Luz de agosto
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Notas
Sobre el autor
Créditos
Sentada en la orilla de la carretera, con los ojos clavados en la carreta que sube hacia ella, Lena piensa: «He venido desde Alabama: un buen trecho de camino. A pie desde Alabama hasta aquí. Un buen trecho de camino». Mientras piensa todavía no hace un mes que me puse en camino y heme aquí ya, en Mississippi. Nunca me había encontrado tan lejos de casa. Nunca, desde que tenía doce años, me había encontrado tan lejos del aserradero de Doane
Hasta la muerte de su padre y de su madre, ni siquiera había estado en el aserradero de Doane. Sin embargo, los sábados, siete u ocho veces al año, iba a la ciudad en la carreta. Vestida con un trajecito de confección, colocaba de plano sus pies descalzos en el fondo de la carreta y sus botas en el pescante, junto a ella, envueltas en un pedazo de papel. Se ponía sus botas justo en el momento de llegar a la ciudad. Cuando ya era algo mayor, le pedía a su padre que detuviera la carreta en las cercanías de la ciudad para que ella pudiese descender y continuar a pie. No le decía a su padre por qué quería caminar en lugar de ir en el carruaje. El padre creía que era por el empedrado bien unido de las calles, por las aceras lisas. Pero Lena lo hacía con la idea de que, al verla ir a pie, las personas que se cruzaban con ella pudiesen creer que vivía también en la ciudad.
Tenía doce años cuando su padre y su madre murieron, el mismo verano, en una casa de troncos compuesta de tres habitaciones y de un zaguán. No había rejas en las ventanas. El cuarto en que murieron estaba alumbrado por una lámpara de petróleo cercada por una nube de insectos revoloteantes; suelo desnudo, pulido como vieja plata por el roce de los pies descalzos. Lena era la menor de los hijos vivos. Su madre murió primero: «Cuida de tu padre», dijo. Después, un día, su padre le dijo: «Vas a ir al aserradero de Doane con McKinley. Prepárate para marchar. Tienes que estar lista cuando él llegue». Y murió. McKinley, el hermano, llegó en una carreta. Enterraron al padre, una tarde, bajo los árboles, detrás de una iglesia aldeana, y colocaron una tabla de abeto a guisa de piedra sepulcral. Al día siguiente, por la mañana, Lena partió hacia el aserradero de Doane, en la carreta, con McKinley. Y en aquel momento tal vez no sospechaba que se iba para siempre. La carreta era prestada, y el hermano había prometido devolverla al caer la tarde.
El hermano trabajaba en el aserradero. Todos los hombres del pueblo trabajaban en el aserradero o para él. Serraban abetos. Hacía siete años que el aserradero estaba allí y, dentro de otros siete, toda la región se encontraría talada. Entonces, una parte de la maquinaria y la mayoría de los hombres que la hacían funcionar, y que sólo existían para ella o a causa de ella, serían cargados en vagones de mercancías y transportados a otro lugar. Pero, como podían comprarse a plazos las piezas de recambio, una parte del material se quedaría allí: grandes ruedas inmóviles, descarnadas, mirando al cielo con un aire de profundo asombro, entre pedazos de ladrillo y zarzas enmarañadas; calderas calcinadas, alzando con gesto testarudo, sorprendido y cansado unos tubos que ya no humeaban y que se enmohecían en medio de un paisaje erizado de tocones de árboles, un paisaje de desolación, tranquilo, apacible, inculto, tierra convertida en erial donde, lentamente, unos arroyos estancados y rojizos se iban ahondando con las largas lluvias tranquilas del otoño y con el furor galopante de los equinoccios de primavera. Y llegaría el día en el cual la aldea, que ni siquiera en los tiempos de su prosperidad figuraba en los anuarios de Correos y Telégrafos, acabaría por ser olvidada hasta por los miserables saqueadores de ocasión que derribarían los cobertizos para quemarlos a trozos en sus cocinas y, durante el invierno, en sus estufas.
En la época en que llegó Lena, no vivían allí más de cinco familias. Había una vía férrea y una estación por la que, una vez al día, pasaba un rugiente tren mixto. Se le podía detener con una bandera roja, pero casi siempre salía de las taladas colinas súbitamente, como una aparición, y, gimiendo igual que un alma en pena, cruzaba aquel modesto embrión de aldea, la perla olvidada de un collar roto. Lena tenía veinte años menos que su hermano. Apenas le recordaba cuando se fue a vivir con él. El hermano habitaba en una casa de madera sin pulir, de cuatro habitaciones, con su mujer, a la que los embarazos y los trabajos de la maternidad habían agotado. Cada año, durante casi tres meses, la cuñada estaba en la cama o convaleciente. Durante aquel tiempo, Lena llevaba la casa y cuidaba de los otros niños. Más tarde se dijo a sí misma: «Creo que ésta debe de ser la causa de que yo haya tenido uno tan pronto».
Lena dormía en una tejavana, detrás de la casa. Allí sólo había una ventana, que ella aprendió a abrir y cerrar en la oscuridad, sin hacer ruido, aunque primero compartía la tejavana con el mayor de sus sobrinos, después con los dos mayores y luego con los tres. Pero no abrió la ventana por primera vez hasta que pasaron ocho años. Y apenas la hubo abierto doce veces cuando se dio cuenta de que habría sido mejor no abrirla nunca. Se dijo a sí misma: «Cosas de mi mala suerte».
