Índice

Portadilla

Dedicatoria

Citas

Primera parte

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Segunda parte

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Tercera parte

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Notas

Sobre el autor

Créditos

Grupo Santillana

dedicatoria

Para Sheila.

citas

¡Ay, cuando la pasión es mansa y arrebatada a la vez!

JOHN KEATS

Primera parte

Primera parte

Uno

Uno

Los sonidos finales del ensayo general dejaron a los Laurel Players allí plantados, sin nada que hacer, callados e indefensos, parpadeando ante las candilejas de un auditorio vacío. Apenas se atrevieron a respirar cuando la figura solemne y menuda del director salió de los asientos desnudos para reunirse con ellos en el escenario, mientras sacaba de bastidores sin contemplaciones una escalera de mano y trepaba a la mitad de la misma y les decía, tras aclararse varias veces la garganta, que eran gente con muchísimo talento, gente con la que era maravilloso trabajar.

—No ha sido fácil —dijo, mientras sus gafas despedían discretos destellos hacia el proscenio—. Hemos tenido muchos problemas, y, para seros franco, ya casi me había resignado a no esperar gran cosa de vosotros. Pues bien. Tal vez os sonará cursi, pero aquí ha pasado algo. Esta noche, mientras estaba sentado ahí abajo, he tenido la clara certeza de que todos vosotros estabais poniendo el corazón por primera vez en vuestro trabajo.

Abrió los dedos de una mano sobre el bolsillo de su camisa para ilustrar hasta qué punto el corazón era una cosa simple, física; luego los cerró formando un puño, que procedió a agitar lentamente en una larga y callada pausa dramática, mientras cerraba un ojo y dejaba que su húmedo labio inferior escenificara una mueca de orgullo triunfal.

—Haced lo mismo mañana por la noche —dijo— y la función será apoteósica.

Podrían haberse echado a llorar. Temblorosos, procedieron en cambio a lanzar vítores y risas, a estrecharse las manos y a besarse, y alguien salió a por una caja de cerveza y todos se pusieron a cantar en torno al piano de la sala hasta que, por unanimidad, decidieron que lo mejor sería dar por terminado el jolgorio y regalarse un buen sueño reparador.

—¡Hasta mañana! —se dijeron, contentos como niños, y mientras volvían a sus casas a la luz de la luna descubrieron que podían bajar la ventanilla del coche y dejar que entrara el aire, con sus saludables aromas de greda y flores nuevas. Era la primera vez que muchos de los Laurel Players se permitían el lujo de certificar la llegada de la primavera.

Corría el año 1955 y el lugar era una zona del oeste de Connecticut donde recientemente tres poblaciones grandes habían quedado fundidas por una amplia y clamorosa carretera llamada Ruta Doce. Laurel Players era una compañía de aficionados, pero de las buenas y serias: sus miembros habían sido reclutados entre los adultos jóvenes de aquellas tres localidades, y éste iba a ser su primer montaje. Pasaron todo el invierno reunidos en la sala de estar de uno o del otro para mantener encendidas charlas sobre Ibsen, Shaw y O’Neill, y luego para la votación a mano alzada, en la que una sensata mayoría había elegido El bosque petrificado. Después, para el casting preliminar, se habían entregado semana a semana con una creciente dedicación. Podían opinar en privado que el director era un tío curioso (y lo era, en cierto modo: parecía incapaz de hablar de otra manera que no fuese con la mayor seriedad, y solía concluir sus parrafadas sacudiendo ligeramente la cabeza, con el consiguiente bamboleo de sus mejillas), pero lo querían y lo respetaban, y creían a puño cerrado en casi todo lo que decía.

—Toda obra merece lo mejor de cada actor o actriz —les había dicho en una ocasión.

Y en otra:

—Que no se os olvide. Aquí no estamos montando una obra y nada más. Estamos creando un teatro comunitario, y eso es algo muy importante.

Lo malo era que ya desde el principio habían temido que acabarían haciendo el ridículo, y habían agravado ese temor con el propio miedo a reconocerlo. Al principio ensayaban los sábados; por lo visto, siempre en una de aquellas tardes sin viento de febrero o marzo, cuando el cielo está blanco, los árboles negros y los campos y los montículos de tierra yacen desnudos y tiernos entre la nieve marchita. Al salir por la puerta de sus respectivas cocinas, deteniéndose un instante para abrocharse la chaqueta o ponerse los guantes, los Players veían un paisaje en el que tan sólo unas pocas casas viejas y destartaladas parecían estar en su medio; eso hacía que sus propias casas se vieran ingrávidas e inestables, tan fuera de lugar como otros tantos juguetes nuevos y relucientes que hubieran quedado durante la noche a merced de la lluvia. Tampoco sus automóviles parecían adecuados: innecesariamente grandes y vistosos con sus colores de caramelo y helado, como si se asustaran a la menor salpicadura de barro, se arrastraban tímidamente por las accidentadas calles que iban a parar desde todas direcciones a la suntuosa y bien nivelada Ruta Doce. Una vez allí, los coches parecían relajarse en un entorno que les era propio, un largo y luminoso valle de plástico de colores y vidrio cilindrado y acero inoxidable, pero al final debían desviarse, uno detrás de otro, y tomar el sinuoso camino rural que llevaba hasta el instituto de enseñanza secundaria, y tenían que aparcar en la tranquila zona de estacionamiento que había frente al auditorio del instituto.

—¡Hola! —se decían los Players tímidamente unos a otros.

—¡Hola!...

—¡Hola!...

Y entraban un poco a regañadientes.

Deambulando por el escenario en sus pesados chanclos, sonándose la nariz con kleenex y mirando ceñudos las movedizas copias de sus respectivos guiones, se apaciguaban finalmente unos a otros entre risas caritativas, y coincidían una y otra vez en que habría tiempo de sobra para pulir las cosas. Pero no había tiempo de sobra, y todos lo sabían, y pese a doblar y redoblar el programa de ensayos, las cosas parecían ir de mal en peor. Sobrepasado con creces el momento en que según el director había que «hacerla despegar; darle realmente vida», la obra seguía siendo una cosa estática, informe, inhumanamente pesada. A cada momento veían la promesa del fracaso en las miradas de los demás, en los cabeceos y sonrisas de disculpa cuando se despedían y en la espasmódica premura con que montaban en sus respectivos coches y volvían a casa, donde probablemente les esperaban promesas de fracaso más antiguas y menos explícitas.

Y ahora, a veinticuatro horas del estreno, por fin lo habían conseguido. Aturdidos por la novedosa sensación de los vestidos y el maquillaje en la primera noche tibia del año, habían olvidado tener miedo: se habían dejado arrastrar por el movimiento de la obra, permitido que rompiera como rompen las olas, y, sí, quizá sonaba cursi (bueno, ¿y qué?) pero todos habían puesto su corazón en la obra. ¿Podía pedirse algo más?

El público, que había acudido la noche siguiente en una larga serpiente de coches, también estaba muy serio. Al igual que los Players, pertenecía en su mayor parte al lado joven de la mediana edad, e iba atractivamente vestido, según lo que las tiendas de ropa de Nueva York describen como «ropa de sport». Cualquiera podía ver que no era gente corriente en términos de educación, empleo y salud, y asimismo estaba claro que la velada le parecía importante. Por supuesto, todos sabían, y así lo repetían una y otra vez mientras entraban y ocupaban sus asientos, que El bosque petrificado no era precisamente una gran obra de teatro. Pero, bueno, la pieza no estaba mal, y su tesis, por más que básica, seguía siendo tan válida hoy como en los años treinta («Yo diría que incluso más», le repetía un hombre a su esposa, que se mordía los labios y asentía con la cabeza, dándole la razón; «si lo piensas bien, más válida todavía»). Lo más importante no era la obra sino la compañía, lo que significaba como idea valiente, saludable y esperanzadora: el nacimiento de un buen grupo de teatro justo aquí, en su comunidad. Esto era lo que les había hecho llenar más de la mitad del auditorio, y lo que los mantuvo tensos y en silencio, dispuestos a disfrutar cuando las luces de la sala se apagaran.

