LaVerdadSobreCasoQuebert-5.htm

Todo el mundo hablaba del libro. Ya no podía pasear tranquilo por las calles de Nueva York, no podía hacer jogging por Central Park sin que me reconocieran y exclamaran: «¡Es Goldman, el escritor!». Algunos incluso me seguían durante un rato para preguntarme aquello que les atormentaba: «¿Es cierto lo que cuenta en la novela? ¿Harry Quebert hizo eso?». En el café al que solía ir en el West Village, había clientes que no dudaban en sentarse a mi mesa y empezar a hablar: «Su libro me tiene atrapado, señor Goldman, es imposible dejarlo. El primero era muy bueno, pero éste... He oído que le dieron un millón de dólares por escribirlo... ¿Qué edad tiene? ¿Sólo treinta años? ¡Y ya está forrado!». Hasta el portero de mi edificio, al que había visto leyéndolo entre apertura y apertura de puerta, me tuvo retenido un rato en el ascensor, al terminarlo, para confesarme su desazón: «Entonces ¿eso fue lo que le ocurrió a Nola Kellergan? Qué horror. ¿Dónde vamos a ir a parar, señor Goldman? ¿Dónde?».

Mi libro apasionaba a la flor y nata de Nueva York; tras dos semanas en las librerías ya prometía llegar a ser el más vendido a lo largo y ancho del continente. Todo el mundo quería saber qué había pasado en Aurora en 1975. No dejaba de salir en la televisión, en la radio y en los periódicos. Yo tenía sólo treinta años y con esa novela, la segunda de mi carrera, me había convertido en el escritor más de moda del país.

El caso que sacudía América, y del que había sacado lo esencial de mi narración, había estallado unos meses antes, al principio del verano, cuando se encontraron los restos de una joven desaparecida treinta y tres años antes. Fue el comienzo de la serie de acontecimientos que se relatan a continuación, y sin los que la pequeña ciudad de Aurora habría seguido siendo, sin duda alguna, completamente desconocida para el resto de Estados Unidos.

Primera parte

 

LA ENFERMEDAD DEL ESCRITOR

(8 meses antes de la publicación del libro)

 

31. En los abismos de la memoria

 

 

 

«El primer capítulo, Marcus, es esencial. Si a los lectores no les gusta, no leerán el resto del libro. ¿Cómo tiene pensado empezar el suyo?

—No lo sé, Harry. ¿Cree usted que algún día lo conseguiré?

—¿El qué?

—Escribir un libro.

—Estoy convencido de ello.»

A principios de 2008, aproximadamente año y medio después de haberme convertido, gracias a mi primera novela, en la nueva gran promesa de la literatura norteamericana, estaba inmerso en una terrible crisis de la página en blanco, síndrome que al parecer no es extraño entre los escritores que han conocido un éxito inmediato y clamoroso. La enfermedad no se manifestó de golpe; se fue instalando lentamente dentro de mí. Como si mi cerebro se hubiese ido quedando sin fuerza poco a poco. No quise prestar atención a la aparición de los primeros síntomas: pensé que la inspiración volvería al día siguiente o al otro, o quizá el siguiente. Pero fueron pasando los días, las semanas y los meses y la inspiración nunca regresó.

Mi descenso a los infiernos se dividió en tres fases. La primera, indispensable en cualquier buena caída vertiginosa, fue un ascenso fulgurante: mi primera novela llevaba vendidos dos millones de ejemplares y me había catapultado, con veintiocho años, a la categoría de escritor de éxito. Corría el otoño de 2006 y en pocas semanas mi nombre se había hecho famoso. Estaba en todas partes: en la televisión, en los periódicos, en las portadas de las revistas. Mi rostro destacaba en los inmensos carteles publicitarios del metro. Los críticos más feroces de los grandes diarios de la Costa Este se mostraban unánimes: Marcus Goldman iba a convertirse en un grandísimo escritor.

Un libro, uno solo, y ya veía cómo se me abrían las puertas de una nueva vida, la de las jóvenes estrellas millonarias. Abandoné la casa de mis padres en Montclair, New Jersey, para mudarme a un piso señorial en el Village, cambié mi Ford de tercera mano por un flamante Range Rover con los cristales tintados, comencé a frecuentar restaurantes exclusivos y contraté los servicios de un agente literario que se encargaba de mi agenda y que venía a ver el béisbol en la pantalla gigante de mi nuevo salón. Alquilé, a dos pasos de Central Park, un despacho en el que una secretaria medio enamorada de mí llamada Denise clasificaba mi correspondencia, me preparaba café y archivaba mis documentos importantes.

Durante los seis meses posteriores a la publicación del libro, me había dedicado en cuerpo y alma a disfrutar de las bondades de mi nueva vida. Por las mañanas pasaba por el despacho para hojear los artículos que me dedicaban y leer las decenas de cartas de admiradores que recibía a diario, y que Denise guardaba después en enormes archivadores. Al rato, contento porque ya había trabajado suficiente, salía a deambular por las calles de Manhattan, donde los viandantes murmuraban a mi paso. Dedicaba el resto de la jornada a sacar partido de los nuevos derechos que mi fama me otorgaba: derecho a comprarme lo que me diera la gana, derecho a sentarme en un palco VIP del Madison Square Garden para seguir los partidos de los Rangers, derecho a caminar sobre alfombras rojas junto a las estrellas de la música cuyos discos había comprado cuando era más joven. Derecho incluso a salir con Lydia Gloor, la protagonista de la serie de televisión del momento y a la que todos se rifaban. Era un escritor famoso, tenía la impresión de dedicarme a la profesión más bella del mundo. Y, seguro de que mi éxito iba a durar para siempre, no me preocupaban las primeras advertencias de mi agente y de mi editor, que me instaban a que me pusiera a trabajar y empezara de inmediato a escribir mi segundo libro.

Fue durante los siguientes seis meses cuando me di cuenta de que soplaban vientos contrarios. Las cartas de los admiradores se hicieron cada vez más escasas y en la calle me abordaban menos. Pronto, los que todavía me reconocían empezaron a preguntarme: «Señor Goldman, ¿de qué va a tratar su próximo libro? ¿Y cuándo saldrá?». Comprendí que tenía que ponerme a ello, y de hecho me puse. Escribí ideas en hojas sueltas y esbocé algunas tramas en mi ordenador. Nada merecía la pena. Pensé entonces en otras ideas y desarrollé otras tramas. Sin éxito. Finalmente compré un nuevo ordenador con la esperanza de que incluyera buenas ideas y excelentes tramas. En vano. Intenté después cambiar de método: obligué a Denise a quedarse trabajando hasta altas horas de la noche para que tomara al dictado lo que yo pensaba que eran grandes frases, palabras oportunas y excepcionales comienzos de novela. Pero siempre al día siguiente las palabras me parecían sosas, las frases cojas y mis comienzos, finales. Entraba en la segunda fase de mi enfermedad.

En el otoño de 2007 se cumplió un año de la publicación de mi primer libro, y seguía sin haber escrito una mísera línea del siguiente. Cuando no hubo más cartas que archivar, dejaron de reconocerme en los lugares públicos y mi cara desapareció de las grandes librerías de Broadway, comprendí que la gloria era efímera, una gorgona hambrienta que reemplazaba rápidamente a aquellos que no le daban de comer. Los políticos del momento, la estrella del último reality o el grupo de rock de moda me habían robado mi parte de atención. Y, sin embargo, no habían pasado más de doce cortos meses, un lapso de tiempo ridículamente breve a mis ojos pero que, en la escala de la Humanidad, equivalía a una eternidad. Durante ese mismo año, solamente en Estados Unidos, habían nacido un millón de niños, habían muerto un millón de personas, más de diez mil habían recibido un disparo, medio millón habían caído en la droga, un millón se habían hecho ricas, diecisiete millones habían cambiado de teléfono móvil, cincuenta mil habían fallecido en accidente de coche y, en las mismas circunstancias, dos millones habían sido heridas de mayor o menor gravedad. En cuanto a mí, sólo había escrito un libro.

Schmid & Hanson, la poderosa editorial neoyorquina que me había ofrecido una bonita suma de dinero por publicar mi primera novela y que tantas esperanzas había depositado en mí, presionaba a mi agente, quien, a su vez, me acosaba. Me decía que el tiempo apremiaba, que era absolutamente necesario que presentara un nuevo manuscrito, y yo me dedicaba a tranquilizarle para tranquilizarme a mí mismo, asegurándole que mi segunda novela avanzaba viento en popa y que no había de qué preocuparse. Sin embargo, a pesar de las horas que pasaba encerrado en el despacho, mis páginas seguían estando en blanco: la inspiración se había marchado sin despedirse y yo era incapaz de volverla a encontrar. Por la noche, en mi cama, sin poder conciliar el sueño, pensaba que pronto, y antes de cumplir los treinta, Marcus Goldman dejaría de existir. Ese pensamiento llegó a aterrorizarme de un modo tal que decidí marcharme de vacaciones para refrescar mis ideas: me regalé un mes en un hotel de lujo de Miami, en teoría para inspirarme, íntimamente convencido de que relajarme entre palmeras me permitiría volver a encontrar el pleno uso de mi genio creador. Pero, evidentemente, Florida no era más que un magnífico intento de fuga. Dos mil años antes que yo, el filósofo Séneca había experimentado ya esa dolorosa situación: huyas donde huyas, tus problemas se meten en tu maleta y te siguen a cualquier parte. Fue como si, recién llegado a Miami, un atento mozo de equipajes cubano hubiese corrido detrás de mí hasta la salida del aeropuerto y me hubiese dicho:

—¿Es usted el señor Goldman?

—Sí.

—Entonces esto le pertenece.

Y me hubiese tendido un sobre con un paquete de hojas.

—¿Son mis páginas en blanco?

—Sí, señor Goldman. No pensaría dejar Nueva York sin llevarlas con usted, ¿verdad?

Así pasé ese mes en Florida, en soledad, encerrado en una suite junto a mis demonios, sintiéndome miserable y abatido. En mi ordenador, encendido día y noche, el documento que había titulado nueva novela.doc permanecía desesperadamente virgen. Comprendí que la enfermedad que había contraído estaba muy extendida en el medio artístico el día que invité a un margarita al pianista del bar del hotel. Apoyado en la barra, me contó que sólo había escrito una canción en toda su vida, pero que esa canción había tenido un éxito tremebundo. Fue tan grande que nunca más pudo escribir otra cosa y, arruinado e infeliz, sobrevivía tocando al piano los éxitos de otros para la clientela de los hoteles. «En aquella época hice giras monumentales por las salas más importantes del país —me contaba, agarrándose del cuello de mi camisa—. Diez mil personas gritando mi nombre, chicas desmayándose y otras lanzando las bragas. Digno de ver». Y, después de haber lamido como un perrito la sal que bordeaba su vaso, añadió: «Juro que es verdad». Precisamente lo peor es que yo sabía que era verdad.

La tercera fase de mi desgracia comenzó a mi regreso a Nueva York. En el avión que me traía desde Miami leí un artículo sobre un joven autor que acababa de publicar una novela aclamada por la crítica y, a mi llegada al aeropuerto de LaGuardia, no hice más que ver su rostro en los grandes carteles de la sala de recogida de equipajes. La vida se burlaba de mí: no sólo me olvidaban sino que, encima, me estaban sustituyendo. Douglas, que vino a buscarme, estaba hecho una furia: a los de Schmid & Hanson se les había acabado la paciencia, querían una prueba de que avanzaba y de que pronto podría entregarles un nuevo manuscrito terminado.

—Tiene mala pinta —me dijo en el coche mientras me llevaba a Manhattan—. ¡Dime que has recuperado fuerzas en Florida y que ya tienes el libro muy adelantado! Está el tipo ese del que todo el mundo habla... Su novela va a ser el gran éxito de Navidad. ¿Y tú, Marcus? ¿Qué tienes para Navidad?

—¡Me voy a poner con ello! —exclamé presa del pánico—. ¡Lo conseguiré! ¡Haremos una gran campaña publicitaria y funcionará! ¡A la gente le gustó el primer libro, le gustará el segundo!

—Marc, no lo entiendes: eso podríamos haberlo hecho hace unos meses. Ésa era la estrategia: aprovechar tu éxito, alimentar al público, darle lo que pedía. El público quería a Marcus Goldman, pero como Marcus Goldman se marchó a tocarse las narices a Florida, los lectores han ido a comprarse el libro de otro. ¿Has estudiado algo de economía, Marc? Los libros se han convertido en un producto intercambiable: la gente quiere un libro que les guste, les relaje, les divierta. Y si no se lo das tú, se lo dará el vecino, y tú acabarás en la basura.

Horrorizado por los augurios de Douglas, me puse a trabajar como nunca. Empezaba a escribir a las seis de la mañana y nunca lo dejaba antes de las nueve o las diez de la noche. Pasaba días enteros en el despacho, escribiendo sin parar, llevado por la desesperación, desgranando palabras, tejiendo frases y multiplicando las ideas para la novela. Pero, para mi gran pesar, no producía nada válido. En cuanto a Denise, se pasaba las horas preocupándose por mi estado. Como no tenía otra cosa que hacer, ni dictados que tomar, ni correo que clasificar, ni café que preparar, daba vueltas y vueltas por el pasillo. Y cuando ya no aguantaba más, empezaba a aporrear mi puerta.

—Se lo suplico, Marcus, ¡ábrame! —gemía—. Salga de ese despacho, vaya a pasear un poco por el parque. ¡Hoy no ha comido nada!

Yo le respondía a gritos:

—¡No tengo hambre! ¡No hay comida que valga! ¡No hay libro, no hay comida!

Ella casi sollozaba.

—No diga esas cosas tan horribles, Marcus. Voy a ir al deli de la esquina a comprarle unos sándwiches de roast-beef, sus preferidos. ¡Vuelvo enseguida!

La oía coger el bolso y correr hasta la puerta de entrada antes de lanzarse por las escaleras, como si su apremio fuese a cambiar algo mi situación. Porque yo me había dado cuenta por fin de la gravedad del mal que me roía: escribir un libro partiendo de la nada me había parecido muy fácil pero, ahora que estaba en la cima, ahora que debía asumir mi talento y repetir el agotador camino hacia el éxito que es la escritura de una buena novela, ya no me sentía capaz. La enfermedad me había fulminado y nadie podía ayudarme: aquellos a quienes se lo confiaba me decían que no pasaba nada, que seguramente era muy común y que si no escribía mi libro hoy, lo escribiría mañana. Intenté, durante dos días, ir a trabajar a mi antigua habitación, en casa de mis padres, en Montclair, la misma en la que había encontrado inspiración para mi primera novela. Pero esa tentativa se saldó con un fracaso lamentable, en el que mi madre jugó un papel estelar, especialmente por el hecho de haberse pasado esos dos días sentada a mi lado, escrutando la pantalla de mi ordenador portátil y repitiéndome: «Está muy bien, Markie».

—Mamá, no he escrito una sola línea —acabé diciéndole.

—Pero tengo la sensación de que va a ser muy bueno.

—Mamá, si me dejases solo...

—¿Por qué solo? ¿Te duele la barriga? ¿Tienes que tirarte un pedo? Puedes tirártelo delante de mí, cariño. Soy tu madre.

—No, no voy a tirarme un pedo, mamá.

—Entonces ¿tienes hambre? ¿Quieres tortitas? ¿Gofres? ¿Algo salado? ¿Unos huevos?

—No, no tengo hambre.

—Entonces ¿por qué quieres que te deje? ¿Intentas decirme que te molesta la presencia de la mujer que te dio la vida?

—No, no me molestas, pero...

—Pero ¿qué?

—Nada, mamá.

—Necesitas una novia, Markie. ¿Te crees que no sé que has roto con esa actriz televisiva? ¿Cómo se llamaba?

