Portadilla
Índice
Dedicatoria
Cita
Primera parte
Capítulo 1. Ormaie, 8-11-43 JB-S
Modelos de avión
Apoyo Británico a los antisemitas
Ubicación de los aeródromos ingleses
Capítulo 2. Ormaie, 9,11,43 JB-S
La guardia civil aérea (algunas cifras))
Algunos oficios de la Waaf
Telefonista
Operadora de radio
Comparsa
Cuerpo de señales
Capítulo 3. Ormaie 10-11-43 JB-S
Defensa costera
Defensa costera, versión íntegra
Defensa costera, maldita sea
Capítulo 4. Ormaie 11-11-43 JB-S
Al margen de la historia
¡Prescripciones!
Soldado de artillería antiaérea
Capítulo 5. Ormaie 16-11-43 JB-S
Modelos de avión al azar
Taxi aéreo con el ata
Capítulo 6. Ormaie, 17-11-43 JB-S
Piloto de transporte
Una misión arriesgada
Capítulo 7. Ormaie 18-11-43 JB-S
Capítulo 8. Ormaie, 20-11-43 JB-S
Capítulo 9. Ormaie 21-11-43 JB-S
Formalidades administrativas en tiempos de guerra
Capítulo 10. Ormaie 22-11-43 JB-S
Fichas «s» del ata (secreto)
Operaciones especiales de la raf, cruceros continentales
Análisis
Capítulo 11. Ormaie 23-11-43 JB-S
Entrenamiento para operaciones especiales
Un vuelo de transporte irregular
Operación sirio
Capítulo 12. Ormaie, 24-11-43 JB-S
Capítulo 13. Ormaie 25-11-43 JB-S
Capítulo 14
Capítulo 15. Ormaie 28-11-43 JB-S
Capítulo 16. O. HdV. A. 1872 B. Nº 4 CdB
Segunda parte
Capítulo 17
Notas del accidente
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Informe de incidente
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Informe de incidente Nº 2
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Sobre la autora
Créditos
Grupo Santillana
Para Amanda
—formamos un equipo sensacional—
Las personas que practican la resistencia pasiva deben ser conscientes de que son tan
importantes como los saboteadores.
Del "Manual de operaciones secretas" de la Dirección de Operaciones Especiales (Special Operations Executive, SOE)
«Manual de operaciones especiales»

Ormaie, 8-11-43 JB-S
SOYUNACOBARDE
Me hacía la valiente pero solo estaba fingiendo. Siempre se me ha dado bien hacer teatro. Pasé doce años de mi vida jugando a la batalla del puente Stirling con mis hermanos y, aunque soy chica, me dejaban hacer de William Wallace, que al parecer es antepasado nuestro, porque, de los cinco, yo era la que lanzaba las arengas militares más ardientes. Dios mío, la semana pasada me esforcé al máximo. Señor, les juro que lo intenté. Por desgracia, ahora sé que soy una cobarde. Después del absurdo trato que hice con el Hauptsturmführer von Linden de las SS, debo reconocer que soy patética. Y voy a responder a todo lo que me pregunten. Hasta El Último Detalle.
He aquí el acuerdo. Lo escribo para tenerlo muy presente.
—Vamos a ver —me dijo el Hauptsturmführer—. ¿Cómo podría sobornarte?
Y le pedí que me devolviera la ropa.
Ahora la petición me parece una tontería. Seguro que se esperaba que le respondiera con un desafío («Quiero la libertad» o «La victoria») o que tuviera un gesto generoso, como «Dejen de atormentar a ese pobre chico de la resistencia francesa y denle una muerte digna y misericordiosa». O como mínimo que pidiera algo relacionado con mis circunstancias más inmediatas: «Por favor, deje que me vaya a dormir», «Deme de comer», o quizá: «Quíteme el maldito yugo de hierro que llevo sujeto a la espalda desde hace tres días». Sin embargo, estaba dispuesta a pasar hambre y sueño, a no poder doblar la espalda durante una buena temporada con tal de no andar por ahí en ropa interior, que estaba asquerosa, casi siempre mojada y me hacía sentir horriblemente ABOCHORNADA. El calor y la dignidad que en esas circunstancias suponían mi falda de franela y mi jersey de lana me parecieron más valiosos que el patriotismo o la integridad.
De modo que von Linden me vendió mi propia ropa, prenda a prenda. Salvo el chal y las medias, que me habían quitado hacía tiempo para evitar que me ahorcase (lo intenté). El jersey me costó la descodificación de cuatro grupos de claves; versos, contraseñas y frecuencias incluidos. Von Linden me devolvió el jersey a crédito en cuanto acepté. Me estaba esperando en la celda cuando me desataron al final de aquellos tres días tan horribles, aunque al principio ni siquiera fui capaz de ponérmelo. Sin embargo, el mero gesto de echármelo sobre los hombros me hizo sentir mejor. Ahora que por fin lo llevo puesto, no creo que me lo vuelva a quitar nunca. La falda y la blusa me costaron menos, y los zapatos solo un grupo cada uno.
