Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Nuevo prólogo actualizado del autor

Prólogo a la edición española

Prefacio

Agradecimientos

Capítulo 1. El problema de Estados Unidos con el 1 por ciento

Capítulo 2. La búsqueda de rentas y la creación de una sociedad desigual

Capítulo 3. Los mercados y la desigualdad

Capítulo 4. Por qué es importante

Capítulo 5. Una democracia en peligro

Capítulo 6. 1984 está al caer

Capítulo 7. ¿Justicia para todos? Cómo la desigualdad está erosionando el imperio de la ley

Capítulo 8. La batalla de los presupuestos

Capítulo 9. Una política macroeconómica y un banco central por y para el 1 por ciento

Capítulo 10. El camino a seguir: otro mundo es posible

Notas del prólogo

Notas

Notas del traductor

Índice analítico

Sobre el autor

Créditos

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Para Siobhan, Michael, Edward y Julia,

con la esperanza de que hereden

un mundo y un país menos divididos

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NUEVO PRÓLOGO ACTUALIZADO DEL AUTOR(1)

Que El precio de la desigualdad había conectado con el sentir de la gente estaba claro por la acogida que tuvo el libro. No solo en Estados Unidos, sino también en todo el mundo, existe una preocupación cada vez mayor por el aumento de la desigualdad y la falta de oportunidades, y por la forma en que esas dos tendencias, que van de la mano, están cambiando nuestras economías, nuestras políticas democráticas y nuestras sociedades. Durante mis viajes por Estados Unidos y Europa, al hablar de la desigualdad, de sus causas y consecuencias, y de lo que podía hacerse al respecto, muchas personas me contaban sus historias personales sobre la forma en que todo lo que está pasando les estaba afectando a ellos, a sus familias y a sus amigos. Sin embargo, tras esas historias había un montón de nuevos datos que también tienen mucho que ver con los argumentos de este libro. En este nuevo prólogo, quisiera compartir con los lectores algunos de los momentos más reveladores de todas esas charlas sobre la desigualdad, así como aportar algunos datos nuevos que reafirman mis conclusiones originales, y examinar otros cambios que se han producido en el panorama político y económico. En Estados Unidos, el acontecimiento más importante ha sido la enconada contienda electoral de 2012 y la posterior reelección de Barack Obama; en Europa ha sido la prolongación de la crisis del euro y sus profundos efectos en la desigualdad.

Muy al principio de mi gira de promoción del libro, en Washington, me di cuenta de la magnitud de la crisis de los créditos para estudiantes. Uno tras otro, los estudiantes me describían el dilema que tenían ante sí: no había trabajo, así que la mejor forma de invertir su tiempo —y de mejorar sus perspectivas— era hacer cursos de posgrado. Pero, a diferencia de los hijos de padres acomodados, esos estudiantes tenían que pagarse los cursos de posgrado de su propio bolsillo, a través de un crédito. Ya les estaba dando miedo su actual estado de endeudamiento, porque los estudiantes eran conscientes de la práctica imposibilidad de cancelar esas deudas incluso en el peor de los escenarios posibles(2). No querían pedir más préstamos, y su sensación de desilusión, de falta de esperanza, daba que pensar y resultaba muy triste. Su amargura aumentaba cuando esos estudiantes veían a su alrededor a compañeros con padres adinerados que podían aceptar prácticas no remuneradas para engordar sus currículos. Los hijos de los estadounidenses corrientes no pueden permitirse ese lujo. No tienen más remedio que aceptar cualquier trabajo temporal que les surja, por muy pocas salidas que ofrezca. Los datos que han ido apareciendo posteriormente no han hecho más que confirmar esas impresiones. Aunque las matrículas y las tasas de las universidades públicas han aumentado, como media, un 16 por ciento entre 2005 y 2010(3) —lo que es comprensible, teniendo en cuenta los recortes en los presupuestos públicos—,(4) la mediana de ingresos ha seguido disminuyendo(5). (En algunos Estados, como California, las cosas están todavía peor: el coste de la matrícula en las universidades públicas, descontando la inflación, ha aumentado en un 104 por ciento en los grados bianuales, y en aproximadamente un 72 por ciento en los cursos cuatrienales, entre el curso académico 2007-2008 y el curso 2012-2013)(6). Salir adelante parecía una tarea casi imposible.

Tal vez las estadísticas que más repercusión habían tenido, a medida que fui reuniéndome con grupos de un extremo a otro de Estados Unidos —y las que más habían sorprendido a los asistentes a mis charlas en el extranjero—, eran las relativas a la falta de igualdad de oportunidades en el país. Todo el mundo, tanto en Estados Unidos como en el extranjero, había dado por sentado que esta era la tierra de las oportunidades. Una encuesta realizada por Pew revelaba que la inmensa mayoría de los estadounidenses —aproximadamente un 87 por ciento— estaba de acuerdo con que «nuestra sociedad debería hacer lo que sea necesario para garantizar que todo el mundo tenga las mismas oportunidades de triunfar»(7). Pero era evidente que no lo estábamos haciendo.

LA CRISIS SIGUE PERJUDICANDO A LOS DE EN MEDIO Y A LOS DE ABAJO

Han transcurrido más de cinco años desde que empezó la recesión. El déficit de puestos de trabajo —la diferencia entre el número real de empleos y el que existiría si la economía estuviera funcionando normalmente— sigue aumentando. Y los ingresos de los estadounidenses corrientes siguen disminuyendo. Mientras prosigue el azote de la crisis económica —al cierre de este texto, más de cinco años después del comienzo de la Gran Recesión— se deja sentir cada vez más la suma de las consecuencias de una desigualdad persistente, de una red de seguridad deficiente y de un aumento de la austeridad.

Por supuesto, la Reserva Federal ha seguido ayudando a los más ricos. Los reducidos tipos de interés vigentes se concibieron para contribuir a una subida del precio de las acciones. Actualmente, esos precios han vuelto a sus niveles de antes de la crisis (aunque, si se descuenta la inflación, siguen siendo inferiores). Quienes tuvieron los recursos económicos y las agallas de permanecer en la Bolsa se han recuperado totalmente. El 5 por ciento más rico de la población estadounidense, que posee más de dos tercios de la riqueza en acciones, en manos de familias, vuelve a ir por el buen camino(8). Los de más arriba han seguido cosechando para sí una enorme proporción de los ingresos del país. Como observaba incluso la revista The Economist, cuya orientación habitual suele ser a favor del «libre mercado», «en Estados Unidos, la proporción de la renta nacional que va a parar al 0,01 por ciento más alto (aproximadamente 16.000 familias) ha aumentado desde poco más de un 1 por ciento en 1980 a casi un 5 por ciento hoy en día: una porción de la tarta todavía mayor que la que se llevaba el 0,01 por ciento en la Edad Dorada(*)»(9). El propio Warren Buffett, que pertenece a la élite de los superricos, y que ha reconocido lo dañina que resulta la atroz desigualdad de Estados Unidos, recurrió a las páginas del New York Times en otoño de 2012 para destacar esa divergencia mediante otro indicador diferente: en 2009 (el último año para el que la Agencia Tributaria ha publicado datos) los 400 estadounidenses más ricos se llevaban a casa un «salario» de 97.000 dólares por hora(10) —una cantidad que ha aumentado a más del doble desde 1992—(11).

A los que están en la parte media y baja, y que tienen una gran parte de su patrimonio en la vivienda, no les ha ido tan bien. Los últimos datos revelan que durante el periodo de la recesión, de 2007 a 2010, la mediana de riqueza —la riqueza de los que están en medio— disminuyó en casi un 40 por ciento(12), hasta unos niveles parecidos a los de comienzos de la década de 1990. Toda la acumulación de riqueza en Estados Unidos ha ido a parar a los de arriba. Si los de abajo hubieran participado de una forma equitativa en ese aumento, su patrimonio a lo largo de las dos últimas décadas habría aumentado aproximadamente un 75 por ciento. Además, los últimos datos disponibles muestran que los de más abajo sufrieron mucho más que los de en medio. Antes de la crisis, la riqueza media del cuartil inferior era de menos 2.300 dólares. Después de la crisis, el saldo negativo se había multiplicado por 6, hasta 12.800 dólares en números rojos(13).

No es de extrañar que la persistente crisis económica haya provocado una disminución sostenida de los salarios: los salarios reales han bajado en casi un 1 por ciento para los hombres y en más de un 3 por ciento para las mujeres, tan solo entre 2010 y 2011(14). Y lo mismo ha ocurrido con los ingresos del estadounidense medio. Descontando la inflación, la mediana de ingresos de las familias en 2011 (el último año para el que disponemos de datos) era de 50.054 dólares, menos que en 1996 (50.661)(15).

Mi libro (capítulo 1) describe cómo a las familias formadas por personas de un nivel educativo limitado las cosas les están yendo peor todavía, ya que han sufrido una acusada disminución de su calidad de vida(16).

Esas alarmantes tendencias de la desigualdad de ingresos y de patrimonio se quedaban pequeñas frente a los indicios aún más perturbadores de la desigualdad en materia de salud. A medida que ha ido mejorando la asistencia médica, la esperanza de vida ha aumentado —como media, en Estados Unidos, en aproximadamente dos años entre 1990 y 2000—. Sin embargo, en el caso del sector más pobre de la población estadounidense, no ha habido ninguna mejora, y de hecho, entre las mujeres pobres la esperanza de vida ha disminuido(17).

Hoy en día, las mujeres de Estados Unidos tienen, como media, la esperanza de vida más baja de entre todos los países desarrollados(18). El nivel de estudios, que a menudo va asociado a los ingresos y a la raza, es un factor cada vez más importante de predicción de la esperanza de vida. Las mujeres blancas no hispanas con un título universitario tienen una esperanza de vida aproximadamente diez años mayor que la de una mujer negra o blanca que no tenga el título de bachillerato. Las mujeres blancas no hispanas que no tienen el bachillerato perdieron aproximadamente cinco años de esperanza de vida entre 1990 y 2008(19). En ese mismo periodo, la disminución en tres años de la esperanza de vida de los varones blancos que no tienen el diploma de bachillerato ha sido tan solo un poco menos dramática(20).

La disminución de los ingresos y del nivel de vida a menudo viene acompañada por toda una serie de manifestaciones sociales —malnutrición, consumo de drogas y deterioro de la vida familiar— que repercuten negativamente en la salud y en la esperanza de vida. De hecho, a menudo esa disminución de la esperanza de vida se considera más reveladora que las propias cifras sobre ingresos. En Rusia, durante los años posteriores a la caída del Telón de Acero, los ingresos disminuyeron, pero tal vez el indicador más fiable de lo mal que estaban las cosas lo aportaban los datos que revelaban una drástica disminución de la esperanza de vida. No es de extrañar que los expertos en salud pública hayan establecido un paralelismo entre el declive que se ha producido últimamente en Estados Unidos y lo que ocurrió en Rusia. Michael Marmot, director del Institute of Health Equity de Londres, y uno de los mayores expertos en la relación entre ingresos y salud, observaba que «la disminución en cinco años de la esperanza de vida de las mujeres rivaliza con la catastrófica reducción de siete años en el caso de los varones rusos durante los años posteriores a la caída de la Unión Soviética»(21).

Aunque no hay acuerdo sobre las causas de esos grandes cambios, un factor importante (que no se refleja adecuadamente en las estadísticas sobre ingresos) es la imposibilidad cada vez mayor de acceder a un seguro médico para los sectores de la parte más baja de la población(22). Uno de los principales objetivos del «Obamacare» (la ley de atención sanitaria asequible) era poner remedio a esa situación, pero el reciente fallo del Tribunal Supremo(23) que concedía a los estados de la Unión el derecho a renunciar a la expansión de Medicaid, sin perder la financiación, hace más probable que un importante sector de la población siga sin tener cobertura.

EL «DEBATE» DE LA DESIGUALDAD

El año pasado, durante mis viajes por todo el mundo, y al leer las críticas del libro que iban apareciendo, me alentó ver lo poco que se refutaban sus tesis centrales(24). Era difícil negar la magnitud de la desigualdad y la falta de oportunidades. Como es habitual, los catedráticos de las universidades ponen objeciones: es posible que los niveles de desigualdad no parezcan tan graves dependiendo de cómo se valoren las prestaciones que ofrecen Medicare, Medicaid y el seguro médico que aporta el empleador(25). Aunque ha aumentado el gasto en todos ellos, gran parte de esa subida puede atribuirse a un incremento en los costes médicos. No es que hayan aumentado las prestaciones en sí (26). Por otra parte, las cifras parecerían considerablemente peores si tuviéramos en cuenta el aumento de la inseguridad económica. Resultaba igualmente difícil negar que Estados Unidos había de dejado de ser la tierra de oportunidades que describían las historias «de los harapos a la riqueza» de Horatio Alger. Ni tampoco hubo intento alguno de negar que gran parte de la concentración de la riqueza de Estados Unidos en manos de los más ricos era una consecuencia de la búsqueda de rentas, como los beneficios monopolistas y la excesiva remuneración de algunos máximos directivos, y sobre todo, la del sector financiero. Como era de esperar, unos pocos críticos (incluido un antiguo presidente de la Confederación de la Industria Británica)(27) sugerían que yo prestaba menos atención de la debida a las fuerzas del mercado y que, por consiguiente, daba demasiada importancia a la búsqueda de rentas. Como explico en el texto, básicamente resulta imposible delimitar la contribución relativa de un factor individual cualquiera, teniendo en cuenta lo entremezcladas que están las distintas fuerzas que provocan la desigualdad; pueden existir honestas diferencias de opinión. Pero, como subrayo en el capítulo 2, los mercados no existen en un vacío. Están condicionados por nuestra política, a menudo en un sentido que beneficia a los de arriba. Por añadidura, aunque probablemente podamos hacer muy poco para cambiar la dirección de las fuerzas del mercado, sí podemos poner límites a la búsqueda de rentas. O por lo menos podríamos, si lográramos poner cierto orden en nuestra esfera política.

Me resultó muy alentador el hecho de que al debate se incorporara un número aún mayor de publicaciones conservadoras. The Economist, en un excelente reportaje especial, destacaba la magnitud del aumento de la desigualdad y de la disminución de la igualdad de oportunidades, y se mostraba de acuerdo con la mayoría de nuestros diagnósticos y de muchas de nuestras recomendaciones(28). Tras señalar, igual que lo había hecho yo, que gran parte de la desigualdad existente en Estados Unidos, sobre todo en la parte más alta, se debía a la búsqueda de rentas(29), The Economist concluía, en particular, que «la desigualdad ha llegado a un nivel en que puede resultar ineficiente y perjudicial para el crecimiento»(30). El reportaje, que comparte nuestra preocupación por la falta de oportunidades en Estados Unidos, cita unos resultados obtenidos por Sean Reardon, de la Universidad de Stanford(31), donde se aprecia que «la brecha entre la puntuación que obtienen en los exámenes los niños estadounidenses ricos y los niños pobres es aproximadamente entre un 30 y un 40 por ciento más amplia que hace veinticinco años»(32). No es de extrañar que las recomendaciones de The Economist comenzaran por una «ofensiva contra los monopolios y los intereses creados», para a continuación examinar las formas de mejorar la movilidad económica, donde el «objetivo sea la educación preescolar, así como más formación para el reciclaje profesional de los desempleados»(33). El reportaje incluso reconocía la necesidad de una fiscalidad más progresiva, incluyendo «estrechar la brecha que existe entre los tipos impositivos sobre las rentas de trabajo y sobre las rentas de capital; y de apoyarse más en unos impuestos eficientes, que sean pagados en su inmensa mayoría por los ricos, como por ejemplo los impuestos sobre bienes inmuebles».

No obstante, el debate fue más intenso en torno a un argumento (que se alegaba de forma explícita en un libro publicado poco tiempo después que el mío)(34) basado en otra variante de la teoría económica del goteo. En esta nueva versión de un viejo mito, los ricos son los creadores del empleo; si se da más dinero a los ricos, habrá más puestos de trabajo. Lo más irónico era que el autor de ese libro, al igual que el candidato presidencial al que apoyaba, procedía de una firma de capital riesgo dedicada a un modelo de negocio bien consolidado que consistía en comprar empresas, cargarlas de deudas, «reestructurarlas» a base de despedir a un gran número de trabajadores y vender la participación de la firma (por lo menos eso era lo que se pretendía) antes de que la empresa quebrara. Por supuesto, en la economía había innovadores de verdad, y esos sí creaban empleo; pero incluso la empresa que se había convertido en el emblema del éxito estadounidense, Apple, cuyo valor de mercado en 2012 era mayor que el de General Motors en su apogeo, tan solo tenía 47.000 empleados en Estados Unidos(35). En un mundo globalizado, crear valor de mercado había pasado a ser algo totalmente diferente de crear empleo. No había motivo para pensar que dando dinero a los ricos de Estados Unidos iba a aumentar la inversión en el país: el dinero va allí donde la rentabilidad es más alta, y con la crisis económica estadounidense, a menudo las rentabilidades más altas parecen estar en las inversiones en los mercados emergentes. E incluso cuando hay inversión en Estados Unidos, esta no conlleva necesariamente la creación de puestos de trabajo: gran parte de la inversión es en maquinaria destinada a sustituir la mano de obra, a destruir puestos de trabajo.

