Ella imagina

[Ella sale con cautela de un armario e inspecciona el espacio en el que se encuentra hasta reconocerlo. Se trata de una habitación de hotel fantástica. Estamos en el interior de una fantasía y todo debe colaborar a conseguir ese efecto].

Bueno, aquí está otra vez esta obsesión, pero parece una obsesión vacía porque no veo a Vicente en ella. Como no esté en el cuarto de baño... ¿Vicente? ¿Vicente? No hay nadie. Me quedaré un rato obsesionada, por si vuelve... Yo no sé por qué la gente tiene gatos pudiendo tener obsesiones. Las obsesiones hacen más compañía que los gatos, que desaparecen durante horas y luego, cuando se te ponen encima para que los acaricies, no sabe una dónde han estado ni de qué tienen manchadas las patas. Las obsesiones no pueden alejarse de los cuerpos porque viven de ellos, de su sangre. Y los cuerpos no pueden vivir sin esta tortura, aunque esto no sé por qué es. A veces parece más fácil dejar de fumar que dejar de sufrir. El caso es que la obsesión se acuesta a nuestro lado, se arregla el pelo al mismo tiempo que nosotras, nos acompaña a la cocina, al mercado, al dentista, al ginecólogo y al otorrinolaringólogo. Lo sé decir entero. Otorrinolaringólogo. Lamelibranquio. Puedo con todas, con todas las palabras. Anatomista, ventricular, saceliforme. Yo, si un día me despertara y se me hubieran ido las obsesiones, no me atrevería a salir fuera, aunque tampoco sabría qué hacer dentro. Dentro y fuera.

Por eso, en lugar de tener gatos, tengo obsesiones. Vicente Holgado consiguió despertar en mí la obsesión por las cosas que están dentro de algo: los huevos, por ejemplo, que están dentro de la cáscara o las sardinas en conserva, que están en el interior de una lata. Yo creo que esta obsesión, aunque la despertara Vicente, me viene de mi padre. Si cierro los ojos y recuerdo el comedor familiar, en seguida estalla en mi boca el sabor del pescado que mi padre nos hacía tragar a la fuerza. Para papá el pescado tenía propiedades mágicas, de otro modo no podía entenderse la pasión con que lo comía y lo hacía comer a los demás. Como toda pasión, carecía de lógica, pero él, que rendía culto a los argumentos —como Descartes, que se creía que las cosas sucedían unas después de otras—, él, digo, solía repetir para justificarla que dentro del pescado había mucho fósforo y que el fósforo era bueno para el cerebro, o sea, para la cabeza; de ahí, pensaba yo para darle la razón, que las cerillas tuvieran la cabeza de fósforo. Otras veces, si estaba más teórico o acababa de leer alguna revista de divulgación científica, añadía que el pescado procedía del mar y que el mar era el caldo primordial, el lugar del que había brotado la vida, la gran cazuela de la que procedíamos todos. Pero esa idea de la cazuela, en lugar de reconciliarme con el pez que tenía delante, me hacía comerlo con más asco, pues lo del caldo primordial me sonaba a potaje, a guiso marrón en el que flotaban cosas que una no sabía lo que eran. Yo, si el fósforo era tan necesario, habría preferido que me lo hubieran dado en pastillas, aunque mi hermano tenía un amigo que se llamaba Ferrero —la vida a veces hace estas gracias— que tenía problemas con la memoria y durante los exámenes le daban pastillas de esas de fósforo Ferrero que por lo visto también son afrodisíacas; el caso es que en lugar de aprobar se le levantaba la cosa más de lo corriente. Yo se la vi levantada un día, mientras se la enseñaba a escondidas a mi hermano, y me impresionó porque el extremo libre tenía el tamaño de la cabeza de un bebé, y como yo siempre he tenido una necesidad patológica de darle la razón a mi padre, deduje que efectivamente el fósforo era bueno para la cabeza, incluso para la cabeza de la polla. Qué barbaridad, en esta fantasía digo polla sin problemas.

Pero lo que más asco me daba de los peces era el soldadito de plomo, me acordaba del personaje del famoso cuento y era incapaz de comer, aunque tuviera hambre, porque imaginaba que iba a encontrar un militar con la pierna amputada dentro del pescado. A lo mejor no era porque le faltara una pierna, que también, sino porque venía de las alcantarillas, donde van los pelos de los que se quedan calvos mientras se duchan y todo lo demás. Así que el soldadito minusválido tendría el uniforme y la cabeza llenos de inmundicias que no podían darle buen sabor al pescado. Otra cosa que me pasaba con el soldadito es que me parecía un mutilado loco que lo que en realidad llevaba al hombro a modo de fusil era la pierna amputada. Si a ello añadimos su procedencia inmunda, se comprende que lo que más asco me diera de los peces fuera el soldadito. Además, en el cuento en el que yo lo leí, la bailarina tenía cara de viciosa. En fin.

El caso es que en esta situación de conflicto con mis vísceras, mi padre, que se creía que Descartes era belga, para arreglarlo, se ponía a hablar del caldo primordial asegurando que en los huesos de los peces escribían mensajes nuestros antepasados. Y también eso era verdad, como lo de las relaciones entre la cabeza y el fósforo: cuando había besugo, que en aquellos años, no sé por qué, era un plato de pobres, mi padre le sacaba de esta zona donde a mí me salían los ganglios una espina plana que si la mirábamos al trasluz se veía la Virgen de los Desamparados, de la que en casa éramos devotos. La cuestión es que a la posibilidad de encontrarme con un soldadito loco, amputado y sucio tenía que añadir también el terror supersticioso de morderle el cuello sin querer a una virgen. Por cierto, que mi madre tenía en su mesilla una virgen de plástico a la que le brillaba la cabeza en la oscuridad; se trataba, pues, de una virgen fosforescente y con ello volvía a demostrarse que el fósforo era bueno también para las cabezas de las vírgenes. Mi padre puede reposar tranquilo en su tumba: sigo dándole la razón siempre que puedo.

La cosa es que gracias a los peces, o quizá por su culpa, aprendí las nociones de dentro y fuera. De adolescente, me gustaba dirigir mi rostro al sol al tiempo que abría y cerraba los ojos. Cuando los cerraba, me parecía que estaba dentro y abrirlos era como salir afuera. Dentro y fuera. De pequeña me infundían temor, o asco, las cosas que tenían dentro y fuera. Los peces tenían las dos cosas, y también las vacas que veía abiertas en canal cuando iba con mi madre al mercado. Y los huevos y las latas de mejillones y los armarios de tres cuerpos... Los armarios de tres cuerpos, en fin... Visto desde la distancia, o desde la memoria, que quizá no sea lo mismo, creo que lo que me preocupaba de las cosas que tenían dentro y fuera es que apareciera dentro algo distinto a lo que esperábamos los de fuera. Por eso, cuando hacíamos tortillas para cenar, sufría mucho; siempre pensaba que podría salir del huevo algo aún más repugnante que lo que suelen tener dentro de la cáscara. Y en cuanto a las latas de mejillones, yo sé que normalmente tienen mejillones, pero nadie puede garantizarlo, nadie puede asegurar que un día, en lugar de los mejillones, aparezca una inmundicia peor, del mismo modo que dentro de los peces puede surgir un soldadito sin pierna, o con la pierna al hombro y la cara y el pelo lleno de las porquerías de las alcantarillas. Por eso, cada vez que veía a mi madre dispuesta a romper un huevo para la tortilla se me ponía el corazón en la garganta hasta que veía salir lo que habitualmente sale de los huevos y no una de esas cosas que mi imaginación anticipaba. Los huevos, por cierto, tienen más dentro que fuera y mi padre se comía todo el dentro sin llegar a ver lo que era, practicando un agujerito en cada extremo y aspirando con fuerza por uno de ellos. Una vez se lo vi hacer también a Vicente, sólo que mi padre lo hacía los domingos por la mañana y el día que lo hizo Vicente era miércoles. Qué obsesión ésta de la exactitud. Papá decía que los huevos eran las ostras de las granjas. Las ostras están compuestas de dentro y fuera —dentro y fuera— y, aunque con estos antecedentes no deberían gustarme, lo cierto es que me gustan, aunque se trata de un gusto que lleva incluido su porción de asco.