Al levantarse el telón, la pared posterior del decorado todavía temblaba por el impacto de la huida in extremis de un tramoyista, y las primeras frases de diálogo quedaron enturbiadas por ruidos fortuitos de fuera del escenario. Estos pequeños desórdenes eran señales del ambiente de histeria que empezaba a reinar entre los Laurel Players, pero más allá del proscenio no hacían sino aumentar la sensación de que iba a ser una función excelente. Fue como si estuvieran diciendo: «Esperad un poco; esto todavía no ha empezado. Estamos todos un poquito nerviosos, pero os rogamos que tengáis paciencia». Y pronto holgó cualquier excusa, pues el público estaba viendo ya a la chica que hacía el papel de Gabrielle, la heroína.

Se llamaba April Wheeler, y su aparición hizo que la palabra «encantadora» corriera de boca en boca por el patio de butacas. Un poco después se sucedieron esperanzados codazos, o susurros de «es realmente buena», y las personas que sabían casualmente que había estudiado en una de las mejores escuelas de arte dramático de Nueva York hacía menos de diez años asintieron con orgullo. April era una mujer alta de veintinueve años, pelo rubio ceniza y una belleza patricia que la iluminación de pacotilla no conseguía desfigurar, y el papel parecía irle como anillo al dedo. Ni siquiera importaba que ser madre de dos hijos la hubiera dejado un poco demasiado gruesa de caderas y muslos, pues se movía con la gracia sensual de la virginidad. Cualquiera que estuviese mirando a Frank Wheeler, el joven de cara redonda y aspecto inteligente que estaba mordiéndose el puño en la última fila de la platea, habría dicho que parecía menos su marido que su pretendiente.

—A veces tengo la sensación de que estoy llena de vida —estaba diciendo ella—, y tengo ganas de salir y hacer algo absolutamente loco y maravilloso...

Entre bastidores, acurrucados a la escucha, los otros actores sintieron por ella un repentino amor, o, cuando menos, una predisposición a amarla; incluso aquellos que se habían tomado a mal cierta falta de humildad por parte de ella en los ensayos. Y es que April era su única esperanza.

El primer actor se había presentado aquella mañana aquejado de un virus intestinal. Había llegado al teatro con fiebre alta, pero insistiendo en que se sentía lo bastante bien para seguir adelante. Sin embargo cinco minutos antes de la llamada para el telón había empezado a vomitar en su camerino, y el director no había podido hacer otra cosa que mandarlo a casa y adjudicarse él mismo el papel. Todo sucedió tan deprisa que nadie tuvo tiempo de pensar en salir al proscenio para anunciar la sustitución. Algunos actores secundarios no llegaron a enterarse de ello hasta que oyeron la voz del director en el escenario, pronunciando el texto que habían esperado oír en la voz de otro hombre. El pobre estaba haciendo todo lo que podía, recitando cada frase con un toque semiprofesional, pero no se podía negar que su aspecto era el menos indicado para el papel de Alan Squiers, achaparrado y medio calvo, y prácticamente incapaz de ver nada sin sus gafas, que había declinado llevar en escena. Desde que había hecho su entrada, los actores secundarios no dejaban de interrumpirse unos a otros y de olvidar su sitio en el escenario, y ahora, en mitad de la importante alocución del primer acto acerca de su propia superficialidad (Sí, cerebro sin objetivos, nariz sin sonido, forma sin sustancia...), una de sus manos había volcado un vaso de agua, derramándola sobre la mesa. El director trató de disimularlo con una risita y una serie de morcillas (¿Lo ves? Así soy yo de inútil. Trae, deja que te ayude a limpiarlo) pero el resto de la parrafada se había echado a perder. El virus de la catástrofe, latente y amenazador durante aquellas semanas, había hecho erupción, y, empezando por el hombre que vomitaba ahora en su camerino, había contagiado a todo el reparto, con la excepción de April Wheeler.

—¿No te gustaría que yo te amara? —estaba diciendo ahora.

—Sí, Gabrielle —dijo el director, sudando a mares—. Me gustaría que me amaras.

—¿Te parezco atractiva?

Bajo la mesa, las piernas del director empezaron a bailar sobre el muelle de su pie flexionado.

—Hay palabras más adecuadas para describirte.

—Entonces, ¿por qué al menos no lo intentamos?

Estaba trabajando sola y debilitándose visiblemente a cada frase que decía. Antes de finalizar el primer acto el público ya se había dado cuenta —lo mismo que la compañía— de que la actriz había perdido el hilo, y el desconcierto no tardó en contagiar a todos. Había empezado a alternar entre falsos gestos teatrales y una inmovilidad de puños apretados, tenía los hombros alzados y rígidos, y a pesar del profuso maquillaje se le notaban en la cara y el cuello los colores de la humillación.

Luego vino la entrada impetuosa de Shep Campbell, un fornido y pelirrojo ingeniero que hacía el papel de Duke Mantee, el gánster. Toda la compañía había tenido sus dudas acerca de Shep ya desde el principio, pero él y su esposa Milly, que había colaborado en el atrezo y la promoción, eran gente tan entusiasta y simpática que nadie había tenido valor para sugerir que fuera sustituido. El resultado de aquella complacencia, y del sentimiento de culpabilidad del propio Campbell, era que acababa de olvidar una de sus frases principales, cambiándola por otra dicha en voz tan apresurada y débil que no llegó más allá de la sexta fila. Por lo demás, se conducía menos como un forajido que como un servicial empleado de tienda de comestibles, con sus pequeñas reverencias y sus mangas subidas.

En el intermedio, el público salió a fumar al pasillo del instituto en grupos visiblemente inquietos mientras examinaban el tablón de anuncios y se secaban las manos húmedas en sus pantalones rectos y sus elegantes faldas de algodón. Nadie quería volver a la sala y aguantar el segundo y último acto, pero todos lo hicieron.

Y también los Players, cuyo único pensamiento, tan evidente como el sudor en sus rostros, era acabar lo antes posible con aquel desastre. La cosa pareció prolongarse durante horas, una cruel y prolija prueba de resistencia en la que la actuación de April Wheeler fue tan mala como la de los demás, si no peor. En el clímax de la obra, donde las indicaciones escénicas apuntan que la crudeza de la escena de la muerte sea puntuada por disparos desde el exterior y detonaciones de la metralleta de Duke, Shep Campbell apretó el gatillo con tan poco tino, y la salva desde bastidores fue tan sumamente ruidosa, que el texto de los enamorados se perdió en medio de un caos humeante y ensordecedor. La caída del telón fue recibida como un acto de misericordia.

La ovación, no muy sonora, se prolongó intencionadamente para permitir dos llamadas a escena, una que pilló a los actores camino de los camerinos, de espaldas y chocando entre ellos, y otra que reveló a los tres protagonistas en un fugaz cuadro de desolación: el director pestañeando miope, Shep Campbell con el semblante adecuadamente furioso por primera vez en toda la noche, y April Wheeler paralizada en una sonrisa de circunstancias.

