Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Introducción

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Mi mejor consejo

Agradecimientos

Si te ha gustado este libro...

Sobre la autora

Créditos

Grupo Santillana

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Para Irene, tú consigues convertir en extraordinario lo vulgar. No te cambiaría ni un poquito.

Para Lucía, que tuvo la idea y supo
contagiarme su vitalidad.

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Cuando tienes doce años, LA VIDA PUEDE SER BASTANTE PENOSA.

Encima, tus padres están en una etapa muy delicada, porque son realmente viejos -¡a veces tienen incluso más de cuarenta años!-, pero se empeñan en creerse jóvenes, y eso siempre causa problemas.

Te toca soportar cantidad de castigos o broncas injustas, y no por cosas que hayas hecho tú, NO, sino porque a tu padre se le cae el pelo o porque tu madre no puede abrocharse un pantalón. ¡puaggg!

Encima, por si no fuera bastante aguantar a tus padres, los imbéciles de tus hermanos pequeños se dedican todo el día a espiarte, a chivarse de lo que haces, a buscar la manera de fastidiarte, a dejarte en ridículo delante de tus amigos con sus chorradas, a estropear tus cosas preferidas...

Luego llegas al colegio esperando encontrar un poquito de tranquilidad, que te dejen en paz un rato. No sé, por ejemplo, que los profesores suelten una de esas larguísimas explicaciones sobre los átomos, los animales invertebrados o cómo ahorrar agua..., explicaciones a las que no es necesario que prestes atención si tienes cosas más importantes en las que pensar. ¡Y SIEMPRE HAY MILLONES DE COSAS MAS IMPORTANTES EN LAS QUE PENSAR!

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Esperas un poco de tranquilidad y resulta que justo en la mesa de detrás se sienta la arpía de Rebeca, que se cree la reina del mundo porque está superescuálida. Rebeca tiene tres entretenimientos: hacer circular por toda la clase notas en las que me insulta, pegarme papelitos en la espalda y quitarme a los chicos que me gustan.

Pero todo eso sería soportable... si no fuera porque a los doce años, cuando ya casi creías que estabas a salvo, que tú sí que ibas a conseguir librarte, llegan los GRANOS Y LOS PUNTOS NEGROS. Manadas enteras de granos y puntos negros encuentran el camino a tu cara y deciden quedarse a vivir para siempre en tu frente, en tu barbilla... por mucho que te gastes toda la pasta de las propinas en comprar cremas, exfoliantes, lapiceros o cualquier cosa que hayan inventado...

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La vida puede ser bastante penosa, pero no te preocupes: yo tengo unas ideas estupendas y he decidido escribir este manual de consejos para ayudarte. Algo parecido a los libros de recetas que usa mi madre si vienen invitados y quiere darles de cenar algo que no sea tortilla de patata (que es lo que cenamos nosotros casi todas las noches).

Un MANUAL para sobrellevar mejor las miles de injusticias a las que tenemos que enfrentarnos, hecho CON PENSAMIENTOS MÍOS PATENTADOS POR MÍ MISMA.

Bueno, algunas ideas son solo mías y otras se nos han ocurrido a Marina y a mí. Marina es mi mejor amiga.

Por cierto, yo me llamo Sara.

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A nuestra edad hay que probar a hacer de todo.

Lo importante es descubrir tus capacidades, porque está claro que ALGUNA TIENES QUE TENER. Nos lo dijo una psicóloga que vino a darnos una charla al colegio. Yo, hasta entonces, estaba segura de que había mogollón de gente que no valía para nada. Gente como Rebeca. ¿Para qué puede valer Rebeca?

Después de la charla me empecé a agobiar un poco porque no se me ocurría cuál era mi habilidad especial, ¡y yo no quiero terminar trabajando en cualquier cosa! ¡¡¡PUAGGG!!!

-¿En qué crees que eres buena? -le pregunté a Marina.

-En encontrar caries. Ayer me descubrí una pequeñita aquí.

Abrió mucho la boca y señaló con un dedo. Pasé de mirar. Cuando se pone en ese plan no hay quien la aguante.

Marina sabe que va a ser odontóloga desde 3°. Sí, ya sé que suena a algo importante, aunque en realidad es un dentista. Se le ocurrió un día en el que tuvo que acompañar a su madre a ponerse un empaste porque no tenía con quién dejarla.

La razón por la que quiere ser odontóloga es bastante buena. Sacan un montón de pasta poniendo aparatos que a ellos les cuestan unos pocos euros -o quizás céntimos- y cobrándolos a lo que les da la gana y sin hacer apenas nada más.

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Sin embargo, es realmente asqueroso pasarse el día metiéndole el dedo en la boca a la gente, con tantas babas y arriesgándote a que te suelten un mordisco.

Por supuesto, como soy su mejor amiga, llevo desde 3° tratando de convencerla de que se olvide de una profesión tan cutre, pero ella pasa de mí. Me preocupa. En cuanto puedo, imagino cosas muy, muy repugnantes para asustarla.

-¿Beberías del mismo vaso del que ha bebido tu abuela o tu madre?

-¡CLARO QUE NO! -responde corriendo.

-Entonces..., ¿cómo le vas a meter el dedo en la boca a alguien a quien ni siquiera conoces?, ¿que no sabes cuándo fue la última vez que se lavó los dientes?

-Tú tampoco te los lavas -me contesta muy chula.