¿Y las cajas de zapatos? Ahí sí que cabe un mundo. Cuando era pequeña y me compraban zapatos, lo que de verdad me hacía ilusión era la caja. En ella guardaba mis tesoros, mis secretos. A veces les ponía un doble fondo para que tuvieran un compartimento secreto; otras veces les abría puertas y ventanas o hacía laberintos con tiras de cartón en su interior. Las cajas de zapatos sí que tienen dentro y fuera, casi tanto como los armarios de tres cuerpos. En el dormitorio de mis padres había uno de estos armarios que al abrirlos parecían tan oscuros como un pozo. Yo no sé a dónde conducía el interior de este armario, pero desde luego no se acababa allí. A veces, tiraba piedras dentro y acercaba el oído, pero nunca las oía caer de profunda que era aquella tiniebla. Yo soñaba que dentro del armario vivía un príncipe que se llamaba como mi padre, que un día, al ir a colgar una falda, me arrastraría a la oscuridad en la que reinaba. Cuando estaba enferma me dejaban pasar el día en la cama de mis padres, delante del armario. Un día encontré dentro del cuerpo central una caja de zapatos donde mamá guardaba fotos antiguas de ella misma y de mi padre y de parientes de los que había oído hablar que se habían extraviado o muerto. Y mezcladas con las fotos había cartas de estos parientes, de los extraviados y los muertos, y así yo, entre enfermedad y enfermedad, me fui enterando de la historia de la familia, que cabía entera en una caja de zapatos, que a su vez se guardaba dentro de un armario de tres cuerpos. Aún hoy, cuando quiero que una cosa no se me olvide, imagino que abro una de aquellas cajas de zapatos de mi infancia y que meto en ella lo que quiero recordar haciéndole un hueco entre mis obsesiones. Luego, no tengo más que cerrar los ojos, imaginar que abro la caja y allí está el recuerdo, intacto. El recuerdo dentro y yo fuera. Dentro y fuera.

A veces pienso si esta obsesión por las cajas, o por todo lo que tiene dentro y fuera, que tanta compañía, y quizá tanto daño me hace, es, como decía Vicente Holgado, una desviación de la curiosidad que tengo por mi propio cuerpo, que no me atrevo a manifestar directamente por pudor. De hecho, si tuviera que representar mi vida con algún objeto, lo haría con un conjunto de cajas: Nos hacemos en un estuche orgánico, en una caja que llamamos útero; pasamos los primeros meses en cochecitos o cunas que parecen cajas sin tapadera; cuando empezamos a andar, nos encierran los pies en unas cajitas que llamamos zapatos; luego, lo que más nos gusta de ir al colegio es el plumier, otra caja, a veces de dos pisos, como uno que tenía la rica de mi clase, que se cerraba con una persianita como la de los burós; más tarde vienen las cajas de zapatos, en las que ya hemos visto que cabe un mundo; y después la caja grande, el armario, cuya oscuridad carece de fondo; más tarde, el coche, que es una caja móvil, otro estuche con el que vamos de acá para allá como la yema dentro de la cáscara del huevo... Y, en fin, la caja de ahorros y la de cerillas y la registradora y la fuerte y la tonta y la de reclutamiento: todas conducen a la última caja, el ataúd. O sea, que la vida es una sucesión de cajas que quizá, como decía Vicente Holgado, representan al propio cuerpo; es más, algunas partes del cuerpo son verdaderos estuches; de hecho, a esta zona la llaman los médicos la caja craneal, y a esta otra la torácica, también conocida como caja del cuerpo; y las encías son las cajas de las muelas; y aquí, en el oído interno, hay una oquedad que llaman caja del tambor. Además de eso, las mujeres tenemos el estuche del útero y el vaginal, que siempre que se llenan es para vaciarse.

[Se dirige al borde del proscenio, como si allá hubiera un balcón y mira hacia el cielo tras encender un cigarro imaginario].

Nada, ni una estrella. En esta fantasía hay cosas que domino y cosas que no. Puedo cambiar de sitio la lámpara, la mesilla de noche, incluso el armario, puedo hacer que haya champán sobre la mesa o una caja de bombones con una tarjeta del director, pero no consigo que sea de día, por ejemplo, o que el cielo esté estrellado. Tampoco sé en qué país imaginario está este hotel imaginario; cuando descuelgo el teléfono imaginario o pongo la televisión imaginaria, oigo un idioma imaginario que no entiendo. Quizá siempre es de noche porque se trata de un país obsesionado por la oscuridad, como los armarios. Pero a lo mejor es que, como se trata de una fantasía prestada, hay cosas que no puedo modificar porque su dueño, Vicente Holgado, no me lo permite. [Ahora mira directamente hacia el público]. ¿Y qué habrá ahí debajo? El hotel parece de lujo, sin embargo debe estar en una calle muy mal iluminada. Qué raro. [Mira el cigarro imaginario, lo apaga con irritación en cualquier sitio, y lo tira]. No consigo dejar de fumar ni en las fantasías, así tengo el cutis. [Vuelve a mirar en dirección al público, como si intentara distinguir qué hay allá abajo]. A mí me gustaría imaginar un río, un río por el que pasaran grandes barcazas con la cubierta llena de cajas de madera y muchos hombres moviéndose de aquí para allá con cuerdas, cubos y herramientas de todas clases. Pero por más que lo intento no consigo imaginar el rumor que producen los ríos ni el aire húmedo que se respira en sus cercanías... Oigo un rumor, sí, pero como de respiraciones lejanas y algo apagadas; ocasionalmente, también escucho alguna tos o algún carraspeo. Es algo un poco siniestro, y no es que yo me esfuerce en imaginar cosas siniestras, sino que en esta fantasía del hotel hay aspectos que se me imponen, que están más allá de mi real gana.

[Mientras dice las últimas palabras, siempre sin dejar de mirar en dirección al público, sus ojos han ido acostumbrándose a la oscuridad y da la impresión de que empieza a distinguir, con creciente alarma, lo que hay allá abajo].

Cabezas; Dios mío, parece un río de cabezas o un foso lleno de cabezas con los ojos abiertos, como los peces en el mercado. Un momento, cabezas con los ojos abiertos, mirándome... [Regresa al borde del proscenio y mira atentamente en dirección al público]. Cabezas que me miran respirando en esta dirección. ¡Pero si esto no es un hotel, es un teatro! [Comienza a pasearse provocadoramente por el borde del escenario]. Qué le voy a hacer, siempre me ha gustado que me miren, quizá por eso he imaginado aquí abajo un patio de butacas. Así, sin dejar de estar en el hotel de Vicente, estoy al mismo tiempo dentro de la caja de un escenario; ustedes están fuera. Dentro y fuera. Esto de imaginar que me miran es otra de mis obsesiones. Hasta cuando estoy en el cuarto de baño fantaseo con que hay un ojo flotando por el aire, alrededor de mí. Aunque también me gusta mirar, no crean; de hecho, antes de venir a esta fantasía he estado en otra en la que espiaba los ruidos de una pareja desde el interior de un armario.

[En este momento se escucha el pitido de una olla exprés o una cafetera, que procede del lado de la realidad. Ella pone cara de sorpresa al tiempo que exclama: «Dios, me he dejado una cosa en el fuego. Vuelvo en seguida». Se mete en el armario y desaparece. Al poco, el armario se abre con cautela y va apareciendo ella poco a poco. Debe transmitir la impresión de que no sabe a dónde sale, de ahí sus movimientos cautelosos. Finalmente, al no observar ningún peligro, saca todo el cuerpo e inspecciona el nuevo espacio].