Las luces de la sala se encendieron, y nadie entre el público supo qué cara poner ni qué decir. La voz indecisa de Helen Givings, la agente inmobiliaria, pudo oírse repitiendo una y otra vez: «Qué bonito», pero la mayor parte de la gente permaneció callada y rígida, buscando rápidamente un cigarrillo mientras empezaba a desfilar por los pasillos. Un eficiente alumno del instituto, contratado para ayudar con la iluminación, saltó al escenario con un chirrido de zapatillas de deporte y empezó a dar instrucciones a un invisible colega subido a las bambalinas. El chico se quedó allí de pie, un tanto cohibido, consiguiendo mantener en sombras buena parte de sus granos mientras giraba orgulloso el cuerpo exhibiendo las herramientas de electricista —navaja, tenazas, rollos de alambre— que llevaba en una funda de aspecto profesional hecha de cuero lubricado que pendía baja sobre una nalga tensa de su traje de faena. Luego la batería de luces se extinguió, el chico hizo un pálido mutis y el telón quedó convertido en una desvaída pared de terciopelo verde, sucia de polvo. No había ya otra cosa que ver más que los rostros del público en sus prisas por dirigirse hacia la puerta principal. Ansiosos, con ojos desorbitados, por parejas, actuaban como si escapar serena y ordenadamente de aquel lugar fuera la más imperiosa de sus necesidades; como si de hecho no fueran capaces de empezar a vivir de nuevo hasta estar más allá de las rosadas nubecillas de los gases de escape y de la crujiente gravilla de aquel aparcamiento, donde un cielo negro se perdía en la inmensidad de las alturas, y había cientos de millares de estrellas.

Dos

Dos

Franklin H. Wheeler era de los pocos que iban contracorriente. Y lo hacía lentamente, deshaciéndose en disculpas y con un aire que confiaba que fuese dignidad, avanzando con cautela pasillo abajo en dirección a la entrada de artistas, diciendo «Perdón» y «Disculpe», saludando con una sonrisa a algunas caras conocidas, y con la mano en el bolsillo para esconder y secar los nudillos que se había chupado y mordido durante toda la representación.

Era pulcro y fornido, le quedaban pocos días para cumplir los treinta, y tenía el pelo negro muy corto y la apostura nada solemne que un fotógrafo de publicidad emplearía para ilustrar al consumidor perspicaz de productos bien hechos pero no caros («¿Por qué pagar más?»). Pese a su hechura poco significativa, su cara tenía sin embargo una movilidad inusitada: era capaz de sugerir personalidades totalmente diferentes con un simple cambio de expresión. Risueño, era un hombre que sabía perfectamente que el fracaso de una obra de aficionados no era motivo de preocupación, un hombre ingenioso y afable que sabría decir a su esposa las palabras de consuelo adecuadas para la ocasión. Pero, entre sonrisa y sonrisa, mientras se abría paso entre la gente y se le notaba en los ojos la fiebre casi crónica de la perplejidad, daba la impresión de que era él quien más necesitado estaba de consuelo.

Lo malo era que, durante toda la tarde en la ciudad, idiotizado en lo que él llamaba «el empleo más aburrido que pudiera imaginarse», se había ido emocionando solo al representarse mentalmente las escenas que se desarrollarían esa noche: él volviendo a casa para reír y bailar con sus hijos, para tomar un combinado y charlar mientras cenaba temprano con su mujer; él llevándola en coche al instituto, con el muslo de ella tenso y tibio bajo su mano tranquilizadora («¡Estoy tan nerviosa, Frank!»); él sentado en la sala, orgulloso y embelesado, levantándose después para sumarse a una estruendosa ovación al término de la obra; él radiante y pletórico, abriéndose paso entre la gente que se agolpaba detrás del escenario, para reclamar un primer beso lloroso («¿Ha estado bien, cariño? ¿De verdad?»); y luego los dos, él y ella, parando a tomar una copa en compañía de Shep y Milly Campbell, haciendo manitas por debajo de la mesa mientras hablaban del estreno. En ningún momento había previsto el peso y la conmoción de la cruda realidad; nada le había prevenido de que tal vez se vería abrumado por la oscilante visión de una chica a la que no había visto desde hacía años, una chica cuyas simples miradas y gestos podían embargarle de deseo («¿No te gustaría que yo te amara?»), pero que luego, ante sus propias narices, se disolvería para convertirse en la insulsa y sufridora criatura cuya existencia él trataba de negar cada día de su vida: esa mujer a quien conocía tan bien y tan dolorosamente como se conocía a sí mismo; esa mujer macilenta y encogida cuyos ojos inflamados despedían reproches, y cuya sonrisa falsa en la llamada a escena le resultaba tan familiar como sus propios pies hinchados, la humedad que se le colaba bajo la ropa interior y su propio olor acre.

Al llegar a la puerta se detuvo para sacar del bolsillo y examinarse la mano magullada, casi esperando verla convertida en un amasijo de sangre y cartílagos. Luego, tras enderezarse la chaqueta, cruzó la puerta y subió la escalera hasta una habitación llena de polvo y del crudo resplandor y las sombras fuertes que arrojaban unas bombillas desnudas, donde los Laurel Players, lustrosos de cosméticos, estaban hablando con sus adustos visitantes en grupos nerviosos y muy espaciados de dos y tres personas. Ella no se encontraba allí.

—No, en serio —estaba diciendo alguien—. ¿Tú me oías o no?

Y alguien más dijo:

—Qué demonios, al fin y al cabo ha sido divertido.

El director, en un reducido corro de amigos neoyorquinos, daba ávidas caladas a un cigarrillo y meneaba la cabeza. Shep Campbell, tatuado de sudor, armado aún con su metralleta pero volviendo a ser el de siempre, estaba situado cerca de la cuerda del telón, rodeando con el brazo libre la cintura de su menuda y ajada esposa, y ambos hacían gala de su decisión de tomárselo todo a broma.

—¿Frank? —Milly Campbell le había hecho señas, puesta de puntillas para llamarle a gritos ahuecando las manos, como si hubiera habido más gente y más jaleo del que había en realidad—. ¡Frank! Nos veremos después contigo y con April, ¿vale? Para ir a tomar algo...

—¡De acuerdo! —gritó él a su vez—. ¡En seguida voy!

Y guiñó un ojo a Shep, que había levantado su metralleta a modo de cómico saludo.

Al doblar la esquina encontró a uno de los gánsteres charlando con una chica rolliza que había provocado una interrupción de medio minuto durante el primer acto al saltarse su frase de entrada, y que sin duda había estado llorando pero ahora se partía de risa mientras decía:

—¡Dios mío! ¡Quería morirme allí mismo!

El gánster, limpiándose la boca de maquillaje con mano temblorosa, dijo:

—No, si yo creo que ha sido muy divertido, ¿me entiendes? Esto es lo importante, en una cosa de este tipo.

Frank Wheeler pasó entre ellos pidiendo perdón y fue hasta la puerta del camerino que su mujer compartía con otras varias mujeres. Llamó y esperó, y cuando le pareció oír un «adelante», entreabrió la puerta y se asomó al interior.

Estaba sola, sentada muy erguida frente a un espejo mientras procedía a quitarse el maquillaje. Sus ojos pestañeaban rojos todavía, pero le dedicó una réplica de su sonrisa en la llamada a escena antes de volverse.

