Índice

Portadilla

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Citas

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Notas

Sobre el autor

Créditos

Citas

Para a forca hia um homem: e outro que o encontrou lhe dice: Que he isto senhor fulano, assim vay v. m.? E o enforcado respondeo: Yo no voy, estes me lleban.

P. MANUEL VELHO

Je sais que je tombe dans l’inexplicable, quand j’affirme que la réalité —cette notion si flottante—, ta connaissance la plus exacte possible des êtres est notre point de contact, et notre voie d’accès aux choses qui dépassent la réalité.

MARGUERITE YOURCENAR

01

Don Juan, quinto de este nombre en el orden real, irá esta noche al dormitorio de su mujer, Doña María Ana Josefa, llegada hace más de dos años desde Austria para dar infantes a la corona portuguesa y que aún hoy no ha quedado preñada. Ya se murmura en la corte, dentro y fuera de palacio, que es probable que la reina sea machorra, insinuación muy resguardada de orejas y bocas delatoras y que sólo entre íntimos se confía. Ni se piensa que la culpa sea del rey, primero porque la esterilidad no es mal de hombres, de mujeres sí, por eso son repudiadas tantas veces, y segundo, y prueba material por si preciso fuere, que abundan en el reino los bastardos de real simiente y siguen aumentando. Además, quien se extenúa implorando al cielo un hijo no es el rey, sino la reina, y también por dos razones. La primera es que un rey, y aún más si lo es de Portugal, no pide lo que sólo en su poder está dar, la segunda razón porque siendo la mujer, naturalmente, vaso de recibir, ha de ser naturalmente suplicante, tanto en novenas organizadas como en oraciones ocasionales. Pero ni la pertinacia del rey, que, salvo dificultad canónica o impedimento fisiológico, dos veces por semana cumple vigorosamente su débito real y conyugal, ni la paciencia y humildad de la reina, que, oraciones aparte, se sacrifica a una inmovilidad total después de que su esposo se retira de ella y de la cama, para que no se perturben en su acomodo generativo los líquidos comunes, escasos los suyos por falta de estímulo y de tiempo, y cristianísima retención moral, pródigos los del soberano, como se espera de un hombre que aún no ha cumplido veintidós años, ni esto ni aquello hincharon hasta hoy el vientre de Doña María Ana. Pero Dios es grande.

Casi tan grande como Dios es la basílica de San Pedro de Roma que el rey está levantando. Es una construcción sin fosos ni fundamentos, asentada en el tablón de una mesa que no precisaría ser tan sólida para la carga que soporta, miniatura de basílica dispersa en pedazos por encajar según el antiguo sistema del machihembrado, que, con mano reverente, van siendo cogidos por los cuatro gentileshombres de servicio. El arca de donde los retiran huele a incienso, y los terciopelos carmesíes que los envuelven, separadamente para que no se raye el rostro de la estatua con la arista del pilar, refulgen a la luz de los grosísimos blandones. Va la obra adelantada. Ya todas las paredes están firmes en los goznes, aplomadas se ven las columnas bajo la cornisa recorrida por latinas letras que explican el nombre y el título de Paulo V Borghese y que el rey hace mucho dejó de leer, aunque aún sus ojos se complazcan en el número ordinal de aquel papa, por vía de igualdad con el suyo propio. En rey sería defecto la modestia. Va ajustando en los orificios adecuados de la cornisa las figuras de los profetas y los santos, y por cada una hace reverencia el camarero, abre las dobleces preciosas del terciopelo, ahí está una estatua ofrecida en la palma de la mano, un profeta boca abajo, un santo que cambió los pies por la cabeza, pero en estas involuntarias irreverencias nadie repara, tanto más cuanto que el rey, inmediatamente, reconstituye el orden y la solemnidad que conviene a las cosas sacras enderezando y poniendo en su lugar las vigilantes entidades. Desde lo alto de la cornisa lo que ellas ven no es la Plaza de San Pedro, sino al rey de Portugal y a los gentileshombres de cámara que lo sirven. Ven el entarimado de la tribuna, las celosías que dan a la capilla real, y mañana, a la hora de la misa primera, si entre tanto no han regresado a los terciopelos y al arca, verán al rey devotamente acompañando el santo sacrificio, con su séquito, del que ya no serán parte estos hidalgos que aquí están porque se acaba la semana y entran otros de servicio. Bajo esta tribuna en que estamos, otra hay también velada por celosías, pero sin construcción de armar, fuese capilla o ermitorio, donde apartada asiste la reina al oficio, ni siquiera la santidad del lugar ha sido propicia a la gravidez. Ahora sólo falta colocar la cúpula de Miguel Ángel, aquel arrebato de piedra, aquí en fingimiento, que, por sus excesivas dimensiones, está guardado en arca aparte, y siendo ése el remate de la construcción le será dado diferente aparato, que es el de ayudar todos al rey, y con un ruido retumbante se ajustan los dichos machos y hembras en sus mutuos encajes, y la obra queda lista. Si el poderoso son, que resonará por toda la capilla, llega, por salas y extensos corredores, al cuarto o cámara donde la reina espera, sepa ella que su marido viene ahí.

Que espere. Por ahora aún el rey está preparándose para la noche. Lo desnudaron los camareros, lo vistieron con el traje de la función y del estilo, pasadas las ropas de mano en mano tan reverentemente como reliquias de santas que hubieran trasladado doncellas, y esto ocurre en presencia de otros criados y pajes, este que abre el gran cajón, aquél aparta la cortina, uno alza el velón, otro le amortigua el brillo, dos que no se mueven, dos que imitan a éstos y tantos que no se sabe qué hacen ni para qué están. Al fin, tras tanto esfuerzo de todos, quedó dispuesto el rey, uno de los hidalgos rectifica el pliegue final, otro ajusta el cuello bordado, antes de un minuto estará Don Juan V camino del cuarto de la reina. El cántaro está a la espera de la fuente.

