Hasta ahora mis novelas habían nacido sin introito, pero ocurre que no estoy muy seguro de que este libro sea una novela propiamente dicha (o propiamente escrita). Más bien lo veo como un sistema o colección de andamios. El Diccionario de la Lengua Española (Real Academia Española, Madrid, 1992) incluye entre otras la siguiente definición de andamio: «Armazón de tablones o vigas puestos horizontalmente y sostenidos en pies derechos o puentes, o de otra manera, que sirve para colocarse encima de ella y trabajar en la construcción o reparación de edificios, pintar paredes o techos, subir o bajar estatuas u otras cosas, etc. U. t. en sent. fig.». (Me gustó sobre todo eso de las estatuas.)
Como podrá comprobar el lector, si se anima a emprender su lectura, este libro trata de los sucesivos encuentros y desencuentros de un desexiliado que, tras doce años de obligada ausencia, retorna a su Montevideo de origen con un fardo de nostalgias, prejuicios, esperanzas y soledades. A pesar de ser yo mismo un desexiliado, advierto que no se trata de una autobiografía sino de un puzzle de ficción, compaginado merced a la mutación de realidades varias, casi todas ajenas o inventadas, y alguna que otra propia. Por otra parte, de ningún modo pretende ser una interpretación psicológica, sociológica ni mucho menos antropológica, de una repatriación más o menos colectiva, sino algo más lúdico y flexible: la restauración imaginaria de un regreso individual. El desexiliado de marras no se enfrenta a un conglomerado social ni a un país oficial u oficioso, sino a su país personal, ese que llevaba dentro de sí y lo aguardaba fuera de sí. De ahí el inevitable cotejo del país propio de antes con el país propio de ahora, del presente que fue con el presente que vendrá, visto y entrevisto desde el presente que es. El desexiliado, aunque a veces recurra a menciones tangenciales, no se detiene en variaciones políticas o meteorológicas, cotizaciones de Bolsa o resultados futbolísticos, inflaciones o deflaciones, ni siquiera en esperanzas o frustraciones de un electorado fluctuante y todavía inseguro; más bien busca sus privados puntos y pautas de referencia y aquí y allá va comprobando la validez o invalidez de sus añoranzas, como una forma rudimentaria de verificar hasta dónde y desde cuándo su país personal ha cambiado y comprobar que tampoco él es el mismo de doce años atrás. Como bien ha intuido Haro Tecglen, «el estado actual de la democracia es la imperfección. A veces —muy pocas— alcanza la gracia; cuando los ciudadanos adictos la aceptan como imperfecta y asumen que es un régimen en construcción continua cuyo edificio jamás estará terminado: un sistema sin final posible». Conforme. Todo «régimen en construcción continua» precisa de andamios, y más aún si «jamás estará terminado».
En ese contexto, cada capítulo de este libro puede o quiere ser un andamio, o sea un elemento restaurador, a veces distante de los otros andamios. Algunos de éstos se sostienen (Academia dixit) «en pies derechos [¿por qué no izquierdos?] y puentes» del pasado, mientras que otros inauguran nuevas apoyaturas. Todo ello anotado con la irregularidad y el picoteo de temas y criaturas que convoca la explicable curiosidad o la tímida emoción del regresado.
No piense el lector que aquí le endilgo de contrabando una reseña (auto)crítica, ni mucho menos una parrafada de autopromoción. Todo lo contrario. Se trata simplemente de avisarle, francamente y desde el vamos, que aquí no va a encontrar una novela comm’il faut sino, a lo sumo, una novela en 75 andamios. (Como por desgracia suele ocurrir en los soportes de madera y hierro, desde estos otros, más o menos metafóricos, puede suceder que algún personaje se precipite en un vacío espiritual.) Ahora bien, si los andamios, reales o metafóricos, no le interesan, le aconsejo al lector que cierre el libro y salga en busca de una novela de veras, vale decir de tomo y lomo.
M. B.
Montevideo-Buenos Aires,
Madrid-Puerto Pollensa,
1994-1996.
Fermín movió lentamente el vaso de grapa con limón y luego lo situó a la altura de sus ojos, para mirar, a través de esa transparencia, el rostro distorsionado de Javier.
—Parece mentira. Casi una hora de carretera, no siempre impecable, con el correspondiente y abusivo gasto de nafta, nada más que para tener el honor de conversar un rato con el ermitaño que volvió del frío.
—Del calor, más bien.
—Veo que no has perdido la vieja costumbre de enmendar mis lugares comunes, que, por otra parte, siempre han sido mi fuerte. La verdad, Javier, no comprendo por qué, desde que volviste, te has recluido en esta playa de mierda.
—No tan recluido. Dos veces por semana voy a Montevideo.
—Sí, en horas incómodas, cuando todos estamos laburando. O durmiendo la siesta, que es uno de los derechos humanos fundamentales.
—Ya sé que ustedes no lo entienden, pero necesito distancia, quiero reflexionar, tratar de asimilar un país que no es el mismo, y sobre todo comprender por qué yo tampoco soy el mismo.
—Quién te ha visto y quién te ve. De insumiso a anacoreta.