La cuñada se lo dijo a su hermano. Y el hermano advirtió entonces el cambio en la silueta de Lena, cosa que habría debido advertir mucho antes. Era un hombre duro. El sudor de su frente había arrastrado consigo la ternura, la mansedumbre, la juventud (tenía justamente cuarenta años) y casi todo lo demás, no dejándole otra cosa que una especie de energía terca, desesperada, y la austera herencia del orgullo de su sangre. La llamó puta. Acusó al verdadero culpable (por lo demás, los jóvenes solteros y los Casanovas de pega eran bastante menos numerosos que las familias), pero Lena no quiso admitirlo hasta seis meses después de que el hombre se hubiese ido de allí. Se contentó con repetir obstinadamente: «Vendrá a buscarme. Me ha dicho que vendrá a buscarme»; inquebrantable, borreguil, vivía con esa reserva de paciencia y de constante felicidad con la que cuentan los Lucas Burch, incluso cuando no tienen la menor intención de estar allí el día en que sea necesario. Quince días después, Lena volvió a salir por la ventana. Esta vez fue algo más difícil. «Si hace unos meses me hubiese resultado tan difícil, creo que no habría tenido que hacerlo ahora», pensó. Nadie le habría impedido marcharse. Tal vez ella ya lo sabía, pero prefirió hacerlo de noche y por la ventana. Llevaba consigo un abanico de hojas de palma y un pequeño hatillo, cuidadosamente anudado con un pañuelo de colores. Contenía, entre otras cosas, treinta y cinco centavos en monedas de cinco y de diez centavos. Iba calzada con unas botas que habían sido de su hermano y que éste le había dado. Estaban casi nuevas porque, por lo común, ni ella ni su hermano llevaban botas. Cuando Lena sintió bajo sus pies el polvo de la carretera, se quitó las botas y las llevó en la mano.
Pronto haría cuatro semanas que caminaba así. Tras ella, esas cuatro semanas, la sensación de lejos, se estiraban como un apacible corredor, pavimentado de una confianza tranquila y firme, y lleno de rostros, de voces anónimas y cordiales: ¿Lucas Burch? No le conozco. No conozco por aquí a nadie con ese nombre. ¿Esta carretera? Es la que va a Pocahontas. Es posible que lo encuentre allí. Esa carreta va hacia allá. La llevará, si quiere; ahora, detrás de ella, se desarrolla una larga y monótona sucesión de cambios regulares y apacibles, de días que se hacen noches, de noches que se hacen días, a lo largo de los cuales Lena ha avanzado, obstinadamente, en unas carretas anónimas, idénticas, como a través de sucesivas reencarnaciones de ruedas chirriantes, de orejas caídas, como en algo que avanzase siempre, y sin hacer progresos, por los costados de una urna.
La carreta que ascendía por la cuesta se acercó a ella. Lena la había adelantado, camino abajo, a una milla de allí. Estaba detenida en el borde de la carretera. Las mulas dormían entre los varales, con la cabeza apuntada hacia la dirección que seguía Lena. Ella la vio, y vio también a los dos hombres, puestos en cuclillas cerca del granero, detrás de la valla. Echó una ojeada a la carreta y a los hombres; una ojeada única, circular, rápida, inocente y profunda. No se detuvo. Al parecer, los hombres que estaban detrás de la valla ni siquiera notaron que les había mirado; a ellos y a la carreta. Lena no se volvió tampoco. Desapareció lentamente, con las botas sin atar alrededor de sus tobillos. Al cabo de una milla, cuando llegó a lo alto de la cuesta, se sentó en el borde de la cuneta, con los pies en el fondo poco profundo, y se quitó las botas. Un momento después comenzó a oír la carreta. La estuvo oyendo durante algún tiempo, hasta que apareció a media cuesta.
La madera y el metal, faltos de grasas, corroídos por las intemperies, crujen y se bambolean, agudos y secos, lentamente, tremendamente; es una serie de detonaciones secas, indolentes, que se oyen a seiscientos metros en el cálido silencio, sosegado y balsámico, de este atardecer de agosto. Aunque las mulas se afanan, en una especie de hipnosis constante e inflexible, la carreta no parece avanzar. Tan ínfimo es su avance que parece como si estuviese suspendida en medio del camino, como una perla descolorida enhebrada en el hilo rojizo de la carretera. Tan cierto es esto que, aun mirándola, los ojos la pierden cuando la vista y los sentidos se empañan lentamente y se difuminan, igual que la misma carretera con la sucesión sosegada y monótona de las noches y de los días, como un hilo ya medido que se embobinase de nuevo en el carrete. Tan cierto es que se diría también que, desde el fondo de una región trivial, insignificante, más allá incluso de toda idea de distancia, el sonido parece llegar, lento, terrible, desprovisto de sentido, como si fuese un doble que precediera seiscientos metros a su propio cuerpo. «Puedo oírla desde tan lejos antes de verla», piensa Lena. Se ve ya en camino, sobre la carreta, pensando y será como si avanzase en la carreta quinientos metros antes de subir a ella, antes incluso de que llegue al lugar en donde estoy, y después que haya bajado de ella se alejará, conmigo dentro, durante quinientos metros más Y espera, ya sin mirar siquiera a la carreta, mientras sus pensamientos se encadenan, ociosos, rápidos, fáciles, llenos de rostros, de voces cordiales: ¿Lucas Burch? ¿Dice usted que le ha buscado en Pocahontas? ¿Esta carretera? Lleva a Springvale. Espere aquí. Pasará una carreta que la llevará un buen trecho de camino Y piensa: «Y si va hasta Jefferson, Lucas Burch podrá oírme antes, incluso, de poder verme. Oirá la carreta, pero no lo sabrá. Así que habrá alguien que estará en sus oídos antes de estar en sus ojos. Y entonces me verá, y se quedará muy confuso. Y tendrá a dos dentro de sus ojos antes de que haya podido recordar».
Acuclillados en la sombra, contra la pared del establo de Winterbottom, Armstid y Winterbottom la vieron pasar por la carretera. Vieron enseguida que era joven, y que estaba encinta, y que no era del país.
—Me pregunto en dónde le habrán hecho esa barriga —dijo Winterbottom.
—Me pregunto cuánto tiempo hará que la pasea —dijo Armstid.
—Va a visitar a alguien que vive más abajo, supongo.
—No creo. Yo lo habría oído decir. Desde luego no es a ninguno de por aquí. Yo habría oído hablar de ello.
—Supongo que sabe adónde va —dijo Winterbottom—. Por la forma de andar, lo parece.
—No tardará mucho en tener compañía —dijo Armstid.
La mujer se alejaba, lentamente, agobiada por una carga sobre cuya naturaleza nadie podía engañarse. Ni uno ni otro la vieron echar una sola mirada hacia ellos, mientras pasaba con su vestido informe, de un azul desteñido, llevando en una mano su abanico de palma y, en la otra, su pequeño hatillo.
