Cuando abrieron la puerta de la celda, con el chorro de luz y un golpe de viento entró también el ruido de la calle que los muros de piedra apagaban y Roger se despertó, asustado. Pestañeando, confuso todavía, luchando por serenarse, divisó, recostada en el vano de la puerta, la silueta del sheriff. Su cara flácida, de rubios bigotes y ojillos maledicentes, lo contemplaba con la antipatía que nunca había tratado de disimular. He aquí alguien que sufriría si el Gobierno inglés le concedía el pedido de clemencia.
—Visita —murmuró el sheriff, sin quitarle los ojos de encima.
Se puso de pie, frotándose los brazos. ¿Cuánto había dormido? Uno de los suplicios de Pentonville Prison era no saber la hora. En la cárcel de Brixton y en la Torre de Londres escuchaba las campanadas que marcaban las medias horas y las horas; aquí, las espesas paredes no dejaban llegar al interior de la prisión el revuelo de las campanas de las iglesias de Caledonian Road ni el bullicio del mercado de Islington y los guardias apostados en la puerta cumplían estrictamente la orden de no dirigirle la palabra. El sheriff le puso las esposas y le indicó que saliera delante de él. ¿Le traería su abogado alguna buena noticia? ¿Se habría reunido el gabinete y tomado una decisión? Acaso la mirada del sheriff, más cargada que nunca del disgusto que le inspiraba, se debía a que le habían conmutado la pena. Iba caminando por el largo pasillo de ladrillos rojos ennegrecidos por la suciedad, entre las puertas metálicas de las celdas y unos muros descoloridos en los que cada veinte o veinticinco pasos había una alta ventana enrejada por la que alcanzaba a divisar un pedacito de cielo grisáceo. ¿Por qué tenía tanto frío? Era julio, el corazón del verano, no había razón para ese hielo que le erizaba la piel.
Al entrar al estrecho locutorio de las visitas, se afligió. Quien lo esperaba allí no era su abogado, maître George Gavan Duffy, sino uno de sus ayudantes, un joven rubio y desencajado, de pómulos salientes, vestido como un petimetre, a quien había visto durante los cuatro días del juicio llevando y trayendo papeles a los abogados de la defensa. ¿Por qué maître Gavan Duffy, en vez de venir en persona, mandaba a uno de sus pasantes?
El joven le echó una mirada fría. En sus pupilas había enojo y asco. ¿Qué le ocurría a este imbécil? «Me mira como si yo fuera una alimaña», pensó Roger.
—¿Alguna novedad?
El joven negó con la cabeza. Tomó aire antes de hablar:
—Sobre el pedido de indulto, todavía —murmuró, con sequedad, haciendo una mueca que lo desencajaba aún más—. Hay que esperar que se reúna el Consejo de Ministros.
A Roger le molestaba la presencia del sheriff y del otro guardia en el pequeño locutorio. Aunque permanecían silenciosos e inmóviles, sabía que estaban pendientes de todo lo que decían. Esa idea le oprimía el pecho y dificultaba su respiración.
—Pero, teniendo en cuenta los últimos acontecimientos —añadió el joven rubio, pestañeando por primera vez y abriendo y cerrando la boca con exageración—, todo se ha vuelto ahora más difícil.
—A Pentonville Prison no llegan las noticias de afuera. ¿Qué ha ocurrido?
¿Y si el Almirantazgo alemán se había decidido por fin a atacar a Gran Bretaña desde las costas de Irlanda? ¿Y si la soñada invasión tenía lugar y los cañones del Káiser vengaban en estos mismos momentos a los patriotas irlandeses fusilados por los ingleses en el Alzamiento de Semana Santa? Si la guerra había tomado ese rumbo, sus planes se realizaban, pese a todo.
—Ahora se ha vuelto difícil, acaso imposible, tener éxito —repitió el pasante. Estaba pálido, contenía su indignación y Roger adivinaba bajo la piel blancuzca de su tez su calavera. Presintió que, a sus espaldas, el sheriff sonreía.
—¿De qué habla usted? El señor Gavan Duffy estaba optimista respecto a la petición. ¿Qué ha sucedido para que cambiara de opinión?
—Sus diarios —silabeó el joven, con otra mueca de disgusto. Había bajado la voz y a Roger le costaba trabajo escucharlo—. Los descubrió Scotland Yard, en su casa de Ebury Street.
Hizo una larga pausa, esperando que Roger dijera algo. Pero como éste había enmudecido, dio rienda suelta a su indignación y torció la boca:
—Cómo pudo ser tan insensato, hombre de Dios —hablaba con una lentitud que hacía más patente su rabia—. Cómo pudo usted poner en tinta y papel semejantes cosas, hombre de Dios. Y, si lo hizo, cómo no tomó la precaución elemental de destruir esos diarios antes de ponerse a conspirar contra el Imperio británico.
