Prólogo

Alma Whittaker, nacida con el siglo, llegó a nuestro mundo el 5 de enero de 1800.

Enseguida, casi de inmediato, circularon opiniones en torno a ella.

La madre de Alma, al contemplar al bebé por primera vez, se sintió bastante satisfecha con el resultado. Hasta ese momento, Beatrix Whittaker había tenido mala suerte a la hora de engendrar un heredero. Sus tres primeras tentativas de concebir se desvanecieron en tristes arroyuelos antes incluso de sentir el más ligero movimiento del feto. Su tentativa más reciente (un hijo de constitución perfecta) se había aproximado al borde mismo de la vida, pero cambió de opinión la mañana en que debía nacer, y se fue antes de haber llegado. Tras semejantes pérdidas, cualquier hijo que sobrevive es un hijo satisfactorio.

Con ese bebé robusto entre las manos, Beatrix murmuró una oración en su neerlandés natal. Rezó para que su hija creciese sana, sensata e inteligente, y para que nunca se relacionase con muchachas que se maquillan en exceso o se ríen de chistes vulgares, o se sientan a las mesas de juego junto a hombres indecorosos, o leen novelas francesas, o se comportan de manera poco recatada incluso para una india salvaje, o se convierten en el peor descrédito para una buena familia; es decir, una niña que fuese een onnozelaar, una bobalicona. Así concluyó su bendición, o lo que cabría considerar una bendición para una mujer tan austera como Beatrix Whittaker.

La partera, una vecina del lugar nacida en Alemania, opinó que había sido un nacimiento decente en una casa decente, y por lo tanto Alma Whittaker era un bebé decente. No había hecho frío en el dormitorio, se había servido sopa y cerveza con generosidad, y la madre se había mostrado inquebrantable, tal como cabría esperar de una holandesa. Además, la partera sabía que iban a pagarle, y que le pagarían muy bien. Cualquier bebé que trae dinero es un bebé aceptable. Por lo tanto, la partera también ofreció una bendición a Alma, aunque sin excesivo entusiasmo.

Hanneke de Groot, el ama de llaves, quedó menos impresionada. El bebé no era ni varón ni guapo. Tenía una cara que parecía un plato de gachas y era paliducha como suelo recién pintado. Al igual que todos los niños, daría trabajo. Al igual que todos los trabajos, probablemente recaería sobre sus hombros. Pero bendijo a la niña de todos modos, pues bendecir a un recién nacido es un deber, y Hanneke de Groot siempre cumplía con sus deberes. Hanneke pagó a la partera y cambió las sábanas. Recibió la ayuda, si bien no demasiado diestra, de una joven doncella (una muchacha de pueblo muy habladora, reciente incorporación a la casa) más inclinada a contemplar al bebé que a poner orden en la habitación. No es necesario que quede aquí constancia del nombre de la doncella, pues Hanneke de Groot despediría a la muchacha por inútil al día siguiente, y la echó sin referencias. No obstante, solo por esa noche, la doncella inútil y condenada mimó a la recién nacida, y anheló tener un bebé, y ofreció una bendición cariñosa y sincera a la joven Alma.

Dick Yancey —un hombre de Yorkshire, alto y amedrentador, que trabajaba para el señor de la casa encargándose con mano de hierro de los cometidos del comercio internacional y que residía en la finca ese enero, a la espera del deshielo de los puertos de Filadelfia a fin de proseguir su viaje a las Indias Orientales Holandesas— tuvo poco que decir sobre el bebé. Para ser justos, no era muy dado a las conversaciones desmedidas. Cuando le informaron de que la señora Whittaker había dado a luz a una niña sana, el señor Yancey se limitó a fruncir el ceño y decir, con su característica economía de expresión: «Arduo comercio el vivir». ¿Se trataba de una bendición? Es difícil saberlo. Concedámosle el beneficio de la duda y aceptémosla como tal. Con certeza, una maldición no pretendía ser.

En cuanto al padre de Alma (Henry Whittaker, el señor de la casa), se sintió complacido con su hija. De lo más complacido. No le importó que el bebé no fuese varón y que no fuese guapo. No bendijo a Alma, pero solo porque no bendecía nunca. («Los asuntos de Dios no son mis asuntos», decía a menudo). Sin reservas, no obstante, Henry admiró a su hija. Él había hecho esa niña, y Henry Whittaker tenía la tendencia de admirar sin reservas todo lo que hacía.

Para celebrar la ocasión, Henry cogió una piña de su mayor invernadero y la repartió a partes iguales entre todos los presentes. Fuera nevaba, como es habitual durante el invierno en Pensilvania, pero este hombre poseía varios invernaderos a carbón diseñados por él mismo (lo cual le convertía no solo en la envidia de todos los cultivadores y botánicos del continente, sino también en un hombre de riquezas desmesuradas) y, si se le antojaba una piña en enero, por todos los cielos que tendría una piña en enero. Y cerezas en marzo también.

A continuación, se retiró a su estudio y abrió el libro de contabilidad, donde, como cada noche, anotó las transacciones de toda índole, tanto oficiales como privadas. Comenzó: «Una pasagera nueba e hintresante se a hunido a nosotros», y continuó con los detalles, la cronología y los gastos relacionados con el nacimiento de Alma Whittaker. Su caligrafía era de una torpeza vergonzosa. Las frases eran aldeas abarrotadas de letras mayúsculas y minúsculas, que convivían en una pobreza angosta, trepando unas sobre otras como si trataran de escapar de la página. Su ortografía desafiaba la arbitrariedad y su puntuación causaba suspiros infelices a la razón.

Pero Henry escribió su narración, a pesar de todo. Era importante para él mantener un registro de las cosas. Si bien era consciente de que estas páginas horrorizarían a un hombre culto, también sabía que nadie, salvo su esposa, vería su manuscrito. Cuando recuperase las fuerzas, Beatrix transcribiría las notas a sus propios cuadernos, como siempre hacía, y su traducción elegante de los garabatos de Henry se convertiría en el registro oficial del hogar. La socia del día a día, Beatrix..., y a un buen precio, además. Ella realizaría esa tarea por él, y otros cientos de trabajos.

Dios mediante, en breve se pondría manos a la obra.

El papeleo comenzaba a amontonarse.

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PRIMERA PARTE

EL ÁRBOL DE LA FIEBRE

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Capítulo uno

Durante sus primeros cinco años de vida, Alma Whittaker fue sin duda una mera pasajera en el mundo (al igual que todo el mundo a esa edad temprana), por lo cual su historia no era aún noble ni especialmente interesante, salvo el hecho de que esta niña poco agraciada pasara sus días sin enfermedad ni incidentes, rodeada de una riqueza casi impensable en los Estados Unidos de la época, ni siquiera en la elegante Filadelfia. Cómo su padre llegó a poseer semejantes riquezas es una historia digna de contarse aquí, mientras aguardamos a que la niña crezca y despierte nuestro interés de nuevo. Al fin y al cabo, en 1800 no era más común que en otras épocas que un hombre nacido en la pobreza y casi analfabeto llegase a ser el más rico habitante de su ciudad, de modo que los medios por los cuales Henry Whittaker prosperó son en verdad interesantes, aunque carezcan, tal vez, de nobleza, como él mismo habría sido el primero en confesar.

Henry Whittaker nació en 1760 en la aldea de Richmond, un poco más allá del río Támesis de Londres. Fue el hijo más joven de unos padres pobres que ya tenían demasiados hijos. Creció en dos pequeñas habitaciones de suelo de tierra pisoteada, de techo casi aceptable, de comida en el fogón casi todos los días, de madre que no bebía y de padre que no maltrataba a su familia; en otras palabras, en comparación con muchas familias de entonces, la suya era una existencia casi refinada. Su madre disponía incluso de un rincón de tierra detrás de la casa donde cultivaba espuelas de caballero y altramuces, para decorar el entorno, como una dama. Pero Henry no se dejaba engañar por espuelas de caballero ni altramuces. Creció durmiendo separado de los cerdos apenas por una pared, y no hubo un solo momento de su vida en que la pobreza no lo humillase.

Quizá a Henry le habría ofendido menos su destino de no haberse visto rodeado de una riqueza con la cual comparar sus precarias circunstancias..., pero el muchacho creció rodeado no solo de fortunas, sino de realeza. Había un palacio en Richmond y había un parque recreativo llamado Kew, cultivado con destreza por la princesa Augusta, quien había traído consigo desde Alemania un séquito de jardineros dispuestos a crear un paisaje falso y majestuoso en esos humildes pastos ingleses. Su hijo, el futuro rey Jorge III, pasó ahí los veranos de su infancia. Cuando llegó al trono, Jorge III aspiró a convertir Kew en un jardín botánico digno de sus rivales del continente. Los ingleses, aislados en su isla fría y húmeda, se encontraban muy a la zaga del resto de Europa en cuanto a la botánica y Jorge III deseaba ponerse al día.

El padre de Henry era hortelano en Kew: un hombre humilde respetado por sus señores, tanto como era posible respetar a un humilde hortelano. El señor Whittaker tenía un don con los árboles frutales, y los tenía en alta estima. («Compensan a la tierra por las molestias —solía decir—, no como los otros»). Una vez salvó el manzano favorito del rey trasplantando un esqueje del alicaído ejemplar en un patrón más robusto, que selló con arcilla. El árbol dio fruto ese mismo año, y no tardó en producir fanegas. Por este milagro, el mismísimo rey apodó al señor Whittaker «el Mago del Manzano».

El Mago del Manzano, a pesar de todo su talento, era un hombre sencillo, con una esposa tímida, pero tuvieron seis hijos rudos y violentos (entre ellos, el Terror de Richmond y otros dos que acabarían muertos en trifulcas tabernarias). Henry, el más joven, era, en cierto modo, el más rudo de todos ellos, y quizás lo fuera por necesidad, para sobrevivir frente a sus hermanos. Era obstinado y resistente como un pequeño galgo, un pilluelo delgaducho y explosivo que recibía estoicamente y sin falta las palizas de sus hermanos; su temeridad a menudo era puesta a prueba por los demás, que gustaban de desafiarlo. Incluso lejos de sus hermanos, Henry era un experimentador peligroso, un provocador clandestino de incendios, un hostigador de amas de casa que correteaba por los tejados, una amenaza para los niños pequeños, un muchacho que no habría sorprendido a nadie si se hubiese caído de un campanario o se hubiese ahogado en el Támesis, aunque por pura casualidad nada de eso llegó a ocurrir.

Sin embargo, a diferencia de sus hermanos, Henry contaba con una cualidad redentora. Dos, para ser exactos: era inteligente y le interesaban los árboles. Habría sido una exageración afirmar que Henry veneraba los árboles, como le ocurría a su padre, pero le interesaban porque era de lo poco que podía aprender con facilidad en ese mundo precario, y la experiencia ya había mostrado a Henry que aprender cosas otorgaba ciertas ventajas sobre otras personas. Si uno quería seguir viviendo (y Henry quería) y quería prosperar (y Henry quería), entonces debía aprender todo lo que pudiese aprender. Latín, caligrafía, tiro con arco, montar a caballo, bailar..., todo ello estaba fuera de su alcance. Pero tenía árboles y tenía a su padre, el Mago del Manzano, que pacientemente se tomó la molestia de instruirlo.

Así que Henry lo aprendió todo acerca de las herramientas del horticultor para trabajar con la tierra y la cera, de los instrumentos de cortar, además de los trucos de los injertos, los hierbajos, la siembra y la poda con buena mano. Aprendió a trasplantar árboles en primavera, si el suelo estaba húmedo y apelmazado, o en otoño, si el suelo estaba suelto y seco. Aprendió a sujetar los albaricoques con una estaca y a cubrirlos para protegerlos del viento, a cultivar cítricos en el invernadero, a ahumar el moho de las grosellas, a amputar las ramas enfermas de las higueras y a identificar cuándo no valía la pena. Aprendió a arrancar la corteza maltrecha de un árbol viejo y a derribarlo, sin sentimentalismos ni remordimientos, con el propósito de reclamarle revivir durante una docena más de estaciones.

Henry aprendió mucho de su padre, aunque le avergonzaba como hombre, pues pensaba que era débil. Si el señor Whittaker realmente era el Mago del Manzano, razonaba Henry, entonces, ¿por qué la admiración del rey no se había transformado en riqueza? Había ricos más estúpidos..., y abundaban. ¿Por qué los Whittaker vivían aún junto a los cerdos cuando ahí al lado se extendían los jardines verdes del palacio y las agradables casas de las damas de honor, donde dormían las sirvientas de la reina bajo sábanas de lino? Henry, tras encaramarse a lo alto de un sofisticado muro, divisó a una dama, ataviada con un vestido color marfil, que adiestraba un inmaculado caballo blanco mientras un sirviente tocaba el violín para regocijo de su señora. Esas personas vivían así ahí mismo, en Richmond, mientras los Whittaker ni siquiera tenían suelo.