—Seguro que no viene de muy cerca —dijo Armstid—. Por la forma de andar se ve que lo ha hecho mucho tiempo y que todavía le queda mucho por recorrer.
—Vendrá a ver a alguien de por ahí —dijo Winterbottom.
—Si fuese así, lo habría oído decir —dijo Armstid.
La mujer se alejaba. No había vuelto la cabeza. Cuando llegó a lo alto de la pendiente desapareció, hinchada, lenta, resuelta, sin prisa ni fatiga, como la misma progresión de la tarde. Desapareció también de su conversación, y también, acaso, de su mente. Porque, al cabo de un rato, Armstid dijo lo que había venido a decir. Ya había venido dos veces para decir aquello, lo cual suponía, cada vez, cinco millas en carreta y tres horas dedicadas a escupir, acurrucado a la sombra, pegado a la pared del granero de Winterbottom, con esa lenta indecisión de las gentes de su especie, para las cuales no cuenta el tiempo. Se trataba de discutir el precio de un escarificador que Winterbottom deseaba vender. Finalmente, Armstid miró al sol y ofreció el precio que, tres noches antes, tendido en su cama, había decidido ofrecer:
—Sé que hay uno en Jefferson que podría conseguir por ese precio —dijo.
—Creo que harías muy bien en comprarlo —dijo Winterbottom—. Parece una buena ocasión.
—Tenlo por seguro —dijo Armstid.
Escupió, miró de nuevo al sol y se levantó:
—Bueno, supongo que lo mejor será que vuelva a casa.
Subió a su carreta y despertó a las mulas. O más bien las puso en movimiento, porque sólo un negro es capaz de decir cuándo las mulas duermen o no. Winterbottom le siguió hasta la valla, sobre la cual se acodó.
—Claro que sí. Yo mismo compraría ese escarificador a ese precio. Si tú no lo haces, yo sería un tonto si no fuese a comprarlo. Y ese que lo vende, ¿no tendrá, por casualidad, un par de mulas que cuesten esos cinco dólares?
—Tenlo por seguro —dijo Armstid.
Y se alejó. La carreta reanuda su lento estrépito, devorador de kilómetros. Tampoco él vuelve la cabeza y al parecer tampoco mira hacia delante, porque no advierte a la mujer sentada en la cuneta, a la orilla de la carretera, hasta que la carreta casi ha llegado a lo alto de la cuesta. En el momento en que reconoce el vestido azul no podría decir si la mujer ha visto la carreta. Y tampoco habría podido adivinar nadie si él ha visto a la mujer, viéndoles acercarse el uno al otro, sin apariencia de progreso, mientras la carreta se arrastra implacablemente hacia ella, envuelta en su lenta y palpable aureola de somnolencia, de polvo rojo, en el que los firmes cascos de las mulas se mueven como en un sueño, al ritmo desordenado de los crujientes arneses y de los leves sobresaltos de sus orejas de liebre. Cuando se detienen, las mulas no están ni dormidas ni despiertas.
Por debajo de una capellina de un azul mustio, desteñida ya por algo más que por el agua y el jabón de lavadero, la mujer le mira tranquilamente, amablemente, joven, complaciente, cándida, amistosa y alertada. Todavía no se mueve. Bajo el ajado vestido, del mismo desteñido azul, su cuerpo deformado permanece inmóvil. El abanico y el fardillo están sobre sus rodillas. No lleva medias. Sus pies descalzos reposan, uno junto a otro, en la cuneta. Cerca, no están más inertes que ellos, bajo el polvo, las dos pesadas botas masculinas. Armstid sigue sentado en la detenida carreta, encorvado, con ojos incoloros. Ve que el abanico está minuciosamente ribeteado con el mismo azul desteñido de la capellina y el vestido.
—¿Hasta dónde quiere ir? —pregunta Armstid.
—Trataba de adelantar un poco antes de que sea de noche —dice ella.
Lena se incorpora, coge sus botas. Sube a la carretera, lentamente, pero con decisión, y luego se acerca a la carreta. Armstid no baja a ayudarla. Se limita a mantener el tiro inmóvil mientras ella trepa pesadamente por la rueda y coloca sus botas bajo el pescante. Y la carreta reanuda su marcha.
—Se lo agradezco —dice Lena—. Andar así, a pie, fatiga mucho.
Aparentemente, Armstid no la ha mirado bien ni una sola vez. Sin embargo, ya se ha dado cuenta de que no lleva alianza. Ahora no la mira. La carreta continúa con su lento traqueteo.
—¿Viene de muy lejos? —dice Armstid.
Lena exhala el aliento. Más que un suspiro es una espiración sosegada, como para expresar un sosegado asombro.
—Ahora me parece un buen trecho de camino. Vengo de Alabama.
—¿De Alabama? ¿En su estado? ¿Dónde está su familia?
Lena ya no le mira.
—Trato de encontrarle por aquí. Tal vez lo conozca usted. Se llama Lucas Burch. Por ahí me dijeron que estaba en Jefferson, empleado en un aserradero.
—¿Lucas Burch?
El tono de Armstid es casi idéntico al suyo. Están sentados, codo con codo, en el pescante desfondado y con los muelles rotos. El hombre puede ver las manos de la mujer, colocadas en el regazo, y su perfil bajo la capellina. Lo ve de reojo. Lena parece atenta a la carretera que transcurre entre las ágiles orejas de las mulas.
—¿Y ha hecho usted todo ese camino, tal como está, sin ninguna compañía, sólo para encontrarle?
Lena tarda un momento en responder. Después dice:
—La gente ha sido buena. Sí, muy buena conmigo, ya lo creo.
—¿También las mujeres?
Con el rabillo del ojo el hombre observa su perfil pensando no sé lo que Martha va a decir pensando: «Pero sí sé lo que Martha va a decir. Creo que, a veces, las mujeres pueden ser buenas sin parecer compasivas. Los hombres también, quizás. Pero sólo una mujer mala sabe compadecer a otra mujer que necesita compasión». Pensando Sí, ya lo sé. Sé exactamente lo que Martha va a decir.