«Es un insulto que este imberbe me llame “hombre de Dios”», pensó Roger. Era un maleducado, porque a este mozalbete amanerado él, cuando menos, le doblaba la edad.
—Fragmentos de esos diarios circulan ahora por todas partes —añadió el pasante, más sereno, aunque siempre disgustado, ahora sin mirarlo—. En el Almirantazgo, el vocero del ministro, el capitán de navío Reginald Hall en persona, ha entregado copias a decenas de periodistas. Están por todo Londres. En el Parlamento, en la Cámara de los Lores, en los clubes liberales y conservadores, en las redacciones, en las iglesias. No se habla de otra cosa en la ciudad.
Roger no decía nada. No se movía. Tenía, otra vez, esa extraña sensación que se había apoderado de él muchas veces en los últimos meses, desde aquella mañana gris y lluviosa de abril de 1916 en que, aterido de frío, fue arrestado entre las ruinas de McKenna’s Fort, en el sur de Irlanda: no se trataba de él, era otro de quien hablaban, otro a quien le ocurrían estas cosas.
—Ya sé que su vida privada no es asunto mío, ni del señor Gavan Duffy ni de nadie —añadió el joven pasante, esforzándose por rebajar la cólera que impregnaba su voz—. Se trata de un asunto estrictamente profesional. El señor Gavan Duffy ha querido ponerlo al corriente de la situación. Y prevenirlo. La petición de clemencia puede verse comprometida. Esta mañana, en algunos periódicos ya hay protestas, infidencias, rumores sobre el contenido de sus diarios. La opinión pública favorable a la petición podría verse afectada. Una mera suposición, desde luego. El señor Gavan Duffy lo tendrá informado. ¿Desea que le transmita algún mensaje?
El prisionero negó, con un movimiento casi imperceptible de la cabeza. En el acto, giró sobre sí mismo, encarando la puerta del locutorio. El sheriff hizo una indicación con su cara mofletuda al guardia. Éste corrió el pesado cerrojo y la puerta se abrió. El regreso a la celda le resultó interminable. Durante el recorrido por el largo pasillo de pétreas paredes de ladrillos rojinegros tuvo la sensación de que en cualquier momento tropezaría y caería de bruces sobre esas piedras húmedas y no volvería a levantarse. Al llegar a la puerta metálica de la celda, recordó: el día que lo trajeron a Pentonville Prison el sheriff le dijo que todos los reos que ocuparon esta celda, sin una excepción, habían terminado en el patíbulo.
—¿Podré tomar un baño, hoy? —preguntó, antes de entrar.
El obeso carcelero negó con la cabeza, mirándolo a los ojos con la misma repugnancia que Roger había advertido en la mirada del pasante.
—No podrá bañarse hasta el día de la ejecución —dijo el sheriff, saboreando cada palabra—. Y, ese día, sólo si es su última voluntad. Otros, en vez del baño, prefieren una buena comida. Mal negocio para Mr. Ellis, porque entonces, cuando sienten la soga, se cagan. Y dejan el lugar hecho una mugre. Mr. Ellis es el verdugo, por si no lo sabe.
Cuando sintió cerrarse la puerta a sus espaldas, fue a tumbarse boca arriba en el pequeño camastro. Cerró los ojos. Hubiera sido bueno sentir el agua fría de ese caño enervándole la piel y azulándola de frío. En Pentonville Prison, los reos, con excepción de los condenados a muerte, podían bañarse con jabón una vez por semana en ese chorro de agua fría. Y las condiciones de las celdas eran pasables. En cambio, recordó con un escalofrío la suciedad de la cárcel de Brixton, donde se había llenado de piojos y pulgas que pululaban en el colchón de su camastro y le habían cubierto de picaduras la espalda, las piernas y los brazos. Procuraba pensar en eso, pero una y otra vez volvían a su memoria la cara disgustada y la voz odiosa del rubio pasante ataviado como un figurín que le había enviado maître Gavan Duffy en vez de venir él en persona a darle las malas noticias.
De su nacimiento, el 1 de septiembre de 1864, en Doyle’s Cottage, Lawson Terrace, en el suburbio Sandycove de Dublín, no recordaba nada, claro está. Aunque siempre supo que había visto la luz en la capital de Irlanda, buena parte de su vida dio por hecho lo que su padre, el capitán Roger Casement, que había servido ocho años con distinción en el Tercer Regimiento de dragones ligeros, en la India, le inculcó: que su verdadera cuna era el condado de Antrim, en el corazón del Ulster, la Irlanda protestante y probritánica, donde el linaje de los Casement estaba establecido desde el siglo XVIII.