Joder, qué pasillo tan largo. Anda, también digo joder: polla y joder. Pero esto no parece un dormitorio, no, esto debe ser un salón. Cuando viajas a través de las oquedades de la vida, te das cuenta de que la gente pone armarios en los lugares más absurdos. Una vez aparecí en un armario que estaba en medio de un jardín. Hay gente que no soporta un afuera tan grande como un jardín y tiene que equilibrarlo con el dentro de un armario. Dentro y fuera. [Inspecciona un poco más —quizá enciende la luz— y va haciendo movimientos más sueltos]. Bueno, aquí no hay nadie o están dormidos. [Se dirige al proscenio y escudriña en dirección al público]. Ustedes siguen ahí: es la ventaja de los patios de butacas, que son compatibles con cualquier escenario. En eso se parecen a los armarios, los encuentras en cualquier sitio. Me he ausentado para poner un poco de orden en la cocina. Entro y salgo siempre por un armario porque ése es mi modo de ir de la realidad a la fantasía. También los utilizo para moverme entre varias fantasías diferentes. Me lo enseñó Vicente Holgado y es muy sencillo: te tumbas en cualquier parte, cierras los ojos, te relajas y en seguida comienzas a imaginar que te incorporas y que te metes en el armario de tu dormitorio. Como todos los armarios del mundo se comunican entre sí a través de pasadizos secretos, en seguida apareces en un armario de una casa de Bruselas, por poner un ejemplo. Al principio no apareces donde tú quieres porque para eso hace falta mucha práctica, por eso también es un poco peligroso, pero con el tiempo vas pudiendo elegir los conductos que te llevan a un sitio o a otro. Yo estoy en la primera fase y no siempre aparezco donde quiero. Ahora mismo, por ejemplo, no tengo ni idea de dónde he podido ir a caer. Parece una casa así como de clase media europea. El sofá es horroroso, pero las mantelerías entre las que me he tenido que abrir paso en el armario parecían holandesas, o quizá belgas. A lo mejor resulta que estoy en Brujas o en Amberes. A Vicente Holgado le gustaba mucho Brujas, por el nombre. Y mi padre, ya digo, además de respetar mucho a los peces, adoraba Bélgica. Se creía que Descartes era belga, no sé por qué. [Pone un gesto de duda y, finalmente, como si tomara una decisión, añade]: Bueno, les voy a decir la verdad: no es la primera vez que vengo a este piso, que no es un piso belga, qué tontería; como no puedo parar de inventar historias, a veces hasta salen a relucir los belgas, que no me deben nada, los pobres, bastante tienen con lo suyo, que no sé lo que tienen, porque yo, la verdad, no sé lo que es de unos y de otros. Nunca he estado allí, en Bélgica, digo, pero mi padre admiraba mucho lo centroeuropeo —creía que Descartes era centroeuropeo— y a lo mejor es por eso por lo que coloco este piso en Bélgica, por mi padre, que aprendió francés para leer a Descartes, ya ven, le gustaban tanto los argumentos... Ahora que lo pienso, a mí también me gustan los argumentos, los de las novelas, lo que no deja de ser otro modo de darle la razón a mi padre. Lo que pasa es que este piso era el de mis padres, sí; en este salón es donde nos comíamos los pescados esos que amenazaban siempre con llevar dentro un militar inválido. Y ahí, en medio de esa mesa, se colocaban las soperas en las que bullía el caldo primordial. Qué asco. Y en este armario estaba la caja de zapatos donde hervía toda la historia familiar. [Se acerca al armario y saca una caja de zapatos que muestra al público]. Ahora no sé quién vive aquí, porque nosotros lo teníamos alquilado y además estoy hablando de cuando era pequeña. Desde que Vicente Holgado me enseñó a viajar a través de los armarios, he venido aquí cinco o seis veces, pero nunca me he atrevido a meterme por el pasillo. A veces he oído toses y maullidos como si viviera alguien que fuma mucho con un gato. Mi padre también fumaba, como yo. A mi madre, en cambio, le gustaban los encajes; a lo mejor también eso ha influido en que coloque el piso de mis padres en Bélgica: por un lado realizo la obsesión de mi padre, que era ser centroeuropeo y, por otro, acerco el universo de los encajes a mamá, porque ya digo que mamá adoraba los manteles y los visillos y las sábanas, pero, sin embargo, no tenía obsesiones. Prefería los gatos; de hecho, tenía uno que... [Hace un gesto de duda y cambia de conversación, como si hubiera sucedido algo turbio con el gato de su madre]. En fin. Lo curioso es que cuando aparezco en el hotel, que es el dominio de Vicente, me dedico a hablar de mi padre, mientras que cuando estoy en el territorio de mi padre, como ahora, lo que me apetece es hablar de Vicente Holgado. Tal vez los padres y los amantes se comunican entre sí, como los armarios, de manera que cuando te metes en el pecho del padre apareces en el del amante y cuando te hundes en los brazos del amante emerges misteriosamente en los del padre. El mundo es un portento, una pesadilla, en la que nada permanece quieto un solo instante. Tendemos a ver las cosas como si fueran sucesos acabados, fenómenos estáticos, pero todo, lo más insignificante que podamos imaginar, una piedra o un zapato, son acontecimientos, o sea, que están aconteciendo, sobreviniendo, sucediendo todo el rato. Piensen en sus zapatos, a los que seguramente no prestan ninguna atención: a lo mejor algo muy misterioso se está llevando a cabo en estos momentos en su interior y ustedes no se dan cuenta porque no se fijan. Quién sabe si los zapatos también se comunican entre sí, como los armarios, los amantes y los padres, y resulta que a lo mejor un dedo de su pie derecho está viajando ahora en dirección a otro zapato mientras que el de ese otro zapato se está metiendo en el suyo. Seguro que esta noche, al desnudarse, ni siquiera se daría usted cuenta de que le han cambiado un dedo. Sólo prestamos atención al centro de las cosas, o sea a lo de dentro más que a lo de afuera —dentro y fuera— cuando lo importante sucede siempre en la periferia, en los zapatos o en los armarios, por ejemplo. Y es una pena, porque nos perdemos lo mejor. Quién sabe si ese dedo con el que usted regresa a casa, sin darse cuenta de que no es suyo, es de alguien que amó en su juventud y a quien recuerda todavía en las tardes nostálgicas de la madurez. Es posible que quienes se aman por encima o por debajo del olvido intercambien dedos, o pies enteros incluso, a través de los zapatos. También los ojos viajan cuando los cerramos para que podamos ver cosas muy alejadas de nosotros, pero que nos conciernen. Yo misma tengo un ojo, éste, que es de Vicente Holgado, o eso decía él, el caso es que gracias a eso él ve lo que yo miro y de este modo, aunque no logremos encontrarnos permanecemos muy unidos.

De todos modos, la fantasía que más uso ahora es la de la habitación esa del hotel donde nos hemos visto antes, aunque tengo que confesarles que no es mía. Yo le he puesto algunos detalles, como las cortinas, o aquellas dos lámparas de mesa que daban una luz tan agradable; también me inventé lo del escenario porque no soporto que no me miren, pero lo esencial era de Vicente Holgado. Un día me confesó que todas las tardes, al salir de la oficina, se iba a su casa y tras comer cualquier cosa, dos yogures desnatados y un paquete de galletas, por ejemplo, se tumbaba en el sofá y cerraba los ojos para imaginar historias. Una noche, sin proponérselo, nada más bajar los párpados vio un ángulo de una habitación desconocida para él. A partir de entonces, esta visión empezó a repetirse cada vez que cerraba los ojos, pero sobre todo en la cama, antes de dormirse. Se familiarizó con aquel espacio hasta el punto de que llegó a constituir un lugar por el que se paseaba imaginariamente. En sus paseos por aquella habitación solía detenerse frente a la terraza y desde allí contemplaba un río ancho por el que pasaban enormes barcazas con sus cubiertas llenas de cajas de madera. Con el paso de los días, el ángulo fue creciendo y a partir de él se generó una habitación completa. Parecía una habitación de hotel: tenía una cama grande, con edredón, como si estuviera en un país muy frío, centroeuropeo, un armario empotrado y un mueble de uso indistinto, sobre el que había un televisor, además de la mesa redonda y las butacas que ya he mencionado.