Pero entra ahora Don Nuno da Cunha, que es el obispo inquisidor y trae consigo a un franciscano viejo. Entre pasar adelante y decir el recado hay reverencias complicadas, floreos de aproximación, pausas y retrocesos, que son las fórmulas de acceso a la vecindad del rey, y todo esto habremos de dar por hecho y explicado vista la prisa que trae el obispo y considerando el temblor inspirado del fraile. Se retiran en un aparte Don Juan V y el inquisidor, y éste dice, Ese que está ahí es fray Antonio de San José, a quien, hablándole yo de la tristeza de vuestra majestad por no haberle dado hijos la reina nuestra señora, pedí que encomendara vuestra majestad a Dios para que le diera sucesión, y él me respondió que vuestra majestad tendrá hijos si quiere tenerlos, y entonces le pregunté qué quería decir con tan oscuras palabras, dado que es sabido que hijos vuestra majestad quiere tenerlos, y él me respondió, con palabras al fin muy claras, que si vuestra majestad prometiera levantar un convento en la villa de Mafra, Dios le daría sucesión, y habiendo declarado esto se calló Don Nuno e hizo un gesto al frailuco.

Preguntó el rey, Es verdad lo que acaba de decirme su eminencia, que si yo prometo levantar un convento en Mafra tendré hijos, y el fraile respondió, Es verdad, señor, pero sólo si el convento es franciscano, y volvió el rey, Cómo lo sabéis, y fray Antonio dijo, Lo sé, no sé cómo he llegado a saberlo, yo soy sólo la boca de que la verdad se vale para hablar, la fe no tiene más que responder, construya vuestra majestad el convento y en seguida tendrá sucesión; no lo construya y Dios decidirá. Con un gesto mandó el rey al fraile que se retirase, y luego preguntó a Don Nuno da Cunha, Es virtuoso este fraile, y el obispo respondió, No hay otro que lo sea más en su orden. Entonces Don Juan, el V de su nombre, seguro así sobre el mérito del empeño, levantó la voz, para que claramente lo oyese quien allí estaba y mañana lo supieran ciudad y reino, Prometo, por mi palabra real, que haré construir un convento de franciscanos en la villa de Mafra si la reina me da un hijo en el plazo de un año a contar de este día en que estamos, y todos dijeron, Dios oiga a vuestra majestad, y nadie allí sabía quién iba a ser puesto a prueba, si el mismo Dios, si la virtud de fray Antonio, si la potencia del rey, o, al fin, la dificultosa fertilidad de la reina.

Doña María Ana conversa con su camarera mayor portuguesa, la marquesa de Unhão. Han hablado ya de las devociones del día, de la visita realizada al convento de las carmelitas descalzas de la Conceição dos Cardais y de la novena de San Francisco Javier, que se iniciará mañana en San Roque, es el hablar de la reina y la marquesa jaculatorio y al mismo tiempo lacrimoso cuando dicen los nombres de los santos, pungitivo si hay mención de martirios o sacrificios particulares de clérigos y monjas, aunque unos y otros no excedan la sencilla maceración del ayuno o el oculto flagelo del cilicio. Pero el rey se ha anunciado ya, y viene con el ánimo encendido, estimulado por la conjunción mística del deber carnal y de la promesa que hizo a Dios por medio de los buenos oficios de fray Antonio de San José. Entraron con el rey dos camareros que lo aliviaron de las ropas superfluas, y lo mismo hace la marquesa con la reina, de mujer a mujer, con ayuda de otra dama, condesa, más una camarera mayor no menos graduada, que vino de Austria, es el cuarto una asamblea, las majestades que se hacen mutuas reverencias, no se acaba el ceremonial, al fin se retiran los gentileshombres de cámara por una puerta, las damas por otra, y en las antecámaras permanecerán a la espera de que acabe la función, a fin de que el rey regrese acompañado a su cuarto, cuarto que fue de la reina su madre en tiempos de su padre, y vengan las damas a éste a cobijar a Doña María Ana con el edredón de plumas que también trajo de Austria y sin el que no puede dormir, sea invierno o verano. Y es por causa de este edredón, sofocante hasta en el frío febrero, que Don Juan no pasa toda la noche con la reina, al principio sí, por ser aún mayor la novedad que el incomodo, que no lo era pequeño el sentirse bañado en sudores propios y ajenos, con una reina tapada hasta la cabeza, recocido en olores y secreciones. Doña María Ana, que no ha venido de país cálido, no soporta el clima de éste. Se cubre toda con un inmenso y altísimo edredón, y así se queda, enroscada como topo que encontró piedra en su camino y anda pensando por qué lado ha de seguir excavando su galería.

Visten la reina y el rey camisas largas, que por el suelo arrastran, la del rey sólo la fimbria bordada, la de la reina una buena cuarta más, para que ni la punta de los pies se vea, el dedo gordo o los otros, de las impudicias conocidas tal vez sea ésta la más osada. Don Juan V conduce a Doña María Ana al lecho, la lleva de la mano, como en un baile el caballero a su dama, y antes de subir los pequeños escalones, cada uno por su lado, se arrodillan y dicen las oraciones precautorias necesarias para no morir en pleno acto carnal sin confesión, para que de esta nueva tentativa resulte fruto, y sobre este punto tiene Don Juan V razones dobladas para esperar, confianza en Dios y en su propio vigor, por eso dobla la fe con que al propio Dios impetra sucesión. En cuanto a Doña María Ana, es de suponer que esté orando por los mismos favores, si por ventura no tiene motivos particulares que los dispensen y sean secreto de confesonario.