Roger fue criado y educado como anglicano de la Church of Ireland, al igual que sus hermanos Agnes (Nina), Charles y Tom —los tres mayores que él—, pero, desde antes de tener uso de razón, intuyó que en materia de religión no todo en su familia era tan armonioso como en lo demás. Incluso para un niño de pocos años era imposible no advertir que su madre, cuando estaba con sus hermanas y primos de Escocia, actuaba de manera que parecía esconder algo. Descubriría qué, ya adolescente: aunque en apariencia, para casarse con su padre, Anne Jephson se había convertido al protestantismo, a ocultas de su marido seguía siendo católica («papista» habría dicho el capitán Casement), confesándose, oyendo misa y comulgando, y, en el más celoso de los secretos, él mismo había sido bautizado como católico al cumplir cuatro años, durante un viaje de vacaciones que él y sus hermanos hicieron con su madre a Rhyl, en el norte de Gales, donde las tías y tíos maternos que vivían allá.
En esos años, en Dublín, o en los períodos que pasaron en Londres y en Jersey, a Roger no le interesaba para nada la religión, aunque, para no disgustar a su padre, durante el oficio dominical rezara, cantara y siguiera el servicio con respeto. Su madre le había dado clases de piano y tenía una voz clara y templada que solía ganarle aplausos en las reuniones familiares en las que entonaba viejas baladas irlandesas. Lo que de veras le interesaba en ese tiempo eran las historias que, cuando estaba de buen ánimo, les contaba el capitán Casement a él y a sus hermanos. Historias de la India y Afganistán, sobre todo sus batallas contra los afganos y los sijs. Aquellos nombres y paisajes exóticos, aquellos viajes cruzando selvas y montañas que escondían tesoros, fieras, alimañas, pueblos antiquísimos de extrañas costumbres, dioses bárbaros, disparaban su imaginación. A sus hermanos, a veces, aquellos relatos los aburrían, pero el pequeño Roger hubiera podido pasarse horas y días escuchando las aventuras de su padre en las remotas fronteras del Imperio.
Cuando aprendió a leer, le gustaba enfrascarse en las historias de los grandes navegantes, los vikingos, portugueses, ingleses y españoles que habían surcado los mares del planeta volatilizando los mitos según los cuales, llegadas a cierto punto, las aguas marinas comenzaban a hervir, se abrían abismos y aparecían monstruos cuyas fauces podían tragarse un barco entero. Aunque, entre oídas y leídas, Roger prefirió siempre escuchar aquellas aventuras de boca de su padre. El capitán Casement tenía una voz cálida, describía con rico vocabulario y animación las selvas de la India o los roquedales de Khyber Pass, en Afganistán, donde su compañía de dragones ligeros fue emboscada una vez por una masa de enturbantados fanáticos a los que los bravos soldados ingleses se enfrentaron a balazos primero, luego a la bayoneta, y por fin con puñales y manos desnudas, hasta obligarlos a retirarse derrotados. Pero no eran los hechos de armas lo que más encandilaba la imaginación del pequeño Roger, sino los viajes, abrir caminos por paisajes nunca hollados por el hombre blanco, las proezas físicas de resistencia, vencer los obstáculos de la naturaleza. Su padre era entretenido pero severísimo y no vacilaba en azotar a sus hijos cuando se portaban mal, incluso a Nina, la mujercita, pues así se castigaban las faltas en el Ejército y él había comprobado que sólo esa forma de castigo era eficaz.
Aunque admiraba a su padre, a quien Roger quería de verdad era a su madre, esa mujer esbelta que parecía flotar en vez de andar, de ojos y cabellos claros y cuyas manos, tan suaves, cuando se enredaban en sus rizos o acariciaban su cuerpo a la hora del baño lo colmaban de felicidad. Una de las primeras cosas que aprendería fue —¿tenía cinco, seis años?— que sólo podía correr a echarse en brazos de su madre cuando el capitán no estaba cerca. Éste, fiel a la tradición puritana de su familia, no era partidario de que los niños crecieran entre mimos, pues eso los volvía blandos para la lucha por la vida. Delante de su padre, Roger se mantenía a distancia de la pálida y delicada Anne Jephson. Pero cuando aquél partía a reunirse con sus amigos en su club o a dar un paseo, corría hacia ella, que lo cubría de besos y caricias. A veces, Charles, Nina y Tom protestaban: «A Roger lo quieres más que a nosotros». Su madre les aseguraba que no, quería a todos igual, sólo que Roger era muy pequeño y necesitaba más atención y cariño que los mayores.
