar tardísimo —murmuró la mujer—. Si quiere, deme el recado.

—¿Usted también, niño, siendo tan joven? —dice Ambrosio.

—Lo esperaré —dijo el teniente—. Ojalá no se demore mucho.

Ya estaba en el último año del colegio, el Buitre lo iba a mandar a Lima a estudiar para leguleyo y don Cayo era pintado para eso, decían. Ambrosio vivía entonces en la ranchería que estaba a la salida de Chincha, don, yendo hacia lo que fue después Grocio Prado. Y ahí lo había pescado una vez, y ahí mismo captado que se había hecho la vaca, y ahí mismo pensado quién es la hembrita. ¿Montándosela? No, don, mirándola con ojos de loco. Se hacía el disimulado, el que aguaitaba los chanchos, el que esperaba. Había dejado sus libros en el suelo, estaba arrodillado, los ojos se le torcían hacia la ranchería y Ambrosio decía cuál es, cuál sería. Era la Rosa, don, la hija de la lechera Túmula. Una flaquita sin nada de particular, entonces parecía blanquita y no india. Hay criaturas que nacen feas y después mejoran, la Rosa comenzó pasable y terminó cuco. Pasable, ni bien ni mal, una de ésas a las que un blanco les hace un favor una vez y si te vi me olvidé. Las tetitas a medio salir, un cuerpo jovencito y nada más, pero tan sucia que ni para misa se arreglaba. Se la veía por Chincha arreando el burro con las tinajas, don, vendiendo poronguitos de casa en casa. La hija de la Túmula, el hijo del Buitre, imagínese el escandalazo, don. El Buitre tenía ya una ferretería y un almacén y dicen que decía cuando el muchacho vuelva de Lima de doctor levantará los negocios como espuma. Doña Catalina paraba en la iglesia, íntima del cura, tómbolas para los pobres, Acción Católica. Y el hijo dándole vueltas a la hija de la lechera, a quién le iba a caber en la cabeza. Pero fue así, don. Le llamaría la atención su manerita de caminar o algo, hay quien prefiere los animalitos chuscos a los finos dicen. Pensaría la trabajo, mojo y la dejo, y ella se daría cuenta que el blanquito babeaba por ella y pensaría dejo que me trabaje, dejo que moje y lo cojo. El caso es que don Cayo cayó, don: ¿qué se le ofrecía? El teniente abrió los ojos, se puso de pie de un salto.

—Disculpe, me quedé dormido —se pasó la mano por la cara, tosió—. ¿El señor Bermúdez?

Junto a la horrible mujer había un hombre de cara reseca y ácida, cuarentón, en mangas de camisa, con un maletín bajo el brazo. La boca tan ancha del pantalón le cubría los zapatos. Un pantalón de marinero, alcanzó a pensar el teniente, de payaso.

—Para servirlo —dijo el hombre, como aburrido o disgustado—. ¿Hace mucho que me espera?

—Vaya haciendo sus maletas —dijo el teniente, jovialmente—. Me lo llevo a Lima.

Pero el hombre no se inmutó. Su cara no sonrió, sus ojos no se sorprendieron ni alarmaron ni alegraron. Lo observaban con la misma monotonía indiferente de antes.

—¿A Lima? —dijo despacio, las pupilas sin luz—. ¿Quién me necesita a mí en Lima?

—Nada menos que el coronel Espina —dijo el teniente, con una vocecita triunfal—. El ministro de Gobierno, nada menos.

La mujer abrió la boca, Bermúdez no pestañeó. Permaneció inexpresivo, luego un amago de sonrisa alteró el soñoliento fastidio de su rostro, un segundo después sus ojos volvieron a desinteresarse y aburrirse. Le patea el hígado, pensó el teniente, un amargado de la vida, con la mujer que se ha echado encima se comprende. Bermúdez tiró el maletín al sofá:

—De veras, ayer oí que Espina es uno de los ministros de la Junta —sacó una cajetilla de Inca, ofreció un desganado cigarrillo al teniente—. ¿No le dijo el Serrano para qué quiere verme?

—Sólo que lo necesita con urgencia —¿el Serrano?, pensó el teniente—. Y que me lo lleve a Lima aunque tenga que ponerle una pistola en el pecho.

Bermúdez se dejó caer en un sillón, cruzó las piernas, arrojó una bocanada de humo que nubló su cara y, cuando el humo se desvaneció, el teniente vio que le sonreía como haciéndome un favor, pensó, como burlándose de mí.

—Está difícil que salga hoy de Chincha —dijo, con una disolvente flojera—. Hay un negocito que está por cerrarse en una hacienda de acá.

—Si a uno lo llama el ministro de Gobierno, no se ponen peros —dijo el teniente—. Hágame el favor, señor Bermúdez.

—Dos tractores nuevos, una buena comisión —explicaba Bermúdez a las moscas o agujeros o sombras—. No estoy para paseos a Lima, ahora.

