Portadilla
Índice
Dedicatoria
Citas
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Sobre el autor
Créditos
A Pilar, hasta el último instante
A Ray-Güde Mertin
A Pepa Sánchez-Manjavacas
El caos es un orden por descifrar.
LIBRO DE LOS CONTRARIOS
Creo sinceramente haber interceptado muchos pensamientos que los cielos destinaban a otro hombre.
LAURENCE STERNE
El hombre que acaba de entrar en la tienda para alquilar una película tiene en su documento de identidad un nombre nada corriente, de cierto sabor clásico que el tiempo ha transformado en vetusto, nada menos que Tertuliano Máximo Afonso. El Máximo y el Afonso, de uso más común, todavía consigue admitirlos, siempre dependiendo de la disposición de espíritu en que se encuentre, pero el Tertuliano le pesa como una losa desde el primer día en que comprendió que el maldito nombre podía ser pronunciado con una ironía casi ofensiva. Es profesor de Historia en un instituto de enseñanza secundaria, y la película se la ha sugerido un colega de trabajo, aunque previniéndole, No es ninguna obra maestra del cine, pero te entretendrá durante hora y media. Verdaderamente Tertuliano Máximo Afonso anda muy necesitado de estímulos que lo distraigan, vive solo y se aburre, o hablando con la exactitud clínica que la actualidad requiere, se ha rendido a esa temporal debilidad de ánimo que suele conocerse como depresión. Para tener una idea clara de su caso, basta decir que estuvo casado y ha olvidado qué lo condujo al matrimonio, se divorció y ahora no quiere ni acordarse de los motivos por los que se separó. A su favor cuenta que no hicieron de la desdichada unión hijos que ahora le vengan exigiendo gratis el mundo en una bandeja de plata, pero la dulce Historia, la seria y educativa asignatura de Historia para cuya enseñanza fue contratado y que podría ser su amable refugio, la contempla desde hace mucho tiempo como una fatiga sin sentido y un comienzo sin fin. Para temperamentos nostálgicos, en general quebradizos, poco flexibles, vivir solo es un durísimo castigo, pero tal situación, reconozcámoslo, aunque penosa, rara vez desemboca en drama convulso, de esos de estremecer las carnes y erizar el pelo. Lo que más abunda, hasta el punto de que ya no causa sorpresa, son personas sufriendo con paciencia el minucioso escrutinio de la soledad, como fueron en el pasado reciente, ejemplos públicos, aunque no especialmente notorios, y hasta en dos casos de afortunado desenlace, aquel pintor de retratos de quien nunca llegamos a conocer nada más que la inicial del nombre, aquel médico de clínica general que regresó del exilio para morir en brazos de la patria amada, aquel corrector de pruebas que expulsó una verdad para plantar en su lugar una mentira, aquel funcionario subalterno del registro civil que hacía desaparecer certificados de defunción, todos pertenecientes, por casualidad o coincidencia, al sexo masculino, aunque ninguno tenía la desgracia de llamarse Tertuliano, y seguro que eso habrá significado para ellos una impagable ventaja en lo que se refiere a las relaciones con sus prójimos. El empleado de la tienda, que ya ha retirado del estante la cinta solicitada, ha escrito en el registro de salida el título de la película y la fecha en que estamos, le indica ahora al cliente la línea donde debe firmar. Trazada tras un instante de duda, la firma deja ver sólo las dos últimas palabras, Máximo Afonso, sin el Tertuliano, pero, como quien decide aclarar de antemano un hecho que podría llegar a ser motivo de controversia, el cliente, al mismo tiempo que las escribe, murmura, Así es más rápido. No le sirvió de mucho haberse curado en salud, porque el empleado, mientras iba copiando en una ficha los datos del carnet de identidad, pronunciaba en voz alta el infeliz y rancio nombre, para colmo con un tono que hasta una inocente criatura reconocería como intencionado. Nadie, creemos, por más limpia de obstáculos que haya sido su vida, se atreverá a decir que nunca le ha sucedido un vejamen de éstos. Antes o después aparece, porque aparece siempre, uno de esos espíritus fuertes para quienes las debilidades humanas, sobre todo las