Índice

Portadilla

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Dedicatoria

Cita

Prólogo

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

Trece

Catorce

Quince

Dieciséis

Diecisiete

Dieciocho

Diecinueve

Veinte

Veintiuno

Veintidós

Veintitrés

Veinticuatro

Veinticinco

Nota de la autora

Agradecimientos

Notas

Sobre la autora

Créditos

Dedicatoria

Para Bob, que sigue siendo mi arma secreta.

Cita

Pensé lo que decía y dije lo que pensé…

¡Un elefante es fiel al cien por cien!

THEODOR SEUSS GEISEL

Horton Hatches the Egg, 1940

PRÓLOGO

PRÓLOGO

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Sólo quedaban tres personas bajo el toldo blanco y rojo del puesto de comida: Grady, el cocinero y yo. Grady y yo estábamos sentados a una mesa de madera desgastada delante de sendas hamburguesas sobre platos abollados de hojalata. El cocinero se encontraba detrás del mostrador, rascando la parrilla con el canto de la espátula. Había apagado la freidora un rato antes, pero el olor de la grasa seguía flotando en el aire.

El resto de la explanada, en la que hacía poco bullía una multitud, ahora estaba vacío salvo por un puñado de empleados y un pequeño grupo de hombres que esperaban a ser conducidos hasta la carpa del placer. Miraban nerviosamente de un lado a otro, con los sombreros bien calados y las manos metidas hasta el fondo de los bolsillos. No quedarían decepcionados: en algún lugar detrás de la gran carpa, Barbara esperaba dispuesta a desplegar sus encantos.

Los demás lugareños, palurdos como los llamaba Tío Al, ya se habían repartido entre la tienda de las fieras y la gran carpa, que vibraba con música frenética. La banda recorría su repertorio con su habitual volumen ensordecedor. Yo conocía la rutina de memoria: en aquel preciso instante, la formación de la Gran Parada salía ya y Lottie, la trapecista, ascendía por el poste de la pista central.

Miré a Grady fijamente, intentando procesar lo que estaba diciendo. Él miró alrededor y se acercó más a mí.

—Además —dijo mirándome con intensidad a los ojos—, me da la impresión de que en este momento tienes mucho que perder —levantó las cejas para añadir énfasis a la frase. El corazón me dio un vuelco.

Una ovación atronadora estalló en la gran carpa y la banda atacó sin preámbulos el vals de Gounod. Me volví instintivamente hacia la carpa de las fieras, porque era la señal para empezar el número de la elefanta. Marlena estaría preparándose para montar a Rosie o ya sentada en su cabeza.

—Tengo que irme —dije.

—Siéntate —dijo Grady—. Come. Si estás pensando en largarte, puede que pase algún tiempo antes de que vuelvas a ver comida.

En ese momento la música paró en seco. Se oyó una alarmante colisión de metales, vientos y percusión, trombones y pícolos formaron un alboroto, la tuba soltó un pedo y el tañido hueco de unos platillos salió disparado de la carpa, voló sobre nuestras cabezas y se perdió en el olvido.

Grady se quedó paralizado, encorvado sobre su hamburguesa con los meñiques rígidos y los labios tensos.

Miré a ambos lados. Nadie movía un músculo, todos los ojos estaban orientados hacia la gran carpa. Unas cuantas hebras de heno rodaban perezosas sobre la tierra pisoteada.

—¿Qué es eso? ¿Qué pasa? —pregunté.

—Shhh —me hizo callar Grady.

La banda volvió a tocar, interpretando Barras y estrellas.

—¡Dios! ¡Mierda! —Grady tiró la comida sobre la mesa y se levantó de un salto, derribando el banco.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —le grité, porque ya se alejaba de mí corriendo.

—¡La Marcha del Desastre! —aulló por encima de su hombro.

Me volví apresurado hacia el cocinero, que estaba luchando con su delantal.

—¿De qué demonios habla?

—La Marcha del Desastre —dijo mientras se arrancaba el delantal por encima de la cabeza—. Significa que algo ha salido mal… Muy mal.

—¿Como qué?

—Podría ser cualquier cosa: un incendio en la carpa, una estampida, cualquier cosa. Dios santo. Los pobres palurdos seguramente ni se han dado cuenta todavía —se agachó para salir por debajo del mostrador y se fue corriendo.

El caos… Los vendedores de golosinas saltaban los mostradores, los trabajadores salían de las tiendas, los peones cruzaban a la carrera la explanada. Todas y cada una de las personas relacionadas con El Espectáculo Más Deslumbrante del Mundo de los Hermanos Benzini corrían hacia la gran carpa.

Diamond Joe me adelantó corriendo a lo que sería el equivalente humano del galope tendido.

—¡Jacob… es la carpa de las fieras! —gritó—. Los animales están sueltos. ¡Vamos, vamos, vamos!

No me lo tenía que decir dos veces. Marlena estaba en aquella carpa.

A medida que me acercaba, un temblor me sacudió el cuerpo, y sentí mucho miedo porque se trataba de algo más grave que el ruido. El suelo temblaba.

Entré tambaleándome y me di de bruces contra el yak: una inmensa extensión de pelo rizado y poderosas pezuñas, de fosas nasales que resoplaban y ojos extraviados. Pasó galopando tan cerca de mí que me tuve que poner de puntillas para dejarle pasar, pegándome a la lona para evitar acabar empalado en uno de sus enormes cuernos. Una hiena aterrorizada le pisaba los talones.

El puesto que se encontraba en el centro de la carpa se había venido abajo y en su lugar se veía un amasijo palpitante de manchas y rayas, de grupas, talones, colas y garras que rugía, chillaba, gruñía y aullaba. Un oso polar coronaba aquella masa dando zarpazos a ciegas con sus garras del tamaño de sartenes. Alcanzó a una llama y la tumbó del golpe: ¡PUM! La llama cayó al suelo despanzurrada, con el cuello y las patas como las cinco puntas de una estrella. Los monos chillaban y parloteaban colgados de cuerdas para mantenerse a salvo de los felinos. Una cebra con la mirada extraviada caminaba en zigzag demasiado cerca de un león agazapado que saltó, falló y salió disparado con el vientre pegado a tierra.

Mis ojos recorrieron la carpa, desesperado por localizar a Marlena. Sólo vi a uno de los felinos escapar por el pasadizo que llevaba a la gran carpa. Era una pantera, y cuando vi desaparecer su cuerpo elástico y negro por el túnel de lona me preparé para lo peor. Si el público todavía no lo sabía, estaba a punto de enterarse. Tardó varios segundos en llegar, pero al fin llegó: un agudo chillido seguido de otro más, y luego otro, y otro, hasta que todo el lugar estalló con el atronador sonido de cuerpos que intentaban pasar por encima de otros y huir de las gradas. La banda dejó de tocar por segunda vez, y en esta ocasión permaneció en silencio. Yo cerré los ojos: Por favor, Señor, que salgan por la parte de atrás. Por favor, Señor, no permitas que intenten venir hacia aquí.

Abrí los ojos y contemplé la carpa de las fieras, loco por encontrarla. Tampoco puede ser muy difícil dar con una chica y una elefanta, por Dios santo.

Cuando conseguí distinguir sus lentejuelas rosas casi se me escapó un grito de alivio… O tal vez sin el casi. No lo recuerdo.

Estaba al otro extremo, de pie contra la pared, tranquila como un día de verano. Sus lentejuelas brillaban como diamantes líquidos, un faro luminoso entre las pieles multicolores. Ella también me vio y me mantuvo la mirada durante lo que pareció una eternidad. Tenía un aire imperturbable, felino. Incluso sonreía. Empecé a abrirme paso hacia ella, pero algo en su expresión hizo que me detuviera de repente.