Llama la atención que, en el momento de máximo apogeo del capitalismo sin trabas, los primeros años de este siglo, un periodo en que la desigualdad en la parte más alta había aumentado a un ritmo sin precedentes, no hubiera creación de empleo en el sector privado. Y si excluimos el sector de la construcción —que se basaba en una burbuja inmobiliaria— las cifras parecen aún peores.

El dinero que se regala a los de arriba no solo no se dedica necesariamente a la «creación de puestos de trabajo» y a la innovación; una parte de ese dinero se dedica a distorsionar nuestra política, sobre todo en esta nueva era, inaugurada a raíz del caso Citizens United, donde no existen trabas a las contribuciones a las campañas. Lo que hemos presenciado muy claramente es que un uso frecuente de la riqueza es conseguir ventajas en la búsqueda de rentas y perpetuar las desigualdades a través del proceso político. Más adelante, en este mismo prólogo, describiré algunos de los ejemplos más reveladores de búsqueda de rentas que han salido a la luz tan solo en este último año.

El mismo viejo «mito» por el que deberíamos celebrar la riqueza de los de arriba, ya que todos salimos beneficiados de ella, se ha utilizado para justificar el mantenimiento de unos impuestos bajos sobre las plusvalías de capital. Sin embargo, la mayoría de estas se consiguen no a través de la creación de puestos de trabajo, sino de algún tipo de especulación. Una parte de esa especulación resulta desestabilizadora y desempeñó un papel importante en la crisis económica que ha costado tantos empleos.

LA CAMPAÑA PRESIDENCIAL

Durante la campaña, la palabra «desigualdad» no se escuchó muy a menudo. De hecho, teniendo en cuenta la atención que el movimiento Occupy Wall Street había concitado en torno al 1 por ciento, la falta de interés por la cuestión podría parecer sorprendente, hasta que uno cae en la cuenta de que gran parte de los más de 2.000 millones de dólares que se gastaron en la campaña habían sido recaudados (por parte de ambos partidos) entre los integrantes de ese 1 por ciento, y no era cuestión de ofenderles. Pero la herida de la creciente desigualdad de Estados Unidos supuraba no muy por debajo de la superficie. Cuando los demócratas hablaban de proteger a la clase media, en realidad estaban diciendo que la economía estadounidense no ha estado favoreciendo a la mayoría de la población y que tan solo los de arriba se han beneficiado del aumento del PIB. Cualquier agenda económica que se centre en la clase media es, por naturaleza propia, una agenda centrada en compartir la prosperidad; y eso implica detener e invertir la tendencia al aumento de la desigualdad.

Puede que el momento en que la desigualdad estuvo más cerca de pasar al primer plano de la campaña fuera cuando Mitt Romney insinuó que el 47 por ciento de los estadounidenses no pagaban impuesto sobre la renta y que vivían de las dádivas del Estado(36). Esa afirmación, realizada en una cena para recaudar fondos, a razón de 50.000 dólares el cubierto, en un lujoso escenario de Boca Ratón, Florida, desató su propio huracán. La ironía, por supuesto, es que los verdaderos gorrones son las personas como Romney: los impuestos que él ha dicho que paga (como porcentaje de sus ingresos declarados) son (calculando un 14 por ciento en 2011) mucho más bajos que los de personas con unos ingresos sustancialmente menores.

Lo que dijo Romney refleja unas ideas que comparten muchos estadounidenses, y no solo los que pertenecen al 1 por ciento. Muchos ciudadanos que trabajan duramente tienen la sensación de que se están aprovechando de ellos; de que sus impuestos se están utilizando, o bien para rescatar a los banqueros ricos, o bien para abonar ayudas económicas a personas que se niegan a trabajar. Esos ciudadanos se ven a sí mismos como «víctimas», y esa percepción ha desempeñado un importante papel en el ascenso del Tea Party, que aspira a reducir el tamaño del gobierno. Puede que nada haya dado un mayor impulso a ese movimiento que los enormes regalos que se hicieron a los bancos y a los banqueros; el gobierno intervino para ayudar a quienes habían provocado la crisis, e hizo poco por ayudar a quienes padecieron sus consecuencias. El Tea Party y otros sectores que simpatizaban con él tenían motivos para estar indignados, pero su diagnóstico era erróneo: sin el gobierno, las consecuencias que habrían tenido que sufrir hubieran sido aún más graves; sin el gobierno, los bancos habrían abusado todavía más de ellos. El gobierno no había hecho lo que debía para evitar la crisis ni el comportamiento abusivo de los bancos —ni para resucitar la economía o ayudar a quienes estaban sufriendo las consecuencias de la crisis económica—, pero, teniendo en cuenta los desequilibrios que existen en la política estadounidense, acaso sea más digno de destacar lo que sí se hizo.

Con sus comentarios, Romney articulaba un conjunto de malentendidos muy generalizados. En primer lugar, incluso quienes no pagan impuesto sobre la renta pagan toda una serie de impuestos de otro tipo, como las retenciones en la nómina, impuestos sobre el consumo, impuestos especiales o el impuesto sobre bienes inmuebles(37). En segundo lugar, muchos de los que reciben «prestaciones» han pagado por ellas a través de sus aportaciones a la Seguridad Social y a Medicare, que se financian con las retenciones de las nóminas. Esas personas no son gorrones. No debemos olvidar por qué se pusieron en marcha esos programas: antes de la aparición de Medicare y de la Seguridad Social, el sector privado dejaba a la mayoría de los ancianos sin ayudas de ningún tipo, el mercado de planes de pensiones básicamente no existía y los mayores no eran capaces de encontrar un seguro médico. El sector privado no proporciona, ni siquiera hoy en día, el tipo de cobertura que presta la Seguridad Social —incluyendo la protección contra la volatilidad de los mercados y contra la inflación—. Y los costes de gestión de la Administración de la Seguridad Social son sensiblemente más bajos que los del sector privado. Por añadidura, muchas de las personas que reciben prestaciones del Estado sin tener que pagarlas son nuestros jóvenes, que obviamente no pueden costearse, por ejemplo, su propia educación. Pero dedicar recursos a los jóvenes es invertir en el futuro del país.

Un sistema de protección social eficiente es un elemento importante de cualquier sociedad moderna. El mercado no lograba proporcionar un seguro adecuado, por ejemplo, contra el desempleo o la discapacidad. De modo que intervino el Estado. Pero, normalmente, las personas que reciben esas prestaciones las han pagado, directa o indirectamente, a través de las aportaciones realizadas a esos fondos de previsión por ellas mismas, o por sus empleadores en su nombre. Aparte de que una persona tiene derecho a recibir prestaciones de los programas que ha contribuido a financiar, la protección social puede contribuir a que la sociedad sea más productiva. Los individuos pueden emprender actividades de más rentabilidad y mayor riesgo si saben que existe una red de seguridad que los protegerá si las cosas no salen bien. Esa es una de las razones por las que algunas economías que disponen de una mejor protección social han estado creciendo mucho más deprisa que la de Estados Unidos, incluso durante la reciente recesión.

Muchas de las personas que pertenecen a las clases más desfavorecidas —y que han pasado a depender en gran medida de las prestaciones del Estado— están ahí en parte porque el gobierno ha fracasado en un sentido o en otro. No ha logrado darles una cualificación para que puedan llegar a ser personas productivas, y por consiguiente para que puedan ganarse la vida adecuadamente. No ha logrado evitar que los bancos se aprovecharan de ellos a través de los créditos usurarios y las prácticas abusivas con las tarjetas de crédito. No ha logrado impedir que las universidades con ánimo de lucro se aprovechen de las aspiraciones que tienen esas personas de ascender en este mundo a través de la educación. Y no ha conseguido gestionar la economía en su conjunto para que mantenga el pleno empleo.

Por último, los de arriba han intentado vendernos la idea de que las discusiones sobre desigualdad tan solo hablan de «redistribución», de quitarle a unos para dárselo a otros —o, en palabras de Romney, de quitar a los creadores de puestos de trabajo para dar a los gorrones—. Pero no es así. Una parte del problema que tiene hoy en día Estados Unidos es que en lo más alto hay demasiada gente que no está dispuesta a aportar la parte que le corresponde de los «bienes públicos» que resultan imprescindibles si lo que pretendemos es que nuestra sociedad, y nuestra economía, funcionen. Pese a que puede haber discrepancias sobre el significado de «lo que le corresponde», cuando los de arriba pagan un porcentaje menor de sus ingresos que quienes perciben una renta mucho más baja, estamos ante una situación claramente injusta(38).

Aunque unos pocos representantes de la derecha han intentado refutar la idea, ya generalmente aceptada, de que la desigualdad es mala para la economía, por otra parte he recibido críticas en el sentido de que este libro pone demasiado énfasis en una perspectiva económica sobre la desigualdad (lo que tal vez no es de extrañar, teniendo en cuenta mi currículo). Yo había sugerido no solo que a la economía en su conjunto le iría mucho mejor si hubiera menos desigualdad, sino que ello beneficiaría incluso a los integrantes del 1 por ciento. Que hubiera menos desigualdad favorecería su propio interés «ilustrado»(39). Sin embargo, y en especial durante el coloquio posterior a una charla que di en el Union Theological Seminary, los asistentes me argumentaron de una forma convincente que se trataba de una perspectiva demasiado restringida. Después de mi intervención uno de los asistentes, Cornel West, se levantó para decir lo siguiente:

Los grandes movimientos que ha habido en Estados Unidos —el abolicionismo, el movimiento por los derechos civiles, el movimiento feminista, el antihomófobo— no argumentaban que lo que necesitábamos era un interés propio bien entendido. Si ese fuera el eslogan, los negros todavía estarían sujetos a la antigua legislación discriminatoria. Había algo más. Unas sólidas fuerzas morales, unas sólidas fuerzas espirituales, que tenían que ver con unas historias, que hablaban de una nación, en términos de identidad nacional, en términos de lo que significa el ser humano, nuestra relación con los demás países. [...] Ni siquiera se va a plantear que sea una cuestión de «interés bien entendido» si no es a través de un relato enriquecedor sobre el arte de vivir, de amar y de prestar servicio a los demás.

A mi juicio, West aludía a que la verdadera solución a la crisis de desigualdad consiste en centrarse en la comunidad, más que simplemente en el interés propio —la comunidad como medio para la prosperidad y al mismo tiempo como una meta por derecho propio—. Y yo estoy de acuerdo. De hecho, somos una comunidad, y todas las comunidades ayudan a sus miembros más desfavorecidos. Si nuestro sistema económico provoca que haya una tal cantidad de personas sin empleo, o con empleos que no aportan un salario decente, que haya personas que dependen del Estado para conseguir comida, significa que nuestro sistema económico no ha funcionado como debería, y por consiguiente, que el Estado tiene que intervenir.

Efectivamente, tenemos una sociedad dividida. Pero la división no es, como ha sugerido Romney, entre los gorrones y los demás. Más bien la división es entre quienes (incluyendo muchos miembros del 1 por ciento) ven a Estados Unidos como una comunidad y se dan cuenta de que la única forma de lograr una prosperidad sostenida es que esa prosperidad sea compartida, y quienes no lo ven así; entre quienes sienten alguna empatía por los que no son tan afortunados como ellos y los que no.

Incluso si fuera cierto que el 47 por ciento de la población son gorrones, eso significaría que algo no funciona en nuestra sociedad. Toda sociedad tiene sus manzanas podridas, pero la mayoría de personas, por naturaleza, quiere aportar algo a sus comunidades, tener un trabajo que valga la pena; quieren «trabajo decente»(40). Pero si un país no proporciona a la mayor parte de la población la educación que necesita para ganarse la vida decentemente, si los empleadores no pagan a sus trabajadores un salario decente, si una sociedad ofrece tan poca igualdad de oportunidades que mucha gente acaba quedándose al margen y desmotivada, esa sociedad y su economía no pueden funcionar bien.

Por supuesto, a nadie debería extrañarle que algunos de los estadounidenses más ricos estén promoviendo una fantasía económica en la que su mayor enriquecimiento beneficia a todo el mundo. Lo que acaso sí resulta sorprendente es que los ricos hayan conseguido venderle ese tipo de fantasías a tantos estadounidenses.

La campaña presidencial vino a reforzar las preocupaciones que yo había expresado acerca del nexo que hay entre la desigualdad económica y la desigualdad política, ya que las consecuencias de los últimos fallos del Tribunal Supremo, que concedían una mayor libertad de movimientos al dinero en la política, quedaron en evidencia con el gasto sin trabas de los supercomités de acción política (PAC) —el 80 por ciento del dinero que recaudaron procedía de 200 donantes muy ricos—(41). Durante la campaña también asistimos a algunos esfuerzos coordinados para la privación del derecho al voto en un gran número de estados(42). Pero el resultado de las elecciones reforzó el destello de esperanza que yo había expresado al final de este libro: hubo una reacción adversa, y aquellos a los que se pretendía privar del derecho al voto se alzaron y acudieron a votar por el presidente Obama y los demócratas con unos índices de participación sin precedentes. El fracaso del dinero en su intento de comprar las elecciones fue una ulterior inyección de esperanza en que algún día logremos deshacer el nexo político-económico entre el dinero y la desigualdad.

PERSPECTIVAS GLOBALES

Durante el breve plazo transcurrido desde el lanzamiento del libro en Estados Unidos, también se ha publicado en el Reino Unido y se ha traducido al francés, al alemán, al castellano, al japonés y al griego. Casi en todas partes existe una preocupación por el aumento de la desigualdad, especialmente en la parte más alta. Casi por doquier la crisis económica ha empeorado las cosas, sobre todo para las clases medias y bajas. Pero en cada país el debate se ha centrado en asuntos ligeramente diferentes. El Reino Unido, por ejemplo, tenía el dudoso honor de ser el mejor «imitador» del modelo estadounidense. Hace treinta años, la desigualdad en el Reino Unido estaba en la media de los países industriales avanzados. Pero ahora solo le supera Estados Unidos. Es posible que el sector financiero haya desempeñado un papel todavía más importante en la desigualdad británica que en Estados Unidos.

De hecho, los escándalos a nivel mundial que han rodeado a los mercados financieros desde el comienzo de este siglo no han hecho más que crecer, y en ciertos aspectos Londres está en el ojo del huracán. El LIBOR (London Interbank Offered Rate) es un número que desempeña un papel crucial en infinidad de contratos —entre 300 y 350 billones de dólares en derivados financieros y cientos de miles de millones de dólares en hipotecas—. Al vincular el importe de los intereses al índice LIBOR, se permitía que se produjeran ajustes automáticos a medida que los tipos de interés subían y bajaban. Ese tipo de ajustes automáticos, a juicio de muchos, daba lugar a unos mercados financieros más eficientes. Y así podría haber sucedido si el LIBOR hubiera sido, como pensaba la gente, un número objetivo, real, que reflejaba los tipos de interés al que los bancos se prestaban dinero unos a otros en el mundo real. Pero no era así. Tendría que haber resultado evidente cuando, en 2007, los bancos dejaron de prestarse dinero entre ellos. Todos sabían que estaban en apuros; sabían que no eran realmente capaces de determinar el estado de sus propias cuentas, y mucho menos el estado de las cuentas de cualquier otro banco. Pero, si ningún banco le estaba prestando dinero a otro, ¿qué diantres podía significar la expresión «tipo de interés interbancario de Londres»? Se trataba, hablando en plata, de una ficción —de un número inventado— de la que dependía gran parte de los mercados financieros de Occidente.

A medida que los investigadores fueron examinando el LIBOR con más detalle, se dieron cuenta de que había sido un chanchullo desde mucho antes de que el mercado desapareciera oficialmente. Los bancos habían estado manipulando el índice, unas veces para lograr más beneficios a costa de operadores incautos, otras veces para convencer al mercado de que dichos bancos eran más solventes de lo que eran en realidad, tan solventes que no tenían problemas para pedir dinero prestado de terceros a unos tipos de interés muy bajos. Y lo que resulta aún más sorprendente es que incluso después de que se hiciera público el escándalo, el LIBOR siga usándose y manipulándose. Aunque el «mercado» indique que el riesgo de quiebra de un banco se ha disparado, ese banco puede alegar que sigue pudiendo pedir préstamos de otros bancos a un tipo de interés que básicamente no ha cambiado, una afirmación que casi con toda seguridad es ficticia.