Pero el padre de Henry nunca luchó por las cosas buenas de la vida. A lo largo de treinta años había ganado el mismo salario miserable y ni una vez lo había discutido, y nunca se quejó de trabajar al aire libre en ese clima horrendo, durante tanto tiempo que su salud se echó a perder. El padre de Henry había sido siempre muy comedido, en especial al tratar a sus superiores, y para él todos los demás eran sus superiores. El señor Whittaker se esforzaba en no ofender nunca y en no aprovecharse de nada, incluso cuando las ventajas pendían maduras, al alcance de la mano. Le dijo a su hijo: «Henry, no seas osado. Solo puedes degollar a la oveja una vez. Pero, si tienes cuidado, puedes esquilarla todos los años».

Con un padre tan pusilánime y complacido, ¿qué podría esperar Henry de la vida, salvo lo que pudiese arrebatar con sus propias manos? «Un hombre debe lucrarse —empezó a decirse Henry a sí mismo cuando apenas tenía trece años—. Un hombre debe degollar una oveja al día».

Pero ¿dónde encontrar la oveja?

Fue entonces cuando Henry Whittaker comenzó a robar.

***

A mediados de la década de 1770, los jardines Kew se habían convertido en un arca de Noé botánica, con miles de especímenes ya en la colección y nuevos ejemplares que llegaban cada semana: hortensias del Lejano Oriente, magnolias de China, helechos de las Indias Occidentales. Más aún, Kew tenía un nuevo y ambicioso superintendente: sir Joseph Banks, recién llegado de su triunfal viaje alrededor del mundo como botánico jefe en el Endeavour del capitán Cook. Banks, que trabajaba sin recibir sueldo alguno (solo le interesaba la gloria del Imperio británico, decía, a pesar de que hubo quien sugirió que tal vez le interesaba un poquito la gloria de sir Joseph Banks), recolectaba plantas con una pasión furiosa, en su compromiso de crear un espectacular jardín nacional.

¡Oh, sir Joseph Banks! ¡Ese hermoso, putañero, ambicioso y competitivo aventurero! Era todo lo que el padre de Henry no sería nunca. A los veintitrés años, una herencia torrencial de seis mil libras al año había convertido a Banks en uno de los hombres más ricos de Inglaterra. Posiblemente, era también el más apuesto. Banks podría haber dedicado su vida al lujo y al ocio, pero en su lugar aspiró a convertirse en el más audaz de los exploradores botánicos, vocación que asumió sin sacrificar ni un ápice de elegancia o glamur. Banks pagó de su bolsillo una buena parte de la primera expedición del capitán Cook, lo cual le brindó el derecho a llevar en ese pequeño barco dos sirvientes negros, dos sirvientes blancos, un botánico de repuesto, un secretario científico, dos artistas, un dibujante y un par de galgos italianos. Durante esta aventura de dos años, Banks sedujo a reinas tahitianas, bailó desnudo en las playas junto a salvajes y contempló a jóvenes paganas cuyas nalgas eran tatuadas a la luz de la luna. Trajo consigo a Inglaterra a un tahitiano llamado Omai, que habría de ser su mascota, y también trajo cerca de cuatro mil especímenes de plantas, casi la mitad de las cuales eran desconocidas para la ciencia. Sir Joseph Banks era el hombre más famoso y gallardo de Inglaterra, y Henry lo admiraba sin reservas.

Pero, de todos modos, le robó.

Simplemente, la oportunidad se presentó, y era una oportunidad demasiado evidente. En los círculos científicos Banks era conocido no solo como un gran coleccionista botánico, sino también como un gran acaparador. Los caballeros dedicados a la botánica, en aquellos días tan educados, solían compartir sus descubrimientos con generosidad, pero Banks no compartía nada. Profesores, dignatarios y coleccionistas acudían a Kew procedentes de todo el mundo, con la razonable esperanza de obtener semillas y esquejes, así como muestras del rico herbario de Banks, pero este se negaba en redondo.

El joven Henry admiraba al Banks acaparador (él tampoco habría compartido sus tesoros, de poseerlos), pero no tardó en ver una oportunidad en los rostros enojados de esos visitantes frustrados. Los esperaba en las afueras de Kew y los abordaba cuando salían de los jardines, maldiciendo a veces a sir Joseph Banks en francés, alemán, holandés o italiano. Henry se acercaba, les preguntaba qué muestras deseaban y prometía adquirirlas antes de que la semana acabase. Siempre llevaba una tablilla y un lápiz de carpintero; si los hombres no hablaban inglés, Henry les pedía que dibujasen lo que necesitaban. Todos ellos eran excelentes artistas botánicos, de modo que sus necesidades quedaban muy claras. Por la noche, ya tarde, Henry entraba a hurtadillas en los invernaderos, pasaba como una flecha entre los trabajadores que mantenían encendidas las estufas gigantes durante esas noches gélidas y robaba plantas para lucrarse.

Era el muchacho indicado para esa tarea. Se le daba bien identificar las plantas, era un experto en mantener con vida los esquejes, su cara era tan familiar en los jardines que no despertaba sospechas y cubría sus huellas con destreza. Lo mejor de todo: daba la impresión de que no necesitaba dormir. Trabajaba todo el día con su padre en las huertas, tras lo cual robaba durante toda la noche: plantas raras, plantas preciosas, zapatillas de dama, orquídeas tropicales, maravillas carnívoras del Nuevo Mundo. Además, guardaba todos los dibujos de plantas de esos distinguidos señores y los estudiaba hasta memorizar todos los estambres y pétalos de las plantas que el mundo deseaba.

Como todos los buenos ladrones, Henry era escrupuloso respecto a su propia seguridad. No confió a nadie su secreto y enterraba sus ganancias en varios escondites en los jardines Kew. No gastó ni un penique. Dejó que la plata reposase bajo la tierra, como una raíz vigorosa. Quería que la plata se acumulase, hasta brotar con una acometida, para otorgarle el derecho a convertirse en un hombre rico.

Al cabo de un año Henry contaba con varios clientes habituales. Uno de ellos, un anciano cultivador de orquídeas del Jardín Botánico de París, ofreció al muchacho quizás el primer cumplido agradable de su vida: «Eres un pilluelo muy útil, ¿no es así?». Al cabo de dos años, Henry administraba un próspero comercio vendiendo plantas no solo a botánicos serios, sino a un círculo de ricos nobles londinenses que deseaban ejemplares exóticos para sus colecciones. Al cabo de tres años, enviaba clandestinamente muestras de plantas a Francia e Italia, embalando con destreza los esquejes en musgo y cera para que sobreviviesen el viaje.

Al final del tercer año, Henry Whittaker fue descubierto... por su propio padre.

El señor Whittaker, que solía dormir profundamente, notó que su hijo salía de casa pasada la medianoche y, abatido por las sospechas instintivas de un padre, siguió al muchacho al invernadero y vio cómo seleccionaba, cómo robaba, cómo embalaba con mano experta. Reconoció de inmediato la prudencia característica con la que actúa un ladrón.

El padre de Henry no había pegado nunca a sus hijos, ni siquiera cuando lo merecían (y lo merecían con frecuencia), y no pegó a Henry esa noche. Tampoco se encaró con él. Henry ni siquiera supo que había sido descubierto. No, el señor Whittaker hizo algo mucho peor. A primera hora de la mañana siguiente, solicitó una audiencia personal con sir Joseph Banks. No era un hecho frecuente que un pobre diablo como Whittaker rogase hablar con un caballero como Banks, pero el padre de Henry se había ganado cierto respeto en Kew a lo largo de treinta años de trabajo incansable para justificar semejante intromisión, solo por esta vez. Era un hombre pobre y viejo, sin duda, pero también era el Mago del Manzano, el salvador del árbol favorito del rey, y ese título le otorgó el derecho a ser recibido.

El señor Whittaker se acercó a Banks casi de rodillas, la cabeza gacha, penitente como un santo. Confesó la historia humillante de su hijo, aderezada con la sospecha de que Henry probablemente había robado durante años. Presentó la dimisión de su puesto en Kew como castigo, con tal de que no detuviesen ni hiciesen daño al muchacho. El Mago del Manzano prometió llevar a su familia lejos de Richmond, de modo que el apellido Whittaker no volviese a mancillar ni a Kew ni a Banks nunca más.

Banks, impresionado por el exacerbado sentido del honor del hortelano, rechazó la dimisión y requirió al joven Henry en persona. Una vez más, se trataba de un hecho inusual. Si era extraño que sir Joseph Banks recibiese a un cultivador analfabeto en su despacho, era aún muchísimo más extraño que recibiese a un ladronzuelo de dieciséis años hijo de un cultivador analfabeto. Probablemente, debería haber ordenado que detuviesen al niño, sin más. Pero el robo era un delito castigado con la horca, niños mucho más jóvenes que Henry habían acabado en el patíbulo..., y por infracciones mucho menos graves. Si bien el ataque a su colección era irritante, Banks sentía la suficiente simpatía por el padre como para investigar el problema en persona antes de llamar al alguacil.

El problema, cuando se presentó en el estudio de sir Joseph Banks, resultó ser un joven larguirucho, pelirrojo, de escasas palabras, de mirada borrosa, de hombros anchos, de pecho hundido, con la piel pálida y ya curtida por estar expuesta con demasiada frecuencia al viento, la lluvia y el sol. El muchacho, malnutrido pero alto, tenía unas manos enormes; Banks pensó que se convertiría en un hombre corpulento algún día, si conseguía comer bien.

Henry no sabía exactamente por qué lo habían llamado al estudio de Banks, pero era lo bastante avispado como para sospechar lo peor y se sentía muy inquieto. Solo por pura obstinación fue capaz de entrar en el despacho de Banks sin temblar de modo evidente.

Por Dios, a pesar de todo, ¡qué estudio tan hermoso! Y qué espléndidamente vestía Joseph Banks, con su peluca reluciente y el traje de terciopelo negro, las hebillas de los zapatos lustradas y las medias blancas. En cuanto pasó por la puerta, Henry calculó el precio del delicado escritorio de caoba, contempló codicioso la excelente colección de cajas apiladas en cada estante y admiró el apuesto retrato del capitán Cook que colgaba en la pared. Madre de perros muertos, ¡solo el marco de ese retrato costaría noventa libras!

A diferencia de su padre, Henry no se inclinó en presencia de Banks, sino que se irguió ante el gran hombre y lo miró a los ojos. Banks, sentado, consintió que Henry permaneciese en silencio, tal vez a la espera de una confesión o una súplica. Pero Henry no confesó ni suplicó, ni agachó la cabeza avergonzado, y si sir Joseph Banks pensaba que Henry Whittaker iba a ser tan necio como para hablar el primero en semejantes circunstancias, es que no lo conocía.

Por lo tanto, al cabo de un largo silencio, Banks comenzó:

—Dime, entonces... ¿por qué no debería enviarte a la horca de Tyburn?

«Entonces es eso —pensó Henry—. Se acabo».

No obstante, el muchacho se esforzó en diseñar un plan. Tenía que encontrar una táctica, y tenía que encontrarla en un momento fugaz y exiguo. No había pasado la vida recibiendo una paliza tras otra de sus hermanos sin haber aprendido nada acerca de luchar. Cuando un oponente más grande y más fuerte ha asestado el primer puñetazo, solo queda una oportunidad de devolver el golpe antes de caer aporreado en el suelo, y lo mejor era un ataque inesperado.

—Porque soy un pilluelo muy útil —dijo Henry.

Banks, quien disfrutaba con los incidentes inusuales, bramó con una carcajada inesperada.

—Confieso que no te veo utilidad alguna, joven. Todo lo que has hecho por mí es robarme mi tesoro, conseguido con tanto esfuerzo.

No era una pregunta, pero Henry contestó de todos modos.

—Tal vez lo he podado un poco —dijo.

—¿No lo niegas?

—Ni todos los rebuznos del mundo cambiarían eso, ¿verdad?

Una vez más, Banks se rio. Tal vez pensó que el muchacho exhibía un falso coraje, pero la valentía de Henry era real. Como lo era también su miedo. Como lo era su falta de remordimientos. Durante toda su vida, Henry pensó que el remordimiento era una debilidad.