Aquel hijo de puta estaba de pie de espaldas a ella, sofocado y resoplando, agitando los brazos y blandiendo el bastón de contera de plata. Su chistera de seda estaba tirada en la paja a sus pies.

Ella recogió algo. Una jirafa pasó entre nosotros —balanceando el cuello elegantemente incluso en medio del pánico reinante— y cuando desapareció vi que había agarrado una estaca de hierro. La asía sin tensión, dejando que el extremo descansara en el suelo de tierra. Volvió a mirarme, desencajada. Luego desvió la mirada hacia la nuca desnuda del hombre.

—Oh, Dios —dije, comprendiendo de golpe. Me lancé hacia ellos, gritando a pesar de que había pocas posibilidades de que mi voz llegara hasta ella—. ¡No lo hagas! ¡No lo hagas!

Ella levantó la estaca en el aire y la dejó caer, partiéndole la cabeza como un melón. Su cráneo se quebró, los ojos se le abrieron desmesuradamente y la boca se le congeló formando una O. Cayó de rodillas y luego se derrumbó sobre la paja.

Yo estaba demasiado impresionado para moverme, incluso cuando un joven orangután me echó sus elásticos brazos alrededor de las piernas.

Hace tanto tiempo. Tanto tiempo… Pero todavía lo recuerdo bien.

No hablo mucho de aquellos días. Nunca lo he hecho. No sé por qué. Trabajé en el circo cerca de siete años y si eso no es tema de conversación, no sé qué lo será.

La verdad es que sí sé por qué: nunca he confiado en mí. Me daba miedo que se me escapara. Sabía lo importante que era guardar su secreto, y eso fue lo que hice… Durante el resto de su vida y aun después.

Nunca se lo he contado a nadie en setenta años.

UNO

UNO

Tengo noventa años. O noventa y tres. Una de dos.

Cuando tienes cinco te sabes tu edad al día. Incluso a los veinte sabes qué edad tienes. Tengo veintitrés, dices, o tal vez veintisiete. Pero luego, a los treinta, te empieza a pasar una cosa rara. Al principio no es más que un simple titubeo, un instante de duda. ¿Qué edad tienes? Ah, tengo…, empiezas a decir seguro de ti, pero te detienes. Ibas a decir treinta y tres, pero no es verdad. Tienes treinta y cinco. Y de repente empiezas a preocuparte, porque te preguntas si no será el principio del fin. Lo es, por supuesto, pero pasarán décadas antes de que lo reconozcas.

Empiezas a olvidar palabras: las tienes en la punta de la lengua, pero en vez de soltarlas sencillamente, allí se quedan. Subes al piso de arriba a por algo y cuando llegas allí no te acuerdas de lo que ibas a buscar. Llamas a tus hijos por el nombre de todos los demás y al final te lo dicen ellos antes de que logres recordarlo. A veces olvidas qué día es. Y acabas por olvidar el año.

Lo cierto es que yo no he olvidado exactamente. Es más bien que he dejado de prestar atención. Hemos cambiado de milenio, eso sí lo sé —tanto escándalo y tanta preocupación para nada, todos los jóvenes asustados y comprando comida en conserva porque algún perezoso decidió dejar espacio para dos dígitos, en vez de para cuatro—, pero eso ha podido ocurrir el mes pasado o hace tres años. Y además, ¿qué más da? ¿Qué diferencia hay entre tres semanas, tres años o tres décadas de guisantes deshechos, tapioca y pañales para adultos?

Tengo noventa años. O noventa y tres. Una de dos.

O ha habido un accidente o están haciendo obras en la carretera, porque una pandilla de ancianitas permanece pegada a la ventana del final del pasillo como niñas pequeñas o presidiarios. Son desgarbadas y frágiles, con el pelo tan fino como la niebla. La mayoría de ellas son una buena década más jóvenes que yo, y eso me pasma. Incluso cuando tu cuerpo te traiciona, la mente lo niega.

Estoy aparcado en el pasillo junto a mi andador. He mejorado mucho desde que me rompí la cadera, y le doy gracias a Dios por ello. Al principio parecía que no podría volver a andar —ésa fue la razón principal para que me trajeran aquí—, pero cada dos horas me levanto y doy unos pasos, y cada día llego un poco más lejos antes de notar que necesito dar la vuelta. Puede que todavía quede algo de vida en este viejo perro.

Ahora ya son cinco, cinco ancianas de pelo blanco pegadas unas a otras y señalando al otro lado del cristal con sus dedos torcidos. Espero un poco a ver si se van. Pero no se van.

Bajo la mirada para comprobar que los frenos están echados y me levanto con cuidado apoyándome en el brazo de la silla de ruedas para hacer el arriesgado cambio al andador. Una vez que he logrado estabilizarme, me aferro a los asideros de goma gris de los brazos y empujo el andador hasta que tengo los codos estirados, que resulta ser exactamente la anchura de una de las baldosas del suelo. Arrastro el pie izquierdo hacia delante, me aseguro de que está firme y arrastro el otro a su lado. Empujo, arrastro, espero, arrastro. Empujo, arrastro, espero, arrastro.

El pasillo es largo y mis pies no responden como antes. A Dios gracias, no es como la cojera que tenía Camel, pero me obliga a ir bastante despacio. Pobrecillo Camel; hacía años que no me acordaba de él. Los pies le colgaban inertes al final de las piernas de manera que tenía que levantar las rodillas y balancearlos hacia delante. Yo arrastro los pies, como si pesaran, y como tengo la espalda encorvada, me paso el día mirándome las zapatillas enmarcadas por el andador.

Me lleva un rato llegar al otro lado del pasillo, pero al final lo consigo… Y sobre mis propias piernas. Estoy feliz como un chiquillo, aunque una vez allí me doy cuenta de que luego tendré que volver.

Las ancianas señoras se separan para hacerme sitio. Éstas son las activas, las que pueden moverse por sí mismas o tienen amigas que las empujan en la silla de ruedas. Estas chiquillas todavía conservan la lucidez y son muy buenas conmigo. Yo soy un ejemplar raro por aquí: un anciano en un mar de viudas a las que todavía duele en el alma la pérdida de sus hombres.

—Eh, a ver —cloquea Hazel—. Dejad que Jacob eche una mirada.

Retira la silla de ruedas de Dolly unos pasos para atrás y se acerca a mí, dando palmas y con un brillo especial en sus ojos lechosos.

—¡Oh, es muy emocionante! ¡Llevan así toda la mañana!

Me arrimo al cristal y levanto la mirada, entornando los ojos para protegerme de la luz del sol. Éste brilla tanto que me cuesta un momento ver lo que pasa. Luego las formas empiezan a aclararse.

En el parque que hay al final de la manzana se levanta una carpa de lona con anchas rayas blancas y magentas y una inconfundible cúpula puntiaguda…

El corazón me late tan fuerte que tengo que llevarme una mano al pecho.

—¡Jacob! ¡Oh, Jacob! —grita Hazel—. ¡Dios mío! ¡Dios mío! —agita las manos sin saber qué hacer y se vuelve hacia el pasillo—: ¡Enfermera! ¡Enfermera! ¡Rápido! ¡Es el señor Jankowski!

—Estoy bien —digo tosiendo y dándome un golpe en el pecho. Eso es lo que pasa con estas ancianas. Siempre tienen miedo de que vayas a estirar la pata—. ¡Hazel! ¡Estoy bien!

