La ancha falda

Lo reconozco: estoy internado en un establecimiento psiquiátrico y mi enfermero me observa, casi no me quita el ojo de encima; porque en la puerta hay una mirilla, y el ojo de mi enfermero es de ese color castaño que a mí, que soy de ojos azules, no es capaz de calarme.

De modo que mi enfermero no puede ser enemigo mío. Le he tomado afecto y, en cuanto entra en mi cuarto, le cuento a ese mirón sucesos de mi vida, para que, a pesar de ese estorbo de la mirilla, me vaya conociendo. El muy buenazo parece apreciar mis relatos, porque, en cuanto le meto alguna trola, me muestra, para demostrarme su agradecimiento, su última figura hecha de nudos. Si es o no un artista podría discutirse. Sin embargo, una exposición de sus creaciones sería bien acogida por la prensa e incluso atraería compradores. Anuda cordeles corrientes, que recoge y desenreda en las habitaciones de sus pacientes después de la hora de visita, convirtiéndolos en complicados fantasmas cartilaginosos que sumerge después en yeso, deja que se endurezcan y pincha luego en agujas de hacer punto, sujetándolas a pequeñas peanas de madera.

Con frecuencia juega con la idea de dar color a sus obras. Yo se lo desaconsejo, le señalo mi cama de metal esmaltada de blanco y lo invito a imaginarse esa cama perfectísima pintada de colores. Espantado, se da una palmada con sus manos de enfermero en la cabeza, trata de expresar, con aire un tanto rígido, todos los horrores a un tiempo y abandona sus proyectos polícromos.

Así pues, mi cama metálica esmaltada de blanco marca la pauta. Para mí significa más incluso: mi cama es el objetivo finalmente alcanzado, es mi consuelo y podría convertirse en mi fe si la dirección del establecimiento me permitiera hacer algunos cambios: quisiera que la barandilla fuera más alta, para que nadie volviera a acercárseme demasiado.

Una vez por semana, el día de visita interrumpe la tranquilidad que se va trenzando entre los blancos barrotes de metal. Entonces llegan los que me quieren salvar, a los que divierte quererme, los que en mí quisieran estimarse, respetarse y reconocerse a sí mismos. Qué ciegos, nerviosos, qué maleducados son. Con sus tijeras de uñas arañan mi barandilla esmaltada de blanco, con sus bolígrafos y lápices azules garrapatean en el esmalte monigotes alargados e indecentes. Mi abogado, en cuanto irrumpe con su ¡hola! en el cuarto, deja su sombrero de nailon sobre el poste izquierdo del pie de la cama. Mediante ese acto de violencia, me roba el equilibrio y la serenidad mientras dura su visita... y los abogados tienen muchas cosas que contar.

Después de haber depositado mis visitantes sus regalos sobre la mesita blanca, cubierta de hule, debajo de la acuarela de las anémonas, y una vez que han conseguido exponerme sus intentos de salvación previstos o en curso, y persuadirme a mí, a quien incansablemente quieren salvar, del alto nivel de su amor al prójimo, vuelven a complacerse en su propia existencia y me abandonan. Entonces entra mi enfermero, para ventilar el cuarto y recoger los cordeles de los paquetes de regalo. A menudo, después de ventilar, tiene tiempo aún para, sentado en mi cama y desenredando cordeles, difundir silencio hasta que acabo por llamar Bruno al silencio y al silencio Bruno.

Bruno Münsterberg —me refiero a mi enfermero, renuncio al juego de palabras— ha comprado por mi cuenta quinientas hojas de papel de escribir. Si la provisión no bastara, Bruno, que es soltero y sin hijos y procede del Sauerland, volvería a la pequeña papelería, que también vende juguetes, para proporcionarme el espacio no pautado que necesita mi capacidad de recordar, la cual espero que sea exacta. Nunca hubiera podido pedir ese favor a mis visitantes, por ejemplo al abogado o a Klepp. Sin duda, su afecto obligado y solícito hacia mí habría impedido a esos amigos traerme algo tan peligroso como papel blanco y ponerlo a la libre disposición de esta mente mía que segrega sílabas sin cesar.

Cuando le dije a Bruno: «Oye, Bruno, ¿me comprarías quinientas hojas de papel virgen?», Bruno me respondió, mirando al techo y apuntando con el índice hacia él, con intención comparativa: «¿Quiere decir papel blanco, señor Oskar?».

Insistí en la palabreja y rogué a Bruno que la pronunciara también en la tienda. Cuando, a última hora de la tarde, volvió con el paquete, me pareció un Bruno agitado por sus pensamientos. Varias veces y con persistencia miró al techo, del que derivaban todas sus inspiraciones, y un poco más tarde manifestó: «Me recomendó usted la palabra adecuada. Pedí papel virgen y la vendedora se puso roja como un tomate antes de traérmelo».

Temiendo una larga conversación sobre las vendedoras de papelerías, lamenté haber llamado virgen al papel y por eso guardé silencio, esperé a que Bruno hubiera salido del cuarto y sólo entonces abrí el paquete de las quinientas hojas de papel de escribir.

Levanté y sopesé, no por mucho rato, aquel paquete resistente y flexible. Saqué diez hojas y guardé el resto en la mesilla de noche; encontré la estilográfica en el cajón, junto al álbum de fotos: está llena, tinta no me faltará, ¿por dónde empiezo?

Se puede empezar una historia por la mitad y sembrar audazmente la confusión yendo adelante y atrás. Uno se las puede dar de moderno, suprimir épocas y distancias, y anunciar luego, o hacer que se anuncie, que ha resuelto por fin y en última instancia el problema espaciotemporal. Se puede afirmar también de entrada que hoy es imposible escribir una novela, para luego, por decirlo así como quien no quiere la cosa, aparecer con un enorme éxito de ventas y, en definitiva, quedar como el último novelista imaginable. Me han dicho que hace buena impresión y resulta modesto comenzar afirmando que hoy no hay héroes de novela porque ya no hay individualistas, porque se ha perdido la individualidad, porque el ser humano está solo, todos los seres humanos igual de solos, sin derecho a la soledad individual, y formando una sola masa solitaria, anónima y sin héroes. Es posible que todo eso sea así y tenga su razón de ser. Sin embargo, en cuanto a mí, Oskar, y mi enfermero Bruno, quisiera afirmar que los dos somos héroes, héroes muy distintos, él detrás de la mirilla y yo delante de la mirilla; y, cuando abre la puerta, los dos, pese a nuestra amistad y soledad, no somos una masa sin nombres ni héroes.

Comienzo lejos de mí; porque nadie debiera describir su vida si no es suficientemente paciente para, antes de documentar su propia existencia, recordar al menos a la mitad de sus abuelos.

A todos ustedes, que tienen que llevar fuera de mi establecimiento psiquiátrico una vida enrevesada, a vosotros, amigos y visitantes semanales que nada sospecháis de mi provisión de papel, os presento a la abuela materna de Oskar.

Mi abuela Anna Bronski estaba sentada en sus faldas al caer la tarde de un día de octubre, al borde de un patatal. Por la mañana se habría podido ver cómo mi abuela sabía rastrillar en montones regulares aquellas plantas flácidas, al mediodía se comió una rebanada de pan con manteca endulzada con melaza, luego había vuelto a remover la tierra con la azada por última vez y finalmente se había sentado en sus faldas, entre dos cestos casi repletos. Delante de sus botas, cuyas suelas miraban hacia arriba con las puntas inclinadas hacia dentro, ardía sin llama un fuego de plantas de patata, que a veces revivía asmáticamente enviando su humareda baja y molesta por la superficie del suelo, ligeramente en declive. Corría el año noventa y nueve, y mi abuela estaba en el corazón de la Cachubia, cerca de Bissau y todavía más cerca del ladrillar; delante de Ramkau estaba, detrás de Viereck, en dirección a la carretera de Brentau, entre Dirschau y Karthaus, y, con el negro bosque de Goldkrug a la espalda, permanecía sentada, revolviendo patatas bajo el rescoldo con una vara de avellano de punta carbonizada.

Si acabo de mencionar expresamente la falda de mi abuela y he dicho con suficiente claridad, espero: estaba sentada en sus faldas... Si incluso titulo este capítulo «La ancha falda» es porque sé cuánto debo a esa prenda de vestir. Mi abuela no llevaba sólo una falda, sino cuatro faldas una encima de otra. No era como si llevara una falda y tres enaguas; llevaba cuatro faldas, una falda llevaba a otra, pero llevaba las cuatro siguiendo un sistema que diariamente alteraba el orden de las faldas. La que ayer estaba encima quedaba hoy inmediatamente debajo, y la segunda era la tercera. La que ayer era la tercera falda era hoy la más próxima a la piel. La que estaba más próxima ayer permitía hoy ver claramente su dibujo, es decir, ninguno: las faldas de mi abuela Anna Bronski preferían todas el mismo color patata. Ese color debía de sentarle bien.

Además de por ese color, las faldas de mi abuela se caracterizaban por un derroche de tela extravagante. Se redondeaban con amplitud, se abombaban cuando soplaba el viento, languidecían cuando éste se cansaba, restallaban cuando pasaba el viento, y las cuatro la precedían flotando cuando lo tenía en popa. Cuando se sentaba, mi abuela reunía las faldas a su alrededor.

Junto a esas cuatro faldas constantemente hinchadas, colgantes, con pliegues o rígidas y vacías, que se quedaban de pie junto a su cama, mi abuela tenía una quinta falda. Esta quinta prenda no se distinguía en nada de las otras cuatro de color patata. Y la quinta falda tampoco era siempre la misma quinta falda. Como sus hermanas —las faldas son del género femenino—, estaba sometida a rotación, formaba parte de las cuatro faldas que mi abuela llevaba y, como ellas, cuando le llegaba su turno, tenía que pasar cada quinto viernes al barreño de lavar y el sábado a la cuerda de tender ante la ventana de la cocina y, una vez seca, a la tabla de planchar.

Cuando, después de uno de esos sábados de limpiarcocinarlavaryplanchar, tras ordeñar y dar de comer a las vacas, mi abuela se metía toda ella en la tina, abandonaba algo de sí misma en la espuma de jabón, dejaba que el agua se le escurriera otra vez hacia la tina y se sentaba en una toalla de grandes flores al borde de la cama, tenía ante ella extendidas sobre el entarimado las cuatro faldas usadas y la quinta recién lavada. Se sostenía con el índice derecho el párpado inferior del ojo del mismo lado, no se dejaba aconsejar por nadie, ni siquiera por su hermano Vinzent, y así llegaba enseguida a una conclusión. Se levantaba descalza y echaba a un lado, con los dedos de los pies, la falda cuyo color patata había perdido más brillo. Y la prenda limpia ocupaba entonces el lugar vacante.

En honor de Jesucristo, sobre quien tenía ideas muy firmes, el domingo siguiente por la mañana, cuando iba a la iglesia de Ramkau, quedaba inaugurado el renovado orden de sus faldas. ¿Dónde llevaba mi abuela la falda lavada? Como no sólo era una mujer limpia sino también algo vanidosa, llevaba la mejor prenda a la vista y, si el tiempo era bueno, al sol.

Aquel día, sin embargo, era una tarde de lunes cuando mi abuela estaba sentada tras el fuego con las patatas. La falda del domingo se había acercado a ella un puesto el lunes, mientras que la prenda que había disfrutado del calor de su piel el domingo le caía el lunes melancólicamente desde las caderas, por encima de las otras, como correspondía a un lunes. Ella silbaba, sin pensar en canción alguna, y, con su vara de avellano, fue extrayendo de la ceniza la primera patata que estuvo a punto. Empujó la papa suficientemente lejos del montón de plantas humeante para que el viento le pasara por encima y la enfriara. Una rama puntiaguda pinchó entonces el tubérculo ennegrecido y de corteza reventada, y mi abuela lo sostuvo ante su boca, que no silbaba ya sino que, entre unos labios resecos y agrietados por el viento, soplaba la ceniza y la tierra de la piel de la patata.

Al soplar, mi abuela cerraba los ojos. Cuando creyó haber soplado bastante, abrió un ojo tras otro, mordió con unos incisivos que dejaban ver entre ellos pero por lo demás eran perfectos, y liberó enseguida su dentadura, aunque manteniendo la media patata, demasiado caliente aún, harinosa y humeante, en la abierta cavidad de la boca y mirando fijamente, con ojos muy redondos, por encima de las aletas dilatadas de su nariz, que aspiraban el humo y el aire de octubre, a lo largo de los campos, hasta el cercano horizonte, dividido por los postes de telégrafo y un tercio superior escaso de la chimenea del ladrillar.

Algo se movía entre los postes de telégrafo. Mi abuela cerró la boca, frunció los labios, entornó los ojos y se pasó la patata dentro de la boca de un lado a otro. Algo se movía entre los postes de telégrafo. Algo daba saltos por allí. Tres hombres saltaban entre los postes, los tres iban hacia la chimenea, rodeándola luego por delante, y uno se volvió, tomó carrerilla de nuevo, parecía ancho y bajo, logró pasar por encima del ladrillar, y los otros dos, más delgados y altos, pasaron también, aunque muy justo, estaban ahora otra vez entre los postes, pero el bajo y ancho zigzagueaba y, bajo y ancho, parecía más apresurado que los altos y delgados, los otros saltarines, que tuvieron que volver a la chimenea porque el otro rodaba ya hacia el lado opuesto cuando ellos, a una distancia de dos saltos de pulgar, tomaron carrerilla de nuevo y desaparecieron de pronto, habían perdido el interés, eso parecía, y también el bajo cayó tras el horizonte, en mitad de su salto desde la chimenea.

Allí se quedaron, descansando o cambiándose de traje, o haciendo ladrillos y recibiendo un sueldo por ello.

Cuando mi abuela quiso aprovechar la pausa y ensartar otra patata, pinchó en vacío. Porque el que parecía ser bajo y ancho trepaba con el mismo traje sobre el horizonte, como si éste fuera una empalizada, como si hubiera dejado a los dos saltarines que lo seguían detrás de la cerca, entre los ladrillos o en la carretera de Brentau, y sin embargo tenía prisa, quería ser más rápido que los postes de telégrafo, daba saltos largos y lentos por el campo, hacía desprenderse el barro de sus suelas, brincaba para alejarse del barro, pero, por mucho que saltara, seguía arrastrándose tenazmente por la arcilla. Y a veces parecía quedarse pegado abajo, y otras permanecer inmóvil en el aire, de forma que tenía tiempo para, bajo pero ancho, limpiarse la frente antes de volver a hincar la pierna libre en aquel campo recién arado que, junto a las cinco yugadas de patatas, tendía sus surcos hacia la cañada.

Y consiguió llegar a la cañada, pero apenas había desaparecido, bajo y ancho, en la cañada cuando también los otros dos, altos y delgados, que entretanto habían visitado quizá el ladrillar, trepaban ya sobre el horizonte, y se metieron con sus botas por el barro, muy altos y delgados pero sin llegar a flacos, de forma que mi abuela fue otra vez incapaz de ensartar su patata; porque algo así no se veía todos los días, que tres personas crecidas, aunque crecidas de distinto modo, saltaran alrededor de los postes de telégrafo, rompieran casi la chimenea del ladrillar y luego con intervalos, primero el bajo y ancho y luego los altos y delgados, pero los tres con el mismo esfuerzo, con tenacidad y arrastrando cada vez más barro, dieran saltos, después de limpiarse, por el campo labrado dos días antes por Vinzent, y desaparecieran en la cañada.

Ahora habían desaparecido los tres, y mi abuela se atrevió a ensartar una patata casi fría. Sopló fugazmente tierra y ceniza de la piel, se la metió entera, acto seguido, en la cavidad bucal, y pensó, si es que pensaba: deben de ser del ladrillar, y seguía masticando circularmente cuando uno de ellos salió de un salto de la cañada, miró fieramente a su alrededor sobre un bigote negro, dio dos saltos hacia el fuego, se quedó a la vez delante, detrás y junto al fuego, maldecía aquí, tenía miedo allá, no sabía adónde ir, volver no podía porque detrás venían los delgados por la cañada, de forma que se daba golpes, se daba golpes en las rodillas y tenía unos ojos en la cabeza que querían salírsele los dos, y le saltaba también el sudor de la frente. Y jadeante, con el bigote tembloroso, se permitió arrastrarse más cerca, acercarse arrastrándose hasta llegar delante de las suelas de la abuela; se acercó mucho arrastrándose hasta ella, como un animal pequeño y ancho, de forma que mi abuela tuvo que suspirar, no pudo seguir masticando la patata, inclinó las suelas de los zapatos y no pensó más en el ladrillar, en ladrillos, ladrilleros o ladrilladores, sino que se levantó la falda, no, levantó en alto sus cuatro faldas, todas tan alto que el que no era del ladrillar, aunque sí bajo pero ancho, pudo meterse por completo debajo y desapareció con su bigote y dejó de parecer un animal y no fue ya de Ramkau ni de Viereck, estaba con su miedo bajo la falda y no se daba ya golpes en las rodillas, no era ancho ni bajo pero ocupaba sin embargo su lugar, y olvidó jadeos, temblores y manos sobre las rodillas: se hizo un silencio como el del primer día o el último, un poquito de viento charlaba con el fuego de patata, los postes de telégrafo se contaban en silencio a sí mismos, la chimenea del ladrillar mantenía su postura, y ella, mi abuela, se alisaba la falda superior sobre la segunda falda, suave y sensatamente, sintiéndolo a él apenas bajo la cuarta falda, y no había comprendido aún con su falda tercera aquello que pretendía ser para su piel nuevo y sorprendente. Y como aquello era sorprendente, pero la falda de arriba era razonable y la segunda y tercera no habían comprendido aún, sacó dos o tres patatas de la ceniza, cogió cuatro crudas del cesto que había bajo su codo derecho, fue empujando una tras otra las papas crudas al rescoldo, las cubrió con más ceniza y hurgó, de forma que la humareda reviviera... ¿Qué otra cosa hubiera podido hacer?

