Querida Coqueta:
Recuerdo a la perfección todas las sensaciones que me azotaron el día que autopubliqué este libro y, para mi sorpresa, el ochenta por ciento de estas no fueron precisamente agradables. Miedo (más bien terror), vergüenza (ya ves tú, si dice mi madre que uno solo debe tener vergüenza de hacer el mal) o la impresión de haberme quedado desnuda delante de un montón de gente son algunas de las emociones que camparon a sus anchas por mi pecho.
Cuando recibí el email de la plataforma que me informaba de que mi libro ya estaba disponible…, lloré. Pero no de entusiasmo (que también) o de ilusión (que mentiría si dijera que no sentía), sino de puro pánico. Era la primera vez en mi vida que daba un paso al frente con la intención de cumplir mi sueño… o al menos de intentarlo.
La autopublicación de En los zapatos de Valeria y su posterior inclusión en el catálogo de la editorial Suma de Letras provocaron en mi entorno algunas reacciones que me descubrieron, entre otras cosas, la naturaleza de la gente que me rodeaba. De algunos recibí abrazos y enhorabuenas; de otros, burlas e intentos de humillación. También hubo quien me insufló cada día ánimo y confianza. Todo así, mezclado, en un batiburrillo de voces que llegaban a los oídos de una Elísabet joven que a veces no entendía y otras no quería entender.
Lo que quiero decir con todo esto es que, a pesar de considerarme sumamente afortunada, no todo fue un camino de rosas y, junto a Valeria, yo también maduré. Y aprendí. Y lloré. Y me caí. Y me levanté.
Han tenido que pasar unos años para darme cuenta de que nuestros caminos han ido en paralelo. En estas cuatro chicas he dejado mucho más de mí de lo que creía. Inconscientemente, en el interior de cada personaje, instalé uno de mis miedos y aporté también una de mis ilusiones. Por eso, ese claim con el que nació Valeria, ese «Todas somos Valeria», significa tanto para mí; todas lo somos porque todas albergamos en nuestro interior terrores y anhelos, y peleamos, a veces a conciencia y otras sin darnos apenas cuenta, por abrir los ojos, por alcanzar nuestras esperanzas y por crecer.
Valeria, Lola, Carmen y Nerea (en mi cabeza van siempre en ese orden) tienen muchísimo de la Elísabet de veinticinco años que tenía miedo de que no se cumpliese lo que anhelaba en sueños, pero también son todo aquello que admiré y admiro, todo lo que esperaba de la vida. Mujeres unidas, familia escogida, compañeras, hermanas, maestras, débiles o fuertes pero… humanas. Con sus luces, con sus sombras. Por eso tienen tanto también de mis amigas.
Con esta edición especial de la saga Valeria, de algún modo, cumplo otro sueño. Valeria y sus chicas tendrán una edición preciosa, casi de coleccionista, como quien se viste de gala para la noche más emocionante de su vida. Y es que están a punto de debutar en la pantalla y, en siete años de andadura, han conseguido, entre todos los libros que componen su historia, decenas de reimpresiones. Así que déjame decirte que con este libro que tienes entre las manos, siento que Valeria se reafirma, crece, madura, se hace consciente del camino… y esto solo ha sido posible gracias a ti. A ti, a todas esas amigas que lo recomiendan vía WhatsApp, a las que le prestan el libro al miembro de la pandilla que nunca lee con la promesa de que le va a gustar, a quien lo escoge entre todos los títulos de la librería ya sea para sí mismo o para regalar, a quien lo toma prestado de la biblioteca con ilusión. A tod@s…, GRACIAS .
Déjame decirte algo más…, ya para terminar y sin ánimo de ponerme pesada. Si alguna vez alguien quiere hacerte creer que no eres capaz, esfuérzate más. No por él, ella o ellos…, sino por ti, porque te aseguro que todo el esfuerzo que inviertes en ti misma (en tus sueños, en mejorar, en crecer…) te hace más feliz, y el mundo necesita personas felices que repartan luz. De sombras ya vamos servidos.
Gracias, Coqueta.
Gracias por tanto.
Con amor,
E LÍSABET B ENAVENT
Paré el ruidoso paseo de mis dedos sobre el teclado y releí el texto mientras me rascaba la cabeza con un lápiz: «Se miraron. Los metros de distancia entre ellos no importaban porque los pensamientos se materializaron, se cayeron al suelo y rebotaron hasta huir. En la décima de segundo durante la que se sostuvieron la mirada todo se congeló; en la ventana se paró hasta la brisa que agitaba los árboles. Pero ella pestañeó y ambos apartaron la mirada, avergonzados, azorados y seducidos de pronto por la idea de enamorarse de un desconocido».
Puse los ojos en blanco, solté el lápiz sobre la mesa y me levanté como si alguien hubiese instalado un muelle en el asiento.
—Pero ¡menuda mierda!
Evidentemente, sabía que nadie iba a escucharme, pero necesitaba decir en voz alta lo único que tenía en la cabeza en aquel momento. «Esto es una mierda». Era como las letras de inicio de La guerra de las galaxias pero en versión malhablada. Menuda mierda. Una mierda enorme. Una mierda del tamaño del cagarro que estaba escribiendo, que era inmenso.
Estaba seca de ideas, esa era la triste verdad. Las cincuenta y siete hojas que ya tenía escritas no eran más que sandeces con las que me justificaba, estaba claro. Sandeces chuscas y horripilantes dignas de concurso literario de instituto. Al terminar el día me exigía a mí misma haber escrito al menos dos folios, aunque dada la situación empezaba a agradecer dos o tres párrafos potables. ¿Potables? Eso era mucho esperar.
Pasarme el día delante del ordenador no tenía ningún sentido. Al estar sola en casa no necesitaba fingir nada, y sabía de sobra que no me saldría nada brillante aquel día. O quizá nunca. Así que del salón/despacho/sala de estar me pasé al dormitorio, recorrido para el que no eran necesarios más de tres pasos, y me senté en la cama. Eché una ojeada a mis pies desnudos y, como el descascarillado esmalte de mis uñas me horrorizó, acerqué el cenicero y encendí un pitillo…
Con lo que yo había sido… ¿Desde cuándo me parecía aceptable aquel estado de dejadez? Después miré de reojo el teléfono y, tras pensármelo dos décimas de segundo, lo agarré.
Un tono…, dos…, tres…
—¿Sí? —contestó.
—Pongamos que soy una fracasada, ¿me seguirías queriendo? —pregunté con soltura.
Lola soltó una carcajada que me hizo vibrar el tímpano.
—Eres una paranoica —contestó.
—No es paranoia. Aún no he escrito ni una buena frase. En la editorial me van a dar una patada en el culo. Una patada enorme. O, mejor dicho, les dará igual. Me la estoy dando yo misma.
—Nadie más que yo puede patearte el culo, Valeria —añadió cariñosa, como quien hace un mimo.
—¿Sabes qué es lo más complicado para un escritor novel? Publicar su segunda novela. Segunda novela… Eso ya implica al menos tener algo. Lo que yo tengo entre manos es un mojón. Mi segunda mierda, eso va a ser.
—Eres tonta.
—Hablo en serio, Lola. Creo que me he equivocado dejando el trabajo. —Me agarré la cabeza entre las manos y noté el bamboleo flácido de mi moño deshecho.
—No digas tonterías. Estabas hasta las narices, tu jefe era feo a rabiar y ahora tienes lo suficiente para vivir. ¿Dónde está el problema?
El problema es que el dinero no dura eternamente y el «probar suerte en el mercado editorial» siempre había sonado demasiado endeble. Lo medité durante un segundo, pero el claxon de un autobús al otro lado del hilo telefónico me distrajo. Miré el reloj. Eran apenas las doce de la mañana y Lola tendría que estar trabajando.
—¿Te pillo mal? —le pregunté.
—¡Qué va!
—Se oye tráfico. ¿Vas por la calle?
—Sí, es que me inventé en el trabajo un dolor horrible de muñeca y me fui de escaparates.