Si Londres se ha convertido en la capital de los buscadores de rentas financieras de todo el mundo, en España la atención está en el otro extremo. Durante la década anterior a la crisis, España había sido uno de los países que habían ido en contra de las tendencias globales; de hecho, la desigualdad de salarios disminuyó. Pero España se ha visto golpeada con especial dureza por la recesión mundial. A decir verdad, con un índice de desempleo general que llega al 25 por ciento, y un desempleo juvenil que supera el 50 por ciento, puede decirse sin lugar a dudas que, en este momento, España está sufriendo una depresión.

España viene a ilustrar dos cuestiones. La primera es el nexo entre la desigualdad y la recesión/depresión. Como la crisis en España ha persistido, el desempleo ha aumentado. Pero como el desempleo está aumentando, los salarios (descontando la inflación) están disminuyendo, lo que debilita la demanda —el círculo vicioso que se describe en el capítulo 3—. Pero a ese combinado tóxico hay que añadir otro ingrediente más. Inevitablemente, a medida que disminuye el PIB (al momento del cierre de este texto el PIB de España seguía estando por debajo del nivel de 2007) y que aumenta el desempleo, caen los ingresos por impuestos y crecen los gastos en programas sociales. El déficit aumenta. En condiciones normales, los países podrían devaluar su divisa y reducir los tipos de interés para hacer que su economía fuera más competitiva; el consiguiente aumento de las exportaciones contribuiría a impulsar la economía. España renunció a esos importantes instrumentos cuando se incorporó a la eurozona, pero lo extraño es que esta no ofrezca nuevos instrumentos de política económica para sustituir a esos tradicionales mecanismos de ajuste.

Aunque los problemas de la eurozona quedaron de manifiesto por primera vez en Grecia, otros países como Irlanda, Portugal, España, Chipre e Italia se sumaron rápidamente a la lista de países en apuros. Una lista tan poblada debería haber puesto de manifiesto que el problema no consistía en que un país se hubiera «descarriado». Había algún problema sistémico grave. Pero el diagnóstico de los líderes europeos estaba viciado en sus fundamentos, las recetas que se adoptaron de acuerdo con ese diagnóstico estaban desencaminadas y, al final, de hecho, no hicieron más que empeorar las cosas. Todo esto viene a ilustrar el tema central de los capítulos 3 y 9: que las políticas macroeconómicas —como las monetarias— se han visto excesivamente limitadas por la ideología, y la ideología fundamentalista de mercado es la que defiende los intereses de los de arriba, a menudo a expensas del resto de la sociedad.

El diagnóstico de los líderes europeos se centraba en el derroche fiscal, pasando por alto el hecho de que dos de los países en crisis, España e Irlanda, habían tenido superávits presupuestarios antes de la crisis. La recesión provocó los déficits, y no al revés. Pero la receta que vino como resultado del diagnóstico de irresponsabilidad fiscal fue la austeridad —daba igual que casi no existan ejemplos de países que se hayan recuperado de una crisis gracias a la austeridad—. A menos que el crecimiento de las exportaciones pueda compensar la contracción de los gastos del Estado, la austeridad provoca un aumento del desempleo. Pero los países en crisis no podían ajustar su tipo de cambio, y en medio de una ralentización global de la economía, el crecimiento de las exportaciones habría sido difícil en cualquier caso. El resultado fue el que se había predicho: los países que adoptaron la austeridad —ya fuera de forma voluntaria, como en el caso del Reino Unido, o involuntaria, como en el caso de la mayoría de los países de la eurozona— cayeron en una recesión aún mayor, y al agravarse la crisis, las ansiadas mejoras en la situación fiscal fueron decepcionantes.

Los banqueros, y los líderes políticos que aparentemente les habían prestado tan buen servicio, se las habían ingeniado para diseñar un sistema financiero que pudiera dedicarse a asumir riesgos excesivos, a manipular los mercados y a las prácticas abusivas. Pero ya no eran tan ingeniosos a la hora de crear un sistema financiero que realmente hiciera lo que se espera que haga un sistema financiero. Los principios del «libre mercado» habían conducido a una Europa donde se facilitaban los movimientos de capital a través de las fronteras. Se argumentaba que con ello mejoraría el rendimiento económico; pero los banqueros y los líderes políticos no habían caído en la cuenta de que los detalles son muy importantes. Los bancos siempre han recibido subvenciones implícitas de los gobiernos —como quedó claramente en evidencia durante la crisis de 2008, cuando los gobiernos fueron decretando sucesivos rescates masivos en los distintos países—. La confianza en el sistema bancario de un país depende de la confianza en la capacidad y la disposición de los gobiernos de rescatar a los bancos de dicho país. Pero cuando un Estado se ve debilitado por una crisis económica, su capacidad de acudir al rescate de sus bancos también se debilita, precisamente en el momento en que más necesaria es la ayuda. Inevitablemente, la confianza en el sistema bancario del país disminuye; pero entonces, el marco institucional de Europa facilitó que el dinero saliera del país —exacerbando la crisis, mermando aún más la confianza en su sistema bancario y acelerando el declive de la economía—. España aporta un ejemplo perfecto: tras el estallido de su burbuja inmobiliaria y la adopción de los programas de austeridad, solo era cuestión de tiempo que empezara a erosionarse la confianza en el sistema bancario del país. Los problemas fueron en aumento a medida que proliferaban los rumores sobre una posible salida de España del euro. Para muchos, una buena gestión del riesgo significaba traspasar el dinero de los bancos españoles a los bancos alemanes; la gente tenía más confianza en la posibilidad de recuperar su dinero, y recuperarlo en euros, no en alguna nueva divisa devaluada. La pregunta era más bien cuánto iba a tardar el dinero en empezar a salir de España, no si iba a hacerlo. Pero a medida que el dinero iba saliendo del sistema bancario, los bancos se iban debilitando cada vez más, prestaban cada vez menos, la escasez del crédito se agravaba y los efectos combinados de la austeridad y la contracción del crédito amplificaron la crisis, en otro círculo vicioso. Los fundadores del euro habían creado un sistema dinámicamente inestable, pero sus sucesores no fueron capaces de comprender la gravedad de la situación. Hablaban de la necesidad de un sistema bancario común, pero se centraban en un marco normativo común, y no, por ejemplo, en un sistema común de garantía de depósitos que pusiera freno a la salida de dinero.

Al cierre de esta edición, el desconcierto en la eurozona continúa, más de tres años después de que los problemas pasaran al primer plano. Europa ha celebrado docenas de reuniones y ha adoptado todo tipo de iniciativas, algunas drásticas, otras modestas. Una o dos de ellas han logrado tranquilizar a los mercados y hacer que bajen los tipos de interés durante unas pocas semanas; otras han funcionado durante un plazo más breve todavía. El argumento de este libro no es lo que Europa habría podido o debido hacer para afrontar las crisis de España y de otros países. El libro trata de la desigualdad y de cómo las políticas económicas defectuosas —basadas en teorías e ideologías económicas viciadas— han acabado exacerbando la desigualdad a ambos lados del Atlántico. Anteriormente veíamos cómo se ha manifestado ese fenómeno en Estados Unidos. Pero las cosas están todavía peor en muchas partes de Europa, donde la austeridad ha provocado no solo un aumento vertiginoso del desempleo y una disminución de los salarios(43), sino también recortes masivos de los servicios públicos, en un momento en que son más necesarios que nunca. En Grecia, por ejemplo, hay escasez de medicamentos esenciales para salvar vidas, una circunstancia que tan solo se da en los países en vías de desarrollo más pobres. Quienes consiguen trabajo, aceptan cualquier empleo que se les ofrezca, aunque no sea la actividad para la que se formaron y a la que aspiraban. Muchos de los que no encuentran trabajo, sobre todo entre los jóvenes, están emigrando; las familias se están desmembrando. Los países se están vaciando de gente con talento.

Gran parte del 1 por ciento ha salido indemne, por lo menos hasta ahora. Y el marco político de Europa está planteando un reto, que quedó en evidencia a finales de 2012, cuando Francia estudiaba la posibilidad de subir los impuestos a sus residentes con mayores ingresos. Bernard Arnault, el hombre más rico de Francia, decidió pedir la nacionalidad belga, en lo que casi todo el mundo interpretó como un intento de reducir sus obligaciones fiscales. Con tanta facilidad de movimientos dentro de Europa, y sin una armonización tributaria, a las personas adineradas les resulta relativamente fácil trasladarse a las jurisdicciones de baja fiscalidad. Por consiguiente, la libertad de movimientos de la mano de obra sin una armonización tributaria es una invitación a una carrera a la baja, a que las jurisdicciones compitan para atraer a los individuos de elevados ingresos y a las grandes compañías rentables a base de ofrecerles impuestos más bajos. Así pues, la competencia tributaria merma la capacidad de emprender políticas fiscales progresivas y limita la capacidad de «corregir» una distribución del mercado cada vez más desigual.

Mientras que las fuerzas del mercado entran en juego en todos los países, la forma en que se manifiestan varía sustancialmente. Japón supone un ejemplo de un país que consiguió crecer rápidamente durante mucho tiempo con un alto grado de igualdad. Desde que estalló su burbuja de 1989, el crecimiento del país ha sido muy lento (el «malestar» japonés), pero a pesar de todo ha logrado evitar el elevado nivel de desempleo y limitar el aumento de la desigualdad que han caracterizado a otros países desarrollados.

Aunque otros países avanzados pueden manifestar cierta satisfacción por haber mostrado un mejor comportamiento que Estados Unidos —por lo menos en esa dimensión—, existe el riesgo de una cierta petulancia. El éxito en un momento determinado no garantiza el éxito en fechas posteriores. Aunque la desigualdad en Japón todavía es acusadamente menor que en Estados Unidos, y también es algo más reducida en Europa, ha ido aumentando tanto en Japón como en la mayoría de naciones europeas, igual que ha ocurrido en Estados Unidos. ¿Es posible que esos países acaben siendo sociedades divididas, con el mismo tipo de divisiones que los caracterizó durante los años previos a la II Guerra Mundial? Así pues, este libro ofrece una serie de importantes advertencias y lecciones incluso para los países menos desiguales, como Japón: no debería dar por descontados sus éxitos en el pasado a la hora de crear una sociedad y una economía más equitativas y justas. Debería preocuparle el aumento de la desigualdad y sus consecuencias sociales, políticas y económicas.

En aún mayor medida que Estados Unidos, Japón y muchos de los países europeos tienen que hacer frente a una gran deuda pública y al envejecimiento de la población. Pueden sentirse tentados a reducir las inversiones en el bien común, o a socavar los sistemas de protección social existentes. Sin embargo, ese tipo de políticas pondría en riesgo unos valores básicos y las perspectivas económicas para el futuro.

Los países tienen a su disposición políticas que incrementarían simultáneamente el crecimiento y la igualdad —y que crearían una prosperidad para todos—. En el caso de Japón y Europa, igual que en el de Estados Unidos, se trata más de una cuestión política que económica. ¿Serán capaces de poner coto a los buscadores de rentas y a sus actividades en defensa de sus propios y estrechos intereses, que inevitablemente perjudican a la economía en su conjunto? ¿Serán capaces de forjar un contrato social para el siglo XXI, que garantice que los beneficios de cualquier crecimiento que se produzca se repartan equitativamente?

Las respuestas a estas preguntas son cruciales para el futuro de Japón y de Europa.

Los desafíos que tienen que afrontar los países en vías de desarrollo son, como mínimo, todavía mayores. Históricamente, las primeras etapas del crecimiento a menudo se caracterizan por grandes aumentos de la desigualdad, ya que algunas partes del país crecen más deprisa que otras y algunos individuos están mejor equipados para afrontar la modernización que otros(44). Este crecimiento de la desigualdad desde luego salta a la vista en China, pero dista mucho de ser inevitable: Brasil ha visto cómo se reducía la desigualdad gracias a sus inversiones en educación y sus programas para proteger a los pobres, sobre todo a los niños pobres.

En esos y en otros países en vías de desarrollo, los cambios en la desigualdad tienen que ver con las reglas internacionales del juego, que están más allá del control de los países individuales. Y ahí también lo que cuenta es la política, no solo la economía; lo que gobierna la globalización son las normas internacionales. Cuando esas normas consienten que los países ricos subvencionen a sus empresas agrícolas más acaudaladas, los precios agrícolas mundiales tienden a la baja, y eso lo padece una gran parte de la gente más pobre de los países pobres, los que trabajan en la agricultura. Cuando los gobiernos de los países industrializados avanzados no consiguen regular adecuadamente sus bancos, ni gestionar bien su macroeconomía, los países en vías de desarrollo y los mercados emergentes a menudo sufren los daños colaterales. Y normalmente quienes más lo padecen son las clases más pobres de esos países. Al cierre de este texto, da la impresión de que eso está volviendo a ocurrir, en un momento en que la ralentización global, que comenzó con la crisis financiera de Estados Unidos en 2008, ahora se está viendo agravada por la crisis del euro.

ALGUNAS REFLEXIONES FINALES

¿EN QUÉ MOMENTO NOS APARTAMOS DEL BUEN CAMINO?

Una de las preguntas que me han hecho de forma reiterada es: ¿En qué momento nos apartamos del buen camino? Si me pidieran que identificara un momento en el que embocamos el camino que conduce a una desigualdad cada vez mayor, ¿cuál sería?

No existe una respuesta fácil a esa pregunta, pero claramente la elección del presidente Ronald Reagan constituyó un punto de inflexión en Estados Unidos. Entre los hechos que precipitaron el cambio están el comienzo de la desregulación del sector financiero y la reducción de la progresividad del sistema impositivo. La desregulación condujo a una excesiva «financiarización» de la economía —hasta el punto de que antes de la crisis de 2008, el 40 por ciento de todos los beneficios de las grandes empresas iban a parar al sector financiero—. La senda de desregulación por la que Reagan llevó al país también fue seguida, lamentablemente, por sus sucesores. Y lo mismo ocurrió con la política de bajar los impuestos a los más ricos. Al principio el tipo máximo se redujo del 70 por ciento al 28 por ciento (en tiempos de Reagan), y más tarde (después de que Bill Clinton elevara el tipo máximo hasta el 39,6 por ciento en 1993) volvieron a bajar, en tiempos de George W. Bush, hasta el 35 por ciento. Pero además, los impuestos sobre las modalidades de ingresos que en su inmensa mayoría perciben los ricos (las plusvalías de capital, de las que más de la mitad se las lleva el 0,1 por ciento más alto de la población) se redujeron aún más: con Clinton hasta el 20 por ciento, en 1997, y sucesivamente, en tiempos de Bush, hasta el 15 por ciento(45). Los intereses de los bonos municipales, otro de los ingresos favoritos de los ricos, ni siquiera es objeto de gravamen. La consecuencia es que los 400 mayores perceptores de ingresos de Estados Unidos pagaron un tipo impositivo medio de tan solo el 19,9 por ciento en 2009(46). En total, el 1 por ciento más rico de la población estadounidense paga un tipo impositivo real por sus ingresos de poco más del 20 por ciento, menos de lo que pagan los contribuyentes con ingresos más moderados.

A menudo se cita la victoria de Reagan en su pulso contra la huelga de controladores aéreos de 1981 como un momento crucial para el debilitamiento de los sindicatos, que es uno de los factores que explican por qué a los trabajadores les han ido tan mal las cosas en las últimas décadas. Pero también existen otros factores. Reagan promovió la liberalización del comercio, pero aunque ni él ni sus sucesores hubieran presionado explícitamente en favor de la apertura de los mercados, la disminución de los costes de transporte y de comunicación habría dado lugar a una mayor competencia extranjera. Una parte del crecimiento de la desigualdad puede atribuirse a la globalización y a la sustitución de los trabajadores semicualificados por nuevas tecnologías y mano de obra externalizada.

No obstante, lo peculiar de Estados Unidos es el increíble aumento de los ingresos de los de más arriba —el 1 por ciento, y el 0,1 por ciento más alto— y el incremento de la pobreza de los de más abajo. Esa tendencia es mucho más acusada en Estados Unidos que en la mayor parte de Europa, y se deriva de las políticas inequívocamente estadounidenses, que van desde unos sistemas impositivos menos progresivos, unas redes de seguridad y unos sistemas de protección social que son cada vez más débiles, un sistema educativo donde, más que en cualquier otro país, las conquistas a nivel educativo, económico y social de un niño tienen más que ver con las de sus padres, hasta una menor presencia de los sindicatos y un mayor papel de los bancos, sobre todo después del fervor desregulador de Reagan.