Apenas se habían sosegado las faldas de mi abuela, apenas la espesa humareda del fuego de planta de patata, que por los violentos golpes en las rodillas, los cambios de sitio y el hurgar había perdido su dirección, se había vuelto a arrastrar amarilla sobre el campo, según el viento, hacia el suroeste, la cañada escupió a los dos largos y delgados que perseguían al tipo bajo pero ancho que ahora habitaba bajo las faldas, y se vio que, altos y delgados, por su profesión, llevaban el uniforme de la gendarmería rural.

Casi pasaron disparados junto a mi abuela. ¿No saltó incluso uno de ellos sobre el fuego? Sin embargo, de repente tuvieron tacones y en los tacones el cerebro, frenaron, se dieron la vuelta, se acercaron con sus botas, se detuvieron con uniforme y botas en medio de la humareda y, tosiendo, sacaron de la humareda sus uniformes, llevándose jirones de la humareda con ellos, y, sin dejar de toser cuando se dirigieron a mi abuela, quisieron saber si había visto al Koljaiczek, porque tenía que haberlo visto, dado que estaba sentada al lado de la cañada y él, ese Koljaiczek, se había escapado por la cañada.

Mi abuela no había visto a ningún Koljaiczek porque no conocía a ningún Koljaiczek. Quiso saber si no sería del ladrillar, porque ella sólo conocía a los del ladrillar. Los uniformes, sin embargo, le describieron al Koljaiczek como alguien que nada tenía que ver con el ladrillar y era más bien bajo y ancho. Mi abuela recordó que había visto a alguien así corriendo e, insinuando un objetivo, señaló con una patata humeante clavada en una rama puntiaguda en dirección a Bissau, que, según la patata, debía de encontrarse entre el sexto y el séptimo poste de telégrafos, contando desde la chimenea del ladrillar hacia la derecha. Sin embargo, si aquel corredor había sido el Koljaiczek mi abuela no lo sabía, y disculpó su ignorancia con el fuego que tenía ante sus suelas; le daba bastante que hacer, dijo, ardía sólo regular y por eso no podía ocuparse de otra gente que corriera por allí o se quedara en la humareda; en general, dijo, no se ocupaba nunca de la gente que no conocía, sólo sabía quiénes había en Bissau, Ramkau, Viereck y el ladrillar... Con eso le bastaba.

Cuando mi abuela hubo dicho eso, suspiró un poquito, pero suficientemente fuerte para que los uniformes quisieran saber qué motivo había para suspirar. Ella inclinó la cabeza hacia el fuego, lo que quería decir que había suspirado por aquel fueguecillo insuficiente y también, un poco, por la mucha gente que había en la humareda, mordió luego de la patata la mitad con sus incisivos muy separados, se entregó por completo a masticar y dejó que sus ojos se desplazaran hacia arriba a la izquierda.

Los de los uniformes de la gendarmería rural no pudieron sacar nada en limpio de la mirada ausente de mi abuela, ni sabían si debían buscar Bissau detrás de los postes de telégrafo, y, por ello, de momento pincharon con las armas que llevaban a su costado los montones de plantas cercanos que aún no ardían. Obedeciendo a una súbita inspiración, volcaron casi al mismo tiempo los dos cestos casi llenos de patatas que había bajo los codos de mi abuela, y durante mucho rato no comprendieron por qué rodaban sólo patatas del mimbre ante las botas de ella y no algún Koljaiczek. Recelosos, rodearon el hoyo en que habían caído las patatas, como si en tan corto tiempo el Koljaiczek hubiera podido hundirse en él, y pincharon también con decisión, echando de menos algún grito del pinchado. Sus sospechas se dirigieron a todo arbusto, por venido a menos que estuviera, toda guarida de ratón, toda topera y, una y otra vez, mi abuela, que estaba allí como si hubiera echado raíces, lanzaba suspiros, retraía las pupilas bajo los párpados de forma que dejaba ver el blanco del ojo y recitaba los nombres cachubos de todo el santoral... Todo ello acentuado, plañideramente e in crescendo, a causa de un fueguecillo insuficiente y dos cestos de patatas volcados.

Los uniformes se quedaron allí su buena media hora. A veces estaban lejos; luego, otra vez cerca del fuego, tomaban como referencia la chimenea del ladrillar, querían ocupar Bissau, aplazaban el ataque y tendían sus manos rojiazules hacia el fuego, hasta que recibieron cada uno de mi abuela, sin que ella interrumpiera los suspiros, una patata reventada con su ramita. Sin embargo, con la patata a medio mascar, los uniformes se acordaron de sus uniformes, recorrieron un tiro de piedra por el campo, a lo largo de la retama de la cañada, y asustaron a una liebre, que sin embargo no se llamaba Koljaiczek. Junto al fuego volvieron a encontrar las papas harinosas con aroma a caliente y decidieron pacíficos, aunque también un poco cansados de la lucha, volver a meter las papas crudas en aquellos cestos que antes habían volcado cumpliendo su deber.

Sólo cuando el caer de la noche exprimió del cielo de octubre una llovizna oblicua y un crepúsculo de tinta atacaron rápidamente y sin ganas una roca distante que se iba volviendo cada vez más oscura, y se dieron por satisfechos una vez liquidada. Todavía un poco más de estirar las piernas y de extender unas manos bendecidoras sobre el fueguecillo pasado por agua, de humareda ancha y larga, todavía toser otra vez en la humareda verde, ojos lagrimeantes en la humareda amarilla, y luego alejarse pesadamente con toses y lagrimeo en dirección a Bissau. Si el Koljaiczek no estaba allí, el Koljaiczek debía estar en Bissau. Los gendarmes rurales sólo suelen conocer dos posibilidades.

El humo del fuego que agonizaba despacio envolvía a mi abuela como una quinta falda, tan amplia que, con sus cuatro faldas, con sus suspiros y nombres de santos, ella se encontraba, como el Koljaiczek, bajo una falda. Sólo cuando los uniformes, todavía oscilantes, se convirtieron despacio en la noche en puntos tambaleantes entre los postes de telégrafo, se levantó mi abuela, con tanto esfuerzo como si hubiera echado raíces e interrumpiera ahora, arrastrando consigo hilos y tierra, un crecimiento apenas iniciado.

El Koljaiczek tuvo frío cuando, bajito y ancho, se encontró de pronto sin capota bajo la lluvia. Rápidamente se abrochó el pantalón que el miedo y una infinita necesidad de refugio le habían hecho abrirse bajo las faldas. Manipuló con premura los botones, temiendo un enfriamiento demasiado rápido de su émbolo, porque el tiempo estaba lleno de peligros otoñales de catarro.

Fue mi abuela la que encontró aún cuatro patatas calientes bajo la ceniza. Tres se las dio al Koljaiczek y una se la dio a sí misma y, antes de morderla, le preguntó todavía a él si era del ladrillar, aunque tenía que saber que el Koljaiczek venía de cualquier parte menos de los ladrillos. Tampoco esperó su respuesta, sino que lo cargó a él con el cesto más ligero, se inclinó bajo el más pesado y le sobró todavía una mano para el rastrillo y el azadón, y se hizo luego a la vela en sus cuatro faldas, con cesto, patatas, rastrillo y azadón, rumbo a Bissau-Abbau.

Aquello no era Bissau propiamente dicho. Estaba más bien en dirección a Ramkau. Dejando el ladrillar a la izquierda, se dirigieron al negro bosque donde estaba Goldkrug y, detrás, Brentau. Pero antes del bosque, en una hondonada, estaba Bissau-Abbau. Allí, bajo y ancho, Joseph Koljaiczek siguió a mi abuela, incapaz de despegarse ya de sus faldas.

cap2

 

Bajo la balsa

No me resulta fácil, en la refregada cama metálica de un establecimiento psiquiátrico y tumbado en el campo visual de una mirilla armada del ojo de Bruno, describir la humareda de un fuego de patata cachubo ni el rayado diagonal de una lluvia de octubre. Si no tuviera el tambor, al que, si se maneja con habilidad y paciencia, se le ocurren todos los detalles necesarios para trasladar al papel lo esencial, y si no tuviera permiso del establecimiento para hacer que mi hojalata hable tres o cuatro horas diarias, yo sería un pobre diablo sin abuelos conocidos.

En cualquier caso, mi tambor dice: aquella tarde de octubre del noventa y nueve, mientras en Sudáfrica el Tío Kruger se cepillaba sus pobladas cejas anglófobas, entre Dirschau y Karthaus, cerca del ladrillar de Bissau, bajo cuatro faldas de un mismo color, bajo humos, miedos y suspiros, bajo una lluvia oblicua y nombres de santos plañideramente invocados, bajo las preguntas insulsas y miradas empañadas por el humo de dos gendarmes rurales, mi madre Agnes fue engendrada por el bajo pero ancho Joseph Koljaiczek.

Anna Bronski, mi abuela, cambió de apellido en la oscuridad de aquella misma noche: con ayuda de un sacerdote liberal en materia de sacramentos, se convirtió en Anna Koljaiczek y siguió a su José, si no a Egipto, al menos a la capital de la provincia, situada a orillas del Moldava, en donde Josef encontró trabajo como balsero y paz transitoria con la gendarmería.

Para aumentar un poco el suspense, no voy a nombrar aún aquella ciudad de la desembocadura del Moldava, aunque, como ciudad natal de mi mamá, merecería ser ya citada. A finales de julio del año cero —acababa de decidirse duplicar el programa de construcción de la flota de guerra del Káiser— mamá vio la luz bajo el signo zodiacal del León. Confianza en sí mismo y exaltación, generosidad y vanidad. La primera casa, llamada también Domus vitae, bajo el signo del Ascendente: Peces fáciles de influir. La constelación del Sol en oposición a Neptuno, séptima casa o Domus matrimonii uxoris, traería complicaciones. Venus en oposición a Saturno, que, como es sabido, provoca enfermedades de bazo e hígado y al que llaman el planeta ácido, que reina en el Capricornio y celebra su propio aniquilamiento en el León, a quien ofrece anguilas Neptuno, que recibe a cambio el topo, a quien le gustan la belladona, la cebolla y la remolacha, que tose, lava y agría el vino; compartía con Venus la octava casa, la mortal, haciendo pensar en accidentes, mientras la procreación en el patatal prometía la felicidad más arriesgada, bajo la protección de Mercurio, en la casa de los parientes.

Aquí tengo que intercalar la protesta de mi mamá, que siempre ha negado haber sido engendrada en el patatal. Era cierto que su padre —eso lo admitía— lo había intentado allí, pero su posición, e igualmente la de Anna Bronski, no habían sido las más acertadas para que Koljaiczek pudiera encontrar las condiciones necesarias para dejarla embarazada.

—Debió de ocurrir por la noche, en la huida, o en la carreta del tío Vinzent, o no ocurrir incluso hasta el Troyl, donde los balseros nos dieron cobijo y refugio.

Con esas palabras solía fechar mi mamá la razón de su existencia, y mi abuela, que en realidad debía saberlo, asentía paciente y hacía saber al mundo:

—Seguro ke sí, ninya, seguro ke fue en la karreta, o en el Troyl kizá, en el kampo no: pork’acía viento y yovía komo tos los diablos.

Vinzent se llamaba el hermano de mi abuela. Tras la temprana muerte de su mujer, fue en peregrinaje a Tschenstochau, donde la Matka Boska Częstochowska le ordenó que viera en ella a la futura reina de Polonia. Desde entonces Vinzent no hacía más que revolver libros extraños, donde encontraba confirmado en cada frase el derecho al trono del Imperio de los polacos de la Madre que engendró a Dios, y confiaba a su hermana la granja y las escasas tierras. Jan, su hijo, entonces de cuatro años, un niño debilucho y siempre a punto de llorar, cuidaba ocas, coleccionaba estampitas de colores y, fatalmente precoz, sellos de correo.

A aquella granja consagrada a la reina celestial de Polonia llevó mi abuela los cestos de patatas y al Koljaiczek, para que Vinzent se enterase de lo que había pasado, corriera a Ramkau y sacara de la cama al cura, a fin de que viniera armado de los sacramentos y desposase a Anna y Joseph. Apenas el reverendo, semidormido, había impartido su bendición, prolongada por bostezos, y vuelto su consagrada espalda para irse, provisto de un buen trozo de tocino, Vinzent enganchó el caballo a la carreta, metió detrás a los novios, los acomodó entre paja y sacos vacíos, puso a su lado en el pescante a su Jan, que tiritaba lloriqueando, y dio a entender al caballo que tenía que caminar por la noche recto y ligero: los del viaje de bodas tenían prisa.

En medio de una noche todavía oscura pero ya agotada, el vehículo llegó al puerto maderero de la capital de la provincia. Amigos que, como Koljaiczek, ejercían la profesión de balseros acogieron a la pareja fugitiva. Vinzent pudo entonces dar la vuelta y dirigir otra vez su caballito hacia Bissau; una vaca, la cabra, la cerda con sus lechones, ocho ocas y el perro de la granja esperaban su pitanza, y había que meter en la cama al pequeño Jan, porque tenía un poco de calentura.

Joseph Koljaiczek estuvo escondido tres semanas, acostumbró su pelo a un nuevo peinado con raya, se afeitó el bigote, se agenció papeles irreprochables y encontró trabajo como balsero Joseph Wranka. Pero ¿por qué tuvo que presentarse Koljaiczek ante los comerciantes de madera y las aserradoras llevando en el bolsillo los papeles del balsero Wranka, que se había ahogado al ser arrojado en una pelea desde la balsa al río Bug, más arriba de Modlin, sin que las autoridades lo supieran? Porque él, que durante algún tiempo abandonó el oficio de balsero, trabajó en una serrería cerca de Schwetz y se peleó allí con el patrón, a causa de una valla que, provocadoramente, pintó de rojo y blanco. Sin duda para demostrar que una pelea puede comenzar también por un quítame allá esas tablas, el patrón arrancó de la valla una tabla blanca y otra roja, y rompió aquellas tablas polacas en las cachubas costillas de Koljaiczek, convirtiéndolas en tantas astillas rojiblancas que el apaleado encontró motivo para, a la siguiente noche, digamos que estrellada, convertir el nuevo aserradero blanqueado, envolviéndolo en llamas rojas, en homenaje a una Polonia sin duda dividida, pero precisamente por ello más unida.

Así pues, Koljaiczek era un incendiario, un incendiario reincidente, ya que en los tiempos que siguieron, en toda la Prusia Occidental, los aserraderos y parques de madera ofrecieron yesca a sus encendidos sentimientos patrióticos bicolores. Como siempre cuando se trata del futuro de Polonia, en todos aquellos incendios estaba involucrada también la Virgen María, y tal vez hubo testigos oculares —hasta puede que viva alguno— que pretendieran haber visto a una Madre de Dios, con la corona de Polonia, sobre los tejados de varios aserraderos que se hundían. El pueblo, que nunca falta en los grandes incendios, entonaba al parecer la canción de la Bogurodzica, la Madre de Dios... Y podemos creer que los incendios de Koljaiczek eran solemnes: en ellos se juraban juramentos.

Por muy incriminado y buscado que fuera el incendiario Koljaiczek, el balsero Joseph Wranka, sin antecedentes, huérfano, inofensivo e incluso un tanto corto de ingenio, a quien nadie buscaba y casi nadie conocía, iba dividiendo su tabaco de mascar en raciones diarias, hasta que un día el río Bug lo acogió en su seno y él dejó en su chaquetón, con los papeles, tres raciones de tabaco. Como el ahogado Wranka no podía ya presentarse al trabajo y nadie hacía preguntas embarazosas sobre él, Koljaiczek, que tenía una estatura parecida y el mismo cráneo redondo que el ahogado, se metió primero en el chaquetón de éste y luego en su piel y sus documentos sin antecedentes penales, dejó la pipa y se pasó al tabaco de mascar, asumió incluso lo más personal de Wranka, su defecto de pronunciación, y en los años que siguieron fue un balsero honrado, ahorrador y ligeramente tartamudo, que llevó bosques enteros hasta el valle, por el Niemen, el Bobr, el Bug y el Vístula. Hay que decir también que, en los húsares de la guardia del príncipe heredero, a las órdenes de Mackensen, Wranka llegó a soldado de primera, porque no había hecho aún el servicio, mientras que Koljaiczek, cuatro años mayor que el ahogado, había dejado en Thorn, con la artillería, una hoja de servicios poco favorable.

Hasta los más peligrosos de los ladrones, asesinos e incendiarios, mientras siguen robando, asesinando e incendiando, esperan la ocasión de dedicarse a un oficio más honrado. A más de uno, buscada o casual, se le presenta la oportunidad: Koljaiczek, como Wranka, era un buen marido y estaba tan curado de su ardiente vicio que la simple vista de una cerilla lo hacía temblar. Las cajitas de cerillas que había sobre la mesa de la cocina, tranquilas y complacientes, nunca estaban seguras ante él, que hubiera podido ser el inventor de las cerillas. La tentación la tiraba por la ventana. Y mi abuela tenía dificultades para tener la comida en la mesa caliente y puntual. A menudo la familia debía permanecer a oscuras, porque a la lámpara de petróleo le faltaba su llamita.

Sin embargo, Wranka no era un tirano. Los domingos llevaba a su Anna Wranka a la iglesia de la Ciudad Baja y le permitía a ella, su legítima esposa, ponerse cuatro faldas superpuestas, lo mismo que en el patatal. En invierno, cuando los ríos se helaban y los tiempos eran malos para los balseros, se quedaba tranquilamente en el Troyl, donde sólo vivían balseros, estibadores y trabajadores de astillero, y cuidaba de su hija Agnes, que parecía salir a su padre, porque, cuando no se arrastraba bajo la cama, se metía en el armario ropero y, si había visita, estaba siempre bajo la mesa jugando con sus muñecas de trapo.

A la niña Agnes le gustaba, pues, estar escondida y encontrar en su escondite la misma seguridad que había hallado Joseph bajo las faldas de Anna, aunque su placer fuera distinto. Koljaiczek el incendiario estaba suficientemente quemado para poder comprender aquella necesidad de protección de su hija. Por eso, cuando hubo que construir una conejera en el voladizo semejante a un balcón de su pisito de habitación y media, hizo otra para su hija, expresamente a su medida. En ese cobertizo estaba mi mamá de niña, jugaba con muñecas y mientras tanto crecía. Más tarde, cuando iba ya al colegio, renunció al parecer a las muñecas y, jugando con bolas de cristal y plumas de colores, mostró su primera afición a la belleza frágil.