—Lydia Gloor. De todas formas, no era una cosa seria, mamá. Quiero decir, era algo pasajero.

—¡Algo pasajero, algo pasajero! A eso se dedican los jóvenes de ahora: a cosas pasajeras, ¡y después se encuentran con cincuenta años, calvos y sin familia!

—¿Y a qué viene lo de quedarse calvo, mamá?

—Nada. Pero ¿te parece normal que me entere por una revista de que estás con esa chica? ¿Qué clase de hijo hace eso a su madre, eh? Figúrate que justo antes de tu viaje a Florida, entro en Scheingetz (el peluquero, no el carnicero) y noto que todo el mundo me mira de manera extraña. Pregunto qué pasa, y entonces la señora Berg, con su casco de permanente en la cabeza, me enseña en la revista que está leyendo una foto tuya y de esa Lydia Gloor en la calle, juntos, y el titular que dice que os habéis separado. ¡La peluquería entera sabía que habíais roto y yo ni siquiera me había enterado de que estuvieras saliendo con ella! Claro, que yo no quise pasar por una imbécil: dije que era una mujer encantadora y que venía a menudo a cenar.

—Mamá, no te lo conté porque no era una cosa seria. Entiéndelo, no era la definitiva.

—¡Es que nunca es la definitiva! ¡Nunca encuentras ninguna buena, Markie! Ése es el problema. ¿Crees que las actrices de televisión saben llevar una casa? Mira, ayer mismo me crucé con la señora Levey en el supermercado y, qué casualidad, su hija también está soltera. Sería perfecta para ti. Además, tiene una dentadura preciosa. ¿Quieres que le diga que se pase ahora?

—No, mamá. Estoy intentando trabajar.

En ese instante sonó el timbre de la puerta.

—Creo que son ellas —dijo mi madre.

—¿Cómo que son ellas?

—La señora Levey y su hija. Les dije que viniesen a tomar el té a las cuatro. Son las cuatro en punto. Una buena mujer es una mujer puntual. ¿A que ya empieza a gustarte?

—¿Las has invitado a tomar el té? ¡Échalas, mamá! ¡No quiero verlas! ¡Tengo que escribir un maldito libro! ¡No estoy aquí para jugar a las comiditas, tengo que escribir una novela!

—Ay, Markie, necesitas urgentemente una chica. Una chica con la que prometerte y casarte. Piensas demasiado en los libros y no lo suficiente en el matrimonio...

Nadie se daba cuenta de la gravedad de la situación: necesitaba un nuevo libro obligatoriamente, aunque sólo fuera para cumplir con el contrato que me ligaba a mi editorial. En enero de 2008, Roy Barnaski, poderoso director de Schmid & Hanson, me convocó en su despacho en el piso 51 de un rascacielos de Lexington Avenue para llamarme seriamente al orden: «Bueno, Goldman, ¿cuándo me va a entregar su manuscrito? —ladró—. Nuestro contrato incluye cinco libros. Va a tener que ponerse a trabajar, ¡y pronto! ¡Necesitamos resultados, necesitamos beneficios! ¡Ha incumplido usted el plazo! ¡Lo ha incumplido todo! ¿Ha visto usted al tipo ese que ha sacado su libro antes de Navidad? ¡Le ha robado todo su público! Su agente dice que su próxima novela está casi terminada. ¿Y usted? ¡Usted nos hace perder dinero! Así que espabílese y arregle la situación. Dé un buen golpe, escríbame un buen libro, y salve el pellejo. Le doy seis meses, hasta junio». Seis meses para escribir un libro cuando llevaba casi año y medio bloqueado. Era imposible. Peor aún, Barnaski ni siquiera me había informado de las consecuencias a las que me enfrentaba si no me ponía manos a la obra. De eso se encargó Douglas, dos semanas más tarde, durante la enésima conversación en mi casa. Me dijo: «Vas a tener que escribir, tío, ya no puedes escaquearte. ¡Firmaste para cinco libros! ¡Cinco! Barnaski está hecho una furia, ha perdido la paciencia... Me ha dicho que te dejaba hasta junio. ¿Y sabes lo que va a pasar si no cumples? Van a romper tu contrato, van a llevarte a los tribunales y te van a exprimir del todo. Van a quedarse con toda tu pasta y entonces tendrás que despedirte de tu maravillosa vida, de tu hermoso piso, de tus zapatos italianos, de tu cochazo. No te quedará nada. Te van a sangrar». Así que allí estaba yo, el que un año antes era considerado la estrella naciente de la literatura de este país, convertido en el gran fracaso, en el mayor gusano de la edición norteamericana. Lección número dos: además de ser efímera, la gloria se pagaba. Al día siguiente de la advertencia de Douglas, descolgué el teléfono y marqué el número de la única persona que consideraba que podría sacarme de ese embrollo: Harry Quebert, mi antiguo profesor en la universidad y, sobre todo, uno de los autores más leídos y respetados de América. A él me unía una estrecha amistad desde hacía una decena de años, desde que había sido su alumno en la Universidad de Burrows, en Massachusetts.

En aquel momento llevaba más de un año sin verle y casi el mismo tiempo sin hablar con él por teléfono. Le llamé a su casa, en Aurora, New Hampshire. Al escuchar mi voz, me dijo con tono socarrón:

—¡Hombre, Marcus! ¿Es usted de verdad? Increíble. Desde que es famoso, ya no tengo noticias suyas. Intenté llamarle hace un mes y se puso su secretaria, que me dijo que no estaba usted para nadie.

Fui directo al grano:

—La cosa va mal, Harry. Creo que he dejado de ser escritor.

Inmediatamente se puso serio:

—¿Qué me está usted contando, Marcus?

—Ya no sé qué escribir, estoy acabado. Página en blanco. Desde hace meses. Casi un año.

Estalló en una risa cálida y reconfortante.

—¡Bloqueo mental, Marcus, de eso se trata! Las crisis de la página en blanco son tan estúpidas como los gatillazos: es el pánico del genio, el mismo que le deja la colita desinflada cuando se dispone a jugar a los médicos con una de sus admiradoras y en lo único que piensa es en procurarle un orgasmo tal que sólo se podría medir en la escala de Richter. No se preocupe de la inspiración, conténtese con alinear palabras una tras otra. El genio viene de forma natural.

—¿Eso cree?

—Estoy seguro. Pero debería dejar un poco a un lado sus salidas nocturnas y sus canapés. Escribir es algo serio. Creí que se lo había inculcado.

—¡Pero si estoy trabajando duro! ¡No hago otra cosa! Y, a pesar de todo, no consigo nada.

—Entonces es que necesita un marco propicio. Nueva York es muy bonito, pero sobre todo es demasiado ruidoso. ¿Por qué no se viene aquí, a mi casa, como en la época en la que estudiaba conmigo?

Alejarme de Nueva York y cambiar de aires. Nunca una invitación al exilio me había parecido más sensata. Partir en busca de la inspiración para un nuevo libro a la campiña americana en compañía de mi viejo maestro: era exactamente lo que necesitaba. Así fue como, una semana más tarde, a mediados de febrero de 2008, me marchaba a instalarme en Aurora, New Hampshire. Pocos meses antes de los dramáticos acontecimientos que me dispongo a narrar aquí.

 

*

 

Nadie había oído hablar de Aurora antes del caso que conmovió a los Estados Unidos durante el verano de 2008. Aurora es una pequeña ciudad al borde del océano, aproximadamente a un cuarto de hora de la frontera con Massachusetts. La calle principal tiene un cine —cuya programación sufre un continuo retraso respecto a la del resto del país—, algunas tiendas, una oficina de correos, una comisaría y un puñado de restaurantes, entre ellos el Clark’s, el histórico diner de la ciudad. A su alrededor nada más que tranquilos barrios con casas de madera pintada y acogedores porches, techos de teja y jardines de césped impecablemente cuidado. Es un Estados Unidos dentro de Estados Unidos, un lugar donde no se cierra la puerta con llave; uno de esos sitios que sólo existen en Nueva Inglaterra, tan tranquilos que uno se cree allí a salvo de todo.

Conocía bien Aurora por haber visitado a menudo a Harry en mi época de estudiante. Vivía en una imponente casa de piedra y pino macizo situada en las afueras, junto a la carretera federal 1 en dirección a Maine, y construida al borde de un pequeño cabo que figuraba en las cartas con el nombre de Goose Cove. Era la típica casa de escritor, levantada frente al océano, con una terraza para disfrutar de los días soleados desde la que partía una escalinata que conducía directamente a la playa. A su alrededor no había más que quietud salvaje: bosque costero, montones de guijarros y rocas, vegetación húmeda de musgo y helechos y algunos senderos por los que pasear bordeando el arenal. A veces uno podía creerse en el extremo del mundo si olvidaba que estaba a pocas millas de la civilización. Y podía imaginar fácilmente al viejo escritor creando sus obras maestras en su terraza, inspirado por las mareas y las puestas de sol.

El 10 de febrero de 2008 abandoné Nueva York en el cénit de mi crisis de la página en blanco. En lo que se refería al país, bullía ya por la cercanía de las elecciones presidenciales: días antes, el Súper Martes (celebrado excepcionalmente en febrero en vez de marzo, dejando claro que iba a ser un año fuera de lo común) había terminado con la victoria del senador McCain en el bando republicano, mientras que en el demócrata se libraba una cruenta batalla entre Hillary Clinton y Barack Obama. Hice el trayecto en coche hasta Aurora de un tirón. Había nevado mucho en invierno y los paisajes desfilaban ante mí cubiertos de blanco. Me gustaba New Hampshire: me gustaba su tranquilidad, me gustaban sus frondosos bosques, me gustaban sus estanques cubiertos de nenúfares en los que se podía nadar en verano y patinar en invierno, me gustaba la idea de que no se pagaran tasas ni impuestos sobre los beneficios. En un estado tan libertario, su divisa VIVIR LIBRE O MORIR estampada en las matrículas de los coches que me adelantaban en la autopista resumía perfectamente ese poderoso sentimiento de libertad que me había invadido cada vez que había visitado Aurora. De hecho, recuerdo que, ese día, al llegar a casa de Harry, inmerso en una tarde tan fría como brumosa, tuve una sensación de alivio interior inmediato. Él me esperaba en el porche de su casa, embutido en un enorme chaquetón de invierno. Bajé del coche, vino a mi encuentro, apoyó sus manos sobre mis hombros y me regaló una cálida y enorme sonrisa.

—¿Qué ocurre, Marcus?

—No lo sé, Harry...

—Vamos, vamos. Siempre ha sido usted una persona demasiado sensible.

Antes incluso de deshacer mi equipaje, nos instalamos en su salón para conversar un poco. Bebimos café. Tenía la chimenea encendida; eso me hacía sentir protegido mientras veía, a través del inmenso ventanal, que fuera el viento sacudía las olas y las rocas estaban cubiertas por una capa de nieve húmeda.

—Había olvidado hasta qué punto esto es hermoso —murmuré.

Asintió.

—Mi querido Marcus, ya verá lo bien que me voy a ocupar de usted. Va a parir una novela grandiosa. No se preocupe, todos los grandes escritores pasan por momentos difíciles de este tipo.

Desde que le conocía tenía el mismo aire sereno y confiado. Nunca le había visto dudar: era carismático, seguro de sí mismo, y de su presencia emanaba una autoridad natural. A pesar de haber cumplido sesenta y siete años, tenía un aspecto espléndido, con su larga cabellera plateada todavía en su sitio, sus anchos hombros y un poderoso físico que demostraba su larga dedicación al boxeo. Precisamente el boxeo, que yo también practicaba, fue lo que nos terminó cruzando cuando yo era estudiante.

Los lazos que me unían a Harry, y sobre los que volveré más adelante en este relato, eran fuertes. Había entrado en mi vida en 1998, el año de mi ingreso en la Universidad de Burrows, Massachusetts. En aquella época, él tenía cincuenta y siete años. Hacía entonces tres lustros que brillaba con luz propia en el departamento de Literatura de esa modesta universidad de provincias de ambiente apacible y llena de estudiantes amables y simpáticos. Antes de eso, conocía al Gran Escritor Harry Quebert de nombre, como todo el mundo: en Burrows conocí a Harry Tal Cual, el que iba a convertirse en uno de mis amigos más cercanos a pesar de nuestra diferencia de edad, y el que me enseñaría a convertirme en escritor. Él mismo se había consagrado a mediados de los años setenta, cuando su segundo libro, Los orígenes del mal, había vendido quince millones de ejemplares, además de ganar el National Literary Award y el National Book Award, los dos premios literarios más prestigiosos del país. Después seguiría publicando con un ritmo constante y aseguraría una crónica mensual muy popular en el Boston Globe. Era una de las grandes figuras de la intelligentsia norteamericana: impartía numerosas conferencias, acudía de invitado a los acontecimientos culturales más importantes y su opinión era respetada en cuestiones políticas. Un hombre muy apreciado, un orgullo para el país, entre lo mejor que había producido los Estados Unidos. En esas semanas de estancia en su casa yo esperaba que él consiguiera transformarme de nuevo en escritor y me enseñara cómo salvar el obstáculo de la página en blanco. Sin embargo, tuve que constatar que, si bien Harry consideraba mi situación difícil, no pensaba que fuese anormal. «A veces los escritores tienen lagunas, eso forma parte de los riesgos de la profesión —me explicó—. Póngase a trabajar y ya verá, se desbloqueará por sí mismo». Me instaló en su despacho de la planta baja, donde él mismo había escrito todos sus libros, incluido Los orígenes del mal. Allí pasé horas y horas, intentando escribir a mi vez, pero la mayor parte del tiempo permanecía absorto, mirando el océano y la nieve del otro lado de la ventana. Cuando venía a traerme café u otra cosa que comer, miraba mi expresión desesperada e intentaba levantarme la moral. Una mañana me dijo por fin:

—No ponga usted esa cara, Marcus, que parece que se va a morir.

—Es bastante parecido...

—Venga, atorméntese por cómo va el mundo, por la guerra de Irak, pero no por unos miserables libros... Es muy pronto todavía. Es usted patético, ¿sabe? Hace toda una montaña porque le cuesta ponerse a escribir tres líneas. Mejor mire las cosas de frente: ha escrito un libro formidable, se ha hecho usted rico y famoso, y a su segundo libro le cuesta un poco salir de su cabeza. No hay nada de raro ni de inquietante en esa situación...

—Pero, usted... ¿ha tenido alguna vez ese problema?

Lanzó una sonora carcajada.

—¿El de la página en blanco? ¿Está de broma? ¡Mucho más de lo que pueda usted imaginar, mi pobre amigo!

—Mi editor dice que si no escribo un nuevo libro ahora, estoy acabado.

—¿Sabe usted lo que es un editor? Un escritor frustrado con un papá con suficiente dinero como para permitirle apropiarse del talento de los demás. Ya verá usted, Marcus, pronto volverá todo a su sitio. Tiene usted una gran carrera por delante. Su primer libro era notable, el segundo será aún mejor. No se inquiete, le ayudaré a encontrar su genio creador.