Moví la cabeza sonriendo con desaprobación. Esta Lola…
—No sé por qué sabía que no te iba a pillar en el trabajo si te llamaba a estas horas. Un día de estos a la que le van a dar la patada es a ti, querida.
Soltó una risita.
—Soy eficiente y rápida, no creo que busquen más para un trabajo como el mío.
—Quizá alguien que no practique el escapismo —contesté mientras me daba cuenta de que mi manicura también dejaba bastante que desear.
—Oye, estoy a dos paradas de tu casa. ¿Te apetece que me pase?
—Claro que me apetece.
Colgó. Lola no se despide por teléfono.
Me paré a pensar en la vida de Lola, tan agitada, con su agenda roja tan llena de citas que siempre parecían importantes y emocionantes, aunque se tratara de una visita a la esteticista a repasar la brasileña. Su esteticista, sí, esa mujer a la que apodaba «Miss Shaigon» pero que realmente había nacido en Plasencia y que una vez me dejó sin un pelo de tonta sin previo aviso.
En los ratos muertos me gustaba cotillear entre las páginas de la agenda de Lola, donde llevaba anotada toda su vida. Los números de teléfono de los chicos con los que quedaba, los kilos que pesaba, las veces que chuscaba (que eran muchas, para mi soberana envidia), las horas de gimnasio que se planteaba hacer y las que realmente hacía, las copas que se tomaba, su consumo de cigarrillos, las citas con Sergio, las prendas de ropa prestadas, las que dejaba en la tintorería y las que debía comprar como fondo de armario, mil tiques de tiendas y del supermercado en los que subrayaba cifras sin ton ni son y que pegaba en las páginas finales de aquella especie de diario… Toda su vida estaba allí, garabateada sobre el papel con rotuladores de colores; sin pudor, casi en una especie de salvaje nudismo muy propio de Lola, que por no tener miedo, ni siquiera se lo tenía a ella misma. Era apasionante.
Yo me había acostumbrado a llevar toda mi agenda informatizada, porque de esa manera el ordenador o el móvil podían emitir un ruido lo suficientemente repetitivo y molesto como para despertarme de mi eterna siesta y recordarme que tenía que ir a visitar a mi madre o ayudar a mi hermana con alguno de sus planes absurdos, como cambiar de sitio todos los muebles de la casa. Sí, esas eran mis obligaciones ahora. Mi agenda no era un libro de viajes como la de Lola; se trataba más bien de un cúmulo de compromisos familiares, fechas tope de pago de facturas y coordinaciones con la agenda de Adrián, mi marido. Sí, marido, he dicho bien. A veces me daba la sensación de que esa palabra desentonaba enérgicamente con mis veintisiete años. A decir verdad…, sí, desentonaba. Con mis veintisiete años y a ratos con mi vida al completo, pero esa es otra cuestión en la que no entraré… por ahora.
Me asomé a la ventana. Hacía un día radiante a pesar de que a lo lejos se intuyeran ciertas nubes. Entendía que Lola hubiese escapado de su trabajo. Si yo hubiera estado aún encerrada en la oficina también lo habría deseado, aunque, claro, yo nunca me habría atrevido. Nunca fui una persona valiente, al menos no en ese sentido. Debería haber dicho temeraria, ¿verdad?
Sonó el timbre. No estaba acostumbrada a su sonido infernal, aunque llevaba un par de años viviendo en aquel zulo, así que del susto casi me caí por la ventana. Habría montado un cirio, porque vivía en un cuarto piso y justo debajo estaba el toldo de una frutería de pakistaníes. No me gustaría atravesarla y morir empalada por un montón de lichis como metralla frutal.
Una vez repuesta del susto fui hacia la puerta. Ni siquiera me eché una bata por encima; abrí vestida con una camiseta vieja y con un short de los años noventa, una de esas piezas de ropa por las que no pasan los años. Creo que ya había hecho gimnasia con él en el colegio. Lola me miró de arriba abajo antes de soltar una carcajada.
—¡Hostia, Valeria, me encanta tu short! Es de lo más…, no sé cómo definirlo, ¿retro glam?
Me miré en el espejo de la entrada y pensé que lo peor no era mi indumentaria. Probablemente Lola, por no hacer leña del árbol caído, pasaba por alto mi cuestionable peinado a lo Amy Winehouse y la enorme carnicería que me había hecho en la barbilla intentando quitarme un grano que para el resto de los mortales no existía. Tenía el cabello castaño claro, fosco y sin vida. Si te parabas a mirarlo, incluso se podía atisbar un reflejo verdoso. Menos mal que yo ya no me paraba a mirar…
—Ya sé, se me olvidó ponerme el traje de novia para recibirte —contesté con desdén al tiempo que le dejaba pasar y apartaba de un manotazo la vergüenza de estar hecha un moscorrofio.
—No, no —rio Lola—, que lo digo de verdad. Me encanta. Te queda muy bien. Tienes unas piernas bonitas que nunca enseñas. A Adrián debe de encantarle ese pantalón.
—¡Bah! —La tomé por loca. A Adrián últimamente no sé si le gustaba algo de lo que me ponía encima. Ni de lo que había debajo, para más señas.
Me volví de espaldas para echarme acurrucada sobre mi sillón preferido, el único de la casa. Y he dicho sillón, no sofá. Para meter un sofá de dos plazas en aquel «salón» debería desaparecer, al menos, una pared. Me río yo de cómo distribuyen los de Ikea esos adorables pisitos de treinta y cinco metros cuadrados.
Miré a Lola, que estaba impecable, como siempre. No sé cómo se las apaña para estar siempre tan sexi, con su espesa melena color chocolate y sus labios rojos. Soy una mujer heterosexual y, aun así, hay días en los que me parece sencillamente irresistible. Apenas un año atrás yo también era una de esas mujeres coquetas que se esmeran en dar siempre la versión más impoluta de sí mismas. Pero ahora… En fin. Solo había que verme. Era un Fraguel.
Mientras miraba a Lola con esa adoración de la mejor amiga, ella se revolvió el flequillo con la mano derecha y con la izquierda dejó caer su bolso sobre el suelo. Sonreí al ver asomar el lomo rojo de su famosa agenda.
—¿Qué tal tu muñeca? —le pregunté.
—¡Oh, oh! ¡Tengo un dolor infernal! Creo que es codo de tenista. —Se encogió fingiendo estar sufriendo en silencio, como con las hemorroides.
—Yo más bien diría codo de cuentista.
—¡Venga Valeria, un día es un día! Acabé la traducción y me negué a quedarme allí con cara de acelga como el resto de mis grises compañeras. Sé buena y ofréceme algo de alcohol. —Se dejó caer sobre los pies de la cama y sonrió—. ¡Uh! ¿Colcha nueva? ¿Quemasteis la otra follando encima como degenerados?
Ignoré las últimas dos frases y, preocupada por nuestro alcoholismo, le dije:
—Lola, cariño, apenas es mediodía.
—¡La hora perfecta para un vermú!
Lola sorbió el último trago de su Martini Rosso con sonoridad, como siempre que bebía algo con gusto. Luego masticó la aceituna sonriente, con su pintalabios perfectamente fijado. Tenía que preguntarle cómo lo hacía para estar tan impecable. Miré mi glamurosa copa de cóctel y después mi indumentaria y me eché mentalmente las manos a la cabeza. Qué desastre…
—¿Y Adrián? ¿Qué hace? —preguntó sin ceremonias.
—Está trabajando.
—Ya supongo. No creo que el codo de tenista sea una epidemia. —Se rio de su propia broma como si fuese la bomba para después aclarar—: Me refería a qué hace Adrián frente a esa horrible frustración que te tiene aquí mutando a… ¿fruiti?
La miré y levanté la ceja izquierda. Ella estiró el brazo y me apretó dos veces el moño mientras decía:
—Moic, moic.
—La verdad es que Adrián me da una palmadita en la espalda y me dice que cuando me tranquilice saldrá todo a borbotones. Pero… —«No me folla», pensé
—Pero ¿qué hay de pero en esta situación?