Se han acostado ya. Ésta es la cama que vino de Holanda cuando la reina vino de Austria mandada hacer de propósito por el rey, la cama, a quien costó setenta y cinco mil cruzados, que en Portugal no hay artífices de tanto primor, y, si los hubiera, sin duda ganarían menos. Para un mirar distraído, ni se sabe si es de madera el magnífico mueble, cubierto como está por la armazón preciosa, tejida y bordada de florones y relieves de oro, eso por no hablar del dosel, que podría servir para cubrir al papa. Cuando la cama fue aquí puesta y armada aún no había en ella chinches, tan nueva era, pero después, con el uso, el calor de los cuerpos, las migraciones en el interior del palacio, o de la ciudad para adentro, que de dónde viene esta ventregada de bichejos es algo que no se sabe, y siendo tan rica de materia y adorno no se le puede aproximar un trapo ardiendo para quemar el enjambre, y no hay más remedio, aun no siéndolo, que pagar a San Alejo cincuenta reis al año, a ver si libra a la reina, y nos libra a nosotros todos, de la plaga y el picor. En noches que viene el rey, las chinches tardan más en empezar a atormentar, por mor del bullicio de los colchones, que son bichos que gustan de sosiego y gente adormecida. Allá en la cama del rey hay otros a la espera de su quiñón de sangre, que no la encuentran ni mejor ni peor que la otra de la ciudad, azul o natural.

Doña María Ana tiende al rey la manita sudada y fría, que incluso tras calentarse al cobijo del edredón se hiela pronto en el aire gélido del cuarto, y el rey, cumplido ya el débito, y esperándolo todo del convencimiento y creativo esfuerzo con que lo cumplió, se la besa como a reina y futura madre, si no es que fray Antonio de San José ha ido demasiado lejos en su presunción. Es Doña María Ana quien tira del cordón de la campanilla, entran por un lado los gentileshombres del rey, por otro las damas, flotan olores diversos en la atmósfera pesada, uno lo identifican fácilmente, que sin lo que lo causa no son posibles milagros como el que esta vez se espera, porque la otra, la tan comentada, incorpórea fecundación, fue una vez y no sirva como ejemplo, sólo para mostrar que Dios, cuando quiere, no precisa de los hombres, aunque no pueda dispensarse de mujeres.

Aunque insistentemente tranquilizada por el confesor, tiene Doña María Ana, en estas ocasiones, grandes escrúpulos de alma. Retirados el rey y los gentileshombres, acostadas ya las damas que la sirven y protegen su sueño, siempre piensa la reina que sería obligado levantarse para sus últimas oraciones, pero, obligada por los médicos a hacer la clueca, se contenta con murmurarlas hasta el infinito, pasando cada vez más lentamente las cuentas del rosario, hasta que se queda dormida en medio de un Dios te salve María llena eres de gracia, al menos a ella le fue todo tan fácil, bendito sea el fruto de tu vientre, y es en el de su ansiado propio en el que piensa, al menos un hijo, Señor, al menos un hijo. De este involuntario orgullo nunca se confesó, por ser distante e involuntario, tanto que si fuera llamada a juicio juraría, con verdad, que siempre se había dirigido a la Virgen y al vientre que ella tuvo. Son meandros del subconsciente real, como aquellos otros sueños que siempre Doña María Ana tiene, a ver quién los explica, cuando el rey viene a su cuarto, que es verse atravesando el Terreiro do Paço hacia la parte de los mataderos, levantando la falda por delante y patinando en un cieno aguado y pegajoso que huele a lo que huelen los hombres cuando descargan, mientras el infante Don Francisco, su cuñado, cuyo antiguo cuarto ahora ocupa, y algún hechizo queda de él allí, danza a su alrededor, alzado en zancos, como una cigüeña negra. Tampoco de este sueño dio nunca cuenta al confesor, y qué cuentas le iba a dar él a su vez, siendo, como es, caso omiso en el manual de la perfecta confesión. Quede Doña María Ana en paz, dormida ya, invisible bajo la montaña de plumas, mientras las chinches empiezan a salir de las hendeduras, de las dobleces, y se dejan caer desde lo alto del dosel, haciendo así más rápido el viaje.

También Don Juan V soñará esta noche. Verá alzarse de su sexo un árbol de Jessé, frondoso y poblado todo de los ascendientes de Cristo, hasta al mismo Cristo, heredero de todas las coronas, y después disiparse el árbol y en su lugar alzarse, poderosamente, con altas columnas, torres de campanas, cúpulas y torreones, un convento de franciscanos, como se puede ver por los hábitos de fray Antonio de San José, que está abriendo, de par en par, las puertas de la iglesia. No es vulgar en reyes un temperamento así, pero de ellos Portugal siempre ha estado bien servido.

02

Y bien servido de milagros también. Aún es pronto para hablar de este que se prepara, y que, por otra parte, no es exactamente un milagro sino favor divino, descenso de mirada piadosa y propiciatoria hacia un vientre esquivo, esto será el nacimiento del infante cuando llegue la hora, pero es justamente tiempo de mencionar veros y certificados milagros que, por venir de la misma y ardentísima zarza franciscana, bien auguran la promesa del rey.