—Hola —dijo él—. ¿Estás lista?

Cerró la puerta y se aproximó a ella con las comisuras de la boca estiradas en un gesto que pretendía estar lleno de amor, humor y compasión. Quería inclinarse para darle un beso y decirle «oye, has estado estupenda», pero un gesto casi imperceptible de los hombros de ella le previno de que no quería que la tocasen, lo cual lo dejó indeciso respecto a qué hacer con las manos, y fue entonces cuando se le ocurrió pensar que «has estado estupenda» podía ser lo menos indicado para la ocasión: resultaba condescendiente, o como mínimo ingenuo y sentimental, y demasiado serio.

—Bueno —dijo en cambio—. Supongo que no se le puede llamar un triunfo absoluto, ¿verdad? —y garbosamente se colocó un pitillo entre los labios, encendiéndolo con un rápido movimiento de su Zippo.

—Supongo que no —concedió ella—. En seguida estoy lista.

—No, tranquila, tómate el tiempo que quieras.

Frank metió las manos en los bolsillos y encogió los dedos de los pies dentro de sus zapatos, mirándoselos. ¿Y si «has estado estupenda» hubiera sido lo mejor, después de todo? Ahora le parecía que cualquier cosa habría sido preferible a lo que había dicho. Pero ya pensaría más tarde en mejores cosas que decir; lo único que se le ocurrió fue quedarse allí de pie y pensar en el bourbon doble que se tomaría cuando pararan de camino a casa con los Campbell. Se miró en el espejo, tensando las mandíbulas y girando un poco la cabeza hacia un lado para adoptar una expresión más autoritaria y grave, la cara que había puesto en los espejos desde su adolescencia y que ninguna fotografía había sido capaz de registrar debidamente, hasta que se sobresaltó al ver que April le estaba observando. También ella tenía los ojos clavados en el espejo, dirigidos hacia los de él durante un momento de incomodidad, hasta que bajó la vista y se quedó mirando el botón central de la chaqueta de Frank.

—Oye —dijo—. ¿Por qué no me haces un favor? El caso es que... —parecía necesitar toda la fortaleza de su esbelta espalda para evitar que la voz le temblara— el caso es que Milly y Shep querían que saliéramos juntos después. Diles que no podemos, ¿eh? Que es por la canguro o lo que sea...

Él se apartó y se quedó allí de pie, tieso de piernas y encorvado de hombros, con las manos hundidas en los bolsillos, como un abogado de cine reflexionando sobre una cuestión de ética.

—Verás —dijo—, el caso es que ya les he dicho que podíamos. Acabo de verlos ahí afuera y les he dicho que vale.

—Oh. Entonces ¿te importa volver a salir y decirles que te has equivocado? Creo que será suficiente.

—Mira —dijo él—. No empieces otra vez con ésas. A mí me ha parecido que estaría bien, eso es todo. Además, creo que se lo tomarían un poco mal si decimos que no, ¿no te parece?

—O sea, que no piensas decirles nada —ella cerró los ojos—. Muy bien, entonces lo haré yo. Gracias —su cara en el espejo, desnuda y reluciente de crema, parecía tener cuarenta años, y estaba tan ojerosa como si le estuviera aquejando algún dolor físico.

—Un momento —replicó él—. No te pongas nerviosa, ¿quieres? Yo no he dicho eso. Sólo he dicho que podrían tomárselo a mal, nada más. Y es así. No puedo evitarlo.

—De acuerdo. Entonces ve tú con ellos, si te apetece, y dame las llaves del coche.

—Oh, vaya, no empieces con el rollo de las llaves. ¿Por qué siempre tienes que...?

—Mira, Frank —todavía no había abierto los ojos—. No pienso salir con ellos. Resulta que no me encuentro muy bien, y...

—Vale —Frank estaba retrocediendo, con las manos extendidas frente a él y rígidas, como quien se empeña en describir la longitud de un pez corto—, está bien, está bien. Lo siento. Iré a decírselo. En seguida vuelvo. Perdona.

El suelo pasó bajo sus pies como la cubierta de un buque en movimiento mientras volvía a bastidores, donde un individuo estaba haciendo fotos con una pequeña cámara provista de flash («Quietos ahora, estupendo; perfecto») y el actor que hacía de padre de Gabrielle estaba diciendo a la chica rolliza, otra vez al borde del llanto, que se olvidara de aquello como de una mala experiencia.

—¿Estáis listos? —quiso saber Shep Campbell.

—Bueno —dijo Frank—, verás, me temo que tendremos que dejarlo. April le prometió a la canguro que volveríamos temprano, sabes, y la verdad es que...

Ambos le miraron entre dolidos y decepcionados. Milly se sujetó con los dientes una parte del labio inferior y la soltó despacio.

—Vaya —dijo—. Veo que a April le ha sentado mal todo este asunto, ¿eh? Pobrecilla.

—No, no, ella está bien —les dijo Frank—. En serio, no es eso. De veras, es por lo de la canguro —era la primera mentira de esta índole en los dos años que duraba ya su amistad, e hizo que los tres miraran al suelo mientras se afanaban por cumplir un claudicante ritual de sonrisas y buenas noches; pero fue en vano.

April le esperaba en el camerino, con cara de buenas migas sociales por si al salir se encontraban a alguno de los Laurel Players, pero consiguieron evitarlos a todos. Lo llevó por una puerta lateral que daba a un pasillo de cincuenta metros, resonante y desierto, de instituto, y caminaron sin hablarse ni tocarse, entrando y saliendo de los espacios oblongos que la luna pintaba en el piso de mármol.

El olor a instituto en la oscuridad —lápices y manzanas y pasta de papel— provocó una leve nostalgia en los ojos de Frank, y de pronto volvió a tener catorce años y vivía en Chester (Pennsylvania) —no, en Englewood (Nueva Jersey)— y se pasaba todas las horas libres pergeñando un plan para viajar en tren de balde hasta la Costa Oeste. Había marcado varias rutas alternativas en un mapa de trenes; había ensayado muchas veces la forma de manejarse (educadamente pero a puñetazos si era necesario) en los campamentos de vagabundos, y había elegido todos los artículos de su guardarropa del escaparate de una tienda de artículos militares: cazadora y pantalón Levi’s, camisa caqui del ejército con lengüetas en los hombros, y botas de faena con refuerzos metálicos en la puntera y el tacón. Un viejo sombrero de fieltro de su padre, con papel de periódico metido en la badana para que le ajustara bien, daría el toque de honesta pobreza al conjunto, y podía meter todo lo que necesitara dentro de su mochila de boy-scout, astutamente reforzada con cinta adhesiva para ocultar el emblema de los boy-scouts. Lo mejor del plan era que se trataba de un secreto, hasta que un día, en el pasillo del instituto, preguntó impulsivamente a un chaval gordo llamado Krebs —lo más próximo a un buen amigo que tuvo aquel año— si quería ir con él. Krebs se quedó de una pieza.

—¿En un tren de mercancías? —dijo, y se rió a carcajadas—. Eres la hostia, Wheeler. ¿Hasta dónde crees que vas a llegar en un tren de mercancías? ¿De dónde sacas esas ideas tan raras, del cine o algo así? Te diré una cosa: ¿quieres saber por qué todos piensan que eres un gilipollas?, pues porque eres un gilipollas, por eso.