No puedo decir que mi retiro en Aurora me devolviese la inspiración, pero tampoco puedo negar que me sentara bien. Y a Harry también, porque yo sabía que a menudo se sentía solo: era un hombre sin familia y sin muchas distracciones. Fueron días felices. Los pasamos dando largos paseos al borde del océano, escuchando los grandes clásicos de la ópera, recorriendo las pistas de esquí de fondo, disfrutando de los actos culturales locales y organizando expediciones a los supermercados de la zona en busca de las pequeñas salchichas de cóctel que se vendían a beneficio de los veteranos del Ejército americano y que volvían loco a Harry, quien consideraba que ellas solas justificaban la intervención militar en Irak. También íbamos a comer con frecuencia al Clark’s, donde nos pasábamos tardes enteras bebiendo café y disertando sobre la vida, como en la época en la que éramos profesor y alumno. Todo el mundo en Aurora conocía y respetaba a Harry y, con el tiempo, todo el mundo terminó también conociéndome. Las dos personas con las que mejor me llevaba eran Jenny Dawn, la dueña del Clark’s, y Erne Pinkas, un voluntario de la biblioteca municipal muy apegado a Harry que a veces venía a Goose Cove al acabar la jornada para tomar un vaso de whisky escocés. Por mi parte, pasaba todas las mañanas por la biblioteca para leer el New York Times. El primer día me fijé en que Erne Pinkas había puesto un ejemplar de mi libro bien a la vista en un expositor. Me lo mostró con orgullo diciéndome: «Mira, Marcus, tu libro en primera fila. Es el libro más prestado desde hace un año. ¿Para cuándo el próximo?». «A decir verdad, me cuesta un poco empezarlo. Por eso estoy aquí.» «No te preocupes. Encontrarás una idea genial, estoy seguro. Algo que enganche al lector.» «¿Como qué?» «Pues no estoy seguro, el escritor eres tú. Pero hay que encontrar un tema que apasione a la gente.»

En el Clark’s, Harry se sentaba en la misma mesa desde hacía treinta y tres años, la número 17, en la que Jenny había atornillado una placa de metal con la siguiente inscripción:

 

ÉSTA ES LA MESA EN LA QUE DURANTE EL VERANO DE 1975
HARRY QUEBERT ESCRIBIÓ SU FAMOSA NOVELA
Los orígenes del mal

 

Conocía esa placa desde siempre, pero nunca le había prestado demasiada atención. Fue entonces cuando empecé a dedicarle más interés, y me pasé horas contemplándola. Esa fila de palabras grabadas en el metal llegó a obsesionarme: sentado en esa miserable mesa de madera, cubierta de grasa y sirope de arce, en este diner de una pequeña ciudad de New Hampshire, Harry había escrito su grandiosa obra maestra, la que había hecho de él una leyenda de la literatura. ¿Cómo había conseguido inspirarse de ese modo? Yo también quería sentarme a esa mesa, escribir y que el genio me iluminase. De hecho lo hice, me senté allí, con papel y bolígrafo, dos tardes consecutivas. Sin éxito. Al final, pregunté a Jenny:

—Entonces ¿se sentaba en esta mesa y escribía?

Asintió con la cabeza:

—Todo el día, Marcus. Todo el santo día. No paraba nunca. Fue en el verano de 1975, lo recuerdo bien.

—¿Y qué edad tenía en 1975?

—La tuya. Unos treinta años. Quizás algunos más.

Sentí hervir dentro de mí una especie de furor: yo también quería escribir una obra maestra, yo también quería escribir un libro que se convirtiese en una referencia. Harry se dio cuenta cuando, tras casi un mes de estancia en Aurora, comprendió que yo seguía sin parir una sola línea. La escena tuvo lugar a principios de marzo, en el despacho de Goose Cove en el que yo esperaba la Iluminación Divina y en el que irrumpió, ceñido con un delantal de mujer, para traerme las rosquillas que acababa de freír.

—¿Avanza usted? —me preguntó.

—Estoy escribiendo algo grandioso —respondí, tendiéndole el paquete de folios que el mozo de equipajes cubano me había entregado tres meses antes.

Dejó la bandeja y se dispuso a leerlos, pero al instante se dio cuenta de que eran páginas en blanco.

—¿No ha escrito nada? ¿Hace tres semanas que está usted aquí y no ha escrito nada?

Perdí los nervios:

—¡Nada! ¡Nada! ¡Nada que valga! ¡Nada más que ideas para una mala novela!

—Pero por Dios, Marcus, ¿qué es lo que quiere escribir si no es una novela?

Respondí sin pensarlo siquiera:

—¡Una obra maestra! ¡Quiero escribir una obra maestra!

—¿Una obra maestra?

—Sí. ¡Quiero escribir una gran novela, con grandes ideas! Quiero escribir un libro que deje huella.

Harry me contempló un instante y se echó a reír:

—Me fastidia su ambición desmesurada, Marcus, hace mucho tiempo que se lo digo. Se va a convertir usted en un gran escritor, lo sé, estoy convencido desde que le conozco. Pero le voy a decir cuál es su problema: ¡tiene usted demasiada prisa! ¿Qué edad tiene exactamente?

—Treinta años.

—¡Treinta años! ¿Y quiere usted ser desde ya una especie de cruce entre Saul Bellow y Arthur Miller? La gloria llegará, no sea impaciente. Yo mismo tengo sesenta y siete y estoy aterrorizado: el tiempo pasa deprisa, ¿sabe?, y cada año que pasa es otro año que no puedo recuperar. ¿Qué se creía, Marcus? ¿Que iba usted a sacarse de la manga un segundo libro así, tal cual? Una carrera se construye, amigo mío. En cuanto a lo de escribir una gran novela, no se necesitan grandes ideas: conténtese con ser usted mismo y lo conseguirá con toda seguridad, no tengo la más mínima duda. Imparto Literatura desde hace veinticinco años, veinticinco largos años, y usted es la persona más brillante que he conocido.

—Gracias.

—No me lo agradezca, es la pura verdad. Pero no me venga sollozando como un bebé porque todavía no le han dado el Nobel, joder... Treinta años... Bah, le iba a dar yo grandes novelas... El Premio Nobel a la Estupidez, eso es lo que se merece.

—Pero ¿cómo lo hizo usted, Harry? Su libro, en 1976, Los orígenes del mal. ¡Es una obra maestra! Era sólo su segundo libro... ¿Cómo lo hizo? ¿Cómo se escribe una obra maestra?

Sonrió tristemente:

—Marcus: las obras maestras no se escriben. Existen por sí mismas. Y además, si quiere saberlo, para mucha gente es el único libro que he escrito... Me refiero a que ninguno de los que escribí después tuvo el mismo éxito. Cuando se habla de mí, se piensa más bien, y casi exclusivamente, en Los orígenes del mal. Y eso es triste, porque creo que si con treinta años me hubiesen dicho que había llegado a la cima de mi carrera, me habría tirado al mar con toda seguridad. No tenga usted tanta prisa.

—¿Se arrepiente de haber escrito ese libro?

—Quizás... Un poco... No lo sé... El arrepentimiento es un concepto que no me gusta: significa que no asumimos lo que hemos sido.

—Pero entonces ¿qué debo hacer?

—Lo que siempre se le ha dado mejor: escribir. Y si puedo darle un consejo, Marcus, no haga lo que yo. Nos parecemos mucho, ¿sabe?, así que se lo advierto, no repita los errores que cometí.

—¿Qué errores?

—Yo también, el verano que llegué aquí, en 1975, quería escribir una gran novela, estaba obsesionado por la idea y las ganas de convertirme en un gran escritor.

—Y lo ha conseguido...

—No lo entiende: he llegado a ser en verdad un gran escritor, como dice, pero vivo solo en esta inmensa casa. Mi vida está vacía, Marcus. No haga lo que yo... No se deje devorar por su propia ambición. Si no, su corazón estará solo y lo que escriba será triste. ¿Por qué no tiene usted novia?

—No tengo novia porque no encuentro a nadie que me guste de verdad.

—Yo creo sobre todo que folla usted como escribe: o el éxtasis, o la nada. Encuentre a alguien que esté bien, y dele una oportunidad. Haga igual con su libro: dese una oportunidad también. ¡Dé una oportunidad a su vida! ¿Sabe cuál es mi principal ocupación? Dar de comer a las gaviotas. Guardo el pan seco en esa lata que hay en la cocina con la inscripción RECUERDO DE ROCKLAND, MAINE y voy a lanzárselo a las gaviotas. No debería pasarse la vida pensando en escribir...

A pesar de los consejos que intentaba darme Harry, yo seguía obsesionado con esa idea: ¿cómo, a mi edad, había él sentido ese destello, ese momento de genio que le había permitido escribir Los orígenes del mal? Esa pregunta me obsesionaba cada vez más, y como Harry me había instalado en su despacho, me permití registrarlo un poco. Estaba lejos de imaginar lo que iba a descubrir. Todo empezó cuando abrí un cajón en busca de un bolígrafo y me encontré con un cuaderno manuscrito y algunas hojas sueltas: originales de Harry. Aquello me llenó de entusiasmo: se trataba de una inesperada ocasión de comprender cómo trabajaba Harry, de saber si sus cuadernos estaban cubiertos de tachaduras o si la genialidad le llegaba de forma natural. Insaciable, me puse a explorar su biblioteca en busca de otros cuadernos. Para tener vía libre, esperaba a que Harry se fuera de casa; los jueves se marchaba a dar clase a Burrows, salía por la mañana temprano y no volvía hasta el final de la jornada. Así fue como la tarde del jueves 6 de marzo de 2008 se produciría un acontecimiento que decidí olvidar inmediatamente: descubrí que Harry había tenido relaciones con una chica de quince años cuando él tenía treinta y cuatro. Ocurrió durante el año 1975.

Me topé de bruces con su secreto cuando, registrando frenéticamente y sin escrúpulos los estantes de su despacho, encontré, disimulada tras unos libros, una gran caja de madera lacada con una tapa de bisagras. Presentí que me había tocado el gordo, quizás el manuscrito de Los orígenes del mal. Cogí la caja y la abrí, pero, para mi gran decepción, dentro no había manuscrito alguno, sólo unas cuantas fotos y algunos artículos de periódico. Las fotografías mostraban a Harry en sus años jóvenes, la suprema treintena, elegante, orgulloso, y, a su lado, una chica jovencísima. Había cuatro o cinco fotos y aparecía en todas. En una de ellas se veía a Harry en una playa, el torso desnudo, bronceado y musculoso, estrechando contra él a la sonriente joven, que le besaba en la mejilla mientras sus gafas de sol quedaban en equilibrio enganchadas a su larga melena rubia. En el reverso de la foto había una anotación: Nola y yo, Martha’s Vineyard, finales de julio de 1975. En ese instante, demasiado apasionado por mi descubrimiento, no oí a Harry que volvía inusualmente temprano de la universidad: no escuché ni el chirrido de los neumáticos de su Corvette sobre la grava del camino de Goose Cove ni el sonido de su voz cuando entró en la casa. No escuché nada porque en esa caja, bajo las fotos, encontré una carta, sin fechar. Una escritura infantil sobre un bonito papel que decía:

 

No te preocupes, Harry, no te preocupes por mí, me las arreglaré para verte allí. Espérame en la habitación número 8, me gusta esa cifra, es mi número preferido. Espérame en esa habitación a las siete de la tarde. Después nos marcharemos juntos.

Te quiero tanto...

Con mucha ternura,

Nola

 

¿Quién era esa Nola? Con el corazón latiendo a cien por hora, me puse a hojear los recortes de periódico: todos los artículos mencionaban la desaparición de una tal Nola Kellergan una noche de agosto de 1975. La Nola de las fotos de los periódicos se correspondía con la Nola de las fotos de Harry. En ese instante Harry irrumpió en el despacho con una bandeja con tazas de café y un plato de pastas que soltó cuando, al abrir la puerta con el pie, me encontró arrodillado sobre su alfombra con el contenido de su caja secreta esparcido ante mí.

—Pero... ¿qué está haciendo? —exclamó—. ¿Está... está usted husmeando, Marcus? ¿Le invito a mi casa y se dedica a registrar mis cosas? Pero ¿qué clase de amigo es usted?

Empecé a balbucear torpemente:

—Lo vi por casualidad, Harry. Encontré esta caja por casualidad. No debí abrirla... Lo siento.

—¡En efecto, no debió usted abrirla! ¡Qué derecho tenía! ¿Qué derecho, eh?

Me arrancó las fotos de las manos, recogió los recortes a toda prisa, lo amontonó todo dentro de la caja y se fue con ella a encerrarse en su habitación. Nunca lo había visto así, no sabía si se trataba de pánico o de rabia. Intenté pedirle perdón, le expliqué que no había sido mi intención herirle, que había encontrado la caja por casualidad. Sin resultado. No salió de su habitación hasta dos horas más tarde y bajó directamente al salón a servirse algunos whiskies. Cuando me pareció algo más calmado, me acerqué a él.

—Harry... ¿Quién es esa chica? —le pregunté con suavidad.

Bajó los ojos.

—Nola.

—¿Y quién es Nola?

—No me pregunte quién es Nola, se lo ruego.

—Harry, ¿quién es Nola? —insistí.

Balanceó la cabeza.

—Yo la quería, Marcus. La quería tanto.

—¿Y por qué nunca me ha hablado de ella?

—Es complicado...

—Nada es complicado para los amigos.

Se encogió de hombros.

—Ya que ha visto las fotos, será mejor que se lo cuente... En 1975, al llegar a Aurora, me enamoré de esa chica, que sólo tenía quince años. Se llamaba Nola y fue la mujer de mi vida.

Hubo un breve silencio al final del cual pregunté, conmovido:

—¿Qué le pasó a Nola?

—Es una historia sórdida, Marcus. Desapareció. Una tarde de agosto de 1975. Desapareció después de que una vecina la viese huir ensangrentada. Si ha abierto la caja seguramente habrá visto los artículos. Nunca la encontraron, nadie sabe lo que fue de ella.

—Qué horror —suspiré.

Dibujó una gran sonrisa.

—¿Sabe? —dijo—, Nola había cambiado mi vida. Y poco me habría importado convertirme en el gran Harry Quebert, el monumental escritor. Poco me habrían importado la gloria, el dinero y mi grandioso destino si hubiese podido quedarme con Nola. Nada de lo que he llegado a hacer después de ella ha dado tanto sentido a mi vida como el que tuvo el verano que pasé con ella.

Era la primera vez desde que le conocía que veía a Harry tan turbado. Tras mirarme fijamente durante un instante, añadió:

—Marcus, nunca nadie ha sabido nada de esta historia. Ahora es usted el único que la conoce. Y debe mantener el secreto.

—Por supuesto.

—¡Prométamelo!

—Se lo prometo, Harry. Será nuestro secreto.

—Si alguien en Aurora se entera de que tuve una historia de amor con Nola Kellergan, podría ser mi ruina...

—Puede confiar en mí, Harry...

Eso fue todo lo que supe de Nola Kellergan. No volvimos a hablar de ella, ni de la caja, y decidí enterrar para siempre ese episodio en los abismos de mi memoria. Estaba lejos de imaginar que el espectro de Nola regresaría a nuestras vidas unos meses más tarde.

Volví a Nueva York a finales de marzo, tras seis semanas en Aurora que no fueron suficientes para escribir mi próxima novela. Me faltaban tres meses para que acabase el plazo impuesto por Barnaski y yo sabía que no conseguiría salvar mi carrera. Me había quemado las alas, me encontraba oficialmente en decadencia, era el más infeliz y el menos productivo de los escritores estrella de Nueva York. Consagré las semanas siguientes a preparar cuidadosamente mi derrota. Encontré un nuevo trabajo para Denise, me puse en contacto con unos abogados que podrían serme útiles en el momento en que los de Schmid & Hanson decidieran llevarme a los tribunales, e hice la lista de objetos que más apreciaba y que debería esconder en casa de mis padres antes de que me los embargaran. Cuando comenzó el mes de junio, fatídico mes, mes patibulario, me puse a contar los días que faltaban para mi muerte artística: me quedaban treinta días, después sería llamado al despacho de Barnaski y después la ejecución. Había empezado la cuenta atrás. No podía imaginarme que un acontecimiento dramático cambiaría las tornas.

 

30. El Formidable

 

 

 

«El capítulo 2 es muy importante, Marcus. Debe ser incisivo, contundente.

—¿Como qué, Harry?

—Como cuando boxea. Es usted diestro, pero en posición de defensa es siempre su puño izquierdo el que está adelantado: el primer directo aturde a su adversario, seguido de un poderoso gancho de derecha que le tumba. Eso es lo que debería ser el capítulo 2: un derechazo en la mandíbula de los lectores.»