Véase si no el célebre caso de la muerte de fray Miguel de la Anunciación, provincial electo que fue de la orden tercera de San Francisco, cuya elección, dicho sea de paso pero no fuera de propósito, se hizo con guerra encendida que contra ella y él levantó la Parroquial de Santa María Magdalena, por oscuros celos, con tal saña que a la muerte de fray Miguel aún andaba en pleitos y no se sabe cuándo iban a ser juzgados de una vez, si es que al fin lo eran, entre sentencia y recurso, entre conciliación y agravio, hasta que la muerte viniera a cerrar el proceso, cosa que ocurrió. Lo cierto es que no murió el fraile de corazón despedazado, sino de una maligna tifoidea o tifus, si no fue otra fiebre sin nombre, remate común de una vida en ciudad de tan pocas fuentes de agua para beber y donde los gallegos no dudan en llenar los barriles en las fuentes de los caballos, y así mueren, inmerecidamente, los provinciales. Sin embargo, era fray Miguel de la Anunciación de tan compasiva naturaleza que, hasta después de muerto, pagó con bien el mal, y si vivo había hecho caridades, difunto obraba maravillas, siendo la primera el desmentir a los médicos que temían que se corrompiera el cuerpo aceleradamente y por eso recomendaron abreviada sepultura, y no se corrompió el carnal despojo, antes bien, por espacio de tres días enteros embalsamó la iglesia de Nuestra Señora de Jesús, donde estuvo expuesto, con suavísimo aroma, y el cadáver no estaba rígido, al contrario, blandamente los miembros todos se dejaban mover, como si estuviese vivo.

Segundas y terceras maravillas, pero de valor primerísimo, fueron los milagros propiamente dichos, tan señalados e ilustres que acudió el pueblo de toda la ciudad a observar el prodigio y beneficiarse de él, pues quedó autentificado que en dicha iglesia fue dada vista a ciegos, y pies a cojos, y era tanta la afluencia que en los escalones del atrio había puñetazos y puñaladas para entrar, y algunos perdieron la vida, que luego, ni por milagro les fue restituida. O tal vez sí, si pasados tres días, y siendo grande la alarma, de allí no se hubiesen llevado el cuerpo, a escondidas, y a escondidas lo enterraran. Privados de esperanza de cura mientras no constase el fallecimiento de otro bienaventurado, allí mismo anduvieron a bofetadas de pura fe y puro desespero, ciegos y mancos, si es que a éstos les sobraba mano, en gritos todos y en invocaciones a cuantos santos hay, hasta que los frailes salieron a bendecir aquel ayuntamiento, y con eso, a falta de cosa mejor, se fueron todos.

Pero ésta, confesémoslo sin vergüenza, es una tierra de ladrones, ojo que ve, mano que se dispara, y siendo la fe tanta, aunque no siempre bien recompensada, mayor es el descaro y la impiedad con que se asaltan iglesias, como ocurrió sin ir más lejos el año pasado, en Guimarães, también en la de San Francisco, quien, por haber despreciado en vida tan sólidos bienes, consiente que se le lleven todo en la eternidad, menos mal que tiene la orden la vigilancia de San Antonio, que, ése, se resigna mal a que le vacíen altares y capillas, como en Guimarães se vio y en Lisboa se ha de ver.

En aquella ciudad fueron, pues, los ladrones a robar, entrando al efecto por una ventana, adonde el santo, jovialmente, fue a recibirlos, pegándoles con eso tan gran susto que hizo caer desamparado a quien más alto en la escalera estaba, cierto es que sin ningún hueso partido, pero tan tullido quedó que ya no va a poder moverse más, y queriendo los compañeros llevárselo de allí, que no son raros tampoco entre ladrones los generosos y abnegados de corazón, no lo consiguieron, caso, por otra parte, no inédito pues ya le sucedió a Inés, hermana de Santa Clara, cuando aún San Francisco andaba por el mundo, hace exactamente quinientos años, en mil doscientos once, pero no era por robo el caso de ella, o de robo sería, porque al Señor se la querían robar. Allí quedó el ladrón, como si la mano de Dios lo estuviera clavando al suelo o la garra del diablo lo sostuviera desde las profundidades, allí quedó hasta el día siguiente, cuando dieron con él las gentes del barrio y luego lo llevaron, ya sin esfuerzo y con peso natural, al altar del mismo santo para que lo sanara, milagro obrado de forma original, pues se vio sudar copiosamente a la imagen de San Antonio, y durante tanto tiempo que dio para que llegaran jueces y escribanos a dar fe del prodigio, que fue éste el de sudar la madera y también que se curó el ladrón al pasarle por la cara una toalla húmeda de aquel humor bendito. Y con esto quedó el hombre sano, salvo y arrepentido.

Pero no todos los delitos llegan a averiguarse. En Lisboa, por ejemplo, no habiendo sido el milagro menos notorio, aún hoy está por aclarar quién fue el del asalto, por más que se permitan algunas sospechas, afortunadamente absueltas, como quien de ellas fue objeto, por la buena intención que en definitiva lo motivara. Fue el caso que en el convento de San Francisco de Xabregas entraron los rateros, o entró un ratero, por la claraboya de una capilla contigua a la de San Antonio, y fue, o fueron, al altar mayor, y en un credo afanaron las tres lámparas que allí había. Descolgar las lámparas de los ganchos, cargar con ellas a oscuras por mayor cautela, arriesgarse a tropezones, tropezar incluso y hacer ruido sin que nadie acudiera a indagar el porqué de aquel barullo, sería como para sospechar un prodigio o complicidad de algún santo desvariado si no fuera que en aquel mismo momento empezaron a sonar la campana y la matraca con su acostumbrado zafarrancho despertando a los frailes para los maitines. Pudo por ello el ladrón escapar a salvo, y si más barullo hiciera no lo habrían oído, viéndose así hasta qué punto conocía el asaltante las costumbres de la casa.

Empezaron los frailes a entrar en la iglesia y la hallaron a oscuras. Ya estaba conforme el hermano responsable con el castigo que no dejarían de aplicarle por una falta que no sabría explicar, cuando se observó, y fue confirmado por el tacto y el olor, que no era aceite lo que faltaba, que allí estaba derramado por el suelo, sino las lámparas, que de plata eran. Estaba aún fresco el desacato, si así se puede decir, pues las cadenas de donde habían colgado las susodichas lámparas oscilaban aún mansamente, diciendo, en lenguaje de alambre, Hace poco, hace poco.