Pero es demasiado tarde. Oigo el ñic-ñic-ñic de las suelas de goma y unos instantes después soy asaltado por las enfermeras. Supongo que, después de todo, no va a hacer falta que me preocupe por cómo voy a volver a la silla.

—Bueno, ¿y qué tenemos en el menú de hoy? —gruño mientras me llevan al comedor—. ¿Gachas? ¿Puré de guisantes? ¿Papilla? Ah, déjeme que lo adivine. Es tapioca, ¿verdad? ¿Es tapioca? ¿O esta noche nos toca arroz con leche?

—Ay, señor Jankowski, es usted tronchante —dice la enfermera sin expresión. Sabe muy bien que no hace falta que responda. Siendo viernes, hoy nos toca la nutritiva y nada interesante combinación de pastel de carne, maíz a la crema, puré de patatas instantáneo y una salsa que quizás haya visto un trozo de carne alguna vez en su vida. Y no entienden por qué pierdo peso.

Ya sé que algunos de los residentes no tienen dientes, pero yo sí, y quiero un buen asado. Como el de mi esposa, con sus rígidas hojas de laurel y todo. Quiero zanahorias. Quiero patatas hervidas con su piel. Y quiero un intenso y aromático cabernet sauvignon para bajarlo todo, no zumo de manzana envasado. Pero, sobre todas las cosas, quiero una mazorca de maíz.

A veces pienso que si tuviera que elegir entre una mazorca de maíz y hacer el amor con una mujer, elegiría el maíz. Y no es que no me gustara darme un último revolcón en la paja —sigo siendo un hombre y hay cosas que nunca cambian—, pero sólo de pensar en esos dulces granos estallando entre mis dientes se me hace la boca agua. Es una fantasía, ya lo sé. No va a pasar ninguna de las dos cosas. Pero me gusta sopesar las posibilidades como si me encontrara delante de Salomón: un último revolcón en la paja o una mazorca de maíz. Qué maravilloso dilema. A veces sustituyo el maíz por una manzana.

Todo el mundo, en todas las mesas, habla del circo. Es decir, los que pueden hablar. Los silenciosos, los de las caras inexpresivas y los miembros laxos y aquellos cuyas cabezas y manos tiemblan con demasiada violencia para sostener los cubiertos se sientan a los extremos acompañados de sanitarios que les dan pequeñas cantidades de comida a la boca y les convencen de que mastiquen. Me recuerdan a las crías de los pájaros, salvo por la absoluta falta de entusiasmo. Con la sola excepción de un ligero movimiento de las mandíbulas, sus caras permanecen inmóviles y aterradoramente inexpresivas. Aterradoras porque sé bien cuál es el camino que llevo. Todavía no estoy así, pero me voy acercando. Sólo hay una forma de evitarlo, y tampoco puedo decir que me encante esa alternativa.

La enfermera me aparca delante de la comida. A la salsa que cubre el pastel de carne ya se le ha formado una telilla. Pruebo a pincharla con el tenedor. Su superficie recupera la forma, burlándose de mí. Asqueado, levanto la mirada y encuentro los ojos de Joseph McGuinty.

Está sentado enfrente de mí; es un recién llegado, un intruso: un abogado jubilado de mandíbula cuadrada, nariz picada y orejas enormes y blandas. Las orejas me recuerdan a Rosie, pero nada más. Ella era un espíritu delicado y él… Bueno, él es un abogado jubilado. No logro imaginar qué pensaron que podrían tener en común un abogado y un veterinario, pero colocaron su silla de ruedas delante de mí la primera noche, y allí lleva desde entonces.

Me mira furioso, moviendo la mandíbula adelante y atrás como una vaca que rumia el pasto. Increíble. Se lo está comiendo de verdad.

Las señoras charlan como colegialas, felizmente despreocupadas.

—Están aquí hasta el domingo —dice Doris—. Billy se ha acercado a preguntarlo.

—Sí, dos funciones el sábado y una el domingo. Randall y sus chicas me van a llevar mañana —dice Norma. Se gira hacia mí—: Jacob, ¿tú vas a ir?

Abro la boca para hablar, pero antes de que pueda hacerlo Doris interviene:

—¿Y habéis visto los caballos? De verdad, qué bonitos. Cuando yo era pequeña teníamos caballos. Ah, cómo me gustaba montar —su mirada se pierde en la distancia, y por un instante me doy cuenta de lo hermosa que debió de ser de joven.

—¿Os acordáis de cuando el circo viajaba en tren? —dice Hazel—. Los carteles aparecían unos días antes. ¡Y cubrían todas las superficies de la ciudad! ¡No se podía ver ni un ladrillo entre ellos!

—Claro que sí. Me acuerdo muy bien —dice Norma—. Un año pegaron unos carteles en la pared de nuestro granero. Los hombres le dijeron a mi padre que usaban una cola especial que se disolvería un par de días después del espectáculo, ¡pero os juro que aquellos carteles seguían pegados a la pared del granero meses después! —se ríe sacudiendo la cabeza—. ¡Mi padre se puso como una fiera!

—Y luego, unos días más tarde, llegaba el tren. Siempre al amanecer.

—Mi padre nos llevaba a la estación a verles descargar. Dios mío, aquello merecía la pena verse. ¡Y luego venía el desfile! Y el olor de los cacahuetes tostados…

—¡Y de las garrapiñadas!

—¡Y de las manzanas con caramelo, los helados y la limonada!

—¡Y el serrín que se te metía por la nariz!

—Yo les llevaba el agua a los elefantes —dice McGuinty.

Dejo caer el tenedor y levanto la mirada. Es evidente que está henchido de orgullo y espera que las chicas se queden admiradas.

—No es verdad —digo.

Hay un momento de silencio.

—¿Cómo has dicho? —pregunta.

—Tú no les llevabas agua a los elefantes.

—Por supuesto que sí.

—De eso nada.

—¿Me estás llamando mentiroso? —dice con lentitud.

—Si dices que les llevabas agua a los elefantes, sí.

Las chicas me miran con la boca abierta. El corazón me late con fuerza. Sé que no debería hacer esto, pero no puedo controlarme.

—¡Cómo te atreves! —McGuinty se aferra al borde de la mesa con sus manos sarmentosas. En sus antebrazos aparecen unos ligamentos tensos.

—Escucha, amigo —le digo—. Llevo décadas oyendo a viejos mamarrachos como tú decir que han llevado agua a los elefantes, y ahora yo te digo que no es verdad.

—¿Viejo mamarracho? ¿Viejo mamarracho? —McGuinty se levanta con esfuerzo y empuja su silla de ruedas hacia atrás. Me señala con un dedo nudoso y se desploma como si le hubiera derrumbado una carga de dinamita. Desaparece bajo el canto de la mesa con los ojos perplejos y la boca abierta.

—¡Enfermera! ¡Oh, enfermera! —gritan las ancianas damas.

Se escucha el rumor familiar de las suelas de crepé y unos instantes después dos enfermeras levantan a McGuinty de los brazos. Él farfulla, haciendo débiles esfuerzos por liberarse de ellas.

Una tercera enfermera, una neumática chica negra vestida de rosa pálido, se planta delante de la mesa con las manos en las caderas.

—¿Qué demonios pasa aquí? —pregunta.

—Ese viejo H de P me ha llamado mentiroso —dice McGuinty sólidamente reinstaurado en su silla. Se arregla la camisa, levanta la barbilla entrecana y cruza los brazos delante de sí—. Y viejo mamarracho.

—Bah, estoy segura de que el señor Jankowski no quería decir eso —dice la chica de rosa.