Sucedió el jueves 12 de junio de 2008. Había pasado la mañana en casa, leyendo en el salón. Fuera hacía calor, pero llovía: hacía tres días que sobre Nueva York caía una bochornosa llovizna. Sería la una de la tarde cuando recibí una llamada de teléfono. Respondí, pero primero me pareció que no había nadie al otro lado. Después, escuché un sollozo ahogado.

—¿Diga? ¿Diga? ¿Quién es? —pregunté.

—Está... está muerta.

Su voz era apenas audible, pero la reconocí inmediatamente.

—¿Harry? Harry, ¿es usted?

—Está muerta, Marcus.

—¿Muerta? ¿Quién?

—Nola.

—¿Qué? Pero ¿cómo?

—Está muerta, y todo es culpa mía. Marcus... ¿Qué es lo que he hecho, Dios mío, qué es lo que he hecho?

Lloraba.

—Harry, ¿de qué me está usted hablando? ¿Qué está intentando decirme?

Colgó. Llamé inmediatamente a su casa, sin respuesta. Llamé a su móvil, sin éxito. Lo intenté varias veces, dejé varios mensajes en su contestador. Pero no volví a tener noticias. Estaba muy inquieto. Ignoraba en ese preciso instante que Harry me había llamado desde la comisaría central de la policía estatal, en Concord. No entendí nada de lo que estaba pasando hasta que, sobre las cuatro de la tarde, me llamó Douglas.

—Por Dios, Marc, ¿te has enterado? —gritó.

—¿Enterarme de qué?

—¡Enciende la televisión! ¡Se trata de Harry Quebert! ¡Es Quebert!

—¿Quebert? ¿Qué pasa con Quebert?

Puse inmediatamente las noticias. En la pantalla aparecieron, ante mi estupefacción, imágenes de la casa de Goose Cove y escuché al presentador decir: Es aquí, en su casa de Aurora, en New Hampshire, donde el escritor Harry Quebert ha sido detenido hoy después de que la policía desenterrara restos humanos en su propiedad. Según los primeros elementos de la investigación, podría tratarse del cuerpo de Nola Kellergan, una joven de la región que desapareció de su domicilio en agosto de 1975 cuando contaba quince años, sin que nunca se supiese más de ella... De pronto todo empezó a girar a mi alrededor; me dejé caer sobre el sofá, completamente aturdido. Ya no oía nada: ni la televisión, ni a Douglas, que seguía al teléfono y que bramaba: «¿Marcus? ¿Estás ahí? ¿Oye? ¿Mató a una chiquilla? ¿Ha matado a una chiquilla?». En mi cabeza se mezclaba todo, como en un mal sueño.

Así fue como me enteré, al mismo tiempo que todo un sorprendido país, de lo que se había producido horas antes: a primera hora de la mañana, una empresa de jardinería se había presentado en Goose Cove, a petición de Harry, para plantar macizos de hortensias en las cercanías de la casa. Al remover la tierra, los jardineros habían encontrado huesos humanos a un metro de profundidad y habían alertado inmediatamente a la policía. No tardaron mucho en desenterrar un esqueleto entero. Harry había sido detenido.

En la televisión las imágenes se sucedían deprisa. Alternaban las conexiones en directo con Aurora, en el escenario del crimen, y Concord, la capital de New Hampshire, sesenta millas al noroeste, donde Harry permanecía detenido en la sede de la brigada criminal de la policía estatal. Varios equipos de periodistas se habían presentado en el lugar y seguían de cerca la investigación. Al parecer, un indicio encontrado junto al cuerpo permitía pensar que muy probablemente se trataba de los restos de Nola Kellergan; un responsable de la policía había indicado ya que, si bien esa información debería ser confirmada, eso señalaría también a Harry Quebert como sospechoso del asesinato de una tal Deborah Cooper, la última persona que había visto con vida a Nola el 30 de agosto de 1975, que había sido encontrada muerta ese mismo día, tras haber llamado a la policía. Era una auténtica locura. Los rumores crecían de forma exponencial, la información atravesaba el país en tiempo real, gracias a la televisión, la radio, Internet y las redes sociales: Harry Quebert, sesenta y siete años, uno de los grandes autores de la segunda mitad del siglo, era un sórdido asesino de niñas.

Necesité mucho tiempo para darme cuenta de lo que estaba pasando: quizás varias horas. A las ocho de la tarde, cuando Douglas, inquieto, se presentó en mi casa para asegurarse de que había encajado el golpe, todavía estaba convencido de que se trataba de un error. Le dije:

—No me lo explico, ¡cómo pueden acusarle de dos asesinatos cuando ni siquiera están seguros de que se trata del cuerpo de esa Nola!

—Lo que está claro es que había un cadáver enterrado en su jardín.

—Pero ¿por qué entonces habría ordenado cavar en el sitio donde estaba enterrado un cuerpo? ¡No tiene ningún sentido! Tengo que ir.

—¿Tienes que ir adónde?

—A New Hampshire. Tengo que ir a defender a Harry.

Douglas respondió con ese sentido común tan campesino que caracteriza a los nativos del Medio Oeste.

—Ni se te ocurra, Marc. No vayas. No vayas a mezclarte en esa mierda.

—Harry me llamó por teléfono...

—¿Harry? ¿Hoy?

—Sobre la una de esta tarde. Imagino que era la llamada a la que tenía derecho. ¡Tengo que ir a apoyarle! Es muy importante.

—¿Importante? Lo que importa más es tu segundo libro. Espero que no te hayas estado quedando conmigo y que tengas preparado un manuscrito para finales de mes. Barnaski está a punto de perder la paciencia. ¿Es que no te das cuenta de lo que le va a pasar a Harry? No te metas en ese lío, Marc, ¡eres demasiado joven! No dinamites tu carrera.

No respondí. En la televisión, el ayudante del fiscal del Estado acababa de presentarse ante un grupo de periodistas. Enumeró los cargos que pesaban sobre Harry: secuestro en primer grado y doble asesinato en primer grado. Se le acusaba oficialmente de haber matado a Deborah Cooper y a Nola Kellergan. Y por la suma de los cargos del secuestro y los asesinatos podía ser condenado a muerte.

 

La caída de Harry no había hecho más que empezar. Las imágenes de la audiencia preliminar que tuvo lugar al día siguiente dieron la vuelta al país. Rodeado por decenas de cámaras de televisión y de fotógrafos, se le vio entrar en la sala del tribunal, esposado y escoltado por la policía. Tenía un aspecto muy desmejorado: el rostro sombrío, sin afeitar, el pelo revuelto, la camisa desabotonada, los ojos hinchados. Benjamin Roth, su abogado, estaba a su lado. Roth era un reputado letrado de Concord, había aconsejado a menudo a Harry en el pasado y yo le conocía un poco por habérmelo cruzado alguna vez en Goose Cove.

El milagro de la televisión permitió a todos los Estados Unidos seguir en directo esa audiencia en la que Harry se declaró no culpable de los crímenes de los que se le acusaban, y en la que el juez ordenó su detención provisional en la prisión estatal de New Hampshire. No era más que el principio de la tormenta: en aquel instante, yo tenía todavía la ingenua esperanza de una solución rápida, pero una hora después de la audiencia recibí una llamada de Benjamin Roth.

—Harry me ha dado su número —me dijo—. Insistió en que le llamase, quiere decirle que es inocente y que no ha matado a nadie.

—¡Ya sé que es inocente! —respondí—. Estoy convencido de ello. ¿Cómo está?

—Mal, como puede imaginar. La policía le ha presionado. Ha confesado que mantenía una relación con Nola el verano de su desaparición.

—Ya estaba al corriente de lo de Nola. Pero ¿y lo demás?

Roth dudó un segundo antes de responder:

—Lo niega. Pero...

Se interrumpió.

—Pero ¿qué? —pregunté, inquieto.

—Marcus, no quiero ocultarle que va a ser difícil. Tienen cosas contundentes.

—¿Qué entiende usted por contundente? ¡Dígamelo, por Dios! ¡Necesito saberlo!

—Esto debe quedar entre nosotros. Nadie debe enterarse.

—No diré nada. Puede confiar en mí.

—Junto a los restos de la chiquilla, la policía ha encontrado el manuscrito de Los orígenes del mal.

—¿Cómo?

—Lo que le digo: el manuscrito de ese maldito libro estaba enterrado junto a ella. Harry está metido en un buen lío.

—¿Ha dado alguna explicación?

—Sí. Ha dicho que escribió ese libro para ella. Que estaba siempre metida en su casa, en Goose Cove, y que a veces se llevaba sus hojas para leerlas. Dice que días antes de que desapareciera se había llevado el manuscrito.

—¿Cómo? —exclamé—. ¿Había escrito ese libro para ella?

—Sí. Esto es algo que no debe trascender bajo ningún concepto. Supongo que se imaginará el escándalo si los periodistas se enteran de que uno de los libros más vendidos de los últimos cincuenta años en Estados Unidos no es el simple relato de una historia de amor, como todo el mundo imagina, sino el fruto de una relación amorosa ilegal entre un tipo de treinta y cuatro años y una chica de quince...

—¿Cree que podrá sacarle bajo fianza?

—¿Bajo fianza? Me parece que no ha entendido la gravedad de la situación, Marcus: no hay libertad bajo fianza cuando se está hablando de un crimen capital. Harry se enfrenta a la inyección letal. De aquí a unos diez días será presentado ante un Gran Jurado que decidirá si se confirman los cargos y, por tanto, si se le juzgará. No suele ser más que una formalidad, no hay duda de que habrá un juicio. Dentro de unos seis meses, quizás un año.

—¿Y mientras tanto?

—Deberá permanecer en prisión.

—Pero ¿y si es inocente?

—Es la ley. Se lo repito, la situación es muy grave. Está acusado de haber asesinado a dos personas.

Me hundí en el sofá. Tenía que hablar con Harry.

—¡Dígale que me llame! —insistí a Roth—. Es muy importante.

—Le pasaré el mensaje...

—¡Dígale que debo hablar con él sin falta, y que espero su llamada!

Inmediatamente después de haber colgado, saqué Los orígenes del mal de mi biblioteca. En la primera página estaba la dedicatoria del Maestro:

 

A Marcus, mi alumno más brillante.

Con toda mi amistad,

H. L. Quebert, mayo de 1999

 

Me sumergí de nuevo en ese libro que no había vuelto a abrir desde hacía años. Era una historia de amor, contada a través de una mezcla de narración y cartas; la historia de un hombre y una mujer que se amaban sin tener derecho a ello. Así que había escrito ese libro para esa misteriosa chica de la que yo todavía no sabía nada. Cuando, de madrugada, terminé de releerlo, me detuve un tiempo en el título. Y por primera vez me pregunté sobre su significado: ¿por qué Los orígenes del mal? ¿De qué mal hablaba Harry?

 

*

 

En los siguientes tres días los análisis de ADN y las placas dentales confirmaron que los restos desenterrados en Goose Cove eran efectivamente los de Nola Kellergan. El examen del cráneo permitió establecer que se trataba de una niña de quince años, lo que indicaba que Nola había muerto justo después de su desaparición. Pero, sobre todo, una fractura en el parietal permitía afirmar con certeza, incluso más de treinta años después de los hechos, que la víctima había muerto de manera violenta por un golpe en la cabeza.

No tenía noticias de Harry. Había intentado ponerme en contacto con él a través de la policía estatal, la prisión o incluso Roth, pero sin éxito. Daba vueltas y vueltas en mi piso, torturado por miles de preguntas, me atormentaba su misteriosa llamada. Al terminar el fin de semana, no podía aguantar más, consideraba que no tenía más elección que ir a ver lo que pasaba en New Hampshire.

 

A primera hora del lunes 16 de junio de 2008, metí las maletas en mi Range Rover y abandoné Manhattan por la Franklin Roosevelt Drive, que serpentea junto al East River. Vi desfilar Nueva York: Harlem, el Bronx, antes de alcanzar la interestatal 95 en dirección norte. Sólo cuando estuve lo bastante metido en el Estado de Nueva York como para no dejarme convencer para que renunciase y volviese a mi casa como un buen chico, previne a mis padres de que estaba de camino a New Hampshire. Mi madre me dijo que estaba loco:

—Pero ¿en qué estás pensando, Markie? ¿Vas a ir a defender a ese criminal bárbaro?

—No es un criminal, mamá. Es un amigo.

—Pues bien, ¡tus amigos son unos criminales! Papá está a mi lado, dice que estás huyendo de Nueva York por culpa de los libros.

—No estoy huyendo.

—Entonces ¿estás huyendo por culpa de una mujer?

—Te he dicho que no estoy huyendo. Ahora mismo no tengo novia.

—¿Y cuándo tendrás novia? He vuelto a pensar en esa Natalia que nos presentaste el año pasado. Era una shikse estupenda. ¿Por qué no la vuelves a llamar?

—¡Pero si tú la odiabas!

—¿Y por qué ya no escribes más libros? Todo el mundo te adoraba cuando eras un gran escritor.

—Sigo siendo escritor.

—Vuelve a casa. Te haré unos buenos perritos y tarta de manzana caliente con una bola de helado de vainilla para que la fundas encima.

—Mamá, tengo treinta años, puedo hacerme perritos yo solo si tengo ganas.

—Figúrate que papá ya no puede comer perritos. Se lo ha dicho el médico —oí a mi padre gemir en segundo plano que podría comer alguno de vez en cuando y a mi madre repitiéndole: «Se acabaron los perritos y todas esas porquerías. ¡El médico ha dicho que lo taponan todo!»—. ¿Markie, cariño? Papá dice que deberías escribir un libro sobre Quebert. Eso relanzaría tu carrera. Ya que todo el mundo habla de Quebert, todo el mundo hablará de tu libro. ¿Por qué no vienes a cenar a casa, Markie? Ha pasado tanto tiempo. Ñam, ñam, deliciosa tarta de manzana.

Al atravesar Connecticut tuve la mala idea de cambiar mi disco de ópera por las noticias de la radio. Fue así como descubrí que había habido una filtración en la policía: los medios de comunicación habían sido informados del descubrimiento del manuscrito de Los orígenes del mal junto a los restos de Nola Kellergan, y que Harry había reconocido haberse inspirado en su relación para escribirlo. En una mañana, las noticias frescas habían tenido tiempo de recorrer el país. En la caseta de una estación de servicio donde llené el depósito, pasado Tolland, me encontré al empleado pegado a la pantalla del televisor, que repetía la información una y otra vez. Me planté a su lado, y cuando le pedí que subiese el sonido me preguntó, al ver mi aspecto asombrado:

—¿No s’había enterao? Hace horas que nadie habla de otra cosa. ¿Ande estaba? ¿En Marte?

—En mi coche.

—Ah. ¿Y no tie radio?

—Estaba escuchando ópera. La ópera me relaja.

Me miró fijamente durante un instante.

—Yo le conozco a usté, ¿no?

—No —respondí.

—Creo que le conozco...

—Tengo una cara muy vulgar.

—No, ya le he visto antes... Es un tío de la tele, ¿verdá? ¿Un actor?

—No.

—¿A qué se dedica usté?

—Soy escritor.

—¡Ah, sí, joé! Vendimos su libro aquí, el año pasao. M’acuerdo, tenía su jeta en la contraportada.

Recorrió las estanterías buscando el libro, que evidentemente ya no estaba allí. Al final, encontró uno en la trastienda y volvió al mostrador, triunfante:

—¡Aquí está, es usté! Mire, es su libro. Se llama Marcus Goldman, está escrito aquí.

—Si usted lo dice.

—¿Y bien? ¿Qué hay de nuevo, señor Goldman?

—No mucho, a decir verdad.

—¿Y ande va usté así, si no le importa?