—¿Tractores? —el teniente hizo un ademán irritado—. Piense un poco con la cabeza, por favor, y no perdamos más tiempo.

Bermúdez dio una pitada, entrecerrando los ojitos fríos, y expulsó el humo sin apuro.

—Cuando uno anda agobiado por las letras, no hay más remedio que pensar en los tractores —dijo, como si no lo oyera ni viera—. Dígale al Serrano que iré un día de éstos.

El teniente lo miraba consternado, divertido, confundido: a este paso iba a tener que sacar la pistola y ponérsela en el pecho, señor Bermúdez, a este paso se iban a reír de él. Pero don Cayo como si nada, don, se tiraba la vaca y caía por la ranchería y las mujeres lo señalaban, Rosa, se secreteaban y se le reían, Rosita, mira quién viene. La hija de la Túmula andaba sobradísima, don. Imagínese, que el hijo del Buitre se viniera hasta ahí para verla, creidísima. No salía a conversar con él, se respingaba, corría donde sus amigas, pura risa, puro coqueteo. A él no le importaba que la muchacha le hiciera desplantes, eso parecía calentarlo más. Una sabida de película la hija de la Túmula, don, y su madre ni se diga, cualquiera se daba cuenta pero él no. Aguantaba, esperaba, volvía a la ranchería, la cholita caería un día, negro, él fue el que cayó, don. ¿No ve que se le sobra en vez de agradecerle que se fije en ella, don Cayo? Mándela al diablo, don Cayo. Pero él como si le hubieran dado chamico, ahí detrás correteándola, y la gente comenzó a chismear. Hay la mar de habladurías, don Cayo. A él qué mierda, él hacía lo que le mandaba el estómago, y el estómago le mandaba tirarse a la muchacha, claro. Muy bien, quién se lo iba a reprochar, cualquier blanquito se encamota de una cholita, le hace su trabajito y a quién le importa ¿no, don? Pero don Cayo la perseguía como si la cosa fuera en serio, ¿no era locura? Y más locura era que la Rosa se daba el lujo de basurearlo. Aparentaba que se daba el lujo, don.

—Ya pusimos gasolina, ya avisé a Lima que llegaríamos a eso de las tres y media —dijo el teniente—. Cuando usted quiera, señor Bermúdez.

Bermúdez se había cambiado de camisa y llevaba un terno gris. Tenía en la mano un maletín, un sombrerito ajado, anteojos de sol.

—¿Ése es todo su equipaje? —dijo el teniente.

—Faltan cuarenta maletas —gruñó Bermúdez, sin abrir la boca—. Partamos, quiero regresar a Chincha hoy mismo.

La mujer miraba al sargento, que medía el aceite del jeep. Se había sacado el mandil, el apretado vestido dibujaba su vientre combado, las caderas que se derramaban. Perdóneme por, le dio la mano el teniente, robármelo a su esposo, pero ella no se rió. Bermúdez había subido al asiento trasero del jeep y ella lo miraba como si lo odiara, pensó el teniente, o no fuera a verlo más. Subió al jeep, vio a Bermúdez hacer a la mujer un vago adiós, y partieron. El sol ardía, las calles estaban desiertas, un vaho nauseabundo ascendía desde el pavimento, los vidrios de las casas destellaban.

—¿Hace mucho que no va a Lima? —trató de ser amable el teniente.

—Voy dos o tres veces al año, por negocios —dijo sin afecto, sin gracia, la vocecita remolona, mecánica, descontenta del mundo—. Represento algunas firmas agrícolas aquí.

—No llegamos a casarnos pero yo también tuve mi mujer —dice Ambrosio.

—¿Y cómo es que no van bien sus negocios? —dijo el teniente—. ¿No son ricachos los hacendados de aquí? ¿Mucho algodón, no?

—¿Tuviste? —dice Santiago—. ¿Te peleaste con ella?

—En otras épocas iban bien —dijo Bermúdez; no es el hombre más antipático del Perú porque todavía está vivo el coronel Espina, pensó el teniente, pero después del coronel quién sino éste—. Con el control de cambios, los algodoneros dejaron de ganar lo que antes, y ahora hay que sudar sangre para venderles una lampa.

—Se me murió allá en Pucallpa, niño —dice Ambrosio—. Me dejó una hijita.

—Bueno, por eso hemos hecho la revolución —dijo el teniente, de buen humor—. Se acabó el caos. Ahora, con el Ejército arriba, todo el mundo en vereda. Ya verá que con Odría las cosas van a ir mejor.

—¿De veras? —bostezó Bermúdez—. Aquí cambian las personas, teniente, nunca las cosas.

—¿No lee los periódicos, no oye la radio? —insistió el teniente, risueño—. Ya comenzó la limpieza. Apristas, pillos, comunistas, todos en chirona. No va a quedar un pericote suelto en plaza.

—¿Y qué fuiste a hacer a Pucallpa? —dice Santiago.