Me mordí el carrillo. Confesarlo era tan vergonzoso…
—Creo que no va a salir. Creo, sinceramente, que el primer libro fue cuestión de suerte y que este segundo va a ser una bofetada seca en la cara que me la va a girar del revés. Y yo, dándome aires de escritora torturada, voy y dejo el trabajo… Acabaré en un McAuto de madrugada.
—Una frase es cuestión de suerte. Encontrar unos zapatos preciosos a precio de saldo —se señaló los pies, que lucían unos peep toe para morirse del gusto— es cuestión de suerte. Quinientas setenta páginas de una historia fascinante escrita con elegancia y esmero no lo son.
—Eres mi mejor amiga, ¿tú qué vas a decir?
—Pues la verdad, como que necesitas una manicura urgente. —Se encendió un cigarrillo—. ¿De qué trata tu nueva historia? —Se levantó y alcanzó el cenicero.
—De lo de siempre, amor y bla, bla, bla.
—Tu problema es que te falta inspiración real. —Y dibujó una sonrisa pérfida tras echar el humo en una nube que, saliendo de esos labios tan rojos, parecía hasta sensual.
—¿Intentas decirme algo? Mi relación… —empecé a decir.
Mi relación era una mierda, pero me alegré de que me interrumpiera para no tener que mentir a alguien más que a mí misma.
—Calla. Intento contarte algo —dijo frunciendo el ceño.
—Oh…
—Algo suculento.
Serví otra copa rebosante… y ella sonrió mientras se la acercaba a los labios.
Nerea era economista. Se había matriculado sin demasiada pasión, aunque, bien mirado, ella no era una persona conocida por su pasión desenfrenada. Yo ni siquiera creía que tuviera deseos carnales. Lola decía que Nerea no follaba, y que llegado el momento, se reproduciría por esporas. Yo me la imaginaba abierta de piernas encima de una cama mirando al techo y pensando en la lista de tareas pendientes sin importarle demasiado los alaridos de placer del hombre que tuviera empujando encima. Pero tampoco es que la vida sexual de Nerea fuera como para volverse loco de actividad y variedad, así que…
Hacía años que éramos amigas. Muchos años. Nos conocimos cuando teníamos catorce, en una de esas coincidencias extrañas que hacen que dos niñas con absolutamente nada en común se hagan uña y carne. Bueno, a las dos nos gustaban los Backstreet Boys, pero creo que eso no cuenta porque a ella le gustaba Nick y a mí A. J. Éramos como la noche y el día, pero allí íbamos nosotras, siempre pegadas la una a la otra. Yo con pinta de adolescente común (adolescentus comunus) y ella con pinta de mear colonia de Loewe (pijus adorablus).
Desde entonces le había conocido tres novios: dos en la adolescencia y uno en serio. De sus rollos juveniles, uno era el chico más macarra con el que me he topado en mi vida. Era macarra hasta para Lola, que ya es decir. Probablemente no resulte extraño que una adolescente salga durante unos cuantos meses con un tipo que no le conviene en absoluto, pero si esa adolescente en concreto es Nerea, todo se vuelve un poco más surrealista.
Nerea siempre fue fiel a los pendientes de perlas de su abuela y a su collar a juego. Se pintaba puntualmente las uñas cada dos días con un esmalte con purpurina y le gustaba adornarse la coleta con un lazo del mismo color que los zapatos…, y esto no se le pasó hasta bien entrada la veintena.
De este modo, esa tortuosa relación cayó por su propio peso y, al contrario de lo que cualquiera pudiera imaginar, fue ella la que le dio plantón. La explicación fue que estaba harta de que la llevase a sitios sucios y nunca la sacase a pasear o al cine. Ella, palabras textuales, quería una vida normal, aunque yo diría que lo que esperaba era una vida sublime. Siempre tuvo las cosas muy claras.
Al cumplir los diecinueve años conoció a Jaime en un partido de pádel que había organizado su padre con un socio y su hijo. Los dos se gustaron mucho. Lo difícil, digo yo, habría sido no enamorarse de alguien como Nerea, con su cabello rubio larguísimo siempre sano e impecable, sus ojos verdes y su espléndida figura… Si yo hubiera sido hombre o lesbiana me habría enamorado de ella con total seguridad. Bueno, no, la habría engatusado para follármela en la parte de atrás de un coche y después habría salido por patas. Pero es que yo siempre he tenido alma de rompeenaguas.
La historia entre Nerea y Jaime duró siete largos años tras los cuales rompieron de la forma menos amable posible. Ella empezó a sospechar que él se veía con otra y, aunque todas la tomamos por loca, lo revolvió todo en busca de pruebas hasta encontrar un email mucho más que cariñoso. A decir verdad, era bastante subidito de tono. Cuando lo leí, mi primer impulso fue reírme. Jamás habría imaginado que un tipo tan estirado tuviera la boca tan sucia y utilizara frases como «cascármela en tu cara», sobre todo por escrito. Pero, claro, tuve que comedirme y expresar en voz alta lo muy mal que me parecía todo aquello.
Por supuesto, Lola, Carmen y yo, que por entonces ya no podíamos ni ver al falso mojigato de Jaime, nos alegramos con sordina, pero tuvimos que ensayar el papel de amigas decepcionadas y apenadas. Cuando ella se fue a su casa, nosotras brindamos por que encontrara a un hombre por fin a su altura, pero lo hicimos con sidra El Gaitero desventada, que era lo único que teníamos a mano…, y debe de ser que brindar con sidra desventada da mala suerte, porque desde entonces Nerea no solo no había salido con nadie, sino que ni siquiera había tenido un affaire de una noche, un rollo de un par de semanas o una locura de meses, de esas que sostienes aun a sabiendas de que se va a acabar, como su novio macarra de la adolescencia. Es decir, llevaba un año sin fornicar. Así, sin dar muestras de flaqueza. Y no era la típica chica que guarda un conejito a pilas en el cajón de la ropa interior…
Con unas cervezas de más, Lola y yo la llamábamos Nerea la Fría, increpándola un poco por ser la excepción que confirma eso de que «la carne es débil». ¿Es que no necesitaba echar un polvo de vez en cuando? Y no era por falta de pretendientes, que conste. En su trabajo tenía una lista interminable de perritos falderos dispuestos a llevarla a cenar, al cine o con entradas para el ballet. (¿Entradas para el ballet? ¿Se conoce alguna excusa más moñas para meterla en caliente?). Su BlackBerry echaba humo los fines de semana con propuestas de citas perfectas, pero ella sacaba la lengua, desganada, y borraba el mensaje sin piedad. Sí, así era ella, la bella y fría Nerea. Lola siempre decía que nos tenía muy engañadas y que debía de esconder un consolador enorme, negro y muy eficaz. Siempre que iba a su casa, lo buscaba.
Nosotras, Lola, Carmen y yo, tratamos durante un tiempo de concertar citas con todos los solteros atractivos y amables que conocíamos o incluso con amigos de la infancia, de la facultad…, cualquier chico con pinta de buena persona nos servía, pero ella descartaba sin parar. O era bajo o era demasiado alto, o tenía pinta de dormir abrazado a su madre las noches de tormenta o de ser un macarra «rompeenaguas» (como mi versión masculina), o de escuchar a Luis Miguel…
Había un sinfín de excusas para no volver a ver a ninguno de sus pretendientes. El único hombre con el que salía por ahí era Jordi, porque le resultaba tierno, lo cual en nuestro lenguaje eufemístico significaba: amigo amanerado que aún no ha aceptado su homosexualidad o que, si la ha aceptado, no suelta prenda.
Así que, puesto todo en contexto, se entenderá mejor por qué cuando Lola me dijo que Nerea había conocido a alguien, me quedé con la boca abierta. Así, de pronto, sin tener que forzarla ni maniatarla para que se viera con él, ahora que ya empezábamos a plantearnos la posibilidad de que tuviese vocación religiosa. ¿Nerea con alguien? ¿Quién era el afortunado? ¿Desde cuándo? ¿Cómo? Y, sobre todo…, ¿por qué?
—Lola, ¿eres consciente de lo guapo que tiene que ser? —dije fascinada mientras me comía una aceituna.