Caminando ahora entre aquellos mismos olores y mirando de reojo el pálido perfil de April, dejó que la creciente sensación de patetismo la incluyese también a ella y a su propia y triste niñez. No podía hacerlo con frecuencia, puesto que en general April verbalizaba sus recuerdos con mucha precisión, y era difícil imbuirlos de sentimiento («Siempre supe que yo no le importaba a nadie y siempre dejé que todos supieran que yo lo sabía»), pero el olor del instituto le hizo pensar en algo que ella le había explicado: un día, cuando vivía en Rye, se había visto sorprendida por un flujo menstrual particularmente voluminoso en mitad de una clase.

—Al principio me quedé allí sentada —le había dicho—. Fue una estupidez. Y después ya fue demasiado tarde.

Entonces pensó en cómo debió de salir corriendo del aula con una mancha roja del tamaño de una hoja de arce en el trasero de su falda blanca de hilo mientras treinta chicos y chicas la miraban boquiabiertos; cómo debió de cruzar el pasillo a toda prisa en medio de un silencio de pesadilla frente a las puertas de las otras aulas, tirando los libros y recogiéndolos para correr otra vez, dejando un pulcro y espaciado rastro de sangre en el suelo; cómo había corrido luego hasta el dispensario y había tenido miedo de entrar, así que había echado a correr por otro pasillo hasta una salida de incendios, donde se quitó el jersey y se lo anudó a la cintura; y cómo entonces, oyendo o imaginando pasos que la seguían, había salido al césped soleado y se había ido a su casa, andando ligera pero no demasiado, y con la cabeza alta, para que si alguien la miraba desde el centenar de ventanas del instituto pensara que salía de allí por algún motivo perfectamente normal, llevando su jersey de un modo perfectamente normal.

Su expresión debió de ser muy similar a la que tenía ahora, cuando abrieron esta otra salida de emergencia y caminaron por este otro recinto de instituto, no muy distante de Rye, y también su modo de andar debió de ser muy parecido.

Frank esperaba que ella se arrimara a él en el coche —quería rodearle los hombros con el brazo mientras conducía— pero April se acurrucó contra la puerta del acompañante, volviendo la cabeza para contemplar las luces que pasaban y las sombras de la carretera. Esto hizo que a él se le pusieran los ojos como globos y que su boca adquiriera un rictus de solemnidad mientras accionaba el cambio de marchas, hasta que finalmente, pasándose la lengua por los labios, se le ocurrió algo que decir.

—¿Sabes una cosa? Has sido la única que ha hecho algo decente. En serio, April. No es broma.

—Bueno —dijo ella—. Gracias.

—Lo que pasa es que no tendrías que haberte comprometido con esta gente —se abrió el cuello de la camisa con la mano libre, tanto para refrescarse como para sentirse más seguro ante el sofisticado tacto de la corbata de seda y la camisa de rayón—. Me gustaría cantarle las cuarenta a ese como-se-llame. El director.

—No ha sido culpa suya.

—Bueno, pues a todos ellos. Está claro que son malísimos. El problema es que deberíamos haberlo imaginado desde el primer momento. Debería haberlo imaginado yo, para ser exactos. No habrías entrado en esa maldita compañía si los Campbell y yo no te hubiéramos convencido. ¿Te acuerdas cuando nos hablaron de esa gente y tú dijiste que seguramente eran un hatajo de imbéciles? Pues eso, ojalá te hubiera hecho caso, no digo nada más.

—Está bien. Oye, ¿no podríamos hablar de otra cosa?

—Por supuesto —intentó palmearle la pierna pero el asiento era muy ancho y ella estaba arrimada a la otra puerta—. Claro. Lo único que quiero es que no te sientas mal, nada más.

Con un movimiento fluido y elegante se desvió de la carretera secundaria para incorporarse a la rectilínea y limpia Ruta Doce, con la sensación de que por fin estaba haciendo lo que debía. Una brisa refrescante le alborotaba el pelo corto y le aligeraba los pensamientos, y empezó a ver en su verdadera perspectiva el fiasco de los Laurel Players. No merecía la pena sentirse mal por aquel bodrio. Las personas inteligentes y con dos dedos de frente podían vencer sin esfuerzo una cosa así, del mismo modo que superaban cosas más absurdas, como tener un empleo mortalmente aburrido y vivir en una casa mortalmente aburrida del extrarradio. Las circunstancias económicas podían obligarlos a vivir en ese entorno, pero lo importante era evitar ser contaminado por él. Lo importante, en todo momento, era recordar quién era uno.

Y ahora, como solía pasarle cuando se esforzaba por recordar quién era, la mente de Frank se trasladó a los primeros años de la posguerra y a un ruinoso edificio de Bethune Street, en esa zona de Nueva York donde la aristocrática margen occidental del Village va desmembrándose en silenciosos almacenes portuarios, donde la brisa salobre de la tarde y los bocinazos en el río por la noche saturan el aire de una promesa de viajes. Con poco más de veinte años y luciendo los orgullosos mantos de «veterano» e «intelectual» con la misma gallardía con que llevaba sus bien envejecidos caquis superlavados y su americana de tweed, había sido propietario de una de las tres llaves de un pequeño estudio en esa calle. Las otras dos, y el derecho a «utilizar el piso» la segunda y tercera semanas de cada mes, pertenecían a dos de sus compañeros de clase en Columbia, cada uno de los cuales pagaba una tercera parte de los veintisiete dólares de alquiler. Esos otros dos, un ex piloto de cazas y un ex marine, eran mayores que Frank y tenían un espíritu mundano más relajado —parecían capaces de recurrir a interminables reservas de chicas voluntariosas con las que utilizar el piso— pero Frank no tardó, para su propia y tímida sorpresa, en ponerse a la altura de sus compañeros. Aquélla fue una época de ponerse a la altura en muchos sentidos y con pasmosa rapidez, de una seguridad en sí mismo que casi mareaba. El solitario estudioso de mapas de trenes no llegó a abordar sus mercancías, pero cada vez parecía más improbable que algún Krebs volviera a llamarle gilipollas. El ejército lo había enrolado a los dieciocho, lo había lanzado a la ofensiva final de la guerra en Alemania y le había regalado una confusa pero vivificante gira por Europa durante un año más hasta licenciarlo, y desde entonces la vida lo había hecho cada vez más fuerte. Hilos sueltos de su personalidad —los mismos rasgos que le habían hecho parecer un soñador solitario entre sus compañeros de clase y luego de milicia— parecían haberse urdido repentinamente en un todo atractivo y consistente. Por primera vez en la vida se sentía admirado, y el hecho de que algunas chicas quisieran realmente acostarse con él fue apenas más extraordinario que otro descubrimiento concomitante: que los hombres, para más señas inteligentes, desearan oírle hablar. Sus notas casi nunca pasaban de normales, pero no había nada normal en sus intervenciones durante las largas charlas nocturnas salpicadas de cerveza que habían empezado a formarse en torno a él —charlas que solían concluir en murmullos de aquiescencia general, acompañados de un significativo toqueteo de sienes: ese Wheeler sabía lo que se decía—. Todos coincidían en que lo único que necesitaría era tiempo y libertad para encontrarse a sí mismo. Le pronosticaban diversas carreras profesionales, y era unánime la opinión de que su trabajo tendría algo que ver con «las humanidades», cuando no directamente con el arte. En cualquier caso, sería algo que requeriría una larga y firme dedicación, y que entrañaría una pronta y permanente retirada a Europa, que él solía describir como la única parte del mundo donde merecía la pena vivir. El propio Frank, yendo por la calle de madrugada tras una de aquellas charlas, o tumbado y pensando en Bethune Street las noches en que le tocaba utilizar el piso pero no tenía chica con la que utilizarlo, albergaba muy pocas dudas acerca de sus excepcionales méritos. ¿Acaso no estaban las biografías de todos los grandes hombres llenas de esa misma búsqueda juvenil, esa misma rebeldía contra los padres y su estilo de vida? Podía incluso dar gracias en el sentido de que no tenía intereses especiales: al evitar metas concretas había evitado limitaciones concretas. Por primera vez en su vida, el mundo, tal cual era, podía ser la esfera de su elección.