Lena está un poco inclinada hacia delante en su asiento, muy serena, con el perfil muy quieto, y la mejilla...
—Es extraño... —dice.
—¿Extraño el que la gente, al ver a una muchacha desconocida recorrer los caminos en su estado, comprenda que la ha abandonado su marido?
Lena no se mueve. La carreta sigue ahora una especie de ritmo. Su madera gastada, sin engrasar, se confunde con el lento atardecer, con la carretera y con el calor.
—¿Y piensa encontrarle por ahí?
Lena no se mueve. Parece atenta a la carretera, lenta entre las orejas de las mulas, atenta tal vez a la distancia, cortada en forma de carretera, definida.
—Creo que lo encontraré. No será difícil. Estará en un lugar en donde la gente se reúna, en donde la gente ría, en donde se bromee. Nunca es el último en eso.
Armstid gruñe, con un tono brusco, huraño.
—¡Yiiia, mulas! —dice. Y se dice a sí mismo, medio pensando, medio en voz alta: «Me parece que tiene razón. Creo que ese mozo se dará cuenta de que se ha equivocado el día en que se detuvo en este lado de Arkansas, e incluso de Texas».
El sol baja. Ya sólo estará una hora por encima del horizonte, por encima de la rápida caída de la tarde de verano. La avenida comienza en la carretera, más en calma aún que la carretera misma.
—Ya hemos llegado —dice Armstid.
La mujer se agita en el acto. Se inclina y toma sus botas. Al parecer no quiere retrasar al carruaje ni el tiempo de calzárselas.
—Le estoy muy agradecida —dice—. Me ha hecho un gran favor.
La carreta se detiene de nuevo. La mujer se apresura a descender.
—Aunque llegue antes de que sea de noche al almacén de Varner, todavía le faltarán doce millas hasta Jefferson —dice Armstid.
Lena sujeta, torpemente, con una mano, sus botas, su hatillo, su abanico. Conserva la otra mano libre, para ayudarse a bajar.
—Creo que será mejor que continúe —dice.
Armstid no la toca.
—Venga a pasar la noche en casa —dice—. Allí hay mujeres. Hay una mujer que podrá... si usted... Ande, venga. Mañana por la mañana, a primera hora, la llevaré hasta la tienda de Varner. Es sábado y seguramente habrá alguien que vaya hacia allá. Por una noche, no se le va a escapar. Si es que está en Jefferson, todavía estará mañana.
Ella está sentada, tranquila, con sus cosas en la mano, dispuesta a descender. Mira ante sí, hacia donde la carretera hace una curva y se aleja, rayada de sombras.
—Creo que todavía tengo algunos días...
—Desde luego. Tiene todo el tiempo que quiera. Sólo que, de un momento a otro, podría encontrarse con un compañero que no sabría andar solo. Venga a casa conmigo.
Hace arrancar a las mulas sin aguantar la respuesta. La carreta se adentra en la avenida, en el sombrío camino. La mujer se vuelve a hundir en el pescante, sin abandonar su abanico, su hatillo y sus botas.
—No quisiera que se preocupasen por mí —dice—. No quisiera molestar.
—No molestará —dice Armstid—, venga conmigo. Venga.
Las mulas caminan rápidamente por primera vez, sin que nadie las apremie.
—Huelen el maíz —dice Armstid, que piensa: «En esto se conoce a la mujer. Ella misma sería capaz de despellejar a otra mujer, pero se pasea sin la menor vergüenza por delante de todo el mundo, porque sabe que la gente, los hombres, la protegerán, No se preocupa de las demás mujeres. No es ninguna mujer quien la ha puesto en lo que ella ni siquiera llama un apuro. Perfectamente. En cuanto una de ellas se casa, o se ve metida en un lío sin estar casada, enseguida la veréis salirse de su casta, abandonar el sexo femenino y pasar el resto de su vida tratando de unirse a la casta de los hombres. Por eso beben, y fuman, y reclaman el derecho de voto».
Cuando la carreta pasa por delante de la casa para ir hasta la cochera, su mujer está vigilando desde la puerta de entrada. Armstid no mira en esa dirección. No necesita mirar para saber que ella ha de estar allí, que ya está allí: «Sí —piensa, con melancólica ironía, mientras hace girar a las mulas hacia la verja abierta—, sé exactamente lo que va a decir. Claro que lo sé: exactamente». Detiene la carreta. No necesita mirar para saber que su mujer está ahora en la cocina, que ya vigila, que espera. Detiene la carreta:
—Vaya a la casa —dice (él ha descendido ya, y la mujer desciende también, lentamente, con un aire resuelto que parece escuchar en su interior)—. Cuando encuentre a alguien, será Martha. En cuanto limpie a las bestias y les eche el pienso, iré yo también.
No la mira cuando atraviesa el corral y se dirige a la cocina. No es necesario. La sigue paso a paso, franquea con ella la puerta de la cocina, se acerca a la mujer que ahora vigila desde la puerta de la cocina del mismo modo que, hace un momento, desde la puerta de entrada, veía pasar a la carreta. «Creo —piensa Armstid— que sé exactamente lo que va a decir».
Desengancha sus mulas, las abreva, las lleva a la cuadra y les da de comer. Después va al prado en busca de las vacas para hacerlas entrar. Y enseguida, se dirige a la cocina. Allí está siempre ella, la mujer gris, de rostro frío, duro, irascible, la mujer que, en seis años, le ha dado cinco hijos a los que luego ha convertido en hombres y en mujeres. La mujer que nunca está ociosa. Armstid no la mira. Se acerca al fregadero, toma el cubo, vierte agua en una palangana y se arremanga la camisa.
—Se apellida Burch —dice—. Al menos así dice que se llama el hombre que busca, un tal Lucas Burch. Alguien le ha dicho en el camino que ahora está en Jefferson.
De espaldas, comienza a lavarse.
—Viene de Alabama. Ha hecho todo el camino a pie. Y completamente sola, según dice.
La señora Armstid no mira a su alrededor. Está atareada con la mesa.
—Va a dejar de estar sola mucho tiempo antes de que regrese a Alabama —dice.