Se me permitirá, porque ardo en ganas de anunciar el comienzo de mi propia existencia, dejar de observar a los Wranka, cuya balsa familiar se deslizaba tranquila, hasta el año trece, en que botaron cerca de Schichau el Columbus; fue entonces cuando la policía, que no olvida nada, encontró al Wranka impostor.

Todo comenzó porque en agosto del año trece, como siempre a finales del verano, Koljaiczek tenía que conducir una gran armadía desde Kiev por el Pripiat, a través del canal, por el Bug hasta Modlin y desde allí Vístula abajo. Doce balseros en total fueron con el remolcador Radaune, que navegaba al servicio del aserradero, desde Neufähr-Oeste, frente al Vístula Muerto, hasta Einlage, y luego Vístula arriba, pasando frente a Käsemark, Letzkau, Czattkau, Dirschau y Pieckel, y amarrando al anochecer en Thorn. Allí subió a bordo el nuevo patrón del aserradero, que debía vigilar la compra de madera en Kiev. Cuando el Radaune zarpó a las cuatro de la mañana, se dijo que el patrón estaba a bordo. Koljaiczek lo vio por primera vez al desayunar en la mesa común. Estaban sentados frente a frente, masticando y sorbiendo café de cebada. Koljaiczek lo reconoció enseguida. Aquel hombre ancho y ya calvo en la coronilla hizo traer vodka y servirlo en las vacías tazas de café. Sin dejar de masticar, mientras seguían escanciando vodka al extremo de la mesa, se presentó:

—Para que lo sepáis, soy el nuevo patrón de la serrería, me llamo Dückerhoff y ¡me gusta la disciplina!

Los balseros, al ser requeridos, fueron diciendo ordenadamente sus nombres, tal como estaban sentados, y vaciando las tazas, de forma que sus bocados de Adán subían y bajaban. Koljaiczek vació primero su taza y dijo luego «Wranka», mirando a Dückerhoff a los ojos. Éste asintió con la cabeza como había asentido antes, y repitió la palabreja «Wranka» como había repetido los nombres de otros balseros. Sin embargo, a Koljaiczek le pareció que Dückerhoff había acentuado el nombre del balsero ahogado de una forma especial, en absoluto tajante, sino más bien pensativa.

El Radaune, evitando hábilmente los bancos de arena con ayuda de unos prácticos que iban cambiando, cabeceaba contra la turbia corriente de lodo, que sólo conocía una dirección. A derecha e izquierda, detrás de los diques, un país cuando no llano ondulado, de campos cosechados ya. Setos, cañadas, una hondonada con retama, un paisaje plano entre granjas aisladas hecho para cargas de caballería, para que una división de ulanos ejecutara una variación a la izquierda en el cajón de arena, para húsares que saltaran setos, para los sueños de jóvenes capitanes de caballería, para la batalla que fue y que se repite una y otra vez, para el cuadro histórico: los tártaros tumbados, los dragones encabritados, los Caballeros de la Espada cayendo, el Maestre tiñendo su capa de la Orden, la coraza a la que no falta ni un botoncito, salvo el que el Duque de Masovia corta de un tajo, y los caballos, no hay circo que tenga esos blancos corceles, nerviosos, llenos de borlas, con los tendones minuciosamente exactos y los ollares dilatados, de color carmesí, que echan nubecitas perforadas por lanzas bajadas y con gallardetes, y partiendo el cielo, el crepúsculo, los sables, y allí al fondo —porque todo cuadro tiene su fondo—, firmemente pegado al horizonte, un pueblecito que humea pacífico entre las patas traseras del caballo azabache, cabañas agazapadas, cubiertas de musgo y con techo de paja; y, en las cabañas, en reserva, bonitos tanques que sueñan con días que vendrán, en los que también ellos podrán aparecer en el cuadro, en la llanura que hay tras los diques del Vístula, como potros ligeros entre la caballería pesada.

Cerca de Włocławek, Dückerhoff tocó ligeramente la chaqueta de Koljaiczek:

—Oiga, Wranka, ¿no trabahó hace no sé kuántos anyos en el molino de Schwetz? ¿El molino ke luego se kemó?

Koljaiczek sacudió con fuerza la cabeza, como si algo se le resistiera, y, al hacerlo, consiguió poner unos ojos tan tristes y cansados que Dückerhoff, ante aquella mirada, se guardó sus restantes preguntas.

Cuando Koljaiczek, en Modlin, al desembocar el Bug en el Vístula y virar el Radaune, escupió tres veces inclinado sobre la borda, como hacían todos los balseros, Dückerhoff estaba a su lado con un cigarro y le pidió fuego. Esa palabrita y la palabrita «cerilla» trastornaron a Koljaiczek.

—Oiga, no hace falta ke se ruborice porke le pida fuego. ¡Ni ke fuera una chika!

Ya habían dejado atrás Modlin cuando a Koljaiczek se le pasó el rubor, que no era de vergüenza sino un reflejo tardío de todos los aserraderos que había incendiado.

Entre Modlin y Kiev, o sea, Bug arriba, por el canal que une el Bug y el Pripiat, hasta que el Radaune, siguiendo el Pripiat, encontró el Dniéper, no pasó nada que pudiera recogerse ahora como conversación entre Wranka y Dückerhoff. En el remolcador, entre los balseros, entre los maquinistas y los balseros, entre el timonel, los maquinistas y el capitán, y entre el capitán y los cambiantes prácticos debieron de ocurrir naturalmente toda clase de cosas, como es corriente al parecer entre hombres, y seguramente lo es. Podría imaginarme reyertas entre los balseros cachubos y el timonel de Stettin, tal vez un conato de motín: reunión en la cámara, sorteo, se dan consignas, se afilan las navajas.

Vamos a dejarlo. No hubo peleas políticas, puñaladas germano-polacas, ni, la gran atracción de ese escenario, un motín surgido de la injusticia social. Devorando como era debido su carbón, el Radaune siguió su curso y encalló una vez —creo que poco después de Plock— en un banco de arena, pero pudo liberarse por sus propios medios. Un altercado breve y mordaz entre el capitán Barbusch, de Neufahrwasser, y el práctico ucraniano fue todo... y el diario de a bordo no podría decir mucho más.

Si debiera o quisiera llevar un diario de a bordo de los pensamientos de Koljaiczek, o incluso un diario de la aserreada vida interior de Dückerhoff, habría que describir incidentes y aventuras bastantes, sospecha y confirmación, desconfianza y apaciguamiento casi inmediato de la desconfianza. Miedo tenían los dos. Dückerhoff más que Koljaiczek; porque estaban en Rusia. Dückerhoff, como antes el pobre Wranka, hubiera podido caerse por la borda, o bien —ahora estamos en Kiev— en los parques madereros, que son tan grandes e inabarcables que en esos laberintos de madera se puede perder hasta el ángel de la guarda, hubiera podido quedar bajo un montón de maderos que se derrumbara de pronto sin que nada pudiera contenerlos... o ser salvado. Salvado por un Koljaiczek que pescara al patrón del aserradero en las aguas del Pripiat o del Bug, o que, tirando de Dückerhoff en el último momento, en el parque maderero de Kiev, tan escaso en ángeles de la guarda, lo sustrajera a la avalancha de troncos. Qué bonito sería poder contar ahora que el semiahogado o casi aplastado Dückerhoff, respirando aún con dificultad y con un resto de muerte en los ojos, susurró al presunto Wranka al oído:

—¡Gracias, Koljaiczek, gracias! —y luego, tras la pausa de rigor—: Ahora estamos en paz. ¡Borrón y kuenta nueva!

Y se habrían mirado con ruda amistad, sonriendo cohibidos y guiñando los varoniles ojos casi entre lágrimas, y habrían intercambiado un apretón de manos tímido pero calloso.

Conocemos la escena por películas de fascinante fotografía, cuando al director se le ocurre hacer que dos tipos enemigos, estupendamente interpretados, se conviertan en compinches de uña y carne que, en adelante, con mejor o peor fortuna, correrán mil aventuras nuevas.

Koljaiczek, sin embargo, no tuvo ocasión de dejar que Dückerhoff se ahogara ni de arrancarlo de las garras de una muerte de troncos rodantes. Velando con atención por los intereses de su empresa, Dückerhoff compró en Kiev la madera, supervisó la composición de las nueve balsas, repartió como anticipo entre los balseros, según la costumbre, una buena suma en moneda rusa para el viaje de vuelta, y se subió luego al tren, que lo llevó, pasando por Varsovia, Modlin, Deutsch-Eylau, Mariemburgo y Dirschau, hasta su empresa, cuyo aserradero estaba en el puerto maderero, entre el astillero de Klawitter y el de Schichau.

Antes de dejar que los balseros, después de semanas de duro trabajo, desciendan desde Kiev por los ríos, el canal y, finalmente, el Vístula, me pregunto si Dückerhoff estaba seguro de haber reconocido en Wranka al incendiario Koljaiczek. Me gustaría decir que, mientras el patrón del aserradero estuvo en la misma embarcación con un Wranka inofensivo, servicial y, a pesar de sus pocas luces, querido por todos, confiaba en no tener por compañero de viaje a un Koljaiczek decidido a cualquier crimen. A esa confianza sólo renunció en el acolchado compartimento de su tren. Y cuando el tren llegó a su destino, la estación central de Danzig —ahora lo nombro—, Dückerhoff había tomado sus decisiones de Dückerhoff: metió su equipaje en un coche para que se lo llevaran a casa, fue con paso resuelto, al no llevar equipaje, a la cercana jefatura de policía de la Wiebenwall, subió de dos en dos las escaleras de la puerta principal y encontró, tras una búsqueda breve pero fructífera, una habitación amueblada con la sobriedad necesaria para poder obtener de Dückerhoff un informe sucinto, limitado a los hechos. No es que el patrón del aserradero presentara una denuncia. Simplemente, pidió que se investigara el caso Koljaiczek-Wranka, lo que la policía le prometió.

Durante las semanas siguientes, mientras la madera, con sus chozas de caña y los balseros, se deslizaba lentamente río abajo, en diversas oficinas se escribieron papeles numerosos. Allí estaba la documentación militar de Joseph Koljaiczek, soldado del regimiento de artillería de campaña número tantos de la Prusia Occidental. Dos arrestos de tres días había tenido que cumplir aquel mal artillero por haber gritado a voz en cuello, en estado de embriaguez, consignas anarquistas, medio en alemán y medio en polaco. Esa mancha no figuraba en los papeles del soldado de primera Wranka, que había servido en el segundo regimiento de húsares de la guardia en Langfuhr. El tal Wranka se había distinguido meritoriamente y, como enlace del batallón, había causado buena impresión al príncipe heredero, recibiendo de él, que siempre llevaba táleros en el bolsillo, un tálero principesco como regalo. Ese tálero, sin embargo, no aparecía en la documentación militar del soldado de primera Wranka, sino que lo confesó entre grandes lamentaciones mi abuela Anna, cuando la interrogaron a ella y a su hermano Vinzent.

No fue sólo con ese tálero con lo que ella impugnó la palabreja «incendiario». Pudo presentar documentos que afirmaban reiteradamente que, ya en mil novecientos cuatro, Joseph Wranka había ingresado en el cuerpo de bomberos voluntarios de Danzig-Ciudad Baja y, durante los meses de invierno, cuando todos los balseros estaban sin trabajo, se había enfrentado con incendios grandes y pequeños. Había también un documento que acreditaba que el bombero Wranka, durante el gran incendio del depósito ferroviario del Troyl, en el año mil novecientos nueve, no sólo había apagado el fuego, sino también salvado a dos aprendices de mecánico. En términos parecidos se manifestó el capitán de bomberos Hecht, citado como testigo. Declaró así:

—¿Cómo podría ser incendiario alguien que apaga el fuego? ¡Todavía lo veo en lo alto de la escalera cuando ardió la iglesia de Heubude! ¡Un fénix que surgía de las llamas y cenizas, extinguiendo no sólo aquel fuego, sino también el incendio de este mundo y la sed de Nuestro Señor Jesucristo! En verdad os digo: a quien pretenda llamar «gallo rojo» a ese hombre de casco de bombero, que tiene prioridad de paso, a quien las compañías de seguros adoran y que lleva siempre un poco de ceniza en el bolsillo, sea como símbolo, sea por su profesión, a ese fénix magnífico, más le valiera que le ataran una rueda de molino al cuello...

Habrán observado que el capitán Hecht, del cuerpo de bomberos voluntarios, era un párroco de verbo elocuente, que un domingo tras otro subía al púlpito de la iglesia de su parroquia de Santa Bárbara, en Langgarten, y, mientras duraron las investigaciones sobre Koljaiczek-Wranka, no desdeñó machacar a sus feligreses con palabras por el estilo y parábolas del bombero celestial y el infernal incendiario.

Como, sin embargo, los funcionarios de policía no iban a la iglesia de Santa Bárbara, y la palabra «fénix» les sonaba más a lesa majestad que a justificación de Wranka, la actividad de éste como bombero voluntario se consideró más bien incriminatoria.

Se reunieron testimonios de diversos aserraderos e informes de los municipios de origen: Wranka vio la luz en Tuchel; Koljaiczek había nacido en Thorn. Pequeñas discrepancias en las declaraciones de balseros de edad y de parientes lejanos. El cántaro iba una y otra vez a la fuente: ¿qué podía hacer más que romperse? Cuando los interrogatorios habían llegado a ese punto, la gran armadía llegaba precisamente al territorio del Reich y, a partir de Thorn, fue discretamente seguida, y vigilada de cerca en las escalas.

Mi abuelo sólo se dio cuenta de los perseguidores después de Dirschau. Los había esperado. Es posible que una apatía que lo acometía a veces, rayana en la melancolía, le impidiera intentar en Letzkau, por ejemplo, o en Käsemark, una fuga que, en una comarca que le era muy familiar, hubiera sido posible aún con ayuda de algunos balseros simpatizantes. A partir de Einlage, cuando las balsas, chocando entre sí, entraron lentamente en el Vístula Muerto, un barco de pesca que llevaba a bordo una tripulación demasiado numerosa se puso al lado de la balsa de una forma llamativamente poco llamativa. Poco después de Plehnendorf, las dos lanchas motoras de la policía portuaria salieron por sorpresa de los cañaverales de la orilla y, yendo sin pausa de un lado a otro, comenzaron a agitar las aguas cada vez más salobres del Vístula Muerto que anunciaban el muelle. Tras el puente de Heubude comenzaba el cordón de seguridad de los «azules». Los parques madereros situados frente al astillero de Klawitter, los astilleros navales más pequeños, el puerto maderero que se iba ensanchando cada vez más hacia el Moldava, los pontones de los distintos aserraderos, el puente de su propia empresa en el que los parientes aguardaban y, por todas partes, «azules», excepto al otro lado en Schichau: allí estaba todo embanderado, allí ocurría algo distinto, allí iban a botar algo sin duda, allí había un gran gentío que excitaba a las gaviotas, allí se celebraba alguna cosa... ¿Una celebración para mi abuelo?

Sólo cuando mi abuelo vio el puerto maderero lleno de uniformes azules, cuando las lanchas tomaron un rumbo cada vez más ominoso, arrojando olas sobre las balsas, sólo cuando comprendió que aquel costoso despliegue le estaba dedicado, sólo entonces despertó en Koljaiczek su antiguo corazón de incendiario, y escupió al manso Wranka, se desprendió de Wranka el bombero voluntario, renegó en alta voz y sin titubear del tartamudeante Wranka y huyó, huyó por las balsas, huyó por aquellas superficies amplias y oscilantes, descalzo por el entarimado sin cepillar, de madero en madero hacia Schichau, donde había alegres banderas al viento, hacia adelante sobre los maderos, hacia donde estaban a punto de botar algo y había maderos en el agua, donde se pronunciaban bellos discursos, donde nadie gritaba Wranka ni mucho menos Koljaiczek, donde estaban diciendo: Yo te bautizo con el nombre de SMS Columbus, América, más de cuarenta mil toneladas de desplazamiento, treinta mil CV, buque de Su Majestad, salón fumador de primera clase, cocina de segunda a babor, gimnasio de mármol, biblioteca, América, buque de Su Majestad, túnel de eje portahélice, cubierta de paseo, Salve coronado de laureles, la banderola del puerto de matrícula, el príncipe Enrique al timón, y mi abuelo Koljaiczek descalzo, rozando apenas los troncos, hacia la banda de música, un pueblo que tal príncipe tiene, de balsa en balsa, el pueblo lo aclama, Salve coronado de laureles, y todas las sirenas de los astilleros y las sirenas de los barcos amarrados en el puerto, de los remolcadores y barcos de recreo, Columbus, América, libertad y dos lanchas locas de alegría a su lado, de balsa en balsa, balsa de Su Majestad, y le cortan el camino en plan aguafiestas, de forma que ha de detenerse, ahora que iba tan lanzado, y se queda muy solo en una balsa y ve ya América, ahí están las lanchas a su lado y tiene que lanzarse al agua... y se ve nadar a mi abuelo, nadaba hacia una balsa que se deslizaba hacia el Moldava. Y tuvo que sumergirse a causa de las lanchas y permanecer sumergido a causa de ellas, y la balsa pasa sobre él sin acabar nunca, engendrando siempre nuevas balsas: balsa de mi balsa, por los siglos de los siglos: amén.

Las lanchas pararon sus motores. Ojos inexorables recorrían la superficie del agua. Sin embargo, Koljaiczek se había despedido definitivamente, se había sustraído bajo aquella madera interminable a la banda de música, las sirenas, las campanas de los barcos y el buque de Su Majestad, al discurso bautismal del príncipe Enrique y las enloquecidas gaviotas de Su Majestad, al Salve coronado de laureles y al jabón a Su Majestad por la botadura del buque de Su Majestad, a América y al Columbus y a todas las investigaciones de la policía.

Nunca se encontró el cadáver de mi abuelo. Yo, que creo firmemente que alcanzó la muerte bajo la balsa, debo, para seguir siendo creíble, recoger todas las versiones de salvamentos milagrosos.