—¿Guapo? Tiene que ser guapo hasta hartar, de ese tipo de hombres que da miedo tocar por si se rompen.
Fruncí el ceño.
—¡Qué horror, Lola, un muñeco de porcelana!
—No, joder —masculló ella muerta de la risa—. Más bien de esos hombres a los que ni siquiera miras en un bar porque sabes que es totalmente imposible que te devuelvan la mirada. De los que van con vitrina de cristal incluida.
—Vaya. ¡Y con un buen trabajo!
—¡Y con pasta! ¡Y con la chorra enorme!
—¿Tú crees que le habrá visto ya la chorra, Lola? —pregunté con un gesto de desconfianza.
—No, tienes razón. Pero seguro que la tiene enorme.
—Sí —asentí—. El jodido hombre perfecto… Pero dime, ¿dónde lo conoció?
—Pues no entró en detalles, dijo que no tenía ganas de contarlo tres veces y que ya nos pondría al día cuando estuviésemos las cuatro juntas. Solo comentó algo de un cumpleaños al que acudió por compromiso, algo que tiene que ver con su curro.
Me quedé pensativa. No podía evitar imaginarlo, trazar el esquema de la historia que yo escribiría a partir de ahí. Nerea, en un rincón, sosteniendo una copa de Martini con un gesto dulce y siempre cortés, pero muerta de aburrimiento. Llevaría un vestido precioso, negro, y el pelo arreglado, con las puntas ondulantes y el flequillo de lado totalmente perfecto sobre su frente. Él aparecería de pronto frente a ella y le daría conversación, algo amable y educado. Seguramente en ese preciso instante yo llevaría uno de mis pijamas antimorbo y estaría pensando en no peinarme nunca más, convirtiendo mi moño en un nido para aves rapaces.
Lola me despertó de pronto de la ensoñación.
—Valeria, llámala a ver si ya ha salido de trabajar.
—Todavía no son las dos.
—Pero hoy es viernes, llámala.
Cogí el teléfono con desgana y marqué su número. En ese momento unas llaves se introdujeron en la cerradura y se abrió la puerta de casa. Adrián cargaba con su bolsa de mano y cuatro bolsas de la compra. De una de ellas sobresalía un gigantesco paquete de patatas fritas.
«Hola, soy Nerea. Ahora mismo no puedo atenderte. Deja tu mensaje y te llamaré lo antes posible. Muchas gracias», dijo la voz de Nerea de forma impersonal.
—Es el contestador —expliqué tapando el auricular.
Lola chasqueó la boca, me arrebató el teléfono y empezó a hablar.
—Soy Lola, desde casa de Valeria. —Se acercó a Adrián, le dio un beso en la mejilla y agarró la bolsa con las patatas fritas—. Llámanos cuando salgas de trabajar. Tenemos una conversación pendiente y esperamos que sea muy truculenta, ya sabes —forcejeó con la bolsa—, como las que cuento yo los domingos por la mañana. Con pitos, domingas, comidas de coño y todas esas cosas.
Colgó sin despedirse y, además, con la boca llena de patatas fritas.
—Lo primero —dijo Adrián—, ¿tú no tienes casa? —Ella sonrió maliciosa. Sabía que bromeaba. Se conocieron cuando Adrián no era más que un amiguete que me gustaba, así que habían tenido años para tratarse, caerse bien y tener esa relación tan cómoda—. Lo segundo. ¿Tú no tienes trabajo? He llegado a pensar que eres señorita de compañía por las noches.
Lola empezó a carcajearse y, señalándome con el dedo índice, gritó:
—¡Te dije que era una profesión de puta madre!
—Oh, joder, Adrián, has abierto la caja de Pandora. Ahora no dejará de repetir que quiere ser señorita de compañía.
Adrián entró en la cocina y me quedé esperando el beso de bienvenida. Desde allí dentro, él le preguntó a Lola si se quedaba a comer. De mi beso, ni rastro.
—Sí, ¿por qué no? Mi codo de tenista no me deja cocinar —contestó ella al tiempo que se dejaba caer en el sillón que yo había dejado libre.
Adrián me miró de reojo y sonrió a sabiendas de que era otra de sus enfermedades postizas, como cuando descubrió que mi crema anticelulitis efecto calor provocaba rojeces pasajeras y fingió una reacción alérgica. Lo curioso es que, en proporción, había invertido más tiempo en meterse en el baño de la empresa y ponerse pequeñas gotitas del gel por todas partes que en trabajar. Aquello era premeditación y alevosía.
—¿Con quién hablabais por teléfono? —murmuró Adrián mientras se apartaba el pelo revuelto de la cara.
—Le dejábamos un mensaje en el contestador a Nerea, que parece que ha conocido a alguien —contesté al tiempo que guardaba cosas en la nevera.
—No me lo puedo creer… ¿Y no era ni cojo ni bizco ni peludo ni andrajoso ni muerto de hambre ni pretencioso? Valeria, no quiero que le conozcas jamás. Ese tío debe de ser un dios.
Sonreí con tristeza. Qué poco sentido tenía esa frase en la boca de un hombre que no me tocaba como es debido desde antes de Navidades. Y, a pesar de todo, Adrián nunca había tenido nada que temer. Estaba loca por él desde los dieciocho años. Me encantaban sus ojos color miel, claros, casi amarillos, su boquita carnosa, su sonrisa descarada y sus manos grandes y masculinas. La lástima era que nunca fue una persona precisamente tierna o cariñosa. En el trato era…, quizá la palabra sea «áspero». Pero al menos el sexo siempre fue brutal. Fue. En pasado. Ahora ya no era ni una cosa ni otra, porque no lo había.
Lola se levantó del sillón, se apoyó en el marco de la puerta de la minúscula cocina y puso los ojos en blanco. Ella es una de esas mujeres convencidas de que los hombres necesitan adulación continua para sentirse queridos, deseados y seguros.
—Seguro que tú estás más bueno, Adri —le dijo acompañando la frase con una palmada en el trasero y girándose hacia mí de nuevo—. Valeria, deberíais tener un hijo ya, así dentro de veinte años me podré liar con él sin que nadie pueda considerarme una vieja verde.
—Pero ¡qué horror! —masculló Adrián—. ¿Es siempre así o lo hace solamente para resultarme desagradable?
Levanté las manos sin contestar. Lola no necesitaba explicación, como un buen cuadro abstracto. Así era mejor.
Después de un forcejeo verbal de veinte minutos, Lola me convenció para darme una ducha, vestirme de persona y bajar a tomar café al bar que había debajo de mi casa. La ducha no suponía ningún problema, pero lo de vestirme de persona y salir de casa ya era harina de otro costal. No obstante, Lola puede llegar a ser muy insistente. Así, de paso, Adrián podría echarse un rato la siesta. La distribución de la casa no permitía la cohabitación de dos situaciones tan diferentes como él durmiendo y Lola y yo cacareando.
Carmen acudió a media tarde, al salir de trabajar. Para no faltar a la tradición venía hecha un asco, y no es que fuese un desastre, ni mucho menos. Pero a esas horas ya llevaba su precioso pelo ondulado hecho una maraña, la blusa manchada de algo que parecía café, el bajo de los vaqueros sucio y mojado, las uñas mugrientas y, sobre todo, un cabreo de no te menees. Aun así, para ser completamente sincera conmigo misma, seguía teniendo mejor aspecto que yo, que me había puesto lo primero que había pillado en el armario y me había recogido el pelo en una sosa coleta sin gracia.
Carmen nos dio un beso distraído y, antes de acomodarse con nosotras en una silla, se dispuso a ir al baño:
—Si me dejáis, antes de sentarme voy a lavarme las manos. Las llevo tan sucias que podría contagiaros la peste negra por lo menos. El cabrón de mi jefe me ha tenido encerrada en un almacén rebuscando en cajas del año setenta y seis llenas de roña. He luchado a cuchillo con una polilla y creo que he perdido.