Armstid está muy ocupado con el agua y el jabón del fregadero. Siente cómo le mira ella, cómo le mira la nuca, los hombros, por debajo de la camisa azul que el sudor ha desteñido:
—Dice que alguien le ha dicho allá abajo, en la tienda de Samson, que hay un individuo que se apellida Burch, o algo parecido, que trabaja en el aserradero de Jefferson.
—Y ella cree que va a encontrarlo. ¡Esperándola, con la casa amueblada y todo!
Armstid no sabría decir ahora, por el sonido de su voz, si su mujer le mira o no; se enjuga con un saco de harina partido en dos.
—Tal vez le encuentre. Si lo que él quiere es darle esquinazo, me parece que va a darse cuenta de que se ha equivocado deteniéndose antes de haber puesto el Mississippi en medio.
Y ahora sí sabe que ella le mira; ella, la mujer gris, ni gorda ni delgada, dura ante el hombre, dura ante el trabajo, brusca y huraña, con su suelta ropa gris, las manos en las caderas y un rostro semejante al de los generales vencidos en la batalla.
—¡Ah, los hombres! —dice.
—¿Qué quieres que hagamos con ella? ¿Ponerla en la calle? ¿O mandarla a dormir al granero?
—¡Ah, los hombres! —dice ella—. ¡Los cochinos hombres!
Entran al mismo tiempo en la cocina, pero la señora Armstid va delante. Se acerca directamente al fogón. Lena se queda de pie cerca de la puerta. Ahora lleva la cabeza descubierta. Sus cabellos están bien alisados. Hasta su vestido azul parece más fresco, más descansado. Mira a la señora Armstid, que, delante del fogón, hace entrechocar los círculos de metal y maneja los haces de leña con la brusca violencia de un hombre.
—Me gustaría mucho ayudarla —dice Lena.
La señora Armstid ni siquiera vuelve la cabeza. Hurga furiosamente en su hornillo.
—Hágame el favor de quedarse donde está. Cuanto menos tiempo esté ahora de pie, más se retrasará el momento en que tendrá que estar acostada.
—Tenga la bondad de dejarme ayudarle.
—Se quedará donde está. Hace treinta años que hago esto, tres veces por día. Ya pasó el tiempo en que necesitaba ayuda.
Se atarea en su hornillo, sin volverse.
—Armstid dice que se apellida usted Burch.
La muchacha tarda en responder. La señora Armstid no hurgonea ya, pero sigue dándole la espalda. De pronto, se vuelve. Se miran, súbitamente desnudas, observándose recíprocamente: la muchacha en su silla, con sus cabellos alisados y sus manos inertes en el regazo; la vieja vuelta a medias, cerca del fogón, inmóvil también, con un mechón rebelde de cabellos grises en la base del cráneo y una cara que parece tallada en arenisca. Y la más joven comienza a hablar:
—No he dicho la verdad. No me apellido Burch. Me llamo Lena Grove.
Se miran. La voz de la señora Armstid no es ni fría ni cálida.
—Y quiere reunirse con él para poder llamarse Burch antes de que sea demasiado tarde. ¿No es eso?
Lena ha bajado los ojos, como para vigilar las manos que están en su regazo. Su voz es mate, huraña. Y sin embargo está serena:
—Creo que no necesito que Lucas me prometa nada. Sólo la mala suerte le obligó a marcharse. Las cosas no salieron bien para que pudiese llevarme con él, como era su intención. Creo que ni él ni yo necesitamos prometer nada. Cuando se dio cuenta, aquella noche, de que tenía que irse, él...
—¿Se dio cuenta qué noche? ¿La noche en que usted le habló del chiquillo?
La otra tarda un momento en responder. Su rostro está quieto como una piedra, pero sin dureza. Aunque arisco, no deja de tener dulzura; refleja una luz interior, apacible, serena, llena de un alejamiento sin razón. La señora Armstid la observa. Lena habla, sin mirar a la otra mujer:
—Le habían dicho algo, tiempo atrás, de esa posible partida. Pero él no me dijo nada antes para no inquietarme. Desde que supo que tendría que marchar, comprendió que sería mejor irse, que podría triunfar mejor en un lugar en donde el capataz no estuviese tan pendiente de él todo el tiempo. Aunque siempre lo retrasaba. Pero, cuando yo me vi así, no pudimos retrasarlo más tiempo. El capataz estaba siempre pendiente de Lucas porque le odiaba, porque Lucas era joven y lleno de entusiasmo, todo el tiempo, y porque el capataz quería la plaza de Lucas para dársela a uno de sus primos. Lucas no quería decirme nada para no inquietarme. Pero, cuando yo me vi así, no pudimos esperar más. Fui yo quien le dijo que se fuese. Ni siquiera así se quería ir. Él me dijo que se quedaría si yo quería, aunque el capataz le tratase mal. Pero le dije que se fuese. Ni siquiera así se quería marchar. Pero yo le dije que lo hiciese. Que me enviase sólo unas palabras en cuanto quisiera que me fuese con él. Y después, sus cosas no han salido como él quería para hacer que me reuniese con él, como era su intención. Hace falta tiempo para situarse cuando uno se va, de ese modo, a vivir entre extraños. Él no sabía nada de eso cuando se marchó; no sabía que necesitaría más tiempo de lo que se figuraba para situarse. Sobre todo un muchacho lleno de vida como Lucas, un muchacho que disfruta con la compañía y las diversiones, un muchacho que gusta a la gente. Él no sabía que necesitaría más tiempo de lo que pensaba porque es joven, y la gente anda siempre tras él, porque siempre está dispuesto a reír, a divertirse, interrumpiendo su trabajo, muy en contra suya, porque a él nunca le ha gustado contrariar a nadie. Y yo quería que se divirtiese bien por última vez, porque el matrimonio no es igual para una mujer que para un muchacho joven, un muchacho que es joven y está lleno de entusiasmo. Eso dura mucho tiempo, para un muchacho con entusiasmo, ¿no le parece?
La señora Armstid no responde. La mira, sentada en su silla, con sus cabellos alisados, y sus manos tranquilas en el regazo y su dulce rostro soñador.