Banks cambió de táctica:

—Debo decir, joven, que eres una desgracia para tu padre.

—Y él para mí, señor —repuso Henry.

Una vez más, la carcajada sorprendida de Banks.

—Vaya, ¿de verdad? ¿Qué mal te ha hecho ese buen hombre?

—Me hizo pobre, señor —dijo Henry. En ese momento, comprendiendo todo de repente, Henry añadió—: Fue él, ¿verdad? ¿Fue él quien me delató?

—Sin duda alguna. Es un alma honorable, tu padre.

—Menos conmigo, ¿eh? —Henry se encogió de hombros.

Banks escuchó y asintió, concediéndole generosamente la razón. A continuación, preguntó:

—¿A quién has estado vendiendo mis plantas?

Henry contó los nombres con los dedos:

—Mancini, Flood, Willink, LeFavour, Miles, Sather, Evashevski, Feuerle, lord Lessig, lord Garner...

Banks lo interrumpió con un gesto de la mano. Miró al joven con un asombro indisimulado. Por extraño que parezca, si hubiese sido una lista más modesta, el enojo de Banks habría sido mayor. Pero esos eran los nombres de los botánicos más célebres del momento. A algunos de ellos Banks los consideraba amigos. ¿Cómo habría dado con ellos este niño? Algunos de esos hombres no habían ido a Inglaterra desde hacía años. El niño debía estar exportando. ¿Qué tipo de campaña había organizado esta criatura delante de sus mismísimas narices?

—¿Cómo es que sabes cuidar las plantas? —preguntó Banks.

—Siempre he sabido de plantas, señor, toda la vida. Es como si las conociese desde antes de nacer.

—¿Y esos hombres te pagan?

—O no reciben las plantas, claro —dijo Henry.

—Debes de estar ganando un buen dinero. De hecho, habrás acumulado un montón de dinero en los últimos años.

Henry era demasiado astuto para responder.

—¿Qué has hecho con el dinero que has ganado, joven? —insistió Banks—. Ya veo que no lo has invertido en ropa. Sin duda, tus ganancias pertenecen a Kew. Así que ¿dónde están?

—Han desaparecido, señor.

—¿Desaparecido? ¿Cómo?

—Los dados, señor. Tengo debilidad por el juego, ¿sabe?

Eso podría ser o no ser cierto, pensó Banks. Pero el muchacho tenía más valor que cualquier bestia bípeda que hubiese visto antes. Banks se sentía intrigado. Era un hombre que, al fin y al cabo, tenía a un pagano como mascota y que, para ser sinceros, disfrutaba de la reputación de ser medio pagano él mismo. Su condición social le exigía que al menos pretendiese admirar el refinamiento, pero en el fondo prefería un poco de salvajismo. Y ¡qué pequeño gallo salvaje era Henry Whittaker! Banks cada vez se sentía menos inclinado a entregar este curioso ejemplar humano a los alguaciles.

Henry, que lo veía todo, supo que algo ocurría en el rostro de Banks: una atenuación del semblante, una curiosidad naciente, un resquicio para la oportunidad de salvar la vida. Ebrio con el instinto de supervivencia, el muchacho se abalanzó sobre ese resquicio de la esperanza, por última vez.

—No me envíe a la horca, señor —dijo Henry—. Se arrepentirá si lo hace.

—¿Qué propones que haga contigo, en vez de eso?

—Cójame a su servicio.

—¿Por qué? —preguntó Banks.

—Porque soy mejor que nadie.

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Capítulo dos

Así pues, Henry no acabó en la horca de Tyburn, ni su padre perdió el puesto en Kew. Los Whittaker fueron milagrosamente indultados y Henry solo acabó en el exilio, enviado al mar, por orden de sir Joseph Banks, a descubrir en qué le convertiría el mundo.

Era 1776 y el capitán Cook estaba a punto de embarcarse en su tercer viaje alrededor del mundo. Banks no iba a formar parte de esta expedición. Sencillamente, no había sido invitado. Tampoco había sido invitado al segundo viaje, lo cual le había humillado. Las extravagancias y la necesidad de atención de Banks habían disgustado al capitán Cook y, qué vergüenza, lo había sustituido. Cook iba a viajar con un botánico más humilde, alguien más fácil de controlar: el señor David Nelson, un jardinero tímido y competente de Kew. Pero Banks deseaba entremeterse como fuese en ese viaje y deseaba aún más mantenerse informado acerca de la colección botánica de Nelson. No le agradaba la idea de una importante labor científica realizada a sus espaldas. Por lo tanto, maniobró para enviar a Henry en la expedición como ayudante de Nelson, con instrucciones de observar todo, aprender todo, recordar todo y, al cabo, informar a Banks de todo. ¿Qué mejor uso de Henry Whittaker que colocarlo como informador?

Por otra parte, exiliar a Henry en la mar era una buena estrategia para mantener al muchacho lejos de los jardines Kew durante unos años, a una distancia prudente, a fin de determinar exactamente en qué tipo de persona se convertiría. Tres años en un barco serían más que suficientes para que brotase el verdadero carácter del muchacho. Si acababan ahorcando a Henry del penol por ladrón, asesino o amotinado..., bueno, eso sería problema de Cook, no de Banks, ¿a que sí? Por otra parte, el muchacho quizás demostrase su valía, en cuyo caso Banks contaría con él para el futuro, una vez que la expedición lo hubiese amansado.

Banks presentó a Henry al señor Nelson así:

—Nelson, quisiera que conozca usted a su nueva mano derecha, el señor Henry Whittaker, de los Whittaker de Richmond. Es un pilluelo muy útil y confío en que usted descubra que, cuando se trata de plantas, ya lo sabía todo desde antes de nacer.

Más tarde, en privado, Banks impartió algunos consejos finales a Henry antes de enviarlo al mar:

—Cada día que estés a bordo, hijo, defiende tu salud con ejercicio vigoroso. Escucha al señor Nelson: es aburrido, pero sabe más de plantas de lo que aprenderás tú en toda la vida. Estarás a merced de viejos marinos, pero nunca te quejes de ellos o las cosas te irán muy mal. Mantente alejado de las putas, a menos que desees contraer el mal francés. Va a haber dos barcos, pero irás a bordo del Resolution, con Cook en persona. Nunca te cruces en su camino. Nunca le dirijas la palabra. Y, si hablas con él, lo cual no debes hacer nunca, en ningún caso le hables del modo que me has hablado a mí a veces. No le resultará tan entretenido como a mí. No nos parecemos en nada, Cook y yo. Ese hombre es un perfecto dragón del protocolo. Hazte invisible para él, y así serás más feliz. Por último, debo decirte que, a bordo del Resolution, al igual que en todas las embarcaciones de su majestad, te encontrarás en medio de un extraño conciliábulo de granujas y caballeros. Sé inteligente, Henry: sigue el ejemplo de los caballeros.

El semblante intencionadamente inexpresivo de Henry era indescifrable para todo el mundo, así que Banks no percibió el sorprendente efecto de esta última frase. A oídos de Henry, Banks acababa de sugerir algo extraordinario: la posibilidad de que Henry, algún día, se convirtiese en un caballero. Más que como una posibilidad, incluso, casi había sonado como una orden, y una orden muy bienvenida: «Aventúrate en el mundo, Henry, y aprende a ser un caballero». Y, durante esos años duros y solitarios que Henry iba a pasar en el mar, quizás esta despreocupada declaración de Banks no hizo sino crecer en su mente. Quizás no hizo sino pensar en ella. Quizás, con el tiempo, Henry Whittaker, ese muchacho ambicioso y esforzado, dominado por el instinto de triunfar, llegó a recordar esas palabras como si se tratasen de una promesa.

***

Henry zarpó de Inglaterra en agosto de 1776. Los objetivos declarados de la tercera expedición de Cook eran dos. El primero era navegar a Tahití, para devolver la mascota de sir Joseph Banks (el hombre llamado Omai) a su patria. Omai se había cansado de la vida cortesana y anhelaba regresar a casa. Se había vuelto huraño, gordo y difícil, de modo que Banks se cansó de su mascota. La segunda tarea consistía en navegar hacia el norte, hasta la costa del Pacífico del continente americano, en busca del paso del Noroeste.

Las dificultades de Henry comenzaron al instante. Se alojaba bajo cubierta, junto al gallinero y los barriles. Las aves de corral y las cabras alborotaban a su alrededor, pero él no se quejó. Fue acosado, despreciado, golpeado por adultos de manos curtidas por la sal y muñecas como yunques. Los viejos marinos se burlaban de él por ser una anguila de agua dulce que no sabía nada de los escollos de viajar por mar. En todas las expediciones había hombres que morían, aseguraban, y Henry sería el primero en morir.

Lo subestimaron.

Henry era el más joven, pero no, como se demostró pronto, el más débil. No era una vida mucho más incómoda que la única que había conocido. Aprendió todo lo que necesitaba aprender. Aprendió a secar y preparar las plantas del señor Nelson para el historial científico, a pintar ejemplares al aire libre (ahuyentando a las moscas que se posaban en los pigmentos incluso mientras los mezclaba), pero también aprendió a ser útil en el barco. Tuvo que frotar cada grieta del Resolution con vinagre y se vio obligado a quitar los bichos de la cama de los viejos marinos. Ayudó al carnicero del barco a salar y embarrilar cerdos, y aprendió a manejar la máquina de destilar agua. Aprendió a tragarse el vómito, en lugar de revelar sus mareos para regocijo de todos. Soportó las tempestades sin mostrar miedo a los cielos o a ningún hombre. Comió tiburones y también los peces medio descompuestos que había en el vientre de estos. Vio a un hombre mayor, un marino experimentado, caer por la borda y ahogarse, y otros hombres murieron de infecciones, pero no Henry.

Atracó en Madeira, en Tenerife, en la bahía de la Mesa. Ahí, en Ciudad del Cabo, se encontró por primera vez con representantes de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, quienes le impresionaron por su sobriedad, competencia y riquezas. Vio a los marinos perder todas sus ganancias en las mesas de juego. Vio a la gente pedir préstamos a los holandeses, quienes daban la impresión de no apostar nunca. Henry no apostó tampoco. Vio cómo a un compañero marino, un aspirante a falsificador, lo descubrían haciendo trampas y lo azotaban como castigo hasta perder el conocimiento..., por orden del capitán Cook. Él no mereció castigo alguno. Al cruzar el cabo de Buena Esperanza en medio del hielo y la ventisca, Henry tiritó por la noche bajo una fina manta, con las mandíbulas entrechocando con tal fuerza que se rompió un diente, pero no se quejó. Celebró la Navidad en una isla de un frío atroz entre lobos marinos y pingüinos.

Desembarcó en Tasmania y vio nativos desnudos... o, como los llamaban los británicos (al igual que a todas las personas de cutis cobrizo), «indios». Vio al capitán Cook dar medallas a los indios como recuerdo, con grabados de Jorge III y la fecha de la expedición, para celebrar este encuentro histórico. Vio a los indios clavar de inmediato las medallas en los anzuelos y las puntas de las lanzas. Perdió otro diente. Vio que los marinos ingleses no creían que la vida de los indios salvajes tuviese importancia alguna, mientras Cook trataba en vano de enseñarles lo contrario. Vio a los marinos forzar a las mujeres que no lograban persuadir, persuadir a las mujeres que no podían pagarse y comprar hijas a sus padres, si los marinos disponían de hierro para cambiar por carne. Evitó a todas las mujeres.

Pasó largos días a bordo del barco, ayudando al señor Nelson a dibujar, describir y clasificar sus colecciones botánicas. No albergaba afecto por el señor Nelson, pero deseaba aprender todo lo que este sabía.

Desembarcó en Nueva Zelanda, que le pareció una copia exacta de Inglaterra, salvo por las jóvenes tatuadas que se podían comprar por un puñado de monedas. No compró ninguna joven. Vio que sus compañeros marinos, en Nueva Zelanda, compraban dos hermanos entusiastas y enérgicos (de diez y quince años) a su padre. Los niños se incorporaron a la expedición como ayudantes. Querían venir, aseguraban. Pero Henry sabía que los niños no tenían ni idea de lo que significaba dejar a su gente. Se llamaban Tibura y Gowah. Trataron de entablar amistad con Henry, pues era el más cercano a su edad, pero él no les hizo caso. Eran esclavos y estaban condenados. No deseaba relacionarse con los condenados. Vio a los niños neozelandeses comer perros crudos y añorar su hogar. Sabía que acabarían muriendo.