—A New Hampshire.

—Un sitio fetén. Sobre todo en verano. ¿Y a qué va? ¿A pescar?

—Sí.

—¿A pescar qué? Hay sitios de lubina negra alucinantes por allí.

—A pescar jaleos, creo. Voy a ver a un amigo que tiene problemas. Problemas graves.

—Bueno, ¡no serán problemas tan graves como los de Harry Quebert!

Se echó a reír y me estrechó calurosamente la mano porque «no se veía muy a menudo a famosos por aquí», después me ofreció un café para el camino.

La opinión pública estaba conmocionada: no sólo la presencia del manuscrito junto a los huesos de Nola incriminaba definitivamente a Harry, sino que la revelación de que su libro se había inspirado en una historia de amor con una chica de quince años suscitaba un profundo malestar. ¿Qué debían pensar ahora de ese libro? Con ese escándalo de fondo, los periodistas se dedicaban a interrogarse sobre las razones que habrían podido llevar a Harry a asesinar a Nola Kellergan. ¿Le había amenazado con hacer pública su relación? ¿Había querido acaso romper haciéndole perder la cabeza? No pude evitar seguir dando vueltas a esas preguntas durante todo el trayecto hasta New Hampshire. Intenté apagar la radio y poner ópera de nuevo para ver si mi mente dejaba de hacer cábalas, pero no había aria que no me hiciese pensar en Harry y, en cuanto pensaba en él, volvía a recordar a esa chiquilla que yacía bajo tierra desde hacía más de treinta años, al lado de esa casa donde yo consideraba haber pasado algunos de los años más hermosos de mi vida.

 

Tras cinco horas de trayecto, llegué a Goose Cove. Fui hasta allí sin pensármelo dos veces. ¿Por qué no fui directamente a Concord para ver a Harry y a Roth? El arcén de la federal 1 estaba lleno de furgonetas con antenas parabólicas en el techo, mientras en el cruce con el caminito de grava que conducía a la casa varios periodistas montaban guardia e iban intercalando sus intervenciones en directo para la televisión. En cuanto quise dar marcha atrás rodearon mi coche, bloqueándome el paso para ver quién llegaba. Uno de ellos me reconoció y exclamó: «¡Es ese escritor! ¡Es Marcus Goldman!». Aumentó la agitación, los objetivos de las cámaras de vídeo y de fotos se pegaron a mis ventanillas y empezaron a lanzarme todo tipo de preguntas: «¿Cree que Harry Quebert mató a esa chica?», «¿Sabía que había escrito Los orígenes del mal para ella?», «¿Debe dejar de venderse el libro?». No quería hacer ninguna declaración, así que dejé las ventanillas cerradas y ni siquiera me quité las gafas de sol. Los agentes de la policía de Aurora que custodiaban el lugar para canalizar el flujo de periodistas y curiosos consiguieron abrirme camino y pude desaparecer por el sendero, detrás de los arbustos. Lo último que alcancé a oír fue la voz de un periodista que chillaba: «Señor Goldman, ¿por qué ha venido a Aurora? ¿Qué hace en casa de Harry Quebert? Señor Goldman, ¿qué hace usted aquí?».

¿Por qué estaba allí? Por Harry. Porque era probablemente mi mejor amigo. Porque, por muy extraño que pudiera parecer —y sólo lo comprendí en aquel instante—, Harry era el amigo más preciado que tenía. Durante mis años de instituto y universidad, había sido incapaz de tejer relaciones estrechas con gente de mi edad, de esas que se conservan para siempre. En mi vida sólo tenía a Harry y, curiosamente, la cuestión no era saber si era culpable o no de lo que se le acusaba; la respuesta no cambiaba nada de la profunda amistad que le profesaba. Era un sentimiento extraño: creo que me hubiese gustado odiarle y escupirle a la cara, como deseaba todo el país. Hubiese sido más sencillo. Pero este asunto no afectaba en nada a lo que sentía por él. En el peor de los casos, me decía, es un hombre como cualquier otro, y los hombres tienen demonios. Todo el mundo tiene demonios. La cuestión es simplemente saber hasta qué punto esos demonios son tolerables.

Dejé el coche en el aparcamiento de grava, al lado del porche. Allí estaba su Corvette rojo, delante del cobertizo que le servía de garaje, como lo dejaba siempre. Como si el dueño estuviese en casa y todo fuese bien. Quise entrar, pero la casa estaba cerrada con llave. Era la primera vez, que yo recordara, que la puerta se me resistía. Di la vuelta. Ya no había ningún policía, pero el acceso a la parte posterior de la propiedad estaba precintado. Desde donde estaba se adivinaba el cráter que atestiguaba la intensidad del registro policial y, justo al lado, las matas de hortensias secándose, olvidadas.

Debí de permanecer cerca de una hora así, hasta que escuché un coche a mi espalda. Era Roth, que llegaba de Concord. Me había visto en la televisión y había salido inmediatamente. Sus primeras palabras fueron:

—Así que ha venido.

—Sí. ¿Por qué lo dice?

—Harry me dijo que vendría. Me dijo que era usted terco como una mula y que vendría a meter sus narices en el caso.

—Harry me conoce bien.

Roth rebuscó en el bolsillo de su chaqueta y sacó un trozo de papel.

—De su parte —me dijo.

Desdoblé la hoja. Era una carta escrita a mano.

 

Mi querido Marcus:

Si lee usted estas líneas, es que ha venido a New Hampshire a obtener noticias de su viejo amigo.

Es usted un tipo valiente. Nunca lo he dudado. Le juro desde este mismo instante que soy inocente de los crímenes de los que se me acusa. Sin embargo, creo que voy a pasar un tiempo en prisión y tiene usted mejores cosas que hacer que ocuparse de mí. Ocúpese de su carrera, ocúpese de su novela, que debe entregar a finales de mes a su editor. Su carrera es más importante para mí. No pierda su tiempo conmigo.

Con cariño,

Harry

P. D.: Si por ventura a pesar de todo desea permanecer un tiempo en New Hampshire, o venir de vez en cuando por aquí, ya sabe que Goose Cove es su casa. Puede quedarse el tiempo que quiera. Sólo le pido un favor: dé de comer a las gaviotas. Ponga pan en la terraza. Dé de comer a las gaviotas, es importante.

 

—No le deje tirado —me dijo Roth—. Quebert le necesita.

Asentí con la cabeza.

—¿Cómo se presenta el caso?

—Mal. ¿No ha visto las noticias? Todo el mundo está al corriente de lo del libro. Es una catástrofe. Cuanto más sé, más me pregunto cómo voy a defenderle.

—¿Quién lo ha filtrado?

—Creo que ha sido directamente el despacho del fiscal. Quieren aumentar la presión sobre Harry aplastándole ante la opinión pública. Quieren una confesión completa, saben que, en un caso de hace treinta años, nada vale más que una confesión.

—¿Cuándo podré ir a verle?

—Mañana por la mañana. La prisión estatal se encuentra en las afueras de Concord. ¿Tiene dónde alojarse?

—Aquí, si es posible.

Hizo una mueca.

—Lo dudo —dijo—. La policía ha registrado la casa. Es el escenario de un crimen.

—¿El escenario del crimen no es el agujero? —pregunté.

Roth fue a inspeccionar la puerta de entrada, después dio un rápido rodeo a la casa antes de volver sonriendo.

—Sería usted un buen abogado, Goldman. La casa no está precintada.

—¿Eso quiere decir que puedo quedarme?

—Quiere decir que no está prohibido que se quede.

—No estoy seguro de haberlo entendido.

—Es lo maravilloso del derecho en Estados Unidos, Goldman: cuando no hay ley, se inventa. Y si alguien le busca las cosquillas, se presenta usted ante la Corte Suprema, que le da la razón y publica una sentencia con su nombre: Goldman contra el Estado de New Hampshire. ¿Sabe por qué tienen que leerle sus derechos cuando le arrestan en este país? Porque en los años sesenta, un tal Ernesto Miranda fue condenado por violación basándose en su propia confesión. Pues bien, figúrese que su abogado declaró que era injusto porque el bueno de Miranda no había ido mucho al colegio y no sabía que la Bill of Rights le autorizaba a no confesar nada. El abogado en cuestión montó todo un guirigay, apeló a la Corte Suprema y todo eso, ¡y resulta que el muy idiota va y gana! Confesión invalidada por la famosa sentencia Miranda contra el Estado de Arizona y, a partir de entonces, la obligación para todos los polis de soltar eso de: «Tiene derecho a permanecer en silencio y a llamar a un abogado, y si no puede pagarlo, tiene derecho a un abogado de oficio». En fin, que todo ese rollo idiota que se escucha siempre en el cine ¡se lo debemos al amigo Ernesto! Moraleja: la justicia en América, Goldman, es un trabajo en equipo, todo el mundo puede participar. Así que tome posesión de esta casa, nada se lo impide, y si la policía tiene la cara de venir a molestarle, le dice que hay un vacío jurídico, les menciona la Corte Suprema y les amenaza también con pedir daños y perjuicios. Eso siempre asusta. Aunque yo no tengo las llaves de la casa, claro.

Saqué un juego del bolsillo.

—Harry me las había confiado hacía tiempo —dije.

—Goldman, ¡es usted un mago! Pero, por Dios, no cruce las cintas policiales: tendríamos problemas.

—Se lo prometo. Por cierto, Benjamin, ¿qué se sacó del registro de la casa?

—Nada. La policía no encontró nada. Por esa razón la vivienda está libre de sospecha.

Roth se marchó y penetré en la inmensa casa desierta. Cerré la puerta a mi espalda y me metí directamente en el despacho, para buscar la famosa caja. Pero ya no estaba allí. ¿Qué habría hecho Harry con ella? Quería tenerla en mis manos por encima de todo y me puse a registrar las bibliotecas del despacho y del salón. En vano. Decidí entonces inspeccionar todas las habitaciones en busca del más mínimo elemento que pudiese ayudarme a comprender lo que había pasado allí en 1975. ¿Habría sido Nola Kellergan asesinada en alguna de esas habitaciones?

Encontré algunos álbumes de fotos que no había visto nunca o en los que no me había fijado. Abrí uno al azar, y dentro descubrí fotos de Harry y mías de la época universitaria. En el aula, en la sala de boxeo, en el campus, en ese diner donde quedábamos a menudo. Había incluso imágenes de la entrega de mi diploma. El siguiente álbum estaba lleno de recortes de prensa acerca de mí y de mi libro. Tenía algunos párrafos marcados en rojo o subrayados; en ese instante me di cuenta de que Harry había seguido mi carrera con mucha atención, conservando cuidadosamente todo lo que se relacionaba conmigo. Encontré hasta el recorte de un periódico de Montclair de hacía año y medio que informaba de la ceremonia organizada en mi honor en el instituto de Felton. ¿Cómo había conseguido ese artículo? Recordaba muy bien aquel día. Fue poco antes de la Navidad de 2006. Mi primera novela había alcanzado el millón de ejemplares vendidos y el director del instituto de Felton en el que había estudiado la secundaria, animado por la efervescencia de mi éxito, había decidido rendirme un homenaje que consideraba merecido.

Para ello se preparó un solemne acto en el vestíbulo principal del instituto, un sábado por la tarde, ante un grupo elegido de alumnos, antiguos alumnos y algunos periodistas locales. Toda aquella gente de postín se sentaba amontonada sobre sillas plegables frente a un gran telón. Detrás de él, como descubrimos después de un discurso triunfal del director, un armario de cristal con la inscripción En homenaje a Marcus P. Goldman, llamado «el Formidable», alumno de este instituto desde 1994 hasta 1998. Y dentro del armario, un ejemplar de mi novela, mis antiguos boletines de notas, algunas fotos, mi camiseta de jugador de lacrosse y la del equipo de marcha.

Sonreí mientras releía el artículo. Mi paso por el Felton High, pequeño y apacible centro al norte de Montclair lleno de adolescentes pánfilos, se había quedado grabado en su memoria hasta el punto de que mis compañeros y profesores me habían apodado «el Formidable». Pero ese día de diciembre de 2006, lo que todos ignoraban en el momento de aplaudir esa vitrina dedicada a mi gloria era que se debía a una serie de malentendidos, primero fortuitos y después sabiamente orquestados, el haberme convertido en la estrella incontestable de Felton durante cuatro largos y hermosos años.

La epopeya del Formidable empezó a mi llegada al instituto, cuando tuve que elegir una disciplina deportiva para el curso. Tenía decidido que sería fútbol o baloncesto, pero el número de plazas de esos equipos era limitado y, desgraciadamente para mí, el día de la inscripción llegué con mucho retraso a la oficina de registro. «Ya he cerrado —me dijo la mujer gorda que se ocupaba de ella—. Vuelve el año que viene». «Por favor, señora —le había suplicado—, tengo que estar inscrito obligatoriamente en una disciplina deportiva, si no tendré que repetir curso». «¿Cómo te llamas? —había suspirado ella—. Goldman. Marcus Goldman, señora.» «¿Qué deporte quieres?» «Fútbol, o baloncesto.» «Los dos están completos. Sólo me quedan el equipo de danza acrobática o el de lacrosse.»

Lacrosse o danza acrobática. Lo mismo que decir peste o cólera. Sabía que unirme al equipo de danza me convertiría en el hazmerreír de mis compañeros, así que elegí lacrosse. Pero hacía dos décadas que Felton no había tenido un buen equipo de lacrosse, hasta el punto de que ningún alumno quería formar parte de él. El de aquel año estaba, como no podía ser de otra manera, compuesto por alumnos incapaces para otras disciplinas, o que llegaban tarde el día de las inscripciones. Me integré, pues, en un equipo diezmado, poco emprendedor y torpe, pero que me llevaría a la gloria. Esperando ser repescado durante el curso por el equipo de fútbol, quise realizar alguna proeza deportiva para que se fijasen en mí. Me entrené con una motivación sin precedentes y, al cabo de dos semanas, nuestro entrenador vio en mí la estrella que esperaba desde siempre. Fui inmediatamente ascendido a capitán del equipo y no tuve que realizar esfuerzos titánicos para que me consideraran como el mejor jugador de lacrosse de la historia del Felton High. Batí sin dificultad el récord de goles de los veinte años precedentes —que era absolutamente ínfimo— y, gracias a aquella gesta, fui inscrito en el tablón de méritos del instituto, algo que no había sucedido con ningún otro alumno de primero. Aquello no dejó de impresionar a mis compañeros ni de atraer la atención de mis profesores: gracias a esa experiencia, comprendí que para ser formidable bastaba con soslayar las relaciones con los demás; al final todo no era más que una cuestión de falsas apariencias.

Me puse inmediatamente manos a la obra. Por supuesto, dejé de plantearme abandonar el equipo de lacrosse, ya que mi única obsesión fue a partir de entonces convertirme en el mejor, por todos los medios, estar en la cima a cualquier precio. Con esa motivación me planté en el concurso de proyectos científicos, que se llevó una niñata superdotada llamada Sally, y en el que no pasé del decimosexto puesto. No obstante, durante la entrega de premios, en el auditorio del instituto, me las arreglé para tomar la palabra y me inventé fines de semana completos de voluntariado con disminuidos psíquicos que habían estorbado considerablemente el avance de mi proyecto, antes de concluir, con los ojos bañados en lágrimas: «Poco me importan los primeros premios, si puedo aportar una llama de felicidad a mis amigos los niños trisómicos». Evidentemente, todo el mundo quedó impresionado, y aquello me valió eclipsar a Sally ante los profesores y mis compañeros. La misma Sally, que tenía un hermano pequeño con una minusvalía profunda —algo que yo ignoraba—, rechazó su premio y exigió que me lo diesen a mí. Gracias a ese episodio vi mi nombre bajo las categorías de Deportes,Ciencias y Premio a la camaradería en el tablón de méritos, que yo había rebautizado en secreto como tablón demérito, plenamente consciente de mi impostura. Pero no podía parar, estaba como poseído. Una semana más tarde, batí el récord de venta de billetes de tómbola comprándomelos a mí mismo con el dinero de dos veranos anteriores limpiando el césped de la piscina municipal. No hizo falta más para que el rumor empezase a recorrer el instituto: Marcus Goldman era un ser de una calidad excepcional. Fue esa constatación la que empujó a alumnos y profesores a llamarme «el Formidable», como una marca de fábrica, una garantía absoluta de éxito; y mi pequeña fama pronto se extendió al conjunto de nuestro barrio en Montclair, llenando a mis padres de un inmenso orgullo.