—También podría ser que me hubiese avisado ya y que el aviso se perdiera por el camino. Hay un buen trecho, sólo desde aquí hasta Alabama; y todavía no estoy en Jefferson. Le dije que no contaba con que me escribiera, porque las cartas no son su fuerte. «Cuando estés dispuesto, me lo tendrás que decir por alguien; porque yo, dije, estaré ya lista.» Los demás me molestaban un poco, al principio, después que él se fue, porque todavía no me llamaba Burch y porque mi hermano y su familia no conocían a Burch tan bien como yo. ¿Cómo iban a conocerle? (Lentamente, una expresión de sorpresa, feliz y dulce, aparecía en su rostro, como si acabase de pensar en alguna cosa que ni siquiera sabía que ignoraba hasta entonces.) ¿Cómo iban a conocerle? Pero primero tenía que situarse. Él sí que tendría todas las dificultades, encontrándose en medio de extraños, y yo no tenía que ocuparme de nada, salvo de esperar, mientras que él tenía todas las dificultades y todos los problemas. Sólo al cabo de cierto tiempo comprendí que ya estaba demasiado ocupada con traer al mundo al chiquillo para inquietarme por mi nombre y por lo que la gente pensase. Pero Lucas y yo no necesitamos promesas entre nosotros. Algo imprevisto ha tenido que suceder; o tal vez me envió el recado y se ha perdido. Así que, entonces, un día, decidí que no podía esperar más tiempo.
—¿Y cómo sabía en qué dirección ir cuando emprendió el viaje?
Lena contempla sus manos. Ahora se mueven, y pliegan, en un ensueño absorto, un trozo de falda. Ninguna desconfianza, ninguna timidez: un simple reflejo distraído de la mano, sin duda.
—He preguntado todo el tiempo. Con un muchacho como Lucas, que es joven y está lleno de vida, y que intima fácilmente y pronto, yo sabía que en todos los lugares por donde hubiese pasado se acordarían de él. Así que pregunté por todas partes. Y la gente ha sido muy buena. Así que, lo que hay de seguro es que hace dos días, en la carretera, me dijeron que estaba en Jefferson, empleado en el aserradero.
La señora Armstid mira el rostro inclinado. Tiene las manos apoyadas en las caderas y mira a la muchacha con una expresión de desprecio frío e impersonal.
—¿Y cree que estará allí cuando usted llegue? Eso suponiendo que haya estado allí alguna vez... ¿Que, al saber que está usted en la misma ciudad que él, seguirá allí todavía a la hora en que se pone el sol?
El rostro inclinado de Lena es grave e impasible. Su mano se detiene. Ahora reposa, inmóvil, sobre el regazo, como si estuviese muerta. Su voz es calmosa, apacible, obstinada:
—Creo que, cuando un niño llega, toda la familia debe estar reunida. Sobre todo si es el primero. Creo que el Señor me ayudará.
—Y yo también creo que será Él quien tendrá que hacerlo —dice la señora Armstid bruscamente, con violencia.
Armstid está en la cama, con la cabeza un poco alzada. La ve cómo se inclina, totalmente vestida, a la luz de la lámpara, y cómo busca rabiosamente en un cajón. Saca de allí una caja de metal y la abre con una llave colgada de su cuello, y toma una bolsa de lienzo, y la abre, y saca de ella un pequeño gallo de porcelana con una rendija en el lomo. Suenan unas monedas cuando la mujer lo toma, lo vuelca y lo sacude violentamente encima de la cómoda, haciendo salir por la rendija una escueta lluvia de calderilla. Armstid, desde su cama, la mira:
—¿Qué vas a hacer con el dinero de tus huevos a estas horas de la noche? —dice.
—Es mío, supongo. Puedo hacer con él lo que me dé la gana —se inclina bajo la lámpara, el rostro duro, amargo—. Dios sabe lo que yo he padecido para criarlos. Que lo que es tú, no has levantado ni el dedo meñique.
—Tienes razón —dice el hombre—. Creo que no hay ningún cristiano en el país que se atreva a disputarte tus gallinas; a no ser las zarigüeyas y las serpientes. Ni ese gallo tampoco —añade.
Así es. Porque, agachándose bruscamente, la mujer se arranca uno de sus zapatos y da con él un solo golpe en la hucha de porcelana, que se desmorona. Desde su cama, bien estirado, Armstid la ve recoger las monedas esparcidas entre los cascos. La mujer las mete, con las otras, en la bolsa, que anuda y vuelve a anudar tres o cuatro veces, con un gesto definitivo y encorajinado.
—Le darás esto —dice—. Y, en cuanto salga el sol, engancharás y te la llevarás de aquí. Condúcela hasta Jefferson si quieres.
—Supongo que en la tienda de Varner podrá encontrar a alguien que la lleve —dice el hombre.
La señora Armstid se levantó antes del alba y preparó el almuerzo. Ya estaba servido en la mesa cuando Armstid volvió de ordeñar las vacas.
—Ve a decirle que venga a comer —dijo la señora Armstid.
Cuando regresó a la cocina con Lena, la señora Armstid ya se había ido. Lena echó una mirada alrededor del cuarto, haciendo, en el umbral de la puerta, una pequeña pausa (menos que una pausa), con el rostro inmovilizado en una expresión dispuesta a la sonrisa, dispuesta a las palabras, a unas palabras preparadas de antemano, Armstid estaba seguro de ello. Pero no dijo nada: la pausa fue menos que una pausa.
—Comamos antes de salir —dijo Armstid—. Todavía tiene que andar un buen trecho.
El hombre la veía comer con aquella misma dignidad tranquila y cordial que la muchacha había demostrado la noche precedente, durante la cena. Ahora, sin embargo, había en aquella dignidad una discreción cortés y casi afectada que la corrompía. Después, el hombre le dio la bolsa de tela bien anudada. Ella la tomó, con el rostro feliz, cálido, aunque moderadamente sorprendido.
—¡Oh, qué buena ha sido! —dijo—. Pero no lo necesitaré. Ya casi he llegado.
—Creo que será mejor que lo guarde. Supongo que habrá advertido usted que a Martha no le gusta que no se haga su voluntad.
—¡Qué buena ha sido! —dijo Lena.