—Sí que quería decir eso —digo yo—. Y lo es. Pfffff. Que les llevaba el agua a los elefantes… ¿Tienes la menor idea de la cantidad de agua que bebe un elefante?

—Vaya, qué cosas —dice Norma frunciendo los labios y sacudiendo la cabeza—. Le aseguro que no entiendo lo que le ha dado, señor Jankowski.

Ah, vaya, vaya. O sea que así están las cosas.

—¡Es un escándalo! —dice McGuinty inclinándose hacia Norma ahora que sabe que cuenta con el apoyo popular—. ¡No sé por qué voy a tener que soportar que me llamen mentiroso!

—Y viejo mamarracho —le recuerdo.

—¡Señor Jankowski! —exclama la chica negra levantando la voz. Se pone detrás de mí y quita los frenos a mi silla de ruedas—. Me parece que tal vez debería pasar algún tiempo en su habitación. Hasta que se tranquilice.

—¡Espere un momento! —grito mientras me aleja de la mesa y me empuja hacia la puerta—. No necesito tranquilizarme. ¡Y además, no he comido!

—Le llevaré su cena —me dice desde atrás.

—¡No quiero cenar en mi cuarto! ¡Vuelva a llevarme al comedor! ¡No me puede hacer esto!

Pero parece que sí puede. Me empuja por el pasillo a la velocidad de la luz y gira bruscamente en mi habitación. Tira de los frenos con tanta fuerza que la silla entera tiembla.

—Voy a volver —digo mientras ella levanta los reposapiés.

—Ni se le ocurra hacer tal cosa —dice colocándome los pies en el suelo.

—¡No es justo! —digo elevando la voz hasta convertirla en un lamento—. Llevo toda la vida sentándome a esa mesa. Él sólo lleva aquí tres semanas. ¿Por qué se pone todo el mundo de su lado?

—Nadie se pone del lado de nadie —se inclina hacia delante y coloca su hombro debajo del mío. Cuando me levanta, mi cabeza descansa muy cerca de la suya. Tiene el cabello desrizado con productos químicos y huele a flores. Al dejarme sentado en el borde de la cama los ojos me quedan justo a la altura de su pecho rosa pálido. Y de la chapa con su nombre.

—Rosemary —digo.

—¿Sí, señor Jankowski? —dice ella.

—Él está mintiendo, ¿sabe?

—Eso yo no lo sé. Y usted tampoco.

—Pero yo sí que lo sé. Yo estuve en el circo.

Parpadea irritada.

—¿Qué quiere decir?

Dudo y me lo pienso mejor.

—No tiene importancia —digo.

—¿Trabajó usted en un circo?

—Ya le he dicho que no tiene importancia.

Durante un instante hay un silencio incómodo.

—El señor McGuinty podría haber resultado gravemente herido, ¿sabe? —dice colocándome las piernas. Trabaja deprisa, con eficacia, pero sin llegar a resultar mecánica.

—No lo creo. Los abogados son indestructibles.

Se me queda mirando un buen rato, observándome a mí como persona real. Por un momento me parece percibir en ella un resquicio. Luego vuelve a ponerse en marcha.

—¿Le llevará su familia al circo este fin de semana?

—Sí, sí —digo con cierto orgullo—. Viene alguien todos los domingos. Como un reloj.

Desdobla una manta y me la coloca sobre las piernas.

—¿Quiere que le traiga la cena?

—No —digo.

Hay un silencio tenso. Me doy cuenta de que debería haber añadido «gracias», pero ya es demasiado tarde.

—De acuerdo entonces —dice—. Volveré dentro de un rato a ver si necesita algo.

Ya. Sí, claro. Eso es lo que dicen siempre.

Pero, mira tú por dónde, aquí está.

—Esto no se lo cuente a nadie —dice mientras abre mi mesita plegable y me la pone sobre las piernas. Coloca en ella una servilleta de papel, un tenedor de plástico y un bol de fruta que tiene una pinta realmente apetitosa, con fresas, melón y manzana—. La había traído para cenar. Estoy a dieta. ¿Le gusta la fruta, señor Jankowski?

Le contestaría, pero tengo la mano delante de la boca y estoy temblando. Manzana, por el amor de Dios.

Me da una palmada en la otra mano y sale del cuarto ignorando discretamente mis lágrimas.

Me meto un trozo de manzana en la boca y saboreo sus jugos. La lámpara fluorescente del techo arroja su áspera luz sobre mis dedos nudosos, que sacan trozos de fruta del bol. Me parecen de otro. Desde luego no pueden ser míos.

La edad es una ladrona implacable. Justo cuando empiezas a tomar el pulso a la vida te arranca la fuerza de las piernas y te encorva la espalda. Produce dolores y enturbia la cabeza y silenciosamente infesta a tu mujer de cáncer.

Metastásico, dijo el médico. Cuestión de semanas o meses. Pero mi amada era frágil como un pájaro. Murió nueve días más tarde. Después de sesenta y un años juntos, sencillamente agarró mi mano y expiró.

Aunque hay veces que daría cualquier cosa por tenerla aquí de nuevo, me alegro de que se fuera la primera. Perderla fue como si me partieran por la mitad. Ése fue el momento en que todo acabó para mí, y no me habría gustado que ella hubiera pasado por esa situación. Ser el que sobrevive es una cagada.

Antes pensaba que prefería envejecer a la alternativa, pero ahora no estoy tan seguro. A veces la monotonía del bingo, los karaokes y los ancianos polvorientos aparcados en el pasillo en sus sillas de ruedas me hacen desear la muerte. Sobre todo cuando recuerdo que yo soy uno de los ancianos polvorientos archivado como una especie de trasto inservible.

Pero no hay nada que hacer. Lo único que puedo hacer es pasar el rato hasta que llegue lo inevitable, observando cómo los fantasmas de mi pasado deambulan por mi presente inane. Se mueven a sus anchas y se sienten como en su casa, básicamente porque no tienen competencia. He dejado de luchar contra ellos.

En este mismo momento están haciendo lo que quieren.

Poneos cómodos, chicos. Quedaos un rato. Oh, lo siento… Veo que ya lo habéis hecho.

Malditos fantasmas.

DOS

DOS

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Tengo veintitrés años y estoy sentado junto a Catherine Hale; o, más exactamente, ella está sentada a mi lado, porque ha entrado al aula después que yo y se ha deslizado como sin darle importancia por el banco hasta que nuestros muslos se han tocado, y luego se ha apartado ruborizándose, como si el contacto hubiera sido accidental.

Catherine es una de las cuatro únicas chicas del curso del 31 y su crueldad no conoce límites. He perdido la cuenta de las veces que he pensado «Dios mío, Dios mío, por fin me va a dejar que lo haga», para acabar encontrándome con un «Dios mío, ¿y quiere que pare ahora?».

Que yo sepa, soy el chico virgen más viejo sobre la faz de la Tierra. Por lo menos, nadie más de mi edad está dispuesto a admitirlo. Hasta mi compañero de cuarto, Edward, ha cantado victoria, aunque me inclino a creer que lo más cerca que ha estado de una mujer ha sido entre las tapas de una de sus revistas pornográficas. No hace mucho, uno de los chicos de mi equipo de fútbol le pagó a una mujer un cuarto de dólar para que les dejara hacerlo, uno tras otro, en la cuadra del ganado. Aunque tenía grandes esperanzas de librarme de mi virginidad en Cornell, no fui capaz de participar en aquello. Sencillamente no pude hacerlo.

Así que dentro de diez días, tras seis largos años de disecciones, castraciones, partos de yeguas y de meterles el brazo por el trasero a las vacas más veces de las que me gustaría recordar, me iré de Ithaca, acompañado de mi fiel sombra la Virginidad, para incorporarme a la consulta veterinaria de mi padre en Norwich.