Salieron de inmediato algunos religiosos a las calles próximas, repartidos en patrullas, que si atrapan al ladrón no se sabe lo que misericordiosamente iban a hacer de él, pero no dieron ni con su rastro, o con el de la cuadrilla, si lo era, caso que no debe sorprendernos por cuanto pasaba ya de medianoche y estaba la luna en el menguante. Sofocáronse los frailes recorriendo las cercanías a paso de carga, y regresaron al fin al convento con las manos vacías. Entre tanto, otros religiosos, pensando que podría el ladrón, con fina astucia, haber permanecido oculto en la iglesia, dieron por ella una vuelta completa desde el coro a la sacristía, y fue cuando andaban en este alborozado escudriñar, toda la congregación batiendo las sandalias y las faldas del hábito, levantando las tapas de los arcones, apartando armarios, sacudiendo paramentos, cuando un fraile viejo, conocido por su vida virtuosa y su brava religión, reparó en que el altar de San Antonio no había sido tocado por aquellas rateras manos pese a ser abundantísima en él la plata, rica en peso, labor y pureza. Sorprendió a aquel pío varón, y nos sorprendería a nosotros si allí estuviésemos, porque, siendo manifiesto que por aquella claraboya entró el ladrón y al altar mayor fue a robar las lámparas, tuvo que pasar por delante de la capilla de San Antonio, que estaba de camino. Con toda razón, pues, volvióse el fraile para increpar a San Antonio como siervo poco celoso de sus obligaciones. Y vos, Santo, sólo guardáis la plata que os toca, y dejáis que se lleven la otra, pues ahora os vais a quedar sin ninguna, y dichas estas violentísimas palabras se fue a la capilla y empezó a despojarla, quitando de allí, no sólo plata, sino mantos y adornos, y no sólo en la capilla, sino también al propio santo, que vio cómo se llevaban su corona de quita y pon, y la cruz, y hasta sin Niño se habría quedado si los otros religiosos no hubieran acudido, pensando que el castigo era excesivo y advirtiendo que lo dejara para consuelo del pobre castigado. Meditó un poco el fraile la advertencia, y remató, Pues que se quede como fiador mientras el santo no devuelva las lámparas. Y como con todo esto eran ya más de las dos pasada la medianoche, tiempo gastado en la rebusca y, al fin, en el recriminatorio lance relatado, se recogieron los frailes para dormir, temiendo algunos que se vengara el santo de aquel insulto.

Al otro día, serían las once cuando llamó a la portería del convento un estudiante, de quien conviene aclarar que llevaba años pretendiendo el hábito de la casa y frecuentando con gran asiduidad a los frailes de ella, y se da esta información, primero, por ser verdadera y servir siempre para algo la verdad, y, segundo, para ayudar a quien se dedique a descifrar enigmas, o a hacer crucigramas cuando los haya, en fin, llamó el estudiante a la puerta del convento y dijo que quería hablar con el prelado. Lo llevaron a su presencia, le besó la mano o el cordón del hábito, si no la fibria, que esto no se acabó nunca de saber con certeza, y declaró haber oído contar en la ciudad que las lámparas estaban en el convento de Cotovía, de los padres de la Compañía de Jesús, más allá del Barrio Alto de San Roque. Dudó el prelado, dada la insuficiencia manifiesta del portador de la noticia, estudiante a quien sólo por tanto aspirar a fraile no tenían por un truhán, aunque tampoco sea tan raro encontrarse esto en aquello, y luego por la inverosimilitud de que alguien fuera a devolver a Cotovía lo hurtado en Xabregas, sitios tan opuestos y distantes, órdenes tan poco parientes, en la distancia casi una legua a vuelo de pájaro, y en lo demás unos de negro y otros de pardo, que aun eso sería lo de menos, que por la casca no se conoce el fruto y sí sólo cuando se le mete el diente. Mandaba no obstante la prudencia que se averiguara el aviso, y así fue un grave religioso, acompañado por dicho estudiante, desde Xabregas a Cotovía, ambos a pie, entrando en la ciudad por la Puerta de Santa Cruz, y si para completa ciencia del caso importa saber qué otro camino tomaron hasta su destino, dígase entonces que pasaron por delante de la iglesia de Santa Estefanía, y, después, al lado de la iglesia de San Miguel, y luego por la iglesia de San Pedro, para entrar por la puerta de su nombre y descender luego por el Postigo del Conde de Linhares; después, todo derecho, por la Puerta del Mar hasta el Pelourinho Velho, son todos nombres y lugares de los que sólo quedó el recuerdo, evitaron la Rua Nova dos Mercadores por ser grave el religioso y de práctica usuraria hasta hoy la dicha calle, y habiendo pasado por el lado de Rossío fueron a dar al Postigo de San Roque, y, en fin, llegaron a Cotovía, donde llamaron y entraron, y conducidos ante el rector, dijo el fraile, Este estudiante que viene aquí conmigo fue a Xabregas diciendo que están aquí nuestras lámparas, robadas ayer noche, Así es, por lo que me han contado eran cerca de las dos cuando llamaron a la portería con insistencia y preguntando el portero qué querían, respondió una voz que abrieran en seguida la puerta porque se iba a efectuar una restitución, y llegado el portero a darme noticia del insólito caso, mandé abrir la puerta y encontramos las lámparas, un tanto abolladas y rotas las guarniciones, pero aquí están, y si les falta algo es que ya faltaba cuando se las robaron. Y vieron quién fue el de la llamada, Eso no lo vimos, que aunque salieron unos padres a la calle no encontraron a nadie.