más superiormente delicadas, provocan carcajadas de burla, es la verdad que a veces ciertos sonidos inarticulados que, sin querer, nos salen de la boca, no son otra cosa que gemidos irreprimibles de un dolor antiguo, como una cicatriz que de repente se hace recordar. Mientras guarda la película en su fatigada cartera de profesor, Tertuliano Máximo Afonso, con apreciable brío, se esfuerza por no aparentar el disgusto que le ha causado la gratuita denuncia del empleado de la tienda, pero no puede evitar decirse para sus adentros, aunque recriminándose por la rastrera injusticia del pensamiento, que la culpa es del colega, de la manía que ciertas personas tienen de dar consejos sin que nadie se los haya pedido. Necesitamos tanto echar las culpas a algo lejano cuanto valor nos falta para enfrentar lo que tenemos delante. Tertuliano Máximo Afonso no sabe, no imagina, no puede adivinar que el empleado está arrepentido de su maleducado despropósito, otro oído, más fino que el suyo, capaz de captar las sutiles graduaciones de voz con que declaraba siempre a su disposición como respuesta a las malhumoradas buenas tardes de despedida que le fueron lanzadas, habría percibido que se instalaba allí, tras el mostrador, una gran voluntad de paz. Al fin y al cabo, es benévolo principio mercantil, cimentado en la antigüedad y probado en el uso de los siglos, que la razón siempre la tiene el cliente, incluso en el caso improbable, aunque posible, de que se llame Tertuliano.
Ya en el autobús que lo dejará cerca del edificio donde vive hace media docena de años, o sea, desde que se divorció, Máximo Afonso, empleamos aquí la versión abreviada del nombre porque ante nuestros ojos lo autoriza aquel que es su único señor y dueño, pero sobre todo porque la palabra Tertuliano, estando tan próxima, apenas tres líneas atrás, acabaría perjudicando gravemente la fluidez de la narrativa, Máximo Afonso, decíamos, se encontró preguntándose, de súbito intrigado, de súbito perplejo, qué extraños motivos, qué particulares razones habrían sido las que indujeron al colega de Matemáticas, nos faltó decir que es de Matemáticas el colega, a aconsejarle con tanta insistencia la película que acaba de alquilar, cuando la verdad es que, hasta este día, nunca el llamado séptimo arte fue materia de conversación entre ambos. Se comprendería la recomendación si se tratara de un buen título, de los indiscutibles, en tal caso el agrado, la satisfacción, el entusiasmo por el descubrimiento de una obra de alta calidad estética podrían haber obligado al colega, durante el almuerzo en la cafetería o en el intervalo entre dos clases, a tirarle presurosamente de la manga diciéndole, No recuerdo que hayamos hablado jamás de cine, pero ahora te digo, querido amigo, que tienes que ver, es indispensable que veas Quien no se amaña no se apaña, que es el nombre de la película que Tertuliano Máximo Afonso lleva dentro de la cartera, también esta información estaba faltando. Entonces el profesor de Historia preguntaría, En qué cine la ponen, y el de Matemáticas replicaría, rectificando, No la ponen, la pusieron, la película ya tiene cuatro o cinco años, no sé cómo se me escapó cuando la estrenaron, y a continuación, sin pausa, preocupado por la posible inutilidad del consejo que con tanto fervor ofrecía, Pero quizá ya la hayas visto, No la he visto, voy poco al cine, me contento con el que se exhibe en televisión, y ni eso, Pues entonces deberías verla, la encontrarás en cualquier tienda especializada, o alquílala si no te apetece comprarla. El diálogo podría haber sucedido más o menos de esta manera si el filme mereciese los elogios, pero las cosas, en realidad, ocurrieron mucho menos ditirámbicamente, No es que me quiera meter en tu vida, dijo el de Matemáticas mientras pelaba una naranja, pero de un tiempo a esta parte te encuentro abatido, y Tertuliano Máximo Afonso confirmó, Es verdad, estoy un poco bajo, Problemas de salud, No creo, hasta donde sé no estoy enfermo, lo que sucede es que todo me cansa y aburre, esta maldita rutina, esta repetición, esta uniformidad, Distráete, hombre, distraerse es siempre el mejor