—Y aquí pueden ver ustedes la evidencia de un engrosamiento del intestino delgado distal —dice el profesor Willard McGovern con una voz carente de inflexiones. Ayudándose de un puntero, señala sin entusiasmo los intestinos retorcidos de una cabra moteada muerta—. Esto, unido a la inflamación de los ganglios linfáticos del mesenterio, indica un claro síndrome de…

La puerta se abre con un chirrido y McGovern se vuelve dejando el puntero aún hundido en el vientre del animal. El decano Wilkins entra en el aula apresuradamente y sube las escaleras de la tarima. Los dos hombres conversan tan cerca el uno del otro que sus frentes casi se tocan. McGovern escucha los nerviosos susurros de Wilkins y luego se gira para examinar las filas de estudiantes con expresión preocupada.

A mi alrededor, los estudiantes se agitan inquietos. Catherine me pilla mirándola y cruza una rodilla sobre la otra, estirándose la falda con dedos lánguidos. Yo trago saliva con esfuerzo y retiro la mirada.

—¿Jacob Jankowski?

El lápiz se me cae del susto. Desaparece rodando bajo los pies de Catherine. Carraspeo y me levanto deprisa. Cincuenta y tantos pares de ojos se posan sobre mí.

—¿Sí, señor?

—¿Podemos hablar un momento?

Cierro el cuaderno y lo dejo sobre el banco. Catherine recoge mi lápiz y, al entregármelo, deja que sus dedos se queden pegados a los míos un instante. Salgo al pasillo golpeando rodillas y pisando pies. Los susurros me acompañan hasta el estrado del aula.

El decano Wilkins me mira fijamente.

—Venga con nosotros —dice.

He hecho algo, eso parece evidente.

Le sigo al pasillo. McGovern sale detrás de mí y cierra la puerta. Los dos permanecen en silencio durante un momento, con los brazos cruzados y gestos severos.

Mi cabeza repasa a toda máquina cada una de mis acciones más recientes. ¿Habrán registrado los dormitorios? ¿Habrán encontrado el licor de Edward… o puede que incluso las revistas? Dios mío, si me expulsan ahora mi padre me mata. Sin la menor duda. Por no hablar de lo que le afectaría a mi madre. Vale, puede que haya bebido un poco de whisky, pero no es lo mismo que si hubiera tenido algo que ver con el descalabro del ganado…

El decano Wilkins inspira profundamente, levanta sus ojos hacia los míos y me pone una mano en el hombro.

—Hijo, ha habido un accidente —breve pausa—. Un accidente de coche —otra pausa. Más larga en esta ocasión—. Lo han sufrido tus padres.

Le miro, deseando que continúe.

—¿Les ha…? ¿Se van a…?

—Lo siento, hijo. Fue un segundo. No se pudo hacer nada por ellos.

Observo su cara atentamente, intentando sostenerle la mirada, pero es difícil porque se aleja de mí, adentrándose en un profundo y oscuro túnel. En mi visión periférica estallan estrellas.

—¿Te encuentras bien, hijo?

—¿Qué?

—¿Te encuentras bien?

De repente está otra vez enfrente de mí. Parpadeo y me pregunto a qué se refiere. ¿Cómo demonios me voy a encontrar bien? Entonces me doy cuenta de que me está preguntando si voy a llorar.

Se aclara la garganta y continúa:

—Tienes que volver hoy mismo. Para hacer la identificación definitiva. Yo te llevaré a la estación.

El jefe de la policía, miembro de nuestra congregación, me espera en el andén vestido de calle. Me recibe con un incómodo saludo de cabeza y un rígido apretón de manos. Casi como si se lo pensara mejor, me arrastra a un violento abrazo. Me da unos sonoros golpes en la espalda y me separa de un empujón acompañado de un sollozo. Luego me lleva al hospital en su propio coche, un Phaeton de dos años que debe de haberle costado un riñón. Hay muchas cosas que la gente habría hecho de diferente manera si hubieran sabido lo que iba a pasar aquel aciago octubre.

El forense nos conduce hasta el sótano y desaparece tras una puerta, dejándonos en el pasillo. Al cabo de unos minutos aparece una enfermera que sujeta la puerta abierta como silenciosa invitación.

No hay ventanas. En una pared cuelga un reloj, pero, por lo demás, la habitación está desnuda. El suelo es de linóleo, verde oliva y blanco, y en el centro hay dos camillas. Encima de cada una de ellas hay un cuerpo cubierto con una sábana. No soy capaz de asimilarlo. Ni siquiera podría distinguir dónde están los pies y la cabeza.

—¿Está preparado? —dice el forense colocándose entre nosotros.

Trago saliva y asiento. Una mano se posa en mi hombro. Es la del jefe de policía.

El forense descubre primero a mi padre y luego a mi madre.

No parecen mis padres, y sin embargo no pueden ser nadie más. La muerte los cubre por completo: en los multicolores dibujos de sus torsos golpeados, el morado berenjena sobre el blanco sin sangre; en las cuencas de sus ojos, hundidas, huecas. Mi madre —tan bella y meticulosa en vida— exhibe una mueca tensa en la muerte. Su pelo está enmarañado y manchado de sangre, pegado al agujero de su cráneo fracturado. La boca abierta, la barbilla retraída como si estuviera roncando.

Me giro en el momento en que el vómito fluye de mi boca. Hay alguien preparado con una palangana en forma de riñón, pero no acierto y oigo cómo el líquido cae al suelo y salpica las paredes. Lo oigo porque tengo los ojos cerrados con fuerza. Vomito una y otra vez, hasta que no me queda nada dentro. A pesar de eso, sigo doblado y con arcadas hasta que empiezo a pensar si es posible darse la vuelta como un guante.

Me llevan a otro sitio y me plantan en una silla. Una amable enfermera vestida con uniforme almidonado me trae un café que deja en la silla de al lado hasta que se queda frío.

Después viene el capellán y se sienta a mi lado. Me pregunta si hay alguien al que deba llamar. Le digo que todos mis parientes están en Polonia. Me pregunta por los vecinos y los miembros de nuestra iglesia, pero por mucho que lo intento no consigo recordar ni un solo nombre. Ni uno. No estoy seguro de que recordara el mío si me lo preguntaran.

Cuando se va, me levanto. Hay poco más de tres kilómetros hasta nuestra casa, y llego justo cuando el último rayo de sol se desliza por el horizonte.

La entrada de coches está vacía. Naturalmente.

Me quedo en el patio de atrás, con la maleta en la mano y la mirada perdida en el edificio alargado y bajo que hay detrás de la casa. Sobre la entrada se lee un cartel nuevo, con letras negras brillantes:

E. JANKOWSKI E HIJO

Veterinarios

Al cabo de un rato me giro hacia la casa, remonto los escalones y abro la puerta de atrás.

La posesión más preciada de mi padre —una radio Philco— está en la encimera de la cocina. El jersey azul de mi madre cuelga del respaldo de una silla. Sobre la mesa de la cocina hay ropa blanca planchada, y un jarrón con violetas marchitas. Un bol boca abajo, dos platos y un puñado de cubiertos están puestos a escurrir encima de un trapo de cuadros extendido junto al fregadero.

Esta mañana tenía padres. Esta mañana tomaron el desayuno.

Caigo de rodillas allí mismo, en la puerta de atrás, y aúllo con la cabeza entre las manos.

Las señoras del ropero parroquial, advertidas de mi regreso por la mujer del jefe de policía, no tardan mucho en lanzarse sobre mí.