No, Carmen no era un desastre, solo mantenía una compleja y malsana relación de odio recíproco con su jefe desde hacía cuatro largos años. Ambos se resistían a llegar a una tregua y ella había abandonado ya por orgullo la búsqueda de un trabajo que le permitiera ser feliz. Se negaba a dejar un puesto que merecía solo porque su jefe fuese imbécil. Eran el ratón y el gato, con la mala pata para Carmen de que fuera él quien tuviera la sartén cogida por el mango.
Nadie recuerda ya cómo comenzó la guerra. Al principio, tal y como ella contaba, eran dos personas que acudían a la agencia a trabajar sin más. Nunca fueron amigos, pero tampoco sabía explicar qué les había convertido en enemigos. Algo debió de pasar, o simplemente su relación se fue estrechando más y el estrés lo había malogrado todo. Los publicistas suelen vivir sometidos a un estrés infernal, ¿no? Al menos eso entiendo de la cantidad ingente de cigarrillos que fuma Don Draper en Mad Men.
Cuando Carmen volvió del cuarto de baño, suspiró fuertemente y añadió:
—Me odia, lo sé, me odia. Debe de irse a casa lanzándome mal de ojo todos los días. ¡Ya ni los lazos rojos en el sujetador me protegen! —Tiró del tirante de su ropa interior y nos enseñó el «amuleto».
—Carmen, tú le hiciste un muñequito vudú —contesté tiernamente.
—Ya, bueno, pero no llegué a pincharlo jamás. —La miramos sin creernos que pretendiera colarnos aquella mentira. Carmen chasqueó la lengua—. Pero ¡da igual! Es evidente que mi muñequito vudú no funciona. Aún no ha demostrado tener afecciones cardiacas, así que…
—A lo mejor le has provocado una almorrana del tamaño de esta silla y no lo sabes —susurró Lola al tiempo que se miraba las uñas pintadas de granate.
Una carcajada se atragantó en mi garganta mientras bebía café y empecé a toser como una loca.
—¡Qué bruta eres, Lola! —contestó Carmen haciéndose la ofendida.
—Pobre hombre… —La aludida movió la cabeza de lado a lado como muestra de desaprobación—. Yo lo vi un día, ¿sabes? Es bastante guapo. —Tosí y cogí aire. Volví a toser.
—Bueno, bueno, tanto como guapo… Es resultón, pero qué más da si es un rey feo en un castillo bonito. La naturaleza le ha dado esa apariencia para permitirle ser más mamón —dijo Carmen.
Tosí y tosí hasta que alargué la mano y alcancé el vaso de agua que Lola siempre se pedía junto con el café.
—Huy, Valeria, que te ahogas.
Sonreí mientras recobraba el aire.
—Entonces ¿es guapo? —pregunté con la voz ronca.
—A ver, sí. En conjunto está muy bueno —contestó Lola.
Carmen negó con la cabeza.
—No estoy de acuerdo. Debe de ser que el odio me ciega, pero no estoy de acuerdo.
—Es raro que Carmen se lleve mal con un tío guapo —dije, divertida.
—¡Vale ya, hombre! ¡No bromeéis con esto, que me está jodiendo la vida!
—No seas melodramática. Tú odias a tu jefe, yo estoy harta de mi ligue, Valeria no escribe nada bueno desde hace dos meses y…
—Muchas gracias —susurré.
—¿Y Nerea? Dime que Nerea también anda jodida. —Carmen pestañeó esperanzada.
—Espero que sí —añadió Lola con malicia, buscándole el doble sentido a la frase.
—Ay, Lola, de verdad… —Me giré hacia Carmen—. Nerea ha conocido a alguien. Parece ser que está quedando con un chico, pero aún no tenemos más datos.
—¿Quedamos a cenar entonces esta noche? —Lola sacó su agenda del bolso.
—¡Vaya, ya hacía rato que no la veíamos pasear su ajetreada vida social! —se rio Carmen.
—Chicas, hoy no puedo. Mejor mañana. Quiero ver si soy capaz de escribir algo con sentido. Estoy agobiada.
—Bah, tranquila, Valeria, que eso en dos días lo reconduces.
—No sé si tiene arreglo… Estoy planteándome empezar de cero. Debería meterme en casa este fin de semana y no salir ni para tirar la basura.
—¿No decías que ser escritora era un sueño hecho realidad? —preguntó Lola en tono repipi.
—¡Sí, claro que lo es! Pero cuando tienes qué contar y no tienes apalabrado algo que no sabes si vas a poder entregar, con la consabida incertidumbre económica. La verdad, no sé si hice bien dejando el trabajo… Ahora tendría la excusa de que no tengo tiempo de escribir y a las malas siempre tendría el sueldo fijo.
—No seas tonta, es una racha —dijo Carmen rodeándome con el brazo—. Vete a casa, échate un rato con Adrián y busca tu musa.
—Sí, creo que sí. —Cogí el bolso—. Llamadme para mañana por la noche, ¿vale? ¡Y avisad ya a Nerea o no estará disponible!
Asintieron.
Pagué el café y salí de allí. Estaba poniéndose oscuro y tenía pinta de echarse a llover; en primavera los días podían estropearse en media hora, como el planteamiento de una novela. Subí andando las escaleras hacia mi casa y en el último tramo me senté. Me daba pena despertar a Adrián, así que me fumé un cigarrillo allí sentada.
Seguía pensando en quién sería ese alguien con el que andaba Nerea. Estaba contenta por ella y sorprendida. Y de un pensamiento a otro, fui dando saltos hasta que llegué a los personajes de mi novela y la absurda relación que mantenían. Me revolví el pelo agobiada y decidí entrar. Apagué el cigarrillo, saqué las llaves y me metí en casa, donde todo estaba en penumbra.
Adrián se movía sobre la colcha. Aquella mañana había madrugado mucho para hacer unas fotos al amanecer. Llevaba una semana trabajando como un loco, tratando de captar la luz perfecta sobre un lugar; no recuerdo bien dónde puñetas eran las fotografías ni para qué revista, pero sé que aquello le parecía importante. No solíamos hablar demasiado del trabajo porque no queríamos condicionar nuestra pareja a los agobios de las rutinas. Pretendíamos hacer de nuestra casa el hogar de la paz y el orden y que angustiarse allí dentro no estuviera permitido. No sé dónde nos habíamos equivocado, pero lo habíamos hecho de manera estrepitosa.
Me quité el pantalón vaquero sin más gracia de la historia, lo tiré sobre el sillón, me solté el pelo y me senté en la cama, arrastrándome cual gusano hasta él. Le abracé y él entreabrió los ojos sonriendo.
—Tenía miedo de que fuera Lola…, cada día está más loca —susurró.
—Creo que aún no ha llegado hasta ese punto. —Le besé en la frente.
—¿Qué te pasa?
—Nada, ¿qué me va a pasar?
—Pues no sé, estás muy… blandita. —Se estiró en la cama, desperezándose.
—Estoy un poco atorada con la novela.
—Cuanto más lo pienses, más agobiada estarás. A ver, cuéntame, ¿qué está pasando ahora?
—Pues… Gloria se ha encontrado con alguien con el que siente una extraña conexión.
—¿Y qué va a pasar?
—No lo sé. Ese es el problema…, que no sé por dónde coger esta historia.
—Cuando la planteaste tenía muy buena pinta —respondió mientras se giraba hacia mí.
—Pero se ha dado la vuelta ella sola. —Me posé la mano sobre la frente y me revolví el pelo—. Es difícil de manejar. Se va hacia donde no quiero que se vaya y lo peor es que me esfuerzo por devolverla a la idea principal… pero nada. No le da la gana.
—Hablar de amor es así de complicado.
—¿Y si me equivoqué, Adrián? ¿Y si esto no funciona y se acaba todo aquí?
Adrián se levantó de la cama y subió la persiana. Empezaban a caer ya las primeras gotas y a él le encantaba esa luz gris, casi azulada. Cogió la cámara y, apoyándose en el quicio de la ventana en una postura muy suya, me disparó dos o tres flases. Después miró el resultado en la pantalla y sonrió. Qué guapo era. No pude evitar recorrerle el cuerpo con los ojos, despacio, disfrutando de cada una de las partes, desde el cuello espigado, los hombros bien torneados, el pecho firme, el vientre plano. Recordé la última vez que hicimos el amor. Fue sobre el sillón, pero no recordaba exactamente cuánto tiempo hacía. Meses. Bastantes, por cierto. Me recorrió entera con la lengua antes de follarme con fuerza. Me corrí dos veces.