—Saldrán otros —dijo ásperamente Bermúdez—. Para limpiar el Perú de pericotes tendrían que lanzarnos unas bombitas y desaparecernos del mapa.

—A trabajar, pues, niño —dice Ambrosio—. Mejor dicho, a buscar trabajo.

—¿Eso va en serio o en broma? —dijo el teniente.

—¿Mi viejo sabía que tú estabas allá? —dice Santiago.

—No me gusta bromear —dijo Bermúdez—. Siempre hablo en serio.

El jeep atravesaba un valle, el aire olía a mariscos y a lo lejos se divisaban colinas terrosas, arenales. El sargento manejaba mordisqueando un cigarrillo y el teniente tenía hundido el quepí hasta las orejas: ven, se tomarían unas cervecitas, negro. Habían tenido una conversación de amigos, don, me necesita había pensado Ambrosio, y por supuesto se trataba de la Rosa. Se había conseguido una camioneta, un fundito, y convencido a su amigo el Serrano. Y quería que también lo ayudara Ambrosio, por si había lío. ¿Qué lío podía haber, a ver? ¿Acaso tenía padre o hermanos la muchacha? No, sólo a la Túmula, basura. Él encantado de ayudarlo, sólo que. No lo asustaba la Túmula, don Cayo, ni la gente de la ranchería, ¿pero y su papá, don Cayo? Porque si el Buitre se enteraba a don Cayo sólo le caería su paliza, pero ¿y a él? No se iba a enterar, negro, se iba a Lima por tres días y cuando volviera la Rosa estaría en la ranchería de nuevo. Ambrosio se había tragado el cuento, don, lo ayudó engañado. Porque una cosa era que se robara a la muchacha por una noche, se sacara el clavo y la soltara, y otra ¿no, don? que se casara con ella. El bandido de don Cayo los había hecho tontos a él y al Serrano, don. A todos, menos a la Rosa, menos a la Túmula. En Chincha decían la que salió ganando fue la hija de la lechera, que de repartir leche en burro pasó a señora y nuera del Buitre. Todos los demás perdieron: don Cayo, sus padres, hasta la Túmula porque perdió a su hija. O sea que la Rosa fue una resabida de coliseo. Quién hubiera dicho, don, tan poquita cosa, la muy sapa se sacó la lotería y más. ¿Que qué tenía que hacer Ambrosio, don? Ir a la plaza a las nueve, y había ido y esperado y lo recogieron, dieron vueltas y cuando la gente se metió a dormir, cuadraron la camioneta junto a la casa de don Mauro Cruz, el sordo. Don Cayo estaba citado ahí con la muchacha a las diez. Claro que vino, qué no iba a venir. Se apareció, don Cayo se le adelantó y ellos se quedaron en la camioneta. Él le diría algo, o ella adivinaría algo, el hecho es que de repente la hija de la Túmula se echó a correr y don Cayo a gritar alcánzala. Así que Ambrosio corrió, la alcanzó y se la echó al hombro y la trajo y la sentó en la camioneta. Ahí había pescado las mañas de la Rosa, don, ahí visto que se las traía. Ni un grito, ni un ay, sólo carreritas, rasguñitos, puñetitos. Lo más fácil era ponerse a chillar, hubiera salido gente, se les hubiera venido encima media ranchería ¿no? Quería que se la robaran, estaba esperando que se la robaran, una loba ¿no es cierto, don? Qué iba a estar muerta de miedo, qué iba a haber perdido la voz. Pataleó y arañó cuando la tenía cargada y en la camioneta se hacía la que lloraba porque se tapaba la cara, pero Ambrosio no la sentía llorar. El Serrano metió el fierro a fondo, la camioneta se desbocó por la trocha. Llegaron al fundito y don Cayo se bajó y la Rosa, sin que hubiera necesidad de cargarla, derechita se metió a la casa ¿veía, don? Ambrosio se fue a dormir pensando qué cara pondría al día siguiente la Rosa, y si le contaría a la Túmula y si la Túmula a la negra y si la negra lo molería. Ni se sospechaba lo que iba a pasar, don. Porque la Rosa no volvió al día siguiente, ni don Cayo tampoco, ni al siguiente ni al siguiente. En la ranchería la Túmula era puro llanto, y en Chincha doña Catalina puro llanto, y Ambrosio no sabía dónde meterse. Al tercer día llegó el Buitre y dio parte a la policía y la Túmula había dado parte también. Imagínese las murmuraciones, don. Si el Serrano y Ambrosio se veían en la calle ni se hablaban, él también andaría saltoncísimo. Sólo se aparecieron a la semana, don. No lo habían obligado, nadie le había puesto un revólver en el pecho diciéndole a la iglesia o a la tumba. Se había buscado su cura por su propia voluntad. Dicen que los vieron bajar de un ómnibus en la plaza de Armas, que él llevaba a la Rosa del brazo, que los vieron entrar a la casa del Buitre como si volvieran de un paseo. Se le presentarían ahí de repente, juntos, figúrese, don Cayo sacaría su certificado y le diría nos hemos casado, ¿se da cuenta qué cara pondría el Buitre, don, qué era ese lío?