remedio, Permíteme que te diga que distraerse es el remedio de quien no lo necesita, Buena respuesta, no hay duda, sin embargo algo tendrás que hacer para salir del marasmo en que te encuentras, O depresión, Depresión o marasmo, da lo mismo, el orden de los factores es arbitrario, Pero no la intensidad, Qué haces cuando no das clase, Leo, oigo música, de vez en cuando me voy a un museo, Y al cine, vas, Voy poco al cine, me conformo con el que programan en televisión, Podías comprar vídeos, organizar una colección, una videoteca, como se dice ahora, Sí, realmente podría, lo malo es que ya me falta espacio para los libros, Entonces alquila, alquilar es la solución, Tengo unos cuantos vídeos, unos documentales científicos, ciencias de la naturaleza, arqueología, antropología, artes en general, también me interesa la astronomía, asuntos de ese tipo, Todo eso está bien, pero necesitas distraerte con historias que no ocupen demasiado espacio en la cabeza, por ejemplo, ya que la astronomía te interesa, me imagino que también te interesará la ciencia ficción, las aventuras en el espacio, las guerras de las galaxias, los efectos especiales, Tal como lo veo y entiendo, los efectos especiales son el peor enemigo de la imaginación, esa pericia misteriosa, enigmática, que tanto trabajo les costó a los seres humanos inventar, No exageres, No exagero, quienes exageran son los que quieren convencerme de que en menos de un segundo, con un chasquido de dedos, se pone una nave espacial a cien mil millones de kilómetros de distancia, Reconoce que para crear esos efectos que tanto desdeñas, también se necesita imaginación, Sí, pero la de otros, no la mía, Siempre podrás usar la tuya a partir del punto donde los otros llegaron, O sea, doscientos mil millones de kilómetros en lugar de cien, No olvides que lo que llamamos hoy realidad fue imaginación ayer, mira Julio Verne, Sí, pero la realidad de ahora es que para ir a Marte, por ejemplo, y Marte en términos astronómicos está, como quien dice, a la vuelta de la esquina, son necesarios nada menos que nueve meses, después tendríamos que esperar allí otros seis meses hasta que el planeta esté de nuevo en el punto adecuado para poder regresar, y finalmente hacer otro viaje de nueve meses para llegar a la Tierra, en total dos años de supremo aburrimiento, una película sobre una ida a Marte en la que la verdad de los hechos se respetara, sería la más enojosa pesadez jamás vista, Ya sé por qué te aburres, Por qué, Porque no hay nada que te satisfaga, Con poco, si lo tuviera, me daría por satisfecho, Algo tienes, una carrera, un trabajo, a primera vista no se ven motivos de queja, Son la carrera y el trabajo los que me tienen a mí, no yo a ellos, De ese mal, suponiendo que realmente lo sea, todos nos quejamos, también a mí me gustaría que me conociesen como un genio de las matemáticas en lugar del mediocre y resignado profesor de enseñanza secundaria que no tengo más remedio que seguir siendo, No me gusto, probablemente ése es el problema, Si me pusieras delante una ecuación de dos incógnitas todavía te podría ofrecer mis talentos de especialista, pero, tratándose de una incompatibilidad de ese calibre, mi ciencia sólo serviría para complicarte la vida, por eso te digo que te entretengas viendo unas películas como quien toma tranquilizantes, no que te dediques a las matemáticas, que dan muchos quebraderos de cabeza, Tienes alguna idea, Idea de qué, De una película interesante, que valga la pena, De ésas no faltan, entra en la tienda, date una vuelta y elige, Pero sugiéreme una, por lo menos. El profesor de Matemáticas pensó, pensó, y por fin dijo, Quien no se amaña no se apaña, Eso qué es, Una película, lo que me has pedido, Parece un refrán, Es un refrán, Toda o sólo el título, Espera a verla, De qué género, El refrán, No, la película, Comedia, Seguro que no es un dramón antiguo, de capa y espada, o uno moderno, de tiros y sangre, Es una comedia ligera, divertida, Voy a tomar nota, cómo has dicho que se llama, Quien no se amaña no se apaña, Muy bien, ya lo tengo, No es ninguna obra maestra del cine, pero te entretendrá durante hora y media.