Adrián por fin abrió la boca y añadió, sacándome de mis cavilaciones, que yo no necesitaba que nadie creyera en mí, porque mi trabajo era suficientemente bueno por sí solo.
—Eso no basta y lo sabes —me quejé entre risas.
—Si te alivia, te diré que estoy totalmente convencido de que esta es tu verdadera vocación. Saldrá bien, ya lo verás. El concepto de la creación no se puede medir en jornadas laborales, es caprichoso.
—Bueno, ya volverá mi musa —suspiré algo aliviada.
—Pero, como decía Picasso, que las musas te pillen trabajando… —Guiñó un ojo y se volvió a tumbar a mi lado.
Alargué la mano para coger su cámara digital pero un beso en mi hombro me desconcentró de mi propósito. Me giré para mirarlo; él sonrió y volvió a besarme el hombro mientras me abrazaba la cintura.
—¿Qué llevas puesto? —preguntó.
—Una camiseta —dije con la vocecita algo temblorosa.
—¿Has bajado solo con eso?
—No, me acabo de quitar los pantalones.
Su mano subió por el exterior de mi muslo y, rodeándome las caderas, llegó hasta mi culo. Contuve un jadeo cuando lo sobó. Me acerqué y nos besamos. Una vez, brevemente. Dos veces, atrapando nuestros labios el uno con el otro. Dios. Había que aprovechar. ¡Esa era la mía! Me quité la camiseta y me senté a horcajadas sobre él, que también se quitó la camiseta. Madre mía. Hasta se quitaba la ropa motu proprio. Esto prometía.
Tiré el sujetador por ahí y él se acercó hasta atrapar uno de mis pezones entre sus labios. Eché la cabeza hacia atrás y metí la mano dentro de la ropa interior con la que se había acostado. ¡Sorpresa! Un amago de erección. Moví la mano rítmicamente de arriba abajo y él apretó la mandíbula. Aceleré la caricia. La pulsera que llevaba puesta resonaba contra el reloj con el movimiento.
Adrián respondió endureciéndose y, cuando noté que estaba listo, me quité las braguitas y me senté encima. No hizo falta que me acariciara, que me follara con los dedos para prepararme. Necesitaba tenerlo dentro ya.
Estaba tan húmeda que no tuvimos problemas para que me penetrara, pero me encogí de dolor. Hacía muchos meses que no lo hacíamos. Me quejé con un gemido que él debió de interpretar de placer.
—Con cuidado, Adrián —le pedí.
—No recordaba que te gustase con cuidado —contestó con una sonrisa sensual y la voz jadeante.
Mejor cállate, no vaya a ser que decida parar, me dije.
Adrián se agarró a mis caderas y, con la cabeza hundida entre mis pechos, empezó a meterla y sacarla con un ritmo demasiado rápido. Estaba a punto de decirle que fuésemos un poco más despacio cuando empezó a sonar su móvil.
—¡Joder! —masculló.
Joder…, eso mismo pensé yo cuando en dos metidas más Adrián se corrió dentro de mí. Y, sin más, salió de mi interior, cogió el teléfono y se fue al baño mientras contestaba. Y yo me quedé allí, con los muslos húmedos.
Desde luego, como seductora no tenía precio…
Lola estaba sentada delante del espejo, mirándose. El pelo le había vuelto a crecer mucho desde la última vez que fue a la peluquería y ya le llegaba hasta los pechos, incluso los tapaba con su frondosa y suave mata color chocolate.
Se miró de cerca, escudriñando su cara en busca del maquillaje que se había puesto, pero de esto no quedaba más que un leve rubor sobre sus mejillas que probablemente sería consecuencia de lo movidito de la velada.
Sergio apareció en el borde del espejo con su cuerpo perfecto y Lola se giró para mirarlo. No quería perderse ni un segundo porque en cualquier momento se disiparía como humo y todo quedaría vago e intangible, como uno más de esos recuerdos que ya estaba harta de almacenar.
Estaba sentado en el borde de la cama tan solo vestido con sus vaqueros de marca y a Lola le parecía el hombre más sexi del mundo. Repasó con la mirada su estómago plano y marcado y trepó por él hasta llegar al vello de su pecho. Tenía la extraña fantasía de poder pasarse una noche acariciándolo en sueños. Eso suponía, sin embargo, mucha más intimidad para los dos que un francés en la ducha. Así era aquello y había que aceptarlo u olvidarse, se repetía ella sin parar. Lola no se consideraba una de esas tontas pacientes que esperan ver cambiar a alguien como Sergio. Había cuestiones que se les hacían un mundo, pero en la cama no tenían ningún problema y ella se sentía tan bien con él…
Se habían conocido en el trabajo, con todas las complicaciones que implica. Al principio solo hubo unas cuantas miradas, un par de bromas y un café en el pasillo que se transformó en unas cervezas junto al resto del grupo fuera del horario de trabajo. El siguiente paso fue aprovechar una celebración de la empresa para, haciéndose los remolones, poder ser los últimos en marcharse del bar. La última copa la tomaron en el estudio de Lola. Supongo que queda bastante claro lo que significa «última copa» en nuestro lenguaje eufemístico. Aunque ahora que lo pienso, no haría falta darle tantas vueltas a la cuestión, porque a Lola nunca le ha gustado no llamar a las cosas por su nombre. Se acostaron… tres veces. Sé muchos más detalles, pero el pudor me cubre las mejillas solo al imaginar a Lola entregada al fornicio, que los morbosos me perdonen. Bueno, qué narices. Primero follaron encima de la alfombra que Lola tenía en la entrada de su casa. Después le hizo un cunnilingus de sobresaliente y, tras un par de cigarrillos, la montó en la postura del perrito sobre la cama después de un tira y afloja sobre si sucumbían o no al sexo anal.
A Carmen le encanta escuchar a Lola contar cómo la besan y la tocan. Es como sentirlo en primera persona, dice. Y tiene razón. Lola es una gran contadora de historias erótico festivas. Creo que por eso mismo yo río y me sonrojo, escondiéndome detrás de un cojín, una servilleta o cualquier cosa que encuentre a mano, para disimular el morbo que me da escuchar una confesión pornográfica de tales características.
De esa forma tan explícita nos enteramos de que Sergio es una bestia… en el mejor sentido de la palabra. La Bestia, le llamábamos. Era indudable que la hacía aullar de placer y además es muy guapo. Tiene una de esas elegancias innatas que le hace parecer de sangre azul incluso después de diez horas en la oficina y siete copas en el bar de al lado. Era tan hombre que apabullaba, en serio. Si la masculinidad hubiera tenido cuerpo, sería Sergio. Moreno, ojos castaños, boca de infarto y una sonrisa de esas que nos deshace las bragas. Además, también tenía un apartamento precioso, un coche rápido y con tapicería de cuero donde se follaba a Lola al menos un día por semana, un gran sentido del humor, una dentadura de envidia y… una novia muy rica.
Sí, una novia muy rica, he aquí el problema. He aquí la razón por la que Lola luchaba contra sus ganas de no ir nunca a trabajar…
Cuando quiso darse cuenta ya era muy tarde para ella, como en la copla de la Piquer, y por mucho que lo niegue, estaba enamorada de él hasta los zapatitos. Lola siempre defendía que no sabía qué era querer a un hombre, pero que, por supuesto, discernía que lo que sentía por Sergio no era amor.
—A mí lo que me gusta es cómo me folla. Un día me pondrá los ojos del revés de metérmela tan fuerte.
Esa era la única arma que le quedaba a Lola para defenderse de la situación en la que se encontraba: el autoengaño. Y de paso nos decía que cuando se enamorara lo haría de una mujer. Pero no porque le gustasen; solo por llevar un poco la contraria, que ella es un poco así.