Esta tramposa reputación me incitó a practicar el noble arte del boxeo. Siempre había sentido debilidad por el boxeo, y siempre había sido un buen golpeador, pero lo que buscaba yendo a entrenarme en secreto a un club de Brooklyn, a una hora de tren de mi casa, allí donde nadie me conocía, allí donde el Formidable no existía, era poder ser falible: iba a reivindicar el derecho a ser vencido por alguien más fuerte que yo, el derecho a desprestigiarme. Era la única forma de alejarme de ese monstruo de perfección que había creado: en esa sala de boxeo, el Formidable podía perder, podía ser malo. Y Marcus podía existir. Aun así, poco a poco mi obsesión por ser el número uno absoluto sobrepasó lo imaginable: cuanto más ganaba, más miedo tenía de perder.

Durante mi tercer curso, por culpa de una restricción presupuestaria, el director se vio obligado a desmantelar el equipo de lacrosse, que costaba demasiado caro al instituto en relación a lo que aportaba. Para mi gran pesar, tuve pues que elegir una nueva disciplina deportiva. Evidentemente, los equipos de fútbol y baloncesto intentaban seducirme, pero sabía que, si me unía a alguno de ellos, me enfrentaría a jugadores mucho más dotados y motivados que mis compañeros de lacrosse. Me arriesgaba a quedar eclipsado, a volver a caer en el anonimato, o peor aún, a retroceder: ¿qué diría la gente cuando Marcus Goldman, alias el Formidable, antiguo capitán del equipo de lacrosse y récord en número de goles marcados en los últimos veinte años, se convirtiese en waterboy del equipo de fútbol? Viví dos semanas de angustia, hasta que oí hablar del muy desconocido equipo de marcha del instituto, compuesto por dos obesos paticortos y un esmirriado sin fuerzas. Resultó ser además la única disciplina del Felton que no participaba en ninguna competición entre centros: aquello me aseguraba no tener que medirme con nadie que fuese peligroso para mí. Así que, aliviado y sin la menor duda, me uní al equipo de marcha de Felton, en el seno del cual, y desde el primer entrenamiento, batí sin dificultad el récord de velocidad de mis plácidos compañeros de equipo, ante la mirada amorosa de algunas animadoras y del director.

Todo habría podido ir muy bien si precisamente el director, seducido por mis resultados, no hubiese tenido la descabellada idea de organizar una gran competición de marcha entre los centros de la región con el fin de recuperar el perdido prestigio de su instituto, convencido de que el Formidable la ganaría sin problemas. Ante el anuncio de esa noticia, presa del pánico, me entrené sin descanso durante un mes entero; pero sabía que no tenía ninguna posibilidad frente a los corredores de otros institutos, curtidos en la competición. Yo no era más que fachada, simple contrachapado: iba a quedar en ridículo, y en mi propio campo.

El día de la carrera todo Felton, así como la mitad de mi barrio, estaba presente para aclamarme. Dieron la salida y, como temía, todos los demás corredores me adelantaron. Era un momento crucial: estaba en juego mi reputación. Era una carrera de seis millas, es decir, veinticinco vueltas al estadio. Veinticinco humillaciones. Terminaría último, vencido y deshonrado. Quizás hasta doblado por el primero. Tenía que salvar al Formidable costase lo que costase. Reuní todas mis fuerzas, toda mi energía y, en un impulso desesperado, me lancé a un alocado sprint: entre vítores del público afecto a mi causa, me coloqué en cabeza de carrera. En ese momento puse en marcha el maquiavélico plan que había preparado: mientras iba primero, destacado, y sintiendo que estaba llegando al límite de mis fuerzas, fingí tropezar en la pista y me tiré al suelo dando vueltas espectaculares entre gritos, aullidos del gentío y, al final, en mi caso, una pierna rota, lo que, bien es verdad, no estaba previsto pero que, al precio de una operación y dos semanas en el hospital, salvó la grandeza de mi nombre. La semana siguiente a ese incidente, el periódico del instituto escribía sobre mí:

 

Durante esta carrera antológica, Marcus Goldman, alias el Formidable, cuando dominaba fácilmente a sus adversarios y se prometía una aplastante victoria, fue víctima de la mala calidad de la pista: cayó en mala postura y se rompió una pierna.

 

Aquél fue el final de mi carrera como corredor y de mi carrera deportiva. Por mis importantes lesiones fui dispensado de hacer deporte hasta terminar el instituto. A la vez, mi entrega y sacrificio merecieron la concesión de una placa a mi nombre en la vitrina de honor, donde ya destacaba mi camiseta de lacrosse. En cuanto al director, maldiciendo la mala calidad de las instalaciones de Felton, ordenó renovar sin reparar en gastos todo el revestimiento de la pista del estadio, financiando las obras con el presupuesto destinado a las excursiones del instituto y privando así a los alumnos de todos los cursos de la menor actividad durante todo el año siguiente.

Al final de mis años en Felton, forrado de buenas notas, diplomas al mérito y cartas de recomendación, tuve que hacer la fatídica elección de universidad. Y cuando, una tarde, me encontré en mi habitación, echado sobre la cama, con tres cartas de aceptación ante mí, una de Harvard, otra de Yale y la tercera de Burrows, una pequeña universidad desconocida de Massachusetts, no lo dudé: quería ir a Burrows. Ir a una gran universidad era arriesgarme a perder mi etiqueta de «Formidable». Harvard o Yale era poner el listón muy alto: no tenía ninguna gana de enfrentarme a las élites insaciables llegadas de los cuatro puntos cardinales del país y que parasitarían los cuadros de honor. Los cuadros de honor de Burrows me parecían mucho más accesibles. El Formidable no quería quemarse las alas. El Formidable quería seguir siendo el Formidable. Burrows era perfecta, un campus modesto donde tenía la seguridad de brillar. No me costó convencer a mis padres de que el departamento de Literatura de Burrows era en todos los conceptos superior al de Harvard y Yale, y así fue como, en el otoño de 1998, desembarqué en Montclair, esa pequeña ciudad industrial de Massachusetts donde conocería a Harry Quebert.

 

Al final de la tarde, cuando todavía estaba en la terraza hojeando los álbumes y recuperando recuerdos, recibí una llamada de Douglas, desesperado.

—¡Marcus, por Dios! ¡No me puedo creer que te hayas ido a New Hampshire sin avisarme! He recibido llamadas de periodistas preguntándome qué hacías allí, y yo ni siquiera lo sabía. He tenido que enterarme por la televisión. Vuelve a Nueva York. Vuelve antes de que sea tarde. ¡Esta historia te va a sobrepasar por completo! Sal inmediatamente de ese poblacho a primera hora de la mañana y vuelve a Nueva York. Quebert tiene un abogado excelente. Déjale hacer su trabajo y concéntrate en tu libro. Tienes que entregar tu manuscrito a Barnaski dentro de quince días.

—Harry necesita a un amigo a su lado —dije.

Hubo un silencio y Douglas murmuró, como si se diese cuenta en ese momento de lo que llevaba meses ignorando:

—No tienes libro, ¿verdad? ¡Faltan dos semanas para que se cumpla el plazo de Barnaski y no has sido capaz de escribir ese puto libro! ¿Es eso, Marc? ¿Vas a ayudar a un amigo o estás huyendo de Nueva York?

—Cierra el pico, Doug.

Hubo otro largo silencio.

—Marc, dime que te ronda alguna idea en la cabeza. Dime que tienes un plan y que tienes una buena razón para irte a New Hampshire.

—¿Una buena razón? ¿No basta la amistad?

—Pero ¿qué demonios le debes a Harry para ir hasta allí?

—Todo, absolutamente todo.

—¿Cómo que todo?

—Es complicado, Douglas.

—Marcus, ¿qué diablos estás intentando decirme?

—Doug, hay un episodio de mi vida que no te he contado nunca... Al finalizar mis años de instituto, podía haber escogido el mal camino. Y entonces conocí a Harry... En cierto modo me salvó la vida. Tengo una deuda con él... Sin él nunca hubiese llegado a ser el escritor en el que me he convertido. Sucedió en Burrows, Massachusetts, en 1998. Le debo todo.

 

29. ¿Se puede uno enamorar de una chica de quince años?

 

 

 

«Me gustaría enseñarle a escribir, Marcus, no para que sepa escribir, sino para convertirle en escritor. Porque escribir libros no es nada: todo el mundo sabe escribir, pero no todo el mundo es escritor.

—¿Y cómo sabe uno que es escritor, Harry?

—Nadie sabe que es escritor. Son los demás los que se lo dicen.»

Quienes recuerdan bien a Nola dicen que era una jovencita maravillosa. De las que dejan huella: dulce y atenta, dotada para todo, resplandeciente. Parece ser que tenía esa alegría de vivir sin igual que podía iluminar los peores días de lluvia. Los sábados servía en el Clark’s; revoloteaba entre las mesas, ligera, haciendo bailar en el aire su ondulada melena rubia. Siempre tenía una palabra amable para todos los clientes. No se la veía más que a ella. Nola era un mundo.

Era la hija única de David y Louisa Kellergan, evangelistas del sur procedentes de Jackson, Alabama, donde había nacido el 12 de abril de 1960. Los Kellergan se habían instalado en Aurora en el otoño de 1969, después de que el padre fuese contratado como pastor por la parroquia de St. James, la principal comunidad religiosa de Aurora, que tenía una influencia notable en aquella época. El templo de St. James, en la entrada sur de la ciudad, era un edificio imponente de madera del que ya no queda nada hoy en día, desde que las comunidades de Aurora y Montburry tuvieron que fusionarse por razones de ahorro presupuestario y falta de fieles. En su lugar se levanta ahora un McDonald’s. Desde su llegada, los Kellergan se habían instalado en una bonita casa de una planta propiedad de la parroquia, en el 245 de Terrace Avenue. Fue probablemente por la ventana de una de sus habitaciones por donde, seis años más tarde, se esfumaría Nola, el sábado 30 de agosto de 1975.

Estas descripciones se cuentan entre las primeras que me hicieron los habituales del Clark’s, donde me presenté la mañana del día siguiente a mi llegada a Aurora. Me había despertado espontáneamente al alba, atormentado por esa sensación desagradable de no estar realmente seguro de lo que hacía allí. Tras haber corrido un rato por la playa, había dado de comer a las gaviotas, y en eso estaba hasta que me planteé la cuestión de si de verdad había venido hasta New Hampshire únicamente para dar pan a unos pájaros marinos. Mi cita en Concord con Benjamin Roth para visitar a Harry no era hasta las once; en el intervalo, como no quería estar solo, fui a comer tortitas al Clark’s. Cuando era estudiante y me alojaba en su casa, Harry tenía por costumbre llevarme allí a primera hora del día: me despertaba antes de que amaneciera, sacudiéndome sin consideración, y me decía que ya era hora de ponerme el chándal. Después bajábamos al borde del océano para correr y boxear. Si se cansaba un poco, empezaba a jugar a los entrenadores: interrumpía su esfuerzo como para corregir mis gestos o mi postura, pero sé que sobre todo necesitaba recuperar el aliento. Entre ejercicios y carreras, recorríamos las pocas millas de playa que unían Goose Cove con Aurora. Subíamos entonces por las rocas de Grand Beach y atravesábamos la ciudad aún dormida. En la calle principal, inmersa en la oscuridad, se percibía de lejos la fría luz que brotaba del escaparate del diner, el único establecimiento abierto tan temprano. En su interior reinaba una absoluta calma; los escasos clientes eran camioneros u oficinistas que daban cuenta de sus desayunos en silencio. La radio aportaba el decorado sonoro, siempre en la misma emisora de noticias y con el volumen tan bajo que impedía comprender lo que decía el locutor. En las mañanas de mucho calor, además, el ventilador del techo batía el aire con un chirrido metálico, haciendo bailar el polvo que acumulaban las lámparas. Nos instalábamos en la mesa 17, y Jenny aparecía inmediatamente a servirnos café. Siempre me dedicaba una sonrisa de dulzura casi maternal. Me decía: «Mi pobre Marcus, te obliga a levantarte al amanecer, ¿verdad? Lo hace desde que le conozco». Y nos reíamos.

Ese 17 de junio de 2008, a pesar de la temprana hora, el Clark’s bullía ya de agitación. Nadie hablaba de otra cosa que del caso y, a mi entrada, los habituales que me conocían se arremolinaron en torno a mí para preguntarme si era verdad, si Harry había tenido una relación con Nola y si la había matado, a ella y a Deborah Cooper. Eludí las preguntas y me instalé en la 17, que estaba libre. Descubrí entonces que la placa en honor a Harry había sido retirada: en su lugar no quedaban más que dos agujeros de tornillo en la madera y la marca del metal que había decolorado el barniz.

Jenny vino con el café y me saludó amablemente. Tenía cara de tristeza.

—¿Has venido a instalarte en casa de Harry? —me preguntó.

—Eso creo. ¿Has quitado la placa?

—Sí.

—¿Por qué?

—Escribió ese libro para esa chiquilla, Marcus. Para una niña de quince años. No quiero dejar esa placa. Es un amor repugnante.

—Creo que es algo más complicado —dije.

—Y yo creo que no deberías mezclarte en este asunto, Marcus. Deberías volver a Nueva York y permanecer lejos de todo esto.

Pedí tortitas y salchichas. Sobre la mesa habían dejado un ejemplar manchado de grasa del Aurora Star. En primera página aparecía una inmensa foto del Harry de los tiempos gloriosos, con ese aire respetable y esa mirada profunda y segura de sí. Justo debajo, una imagen de su entrada en la audiencia del palacio de justicia de Concord, esposado, decaído, el pelo revuelto, los rasgos hundidos, la expresión deshecha. Y, enmarcados, un retrato de Nola y otro de Deborah Cooper. Y este titular: ¿Qué hizo Harry Quebert?

Erne Pinkas llegó poco después que yo y vino a sentarse a mi mesa con su taza de café.

—Te vi en la televisión anoche —me dijo—. ¿Vienes a quedarte?

—Sí, quizás.

—¿Para qué?

—No tengo ni idea. Por Harry.

—Es inocente, ¿verdad? No puedo creer que hiciese algo así... Qué locura.

—Ya no estoy seguro de nada, Erne.

Pinkas me contó cómo, días antes, la policía había desenterrado los restos de Nola en Goose Cove, a un metro de profundidad. Ese jueves todo el mundo en Aurora había sido alertado por las sirenas de los coches patrulla que habían llegado de todo el condado, desde los patrulleros de la autopista hasta los vehículos camuflados de la criminal, incluso una furgoneta de la policía científica.

—Cuando nos enteramos de que probablemente eran los restos de Nola Kellergan —me explicó Pinkas—, ¡nos quedamos de piedra! Nadie podía creerlo: después de todo ese tiempo, la pequeña estaba justo ahí, ante nuestros ojos. Quiero decir, cuántas veces he estado en casa de Harry, en esa terraza, bebiendo whisky... Casi a su lado... Dime, Marcus, ¿de verdad escribió ese libro para ella? No puedo creer que tuvieran una historia juntos... ¿Tú sabías algo?