—¿Están cazando ahí pericotes, teniente? —con una sonrisa desabrida, Bermúdez señalaba el parque Universitario—. ¿Qué pasa en San Marcos?

Barreras militares cerraban las cuatro esquinas del parque Universitario y había patrullas de soldados con cascos, guardia de asalto y policías a caballo. Abajo la Dictadura, decían unos cartelones colgados de los muros de San Marcos, Sólo el Aprismo Salvará al Perú. La puerta principal de la universidad estaba cerrada, y crespones de luto oscilaban en los balcones, y en los techos unas cabezas diminutas espiaban los movimientos de soldados y guardias. Las paredes del recinto universitario transpiraban un rumor que crecía y decrecía entre salvas de aplausos.

—Unos cuantos apristas andan metidos ahí desde el 27 de octubre —el teniente hacía señas al oficial que comandaba la barrera de la avenida Abancay—. Los búfalos no escarmientan.

—¿Y por qué no les meten bala? —dijo Bermúdez—. ¿Así es como el Ejército ha comenzado la limpieza?

Un alférez de policía se acercó al jeep, saludó, examinó el salvoconducto que le alcanzó el teniente.

—¿Cómo van esos subversivos? —dijo el teniente, señalando San Marcos.

—Ahí, metiendo bulla —dijo el alférez—. A ratos tiran sus piedritas. Pueden pasar, mi teniente.

Los guardias apartaron los caballetes y el jeep atravesó el parque Universitario. Sobre los ondulantes crespones había unas cartulinas blancas, Estamos de Duelo por la Libertad, y unas tibias y calaveras dibujadas con pintura negra.

—Yo les metería bala, pero el coronel Espina quiere rendirlos por hambre —dijo el teniente.

—¿Cómo andan las cosas en provincias? —dijo Bermúdez—. En el norte habrá líos, me imagino. Ahí los apristas son fuertes.

—Todo tranquilo, eso de que el Apra controlaba el Perú era un gran cuento —dijo el teniente—. Ya vio, los líderes corrieron a asilarse en las embajadas. Nunca se ha visto una revolución más pacífica, señor Bermúdez. Y esto de San Marcos se despachaba en un minuto si la superioridad quisiera.

No había despliegue militar en las calles del centro. Sólo en la plaza Italia aparecieron de nuevo soldados encasquetados. Bermúdez bajó del jeep, se desperezó, dio unos pasos, esperó al teniente mirándolo todo con abulia.

—¿No ha entrado nunca al Ministerio? —lo animó el teniente—. El edificio es viejo pero hay oficinas elegantísimas. La del coronel tiene cuadros y todo.

Entraron y no habían pasado dos minutos cuando la puerta se abrió como si hubiera habido un terremoto adentro, y don Cayo y la Rosa salieron dando tumbos, y el Buitre detrás, sapos y culebras y embistiendo como un toro, algo macanudo dicen, don. Su furia no era contra la hija de la Túmula, a ella parece que no le pegaba, sólo a su hijo. Lo tumbaba de un puñetazo, lo levantaba de un patadón, y así hasta la plaza de Armas. Ahí lo agarraron porque si no lo mataba. No se conformaba de que se le hubiera casado así, y siendo mocoso, y sobre todo con quién. Ni se conformó nunca, por supuesto, ni volvió a ver a don Cayo, ni a darle medio. Don Cayo tuvo que empezar a ganarse los frejoles para él y para la Rosa. Ni siquiera el colegio terminó el que el Buitre decía será el futuro cráneo. Si en vez del cura los hubiera casado un alcalde, el Buitre en un dos por tres arreglaba el asunto, pero ¿qué arreglo había con Dios, don? Siendo doña Catalina la beata que era, además. Consultarían, el cura les diría no hay nada que hacer, la religión es la religión y hasta que la muerte los separe. Así que al Buitre no le quedó más remedio que desesperarse. Dicen que le dio una paliza al curita que los casó, que después no querían darle la absolución y que de penitencia le hicieron pagar una de las torres de la nueva iglesia de Chincha. O sea que hasta la religión sacó su lonja de este asunto, don. A la parejita el Buitre no la vio más. Parece que cuando se sintió morir preguntó ¿tengo nietos? Tal vez si hubiera tenido lo hubiera perdonado a don Cayo, pero la Rosa no sólo se le había vuelto un cuco, don, para colmo no se llenó nunca. Dicen que para que su hijo no heredara, el Buitre comenzó a botar lo que tenía en borracheras y limosnas, que si la muerte no lo agarra desprevenido también hubiera regalado la casita que tenía detrás de la iglesia. No le dio tiempo, don. ¿Que por qué siguió tantos años con la indiota? Eso le decía todo el mundo al Buitre: se le pasará el camote y la mandará de nuevo donde la Túmula y usted recuperará a su hijo. Pero no lo hizo, por qué sería. Por la religión no creo, don Cayo no iba a la iglesia. ¿Por hacer rabiar al padre, don? ¿Porque lo odiaba al Buitre, dice usted? ¿Para defraudarlo, para que viera cómo se hacían humo las esperanzas que tenía puestas en él? ¿Joderse para matar de decepción al padre? ¿Usted cree que por eso, don? ¿Hacerlo sufrir costara lo que costara, aunque sea convirtiéndose él mismo en basura? Bueno, yo no sé, don, si usted cree será por eso. No se ponga así, don, si estábamos conversando de lo más bien, don. ¿Se siente mal? Usted no está hablando del Buitre y don Cayo sino de usted y del niño Santiago ¿no, don? Está bien, me callo, don, ya sé que no está hablando conmigo. No he dicho nada, don, no se ponga así, don.