Hay once en total. En principio, iban a devolverme el viso a cambio del último. No se lo pierdan: me van entregando la ropa de fuera adentro, de tal modo que tengo que pasar por el suplicio de desnudarme delante de todo el mundo cada vez que me devuelven una prenda. Él es el único que no mira (me amenazó con quitármelo todo cuando le dije que se estaba perdiendo el espectáculo). Era la primera vez que exhibía en público todos los daños, y me habría encantado que contemplara su obra de arte, mis brazos en particular. También era la primera vez que conseguía aguantar un rato de pie y quería restregárselo por las narices. En cualquier caso, he decidido prescindir del viso, así no tendré que volver a desnudarme para ponérmelo. A cambio del último grupo he comprado tinta y papel, así como algo de tiempo.
Von Linden ha dicho que tengo dos semanas y que dispondré de tanto papel como necesite. Lo único que he de hacer es largar cuanto pueda recordar sobre la campaña bélica de Inglaterra. Y lo voy a hacer. Von Linden se parece al capitán Garfio por cuanto se da aires de caballero a pesar de ser un bestia, y yo recuerdo a Peter Pan al ser tan ingenua como para confiar en que respetará las reglas y mantendrá su palabra. Hasta el momento, lo ha hecho. Para que empiece mi confesión, me ha entregado este precioso papel de cartas color crema con un nombre estampado en relieve: Château de Bordeaux, el castillo de Bordeaux, porque antes de la ocupación este edificio era un hotel. (Jamás habría creído que un encantador alojamiento francés pudiera convertirse en un lugar tan horriblemente inhóspito de no haber visto las ventanas enrejadas y los candados de las puertas con mis propios ojos. Pero ustedes son capaces de convertir la hermosa ciudad de Ormaie en algo parecido a una mazmorra).
Es mucho tiempo y papel a cambio de un solo grupo, pero es que además de este acto de traición le he prometido a von Linden mi alma, aunque no creo que me haya tomado en serio. De todos modos, será un alivio escribir sobre algo que no guarde relación con claves secretas. Estoy harta de vomitar códigos de radiotelégrafo. Solo cuando me puse a trasladar todas aquellas listas al papel me di cuenta de la enorme cantidad de claves que conozco.
Es increíble, en serio.
ASQUEROSOSCERDOSNAZIS
Estoy condenada. Estoy completa y absolutamente condenada. Al final me ejecutarán, haga lo que haga, porque eso hacen ustedes con los agentes enemigos. Eso hacemos con los agentes enemigos. Y si cuando al finalizar esta confesión conservo la vida y vuelvo a casa, seré juzgada y ejecutada de todos modos por colaboracionista. A pesar de todo, considerando todos los caminos que se abren ante mí, a cual más oscuro y retorcido, ese me parece el más fácil, el más evidente. ¿Qué me depara el futuro? ¿Que me den a beber una lata de queroseno y me acerquen una cerilla a los labios? ¿Ácido y escalpelo, como al chico de la resistencia que se negó a hablar? ¿Convertirme en un esqueleto andante y compartir un vagón de ganado con otros doscientos desgraciados rumbo a Dios sabe dónde para morir de sed antes de llegar siquiera? No. No pienso acabar así. Este es el camino más fácil. Los demás me asustan demasiado para considerarlos siquiera.
Voy a escribir en inglés. Me falta vocabulario para redactar un relato bélico en francés y no poseo tanta fluidez como para escribir en alemán. Alguien se lo tendrá que traducir a Hauptsturmführer von Linden. Fräulein Engel lo puede hacer. Habla muy bien inglés. Fue ella la que me explicó que la parafina y el queroseno son lo mismo. En Inglaterra lo llamamos parafina, pero los americanos lo llaman queroseno, y la palabra suena más o menos igual en francés y en alemán también.
(Acerca de la parafina, queroseno o lo que sea. En realidad no creo que vayan ustedes a malgastar un litro de queroseno conmigo. A no ser que lo consigan en el mercado negro ¿Cómo anotarían el gasto? 1 l de combustible altamente explosivo para ejecución de espía inglés. Sea como sea, haré cuanto esté en mi mano para ahorrarles el desembolso).
Uno de los primeros puntos de la larguísima lista que me han entregado con los temas a incluir en mi confesión es la «ubicación de las bases aéreas inglesas desde las que se proyecta invadir Europa». Fräulein Engel les confirmará que me eché a reír cuando lo leí. ¿De verdad piensan ustedes que tengo la más remota idea de dónde se encuentran las bases desde las que los aliados planean invadir la Europa ocupada? La Dirección de Operaciones Especiales me reclutó porque hablo francés y alemán y se me da bien inventar historias, y si estoy encerrada en el cuartel general de la Gestapo de Ormaie es porque no poseo el más mínimo sentido de la orientación. Tengan en cuenta que las personas que me entrenaron estaban encantadas de que no tuviera la más remota idea de dónde estaban los campos de aviación. Así no podría revelar la información si algún día llegaban a capturarme. Y no olviden que ni siquiera me dijeron el nombre del aeródromo del que despegué rumbo a Francia. Dejen que les recuerde que llevaba menos de 48 horas en Francia cuando sus amables agentes impidieron que un camión francés cargado de gallinas me atropellara porque había mirado en la dirección equivocada antes de cruzar la calle. Lo cual demuestra lo astuta que es la Gestapo. Esta joven que acaba de librarse de una muerte segura pensaba que los coches circulaban por la izquierda. Así pues, debe de ser británica, y es muy probable que haya saltado en paracaídas desde un avión aliado. La arrestaremos bajo la acusación de espionaje.