—Nunca fui demasiado insumiso. Al menos, no lo suficiente.
—¿Vas a seguir solo? ¿No pensás traer a Raquel?
—Eso terminó. Aunque te parezca mentira, el exilio nos unió y ahora el desexilio nos separa. Hacía tiempo que la cosa andaba mal, pero cuando la disyuntiva de volver o quedarnos se hizo perentoria, la relación de pareja se pudrió definitivamente. Quizá «pudrió» no sea el término apropiado. Tratamos de ser civilizados y separarnos amigablemente. Además, está Camila.
—¿Por qué Raquel quiere quedarse? ¿Qué le ha brindado España? ¿Por qué permanecer allí es para ella más importante que seguir contigo?
—Aquí lo pasó mal.
—¿Y vos no?
—Yo también. Pero reconocé que hay una diferencia entre pasarlo mal por lo que vos hacés y pasarlo mal por lo que hizo otro. Y para ella ese otro soy yo.
—Vamos, Javier. No me vendas ni te vendas tranvías. Ni carretas de bueyes. Justamente a mí, que me sé de memoria tu currículo. A ver, confesate con este sacerdote. ¿Qué fue eso tan grave que hiciste?
—Sólo pavadas. En cana, propiamente en cana, estuve apenas quince días, y no lo pasé tan mal. Pero en el libro de los milicos figuro siete veces. Conversaciones telefónicas, algún articulito, firmas aquí y allá. Pavadas, ¿no te dije?
—¿Y Raquel?
—Raquel nada. La interrogaron tres veces. Le preguntaban sobre mí, pero a esa altura yo ya estaba fuera del país, al principio en Porto Alegre, luego en España. Muerta de miedo, la pobre. Y sin embargo los convenció de que lo ignoraba todo. La verdad es que efectivamente lo ignoraba. Quizá por eso los convenció. En cambio nunca la pude persuadir (a ella, no a la policía) de que yo no era un pez gordo, sino una simple mojarrita. Más aún, siempre creyó que yo no le confesaba mis notables misiones secretas, simplemente porque no confiaba en ella. Ahora bien, esa crisis pasó; fue difícil, pero pasó. Muy pronto nos sentimos felices por estar a salvo. Y poco después más felices aún, porque quedó embarazada, y todavía más cuando, precisamente el día que nació la nena, conseguí por fin un trabajo casi decente. No obstante, aquella vieja sospecha había quedado sin resolver. Más de una vez estuve a punto de mentirle, de inventar cualquier historia heroica que le sonara a verosímil, pero no pude. Pensé que algún día se enteraría e iba a ser mucho peor. Y además me pareció una falta de respeto hacia aquellos que sí habían arriesgado mucho. Además, en Raquel hay otro elemento que también cuenta: no tiene confianza en la invulnerabilidad de esta democracia, cree que en cualquier momento todo puede desmoronarse y no se siente con ánimo para empezar, de nuevo y desde cero, otro recorrido de angustias. Si antes fue difícil, me decía, imaginate ahora que somos doce años más viejos.
Fermín se inclinó para dejar el vaso sobre el caminero de yute y luego se acercó al ventanal. Por entre los pinos se filtraba un sol decreciente y también un trozo de la playa, totalmente desierta.
Desde su rincón de sombras preguntó Javier:
—¿Realmente te parece una playa de mierda?
—En invierno todas las playas me parecen de mierda. ¿A vos no?
—A mí me gustan en invierno casi más que en verano.
—Confirmado: anacoreta.
—Aquí podés pensar. Y es bárbaro. Casi había perdido esa costumbre y recuperarla me parece un milagro.
—No me digas que en Madrid no pensabas.
—Sólo lo imprescindible. Pensamientos cortitos, como telegramas. Miniaturas de reflexión. Apenas para salir del paso y hacerle un regate al estrés.
—¿Regate?
—Moña, dribbling, finta. Eso que, según dicen, hacía Julio Pérez, allá por los cincuenta.
—Ah. La próxima vez traeré un traductor.
—Mirá, Madrid es una ciudad lindísima, pero sería realmente maravillosa si la trasladaran a la costa. Es muy deprimente no ver nunca el mar.
—Aquí es río. No lo olvides.
—Ése es un mote histórico. Ridículo, además. Para mí es mar y se acabó. Vos, nacido y criado en Malvín, ¿dijiste acaso o pensaste alguna vez que vivías frente al río? Siempre te oí decir que tus ventanas daban al mar.
—Eso es semántica y no geografía.
—Pues a mí me gusta el mar semántico.
La risa de Fermín culminó en un estornudo ruidoso.
—¿Lo ves? Tengo alergia a las playas invernales.
—¿Querés que te preste un saco de lana?
—No. También soy alérgico a la lana. Y a los gatos. Y al musgo. Y al viento norte. Y al catecismo. ¿O ya no te acordás?
—Me acuerdo, sí. Pero has nombrado seis, y antes eran siete alergias, ¿no? Tantas como pecados capitales. ¿No habrás omitido por ventura la alergia al imperialismo?
—Ah, los viejos tiempos. Qué memoria, che. Esa alergia ya pasó de moda.