—¿Cómo es Pucallpa? —dice Santiago.

—Un pueblito que no vale nada —dice Ambrosio—. ¿No conoce, niño?

—Me he pasado la vida soñando con viajar y sólo he ido hasta el kilómetro ochenta, una vez —dice Santiago—. Tú has viajado un poco, siquiera.

—En mala hora, niño —dice Ambrosio—. Pucallpa sólo me trajo desgracias.

—Quiere decir que te ha ido mal —dijo el coronel Espina—. Peor que al resto de la promoción. No tienes un cobre y te has quedado de provinciano.

—No he tenido tiempo para seguirle la pista al resto de la promoción —dijo Bermúdez, calmadamente, mirando a Espina sin arrogancia, sin modestia—. Pero, claro, a ti te ha ido mejor que a todos los demás juntos.

—El mejor alumno, el más inteligente, el más chancón —dijo Espina—. Bermúdez será Presidente y Espina su ministro decía el Tordo. ¿Te acuerdas?

—Ya entonces querías ser ministro, de veras —dijo Bermúdez, con una risita agria—. Ya está, ya eres. ¿Estarás contento, no?

—No lo he pedido, no lo he buscado —el coronel Espina abrió los brazos con resignación—. Me lo han impuesto y lo he aceptado como un deber.

—En Chincha decían que eras un militar apristón, que habías ido a un coctel que dio Haya de la Torre —siguió sonriendo Bermúdez, sin convicción—. Y ahora, fíjate, cazando apristas como pericotes. Así decía el tenientito que me mandaste. Y, a propósito, ya va siendo hora de que me digas por qué tanto honor conmigo.

La puerta del despacho se abrió, entró un hombre de rostro circunspecto haciendo venias, con unos papeles en las manos, ¿podía, señor ministro?, pero el coronel, después doctor Alcibíades, lo inmovilizó con un gesto, que no los interrumpiera nadie. El hombre hizo otra venia, muy bien señor ministro, y salió.

—Señor ministro —carraspeó Bermúdez, sin nostalgia, mirando letárgicamente en torno—. Me parece mentira. Como estar sentado aquí. Como que seamos cincuentones ya los dos.

El coronel Espina le sonreía con afecto, había perdido mucho pelo pero los mechones que conservaba no tenían una cana, y su cobriza cara se mantenía lozana; paseaba despacio sus ojos por el rostro curtido e indolente de Bermúdez, por el cuerpo avejentado y ascético encogido en el vasto sillón de terciopelo rojo.

—Te fregaste por ese matrimonio absurdo —dijo, con voz dulzona y paternal—. Fue el gran error de tu vida, Cayo. Yo te lo previne, acuérdate.

—¿Me has mandado buscar para hablarme de mi matrimonio? —dijo sin ira, sin ímpetu, la mediocre vocecita de siempre—. Una palabra más y me voy.

—Sigues igual, no aguantas pulgas —se rió Espina—. ¿Cómo está Rosa? Ya sé que no has tenido hijos.

—Si no te importa, vamos al grano de una vez —dijo Bermúdez; una sombra de fatiga veló sus ojos, su boca estaba fruncida con impaciencia. Techos, cornisas, azoteas, basurales aéreos se recortaban sobre nubes obesas, por las ventanas, detrás de Espina.

—Aunque nos hayamos visto poco, tú has seguido siendo mi mejor amigo —casi se entristeció el coronel—. De chicos, yo te estimaba, Cayo. Más que tú a mí. Te admiraba, hasta te tenía envidia.

Bermúdez escrutaba al coronel, imperturbable. El cigarrillo que tenía en la mano se había consumido, la ceniza caía sobre la alfombra, las volutas de humo rompían contra su cara como olas contra rocas pardas.

—Cuando estuve de ministro de Bustamante toda la promoción me buscó, menos tú —dijo Espina—. ¿Por qué? Estabas en mala situación, habíamos sido como hermanos. Yo hubiera podido ayudarte.