Tertuliano Máximo Afonso está en casa, tiene en la cara una expresión de duda, nada grave, sin embargo, no es la primera vez que le sucede esto, contemplar el balanceo de la voluntad entre emplear su tiempo preparando algo de comer, lo que, generalmente, no significa más esfuerzo que abrir una lata y poner en la lumbre el contenido, o la alternativa de salir a cenar a un restaurante cercano, donde ya es conocido por la poca consideración que demuestra por la carta, no por actitudes soberbias de cliente insatisfecho, sino por indiferencia, abstracción, por pereza de tener que escoger un plato entre los que le proponen en la corta lista de sobra conocida. Le refuerza la conveniencia de no salir de casa el hecho de haberse traído trabajo del instituto, los últimos ejercicios de sus alumnos, que deberá leer con atención y corregir siempre que atenten peligrosamente contra las verdades enseñadas o se permitan excesivas libertades de interpretación. La Historia que Tertuliano Máximo Afonso tiene la misión de enseñar es como un bonsái al que de vez en cuando se aparan las raíces para que no crezca, una miniatura infantil del gigantesco árbol de los lugares y del tiempo, y de cuanto en ellos va sucediendo, miramos, vemos la desigualdad de tamaño y ahí nos quedamos, pasamos por alto otras diferencias no menos notables, por ejemplo, ningún ave, ningún pájaro, ni siquiera el diminuto picaflor, conseguiría hacer nido en las ramas de un bonsái, y si es verdad que bajo su pequeña sombra, suponiéndolo provisto de suficiente frondosidad, puede acogerse una lagartija, lo más seguro es que al reptil le quede la punta del rabo fuera. La Historia que Tertuliano Máximo Afonso enseña, él mismo lo reconoce y no tiene inconveniente en confesarlo si le preguntan, tiene una enorme cantidad de rabos fuera, algunos todavía agitándose, otros ya reducidos a una piel arrugosa con un collarcito de vértebras sueltas dentro. Acordándose de la conversación con el colega, pensó, Las Matemáticas vienen de otro planeta cerebral, en las Matemáticas los rabos de lagartija sólo serían abstracciones. Sacó los papeles de la cartera y los colocó sobre el escritorio, sacó también la cinta de Quien no se amaña no se apaña, ahí estaban las dos ocupaciones a las que podría dedicar la velada de hoy, corregir los ejercicios, ver la película, aunque sospechaba que el tiempo no daría para todo, ya que no solía ni le gustaba trabajar noche adentro. La urgencia de revisar las pruebas de los alumnos no era sangría desatada, la urgencia de ver la película, ésa no era ninguna. Será mejor seguir con el libro que estaba leyendo, pensó. Después de haber pasado por el cuarto de baño fue al dormitorio a cambiarse de ropa, se mudó de zapatos y pantalones, se puso un jersey sobre la camisa, dejándose la corbata porque no le gustaba verse desgolletado, y entró en la cocina. Sacó de un armario tres latas de diferentes comidas, y como no supo por cuál decidirse, echó mano, que decida la suerte, de una incomprensible y casi olvidada cantinela de infancia que muchas veces, en aquellos tiempos, lo dejaba fuera de juego, y que rezaba así, san roque, san rocó, al que le toque, le tocó, le salió un guiso de carne, que no era lo que más le apetecía, pero pensó que no debía contrariar al destino. Cenó en la cocina, empujando con una copa de vino tinto, y, cuando terminó, casi sin haberlo pensado, repitió la cantinela con tres migajas de pan, la de la izquierda, que era el libro, la de en medio, que eran los ejercicios, la de la derecha, que era la película. Ganó Quien no se amaña no se apaña, está visto que lo que tiene que ser, tiene que ser, y tiene mucha fuerza, no merece la pena jugar con el sino, lo que está de Dios a la mano viene. Esto es lo que generalmente se dice, y, porque se dice generalmente, aceptamos la sentencia sin mayor discusión, cuando nuestro deber de personas libres sería cuestionar con energía un destino despótico que ha determinado, vaya usted a saber con qué maliciosas intenciones, que lo que está de Dios es la película y no los ejercicios o el libro. Como profesor, y de Historia para colmo, este Tertuliano Máximo Afonso, vista la escena que acabamos de presenciar en la cocina, que confía su futuro inmediato, y por ventura el que vendrá después, a tres migajas de pan y a un juego infantil y sin sentido, es un mal ejemplo para los adolescentes que el destino, el mismo u otro, pone en sus manos. No cabrá infelizmente en este relato una anticipación de los probables efectos perniciosos de la influencia de un profesor así en la formación de las jóvenes almas de los educandos, por eso las dejamos aquí, sin otra esperanza que la de que acaben encontrando, un día, en el camino de la vida, una influencia de señal contraria que las libere, quién sabe si in extremis, de la perdición irracionalista que en este momento las amenaza.