—Salvo cuando es incurable.
—Hermano, tenés que ponerte al día. Democracia es amnesia, ¿no lo sabías?
Se acercó a Javier y lo abrazó.
—Me hace bien hablar contigo. Anacoreta, o más bien Anarcoreta, me alegro de que hayas vuelto. Debo tener los ojos llorosos, ¿verdad? No sé si será por el estornudo o por tu regreso. Digamos que por ambas provocaciones.
Javier, para disimular su propia vulnerabilidad, se dedicó a servir otras dos grapas.
—Éstas van en estado de pureza. Se me acabaron los limones.
—¿Y allá qué tomabas?
—Fino. O sea jerez. Lo más parecido a la grapa es el orujo. Son casi iguales. La verdadera diferencia es la que media entre «grapa en Montevideo» y «orujo en Madrid». El contexto, que le dicen. Preferí habituarme al jerez, que no admite falsos cotejos y además no desfonda el hígado.
—Ahora decime, con franqueza: ¿cuándo te empezó la nostalgia, o al menos una nostalgia tan compulsiva como para que rompieras con Raquel?
—Ruptura no es la palabra. Implica violencia, y lo nuestro fue más suave. Doloroso sí, pero suave. Son muchos años de querernos, y querernos bien. Digamos separación.
—Digamos separación, entonces. Replay: ¿cuándo te empezó la nostalgia?
—Fueron varias etapas. Una primera, esa en que te negás a deshacer las maletas (bueno, las valijas) porque tenés la ilusión de que el regreso será mañana. Todo te parece extraño, indiferente, ajeno. Cuando escuchás los noticieros, sólo ponés atención a los sucesos internacionales, esperando (inútilmente, claro) que digan algo, alguito, de tu país y de tu gente. La segunda etapa es cuando empezás a interesarte en lo que sucede a tu alrededor, en lo que prometen los políticos, en lo que no cumplen (a esa altura ya te sentís como en casa), en lo que vociferan los muros, en lo que canta la gente. Y ya que nadie te informa de cómo van Peñarol o Nacional o Wanderers o Rampla Juniors, te vas convirtiendo paulatinamente en forofo (hincha, digamos) del Zaragoza o del Albacete o del Tenerife, o de cualquier equipo en el que juegue un uruguayo, o por lo menos algún argentino o mexicano o chileno o brasileño. No obstante, a pesar de la adaptación paulatina, a pesar de que vas aprendiendo las acepciones locales, y ya no decís «vivo a tres cuadras de la Plaza de Cuzco», ni pedís en el estanco (más o menos, un quiosco) una caja de fósforos sino de cerillas, ni le preguntás a tu jefe cómo sigue el botija sino el chaval, y cuando el locutor dice que el portero (o sea el golero) «encajó un gol» sabés que eso no quiere decir que él lo hizo sino que se lo hicieron; cuando ya te has metido a codazos en la selva semántica, igual te siguen angustiando, en el recodo más cursi de la almita, el goce y el dolor de lo que dejaste, incluidos el dulce de leche, el fainá, la humareda de los cafés y hasta la calima de la Vía Láctea, tan puntillosa en nuestro firmamento y, por obvias razones cosmogónicas o cosmográficas, tan ausente en el cielo europeo. No obstante, as time goes by (te lo dice Javier Bogart) por fin se borran las vedas políticas que te impedían el regreso. Sólo entonces se abre la tercera y definitiva etapa, y ahí sí empieza la comezón lujuriosa y casi absurda, el miedo a perder la bendita identidad, la coacción en el cuore y la campanita en el cerebro. Y aunque sos consciente de que la operación no será una hazaña ni un jubileo, la vuelta a casa se te va volviendo imprescindible.
—Mirá lo que son las cosas. Mientras vos te enfrentabas allá con tus nostalgias completas, yo y unos cuantos más estábamos aquí locos por irnos.
—Siempre andamos a contramano.
—Nada es fácil.
—Nada. En mi caso particular, reconozco que, pese a toda mi obsesión por volver, no habría podido hacerlo sin ese golpe de suerte que me desenredó el futuro.
—¿De qué tío abuelo heredaste?
—¡Cómo! ¿No sabías que gané un montón de pasta (o sea de guita) con la pintura?
—¿Pintor vos? ¿De cuadros o de paredes?