Para no tener que responder, empecé a girar la cuchara en el interior de mi taza hasta crear un remolino. Dije simplemente:

—Todo esto es un lío terrible, Erne.

Poco después Travis Dawn, el jefe de policía de Aurora y además el marido de Jenny, se instaló a su vez en la mesa. Formaba parte de los que conocía desde siempre en Aurora: era un hombre de carácter suave, sexagenario encanecido, el tipo de poli de provincias buenazo que no daba miedo a nadie desde hacía tiempo.

—Lo siento, chaval —me dijo al saludarme.

—¿Por qué?

—Por este asunto que te ha explotado en plena cara. Sé que Harry y tú estáis muy unidos. No debe de ser fácil para ti.

Travis era la primera persona que se preocupaba de cómo lo estaba pasando. Asentí con la cabeza y pregunté:

—¿Por qué, en todo el tiempo que he pasado aquí, nunca había oído hablar de Nola Kellergan?

—Porque hasta que se encontró su cuerpo en Goose Cove, era agua pasada. El tipo de historia que nadie quiere recordar.

—Travis, ¿qué sucedió ese 30 de agosto de 1975? ¿Y qué le pasó a esa tal Deborah Cooper?

—Feo asunto, Marcus. Un asunto muy feo. Lo viví en primera persona porque ese día estaba de servicio. Por entonces no era más que un simple agente. Fui yo quien recibió la llamada de la central... Deborah Cooper era una abuelita adorable que vivía sola desde la muerte de su marido, en una casa aislada en las lindes del bosque de Side Creek. ¿Ves dónde está Side Creek? Allí empieza ese bosque inmenso, dos millas más allá de Goose Cove. Recuerdo bien a la abuela Cooper: en aquella época no llevaba mucho tiempo en la policía, pero ella llamaba con regularidad. Sobre todo de noche, para denunciar ruidos sospechosos cerca de su casa. Le daba algo de canguelo vivir en aquella casona al borde del bosque, y necesitaba que alguien fuese a tranquilizarla de vez en cuando. Siempre pedía disculpas por las molestias y ofrecía café y pastas a los agentes que se pasaban por allí. Y al día siguiente se acercaba hasta la comisaría para traer alguna cosilla. Ya te digo, una abuelita adorable. Del tipo al que no te molesta hacer favores. En fin, ese 30 de agosto de 1975 la abuela Cooper llamó al número de emergencias de la policía diciendo que había visto a una chica perseguida por un hombre en el bosque. Yo era el único agente de guardia en Aurora y me presenté inmediatamente en su casa. Era la primera vez que llamaba en pleno día. Cuando llegué, estaba esperando frente a su casa. Me dijo: «Travis, va usted a pensar que estoy loca, pero ahora sí que he visto algo realmente extraño». Fui a inspeccionar las lindes del bosque, por donde había visto a la joven: encontré un trozo de tela roja. Inmediatamente pensé que debía tomarme el asunto en serio y avisé al jefe Pratt, por aquel entonces jefe de la policía de Aurora. No estaba de servicio, pero acudió de inmediato. Side Creek es inmenso y sólo éramos dos para echar un vistazo. Nos internamos en el bosque: recorriendo una milla larga, encontramos restos de sangre, cabellos rubios y otros jirones de tela roja. No tuvimos tiempo de hacernos más preguntas porque, en aquel instante, resonó un disparo procedente de la casa... Corrimos hasta allí y encontramos a la abuela Cooper en la cocina, bañada en su propia sangre. Después supimos que había vuelto a llamar a la central para avisar de que la chiquilla que había visto un poco antes estaba refugiada en su casa.

—¿La chica había vuelto a la casa?

—Sí. Mientras estábamos en el bosque había vuelto a aparecer, ensangrentada, buscando ayuda. Pero cuando llegamos no había nadie salvo el cadáver de la abuela Cooper. Aquello era una locura.

—Y esa chica ¿era Nola? —pregunté.

—Sí. Nos dimos cuenta enseguida. Primero cuando llamó su padre, algo más tarde, para denunciar su desaparición. Y después cuando nos enteramos de que Deborah Cooper la había identificado al llamar a la central la segunda vez.

—¿Qué pasó después?

—Tras la segunda llamada de la abuela Cooper, varias unidades de la zona se habían puesto en camino. Al llegar a la orilla del bosque de Side Creek, un ayudante del sheriff localizó un Chevrolet Monte Carlo negro que huía en dirección norte. Se ordenó perseguirlo, pero el coche se nos escapó a pesar de los controles. Nos pasamos las semanas siguientes buscando a Nola: peinamos toda la zona. ¿Quién podía pensar que estaba en Goose Cove, en casa de Harry Quebert? Todos los indicios indicaban que probablemente se encontraba en alguna parte de ese bosque. Organizamos batidas interminables. Nunca encontramos ni el coche ni a la chiquilla. Si hubiésemos podido, habríamos registrado el país entero, pero tuvimos que interrumpir la búsqueda tres semanas después, con todo el dolor de nuestro corazón, porque los jefazos de la policía estatal decretaron que la investigación era demasiado costosa y los resultados demasiado inciertos.

—¿Había algún sospechoso en aquella época?

Dudó un instante y después me dijo:

—Nunca se hizo oficial, pero... estaba Harry. Teníamos nuestras razones. Quiero decir: tres meses después de su llegada a Aurora, la pequeña Kellergan desaparecía. Extraña coincidencia, ¿no? Y, sobre todo, ¿qué coche conducía en aquella época? Un Chevrolet Monte Carlo negro. Pero no había pruebas suficientes en su contra. En el fondo, ese manuscrito es la prueba que buscábamos hace treinta años.

—No puedo creerlo, no de Harry. Y además, ¿por qué habría dejado una prueba tan comprometedora junto al cuerpo? ¿Y por qué habría mandado a los jardineros cavar allí donde había enterrado un cadáver? No se sostiene.

Travis se encogió de hombros.

—Confía en mi experiencia de poli: nunca se sabe de qué es capaz la gente. Sobre todo aquellos que creemos conocer bien.

Tras estas palabras, se levantó y se despidió cordialmente. «Si puedo hacer algo por ti, no lo dudes», me dijo antes de marcharse. Pinkas, que había seguido la conversación sin intervenir, repitió, incrédulo: «Dios santo, nunca supe que la policía hubiera sospechado de Harry...». No respondí. Sólo arranqué la primera página del periódico para llevármela y, aunque todavía era temprano, partí hacia Concord.

 

*

 

La Prisión Estatal para Hombres de New Hampshire se encuentra en el 281 de North State Street, al norte de la ciudad de Concord. Para llegar allí desde Aurora, basta con salir de la autopista 93 después del centro comercial Capitol, coger North Street en la esquina del Holiday Inn y continuar todo recto durante unos diez minutos. Tras haber pasado el cementerio de Blossom Hill y un pequeño lago en forma de herradura cerca del río, se bordean las hileras de vallas y alambradas que no dejan dudas sobre la naturaleza del lugar; poco después, un cartel oficial anuncia la prisión, y se perciben entonces los austeros edificios de ladrillo rojo protegidos por una gran muralla, y después la verja de la entrada principal. Justo enfrente, al otro lado de la carretera, hay un concesionario de coches.

Roth me esperaba en el aparcamiento, fumando un puro barato. Tenía aspecto sereno. A modo de saludo, me obsequió con una palmadita en el hombro como si fuésemos viejos amigos.

—¿Su primera vez en la cárcel? —me preguntó.

—Sí.

—Trate de relajarse.

—¿Quién le ha dicho que no lo estoy?

Señaló a un grupo de periodistas haciendo guardia en las proximidades.

—Están por todas partes —me dijo—. Sobre todo, no se pare a hablar con ellos. Son carroñeros, Goldman. Le acosarán hasta que suelte alguna información jugosa. Debe mantenerse firme y permanecer mudo. El menor comentario suyo, malinterpretado, podría volverse contra nosotros y afectar a mi estrategia de defensa.

—¿Cuál es su estrategia?

Me miró con expresión muy seria.

—Negarlo todo.

—¿Negarlo todo? —repetí.

—Todo. Su relación, el secuestro y los asesinatos. Se declarará no culpable, voy a conseguir que absuelvan a Harry y espero poder reclamar millones en daños e intereses al Estado de New Hampshire.

—¿Y qué pasa con el manuscrito que la policía encontró con el cuerpo? ¿Y con la confesión de Harry sobre su relación con Nola?

—¡Ese manuscrito no prueba nada! Escribir no es matar. Y además, Harry lo dijo y su explicación concuerda: Nola se había llevado el manuscrito antes de su desaparición. En cuanto a sus amoríos, era un poquito de pasión. Nada del otro mundo. Nada criminal. Ya verá, el fiscal no podrá probar nada.

—He hablado con el jefe adjunto de la policía de Aurora, Travis Dawn. Me dijo que Harry había sido sospechoso en aquella época.

—¡Gilipolleces! —exclamó Roth, que tendía a volverse grosero cuando se le llevaba la contraria.

—Parece ser que, en esa época, el sospechoso conducía un Chevrolet Monte Carlo negro. Travis dijo que era precisamente el modelo que tenía Harry.

—¡Doble gilipollez! —encadenó Roth—. Pero es bueno saberlo. Buen trabajo, Goldman, ése es el tipo de información que necesito. De hecho, usted que conoce a todos los palurdos que pueblan Aurora, interrógueles un poco para saber desde ya las memeces que piensan contar al jurado si son citados como testigos durante el proceso. Y trate también de descubrir quién empina el codo y quién pega a su mujer: un testigo que bebe o que da palizas a su esposa no es un testigo creíble.

—Es una técnica bastante repugnante, ¿no?

—La guerra es la guerra, Goldman. Bush mintió a la nación para atacar Irak, pero era necesario: mire, le hemos dado una patada en el culo a Saddam, hemos liberado a los iraquíes y desde entonces el mundo va mucho mejor.

—La mayoría de los americanos se opuso a esta guerra. No ha sido más que un desastre.

Me miró con aires de decepción:

—Oh, no —dijo—. Estaba seguro...

—¿De qué?

—¿Va usted a votar a los demócratas, Goldman?

—Por supuesto que voy a votar a los demócratas.

—Ya verá la de fantásticos impuestos que les van a clavar a los ricachones como usted. Y entonces será demasiado tarde para llorar. Para gobernar América hacen falta cojones. Y los elefantes tienen los cojones más grandes que los burros, así de simple, es genético.

—Qué edificante es usted, Roth. De todas formas, los demócratas tienen ya ganadas las presidenciales. Su maravillosa guerra ha sido lo suficientemente impopular como para inclinar la balanza.

Esbozó una sonrisa socarrona, casi incrédula:

—¡Pero bueno! ¡No me diga que se cree ese cuento! ¡Una mujer y un negro, Goldman! ¡Una mujer y un negro! Vamos, es usted un tío inteligente, seamos serios: ¿quién va a votar a una mujer o a un negro para dirigir este país? Escriba un libro sobre eso. Una estupenda novela de ciencia ficción. Y la próxima vez ¿qué? ¿Una lesbiana puertorriqueña y un jefe indio?

 

Siguiendo mis deseos, y tras las habituales formalidades, Roth me dejó a solas un momento con Harry en la sala de visitas. Estaba sentado ante una mesa de plástico, vestido con uniforme de preso, con aspecto destrozado. En cuanto entré en la habitación, su rostro se iluminó. Se incorporó, nos dimos un largo abrazo y nos sentamos cada uno a un lado de la mesa, mudos. Por fin, me dijo:

—Tengo miedo, Marcus.

—Le ayudaremos a salir de ésta, Harry.

—Puedo ver la televisión, ¿sabe? Veo todo lo que dicen. Estoy acabado. Mi carrera ha terminado. Mi vida ha terminado. Esto marca el inicio de mi declive: siento que estoy en caída libre.

—No hay que tener miedo a caer, Harry.

Esbozó una sonrisa triste.

—Gracias por haber venido.

—Es lo que hacen los amigos. Me he instalado en Goose Cove, he dado de comer a las gaviotas.

—Ya sabe que si quiere volver a Nueva York, lo comprendería perfectamente.

—No me voy a ninguna parte. Roth es un tipo raro, pero parece saber lo que hace: dice que le van a absolver. Me voy a quedar aquí, le voy a ayudar. Haré todo lo necesario para descubrir la verdad y limpiaré su nombre.

—¿Y su nueva novela? Su editor la espera para finales de mes, ¿no?

Bajé la cabeza.

—No hay ninguna novela. No tengo ninguna idea.

—¿Cómo que ninguna idea?

No respondí y cambié de tema sacando de mi bolsillo la página del periódico que había recuperado en el Clark’s horas antes.

—Harry —dije—, necesito comprender. Necesito saber la verdad. No puedo evitar pensar en la llamada que me hizo el otro día. Se preguntaba qué le había hecho usted a Nola...

—Fue producto de la emoción, Marcus. Acababa de ser detenido por la policía, tenía derecho a una llamada, y la única persona a la que sentí ganas de avisar fue a usted. No para avisarle de que había sido detenido, sino de que ella estaba muerta. Porque usted era el único que sabía lo de Nola y yo necesitaba compartir mi pena con alguien... Durante todos estos años esperé que estuviese viva, en alguna parte. Pero estaba muerta desde el principio... Estaba muerta y me sentía responsable, por todo tipo de razones. Responsable de no haber sabido protegerla, quizás. Pero no le hice ningún daño, le juro que soy inocente de todo lo que se me acusa.

—Le creo. ¿Qué le dijo a la policía?

—La verdad. Que era inocente. ¿Por qué mandaría plantar flores en aquel sitio, eh? ¡Es completamente absurdo! También les dije que no sabía cómo había llegado hasta allí ese manuscrito, pero que debían saber que había escrito esa novela para y sobre Nola, antes de su desaparición. Que Nola y yo nos queríamos. Que manteníamos una relación el verano en que desapareció y que de aquello había sacado la inspiración para una novela de la que poseía, en aquella época, dos manuscritos: uno original, escrito a mano, y una versión mecanografiada. Nola se interesaba mucho en lo que escribía, incluso me ayudaba a pasarlo a limpio. Hasta que un día perdí la versión mecanografiada del manuscrito. Fue a finales de agosto, justo antes de que ella... Pensé que Nola lo habría cogido para leerlo. Lo hacía a veces. Leía mis textos y después me daba su opinión. Los cogía sin pedirme permiso... Pero aquella vez no pude preguntarle si lo había hecho, porque desapareció justo después. Me quedaba el ejemplar escrito a mano. Esa novela era Los orígenes del mal, que meses más tarde tendría el éxito que usted conoce.

—Entonces ¿es cierto que escribió ese libro para Nola?

—Sí. He visto en la televisión que hablan de retirarlo de la venta.

—Pero ¿qué pasó entre Nola y usted?

—Una historia de amor, Marcus. Me enamoré locamente de ella. Y creo que eso fue mi perdición.

—¿Qué más tiene la policía contra usted?

—Lo ignoro.

—¿Y la caja? ¿Dónde está la famosa caja con la carta y las fotos? No la he encontrado en su casa.

No tuvo tiempo de responder: la puerta se abrió y me hizo una seña para que me callara. Era Roth. Se unió a nosotros en la mesa y, mientras se instalaba, Harry cogió discretamente el cuaderno de notas que yo había colocado ante mí y escribió algunas palabras que no pude leer en ese momento.

Roth empezó a dar largas explicaciones sobre el desarrollo del caso y sobre los procedimientos. Después, tras media hora de soliloquio, preguntó a Harry:

—¿Hay algún detalle que haya olvidado confiarme a propósito de Nola? Debo saberlo todo, es muy importante.

Hubo un silencio. Harry nos miró fijamente y después dijo:

—Efectivamente, hay algo que debe usted saber. Es a propósito del 30 de agosto de 1975. Esa noche, la famosa noche que desapareció Nola, había quedado conmigo...