Volvieron las lámparas a Xabregas, y ahora piense cada uno lo que quiera. Habrá sido el estudiante, tunante al fin, y bellaco, que preparó su estratagema para entrar por aquellas puertas y vestir hábito de franciscano, como de hecho hizo, y para eso robó y fue a entregar, con mucha esperanza de que la bondad de la intención le perdonase la fealdad del pecado en el día del juicio final. Habrá sido San Antonio, que, habiendo realizado hasta hoy tantos y tan variados milagros, también podía haber hecho éste al verse dramáticamente despojado de sus platas por la furia sagrada del fraile que bien sabía a quién intimaba, como igualmente lo saben los barqueros y marineros del Tajo, que cuando el santo no satisface sus voluntades ni premia sus votos, lo castigan hundiéndolo cabeza abajo en las aguas del río. No será tanto por la incomodidad, porque un santo merecedor de ese nombre es tan capaz de respirar a pulmón el aire de todos nosotros como con branquias el agua que es el cielo de los peces, pero la vergüenza de saber expuestas las plantas humildes de los pies o el desánimo de verse sin platas y casi sin Niño Jesús, hacen de San Antonio el más milagroso de los santos, mayormente para hallar cosas perdidas. En fin, salga el estudiante absuelto de esta sospecha, si no viene a hallarse en otra igualmente dudosa.

Con tales precedentes, siendo tan favorecidos los franciscanos de medios para alterar, invertir o acelerar el orden natural de las cosas, hasta la matriz renitente de la reina obedecerá a la fulminante imposición del milagro. Tanto más cuanto que convento en Mafra es algo que desea la orden de San Francisco desde mil seiscientos veinticuatro, aún era rey de Portugal un Felipe español, que, por serlo, e importarle pues muy poco los frailes de por acá, en los dieciséis años que le duró la realeza nunca dio consentimiento. No cesaron por eso las diligencias, metióse en el empeño el valimiento de los nobles donatarios de la villa, pero parecía agotada la potencia y embotada la pertinacia de la Provincia de Arrábida, que al convento aspiraba, pues aún ayer, que tanto se puede decir de lo que apenas hace seis años que aconteció en mil setecientos cinco, dio parecer desfavorable el Desembargo do Paço a una nueva petición, y con no pequeño atrevimiento se expresó, si no es falta de respeto por los intereses materiales y espirituales de la Iglesia, osando considerar no era conveniente la pretendida fundación por estar el reino muy onerado de conventos mendicantes, y por muchos otros inconvenientes que la prudencia humana sabe dictar. Sabe Dios qué inconvenientes dictaba la prudencia humana a los del Tribunal, pero ahora van a tener que comerse la lengua y digerir el mal pensamiento, que ya dijo fray Antonio de San José que, en habiendo convento, habrá sucesión. La promesa está hecha, parirá la reina, la orden franciscana cogerá la palma de la victoria, ella que tantas cogió del martirio. Cien años de espera no son mortificación excesiva para quien cuenta con vivir la eternidad.

Vimos cómo, en instancia final, salió absuelto el estudiante de la sospecha de robo de las lámparas. Ahora no se va a decir que por secretos de confesión divulgados supieron los frailes de la Arrábida de la preñez de la reina antes incluso de que ella se lo participara al rey. No se va a decir ahora que Doña María Ana, por ser tan piadosa señora, acordó callar un tiempo suficiente para que apareciera con el reclamo de la promesa el virtuoso fray Antonio. No se va a decir ahora que el rey contará las lunas desde la noche del voto hasta el día en que nacerá el infante, y que las hallará completas. No se diga más de lo que dicho queda.

Salgan, pues, absueltos los franciscanos de esta sospecha, si nunca se hubieran hallado en otras igualmente dudosas.

03

A lo largo del año hay quien muere por haber comido mucho durante toda su vida, razón por la que se repiten los accidentes apopléticos, primero, segundo y tercero, y a veces basta uno para llevar a la sepultura, y, si el accidentado provisionalmente escapó, queda tullido de un lado, con la boca tuerta, sin voz si el lado fue ése, y también sin remedios que le acudan, fuera de las sangrías, que se recetan por medias docenas. Pero no falta, y por eso mismo fallece más fácilmente, quien muere por haber comido poco durante toda la vida, o quien la aguantó con un triste pasar a base de sardina y arroz, más la lechuga que dio su apodo a los moradores, y carne, cuando cumple años su majestad. Quiere Dios que el río sea pródigo en peces, loados sean los tres por eso. Y que la lechuga, a más de otras hortalizas, vengan en jumentos de las aldeas, en serones completos, a gritos de rústicos y rústicas, que en este trabajo no se distinguen. Y que no falte el arroz más allá de lo tolerable. Pero esta ciudad, más que cualquier otra, es una boca que mastica de sobras por un lado y con estrecheces por el otro, sin que haya, pues, término medio entre la papada pletórica y el cuello fruncido, entre la narizota rubicunda y la otra hética, entre la nalga danzarina y la escurrida, entre la panza repleta y la barriga pegada a la espalda. Sin embargo, la Cuaresma, como el sol, cuando nace es para todos.

Corrió el Antruejo por esas calles, quien pudo se atracó de gallina y de carnero, de sueños y buñuelos, se pegó el lote por los rincones quien no pierde baza autorizada, se pusieron rabos celebrados en lomos fugitivos, se roció de agua la cara con jeringas de lavativas, se atizaron incautos con ristras de cebollas, bebieron vino hasta el regüeldo y el vómito, se partieron ollas, se tocaron gaitas, y si más no se revolcaron por travesías, plazas y rinconadas, barriga al aire, es porque la ciudad es inmunda, está alfombrada de excrementos, de basura, de perros pustulentos y gatos vagabundos, y cieno hasta cuando no llueve. Ahora es tiempo de pagar los cometidos excesos, mortificar el alma para que el cuerpo finja arrepentirse, él rebelde, él insumiso, este cuerpo parco y puerco de la pocilga que es Lisboa.