Tertuliano Máximo Afonso lavó cuidadosamente la loza de la cena, desde siempre es para él una inviolable obligación dejar todo limpio y repuesto en su lugar después de haber comido, lo que nos enseña, regresando por una última vez a las jóvenes almas arriba citadas, para las que semejante proceder sería, tal vez, si no con alta probabilidad, risible, y la obligación letra muerta, que hasta de alguien tan poco recomendable en temas, asuntos y cuestiones relacionadas con el libre arbitrio es posible aprender alguna cosa. Tertuliano Máximo Afonso recibió de las regladas costumbres de la familia en que fue concebido esta y otras buenas lecciones, en particular de su madre, por fortuna todavía viva y con salud, a quien visitará uno de estos días en la pequeña ciudad de provincia donde el futuro profesor abrió los ojos al mundo, cuna de los Máximo maternos y de los Afonso paternos, y en la que le tocó ser el primer Tertuliano acontecido, nato hace casi cuarenta años. Al padre no tendrá otra solución que visitarlo en el cementerio, así es la puta vida, siempre se nos acaba. La mala palabra le cruzó por la cabeza sin haberla convocado, ha sido por haber pensado en el padre mientras salía de la cocina y añorarlo, Tertuliano Máximo Afonso es poco dado a decir tacos, hasta tal punto que, si en alguna rara ocasión le salen, él mismo se sorprende con la extrañeza, con la falta de convencimiento de sus órganos fónicos, cuerdas vocales, cámara palatina, lengua, dientes y labios, como si estuviesen articulando, contrariados, por primera vez, una palabra de un idioma hasta ahí desconocido. En la pequeña parte de la casa que le sirve de estudio y de cuarto de estar hay un sofá de dos plazas, una mesa baja, de centro, un sillón de orejas que parece acogedor, el televisor enfrente, en el punto de fuga, y, esquinada, dispuesta para recibir la luz de la ventana, la mesa de trabajo donde los ejercicios de Historia y la cinta de vídeo esperan a ver quién gana. Dos de las paredes están forradas de libros, la mayoría con las señales del uso y el agostamiento de la edad. En el suelo una alfombra con motivos geométricos, de colores pardos, o tal vez descoloridos, ayuda a mantener un ambiente confortable, que no pasa de la media, sin fingimiento ni pretensión de aparentar más de lo que es, el sitio de vivir de un profesor de enseñanza secundaria que gana poco, como parece ser obstinación caprichosa de las clases docentes en general, o condena histórica que todavía no han acabado de purgar. La migaja de en medio, es decir, el libro que Tertuliano Máximo Afonso viene leyendo, un ponderado estudio sobre las antiguas civilizaciones mesopotámicas, se encuentra donde anoche quedó, aquí sobre la mesita de centro, a la espera, también, como las otras dos migajas, a la espera, como siempre están las cosas, todas ellas, que de eso no pueden escapar, es la fatalidad que las gobierna, parece que forma parte de su invencible naturaleza de cosas. De una personalidad como se viene anunciando de este Tertuliano Máximo Afonso, que ya ha dado algunas muestras de espíritu errabundo y hasta algo evasivo, en el poco tiempo que le conocemos, no causaría sorpresa, en este momento, una exhibición de conscientes simulaciones consigo mismo, hojeando los ejercicios de los alumnos con falsa atención, abriendo el libro en la página en que la lectura se interrumpió, mirando desinteresado la cinta por un lado y por otro, como si todavía no hubiese decidido acerca de lo que finalmente quiere hacer. Pero las apariencias, no siempre tan engañosas como se dice, a veces se niegan a sí mismas y dejan surgir manifestaciones que abren camino a posibilidades