Cuando su madre murió, en 1873, Roger tenía nueve años. Había aprendido a nadar y ganaba todas las carreras con niños de su edad e incluso mayores. A diferencia de Nina, Charles y Tom, que derramaron muchas lágrimas durante el velorio y el entierro de Anne Jephson, Roger no lloró ni una sola vez. En aquellos días tétricos el hogar de los Casement se convirtió en una capilla funeraria, llena de gente vestida de luto, que hablaba en voz baja y abrazaba al capitán Casement y a los cuatro niños con caras contritas, pronunciando palabras de pésame. Durante muchos días no pudo decir una frase, como si se hubiera quedado mudo. Respondía con movimientos de cabeza o ademanes a las preguntas y permanecía serio, cabizbajo y con la mirada perdida, incluso de noche en el cuarto a oscuras, sin poder dormir. Desde entonces y por el resto de su vida, de tanto en tanto, en sus sueños la figura de Anne Jephson vendría a visitarlo con aquella sonrisa invitadora, abriéndole los brazos, en los que él iba a encogerse, sintiéndose protegido y feliz con aquellos dedos afilados en su cabeza, en su espalda, en sus mejillas, una sensación que parecía defenderlo contra las maldades del mundo.
Sus hermanos se consolaron pronto. Y Roger también, en apariencia. Porque, aunque había recuperado el habla, era un tema que no mencionaba jamás. Cuando algún familiar le recordaba a su madre, enmudecía y permanecía encerrado en su mutismo hasta que aquella persona cambiaba de tema. En sus desvelos, presentía en la oscuridad, mirándolo con tristeza, el semblante de la infortunada Anne Jephson.
Quien no se consoló ni volvió a ser el mismo fue el capitán Roger Casement. Como no era efusivo y ni Roger ni sus hermanos lo habían visto nunca prodigar gentilezas a su madre, los cuatro niños se quedaron sorprendidos con el cataclismo que significó para su padre la desaparición de su esposa. Él, tan atildado, andaba ahora vestido de cualquier manera, la barba crecida, el ceño fruncido y una mirada de resentimiento como si sus hijos tuvieran la culpa de su viudez. Al poco tiempo de la muerte de Anne, decidió dejar Dublín y despachó a los cuatro niños al Ulster, a Magherintemple House, la casa familiar, donde, a partir de entonces, el tío abuelo paterno John Casement y su esposa Charlotte se encargarían de la educación de los hermanos. Su padre, como queriendo desentenderse de ellos, se fue a vivir a cuarenta kilómetros de allí, en el Adair Arms Hotel de Ballymena, donde, según se le escapaba a veces al tío abuelo John, el capitán Casement, «medio loco de dolor y soledad», dedicaba sus días y sus noches al espiritismo, tratando de comunicarse con la muerta mediante médiums, naipes y bolas de cristal.
Desde entonces, Roger vio a su padre rara vez y nunca más le oyó volver a contar aquellas historias de la India y Afganistán. El capitán Roger Casement murió de tuberculosis en 1876, tres años después que su esposa. Roger acababa de cumplir doce años. En Ballymena Diocesan School, donde estuvo tres años, fue un estudiante distraído, que sacaba notas regulares, salvo en latín, francés e historia antigua, cursos en los que destacó. Escribía poesía, parecía siempre ensimismado y devoraba libros de viajes por el África y el Extremo Oriente. Practicaba deportes, sobre todo natación. Iba los fines de semana al castillo de Galgorm, de los Young, adonde lo invitaba un compañero de clases. Pero Roger pasaba más tiempo que con éste con Rose Maud Young, bella, culta y escritora, que recorría las aldeas de pescadores y campesinos de Antrim recopilando poemas, leyendas y canciones en gaélico. De su boca oyó por primera vez las épicas contiendas de la mitología irlandesa. El castillo, de piedras negras, torreones, escudos, chimeneas y una fachada catedralicia había sido construido en el siglo XVII por Alexander Colville, un teólogo de cara malencontrada —según el retrato suyo del vestíbulo— que, se decía en Ballymena, había hecho pacto con el diablo y su fantasma deambulaba por el lugar. Temblando, algunas noches de luna Roger se atrevió a buscarlo por los pasadizos y estancias vacías, pero nunca lo encontró.