—¿Vinieron como perros a lamerte las manos, a pedirte recomendaciones y a proponerte negociados? —dijo Bermúdez—. Como yo no vine, dirías éste anda rico o ya se murió.

—Sabía que estabas vivo, pero medio muerto de hambre —dijo Espina—. No me interrumpas, déjame hablar.

—Es que todavía eres muy lento —dijo Bermúdez—. Hay que sacarte las palabras con tirabuzón, como en el José Pardo.

—Quiero servirte —murmuró Espina—. Dime qué puedo hacer por ti.

—Dame movilidad para regresar a Chincha —susurró Bermúdez—. El jeep, un pasaje en colectivo, lo que sea. Por este paseíto a Lima puedo perder un negocito interesante.

—Estás contento con tu suerte, no te importa llegar a viejo de provinciano y sin un medio —dijo Espina—. Ya no eres ambicioso, Cayo.

—Pero todavía soy orgulloso —dijo Bermúdez, secamente—. No me gusta recibir favores. ¿Eso es todo lo que querías decirme?

El coronel lo observaba, como midiéndolo o adivinándolo, y la sonrisita cordial que había estado flotando en sus labios se esfumó. Juntó las manos de uñas enceradas, adelantó la cabeza:

—¿Al pan pan y al vino vino, Cayo? —dijo, con súbita energía.

—Ya era hora —Bermúdez aplastó la colilla en el cenicero—. Me estabas cansando con tantas declaraciones de amor.

—Odría necesita gente de confianza —el coronel contaba las sílabas, como si su seguridad y desenvoltura se vieran de pronto amenazadas—. Aquí todos están con nosotros y nadie está con nosotros. La Prensa y la Sociedad Agraria sólo quieren que suprimamos el control de cambios y protejamos la libertad de comercio.

—Como ustedes les van a dar gusto, no hay problema —dijo Bermúdez—. ¿No?

—El Comercio llama a Odría el salvador de la Patria sólo por odio al Apra —dijo el coronel Espina—. Ésos sólo quieren que tengamos a los apristas a la sombra.

—Ya es cosa hecha —dijo Bermúdez—. Tampoco hay problema por ahí ¿no?

—Y la International, la Cerro y demás compañías sólo quieren un gobierno fuerte que les tenga tranquilos a los sindicatos —continuó Espina, sin escucharlo—. Cada uno tira para su lado ¿ves?

—Los exportadores, los antiapristas, los gringos y además el Ejército —dijo Bermúdez—. La platita y la fuerza. No sé de qué se puede quejar Odría. No se puede pedir más.

—El Presidente conoce la mentalidad de estos hijos de puta —dijo el coronel Espina—. Hoy te apoyan, mañana te clavan un puñal en la espalda.

—Como se lo clavaron ustedes a Bustamante —sonrió Bermúdez, pero el coronel no se rió—. Bueno, mientras los tengan contentos, apoyarán al régimen. Después, se conseguirán otro general y los sacarán a ustedes. ¿Siempre no ha sido así en el Perú?

—Esta vez no va a ser así —dijo el coronel Espina—. Nosotros vamos a guardarnos las espaldas.

—Me parece muy bien —dijo Bermúdez, ahogando un bostezo—. Pero yo qué pito toco en todo esto.

—Le he hablado al Presidente de ti —el coronel Espina consideró un momento el efecto de sus palabras, pero Bermúdez no había cambiado de expresión; el codo en el brazo del sillón, la cara sobre la palma abierta, escuchaba inmóvil—. Estábamos barajando nombres para la Dirección de Gobierno y el tuyo se me vino a la boca y lo solté. ¿Hice una estupidez?

Calló, un gesto de contrariedad o fatiga o duda o pesar torció su boca y achicó sus ojos. Permaneció unos segundos con una expresión ausente y luego buscó la cara de Bermúdez: estaba allí, idéntica, absolutamente quieta, esperando.

—Un cargo oscuro, pero importante para la seguridad del régimen —añadió el coronel—. ¿Hice una estupidez? Ahí necesitas alguien que sea como tu otro yo, me advirtieron, tu brazo derecho. Y tu nombre se me vino a la boca y lo solté. Sin pensar. Ya ves, te hablo francamente. ¿Hice una estupidez?

Bermúdez había sacado otro cigarrillo, lo había encendido. Chupó encogiendo un poco la boca, se mordió apenas el labio inferior. Miró la brasa, el humo, la ventana, los muladares de los techos limeños.

—Yo sé que si quieres tú eres mi hombre —dijo el coronel Espina.

—Ya veo que tienes confianza en tu viejo condiscípulo —dijo, al fin, Bermúdez, tan bajo que el coronel avanzó la cabeza—. Haber elegido a este provinciano frustrado y sin experiencia para ser tu brazo derecho, es todo un honor, Serrano.

—Déjate de ironías —Espina dio un golpecito en la mesa—. Dime si aceptas o no.