de serias diferencias futuras en un marco de comportamiento que, por lo general, parecía presentarse como definido. Esta laboriosa explicación podría haberse evitado si en su lugar, sin más rodeos, hubiésemos dicho que Tertuliano Máximo Afonso se dirigió directamente, es decir, en línea recta, al escritorio, tomó la cinta, recorrió con los ojos las informaciones del anverso y del reverso de la caja, apreció las caras sonrientes, de buen humor, de los intérpretes, notó que sólo el nombre de uno, el principal, una actriz joven y guapa, le era familiar, aviso de que la película, a la hora de los contratos, no debía de haber sido contemplada con atenciones especiales por parte de los productores, y luego, con el firme movimiento de una voluntad que parecía que nunca había dudado de sí misma, empujó la cinta dentro del aparato de vídeo, se sentó en el sillón, apretó el botón del mando a distancia y se acomodó para pasar lo mejor posible una velada que, si por la muestra prometía poco, menos aún debería cumplir. Y así fue. Tertuliano Máximo Afonso rió dos veces, sonrió tres o cuatro, la comedia, además de ligera, según la expresión conciliadora del colega de Matemáticas, era sobre todo absurda, disparatada, un engendro cinematográfico en el que la lógica y el sentido común se habían quedado protestando al otro lado de la puerta porque no les fue permitida la entrada donde el desatino estaba siendo perpetrado. El título, el tal Quien no se amaña no se apaña, era una de esas metáforas obvias, del tipo blanco es, la gallina lo pone, todo se limitaba a un caso de frenética ambición personal que la actriz joven y guapa encarnaba de la mejor manera que le habían enseñado, salpicado el dicho caso de malentendidos, maniobras, desencuentros y equívocos, en medio de los cuales, por desgracia, la depresión de Tertuliano Máximo Afonso no consiguió encontrar el menor lenitivo. Cuando la película terminó, Tertuliano estaba más irritado consigo mismo que con el colega. A éste le disculpaba la buena intención, pero a él, que ya tenía edad para no andar corriendo detrás de quimeras, lo que le dolía, como les sucede siempre a los ingenuos, era eso mismo, su ingenuidad. En voz alta dijo, Mañana voy a devolver esta mierda, esta vez no hubo sorpresa, sintió que le asistía el derecho a desahogarse por vía grosera, y, además, hay que tener en consideración que ésta sólo es la segunda indecencia que deja escapar en las últimas semanas, y la primera, para colmo, fue de pensamiento, lo que es sólo de pensamiento no cuenta. Miró el reloj y vio que todavía no eran las once, Es temprano, murmuró, y con esto quiso decir, como se vio a continuación, que todavía tenía tiempo para punirse por la liviandad de haber cambiado la obligación por la devoción, lo auténtico por lo falso, lo duradero por lo precario. Se sentó ante el escritorio, se acercó cuidadosamente los ejercicios de Historia, como pidiéndoles perdón por el abandono, y trabajó hasta la madrugada como el maestro escrupuloso que siempre se había preciado de ser, lleno de pedagógico amor por sus alumnos, pero exigentísimo en las fechas e implacable en los sobrenombres. Era tarde cuando llegó al final de la tarea que se había impuesto a sí mismo, sin embargo, todavía repiso por la falta, todavía contrito por el pecado, y como quien ha decidido cambiar un cilicio doloroso por otro no menos correctivo, se llevó a la cama el libro sobre las antiguas civilizaciones mesopotámicas, en el capítulo que trataba de los semitas amorreos y, en particular, de su rey Hammurabi, el del Código. Al cabo de cuatro páginas se durmió serenamente, señal de que había sido perdonado.