Vicente Holgado se habituó a pasar allí las tardes. Después de comer, se tumbaba en el sofá de su casa, cerraba los ojos, y entraba en aquella habitación que tenía algo de útero materno por cuanto parecía cubrir todas sus necesidades. Al principio se limitaba a pasear o a contemplar el río, pero a medida que cogió confianza fue atreviéndose a hacer otras cosas, como usar el pequeño bar escondido bajo el televisor, bañarse en la lujosa bañera o conectar el interruptor de un servicio musical que sólo emitía música clásica. Un día encendió el televisor y salió algo que parecía un concurso, pero hablaban en un idioma que Vicente no supo identificar. A medida que pasaba el tiempo le costaba menos visualizar ese espacio, penetrar en él. Podía hacerlo desde cualquier sitio, desde el autobús, por ejemplo. Le bastaba con bajar los párpados para ingresar en aquella misteriosa habitación de hotel en la que se encontraba aislado y protegido de todo. Cogió la costumbre de llevarse un libro imaginario y leía imaginariamente un par de horas imaginarias antes de conectar la televisión imaginaria. Una vez se asomó al pasillo imaginario para ver cómo era y dice que me vio pasar con unas gafas oscuras. Yo no me di cuenta, aunque es verdad que por entonces también yo tenía una fantasía de hotel. A lo mejor éramos vecinos imaginarios sin saberlo. Lo curioso es que Vicente en su casa real no podía leer porque en seguida empezaba a pensar en alguna amenaza que le sacaba del texto: que se había olvidado de cerrar el gas y se estaba produciendo un escape, o que iba a sonar el teléfono para darle una mala noticia, o, no sé, que al meterse en la cama se encontraría con un gato muerto entre las sábanas. Tenía un temperamento un poco obsesivo, como mi padre, y no podía dejar de imaginar historias. En ese aspecto éramos iguales, porque yo tampoco puedo dejar de imaginar historias todo el rato; la diferencia es que él sólo imaginaba catástrofes, mientras que yo, por ejemplo, imagino que me dan el premio Nobel. Precisamente, tengo una fantasía, a la que voy mucho, en la que me han dado el Nobel de medicina por descubrir que la faringe y la vagina están hechas del mismo tejido, de ahí que haya vaginitis faríngeas y faringitis vaginales. Esto se explica también porque hay cosas que tiras en un sitio y aparecen en otro debido a que todos los agujeros del mundo, como hemos dicho, están comunicados entre sí. O sea, que del mismo modo que a lo mejor metes las medias en un cajón del armario y aparecen en el de la vecina, del mismo modo, digo, un virus que entra por el tracto respiratorio aparece después misteriosamente en el conducto vaginal. Entonces resulta que si una faringitis, por el mero hecho de aparecer en la vagina, recibe el tratamiento de una vaginitis, no se cura. Y eso es lo que en mi fantasía les pasaba a muchas pacientes hasta que descubrí que hay vaginitis que tiene que tratar el otorrino y faringitis que debe controlar el ginecólogo. Al principio es muy complicado porque, claro, no es nada fácil enseñar la vagina desde el sillón de un otorrino, ni la garganta desde el de un ginecólogo, pero por eso me dieron el Nobel, porque era una cosa muy difícil.

Al principio esto de imaginar historias todo el rato me parecía una enfermedad. Bueno, la verdad es que llegué a ir al médico y todo, porque estaba a punto de volverme loca. Llevaba tres años imaginando historias sin parar. El doctor me preguntó que en qué podía ayudarme y yo le expliqué que no hacía más que inventar historias todo el rato. Le dije que desde pequeña había tenido un temperamento nervioso, o eso es lo que decía mi madre, porque no me llevaba bien con su gato, y que a los treinta años estuve en tratamiento, aunque no llegué a padecer ninguna crisis especialmente grave, pero que la manía esta de imaginar historias empezaba a resultar angustiosa. «¿Qué quiere usted decir?», me preguntó. «Pues que me paso el día inventando cosas que no son —le dije—. Por ejemplo, ahora mismo, mientras esperaba en la antesala, imaginé que esta consulta era en realidad la oficina de personal de una empresa a la que había venido a solicitar trabajo.» «¿Qué sabe hacer usted?», preguntó. «¿Lo ve? —le dije—. Ya ha entrado usted en mi historia. Es tan fácil dejarse llevar por un argumento...» El médico me miraba con cara de extrañeza y yo vi que quería hablar; entonces, añadí: «Lo malo es que ya no puedo parar de imaginar; a veces estoy terminando una historia y, si no se me ocurre en seguida la siguiente, se me pone aquí un nudo de angustia, porque tengo el temor supersticioso de que suceda una catástrofe si dejo de imaginar historias. Pero cuando la angustia comienza a resultar insoportable y estoy justo al final de una historia y el mundo se va a derrumbar porque no se me ocurre otra, aparece un argumento nuevo y eso me da un respiro momentáneo». Entonces, va el médico y me dice muy serio: «Creo que no puedo ayudarla». «¿Por qué, doctor?», pregunté yo intentando seducirle con una hábil sonrisa que utilizo para conseguir cosas. «En realidad —dijo—, soy ginecólogo; debería visitar a un psiquiatra.» Y yo: «¿Y por qué no se imagina que es usted psiquiatra y que yo soy una paciente nueva, recomendada por otro psiquiatra de fama internacional?». El doctor carraspeó, cruzó las manos con un gesto de impaciencia nerviosa y pareció dudar unos instantes. «¿Qué le cuesta?», añadí yo ladeando la cabeza para que parte de la melena me atravesara el rostro y dividiera en fragmentos la hábil sonrisa de seducir. Entonces me dio la impresión de que el médico padecía un ataque de miedo, la clase de miedo que nos invade cuando estamos a punto de tomar una decisión que podría cambiar nuestra vida. Comprendí que se me escapaba, y, efectivamente, en seguida se incorporó, me invitó a salir y le dijo a la enfermera que me diera una tarjeta del doctor Gutiérrez. «Es un buen psiquiatra —añadió—. Vaya usted de mi parte.» Cogí un taxi y me fui a la consulta del psiquiatra consiguiendo que me recibiera, a pesar de no haber pedido hora. «¿En qué puedo ayudarla?» —preguntó. «Verá, doctor —dije—, llevo varios días con dolor de ovarios y además tengo los pechos inflamados.» «Debería usted acudir al ginecólogo —dijo—, yo soy psiquiatra.» «En el ginecólogo ya he estado y me ha enviado aquí —respondí—. En realidad, no me duelen los ovarios, pero qué le cuesta a usted imaginar que es ginecólogo y que yo soy un caso ovárico interesante.» «Pero a usted no le duelen los ovarios» —dijo mirándome raro por encima de las gafas. «Ni usted es ginecólogo —respondí—, pero la cuestión es que podamos imaginar juntos una historia. Mientras esperaba en la antesala, por ejemplo, estuve imaginando que usted era un empresario importante y yo una pobre mujer que venía a pedirle trabajo.» «¿Qué sabe hacer?» —preguntó automáticamente. «¿Lo ve? —dije—. Ya ha empezado a imaginar conmigo sin querer. Los ginecólogos y los psiquiatras, no sé por qué, siempre pican.» «¿Se burla de mí? —preguntó desconcertado—; mire, la he atendido porque creí que era un caso urgente, pero no tolero esta clase de escenas en mi consulta.» «Es que estoy muy nerviosa» —me disculpé. «Está bien —añadió—, le daré unas pastillas y la enviaré a un ginecólogo de mi confianza.» «Pero si habíamos quedado en que no me dolían los ovarios» —dije. Entonces, se puso rojo de cólera y gritó: «¡Está usted loca!». «De acuerdo —respondí ilusionada—, vamos a imaginar entonces que usted es un psiquiatra de renombre.»