—Cuadros. Pintados por otros, claro. Te cuento. Durante un tiempo estuve trabajando en una empresa de importación/exportación. Y como me defiendo en varios idiomas (inglés, francés, italiano), me mandaban con cierta frecuencia a otros países europeos. Una tarde, en Lyón, me topé con un mendocino (no lo conocía de antes, pero resultó que era amigo de otro amigo al que sí yo conocía) y fuimos a cenar a un restorán chino. Hacía como ocho años que él vivía en Francia, no en Lyón sino en Marsella. ¿Sabés con qué se ganaba la vida? Pues vendiendo en Francia cuadros de pintores que conseguía por ahí, en otros países europeos; pintores franceses poco menos que desconocidos en el exterior pero sí valorados en las galerías de París o Marsella. Los compraba por una bicoca, y luego los vendía a muy buen precio en Francia. Y fue generoso, me prestó la idea: «¿Por qué no te dedicás a algo así, pero con pintores españoles? A mí dejame los franceses, ¿eh?». Creo que no fue una operación consciente, pero es obvio que el plan del mendocino me quedó archivado en el disco duro del marote. Al poco tiempo la empresa me envió a Italia y fue mi primer viaje exploratorio. En los ratos libres empecé a hurgar, no en las elegantes galerías de Via Condotti o Via del Babuino sino en las ferias y en los seudoanticuarios de baja ralea, cuyos propietarios a veces ni se enteran de alguna que otra maravilla, perdida en medio de su caos. Por supuesto, era como buscar una aguja en un pajar, pero esa vez el azar me llevó de la mano hasta un óleo que estaba arrinconado y cubierto de polvo. Me acerqué porque me pareció un Blanes Viale. Pero me equivoqué. Era un paisaje costero y en el ángulo inferior izquierdo la firma era legible: H. Anglada Camarasa. Desde la primera vez que había visto en Puerto Pollensa un cuadro de este pintor (nacido en Barcelona, 1871, pero residente por treinta y tres años en Mallorca), me convertí en un fiel adicto a su pintura, de modo que conocía bien su estilo y sus modalidades, bastante cercanas por cierto a Blanes Viale. Para no despertar las sospechas del desenterado propietario, adquirí aquel Anglada junto con dos porquerías, que abandoné tres cuadras más adelante en un contenedor de basura. El precio del paisaje era irrisorio. Una vez en el hotel, le quité el marco, con bastantes dificultades pude enrollar la tela y finalmente la metí en un tubo. No volé directamente a Madrid sino a Palma de Mallorca, que es donde más valoran las obras de Anglada. Tengo allí varios amigos (incluido un compatriota), que están bien relacionados con el mundo del arte. A todos les sorprendió el hallazgo. Al parecer era un cuadro al que se le había perdido la pista. En veinticuatro horas consiguieron un comprador, y, previo el pago de comisión al intermediario, pude embolsarme el equivalente a casi veinte mil dólares. Ése fue el comienzo. De a poco me fui convirtiendo en un especialista en Anglada Camarasa (en Palma hay un museo estupendo con buena parte de su obra) y tan buen resultado me dio ese filón, que poco tiempo después, y aunque Raquel me repetía hasta el cansancio que era una locura, dejé mi empleo y me dediqué con ahínco a la pesquisa de sus obras. Mi campo de operaciones siguió siendo Roma, aunque luego lo amplié a Nápoles, Salerno y hasta a Palermo. Siempre con Anglada. Fui vendiendo los cuadros no sólo en Mallorca sino también en Barcelona y Madrid. En Florencia hallé asimismo (y eso sí fue una sorpresa) un Blanes Viale, pero ése no lo vendí en Mallorca sino que lo traje conmigo a Montevideo y aquí encontré un barraquero interesado. Por desgracia, nunca encontré un Klimt polvoriento e ignorado, pero reconozco que mi afición por Anglada me proporcionó un buen capital. Pude hacer algunas seguras y rendidoras inversiones. Ahí nomás organicé el despegue. Raquel y yo tuvimos una ardua e interminable confrontación. No quiso volver. Por nada del mundo. Quizá encontró por fin el pretexto válido para terminar con una situación que estaba pudriendo nuestra convivencia. Dividimos la guita, de modo que en ese aspecto me quedé tranquilo. Pudo comprar un apartamento y no pasarán apuros, ni ella ni Camila. Además, animada por mi éxito, Raquel abrió una galería de arte y le va bien. Desde aquí la ayudaré, siempre que pueda. Y en las vacaciones me mandará a Camila. Por otra parte, quedó establecido que nos escribiríamos regularmente y con toda franqueza.
—¿Y cuál es tu proyecto?
—La casa de Montevideo la perdí, por razones obvias, pero me queda ésta. Como ves, no se deterioró demasiado, gracias a que en todos estos años la ocupó un matrimonio amigo, que justamente ahora se radicó en Florianópolis. Así que vivienda, la tengo segura. Ya sabés que instalé un videoclub en Punta Carretas, más para ayudar al hijo de un amigo (el flaco Rueda, ¿te acordás?) que para sacar algún provecho. Y eso anda bastante bien. Habrás visto que todos los videoclubes trabajan casi exclusivamente con dos ramas: violencia pornográfica o pornografía violenta. No son sinónimos, tienen matices que los diferencian. Pues bien, pensé que una ciudad como Montevideo, que tuvo hace treinta o cuarenta años una buena y exigente cultura cinematográfica, no podía haberla perdido por completo. Y entonces abrí un videoclub nada más que de buen cine. No hicimos publicidad (el negocio no da para tanto) pero se fue corriendo la voz y estamos trabajando cada día mejor. Voy dos veces por semana, normalmente los viernes y los sábados, porque en esos días el botija Rueda y su noviecita no dan abasto. Ahora trabajan con más comodidad y eficacia, porque les instalé una computadora. Es estimulante ver cómo la gente llega preguntando por Fellini, Visconti, Bergman, Buñuel, Welles, etcétera, y (ahora que por fin somos latinoamericanos) también por Gutiérrez Alea, Glauber Rocha, Leduc, Aristarain o Subiela. Tenés que ver la reacción (para mí, inesperada) de algunos chicos, que nunca habían visto La strada, El ciudadano, El verdugo o Umberto D. Me alegra que eso les guste y hasta les asombre. Más aún: algunos de ellos se enfrentan al blanco y negro casi con la misma curiosidad que tuvieron nuestros viejos cuando se enfrentaron al tecnicolor de Natalia Kalmus.