Se dijo que había encontrado bajo la balsa un hueco entre los maderos; desde abajo suficientemente grande para que sus órganos respiratorios pudieran mantenerse sobre el agua. En lo alto, al parecer, el hueco se hacía tan angosto que resultaba invisible para los policías, que, hasta bien entrada la noche, registraron las balsas e incluso las chozas de caña de las balsas. Luego, al amparo de la oscuridad —siguen diciendo—, él se dejó llevar por la corriente y, agotado pero sin duda con suerte, alcanzó la otra orilla del Moldava y los terrenos del astillero de Schichau, encontrando allí refugio en el depósito de chatarra, y luego, probablemente con ayuda de marineros griegos, en uno de aquellos petroleros grasientos que al parecer habían dado ya protección a más de un fugitivo.

Otros afirmaban lo siguiente: Koljaiczek, que era buen nadador y con pulmones mejores aún, no sólo había nadado bajo la balsa: había atravesado también sumergido la considerable anchura restante del Moldava, llegando felizmente a la tierra firme del astillero, y, sin llamar la atención, se había mezclado con los trabajadores y finalmente con la entusiasmada multitud, había cantado con ella el Salve coronado de laureles y había escuchado además, entre grandes aplausos, el discurso bautismal del buque de Su Majestad Columbus a cargo del príncipe Enrique y, tras una botadura coronada por el éxito, se había largado de allí con la multitud, con la ropa medio seca, convirtiéndose ya al día siguiente —y aquí concuerdan la primera y la segunda versión— en polizón de aquellos petroleros griegos tristemente célebres.

Sólo por decirlo todo, cabe mencionar aún una tercera fábula absurda, que dice que mi abuelo fue llevado a la deriva como un leño flotante hasta la alta mar, donde unos pescadores de Bohnsack lo pescaron sin demora, entregándolo, fuera de la zona de las tres millas, a un barco de pesca de altura sueco. Allí, en Suecia, la fábula lo hacía recobrar las fuerzas, llegar a Malmö..., etcétera, etcétera.

Todo ello es absurdo, habladurías de pescadores. Tampoco daría yo un centavo por las afirmaciones de esos testigos oculares igualmente poco fiables de todos los puertos, que pretenden haber visto a mi abuelo, poco después de la Primera Guerra Mundial, en Búfalo, EE. UU. Dicen que se llamaba Joe Colchic.

Al parecer se había dedicado al comercio de madera con el Canadá. Acciones en compañías cerilleras. Fundador de seguros contra incendios. Se describía a mi abuelo como hombre acaudalado y solitario, sentado tras un enorme escritorio en un rascacielos, con pedruscos resplandecientes en los dedos y entrenándose con su guardaespaldas, que llevaba uniforme de bombero, cantaba en polaco y se hacía llamar Guarda del Fénix.

cap3

 

Mariposa y bombilla

Un hombre lo dejó todo atrás, atravesó el gran charco, llegó a América y se hizo rico... Basta por lo que se refiere a mi abuelo, tanto si se llamaba en polaco Goljaczek, en cachubo Koljaiczek o en americano Joe Colchic.

Arrancar a un simple tambor de hojalata, de los que pueden comprarse en las tiendas de juguetes o los grandes almacenes, balsas de madera que se deslizan por el río casi hasta el horizonte plantea dificultades. Sin embargo, he conseguido sacarle el puerto maderero, toda esa madera flotante que da bandazos en los recodos de los ríos o se enreda en los cañaverales y, con menos esfuerzo, las gradas del astillero de Schichau, del astillero de Klawitter, de los muchos pequeños astilleros, algunos dedicados sólo a reparaciones, el depósito de chatarra de la fábrica de vagones, los rancios depósitos de coco de la fábrica de margarina, todos los escondrijos que conocía de la isla de los Almacenes. Él está muerto, no me responde, no muestra ningún interés por las botaduras imperiales, por la decadencia de un barco que a menudo se prolonga durante decenios y comienza con su botadura, barco que en aquel caso se llamaba Columbus y al que llamaban también el orgullo de la flota, que naturalmente puso rumbo a América y fue luego hundido o se hundió él solo, y que quizá fue rescatado y renovado, rebautizado o desguazado. Posiblemente el Columbus se hundió simplemente, siguiendo el ejemplo de mi abuelo, y hoy sigue vagabundeando con sus cuarenta mil toneladas, salón de fumar, gimnasio de mármol, piscina y cabinas de masaje a, digamos, los seis mil metros de profundidad de la fosa de Filipinas o del abismo Emden; se puede verificar en el Weyers o en los almanaques navales... Yo creo que el primero o el segundo Columbus se hundió sólo porque el capitán no quiso sobrevivir a alguna deshonra relacionada con la guerra.

Leí a Bruno una parte de la historia de la balsa y luego, pidiéndole que fuera objetivo, le hice la pregunta.

—¡Una hermosa muerte! —dijo Bruno entusiasmado, y comenzó enseguida a convertir a mi abuelo ahogado, por medio de cordeles, en uno de sus anudados engendros. Me obligó a contentarme con su respuesta y no me dejó emigrar a los Estados Unidos con ideas temerarias ni anhelar subrepticiamente una herencia.

Mis amigos Klepp y Vittlar vinieron a verme. Klepp me trajo un disco de jazz, de dos caras, de King Oliver. Vittlar me ofreció con afectación un corazón de chocolate colgado de una cinta rosa. Hicieron toda clase de tonterías, parodiando escenas de mi proceso, y, para darles una alegría, me mostré de buen humor, como todos los días de visita, capaz de reírme hasta de sus bromas más estúpidas. Como quien no quiere la cosa y antes de que Klepp pudiera comenzar su inevitable conferencia sobre las relaciones entre el jazz y el marxismo, conté la historia de un hombre que, en el año trece, o sea, poco antes de que todo comenzara, fue a parar bajo una balsa casi interminable y nunca volvió a aparecer: ni siquiera se encontró su cadáver.

A mi pregunta —la hice sin ceremonias, como si estuviese aburrido— Klepp movió malhumorado la cabeza sobre el adiposo cuello, se abrochó y desabrochó los botones, hizo movimientos natatorios y fingió encontrarse bajo una balsa. Finalmente se sacudió mi pregunta, excusándose de no responder dada la hora temprana de la tarde. Vittlar se mantuvo rígido, cruzó las piernas, cuidando la raya del pantalón, y mostró esa extravagante arrogancia milrayas que seguramente sólo es habitual ya en los ángeles del cielo:

—Estoy sobre la balsa. Se está bien sobre la balsa. Me pican los mosquitos, lo que es molesto. Estoy bajo la balsa. Se está bien bajo la balsa. No me pican los mosquitos, lo que es agradable. Creo que se podría vivir bajo la balsa si al mismo tiempo no se tuviera la intención de dejarse picar por los mosquitos quedándose sobre la balsa.

Vittlar hizo su pausa de siempre, me miró despacio, enarcó las cejas, altas de por sí, como siempre que quiere parecer una lechuza, y subrayó, muy teatralmente:

—Supongo que en el caso del ahogado, de ese hombre bajo la balsa, se trataba de tu tío abuelo, si es que no de tu abuelo. Como en calidad de tío abuelo y, en mucho mayor medida, de abuelo se sentía obligado hacia ti, se buscó la muerte, porque nada podría resultarte más molesto que tener un abuelo vivo. Tú no eres sólo el asesino de tu tío abuelo, ¡eres el asesino de tu abuelo! Sin embargo, como les gusta hacer a todos los verdaderos abuelos, él quiso castigarte un poco y no te dio la satisfacción del nieto que muestra orgulloso un cadáver hinchado por el agua, diciendo cosas como: «Mirad a mi abuelo muerto. ¡Fue un héroe! Se tiró al agua cuando lo perseguían...». Tu abuelo sustrajo su cadáver al mundo y a su nieto, para que la posteridad y el nieto pudieran ocuparse de él durante mucho tiempo.

Luego, saltando de un patetismo a otro, un Vittlar astuto, ligeramente encorvado, que jugueteaba con la conciliación:

—¡América!, ¡alégrate, Oskar! Tienes un objetivo, una misión. Ahí te absolverán, te pondrán en libertad. ¿Adónde ir sino a América, en donde todo se encuentra otra vez, ¡hasta un abuelo desaparecido!?

Por burlona y siempre ofensiva que fuera la respuesta de Vittlar, me daba más seguridad que los refunfuños de mi amigo Klepp, que apenas distinguían entre la vida y la muerte, o la respuesta de mi enfermero Bruno, que sólo consideraba la muerte de mi abuelo como una muerte hermosa porque, poco después, fue botado, haciendo olitas, el SMS Columbus. Prefiero la América conservadora de abuelos de Vittlar, el objetivo adoptado, el modelo que me servirá para levantarme cuando, harto de Europa, quiera deponer tambor y pluma:

—¡Sigue escribiendo, Oskar, hazlo por tu abuelo Koljaiczek, inmensamente rico pero fatigado, que en Búfalo, EE. UU., se dedica al comercio de madera y juega con cerillas en su rascacielos!

Cuando Klepp y Vittlar se despidieron y se fueron por fin, Bruno, ventilando la habitación a fondo, expulsó todo molesto olor de mis amigos. Entonces volví a coger el tambor, pero no extraje ya de él los maderos de las balsas encubridoras de muerte sino que toqué aquel ritmo rápido y nervioso que todos habrían de obedecer a partir de agosto del catorce. Así que tampoco podrá evitarse que mi texto, hasta el momento de mi nacimiento, sólo insinúe el camino de la comitiva fúnebre que mi abuelo dejó en Europa.

Cuando Koljaiczek desapareció bajo la balsa, se asustaron, en medio de los parientes de balseros que había en el atracadero de la serrería, mi abuela con su hija Agnes y Vinzent Bronski con su hijo Jan, de diecisiete años. Un poco apartado estaba Gregor Koljaiczek, el hermano mayor de Joseph, que había sido llamado a la ciudad por razón de los interrogatorios. Ese Gregor había sabido tener preparada siempre la misma respuesta para la policía:

—Apenas conozco a mi hermano. En realidad sólo sé que se llama Joseph y, cuando lo vi por última vez, tenía quizá diez o, digamos, doce años. Me limpiaba los zapatos y traía cerveza cuando mi madre y yo queríamos cerveza.

Aunque quedó en claro que mi bisabuela había sido aficionada a la cerveza, la declaración de Gregor Koljaiczek no ayudó gran cosa a la policía. En cambio, la existencia del mayor de los Koljaiczek resultó de gran ayuda para mi abuela Anna. Gregor, que había pasado algunos años de su vida en Stettin, Berlín, y últimamente en Schneidemühl, se quedó en Danzig, encontró trabajo en la fábrica de pólvora del Bastión de los Conejos y, transcurrido un año, después de haberse aclarado y dado carpetazo a todas las complicaciones, como la del matrimonio con el falso Wranka, se casó con mi abuela, que no quería dejar a los Koljaiczek y nunca se habría casado con Gregor, o al menos no tan aprisa, si él no hubiera sido un Koljaiczek.

Su trabajo en la fábrica de pólvora libró a Gregor del uniforme multicolor y, poco después, gris. Los tres vivían en el mismo apartamento de una habitación y media que había ofrecido refugio al incendiario durante años. Se vio, sin embargo, que un Koljaiczek no tenía por qué ser como otro Koljaiczek, porque, tras un año escaso de matrimonio, mi abuela se vio obligada a alquilar la tienda de los bajos del edificio del Troyl, que estaba libre, y, vendiendo toda clase de cosas, desde alfileres a coles, obtener ganancias, ya que Gregor, aunque ganaba un montón de dinero en la fábrica de pólvora, no llevaba a casa ni lo más necesario, sino que se lo bebía todo. Mientras que Gregor, probablemente por haber salido a mi abuela, era bebedor, mi abuelo Joseph era un hombre que sólo se tomaba algún aguardiente de cuando en cuando. Gregor no bebía porque estuviera triste. Aunque pareciera alegre, lo que ocurría raras veces porque era dado a la melancolía, tampoco bebía para estar alegre. Bebía porque iba siempre al fondo de las cosas, y también al del alcohol. Mientras vivió, nadie vio nunca a Gregor Koljaiczek dejarse medio vasito de ginebra.

Mi mamá, entonces una chica regordeta de quince años, echaba una mano, ayudaba en la tienda, pegaba cupones de racionamiento, repartía el género por las casas los sábados y escribía cartas de apremio con letra torpe, pero llenas de imaginación, para cobrar las deudas de los clientes al fiado. Lástima que yo no tenga ahora ninguna de aquellas cartas. Qué bonito sería poder citar algunos de aquellos gritos de angustia, medio infantiles y medio adolescentes, de las epístolas de una semihuérfana, porque no se puede decir que Gregor Koljaiczek fuera un padrastro adecuado. Más bien, mi abuela y su hija tenían dificultades para proteger la caja, más llena de cobre que de plata y consistente en dos platos de hojalata superpuestos, de la melancólica mirada koljaiczeksca del siempre sediento polvorista. Sólo cuando Gregor Koljaiczek murió de la gripe, en el diecisiete, aumentó algo el margen de beneficios de la tienda de cachivaches, aunque no mucho; porque ¿qué podía venderse en el año diecisiete?

La alcoba del piso de habitación y media, vacía desde la muerte del polvorista porque mi mamá, temiendo el infierno, no quiso trasladarse a ella, fue ocupada por Jan Bronski, primo de mi mamá, que entonces tenía unos veinte años y había dejado Bissau y a su padre Vinzent para, después de haberse graduado con buenas notas en la escuela de Karthaus y terminado su aprendizaje en la oficina de correos de la pequeña capital de distrito, comenzar su carrera administrativa de nivel medio en la central de correos de Danzig I. Jan llevó al piso de su tía, además de su maleta, su importante colección de sellos. Los coleccionaba ya desde muy joven, de forma que mantenía con el correo una relación no sólo profesional, sino también privada, siempre discreta. Aquel joven, delgado y un poco encorvado, tenía un ovalado rostro agradable, quizá demasiado dulce, y ojos suficientemente azules para que mi mamá, que tenía entonces diecisiete años, pudiera enamorarse de él. En el Ejército habían reconocido ya tres veces a Jan, pero en cada reconocimiento había sido rechazado por su miserable estado; lo que en aquellos tiempos, en que se enviaba a Verdún a todo el que pudiera mantenerse más o menos vertical para, en suelo francés, colocarlo en la horizontal eterna, decía mucho sobre la constitución de Jan Bronski.

En realidad, el amorío hubiera debido empezar ya al mirar juntos los álbumes de sellos, mientras examinaban, con las cabezas juntas, el dentado de ejemplares especialmente valiosos. Sin embargo, no comenzó o no entró en erupción hasta que llamaron a Jan para su cuarto reconocimiento. Mi mamá lo acompañó, porque de todas maneras tenía que ir a la ciudad, hasta la comandancia del distrito, y aguardó allí junto a la garita ocupada por uno de la reserva territorial, convencida, como Jan, de que esta vez Jan tendría que ir a Francia, para curarse el miserable tórax con el aire saturado de hierro y plomo de ese país. Tal vez mi mamá le contara los botones al reservista varias veces y con distintos resultados. Podría imaginarme que los botones de todos los uniformes están calculados de modo que el último significa siempre Verdún, alguna de las muchas crestas del Hartmannsweiler o algún pequeño río: el Somme o el Marne.

Cuando, tras una hora escasa, el mozo, reconocido por cuarta vez, salió por el portal de la comandancia, bajó dando traspiés los escalones y, echando los brazos al cuello a Agnes, mi mamá, le susurró aquella frase entonces tan popular: «Ni riñones, ni cogote, ¡otro año más al bote!», mi madre abrazó a Jan Bronski por primera vez, y no sé si más tarde lo abrazaría nunca sintiéndose tan feliz.

No conozco detalles de aquel temprano amor de guerra. Jan vendió parte de su colección de sellos para atender las exigencias de mamá, que tenía una viva afición por lo bello, elegante y caro, y al parecer llevaba en aquella época un diario que, por desgracia, luego se perdió. Mi abuela toleraba por lo visto aquella relación entre los dos jóvenes —que cabe suponer iba más allá del simple parentesco—, porque Jan Bronski vivió hasta poco después de la guerra en el diminuto piso del Troyl. Sólo se mudó cuando la existencia de cierto señor Matzerath no se pudo negar y, efectivamente, fue reconocida. A ese señor debió de conocerlo mi mamá en el verano del dieciocho, cuando prestaba servicio como enfermera auxiliar en el hospital de Silberhammer, cerca de Oliva. Alfred Matzerath, natural de Renania, estaba allí con un muslo limpiamente atravesado por un disparo y, con sus alegres modales renanos, se convirtió pronto en el favorito de todas las enfermeras, sin excluir a la señorita Agnes. Curado a medias, cojeaba por el pasillo del brazo de esta o aquella enfermera y ayudaba a la señorita Agnes en la cocina, porque a ella la cofia le sentaba muy bien en su cara redondita, y además porque, cocinero apasionado, sabía transformar sus sentimientos en sopas.

Cuando la herida curó, Alfred Matzerath permaneció en Danzig, encontrando enseguida trabajo como representante de su empresa renana, una sociedad bastante importante de la industria del papel. La guerra se había agotado ya. Se chapuceaban tratados de paz, pretexto para nuevas guerras: la región que rodeaba la desembocadura del Vístula, más o menos desde Vogelsang, en el Nehrung, a lo largo del Nogat hasta Pieckel, bajando desde allí por el Vístula hasta Czattkau, haciendo a la izquierda un ángulo recto hasta Schönfließ, trazando luego una joroba en torno al bosque de Saskoschin hasta el lago de Ottomin, dejando a un lado Mattern, Ramkau y el Bissau de mi abuela, y llegando al Báltico junto a Klein-Katz, fue declarada Estado Libre y puesta bajo la protección de la Sociedad de Naciones. Polonia recibió en el territorio de la ciudad un puerto franco, la Westerplatte con el depósito de municiones, la administración del ferrocarril y un servicio de correos propio en la plaza Hevelius.