—Una cosa así no se decide tan rápido —dijo Bermúdez—. Dame unos días para darle vueltas.

—No te doy ni media hora, vas a contestarme ahora mismo —dijo Espina—. El Presidente me espera a las seis en Palacio. Si aceptas, vienes conmigo para que te lo presente. Si no, puedes regresarte a Chincha.

—Las funciones de director de Gobierno me las imagino —dijo Bermúdez—. En cambio, no me imagino el sueldo.

—Un sueldo básico y unos gastos de representación —dijo el coronel Espina—. Unos cinco o seis mil soles, calculo. Ya sé que no es mucho.

—Es bastante para vivir modestamente —sonrió apenas Bermúdez—. Como yo soy un hombre modesto, me alcanzaría.

—Ni una palabra más, entonces —dijo el coronel Espina—. Pero todavía no me has contestado. ¿He hecho una estupidez?

—Eso sólo puede decirlo el tiempo, Serrano —sonrió otra vez Bermúdez, a medias.

¿Si el Serrano nunca reconoció a Ambrosio? Cuando Ambrosio era chofer de don Cayo subió al auto mil veces, don, mil veces lo había llevado a su casa. Tal vez lo reconocería, pero el caso es que nunca se lo demostró, don. Como él era ministro entonces, se avergonzaría de haber sido conocido de Ambrosio cuando no era nadie, no le haría gracia que Ambrosio supiera que él estuvo enredado en el rapto de la hija de la Túmula. Lo borraría de su cabeza para que esta cara negra no le trajera malos recuerdos, don. Las veces que se vieron trató a Ambrosio como a un chofer que se ve por primera vez. Buenos días, buenas tardes, y el Serrano lo mismo. Ahora que le iba a decir una cosa, don. Es verdad que la Rosa se puso indiota y se llenó de lunares, pero en el fondo su historia daba compasión ¿no, don? Después de todo era su mujer ¿no es cierto? Y la dejó en Chincha y ella no pudo gozar de nada cuando don Cayo se volvió importante. ¿Que qué fue de ella todos estos años? Cuando don Cayo se vino a Lima ella se quedó en la casita amarilla, a lo mejor todavía sigue ahí ahuesándose. Pero a ella no la abandonó como a la señora Hortensia, sin un medio. Le pasaba su pensión, a Ambrosio le dijo muchas veces hazme recuerdo que tengo que mandarle plata a Rosa, negro. ¿Qué hizo ella todos estos años? Quién sabe, don. Su vida de siempre sería, una vida sin amigas ni parientes. Porque desde el matrimonio no volvió a ver a nadie de la ranchería, ni siquiera a la Túmula. Se lo prohibiría don Cayo, seguro. Y la Túmula se las pasaba maldiciendo a su hija porque no la recibía en su casa. Pero ni por ésas, don; no entró a la sociedad de Chincha, qué esperanza, quién se iba a estar juntando con la hija de la lechera aunque fuera mujer de don Cayo y se pusiera zapatos y se lavara la cara a diario. Si todos la habían visto arreando el burro y repartiendo porongos. Y, además, sabiendo que el Buitre no la reconocía como nuera. No tuvo más remedio que encerrarse en un cuartito que tomó don Cayo detrás del Hospital San José, y llevar vida de monja. No salía casi nunca, de vergüenza, porque en la calle la señalaban, o de miedo al Buitre quizá. Después, ya sería por costumbre. Ambrosio la había visto algunas veces, en el Mercado, o sacando una batea a la calle y fregando ropa, arrodillada en la vereda. Así que de qué le sirvió tanta viveza, don, tanta mañosería para pescar al blanquito. Ganaría un apellido y mejoraría de clase, pero se quedó sin una amiga y hasta sin madre. ¿Don Cayo, don? Sí, él tenía amigos, los sábados se lo veía tomándose sus cerveciolas en el Cielito Lindo, o jugando sapo en el Jardín El Paraíso, y en el bulín, y decían que se metía siempre al cuarto con dos. Rara vez salía con la Rosa, don, hasta al cine se iba solo. ¿En qué trabajó don Cayo, don? En el almacén de los Cruz, en un banco, en una notaría, después vendía tractores a los hacendados. Pasó como un año en el cuartito ese, cuando mejoró se mudó al barrio Sur, Ambrosio en ese tiempo ya era chofer interprovincial y paraba poco en Chincha, y en una de ésas que llegó al pueblo le dijeron se murió el Buitre y don Cayo y la Rosa se han ido a vivir con la beata. Doña Catalina se murió cuando el gobierno de Bustamante, don. Cuando a don Cayo le cambió la suerte, con Odría, en Chincha decían ahora la Rosa se hará casa nueva y tendrá sirvientas. Nada de eso, don. Comenzaron a lloverle visitas a la Rosa, entonces. En La Voz de Chincha salían fotos de don Cayo que decían Chinchano Ilustre y quién no le caía a la Rosa para pedirle un puestecito para mi marido, una bequita para mi hijo y que a mi hermano lo nombren profesor aquí, subprefecto allá. Y las familias de apristas y apristones a llorarle que don Cayo suelte a mi sobrinito o deje volver al país a mi tío. Ahí vino la venganza de la hija de la Túmula, don, ahí pagaron los que le hicieron desaires. Dicen que los recibía en la puerta y que a todos les ponía la misma cara de idiota. ¿Estaba preso su hijito? Ay, qué pena. ¿Un puesto para su entenadito? Que fuera a Lima y le hablara a su marido y hasta lueguito. Pero todo esto Ambrosio sólo lo sabía de oídas, don, ¿no ve que entonces ya estaba en Lima, también? ¿Quién lo había convencido a él que se viniera a buscar a don Cayo, don? La negra, Ambrosio no quería, decía dicen que a todos los chinchanos que van a pedirle algo los larga. Pero a él no lo largó, don, lo ayudó y Ambrosio se lo agradecía. Sí, odiaba a los chinchanos, quién sabe por qué, ya ve que no hizo nada por Chincha, ni una escuelita hizo construir en su tierra. Cuando pasó el tiempo y las gentes comenzaron a hablar mal de Odría, y volvieron a Chincha los apristas desterrados, dicen que el subprefecto puso un policía en la casita amarilla para proteger a la Rosa, ¿no ve que don Cayo era tan odiado, don? Pura tontería, desde que él estaba en el gobierno ni vivían juntos ni se veían, todos sabían que si la mataban a la Rosa con eso no le hacían daño a don Cayo, más bien un favor. Porque no sólo no la quería, don, sino que hasta la odiaría, por habérsele puesto tan fea, ¿no cree usted?