Sólo muchos años más tarde aprendería a sentirse cómodo en Magherintemple House, la casa solar de los Casement, que se había llamado antes Churchfield y había sido una rectoría de la parroquia anglicana de Culfeightrin. Porque los seis años que vivió allí, entre sus nueve y quince años, con el tío abuelo John y la tía abuela Charlotte y demás parientes paternos, siempre se sintió algo extranjero en esa imponente mansión de piedras grises, de tres pisos, altos cielorrasos, muros cubiertos de hiedra, techos de falso gótico y cortinajes que parecían ocultar fantasmas. Las vastas habitaciones, los largos pasillos y las escaleras con gastados pasamanos de madera y escalones que gruñían aumentaban su soledad. En cambio, gozaba al aire libre, entre los recios olmos, sicomoros y durazneros que resistían el viento huracanado y las suaves colinas con vacas y ovejas desde las cuales se divisaba el pueblo de Ballycastle, el mar, las rompientes que embestían contra la isla de Rathlin y, en los días despejados, la borrosa silueta de Escocia. Iba con frecuencia a las aldeas vecinas de Cushendun y Cushendall, que parecían el escenario de antiguas leyendas irlandesas, y a los nueve glens de Irlanda del Norte, esos delgados valles cercados de colinas y laderas rocosas en cuyas cumbres trazaban círculos las águilas, espectáculo que lo hacía sentirse valiente y exaltado. Su diversión preferida eran las excursiones por aquella tierra áspera, de campesinos tan añosos como el paisaje, algunos de los cuales hablaban entre ellos el antiguo irlandés, sobre el que su tío abuelo John y sus amigos hacían a veces crueles bromas. Ni Charles ni Tom compartían su entusiasmo por la vida al aire libre ni gozaban con las caminatas a campo traviesa o escalando las lomas escarpadas de Antrim; Nina, en cambio, sí, y por eso, pese a ser ocho años mayor que él, fue su preferida y con la que siempre se llevaría mejor. Con ella hizo varias excursiones hasta la bahía de Murlough, erizada de rocas negras y su playita pedregosa, al pie del Glenshesk, cuyo recuerdo lo acompañaría toda la vida y a la que siempre se referiría, en sus cartas a la familia, como «ese rincón del Paraíso».
Pero todavía más que los paseos por el campo, a Roger le gustaban las vacaciones de verano. Las pasaba en Liverpool, donde su tía Grace, hermana de su madre, en cuya casa se sentía querido y acogido: por aunt Grace, desde luego, pero también por su esposo, el tío Edward Bannister, que había corrido mucho mundo y hacía viajes de negocios al África. Trabajaba para la naviera mercante Elder Dempster Line, que transportaba carga y pasajeros entre Gran Bretaña y el África Occidental. Los hijos de tía Grace y tío Edward, sus primos, fueron mejores compañeros de juegos de Roger que sus propios hermanos, sobre todo su prima Gertrude Bannister, Gee, con la que, desde muy niño, tuvo una cercanía que nunca empañó un solo disgusto. Eran tan unidos que alguna vez Nina les bromeó: «Ustedes terminarán casándose». Gee se rió pero Roger enrojeció hasta la punta de los cabellos. No se atrevía a levantar la vista y balbuceaba: «No, no, por qué dices esa tontería».
Cuando estaba en Liverpool, donde sus primos, Roger vencía a veces su timidez e interrogaba al tío Edward sobre el África, un continente cuya sola mención le llenaba la cabeza de bosques, fieras, aventuras y hombres intrépidos. Gracias al tío Edward Bannister oyó hablar por primera vez del doctor David Livingstone, el médico y evangelista escocés que desde hacía años exploraba el continente africano, recorriendo ríos como el Zambezi y el Shire, bautizando montañas, parajes desconocidos y llevando el cristianismo a las tribus de salvajes. Había sido el primer europeo en cruzar el África de costa a costa, el primero en recorrer el desierto de Kalahari y se había convertido en el héroe más popular del Imperio británico. Roger soñaba con él, leía los folletos que describían sus proezas y ansiaba formar parte de sus expediciones, enfrentar a su lado los peligros, ayudarlo en llevar la religión cristiana a esos paganos que no habían salido de la Edad de Piedra. Cuando el doctor Livingstone, buscando las fuentes del Nilo, desapareció tragado por las selvas africanas, Roger tenía dos años. Cuando, en 1872, otro aventurero y explorador legendario, Henry Morton Stanley, periodista de origen galés empleado por un periódico de New York, emergió de la jungla anunciando al mundo que había encontrado vivo al doctor Livingstone, estaba por cumplir ocho. El niño vivió la novelesca historia con asombro y envidia. Y cuando, un año más tarde, se supo que el doctor Livingstone, que nunca quiso abandonar el suelo africano ni volver a Inglaterra, falleció, Roger sintió que había perdido a un familiar muy querido. De grande, él también sería explorador, como esos titanes, Livingstone y Stanley, que estaban extendiendo las fronteras de Occidente y viviendo unas vidas tan extraordinarias.
Al cumplir quince años, el tío abuelo John Casement aconsejó que Roger abandonara los estudios y se buscara un trabajo, ya que ni él ni sus hermanos tenían rentas de que vivir. Aceptó de buena gana. De común acuerdo decidieron que Roger se fuera a Liverpool, donde había más posibilidades de trabajo que en Irlanda del Norte. En efecto, a poco de llegar donde los Bannister, el tío Edward le consiguió un puesto en la misma compañía en la que él había trabajado tantos años. Empezó sus labores de aprendiz en la naviera poco después de cumplir quince. Parecía mayor. Era muy alto, de profundos ojos grises, delgado, de cabellos negros ensortijados, piel muy clara y dientes parejos, parco, discreto, atildado, amable y servicial. Hablaba un inglés marcado por un deje irlandés, motivo de bromas entre sus primos.