A lo largo de su historia, Estados Unidos siempre ha tenido problemas de desigualdad. Pero gracias a las políticas tributarias y a la normativa que existían en el periodo posterior a la II Guerra Mundial —y a las cuantiosas inversiones en educación, como la G. I. Bill— las cosas estaban mejorando. Las bajadas de impuestos para los más ricos y la desregulación iniciadas en los años de la presidencia de Reagan invirtieron esa tendencia.

Existe, como señalaba un participante de uno de mis seminarios, una correspondencia biunívoca entre la desigualdad antes de impuestos y la desigualdad después de impuestos. Es posible que el hecho de que Estados Unidos tenga el sistema tributario menos progresivo y la máxima desigualdad en los ingresos «de mercado» no sea fruto de la casualidad. Aparece sistemáticamente en los datos: como media, los países con una fiscalidad menos progresiva tienen más desigualdad. Eso podría deberse en parte a que las sociedades con más desigualdad económica suelen tener más desigualdad política, sobre todo cuando alcanza los niveles desmesurados que se aprecian en Estados Unidos y en unos cuantos países. Y con un sistema político que consiente que los ricos ejerzan tanta influencia, tal vez no sea de extrañar que los impuestos que pagan los ricos sean tan bajos. Pero hay otra explicación: en el capítulo 2 explico qué parte de la desigualdad, sobre todo en lo más alto, es achacable a la búsqueda de rentas. En general, esta es destructiva, porque quienes las buscan ganan menos de lo que le quitan a los demás, algo que resulta evidente en la destrucción causada por los buscadores de rentas en el sector financiero. Cuantos más impuestos haya que pagar por esas ganancias, menores serán los recursos que se dedicarán a la búsqueda de rentas y mayores serán los esfuerzos que se destinen a actividades que tal vez no resulten tan rentables, pero que incrementan el volumen de ingresos del país y que son satisfactorias por derecho propio.

¿HAY ALGUNA ESPERANZA?

Quisiera concluir con un comentario sobre una pregunta que planteaba de pasada en el último capítulo de este libro, pero que ha vuelto a surgir una y otra vez: ¿Hay alguna esperanza? Los estadounidenses son un pueblo optimista, y quieren creer que existe una salida. Como soy un economista ambivalente, he de admitir que hay unos pocos rayos de esperanza, aunque los motivos para la desesperación son evidentes: los bajos niveles de igualdad de oportunidades sugieren que probablemente, en un futuro, la desigualdad sea todavía peor que hoy en día. Está claro que existen políticas económicas que podrían reducir los elevados niveles de desigualdad; pero el nexo entre la desigualdad económica y política plantea la pregunta siguiente: ¿Qué perspectivas hay de que lleguen a adoptarse esas políticas?

Por otra parte, en el texto cuento que otros países incluso han logrado reducir la desigualdad. No es inevitable ni que esta siga siendo tan grande ni que siga aumentando. Uno de los principales mensajes de este libro es que nuestra economía, nuestra democracia y nuestra sociedad se beneficiarían de una reducción de la desigualdad y de un aumento de la igualdad de oportunidades. Parece que algunos países ya lo han entendido. La pregunta es: ¿Lo comprenderá Estados Unidos?

A lo largo de la historia de Estados Unidos hubo dos periodos caracterizados por unos elevados niveles de desigualdad de ingresos y de riqueza: la Edad Dorada de finales del siglo XIX y la época del boom de los felices años veinte. Ambos se caracterizaron por unos altos niveles de desigualdad y de corrupción, incluso en el ámbito político. De hecho, hasta mediados de la década pasada, la desigualdad de ingresos nunca había llegado a los niveles de la década de 1920. Por supuesto, algunos de los que amasaron sus fortunas en ambos periodos realizaron grandes contribuciones a nuestra sociedad —los capitalistas sin escrúpulos construyeron los ferrocarriles que transformaron el país—. Pero ambos periodos también se caracterizaron por la especulación, la inestabilidad y los excesos. Aunque a algunos les iba muy bien, no era una prosperidad compartida.

En ambos casos el país dio un paso atrás al llegar al borde del precipicio. Nuestros procesos democráticos funcionaron. A la Edad Dorada le sucedió la era progresista, que puso coto al poder de los monopolios. Después de los felices años veinte vino la importante legislación social y económica del New Deal, que reforzó los derechos de los trabajadores, aportó una mayor protección social para todos los ciudadanos e introdujo la Seguridad Social, que eliminó casi completamente la pobreza entre los ancianos.

La pregunta es: ¿Las desigualdades políticas del siglo XXI van a permitir que ocurra ahora lo mismo que ocurrió en aquellos casos de épocas pasadas? El rechazo de los votantes a Romney supone un destello de esperanza: con la excepción de la reelección de Franklin Delano Roosevelt en 1936, ningún presidente en ejercicio había sido reelegido con un nivel de desempleo ni remotamente parecido al que había en noviembre de 2012. Como he apuntado anteriormente, la postura de Romney y de muchos republicanos ante la desigualdad, y las políticas que afectarían a la cuestión, desempeñaron un importante papel en el resultado de esas elecciones. Pero afrontar de lleno un problema de la magnitud, el calado y la duración que tiene la desigualdad en Estados Unidos requerirá unas medidas de conjunto, el tipo de medidas que exigen el apoyo de ambos partidos. Tradicionalmente, en los dos partidos hay personas que comprenden que un país dividido no puede sostenerse. Y hoy en día las divisiones son mayores de lo que lo han sido a lo largo de muchas generaciones y amenazan valores básicos, como el concepto que tenemos de nosotros mismos como una tierra de oportunidades.

¿Volveremos a dar un paso atrás ante el abismo? Este libro está escrito con la esperanza de que podamos y logremos hacerlo. Siempre y cuando seamos capaces de entender lo que ha venido ocurriendo con nuestra economía y con nuestra sociedad.

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PRÓLOGO A LA EDICIÓN ESPAÑOLA

España está en una depresión. Esa es la única palabra que cabe utilizar para describir la economía, con casi uno de cada cuatro trabajadores en el paro y una tasa de desempleo juvenil del 50 por ciento (en el momento del cierre de este libro). El pronóstico para el futuro inmediato es más de lo mismo, acaso un poco peor. Y ello a pesar de las promesas del gobierno y de los altos funcionarios internacionales en el sentido de que, con los paquetes de austeridad que recetaron para España, el crecimiento a estas alturas ya se habría recuperado. Estos han subestimado reiteradamente la magnitud de la crisis que iban a provocar sus políticas, y, por consiguiente, han subestimado una y otra vez los beneficios fiscales que se derivarían de ellas: las crisis más profundas inevitablemente provocan una disminución de los ingresos y un aumento de los gastos por los programas de desempleo y las políticas sociales. Aunque después intenten achacar la responsabilidad a España por incumplir los objetivos fiscales, lo cierto es que a quien hay que echarle la culpa es a su error de diagnóstico para el problema y a la consiguiente receta equivocada.

Este libro explica cómo las políticas económicas erróneas pueden dar lugar simultáneamente a una mayor desigualdad y a un menor crecimiento, y las políticas que se están adoptando en España, y en Europa en general, suponen un ejemplo perfecto. Durante los años previos a la crisis (sobre todo entre 1985 y 2000) España representaba un caso bastante atípico, en el sentido de que disminuyó la desigualdad en las rentas netas del trabajo y en la renta disponible de las familias(47). Aunque se redujo la desigualdad antes de impuestos, el gobierno «corrigió» la distribución de la renta a través de importantes políticas sociales y de medidas destinadas a mejorar la sanidad pública, y siguió haciéndolo a lo largo de los primeros años de la crisis(48). Pero actualmente la prolongada recesión ha provocado un drástico aumento de la desigualdad(49).

Sin embargo, como explicaremos en el capítulo 1, las crisis —sobre todo una depresión como la que está padeciendo España en la actualidad— son malas para la desigualdad. Los que están desempleados, especialmente los parados de larga duración, tienen más probabilidad de caer en la pobreza. El elevado índice de desempleo presiona los salarios a la baja, y los salarios de la parte más baja son especialmente vulnerables. Y, como la austeridad se ha hecho más estricta, se recortan los programas sociales que son esenciales para el bienestar de los de en medio y los de abajo. Al igual que en Estados Unidos, la caída de los precios de la vivienda, el activo más importante para los de abajo y los de en medio, ha venido a agravar esos efectos.

Las consecuencias del aumento de la desigualdad en España y de su profunda depresión deberían ser un importante motivo de preocupación acerca de su futuro. No es solo que se estén despilfarrando los recursos; el capital humano del país se está deteriorando. Los que tienen una buena cualificación y no consiguen encontrar un empleo en España están emigrando: existe un mercado global para el talento que genera el país. Que esas personas regresen cuando la recuperación se consolide, si es que lo hace, dependerá en parte del tiempo que dure la Depresión.

Hoy en día, los problemas de España son consecuencia en gran medida de la misma mezcla de ideología y de intereses especiales que (como expongo en este libro) en Estados Unidos condujo a la liberalización y desregulación de los mercados financieros y a otras políticas «fundamentalistas del mercado»: unas políticas que contribuyeron al elevado nivel de desigualdad e inestabilidad de Estados Unidos y que han dado lugar a unas tasas de crecimiento mucho menores que en las décadas anteriores. (Esas políticas «fundamentalistas del mercado» también se denominan «neoliberalismo». Como explicaré más adelante, no se basan en una profunda comprensión de la teoría económica moderna, sino en una interpretación ingenua de la economía, basada en los supuestos de una competencia perfecta, de unos mercados perfectos y de una información perfecta).

En algunos casos, la ideología hizo poco más que disimular los intentos por parte de algunos intereses particulares de cosechar más beneficios. Se estableció un vínculo entre los bancos, los promotores inmobiliarios y algunos políticos: se dejó a un lado y/o no se hizo cumplir eficazmente la normativa medioambiental y de recalificación de terrenos; los bancos no solo no estaban adecuadamente regulados, sino que la escasa normativa existente no se hacía cumplir rigurosamente. Hubo una fiesta. El dinero fluía por doquier. Una parte de ese dinero fluía hacia los políticos que habían permitido que aquello ocurriera, ya fuera en forma de contribuciones a las campañas electorales o de lucrativos empleos después de desempeñar altos cargos en la Administración. También aumentaron los ingresos por impuestos, y los políticos podían alardear al mismo tiempo del crecimiento que había provocado la burbuja inmobiliaria y de la mejora de la situación fiscal del país. Pero todo aquello no era más que un espejismo: la economía se apoyaba en unos cimientos endebles e insostenibles.

En Europa, las ideas neoliberales y fundamentalistas del mercado están integradas en la infraestructura económica básica que subyace a la Unión Europea, y sobre todo a la eurozona. Se suponía que esos principios darían lugar a una eficiencia y a una estabilidad mayores; y que todo el mundo, o eso se creía, iba a beneficiarse del aumento del crecimiento, de modo que se prestó poca atención a las consecuencias que las nuevas reglas iban a tener para la desigualdad.

De hecho, esos principios han traído consigo un menor crecimiento y una mayor inestabilidad. Y en la mayoría de los países de la Unión Europea, incluso antes de la crisis, pero todavía más después, a los de abajo y a los de en medio no les han ido bien las cosas. Este libro expone muchas de las falacias que contiene la ideología fundamentalista del mercado y explica por qué han fracasado una y otra vez las políticas basadas en ella. Pero vale la pena examinar con más detalle cómo se han desarrollado esas cuestiones en Europa.

Consideremos el principio de la libertad de circulación de los trabajadores. Se suponía que iba a dar lugar a una asignación eficiente de la mano de obra, y en algunos casos eso puede ser cierto. Pero con unos niveles de endeudamiento tan elevados en numerosos países, los jóvenes pueden eludir el pago de las deudas de sus padres simplemente emigrando; los impuestos destinados al pago de esas deudas provocan una emigración ineficiente. Pero ello también genera una dinámica adversa: a medida que los jóvenes emigran, aumenta la carga fiscal sobre los demás, y ello trae consigo mayores incentivos para la emigración ineficiente.

O consideremos el principio de la libre circulación de las mercancías, combinado con la incapacidad de conseguir una armonización fiscal. Las empresas (y las personas) tienen incentivos para trasladarse a una jurisdicción con impuestos más bajos, desde la que pueden enviar sus mercancías a cualquier punto de la Unión Europea. La ubicación de las empresas no se basa en dónde resulta más eficiente la producción, sino en dónde son más bajos los impuestos. Ello, a su vez, desencadena una competición a la baja: crea una presión no solo para reducir los impuestos al capital y a las grandes empresas, sino también para bajar los salarios y empeorar las condiciones de trabajo. La carga de la fiscalidad se traslada a los trabajadores. Y como una gran parte de la desigualdad está asociada a la desigualdad en los beneficios del capital y en los dividendos de las grandes empresas, la desigualdad de ingresos en su conjunto (después de impuestos y transferencias) aumenta de forma inevitable.

El denominado principio del mercado único, por el que un banco regulado por cualquier gobierno europeo puede operar en cualquier lugar de la Unión Europea, combinado con la libre circulación del capital, probablemente representa lo peor de las políticas neoliberales. Durante los años previos a la crisis asistimos a un aspecto de ese fenómeno: los productos financieros y los depósitos procedentes de países insuficientemente regulados provocaron estragos en otros países; los países anfitriones fueron incapaces de cumplir su responsabilidad de proteger a sus ciudadanos y a sus economías. De la misma forma, la doctrina que afirma que los mercados son eficientes —y que los gobiernos no deberían interferir en sus portentosos mecanismos— dio lugar a la decisión de no hacer nada respecto a las burbujas inmobiliarias que estaban formándose en Irlanda, España y Estados Unidos. No obstante, los mercados han sufrido reiteradamente episodios de un optimismo y un pesimismo irracionales: fueron excesivamente optimistas durante los años posteriores a la creación del euro, y el dinero fluyó al sector inmobiliario de España e Irlanda; y hoy en día son excesivamente pesimistas, y el dinero sale huyendo de esos países. La salida de capitales debilita aún más la economía. Y el principio del mercado único exacerba el problema: cualquier residente de Grecia, de España o de Portugal puede transferir sus euros a una cuenta corriente de un banco alemán con relativa facilidad.

Sin embargo, el sistema bancario, al igual que los demás aspectos de la euro-economía, está distorsionado. El terreno de juego no está nivelado. La confianza en un banco depende de la capacidad del gobierno de rescatar a los depositantes del banco en caso de que hubiera algún problema, sobre todo teniendo en cuenta que hemos permitido que los bancos se hagan cada vez más grandes, y que negocien con productos financieros complejos, no transparentes y difíciles de tasar. Los bancos alemanes tienen ventaja sobre los bancos españoles simplemente porque hay una mayor confianza en la capacidad de Alemania para rescatar a sus bancos. Ahí hay una subvención oculta. Pero eso, una vez más, crea una espiral descendente: a medida que el dinero sale del país, la economía se debilita, lo que socava la confianza en que su gobierno sea capaz de rescatar los bancos del país, lo que a su vez provoca una mayor salida de capitales.

Actualmente, hay otros aspectos del marco económico de Europa que contribuyen a agravar sus problemas: el banco central Europeo se centra de forma inquebrantable en la inflación (a diferencia de Estados Unidos, donde el mandato del banco central incluye el crecimiento, el empleo y la estabilidad financiera). En el capítulo 9 se explica por qué centrarse en la inflación contribuye a una mayor desigualdad. Pero actualmente, la diferencia entre esos mandatos es especialmente perjudicial para Europa. Como Estados Unidos ha reducido sus tipos de interés prácticamente a cero y Europa no, el euro está más fuerte que en otras circunstancias, y eso debilita las exportaciones y fortalece las importaciones, lo que destruye más empleos todavía.

El problema fundamental del euro fue que eliminó dos de los mecanismos esenciales para realizar ajustes frente a una crisis que afectó de una forma diferente a unos países y a otros —los mecanismos del tipo de interés y del tipo de cambio— sin sustituirlos por nada. La eurozona no era lo que los economistas denominan un «área monetaria óptima», un grupo de países donde resulta viable compartir la misma moneda. Cuando los países se enfrentan a una crisis, una forma que tienen de adaptarse es mediante el tipo de cambio. Eso es válido incluso para países similares, como Estados Unidos y Canadá; el tipo de cambio entre ambos ha sufrido acusadas variaciones. Pero el euro impone una limitación a los ajustes.