Partió a las verdes, turgentes, perfumadas tierras de Tahití. Vio que cuando el capitán Cook volvió a Tahití le dieron la bienvenida como si fuera un gran rey, un gran amigo. El Resolution fue recibido por un enjambre de indios, que nadaron hacia el barco y llamaron a gritos a Cook. Henry vio que Omai (el nativo que llegó a conocer al rey Jorge III) fue acogido primero como un héroe y luego, poco a poco, como un forastero de quien recelaban. Vio que ahora Omai no pertenecía a ninguna parte. Vio a los tahitianos bailar al compás de cuernos y gaitas ingleses, mientras que el señor Nelson, su rancio maestro botánico, se emborrachó una noche y se desnudó hasta la cintura y bailó con los tambores tahitianos. Henry no bailó. Vio al capitán Cook ordenar al barbero del barco que amputase las dos orejas a un nativo por haber robado dos veces hierro de la forja del Resolution. Vio a uno de los jefes tahitianos tratar de robar un gato a los ingleses y recibir un latigazo en la cara.

Vio al capitán Cook prender fuegos artificiales en la bahía de Matavai para impresionar a los nativos, pero solo los asustó. En una noche más tranquila, vio el millón de luces del cielo sobre Tahití. Bebió de cocos. Comió perros y ratas. Vio templos de piedra, cubiertos de cráneos humanos. Subió las traicioneras avenidas de los acantilados, junto a las cascadas, para recolectar muestras de helechos para el señor Nelson, incapaz de escalar. Vio al capitán Cook luchar para mantener el orden y la disciplina de sus subordinados, si bien el libertinaje reinaba. Todos los marineros y oficiales se habían enamorado de tahitianas y de cada una de ellas se decía que conocía un acto amoroso secreto y especial. Los hombres no querían irse de la isla. Henry se mantuvo alejado de las mujeres. Eran hermosas, sus pechos eran hermosos, su cabello era hermoso, su aroma era extraordinario y habitaban sus sueños..., pero casi todas padecían el mal francés. Resistió cientos de fragantes tentaciones. Lo ridiculizaron por ello. Las resistió, no obstante. Planeaba algo grandioso para sí mismo. Se concentró en la botánica. Recolectó gardenias, orquídeas, jazmines, árboles del pan.

Continuaron navegando. Vio que a un nativo en las islas Amigables le cortaban el brazo por el codo, por orden del capitán Cook, por haber robado un hacha del Resolution. Recogía ejemplares con el señor Nelson en esas islas cuando los nativos les tendieron una emboscada; los despojaron de la ropa y (mucho peor) de las muestras botánicas y los cuadernos. Quemados por el sol, desnudos y sobrecogidos, regresaron al barco, pero ni siquiera entonces Henry se quejó.

Con atención, observó a los caballeros a bordo, para fijarse en su comportamiento. Imitó su forma de hablar. Practicó su dicción. Mejoró sus modales. Una vez oyó a un oficial decir a otro: «A pesar de lo artificial que ha sido siempre la aristocracia, aún constituye la mejor defensa contra la muchedumbre analfabeta e irreflexiva». Vio que los oficiales impartían honores una y otra vez a cualquier nativo que se asemejase a un noble (o, al menos, que se asemejase un poco a la idea de nobleza de un inglés). En todas las islas que visitaron, los oficiales del Resolution destacaban a un hombre cualquiera de piel morena que lucía ornamentos más elegantes, o que llevaba más tatuajes, o que portaba una lanza más grande, o que tenía más esposas, o que era llevado en una litera por otros hombres, o que (ante la falta de esos lujos) era, simplemente, más alto que los demás. Los ingleses trataban a esa persona con respeto. Este sería el hombre con quien negociarían, y a quien cubrirían de regalos, y a quien, a veces, proclamarían «el rey». Concluyó que, fuesen donde fuesen, los caballeros ingleses siempre iban en busca de un rey.

Henry cazó tortugas y comió delfines. Fue comido por hormigas negras. Continuó navegando. Vio indios diminutos con conchas enormes en los oídos. Vio una tormenta en los trópicos que tiñó el cielo de un verde enfermizo, lo único que asustó visiblemente a los viejos marinos. Vio montañas ardientes llamadas volcanes. Navegaron hacia el norte. Volvió a hacer frío de nuevo. Comió ratas de nuevo. Desembarcaron en la costa occidental de América del Norte. Comió venado y renos. Vio a personas vestidas con pieles que comerciaban con cuero de castor. Vio cómo la cadena del ancla se enganchaba a la pierna de un marino de modo que fue arrastrado al mar y murió.

Navegaron más lejos, aún hacia el norte. Vio casas hechas con costillas de ballena. Compró la piel de un lobo. Recolectó prímulas, violetas, grosellas y enebro con el señor Nelson. Vio indios que vivían en agujeros en el suelo y que escondían a sus mujeres de los ingleses. Comió cerdo en salazón relleno de gusanos. Perdió otro diente. Llegó al estrecho de Bering y oyó bestias aullando en la noche del Ártico. Todas sus posesiones secas se empaparon y, poco después, se helaron. Vio cómo le crecía la barba. A pesar de ser tan rala, colgaban carámbanos de ella. La cena se congeló en el plato antes de poder comerla. No se quejó. No quería que le dijesen a sir Joseph Banks que en algún momento se había quejado. Cambió su piel de lobo por un par de raquetas para la nieve. Vio morir al señor Anderson, el cirujano del barco, sepultado en el mar ante el panorama más desolado que un hombre pudiera imaginar: un mundo helado de noches perpetuas. Vio a los marinos lanzar cañonazos a los leones de mar de la costa, por diversión, hasta que no quedó ni un animal vivo en la playa.

Vio la tierra que los rusos llamaban Elaskah. Ayudó a hacer cerveza de abeto, que los marinos odiaban, pero no tenían nada más que beber. Vio indios que habitaban en antros tan incómodos como las madrigueras de los animales que cazaban y comían, y conoció rusos, encallados en una estación ballenera. Escuchó al capitán Cook comentar, acerca del oficial ruso al mando (un hombre rubio, alto y apuesto): «Evidentemente, es un caballero de buena familia». En todas partes, al parecer, incluso en esta tundra inhóspita, era importante ser un caballero de buena familia. En agosto, el capitán Cook se dio por vencido. Era incapaz de encontrar el paso del Noroeste, y el Resolution estaba bloqueado por catedrales de hielo. Cambiaron de rumbo y se dirigieron al sur.

Apenas se detuvieron hasta llegar a Hawai. No deberían haber ido a Hawai. Habrían estado más seguros muriendo de hambre en el hielo. Los reyes de Hawai estaban enojados y los aborígenes eran ladrones y se mostraban agresivos. Los hawaianos no eran tahitianos (no eran amigos amables) y, además, eran millares. Pero el capitán Cook necesitaba agua fresca, y tuvo que permanecer en el puerto hasta abastecer las bodegas de nuevo. Hubo muchos robos por parte de los indios y muchos castigos por parte de los ingleses. Hubo disparos, hubo indios heridos, hubo jefes consternados, hubo intercambios de amenazas. Algunos hombres afirmaron que el capitán Cook estaba perdiendo los estribos, que se volvía cada vez más brutal, dominado por rabietas más teatrales y una furia más rabiosa tras cada robo. Aun así, los indios siguieron robando. No podían permitirlo. Sacaban los clavos del mismo barco. Robaron barcas, y armas también. Hubo más disparos y hubo más indios muertos. Henry no durmió durante días, avizor. Nadie dormía.

El capitán Cook bajó a tierra, en busca de una audiencia con los jefes, para apaciguarlos, pero lo recibieron cientos de hawaianos furiosos. En apenas un momento, el gentío se convirtió en una turba. Henry vio cómo mataban al capitán Cook, cuyo pecho perforó la lanza de un nativo, cuya cabeza fue aporreada y cuya sangre se mezcló con las olas. En un instante, el gran navegante dejó de existir. Su cuerpo fue arrastrado por los nativos. Esa misma noche, más tarde, como afrenta final, un indio en canoa arrojó un trozo del muslo del capitán Cook a bordo del Resolution.

Henry vio a los marinos ingleses quemar el poblado entero como castigo. A duras penas contuvieron a los marinos ingleses para que no mataran a todos los hombres, mujeres y niños indios de la isla. Las cabezas de dos indios fueron cortadas y clavadas en estacas..., y habría más, prometieron los marinos, hasta que devolvieran el cadáver del capitán Cook para darle una sepultura decente. Al día siguiente, el resto del cadáver de Cook llegó al Resolution, sin vértebras y sin pies, que no se recuperaron nunca. Henry vio cómo los restos de su comandante recibían sepultura en el mar. El capitán Cook nunca dirigió la palabra a Henry, y este, que acató el consejo de Banks, se apartó del camino de Cook. Pero ahora Henry Whittaker estaba vivo, y el capitán Cook no.

Pensó que tal vez volverían a Inglaterra tras este desastre, pero no fue así. Un tal señor Clark tomó el mando. Su misión no había cambiado: volver a intentar hallar el paso del Noroeste. Cuando volvió el verano, navegaron hacia el norte una vez más, hacia ese frío espantoso. Henry recibió andanadas de ceniza y piedra pómez procedentes de un volcán. Hacía tiempo que se habían comido todas las verduras frescas y bebían agua salobre. Los tiburones seguían al barco, para comerse los baldes de las letrinas. Henry y el señor Nelson registraron once nuevas especies de pato polar, de las cuales comieron nueve. Vio a un oso blanco gigantesco pasar nadando junto al barco, con aire amenazante y perezoso. Vio a los indios atarse a sí mismos a pequeñas canoas cubiertas de pieles y navegar por las aguas como si ellos y sus embarcaciones fueran un solo animal. Vio a indios correr por el hielo, arrastrados por perros. Vio al sustituto del capitán Cook (el capitán Clark) morir a los treinta y ocho años y recibir sepultura en el mar.

Ahora Henry había sobrevivido a dos capitanes ingleses.

Una vez más, renunciaron al paso del Noroeste. Navegaron hacia Macao. Vio flotas de juncos chinos, y de nuevo se encontró con representantes de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, que parecían estar en todas partes, con esas prendas sencillas de color negro y esos zuecos humildes. Tuvo la impresión de que, en cualquier parte del mundo, alguien le debía dinero a un holandés. En China, Henry se enteró de una guerra con Francia y de una revolución en Estados Unidos. Fue la primera vez que oyó hablar de ello. En Manila, vio un galeón español que, según se decía, estaba cargado con un tesoro de plata de dos millones de libras. Cambió sus raquetas de nieve por una chaqueta naval española. Cayó enfermo por la gripe (como todos ellos), pero sobrevivió. Llegó a Sumatra, y luego a Java, donde, una vez más, vio a los holandeses ganar dinero. Tomó nota de ello.

Rodearon el cabo por última vez y se dirigieron de vuelta a Inglaterra. El 6 de octubre de 1780 se encontraban a salvo en Deptford. Henry había pasado cuatro años, tres meses y dos días en el mar. Ya era un joven de veinte años. Durante todo el viaje, había tenido una conducta caballerosa. Esperaba y deseaba que se mencionase. Asimismo, había sido un ferviente observador y coleccionista de plantas, tal como se le había pedido, y estaba preparado para presentar su informe a sir Joseph Banks.

El barco partió, recibió su salario, buscó pasaje a Londres. La ciudad era un horror nauseabundo. El año 1780 había sido horrible para Gran Bretaña —turbamultas, violencia, fanatismo antipapista, la mansión del señor Manfield quemada, las mangas del arzobispo de York arrancadas y arrojadas a su cara en plena calle, las cárceles abiertas, la ley marcial—, pero Henry no sabía nada de todo ello, y tampoco le importaba. Caminó al número 32 de Soho Square, directamente al domicilio particular de Banks. Henry llamó a la puerta, anunció su nombre y aguardó, dispuesto a recibir su recompensa.

***

Banks lo envió a Perú.

Esa sería la recompensa de Henry.