Mientras que los sellos del Estado Libre mostraban un fasto hanseático de naves y escudos de armas en rojo y oro, los polacos franqueaban sus cartas con macabras escenas de color violeta que ilustraban historias de Casimiro y Batory.

Jan Bronski se pasó a la oficina de correos polaca. Su paso pareció espontáneo, y también su elección de Polonia. Muchos quisieron ver la razón de que hubiera adquirido la nacionalidad polaca en el comportamiento de mi mamá. En el año veinte, cuando el marszalek Pilsudski derrotó al Ejército Rojo en Varsovia y aquel milagro del Vístula fue atribuido por gente como Vinzent Bronski a la Virgen María y por los expertos militares al general Sikorski o al general Weygand, en aquel año polaco, pues, mi mamá se prometió con Matzerath, alemán del Imperio. Casi estoy por creer que mi abuela Anna, lo mismo que Jan, no estaba de acuerdo con ese noviazgo. Dejó a su hija la tienda del sótano en el Troyl, que entretanto había prosperado bastante; se trasladó a casa de su hermano Vinzent en Bissau, es decir, a territorio polaco; se hizo cargo, como en los tiempos prekoljaiczekscos, de la granja con sus campos de remolacha y patata; no le envidió a su hermano, cada vez más poseído por la gracia, el trato y coloquio con la virginal reina de Polonia, y se contentó con sentarse en medio de sus cuatro faldas, detrás de fuegos otoñales de patata y pestañeando hacia el horizonte, que seguía dividido por los postes de telégrafo.

Sólo cuando Jan Bronski encontró a su Hedwig, una cachuba de la ciudad que, sin embargo, tenía algunas tierras en Ramkau, y se casó con ella, mejoraron las relaciones entre Jan y mi mamá. Con ocasión de un baile en el Café Woyke, en donde se encontraron por casualidad, ella presentó al parecer a Jan a Matzerath. Aquellos dos hombres tan distintos pero tan unánimes con respecto a mamá se cayeron bien, aunque Matzerath, de forma categórica y sonoramente renana, calificara la conversión de Jan al Correo Polaco de idea descabellada. Jan bailó con mamá, y Matzerath con la huesuda y desgarbada Hedwig, que tenía una inescrutable mirada de vaca, lo que hacía que su entorno la considerase siempre embarazada. Siguieron bailando entre sí, entremezclados, pensando al bailar en el siguiente baile, anticipándose en el one-step y sintiéndose liberados en el vals inglés, pero cobrando confianza con el charlestón y encontrando en el fox lento una sensualidad que rayaba en lo religioso.

Cuando Alfred Matzerath, en el año veintitrés, en el que por el precio de una caja de cerillas se podía empapelar una alcoba, es decir, decorarla de ceros, se casó con mi mamá, Jan fue uno de los testigos, y un comerciante en ultramarinos el otro. De este Mühlen no puedo contar mucho. Sólo es digno de mención porque mamá y Matzerath, en el momento en que se introdujo como moneda el marco consolidado, le compraron una tienda de ultramarinos en el suburbio de Langfuhr, que iba mal, arruinada por una clientela que compraba a crédito. Al cabo de poco tiempo, mamá, que en la tienda del sótano del Troyl había aprendido a tratar hábilmente con ese tipo de clientela y tenía un sentido comercial innato, ingenio y labia, consiguió levantar el decaído negocio hasta tal punto que Matzerath tuvo que renunciar a su puesto de representante en el ramo del papel, de todas formas saturado, para ayudar en la tienda.

Los dos se complementaban admirablemente. Lo que hacía mamá con la clientela tras el mostrador lo lograba el renano en sus relaciones con los representantes y comprando al por mayor. A ello se unía la afición de Matzerath al delantal, a trabajar en la cocina, lo que incluía fregar los platos y descargaba a mamá, que prefería la cocina rápida.

El piso contiguo a la tienda era estrecho y mal distribuido, pero, comparado con las condiciones de vida en el Troyl, que sólo conozco de oídas, era suficientemente pequeñoburgués para que mamá se sintiera a gusto en el Labesweg, al menos durante los primeros años de su matrimonio.

Además del largo pasillo, ligeramente acodado, en el que casi siempre se amontonaban paquetes de Persil, estaba la espaciosa cocina, ocupada también, sin embargo, en más de la mitad por latas de conserva, bolsas de harina y paquetitos de copos de avena. El cuarto de estar, cuyas dos ventanas daban al jardín delantero, adornado en verano con conchas del Báltico, y a la calle, constituía el centro de aquel piso bajo. Si el papel de las paredes tenía mucho rojo burdeos, la chaise longue estaba tapizada casi de púrpura. Una mesa de comer extensible, de esquinas redondeadas, cuatro sillas de cuero negro y una mesita de fumar redonda que cambiaba continuamente de sitio posaban sus patas negras sobre la alfombra azul. Negro y dorado entre las ventanas, el reloj de pie. Negro y pegado a la chaise longue púrpura, el piano negro, primero alquilado y luego pagado poco a poco a plazos, con su taburete giratorio sobre una piel de largo pelo amarillento. Enfrente, el aparador. Un aparador negro de puertas correderas de cristal tallado enmarcadas por barras de óvalos negras; las puertas de abajo, que encerraban la vajilla y los manteles, recargadas de frutas de un negro opaco, con patas de garras negras y un remate perfilado también negro... Y entre el cuenco de cristal con frutas de adorno y la copa verde ganada en una lotería, un hueco que, gracias a la eficiencia mercantil de mi mamá, ocuparía luego un aparato de radio de color marrón claro.

El dormitorio estaba entonado en amarillo y daba al patio del edificio de cuatro pisos. Créanme, por favor, que el dosel de la ancha cama de matrimonio era azul celeste, y que, a la cabecera, con luz también celeste, yacía una Magdalena de color carne, enmarcada, encristalada y penitente, metida en una cueva, suspirando hacia el borde superior derecho del cuadro y retorciendo ante su pecho tantos dedos que, una y otra vez, había que contárselos, porque se sospechaba que eran más de diez. Frente al lecho conyugal, el ropero laqueado en blanco con puertas de espejo, a su izquierda un tocadorcito, a la derecha una cómoda cubierta de mármol y, colgando del techo, no con una pantalla de tela como en el cuarto de estar sino con unos cuencos de porcelana rosa pálido sujetos a dos brazos de latón, de forma que al repartir la luz se veían las bombillas, la lámpara del dormitorio.

Hoy me he pasado la mañana tocando el tambor y haciéndole preguntas para saber si las bombillas de nuestro dormitorio eran de cuarenta o de sesenta vatios. No es la primera vez que me hago o que hago a mi tambor esa pregunta para mí tan importante. A menudo pasan horas hasta que consigo remontarme a aquellas bombillas. Porque ¿no tengo que olvidar cada vez las mil fuentes de luz que, al entrar o salir de muchos pisos, he activado o extinguido, encendiendo o apagando los correspondientes interruptores, para, mediante un tamborileo sin florituras, salir de ese bosque de aparatos de iluminación normalizados y volver a aquellas lámparas de nuestro dormitorio del Labesweg?

Mamá dio a luz en casa. Cuando empezaron las contracciones estaba todavía en la tienda, llenando de azúcar bolsas azules de libra y media libra. Al final resultó demasiado tarde para llevarla a la maternidad; hubo que llamar, de la cercana Hertastraße, a una comadrona entrada en años, que sólo de vez en cuando echaba mano aún de su maletín. En el dormitorio, ella nos ayudó a mi mamá y a mí a separarnos.

Yo vi la luz de este mundo en forma de dos bombillas de sesenta vatios. Por ello, todavía hoy el texto bíblico «Hágase la luz, y la luz se hizo» me parece el eslogan publicitario más logrado de la empresa Osram. Salvo el obligado desgarro del perineo, mi nacimiento se produjo sin dificultades. Me liberé, sin esfuerzo, desde esa posición de cabeza tan apreciada por madres, fetos y comadronas.

Para decirlo enseguida: yo era uno de esos niños de pecho de oído fino cuyo desarrollo intelectual termina en el momento de nacer y en adelante no tiene más que afianzarse. Lo mismo que, de feto, me había escuchado sólo a mí mismo, sin dejarme influir y viéndome reflejado en el líquido amniótico, escuchaba ahora críticamente las primeras manifestaciones espontáneas de mis padres bajo las bombillas. Mi oído estaba totalmente despierto. Aunque mis orejas podían calificarse de pequeñas, torcidas y pegadas al cráneo y todo lo más de graciosas, guardaban sin embargo cada una de aquellas consignas para mí tan importantes a partir de entonces, porque constituían mis primeras impresiones. Es más: lo que captaba con el oído lo valoraba enseguida con mi diminuto cerebro y, tras haber considerado suficientemente todo lo escuchado, decidía hacer esto o aquello, y no hacer, desde luego, aquello otro.

—Un chico —dijo aquel señor Matzerath que suponía era mi padre—. Más adelante se hará cargo del negocio. Ahora sabremos por fin para qué trabajamos tanto.

Mamá pensaba menos en el negocio y más en la ropita de su hijo:

—Bueno, yo sabía que a iba a ser un niño, aunque a veces dijera que sería una chica.

De esa forma conocí pronto la lógica femenina, y después pude escuchar:

—Cuando el pequeño Oskar cumpla tres años, recibirá un tambor de hojalata.

Sopesando un buen rato la promesa materna y la paterna, observé y escuché, yo, Oskar, a una mariposa nocturna que se había equivocado al entrar volando en el cuarto. De tamaño mediano y peluda, cortejaba a las dos bombillas de sesenta vatios, arrojando sombras que, desproporcionadas con respecto a la envergadura de sus alas, cubrían, llenaban y ampliaban con movimientos espasmódicos la habitación y su mobiliario. Sin embargo, lo que me impresionó no fue tanto el juego de luces y sombras como el ruido que surgía entre mariposa y bombilla; la mariposa parloteaba, como si tuviera prisa por deshacerse de su ciencia, como si no tuviera ya tiempo para futuros coloquios con fuentes de luz, como si aquel diálogo entre mariposa y bombilla fuera en cualquier caso la última confesión de la mariposa y, tras esa especie de absolución que imparten las bombillas, no hubiera ya oportunidad para el pecado ni el éxtasis.

Oskar dice hoy sencillamente que la mariposa tocaba el tambor. He oído tocar el tambor a conejos, zorros y lirones. Las ranas son capaces de concitar tempestades tocando el tambor. Se dice del picapinos que, tocando el tambor, hace salir a los gusanos de su escondite. Al fin y al cabo, el hombre toca bombos, platillos, atabales y tambores. Se habla de revólveres de tambor, de fuego de tambor, tocando el tambor se saca a la gente de su casa, se la convoca tocando el tambor y a tambor batiente se la lleva a la tumba. Eso lo hacen tamborileros, niños y muchachos. Hay compositores que escriben conciertos para cuerda y percusión. Puedo recordar retretas grandes y pequeñas, y también los intentos de Oskar hasta el presente; todo ello no es nada en comparación con la orgía tamborilera que interpretó la mariposa con motivo de mi nacimiento, sobre dos sencillas bombillas de sesenta vatios. Tal vez haya negros en lo más oscuro de África y también en América que no hayan olvidado todavía África, tal vez pueda esa gente rítmicamente organizada, de una forma igual o parecida a la de mi mariposa nocturna o imitando a las mariposas nocturnas africanas —que como es sabido son mayores y más espléndidas que las de la Europa Oriental—, tocar el tambor de una forma disciplinada y desatada a la vez; yo me atengo a mis cánones europeo-orientales, es decir, a aquella mariposa nocturna de tamaño mediano y empolvada de pardo del momento de mi nacimiento, y la llamo maestra de Oskar.

Fue en los primeros días de septiembre. El Sol estaba bajo el signo de Virgo. Desde lejos avanzaba por la noche, desplazando cajas y armarios, una tormenta de fines de verano. Mercurio me hizo crítico, Urano imaginativo, Venus me dio acceso a la pequeña felicidad, Marte me hizo creer en mi ambición. En la casa del Ascendente subía Libra, lo que me hizo sensible y dado a la exageración. Neptuno ocupaba la décima casa, la de la mitad de la vida, anclándome entre el milagro y la simulación. Fue Saturno el que, en la tercera casa en oposición a Júpiter, puso en duda mis orígenes. Sin embargo, ¿quién envió a la mariposa, permitiendo que ella y el estruendo de una tormenta de fin de verano, propio de un profesor de instituto, aumentaran en mí el deseo del tambor de hojalata prometido por mi madre e hicieran que ese instrumento me resultara cada vez más manejable y deseable?

Gritando por fuera y fingiendo ser un lactante amoratado, tomé la decisión de rechazar categóricamente la propuesta de mi padre, es decir, todo lo relacionado con la tienda de ultramarinos, y considerar en cambio con benevolencia, llegado el momento, es decir, con ocasión de mi tercer aniversario, el deseo de mi madre.

Aparte de todas esas especulaciones relativas a mi futuro, me confirmé en mi idea: mamá y aquel padre Matzerath no eran capaces de comprender mis objeciones y decisiones ni de, llegado el caso, respetarlas. Solitario e incomprendido, Oskar yacía bajo las bombillas, y llegó a la conclusión de que seguiría siendo así hasta que, sesenta o setenta años más tarde, un cortocircuito definitivo interrumpiera la corriente de todas las fuentes de luz, y por ello perdió el gusto por la vida antes de que ésta comenzara bajo las bombillas; sólo la promesa del tambor de hojalata me impidió expresar con más fuerza mi deseo de volver a mi condición de feto en posición de cabeza.

Además, la comadrona me había cortado ya el cordón umbilical; no había nada que hacer.

cap4

 

El álbum de fotos

Guardo un tesoro. Todos esos años malos, compuestos sólo por días de calendario, lo he guardado, escondido, vuelto a sacar; durante el viaje en aquel vagón de mercancías lo apretaba codiciosamente contra mi pecho y, cuando dormía, Oskar dormía sobre su tesoro, el álbum de fotos.

¿Qué haría yo sin esa tumba familiar abierta a la luz, que lo aclara todo? Tiene ciento veinte páginas. En cada página hay pegadas, una al lado o debajo de otra, en ángulo recto, cuidadosamente distribuidas, respetando aquí la simetría y cuestionándola allá, cuatro o seis fotos, a veces sólo dos. Está encuadernado en piel y, cuanto más viejo se vuelve, tanto más huele a ella. Hubo épocas en que el viento y el tiempo atmosférico lo afectaron. Las fotos se despegaban y, por su estado de desamparo, me obligaban a buscar tranquilidad y ocasión para asegurar con pegamento a aquellas imágenes casi perdidas su lugar establecido. ¿Qué cosa en el mundo, qué novela tendría la amplitud épica de un álbum de fotos? Que Dios nuestro señor, que, como diligente aficionado, nos fotografía todos los domingos desde lo alto, es decir, desde una perspectiva imposible, y, con exposición más o menos afortunada, nos pega en su álbum, me guíe con paso firme por ese álbum mío, evitando toda demora indebida, por agradable que sea, y sin alimentar la afición de Oskar por lo laberíntico; cuánto me gustaría poder ofrecer los originales después de las fotos.

Dicho sea de paso: hay en él los uniformes más variados, las modas y los peinados cambian, mamá engorda y Jan se vuelve más flácido, hay personas a las que ni conozco y entonces hay que adivinar: ¿quién hizo la foto?, porque la cosa va decayendo; la foto artística de fines de siglo degenera en la utilitaria de nuestros días. Tomemos este monumento de mi abuelo Koljaiczek y esta foto de pasaporte de mi amigo Klepp. La simple comparación del retrato de mi abuelo, de color parduzco, y esa foto lisa de pasaporte de Klepp, que está pidiendo a gritos un sello de caucho, me hace comprender una y otra vez adónde nos ha llevado el progreso en el campo de la fotografía. Por no hablar de todo lo que acompaña a esa fotografía rápida. En eso tengo que hacerme más reproches a mí mismo que a Klepp, porque yo, propietario del álbum, hubiera debido velar por su calidad. Si alguna vez vamos a parar al infierno, uno de los tormentos más refinados consistirá en encerrar en una habitación al ser humano desnudo con las fotos enmarcadas de su tiempo. Rápidamente un poco de patetismo: ¡Hombre entre fotos al minuto, instantáneas y fotos de pasaporte! ¡Hombre bajo el flash, hombre de pie ante la torre de Pisa torcida, hombre de fotomatón que debe iluminar su oreja derecha para ser digno del pasaporte! Y ahora... sin patetismo: tal vez ese infierno resulte incluso soportable, porque las peores fotos sólo se sueñan, no se hacen y, si se hacen, no se revelan.

Klepp y yo nos hacíamos esas fotografías y las revelábamos en nuestra primera época de la calle de Jülich, en la que nos hicimos amigos comiendo espaguetis. Yo tenía entonces planes de viaje. Lo que quiere decir que estaba tan triste que tenía ganas de viajar y, por ello, quería solicitar un pasaporte. Sin embargo, como no tenía suficiente dinero para costearme un viaje de veras, es decir, que incluyera Roma, Nápoles o, por lo menos, París, me alegré de esa falta de dinero contante, porque nada hubiera sido más triste que salir de viaje estando deprimido. Como los dos, Klepp y yo, teníamos dinero suficiente en aquellos tiempos para ir al cine, íbamos a las salas en que, a gusto de Klepp, pasaban películas del Oeste y, con arreglo a mis necesidades, cintas en las que Maria Schell, vestida de enfermera, lloraba y Dieter Borsche, de director del hospital, tras una operación de lo más difícil, tocaba en el piano ante el balcón abierto sonatas de Beethoven, mostrando así su sentido de la responsabilidad. Sufríamos mucho porque las funciones sólo duraban dos horas. Algunos programas hubiéramos querido verlos dos veces. A menudo nos levantábamos después de terminar la película con la intención de comprar en la taquilla otra entrada para la misma función. Sin embargo, en cuanto salíamos de la sala y veíamos la cola más o menos larga, nos faltaba valor. No sólo nos daba demasiada vergüenza la taquillera para atrevernos a alargar la cola de la taquilla, sino también nos la daban aquellas personas totalmente desconocidas que, de forma realmente descarada, nos escrutaban el rostro.