—Ya ves qué bien te recibió —dijo el coronel Espina—. Ya has visto qué clase de hombre es el General.

—Necesito poner en orden mi cabeza —murmuró Bermúdez—. La tengo hecha una olla de grillos.

—Anda a descansar —dijo Espina—. Mañana te presentaré a la gente del Ministerio y te pondré al tanto de las cosas. Pero dime al menos si estás contento.

—No sé si contento —dijo Bermúdez—. Como borracho, más bien.

—Bueno, ya sé que ésa es tu manera de darme las gracias —se rió Espina.

—He venido a Lima sólo con este maletín —dijo Bermúdez—. Pensaba que era cuestión de unas horas.

—¿Necesitas dinero? —dijo Espina—. Sí, hombre, te presto algo ahora, y mañana hacemos que te den un adelanto en la caja.

—¿Qué desgracia te pasó en Pucallpa? —dice Santiago.

—Voy a buscarme un hotelito cerca de aquí —dijo Bermúdez—. Vendré mañana temprano.

—¿Por mí, por mí? —dijo don Fermín—. ¿O lo hiciste por ti, para tenerme en tus manos, pobre infeliz?

—Uno que creía que era mi amigo me mandó allá —dice Ambrosio—. Anda allá, negro, el oro y el moro. Puro cuento, niño, la ensartada más grande del siglo. Ah, si yo le contara.

Espina lo acompañó hasta la puerta del despacho y se dieron la mano. Bermúdez salió, en una mano el maletín, en la otra el sombrerito. Tenía un aspecto distraído y grave, miraba como para adentro. No contestó la venia del oficial de la puerta del Ministerio. ¿Era la hora de salida de las oficinas? Las calles estaban llenas de gente y de ruido. Se mezcló con la muchedumbre, siguió la corriente, fue, vino, volvió por aceras estrechas y atestadas, arrastrado por una especie de remolino o hechizo, deteniéndose a veces en una esquina o umbral o farol para encender un cigarrillo. En un café del jirón Azángaro pidió un té con limón, que saboreó muy despacio, y al salir dejó de propina el doble de la cuenta. En una librería refugiada en un pasillo del jirón de la Unión, hojeó novelitas de carátulas llameantes y letra manoseada y minúscula, mirando sin ver, hasta que Los misterios de Lesbos encendieron sus ojos, un segundo. La compró y salió. Todavía ambuló un rato por el centro, el maletín bajo el brazo, el sombrerito arrugado en la mano, fumando sin tregua. Oscurecía ya y las calles estaban desiertas cuando entró al Hotel Maury y pidió una habitación. Le alcanzaron una ficha y tuvo la pluma levantada unos segundos donde decía profesión, escribió al fin funcionario. El cuarto estaba en el tercer piso, la ventana daba a un patio interior. Se metió a la bañera y se acostó en ropa interior. Manoseó Los misterios de Lesbos, dejando que sus ojos corrieran ciegos sobre las figuritas negras apretadas. Luego, apagó la luz. Pero no pudo atrapar el sueño hasta muchas horas después. Desvelado, permanecía de espaldas, el cuerpo inmóvil, el cigarrillo ardiendo entre los dedos, respirando con ansiedad, los ojos fijos en la sombra oscura de arriba.