—¿Quedado con usted? —repitió Roth.

—La policía me preguntó en su momento qué había hecho la noche del 30 de agosto de 1975, y les dije que estaba fuera de la ciudad. Mentí. Es el único punto sobre el que no he dicho la verdad. Esa noche me encontraba cerca de Aurora, en la habitación de un motel situado al borde de la federal 1, en dirección a Maine. El Sea Side Motel. Todavía existe. Estaba en la habitación 8, sentado en la cama, esperando, perfumado como un adolescente, con un ramo de hortensias azules, su flor preferida. Nos habíamos citado a las siete de la tarde, y recuerdo estar esperándola y que no aparecía. A las nueve, llevaba dos horas de retraso. Ella nunca se retrasaba. Nunca. Puse las hortensias en remojo en el lavabo y encendí la radio para distraerme. Era una noche pesada, tormentosa, tenía mucho calor, me asfixiaba dentro de mi traje. Saqué la nota de mi bolsillo y la leí diez veces, quizás cien. Esa nota que me había escrito días antes, esas pocas palabras de amor que nunca podré olvidar y que decían:

 

No te preocupes, Harry, no te preocupes por mí, me las arreglaré para verte allí. Espérame en la habitación número 8, me gusta esa cifra, es mi número preferido. Espérame en esa habitación a las siete de la tarde. Después nos marcharemos juntos.

Te quiero tanto...

Con mucha ternura,

Nola

 

»Recuerdo que el locutor de la radio anunció las diez de la noche. Las diez, y Nola no había llegado. Acabé durmiéndome, completamente vestido, tumbado en la cama. Cuando volví a abrir los ojos, había pasado la noche. La radio seguía encendida, era el boletín de las siete de la mañana: ...Alerta general en la región de Aurora tras la desaparición de una adolescente de quince años, Nola Kellergan, ayer noche, alrededor de las diecinueve horas. La policía busca a toda persona susceptible de tener información [...] En el momento de su desaparición, Nola Kellergan llevaba un vestido rojo [...] Me levanté de un salto, presa del pánico. Me apresuré a tirar las flores y me dirigí inmediatamente a Aurora, desaliñado y con el pelo revuelto. La habitación estaba pagada por adelantado.

»Nunca había visto a tantos policías en Aurora. Había vehículos de todos los condados. En la federal 1, una gran barrera controlaba los vehículos que entraban y salían de la ciudad. Vi al jefe de policía, Gareth Pratt, con un fusil en la mano:

»“Jefe, acabo de escuchar la radio”, dije.

»“Mierda, mierda”, respondió.

»“¿Qué ha pasado?”

»“Nadie lo sabe: Nola Kellergan ha desaparecido de su casa. Fue vista cerca de Side Creek Lane ayer por la tarde y, desde entonces, ni rastro de ella. Toda la región está cercada, están peinando el bosque.”

»En la radio repetían una y otra vez su descripción: Mujer joven, blanca, 5,2 pies de altura, cien libras, cabello largo rubio, ojos verdes, vestida con un vestido rojo. Lleva un collar de oro con el nombre NOLA grabado. Vestido rojo, vestido rojo, vestido rojo, repetía la radio. El vestido rojo era su preferido. Se lo había puesto para mí. Eso es todo. Eso es lo que hice la noche del 30 de agosto de 1975.

Roth y yo nos quedamos sin habla.

—¿Iban a huir juntos? —dije—. El día de su desaparición, ¿pensaban huir juntos?

—Sí.

—¿Por eso dijo que era culpa suya, cuando me llamó el otro día? Tenían una cita y ella desapareció cuando iba a su encuentro...

Asintió con la cabeza, consternado:

—Creo que, sin esa cita, ella quizás seguiría con vida...

Cuando salimos de la sala, Roth me dijo que esa historia de fuga organizada era una catástrofe y que no debía filtrarse bajo ningún pretexto. Si la acusación se enteraba, Harry estaba acabado. Nos separamos en el aparcamiento y esperé a entrar en mi coche para abrir mi cuaderno de notas y leer lo que había escrito Harry:

 

Marcus: En mi despacho hay un bote de porcelana. En el fondo encontrará una llave. Es la llave de mi vestuario en el gimnasio de Montburry. Taquilla 201. Allí está todo. Quémelo. Estoy en peligro.

 

Montburry era una ciudad vecina de Aurora, situada a unas diez millas más al interior. Fui hasta allí esa misma tarde, tras haber pasado por Goose Cove y haber encontrado la llave en el bote, disimulada entre clips. Sólo había un gimnasio en Montburry, dentro de un moderno edificio de vidrio en la arteria principal de la ciudad. En su desierto vestuario encontré la taquilla 201, que abrí con la llave. Dentro había un chándal, barras de proteínas, guantes para pesas y la famosa caja de madera que había descubierto meses antes en el despacho de Harry. Allí estaba todo: las fotos, los artículos, la nota escrita de la mano de Nola. También encontré un paquete de folios amarillentos y encuadernados. La página de portada estaba en blanco, sin título. Recorrí las siguientes: era un texto escrito a mano, cuyas primeras líneas me bastaron para comprender que se trataba del manuscrito de Los orígenes del mal. Ese manuscrito que yo había buscado tantos meses antes dormía en el vestuario de un gimnasio. Me senté sobre un banco y me tomé un momento para recorrer cada página, maravillado, febril. La caligrafía era perfecta, sin tachaduras. Entraron algunos hombres a cambiarse, pero ni siquiera me fijé en ellos: no podía despegar los ojos del texto. La obra maestra que tanto me hubiese gustado poder escribir la había escrito Harry. Se había sentado en la mesa de un café y había escrito esas palabras llenas de genialidad, esas frases sublimes que habían conmovido a toda Norteamérica, cuidando de esconder en el interior su historia de amor con Nola Kellergan.

De regreso a Goose Cove, obedecí escrupulosamente sus órdenes. Encendí la chimenea del salón y eché en ella el contenido de la caja: la carta, las fotos, los recortes de prensa y finalmente el manuscrito. Estoy en peligro, me había escrito. Pero ¿de qué peligro hablaba? El fuego se avivó: la carta de Nola se convirtió en ceniza, las fotos se agujerearon en el centro hasta desaparecer completamente bajo los efectos del calor. El manuscrito se abrasó en una inmensa llama naranja y las páginas se descompusieron en inmensas pavesas. Sentado ante la chimenea, veía desaparecer la historia de Harry y Nola.

 

*

 

Martes 3 de junio de 1975

 

Era un día de mal tiempo. La tarde llegaba a su fin y la playa estaba desierta. Nunca, desde su llegada a Aurora, había estado el cielo tan negro y amenazador. La tormenta revolvía el océano, inflado de espuma y de cólera: no tardaría en empezar a llover. Era el mal tiempo el que le había animado a salir: había bajado la escalera de madera que llevaba de la terraza de la casa hasta la playa y se había sentado sobre la arena. Con el cuaderno sobre las rodillas, dejaba su bolígrafo deslizarse por el papel: la inminente tormenta le inspiraba, perfecta para empezar una gran novela. Esas últimas semanas había tenido ya varias buenas ideas para su nuevo libro, pero ninguna había cuajado; las había empezado o terminado mal.

Cayeron del cielo las primeras gotas. Primero esporádicamente; después, de improviso, se convirtieron en un chaparrón. Quiso huir para ponerse a cubierto, pero entonces la vio: caminaba descalza, con sus sandalias en la mano, al borde del océano, bailando bajo la lluvia y jugando con las olas. Permaneció estupefacto y la contempló maravillado: ella seguía el dibujo de la resaca, con cuidado de no mojar los bajos de su vestido. En un momento de despiste, dejó que el agua cubriera sus tobillos; sorprendida, se echó a reír. Luego se aventuró un poco más en el océano gris, dando vueltas sobre sí misma y ofreciéndose a la inmensidad. Era como si el mundo le perteneciese. En su cabello rubio movido por el viento, un pasador amarillo impedía a sus mechones golpearle el rostro. En ese instante el cielo derramaba torrentes de agua.

Cuando se dio cuenta de su presencia a una decena de metros, se detuvo en seco. Avergonzada de saberse contemplada, balbuceó:

—Perdone... No le había visto.

Él sintió cómo su corazón se aceleraba.

—No debe excusarse —respondió—. Continúe, se lo ruego. ¡Continúe! Es la primera vez que veo a alguien disfrutar tanto de la lluvia.

Ella resplandecía.

—¿A usted también le gusta? —preguntó, entusiasta.

—¿El qué?

—La lluvia.

—No... De hecho... De hecho, la odio.

Ella dibujó una sonrisa maravillosa.

—¿Cómo se puede odiar la lluvia? Nunca he visto nada tan bonito. ¡Mire! ¡Mire!

Él levantó la cabeza: el agua le golpeó el rostro. Miró los millones de trazos que estriaban el paisaje y giró sobre sí mismo. Ella le imitó. Rieron, estaban empapados. Acabaron yendo a buscar refugio bajo los pilares de la terraza. Él sacó de su bolsillo un paquete de cigarrillos, salvado en parte del diluvio, y encendió uno.

—¿Puedo coger uno? —preguntó ella.

Le tendió el paquete y se sirvió. Él estaba cautivado.

—Usted es el escritor, ¿verdad? —preguntó ella.

—Sí.

—Viene de Nueva York...

—Sí.

—Quiero preguntarle una cosa: ¿por qué ha dejado Nueva York para venir a este agujero perdido?

Él sonrió:

—Tenía ganas de cambiar de aires.

—¡Me gustaría tanto ir a Nueva York! —dijo ella—. Caminaría durante horas, iría a ver todos los espectáculos de Broadway. Me gustaría ser una vedette. Una vedette en Nueva York...

—Perdone —la interrumpió Harry—, ¿nos conocemos?

Volvió a reír, con esa risa deliciosa.

—No. Pero todo el mundo sabe quién es usted. Usted es el escritor. Bienvenido a Aurora, señor. Me llamo Nola, Nola Kellergan.

—Harry Quebert.

—Lo sé. Todo el mundo lo sabe, ya se lo he dicho.

Le tendió la mano para saludarla, pero ella se apoyó en su brazo e, incorporándose sobre la punta de los pies, le besó en la mejilla.

—Tengo que irme. No dirá a nadie que fumo, ¿eh?

—No, se lo prometo.

—Adiós, señor escritor. Espero que nos volvamos a ver.

Y desapareció a través del aguacero.

Estaba completamente conmocionado. ¿Quién era aquella chica? Su corazón latía a toda velocidad. Permaneció mucho tiempo inmóvil, bajo su terraza; hasta que cayó la oscuridad de la tarde. Ya no sentía la lluvia, ni la noche. Se preguntaba qué edad podía tener. Era demasiado joven, lo sabía. Pero le había conquistado. Había incendiado su alma.

 

*

 

Fue una llamada de Douglas lo que me devolvió a la realidad. Habían pasado dos horas, caía la noche. En la chimenea no quedaban más que brasas.

—Todo el mundo habla de ti —me dijo Douglas—. Nadie entiende qué has ido a hacer a New Hampshire... Todo el mundo dice que estás cometiendo la estupidez más grande de tu vida.

—Todo el mundo sabe que Harry y yo somos amigos. No puedo quedarme sin hacer nada.

—Pero esto es diferente, Marc. Están todas esas historias de asesinatos, ese libro. Creo que no te das cuenta de la amplitud del escándalo. Barnaski está furioso, se huele que no tienes nueva novela que presentarle. Dice que has ido a esconderte a New Hampshire. Y no se equivoca... Estamos a 17 de junio, Marc. Dentro de trece días, el plazo se cumple. Dentro de trece días, estarás acabado.

—Joder, ¿te crees que no lo sé? ¿Para eso me llamas? ¿Para recordarme la situación en la que me encuentro?

—No, te llamo porque creo que he tenido una idea.

—¿Una idea? Te escucho.

—Escribe un libro sobre el caso Harry Quebert.

—¿Cómo? No, ni hablar de eso, no voy a relanzar mi carrera a costa de Harry.

—¿Y por qué a costa? Me has dicho que querías ir a defenderle. Prueba su inocencia y escribe un libro sobre todo eso. ¿Te imaginas el éxito que tendría?

—¿Todo eso en diez días?

—Lo he hablado con Barnaski, para calmarle...

—¿Cómo? ¿Que has...?

—Escúchame, Marc, antes de embalarte. ¡Barnaski piensa que es una ocasión única! Dice que Marcus Goldman contando el caso Harry Quebert ¡es un negocio con cifras de siete ceros! Podría ser el libro del año. Está dispuesto a renegociar tu contrato. Y te propone empezar de cero: un nuevo contrato con él, que anula el precedente, y encima un anticipo de medio millón de dólares. ¿Sabes lo que eso significa?

Lo que eso significaba: que escribir ese libro relanzaría mi carrera. Sería un best-seller garantizado, un éxito seguro y, como recompensa, una montaña de dinero.

—¿Y por qué Barnaski haría eso por mí?

—No lo hace por ti, lo hace por él. Marc, no te das cuenta, todo el mundo habla de este caso por aquí. ¡Un libro de ese tipo es el golpe del siglo!

—No creo que sea capaz. Ya no sé escribir. Ni siquiera sé si he sabido escribir alguna vez. Y lo de investigar... Para eso está la policía. Yo no sé cómo se investiga.

Douglas volvió a insistir:

—Marc, es la ocasión de tu vida.

—Me lo pensaré.

—Cuando dices eso quiere decir que no te lo pensarás.

Esa última frase tuvo por efecto hacernos reír a los dos: me conocía bien.

—Doug... ¿Se puede uno enamorar de una niña de quince años?

—No.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Yo no estoy seguro de nada.

—¿Y qué es el amor?

—Marc, por favor, no me vengas ahora con conversaciones filosóficas...

—Pero, Douglas, ¡él la amaba! Harry se enamoró locamente de esa chica. Me lo ha contado hoy en prisión: estaba en la playa, delante de su casa, la vio y se enamoró. ¿Por qué de ella y no de otra?

—No lo sé, Marc. Pero me gustaría saber lo que tanto te une a Quebert.

—El Formidable —respondí.

—¿Quién?

—El Formidable. Un joven que no conseguía avanzar en la vida. Hasta que conoció a Harry. Fue Harry quien me enseñó a convertirme en escritor. Fue él quien me enseñó la importancia de saber caer.

—¿Qué me estás contando, Marc? ¿Has bebido? Eres escritor porque tienes dotes para ello.

—Precisamente no. El escritor no nace, se hace.

—¿Eso es lo que pasó en Burrows en 1998?

—Sí. Me transmitió todo su saber... Le debo todo.

—¿Quieres que hablemos de ello?

—Si te apetece.

Esa tarde, conté a Douglas la historia que me unía a Harry. Tras la conversación, bajé a la playa. Necesitaba tomar el aire. A través de la oscuridad se adivinaban espesos nubarrones; el tiempo era bochornoso, se preparaba una tormenta. De pronto se levantó el viento: los árboles empezaron a balancearse con furia, como si el mismo mundo anunciase el final del gran Harry Quebert.

Tardé mucho en volver a casa. Fue al llegar a la puerta principal cuando descubrí la nota que una mano anónima había dejado durante mi ausencia. Un sobre normal, sin indicación alguna, en cuyo interior encontré un mensaje escrito a ordenador que decía:

 

Vuelve a tu casa, Goldman

 

28. La importancia de saber caer
(Universidad de Burrows, Massachusetts, 1998-2002)

 

 

 

«Harry, si tuviera que quedarme con una sola de todas sus lecciones, ¿cuál sería?

—Le devuelvo la pregunta.

—Para mí sería la importancia de saber caer.

—Estoy completamente de acuerdo con usted. La vida es una larga caída, Marcus. Lo más importante es saber caer.»