—O sea que sos un boom.
—Algo mucho más modesto: un nostálgico del buen cine.
—¿Y con esa nostalgia te alcanza para vivir?
—Con eso, más algo de intereses de lo que quedó después de la partición. También conseguí una corresponsalía para el Río de la Plata de una agencia de segunda categoría, radicada en Madrid. No pagan bien, pero tampoco exigen mucho. Y me sirve para no perder la mano periodística. Además, tené en cuenta que viviendo aquí no pago alquiler. Ni tengo auto. Viajo en ómnibus, que me deja a una cuadra.
—Seré curioso. Esta franja de la costa ¿no se llamaba antes El Arrayán?
—Sí, pero a la compañía que adjudicaba los solares le pareció una etiqueta poco vendedora. Algún gerente debe haber pensado que aquí nadie sabe qué es un arrayán, y el muy tarado lo cambió por Nueva Beach. Al parecer, inicialmente, estuvieron barajando otros nombres como South Beach y New Beach, pero un último escrúpulo les hizo no perder del todo la raíz hispánica y le pusieron Nueva Beach.
—Que suena como el culo.
—Y ni siquiera somos originales. En España irrumpió en el mercado una nueva cerveza que lleva como distintivo: New Botella.
—¿Te has relacionado con los vecinos?
—No demasiado. Esto no es una casa de apartamentos. Y menos aún en invierno. Hay gente que vive aquí todo el año pero otros llegan sólo los fines de semana, y si el tiempo está malo, ni siquiera eso. Además, sólo hace dos meses que me instalé. Con todo, a veces converso un rato con la pareja de jubilados que vive al lado, en esa casita con techo de tejas. Parecen buena gente. Entre otras cosas, me van a conseguir un perro. Aquí es indispensable. Tengo ese muro, que por lo común desanima a los rateros adolescentes, pero no a los verdaderamente idóneos. Claro que esto no es Carrasco, aquello les atrae más. Por suerte.
Fermín bostezó con cierta rara pujanza. Como si el bostezo formara parte de una calistenia.
—No es que tenga sueño ni que me aburra. Es la jodida hora del ángelus.
—¿Te bajó la tristeza?
—Vamos, che. Ni que fuera la regla.
Fermín se levantó y se puso a mirar el único cuadro que decoraba la pared del fondo.
—¿Éste también forma parte de tu cosecha italiana?
—Sí, es un Anglada. Lo conseguí en Milán. Pertenece a la serie «Rayo de sol. Bahía de Pollensa.» Después de que pasaran tantos por mis manos, me hice este regalo. Por suerte es un óleo sobre tela y no sobre tabla, y por eso me resultó más fácil de trasladar. Lo elegí por dos razones: una, que me encanta como pintura, y dos, que reproduce la bahía de Pollensa, en Mallorca, uno de los lugares de España que siempre he preferido.
Por primera vez se produjo un silencio prolongado. Desde la costa llegó, amortiguado por la distancia, el graznido de alguna gaviota rezagada.
—La semana pasada —dijo de pronto Fermín— tuvimos una reunioncita en lo del viejo Leandro. Te adelanto que varios de los que asistieron, incluido el viejo, expresaron su intención de visitarte. No sé si lo harán en barra o de a uno, pero van a venir: Sonia, Gaspar, Lorenzo, Rocío.
—¿Conspirando otra vez?
—No, viejo. Eso se acabó. Pero quedó algo, algo que nos une. A veces recordamos. Cosas. Cositas. Peliagudas cositas. Nos animamos, nos reímos un poco. De pronto nos cae la tristeza. Como en esta jodida hora del ángelus. Pero el problema es que la tristeza nos cae a cualquier hora. Tenemos ángelus del desayuno, ángelus del mediodía y ángelus del ángelus. No te niego que es bueno saber que estamos vivos y a salvo. ¿A salvo? Es un decir, comentaría el escepticismo de tu Raquel. Siempre hay un auto quemado, una cruz gamada en algún muro, simples recordatorios de que están ahí, probablemente leyendo el horóscopo para ver si vuelven los tiempos propicios.
—Tengo muchas ganas de ver a todo el grupo. Pero no sabía cómo localizarlos. Intenté algunas llamadas a viejos números. Pero responden voces extrañas. Ni siquiera sabía si se habían ido, si se habían quedado o si habían vuelto.