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-Eso es distinto. ¿Meterías los dedos?

-Los odontólogos llevamos guantes -dice como si yo fuera idiota.

-¿Y si están pinchados y por el agujero se cuela la saliva y te contagian algo?

-Me pondré siempre dos pares, uno encima de otro.

Es un fastidio ser amiga de la más lista porque siempre tiene una buena contestación. Por supuesto que a mí también se me ocurren cosas muy ingeniosas. Y aunque Marina es más lista para estudiar, en según qué asuntos es un poco corta. Ya te irás dando cuenta.

En fin, mi primer consejo es este:

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Es suficiente con que tenga dos orejas para escucharte, una boca para darte siempre la razón, dos manos para ayudarte en lo que necesites, dos pies para seguirte a donde quieras ir y... creo que eso es todo.

Si es lo bastante tonto, podrás hacer siempre lo que a ti te dé la gana sin que nadie te discuta. Además, si te cae una bronca por algo, seguro que lo convences de que asuma la culpa diciéndole cosas del tipo «para eso están los amigos», «otro día lo haré yo por ti», «qué mal amigo, así acabarás solo»..., cosas que únicamente se creería alguien muy lerdo, porque todas las personas normales sabemos que lo importante es salvarte aquí y ahora..., ¿qué importa lo que pueda suceder mañana o dentro de una semana? Eso está lejíííííííísimos.

Y lo mejor de que tu mejor amigo sea tonto perdido es que A SU LADO SIEMPRE PARECERÁS MUY INTELIGENTE.

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Tú todavía estás a tiempo. Para mí ya es tarde. Marina no está mal, aunque, desde luego, está lejos de ser un chollo.

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Seguí pensando en qué cosas se me daban bien: ser amiga de mucha gente, sacar buenas notas sin estudiar casi, dormir muchísimas horas seguidas, comerme tres hamburguesas en cinco minutos, ganar a todos al Mario Party... Francamente, son cosas por las que no creo que me paguen un sueldo en el futuro.

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Estaba empezando a agobiarme cuando una tarde, Marina me mandó un enlace por el Messenger y descubrí... los

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Los chibis son unos muñequitos muy, muy adorables. Son parecidos al personaje manga o anime de una serie, pero en versión niño pequeño, con voz infantil, cabeza enorme, ojos más grandes y una personalidad más traviesa.

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Me encantan. Sobre todo porque si dibujas manga, hay que hacerlo mucho más detallado, ponerles pulseras, detalles en los ojos, el pelo, la ropa..., y eso es más difícil.

En cambio, el chibi, cuanto menos detallado, más chulo. Total, que es algo fácil y sirve para pasármelo bien.

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Esto es importante a la hora de elegir para qué vales: que sea sencillo. Tampoco es cuestión de estresarte o de darte una paliza. Para eso te quedas como estás.

Así que ahora soy una artista con talento, porque a la gente le gusta mis chibis e incluso algunos chicos me han pedido (aunque no sé si haciendo el tonto) que les dibuje uno.

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Total, que lo de ser artista está muy bien, pero lo importante es ganar dinero, y para eso es necesario que un descubridor de talentos me descubra.

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Con esos poderes, es imposible que no sepan en cuanto me vean que yo estoy destinada a ser una gran dibujante. Y aquí es donde se hace evidente mi inteligencia, porque... ¿qué haría una chica cualquiera?, ¿pasear sin parar por la ciudad esperando tropezarse con alguno?, ¿ir dando gritos para que se la vea más? Yo no. Yo he pensado que, además de pasear, lo mejor es darles la mayor DIFUSIÓN posible a mis dibujos para que los vea mucha gente; la forma más sencilla es colgarlos en Internet, donde hay un montón de páginas para estas cosas.

Marina dice que no es buena idea. Creo que lo que pasa es que tiene envidia porque ser ARTISTA es mucho más chulo que ser DENTISTA. Bueno, y porque en esas páginas me he hecho amiga de otras chicas artistas y ella siente celos por no tener nuestro talento.

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Cuando les dije a mis padres que ya sabía lo que quería ser de mayor, ellos me animaron mucho. Son grandes seguidores del «haz lo que quieras que no cueste un euro».

No se dan cuenta de que eso reduce MUCHÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍSIMO las posibilidades.

Enseguida escribí, entusiasmada, una lista de los materiales básicos que iba a necesitar para ser artista. Se reducen a: ordenador, impresora, punteros, tableta gráfica, conexión a Internet... Mis padres lo vieron de otra forma e hicieron sus propuestas, propuestas para ARTISTAS del siglo pasado.

Ellos las llamaron ecológicas; yo las llamo tacañas.

¿Usar una patata cortada por la mitad para grabar un motivo?, ¿café, té, vino tinto, pimentón para el color? ¡Por favor, que yo quiero dibujar, no cocinar!

En fin, que últimamente me siento bastante incomprendida (ni siquiera me han dejado tunear mi habitación, y eso que tenía unas ideas buenísimas), así que supongo que cada vez estoy más cerca de ser una verdadera artista.

Jamás, jamás de los jamases hagas caso a ninguna sugerencia de tus padres. Ni aunque al principio parezca que va a ser buena idea. ¡¡¡¡HAZME CASO!!!! Esas son precisamente las peores, porque te pillan desprevenido y acaban siendo un desastre para ti.