Algunos sugieren que una alternativa a modificar el tipo de cambio es reducir todos los salarios y los precios dentro de un país. Eso se denomina devaluación interna. Si la devaluación interna resultara fácil, el patrón oro no habría supuesto un límite para los ajustes durante la Gran Depresión. Resulta más fácil que los países como Alemania realicen ajustes a través de una apreciación real de su divisa (como está haciendo actualmente China) que un ajuste por parte de sus socios comerciales mediante una depreciación real de su moneda. La apreciación real puede lograrse mediante la inflación. Es más fácil conseguir una inflación moderada que un nivel equivalente de deflación. Pero Alemania se ha mostrado reacia hasta el momento.

La consecuencia de que el tipo de cambio real de Alemania sea demasiado bajo es exactamente la misma que en el caso de China: tiene un superávit (al igual que China), y sus socios comerciales (como España) tienen un déficit comercial. Cuando existen desequilibrios, la responsabilidad es tanto del país con superávit como del país deficitario, y la carga del ajuste debería recaer en el país donde resulta más fácil realizarlo. Esa es la doctrina que ha proclamado el resto del mundo en sus negociaciones con China. Esta ha respondido con un sustancial aumento de su tipo de cambio real a partir de 2005. Pero el ajuste correspondiente no se ha producido dentro de Europa.

No todos los países pueden tener superávit, y por tanto la idea de algunos círculos económicos alemanes de que los demás deberían imitar sus políticas resulta, en cierto sentido, sencillamente incoherente. Por cada superávit tiene que haber un déficit. Y, particularmente hoy en día, los países con superávit están imponiendo un coste a los demás: actualmente, el problema mundial es una falta de demanda agregada global, un problema al que contribuyen los superávits comerciales.

Resulta aleccionador comparar Europa con Estados Unidos. Los cincuenta estados de la Unión comparten una moneda común. Pueden servir de ejemplo algunas diferencias entre Estados Unidos, donde existe una divisa común, que funciona, y Europa. En Estados Unidos, dos tercios de todo el gasto público corre a cargo de la Administración central. El gobierno federal asume la mayor parte de las prestaciones sociales, del seguro de desempleo y de las inversiones en capital, como las carreteras y la I + D. Las políticas anticíclicas son asunto del gobierno federal. El gobierno federal respalda a los bancos —incluso a la mayor parte de los bancos de ámbito regional— a través de la Federal Deposit Insurance Corporation (FDIC). Hay libertad de movimientos, pero en Estados Unidos a nadie le importa que un estado, como por ejemplo Dakota del Norte, se quede sin población a consecuencia de la emigración. De hecho, eso abarata el coste de comprar el voto del parlamentario de ese estado.

El euro era un proyecto político, pero en ese proyecto la política no era lo suficientemente fuerte como para «completarlo», como para hacer lo necesario para que un área monetaria aunara a un grupo tan variopinto de países. Existía la esperanza de que, con el tiempo, el proyecto se culminara a medida que el euro fuera integrando a los países. En la práctica, su efecto ha sido justamente el contrario. Se han reabierto viejas heridas y se han desarrollado nuevos antagonismos.

Cuando las cosas iban bien, nadie pensaba en esos problemas. Yo tenía la esperanza de que la crisis de la deuda griega que estalló en enero de 2010 aportara el impulso necesario para llevar a cabo reformas más fundamentales. Pero se hizo muy poco. Ha habido una serie de medidas, y todas y cada una de ellas han servido poco más que como un paliativo temporal. Al cierre de este libro, los tipos de interés que tiene que pagar España están en unos niveles insostenibles, y no hay visos de una recuperación a corto plazo.

El error más grave que ha cometido Europa, instigada por Alemania, es que ha achacado los problemas de los países periféricos, como España, a un gasto irresponsable. Aunque es cierto que Grecia había incurrido en grandes déficits presupuestarios durante los años previos a la crisis, tanto España como Irlanda tenían superávit y un reducido nivel de endeudamiento (en relación con su PIB). Así pues, centrarse en la austeridad ni siquiera habría evitado una repetición de la crisis, y mucho menos habría resuelto la crisis que afecta a Europa.

Anteriormente he descrito cómo el alto índice de desempleo está incrementando la desigualdad. Y dado que los más ricos gastan una menor proporción de sus ingresos que los de abajo —a los que no les queda más remedio que gastárselo todo— la desigualdad da lugar a un debilitamiento de la economía. Se produce un círculo vicioso descendente. Y la austeridad lo exacerba todo. Hoy en día, el problema en Europa es una demanda agregada insuficiente. A medida que se prolonga la Depresión, los bancos están menos dispuestos a prestar dinero, los precios de la vivienda disminuyen, y las familias se empobrecen cada vez más y tienen un futuro cada vez más incierto, lo que contribuye ulteriormente a inhibir el consumo.

Ninguna economía grande —y Europa es una gran economía— ha conseguido salir de una crisis al tiempo que imponía austeridad. La austeridad, de forma inevitable y predecible, siempre empeora las cosas. Los únicos ejemplos donde el rigor fiscal ha ido acompañado de una recuperación se han dado en países pequeños, habitualmente con unos tipos de cambio flexibles, y cuyos socios comerciales crecían con solidez, de forma que las exportaciones llenaron el vacío creado por los recortes en el gasto público. Pero esa no es en absoluto la situación a la que se enfrenta España hoy en día: sus principales socios comerciales están en recesión, y el país no tiene poder de decisión sobre su tipo de cambio.

Los líderes europeos han reconocido que los problemas no se resolverán sin crecimiento. Pero no han conseguido explicar la forma de conseguir crecimiento con austeridad. De forma que también ellos proclaman que lo que hace falta es restablecer la confianza. La austeridad no genera ni crecimiento ni confianza. Las políticas fallidas de los dos últimos años por parte de Europa, a base de intentar poner parches de forma reiterada, errando en el diagnóstico de los problemas de Europa, han socavado la confianza. Como la austeridad ha acabado con el crecimiento, también ha destruido la confianza, y seguirá haciéndolo, independientemente de los muchos discursos que se pronuncien acerca de la importancia de la confianza y del crecimiento.

Las medidas de austeridad han sido particularmente ineficaces, porque el mercado se daba cuenta que iban a traer consigo recesiones, inestabilidad política, y unas decepcionantes mejoras en la situación fiscal, a medida que disminuyeran los ingresos fiscales. Las agencias de calificación bajaban la nota de los países que adoptaban medidas de austeridad, y con razón. La nota de España se redujo cuando se aprobaron las primeras medidas de austeridad: la agencia de calificación creía que España iba a cumplir lo que prometía, y sabía que eso significaba un bajo crecimiento y un aumento de sus problemas económicos.

Al mismo tiempo que la austeridad se diseñó para resolver la crisis de la «deuda soberana», a fin de salvar el sistema bancario, Europa se ha dedicado a adoptar una serie de medidas temporales igual de ineficaces. Durante el pasado año, Europa se ha entregado a una costosa e infructuosa estrategia de castillo de naipes para salir del atolladero: aportar más dinero a los bancos para comprar deudas soberanas contribuyó a apoyar las deudas soberanas; y aportar más dinero a las deudas soberanas contribuyó a apoyar a los bancos. Eso no era más que economía vudú, un regalo oculto a los bancos por valor de decenas de miles de millones de dólares, pero del que los mercados se dieron cuenta enseguida. Cada medida no suponía más que un paliativo a corto plazo, cuyos efectos se disipaban más deprisa de lo que habían advertido los expertos. Al quedar plenamente en evidencia la estrategia de castillo de naipes, se ha puesto en peligro el sistema financiero de los países en crisis. Finalmente, casi dos años y medio después del comienzo de la crisis, Europa aparentemente se dio cuenta de la insensatez de esa estrategia. Pero aun así, fue incapaz de diseñar una alternativa eficaz.

Hay un segundo flanco (además de poner en orden el ámbito fiscal) en la estrategia de Europa: las reformas estructurales destinadas a hacer más competitivas las economías con problemas. Las reformas estructurales son importantes, pero llevan tiempo y son medidas del lado de la oferta; hoy en día lo que está limitando la producción es la demanda. Las equivocadas medidas del lado de la oferta (así las denominan) —aquellas que hoy dan lugar a una disminución de los ingresos— pueden exacerbar la escasez de la demanda agregada. Así pues, las medidas destinadas a mejorar el mercado de trabajo no conducirán a más contrataciones a menos que exista una demanda para los bienes que producen las empresas. Asimismo, debilitar a los sindicatos y la protección al empleo muy bien podría traer consigo una disminución de los salarios, una demanda menor, y más paro. Las doctrinas neoliberales sostenían que trasladar a los trabajadores desde los sectores subvencionados hacia usos más productivos aumentaría el crecimiento y la eficiencia. Pero en situaciones como la de España, donde el desempleo ya es elevado de por sí, y sobre todo cuando el sector financiero es débil, lo que ocurre es que los trabajadores se trasladan desde los sectores subvencionados de baja productividad al desempleo; y la economía se ve ulteriormente debilitada por la consiguiente reducción del consumo.

Europa lleva ya varios años pasando apuros, y el único resultado es que, al cierre de este libro, no solo los países en crisis, sino Europa en su conjunto, ha caído en la recesión. Existe un conjunto alternativo de medidas que podrían dar resultado, que por lo menos podrían acabar con la Depresión, poner fin al corrosivo aumento de la pobreza y de la desigualdad, e incluso restablecer el crecimiento.

Un principio aceptado desde hace tiempo es que un aumento equilibrado de los impuestos y el gasto estimula la economía, y si el programa está bien diseñado (impuestos a los más ricos, gasto en educación) el aumento del PIB y el empleo puede ser significativo.

Sin embargo, lo que puede hacer España es limitado. Si se pretende que el euro sobreviva, Europa tiene que actuar. En conjunto, Europa no está en una mala situación fiscal —en comparación con Estados Unidos, su ratio entre deuda y PIB es más favorable—. Si cada estado de la Unión fuera íntegramente responsable de su presupuesto, incluyendo el pago de las prestaciones por desempleo, también Estados Unidos sufriría una crisis fiscal. La lección es obvia: el todo es más que la suma de las partes. Europa tiene a su disposición distintas formas de actuar conjuntamente, más allá de las medidas que ya ha adoptado.

En Europa ya existen instituciones, como el Banco Europeo de Inversiones, que podrían contribuir a financiar las inversiones necesarias en las economías escasas de liquidez. Europa debería incrementar su crédito. Asimismo, deberían aumentar los fondos disponibles para apoyar a las pequeñas y medianas empresas; mientras que las grandes empresas podrían recurrir a los bancos de inversión. La contracción del crédito por parte de los bancos afecta de forma especialmente grave a esas empresas, y en todas las economías esas empresas son la fuente de creación de puestos de trabajo. Esas medidas ya están sobre la mesa, pero no es probable que sean suficientes.

Lo que hace falta es algo mucho más parecido a un Tesoro común: un fondo europeo de solidaridad más grande para la estabilización, o los eurobonos. Si Europa (y el BCE en particular) tuviera que pedir prestado, y a su vez prestar lo obtenido, disminuiría el coste de los intereses de la deuda de Europa, y eso dejaría margen para el tipo de gastos que podrían promover el crecimiento y el empleo.

Sin embargo, las políticas comunes que se están discutiendo actualmente son poco más que un pacto de suicidio: un acuerdo para limitar el gasto de acuerdo con los ingresos, incluso durante una recesión, sin un compromiso de los países que gozan de una posición más fuerte para ayudar a los más débiles. Una de las victorias de la Administración Clinton fue la derrota de un intento parecido por parte del Partido Republicano a fin de imponer una enmienda constitucional para garantizar un presupuesto equilibrado. Por supuesto, no podíamos prever el derroche fiscal de la Administración Bush, ni las irresponsables políticas de desregulación, ni la inadecuada supervisión que dieron lugar al aumento astronómico de la deuda federal. Pero aunque lo hubiéramos previsto, estoy convencido de que habríamos llegado a la misma conclusión. Es un error no utilizar las herramientas de que dispone un país; una de las principales obligaciones de la economía moderna es mantener el pleno empleo, y es imposible que la política económica por si sola lo consiga.

En Alemania hay quien alega que Europa no es una unión de transferencias. Existen muchas relaciones económicas que no son uniones de transferencias —una zona de libre comercio es un ejemplo—. Pero el sistema de una moneda única pretendía ir más allá. Europa y Alemania tendrán que afrontar la realidad: si no están dispuestas a modificar el marco económico más allá de un acuerdo de austeridad fiscal, es imposible que el euro funcione. Es posible que sobreviva algún tiempo, y que provoque un terrible daño en sus estertores de muerte. Pero no logrará sobrevivir.

Análogamente, tan solo existe una salida para la crisis bancaria: un marco bancario común, un respaldo por parte de toda Europa al sistema financiero. No es de extrañar que los bancos que gozan de las subvenciones implícitas de los gobiernos que están en mejores condiciones financieras no quieran eso. Están disfrutando de una ventaja competitiva. Y en todas partes los banqueros tienen una excesiva influencia en sus gobiernos.

Las consecuencias serán profundas y duraderas. Los jóvenes que no consiguen encontrar un empleo digno durante mucho tiempo acaban frustrados. Cuando por fin encuentran un trabajo, es por un salario mucho menor. Normalmente, la juventud es el periodo en que se adquiere la cualificación. Hoy en día es un periodo en que la cualificación se atrofia. El activo más valioso de la sociedad, el talento de su gente, se está echando a perder, e incluso se está destruyendo.

En este mundo hay muchos desastres naturales: terremotos, inundaciones, ciclones, huracanes, tsunamis. Es lamentable que haya que añadir a la lista un desastre provocado por el hombre. Pero eso es lo que está haciendo Europa. De hecho, ignorar deliberadamente las lecciones del pasado es un acto criminal. El dolor que está padeciendo Europa, sobre todo la gente pobre y los jóvenes, es innecesario.

Existe, como he apuntado, una alternativa. Pero España no puede actuar sola. Las políticas necesarias son políticas europeas. La tardanza en comprender esa alternativa puede resultar muy costosa.

Desgraciadamente, en este momento no se está discutiendo el tipo de reformas que lograrían que el euro funcione, por lo menos en público. Como he señalado anteriormente, lo único que tenemos son perogrulladas sobre la responsabilidad fiscal, y sobre el restablecimiento del crecimiento y la confianza. Discretamente, los profesores de economía y otros expertos están empezando a hablar de un «Plan B»: qué puede ocurrir si persiste la falta de voluntad política que quedó de manifiesto en la fundación del euro —la voluntad política de crear las estructuras institucionales que conseguirían hacer funcionar la moneda única—. La conocida metáfora dice que resulta muy costoso volver a meter la pasta de dientes en el tubo. Pero también lo es mantener el deficiente ordenamiento institucional actual. Existen en el pasado ejemplos de acuerdos monetarios que se han venido abajo. Y hay un precio que pagar por ello. Pero hay vida más allá de la deuda y la devaluación. Y esa vida puede ser mucho mejor que la depresión a la que hacen frente hoy en día algunos países europeos. Utilizo ese término con conocimiento de causa. El índice de desempleo y el crecimiento de España merecen calificarse con esa temible palabra que empieza por «d». Otra cosa sería que se viera luz al final de este túnel. Pero la austeridad no ofrece ninguna garantía de un mundo mejor en un futuro inmediato. La historia y la experiencia no nos aportan base alguna para la confianza.

Y si la depresión efectivamente se prolonga, quienes más sufrirán serán los de abajo.

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PREFACIO

En la historia hay momentos en que da la impresión de que por todo el mundo la gente se rebela, dice que algo va mal, y exige cambios. Eso fue lo que ocurrió en los tumultuosos años de 1848 y 1968. La agitación que tuvo lugar en ambos casos marcó el comienzo de una nueva era. Puede que el año 2011 resulte ser otro de esos momentos.

Un levantamiento juvenil que comenzó en Túnez, un pequeño país situado en la costa septentrional de África, se extendió a Egipto, un país cercano, y después a otros países de Oriente Próximo. En algunos casos, parecía que la chispa de la protesta iba a apagarse, por lo menos temporalmente. Sin embargo, en otros países aquellas tímidas protestas precipitaron un cambio social radical, y provocaron el derrocamiento de dictadores consolidados desde hacía décadas, como Hosni Mubarak en Egipto y Muamar el Gadafi en Libia. Poco después, la gente de España y Grecia, del Reino Unido y de Estados Unidos, y de otros países de todo el mundo, encontraron sus propios motivos para echarse a las calles.

