Si bien sería razonable pensar que un samurái debería observar la Senda que lleva su mismo nombre, parece que todos hacemos caso omiso de la misma. Por consiguiente, si alguien preguntara: «¿Cuál es el auténtico significado de la Senda del samurái?», rara sería la persona que podría aportar una respuesta expedita. Esto se debe a que no se ha establecido en la mente de uno de antemano. De ahí se entiende la negligencia con respecto a la Senda.
La negligencia es algo extremo.

La Senda del samurái se halla en la muerte. Cuando le llega a uno o a otro, solo queda la fugaz elección de la muerte. No es particularmente complicada. Hay que estar resuelto de antemano. Decir que se muere sin haber alcanzado nuestro objetivo es morir como un perro, es una frivolidad digna de los más sofisticados. Cuando llega la acuciante elección entre la vida y la muerte, ya no es necesario alcanzar nuestro objetivo.
Todos queremos vivir. Y, en gran medida, adaptamos nuestra lógica a nuestros deseos. No obstante, seguir viviendo a pesar de no haber alcanzado nuestro objetivo es cobardía. Se trata de una línea tan delgada como peligrosa. Morir sin haber alcanzado nuestro objetivo es como la muerte de un perro y como el fanatismo. Pero ello no ha de implicar vergüenza. Esa es la esencia de la Senda del samurái. Si disponemos nuestro corazón cada noche y cada mañana para vivir como si nuestro cuerpo ya estuviese muerto, hallaremos la libertad en la Senda. Toda nuestra vida será intachable y triunfaremos en el momento de la llamada.

Un hombre es un buen siervo[1] en la medida en que se entrega a su señor. Esta es la mayor de las dignidades. Si uno nace en una prominente familia que se remonta generaciones atrás, bastará con meditar profundamente cada asunto buscando la satisfacción de los antepasados, con renunciar a nuestra mente y cuerpo, y estimar con ahínco a nuestro señor. Más nos sonreirá la fortuna si, además, poseemos sabiduría y talento y sabemos usarlas adecuadamente. Pero hasta un torpe inútil será un buen siervo a poco que atesore la determinación de pensar en el bien de su señor. La sabiduría y el talento, por sí solos, conforman el escalón más bajo de la utilidad.

Dependiendo de su naturaleza, hay personas sagaces y otras que han de retirarse para pensar las cosas. Si observamos esta dicotomía atentamente, si uno es egoísta y se adhiere a los cuatro juramentos del samurái Nabeshima, surge una sorprendente sabiduría independiente de los aspectos más bajos o elevados de la propia naturaleza.
La gente cree que puede despejar profundas incógnitas si piensa en ellas con ahínco, pero es este un perverso y estéril ejercicio de reflexión porque este se halla presidido por el interés propio.
Es muy difícil que un necio cambie el egoísmo de sus hábitos. Sin embargo, si abordamos el problema dejándolo al margen en un principio, fijando los cuatro votos en nuestro corazón y excluyendo el egoísmo, con esfuerzo llegaremos mucho más lejos.

Porque cuando ponemos el énfasis de nuestros actos en nuestra propia sagacidad, nos volvemos egoístas, damos la espalda a la razón y el desenlace no será positivo. Otras personas lo ven como algo sórdido, débil, estrecho e ineficaz. Cuando uno no es capaz de alcanzar la verdadera inteligencia, será bueno que consulte con alguien con sentido común. Un consejero puede cumplir con la Senda al tomar una decisión desinteresada e inteligente, dado que no se halla implicado personalmente. Esta forma de hacer las cosas será vista, sin duda, como algo fuertemente arraigado. Es, por ejemplo, como un gran árbol con muchas raíces. La inteligencia de un hombre es como un árbol que ha sido plantado en el suelo.