¿Lo ven? No tengo ningún sentido de la orientación. Algunas personas padecen esa TRÁGICALACRA, y aunque quisiese no podría revelarles «la ubicación de las bases aéreas de ninguna parte». A no ser que alguien me diera las coordenadas. Podría inventármela, tal vez, y quizá lograría convencerles, pero antes o después ustedes me descubrirían.
La lista de cosas que debo revelar incluye también «modelos de aeroplanos operacionales». Dios mío, qué lista tan divertida. Si entendiera lo más mínimo de aviones o me importaran siquiera, estaría pilotándolos para el Transporte Aéreo Auxiliar, como Maddie, la piloto que me trajo aquí, o trabajando como operaria o mecánica. No soplando datos y cifras a la Gestapo como un gusano. (No volveré a mencionar mi cobardía porque empiezo a sentirme indecente. Además, no quiero aburrirles por si me quitan este precioso papel y vuelven a hundirme la cabeza en un cubo de agua helada hasta que pierda el sentido).
No, un momento, algo sí que recuerdo. Les diré los modelos de avión que conozco, empezando por el Puss Moth, el primero que pilotó mi amiga Maddie. De hecho, fue el primer aeroplano en el que viajó e incluso el primero al que se acercó. Y la historia de cómo llegué hasta aquí empieza con ella. No creo que jamás llegue a descubrir cómo acabé en posesión de su carnet de identidad y su permiso de piloto en vez de mi propia documentación cuando me capturaron, pero les hablaré de Maddie y entenderán por qué llegamos juntas a Francia.
MODELOS DE AVIÓN
Maddie se llama en realidad Margaret Brodatt. Tienen su documentación, conocen su nombre. Brodatt no es un nombre inglés, sino ruso, creo, porque su abuelo procedía de Rusia. Sin embargo, ella es cien por cien de Stockport. Al contrario que yo, posee un excelente sentido de la orientación. Sabe guiarse por las estrellas y por puro instinto, pero creo que aprendió a orientarse tan bien porque su abuelo le regaló una motocicleta cuando cumplió dieciséis años. En aquel entonces, le gustaba alejarse de Stockport y recorrer caminos de tierra entre los páramos de los montes Peninos. Sus cumbres se pueden contemplar desde toda la ciudad, verdes y pelados, rodeados de nubes deshilachadas y con el sol desplazándose al fondo como en una película en Tecnicolor. Lo sé porque, estando de permiso, pasé un fin de semana con ella y sus abuelos, y me llevó en su moto al Dark Peak durante la que resultó ser una de las tardes más maravillosas de mi vida. Era invierno, el sol salió apenas cinco minutos y ni siquiera entonces dejó de caer aguanieve. Precisamente porque se preveía un tiempo tan inestable tenía tres días libres. A pesar del clima, durante aquellos cinco minutos Cheshire se iluminó, verde y deslumbrante. Su abuelo tiene una tienda de motos y consiguió algo de gasolina en el mercado negro cuando supo que yo iba a visitarla. Lo cuento (aunque el dato no guarde ninguna relación con los modelos de avión) para demostrar que soy muy consciente de lo que significaba para ella estar sola en lo alto del mundo, envuelta en el rugido de los cuatro vientos y de sus dos cilindros, con toda la llanura de Cheshire, los prados verdes y las chimeneas rojas, extendida a sus pies como una manta de cuadros.
Maddie tenía una amiga llamada Beryl, que había dejado los estudios. En el verano de 1938 Beryl trabajaba en la fábrica textil de Ladderal y los domingos quedaban para ir de picnic porque era el único día que podían verse. Cuando iban en la moto, Beryl se cogía con fuerza a la cintura de Maddie igual que yo hice aquel día. Beryl no llevaba gafas protectoras, ni yo tampoco, pero Maddie sí. Aquel domingo de junio en particular remontaron los caminos entre los muretes de piedra seca que los antepasados de Beryl habían construido y llegaron a lo alto de Highdown Rise, donde el barro les llegaba hasta las pantorrillas. Aquel día Beryl echó a perder su mejor falda y su padre le obligó a comprarse una nueva con el sueldo de la semana siguiente.
—Adoro a tu abuelo —gritó Beryl al oído de Maddie—. Ojalá yo tuviera uno como el tuyo —(comparto su opinión)—. ¡Es fantástico que te regalara una Silent Superb para tu cumpleaños!
—No es tan silenciosa —vociferó Maddie a su vez por encima del hombro—. No era nueva cuando me la regaló y ya tiene cinco años. Pronto tendremos que cambiarle el motor.