Banks se quedó estupefacto cuando vio a Henry Whittaker ante su puerta. A lo largo de los últimos años, casi se había olvidado del muchacho, si bien era demasiado inteligente y educado como para manifestarlo. Banks atesoraba una asombrosa cantidad de información, así como una enorme responsabilidad. No solo coordinaba la expansión de los jardines Kew, sino que también supervisaba y financiaba innumerables expediciones botánicas por todo el mundo. Durante la década de 1780 difícilmente atracaba un buque en Londres que no llevara una planta, una semilla, un bulbo o un esqueje para sir Joseph Banks. Además, ocupaba un lugar en la sociedad ilustrada y metía mano en todos los nuevos avances científicos en Europa, desde la química hasta la astronomía, pasando por la cría de ovejas. En pocas palabras, sir Joseph Banks era un caballero ocupadísimo que no había pensado en Henry Whittaker durante los últimos cuatro años tanto como este había pensado en él.

No obstante, al recordar al hijo del hortelano, consintió que Henry entrara en su estudio y le ofreció una copa de oporto, que Henry rechazó. Pidió al muchacho que le contase todo sobre el viaje. Por supuesto, Banks sabía que el Resolution había llegado sano y salvo a Inglaterra, y había recibido las cartas del señor Nelson, pero Henry era la primera persona que Banks veía procedente del barco, y por lo tanto le dio la bienvenida (tras recordar de quién se trataba) con una curiosidad penetrante. Henry habló durante casi dos horas, desgranando detalles tanto botánicos como personales. Habló con más libertad que delicadeza, cabría decir, por lo cual su crónica fue un tesoro. Al final de la narración, Banks se encontró informado de la forma más deliciosa. No había nada que Banks disfrutase más que saber cosas que otras personas ignoraban que sabía, y de esta forma —mucho antes de disponer de los registros oficiales y políticamente embellecidos del Resolution— ya sabía todo lo que había ocurrido en la tercera expedición de Cook.

Mientras Henry hablaba, Banks se sintió cada vez más impresionado. Banks percibió que Henry había dedicado los últimos años no tanto a estudiar botánica como a conquistarla, y que tenía el potencial de convertirse en un cultivador de primera magnitud. Banks comprendió que tenía que hacerse con este muchacho antes de que alguien se lo afanara. El propio Banks era un afanador compulsivo. A menudo recurría a su dinero y su encanto para embaucar a jóvenes prometedores de otras instituciones y expediciones, y ponerlos al servicio de Kew. Naturalmente, había perdido a algunos jóvenes a lo largo de los años, tentados por puestos seguros y lucrativos al frente de jardines de fincas ricas. Banks no iba a perder a este, decidió.

Henry tal vez fuese un maleducado, pero a Banks no le molestaban los maleducados con tal de que fuesen competentes. Gran Bretaña producía más naturalistas que linaza, pero la mayoría eran brutos y diletantes. Mientras tanto, Banks ansiaba nuevas plantas. Con mucho gusto habría embarcado él mismo en una expedición, pero ya tenía casi cincuenta años y padecía gota. Estaba hinchado y dolorido, atrapado la mayor parte del día en el sillón del escritorio. Por lo cual necesitaba enviar coleccionistas en su lugar. Encontrarlos no era una tarea tan sencilla como podría parecer. No había tantos jóvenes sanos como sería deseable; jóvenes dispuestos a ganar una miseria para morir de fiebres en Madagascar, naufragar frente a las Azores, ser asaltados por bandidos en la India o hechos prisioneros en Granada, o simplemente para desaparecer para siempre en Ceilán.

El truco consistía en que Henry sintiese que ya estaba destinado a trabajar para Banks, y no conceder al muchacho tiempo para reflexionar, para que alguien le advirtiese, para enamorarse de alguna joven descarada o para hacer sus propios planes de futuro. Banks necesitaba convencer a Henry de que el futuro estaba escrito, y que su futuro ya pertenecía a Kew. Henry era un joven seguro de sí mismo, pero Banks sabía que su riqueza, poder y fama le otorgaban una ventaja; de hecho, a veces le hacían parecer la mano de la providencia divina. El truco consistía en emplear esa mano impasible y rápidamente.

—Buen trabajo —dijo Banks cuando Henry terminó de contar sus historias—. Has obrado bien. La semana que viene te voy a enviar a los Andes.

Henry tuvo que pensar un momento. ¿Qué eran los Andes? ¿Islas? ¿Montañas? ¿Un país? ¿Como Holanda?

Pero Banks seguía hablando, como si todo estuviera decidido.

—Voy a financiar una expedición botánica al Perú, y sale el miércoles próximo. El señor Ross Niven estará al mando. Es un viejo y duro escocés; tal vez demasiado viejo, si me permites la franqueza, pero nunca conocerás a alguien más resistente. Conoce los árboles como la palma de su mano, y me atrevo a decir que conoce América del Sur de la misma forma. Prefiero un escocés a un inglés para este tipo de trabajo, ¿sabes? Son más fríos y constantes, más dispuestos a perseguir su objetivo con ardor incansable, que es lo que uno desea al frente de una expedición. Tu salario, Henry, es de cuarenta libras al año, y si bien no es un salario con el que un joven pueda engordar, es un puesto honorable, que conlleva la gratitud del Imperio británico. Como todavía estás soltero, estoy seguro de que te las arreglarás. Cuanto más austero seas ahora, Henry, más rico serás algún día. —Henry parecía a punto de formular una pregunta, así que Banks se apresuró—: Imagino que no hablas español, ¿verdad? —preguntó en tono contrariado. Henry negó con la cabeza. Banks suspiró, con una decepción exagerada—. Bueno, ya aprenderás, supongo. Aun así, te permito ir en la expedición. Niven ya habla ese idioma, aunque con unas erres muy cómicas. De algún modo te arreglarás con el gobierno español de allí. Son muy protectores con Perú, ya sabes, y son un fastidio..., pero es de ellos, supongo. Aunque Dios sabe cuánto me gustaría saquear todas esas selvas, si se presentase la oportunidad. Detesto a los españoles, Henry. Odio la mano muerta de la burocracia española que obstaculiza y corrompe todo lo que encuentra. Y su iglesia es espantosa. ¿Te lo puedes imaginar? Los jesuitas aún creen que los cuatro ríos de los Andes son los mismos cuatro ríos del paraíso que menciona el Génesis. ¡Piénsalo, Henry! ¡Confundir el Orinoco con el Tigris!

Henry no tenía ni idea de qué hablaba aquel hombre, pero guardó silencio. En los últimos cuatro años había aprendido a hablar solo cuando sabía de qué hablaba. Por otra parte, había comprendido que el silencio a veces ayuda al oyente a sentirse inteligente. Por último, se distrajo, pues aún oía el eco de estas palabras: «Más rico serás algún día».

Banks tocó una campanilla y un sirviente pálido e inexpresivo entró en la habitación, se sentó y sacó papel para escribir. Banks, sin dirigir otra palabra al muchacho, dictó:

—Sir Joseph Banks, habiendo tenido el placer de recomendarles a los señores comisarios del jardín botánico de su majestad en Kew, etcétera, etcétera. Me ha sido encomendado por su señoría que le informe de que ha tenido el placer de nombrar a Henry Whittaker como recolector de plantas para los jardines de su majestad, etcétera, etcétera. Como recompensa, remuneración y subsistencia, salario y gastos consiguientes, se le concede un sueldo de cuarenta libras al año, etcétera, etcétera, etcétera.

Más tarde, Henry pensaría que eran demasiados etcéteras para cuarenta libras al año, pero ¿qué otro futuro tenía? Hubo un florido rasgueo de plumas, tras lo cual Banks ondeó la carta en el aire perezosamente, para que se secara, y dijo:

—Tu objetivo, Henry, es el quino. Tal vez hayas oído llamarlo «el árbol de la fiebre». De él se obtiene la corteza de los jesuitas. Aprende todo lo que puedas sobre él. Es un árbol fascinante y me gustaría estudiarlo en profundidad. No hagas enemigos, Henry. Protégete de los ladrones, los idiotas y los malhechores. Toma muchísimas notas y no te olvides de informarme de en qué tipo de suelo encuentras tus muestras (arenoso, arcilloso, cenagoso) para tratar de cultivarlas aquí, en Kew. Sé prudente con el dinero. ¡Piensa como un escocés, muchacho! Cuanto menos derroches ahora, más podrás derrochar en el futuro, cuando hayas acumulado una fortuna. No te dejes tentar por la embriaguez, la ociosidad, las mujeres y la melancolía; ya podrás disfrutar de todos esos placeres más adelante, cuando seas un anciano inútil como yo. Presta atención. Es mejor que nadie sepa que eres botánico. Protege tus plantas de cabras, perros, gatos, palomas, aves de corral, insectos, hongos, marineros, agua salada...

Henry escuchaba con media oreja.

Iba a ir a Perú.

El próximo miércoles.

Era un botánico, en una misión del rey de Inglaterra.

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Capítulo tres

Henry llegó a Lima tras casi cuatro meses en el mar. Se encontró en una ciudad de cincuenta mil almas: un puesto colonial en apuros, donde las familias españolas de categoría a menudo tenían menos que comer que las mulas que tiraban de sus carrozas.

Llegó allí solo. Ross Niven, el jefe de la expedición (una expedición, por cierto, formada únicamente por Henry Whittaker y Ross Niven), había muerto en el viaje, junto a la costa de Cuba. Al viejo escocés ni siquiera deberían haberle permitido salir de Inglaterra. Estaba tísico y pálido y escupía sangre cada vez que tosía, pero era obstinado y ocultó a Banks su enfermedad. Niven no había durado ni un mes en el mar. En Cuba, Henry escribió una carta casi ilegible a Banks, con la noticia de la muerte de Niven; en ella expresaba su determinación de proseguir con la misión él solo. No esperó la respuesta. No deseaba que le ordenasen volver a casa.

Antes de morir, no obstante, Niven se había preocupado de enseñar a Henry algunas cosas sobre el quino. En 1630, según Niven, unos misioneros jesuitas en los Andes peruanos fueron los primeros en darse cuenta de que los quechuas bebían una infusión caliente de corteza en polvo, para curar las fiebres y los temblores causados por el frío extremo de las alturas. Un monje observador se preguntó si este amargo polvo de corteza también podría combatir la fiebre y los temblores asociados con la malaria, enfermedad que ni siquiera existía en el Perú, pero que en Europa había matado a papas y pobres por igual. El monje envió unas muestras de corteza de quino a Roma (ese repulsivo pantano infecto de malaria) junto con instrucciones para probar el polvo. Milagrosamente, resultó que la corteza interrumpía el proceso de los estragos de la malaria, por razones que nadie comprendía. Fuere por lo que fuere, la corteza parecía curar la malaria por completo, sin efectos secundarios, salvo por una persistente sordera; un precio módico a cambio de seguir con vida.

A comienzos del siglo XVIII, la quina, o la corteza de los jesuitas, era la exportación más valiosa del Nuevo Mundo. Un gramo de corteza de los jesuitas pura equivalía a un gramo de plata. Era un tratamiento para hombres ricos, pero había muchos de estos en Europa y ninguno de ellos quería morir de malaria. Entonces, Luis XIV se curó con la corteza de los jesuitas, lo cual subió aún más los precios. Mientras Venecia se enriquecía con la pimienta y China con el té, los jesuitas se enriquecieron con la corteza de un árbol peruano.

Solo los británicos tardaron en apreciar el valor de la quina: en su mayor parte, debido a sus prejuicios contra los españoles y contra el papa, pero también a causa de una persistente preferencia por sangrar a los pacientes en lugar de tratarlos con polvos extraños. Además, la extracción de la medicina de la quina era una ciencia compleja. Había cerca de setenta variedades del árbol, y nadie sabía con certeza qué cortezas eran las más potentes. Había que confiar en el honor del recolector de la corteza, que solía ser un indio a unos diez mil kilómetros de distancia. A menudo los polvos que se vendían como corteza de los jesuitas en las farmacias de Londres, llegados de contrabando por canales secretos belgas, eran ineficaces y fraudulentos. No obstante, la corteza al fin había llamado la atención de sir Joseph Banks, quien quería aprender más sobre ella. Y ahora (con la sutil sugerencia de una eventual riqueza), también Henry, convertido en el jefe de su propia expedición.

Henry no tardó en recorrer Perú como si estuviera amenazado por la punta de una bayoneta, y esa bayoneta era su propia ambición desmedida. Ross Niven, antes de morir, dio a Henry tres consejos sensatos acerca de los viajes por América del Sur, y el joven los respetó todos sabiamente. Uno: nunca uses botas. Endurece los pies hasta que parezcan los de un indio. Renuncia para siempre a la protectora podredumbre del pellejo animal. Dos: abandona la ropa pesada. Viste con ligereza, y aprende a pasar frío, como los indios. Así estarás más sano. Y tres: báñate en un río cada día, como los indios.