A lo largo de 2011, acepté gustosamente invitaciones para viajar a Egipto, a España y a Túnez y me reuní con los manifestantes en el parque del Retiro de Madrid, en el parque Zuccotti de Nueva York y en El Cairo, donde hablé con hombres y mujeres jóvenes que habían estado en la plaza Tahrir.

Al hablar con ellos me fui dando cuenta de que, aunque las quejas específicas variaban de un país a otro —y en particular las quejas políticas de Oriente Próximo eran muy distintas de las de Occidente—, había algunos temas comunes. Había un consenso generalizado de que en muchos sentidos los sistemas económico y político habían fracasado y de que ambos sistemas eran básicamente injustos.

Los manifestantes tenían razón al decir que algo iba mal. El desfase entre lo que se supone que tendrían que hacer nuestros sistemas económico y político —lo que nos contaron que hacían— y lo que hacen en realidad se había vuelto demasiado grande como para ignorarlo. Los gobiernos a lo largo y ancho del mundo no estaban afrontando los problemas económicos más importantes, como el del desempleo persistente; y a medida que se sacrificaban los valores universales de equidad en aras de la codicia de unos pocos, a pesar de una retórica que asegura lo contrario, el sentimiento de injusticia se convirtió en un sentimiento de traición.

Que los jóvenes se rebelaran contra las dictaduras de Túnez y Egipto era comprensible. Los jóvenes estaban cansados de unos líderes avejentados y anquilosados que protegían sus propios intereses a expensas del resto de la sociedad. Esos jóvenes carecían de la posibilidad de reivindicar un cambio a través de procesos democráticos. Pero la política electoral también había fracasado en las democracias occidentales. El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, había prometido «un cambio en el que se puede creer», pero a continuación puso en práctica unas políticas económicas que a muchos estadounidenses les parecían más de lo mismo.

Y sin embargo, en Estados Unidos y en otros países, había indicios de esperanza en aquellos jóvenes manifestantes, a los que se sumaban sus padres, sus abuelos y sus maestros. No eran ni revolucionarios ni anarquistas. No estaban intentando echar abajo el sistema. Seguían creyendo que el proceso electoral podría funcionar, siempre y cuando los gobiernos recordasen que tienen que rendir cuentas ante el pueblo. Los manifestantes se echaron a las calles para forzar un cambio en el sistema.

El nombre elegido por los jóvenes manifestantes españoles, en el movimiento que comenzó el 15 de mayo, fue «los indignados»(1). Estaban indignados de que tanta gente lo estuviera pasando tan mal —como evidenciaba una tasa de desempleo juvenil superior al 40 por ciento desde el inicio de la crisis, en 2008— a consecuencia de las fechorías cometidas por los responsables del sector financiero. En Estados Unidos, el movimiento Occupy Wall Street se hacía eco de esa misma consigna. La injusticia de una situación en la que mucha gente perdía su vivienda y su empleo mientras que los banqueros recibían cuantiosas bonificaciones resultaba exasperante.

Sin embargo, las protestas en Estados Unidos muy pronto fueron más allá de Wall Street y se centraron en las desigualdades de la sociedad estadounidense en sentido amplio. Su consigna pasó a ser «el 99 por ciento». Los manifestantes que adoptaron esa consigna se hacían eco del título de un artículo que escribí para la revista Vanity Fair: «Del 1%, por el 1%, para el 1%»[1], que describía el enorme aumento de la desigualdad en Estados Unidos y un sistema político que parecía atribuir una voz desproporcionada a los de arriba[2].

Tres motivos resonaban por todo el mundo: que los mercados no estaban funcionando como se suponía que tenían que hacerlo, ya que a todas luces no eran ni eficientes ni estables[3]; que el sistema político no había corregido los fallos del mercado; y que los sistemas económico y político son fundamentalmente injustos. Aunque este libro se centra en el exceso de desigualdad que caracteriza hoy en día a Estados Unidos y a algunos otros países industrializados avanzados, también explica en qué medida esos tres motivos están íntimamente relacionados: la desigualdad es la causa y la consecuencia del fracaso del sistema político, y contribuye a la inestabilidad de nuestro sistema económico, lo que a su vez contribuye a aumentar la desigualdad; una espiral viciosa en sentido descendente en la que hemos caído y de la que solo podemos salir a través de las políticas coordinadas que describo más adelante.

Antes de centrar nuestra atención en la desigualdad, quisiera establecer el escenario mediante una descripción de los fallos más generales de nuestro sistema económico.

El fracaso de los mercados

Está claro que los mercados no han estado funcionando de la forma que proclaman sus apologistas. Se supone que los mercados son estables, pero la crisis financiera mundial demostró que podían ser muy inestables, con catastróficas consecuencias. Los banqueros habían hecho unas apuestas que, sin ayuda de los gobiernos, los habrían arruinado a ellos y a la economía en su conjunto. Pero un análisis más detallado del sistema reveló que no se trataba de un accidente; los banqueros tenían incentivos para actuar así.

Se supone que la gran virtud del mercado es su eficiencia. Pero, evidentemente, el mercado no es eficiente. La ley más elemental de la teoría económica —una ley necesaria si una economía aspira a ser eficiente— es que la demanda iguale a la oferta. Pero tenemos un mundo en el que existen gigantescas necesidades no satisfechas (inversiones para sacar a los pobres de la miseria, para promover el desarrollo en los países menos desarrollados de África y de otros continentes de todo el mundo, o para adaptar la economía mundial con el fin de afrontar los desafíos del calentamiento global). Al mismo tiempo, tenemos ingentes cantidades de recursos infrautilizados (trabajadores y maquinaria que están parados o que no están produciendo todo su potencial). El desempleo —la incapacidad del mercado para crear puestos de trabajo para tantos ciudadanos— es el peor fallo del mercado, la principal fuente de ineficiencia y una importante causa de la desigualdad.

A fecha de marzo de 2012, aproximadamente 24 millones de estadounidenses que querían tener un empleo a tiempo completo no eran capaces de encontrarlo[4].

En Estados Unidos, estamos echando de sus hogares a millones de personas. Tenemos viviendas vacías y personas sin hogar.

Pero incluso antes de la crisis, la economía estadounidense no estaba cumpliendo con lo que prometía: aunque había un crecimiento del PIB, la mayoría de los ciudadanos veía cómo empeoraba su nivel de vida. Como muestro en el capítulo 1, en el caso de la mayoría de las familias estadounidenses, incluso antes de la llegada de la recesión, sus ingresos, descontando la inflación, eran más bajos que diez años atrás. Estados Unidos había creado una maravillosa maquinaria económica, pero evidentemente era una maquinaria que solo funcionaba para los de arriba.

Hay muchísimo en juego

Este libro trata de por qué nuestro sistema económico no está funcionando para la mayoría de estadounidenses, por qué la desigualdad está aumentado en la medida que lo está haciendo y cuáles son las consecuencias. La tesis subyacente es que estamos pagando un precio muy alto por nuestra desigualdad —el sistema económico es menos estable y menos eficiente, hay menos crecimiento y se está poniendo en peligro nuestra democracia—. Pero hay mucho más en juego: a medida que queda claro que nuestro sistema económico no funciona para la mayoría de ciudadanos, y que nuestro sistema político ha caído en manos de los intereses económicos, la confianza en nuestra democracia y en nuestra economía de mercado, así como nuestra influencia en el mundo, se van deteriorando. A medida que se impone la realidad de que ya no somos un país de oportunidades, y de que incluso el imperio de la ley y el sistema de justicia de los que tanto hemos alardeado se han puesto en riesgo, puede que hasta nuestro sentido de identidad nacional esté en peligro.

En algunos países, el movimiento Occupy Wall Street se ha aliado estrechamente con el movimiento antiglobalización. Es cierto que tienen algunas cosas en común: la convicción de que no solo algo va mal, sino también de que es posible un cambio. Sin embargo, el problema no es que la globalización sea mala o injusta, sino que los gobiernos la están gestionando de una forma muy deficiente —mayoritariamente en beneficio de intereses especiales—. La interconexión de los pueblos, de los países y de las economías a lo largo y ancho del mundo es una nueva circunstancia que puede utilizarse igual de eficazmente tanto para promover la prosperidad como para difundir la codicia y la miseria. Lo mismo puede decirse de la economía de mercado: el poder de los mercados es enorme, pero no poseen un carácter moral intrínseco. Tenemos que decidir cómo hay que gestionarlos. En el mejor de los casos, los mercados han desempeñado un papel crucial en los asombrosos incrementos de la productividad y del nivel de vida de los últimos doscientos años —unos incrementos que exceden sobradamente los de los dos milenios anteriores—. Pero el gobierno también ha desempeñado un importante papel en esos avances, un hecho que habitualmente los defensores del libre mercado se niegan a reconocer. Por otra parte, los mercados también pueden concentrar la riqueza, trasladar a la sociedad los costes medioambientales y abusar de los trabajadores y de los consumidores. Por todas estas razones, resulta evidente que es necesario domesticar y moderar los mercados, para garantizar que funcionen en beneficio de la mayoría de los ciudadanos. Y es preciso hacerlo reiteradamente, para asegurarnos de que siguen haciéndolo. Eso fue lo que ocurrió en Estados Unidos durante la era progresista, cuando se aprobaron por primera vez las leyes sobre la competencia. Ocurrió durante el New Deal, cuando se promulgó la legislación sobre Seguridad Social, empleo y salario mínimo. El mensaje de Occupy Wall Street —y el de muchos otros movimientos de protesta de todo el mundo— es que una vez más es preciso domesticar y moderar los mercados. Las consecuencias de no hacerlo son graves: en el seno de una democracia coherente, donde se escucha la voz de los ciudadanos corrientes, no podemos mantener un sistema de mercado abierto y globalizado, por lo menos no en la forma en que lo conocemos, si ese sistema da lugar a que esos ciudadanos sean más pobres cada año. Una de las dos cosas tendrá que ceder: o bien nuestra política, o bien nuestra economía.

Desigualdad e injusticia

Los mercados, por sí solos, incluso cuando son eficientes y estables, a menudo dan lugar a altos niveles de desigualdad, unos resultados que generalmente se consideran injustos. Las últimas investigaciones en materia de teoría económica y de psicología (que se exponen en el capítulo 6) han revelado la importancia que los individuos conceden a la equidad. Lo que ha motivado las protestas en todo el mundo, más que ninguna otra causa, es la sensación de que los sistemas económico y político eran injustos. En Túnez, en Egipto y en otros países de Oriente Próximo, el problema no solo era que resultaba difícil encontrar trabajo, sino que los empleos que había disponibles iban a parar a las personas con contactos.

En Estados Unidos y en Europa, las cosas parecían más justas, pero solo en la superficie. Quienes se licenciaban en las mejores universidades con las mejores notas tenían más posibilidades de conseguir los mejores empleos. Pero el sistema estaba amañado, porque los padres adinerados enviaban a sus hijos a las mejores guarderías, a los mejores centros de enseñanza primaria y a los mejores institutos, y esos estudiantes tenían muchas más posibilidades de acceder a la élite de las universidades.

Los estadounidenses comprendieron que los manifestantes de Occupy Wall Street estaban apelando a sus valores, y por esa razón, aunque puede que el número de los que participaban en las protestas fuera relativamente pequeño, dos tercios de los estadounidenses decían que apoyaban a los manifestantes. Por si había alguna duda acerca del apoyo con el que contaban, el hecho de que los manifestantes fueran capaces de reunir, casi de un día para otro, 300.000 firmas a fin de mantener viva su protesta, cuando Michael Bloomberg, el alcalde de Nueva York, sugirió por primera vez que iba a clausurar el campamento del parque Zuccotti, junto a Wall Street, dejó las cosas claras[5]. Y el apoyo provenía no solo de entre los pobres y los desafectos. Aunque puede que la policía actuara con demasiada dureza contra los manifestantes de Oakland —y al parecer eso mismo pensaban las treinta mil personas que se sumaron a las protestas al día siguiente de que se desalojara violentamente el campamento del centro de la ciudad—, cabe destacar que incluso algunos de los policías expresaron su apoyo a los manifestantes.

La crisis financiera desencadenó una nueva conciencia de que nuestro sistema económico no solo era ineficiente e inestable, sino también básicamente injusto. En efecto, tras las repercusiones de la crisis (y de la respuesta de las Administraciones de Bush y de Obama), eso era lo que opinaba casi la mitad de la población, según una encuesta reciente[6]. Se percibía, con toda razón, que era escandalosamente injusto que muchos responsables del sector financiero (a los que, para abreviar, me referiré a menudo como «los banqueros») se marcharan a sus casas con bonificaciones descomunales, mientras que quienes padecían la crisis provocada por esos banqueros se quedaban sin trabajo; o que el gobierno rescatara a los bancos, pero que fuera reacio siquiera a prorrogar el seguro de desempleo a aquellos que, sin tener culpa de nada, no podían encontrar trabajo después de buscarlo durante meses y meses[7]; o que el gobierno no consiguiera aportar más que una ayuda simbólica a los millones de personas que estaban perdiendo sus hogares. Lo que ocurrió durante la crisis dejó claro que lo que determinaba la retribución relativa no era la contribución de cada cual a la sociedad, sino otra cosa: los banqueros recibieron enormes recompensas, aunque su aportación a la sociedad —e incluso a sus empresas— hubiera sido negativa. La riqueza que recibían las élites y los banqueros parecía surgir de su capacidad y su voluntad de aprovecharse de los demás.

Un aspecto de la equidad que está profundamente arraigado en los valores de Estados Unidos es la igualdad de oportunidades. Estados Unidos siempre se ha considerado a sí mismo un país donde hay igualdad de oportunidades. Las historias de Horatio Alger(2), sobre individuos que desde abajo conseguían llegar a lo más alto, forman parte del folclore estadounidense. Pero, como explicaré en el capítulo 1, poco a poco el sueño americano que consideraba este país como una tierra de oportunidades empezó a ser simplemente eso: un sueño, un mito reafirmado por anécdotas e historias, pero no respaldado por los datos. La probabilidad de que un ciudadano estadounidense consiga llegar a lo más alto partiendo desde abajo es menor que la que tienen los ciudadanos de otros países industrializados avanzados.

Asimismo existe un mito equivalente —de los harapos a la riqueza en tres generaciones— que sugiere que quienes están en lo más alto tienen que trabajar mucho para mantenerse allí; de lo contrario, bajarán rápidamente en la escala social (ellos mismos o sus descendientes). Pero, como se detalla en el capítulo 1, eso también es en gran medida un mito, ya que los hijos de los que están arriba seguirán, muy probablemente, en lo más alto.

En cierto sentido, en Estados Unidos y en todo el mundo, los jóvenes manifestantes aceptaron por su valor nominal lo que oían decir a sus padres y a los políticos, exactamente igual que hicieron los jóvenes estadounidenses hace cincuenta años durante el movimiento en defensa de los derechos civiles. En aquellos tiempos, examinaron con detalle los valores de igualdad, equidad y justicia en el contexto del trato que el país dispensaba a los afroamericanos, y encontraron graves carencias en las políticas de su país. Ahora examinan con detalle esos mismos valores en términos de cómo funciona nuestro sistema económico y nuestro sistema judicial, y han encontrado que el sistema tiene graves carencias para los ciudadanos estadounidenses pobres y de clase media, no solo en el caso de las minorías, sino para la mayoría de estadounidenses de cualquier procedencia.

Si el presidente Obama y nuestros tribunales de justicia hubieran declarado «culpables» de algún tipo de fechoría a quienes han llevado a la economía al borde de la ruina, tal vez habría sido posible afirmar que el sistema estaba funcionando. Que por lo menos existía alguna sensación de que hay que rendir cuentas. No obstante, en realidad, quienes tendrían que haber sido condenados por esos hechos a menudo ni siquiera han sido inculpados, y cuando lo han sido, normalmente se les ha declarado no culpables, o por lo menos no han sido condenados. Posteriormente se ha condenado a unos pocos responsables del sector de los hedge funds por utilizar información privilegiada, pero se trata de casos de poca monta, casi una distracción. El sector de los hedge funds no provocó la crisis. Fueron los bancos. Y son los banqueros los que han quedado, casi hasta el último de ellos, en total libertad.

Si nadie es responsable, si no se puede culpar a ningún individuo por lo que ha ocurrido, quiere decir que el problema está en el sistema económico y político.