De forma que, casi después de cada función, íbamos a un fotógrafo de las proximidades de la plaza Graf Adolf para hacernos fotos de pasaporte. Nos conocían ya, sonreían cuando entrábamos y nos invitaban amablemente a tomar asiento: éramos clientes y por tanto personas respetadas. En cuanto la cabina quedaba libre, una señorita, de la que sólo recuerdo que era simpática, nos metía en ella a los dos, sucesivamente, y nos colocaba bien, nos acicalaba, primero a mí y luego a Klepp, ordenándonos luego que mirásemos a un punto determinado, hasta que una luz centelleante y un timbre sincronizado nos indicaban que habíamos sido captados seis veces sucesivas por la placa.

Apenas fotografiados y todavía con las comisuras de la boca algo contraídas, la señorita nos hacía sentarnos en cómodas sillas de mimbre y, simpática, sólo simpática pero también simpáticamente vestida, nos pedía cinco minutos de paciencia. Nosotros aguardábamos de buena gana. Al fin y al cabo teníamos una razón para esperar: nuestras fotos de pasaporte, por las que tanta curiosidad sentíamos. Pasados siete minutos escasos, la señorita, siempre simpática pero por lo demás indescriptible, nos daba dos bolsitas con las fotos y pagábamos.

¡Qué triunfo se reflejaba en los ojos ligeramente saltones de Klepp! En cuanto teníamos las bolsitas, teníamos también pretexto para ir a la cervecería más próxima; porque a nadie le gusta contemplar sus fotos de pasaporte en una calle abierta y polvorienta, en medio del ruido y estorbando a los transeúntes. Lo mismo que éramos fieles a la tienda de fotos, íbamos también una y otra vez a la misma tasca de la Friedrichstraße. Tras encargar cerveza y morcilla con cebolla y pan negro, y antes de que nos trajeran lo encargado, extendíamos las fotos, algo húmedas, por todo el tablero de la mesa, y nos sumíamos, entre cerveza y morcilla rápidamente servidas, en la contemplación de nuestros tensos rasgos faciales.

Además, llevábamos siempre con nosotros las fotos hechas con motivo de la función de cine anterior. Así que había oportunidad para comparaciones y, cuando hay oportunidad para comparaciones, la hay también para ordenar una segunda, tercera o cuarta cerveza, a fin de levantar el ánimo o, como se dice en Renania, crear ambiente.

No se pretende ahora, sin embargo, que un hombre triste pueda, por medio de una foto de pasaporte, hacer que su propia tristeza se vuelva incorpórea; porque la tristeza auténtica es ya incorpórea de por sí; al menos la mía y también la de Klepp no podían atribuirse a nada y, precisamente por su incorporeidad casi gratuita, mostraban una fuerza que nada podía ahuyentar. Si había alguna oportunidad de flirtear con nuestra tristeza era sólo mediante aquellas fotos, porque en esas fotos rápidas hechas en serie nos veíamos, aunque no con claridad, sí, lo que era más importante, pasivos y neutralizados. Podíamos comportarnos con nosotros mismos como quisiéramos, beber mientras tanto cerveza, ensañarnos con las morcillas, crear ambiente y jugar. Doblábamos, plegábamos y cortábamos las fotos con tijeras que llevábamos expresamente para ese fin. Combinábamos fotos viejas y nuevas, nos quedábamos tuertos o con tres ojos, nos poníamos narices en el sitio de las orejas, hablábamos o callábamos con la oreja derecha y juntábamos la frente con la barbilla. No eran sólo nuestras propias fotos las sometidas a ese montaje: Klepp tomaba prestados detalles de las mías, y yo me permitía utilizar algo característico de las de él; conseguíamos crear seres nuevos y, según esperábamos, más felices. De vez en cuando regalábamos alguna de las fotos.

Nosotros —me limito ahora a Klepp y a mí, dejando fuera a los personajes surgidos del montaje— nos habíamos acostumbrado a regalar en cada visita una foto al camarero de la cervecería, al que llamábamos Rudi, y caíamos por la cervecería al menos una vez por semana. Rudi, un tipo que hubiera merecido tener doce hijos y ser tutor de otros ocho, sabía lo que necesitábamos, y tenía ya docenas de fotos nuestras de perfil y, todavía más, de frente, pero ponía siempre cara de interés y nos daba las gracias cuando, tras larga deliberación y una selección minuciosa, le dábamos las fotos.

Oskar no regaló nunca ninguna foto a la camarera de la barra ni a la pelirroja de la bandejita de tabaco; no hay que dar fotos a las mujeres... Abusan de ellas. Klepp, sin embargo, que a pesar de su corpulencia se desvivía por las mujeres y, comunicativo hasta la temeridad, hubiera cambiado a cualquiera de ellas como se cambia de camisa, debió de regalar un día una foto, sin que yo lo supiera, a la chica de los cigarrillos, porque se prometió con aquella jovencita descarada y un día se casó con ella para recobrar su foto.

Me he anticipado al dedicar demasiado espacio a las últimas páginas del álbum de fotos. Esas instantáneas estúpidas no lo merecen, o sólo como término de comparación para explicar lo grande e inaccesible, incluso artístico, que me parece todavía hoy el retrato de mi abuelo Koljaiczek de la primera página del álbum.

Está de pie, bajo y ancho, junto a una mesita torneada. Por desgracia, no se hizo fotografiar como incendiario sino como Wranka, bombero voluntario. Le falta por consiguiente el bigote. Sin embargo, el uniforme de bombero muy ajustado, con la medalla de salvamento, y su casco de bombero que convierte la mesita en altar sustituyen casi al bigote de incendiario. ¡Qué seria y qué consciente de todo el dolor de principios de siglo es su mirada! Esa mirada, orgullosa pese a todas las tragedias, parece haber estado de moda y ser habitual en la época del Segundo Imperio, porque la exhibe también Gregor Koljaiczek, el borracho, que en las fotos parece más bien un polvorista sobrio. Más mística, por haber sido hecha en Częstochowa, es la foto que capta a Vinzent Bronski con un cirio bendito en la mano. Un retrato de juventud del enclenque Jan Bronski constituye un testimonio de virilidad conscientemente melancólica obtenido por los medios de la fotografía primitiva.

En las mujeres de la época, esa mirada, acompañada de la actitud idónea, era más rara. Hasta mi abuela Anna, que sin embargo, Dios lo sabe, era todo un personaje, se esconde en las fotos de antes de la Primera Guerra Mundial tras una sonrisa algo tonta, que no deja sospechar nada de la amplitud del asilo que ofrecían sus cuatro faldas superpuestas, tan discretas.

Todas siguieron sonriendo durante los años de la guerra a fotógrafos que bailoteaban, haciendo clic-clic, bajo un paño negro. Y tengo nada menos que a veintitrés enfermeras, entre ellas mamá, en calidad de auxiliares del hospital militar de Silberhammer, intimidadas y agrupadas en torno a un oficial médico protector, sobre un cartón fuerte de tamaño postal doble. Un poco más naturales se muestran las damas del hospital en una escena, preparada, de una fiesta de disfraces, en la que aparecen también soldados convalecientes. Mamá se atreve a guiñar un ojo y esbozar un besito que, a pesar de sus alas de ángel y de las tiritas de plata de su pelo, parece decir: También los ángeles tienen sexo. Matzerath, arrodillado ante ella, ha escogido un disfraz que le hubiera gustado llevar a diario: aparece como cocinero, con un cucharón y bajo un gorro blanco y almidonado. En cambio, de uniforme, con la Cruz de Hierro de segunda clase, mira también de frente, como Koljaiczek y Bronski, de una forma conscientemente trágica, y se muestra en todas las fotos superior a las mujeres.

Después de la guerra las caras son diferentes. Los hombres tienen cierto aire de desmovilizados, y ahora son las mujeres, que saben adaptarse al nuevo formato, las que tienen motivo para mirar seriamente y, aunque sonrían, no pretenden negar su trasfondo de dolor adquirido. La melancolía sienta bien a las mujeres de los años veinte. ¿Acaso no consiguen sentadas, de pie o semiechadas, con esas medialunas negras en las sienes, establecer una relación armoniosa entre lo virginal y lo venal?

La foto de mi mamá a los veintitrés años —debió de ser tomada poco antes de comenzar su embarazo— muestra a una mujer joven que inclina ligeramente su cabeza redonda y tranquila sobre un cuello carnoso y firme, aunque mira directamente a los ojos de quien contemple su imagen, suavizando sus contornos, puramente sensuales, con la mencionada sonrisa melancólica y un par de ojos que, más grises que azules, parecen acostumbrados a contemplar las almas de sus semejantes y también la propia como objetos sólidos, digamos una taza de café o una boquilla de fumar. Sin embargo, la palabra «sensible» no bastaría si quisiera aplicarla como adjetivo a la mirada de mi mamá.

No más interesantes, pero más fáciles de juzgar y por ello más reveladoras, son las fotos de grupo de aquella época. Resulta asombroso cuánto más bellos y nupciales eran los vestidos de novia cuando se firmó el Tratado de Rapallo. Matzerath lleva aún cuello duro en su foto de bodas. Tiene buen aspecto, elegante, casi intelectual. Adelanta el pie derecho, queriendo parecerse quizá a algún actor de cine de su tiempo, tal vez Harry Liedtke. Entonces se llevaba la falda corta. El vestido de novia de mi mamá, un vestido blanco plisado con mil pliegues, le llega apenas por debajo de la rodilla y deja ver sus bien torneadas piernas y sus delicados piececitos bailarines con blancos zapatos de hebilla. En otras fotografías se apiñan todos los invitados a la boda. Entre los que se visten y posan como urbanitas, llaman siempre la atención la abuela Anna y su bienaventurado hermano Vinzent, por su rigor provinciano y una inseguridad que inspira confianza. Jan Bronski, que, como mi mamá, procede del mismo campo de patatas que mi tía Anna y su padre, el devoto de la Virgen celestial, consigue disimular su origen campesino cachubo tras la elegancia festiva de un secretario del Correo Polaco. Por pequeño y amenazado que aparezca entre los que son robustos y ocupan lugar, sus insólitos ojos y la regularidad casi femenina de su rostro hacen que, hasta cuando se encuentra al margen, sea el centro de todas las fotos.

Hace ya un rato que contemplo un grupo fotografiado poco después de la boda. Tengo que echar mano del tambor para tratar de conjurar en su lata laqueada con mis palillos, en ese rectángulo mate y parduzco, al trío reconocible sobre el cartón.

La ocasión para esa foto debió de darse en la esquina de Magdeburger Straße y Heeresanger, junto a la residencia de estudiantes polaca, o sea, en casa de los Bronski, porque muestra al fondo un balcón al sol, semicubierto por judías trepadoras como sólo se veían en los pisos del barrio polaco. Mamá está sentada, Matzerath y Jan Bronski de pie. Pero ¡cómo está sentada, cómo están los otros de pie! Por algún tiempo, fui suficientemente tonto para querer medir, con ayuda de un compás escolar, regla y escuadra, que Bruno tuvo que comprarme, la constelación de ese triunvirato... porque mamá sustituye por completo a un hombre. Ángulo de inclinación del cuello, un triángulo escaleno, hice desplazamientos paralelos, establecí congruencias forzadas, tracé curvas que, significativamente, se cortaban fuera, es decir, en el follaje de las judías trepadoras, y que debían proporcionarme un punto, porque yo buscaba un punto, creía en un punto y necesitaba un punto, punto de referencia, punto de partida, si es que no punto de vista.

Con esas mediciones diletantes no conseguí más que unos agujeros diminutos, pero molestos, que hice con las puntas del compás en los lugares más importantes de la preciosa foto. ¿Qué tiene de particular esa foto? ¿Qué me hizo buscar y, si se quiere, encontrar incluso relaciones matemáticas y, lo que es más ridículo aún, cósmicas? Tres personas: una mujer sentada y dos hombres de pie. Ella, con el pelo oscuro lavado y marcado; Matzerath, rubio rizado; Jan, con su pelo castaño liso, peinado hacia atrás. Los tres sonríen: Matzerath más que Jan Bronski, ambos muestran los dientes superiores, juntos, cinco veces más que mamá, que sólo insinúa una sonrisa en la comisura de los labios y absolutamente nada en los ojos. Matzerath posa la mano izquierda en el hombro derecho de mamá; Jan se contenta con apoyar ligeramente la mano derecha en el respaldo de la silla. Ella, con las rodillas hacia la derecha, pero mirando de frente desde las caderas, tiene en su regazo un cuaderno que, durante bastante tiempo, tomé por uno de los álbumes de sellos de Bronski, luego por una revista de modas y finalmente por una colección de estampitas de cajetillas de tabaco con actores de cine famosos. Las manos de mamá hacen como si quisieran hojearlo en cuanto se impresione la placa y acabe la foto. Los tres parecen felices y, pretendiendo ser buenos, parecen invulnerables a sorpresas que únicamente se producen cuando alguno de los miembros de un triunvirato tiene sus escondites secretos o los ha tenido desde el principio. Sólo guardan relación con la cuarta persona, es decir, Hedwig Bronski, la mujer de Jan, de soltera Lemke y que posiblemente en ese momento está ya embarazada del futuro Stephan, en la medida en que ella tiene que enfocar con el aparato fotográfico a los tres, a fin de que su triple felicidad se conserve al menos por medio de la fotografía.

He despegado otros rectángulos del álbum, colocándolos junto a ese rectángulo. Vistas en las que se puede reconocer a mamá con Matzerath o a mamá con Jan Bronski. En ninguna de esas fotos resulta tan evidente lo irrevocable, la última solución posible, como en la foto del balcón. Jan y mamá en una placa: huele a tragedia, buscadores de oro y extravagancia que se convierte en fastidio, un fastidio que lleva consigo la extravagancia. Matzerath junto a mamá: ahí gotea potencia de fin de semana, chisporrotean los escalopes, se refunfuña un poco antes de la cena y se bosteza luego, se cuentan chistes antes de acostarse o se amenaza con la declaración de la renta a fin de que el matrimonio tenga un trasfondo intelectual. Sin embargo, prefiero ese aburrimiento fotográfico a la indecente instantánea de años posteriores, que muestra a mamá sobre las rodillas de Jan Bronski ante el decorado del bosque de Oliva, cerca de Freudenthal. Esa obscenidad —Jan está metiendo la mano bajo el vestido de mamá— sólo recoge la ciega pasión de la infeliz pareja, adúltera desde el primer día del matrimonio Matzerath y para la que, supongo, es Matzerath el insensible fotógrafo. No se ve nada de aquella serenidad de la foto hecha en el balcón, de los gestos cuidadosamente conscientes que con probabilidad sólo eran posibles cuando los dos hombres se situaban detrás o al lado de mamá, o a sus pies, como en la arena de la playa del balneario de Heubude; véase foto.

Hay todavía un rectángulo que muestra a las tres personas más importantes de mis primeros años formando un triángulo. Aunque no tan concentrado como la foto del balcón, irradia sin embargo la misma paz tensa, que sin duda sólo puede establecerse, y posiblemente firmarse, entre tres personas. Se puede despotricar como se quiera contra la temática triangular tan popular en el teatro; pero ¿qué pueden hacer dos personajes solos sobre el escenario, salvo discutir hasta el hastío o desear secretamente a un tercero? En mi pequeña foto están los tres. Juegan al skat. Es decir, sostienen los naipes como abanicos bien organizados, pero no miran sus triunfos para poder pujar al máximo, sino al aparato fotográfico. La mano de Jan reposa plana, salvo el índice levantado, junto a la calderilla, Matzerath clava las uñas en el tapete y mamá se permite una pequeña broma que me gustaría creer lograda: ha sacado una carta y la muestra al objetivo de la cámara, pero no a sus compañeros de juego. ¡Con qué facilidad, mediante un solo gesto, enseñando simplemente la reina de corazones, se puede invocar un símbolo que no deja de ser discreto! Porque ¡quién no juraría por la reina de corazones!

El skat —que, como debiera saberse, sólo se puede jugar entre tres— no era para mamá y los dos hombres solamente el juego más apropiado; era su refugio, su puerto, al que volvían siempre cuando la vida quería seducirlos para que vivieran en esta o aquella combinación de dos, jugando a juegos estúpidos como el sesenta y seis o el tres en raya.

Basta ya con los tres que me trajeron al mundo, aunque no les faltara nada. Antes de ocuparme de mí, unas palabras sobre Gretchen Scheffler, la amiga de mamá, y su marido y panadero Alexander Scheffler. Él, calvo; ella, riéndose con una dentadura de caballo compuesta en más de su mitad por dientes de oro. Él, paticorto y sin llegar nunca a la alfombra cuando se sentaba en una silla; ella, con vestidos de punto, hechos por ella misma con gran abundancia de dibujos. Más adelante, fotos de los dos Scheffler en hamacas o delante de los botes de salvamento del barco de La Fuerza por la Alegría Wilhelm Gustloff, así como en la cubierta de paseo del Tannenberg, del servicio marítimo de la Prusia Oriental. Año tras año, hacían viajes y traían recuerdos de Pillau, de Noruega, de las Azores o de Italia, sin que se rompieran, a su casa del Kleinhammerweg, donde él cocía panecillos y ella adornaba con festones las fundas de los cojines. Cuando Alexander Scheffler no hablaba, se humedecía incansablemente con la punta de la lengua el labio superior, lo que le criticaba el verdulero Greff, amigo de Matzerath, que vivía casi enfrente, por considerarlo indecente y de mal gusto.

Aunque Greff estuviera casado, era más jefe de exploradores que marido. Una foto lo muestra ancho, seco, sano y con uniforme de pantalón corto, cordones de jefe y sombrero de explorador. A su lado está, con el mismo atuendo, un chico rubio, con ojos un poco demasiado grandes, quizá de unos trece años, al que Greff pone la mano izquierda sobre el hombro, apretándolo contra sí con afecto. Al chico yo no lo conocía, pero a Greff lo iba a conocer y comprender más adelante a través de su esposa Lina.

Me pierdo entre instantáneas de viajeros de La Fuerza por la Alegría y testimonios de delicado erotismo explorador. Paso rápidamente unas páginas para llegar a mí, a mi primera imagen fotográfica.