Pero, ¡por favor! Si con tan solo ver cómo lo miraba…, ¿qué mujer ni qué niño muerto?
Lola es traductora en una editorial. Bajo esa apariencia sexi y despreocupada habita una ilustrada mujer que domina el inglés, el francés (y este en más de un sentido), el alemán, el italiano y es capaz incluso de chapurrear algo de chino, idioma que está estudiando ahora, no sé si con mucho ahínco.
Sergio es el coordinador de planta y, a falta de un despacho propio, se sienta a la mínima distancia de cinco metros. Blanco y en botella: tortura asegurada.
De ahí la insostenible situación que se creaba entre los dos: Sergio enganchaba, sobre todo por ese comportamiento del tipo «qué bien finjo que jamás he perdido un minuto de mi tiempo libre contigo» que volvía loca a Lola. Creo que dentro de todas las mujeres hay una masoquista en potencia.
Todos los días Lola se repetía mil y una veces que ella no estaba por la labor de asumir tantas complicaciones por un buen polvo. Y había días que hasta se lo creía y se sentía fuerte. Pero luego, a la hora de salir, Sergio esperaba a que todos se hubieran ido para susurrarle que la esperaba en la esquina de su casa en media hora… y a Lola la fortaleza se le diluía en las prisas por ir a ponerse la ropa interior sexi. No había buenos consejos que darle, ni recomendaciones, ni bofetadas que la hicieran entrar en razón, porque no quería escuchar nada que no fuera esa terrible ansiedad por aprovechar cada segundo con él y, de paso, pues eso, follárselo.
Aquel día, la culpable del encuentro era ella. Era sábado, el día después de que fingiera una lesión de muñeca para evitar que le doliese más lo que estaba haciendo. Pensaba quedarse en la cama hasta tarde y así asegurarse de estar lo suficientemente descansada para darlo todo aquella noche. Estaba prevista una cena de chicas en nuestro restaurante preferido, donde dejaríamos al barman sin mojitos que servir. Sin embargo, ella se despertó a las nueve de la mañana sin ganas de seguir durmiendo, probablemente porque sabía que Sergio estaría solo todo el fin de semana; él mismo se aseguró de que Lola se enterase. A las diez la casa estaba en orden y ella duchada… Y el móvil era tan tentador sobre la mesita de noche…
Mandó un mensaje: «Tengo unas horas libres hasta esta noche».
Dos minutos después, él contestó: «Dame una hora. Ponte ese perfume de fresas, por favor».
Dos horas después, tarde, como siempre, Sergio llamó a su puerta y, aunque Lola tenía intención de echarlo alegando que nadie la hacía esperar y perder el tiempo, él la empotró contra una pared y la desnudó a tirones, como si importase qué colonia llevara o que estrenara ropa interior. Él solo quería follársela otra vez sobre la pequeña alfombra de lo que hacía las veces de salón. Y eso sabía hacerlo muy bien. Según Lola, cuando Sergio la embestía podía incluso perder el conocimiento.
—¿Echabas de menos mi polla? —le dijo él al tiempo que empujaba entre sus piernas.
—Joder, sí…
Romanticismo puro, claro. Y no es que lo critique. Es solo la envidia que me corroe entera.
Después de correrse entre gruñidos y gritos, se dieron una ducha abrazados bajo el agua tibia y más tarde cayeron sobre la cama, donde se dieron un revolcón con ella encima que duró al menos una hora. Una hora de Sergio gimiendo y diciéndole guarradas. Qué bonito, ¿no? Bueno. Era sexo. Y para Lola el sexo nunca ha tenido por qué ser bonito.
Y allí estaba ella, mirándolo a través del espejo, sentada frente a su minúsculo tocador.
—¿Preparo algo de comer? —susurró Lola, fingiendo que no le importaba si él se quedaba o no.
Él se estaba vistiendo ya. No era de esos a los que le gustaba acurrucarse junto a Lola; la intimidad entre las sábanas acababa para Sergio cuando él se corría, que era siempre después de que lo hiciera ella, por lo visto.
Abrió la boca para contestar a la invitación pero un teléfono móvil empezó a sonar en la habitación. A Lola le costó unos segundos darse cuenta de que era el móvil de Sergio el que sonaba, tirado en el suelo. Se agachó, lo recogió y tras mirar la pantalla le pidió a Lola que se mantuviese en silencio.
—Hola, cariño.
Es imposible que Lola logre confesar que le sentó como si le metieran un ajo en el culo, porque ella es más chula que un ocho, pero la realidad era que esas palabras amables que le dedicaba a su novia, cuyo nombre ni siquiera sabía, le dolían y mucho. ¿Cómo no? Es más chula que un ocho, pero es humana.
Sergio salió del dormitorio y, tras mantener una escueta pero dulce conversación con esa novia misteriosa, volvió a la habitación. Lola estaba molesta y se leía en su cara. Había fruncido el ceño y apretaba los labios, signo inequívoco de que aquello no le había gustado lo más mínimo.
Me parecía increíble que alguien como Lola tolerase ciertas cosas, por muy bueno que él fuera en la cama. Pero, aunque Lola nos vendiera que Sergio era un amante de vértigo, ella sabía de sobra que no era ese el motivo por el cual no le había dado la patada que se merecía. Aquello solo se sostenía con amor incondicional y ciego, muy ciego.
—¿Te quedas un rato? —mendigó ella en un momento de flaqueza.
—Sí, me quedo un rato. No tengo nada que hacer hasta esta tarde.
Lola se sintió el sudoku del dominical de cualquier periódico y sin embargo no pudo evitar alegrarse por tenerlo allí. Le gustaba pensar que al menos ella lo conocía de verdad; eso le hacía sentir bien. Es verdad que la otra chica era quien se llevaba la parte fácil, con el cariño, los mimos y todas esas cosas, pero aunque se tuviera que esconder, al menos ella no lo hacía engañada…
Pero esto es lo que pensaba Lola, no lo que opinábamos las demás acerca del asunto.
Se sentaron junto a la ventana con una copa de vino tinto mientras la comida terminaba de hacerse en la minúscula cocina e invadía toda la casa con un tenue olor a especias. Ella lo observaba, ensimismada en la perfección de su cara, y Sergio miraba por la ventana que su coche siguiera aparcado en el mismo lugar donde lo había dejado. De pronto, mientras se acercaba la copa a la boca, Sergio preguntó:
—Lola, ¿y tú por qué no tienes novio?
—Humm…, pues no sé. —Esa pregunta la devolvió a la realidad de la relación que realmente mantenían.
—¿No hay nadie por ahí?
—Alguien hay —contestó melancólica, y desvió la mirada hacia la ventana.
—¿Y qué pasa con él? ¿No le gusta compartirte conmigo? —dijo sonriendo ampliamente.
—Pues pasa que tiene la misma delicadeza que un guante de esparto y que es gilipollas —contestó, y se levantó del umbral de la ventana.
—Pero ahora ¿qué he dicho? —Sergio la miró anonadado.
—Es que, Sergio, de verdad… —Lola se puso a remover la comida en la sartén de espaldas, esperando esconder su indignación.
—Simplemente quiero decirte que…, no sé, que no pares tu vida por esto. Esto ya sabes lo que es y lo que significa.
—¡Lo sé de sobra, no haces más que recordármelo! —levantó la voz.
—Tranquilízate, por favor.
Lola anduvo hasta el saloncito, cogió su bolso, sacó un cigarrillo y lo encendió. Cogió su agenda y anotó en el sábado: «Nota mental: no volver a llamar a Sergio. Es borderline». Esto le hizo gracia y sonrió para sí.
—Estás loca, Lola —rio Sergio.
—El problema es que nunca me tomas en serio. Te gusta que siempre esté de broma y dispuesta, y estoy segura de que lo pasas muy bien conmigo, pero cuando se trata de cuestiones serias…
—Bah, no te pongas así, tú no eres como el resto de las tías. Estos numeritos no te pegan nada. Lo nuestro es pasárnoslo bien y punto.
—Pasárnoslo bien… ¿quién: tú o yo?
—No me agobies, Lola.