Esos consejos constituían todo lo que Henry sabía, aparte del hecho de que la quina era lucrativa y que solo se encontraba en los Andes, en una zona remota del Perú llamada Loja. No disponía de hombres, mapas o libros que le facilitasen más información, así que lo resolvió por sí mismo. Para llegar a Loja, tuvo que atravesar ríos y soportar espinas, serpientes, enfermedades, calor, frío, lluvia, a las autoridades españolas y, lo más peligroso de todo, su propia pareja de mulas y unos esclavos negros y amargados cuyos idiomas, resentimientos y designios secretos era incapaz de imaginar.

Descalzo y hambriento, siguió adelante. Masticó hojas de coca, como un indio, para conservar la fuerza. Aprendió español, lo cual equivale a afirmar que decidió, tercamente, que ya sabía hablar español y que la gente ya podía comprenderlo. Si no le entendían, él gritaba cada vez más fuerte, hasta que les quedaba claro. Finalmente, llegó a la región llamada Loja. Encontró y sobornó a los cascarilleros, quienes cortaban la corteza; indios de la zona que sabían dónde encontrar los mejores árboles. Siguió buscando y encontró bosques de quino aún más remotos.

Como hijo de horticultor, Henry rápidamente se dio cuenta de que la mayoría de los árboles de la quina se encontraban en mal estado, enfermos y sobreexplotados. Había unos pocos árboles con troncos tan gruesos como su torso, pero ninguno era más ancho. Comenzó a envolver los árboles con moho donde había sido retirada la corteza, para que pudieran sanar. Adiestró a los cascarilleros para que cortaran la corteza en tiras verticales, en lugar de matar al árbol seccionándolo horizontalmente. Taló los árboles más enfermos, para dar lugar a brotes nuevos. Cuando enfermó, siguió trabajando. Cuando no pudo caminar por la enfermedad o la infección, pidió a los indios que le ataran a la mula, como a un preso, y así visitaba sus árboles cada día. Comió conejillos de Indias. Disparó a un jaguar.

Permaneció en Loja cuatro miserables años, descalzo y frío, durmiendo en una cabaña rodeado de indios descalzos y fríos, quienes quemaban excrementos para calentarse. Continuó cuidando la arboleda, que legalmente pertenecía al Real Colegio de Farmacéuticos, pero que Henry, en silencio, había declarado suya. Estaba tan perdido en las montañas que ningún español se entrometió en sus asuntos, y al cabo de un tiempo los indios se acostumbraron a él. Dedujo que los árboles de corteza más oscura producían una medicina más potente que las otras variedades, y que los brotes nuevos producían la corteza más potente. Las podas, por lo tanto, eran aconsejables. Identificó siete nuevas especies de quino, pero consideró casi todas inútiles. Centró su atención en la que llamó «quino rojo», la variedad más rica. La injertó en las variedades más robustas y resistentes a las enfermedades del quino, con el fin de aumentar el rendimiento.

Además, pensó mucho. Un joven solo en un bosque remoto en las alturas tiene mucho tiempo para pensar, y Henry formuló teorías grandiosas. Gracias al difunto Ross Niven, sabía que el comercio de la corteza de los jesuitas aportaba diez millones de reales al año a España. ¿Por qué sir Joseph Banks quería simplemente que Henry lo estudiase cuando podía dedicarse a venderlo? ¿Y por qué la producción de la corteza de los jesuitas tenía que limitarse a este inaccesible rincón del mundo? Henry recordó a su padre, quien le había enseñado que todas las plantas valiosas a lo largo de la historia de la humanidad habían sido cazadas antes que cultivadas, y que cazar un árbol (como escalar los Andes para encontrar este maldito árbol) era mucho menos eficiente que cultivarlo (aprender a cuidarlo en otro lugar, en un entorno controlado). Sabía que los franceses habían intentado trasplantar el quino a Europa en 1730 y que habían fracasado, y creía saber por qué: porque no entendían las alturas. No se podía plantar este árbol en el valle del Loira. El quino necesitaba altitud, aire escaso y un bosque húmedo y Francia no tenía un lugar semejante. Ni Inglaterra. Ni España, para el caso. Lo cual era una pena. No es posible exportar el clima.

Durante esos cuatro años de reflexiones, esto es lo que se le ocurrió a Henry: India. Henry habría apostado a que el quino prosperaría en las estribaciones frías y húmedas del Himalaya, un lugar donde Henry nunca había estado, pero del cual había oído hablar a los oficiales británicos cuando viajaba por Macao. Por otra parte, ¿por qué no cultivar este utilísimo árbol medicinal más cerca de los lugares asolados por la malaria, más cerca de donde era necesario? En la India existía una demanda desesperada de la corteza del jesuita, para combatir las fiebres debilitantes de las tropas británicas y los trabajadores nativos. Por ahora, la medicina era demasiado costosa para los soldados rasos y los trabajadores, pero no tenía por qué seguir siendo así. En la década de 1780, la corteza de los jesuitas se encarecía un doscientos por ciento en el trayecto entre su origen en el Perú y los mercados europeos, pero la mayoría de ese aumento se debía a los costes de envío. Era hora de dejar de cazar este árbol y empezar a cultivarlo, más cerca de donde era necesario para obtener ganancias. Henry Whittaker, a sus veinticuatro años, pensaba que él era el hombre indicado.

Salió de Perú a comienzos de 1785, no solo con notas, un extenso herbario y muestras de corteza envasadas en lino, sino además con esquejes de raíz y unas diez mil semillas de quino rojo. También llevó a casa variedades de pimentón, así como algunas buganvilias y algunas aljabas poco comunes. Pero el verdadero tesoro eran las semillas. Henry esperó dos años para que aquellas semillas germinasen, aguardando a que sus mejores árboles diesen frutos que no estropeasen las heladas. Secó las semillas al sol durante un mes, dándoles la vuelta cada dos horas para que no creciese moho y envolviéndolas en lino por la noche para protegerlas del rocío. Sabía que las semillas rara vez sobrevivían a los viajes oceánicos (incluso Banks había fracasado al llevar semillas a casa en sus viajes con el capitán Cook), así que Henry decidió experimentar con tres técnicas diferentes de conservación. Envasó algunas de las semillas con arena, otras con cera y algunas iban sueltas con musgo seco. Todas iban dentro de vejigas de buey para mantenerlas secas y envueltas en lana de alpaca para ocultarlas.

Los españoles aún mantenían el monopolio de la quina, así que Henry se había convertido oficialmente en contrabandista. Por eso, evitó la ajetreada costa del Pacífico oriental y cruzó por tierra América del Sur, con un pasaporte que lo identificaba como comerciante textil francés. Él, sus mulas, sus exesclavos y sus desdichados indios tomaron la ruta de los ladrones: de Loja al río Zamora, al Amazonas, a la costa atlántica. Desde ahí partió a La Habana, luego a Cádiz, luego a casa, a Inglaterra. El regreso duró un año y medio en total. No se encontró con piratas ni tormentas reseñables, ni enfermedades agotadoras. No perdió las muestras. No fue tan difícil.

Sir Joseph Banks, pensó, estaría satisfecho.

***

Pero sir Joseph Banks no estaba satisfecho cuando Henry lo vio de nuevo en el confortable edificio del número 32 de Soho Square. Banks estaba simplemente más viejo, más enfermo y más distraído que nunca. La gota lo atormentaba terriblemente, y se esforzaba en formular preguntas científicas que consideraba importantes para el futuro del Imperio británico.

Banks trataba de encontrar la manera de poner fin a la dependencia inglesa del algodón extranjero, por lo cual había enviado cultivadores a las Indias occidentales británicas, quienes procuraban, sin éxito por el momento, cultivar algodón ahí. Además trataba, también sin éxito, de romper el monopolio holandés del comercio de especias cultivando nuez moscada y clavo en Kew. Presentó una propuesta al rey para convertir Australia en una colonia penal (un simple pasatiempo suyo), pero aún nadie escuchaba. Trabajaba en construir un telescopio de cuarenta metros de altura para el astrónomo William Herschel, quien deseaba descubrir nuevos cometas y planetas. Pero, sobre todo, Banks quería globos. Los franceses tenían globos. Los franceses habían experimentado con gases más ligeros que el aire y realizaban vuelos tripulados en París. ¡Los ingleses se estaban quedando atrás! En aras de la ciencia y de la seguridad nacional, por el amor de Dios, el Imperio británico necesitaba globos.

Así que Banks, ese día, no estaba de humor para escuchar a Henry Whittaker asegurar que lo que el Imperio británico necesitaba era plantar el árbol de la quina a media altura en el Himalaya..., una idea que no ayudaba en modo alguno a las causas del algodón, las especias, el descubrimiento de cometas o los globos. La mente de Banks estaba repleta, le dolía el pie terriblemente y le irritaba tanto la agresiva presencia de Henry que hizo caso omiso de la conversación. Aquí, sir Joseph Banks cometió un extraño error táctico..., un error que a la sazón costaría caro a Inglaterra.

Pero es preciso mencionar que también Henry cometió errores tácticos ese día. En realidad, varios seguidos, uno tras otro. Presentarse sin previo aviso fue el primer error. Sí, lo había hecho antes, pero Henry ya no era un muchacho descarado a quien tal lapso en el decoro pudiera ser excusado. Ya era un hombre adulto (y grande, por cierto), cuyo insistente aporreo en la puerta principal sugería tanto insolencia como amenaza física.

Además, Henry llegó al domicilio de Banks con las manos vacías, algo que nunca debe hacer un coleccionista botánico. La colección peruana de Henry aún estaba a bordo de un barco gaditano, a salvo en el puerto. Era una colección impresionante, pero ¿cómo iba a saberlo Banks cuando todos los especímenes estaban fuera de la vista, escondidos en un lejano buque mercante, ocultos en vejigas de buey, sacos de arpillera y cajas de Ward? Henry debería haber traído algo que depositar personalmente en las manos de Banks: si no un esqueje de quino rojo, sí, al menos, una bonita fucsia en flor. Cualquier cosa con tal de llamar la atención del anciano, de ablandarlo para que creyese que las cuarenta libras al año que había gastado en la estancia de Henry Whittaker en el Perú no habían sido en vano.

Pero Henry no era un seductor. En vez de eso, se arrojó verbalmente contra Banks con esta rotunda acusación: «Se equivoca, señor, al contentarse con estudiar la quina cuando debería estar vendiéndola». Esta declaración, de una torpeza asombrosa, acusaba a Banks de ser un necio, al mismo tiempo que ensuciaba el 32 de Soho Square con el desagradable tufo a comercio..., como si sir Joseph Banks, el caballero más rico de Gran Bretaña, necesitase recurrir personalmente al comercio.

Para ser justos con Henry, no tenía la cabeza del todo lúcida. Había estado solo durante muchos años en un bosque remoto, y en el bosque un joven puede convertirse en un librepensador peligroso. En su imaginación, Henry ya había hablado acerca de este tema con Banks muchísimas veces, así que la conversación lo impacientó. En las fantasías de Henry, todo estaba ya arreglado y funcionaba con éxito. En la mente de Henry, solo cabía un resultado posible: Banks celebraría esa idea brillante, presentaría a Henry a los administradores indicados en la Oficina de las Indias, obtendría todos los permisos pertinentes, aseguraría los fondos y procedería (idealmente, al día siguiente por la tarde) con este ambicioso proyecto. En los sueños de Henry, la plantación ya crecía en el Himalaya, ya se había convertido en el hombre de deslumbrantes riquezas que Joseph Banks le había prometido que sería y la alta sociedad londinense ya lo había acogido como gran caballero. Sobre todo, Henry se había permitido creer que él y Joseph Banks ya eran queridos amigos íntimos.

Ahora bien, era muy posible que Henry Whittaker y sir Joseph Banks se hubiesen convertido en queridos amigos íntimos, salvo por un pequeño problema: sir Joseph Banks nunca consideró a Henry Whittaker como algo más que un trabajador malcriado y un ladrón en potencia, cuya vida tenía como único objeto el ser estrujado hasta la última gota de sudor al servicio de sus superiores.

—Además —dijo Henry, mientras Banks se recuperaba de esa agresión contra sus sentidos, su honor y su sala de estar—, creo que deberíamos hablar de mi candidatura a la Royal Society.

—Discúlpame —dijo Banks—. ¿Quién diablos te ha propuesto para la Royal Society?

—Confío en que usted lo hará —dijo Henry—. Como recompensa por mi trabajo y mi ingenio.