Yo era un niño guapo. La foto se hizo en la Pascua de Pentecostés del año veinticinco. Tenía ocho meses, dos menos que Stephan Bronski, que aparece en la página siguiente, en una foto del mismo tamaño, irradiando una vulgaridad indescriptible. La postal tiene el borde ondulado, recortado artísticamente, y el reverso rayado para escribir la dirección, probablemente se hizo una edición numerosa para el consumo familiar. La parte fotográfica muestra, en el apaisado rectángulo, la forma de un huevo excesivamente simétrico. Desnudo y simbolizando la yema, yo estoy echado boca abajo sobre una piel blanca, que debió legar algún oso polar a un fotógrafo profesional de la Europa Oriental especializado en fotos de bebés. Como para muchas fotos de aquella época, también para mi primer retrato se eligió ese tono cálido, inconfundiblemente parduzco, que yo llamaría humano en contraposición al de las fotos en blanco y negro, inhumanamente brillantes, de nuestros días. Un follaje difuso y mate, probablemente pintado, forma el fondo oscuro, aliviado por algunas manchas de luz. Mientras mi cuerpo liso y sano reposa en posición ligeramente diagonal sobre la piel, disfrutando del hábitat polar del oso, mantengo en alto con esfuerzo mi cabeza de niño, redonda a más no poder, mirando con ojos relucientes a cualquier posible espectador de mi desnudo.

Se dirá: una foto de niño como todas las fotos de niños. Miren, por favor, esas manos: tendrán que reconocer que mi retrato más temprano se diferencia memorablemente de los innumerables productos artísticos de diferentes álbumes de fotos que muestran siempre criaturas igualmente adorables. Estoy con los puños cerrados. No son dedos de salchicha que, olvidados de sí mismos y obedeciendo a un oscuro instinto táctil, jueguen con los mechones de la piel de oso. Muy apretados, mis pequeños puños flotan a los lados de mi cabeza, dispuestos siempre a dejarse caer y dar el tono. ¿Qué tono? ¡El tono del tambor!

Todavía falta lo que, con motivo de mi nacimiento, me prometieron bajo las bombillas para mi tercer cumpleaños: sin embargo, para un experto en montar fotos resultaría facilísimo insertar el cliché correspondiente, o sea, reducido, de un tambor de niño, sin necesidad de retocar lo más mínimo la posición de mi cuerpo. Sólo habría que quitar ese estúpido animal de trapo al que no hago caso. Es un elemento extraño en la composición, por lo demás lograda, que tiene por tema esa edad sagaz y clarividente en que quieren abrirse paso los primeros dientes de leche.

Más tarde no me pusieron ya sobre pieles de oso polar. Debía de tener año y medio cuando, en un cochecito de niño de grandes ruedas, me colocaron delante de una valla de madera, cuyas puntas y travesaños aparecen tan claramente dibujados por una capa de nieve que tengo que suponer que la foto fue hecha en enero del veintiséis. La hechura tosca y olorosa a madera alquitranada de la valla se asocia para mí, si la contemplo largamente, al suburbio de Hochstrie, cuyas vastas instalaciones cuarteleras sirvieron de alojamiento en otro tiempo a los húsares de Mackensen, y en mi época a la policía del Estado Libre. Como, sin embargo, no puedo recordar a nadie que viviera en el mencionado suburbio, la foto debió de hacerse con ocasión de alguna visita única de mis padres a gente que nunca volvimos a ver, o sólo fugazmente.

Mamá y Matzerath, que tienen el cochecito entre los dos, no llevan abrigo, a pesar de la fría estación del año. Por el contrario, mamá lleva una blusa rusa, de cuello alto y manga larga, cuyos adornos bordados, sugiriendo una imagen invernal, dan la siguiente impresión: en el corazón de Rusia están fotografiando a la familia del zar y Rasputín se encarga de la cámara, yo soy el zarevich y tras la valla se amontonan mencheviques y bolcheviques que, fabricando bombas caseras, deciden el hundimiento de nuestra autocrática familia. El aire pequeñoburgués de Matzerath, correcto, centroeuropeo y, como se verá, prometedor, quita a la trágica balada que dormita en la foto su aspecto violento. Estaban en el pacífico Hochstrieß; abandonaron por un momento, sin ponerse los abrigos, la casa del anfitrión; se hicieron fotografiar por él con el pequeño Oskar, de aspecto debidamente encantador, en medio, para, inmediatamente después, pasar un rato calentito, dulce y agradable, con café, pasteles y nata montada.

Hay todavía su buena docena de instantáneas de Oskar echado, sentado, gateando y andando, de un año, de dos, de dos y medio. Las fotos son más o menos buenas, pero en conjunto representan sólo la fase preliminar del retrato de cuerpo entero que me hicieron con motivo de mi tercer aniversario.

Ahí lo tengo, mi tambor. Me cuelga flamante ante la barriga, con sus triángulos rojos y blancos. Ahí, seguro de mí mismo y con expresión decidida, cruzo los palos de madera sobre la lata. Ahí llevo un jersey a rayas. Ahí calzo brillantes zapatos de charol. Ahí tengo el pelo de punta, como un cepillo ansioso de cepillar. Ahí se refleja en cada uno de mis azules ojos una voluntad de poder que no necesitará vasallos. Ahí conseguí encontrar una posición que no tenía razón para abandonar. Ahí dije, ahí me decidí, ahí resolví no ser de ningún modo político y mucho menos comerciante de ultramarinos, sino poner punto final y quedarme así... Y me quedé así, me mantuve de ese tamaño y con ese atuendo durante muchos años.

Gente menuda y gente mayor, el Gran y el Pequeño Belt, las letras mayúsculas y minúsculas, Pipino el Breve y Carlomagno, David y Goliat, Pulgarcito y el Ogro; yo me quedé con mis tres años, gnomo, liliputiense, pequeñajo que no crecería, para librarme de diferencias como el pequeño y el gran catecismo y para no verme entregado, al llegar a un metro setenta y dos, es decir, a lo que se llama un adulto, a un hombre que hasta al afeitarse ante el espejo se consideraba mi padre, y tener que dedicarme a un negocio, unos ultramarinos que, como deseaba Matzerath, abrirían al Oskar de veintiún años el mundo de los adultos. Para no tener que andar traqueteando con una registradora me aferré a mi tambor y, desde mi tercer cumpleaños, no crecí ni un ápice, seguí siendo el de tres años, pero también el tres veces más listo, al que superaban todos los adultos en altura pero que iba a superarlos a todos, que no quería medir su sombra con la de ellos, que interior y exteriormente estaba completamente desarrollado —mientras que ellos, todavía en la vejez, tenían que decir tonterías sobre su desarrollo que sólo confirmaban lo que los demás aprendían con mucho esfuerzo y con dolor a veces— y que no necesitaba llevar zapatos ni pantalones nuevos cada año para probar que algo estaba creciendo.

Sin embargo, y en esto también Oskar tiene que confesar cierto desarrollo, hubo algo que creció —y no siempre para mi bien—, adquiriendo finalmente proporciones mesiánicas; sin embargo, ¿qué adulto tenía en mi época ojos y oídos para Oskar, el tamborilero, que seguía teniendo tres años?

cap5

 

Crista, crista, cristalito

Si acabo de describir una foto que muestra a Oskar de cuerpo entero, con tambor y palillos, y he informado al mismo tiempo de las decisiones largamente maduradas que Oskar tomó mientras se hacía la fotografía en presencia de los asistentes a su fiesta de cumpleaños y en torno al pastel con las tres velas, ahora que el álbum de fotos guarda silencio junto a mí, cerrado, tengo que sacar a la luz aquellas cosas que sin duda no explican por qué continuaba teniendo tres años, pero que sin embargo —causadas por mí— sucedieron.

Desde el principio me resultó claro: los adultos no te comprenderán; si no creces de una forma que ellos puedan ver te llamarán retrasado, te arrastrarán y arrastrarán su dinero a ochenta mil médicos, para encontrar, si no tu curación, al menos la explicación de tu enfermedad. Por consiguiente, a fin de limitar las consultas a unas dimensiones soportables, tenía que proporcionar yo mismo, antes de que el médico diera su explicación, un motivo plausible para mi falta de crecimiento.

Un soleado día de septiembre, mi tercer cumpleaños, finísimo cristal soplado de finales de verano y hasta las carcajadas de Gretchen Scheffler amortiguadas. Mamá, al piano, tocando aires de El Barón Gitano. Jan, detrás de ella y del taburete, rozándole el hombro y fingiendo seguir la partitura. Matzerath, en la cocina, preparando ya la cena. Mi abuela Anna, con Hedwig Bronski y Alexander Scheffler, colocándose más cerca del verdulero Greff, porque Greff sabía siempre historias, historias de exploradores en las que siempre se hacía gala de valor y lealtad; además, un reloj de pie que no se saltaba ni un cuarto de hora de aquel día de septiembre finamente hilado; y como todos, lo mismo que el reloj, estaban tan ocupados y, desde la Hungría del Barón Gitano, pasando por los exploradores de Greff que recorrían los Vosgos, iba una línea que pasaba junto a la cocina de Matzerath, en donde cantarelas cachubas con huevos revueltos y panceta se llevaban un sobresalto en la sartén, y que llegaba, a lo largo del pasillo, hasta la tienda, seguí esa línea de fuga, desenredando suavemente algo en mi instrumento, y me encontré, tras el mostrador, en la tienda: lejos quedaban el piano, las cantarelas y los Vosgos, y observé que la trampa del sótano estaba abierta; Matzerath, que había ido a buscar una lata de macedonia para el postre, debía de haber olvidado cerrarla.

Sin embargo, necesité un minuto al menos para comprender lo que la trampa del sótano me pedía. ¡No un suicidio, por Dios! Hubiera sido demasiado fácil. Lo otro, en cambio, era difícil y doloroso, exigía de mí un sacrificio y ya entonces, como siempre que se me pide un sacrificio, la frente se me cubrió de sudor. Sobre todo, mi tambor no debía sufrir ningún daño, tendría que bajarlo sano y salvo por los dieciséis desgastados peldaños, y colocarlo entre sacos de harina para justificar su indemnidad. Luego, arriba otra vez hasta el octavo escalón, no, uno más abajo, el quinto bastaría también. Sin embargo, la seguridad y unos daños verosímiles no se podían coordinar desde esa altura. Otra vez arriba, pues, hasta llegar, demasiado alto, al décimo peldaño, y finalmente me precipité de cabeza desde el noveno contra el suelo de cemento de nuestro sótano, arrastrando conmigo una estantería llena de botellas de jarabe de frambuesa.

Antes aún de que mi conciencia echara la cortina, pude comprobar el éxito de mi intento: las botellas de jarabe de frambuesa, arrastradas deliberadamente por mí al caer, causaron un estrépito suficiente para atraer a la tienda a Matzerath desde la cocina, a mamá desde el piano y al resto de los invitados de los Vosgos, para que se dirigieran a la trampa y bajaran las escaleras.

Antes de que llegaran, dejé que me hiciera efecto el olor del jarabe de frambuesa derramado, me di cuenta de que me sangraba la cabeza y pensé, cuando ellos estaban ya en la escalera, si era la sangre de Oskar o las frambuesas lo que olía tan dulce y adormecedoramente, pero me sentí contentísimo de que todo hubiera salido bien y, gracias a mi previsión, el tambor no hubiera sufrido daño alguno.

Creo que fue Greff quien me subió en brazos. Y hasta llegar al salón no volvió a emerger Oskar de aquella nube sin duda compuesta, a partes iguales, de jarabe de frambuesa y sangre joven. El médico no había llegado aún, y mamá gritó y golpeó en la cara varias veces a Matzerath, que quería tranquilizarla, y no sólo con la mano abierta sino también con los nudillos, llamándolo asesino.

Así pues, yo no solamente había proporcionado —y los médicos lo confirmaron una y otra vez— con una sola caída, sin duda no inofensiva, pero bien dosificada, el motivo tan importante para los adultos de mi falta de crecimiento, sino que, como propina y sin haberlo querido realmente, había convertido al inofensivo Matzerath en un Matzerath culpable. Él había dejado la trampa abierta y a él le echó mamá toda la culpa, y él tuvo que soportar esa culpa, que mamá le reprochó no con mucha frecuencia pero sí inexorablemente durante años.

A mí la caída me supuso cuatro semanas de hospitalización y luego, salvo las ulteriores visitas de los miércoles al Dr. Hollatz, un relativo descanso de los médicos; con ocasión de mi primer día de tamborilero, había conseguido dar al mundo un signo, y mi caso quedaba aclarado antes de que los adultos hubieran podido comprender las verdaderas circunstancias, por mí determinadas. En adelante se dijo: en su tercer cumpleaños, nuestro pequeño Oskar rodó por las escaleras del sótano, no se rompió nada, pero ya no quiso crecer.

Y empecé a tocar el tambor. Nuestra casa de alquiler tenía cuatro pisos. Desde la planta baja hasta el desván, yo subía y bajaba las escaleras tocando el tambor. Desde el Labesweg hasta la plaza Max Halbe, de allí a la Nueva Escocia, el camino Anton Möller, la calle de la Virgen María, el parque de Kleinhammer, la Fábrica de Cerveza (Sociedad Anónima) y el Estanque Sociedad Anónima, el prado Fröbel, el colegio Pestalozzi, el Mercado Nuevo y otra vez el Labesweg. Mi tambor lo resistía, pero no tanto los adultos, que querían interrumpir a mi tambor, cortar el paso a mi hojalata, echar la zancadilla a mis palillos... Pero la naturaleza me protegía.

La capacidad para poner entre los adultos y yo la necesaria distancia tocando un tambor de juguete se manifestó poco después de mi caída por la escalera del sótano, casi al mismo tiempo que la aparición de una voz que me permitía cantar, gritar o cantar gritando de forma sostenida y vibrante en un tono tan alto que nadie se atrevía a quitarme aquel tambor que le destrozaba los oídos; porque, cuando me quitaban el tambor, yo chillaba y, cuando chillaba, alguna cosa valiosa se hacía añicos; yo podía romper el cristal cantando; mi chillido mataba los floreros; mi canto hacía que los cristales de las ventanas se quebraran provocando corrientes de aire; mi voz, como un diamante casto y, por ello, implacable, cortaba las vitrinas y, sin perder su inocencia, irrumpía en ellas, arremetiendo contra los copas de licor de noble porte, regaladas por manos amorosas y ligeramente cubiertas de polvo.

No pasó mucho tiempo sin que mis facultades fueran conocidas en nuestra calle, desde el camino de Brösen hasta la urbanización cercana al aeródromo, o sea, en el barrio entero. Si me veían los niños de la vecindad, cuyos juegos como «Un, dos, tres, al escondite inglés», o «¿Dónde está la Cocinera Negra?», o «Veo, veo» no me interesaban, todo un coro de mocosos se ponía a berrear:

Crista, crista, cristalito,

azúcar en mano,

abre la puerta Frau Holda,

y empieza a tocar el piano.

Era, claro, una canción infantil tonta y sin sentido. A mí la canción no me molestaba apenas cuando, tras mi tambor, llevaba el paso a través del cristalito y Frau Holda, adoptando su ritmo sencillo no carente de encanto y tocando Crista, crista, cristalito, hacía que, sin ser el flautista de Hamelín, los niños me siguieran.

Todavía hoy, por ejemplo cuando Bruno limpia los cristales de mi habitación, doy a ese ritmo y esa rima un lugar en mi tambor.

Más molesta que la canción burlona de los niños de la vecindad, y más irritante, sobre todo para mis padres, era el hecho costoso de que me achacaran o más bien achacaran a mi voz todos los cristales rotos a pedradas por golfillos traviesos y malcriados. Al principio, mamá pagaba sin rechistar los cristales de las ventanas de las cocinas, casi siempre hechos pedazos con tirachinos, pero finalmente entendió también el fenómeno de mi voz y, con mirada objetiva y fríamente gris, exigía pruebas cuando se le pedía una indemnización por daños. Los vecinos eran realmente injustos conmigo. Nada resultaba en aquel tiempo más falso que suponer que yo estaba poseído de un destructivo furor infantil o que, de algún modo inexplicable, encontraba odiosos el cristal o los productos de cristal, lo mismo que hay niños que demuestran a veces, con ataques de furia, sus antipatías oscuras y arbitrarias. Sólo quien juega destruye intencionadamente. Yo no jugaba nunca, sino que trabajaba con mi tambor y, en lo que a mi voz se refiere, no respondía de momento más que en legítima defensa. Sólo la preocupación por continuar mi trabajo en el tambor me hacía utilizar las cuerdas vocales de aquella forma tan deliberada. Si hubiera podido, con los mismos medios y sonidos, cortar por ejemplo los aburridos manteles, bordados a diestro y siniestro, surgidos de la fantasía ornamental de Gretchen Scheffler, o eliminar el oscuro pulimento del piano, habría dejado gustoso, intacta y resonante, toda la cristalería. Sin embargo, los manteles y barnices eran indiferentes a mi voz. Ni podía borrar con un grito infatigable los motivos del papel pintado, ni lograba con dos notas prolongadas, ascendente y descendente, frotadas con esfuerzo como en la Edad de Piedra, producir calor suficiente para hacer saltar por fin la chispa que hubiera sido necesaria para convertir en llamas decorativas las cortinas secas como yesca y sazonadas con humo de tabaco de las dos ventanas del salón. No pude romper cantando ni una pata de las sillas en que se sentaban Matzerath o Alexander Scheffler. Me hubiera gustado defenderme de forma más inofensiva y menos milagrosa, pero no había nada inofensivo que me sirviera, sólo el vidrio me escuchaba y tenía que pagar por ello.