Va a salir la procesión de la penitencia. Castiguemos la carne por el ayuno, macerémosla ahora con los zurriagos. Comiendo poco se purifican los humores, sufriendo un algo se lavan las costuras del alma. Los penitentes, hombres todos, van al frente de la procesión, inmediatamente detrás de los frailes que llevan los pendones con las imágenes de la Virgen y del Crucificado. Tras ellos aparece el obispo bajo rico palio, y luego los santos en las andas, el regimiento interminable de curas, cofradías y hermandades, pensando todos en la salvación del alma, convencidos algunos de que no la han perdido, dudosos otros hasta hallarse en el lugar de la sentencia, quizá uno de ellos pensando que el mundo está loco desde que nació. Pasa la procesión entre filas de gente, y cuando pasa se arrastran por el suelo hombres y mujeres, se arañan la cara unos, se arrancan otros mechones de pelo, se dan todos de bofetadas, y el obispo va amagando bendiciones a un lado y otro, mientras un acólito maneja el incensario. Lisboa huele mal, huele a podrido, el incienso da un sentido a la fetidez, el mal es de los cuerpos, que el alma, ésa, es perfumada.

En las ventanas hay sólo mujeres, ésa es la costumbre. Los penitentes llevan grilletes alrededor de las piernas, o cargan sobre los hombros gruesas barras de hierro pasando sobre ellas los brazos, como crucificados, o se aplican zurriagazos con las disciplinas hechas de cordones en cuyos cabos hay bolas de cera dura armadas con puntas de cristal, y, los que así se flagelan, son lo mejor de la fiesta porque exhiben verdadera sangre que les corre por la espalda, y claman estrepitosamente, tanto por los motivos que el dolor les da como de obvio placer, que no comprenderíamos si no supiéramos que algunos tienen su amor en la ventana y van de procesión no tanto por salvar el alma como por pasados o prometidos gustos del cuerpo.

Presas en el alto copete o en la propia disciplina llevan cintitas de colores, cada uno la suya, y si la mujer elegida que desde la ventana ansía de angustia, de piedad por el amado sufridor, si no también de gozo al que sólo mucho más tarde aprenderemos a llamar sádico, no supiere, por la fisonomía o la silueta, reconocer al amante en aquella confusión de penitentes, pendones, gentío derramado en pavores y súplicas, vocear de letanías, ondear desajustado de los palios, bruscos cabeceos de las imágenes, adivinará al menos por la cintita rosa, o verde o amarilla, lila si no roja o color del cielo, que aquél es su hombre y servidor, que le está dedicando el vergajazo violento y que, no pudiendo hablar, brama como toro en celo, pero si a las mujeres de la calle, y a ella misma, les parece que falta vigor al brazo del penitente o que el vergajazo fue de esos que no abren laña en la piel, y desgarrones que desde aquí arriba se vean, entonces se levanta del coro femenino la rechifla y lo abuchean, posesas, frenéticas, las mujeres reclaman fuerza en el brazo, quieren oír el restallar de los rabos de la tralla, que corra la sangre como corrió la del Divino Salvador, mientras palpitan bajo las redondeces de las faldas, y aprietan y abren los muslos según el ritmo de la excitación y su avance. Está el penitente justo ante la ventana de la amada, abajo en la calle, y ella lo contempla dominante, acompañada tal vez de madre, o prima, o aya, o tolerante abuela, o tía acedísima, pero sabiendo todos muy bien lo que allí pasa, por experiencia fresca o remota remembranza, que Dios nada tiene que ver con esto, que todo es cosa de fornicación, y probablemente el espasmo de arriba viene a tiempo de responder al espasmo de abajo, el hombre arrodillado en el suelo azotándose furiosamente, frenético, mientras gime de dolor, la mujer mirando con ojos desorbitados al macho derrumbado, abriendo la boca para beberle la sangre y lo demás. Se ha parado la procesión el tiempo suficiente para que concluya el acto, el obispo bendijo y santificó, la mujer siente aquel delicioso relajamiento de los miembros, el hombre sigue adelante, va pensando, con alivio, que a partir de este momento no va a necesitar azotarse con tanta furia, que lo hagan otros para gusto de otras.

Así, maltratadas las carnes, alimentadas de magro, parece que se habrían de recoger las insatisfacciones hasta la libertad pascual y que las solicitaciones de la naturaleza podrían esperar a que se limpiara de sombras el rostro de la Santa Madre Iglesia, ahora que se aproximan Pasión y Muerte. Pero tal vez la riqueza fosfórica del pescado atice la sangre, tal vez la costumbre de dejar que las mujeres corran solas por las iglesias en Cuaresma, contra lo que es uso en el resto del año, que es tenerlas en casa presas, salvo si son populares con puerta a la calle o viviendo en ésta, tan presas aquellas que se dice que salen, si son de noble extracción, para sólo ir a la iglesia, y apenas tres veces a lo largo de la vida, para ser bautizadas, casadas, sepultadas, para el resto allá está la capilla de la casa, quizá porque el dicho acostumbrado muestra, en fin, cuán insoportable es la Cuaresma, que todo tiempo cuaresmal es de muerte anticipada, aviso que debemos aprovechar, y, entonces, creyendo los hombres, o fingiendo creer, que las mujeres no hacen más que las devociones a que dijeron ir, es la mujer libre una vez sólo al año, y si no va sola, por no consentirlo la decencia pública, quien la acompaña lleva iguales deseos e igual necesidad de satisfacerlos, por eso la mujer, entre dos iglesias, fue a encontrarse con un hombre, cuál sea éste, y la criada que la guarda troca una complicidad por otra, y ambas, cuando se reencuentran ante el próximo altar, saben que la Cuaresma no existe y que el mundo está afortunadamente loco desde que nació. Por las calles de Lisboa, llenas de mujeres que visten igual, con sus velos, el refajo por encima de la cabeza, sólo una rendija apenas abierta para gestos de ojos o de labios, código general aprendido en la clandestinidad de los sentimientos y en los deleites prohibidos, por esas calles, con una iglesia en cada esquina, un convento en cada cuarterón de casas, corre un viento de Primavera que vuelve la cabeza y, no corriendo el viento, hacen su vez los suspiros, los que se desahogan en los confesonarios o en lugares cerrados propicios a otras confesiones, las de la carne adúltera, oscilando entre los bordes del placer y del infierno, ambos gustosos en estos días de mortificación, de altares desnudos, de lutos rituales, de pecado omnipresente.