Era un muchacho serio, empeñoso, lacónico, no muy preparado intelectualmente pero esforzado. Se tomó sus obligaciones en la compañía muy en serio, decidido a aprender. Lo pusieron en el departamento de administración y contabilidad. Al principio, sus tareas eran las de un mensajero. Llevaba y traía documentos de una oficina a otra e iba al puerto a hacer trámites entre barcos, aduanas y depósitos. Sus jefes lo consideraban. En los cuatro años que trabajó en la Elder Dempster Line no llegó a intimar con nadie, debido a su manera de ser retraída y sus costumbres austeras: enemigo de francachelas, casi no bebía y jamás se le vio frecuentar los bares y lupanares del puerto. Desde entonces fue un fumador empedernido. Su pasión por África y su empeño en hacer méritos en la compañía lo llevaban a leerse con cuidado, llenándolos de anotaciones, los folletos y las publicaciones que circulaban por las oficinas relacionadas con el comercio marítimo entre el Imperio británico y el África Occidental. Luego, repetía convencido las ideas que impregnaban esos textos. Llevar al África los productos europeos e importar las materias primas que el suelo africano producía, era, más que una operación mercantil, una empresa a favor del progreso de pueblos detenidos en la prehistoria, sumidos en el canibalismo y la trata de esclavos. El comercio llevaba allá la religión, la moral, la ley, los valores de la Europa moderna, culta, libre y democrática, un progreso que acabaría por transformar a los desdichados de las tribus en hombres y mujeres de nuestro tiempo. En esta empresa, el Imperio británico estaba a la vanguardia de Europa y había que sentirse orgullosos de ser parte de él y del trabajo que cumplían en la Elder Dempster Line. Sus compañeros de oficina cambiaban miradas burlonas, preguntándose si el joven Roger Casement era un tonto o un vivo, si creía en esas tonterías o las proclamaba para hacer méritos ante sus jefes.
En los cuatro años que trabajó en Liverpool Roger continuó viviendo donde sus tíos Grace y Edward, a los que entregaba parte de su salario y quienes lo trataban como a un hijo. Se llevaba bien con sus primos, sobre todo con Gertrude, con la que domingos y días feriados iba a remar y a pescar si había buen tiempo, o se quedaba en casa leyendo en voz alta junto a la chimenea si llovía. Su relación era fraterna, sin pizca de malicia ni coquetería. Gertrude fue la primera persona a la que mostró los poemas que escribía en secreto. Roger llegó a conocer al dedillo el movimiento de la compañía y, sin haber puesto nunca los pies en los puertos africanos, hablaba de ellos como si se hubiera pasado la vida entre sus oficinas, comercios, trámites, costumbres y gentes que los poblaban.
Hizo tres viajes al África Occidental en el SS Bounny y la experiencia lo entusiasmó tanto que, luego del tercero, renunció a su empleo y anunció a sus hermanos, tíos y primos que había decidido irse al África. Lo hizo de una manera exaltada y, según le dijo su tío Edward, «como esos cruzados que en la Edad Media partían al Oriente a liberar Jerusalén». La familia fue a despedirlo al puerto y Gee y Nina echaron unos lagrimones. Roger acababa de cumplir veinte años.
Cuando el sheriff abrió la puerta de la celda y lo enanizó con la mirada, Roger estaba recordando, avergonzado, que siempre había sido partidario de la pena de muerte. Lo hizo público hacía pocos años, en su Informe sobre el Putumayo para el Foreign Office, el Blue Book (Libro Azul), reclamando para el peruano Julio César Arana, el rey del caucho en el Putumayo, un escarmiento ejemplar: «Si consiguiéramos que al menos él fuera ahorcado por esos crímenes atroces, eso sería el principio del fin de ese interminable martirio y de la infernal persecución contra los desdichados indígenas». No escribiría ahora esas mismas palabras. Y, antes, se le había venido a la cabeza el recuerdo del malestar que solía sentir al entrar en una casa y descubrir en ella una pajarera. Los canarios, jilgueros o loros enjaulados le habían parecido siempre víctimas de una crueldad inútil.
—Visita —murmuró el sheriff, observándolo con desprecio en los ojos y en la voz. Mientras Roger se levantaba y se sacudía el uniforme de penado a manotazos, añadió con sorna—: Hoy está usted otra vez en la prensa, señor Casement. No por traidor a su patria...
—Mi patria es Irlanda —lo interrumpió él.
—... sino por sus asquerosidades —el sheriff chasqueaba la lengua como si fuera a escupir—. Traidor y malvado al mismo tiempo. ¡Vaya basura! Será un placer verlo bailar en una cuerda, ex sir Roger.
—¿Rechazó el gabinete el pedido de clemencia?
—Todavía —se demoró en responder el sheriff—. Pero lo rechazará. Y también Su Majestad el rey, por supuesto.