Pero ya en la universidad empezó a padecer innumerables y pequeñas depresiones, que empezaron a ir en aumento inmediatamente después de licenciarse, cuando sus dos compañeros de piso habían empezado a utilizar sus llaves cada vez menos y él se quedaba solo en el estudio de Bethune Street, aceptando algún que otro empleo para comprar comida mientras se dedicaba a recapacitar sobre su situación. En concreto le fastidiaba que ninguna de las chicas que había conocido hasta entonces le hubiera aportado una sensación de triunfo sin paliativos. Una de ellas era bastante guapa a pesar de sus tobillos imperdonablemente gruesos, y otra era inteligente, aunque poseía la molesta tendencia a hacerle de madre; pero tenía que admitir que ninguna de ellas era de bandera. Y no porque dudara de lo que quería decir una chica de bandera, aunque no había estado nunca lo bastante cerca de una como para tocarle la mano. Había habido un par de ellas en los diversos institutos a los que había asistido, aunque no se habían fijado en él, preocupadas como estaban por los universitarios de fuera de la ciudad; las pocas que había visto en el ejército habían sido como miniaturas apenas vislumbradas, presentidas entre acordes de música de baile por las distantes ventanas de un club de oficiales, y aunque había visto a muchas desde entonces, en Nueva York, siempre estaban subiendo o bajando de algún taxi, seguidas por la vigilante presencia de hombres que parecían no haber sido nunca muchachos.

¿Por qué no dejarlo correr? Puesto que se consideraba una especie de Jean-Paul Sartre ardiente y nicótico, ¿no era lógico esperar que se limitara a mujeres del tipo Jean-Paul Sartre ardiente y nicótico? Pero esto era el consejo de la derrota, y una noche, estimulado por cuatro whiskies solos en una fiesta celebrada en Morningside Heights, Frank siguió el consejo de la victoria.

—Creo que no me he quedado con tu nombre —dijo a la chica de primerísima categoría cuyos brillantes cabellos y espléndidas piernas le había hecho cruzar media sala llena de desconocidos—. ¿Tú eres Pamela?

—No —dijo la chica—. Pamela es esa de allá. Yo me llamo April. April Johnson.

Al cabo de quince minutos descubrió que podía hacer reír a April Johnson, y que no sólo podía suscitar la atención de sus grandes ojos grises, sino hacer que sus pupilas fueran de arriba abajo y de lado a lado mientras él le hablaba, como si la textura y la forma de su propia cara fueran asuntos de gran interés.

—¿A qué te dedicas?

—Soy estibador.

—No, lo digo en serio.

—Y yo también.

Le habría enseñado las palmas de las manos para demostrárselo si no hubiera tenido miedo de que ella pudiera distinguir entre callos y ampollas. Durante la semana anterior, siguiendo las instrucciones de un curtido amigo de la universidad, había estado «poniéndose en forma» cada mañana en los muelles, tambaleándose bajo el peso de las cajas de fruta.

—Pero a partir de este lunes tendré un empleo mejor: cajero nocturno en una cafetería.

—Ya, pero no me refería a este tipo de cosas. Quiero decir, ¿qué es lo que te interesa realmente?

—Encanto —(Frank era tan joven todavía que aplicar tan audaz apelativo a quien apenas conocía de nada le hizo ruborizarse)—... Encanto, si tuviera la respuesta estoy seguro de que te mataría de aburrimiento, y de paso también a mí mismo, en menos de media hora.

Cinco minutos después, bailando, descubrió que el final de la espalda de April Johnson se adaptaba tan bien a su mano como si estuviera hecho a medida, y, una semana más tarde, ella estaba milagrosamente desnuda a su lado en Bethune Street, de madrugada, recorriendo con un delicado dedo la cara de él desde la frente hasta el mentón, y susurrando: «Es verdad, Frank. Lo digo en serio. Eres la persona más interesante que he conocido nunca».

—Porque no merece la pena, sabes —estaba diciendo él ahora, dejando que la aguja iluminada de azul del cuentakilómetros temblara en torno al cien durante los dos últimos kilómetros de carretera.

Casi estaban en casa. Se tomarían unas copas y ella quizá lloraría un poquito (le haría bien), y luego se reirían de todo y se encerrarían en el dormitorio y se quitarían la ropa, y a la luz de la luna los pequeños pechos rollizos de ella apuntarían bamboleantes hacia él, y no habría motivo alguno para que no pudiera ser como en los viejos tiempos.

—Quiero decir, bastante tenemos con vivir entre todos estos tipejos del extrarradio (y aquí incluyo a los Campbell, seamos sinceros), bastante tenemos con vivir rodeados de esta gente, para encima dejar que nos afecte cualquier tontería de... ¿qué has dicho? —apartó brevemente la vista de la calzada y se sorprendió al ver, a la luz del salpicadero, que ella se cubría la cara con ambas manos.

—He dicho que sí, Frank, que muy bien, pero ¿podrías dejar de hablar de una vez, antes de que me vuelva loca?

Aminoró la marcha y frenó el coche derrapando ligeramente en el arcén. Apagó el motor y los faros. Luego se deslizó en el asiento con la intención de tomarla en sus brazos.

—No, Frank, por favor. Déjame en paz, ¿quieres?

—Pero, nena, si sólo quería...

—Déjame en paz. ¡Déjame en paz!

Frank retrocedió hacia el volante y encendió de nuevo las luces, pero sus manos se negaron a poner el coche en marcha. Se quedó allí sentado un minuto entero, escuchando el latir de la sangre en sus oídos.

—A mí me parece —dijo al fin— que aquí hay mucha tontería, ¿sabes? Mira, parece que estés haciendo una buena imitación de Madame Bovary. Y hay un par de cosas que me gustaría dejar claras. Una, no es culpa mía que la obra haya sido una mierda. Dos, tampoco es culpa mía que tú no hayas resultado ser una gran actriz, y cuanto antes te olvides de este melodrama, mejor para los dos. Tres, yo no sirvo para el papel de marido tonto e insensible; has intentado colgarme ese sambenito desde que nos mudamos aquí, y te juro que a mí no me la das. Cuatro...

Ella había salido del coche y corría ya iluminada por los faros delanteros, ágil y esbelta, un poquito gruesa de caderas. Durante una fracción de segundo, mientras él se bajaba del coche y echaba a correr detrás de ella, pensó que quizá pretendía suicidarse —en ocasiones así era capaz de cualquier cosa—, pero April se detuvo frente a unos matorrales que quedaban junto a la carretera, unos treinta metros más adelante, donde un rótulo luminoso decía PROHIBIDO EL PASO. Él se le acercó y se quedó allí de pie, jadeante, manteniendo una distancia prudencial. Ella no estaba llorando; sólo estaba allí plantada, de espaldas a él.

—Mierda —dijo Frank—. ¿Qué coño te pasa? Volvamos al coche.

—No. Iré en seguida. Déjame estar aquí sola un rato, ¿de acuerdo?