Banks se quedó sin habla durante un momento muy largo. Sus cejas, por iniciativa propia, huyeron a la parte superior de la frente. Respiró hondo. Y, a continuación, para desgracia del futuro del Imperio, se rio. Soltó tal carcajada que tuvo que limpiarse los ojos con un pañuelo de encaje belga, que muy bien podría haber sido más caro que la casa donde se crio Henry Whittaker. Era bueno reírse, tras un día tan agotador, y se entregó a esa hilaridad con todas sus ganas. Se rio tanto que su lacayo, de pie frente a la puerta, asomó la cabeza, curioso ante esta repentina explosión de alegría. Rio tanto que no podía hablar. Lo cual, con toda probabilidad, fue lo mejor, pues, incluso sin las carcajadas, Banks habría tenido dificultades para encontrar las palabras con que expresar lo absurdo de esta idea. Henry Whittaker, quien debería haber acabado en la horca de Tyburn House hacía nueve años, quien tenía la cara de hurón de un ladronzuelo nato, cuyas cartas de espantosa caligrafía habían sido todo un entretenimiento para Banks a lo largo de los años, cuyo padre (¡pobre hombre!) había vivido en compañía de cerdos... ¡Y este joven estafador esperaba ser invitado al consorcio científico más valorado y reservado a caballeros de toda Gran Bretaña! ¡Qué excelsa comedia!

Por supuesto, sir Joseph Banks era el muy amado presidente de la Royal Society (como Henry sabía muy bien) y, de haber propuesto Banks el ingreso de un tejón lisiado en la sociedad, esta lo habría acogido con satisfacción y, además, lo habría condecorado con una medalla de honor. Pero ¿admitir a Henry Whittaker? ¿Consentir a este insolente pícaro, este mozalbete, este duendecillo pagado de sí mismo, agregar las iniciales de la Royal Society a su indescifrable firma?

No.

Cuando Banks comenzó a reír, el estómago de Henry se retorció y se endureció como una piedra. La garganta se contrajo como si al fin lo estuvieran ahorcando. Cerró los ojos y vio un asesinato. Era capaz de asesinar. Imaginó el asesinato y examinó con suma atención las consecuencias de tal acto. Dispuso de un tiempo considerable para meditar el asesinato, mientras Banks reía y reía.

No, decidió Henry. Un asesinato no.

Cuando abrió los ojos, Banks aún reía y Henry era un hombre transformado. Si aún persistía algo de juventud en él esa mañana, en ese instante quedó expulsada, muerta. Desde ese momento, en su vida lo importante no sería en quién se convertiría, sino qué adquiriría. Nunca sería un caballero. Que así fuera. A la mierda los caballeros. A la mierda todos ellos. Henry sería más rico que cualquier caballero sobre la faz de la tierra, y algún día sería el dueño de todos ellos, de pies a cabeza. Henry aguardó a que Banks dejara de reír, tras lo cual salió de la habitación sin decir una palabra.

De inmediato se adentró en las calles y buscó una prostituta. La sostuvo contra el muro de un callejón y purgó su virginidad a embestidas, hiriendo tanto a la muchacha como a sí mismo, hasta que ella lo maldijo por bruto. Encontró una taberna, bebió dos jarras de ron, golpeó a un desconocido en la barriga, lo arrojaron a la calle y le patearon los riñones. Al final lo había hecho. Todo de lo que se había abstenido durante los últimos ocho años, a fin de convertirse en un respetable caballero, quedó hecho. ¿A que era fácil? Sin placer, claro que sí, pero estaba hecho.

Contrató a un barquero para cruzar el río hasta Richmond. Ya era de noche. Caminó junto a la espantosa casa de sus padres sin detenerse. No volvería a ver a sus padres, ni lo deseaba. Entró a hurtadillas en Kew, buscó una pala y excavó todo el dinero que había enterrado allí a los dieciséis años. Bajo tierra lo esperaba una considerable cantidad de plata, mucho más de lo que recordaba.

—Buen muchacho —dijo al ladroncete y acaparador joven de entonces.

Durmió junto al río, con un saco húmedo de monedas como almohada. Al día siguiente, regresó a Londres y se compró un buen conjunto de ropa de suficiente calidad. También supervisó el traslado de toda la colección botánica peruana —semillas, vejigas y muestras de corteza incluidas— del barco procedente de Cádiz a un barco con rumbo a Ámsterdam. Desde el punto de vista legal, la colección entera pertenecía a Kew. Al diablo Kew. Al diablo Kew hasta que sangrase. Que Kew saliese a buscarlo.

Tres días más tarde, partió hacia Holanda, donde vendió la colección, sus ideas y sus servicios a la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, cuyos administradores, graves y astutos, lo recibieron, conviene decirlo, sin atisbo de risas.

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Capítulo cuatro

Seis años más tarde, Henry Whittaker era un hombre rico a punto de ser más rico todavía. Su plantación de quinos prosperaba en el asentamiento colonial holandés de Java, donde crecían como setas en una finca montañosa fresca y húmeda llamada Pengalengan: un entorno casi idéntico, como Henry sabía de antemano, tanto a los Andes peruanos como a las estribaciones del Himalaya. Henry vivía en la plantación y se mantenía ojo avizor en este tesoro botánico. En Ámsterdam sus socios eran ahora quienes decidían los precios de la corteza de los jesuitas, y ganaban sesenta florines por cada cien libras de quina procesada. No podían procesarla lo suficientemente rápido. Había una fortuna por conseguir, y esta dependía de detalles. Henry había seguido perfeccionando su plantación, protegida ahora de la polinización cruzada con ejemplares de menos calidad, y producía una corteza más potente y más consistente que las procedentes del mismísimo Perú. Por otra parte, se transportaba bien y, sin la interferencia corruptora de los españoles y las manos indias, ganó el prestigio de ser un producto fiable.

Los holandeses de las colonias eran ya los principales productores y consumidores de corteza de los jesuitas, que utilizaban para mantener a sus soldados, administradores y trabajadores a salvo de las fiebres palúdicas en las Indias Orientales. La ventaja que les concedía respecto a sus rivales —en especial, los ingleses— era, literalmente, incalculable. Con un obstinado ánimo de venganza, Henry intentó mantener su producto fuera de los mercados británicos o, al menos, aumentar el precio de la corteza de los jesuitas cada vez que llegaba a Inglaterra o a sus colonias.

De vuelta a Kew, ya muy rezagado, sir Joseph Banks a la sazón trató de cultivar quinos en el Himalaya, pero sin los conocimientos de Henry el proyecto se estancó. Los británicos desperdiciaban riquezas, energía y desvelos al cultivar el tipo erróneo de quino a una altura inapropiada, y Henry, con fría satisfacción, lo sabía. En el decenio de 1790, innumerables ciudadanos y súbditos británicos morían cada semana de malaria en la India, pues no tenían acceso a la corteza de los jesuitas, mientras los holandeses se expandían con salud insultante.

Henry admiraba a los holandeses y trabajaba bien con ellos. Comprendía a estas personas sin esfuerzo alguno: calvinistas laboriosos, incansables, cavadores de zanjas, bebedores de cerveza sin pelos en la lengua, contadores de monedas, habían prosperado gracias al comercio desde el siglo XVI, y dormían plácidamente todas las noches, sabedores de que Dios deseaba que fuesen ricos. País de banqueros, comerciantes y jardineros, a los holandeses les gustaban las promesas del mismo modo que a Henry (es decir, cargadas de beneficios), y de esta manera el mundo entero era cautivo de sus desorbitadas tasas de interés. No lo juzgaban por sus groseros modales ni su actitud agresiva. Muy pronto Henry Whittaker y los holandeses se hicieron mutuamente ricos. En Holanda, había gente que llamaba a Henry el «Príncipe del Perú».

En 1791, Henry era un hombre rico de treinta y un años, y había llegado el momento de organizar el resto de su vida. Para empezar, se le presentaba la oportunidad de iniciar sus propios negocios, con independencia de sus socios holandeses, y ponderó sus opciones con esmero. No le fascinaban los minerales ni las piedras preciosas, ya que no era experto en esa materia. Al igual que le sucedía con la construcción naval, la edición y los textiles. Sería la botánica, entonces. Pero ¿qué tipo de botánica? Henry no deseaba entrar en el comercio de especias, aunque era sabido que deparaba grandes beneficios. Demasiadas naciones estaban involucradas en las especias, y los costes de defenderse de los piratas y las armadas rivales superaban los beneficios, por lo que Henry sabía. Tampoco le inspiraba ningún respeto el comercio del azúcar o el algodón, que le parecían dañinos y costosos, así como intrínsecamente vinculados a la esclavitud. Henry no quería tener relación alguna con la esclavitud, no porque le resultase moralmente abominable, sino porque la consideraba económicamente ineficiente, enmarañada y cara, y controlada por algunos de los más desagradables intermediarios del mundo. Lo que de verdad le interesaban eran las plantas medicinales, un mercado que nadie había logrado dominar.

Por lo tanto, se dedicaría a las plantas medicinales y la farmacia.

A continuación, tuvo que decidir dónde debía vivir. Poseía una imponente finca en Java con cien sirvientes, pero el clima lo había hostigado a lo largo de los años, castigándolo con enfermedades tropicales que lo mortificarían de cuando en cuando el resto de su vida. Necesitaba un hogar en un clima más templado. Se cortaría el brazo antes de volver a vivir en Inglaterra. El continente no le tentaba: Francia estaba llena de gente irritante; España era corrupta e inestable; Rusia, imposible; Italia, absurda; Alemania, rígida; Portugal, en decadencia. Holanda, a pesar de ser bien considerado allí, aburrida.

Los Estados Unidos de América, decidió, eran una posibilidad. Henry nunca había estado ahí, pero había oído relatos prometedores. Había escuchado palabras especialmente alentadoras acerca de Filadelfia, la alegre capital de esa joven nación. Se decía que era una ciudad con un puerto bastante bueno, en el centro de la costa oriental del país, abarrotada de pragmáticos cuáqueros, farmacéuticos y granjeros laboriosos. Se rumoreaba que era un lugar sin aristócratas altaneros (a diferencia de Boston), sin puritanos temerosos del placer (a diferencia de Connecticut) y sin sedicentes príncipes feudales conflictivos (a diferencia de Virginia). La ciudad había sido fundada, con los sólidos principios de la tolerancia religiosa, la libertad de prensa y el buen paisajismo, por William Penn, un hombre que cultivaba arbolitos en bañeras y que imaginaba su metrópoli como un gran vivero de plantas y de ideas. Todo el mundo era bienvenido en Filadelfia, todo el mundo sin excepción..., salvo, por supuesto, los judíos. Al oír todo esto, Henry sospechó que Filadelfia era un vasto paisaje de beneficios no realizados, y se propuso transformar el lugar en su provecho.

Antes de asentarse, sin embargo, quería encontrar una esposa, y, dado que no era un necio, quería una esposa holandesa. Quería una mujer inteligente y decente sin un atisbo de frivolidad, y Holanda era el lugar indicado para encontrarla. A lo largo de los años, Henry había ido con prostitutas e incluso había mantenido a una joven javanesa en su finca de Pengalengan, pero ahora era el momento de hallar una buena esposa, y recordó el consejo de un sabio marino portugués que le había dicho, años antes: «Prosperar y ser feliz, Henry, es sencillo. Escoge una mujer, escoge bien, y ríndete».

Así pues, navegó de regreso a Holanda para escoger. Seleccionó, de modo calculador y repentino, a una esposa que arrebató a una respetable y vieja familia apellidada Van Devender, custodios del jardín botánico Hortus en Ámsterdam durante muchas generaciones. El Hortus era uno de los más destacados jardines de investigación de toda Europa, uno de los vínculos más antiguos de la historia entre botánica, estudios y comercio, y los Van Devender siempre lo habían dirigido con honor. No eran aristócratas en absoluto y ciertamente no eran ricos, pero Henry no necesitaba una mujer rica. Los Van Devender eran, no obstante, una familia de sabios y científicos..., algo que él admiraba.

Por desgracia, la admiración no era mutua. Jacob van Devender, el patriarca en ese momento de la familia y del Hortus (y un maestro en el cultivo de áloes ornamentales), conocía a Henry Whittaker y no lo apreciaba. Sabía que este joven tenía un historial de robos, y también que había traicionado a su propio país por dinero. No era el tipo de conducta que Jacob van Devender veía con buenos ojos. Jacob era holandés, sí, y le gustaba el dinero, pero no era un banquero ni un especulador. No medía el valor de las personas por sus montones de oro.