Todavía estoy en la entrada, con la cabeza apoyada en las rodillas. Oigo el crujido de la gravilla bajo los neumáticos, puertas de coche que se cierran, y acto seguido me encuentro rodeado de carne flácida, estampados florales y manos enguantadas. Me siento estrujado contra pechos blandos, atosigado por sombreros con velo y envuelto en jazmín, lavanda y agua de rosas. La muerte es un asunto muy formal y se han vestido con sus galas de los domingos. Me dan palmaditas, dramatizan y, sobre todo, cacarean.

Qué pena, qué pena tan grande. Y, además, una gente tan buena. Es difícil aceptar una desgracia tan terrible, por supuesto, pero los caminos del buen Dios son inescrutables. Ellas se ocuparán de todo. La habitación de invitados de la casa de Jim y Mabel Neurater ya está preparada. No tengo que preocuparme por nada.

Agarran mi maleta y me llevan hasta el coche que han dejado en marcha. Jim Neurater, con expresión sombría, está al volante, asiéndolo con ambas manos.

Dos días después de enterrar a mis padres, me citan en el despacho de Edmund Hyde, abogado, para conocer los detalles de su patrimonio. Me siento en una dura silla de cuero enfrente del caballero en cuestión mientras va quedando claro que no hay nada de lo que hablar. Al principio creo que se está burlando de mí. Parece ser que mi padre lleva casi dos años aceptando que le paguen con judías y huevos.

—¿Judías y huevos? —mi voz se quiebra por la incredulidad—. ¿Judías y huevos?

—Y pollos. Y otros productos.

—No lo entiendo.

—Es lo que tiene la gente, hijo. Esta comunidad se ha visto muy afectada y tu padre intentaba ayudarles. No podía quedarse mirando cómo sufrían los animales.

—Pero… no lo entiendo. Aunque aceptara que le pagaran con…, en fin, lo que fuera, ¿cómo es posible que todo le pertenezca al banco?

—No pudieron hacer frente al pago de la hipoteca.

—Mis padres no tenían hipoteca.

Parece incómodo. Se coloca los dedos unidos por las puntas delante de la cara.

—Bueno, sí, lo cierto es que sí.

—No, de eso nada —le discuto—. Han vivido aquí desde hace casi treinta años. Mi padre ahorraba cada centavo que ganaba.

—El banco quebró.

Entrecierro los ojos.

—Creía que había dicho que todo el dinero se lo quedaba el banco.

Suelta un profundo suspiro.

—Se trata de otro banco. El que les concedió la hipoteca cuando quebró el otro —me dice. No sé si está intentando parecer paciente y fracasando a todas luces o intentando librarse de mí descaradamente.

Hago una pausa para sopesar mis posibilidades.

—¿Y qué pasa con las cosas de la casa? ¿De la consulta? —pregunto por fin.

—Todo se lo queda el banco.

—¿Y si yo me negara?

—¿Cómo?

—Podría volver y hacerme cargo de la consulta e intentar cubrir los pagos.

—Las cosas no funcionan así. Tú no puedes quedártela.

Miro fijamente a Edmund Hyde, con su traje caro, detrás de su mesa cara, con sus libros encuadernados en cuero. Tras él, el sol atraviesa las cristaleras emplomadas. Me siento inundado por un odio repentino. Apuesto a que él no ha aceptado que le paguen con judías y huevos en toda su vida.

Me inclino hacia delante y le miro a los ojos. Quiero que esto sea también problema suyo.

—¿Y qué se supone que debo hacer? —pregunto lentamente.

—No lo sé, hijo. Ojalá lo supiera. El país está pasando por momentos difíciles, eso es un hecho —se reclina en su silla con los dedos aún juntos. Inclina la cabeza como si se le hubiera ocurrido una idea—. Supongo que podrías ir al oeste —dice reflexivo.

Me doy cuenta de que si no me voy de este despacho inmediatamente le voy a estrangular. Me levanto, me pongo el sombrero y salgo.

Cuando llego a la acera me doy cuenta de otra cosa. Sólo se me ocurre una razón por la que mis padres podrían haber pedido una hipoteca: para pagar mis estudios en una buena universidad.

El dolor que me produce esta repentina conclusión es tan intenso que me doblo en dos, sujetándome el estómago.

Como no se me ocurre otra alternativa, vuelvo a la facultad, que no es más que una solución temporal. La habitación y las comidas están pagadas hasta fin de curso, pero eso es dentro de seis días.

Me he perdido toda la semana de clases de repaso. Todo el mundo desea ayudarme. Catherine me pasa sus apuntes y luego me abraza de una manera que sugiere que quizás obtuviera diferentes resultados esta vez si le hiciera mi requerimiento habitual. Me separo de ella. Por primera vez desde que tengo uso de razón no tengo interés en el sexo.

No puedo comer. No puedo dormir. Y, por supuesto, no puedo estudiar. Me quedo mirando un párrafo durante un cuarto de hora pero no soy capaz de asimilarlo. ¿Cómo podría hacerlo cuando, más allá de las palabras, en el fondo blanco del papel, veo como en un bucle interminable la muerte de mis padres? Veo su Buick color crema lanzándose contra la barandilla y saltando por un lado del puente para evitar la camioneta roja del viejo señor McPherson. ¿El viejo señor McPherson, el que se presentó en la iglesia una inolvidable Pascua sin pantalones?

El vigilante del examen cierra la puerta y se sienta. Echa una mirada al reloj de pared y espera hasta que el minutero dé su paso inseguro.

—Pueden empezar.

Cincuenta y dos hojas de examen se dan la vuelta. Algunos lo repasan primero. Otros empiezan a escribir de inmediato. Yo no hago ninguna de las dos cosas.

Cuarenta minutos después todavía no he puesto el lápiz sobre el papel. Miro la hoja con desesperación. Veo diagramas, números, líneas y cuadros —secuencias de palabras con signos de puntuación al final—, algunas son puntos, otras interrogaciones, pero nada tiene el menor sentido. Por un instante incluso dudo de que sea inglés. Lo intento en polaco, pero tampoco funciona. Podrían ser jeroglíficos tranquilamente.

Una chica tose y yo doy un brinco. Una gota de sudor cae de mi frente a la hoja de examen. La limpio con la manga y la levanto.

Puede que si me lo acerco… O me lo alejo… Ahora veo que está en inglés; o más exactamente, que las palabras sueltas son en inglés, pero no soy capaz de pasar de una a otra con un mínimo de coherencia.

Cae una segunda gota de sudor.

Examino el aula. Catherine escribe deprisa, con su pelo castaño claro cayéndole sobre la cara. Es zurda, y como escribe con lápiz tiene el brazo izquierdo plateado de la muñeca al codo. A su lado, Edward levanta la cabeza, mira el reloj aterrorizado y vuelve a doblarse sobre el examen. Yo retiro los ojos y los dirijo hacia una ventana.

Retazos de cielo se adivinan entre las hojas, formando un mosaico de azul y verde suavemente agitado por el viento. Fijo la mirada en él y dejo que mi atención se relaje, concentrándome más allá de las hojas y las ramas. Una ardilla cruza con calma mi campo de visión con su gran cola enhiesta.

Empujo la silla para atrás con un violento chirrido y me pongo de pie. Tengo la frente perlada de sudor y me tiemblan los dedos. Cincuenta y dos caras se vuelven a mirarme.

