A Claudio Labarca, el Oso,
que tenía un primo contador de películas.
«Estamos hechos del mismo material de los sueños.»
SHAKESPEARE
«Estamos hechos del mismo material de las películas.»
HADA DELCINE
Como en casa el dinero andaba a caballo y nosotros a pie, cuando a la Oficina llegaba una película que a mi padre —sólo por el nombre del actor o de la actriz principal— le parecía buena, se juntaban las monedas una a una, lo justo para un boleto, y me mandaban a mí a verla.
Después, al llegar del cine, tenía que contársela a la familia reunida en pleno en la pieza del living.
Era lindo, después de ver la película, encontrar a mi padre y a mis hermanos esperándome ansiosos en casa, sentados en hilera como en el cine, recién peinaditos y cambiados de ropa.
Mi padre, con una manta boliviana sobre sus piernas, ocupaba el único sillón que teníamos, y ésa era la platea. En el piso, a un costado del sillón, relumbraba su botella de vino rojo y el único vaso que quedaba en casa. La galería era esa banca larga, de madera bruta, en donde mis hermanos se acomodaban ordenadamente, de menor a mayor. Después, cuando algunos de sus amigos comenzaron a asomarse por la ventana, eso se convirtió en el balcón.
Yo llegaba del cine, me tomaba una taza de té rapidito (que ya me tenían preparada) y comenzaba mi función. De pie ante ellos, de espalda a la pared pintada a la cal, blanca como la pantalla del cine, me ponía a contarles la película «de pe a pa», como decía mi padre, tratando de no olvidar ningún detalle, ni del argumento, ni de los diálogos, ni de los personajes.
Por cierto, aquí debo aclarar que no me mandaban a mí al cine por ser la única mujer de la familia y ellos —mi padre y mis hermanos— unos caballeros con las damas. No, señor. Me mandaban porque yo era mejor que todos ellos contando películas. Como se oye: la mejor contadora de películas de la familia. Luego, pasé a ser la mejor de la corrida y al poco tiempo la mejor del campamento. Que yo supiera, no había nadie en la Oficina que me ganara contando películas. De cualquier tipo: de cowboys, de terror, de guerra, de marcianos, de amor. Y, por supuesto, mexicanas, que a mi papá, como buen sureño, eran las que más le gustaban.
Y fue justamente con una mexicana, de esas bien cantadas y lloradas, que me gané el título. Porque el título hubo que ganárselo.
¿O creen que fui elegida por mi talle?
En la familia éramos cinco hermanos. Cuatro hombres y yo. Los cinco hacíamos una escala real perfecta, en tamaño y edades. Yo era la menor. ¿Se imaginan lo que significa crecer en una casa con puros hermanos varones? Nunca jugué a las muñecas. En cambio, era campeona para las bolitas y el juego de palitroques.Y a matar lagartijas en las calicheras no me ganaba nadie. Donde ponía el ojo, paf, lagartija muerta.
Andaba a pata pelada todo el santo día, fumaba a escondidas, llevaba una gorra de visera y hasta había aprendido a mear parada.
Se mea parada, se orina acuclillada.
Y lo hacía en cualquier parte de la pampa, tal como mis hermanos. Incluso en las competencias de quién llegaba más lejos a veces les ganaba por más de una cuarta. Y en contra del viento.
Cuando cumplí los siete años entré a la escuela. Aparte del sacrificio de tener que usar polleras, me costó un kilo acostumbrarme a orinar como las señoritas.
Me costó más que aprender a leer.