Sin embargo, Jacob van Devender tenía una hija que era un excelente partido... o eso pensaba Henry. Se llamaba Beatrix y no era ni guapa ni fea, lo cual resultaba adecuado para una esposa. Era recia y sin pecho, una mujer con forma de barril, y ya era casi una solterona cuando Henry la conoció. Para casi todos los pretendientes, Beatrix van Devender habría sido aterradoramente culta. Versada en cinco lenguas vivas y dos muertas, sus conocimientos de botánica igualaban a los de cualquier hombre. Sin duda alguna, esta mujer no era coqueta. No era un adorno de salón. Se vestía con la gama completa de colores que asociamos con los gorriones comunes. Albergaba una arraigada desconfianza de la pasión, de las exageraciones o la belleza, y confiaba tan solo en lo que era sólido y creíble, partidaria siempre de la sabiduría adquirida frente a los impulsos del instinto. Henry la vio como una roca firme a la que anclarse, que era precisamente lo que deseaba.

¿Y qué vio Beatrix en Henry? En este punto, nos encontramos con un pequeño misterio. Henry no era guapo. Desde luego, no era refinado. En verdad, había algo de herrero de pueblo en su cara rubicunda, sus manos enormes y sus rudos modales. A ojos de casi todos, no era ni sólido ni creíble. Henry Whittaker era un hombre apasionado, impulsivo, vociferante y belicoso, con enemigos por todo el mundo. También se había convertido, en los últimos años, en un bebedor. ¿Qué respetable joven elegiría voluntariamente a semejante personaje por esposo?

—Ese hombre no tiene principios —objetó Jacob van Devender a su hija.

—Oh, padre, está muy equivocado —lo corrigió Beatrix con sequedad—. El señor Whittaker tiene muchos principios. Pero no del tipo más edificante.

Cierto: Henry era rico, y por ello algunos observadores conjeturaron que quizás Beatrix apreciaba esa riqueza más de lo que dejaba entrever. Además, Henry se proponía llevar a su nueva novia a América, y tal vez (cuchicheaban los lugareños más bromistas) ella tenía un vergonzoso secreto por el cual quería salir de Holanda para siempre.

La verdad, sin embargo, era más sencilla: Beatrix van Devender se casó con Henry Whittaker porque le gustó lo que vio en él. Le gustó su fortaleza, su astucia, su carisma, lo que prometía. Era rudo, cierto, pero ella no era una florecilla desvalida. Beatrix respetaba esa brusquedad, al igual que él respetaba la de ella. Comprendió lo que quería de ella y no le cupo duda de que podría trabajar con él... y quizás incluso cambiarlo un poco. Así, Henry y Beatrix, rápida y sencillamente, sellaron su alianza. La única palabra que describía con precisión esa unión era una palabra neerlandesa, una palabra del mundo de los negocios: partenrederij: una asociación basada en un comercio honesto y en tratos claros, donde los beneficios del mañana son consecuencia de los acuerdos de hoy y donde la cooperación de ambas partes contribuye por igual a la prosperidad.

Los padres de Beatrix la desheredaron. O tal vez sea más preciso decir que Beatrix los desheredó a ellos. Eran una familia rígida, todos ellos. No se pusieron de acuerdo sobre su alianza, y los desacuerdos entre los Van Devender tendían a ser eternos. Después de elegir a Henry e irse a Estados Unidos, Beatrix no volvió a comunicarse con Ámsterdam. Al último que vio de su familia fue a su hermano pequeño, Dees, de diez años, que lloraba por su marcha, le tiraba de las faldas y decía: «¡Se la están llevando lejos de mí! ¡Se la están llevando lejos de mí!». Apartó los dedos de su hermano del dobladillo, le dijo que nunca más se humillara llorando en público y se fue.

Beatrix llevó consigo a Estados Unidos a su sirvienta personal: una joven enormemente competente llamada Hanneke de Groot. También cogió en la biblioteca de su padre una edición de 1665 de la Micrographia de Robert Hooke y un valiosísimo compendio de las ilustraciones botánicas de Leonhard Fuchs. Cosió docenas de bolsillos en el vestido de viaje y los llenó con los bulbos de tulipán más excepcionales del Hortus, todos envueltos cuidadosamente en musgo. Trajo consigo, asimismo, varias docenas de libros de contabilidad en blanco.

Ya estaba planeando su biblioteca, su jardín y (al parecer) su fortuna.

***

Beatrix y Henry Whittaker llegaron a Filadelfia a principios de 1792. La ciudad, sin muros u otras fortificaciones que la protegiesen, constaba en ese momento de un puerto muy activo, unos pocos edificios con fines comerciales y políticos, un conglomerado de caseríos agrícolas y algunas fincas nuevas. Era un lugar de posibilidades expansivas, germinantes: un verdadero cantero aluvial de crecimiento en potencia. Apenas un año antes había abierto allí sus puertas el primer banco de los Estados Unidos. Todo el estado de Pensilvania había declarado la guerra a sus bosques, y sus habitantes, armados con hachas, bueyes y ambición, estaban ganando. Henry compró 350 hectáreas de pastos y bosques vírgenes a lo largo de la ribera occidental del río Schuylkill, con la intención de añadir más terreno en cuanto pudiera adquirirlo.

Henry había planeado ser rico a los cuarenta, pero había cabalgado con sus caballos a tal velocidad, como solía decirse, que había llegado a su destino antes de tiempo. Tan solo contaba treinta y dos años y ya tenía ahorros en libras, florines, guineas e incluso kopeks rusos. Se propuso ser más rico todavía. Pero, por ahora, tras su llegada a Filadelfia, era el momento de montar un espectáculo.

Henry Whittaker llamo a su propiedad White Acre, un juego de palabras con su nombre, y de inmediato se puso manos a la obra para construir una mansión palaciega de dimensiones señoriales, mucho más bonita que cualquier edificio privado de la ciudad. La casa sería de piedra, inmensa y bien equilibrada: agraciada con pabellones elegantes al este y al oeste, un pórtico con columnas al sur y una amplia terraza al norte. Asimismo, construyó una cochera imponente, una gran forja y un fantasioso puesto de guardia, así como varias estructuras botánicas (incluidos los primeros invernaderos independientes, que a la sazón serían numerosísimos, como uno para cítricos inspirado en el famoso edificio de Kew y los cimientos de otro de dimensiones asombrosas). A lo largo de la ribera enlodada del Schuylkill (donde tan solo cincuenta años antes los indios recolectaban cebollas silvestres) construyó su propio embarcadero, como los de las viejas fincas junto al río Támesis.

La ciudad de Filadelfia, en su mayor parte, vivía aún con austeridad por aquel entonces, pero Henry diseñó White Acre como una afrenta descarada a la noción misma del ahorro. Quería que destacara por su extravagancia. No le daba miedo ser envidiado. De hecho, descubrió que ser envidiado era un excelente pasatiempo, además de un buen negocio, pues la envidia atraía a las personas. Su casa fue diseñada no solo para alzarse grandiosa en la distancia (se veía con facilidad desde el río, noble y alta en su promontorio, observando con frialdad la ciudad al otro lado), sino también para exhibir su riqueza en cada detalle. Todos los pomos eran de latón, y todo el latón resplandecía. Los muebles procedían directamente de la casa Seddon’s de Londres, las paredes estaban cubiertas de papel belga, los platos eran de porcelana cantonesa, la bodega rebosaba de ron de Jamaica y burdeos francés, las lámparas fueron hechas a mano en Venecia y las lilas que rodeaban la propiedad habían florecido en el Imperio otomano.

Permitió que los rumores sobre su riqueza corriesen desbocados. Por rico que fuese, no hacía mal alguno que lo imaginasen aún más rico. Cuando los vecinos comenzaron a susurrar que los caballos de Henry Whittaker llevaban herraduras de plata, les dejó que lo creyeran. En realidad, las herraduras no eran de plata; eran de hierro, como las de todos los caballos, y no solo eso: Henry los había herrado él mismo (una habilidad que había aprendido en el Perú, con mulas de pobre y herramientas de pobre). Pero ¿por qué tenían que enterarse, si el rumor era mucho más agradable e imponente?

Henry comprendía no solo la atracción del dinero, sino también la atracción del poder, más misteriosa. Sabía que su finca no solo debía deslumbrar, sino también intimidar. Luis XVI no solía llevar a los visitantes a pasear por sus jardines para entretenerlos, sino para demostrar su fuerza: esos árboles exóticos en flor, esas fuentes chispeantes y todas esas valiosas estatuas griegas no eran más que una forma de transmitir al mundo un mensaje unívoco (a saber: «Te aconsejo que no me declares la guerra»), y Henry quería que White Acre expresase exactamente ese mismo aviso.

Henry también construyó un gran almacén y una fábrica junto al puerto de Filadelfia, para recibir plantas medicinales de todo el mundo: ipecacuana, simaropa, ruibarbo, corteza de guaiacum, raíz china y zarzaparrilla. Se asoció con un farmacéutico cuáquero llamado James Garrick, y ambos hombres comenzaron a procesar de inmediato pastillas, polvos, ungüentos y jarabes.

Comenzó su negocio con Garrick en el momento preciso. En el verano de 1793, una epidemia de fiebre amarilla azotó Filadelfia. Las calles estaban abarrotadas de cadáveres y los huérfanos se aferraban a sus madres muertas en las cunetas. Las personas morían en parejas, en familias, en grupos de docenas, vomitando ríos repugnantes de lodo negro de las gargantas y las entrañas en su camino a la muerte. Los médicos del lugar opinaban que la única cura posible era la violencia de purgar aún más a sus pacientes mediante vómitos y diarreas, y el mejor purgante del mundo era una planta llamada jalapa, que Henry ya importaba en fardos de México.

Henry sospechaba que la cura de la jalapa era posiblemente inadecuada y no permitió a nadie de su familia tomarla. Sabía que los médicos criollos del Caribe (mucho más familiarizados con la fiebre amarilla que sus colegas del norte) trataban a sus pacientes con una fórmula menos salvaje de bebidas reconstituyentes y descanso. No obstante, no era posible ganar dinero con las bebidas reconstituyentes y el descanso, mientras que la jalapa proporcionaba cuantiosas ganancias. Así fue como, a finales de 1793, un tercio de la población de Filadelfia había muerto de fiebre amarilla, y Henry Whittaker había duplicado su fortuna.

Henry cogió sus ganancias y construyó otros dos invernaderos. Por sugerencia de su esposa, comenzó a cultivar flores, árboles y arbustos nativos para exportarlos a Europa. Fue una idea excelente; los prados y bosques de América estaban llenos de ejemplares botánicos de aspecto exótico para un europeo, y se vendían bien al otro lado del mar. Henry estaba cansado de enviar sus barcos desde el puerto de Filadelfia con las bodegas vacías; ahora podía hacer dinero en ambos trayectos. Aún ganaba una fortuna en Java procesando la corteza de los jesuitas con sus socios holandeses, pero también había una fortuna que amasar allí mismo. En 1796, Henry enviaba trabajadores a las montañas de Pensilvania para recolectar raíces de ginseng que exportaba a China. Durante muchos años, de hecho, fue el único hombre de Estados Unidos que encontró la manera de vender algo a los chinos.

A finales de 1798, Henry llenaba sus invernaderos americanos con exóticas plantas tropicales importadas, que luego vendía a los aristócratas estadounidenses. La economía de los Estados Unidos crecía de modo pronunciado y abrupto. Tanto George Washington como Thomas Jefferson poseían opulentas casas de campo, así que todo el mundo quería una opulenta casa de campo. De repente, la joven nación ponía a prueba los límites del despilfarro. Algunos ciudadanos se volvían ricos; otros caían en la indigencia. La trayectoria de Henry, vertiginosa, no dejó de ir al alza. La base de todos los cálculos de Henry Whittaker era: «Voy a ganar», y ganaba invariablemente: en las importaciones, en las exportaciones, en la producción, aprovechando cualquier tipo de ocasión. El dinero parecía amar a Henry. El dinero lo seguía como un perrito entusiasta. En 1800, era el hombre más rico de Filadelfia y uno de los tres hombres más ricos del hemisferio occidental.

Así, cuando Alma, la hija de Henry, nació ese año (apenas tres semanas después de la muerte de George Washington), fue como si se tratara de la descendiente de un nuevo tipo de personaje, nunca visto antes en el mundo: un poderoso sultán americano.

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SEGUNDA PARTE

LA CIRUELA DE WHITE ACRE