—Sonia estuvo dos años en Mendoza. Gaspar consiguió un trabajo en San Pablo. Pero ya hace un tiempo que volvieron. Leandro, Rocío y Lorenzo no se fueron. Yo también me quedé. Justamente estuvimos hablando de esos años fuleros. Un repaso de la historia más o menos patria. Si habíamos hecho bien o mal en quedarnos. O en irnos. A esta altura, quienes nos quedamos creo que hicimos mal. Al menos nos habríamos librado de la cana y de todo lo que ella trajo consigo. Pero no todos piensan así. Nosotros no, pero hay quienes hasta reciben mal a los que regresan. Quizá sea, en el fondo, una forma oblicua de reconocer que ellos también debieron irse.
—¿Cómo está Rocío? ¿Se ha repuesto?
—Bastante. Es una tipa muy vital. Pero diez años de cana son muchos años. Nunca habla de esa temporada más bien horrible. Ni nosotros se lo preguntamos. Hicieron todo lo posible por reventarla, por enloquecerla. Y ella aguantó. Pero nada de eso sucede en vano.
—¿Y vos?
—¿Yo? A mí tampoco me gusta rememorar.
—Tenés razón. Disculpame.
—No importa. Con vos no importa. Físicamente salí mal, con un diagnóstico de cáncer, ¿sabés? Muchos salimos de allí con esa etiqueta. Los médicos dicen que, en la mayoría de los casos, es una consecuencia de las biabas, que fueron muchas y muy perfeccionistas. Desde entonces he estado en tratamiento y parece que el proceso se ha detenido. En realidad, me siento bien. Volví a dar clases en Secundaria. El trabajo siempre ayuda. Ver diariamente los rostros de los pibes, más inocentes de lo que ellos creen, eso me estimula. Siempre se puede hacer algo, inculcar alguna duda saludable, sembrar una semillita, eso sí, todo con mucho cuidado. Como sabés, doy literatura, y afortunadamente los clásicos siempre fueron bastante subversivos. El Siglo de Oro, especialmente, es una jauja. Me encantan esos tipos, los esquives que le hacen a la censura y otras inquisiciones. El día que volví a dar clases, empecé, en homenaje a Fray Luis: «Decíamos ayer...».
—¿Y Rosario?
—Ahora estamos bien. Pero te confieso que también en ese aspecto la reinserción no fue fácil. Diez años son diez años. Dejaron huellas. En ella y en mí. Aunque te parezca mentira, creo que tuvimos que reenamorarnos, empezando ahí también desde cero. O desde menos cinco. Porque Rosario es otra y yo soy otro. Por suerte, desde ambas otredades volvimos a gustarnos. Con los chicos fue más difícil. Fijate que, cuando me llevaron, Dieguito tenía cinco años y cuando salí tenía quince, todo un hombre. Muchos besos, muchos abrazos, muchas lágrimas, pero te das cuenta de que en el fondo sienten que los abandonaste. Aunque comprendan el motivo y hasta lo compartan. Pero los abandonaste. Diez años de abandono. Es demasiado. El verano pasado decidí tomar el toro por las guampas. Era una noche cálida, serena, llena de estrellas, con sólo los gatos maullando de amor. Me llevé al botija a la azotea y allí, iluminados por una luna veterana, todo fue más fácil. Yo admití mi responsabilidad, mi tronco de culpa, y él asumió su incomprensión, su astilla de egoísmo. Fue lindo. Desde entonces, todo va mejor. Así y todo, noche a noche me aturde con su rock imposible. Pero ahí no me meto. Cada uno es dueño de su propia catarsis y de sus propios tímpanos. Lo malo es que aporrea los tímpanos ajenos, incluidos los de este servidor, y mi catarsis huye despavorida.
—No sé si es bueno que no hablemos del pasado entre nosotros, porque, de lo contrario, ¿con quién vamos a hablar? Tengo la impresión de que para los chicos de ahora somos cliptodontes, seres antediluvianos. En España, por ejemplo, ya casi no se habla del franquismo. Ni a favor (salvo uno que otro taxista) ni en contra. La derecha no habla a favor, porque ha aprendido de apuro un dialecto más o menos democrático y, en un momento en que tiene la obsesión de ser centro y de privatizarlo todo, hasta a Jesucristo, no quiere que le recuerden su querido apocalipsis. En cuanto a la izquierda, cierta parte no habla en contra para que no la tilden de rencorosa o vengativa, pero otra porción se calla porque también se ha encandilado con el centro. Hay tantos marxistas que reniegan de Marx como cristianos que abominan de Cristo. John Updike cuenta en su autobiografía que a su abuelo, todo un erudito, la familia le tomaba el pelo diciendo que «sabía estar callado en doce idiomas». Pues bien, ahora ha proliferado otro tipo de silenciosos, que saben estar callados en tres o cuatro ideologías.
—Te retruco con Borges, que si bien dijo muchas lúcidas gansadas a lo largo de su ceguera, las fue compensando con visiones geniales como ésta: «Una cosa no hay, y es el olvido».
—Es cierto, ¿pero te has preguntado de qué sirve no olvidar? Después de todo, a Borges le era más fácil porque, como buen ciego, vivía y sobrevivía gracias a su memoria, que precisamente es el no olvido.
—Te confieso que a mí me sirve no olvidar. Es una zona triste, lúgubre, pero imprescindible. Lo peor que podría sobrevenirme es una amnesia.