Se despertó una hora después. No tuvo sueños, ninguna horrible pesadilla le había desordenado el cerebro, no forcejeó defendiéndose del monstruo gelatinoso que se le pegaba a la cara, sólo abrió los ojos y pensó, Hay alguien en casa. Despacio, sin precipitación, se sentó en la cama y se puso a escuchar. El dormitorio es interior, incluso durante el día no llegan aquí los ruidos de fuera, y a esta altura de la noche, Qué hora es, el silencio suele ser total. Y era total. Quienquiera que fuese el intruso no se movía de donde estaba. Tertuliano Máximo Afonso alargó el brazo hasta la mesilla de noche y encendió la luz. El reloj marcaba las cuatro y cuarto. Como la mayor parte de la gente común, este Tertuliano Máximo Afonso tiene tanto de valiente como de cobarde, no es un héroe de esos invencibles del cine, pero tampoco es un miedica, de los que se orinan encima cuando oyen chirriar a medianoche la puerta de la mazmorra del castillo. Es verdad que sintió que se le erizaba el pelo del cuerpo, pero esto hasta a los lobos les sucede cuando se enfrentan a un peligro, y a nadie que esté en su sano juicio se le pasará por la cabeza sentenciar que los lupinos son unos miserables cobardes. Tertuliano Máximo Afonso va a demostrar que tampoco lo es. Se deslizó sigilosamente de la cama, empuñó un zapato a falta de arma más contundente y, usando mil cautelas, se asomó a la puerta del pasillo. Miró a un lado, luego a otro. La percepción de la presencia que lo despertó se hizo un poco más fuerte. Encendiendo luces a medida que avanzaba, oyendo latirle el corazón en la caja del pecho como un caballo a galope, Tertuliano Máximo Afonso entró en el cuarto de baño y después en la cocina. Nadie. Y la presencia, allí, era curioso, parecía bajar de intensidad. Regresó al pasillo y mientras se iba aproximando al cuarto de estar percibía que la invisible presencia se hacía más densa a cada paso, como si la atmósfera se hubiese puesto a vibrar por la reverberación de una oculta incandescencia, como si el nervioso Tertuliano Máximo Afonso caminara por un terreno radiactivamente contaminado llevando en la mano un contador Geiger que irradiara ectoplasmas en vez de emitir avisos sonoros. No había nadie en el cuarto de estar. Tertuliano Máximo Afonso miró alrededor, allí estaban, firmes e impávidas, las dos altas estanterías llenas de libros, los grabados enmarcados de las paredes, a los que hasta ahora no se había hecho referencia, pero es cierto, ahí están, y ahí, y ahí, y ahí, el escritorio con la máquina de escribir, el sillón, la mesita baja en medio, con una pequeña escultura colocada exactamente en el centro geométrico, y el sofá de dos plazas, y el televisor. Tertuliano Máximo Afonso murmuró en voz muy baja, con temor, Era esto, y entonces, pronunciada la última palabra, la presencia, silenciosamente, como una pompa de jabón reventando, desapareció. Sí, era aquello, el televisor, el vídeo, la comedia que se llama Quien no se amaña no se apaña, una imagen ahí dentro que ha regresado a su sitio después de ir a despertar a Tertuliano Máximo Afonso a la cama. No imaginaba cuál podría ser, pero tenía la seguridad de que la reconocería en cuanto apareciese. Volvió al dormitorio, se puso una bata sobre el pijama para no enfriarse y regresó. Se sentó en el sillón, apretó el botón del mando a distancia e, inclinado hacia delante, con los codos hincados en las rodillas, todo él ojos, ya sin risas ni sonrisas, repasó la historia de la mujer joven y guapa que quería triunfar en la vida. Al cabo de veinte minutos la vio entrar en un hotel y dirigirse al mostrador de recepción, le oyó decir el nombre, Me llamo Inés de Castro, antes ya había notado la interesante e histórica coincidencia, oyó cómo proseguía, Tengo una reserva, el empleado la miró de frente, a la cámara, no a ella, o a ella que se encontraba en el lugar de la cámara, lo que le dijo casi no llegó a percibirlo ahora Tertuliano Máximo Afonso, el dedo de la mano que sostenía el mando a distancia apretó veloz el botón de pausa, sin embargo la imagen ya se había ido, es lógico que no se gaste película inútilmente en un actor, figurante o poco más, que sólo entra en la historia al cabo de veinte minutos. Rebobinó la cinta, pasó otra vez por la cara del recepcionista, la mujer joven y guapa volvió a entrar en el hotel, volvió a decir que se llamaba Inés de Castro y que tenía una reserva, ahora sí, aquí está, la imagen fija del recepcionista mirando de frente a quien le miraba a él. Tertuliano