Sonrió de nuevo gracias a una broma interna: se imaginó a sí misma vertiéndole la comida hirviendo dentro del pantalón vaquero y echando su chorra cercenada a comer a los gatos del vecindario. Luego suspiró y añadió para cerrar la conversación:
—Necesito a un hombre que me entienda.
—Pues hazte a la idea de que ese hombre no soy yo.
Lola se enfurruñó. No le gustaban esas afirmaciones categóricas de Sergio. La hacían sentir pequeña y avergonzada. Sin embargo, poco le duró el enfado…, solamente hasta que Sergio la besó detrás de la oreja y le susurró que tenían el tiempo justo para otro revolcón mientras metía la mano en su pantalón. Ahí se le olvidó todo, incluso su integridad, y tras lanzarse a sus brazos le besó en la boca.
A las nueve de la mañana ya hacía rato que Carmen estaba levantada. A decir verdad, le había traicionado su puñetera manía de dejar la BlackBerry encendida en su mesilla durante toda la noche. A las ocho menos cuarto su jefe le había enviado un email amenazante, algo así como:
«Ayer no entregaste el briefing del nuevo cliente. Como el lunes a primera hora no esté listo encima de mi mesa, vas a retrasar el trabajo de todo el equipo y ya te apañarás con ellos, porque yo no pienso defenderte».
No era una amenaza muy velada, era más bien clara y directa. Pero ¿es que ese cabrón no dormía nunca? Carmen pensó que seguro que estaba enganchado a las anfetaminas.
Tenía el informe redactado en el ordenador de la empresa e impreso en su mesa, pero le fastidió no haberse acordado de subirlo al servidor, donde su jefe pudiera cogerlo en ese mismo momento. No llevaba ninguna copia digital, pero sí una en papel, de modo que se decidió a transcribirlo de nuevo desde la primera letra hasta la última para enviárselo a ese maldito mamón (palabras textuales suyas) de la manera más inmediata.
Tardó media hora. A las ocho y cuarto el informe ya estaba enviado junto a un mensaje: «Aquí mismo te adjunto la copia del informe para que hagas las doscientas mil correcciones pertinentes antes de darle el visto bueno».
Un toque de condescendencia y una mínima muestra de desidia estarían bien por hoy. Pensó en añadir que era de muy mala educación mandar ese tipo de mensajes a la hora a la que él lo hacía, pero la respuesta probable de Daniel, su jefe, sería que apagara la BlackBerry cuando quisiera dormir a pierna suelta.
A las diez y media, cuando salió de la ducha, encontró otro correo electrónico con las correcciones en rojo, que tuvo que revisar y revisar antes de volver a enviar. Entre una cosa y otra, Carmen no estuvo libre hasta las cinco y media de la tarde, haciendo nula la posibilidad de echarse una siesta o simplemente de mirar el techo escuchando un buen disco.
Carmen se dijo que eso no era vida. «Mañana apago la BlackBerry, de mañana no pasa que se me quite esa manía estúpida».
Deseó utilizar una agenda, como la de Lola, para apuntar ese pensamiento y que no se le olvidase jamás. Después de pasarse media tarde enganchada a Facebook cotilleando las nuevas fotos de todas sus amigas (su hobby inconfesable predilecto), se sintió trascendental y encendió algunas velas en la mesita baja del salón. Una vez inmersa en la oscilante luz, se echó en el sofá y se dio cuenta de que seguía dándole vueltas al tema de Daniel y que, si continuaba así, sería ella solita la que echase a perder su fin de semana. Además, estaba contenta porque esa noche saldríamos las cuatro y podría estrenar por fin su modelito nuevo. Su escasa vida social en los últimos meses se debía más a las obligaciones que a la falta de ganas por su parte. Ella siempre estaba dispuesta a tomarse una copa a la salida del trabajo, pero sus compañeros casi nunca quedaban fuera de la oficina y nosotras…, buf, juntarnos a nosotras era un circo.
Lola en teoría salía a la misma hora que ella, pero siempre acababa saliendo antes y perdiéndose por Dios sabe dónde con Dios sabe quién. No nos sorprendería que un día nos confesase que había pasado una noche loca con los del Circo del Sol. Por el contrario, Carmen solía quedarse una hora más de media por jornada, apabullada con la idea de que la antipatía que su jefe sentía por ella pudiera ayudar a encontrar más fallos.
Desde que dejé el trabajo, yo casi siempre estaba en casa, pero como mi proceso de creación se estaba columpiando como el elefante en la tela de la araña y no había encontrado ese puesto de trabajo más creativo (Dios, ¿cómo no me dio nadie una colleja?), solía decidir quedarme allí aunque fuese sin escribir, por no sentirme peor y pensar que había «malgastado» el tiempo saliendo, trasnochando y gastando dinero.
Nerea… Nerea casi nunca estaba disponible. Ni siquiera su teléfono lo estaba. Si querías contactar con ella debías dejarle un mensaje en el contestador de su casa y otro en el buzón de voz de su móvil; era la única manera de que te tomara en serio. Además, había que avisarla con al menos un día de antelación para que pudiera cancelar las mil historias que hacía cuando salía del trabajo, que era bastante tarde. Danza del vientre, natación, aproximación al budismo…, cada año era una cosa diferente de la que contaba maravillas cuando la veíamos.
Carmen pensó entonces en Daniel otra vez. Lola había dicho de él que era guapo… Ella no lo creía en absoluto. Era uno de esos hombres apuestos que le repugnaban. La perfección le aburría. Ella prefería caras con personalidad, que dijeran algo. Prefería alguien al que abrazar, con el que sentirse pequeña y protegida antes que un cuerpo duro y trabajado a golpe de gimnasio. Se preguntó a sí misma si en realidad no estaría buscando un segundo padre que le organizara la vida y la protegiese… Descartó la idea. Le encantaba vivir sola en aquella buhardilla minúscula. Era su reino y allí solo mandaba ella. De pronto le dio un poco de miedo aquella idea, pensar que acabaría acostumbrándose tanto a estar sola allí que terminaría por no tolerar ninguna intromisión. Ninguna relación resistiría nada así.
Entonces miró mentalmente hacia atrás entreabriendo los ojos y se dio cuenta de la barbaridad de tiempo que llevaba sin una mísera cita de cortesía. Se asustó y se incorporó en el sofá con un «ay» en los labios. ¿Se estaría haciendo mayor a ojos de los hombres?
Se recostó nuevamente. Menuda tontería… Solamente tenía veintisiete años, bastantes menos que el resto de sus compañeros de trabajo, que se consideraban solteros de oro. Ella tenía casi tres años menos que Borja y, por más que le pesase, Borja era el único que importaba.
Tenía que dejar de pensar en él. Nunca pasaría de una cerveza junto a todos los demás el día del cumpleaños de Daniel, una vez al año, o de los cafés diarios en la máquina del pasillo de la fotocopiadora.
Sonaba una canción de Lenny Kravitz en la cadena de música y se puso melancólica recordando que también sonaba aquella vez que Borja intentó cogerle de la mano en su coche. ¿Qué había cambiado desde entonces? Se había esfumado, aunque a ella le gustase recuperarlo cada noche para imaginar cómo sería la vida tumbada a su lado, acariciando el vello de sus antebrazos, mirando el curioso perfil de su cara casi imberbe. Sonrió al pensar en sus ojillos brillantes e inquietos, al recordar aquella vez que se habían acercado tanto en el rincón de la fotocopiadora…
Era mejor así. Al menos con Borja. La relación de Lola con su coordinador no alentaba mucho a iniciar un affaire con alguien del trabajo. Era posible que fuese emocionante, sobre todo por el hecho de tener que esconderlo a todo el mundo… También sería excitante…
Pero era mejor así.
Miró el reloj. Eran las siete y media. Sería conveniente que se levantase y empezase a arreglarse. No quería llegar tarde y perderse el inicio de la historia de Nerea, porque sabía, como sabíamos las demás, que ella no volvería a recapitular para poner a la recién llegada al día. Aquella noche llegaríamos todas excepcionalmente puntuales.