De la cohesión social a la lucha de clases

Puede que la consigna «Somos el 99 por ciento» haya marcado un importante punto de inflexión en el debate sobre la desigualdad en Estados Unidos. Los estadounidenses siempre han rehuido el análisis de clases; nos gustaba creer que el nuestro es un país de clases medias, y esa creencia contribuye a cohesionarnos. No deberían existir divisiones entre las clases altas y las bajas, entre la burguesía y los trabajadores[8]. Pero si por una sociedad basada en las clases entendemos una sociedad donde las perspectivas que tienen de ascender los que están en la parte más baja son escasas, es posible que Estados Unidos se haya convertido en una sociedad basada aún más en las clases que la vieja Europa, y que nuestras divisiones actualmente hayan llegado a ser aún mayores que las de allá[9]. Los que pertenecen al 99 por ciento siguen en la tradición de que «todos somos clase media», con una pequeña modificación: reconocen que en realidad no todos estamos ascendiendo al mismo tiempo. La inmensa mayoría está sufriendo al mismo tiempo, y los que están en lo más alto —el 1 por ciento— viven una vida diferente. El «99 por ciento» representa un intento de forjar una nueva coalición, un nuevo sentido de la identidad nacional, basada no ya en la ficción de una clase media universal, sino en la realidad de las divisiones económicas en el seno de nuestra economía y nuestra sociedad.

Durante años ha existido un acuerdo entre la parte alta y el resto de nuestra sociedad, que venía a decir lo siguiente: nosotros os proporcionamos empleos y prosperidad, y vosotros nos permitís que nos llevemos nuestras bonificaciones. Todos vosotros os lleváis una tajada, aunque nosotros nos llevemos una tajada más grande. Pero ahora ese acuerdo tácito entre los ricos y los demás, que siempre había sido frágil, se ha desmoronado. Los integrantes del 1 por ciento se llevan a casa la riqueza, pero al hacerlo no le han aportado nada más que angustia e inseguridad al 99 por ciento. Sencillamente, la mayoría de los estadounidenses no se ha beneficiado del crecimiento del país.

¿Nuestro sistema de mercado está erosionando los valores básicos?

Aunque este libro se centra en la igualdad y la equidad, hay otro valor fundamental que nuestro sistema parece estar socavando: la sensación de juego limpio. Un sistema básico de valores tendría que haber generado, por ejemplo, sentimientos de culpa por parte de quienes se dedicaron a los préstamos abusivos, de quienes proporcionaron hipotecas a personas pobres que eran como bombas de relojería o de quienes diseñaban los «programas» que daban lugar a comisiones excesivas por los descubiertos, unas comisiones por valor de miles de millones de dólares. Lo que resulta asombroso es que pocas personas parecían —y siguen pareciendo— sentirse culpables, y que muy pocas dieron la voz de alarma. Algo ha pasado con nuestro sentido de los valores cuando el fin de ganar más dinero justifica los medios, lo que en el caso de la crisis de las hipotecas de alto riesgo de Estados Unidos equivalía a explotar a los ciudadanos más pobres y menos formados de nuestro país[10].

Gran parte de todo lo que ha estado ocurriendo solo puede describirse en términos de «penuria moral». Algo malo le ha sucedido a la brújula moral de muchísima gente que trabaja en el sector financiero y en otros ámbitos. Que las normas de una sociedad cambien de forma que tanta gente llegue a perder el norte moral dice algo significativo acerca de esa sociedad.

Parece que el capitalismo ha transformado a las personas que cayeron en su trampa. Los más brillantes de entre los brillantes que se fueron a trabajar a Wall Street eran iguales que la mayoría del resto de estadounidenses, salvo por el hecho de que ellos consiguieron mejores notas en sus universidades. Aparcaron temporalmente sus sueños de lograr un descubrimiento que salvara muchas vidas, de construir una nueva industria, de ayudar a los más pobres a salir de la miseria, al mismo tiempo que exigían unos sueldos que parecían difíciles de creer, a menudo a cambio de un trabajo que (por el número de horas) parecía difícil de creer. Pero entonces, demasiado a menudo, ocurrió una cosa: no es que aparcaran temporalmente sus sueños; es que se olvidaron de ellos[11].

Así pues, no es de extrañar que la lista de agravios contra las grandes empresas (y no solo contra las instituciones financieras) sea larga y venga de lejos. Por ejemplo, las empresas tabaqueras, sigilosamente, fueron haciendo más adictivos sus perniciosos productos, y al mismo tiempo que intentaban convencer a los estadounidenses de que no existían «pruebas científicas» de la peligrosidad de sus productos, sus archivos estaban repletos de evidencias que demostraban lo contrario. Análogamente, Exxon utilizó su dinero para intentar convencer a los estadounidenses de que las pruebas de un calentamiento global eran endebles, aunque la Academia Nacional de Ciencias se había sumado a todos los demás organismos científicos nacionales para decir que las pruebas eran sólidas. Y mientras la economía todavía estaba tambaleándose por las fechorías del sector financiero, el derrame de petróleo de BP puso en evidencia otro aspecto de la temeridad de las grandes empresas: la falta de cuidado en las perforaciones había puesto en peligro el medio ambiente y ponía en riesgo los empleos de miles de personas que viven de la pesca y el turismo en el golfo de México.

Si por lo menos los mercados hubieran cumplido de verdad las promesas de mejorar el nivel de vida de la mayoría de ciudadanos, todos los pecados de las grandes corporaciones, las aparentes injusticias sociales, las injurias a nuestro medio ambiente, la explotación de los pobres podrían perdonarse. Pero para los jóvenes indignados y los manifestantes de otros lugares del mundo, el capitalismo no solo no está cumpliendo lo que prometía, sino que está dando lugar a lo que no prometía: desigualdad, contaminación, desempleo y, lo que es más importante, la degradación de los valores hasta el extremo en que todo es aceptable y nadie se hace responsable.

El fracaso del sistema político

Parece que el sistema político está fallando en la misma medida que el sistema económico. Teniendo en cuenta el alto índice de desempleo juvenil que hay en todo el mundo —cerca de un 50 por ciento en España, y un 18 por ciento en Estados Unidos—[12], tal vez resulta más sorprendente no ya que acabaran estallando las protestas, sino que tardaran tanto en hacerlo. Los parados, incluidos los jóvenes que habían estudiado mucho y que habían hecho todo lo que se supone que tenían que hacer (habían «jugado según las normas», como acostumbran a decir algunos políticos), tenían que afrontar una dura decisión: seguir desempleados o aceptar un empleo muy por debajo de su nivel de cualificación. En muchos casos ni siquiera había opción: sencillamente no había trabajo, y desde hacía ya varios años.

Una interpretación del largo retraso en la aparición de las protestas masivas era que, en los inicios de la crisis, la gente confiaba en la democracia, tenía fe en que el sistema político iba a funcionar, que iba a exigir responsabilidades a quienes habían provocado la crisis y a reparar rápidamente el sistema económico. Pero varios años después del estallido de la burbuja, quedó claro que nuestro sistema político había fracasado, igual que había fracasado a la hora de evitar la crisis, de frenar el aumento de la desigualdad, de proteger a los más desfavorecidos, de evitar los abusos de las grandes empresas. Solo entonces los manifestantes se echaron a las calles.

Los estadounidenses, los europeos y los ciudadanos de otras democracias de todo el mundo se enorgullecen de sus instituciones democráticas. Pero los manifestantes han empezado a cuestionar si existe una democracia real. La democracia real es algo más que el derecho a votar cada dos o cuatro años. Las opciones tienen que ser significativas. Los políticos tienen que escuchar la voz de los ciudadanos. Pero cada vez más, y sobre todo en Estados Unidos, da la impresión de que el sistema político tiene más que ver con «un dólar, un voto» que con «una persona, un voto». En vez de corregir los fallos del mercado, el sistema político los estaba potenciando.

Los políticos pronuncian discursos sobre lo que está ocurriendo con nuestros valores y nuestra sociedad, y a continuación nombran para un alto cargo a los máximos directivos y a otros responsables de las grandes empresas que estaban al frente del sector financiero mientras el sistema fallaba estrepitosamente. No nos esperábamos que los arquitectos de un sistema que no ha funcionado reconstruyeran el sistema y lograran que funcionase, y sobre todo que funcionase para la mayoría de los ciudadanos —y, efectivamente, no lo han conseguido—.

Los fallos de la política y la economía están interrelacionados, y se potencian mutuamente. Un sistema político que amplifica la voz de los ricos ofrece muchas posibilidades para que las leyes y la normativa —y su administración— se diseñen de forma que no solo no protejan a los ciudadanos corrientes frente a los ricos, sino que enriquezcan aún más a los ricos a expensas del resto de la sociedad.

Esto me lleva a una de las tesis centrales de este libro: aunque puede que intervengan fuerzas económicas subyacentes, la política ha condicionado el mercado, y lo ha condicionado de forma que favorezca a los de arriba a expensas de los demás. Cualquier sistema económico debe tener reglas y normativas; tiene que funcionar dentro de un marco jurídico. Hay muchos marcos distintos, y cada uno de ellos tiene consecuencias para la distribución de la riqueza, así como para el crecimiento, para la eficiencia y para la estabilidad. La élite económica ha presionado para lograr un marco que le beneficia, a expensas de los demás, pero se trata de un sistema económico que no es ni eficiente ni justo. Me propongo explicar cómo nuestra desigualdad se refleja en cualquier decisión importante que tomamos como nación —desde nuestro presupuesto hasta nuestra política monetaria, incluso hasta nuestro sistema judicial— y demostrar que esas mismas decisiones contribuyen a perpetuar y a exacerbar dicha desigualdad[13]. Con un sistema político que es tan sensible a los intereses económicos, la creciente desigualdad económica da lugar a un creciente desequilibrio en el poder político, a una relación viciada entre política y economía. Y las dos juntas conforman, y son conformadas por, unas fuerzas sociales —las convenciones y las instituciones sociales— que contribuyen a potenciar esa creciente desigualdad.

Qué reivindican los manifestantes y qué están consiguiendo

Los manifestantes, tal vez en mayor medida que la mayoría de los políticos, entendieron muy bien lo que está ocurriendo. Desde cierto punto de vista, piden muy poco: que se les dé una oportunidad de utilizar sus conocimientos, el derecho a un empleo digno por un salario digno, una economía y una sociedad más justas, que los traten con dignidad. En Europa y en Estados Unidos, sus reivindicaciones no son revolucionarias, sino evolutivas. No obstante, desde un punto de vista distinto, lo que piden es mucho: una democracia donde lo que cuente sea la gente, no los dólares; y una economía de mercado que cumpla lo que se supone que tiene que hacer. Las dos reivindicaciones están interrelacionadas: los mercados sin trabas de ningún tipo no funcionan bien, como hemos visto. Para que los mercados funcionen como se supone que tienen que hacerlo, tiene que haber una adecuada normativa gubernamental. Pero para que eso ocurra, hemos de tener una democracia que refleje el interés general, no intereses especiales ni simplemente a los de arriba.

Se ha criticado a los manifestantes por carecer de un programa, pero esas críticas no captan la esencia de los movimientos de protesta. Son una expresión de frustración con el sistema político e incluso, en los países donde hay elecciones, con el proceso electoral. Suponen una voz de alarma.

En algunos aspectos, los manifestantes ya han conseguido mucho: los comités de expertos, los organismos gubernamentales y los medios de comunicación han confirmado sus reivindicaciones, los fallos, no solo del sistema de mercado, sino del elevado e injustificable nivel de desigualdad. La expresión «Somos el 99 por ciento» ha calado en la conciencia popular. Nadie puede saber a ciencia cierta adónde nos llevarán estos movimientos. Pero de una cosa podemos estar seguros: esos jóvenes manifestantes ya han modificado el discurso público y la conciencia tanto de los ciudadanos corrientes como de los políticos.

COMENTARIOS FINALES

En las semanas posteriores a los movimientos de protesta en Túnez y Egipto, yo escribí (en un primer borrador de mi artículo para Vanity Fair):

Mientras contemplamos el fervor popular en las calles, hemos de plantearnos una pregunta: ¿cuándo llegará a Estados Unidos? En algunos aspectos importantes, nuestro propio país se ha convertido en algo parecido a uno de aquellos remotos y turbulentos lugares. En concreto, existe un domino absoluto sobre casi todo, ejercido por ese diminuto estrato de personas que están en lo más alto —el 1 por ciento más rico de la población—.

Al cabo de tan solo unos pocos meses aquellas protestas llegaron a las costas de este país.

Este libro intenta sondear las profundidades de un aspecto de lo que ha ocurrido en Estados Unidos: cómo hemos llegado a convertirnos en una sociedad tan desigual, con unas oportunidades tan menguadas, y cuáles serán las probables consecuencias de todo ello.

El cuadro que pinto hoy en día es desolador: tan solo estamos empezando a entender lo mucho que nuestro país se ha desviado de nuestras aspiraciones. Pero también hay un mensaje de esperanza. Hay marcos alternativos que funcionan mejor para la economía en su conjunto y, lo que es más importante, para la inmensa mayoría de los ciudadanos. Una parte de ese marco alternativo implica un mejor equilibrio entre los mercados y el Estado —un punto de vista respaldado, como explicaré más adelante, tanto por la teoría económica moderna como por las evidencias históricas—[14]. En esos marcos alternativos, uno de los papeles que asume el gobierno es redistribuir los ingresos, sobre todo cuando los resultados de los procesos de mercado son demasiado divergentes.

Los críticos de la redistribución a veces sugieren que el coste de la redistribución es demasiado alto. Alegan que los desincentivos son demasiado grandes, y lo que salen ganando los pobres y los de en medio se ve más que contrarrestado por las pérdidas en el nivel más alto. A menudo, desde la derecha, se argumenta que podríamos tener más igualdad, pero solo a costa de pagar el elevado precio de un crecimiento más lento y un PIB menor. La realidad (como me propongo demostrar) es exactamente al contrario: tenemos un sistema que ha estado trabajando horas extra a fin de trasladar el dinero desde los niveles inferiores y medios hasta el nivel más alto, pero el sistema es tan ineficiente que lo que salen ganando los de arriba es mucho menos de lo que pierden los de en medio y los de abajo. En realidad, estamos pagando un elevado precio por nuestra creciente y desmesurada desigualdad: no solo un crecimiento más lento y un PIB menor, sino incluso más inestabilidad. Y eso por no hablar de los otros precios que estamos pagando: una democracia más débil, una menor sensación de equidad y justicia, e incluso, como ya he apuntado, un cuestionamiento de nuestro sentido de la identidad.

Unas palabras de advertencia

Unos pocos comentarios preliminares adicionales: a menudo utilizo el término «el 1 por ciento» en general, para referirme al poder político y económico de los de arriba. En algunos casos, a lo que realmente me refiero es a un grupo mucho más reducido —la décima parte más alta de ese 1 por ciento—; en otros casos, al hablar, por ejemplo, del acceso a la educación de máximo nivel, me refiero a un grupo sensiblemente más amplio, tal vez al 5 o al 10 por ciento más alto.

Puede que los lectores piensen que hablo demasiado sobre los banqueros y sobre los máximos directivos de las grandes empresas, demasiado sobre la crisis financiera de 2008 y sus secuelas, sobre todo (como explicaré en su momento) teniendo en cuenta que los problemas de la desigualdad en Estados Unidos vienen de mucho más atrás. No es solo que esas personas se hayan convertido en el chivo expiatorio de la opinión popular. Es que simbolizan todo lo que se ha torcido. Gran parte de la desigualdad en la parte más alta se asocia a los directivos del sector financiero y de las grandes empresas. Pero es más que eso: esos líderes han contribuido a condicionar nuestras opiniones sobre lo que es una buena política económica, y hasta que no comprendamos dónde se equivocan esos puntos de vista —y cómo, en gran medida, esas opiniones están al servicio de sus intereses a expensas del resto de ciudadanos—, no seremos capaces de reformular las políticas con el fin de garantizar una economía más equitativa, más eficiente y más dinámica.

Un libro de divulgación como este entraña un mayor riesgo de caer en burdas generalizaciones de lo que sería adecuado en un texto más académico, que estaría repleto de matizaciones y notas a pie de página. A ese respecto, pido disculpas por anticipado, y remito al lector a algunos escritos académicos que se citan en el reducido número de notas que mi editor me ha permitido incluir. Así pues, además, quisiera subrayar que al censurar a los «banqueros» estoy simplificando demasiado: muchos, muchísimos financieros que conozco estarían de acuerdo con gran parte de lo que acabo de decir. Algunos de ellos se opusieron a las prácticas abusivas y a los préstamos usurarios. Algunos quisieron poner coto a la excesiva asunción de riesgos por parte de los bancos. Algunos creían que los bancos tenían que centrarse en su área de negocio principal. Hubo incluso unos cuantos bancos que hicieron precisamente eso. Pero es evidente que la mayoría de las personas importantes que tomaban decisiones no lo hicieron: tanto antes de la crisis como después, las instituciones financieras más grandes e influyentes se comportaron de una forma que resulta legítimamente criticable, y alguien tiene que asumir la responsabilidad. Cuando censuro a los «banqueros», estoy censurando a aquellos que decidieron, por ejemplo, dedicarse a prácticas fraudulentas y poco éticas, y a quienes crearon una cultura en el ámbito de las instituciones que lo hizo posible.