—¿No te lo cambiará él?
—Ni siquiera me lo dará hasta que haya desmontado el viejo. Tengo que hacerlo yo misma o me quedaré sin moto.
—De todas formas lo adoro —gritó Beryl.
Avanzaron a toda velocidad por los verdes caminos de Highdown Rise, por sendas de tractor tan abruptas que estuvieron a punto de saltar por encima de los muros a lodazales llenos de ortigas y ovejas. Me acuerdo perfectamente de la zona y estoy segura de que debió de ser así. De vez en cuando, al doblar una curva o en lo alto de una cresta se puede ver la cadena verde y pelada de los Peninos que se despliega serena al oeste, o las chimeneas de las fábricas de Manchester Sur que pintarrajean de humo negro el cielo azul.
—Y tendrás un oficio —gritó Beryl.
—¿Un qué?
—Un oficio.
—¡Reparar motores! —vociferó Maddie.
—Es un oficio. Mejor que cargar lanzaderas.
—A ti te pagan por cargar lanzaderas —aulló Maddie en respuesta—. Yo no recibo nada a cambio.
El camino por el que circulaban estaba sembrado de charcos de lluvia. Parecían las tierras altas de Escocia, solo que en miniatura. Maddie redujo la marcha y detuvo el motor por fin. Puso el pie en tierra, con la falda arremangada hasta los muslos y el viejo zumbido de la moto metido en los huesos.
—¿Quién contrataría a una chica para reparar motores? —dijo—. El abuelo quiere que aprenda a escribir a máquina. Al menos así te ganas la vida.
Tuvieron que bajar de la moto para recorrer el camino encharcado. Remontaron una cuesta y llegaron a un cancela emplazada entre dos campos. Maddie apoyó la motocicleta contra un muro de piedra donde podrían sentarse a comer. Se miraron y se echaron a reír al descubrir que el barro las había salpicado de la cabeza a los pies.
—¿Qué dirá tu padre? —exclamó Maddie.
—¿Y tu abuela?
—Está acostumbrada.
A los picnics, Beryl los llamaba «merendolas», dijo Maddie. Rebanadas de trigo malteado, gruesas como una puerta, que la tía de Beryl horneaba para tres familias cada miércoles y cebollas en vinagre grandes como manzanas. Los bocadillos de Maddie eran de pan de centeno de la panadería de Reddyke, adonde la enviaba su abuela cada viernes. Las cebollas impidieron que siguieran hablando, porque crujían tanto que les impedían oírse mutuamente. Además, debían llevar cuidado al tragar, no se fueran a asfixiar con una súbita explosión de vinagre. (A lo mejor el capitán-tormenta-jefe von Linden podría utilizar las cebollas en vinagre como instrumento de persuasión. Y de paso daría de comer a los prisioneros).
Fräulein Engel me indica que añada, para que el capitán von Linden lo sepa, que he perdido veinte minutos del tiempo que me han concedido porque al llegar aquí me he echado a reír con mi estúpida broma de las cebollas en vinagre y he roto la punta del lápiz. Hemos tenido que esperar a que alguien trajera un cuchillo para afilarlo porque la señorita Engel tiene prohibido dejarme sola. Y luego he perdido otros cinco minutos llorando porque la señorita E. lo ha afilado sobre mi cara mientras el Scharführer Thibaut de las SS me inmovilizaba la cabeza para que las virutas me cayeran en los ojos, y me he puesto muy nerviosa. No volveré a reírme ni a llorar a partir de ahora y procuraré no apretar con tanta fuerza.
En fin, imaginen a Maddie poco antes de la guerra, libre y feliz, con la boca llena de cebolla en vinagre. Solo pudo señalar y atragantarse cuando un avión chisporroteó en lo alto y, dejando una estela de humo tras de sí, planeó sobre el campo que se extendía ante las chicas. Era un Puss Moth.
Les hablaré un poco de este tipo de aviones. Son monoplanos —ya saben, con un solo juego de alas— rápidos y ligeros. El Tiger Moth, en cambio, tiene dos juegos (otro modelo que acabo de recordar). Sus alas se pueden plegar hacia atrás para transportarlo o guardarlo en el hangar. La cabina del piloto ofrece unas vistas impresionantes, y tiene cabida para dos pasajeros además del conductor. He montado un par de veces en uno de ellos y creo que la versión posterior se llama Leopard Moth (¡eh, ya van tres tipos de avión en un solo párrafo!).
Aquel Puss Moth que sobrevolaba el prado de Highdown Rise, el primero que Maddie veía en su vida, estaba a punto de estrellarse. Dijo que era como tener un asiento de primera fila en el circo. El aparato estaba a menos de cien metros de las chicas; Beryl y ella alcanzaban a ver hasta el último detalle del biplano, en miniatura: todos los cables, las riostras de las alas de lona, el movimiento de la hélice de madera que giraba inútilmente contra el viento…. mientras grandes nubarrones de humo azul brotaban del tubo de escape.
—¡Está ardiendo! —gritó Beryl presa de un horror alborozado.