—A él no le pediré clemencia. Es el rey de ustedes, no mío.
—Irlanda es británica —murmuró el sheriff—. Ahora más que antes, después de haber aplastado ese cobarde Alzamiento de Semana Santa en Dublín. Una puñalada por la espalda contra un país en guerra. A sus líderes yo no los hubiera fusilado sino ahorcado.
Se calló porque ya habían llegado al locutorio.
No era el padre Carey, el capellán católico de Pentonville Prison, quien había venido a visitarlo, sino Gertrude, Gee, su prima. Lo abrazó con mucha fuerza y Roger la sintió temblar en sus brazos. Pensó en un pajarillo aterido. Cómo había envejecido Gee desde su encarcelación y juicio. Recordó a la muchacha traviesa y animosa de Liverpool, a la mujer atractiva y amante de la vida de Londres, a la que por su pierna enferma sus amigos llamaban cariñosamente Hoppy (Cojita). Era ahora una viejecita encogida y enfermiza, no la mujer sana, fuerte y segura de sí misma de hacía pocos años. La luz clara de sus ojos se había apagado y había arrugas en su cara, cuello y manos. Vestía de oscuro, unas ropas gastadas.
—Debo apestar a todas las porquerías del mundo —bromeó Roger, señalando su uniforme lanudo de color azul—. Me han quitado el derecho a bañarme. Me lo devolverán sólo por una vez, si me ejecutan.
—No lo harán, el Consejo de Ministros aprobará la clemencia —afirmó Gertrude, moviendo la cabeza para dar más fuerza a sus palabras—. El presidente Wilson intercederá por ti ante el Gobierno británico, Roger. Ha prometido enviar un telegrama. Te la concederán, no habrá ejecución, créeme.
Lo decía de manera tan tensa, con una voz tan quebrada, que Roger sintió pena por ella, por todos los amigos que, como Gee, sufrían estos días la misma angustia e incertidumbre. Tenía ganas de preguntarle por los ataques de los periódicos que había mencionado el carcelero, pero se contuvo. ¿El presidente de los Estados Unidos intercedería por él? Serían iniciativas de John Devoy y demás amigos del Clan na Gael. Si lo hacía, su gestión tendría efecto. Todavía quedaba una posibilidad de que el gabinete le conmutara la pena.
No había dónde sentarse y Roger y Gertrude permanecían de pie, muy juntos, dando la espalda al sheriff y al guardia. Las cuatro presencias convertían el pequeño locutorio en un lugar claustrofóbico.
—Gavan Duffy me contó que te habían echado del colegio de Queen Anne’s —se disculpó Roger—. Ya sé que ha sido por mi culpa. Te pido mil perdones, querida Gee. Causarte daño es lo último que hubiera querido.
—No me echaron, me pidieron que aceptara la cancelación de mi contrato. Y me dieron una indemnización de cuarenta libras. No me importa. Así he tenido más tiempo para ayudar a Alice Stopford Green en sus gestiones para salvarte la vida. Eso es lo más importante ahora.
Cogió la mano de su primo y se la apretó con ternura. Gee enseñaba hacía muchos años en la escuela del Hospital de Queen Anne’s, en Caversham, donde llegó a ser subdirectora. Siempre le gustó su trabajo, del que refería divertidas anécdotas en sus cartas a Roger. Y ahora, por su parentesco con un apestado, sería una desempleada. ¿Tendría de qué vivir o quien la ayudara?
—Nadie cree las infamias que están publicando contra ti —dijo Gertrude, bajando mucho la voz, como si los dos hombres que estaban allí pudieran no oírla—. Todas las personas decentes están indignadas de que el Gobierno se valga de esas calumnias para quitarle fuerza al manifiesto que ha firmado tanta gente importante a tu favor, Roger.
Se le cortó la voz, como si fuera a sollozar. Roger la abrazó de nuevo.
—Te he querido tanto, Gee, queridísima Gee —le susurró al oído—. Y, ahora, todavía más que antes. Siempre te agradeceré lo leal que has sido conmigo en las buenas y en las malas. Por eso, tu opinión es una de las pocas que me importa. ¿Sabes que todo lo que he hecho fue por Irlanda, no es cierto? Por una causa noble y generosa, como es la de Irlanda. ¿No es así, Gee?
Ella se había puesto a sollozar, bajito, la cara aplastada contra su pecho.
—Tenían diez minutos y han pasado cinco —recordó el sheriff, sin volverse a mirarlos—. Les quedan cinco todavía.
—Ahora, con tanto tiempo para pensar —dijo Roger, en el oído de su prima—, recuerdo mucho esos años en Liverpool, cuando éramos tan jóvenes y la vida nos sonreía, Gee.
—Todos creían que éramos enamorados y que algún día nos casaríamos —murmuró Gee—. Yo también recuerdo esa época con nostalgia, Roger.