—A veces hablás como un personaje de Henry James que hubiera leído al primer Onetti.
—Algo cronológicamente imposible.
—Y por eso más sabroso.
—Ego te absolvo.
No recordaba haber visto un horizonte dibujado con tanta nitidez. Como trazado con un tiralíneas. Así, desierta, la playa tenía cierta dignidad. Entre la costa vacante y la lejanía, un poco más acá del horizonte, la procesión de toninas giraba sobre sí misma. Javier aspiró con fruición aquel aire salitroso. Y, casi sin proponérselo, empezó a bajar. A bajar por la pendiente de la memoria.
En otra playa, más al Este, quizá con una franja más ancha de arena y con un horizonte no tan finamente trazado, con treinta años menos, claro, había conocido a Raquel. Bien instalada en la adolescencia, con un aura de virginidad que todavía se usaba a mediados de los sesenta, discretamente custodiada por hermanos y hermanas, primos y primas, y no demasiado consciente de su desbordante simpatía y de su cuerpo recién acabado de moldear, nerviosa cuando se recogía el pelo negro y tranquila cuando se sabía mirada y admirada por los codiciosos fornidos de fin de semana, Raquel tenía un modo casi melancólico de coquetear. Cuando se desplazaba entre las dunas, lo hacía muy derechita, sin bambolear el trasero como sus primas querendonas ni acariciarse morosamente los muslos con el pretexto de quitarse la arena. Miraba y frecuentaba a los muchachos casi como otro muchacho, pero era consciente de que ellos sabían establecer la diferencia. La institución del topless era todavía algo inconcebible, pero imaginar lo medianamente oculto era un estimulante ejercicio y una constante revelación, de modo que cada uno de los atléticos mirones creaba su visión personal de aquellos pechitos candorosos, apenas cubiertos por una malla verde que hacía juego con sus ojos esmeralda y esbozaba, con dos leves promontorios, los pezones prematuramente enhiestos.
Frente a ese despliegue de seducción e inocencia, Javier había empezado a enamorarse. No obstante, se resistía todo lo que podía, ya que estaba convencido de que Raquel no le concedía la menor importancia, y que, en todo caso, era Marcial (un musculoso que años después iba a consagrarse vicecampeón nacional en 400 metros llanos) quien recibía sus muestras de atención. Javier acabó archivando sus secretas pretensiones cierta luminosa mañana en que asistió por azar a un encuentro no programado del musculoso y la bella. Ambos estaban junto a la orilla, apenas a dos metros de Javier. El agua mojaba los grandes y toscos pies de Marcial y los breves y perfectos de ella, y cuando el futuro vicecampeón preguntó, entrador: «¿Qué te pasa que hoy estás tan linda?», ella enrojeció tan visiblemente que Javier sintió que el ánimo le bajaba hasta los meniscos, y, simulando indiferencia, se puso a caminar con parsimonia, como si intentara pisar las olitas que morían entre cantos rodados. De vez en cuando recogía alguno y lo arrojaba al mar con toda su fuerza, como quien se desprende de ilusiones, de sentimientos, de algo así.
Dos gaviotas que desfloraron su soledad y quebraron la mansedumbre del crepúsculo tironearon de nuevo a Javier hasta su presente de recién regresado. Pensó en otra (o la misma) Raquel, la que había quedado en Madrid. Sintió frío en los hombros, en el estómago, en las rodillas. Las mujeres, las pocas mujeres de su vida, le habían dado calor, y ahora echaba de menos esos brazos, esos vientres, esos labios, esas piernas.
—¡Javier! ¡Javier!
A Javier le pareció que el llamado procedía de un grupito que estaba junto al quiosco, en Dieciocho y Convención, pero le costó individualizar al gritón. Sólo cuando un tipo de campera y boina alzó y agitó los brazos, pudo reconocer la corpulencia de Gaspar, pero éste ya se acercaba corriendo.
—¡Cretino! Menos mal que te encuentro en la calle, porque al parecer no frecuentás a los amigos de antaño. Ya me contó Fermín que estás viviendo en una playa insulsa, más solitario que una ostra viuda.
Sólo cuando pudo desprenderse del abrazo constrictor del amigo reencontrado y sobre todo cuando comprobó que no le había quebrado ningún hueso, Javier estuvo en condiciones de festejar lo de la ostra viuda.
—En España dicen más solo que la una.
Gaspar lo miró con detenimiento, como verificando las huellas que diez años de exilio habían dejado en el viejo compinche.
—Te conservás bastante bien, Malambo. Siete u ocho canas y nada más. Se ve que el duro caviar del exilio te sentó divinamente.
—No jodas.
—¿A que no sabés qué miraba toda esa gente? En esta esquina siempre se instalan dos tipos con el jueguito de la mosqueta. Hoy la candidata fue una pobre vieja. Le birlaron quinientos. De los nuevos. Esta semana no comeré, dijo la veterana, pero no lloró. Más bien asumió su puto destino, o sea su inocencia y/o bobería, con la misma entereza que una heroína de Sófocles o del Far West. Casi lloro yo por ella.