—No está ardiendo. Se le está quemando el aceite —dijo Maddie, que entiende de esas cosas—. Si sabe lo que hace, lo apagará todo y parará el motor. Entonces podrá aterrizar planeando.
Se quedaron mirando. Maddie acertó en sus predicciones: el motor se paró, el humo se disipó y el piloto se dispuso a posar la máquina averiada en el prado que se extendía ante ellas. Era un campo de pastoreo, sin arar y sin segar, pero no había ganado en aquel momento. En lo alto, las alas taparon el sol durante un segundo, infladas como las velas de un barco al viento. El último pase del avión arrastró toda la basura del almuerzo al prado, cortezas oscuras y papeles marrones que revolotearon entre el humo azul como confeti del diablo.
Maddie dijo que habría sido un buen aterrizaje si lo hubiera llevado a cabo en un aeródromo. En el prado, el maltrecho aparato rebotó de mala manera entre los hierbajos a lo largo de treinta metros y, por fin, cayó despacio sobre el morro.
Maddie se puso a aplaudir. Beryl le cogió las manos y le palmeó una.
—¡Para ya, vacaburra! ¡Podría haberse lastimado! ¿Qué hacemos?
Maddie no había tenido intención de aplaudir. Lo había hecho sin pensar. Me la imagino apartándose un rizo negro de la cara de un soplido, con el labio inferior algo adelantado, antes de saltar la cancela y correr por las matas verdes hacia el avión accidentado.
El aeroplano no estaba ardiendo. Maddie escaló hasta el morro del Puss Moth para llegar a la cabina del piloto, y rasgó la tela que cubría el fuselaje (creo que el chasis del avión se llama así) con uno de sus zapatos claveteados. Apuesto a que se encogió avergonzada; tampoco había querido hacerlo. Para cuando abrió la portezuela, se sentía muy abochornada y preocupada. Estaba segura de que el dueño del avión le iba a soltar un sermón, pero descubrió, con un lamentable sentimiento de alivio, que el aviador colgaba boca abajo del arnés medio aflojado, completamente inconsciente. Echó un vistazo a los extraños mandos del aparato. El depósito del aceite no tenía presión (me contó todo eso) y el estrangulador estaba cerrado. Desató el arnés y dejó que el piloto se deslizara al suelo.
Beryl estaba allí para recoger el peso muerto de aquel cuerpo inconsciente. A Maddie le costó menos bajar que subir; solo tuvo que saltar al suelo. Le retiró al piloto el casco y los anteojos. Beryl y ella habían aprendido primeros auxilios en las Girl Guides, por lo que pudiera ser, y se aseguraron de que la víctima aún respirase.
Beryl se echó a reír.
—¿Y ahora quién es la vacaburra? —exclamó Maddie.
—¡Es una chica! —rio Beryl—. ¡Una chica pilotaba el avión!
Beryl se quedó al cuidado de la aviadora inconsciente mientras su compañera montaba en su Silent Superb para pedir ayuda en la granja. Encontró a dos chicarrones de su edad recogiendo estiércol de vaca y a la mujer del granjero clasificando patatas nuevas y maldiciendo al tropel de niñas que hacía un enorme puzle en el suelo de piedra de la cocina (era domingo; en caso contrario habrían estado hirviendo la colada). En seguida se organizó un equipo de rescate. Enviaron a Maddie en su moto al pie de la colina, donde había un bar y una cabina telefónica.
—Necesitará una ambulancia, sabes, cariño —le dijo la mujer del granjero con dulzura—. Si pilotaba un avión, tendrá que ir al hospital.
De camino a la cabina, las palabras resonaron en la cabeza de Maddie. La granjera no había dicho «Si está herida tendrá que ir al hospital» sino «Si pilotaba un avión tendrá que ir al hospital».
¡Una aviadora!, pensó. ¡Una chica que pilota un avión!
No, se corrigió; la chica no pilotaba el aeroplano. La chica había hecho un aterrizaje de emergencia en un prado de ovejas. Aunque, para eso, tenía que haberlo pilotado primero. Para aterrizar (o estrellarse) había que ser piloto.
A Maddie, la conclusión le pareció lógica.
Yo nunca he sufrido un accidente de moto, pensó. Podría pilotar un avión.
Conozco algún otro modelo de aeroplano, pero el que ahora me viene al pensamiento es el Lysander. Ese era el que pilotaba Maddie cuando salté en paracaídas. En teoría tendría que haber aterrizado, no dejarme caer desde el aire. Un disparo nos alcanzó, la cola se incendió y no podía controlar el aparato, de modo que me obligó a saltar antes de intentar un aterrizaje. No la vi descender. Sin embargo, me han enseñado las fotos de la zona y ahora sé que finalmente se estrelló. No obstante, no se puede culpar al piloto si el avión se estrella porque una batería antiaérea lo alcanza.