—Éramos más que enamorados, Gee. Hermanos, cómplices. Las dos caras de una moneda. Así de unidos. Tú fuiste muchas cosas para mí. La madre que perdí a los nueve años. Los amigos que nunca tuve. Contigo me sentí siempre mejor que con mis propios hermanos. Me dabas confianza, seguridad en la vida, alegría. Más tarde, en todos mis años en el África, tus cartas eran mi único puente con el resto del mundo. No sabes con qué felicidad recibía tus cartas y cómo las leía y releía, querida Gee.
Se calló. No quería que su prima advirtiera que estaba a punto de llorar él también. Desde joven había detestado, sin duda por su educación puritana, las efusiones públicas de sentimentalismo, pero en estos últimos meses incurría a veces en ciertas debilidades que antes le disgustaban tanto en los demás. Gee no decía nada. Permanecía abrazada a él y Roger sentía su respiración agitada, que hinchaba y deshinchaba su pecho.
—Tú fuiste la única persona a la que enseñé mis poemas. ¿Te acuerdas?
—Me acuerdo que eran malísimos —dijo Gertrude—. Pero yo te quería tanto que te los alababa. Hasta me aprendí alguno de memoria.
—Yo me daba muy bien cuenta de que no te gustaban, Gee. Fue una suerte que nunca los publicara. Estuve a punto, como sabes.
Se miraron y terminaron por reírse.
—Estamos haciendo todo, todo, para ayudarte, Roger —dijo Gee, poniéndose de nuevo muy seria. También su voz había envejecido; antes era firme y risueña y, ahora, vacilante y resquebrajada—. Los que te queremos, que somos muchos. Alice, la primera, por supuesto. Moviendo cielo y tierra. Escribiendo cartas, visitando políticos, autoridades, diplomáticos. Explicando, rogando. Tocando todas las puertas. Ella hace gestiones para venir a verte. Es difícil. Sólo los familiares están permitidos. Pero Alice es conocida, tiene influencias. Conseguirá el permiso y vendrá, verás. ¿Sabías que cuando el Alzamiento en Dublín Scotland Yard registró su casa de arriba abajo? Se llevaron muchos papeles. Ella te quiere y te admira tanto, Roger.
«Lo sé», pensó Roger. Él también quería y admiraba a Alice Stopford Green. La historiadora, irlandesa y de familia anglicana como Casement, cuya casa era uno de los salones intelectuales más concurridos de Londres, centro de tertulias y reuniones de todos los nacionalistas y autonomistas de Irlanda, había sido más que una amiga y una consejera para él en materias políticas. Lo había educado y hecho descubrir y amar el pasado de Irlanda, su larga historia y su floreciente cultura antes de ser absorbida por su poderoso vecino. Le había recomendado libros, lo había ilustrado en apasionadas conversaciones, lo había incitado a que continuara con esas lecciones del idioma irlandés que, por desgracia, nunca llegó a dominar. «Me moriré sin hablar gaélico», pensó. Y, más tarde, cuando él se volvió un nacionalista radical, fue Alice la primera persona que comenzó a llamarlo en Londres con el apodo que le había puesto Herbert Ward y que a Roger le hacía tanta gracia: «El celta».
—Diez minutos —sentenció el sheriff—. Hora de despedirse.
Sintió que su prima se abrazaba a él y que su boca trataba de acercarse a su oído, sin conseguirlo, pues era mucho más alto que ella. Le habló adelgazando la voz hasta hacerla casi inaudible:
—Todas esas cosas horribles que dicen los periódicos son calumnias, mentiras abyectas. ¿No es cierto, Roger?
La pregunta lo tomó tan desprevenido que demoró unos segundos en contestar.
—No sé qué dice de mí la prensa, querida Gee. Aquí no llega. Pero —buscó cuidadosamente las palabras—, seguro que lo son. Quiero que tengas presente una sola cosa, Gee. Y que me creas. Me he equivocado muchas veces, por supuesto. Pero no tengo nada de que avergonzarme. Ni tú ni ninguno de mis amigos tienen que avergonzarse de mí. ¿Me crees, no, Gee?
—Claro que te creo —su prima sollozó, tapándose la boca con las dos manos.
De regreso a su celda, Roger sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Hizo un gran esfuerzo para que el sheriff no lo notara. Era raro que le vinieran ganas de llorar. Que recordara, no había llorado en esos meses, desde su captura. Ni durante los interrogatorios en Scotland Yard, ni durante las audiencias del juicio, ni al escuchar la sentencia que lo condenaba a ser ahorcado. ¿Por qué ahora? Por Gertrude. Por Gee. Verla sufrir de ese modo, dudar de ese modo, significaba cuando menos que para ella su persona y su vida eran preciosas. No estaba, pues, tan solo como se sentía.