Deudas intelectuales

Un libro como este se basa en la erudición, teórica y empírica de cientos de investigadores. No resulta fácil reunir los datos que describen lo que está ocurriendo con la desigualdad o dar una interpretación de por qué ha sucedido todo lo que ha venido ocurriendo. ¿Por qué razón los ricos están haciéndose mucho más ricos, por qué la clase media se está despoblando y por qué está aumentando la cifra de personas pobres?

Aunque las notas de los siguientes capítulos aportan algunos reconocimientos, sería una negligencia por mi parte si no mencionara el exhaustivo trabajo de Emmanuel Saez y de Thomas Piketty, o el trabajo a lo largo de más de cuatro décadas de uno de mis primeros coautores, sir Anthony B. Atkinson. Dado que una parte esencial de mi tesis es la estrecha interacción entre política y economía, tengo que ir más allá de la teoría económica en sentido estricto. Mi colega del Instituto Roosevelt, Thomas Ferguson, en su libro de 1995 titulado Golden Rule: The Investment Theory of Party Competition and the Logic of Money-Driven Political Systems [La regla de oro: la teoría de la inversión de la competencia entre partidos y la lógica de los sistemas políticos impulsados por el dinero], fue uno de los primeros en analizar con cierto rigor el enigma fundamental de por qué, en las democracias basadas en «una persona, un voto», el dinero parece ser tan importante.

No es de extrañar que la relación entre la política y la desigualdad se haya convertido en el centro de atención de muchos libros de reciente publicación. Este libro, en cierto sentido, retoma el análisis donde lo dejó el excelente libro de Jacob S. Hacker y Paul Pierson titulado Winner-Take-All Politics: How Washington Made the Rich Richer—And Turned Its Back on the Middle Class [La política de «el ganador se lo lleva todo»: cómo Washington hizo más ricos a los ricos y dio la espalda a la clase media][15]. Ellos son científicos sociales. Yo soy un economista. Todos nosotros intentamos lidiar con la cuestión de cómo explicar la elevada y creciente desigualdad en Estados Unidos. Yo me pregunto: ¿cómo podemos conciliar lo que ha ocurrido con la teoría económica estándar? Y aunque enfocamos la cuestión a través del objetivo de dos disciplinas diferentes, hemos llegado a la misma respuesta: parafraseando al presidente Clinton, «¡Es la política, estúpido!». El dinero habla en la política, igual que lo hace en los mercados. Que eso es así resulta evidente desde hace mucho tiempo y ha dado lugar a un rosario de libros, como Republic, Lost: How Money Corrupts Congress—And a Plan to Stop It [La república, perdida: cómo el dinero corrompe al Congreso, y un plan para impedirlo], de Lawrence Lessig[16]. También ha ido quedando cada vez más claro que la creciente desigualdad tiene un importante efecto en nuestra democracia, según han puesto de manifiesto libros como Unequal Democracy: The Political Economy of the New Gilded Age [La democracia desigual: la economía política de la nueva edad de oro], de Larry Bartel[17], y Polarized America: The Dance of Ideology and Unequal Riches [Estados Unidos polarizado: el baile de la ideología y de la riqueza desigual], de Nolan McCarty, Keith T. Poole y Howard Rosenthal[18].

Pero cómo y por qué el dinero resulta ser tan poderoso en una democracia donde cada persona tiene un voto —y la mayoría de los votantes, por definición, no forma parte del 1 por ciento— ha seguido siendo un misterio, sobre el que espero que este libro arroje un poco de luz[19]. Y lo que es más importante, intento esclarecer el nexo entre economía y política. Aunque a estas alturas es evidente que esa desigualdad creciente ha sido perjudicial para nuestra política (como evidencia el rosario de libros que acabo de mencionar), yo me propongo explicar en qué medida también resulta muy perjudicial para nuestra economía.

Algunas notas personales

En este libro vuelvo a abordar un asunto que me indujo a estudiar Teoría Económica hace cincuenta años. Inicialmente, yo pensaba especializarme en Física en Amherst College. Me encantaba la elegancia de las teorías matemáticas que describían nuestro mundo. Pero mi corazón estaba en otra parte, en la agitación social y económica de aquella época, en el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos y en la lucha a favor del desarrollo y contra el colonialismo en lo que entonces se denominaba el Tercer Mundo. Una parte de esas inquietudes tenía sus raíces en mi experiencia de haberme criado en el corazón de la América industrial, en Gary, Indiana. Allí fui testigo directo de la desigualdad, de la discriminación, del desempleo y de las recesiones. Cuando tenía diez años, yo me preguntaba por qué la bondadosa señora que cuidaba de mí gran parte del día solo tenía estudios de primaria, en este país que parecía tan próspero, y me preguntaba por qué estaba cuidando de mí, y no de sus propios hijos. En una época en que la mayoría de los estadounidenses consideraba que la teoría económica era la ciencia del dinero, yo era, en cierto sentido, un improbable candidato a economista. Mi familia estaba comprometida políticamente, y a mí me decían que el dinero no era lo importante; que el dinero nunca compraría la felicidad; que lo que era importante era el servicio a los demás y la vida de la mente. No obstante, en la tumultuosa década de los sesenta, a medida que fui entrando en contacto con nuevas ideas en Amherst, me di cuenta de que las ciencias económicas eran mucho más que el estudio del dinero; en realidad eran una forma de investigación capaz de afrontar las razones fundamentales de la injusticia, y a las que podía dedicar eficazmente mi propensión a las teorías matemáticas.

El tema principal de mi disertación doctoral en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) fue la desigualdad, su evolución a lo largo del tiempo, y sus consecuencias para el comportamiento macroeconómico, y sobre todo para el crecimiento. Yo adoptaba algunos de los supuestos estándar (de lo que se denomina el modelo neoclásico) y demostraba que bajo esos supuestos tendría que producirse una convergencia hacia la igualdad entre los individuos[20]. Estaba claro que algo no funcionaba en el modelo estándar, igual que para mí estaba claro, al haberme criado en Gary, que algo no funcionaba en un modelo estándar que afirmaba que la economía era eficiente y que no existía el desempleo ni la discriminación. Fue la constatación de que el modelo estándar no describía bien el mundo en que vivíamos lo que me llevó a emprender la búsqueda de modelos alternativos, donde las imperfecciones del mercado, y en especial las imperfecciones de información y las «irracionalidades», desempeñaran un papel tan importante[21]. Irónicamente, mientras que esas ideas se fueron desarrollando y lograron aceptación entre algunos sectores de la profesión de la teoría económica, el concepto contrario —que los mercados funcionaban bien, o que lo harían siempre y cuando los gobiernos se quitaran de en medio— arraigó en buena parte del discurso público. Este libro, al igual que muchos de los que le han precedido, es un intento de dejar las cosas claras.

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AGRADECIMIENTOS

Llevo trabajando, como ya he apuntado, en los orígenes y las consecuencias de la desigualdad desde mis tiempos de estudiante universitario, y durante los casi cincuenta años transcurridos desde que inicié mis estudios he acumulado enormes deudas intelectuales. Robert Solow, uno de mis asesores de tesis, y con el que escribí uno de mis primeros artículos sobre la distribución y el comportamiento macroeconómico, había escrito su propia tesis sobre el tema de la desigualdad. La influencia del Paul Samuelson, otro de mis asesores de tesis, salta a la vista en el análisis de la globalización que hago en el capítulo 3. Mis primeros artículos publicados sobre el asunto los escribí en colaboración con mi compañero de estudios George Akerlof, con quien compartí el Premio Nobel de 2001.

En la época en que asistí a la Universidad de Cambridge, con una beca Fulbright en 1965-1966, el reparto de la renta era un importante tema de debate, y estoy en deuda con los ya desaparecidos Nicholas Kaldor, David Champernowne y Michael Farrell, y sobre todo con sir James Meade y Frank Hahn. Fue allí donde empecé a trabajar con Tony Atkinson, quien posteriormente se ha convertido en una de las mayores autoridades mundiales en materia de igualdad. En aquella época todavía se pensaba que había una clara relación inversa entre desigualdad y crecimiento, y por entonces Jim Mirrlees estaba empezando su trabajo acerca de cómo se podían diseñar unos impuestos redistributivos óptimos (un trabajo por el que posteriormente recibiría el Premio Nobel).

Otro de mis profesores en el MIT (y a la sazón profesor invitado en Cambridge en 1969-1970) fue Kenneth Arrow, cuyo trabajo acerca de la información influyó notablemente en mi forma de pensar. Posteriormente, su trabajo, al igual que el mío, se centraría en el impacto de la discriminación; en cómo la información, digamos acerca de las capacidades relativas, afecta a la desigualdad; y en el papel de la educación en todo ese proceso.

Una cuestión crucial que abordo en este libro es el cálculo de la desigualdad. Ese cálculo plantea cuestiones teóricas que son muy afines al cálculo del riesgo, y mis primeros trabajos, hace cuatro décadas, los realicé en colaboración con Michael Rothschild. Posteriormente empecé a trabajar con un antiguo alumno, Ravi Kanbur, en el cálculo de la movilidad socioeconómica.

La influencia de la economía conductual en mi pensamiento debería saltar a la vista en este libro. El desaparecido Amos Tversky, un pionero en ese campo, me presentó por primera vez esas ideas hace aproximadamente cuarenta años, y posteriormente Richard Thaler y Danny Kahneman han influido enormemente en mi forma de pensar. (Cuando fundé la Journal of Economic Perspectives a mediados de la década de 1980, le pedí a Richard que escribiera regularmente una columna sobre la cuestión).

Me han resultado enormemente provechosas las discusiones con Edward Stiglitz acerca de algunos de los aspectos jurídicos que se abordan en el capítulo 7, y con Robert Perkinson sobre las cuestiones relacionadas con la elevada tasa de encarcelamiento de Estados Unidos.

Siempre me he beneficiado mucho de discutir las ideas cuando las formulo con mis alumnos, y quisiera destacar a Miguel Morin, un estudiante actual, y a Anton Korinek, uno reciente.

Tuve la suerte de poder prestar servicio en la Administración Clinton. La preocupación por la desigualdad y la pobreza era un tema central de nuestras discusiones. Debatíamos sobre cómo afrontar mejor la pobreza, por ejemplo, mediante una reforma de la asistencia social (unas discusiones en las que David Ellwood, de la Universidad de Harvard, desempeñaba un papel crucial), y sobre lo que podíamos hacer respecto a los extremos de desigualdad en la parte más alta, mediante una reforma tributaria. (Como señalo más adelante, no todo lo que hicimos fue en la dirección correcta). La influencia de las perspicaces ideas de Alan Krueger (actualmente presidente del Consejo de Asesores Económicos) sobre los mercados de trabajo, como el papel del salario mínimo, debería resultar evidente. En la última parte del libro aludo a mi trabajo con Jason Furman y con Peter Orszag. Alicia Munnell, que prestó servicio conmigo en el Consejo de Asesores Económicos, me ayudó a comprender mejor el papel de los programas de seguro social y de la CRA(3) a la hora de reducir la pobreza. (Para las muchas otras personas que influyeron en mi pensamiento durante ese periodo, por favor véanse los agradecimientos de Los felices noventa [Madrid, Taurus, 2003]).

También tuve la suerte de poder prestar servicio como economista jefe del Banco Mundial, una institución que tiene como una de sus principales misiones la reducción de la pobreza. Con la pobreza y la desigualdad en el centro de nuestra atención, cada día era una experiencia de aprendizaje, cada encuentro era una oportunidad de adquirir nuevas ideas y de configurar y reconfigurar los puntos de vista sobre las causas y las consecuencias de la desigualdad, de comprender mejor por qué variaba de un país a otro. Aunque me asalta la duda a la hora de nombrar a personas concretas, he de mencionar a mis dos sucesores como economista jefe, Nick Stern (al que conocí en Kenia en 1969) y François Bourguignon.

En el capítulo 1 y en otros apartados hago hincapié en que el PIB per cápita —o incluso otros indicadores de renta— no ofrece una medida adecuada del bienestar. Mi forma de pensar en esta cuestión se ha visto muy influida por el trabajo de la Comisión para la Medida del Rendimiento Económico y el Progreso Social, que yo presidí, y que también estuvo dirigida por Amartya Sen y Jean-Paul Fitoussi. También he de reconocer la influencia de los otros veintiún miembros de la comisión.

En el capítulo 4 explico la relación entre la inestabilidad y el crecimiento, una relación cuya comprensión por mi parte se ha visto muy influenciada por otra comisión que presidí, la Comisión de Expertos del Presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre las reformas del sistema monetario y financiero internacional.

Quisiera dar especialmente las gracias a mis colegas del Roosevelt Institute, entre ellos Bo Cutter, Mike Konczal, Arjun Jayadev y Jeff Madrick. (Otros colaboradores que han trabajado en los actos del Roosevelt Institute, como Robert Kuttner y Jamie Galbraith también se merecen mi agradecimiento). Paul Krugman ha sido una voz inspiradora para todos los que querríamos ver una sociedad más equitativa y una economía que funcionara mejor.

En los últimos años, la profesión de los economistas no ha prestado, por desgracia, la suficiente atención a la desigualdad —como tampoco prestó suficiente atención a los demás problemas que podían dar lugar al tipo de inestabilidad que ha padecido el país—. El Institute for New Economic Thinking (INET) ha sido creado para intentar rectificar esa deficiencia y otras muchas, y quisiera mencionar mi deuda de gratitud con él, y sobre todo con su director, Rob Johnson (que también es compañero mío en el Roosevelt Institute y miembro de la Comisión de Naciones Unidas), por las extensas discusiones sobre los temas de este libro.

Como siempre, quisiera expresar mi agradecimiento a la Universidad de Columbia, por ofrecerme un entorno intelectual donde las ideas pueden prosperar, rebatirse y refinarse. Quisiera extender mi gratitud en especial a José Antonio Ocampo y a Bruce Greenwald, mi colega y colaborador desde hace mucho tiempo.

Aunque esas son mis deudas intelectuales en sentido amplio, tengo una serie de deudas especiales con quienes me han ayudado de una forma u otra con este libro.

Este libro germinó a partir de un artículo publicado en la revista Vanity Fair, titulado «Del 1%, por el 1%, para el 1%»(4). Cullen Murphy me encargó el artículo y realizó un maravilloso trabajo de edición. Graydon Carter sugirió el título. Posteriormente, Drake McFeely, presidente de la editorial W. W. Norton, y mi editor y amigo desde hace mucho tiempo, me pidió que ampliara esas ideas en forma de libro. Brendan Curry, una vez más, hizo una labor excelente a la hora de editar el libro.

Stuart Proffitt, mi editor en Penguin/Allen Lane, también volvió a realizar un trabajo impresionante al combinar las ideas «a lo grande» sobre cómo reforzar los argumentos y hacer que resultaran más claras con los comentarios detallados en materia de redacción.

Karla Hoff leyó el libro de cabo a rabo, mejorando tanto el lenguaje como los argumentos. Pero incluso antes de que yo empezara a escribir el libro, mis discusiones con ella sobre las ideas centrales del libro contribuyeron a dar forma a mi propio modo de pensar.

Un equipo de ayudantes de investigación, dirigido por Laurence Wilse-Samson, y que incluía a An Li y Ritam Chaurey, fue mucho más allá de la tarea de comprobación de los datos. Ellos sugirieron en qué puntos podía ampliarse el análisis, argumentaron dónde era preciso matizarlo mejor y parecían estar tan entusiasmados por el proyecto como yo. Julia Cunico y Hannah Assadi también aportaron inestimables comentarios y apoyo a lo largo del proceso de redacción.

Eamon Kircher-Allen no solo dirigió todo el proceso de producción del manuscrito, sino que también actuó como editor y como crítico. Tengo una enorme deuda con él.

Como siempre, mi mayor deuda la tengo con Anya, que me animó a escribir el libro, discutió reiteradamente conmigo las ideas en las que se basa y me ayudó a modelarlo y remodelarlo.

Con todos ellos —y con el entusiasmo por el libro que constantemente compartieron conmigo— estoy profundamente en deuda. Ninguno de ellos debe ser considerado responsable de cualesquiera errores y omisiones que hayan subsistido en el libro.