Lo dejé tomándose tranquilizantes, imagínate, y me marché a imaginar más historias a la cafetería en la que solía encontrarme con Vicente Holgado, pero Vicente tampoco apareció ese día ni los siguientes. También he viajado varias veces a la fantasía del hotel, pero nunca coincidimos. Yo ya no sé si es que no va o que vamos a horas diferentes. A lo mejor resulta que cuando yo estoy dentro, él está fuera. Dentro y fuera. Lo peor sería que se hubiera extraviado por los armarios intentando hacer un viaje fuera de lo común. Hay veces que empiezas a caer de un armario en otro sin ningún control. O sea, que aunque quieras ir a un sitio no puedes porque no encuentras el conducto. La última vez, por ejemplo, quise volver al hotel y, ya ven, he aparecido caprichosamente en un piso de clase media belga que, como ya les he confesado es en realidad la casa donde viví de niña, y que no sé ahora quién la habitará, ni ganas. Vengo aquí porque este espacio constituye una obsesión y a mí me gusta visitar mis obsesiones. De todos modos, tampoco crean que me ha sido tan fácil llegar: he tenido que hacer transbordo en un armario así de pequeño que no sé lo que era, quizá el maletero de un taxi. Oía hablar a dos sujetos, uno de ellos entre hipidos de llanto, el taxista, quizá. Le contaba al otro que su mujer tenía desde hace meses unas visiones que estaban destruyendo su vida familiar. «¿Qué clase de visiones?», preguntaba el otro. El pobre hombre, el del llanto, explicaba entonces que un día, mientras preparaba una tortilla de patatas, su mujer escuchó ruidos en el interior de la nevera. Se acercó al frigorífico, lo abrió, y se le apareció dentro un ángel que le dijo que Gorbachov era el anticristo y que debía difundir ese mensaje por todo el mundo para que las almas piadosas no se dejaran engañar por la falsa conversión de Rusia. «Qué raro», escuché que decía el pasajero. «Eso es lo que digo yo —respondía el taxista—, que si los ángeles quisieran transmitir ese mensaje a la humanidad se aparecerían en una cueva, como en Lourdes, y no en la nevera de una mujer humilde. Pero ella sigue empeñada en que Gorbachov es el anticristo, y cuando no está en la nevera hablando con el ángel, está colgada al teléfono llamando a las emisoras de radio para difundir el dichoso mensaje. Lo que delata a Gorbachov es la mancha que tiene en la cabeza.» El pasajero, que por lo visto era médico, le ofreció un valium para que se tranquilizara. Con lo aficionada que soy yo al valium, que no lo dan sin receta, y resulta que el tipo ese por llorar un poco... Cuando conseguí salir de allí, debía estar ganándose el segundo valium, porque había empezado a contar que, según su hija mayor, del interior del microondas salían voces que entonaban vivas a la clase obrera. La cuestión es que no consigo coincidir con Vicente dentro, pero tampoco fuera —dentro y fuera— y lo malo es que ahora ya no podría vivir sin él, como no podría vivir sin un armario. Yo, si fuera famosa y me preguntaran la tontería esa de qué me llevaría a una isla desierta, diría que un armario, aunque fuera empotrado. ¿Se imaginan un armario empotrado en una isla desierta? [Se oyen ruidos procedentes del pasillo: una puerta al abrirse, un carraspeo, una tos de fumador, una cisterna, y el maullido de un gato. Ella se pone en tensión y baja la voz]. Parece que se ha levantado alguien a beber agua, o a mear. También digo mear; qué bien: polla, joder y mear. Bueno, pues me marcho, porque no quiero que me pillen, pero también porque no me apetece saber quién vive aquí, no sea que hablen en francés y estemos de verdad en Bélgica. Intentaré regresar a la habitación de hotel, no sea que Vicente haya logrado volver y esté esperándome. [Se mete en el armario y al poco vuelve a aparecer con los movimientos cautelosos de siempre. Lleva debajo del brazo la caja de zapatos, de la que no se desprenderá]. Buf, qué frío, pero, bueno, si esto es un estercolero. La gente abandona los armarios en los sitios más inverosímiles. No crean que salgo aquí por gusto; he pasado por cuatro empotrados y uno de dos cuerpos, pero he tenido que continuar porque había gente en las habitaciones diciendo tonterías. Así que voy a descansar aquí un poco. Me siento en esta lavadora y ya está. [Se asoma al tambor de la lavadora abandonada y saca un sujetador completamente nuevo. Le gusta y se lo pone sobre la ropa para ver si es de su tamaño. Después se lo guarda con gesto de satisfacción en la caja de zapatos]. Es igual que el primero que tuve con encajes. Las lavadoras también se comunican entre sí. Por eso a veces cuando sacas la ropa para tenderla te han desaparecido unas bragas o unos calcetines. Siempre van a parar a otra lavadora, aunque esté inservible, como ésta. En eso también llevaba razón Vicente, ¿no? Las cosas se mueven por el mundo de un modo muy azaroso y unas bragas que hoy son mías mañana pueden ser de usted o de otra. No somos dueños de nada, ni de nuestras ideas. Vicente pensaba que las ideas tenían una autonomía semejante a la de los pájaros, que van de un sitio a otro sin pertenecer a ninguno. Por eso decimos con frecuencia «se me ha ido una idea», porque a veces se van a vivir dentro de otra cabeza. Dentro y fuera. O sea, que la cabeza es su medio ambiental como el aire o el agua son el medio de los pájaros y los peces. Pero no una cabeza en concreto, sino la cabeza en general. Por eso a veces decimos también «se me ha escapado una idea», como cuando se escapa un pájaro de la jaula. O sea, que las ideas viajan de una cabeza a otra como las bragas entre las lavadoras o los cuerpos entre los armarios. Mi padre me contó que antiguamente se creía que el universo tenía la forma de un cráneo; según eso, los pájaros serían sus ideas y nosotros, quizá, sus obsesiones. Pues bien, se equivocaba el universo y nos equivocamos nosotros. Ni los pájaros eran las ideas del mundo, ni nosotros los dueños de las ideas que vuelan por nuestra cabeza, ni de los virus que anidan en nuestra sangre. Y si nada tenemos que ver con los virus, mucho menos con las ideas, aunque también nos maten. [Mirando hacia el suelo]. ¿Qué es eso que brilla ahí? [Lo coge]. Anda, si es una navajita igual que una que tuve de pequeña. Me la trajo mi padre de Bélgica, aunque era Suiza. A lo mejor Suiza y Bélgica se comunican, como los armarios, y lo que se fabrica en un sitio cae en las tiendas del otro. Ahora todo lo que se fabrica en Taiwan cae en nuestros almacenes. Taiwan es un armario. [Guarda la navajita en la caja de zapatos].

¿No ven lo que les decía de las ideas, que se van cuando ellas quieren? Se me había ido la idea que les quería contar sobre Vicente Holgado, pero parece que ya empieza a venirme. Sí, era eso, que Vicente parecía pertenecer al mundo de las fantasías, de los sueños, y eso es lo que me fascinaba de él. Ya el modo de conocernos fue muy raro. Estaba yo comiendo a toda prisa en la cafetería de unos grandes almacenes, porque me gusta imaginar que como en lugares públicos, cuando noté que alguien me observaba a dos o tres mesas de distancia. Como ése es mi sueño, que me observen, empecé a comer más despacio y con expresión absorta, para transmitir la impresión de que tenía mundo interior. El mundo interior se puede llevar dentro o fuera —dentro y fuera—; de hecho, hay muchas mujeres que llevan todo el mundo interior por afuera, pero a mí me gusta más la gente que lo lleva dentro, aunque sea menos espectacular. La cosa es que hice como que no veía al mirón, pero con disimulo iba poco a poco fijándome en su aspecto, y lo primero que advertí es que estaba tuerto. Les costará creerlo, pero no me decepcionó pese a que eso significaba que me miraban la mitad de los ojos que yo había previsto. No sé, es que tenía un aspecto muy irreal, como si me lo estuviera imaginando, porque no soporto comer sola sin que nadie me mire; por eso muchas veces, mientras devoro el sándwich, imagino que alguien me observa desde un rincón del comedor. Aquel día, precisamente, estaba imaginando que el que me miraba era mi padre, pero cuando levanté la vista resultó que era Vicente. El caso es que este Vicente que digo, el tuerto, porque mi padre también se llamaba así, parecía tener más atributos del mundo fantástico que del real, no sé, por el modo de vestir y por los gestos. Al poco, vi que se levantaba y que se dirigía a mi mesa... Bueno, pasándolo muy mal, porque se notaba que era muy tímido, preguntó si podía invitarme a un café. Yo le miré con cara de tener mucho mundo interior detrás de los ojos, pero sin decir nada, aunque, es verdad, con ese modo de no decir que otorga. Entonces, él se sentó a mi lado y estaba tan nervioso que empezó a hablar y hablar de cualquier cosa, como si tuviera miedo de que yo me fuera a desvanecer si se callaba. Y me contó que desde que me había visto en aquel restaurante iba todos los días con la esperanza de que también yo acudiera para poder mirarme, y que se conformaba con eso, con mirarme, aunque de repente había empezado a tener miedo de que yo dejara de ir porque ya no se imaginaba la vida sin mirarme. Cada vez que hablaba de mirarme, yo observaba su ojo tuerto y me lo imaginaba como una cajita vacía, una cajita donde, al no haber ojo, podían guardarse otras cosas: un valium, por ejemplo, o una aspirina. La verdad es que tenía el párpado cerrado con tanta gracia que parecía eso, un pastillero. Si hubiera párpados de plata, le habría regalado uno. El caso es que resultaba irónico que el único hombre que parecía dispuesto a convertir el objeto de su vida en la contemplación de mi persona sólo pudiera mirarme a medias. Yo iba aquel día con una camisa vaquera que me hace muy joven y me había arreglado al salir de casa más de lo normal, como si tuviera un presentimiento dentro, porque los presentimientos también se pueden tener fuera. Dentro y fuera. De hecho, por ejemplo, las facciones de Vicente Holgado dibujaban el territorio de un presentimiento.