—Vos también te mantenés en línea. Se ve que el tierno churrasquito doméstico te sentó bárbaro.
—Te dolió, ¿eh?, lo del caviar. No me hagas caso. Yo también me las tomé. Estuve un par de años en Brasil. No me fue mal. Los fotógrafos siempre somos necesarios. Alguien tiene que retratar a los políticos con la boca abierta, eso siempre les da bronca. Y yo me he vuelto un especialista. Se les ve hasta la campanilla.
Como disculpa y para anular todo rencor, un nuevo abrazo. Esta vez sí creyó Javier que el buen amigo le había roto una costilla, pero fue una falsa alarma.
Ambos tenían tiempo disponible, así que decidieron meterse en el Manhattan. Había que ponerse al día. Gaspar pidió un cortado y un sándwich caliente; Javier, una cerveza y dos porciones de fainá. De la orilla, por favor.
—El fainá fue siempre una de mis nostalgias y no había caviar que compensara su ausencia. En Madrid no se consigue harina de garbanzos. Una vez estuve a punto de obtenerla, pero sólo a punto. Supimos que viajaba a España un primo de Raquel. Le pedimos que nos trajera un kilo. Y lo trajo. Pobre desgraciado. En Barajas un funcionario llenapelotas, de esos que se saben de memoria la Ley de Extranjería, le revisó el equipaje y creyó que aquello era cocaína. Imaginate: un kilo de blanca, en estado de pureza, toda una fortuna. Para peor el viajero era joven, algo imperdonable. Menos mal que llamaron a uno de la Técnica y este bendito había oído hablar del fainá y por ende de la harina de garbanzos. Incluso hizo gala de su cultura culinaria: algo así como lo que en el sur de Italia llaman la torta de cece, ¿no es verdad? Y por fin el primo pudo pasar. Es claro que nunca más pedimos que nos trajeran esa mala imitación de la coca. Para colmo, cuando Raquel se puso a hacer fainá, algo anduvo mal y se le quemó en el horno. Hice entonces una mala broma, que no fue bien recibida por el primo: che, ¿sería efectivamente harina de garbanzos?, ¿estás seguro de que no era coca?
—A propósito, me dijo Fermín que vos y Raquel...
—Sí.
—Lástima, ¿no?
—Sí.
Javier no estaba en ánimo de explicar a todos sus amigos, uno por uno, cuál era su situación conyugal.
Por su parte, Gaspar advirtió que no era el momento de profundizar en el tema. El propio Javier lo extrajo del pozo.
—¿Y vos? ¿Qué hacés ahora? Por el alarido que pegaste hace un rato, me pareció entender que ya no estás en la clandestinidad.
La potente risotada del otro hizo que el cajero mirara, azorado.
—¿Te acordás de aquella etapa delirante? Cuando íbamos a lo del Neme.
—Decíamos Neme como si se tratara de un nom de guerre. Y se llamaba Nemesio. ¿Quién se llama Nemesio en estos días?
—Sí, ¿quién se llama Nemesio tras la caída del Muro?
—Y tras la guerra del Golfo.
—Y el asedio a Sarajevo.
—Y las masacres de Ruanda.
—Y la IV Cumbre de Cartagena.
—Y la V de Bariloche.
—Y el ocaso de la ch y la elle.
—Y la defensa patriótica de la eñe.
—Y los dos pases del siglo: Maradona a Boca y Hugo Batalla al Partido Colorado.
—Y el supermercado del condón.
—¡Baaaasta!
—Bueno, basta. Pero cuando nos citábamos en lo del Neme, allá en el Prado, había que tomar un taxi, luego un autobús, después otro taxi, seis cuadras a pie y por último un trole, todo para despistar a la cana. Y mirá vos, la cana estaba en otra cosa.
—¿En qué otra cosa?
—Ah no, viejo. No diré una palabra sin la presencia de mi abogado, que, dicho sea de paso, se fue a Italia y no volvió. Me chismearon que integra el equipo asesor de Berlusconi. Otros, más discretos, lo ubican como experto en la ardua tarea de conchabar niñas orientales con destino al meretricio en Milán.
—¿Meretricio? Debe hacer veinte años que no oía una denominación tan apolillada.
—Fuera de bromas, te aseguro que yo nunca doy crédito a calumnias tan verosímiles.
—¿Qué se habrá hecho del Neme? ¿Sabés algo?
—Ocho años en cana. En Libertad, nada menos. Asistencia a la asociación para delinquir. Y no precisamente por lo del Prado. Salió bien de ánimo, pero físicamente destruido. A los seis meses le falló el bobo.
—La puta madre. Todos los días me entero de algo.
—Sí, la puta madre. Y te seguirás enterando.
—Neme, Nemesio, Némesis.
—Eso dijimos aquella tarde, en el del Norte.
—Némesis: venganza. ¿De quién y contra quién?
—La venganza siempre viene de arriba. Cuando los de abajo queremos vengarnos, nos revientan. Inexorablemente.
—¿Será por eso que yo me aburro de mis rencores?
—Puede ser. Yo en cambio los riego todas las tardes. Y es la única herencia que le dejaré a mi hijo: que los siga regando.