Aprendemos los dichos y las gestas de hombres de tiempos antiguos para impregnarnos de su sabiduría y evitar el egoísmo. Al despojarnos de nuestros propios prejuicios, al seguir los dichos de los antepasados y al imbuir con ellos a nuestros semejantes, las cosas deberían desenvolverse satisfactoriamente y sin contratiempos. El señor Katsushige adoptó la sabiduría del señor Naoshige. Tal cosa se menciona en el Ohanashi Kikigaki. Debemos estar agradecidos por su inquietud.
Es más, hubo un hombre que tomó a varios de sus hermanos menores como siervos, y cada vez que visitaba Edo, en la provincia de Kamigata, se hacía acompañar por ellos. Siempre que consultó con ellos, tanto en asuntos públicos como privados, se dice que nunca sufrió contratiempos.

Sagara Kyuma servía a su señor con absoluta abnegación, como si su cuerpo ya estuviese muerto. Era único entre todos los hombres.
Una vez se celebró una importante reunión en la villa del señor Sakyo Mizugae, y se ordenó a Kyuma que cometiera seppuku[2]. Por aquel entonces, en Osaki había una casa de té en la tercera planta de la residencia periférica del maestro Taku Nui. Kyuma la alquiló. Reunió a todos los inútiles de Saga y organizó un espectáculo de marionetas, manejando a una de ellas personalmente, disfrutando y bebiendo todo el día y toda la noche. Así, a la vista de la villa del maestro Sakyo, siguió en su empeño y causó grandes quebraderos. Como causante del desastre, tuvo la gallardía de pensar en su señor y decidió suicidarse.

La servidumbre no es otra cosa que apoyar a nuestro señor, confiarle lo bueno y lo malo y renunciar al propio interés. Basta con uno o dos hombres así para que el feudo esté a salvo.
Si miramos el mundo cuando las cosas van bien, son muchos los que se empeñan en parecer útiles merced a su sabiduría, discernimiento y astucia. No obstante, si el señor se retirara o se sometiera a un encierro, son muchos los que le darían la espalda y buscarían el favor del notable de turno. Tal cosa siempre es desagradable. Todos los hombres, de alta o baja alcurnia, sabios y astutos, siempre creen que sus actos son justos, pero cuando se trata de renunciar a la propia vida por el señor, todos sienten el temblor en las rodillas y caen postrados. Esto es sumamente deshonroso. El que, en tiempos así, una persona inútil se convierta en un guerrero sin parangón se debe a que ya ha entregado su vida para ser uno con su señor. Un ejemplo de esto se vivió a la muerte de Mitsushige. Yo era su único y resuelto siervo. Los demás seguían mi estela. Siempre son los notables más pretenciosos, más sumidos en la autoafirmación, los primeros que dan la espalda a su señor tan pronto empieza a cerrar los ojos en el lecho de muerte.
Se dice que la lealtad es un elemento capital en el compromiso que vincula al señor con su siervo. Aunque muchas veces parezca imposible de obtener, siempre está delante de uno. Si te abandonas a ella, te convertirás en un excelente siervo en ese mismo instante.

Dar una opinión a otra persona y corregir sus fallos es algo importante. Es algo compasivo y ha de presidir el servicio a otro. Sin embargo, cómo hacerlo es un asunto extremadamente arduo. Hallar los puntos positivos y negativos de alguien es fácil, al igual que aportar una opinión al respecto. En gran medida, la gente cree que es amable al decir cosas que a los demás resulta desagradable o difícil verbalizar. Pero si la apreciación no es bien recibida, creen que nada más se puede hacer. Esto es absolutamente inútil. Es como avergonzar a alguien calumniándolo. No sirve más que para deshonrarse.
Para dar una opinión, primero uno ha de juzgar si la otra persona está en buena disposición para recibirla o no. Uno ha de trabar intimidad con esa persona y asegurarse de que confíe en nuestra palabra; uno ha de acercarse a personas que le sean queridas y buscar las mejores palabras para hacerse entender. Uno ha de juzgar la ocasión y determinar si es mejor verter esa opinión en una misiva o en una conversación. Uno ha de alabar las virtudes del otro y emplear todo recurso para alentarlo, quizá tratando los propios fallos sin tocar los suyos, pero de tal modo que pueda pensar en ellos. Uno ha de conseguir que el otro reciba estas opiniones como recibe su seca garganta un sorbo de agua, y tal opinión podrá enmendar errores.
Es algo harto complicado. Si el fallo de una persona se debe a años de costumbre, imposible será de remediar a grandes rasgos. Yo mismo he pasado por una experiencia similar. Trabar una intimidad con los camaradas de uno, corregir las faltas recíprocamente y tener la predisposición mental de ser de la mayor utilidad para el señor supone el mayor exponente de la compasión de un siervo. ¿Cómo puedes esperar que alguien se convierta en una mejor persona si la avergüenzas?