Bueno, le dejé hablar y hablar sin inmutarme, o como si no hubiera reparado mucho en su presencia. Y cuando advertí que empezaba a flaquear me volví hacia él, dejando que me cayera el pelo así, por la mitad de la cara, y con una sonrisa cansada que también utilizo mucho para seducir le dije: «¿Pero no te has dado cuenta? ¿Es posible que no te hayas dado cuenta?» «¿De qué?», preguntó él con cara de susto. «De que estoy muerta; las otras veces que me has visto en este restaurante ya estaba muerta», respondí con naturalidad. Inexplicablemente, puso cara de alivio, como si hubiera temido algo peor, algo, en fin, que le impidiera mirarme. Yo hice un gesto, como indicando que nuestra relación era imposible debido a mi condición de cadáver, pero él no estaba dispuesto a aceptar que eso fuera un obstáculo. Entonces, tras dudar unos segundos, decidió mentir. Dijo: «Eso no importa, también yo estoy muerto». Parecía dispuesto a cualquier cosa con tal de no dejar de mirarme. Entonces yo cogí el tenedor y se lo clavé en el muslo. Dio un grito que hizo volverse a todos. «¿Ves como no estás muerto? —le dije—, a los muertos no les duelen estas cosas.» Vicente tuvo que reconocer que estaba vivo para que yo no continuara haciendo demostraciones, pero seguía tan enamorado que no parecía dispuesto a renunciar. «A mí no me importa que estés muerta», dijo. «Ahora no —respondí—, pero llegarías a cansarte; tengo un olor muy especial, me han abandonado las pasiones y me muevo despacio porque ya no voy a ningún sitio.» «Igual que yo —afirmó esperanzado—, también huelo raro y lo único que me gusta es estar tumbado en el sofá imaginando cosas o viendo películas de vídeo; mira, precisamente he alquilado varias para el fin de semana.» «¿Qué es el fin de semana? —pregunté yo—; se me van olvidando las cosas: sé lo que es un fin y lo que es una semana, pero no me acuerdo de lo que significan las dos palabras juntas.» Les aseguro que resultaba magnífico estar muerta y poder hablar así, como desde el otro lado de las cosas. Ahora que lo pienso, creo que siempre quise estar muerta y que lo único que me preocupaba de eso es que dejan de mirarte en seguida. «¿Dónde vives?», preguntó. «Da igual —dije—, como no ocupo ningún lugar en el espacio puedo quedarme donde quiera.» «¿Y cuánto tiempo llevas muerta?» «Sé lo que es cuánto y lo que es tiempo, pero ya no recuerdo qué significa cuánto tiempo.»

[Empieza a hacer gestos, como si algo oliera mal. Se levanta y busca con expresión de asco el origen]. A ustedes, como están fuera, no les llega el olor, pero aquí dentro —dentro y fuera— deben haber tirado algo que... Aquí está, es un gato muerto. Qué asco. Se parece al de mamá, que en lugar de enterrarlo lo abandoné en un estercolero. A lo mejor los estercoleros también se comunican y lo que tiras en uno cae en otro. Ésta es otra de las ventajas que tienen las obsesiones frente a los gatos, que cuando se mueren no huelen tan mal, aunque descomponerse se descomponen lo mismo. Perdonen, voy a ver si consigo aparecer en un lugar más limpio. Si tardo un poco es que estoy intentando llegar al hotel por si ha vuelto Vicente. [Se va y el escenario se oscurece. Cuando vuelve la luz, vemos un armario como los de los camarotes de los barcos abandonado en medio del océano. La puerta se abre y aparece ella asombrada por el espectáculo del mar y haciendo equilibrios para que esa especie de barca que es el armario no vuelque. El viento marino agita sus cabellos]. Joder, a quién se le ocurre tirar al mar un armario. Es que viajando así te expones a cualquier cosa, aunque la verdad es que hace buen día y casi se agradece esta brisa. Esto debe ser el Mediterráneo. Qué bien refleja el mar nuestros estados de ánimo. Lo miras ahí fuera y te dice todo lo que llevas dentro. Dentro y fuera. A lo mejor, tenía razón mi padre y éste es el caldo primordial, la cazuela de donde hemos salido todos, por eso nos gusta tanto, porque al mirarlo sentimos que algo de lo que tiene él también es nuestro. O sea, que guarda en su interior una cosa que es nuestra y que, sin embargo, está fuera de nosotros. Por eso mismo es por lo que Vicente Holgado decía que estaba enamorado de mí, porque yo tenía algo suyo. Según él, el amor, lo mismo que el horror, sucede cuando vemos fuera lo que tenemos dentro. Dentro y fuera. Por eso nos gusta lo bello y nos atrae lo monstruoso, porque por dentro somos las dos cosas, aunque no todos los días ni en idénticas proporciones. Pues bien, Holgado decía que lo que yo tenía suyo era su ojo, el que a él le faltaba. No sé si ustedes podrán apreciarlo desde ahí, pero, si se fijan, yo tengo un ojo de cada color; se trata de una rareza que hace parecer que uno de ellos no es mío. Bueno, pues fíjense cómo contaba Holgado que yo me había hecho con su ojo: Según él, un día se despertó en el hotel de una ciudad donde había ido a imaginar algo, y en lugar de levantarse en seguida, como tenía por costumbre, se quedó en la cama imaginando cosas. Dice que estaba así, acostado de medio lado, de forma que tenía un ojo hundido entre los pliegues de la almohada, mientras que con el otro, que sobresalía un poco, imaginaba que las suaves lomas formadas por la tela de la funda pertenecían a un paisaje desértico; al final de ese desierto estaba la mesilla, donde reposaba una novela junto al paquete de cigarrillos y el mechero. Estos pequeños volúmenes, más el del teléfono, parecían formar desde su perspectiva un núcleo urbano algo desordenado y de líneas cortantes, como los edificios de la ciudad en la que se encontraba. El mechero, de metal, reflejaba un punto de luz que evocaba la iluminación de una avenida. Desde la perspectiva de la almohada, y con un solo ojo en funcionamiento, los objetos de la mesilla parecían desmesurados. El mechero podría haber sido un rascacielos y el borde del libro una estación de tren.

Mientras jugaba con su ojo y con sus pensamientos, la claridad del día iba invadiendo el espacio con la lentitud, aunque con la firmeza, de una obsesión. La luz penetraba en forma de cuchillo por la abertura formada por las cortinas y se expandía, como el humo, al alcanzar el centro de su trayectoria. Entonces Vicente movió el ojo en círculo en el interior de su órbita y en seguida empezó a imaginar que ese ojo tenía la rara capacidad de salir de su cuenca y viajar por el aire. Cerró el párpado, para producir el punto de oscuridad adecuado, y se figuró que el ojo escapaba de su estuche y empezaba a moverse en un ámbito fantástico. Primero flotó hasta el techo de la habitación, desde donde le envió una visión de sí mismo con el perfil dirigido a la mesilla de noche. Después, el ojo flotante describió un par de círculos y, de súbito, atravesó el tabique como un cuerpo sutil penetrando en la habitación de al lado. La cama de esa habitación estaba deshecha y en el suelo había ropa interior de mujer. El ojo, naturalmente, no podía oír, pero Vicente Holgado dedujo por la información visual que le enviaba que la dueña de aquellas prendas debía estar en el baño. Ordenó al ojo dirigirse allí y vio bajo la ducha la silueta de una mujer con el cuerpo enjabonado. El vapor había empañado el espejo, pero a través del paño de vaho Vicente contempló el reflejo de su globo ocular suspendido en el aire como un cuerpo celeste en el espacio. La excitación que le había producido el cuerpo de la mujer fue inmediatamente anulada por el espectáculo del ojo fuera de la cuenca.

Ordenó al ojo regresar a la habitación, pero éste no le obedeció. Holgado, refugiado bajo la manta como un molusco bajo su concha, buscó argumentos tranquilizadores: en realidad, todo era un juego imaginario; bastaría con levantar el párpado para regresar a la normalidad. Sin embargo, no se atrevió a levantarlo por miedo a comprobar que aquel estuche, cuya tapa era el párpado, estuviera vacío.