Guardó el dinero en su hatillo y se cubrió con la capellina. La carreta esperaba. Cuando descendían por la avenida, Lena se volvió para mirar la casa.
—Qué buenos han sido los dos —dijo.
—Ha sido cosa de ella —dijo Armstid—. Me parece que a mí no me debe nada.
—De todos modos, han sido muy buenos. Tendrá que decirle adiós de mi parte. Esperaba verla yo misma, pero...
—Claro que sí... Debía de estar ocupada en algo. Yo se lo diré.
Llegaron al almacén cuando el sol salía. Los hombres acuclillados escupían ya sobre los escalones gastados de la veranda. La vieron descender del pescante de la carreta, lentamente, con precaución, el hatillo y el abanico en la mano. Tampoco esta vez se molestó Armstid en ayudarla. Desde lo alto de su asiento, dijo:
—Ésta es la señora Burch. Quisiera ir a Jefferson. Si alguno va hoy hacia allá, ella le agradecería mucho que la llevase.
Lena posó en la tierra sus pesadas botas polvorientas. Y alzó los ojos hacia él, con la expresión serena, apacible.
—Ha sido usted muy bueno —dijo.
—Bien, bien —dijo Armstid—; creo que ahora podrá llegar a la ciudad.
Bajó su mirada hacia ella, y le pareció entonces que un tiempo interminable transcurría mientras vigilaba su lengua, ocupada en buscar sus palabras, pensando rápida y calladamente pensamientos volantes Un hombre. Todos los hombres. Dejarán escapar cien ocasiones de hacer el bien por una ocasión de mezclarse en negocios de los demás sin que nadie se lo pida. Descuidarán, se olvidarán de ver oportunidades, ocasiones de riqueza, de reputación, de beneficio y a veces hasta de perjuicio; pero no perderán nunca una ocasión de intervenir Luego su lengua halló las palabras y, más asombrado que la propia Lena, se oyó a sí mismo:
—Pero yo, en su lugar, no me fiaría demasiado con... demasiado de... —mientras pensaba Ella no me escucha. Si pudiese oír estas palabras, no descendería de la carreta, sola, con un vientre así, y ese abanico, y ese hatillo, camino de un lugar que no conoce, y en busca de un hombre al que no volverá a ver y al que ya vio una vez de más «Si alguna vez vuelve a pasar por aquí, mañana, incluso esta tarde...».
—Creo que todo se arreglará —dijo ella—. Me han dicho que él está allí.
Armstid hace que gire su carreta y vuelve, encorvado, los ojos pálidos, sentado en el pescante hundido, y piensa: «Eso no habría solucionado nada. Ella no me habría creído si me hubiese oído decírselo, como tampoco creería todos los pensamientos cuyo centro ha sido desde... ya hace cuatro semanas ahora, ha dicho ella. Como tampoco lo oirá, ni lo creerá en este momento. Y ella está allí, sentada en el escalón más alto, con las manos en el regazo, entre esos muchachos en cuclillas que escupen, cerca de ella, sobre la carretera. Y ella ni siquiera ha esperado a que la interroguen para empezar a contarles, a hablarles de ese modo, como si nunca hubiese tenido nada especial que ocultar o que decir, incluso cuando Jody Varner u otro le diga que ese muchacho del aserradero, allá en Jefferson, se llama Bunch y no Burch. Y esto no la atormentará tampoco. Me parece que ella sabe mucho más que la propia Martha; como ayer noche, cuando le dijo a Martha que el Señor se encargaría de hacer que sucediese lo que es justo».
Han bastado una o dos preguntas para que Lena, sentada en el más alto escalón, con el abanico y el hatillo sobre sus rodillas, relate de nuevo su historia con la paciente y transparente recapitulación del niño que miente; y los hombres, con sus monos de trabajo, la escuchan tranquilamente, en cuclillas a su alrededor.
—Ese muchacho se llama Bunch —dice Varner—. Y hará como unos siete años que trabaja en el aserradero. ¿Cómo sabe usted que Burch está también allí?
Ella mira hacia la carretera, en dirección a Jefferson. Su rostro está tranquilo, atento, un poco despegado, pero sin nada de ausente:
—Creo que estará allí, en ese aserradero. A Lucas le han gustado siempre el cambio y la novedad. Nunca le ha gustado una vida tranquila. Por eso no le convino nunca el aserradero de Doane. Por eso decidió... decidimos cambiar: por el dinero y por la novedad.
—Por el dinero y por la novedad —dijo Varner—. Lucas no es el primer mocoso que, por el dinero y por la novedad, ha dejado de hacer aquello para lo que había nacido y ha abandonado a los que dependían de que lo hiciese.
Pero, aparentemente, Lena no escuchaba. Sentada tranquilamente sobre el más alto escalón, mira aquel sitio en donde la carretera tuerce vacía y ascendente, hacia Jefferson. Los hombres, en cuclillas contra la pared, miran su rostro encalmado y plácido y piensan lo que Armstid pensaba y lo que Varner piensa: que sueña con un bribón que la ha dejado en apuros y a quien ellos saben muy bien que no volverá a ver jamás, a no ser, tal vez, los faldones de su chaqueta tensados por el viento de la carrera. «Quizás se refiera a los aserraderos de Sloane o de Bone —piensa Varner—. Me parece que ni una idiota necesitaría venir hasta el Estado de Mississippi para darse cuenta de que el lugar que ha dejado no difiere apenas del lugar en que está ahora. Aunque tenga allí un hermano que le echa en cara lo que zascandilea por las noches». Y, al mismo tiempo, piensa yo habría hecho igual que el hermano; el padre habría hecho lo mismo. Ella no tiene madre, porque la sangre paterna odia, llena de amor y de orgullo, mientras que la sangre materna, llena de odio, ama y cohabita
Lena no piensa nada de eso. Piensa en el dinero guardado en el hatillo que está bajo sus manos. Recuerda su primer almuerzo, piensa que puede entrar en la tienda, en aquel instante mismo, y comprar queso y bizcochos y hasta sardinas, si le apetecen. En casa de Armstid sólo tomó una taza de café y un pedazo de pan de maíz; nada más, aunque Armstid insistió. «He comido muy educadamente», piensa, las manos sobre el fardillo, sabiendo que éste contiene las monedas ocultas, recordando su única taza de café y el decoroso trozo de pan ajeno, soñando con una especie de tranquilo orgullo: «Como una dama, he comido como una dama. Como una dama de viaje. Pero ahora puedo comprar también mis sardinas, si me apetecen».