Entre tanto, si es de día, estarán durmiendo la siesta los maridos ingenuos, o que fingen serlo, y si de noche es, cuando soturnamente calles y plazas se llenan de multitudes que hieden a cebolla y a lavanda, y el murmullo de las oraciones asoma por las puertas abiertas de par en par de las iglesias, si es de noche, más descansados se sienten, porque así la demora no será tanta, se oye ya la llamada en la puerta, suenan los pasos en la escalera, vienen hablando familiarmente ama y criada, quizá no, o la esclava negra, si es que la llevó, y por las hendiduras danzan las luces de la palmatoria o del candil, finge el marido que despierta, finge la mujer que lo ha despertado, y si él pregunta, Qué, ya sabemos qué va ella a responder, que viene muerta de cansancio, molida de pies, desollada de rodillas, pero con el consuelo en el alma, y dice el misterioso número, Siete iglesias he visitado, tan apasionadamente lo dice que, o fue la devoción mucha o mucha la falta de ella.

De desahogos tales las reinas se ven privadas, principalmente si están ya grávidas, y de su señor legítimo, que por nueve meses no volverá a acercarse a ellas, regla, por otra parte, común al pueblo, pero que va sufriendo sus infracciones. Doña María Ana, como razones acrecentadas de recato, tiene además la maníaca devoción con que fue educada en Austria, y la complicidad prestada al artificio franciscano, mostrando así, o dando a entender que la criatura que en su vientre se está formando es tan hija del rey de Portugal como del propio Dios, a cambio de un convento.

Doña María Ana se acostó muy temprano, rezó antes de irse a la cama, murmurando oraciones a coro con las damas que la sirven, y luego, cubierta ya por su edredón de plumas, vuelve a rezar, reza infinitamente, empiezan las damas a cabecear pero resisten como sabias, si no como vírgenes, y al fin se retiran, queda sólo la lamparilla de aceite vigilando, y la dama que allí pasará la noche, en un lecho bajo, no tarda también en quedarse dormida, que sueñe si quiere, qué importancia han de tener los sueños que detrás de sus párpados se están soñando, a nosotros lo que nos interesa es el trémulo pensamiento que aún se agita en Doña María Ana, bordeando el sueño, que en Viernes Santo ha de ir a la iglesia de la Madre de Dios, donde hay un Santo Sudario que las monjas desdoblarán ante ella antes de exponerlo a los fieles, y en él están claramente vistas las marcas del cuerpo de Cristo, éste es el único y verdadero Santo Sudario que existe en la cristiandad, señoras y señores, y los otros son igualmente verdaderos y únicos, y si no, no serían mostrados a la misma hora en tan diferentes lugares del mundo, pero éste está en Portugal, y es así el más vero de todos e incluso único. Cuando, consciente aún, Doña María Ana se ve a sí misma inclinándose ante el paño santísimo, no se llega a saber si lo iba a besar devotamente, porque de repente se queda dormida y se encuentra dentro del coche, volviendo a palacio con la noche ya oscura, con su guardia de arqueros, y de pronto un hombre a caballo, que viene de caza, con cuatro criados en mulas, y animales de pelo y pluma colgados de los arzones, en redes, rompe el hombre en dirección al coche, espingarda en mano, el caballo sacando chispas de las piedras y echando humo por los ollares, y cuando como un rayo rompe la guardia de la reina y llega al estribo sofrenando difícilmente su montura, le da en la cara la luz de las antorchas, es el infante Don Francisco, de qué lugares del sueño vino y por qué vendrá tantas veces. Se le espanta el caballo, no podía haber sido de otra manera con el batir del coche y de los arqueros sobre las piedras de la calzada, pero, comparando sueño y sueño, observa la reina que cada vez el infante se acerca más, qué querrá, y ella, qué querrá.

Es la Cuaresma sueño de unos y vigilia de otros. Pasó la Pascua, que despertó a todos pero condujo de nuevo a las mujeres a la sombra de las estancias y a la carga de las faldas. En casa hay unos cuantos maridos cucos [1] mas lo bastante feroces para el caso de otras caídas fuera de estación. Y porque, andando, andando, hemos acabado por hablar de pájaros, es hora ya que oigamos a los canarios que, en las iglesias, en jaulas adornadas con cintas y flores, cantan locos de amor, mientras en el púlpito predica el fraile su sermón y habla de cosas que presume más sagradas. Es Jueves de la Ascensión, asciende hasta las bóvedas el canto de los pájaros, subirán o no las preces al cielo, si ellos no las ayudan, no habrá esperanza, tal vez si nos calláramos todos.