La primera representación con éxito de esa índole la ofrecí poco después de mi tercer cumpleaños. Para entonces tenía ya mi tambor, probablemente desde hacía más de cuatro semanas, y, aplicado como era yo, lo había roto a fuerza de tocar todo ese tiempo. Es verdad que su dentellado cerco rojiblanco seguía manteniendo unidos el fondo y la superficie del tambor, pero no se podía pasar por alto el agujero del centro del lado sonoro y, como yo desdeñaba su fondo, el agujero se hacía cada vez mayor, se desmoronaba, sus bordes se volvían dentellados y cortantes, se desprendían partículas de lata, adelgazadas por el tamboreo, que caían en el interior del tambor y resonaban malhumoradas a cada golpe, y por todas partes, sobre la alfombra del salón y el entarimado pardo rojizo de la alcoba, relucían pedacitos de esmalte blancos que no habían querido aguantar sobre la martirizada hojalata del tambor.

Tenían miedo de que pudiera lastimarme con los peligrosos bordes cortantes de lata. Especialmente Matzerath, que, tras mi caída por la escalera del sótano, se había vuelto cada vez más precavido, me aconsejaba precaución al tocar el tambor. Como las arterias de mis muñecas, agitándose con violencia, estaban siempre cerca de aquellos afilados bordes de cráter, tengo que reconocer que los temores de Matzerath, aunque exagerados, no carecían del todo de fundamento. Con un nuevo tambor hubieran podido eliminar cualquier peligro; pero ni pensaban en uno nuevo, querían quitarme mi viejo y querido tambor, que cayó conmigo, ingresó en el hospital y fue dado de alta conmigo, que subía y bajaba conmigo por las escaleras, que me acompañaba por adoquines y aceras, atravesando el «Un, dos, tres, al escondite inglés» y el «Veo, veo» y dejando de lado la «Cocinera Negra», querían quitarme aquella hojalata sin sustituirla por nada. Creían poder engatusarme con estúpido chocolate. Mamá me lo ofreció, frunciendo los labios en un beso. Y fue Matzerath quien, haciendo acopio de fuerzas, agarró mi inválido instrumento. Yo me aferré a la chatarra. Él tiró. Mis fuerzas, que apenas bastaban para tocar el tambor, flaquearon. Lentamente se me iba escapando una llama roja tras otra y ya iba a escurrírseme el redondel del cerco cuando Oskar, que hasta ese día había pasado por ser un niño tranquilo, casi demasiado bueno, consiguió lanzar su primer grito destructivo y eficaz: el disco de cristal biselado que protegía de polvo y moscas muertas la esfera de color miel de nuestro reloj de pie se partió y cayó sobre el entarimado pardo rojizo, volviendo a romperse en parte... porque la alfombra no llegaba hasta la base del reloj. El interior del valioso objeto, sin embargo, no sufrió daño alguno: el péndulo siguió tranquilamente su camino —si es que puede decirse eso de un péndulo—, y lo mismo las manecillas. Ni siquiera el carillón, que normalmente reaccionaba de forma sensible, casi histérica, a la menor sacudida y a los carros de cerveza que pasaban por la calle, se mostró impresionado por mi grito; sólo el cristal se rompió, pero a fondo.

—¡Se ha roto el reloj! —exclamó Matzerath, soltando el tambor. Una rápida ojeada me convenció de que mi grito no había causado daño alguno al reloj en sí y de que sólo había sido liquidado su cristal. A Matzerath, sin embargo, y también a mamá y al tío Jan Bronski, que aquel domingo por la tarde hacía su visita habitual, les pareció que se había roto algo más que el cristal de la esfera. Pálidos y con la mirada desamparada y desencajada, se observaban unos a otros, tanteaban la estufa de azulejos, apoyándose en el piano o el aparador, no se atrevían a desplazarse, y Jan Bronski movía sus secos labios bajo unos ojos suplicantemente entornados, de forma que aún hoy creo que los esfuerzos del tío se orientaban a algún rezo para pedir auxilio y compasión, como, por ejemplo: Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo... Miserere nobis. Ese texto tres veces y luego: ¡Señor, yo no soy digno de que entres en mi pobre morada, mas decid una palabra...!

Naturalmente, el Señor no decía nada. Al fin y al cabo, tampoco estaba roto el reloj, sólo el cristal. No obstante, la relación de los adultos con sus relojes es muy extraña, e infantil en un sentido en que yo nunca lo he sido. Aunque tal vez sea el reloj la realización más grandiosa de los adultos. Sea como fuere: en la misma medida en que los adultos pueden ser creadores, y lo son realmente con aplicación, ambición y un poco de suerte, se convierten enseguida, después de la creación, en criaturas de sus propios inventos trascendentales.

Además, todavía hoy, un reloj no es nada sin un adulto. Éste es quien le da cuerda, lo adelanta o lo atrasa, y lo lleva al relojero para que lo compruebe, limpie y, si hace falta, repare. Lo mismo que en el caso del canto del cuco que se cansa demasiado pronto, el salero que se vuelca, las arañas vistas por la mañana, los gatos negros que aparecen por la izquierda o el retrato al óleo del tío que se cae de la pared porque se ha aflojado el gancho al limpiarlo, similar al caso del espejo, los adultos ven detrás del reloj y en el reloj mismo más de lo que ningún reloj puede representar.

Mamá, que, pese a algunos rasgos fantasiosos y entusiastas, era de lo más sensato y que, aunque pudiera ser frívola, sabía interpretar favorablemente todo hipotético signo, encontró entonces las palabras salvadoras.

—¡Los vidrios rotos dan suerte! —gritó chasqueando los dedos, trajo el recogedor y la escobilla, y barrió los añicos o la suerte.

Si he de remitirme a las palabras de mamá, he traído mucha suerte a mis padres, parientes, conocidos y también desconocidos, porque, a cualquiera que intentara quitarme el tambor, le rompí, quebré o hice añicos, con mis gritos y chillidos, cristales de ventana, vasos de cerveza llenos, botellas de cerveza vacías, frasquitos de perfume que liberaban la primavera, cuencos de cristal con fruta de adorno; en pocas palabras, todo lo que, gracias al aliento de los sopladores de vidrio, salía cristalino de las vidrierías e iba a parar al mercado, en parte como simple vidrio y en parte como vidrio artístico.

Para no causar daños excesivos, porque me gustaban y me siguen gustando los productos de vidrio de formas bellas, cuando por la noche me querían quitar el tambor, que debía ir conmigo a la camita, hacía añicos una o más de las bombillas, de las cuatro que se esforzaban en la lámpara colgante de nuestro cuarto de estar. Por eso, en mi cuarto cumpleaños, a principios de septiembre del veintiocho, sumí en una oscuridad anterior a la creación del mundo, mediante un grito en redondo que aniquiló las cuatro bombillas de nuestra lámpara, a todos los que habían venido a mi cumpleaños: mis padres, los Bronski, la abuela Koljaiczek, los Scheffler y los Greff, que me habían regalado un montón de cosas: soldaditos de plomo, un barco de vela, un coche de bomberos..., pero ningún tambor de hojalata; a todos ellos, que querían que me dedicara a los soldaditos de plomo, que encontrara divertida la demencia de los bomberos, que no querían dejarme con mi tambor destrozado pero fiel, que intentaban arrebatarme la hojalata y darme a cambio aquel barquito ridículo y, además, mal aparejado, a todos los que tenían ojos para no verme ni ver lo que yo deseaba.

Cómo son los adultos: tras los primeros gritos de susto y un deseo casi ferviente de que la luz volviera, se acostumbraron a la oscuridad y, cuando mi abuela Koljaiczek, que era la única, además del pequeño Bronski, que no podía sacar provecho de las tinieblas, fue a buscar a la tienda velas de sebo, con el lloriqueante Stephan agarrado a sus faldas, y volvió con velas encendidas que iluminaron la habitación, el resto de los invitados, sumamente achispados, se había emparejado de forma curiosa.

Como cabía esperar, mamá, con la blusa desplazada, estaba acurrucada en las rodillas de Jan Bronski. Resultaba repugnante ver cómo el paticorto maestro panadero Alexander Scheffler desaparecía casi dentro de la Greff. Matzerath lamía los dientes áureos y equinos de Gretchen Scheffler. Y sólo Hedwig Bronski estaba sentada con sus mansos ojos vacunos a la luz de las velas, con las manos en el regazo, cerca pero no demasiado del verdulero Greff, que no había bebido nada y sin embargo cantaba dulce, melancólicamente, arrastrando nostalgia y animando a Hedwig Bronski a cantar con él. Cantaban a dos voces una canción de exploradores, según la cual un tal Cuentanabos tenía que vagar por los Montes de los Gigantes.

De mí se habían olvidado. Oskar estaba sentado bajo la mesa con el fragmento de su tambor, sacando todavía algo de ritmo de la hojalata, y es muy posible que los sonidos parcos pero acompasados del instrumento pudieran resultar sólo agradables para los que, intercambiados y en éxtasis, estaban sentados o tumbados en el cuarto. Porque, como un barniz, el tamboreo recubría los ruidos chasqueantes y succionantes que surgían de todas aquellas demostraciones febriles y esforzadas de su celo.

Seguí bajo la mesa cuando volvió mi abuela, semejante con las velas a un arcángel furioso, contempló Sodoma al resplandor de las luces, reconoció a Gomorra, organizó un alboroto temblándole las velas, dijo que todo aquello era una cochinada y puso fin tanto a los idilios como a los paseos de Cuentanabos por los Montes de los Gigantes; colocando las velas en platitos, sacando los naipes de skat del aparador, que arrojó sobre la mesa, y consolando a Stephan, que seguía lloriqueando, anunció la segunda parte de la fiesta de cumpleaños. Poco después Matzerath puso bombillas nuevas en los viejos portalámparas, se acercaron sillas y se abrieron con un chasquido botellas de cerveza; por encima de mí se entabló una partida de skat, a décimo de pfennig el punto. Al principio mamá propuso jugar a cuarto de pfennig, pero al tío Jan le pareció demasiado arriesgado, y si no hubiese habido rondas de cerveza y alguien no hubiera doblado, o prometido de vez en cuando un gran slam a sin triunfo, aumentando así considerablemente las apuestas, no habrían salido de aquella racanería.

Yo me sentía muy a gusto bajo la mesa, a sotavento del colgante mantel. Tamborileando con suavidad, acompañaba a los puños que iban soltando las cartas sobre mí, me sometía al curso del juego y, al cabo de una hora escasa de skat, me di cuenta: Jan Bronski perdía. Había tenido buenas cartas, pero sin embargo perdía. Y no era extraño, porque no prestaba atención. Tenía en la cabeza otras cosas muy distintas de sus diamantes sin dos. Ya al empezar el juego, mientras hablaba aún con su tía tratando de quitar importancia a la pequeña orgía de antes, se había descalzado el zapato negro abotinado del pie izquierdo y, con el pie metido en un calcetín gris, había buscado y encontrado, pasando por delante de mi cabeza, la rodilla de mamá, que estaba sentada ante él. Apenas sintió el contacto, mamá se acercó más a la mesa, de forma que Jan, cuya puja acababa de superar Matzerath y que había pasado con treinta y tres, le levantó el borde del vestido primero con la punta del pie y luego, con todo el calcetín habitado que, afortunadamente, era del mismo día y estaba casi limpio, se puso a deambular entre sus muslos. Toda mi admiración para mi mamá, que, a pesar de aquella molestia lanosa bajo la mesa, supo ganar arriba, sobre el tenso mantel, las jugadas más audaces, entre ellas un trébol sin cuatros, con mucho aplomo y los comentarios más chistosos, mientras que Jan, cada vez más intrépido abajo, perdía arriba varios juegos que hasta Oskar hubiera ganado con la seguridad de un sonámbulo.

Más tarde, el pequeño Stephan, cansado, se metió también bajo la mesa, pero se durmió enseguida sin comprender antes de dormirse lo que buscaba la pierna del pantalón de su padre bajo el vestido de mi mamá.

Entre sereno y nublado. Ligeros chubascos por la tarde. Al día siguiente vino Jan Bronski, recogió el regalo de cumpleaños que me había hecho, el inadecuado barco de vela, lo cambió en la juguetería de Sigismund Markus, en el pasaje del Arsenal, por un tambor de hojalata, volvió a última hora de la tarde, ligeramente pasado por agua, con aquel tambor de llamas rojas y blancas que me era tan familiar, y me lo tendió, cogiendo al mismo tiempo mi viejo y querido desecho de hojalata, al que sólo quedaban fragmentos de barniz rojo y blanco. Y mientras Jan agarraba el fatigado tambor y yo el nuevo, los ojos de Jan, mamá y Matzerath no perdían de vista a Oskar —casi tuve que sonreír—. ¿Pensaban que iba a aferrarme a lo antiguo, que alimentaba principios en mi pecho?

Sin lanzar el chillido esperado por todos, sin dejar resonar mi canto vitricida, entregué el tambor convertido en chatarra y me dediqué enseguida con ambas manos al nuevo instrumento. Después de dos horas de atentísimo tamboreo le había cogido ya el tranquillo.

Sin embargo, no todos los adultos de mi entorno se mostraron tan comprensivos como Jan Bronski. Poco después de mi quinto cumpleaños, en el año veintinueve —se habló mucho entonces de un derrumbe de la Bolsa de Nueva York y me pregunté si mi abuelo Koljaiczek, que comerciaba en maderas en el lejano Búfalo, habría sufrido también pérdidas—, mamá, inquieta por mi falta de crecimiento, imposible ya de desconocer, comenzó, llevándome de la mano, las visitas de los miércoles al consultorio del Dr. Hollatz, en el Brunshöferweg. Dejé que me hicieran aquellos reconocimientos sumamente molestos e interminables, porque ya entonces me gustaba el uniforme, blanco y agradable a la vista, de la enfermera Inge, que asistía en su labor a Hollatz, ya que me recordaba a mamá en su época de enfermera durante la guerra, recogida en las fotos, y, ocupándome intensamente del nuevo plisado de la enfermera Inge, conseguía no oír la verborrea atronadora del médico, unas veces marcadamente enérgica y otras desagradablemente condescendiente.

Con todo el inventario del consultorio reflejado en los cristales de sus gafas —había mucho cromo, níquel y esmalte; y además estantes y vitrinas, en los que se alineaban de pie tarros de vidrio pulcramente etiquetados, con serpientes, salamandras, sapos y embriones de cerdo, hombre y mono— y captando con los cristales aquellos frutos en alcohol, Hollatz movía la cabeza preocupado, después de los reconocimientos, y, repasando mi historial clínico, hacía que mamá le contara una y otra vez mi caída por la escalera del sótano, y la tranquilizaba cuando ella se ponía a insultar desaforadamente a Matzerath, por haber dejado abierta la trampa, declarándolo culpable por los siglos de los siglos.

Cuando, tras algunos meses, con ocasión de una de las visitas de los miércoles, probablemente para probarse a sí mismo, y quizá también a la enfermera Inge, el éxito del tratamiento aplicado, el Dr. Hollatz quiso quitarme el tambor, destruí la mayor parte de su colección de sapos y serpientes y todo lo que en materia de fetos de distintos orígenes había reunido.

Prescindiendo de los vasos de cerveza llenos pero no tapados y de los frascos de perfume de mamá, fue la primera vez que Oskar probó sus facultades con una multitud de tarros de cristal llenos y cuidadosamente cerrados. El éxito fue inigualable y, para todos los presentes, incluida mamá, que al fin y al cabo conocía mis relaciones con el cristal, abrumador y sorprendente. Ya con el primer sonido, lanzado todavía con contención, rajé a lo largo y a lo ancho la vitrina en que Hollatz guardaba todas sus repelentes curiosidades e hice volcarse hacia adelante un cristal casi cuadrado de la parte delantera de la vitrina, que cayó al suelo de linóleo, donde, plano y conservando aún su forma cuadrada, se partió en mil pedazos; di entonces algo más de perfil a mi grito y, con una casi derrochadora urgencia, fui visitando con aquel sonido tan ricamente dotado un tubo de ensayo tras otro.

Los cristales se rompían con un estallido. El alcohol verdoso, en parte espesado, salpicaba y se derramaba, arrastrando consigo sus contenidos pálidos, de aspecto un tanto afligido, por el suelo de linóleo rojo del consultorio y llenando la habitación de un olor, se podría decir, tan tangible que mamá sintió arcadas y la enfermera Inge tuvo que abrir la ventana que daba al Brunshöferweg.

El Dr. Hollatz supo convertir la pérdida de su colección en un éxito. Pocas semanas después de mi atentado apareció un artículo de su mano, en la revista especializada Médico y Mundo, que trataba de mí, el fenómeno vocal rompevidrios, Oskar M. La tesis del Dr. Hollatz, expuesta a lo largo de más de veinte páginas, causó al parecer sensación en los círculos especializados nacionales y extranjeros, suscitando objeciones pero también adhesiones de fuentes autorizadas. Mamá, que recibió varios ejemplares de la revista, se sentía orgullosa del artículo de una forma que me daba que pensar, no paraba de leer pasajes a los Greff, a los Scheffler, a su Jan y, una y otra vez, después de la cena, a su esposo Matzerath. Hasta los clientes de la tienda de ultramarinos tenían que aguantar aquellas lecturas, pero admiraban debidamente a mamá, que pronunciaba las expresiones técnicas de forma equivocada pero con mucha imaginación. A mí, el que mi nombre de pila apareciera por primera vez en un periódico no me dijo nada. Mi escepticismo, entonces ya muy despierto, me hacía juzgar el opúsculo del doctor Hollatz como lo que, bien mirado, era: una divagación muy larga, redactada con cierta habilidad, de un médico que aspiraba a conseguir una cátedra.

Hoy, en su establecimiento psiquiátrico, cuando su voz no puede ya agitar ni su vaso del cepillo de dientes, cuando médicos parecidos a aquel Hollatz entran y salen de su habitación, sometiéndolo a las llamadas pruebas de Rorschach, tests de asociación y toda clase de otras pruebas, con objeto de poder dar por fin un nombre que suene bien a su internamiento forzoso, hoy le gusta a Oskar recordar aquella época arcaica de su voz. Si en aquel primer periodo sólo destruía en caso de necesidad, pero entonces a fondo, los productos de silicato de cuarzo, más tarde, durante la época de apogeo y decadencia de su arte, se serviría de sus facultades aunque no experimentara coacción exterior alguna. Por puro instinto lúdico, cediendo al manierismo de una época tardía y dedicado a l’art pour l’art, la voz de Oskar se adentró en la estructura del cristal. Y mientras tanto él fue envejeciendo.