APOYO BRITÁNICO A LOS ANTISEMITAS
El Puss Moth se estrelló en domingo. Beryl volvió al trabajo al día siguiente. Solo de imaginar su apacible vida, cargando lanzaderas de algodón y criando mocosos junto a un marido borrachín en un barrio industrial de Manchester, mi corazón se retuerce de envidia cochina hasta tal punto que mis lágrimas han emborronado la mitad de esta página antes de que haya reparado siquiera en que estaba llorando. Por supuesto, todo aquello sucedió en 1938. Inglaterra no ha parado de sufrir bombardeos desde entonces, de modo que quizás Beryl y sus hijos hayan muerto, en cuyo caso mis lágrimas de envidia serían profundamente egoístas. Lo siento por el papel. La señorita E. está leyendo esto por encima de mi hombro mientras escribo y me dice que no interrumpa el relato con más disculpas.
Durante la semana siguiente, Maddie se dedicó a reunir recortes de prensa para reconstruir la historia de la aviadora con una avidez digna de lady Macbeth. La piloto se llamaba Dympna Wythenshawe (el nombre es tan ridículo que se me quedó grabado). Era la hija menor y muy consentida de un tal Sir no-sé-cuántos Wythenshawe. El viernes, la prensa vespertina puso el grito en el cielo porque, en cuanto abandonó el hospital, Dympna corrió al aeródromo a seguir ofreciendo vuelos de recreo con su otro avión (un Dragon Rapide, qué lista soy) mientras arreglaban el Puss Moth. Maddie se sentó en el suelo del cobertizo de su abuelo junto a su adorada Silent Superb, que necesitaba infinidad de ajustes si quería tenerla a punto para el fin de semana, y siguió peleándose con los diarios. Había páginas y más páginas dedicadas a las crecientes posibilidades de que estallara una guerra entre China y Japón, y acerca de la inminente guerra en Europa. No obstante, el Puss Moth estrellado en la granja de Highdown Rise era la noticia bomba de las últimas semanas; aquel viernes no apareció ninguna foto del avión, pero sí una instantánea de la cara de la mismísima aviadora, feliz con su melena al viento y muchísimo más guapa que el idiota fascista Oswald Mosley, cuyo careto sonriente fulminaba a Maddie con la mirada desde el espacio preferente en lo alto de la página. Tapó el retrato del tipo con una taza de cacao caliente y se preguntó cuál sería el camino más corto para llegar al aeródromo de Catton Park. La distancia era larga, pero al día siguiente era sábado otra vez.
Por la mañana, Maddie lamentó no haber prestado más atención a la noticia de Oswald Mosley. Estaba allí, allí en Stockport, hablando delante de Saint Mary, junto al mercado dominical, y los cretinos fascistas que lo apoyaban habían organizado una manifestación de recibimiento que partía del ayuntamiento y terminaba allí. El lugar era un caos de vehículos y de personas. A aquellas alturas los partidarios de Mosley habían moderado un poco el tono antisemita, y la marcha, lo crean o no, se celebraba en nombre de la paz; intentaban convencer a todo el mundo de la conveniencia de mantener relaciones cordiales con los cerdos fascistas de Alemania. A los seguidores de Mosley ya no se les permitía presumir de mal gusto luciendo las camisas negras que se ponían para expresar sus simpatías; acababa de entrar en vigor una ley que prohibía llevar uniformes políticos en las manifestaciones públicas, sobre todo para evitar que los partidarios de Mosley provocaran disturbios como los que habían desencadenado sus marchas por los barrios judíos de Londres. Pero de todos modos se habían reunido para aclamarlo. Allí estaba la alegre multitud de sus defensores y también el gentío airado de sus detractores. También, las típicas mujeres cargadas con cestos que intentaban hacer la compra en el mercado dominical, y la policía. Incluso había ganado (unos cuantos guardias iban a caballo y un hombre intentaba conducir un rebaño de ovejas al mercado). Y un carro de leche atascado en mitad del rebaño, y perros, hasta puede que gatos, conejos, pollos y patos.
Maddie no podía cruzar la calle Mayor (no sé cómo se llamaba en realidad. Quizás se llame así realmente porque es la carretera principal cuando entras en la ciudad por el sur, pero no se fíen de mis indicaciones). Se quedó allí plantada, esperando junto a aquella multitud pululante, buscando un hueco. Pasados veinte minutos comenzó a impacientarse. La muchedumbre había crecido tanto que los transeúntes empezaban a empujarla también por detrás. Intentó abrirse paso arrastrando la moto por el manillar y chocó con un chico.
—¡Eh! ¡Vigila lo que haces con esa moto!
—Perdón.
Maddie alzó la vista.
Estaba en medio de un grupo de matones que se habían puesto camisa negra a pesar de la prohibición y llevaban el pelo peinado hacia atrás con gomina Brylcreem, como los aviadores. Se comieron a Maddie con los ojos, seguros de que sería una presa fácil.
—Bonita moto.
—¡Bonitas piernas!
Uno de ellos se rio resoplando por la nariz.
—Bonito…
Pronunció una palabra malsonante que no me molestaré en escribir porque no creo que ninguno de ustedes conozca su significado, y desde luego ignoro el término en francés y en alemán. El matón la usó para provocarla, y lo consiguió. Maddie arrastró la rueda delantera hacia el tipo al que había golpeado en primer lugar para volver a empujarlo. Él cogió el centro del manillar con sus manazas.