Yo debería conocer a esa gente, y hasta hace una semana así era. Sabía dónde vivían sus familias. Sabía lo que hacían sus padres. Sabía si tenían hermanos y si se llevaban bien. Joder, si hasta recordaba los nombres de los que habían tenido que dejar la facultad después del hundimiento de la Bolsa: Henry Winchester, cuyo padre se tiró por la ventana de la Cámara de Comercio de Chicago. Alistair Barnes, cuyo padre se pegó un tiro en la cabeza. Reginald Monty, que intentó sin éxito vivir en un coche cuando su familia no pudo seguir pagando su manutención. Bucky Hayes, cuyo padre, al quedarse sin trabajo, sencillamente desapareció. Pero ¿y éstos? ¿Los que siguen aquí? Nada.

Miro a esas caras sin rasgos —esos óvalos vacíos con pelo—, pasando de uno a otro con creciente desesperación. Percibo un ruido denso y húmedo y me doy cuenta de que lo hago yo. Me cuesta respirar.

—¿Jacob?

La cara más próxima a mí tiene boca y la está moviendo. Su voz es tímida, insegura.

—¿Te encuentras bien?

Parpadeo, incapaz de enfocar la mirada. Un segundo después cruzo el aula y tiro la hoja de examen encima de la mesa del profesor.

—¿Ya ha terminado? —dice él recogiéndolo. Oigo el crujir del papel mientras me dirijo hacia la puerta—. ¡Espere! —grita a mis espaldas—. ¡Ni siquiera lo ha empezado! No puede irse. Si se va no podré permitirle que…

La puerta amortigua sus últimas palabras. Mientras cruzo el patio levanto la mirada hacia el despacho del decano Wilkins. Está junto a la ventana, observando.

Voy caminando hasta los límites de la ciudad y me desvío para seguir el curso de la línea férrea. Sigo andando hasta que ha oscurecido y la luna está alta en el cielo, y después algunas horas más. Ando hasta que me duelen las piernas y me salen ampollas en los pies. Y entonces me paro, porque estoy cansado y hambriento y no tengo ni idea de dónde estoy. Es como si hubiera estado caminando sonámbulo y al despertarme de repente me hubiera encontrado aquí.

La única señal de civilización son las vías del tren, que descansan sobre un lecho de grava elevado. A un lado hay un bosque y un pequeño claro al otro. Desde algún lugar cercano me llega el sonido del agua corriendo, y me dirijo hacia allí orientado por la luz de la luna.

El arroyo tiene unos sesenta centímetros de ancho como mucho. Corre paralelo a la línea de los árboles en un extremo del claro y luego se adentra en el bosque. Me quito los zapatos y los calcetines y me siento en la orilla.

Cuando sumerjo por primera vez los pies en sus gélidas aguas me duelen tanto que los saco rápidamente. Pero insisto, sumergiéndolos cada vez por un periodo de tiempo un poco más largo, hasta que el frío acaba por adormecer las ampollas. Descanso las plantas de los pies en el fondo pedregoso y dejo que el agua corra entre los dedos. Al final, es el propio frío el que me produce dolor y me tumbo en la orilla con la cabeza apoyada en una piedra plana mientras se me secan los pies.

Un coyote aúlla a lo lejos, un sonido al mismo tiempo solitario y familiar, y yo suspiro dejando que se me cierren los ojos. Al oír un aullido de respuesta a unos metros por mi izquierda, me incorporo de golpe.

El coyote lejano aúlla de nuevo y esta vez le responde el pitido de un tren. Me pongo los calcetines y los zapatos y me levanto del todo con la mirada clavada en la linde del claro.

El tren está cada vez más cerca, traquetea y resuena en dirección a mí: chac-a-chac-a-chac-a-chac-a, chac-achac-a-chac-a-chac-a, chac-a-chac-a-chac-a-chac-a…

Me limpio las manos en los muslos y me acerco a las vías, deteniéndome a unos metros de ellas. El olor acre del aceite me llena las fosas nasales. El pito suena otra vez:

Pi-i-i-i-i-i-i-i-i-i-i…

Una inmensa locomotora aparece tras la curva y pasa como una exhalación, tan grande y cerca de mí que el muro de aire que levanta me golpea con fuerza. Arroja nubes de humo amenazador en espirales, una espesa soga negra que se retuerce sobre los vagones que van detrás. La visión, el sonido, el olor, me impactan. Observo, pasmado, cómo pasan delante de mí media docena de vagones de plataforma que llevan encima lo que parecen ser carromatos, aunque no puedo distinguirlos con claridad porque la luna se ha ocultado detrás de una nube.

De repente salgo de mi asombro. En ese tren hay gente. Importa bien poco adónde va, porque sea donde sea, me alejará de los coyotes y me acercará a la civilización, la comida y un posible trabajo. Puede que incluso a un billete para Ithaca, a pesar de que no tengo ni un centavo a mi nombre y ningún motivo para creer que aceptarían mi regreso. Y si me aceptaran, ¿qué? No existe un hogar al que regresar ni una consulta de la que ocuparse.

Pasan algunos vagones de plataforma más, cargados con lo que parecen postes de teléfonos. Miro más atrás, esforzándome por ver qué viene después. La luna sale un segundo e ilumina con su luz azulada lo que parecen ser vagones de carga.

Echo a correr en la misma dirección que el tren. Mis pies resbalan sobre la grava inclinada, como si corriera sobre arena, y lo compenso acelerando el impulso. Me tambaleo, pierdo el equilibrio y lo recupero, antes de que alguna parte de mi cuerpo quede atrapada entre las poderosas ruedas de acero y las vías.

Me recupero y adquiero velocidad al tiempo que examino los coches en busca de algo a lo que agarrarme. Pasan tres a toda prisa y bien cerrados. Les siguen unos vagones de ganado. Llevan las puertas abiertas, pero taponadas por cuartos traseros de caballos. Es algo tan extraño que me llama la atención, a pesar de estar corriendo junto a un tren en movimiento en medio de ninguna parte.

Reduzco la marcha hasta que acabo por detenerme. Sin respiración y casi sin esperanza, vuelvo la cabeza. Hay una puerta abierta tres vagones más atrás.

Me lanzo otra vez a la carrera, contándolos a medida que pasan.

Uno, dos, tres…

Agarro con fuerza la barra de hierro de la puerta y me impulso hacia arriba. El pie y el codo izquierdos son los primeros en apoyarse, y luego la barbilla, que me golpeo contra el marco de metal. Me agarro con fuerza usando los tres puntos de apoyo. El ruido es ensordecedor y la mandíbula golpea rítmicamente contra el borde metálico. Huelo a sangre o a herrumbre y por un instante pienso si me habré roto los dientes, antes de darme cuenta de que lo realmente importante es que estoy en serio peligro de acabar hecho puré: voy colgado en equilibrio inestable en el canto de la puerta con la pierna derecha metida debajo del vagón. Con la mano derecha me aferro al asidero de la puerta. Con la izquierda intento sujetarme a las planchas del suelo con tal desesperación que les saco virutas con las uñas. Estoy perdiendo sujeción, casi no tengo apoyo en los pies y el izquierdo se va deslizando hacia la puerta a pequeños tirones. La pierna derecha cuelga ahora tanto debajo del tren que estoy seguro de que voy a perderla. Incluso me preparo para ello, cerrando los ojos con fuerza y apretando los dientes.

Al cabo de un par de segundos compruebo que sigue intacta. Abro los ojos y calculo mis posibilidades. No hay más que dos opciones y, puesto que no puedo soltarme sin caer debajo del tren, cuento hasta tres y me impulso hacia arriba con todas mis fuerzas. Consigo situar la rodilla izquierda por encima del marco de la puerta. Utilizando pie, rodilla, mentón, codo y uñas, logro subirme y me derrumbo en el suelo. Me quedo allí tirado, jadeando y completamente exhausto.