Entre tanto, la mujer terminó de ducharse y salió de la bañera. Dice Vicente que tenía un cuerpo sólido y frágil a la vez, como el mío, que le recordó al de algunas estatuas, con un color más cercano al bronce que al mármol. El ojo, para tener una visión de conjunto, se había desplazado hacia la pared ocupada por la bañera; de este modo, veía de forma directa la espalda y el culo de la mujer —o sea, que también digo culo— mientras que a través del espejo contemplaba sus pechos y su vientre. Vicente comenzó a excitarse de nuevo hasta que reflexionó que la visión era demasiado real para tratarse de un producto imaginario. Veía realmente el cuerpo de aquella mujer que ahora se secaba el pelo con una toalla que ocultaba su rostro. Curiosamente, el rostro era la única zona que aún no había podido verle bien.

La mujer abandonó la toalla sobre la tapa del retrete y en un movimiento rápido, antes de que Vicente tuviera tiempo de verle los ojos, se puso unas gafas oscuras que había sobre la encimera del lavabo. Entonces Vicente recordó que el día anterior la había visto en el pasillo del hotel. Llevaba las mismas gafas de sol que ahora acababa de ponerse y con ellas parecía ocultar algo a sí misma y a los otros. Vicente pensó que quizá se había vuelto a adormecer y que posiblemente estaba soñando a partir de aquella imagen de la tarde anterior. Este pensamiento le tranquilizó y se encogió de gusto en el túnel formado por las sábanas. Y bien, el ojo daba vueltas alrededor de la mujer observándola desde todos los puntos de vista. Pero en una de estas evoluciones, cuando se acercaba a sus pechos, ella hizo así con la mano y lo atrapó con el movimiento rápido con el que se atrapa a una mosca en pleno vuelo. Entonces la mujer, que según Vicente Holgado era yo, se quitó las gafas, levantó el párpado derecho, tras el que no había nada, y se colocó el ojo recién cazado. Vicente comprendió que no había estado soñando y que, por lo tanto, una tuerta acababa de robarle el ojo. Se puso a llorar, pero, por lo visto, de detrás del párpado vacío, en lugar de lágrimas, salía un líquido espeso y amarillento, como el que se escapa por las grietas de algunas frutas demasiado maduras. Qué vida.

La cuestión es que se quedó tuerto, y que empezó a ver cosas que no miraba, porque su ojo, desde mi rostro, continuaba enviándole la información de cuanto percibía. Eso decía él, y también, que cuando ya se había acostumbrado a esta rareza de mirar por un solo ojo y ver por dos, se encontró de nuevo conmigo, esta vez en la cafetería de los grandes almacenes donde yo solía ir a comer un sándwich. Entonces, al mirarme —o quizá al mirarle yo, no me acuerdo—, se vio a sí mismo dentro de mí. Eso es lo que dijo, y aunque, como ven, se trataba de una historia muy rara para conquistar a una mujer, conmigo funcionó, quizá porque ya habían funcionado previamente historias como la del caldo primordial o la de un universo con forma de cráneo, por no recordar la relación entre el fósforo y las cabezas. Y creo que funcionó porque también yo sentía que algo de lo que a él le constituía era mío. No sé, quizá ese presentimiento que dibujaban sus facciones era más mío que suyo. Dije antes que tenía cara de presentimiento, pero quizá sea más exacto decir que su rostro era en sí mismo una obsesión, y ya les he explicado la compañía que me hacen a mí las obsesiones. Todo lo que toco lo convierto en obsesión. Mi marido, por ejemplo, que cuando nos conocimos no era más que un otorrinolaringólogo normal, ahora es ya una obsesión. Suelo decir la palabra entera porque fui la primera de mi generación en decir otorrinolaringólogo sin tropezar. Y es que de pequeña padecía mucho de la garganta y me pasaba media vida con mi padre en la consulta del otorrino enseñándole mis intimidades bucales. [Refiriéndose al armario-barca]. Me parece que esto se está moviendo mucho. Esperen, que cambio de postura. Así. Bueno, pues el médico me miraba con una linternita redonda esas cosas blandas que tenemos por aquí y siempre decía lo mismo: «Cuando se haga mujer se le pasará». Yo no me lo creía, porque mi madre era una mujer deshecha, o sea, más que hecha, y padecía también del tracto respiratorio. Bueno, pues me hice mujer y como no se me pasó decidió arrancarme las anginas. Muerto el perro se acabó la rabia. Lo que pasa es que entonces dejé de padecer de las amígdalas, pero me entregué a las faringitis. O sea, que a lo mejor me casé con un otorrino por esa afición a que me tocaran las partes blandas con la punta de una linternita redonda. Aunque, claro, los tiempos de mi marido ya eran otros y en lugar de linternitas redondas se usaban unos aparatos que a mí ya no me decían nada, de manera que al poco de casarme perdí también el gusto por las faringitis, aunque entonces caí en una profunda depresión y empecé a imaginar cosas. Además, por aquella época fue cuando me dieron el Nobel de medicina por descubrir que algunas faringitis hay que tratarlas como vaginitis porque en realidad eran vaginitis disfrazadas y a lo mejor me curé por eso, porque me puse en la garganta unos remedios que me habían recetado para la vagina: lo que es bueno para la vagina, en general, también es bueno para la garganta. Aunque también debió influir, como digo, el hecho de que por entonces los otorrinos se hubieran colocado la lucecita en la frente, como los mineros, en lugar de llevarla en la mano, como los ladrones. Los mineros se pasan la mitad de la vida dentro y la mitad fuera. Dentro y fuera. El caso es que entonces fue cuando conocí a Vicente y me di cuenta de que las cosas que decía eran más mías que suyas, del mismo modo que mi ojo era más suyo que mío. Porque a lo mejor, no sé, yo no había pensado las cosas como él, pero las había vivido, y vivir las cosas es también un modo de pensarlas.