Maddie no cedió. Forcejearon un momento con la motocicleta. El chico se negaba a soltarla y sus compinches se echaron a reír.
—¿Y para qué quiere una chiquilla como tú un juguete como ese? ¿Adónde la llevas?
—A la tienda de motos. ¿Adónde te crees tú?
—A Brodatt —dijo uno. Era la única en aquella parte del pueblo.
—Ese que vende motos a los judíos.
—A lo mejor es una moto judía.
No creo que ustedes lo sepan, pero Manchester y sus contaminados suburbios cuentan con una gran población judía y a nadie le importa. Bueno, es evidente que a algunos cerdos fascistas sí, pero supongo que entienden lo que quiero decir. Llegaron de Rusia y de Polonia, luego de Rumanía y Austria, de toda Europa oriental a lo largo del siglo diecinueve. Resulta que la tienda de motocicletas cuyos clientes tanto molestaban a los fascistas era el establecimiento que el abuelo de Maddie poseía desde hacía treinta años. El negocio funcionaba bien, lo suficiente para que mantuvieran el ritmo de vida al que estaban acostumbrados. Vivían en una antigua mansión de Grove Green, a las afueras de la ciudad y tenían jardinero y una muchacha que se encargaba de las faenas durante el día. Sea como fuere, cuando aquellos cretinos empezaron a meterse con la tienda de su abuelo, ella picó el anzuelo como una boba y replicó:
—¿Siempre necesitáis a otros dos para formular una idea? ¿U os las arregláis sin ayuda de vuestros amigos cuando tenéis un rato para pensar?
Los abusones derribaron la moto y a Maddie con ella porque el acoso es la especialidad de los cerdos fascistas.
Por suerte, la gente que los rodeaba prorrumpió en gritos indignados y la pequeña banda de matones se marchó entre risas. Maddie alcanzó a oír la risilla nasal de uno de ellos aun después de que la espalda de este se fundiera con la multitud.
Un grupo de gente más nutrido que el de los chicos acudió a ayudarla, un campesino y una niña con un cochecito de bebé, un niño y dos mujeres con cestas de la compra. No se habían enfrentado a ellos ni habían intervenido, pero ayudaron a Maddie y le sacudieron el polvo. El trabajador pasó las manos por el guardabarros de la Silent Superb con ademán apreciativo.
—¿Se ha hecho daño, señorita?
—¡Bonita moto!
Esto último lo dijo el niño y su madre intervino al momento:
—¡Chist, calla!
Eran las mismas palabras exactas que había pronunciado el chico de la camisa negra que la había empujado.
—Es una preciosidad —dijo el hombre.
—Es muy vieja —repuso Maddie con modestia, aunque el comentario la complació.
—Malditos vándalos.
—Este también te quiere ver las rodillas, cielo —la advirtió una de las mujeres con cesta.
Volviendo a los aviones, Maddie pensó para sí: Esperad y veréis, cerdos fascistas. Pronto tendré un juguete mucho más grande que esta moto.
Recuperada la fe en la humanidad, Maddie se abrió paso entre el gentío y se puso en marcha por las calles más apartadas de Stockport. No había nadie allí salvo unos cuantos niños escandalosos jugando al fútbol en la calle y sus agobiadas hermanas mayores con pañuelos en la cabeza, sacudiendo alfombras y barriendo más mal que bien las escaleras de entrada mientras sus madres hacían la compra. Juro que volveré a llorar de envidia si sigo pensando en ellas, bombardeadas o no.
Fräulein Engel ha estado leyendo otra vez por encima de mi hombro y me ha pedido que deje de escribir «cerdos fascistas», porque cree que al Hauptsturmführer von Linden no le hará gracia. Creo que le tiene un poco de miedo al capitán von Linden (¿quién puede culparla?), y me parece que el Scharführer Thibaut lo teme también.
UBICACIÓN DE LOS AERÓDROMOS
INGLESES
No creo necesario decirles que el aeródromo de Catton Park está en Ilsmere Port, porque durante la última década ha sido el campo de aviación más transitado del norte de Inglaterra. Allí construyen los aviones. Antes de la guerra, albergaba un club de aviación civil de mucho postín, y también ha sido durante años la sede de las Fuerzas Aéreas Reales. Los bombarderos de las Fuerzas Aéreas de la zona llevan desde 1936 despegando de allí. Supongo que ustedes serán tan capaces como yo (y seguramente mucho más) de deducir para qué lo utilizan ahora (no tengo la menor duda de que está rodeado de globos cautivos y baterías antiaéreas). Cuando Maddie llegó a Catton Park aquel sábado por la mañana abrió unos ojos como platos (fueron sus propias palabras) al ver, en primer lugar, el aparcamiento, que albergaba la mayor colección de automóviles de lujo que había contemplado jamás, y luego el cielo, surcado por un conjunto de aviones igual de impresionante. Se apoyó en la verja para observarlos. Al cabo de unos minutos, advirtió que los aviones volaban siguiendo una pauta regular, como si se turnasen para aterrizar y volver a despegar. Media hora después seguía mirando, y supo que uno de los aviadores era un principiante porque al aterrizar su máquina siempre rebotaba un par de metros tras el primer contacto, y que otro era aficionado a las acrobacias más arriesgadas, o que el de más allá ofrecía vuelos de recreo: una vuelta al aeródromo, cinco minutos en el aire, aterrizaje, dame tus dos chelines y pásale los anteojos al próximo cliente, por favor.