Entonces me doy cuenta de que estoy viendo una luz mortecina. Como impulsado por un resorte, me apoyo sobre un codo.

Hay cuatro hombres sentados en sacos de arpillera llenos de grano jugando a las cartas a la luz de una lámpara de queroseno. Uno de ellos, un vejete consumido, con barba de días y la cara demacrada, tiene una jarra de barro pegada a los labios. Parece que, con la sorpresa, se le ha olvidado bajarla. Ahora por fin lo hace y se limpia la boca con la manga de la camisa.

—Vaya, vaya, vaya —dice lentamente—. ¿Qué tenemos aquí?

Dos de los hombres están del todo quietos, mirándome fijamente por encima de las cartas desplegadas. El cuarto se pone de pie y se acerca a mí.

Es un gorila grande como un castillo con una espesa barba negra. Lleva la ropa sucia y parece que alguien le ha dado un bocado al ala de su sombrero. Me levanto como puedo y retrocedo tambaleándome, para descubrir que no tengo donde retroceder. Giro la cabeza y descubro que me encuentro contra uno de los múltiples fardos de lona.

Cuando vuelvo a mirar hacia delante la cara del hombre está pegada a la mía y su aliento apesta a alcohol.

—En este tren no tenemos sitio para vagabundos, hermano. Ya puedes volver a saltar.

—Espera un momento, Blackie —dice el viejo de la jarra—. No vayas a hacer algo precipitado, ¿me oyes?

—No es precipitado —dice Blackie lanzándose a mi cuello. Yo me agacho y esquivo su brazo. Me lanza la otra mano y levanto la mía para detenerle. Los huesos de nuestros brazos chocan con un chasquido.

—¡Uuuuuuu! —aúlla el viejo—. Ten cuidado, compañero. No se te ocurra jugar con Blackie.

—A mí me parece que es Blackie el que quiere jugar conmigo —grito mientras intercepto otro golpe.

Blackie ataca. Caigo encima de un rollo de lona y antes de que mi cabeza se golpee me ha levantado otra vez. Un segundo después me ha retorcido el brazo por la espalda, los pies me cuelgan sobre el quicio de la puerta abierta y tengo delante una fila de pinos que, en mi opinión, pasa demasiado deprisa.

—¡Blackie! —le ladra el viejo—. ¡Blackie! ¡Déjale! ¡Te he dicho que le dejes! ¡Y dentro del tren!

Blackie me tuerce el brazo en dirección a la nuca y me sacude.

—¡Blackie, ya te lo he dicho! —grita el viejo—. No necesitamos meternos en líos. ¡Déjale!

Blackie me suspende un poco más desde la puerta y luego se gira y me tira encima de los rollos de lona. Vuelve con el resto de los hombres, pilla la jarra de barro y pasa a mi lado para subirse a las pilas de lonas y retirarse al rincón más lejano del vagón. Le miro fijamente mientras me froto el brazo maltratado.

—No te enfades, chaval —dice el viejo—. Tirar a la gente del tren es uno de los privilegios del trabajo de Blackie, y hacía tiempo que no se le presentaba una ocasión. Venga —dice dando unas palmaditas en el suelo—. Siéntate aquí.

Le lanzo otra mirada a Blackie.

—Venga, hombre —insiste el viejo—. No seas tímido. Blackie se va a comportar, ¿verdad, Blackie?

Blackie suelta un gruñido y da otro trago.

Me levanto y voy con cautela a donde están los demás.

El viejo alarga su mano derecha hacia mí. Yo dudo y acabo por estrecharla.

—Soy Camel —me dice—. Y este de aquí es Grady. Ése es Bill. Y creo que ya has hecho migas con Blackie —sonríe exhibiendo un escaso puñado de dientes.

—Hola a todos —digo.

—Grady, trae esa jarra, ¿quieres? —dice Camel.

Grady me mira de arriba abajo y yo le mantengo la mirada. Al cabo de unos instantes se levanta y va en silencio hasta Blackie.

Camel se levanta con esfuerzo, tan anquilosado que, en un momento dado, yo le sujeto del codo. Una vez que está de pie alza la lámpara de queroseno y me estudia la cara. Observa mi ropa y me analiza de la cabeza a los pies.

—¿Ves lo que te decía, Blackie? —exclama enfadado—. Éste no es ningún vagabundo. Blackie, ven aquí y echa un vistazo. Aprende la diferencia.

Blackie gruñe, da un último trago y le pasa la jarra a Grady.

Camel me mira con los ojos entornados.

—¿Cómo has dicho que te llamabas?

—Jacob Jankowski.

—Eres pelirrojo.

—Eso me han dicho.

—¿De dónde eres?

Hago una pausa. ¿Soy de Norwich o de Ithaca? ¿Uno es de donde procede o de donde tiene sus raíces?

—De ningún sitio.

El rostro de Camel se endurece. Se balancea ligeramente sobre sus piernas flexionadas, arrojando una luz irregular de la lámpara vacilante.

—¿Has hecho algo, chico? ¿Estás huyendo?

—No —digo—. Nada de eso.

Me observa sin pestañear un buen rato más y luego asiente con la cabeza.

—Muy bien. No es asunto mío. ¿Para dónde vas?

—No estoy seguro.

—¿Estás sin trabajo?

—Sí, señor. Supongo que sí.

—No es ningún deshonor —dice—. ¿Qué sabes hacer?

—Casi todo —digo yo.

Grady se acerca con la jarra y se la pasa a Camel. La limpia con la manga y me la pasa.

—Toma. Pégale un lingotazo.

Bueno, no es que sea virgen en el alcohol, pero el whisky ilegal es otra historia. Me quema el pecho y la cabeza como si fuera el fuego del infierno. Recupero la respiración y contengo las lágrimas, mirando a Camel fijamente a los ojos a pesar de que mis pulmones amenazan con inflamarse.

Camel me observa y sacude despacio la cabeza.

—Llegaremos a Utica por la mañana. Allí te acompañaré a ver a Tío Al.

—¿A quién? ¿Para qué?

—A Alan Bunkel, Jefe de Pista Sin Igual. Amo y Señor de los Universos Conocidos y Desconocidos.

Debo de tener cara de pasmado, porque Camel suelta una carcajada sin dientes.

—Chaval, no me digas que no te has dado cuenta.

—¿Cuenta de qué? —pregunto.

—Increíble, chicos —exclama mirando a los demás—. ¡De verdad que no se ha dado cuenta!

Grady y Bill sonríen de medio lado. Sólo a Blackie parece no hacerle gracia. Me mira con odio y se baja el sombrero sobre la cara.

Camel se vuelve hacia mí, carraspea y habla lentamente, saboreando cada palabra.

—No has saltado a un tren cualquiera, chico. Te has subido al Escuadrón Volador de El Espectáculo Más Deslumbrante del Mundo de los Hermanos Benzini.

—¿El qué? —digo.

Camel se ríe tan fuerte que se dobla por la mitad.

—Ah, esto es genial. Realmente genial —dice sorbiendo y secándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Ay, Dios. Has caído de culo en un circo, chico.

Le miro y parpadeo.

—Eso de ahí es la gran carpa —dice levantando la lámpara de queroseno y señalando con un dedo torcido los inmensos rollos de lona—. Una de las carretas de la carpa se cayó de la rampa y acabó hecha trizas. Por eso está aquí. Puedes buscarte un sitio para dormir. Faltan unas cuantas horas para que lleguemos. Pero no te pongas demasiado cerca de la puerta. A veces cogemos las curvas muy cerradas.