Así, Lena parece soñar, con los ojos clavados en la carretera que sube, mientras los hombres puestos en cuclillas escupen lentamente, vigilándola desde abajo, persuadidos de que piensa en el hombre, en el acontecimiento que se acerca, cuando en realidad sólo libra una batalla tímida con la prudencia providencial de esta vieja tierra de la cual, con la cual y por la cual vive. Esta vez resulta victoriosa. Se levanta y, con un paso algo torpe, no sin cierta precaución, cruza la enfilada batería de ojos de hombre y entra en la tienda, seguida del dependiente. «Lo voy a hacer —piensa en el momento mismo en que pide el queso y los bizcochos—. Lo voy a hacer»; y dice en voz alta:
—Y una lata de sardinas (ella pronuncia sourdines), una lata de cinco centavos.
—No tenemos sardinas de cinco centavos —dice el dependiente—. Las sardinas valen quince centavos. (También él pronuncia sourdines.)
Lena vacila:
—¿Qué tiene usted, en lata, por cinco centavos?
—Nada, salvo betún. Y no creo que sea eso lo que usted quiere. Al menos, para comer.
—En ese caso, creo que cogeré las de quince centavos.
Abre su hatillo y la bolsa anudada. Necesita algún tiempo para deshacer los nudos. Pero los deshace, pacientemente, uno a uno. Paga, vuelve a anudar la bolsa y el paquete, y se va con sus compras. Cuando reaparece en la veranda, hay una carreta detenida al pie de la escalera. Un hombre está sentado en el pescante.
—Ahí tiene una carreta que va a la ciudad —le dicen—. Puede llevarla.
Su rostro se anima, sereno, calmo, cálido.
—Si tiene usted la bondad...
La carreta avanza lentamente, pero sin pausa, como si en la soledad llena de sol de la inmensa campiña escapase a las leyes del tiempo y de la prisa. Hay doce millas desde el almacén de Varner hasta Jefferson.
—¿Llegaremos antes de la hora de comer? —dice Lena.
El conductor escupe.
—Podría ser —dice.
Probablemente no la ha mirado todavía, ni siquiera cuando subió a la carreta, y, al parecer, ella tampoco le ha mirado, ni le mira ahora.
—Supongo que va usted a menudo a Jefferson.
Él dice:
—Más de una vez.
La carreta avanza entre crujidos. Campos y bosques parecen suspendidos a una distancia inevitable, mediatizadora. Parecen a la vez estáticos y fluidos, rápidos como espejismos. Y sin embargo, la carreta los deja atrás.
—¿Por casualidad no conocerá en Jefferson a un tal Lucas Burch?
—¿Burch?
—Voy allí en su busca. Trabaja en el aserradero.
—No —dice el carretero—. Creo que no le conozco. Pero hay más de una persona en Jefferson a quien no conozco. Probablemente estará allí.
—Ojalá; así lo espero.
El carretero la mira.
—¿Viene desde lejos, de ese modo, en busca de él?
—Desde Alabama. Un buen trecho de camino.
Él no la mira. Habla con tono indiferente:
—¿Cómo la han dejado marchar sus padres en ese estado?
—Mis padres han muerto. Vivo con mi hermano. Fui yo quien decidió partir.
—Entiendo. Él le ha dicho que venga a buscarle a Jefferson.
Ella no responde. Bajo la capellina, el hombre puede ver su perfil inmóvil. La carreta avanza, lentamente, fuera del tiempo. Rojas y sin prisa, las millas se deslizan bajo los firmes cascos de las mulas, bajo el rechinar, bajo el crujir de las ruedas. El sol está ahora justamente sobre su cabeza. La sombra de la capellina cae sobre sus rodillas. Ella levanta los ojos hacia el sol.
—Me parece que es hora de comer —dice.
Él la observa con el rabillo del ojo mientras ella desempaqueta el queso, los bizcochos y las sardinas. Lena se los ofrece.
—No tengo ganas de tomar nada —dice él.
—Me gustaría que lo compartiese conmigo.
—No tengo ninguna gana. No se preocupe. Coma.
Lena comienza a comer. Come despaciosamente, sin interrumpirse, mientras relame, con una voluptuosidad lenta y completa, los dedos untados en el espeso aceite de las sardinas. Después, se detiene de pronto, pero sin brusquedad. Su mandíbula se agita débilmente. En su mano, un bizcocho empezado. Ha bajado la cabeza, los ojos vacíos, como si escuchase algo muy lejos, o tan cerca que lo siente dentro de sí misma. Su rostro ha perdido el color, el pleno ardor de su sangre, y permanece sentada, sin moverse, escuchando, sintiendo la tierra implacable e inmemorial, pero sin temor ni alarma. «Por lo menos deben de ser gemelos», se dice a sí misma, silenciosamente, sin mover los labios. Después, el espasmo desaparece. Lena reanuda su comida. La carreta no se ha detenido. El tiempo no se ha detenido. La carreta salva la última cuesta, y ven la humareda.
—Jefferson —dice el carretero.
—Entonces —dice ella—, ¿ya casi hemos llegado?
Esta vez es el hombre el que no escucha. Mira enfrente de él, por encima del valle, hacia la ciudad, hacia la otra vertiente. Siguiendo su tralla que señala, Lena divisa dos columnas de humo: una, en la cima de la gran chimenea, densa, pesada como el humo del carbón; la otra, una gran columna amarilla que parece salir de un bosquecillo, a alguna distancia, más allá de la ciudad.
—Es una casa que se quema —dice el carretero—. ¿Lo ve?
Pero ella, a su vez, no parece ni escuchar ni oír.
—Dios mío, Dios mío —dice—. ¡Cuando pienso que sólo hace cuatro semanas que me puse en camino y ya estoy en Jefferson! ¡Dios mío, Dios mío! ¡Cuánto camino se puede hacer, a pesar de todo!