Era un lugar abrumador en aquellos tiempos de paz inestable en que pilotos militares y civiles se turnaban para utilizar las pistas, pero Maddie sabía lo que buscaba y siguió las señales que indicaban el camino al club de aviación. Encontró por casualidad a la persona que estaba buscando; de inmediato, a decir verdad, porque Dympna Wythenshawe era el único aviador del campo que descansaba en una tumbona de la larga fila de asientos que se extendía frente a la sede del club. No la reconoció. No se parecía en nada ni a la glamurosa instantánea de los periódicos ni a la víctima inconsciente que había dejado atrás el domingo anterior. Dympna tampoco la reconoció a ella, pero le gritó alegremente:
—¿Busca a alguien que le dé una vuelta?
Hablaba con ese acento refinado que delata dinero y posición. Bastante parecido al mío, aunque sin la «r» escocesa. Quizás no delatase tan buena posición como la mía, pero más dinero. En cualquier caso, Maddie se sintió al momento como una criada.
—Busco a Dympna Wythenshawe —dijo—. Solo quería saber cómo está después de… lo de la semana pasada.
—Está de maravilla —la elegante criatura sonrió complacida.
—Yo la encontré —soltó Maddie.
—Está como una rosa —insistió Dympna a la vez que tendía una mano blanca como los lirios, que jamás en la vida había cambiado un filtro de aceite (mis manos blancas como los lirios sí que lo han hecho, para que lo sepan, pero solo bajo estricta supervisión)—. Está como una rosa. Soy yo.
Maddie le estrechó la mano.
—Toma asiento —la invitó con su exquisito acento (imaginen a una joven como yo, criada en un castillo y educada en un internado suizo, solo que mucho más alta y bastante menos llorona). Señaló con un gesto las tumbonas vacías—. Hay mucho sitio.
Vestía como para ir de safari, y se las ingeniaba para emanar glamour incluso con ese atuendo. Al parecer, daba clases particulares de vuelo además de ofrecer paseos de recreo. Era la única mujer piloto del aeródromo, y desde luego la única instructora femenina.
—Cuando mi querido Puss Moth esté arreglado, te llevaré a dar una vuelta —le ofreció a Maddie, y ella, que no pierde comba, le preguntó si podía ver el avión.
Lo habían desmontado y trasladado al aeródromo desde Highdown Rise. En aquellos momentos, un equipo de hombres y muchachos vestidos con monos de trabajo lo volvían a montar en uno de los grandes hangares. El precioso motor (fue ella quien lo definió así; está un poco loca) tenía solo LAMITADDELAPOTENCIA que la motocicleta de Maddie. Lo estaban limpiando con grandes cepillos de alambre mientras yacía sobre un hule cuadrado, dividido en mil piezas relucientes. Supo al instante que había acudido al lugar adecuado.
—¡Oh! ¿Puedo mirar?
Dympna, aunque jamás en la vida se había ensuciado las manos, conocía todas las válvulas y cilindros que estaban en el suelo, y permitió que Maddie pintara la nueva tela (sobre el fuselaje que había pateado) con un mejunje de pasta plástica llamado «acetato de celulosa» que olía a cebollas en vinagre. Cuando, transcurrida una hora, Maddie seguía allí preguntando qué función tenía cada parte del avión y cómo se llamaba, los mecánicos le entregaron un cepillo de alambre y la dejaron ayudar.
Maddie decía que siempre se sintió muy segura volando en el Puss Moth de Dympna porque había participado en el ensamblaje del motor.
—¿Cuándo volverás? —le preguntó Dympna cuatro horas después, ante dos tazas de té aceitosas.
—Esto está demasiado lejos como para que pueda venir muy a menudo —confesó con tristeza—. Vivo en Stockport. Ayudo a mi abuelo en la tienda a diario, y me paga la gasolina, pero no puedo trasladarme hasta aquí cada fin de semana.
—Eres la chica más afortunada del mundo —repuso Dympna—. En cuanto el Puss Moth pueda volar otra vez, voy a trasladar mis dos aviones a un nuevo campo de aviación de Oakway. Está al lado de Ladderal Mill, donde trabaja tu amiga Beryl. El próximo sábado hay una gran gala en Oakway para celebrar la inauguración oficial del aeródromo. Iré a recogerte y podrás ver el espectáculo desde el banquillo de los pilotos. Beryl también puede venir.
¿Lo ven? Ya les he revelado la ubicación de dos aeródromos.
Ahora estoy un poco mareada porque nadie me ha dado de comer ni de beber desde ayer y llevo nueve horas escribiendo. De modo que me voy a arriesgar a tirar el lápiz a la mesa antes de gritar.