Frank levantó y dejó caer los brazos; luego, al sonido y los faros de un coche que se acercaba por detrás, metió una mano en el bolsillo y adoptó una pose de estar charlando, por salvar las apariencias. Al adelantarlos, el coche iluminó el rótulo y la tensa espalda de ella; luego sus luces traseras se alejaron rápidamente y el rumor de los neumáticos se fue perdiendo hasta convertirse en un leve zumbido. Después se hizo el silencio. A mano derecha, en una ciénaga negra, las ranas de zarzal cantaban como desesperadas. Al frente, a unos doscientos o trescientos metros, la tierra se elevaba sobre los postes de teléfono iluminados por la luna para formar el cerro de Revolutionary Hill, en cuya cima parpadeaban cordiales las ventanas panorámicas de la urbanización Revolutionary Hill Estates. Los Campbell vivían en una de aquellas casas; los Campbell podían estar en uno de los coches cuyos faros se les acercaban ahora mismo por detrás.

—April.

Ella no respondió.

—Oye —dijo él—, ¿no podríamos hablar de todo esto en el coche, en vez de correr por la Ruta Doce?

—¿No te he dicho bien claro —replicó ella— que no tengo ningunas ganas de hablar de esto?

—Vale —dijo él—. Está bien. Joder, April. Hago todo lo posible por ser delicado en este asunto, pero...

—Oh, qué amable —dijo ella—. Qué amabilísimo eres, querido.

—Eh, espera un momento... —se sacó la mano del bolsillo y se irguió, pero volvió a guardarla al ver que venían más coches—. Escúchame —intentó tragar saliva, pero tenía la garganta muy seca—. No sé qué pretendes demostrar —dijo—, y tampoco creo que tú lo sepas, pero yo sí sé una cosa: que no me merezco esta mierda.

—Por supuesto, tú siempre tienes muy claro —dijo ella— las cosas que haces y lo que no te mereces, ¿verdad? —pasó por su lado y fue hacia el coche.

—¡Eh, un momento! —Frank anduvo detrás de ella, trastabillando en la maleza. Ahora pasaban más coches, en ambas direcciones, pero a él ya le daba igual—. ¡Que esperes, joder!

April apoyó la cara posterior de sus muslos en el parachoques y se cruzó de brazos haciendo gala de resignación, mientras él agitaba un dedo delante de sus narices.

—Escúchame bien. Esta vez no voy a dejar que tergiverses todo lo que digo. Da la puta casualidad de que esta vez sé que no me equivoco. ¿Sabes cómo eres cuando te comportas así?

—Santo Dios, ¿por qué no te habrás quedado en casa esta noche?

—¿Sabes lo que eres cuando te pones así? Eres repugnante. Y lo digo muy en serio.

—¿Y sabes lo que eres tú? —le miró de arriba abajo con desdén—. Eres repulsivo.

A partir de ahí la pelea se descontroló. Ambos se pusieron a temblar de brazos y piernas y se les crispó la cara en semblantes de odio, empezaron a cebarse con mayor ahínco en los puntos débiles del otro, urdiendo astucias para esquivar al contrincante y buscando modos de cambiar de táctica, amagar y golpear de nuevo. En el lapso de una bocanada de aire consiguieron trasladarse en el tiempo, buscando viejas armas con las que arrancar las costras de viejas heridas; y la pelea parecía que no fuera a acabar.

—No, Frank, nunca me he dejado engañar por ti. Todas tus sublimes máximas morales y tu «amor» y tus melosas frases... ¿Crees que he olvidado aquella vez que me pegaste en la cara porque dije que no pensaba perdonarte? Siempre he sabido que tenía que ser tu conciencia y tus tripas... y encima tu chivo expiatorio. Sólo porque conseguiste hacerme caer en una trampa crees que...

—¡Tú en una trampa! ¡Tú nada menos! ¡No me hagas reír, vamos!

—Sí, yo —April se llevó una mano como una garra a la clavícula—. Yo. Yo. Oh, pobrecito iluso... ¡Mírate bien! ¡Mírate y dime si haciendo un gran esfuerzo de imaginación —ladeó la cabeza, y la sonrisa de sus dientes resplandeció a la luz de la luna— podrías llamarte hombre!

Él se dispuso a propinarle un revés con mano temblorosa y ella se echó hacia atrás en una fea imagen del miedo; entonces, en vez de pegarle, procedió a ejecutar un baile de pies a lo boxeador y descargó el puño sobre la capota del coche con todas sus fuerzas. Repitió la acción cuatro veces seguidas: ¡Bong! ¡Bong! ¡Bong! ¡Bong! Ella se quedó mirando. Después, el único sonido en varios kilómetros fue el canto estridente y líquido de las ranas.

—Maldita seas —dijo él por lo bajo—. Maldita seas, April.

—Está bien. ¿Podemos volver a casa?

Con las bocas resecas, jadeantes, con un bamboleo de cabeza y un temblor de extremidades se instalaron en el coche como dos viejos cansados. Él puso el motor en marcha y condujo con cuidado hasta la curva que había al pie de Revolutionary Hill, para enfilar después la sinuosa pendiente de asfalto que llamaban Revolutionary Road.

La primera vez, dos años atrás, habían avanzado por ese mismo camino como educados y cordiales pasajeros en el coche familiar de la señora Helen Givings, la agente inmobiliaria. Ella se había mostrado cortés pero reservada por teléfono —llegaba mucha gente de la ciudad que le hacía perder el tiempo exigiendo gangas inverosímiles—, pero, desde el momento en que habían bajado del tren, como ella explicaría después a su marido, había comprendido que eran la clase de pareja con la que una se tomaba ciertas molestias, aunque fueran de las de bajo presupuesto.

—Son tan simpáticos —dijo a su marido—. La chica es absolutamente divina, y creo que el chico debe de tener algún puesto importante en la ciudad (es muy agradable, bastante reservado). La verdad, es tan refrescante tratar con personas así...

La señora Givings había comprendido al instante que la pareja quería algo fuera de lo común —una cochera o granero reformados, o quizá una vieja casita de huéspedes, algo que tuviera encanto— y le dio mucha pena tener que decirles que de esas cosas ya no quedaba nada. Pero les rogó que no se desanimaran: sabía de una casa que seguramente iba a gustarles.

—Bueno, por supuesto que esta zona no es la más atractiva —explicó, mirando alternativamente con ojos de pájaro a la calzada y a sus agradables rostros atentos mientras se desviaba de la Ruta Doce—. Como pueden ver, casi todo son casas de hormigón para operarios: lampistas, carpinteros, gente de esa clase. Pero el final —dirigió la rígida pistola de su dedo índice hacia el parabrisas a modo de advertencia, haciendo que un conjunto de pulseras tintineara y chocara con el volante—, el final de la calle va a dar a una urbanización nueva y absolutamente espantosa que se llama Revolutionary Hill Estates. Enormes pisos a desnivel, todo en los más nauseabundos tonos pastel, y encima carísimos, no sé yo por qué. Pero no, el sitio que quiero enseñarles no tiene nada que ver con eso. Uno de nuestros amables contratistas hizo construir esa casa recién terminada la guerra, antes de que empezara el boom de la construcción. Es una casita preciosa de verdad, y el sitio también es encantador. De líneas sencillas, buen jardín, maravillosa para los niños. Está al doblar la próxima curva, y ya ven que aquí arriba la carretera es mucho más bonita. En seguida la verán... Ahí está. ¿La ven? ¿Esa pequeña? Una monada, ¿verdad? Se la ve tan airosa en lo alto de su cuestecita...