Máximo Afonso se levantó del sillón, se arrodilló delante del televisor, la cara tan pegada a la pantalla como le permitía la visión, Soy yo, dijo, y otra vez sintió que se le erizaba el pelo del cuerpo, lo que allí se veía no era verdad, no podía ser verdad, cualquier persona equilibrada que estuviera presente por casualidad lo tranquilizaría, Qué idea, querido Tertuliano, tenga la bondad de observar que él usa bigote y usted tiene la cara rasurada. Las personas equilibradas son así, acostumbran a simplificarlo todo, y después, pero siempre demasiado tarde, las vemos asombrándose de la copiosa diversidad de la vida, entonces se acuerdan de que los bigotes y las barbas no tienen voluntad propia, crecen y prosperan cuando se les permite, a veces también por pura indolencia del portador, pero, de un instante a otro, porque cambia la moda o porque la pilosa monotonía se vuelve molesta ante el espejo, desaparecen sin dejar rastro. Eso sin olvidar, porque todo puede suceder cuando se trata de actores y artes escénicas, la fuerte probabilidad de que el fino y bien tratado bigote del recepcionista sea, simplemente, un postizo. Cosas así se han visto. Estas consideraciones, que, por obvias, saltarían a la vista de cualquier persona con la mayor naturalidad, podría haberlas producido por su propia cuenta Tertuliano Máximo Afonso si no estuviese tan concentrado buscando en la película otras situaciones en que apareciese el mismo actor secundario, o figurante con líneas de texto, como con más rigor convendría designarlo. Hasta el final de la historia, el hombre del bigote, siempre en su papel de recepcionista, apareció en cinco ocasiones más, cada vez con escaso trabajo, aunque en la última le fue dado intercambiar dos frases pretendidamente maliciosas con la dominadora Inés de Castro y luego, cuando ella se apartaba contorneándose, la miraba con expresión caricaturescamente libidinosa, que el realizador debió de considerar irresistible para el apetito de risas del espectador. Es innecesario decir que si Tertuliano Máximo Afonso no le encontró gracia la primera vez, mucho menos la segunda. Había regresado a la primera imagen, esa en que el recepcionista, en primer plano, mira de frente a Inés de Castro, y analizaba, minucioso, la imagen, trazo a trazo, facción a facción, Salvo unas leves diferencias, pensó, el bigote sobre todo, el corte de pelo distinto, la cara menos rellena, es igual que yo. Se sentía tranquilo ahora, sin duda la semejanza era, por decirlo así, asombrosa, pero no pasaba de eso, semejanzas no faltan en el mundo, véanse los gemelos, por ejemplo, lo que sería de admirar es que habiendo más de seis mil millones de personas en el planeta no se encontrasen al menos dos iguales. Que nunca podrían ser exactamente iguales, iguales en todo, ya se sabe, dijo, como si estuviese conversando con ese su otro yo que lo miraba desde dentro del televisor. De nuevo sentado en el sillón, ocupando por tanto la posición que sería de la actriz que interpretaba el papel de Inés de Castro, jugó a ser, también él, cliente del hotel, Me llamo Tertuliano Máximo Afonso, anunció, y después, sonriendo, Y usted, la pregunta era de lo más consecuente, si dos personas iguales se encuentran, lo natural es querer saber todo una de la otra, y el nombre es siempre lo primero porque imaginamos que ésa es la puerta por donde se entra. Tertuliano Máximo Afonso pasó la cinta hasta el final, allí estaba la lista de los actores de menor importancia, no recordaba si también se mencionarían los papeles que representaban, pues no, los nombres aparecían por orden alfabético, simplemente, y eran muchos. Tomó distraído la caja de la película, recorrió una vez más con los ojos lo que allí se escribía y mostraba, los rostros sonrientes de los actores principales, un breve resumen de la historia, y también, abajo, la ficha técnica, en letra pequeña, y la fecha de la película. Ya tiene cinco años, murmuró, al mismo tiempo que recordaba que eso mismo le había dicho el colega de Matemáticas. Cinco años ya, repitió, y, de repente, el mundo dio otra sacudida, no era el efecto de la impalpable y misteriosa presencia lo que lo había despertado, era algo concreto, y no sólo concreto, también documentable. Con las manos trémulas abrió y cerró cajones, de ellos desentrañó sobres con negativos y copias fotográficas, esparció todo en la mesa, por fin encontró lo que buscaba, un retrato suyo de hacía cinco años. Tenía bigote, el corte de pelo distinto, la cara menos rellena.