Yo, por ejemplo, sabía perfectamente, antes de conocerle, la diferencia entre dentro y fuera, porque mi madre siempre rellenaba los pescados con algo, como si no tuvieran bastante con el soldadito de plomo. A veces, les ponía aceitunas; las aceitunas llevan los huesos dentro, como nosotros. Hay cosas que llevan el esqueleto dentro y cosas que llevan el esqueleto fuera. Dentro y fuera. Las tortugas, por ejemplo, lo llevan por fuera, igual que los centollos o los escarabajos. O sea, que el esqueleto, a estos animales, les sirve para proteger la carne, mientras que en nuestro caso es la carne la que protege al esqueleto. Esto no sé por qué es, ni me importa; lo que me llama la atención es que otros lleven fuera lo que yo llevo dentro, como la vida interior o la conciencia. Ahora que lo pienso, creo que Vicente Holgado llevaba la vida interior por fuera. Le mirabas a la cara y le veías de golpe toda la vida interior que yo llevaba dentro. Pero lo definitivo fue que me empezara a hablar de las cajas, que era una de mis obsesiones. A todo lo que decía sobre las cajas le daba la razón, que es otra de mis obsesiones, la de dar la razón. A mi padre le di la razón toda la vida. Yo creo que de tanto dar la razón a mi padre me quedé sin ella y por eso a veces me cuesta seguir el hilo de las cosas o prestar la debida atención a las cuestiones prácticas. [Se oye el ruido de la olla exprés, y ella pone un gesto de fastidio en el que se advierte también la decisión de no acudir en ese momento a la demanda de la realidad]. Decía que yo no he oído hablar de las cajas a nadie con la exactitud con la que lo hacía Vicente Holgado. Pero, claro, el delirio fue cuando comenzó a hablar de los armarios y me dijo que había descubierto el modo de viajar por ellos a través del universo mundo. O sea, que, según él, si te metías en un armario y tenías la suerte de dar con ese conducto secreto, podías aparecer en cuestión de segundos en un armario de la China, por ejemplo. O en un armario abandonado en medio del océano, sin ir más lejos. [Se asoma al borde como si algo le llamara la atención; mete la mano en el agua y saca un pez]. Anda, coño. Qué bien, también digo coño: o sea, polla, mear, joder, culo y ahora coño. Pues, coño, está muerto, como el gato del estercolero, pero éste aún no huele mal. Todavía. [Lo observa detenidamente, con un gesto entre divertido y asombrado]. No se lo van a creer, pero este pez tiene la misma expresión que mi padre. ¿No ven este perfil puntiagudo, como de alguien que quiere estar siempre un poco más allá de donde está? ¿Y esta mirada pequeña, pero inteligente, que mira afuera, pero desde dentro —dentro y fuera—? Así era mi padre. A lo mejor es que después de muerto ha regresado al caldo primordial y anda metiéndose dentro de los peces porque está fuera de sí. [Se agacha buscando algo dentro del armario y finalmente saca la navaja suiza que le trajeron de Bélgica]. En cualquier caso, aprovecharemos este hallazgo para demostrar que los peces tienen dentro y fuera e incluso, a veces, más dentro que fuera. [Le abre el vientre y encuentra en su interior algo que la espanta. Lo saca, mostrándolo con asco y resulta ser el soldadito de plomo]. Aquí está. Lo decía no sé quién: si algo malo puede pasar, pasa. Toda mi vida evitando comer pescado por esto, y me lo voy a encontrar la única vez que abro a uno de estos animales por diversión. [Se fija más en él, como si estuviera descubriendo otra novedad]. Además —van a pensar ustedes que no digo más que tonterías— es que este soldadito tiene la misma cara que Vicente Holgado, de verdad. Y le falta un ojo, como a él, en lugar de la pierna. O sea, que mi padre tenía a Vicente dentro de él. No, si ya decía yo que los amantes y los padres se comunican a través de galerías secretas. Vaya, ahora empieza a llover, menuda tormenta. [Mete el pez en la caja de zapatos y, en esto, el mar se agita, el armario se bambolea y ella se cae al fondo desapareciendo. Las luces se apagan y al encenderse de nuevo, aparece otra vez el piso belga, o sea, su casa de la infancia. Ella sale del armario con la caja de zapatos]. Vaya, otra vez aquí... Pero si adonde yo quería ir es al hotel, no vaya a ser que vuelva Vicente y no me encuentre. [Deja la caja sobre la mesa y va sacando poco a poco las cosas de su interior]. Es curioso, toda la vida defendiéndome con las fantasías de dentro de la hostilidad de afuera —dentro y fuera— y ahora resulta que también las fantasías tienen una lógica que reproduce la lógica de la existencia. Vean, si no: tanto tiempo huyendo de mí misma en dirección a Holgado y, de súbito, aquí estoy otra vez, en el piso de mi infancia, con la caja de zapatos donde está contenida toda la historia familiar, un pez que en realidad es mi padre y un soldadito tuerto idéntico a Vicente que además vivía dentro de papá. Quizá yo sea la bailarina de esta historia, aunque creo que no tengo cara de viciosa. [En esto, se oye al fondo una voz masculina que pregunta en francés: «Marie, où est la fenêtre?». Ella se esconde un poco hasta que considera que ha pasado el peligro y continúa hablando, aunque en voz más baja]: Dónde está la ventana, pregunta dónde está la ventana. O sea, que además de hablar en francés hace una pregunta que sólo se le ocurriría a mi padre, porque papá sabía localizar muy bien las cosas que estaban dentro o que estaban fuera —dentro y fuera—, pero enloquecía, como yo, frente a lo fronterizo, frente a lo que no está ni dentro ni fuera —dentro y fuera—, como las ventanas. De pequeña tiraba cosas por la ventana, no por maldad, sino por averiguar si caían dentro de la calle o fuera de la casa —dentro y fuera—; el gato cayó fuera y se mató. Las obsesiones no se matan y hacen más compañía. Pobre papá. [Se oyen pasos en dirección al salón y ella huye y se mete en el armario olvidando la caja de zapatos y sus contenidos. Al poco, asoma la cabeza con precaución para ver si ha pasado el peligro, pero resulta que ya no está en el piso belga, sino en la habitación del hotel]. ¡No es posible! ¡El hotel! Al fin, qué bien. Por fin he conseguido dar con el hotel. Dios mío, ¿habrá vuelto Vicente? ¿Habrá logrado dar con el túnel que conduce a esta habitación imaginaria? [Mira hacia el cuarto de baño y grita]: ¡Vicente! ¡Vicente! ¡Vicente, sal! Por favor... No ha regresado, quizá no vuelva nunca, y, si no vuelve, qué va a ser de mí, de nosotros. [Hace el gesto del que ha perdido algo]. Además, creo que con las prisas he olvidado en Bélgica la caja de zapatos y el pez y el soldadito y mi primer sujetador y las fotos de los parientes, ¿recuerdan?, los que se extraviaron o murieron. He olvidado, en fin, mi vida en ese piso y no he obtenido nada a cambio. Podría intentar volver, pero a lo mejor salgo en otro sitio y me paso la vida dando vueltas. No, me quedaré aquí hasta que él regrese o hasta que yo logre averiguar quién soy. A lo mejor, sin necesidad de moverme tanto empiezan a salirme bien las cosas; las cosas salen por casualidad, como el dinero de los cajeros automáticos, porque eso no hay quien se lo crea, lo de los cajeros. Además, el hotel es muy cómodo, aunque esté en el extranjero. De todos modos nunca sabes cuándo estás en uno u otro sitio. Mi piso de la infancia estaba en Bélgica y no lo he sabido hasta muy mayor. Es lo que quería decir, que aunque el extranjero está por lo general fuera, a veces lo llevamos dentro. Dentro y fuera. Por cierto, que me pregunto ahora si no sería en este hotel donde le robé el ojo a Vicente, quizá sí, no sé. Pero a lo que iba, que, si no, me pierdo entre las frases como entre los armarios y no salgo, o no entro, lo que sea: les estaba diciendo que cuando Vicente comenzó a hablarme de las cajas y de los armarios le comprendí muy bien, porque yo no había hecho otra cosa a lo largo de mi vida que viajar por oquedades que me llevaban de dentro a afuera de las cosas; de manera que unas veces he sido funda y otras forro; armario y prenda, superficie y entraña: dentro y fuera, en fin; lo que no he conseguido es ser las dos cosas a la vez, como las ventanas y creo que lo que me gustaba de Vicente es que miraba la vida a través de mí, que para eso es para lo que sirven las ventanas, para mirar la vida. Y también me gustaba porque aunque venía de dentro —de dentro del pez, ya lo hemos visto— estaba fuera, como las obsesiones, que aunque pertenecen a la caja craneal pueden amueblar el dormitorio o adornar la cocina, mi cocina está llena de obsesiones. Pero tampoco es eso lo que quería decir, es que me pierdo. En cualquier caso creo que la cuestión es que ahora, que tengo un ojo de Vicente, puedo al fin ver cosas que no miro. Y eso es lo que me ha quedado de él, su mirada, que, como ya he dicho, es en realidad la mía. Me ha quedado eso y esta habitación de hotel, que era una fantasía suya a la que yo le he puesto algunos detalles, además de añadirle el patio de butacas y las cabezas con los ojos abiertos que me miran. O sea, que yo le he puesto la caja, la obsesión, porque si eso es un patio de butacas, esto es lo que los actores llaman la caja del escenario. Y desde esta caja quisiera rogarles que esta noche, al llegar a su casa, miren bien dentro del armario de su cuarto, y si encuentran en su interior a un sujeto tuerto, delgado, que lleva dibujado en el rostro un presentimiento, no dejen de avisarme porque ese presentimiento es mío.

Ya sé que si dejo de imaginar y de contar historias puede suceder una catástrofe, ya lo sé, ni me lo recuerden, pero como me he encontrado al gato en el estercolero y al soldadito y a mi padre en el caldo primordial, a lo mejor no vuelve a pasarme nada durante un tiempo aunque deje de imaginar un rato. Podríamos decir que las desgracias alivian porque cuando suceden dejan de importarnos. En ese sentido, quizá sea mejor que lo haya olvidado todo en Bélgica, porque eso me hace más libre para salir de mí o para entrar, quién sabe. [Se escucha el sonido de una olla exprés o de una cafetera y ella pone cara de tener que volver a la realidad]. Aunque ahora, si he de decirles la verdad, lo que más miedo me produce de dejar de imaginar historias es que se cierre el telón, que es la tapadera de esta caja, y ustedes se queden fuera y yo dentro. Dentro y fuera. [Telón].