—Desde luego —dijo April cuando vio surgir la casa de entre los delgados troncos de unos robles de segunda formación y girar lentamente hacia ellos, menuda y de madera, encaramada a sus desnudos cimientos de hormigón, con su grandiosa ventana central que parecía un enorme espejo negro—. Sí, yo creo que es bastante... bonita, ¿verdad, cariño? Claro que tiene una ventana panorámica; imagino que de eso no hay quien se escape.

—Me temo que no —dijo Frank—. Pero, bueno, no creo que nuestro carácter pueda verse seriamente afectado por una ventana panorámica.

—Oh, eso es maravilloso —exclamó la señora Givings, y su risa fue como un cálido refugio de zalamería mientras enfilaban el camino particular y se apeaban para echar un vistazo.

Ella los siguió de cerca, protectora, mientras recorrían los suelos desnudos de la casa especulando en susurros. Realmente era una casa con posibilidades. El sofá que ya tenían podría ir allí y la mesa grande allá; sus abundantes libros restarían importancia a la ventana panorámica; un mobiliario somero y debidamente repartido contrarrestaría el aire suburbial de la excesivamente simétrica sala de estar. Por otro lado, la simetría misma de la casa tenía su atractivo: el hecho de que todas sus esquinas fueran en ángulo recto, que todas las tablas del suelo estuvieran rectas y firmes, y que sus puertas colgaran en perfecto equilibrio y cerraran con eficientes «clics», sin rascar. Disfrutaron del tacto de los macizos tiradores y tuvieron la sensación de que ya estaban en su hogar. Al inspeccionar el impecable cuarto de baño pudieron sentir el placer de regodearse en su amplia bañera; y se imaginaron a sus hijos corriendo descalzos por aquel pasillo exento de moho y de astillas y de cucarachas y de mugre. Sí, tenía posibilidades. Quizá podrían hacer encajar el creciente desorden de sus vidas en aquellas habitaciones, entre aquellos árboles, aunque les llevara tiempo. ¿Quién podía tener miedo en una casa tan amplia y tan luminosa, tan limpia y tan pacífica?

Ahora, mientras la casa flotaba delante de ellos en medio de la oscuridad gracias a las luces de la cocina y el garaje, tensaron los hombros y apretaron las mandíbulas dispuestos a aguantar lo que fuera preciso. April fue la primera en entrar, cruzando a ciegas la cocina y parándose un momento para equilibrarse contra el enorme frigorífico, y Frank entró detrás. Luego ella tocó un interruptor y la sala de estar explotó de claridad. En el primer momento, con la sorpresa de la luz, pareció flotar con todas sus cosas a la deriva, pero incluso después seguía teniendo un aire provisional. El sofá estaba aquí y la mesa grande allá, pero igual podía haber sido al revés: allí estaba la pared repleta de libros, compitiendo dócilmente con la ventana panorámica, pero podría haber sido una biblioteca de préstamo a domicilio. Los demás muebles habían conjurado sin duda la impresión de decoro y severidad, pero sin llegar a sustituirla por ninguna otra cosa. Sillas, mesa de centro, lámpara de pie y escritorio, parecían enseres arbitrariamente agrupados para una subasta. Sólo un rincón de la sala mostraba señales de agradable presencia humana —alfombra gastada, cojines chafados, ceniceros llenos—, y era el rincón que hacía menos de seis meses habían creado de mala gana: la provincia del televisor («¿Y por qué no? ¿No se lo debemos a los críos? Además, no podemos seguir siendo tan esnobs respecto a la televisión...»).

La señora Lundquist, que les hacía de canguro, se había quedado dormida en el sofá y estaba oculta por el respaldo del mismo. De pronto surgió de allí, y, al incorporarse pestañeando e intentando sonreír, su dentadura postiza castañeteó y sus manos trataron de recomponer el estado de sus cabellos blancos.

—¿Mamá? —dijo una voz muy despierta desde el cuarto de los niños, al fondo del pasillo. Era Jennifer, de seis años—. ¿Mamá? ¿Ha sido bonita la obra?

Frank se equivocó dos veces al llevar a su casa a la señora Lundquist (y la señora Lundquist, dando tumbos contra la puerta y el salpicadero, trató de disimular su miedo manteniendo una sonrisa estática en la oscuridad; creía que él estaba borracho). Ya de regreso, a solas, condujo con un puño pegado a la boca. Estaba haciendo lo posible por reconstruir la pelea, pero fue inútil. Ni siquiera sabía si estaba enfadado o contrito, si lo que quería era el perdón o la facultad de perdonar. Aún le dolía la garganta de tanto gritar, y se le había hinchado la mano de los puñetazos que había dado al coche —eso sí lo recordaba bien—, pero por lo demás sólo se acordaba de la imagen de ella, tiesa de hombros, en la llamada a escena, de su sonrisa falsa y vulnerable, y sintió remordimientos. ¡Mira que reñir con ella justamente esta noche! Tuvo que sujetar con fuerza el volante porque las luces de la carretera se le deshacían en los ojos.

La casa estaba a oscuras, y la visión de la misma mientras subía la cuesta, su forma alargada y blancuzca entre la mayor oscuridad de árboles y cielo, le hizo pensar en la muerte. Pasó rápidamente por la cocina y el salón y recorrió el pasillo de puntillas, con mucho cuidado, dejó atrás el cuarto de los niños y entró en la alcoba, cerrando la puerta sin hacer ruido.

—Escucha, April —susurró.

Tras quitarse la chaqueta, fue hasta la cama en penumbra y se dejó caer en el borde de la misma, una clásica pose de contrición.

—Escucha, por favor. No voy a tocarte. Sólo quiero decirte que... No hay nada que decir salvo que lo siento.

Esta vez iba a ser de las que duraban días. Pero al menos estaban aquí, a solas y tranquilos en su habitación, y no gritándose en plena carretera; al menos la cosa había pasado ya a la segunda fase, el largo epílogo que hasta entonces, aun del modo más inverosímil, había conducido siempre a la reconciliación. Ella ya no huiría de él, y tampoco era probable que él perdiera otra vez los estribos; los dos estaban deshechos. Al principio de casados, estos períodos de aturdimiento le habían parecido peores incluso que el humillante tumulto que los había provocado; y cada vez pensaba lo mismo: «Esta vez no habrá manera de superarlo con dignidad». Pero luego siempre había una manera, digna o no, que surgía gracias al simple proceso de pedir disculpas primero y esperar después, tratando de no dar muchas vueltas al asunto. A estas alturas dicha actitud le resultaba tan familiar como una chaqueta vieja, cómoda y poco favorecedora. Podía llevarla incluso con cierta gracia voluptuosa, pues le permitía una suspensión total de la voluntad y el orgullo.

—Mira, no sé lo que nos ha pasado —dijo—, pero sea lo que sea, puedes creerme, yo... ¿April?

Entonces, al estirar la mano descubrió que la cama estaba vacía. La forma alargada a la que había dirigido la palabra era un lío de colchas y sábanas y almohada; había deshecho la cama.

—¿April?

Corrió asustado al cuarto de baño, que estaba vacío, y salió de nuevo al pasillo.

—Vete, por favor —dijo la voz de ella. Estaba tapada con una manta y ovillada en el sofá del salón, allí donde se había acostado la señora Lundquist.

—Escucha. No voy a tocarte. Sólo quiero decirte que lo siento.

—Estupendo. Y ahora ¿no podrías dejarme sola?