Es desconsiderado bostezar delante de los demás. Cuando uno ha de bostezar inesperadamente, frotarse la frente hacia arriba aplacará tal necesidad. Si eso no funciona, uno puede lamerse los labios mientras mantiene la boca cerrada, o simplemente ocultarla con la mano o tras la manga de modo que nadie sepa lo que está haciendo. Lo mismo ocurre con el estornudo. El estornudo nos puede hacer parecer necios. Hay más cosas, aparte de estas, de las que todos debemos preocuparnos y entrenar para evitarlas.

Cuando alguien decía que habría que detallar los asuntos de la actual economía, otro respondió que no era buena idea.
Es un hecho que los peces no viven donde el agua está demasiado clara. Pero si hay lentejas de agua, o algo parecido, el pez se ocultará bajo su sombra y prosperará. Del mismo modo, las clases inferiores vivirán tranquilamente si ciertos asuntos son pasados por alto o se mantienen en silencio. Ha de entenderse este hecho en relación con la conducta de las personas.

Una vez, cuando el señor Mitsushige era pequeño y debía recitar de memoria para el monje Kaion, llamó a los otros niños y aprendices y dijo: «Por favor, acercaos y escuchad. Es muy difícil recitar si apenas hay quien te escuche».
El monje, impresionado, se dirigió a los aprendices: «Ese es el ánimo que ha de impulsar todos nuestros actos».

Cada mañana, lo primero que uno ha de hacer es rendir homenaje al señor, a sus padres y luego a sus deidades patronas y Budas protectores. Si anteponemos en este sentido a nuestro señor, sus padres se regocijarán y sus dioses y Budas nos darán su aprobación. Para un guerrero, no hay cosa más importante que pensar en su señor. Si uno se resuelve a ello, siempre se preocupará por la persona de su señor y no se separará de él por un solo instante.
Además, una mujer debería anteponer a su marido, como este a su señor.

Según cierta persona, hace unos años Matsuguma Kyoan contó esta historia: «En la práctica de la medicina existe una diferenciación en el tratamiento en función del Yin y el Yang de hombres y mujeres. También hay una diferencia en el pulso. En los últimos cincuenta años, no obstante, el pulso de los hombres se ha equiparado al de las mujeres. Al darme cuenta de ello, apliqué el tratamiento de las mujeres a los hombres en una dolencia del ojo, y descubrí que funcionaba satisfactoriamente. Al aplicar el tratamiento masculino a los hombres, noté que no daba ningún resultado. De ese modo supe que el espíritu de los hombres se había debilitado, que eran como las mujeres y que había llegado el fin del mundo. Desde que llegué a tan indiscutible conclusión, decidí mantenerla en secreto».
Al contemplar a los hombres de hoy teniendo esto en mente, muchos son, ciertamente, los que cabría esperar que albergaran un pulso de mujer, y pocos los que podríamos considerar auténticos hombres. Debido a esto, a poco que uno se esforzase, saldría victorioso fácilmente. El que cada vez sean menos los hombres diestros en la decapitación es una muestra más de que el valor masculino se ha evaporado. Y puestos a hablar del kaishaku[3], son estos tiempos en los que los hombres son prudentes y astutos compositores de excusas. Hace cuarenta o cincuenta años, cuando cosas como el matanuki[4] eran consideradas prácticas viriles, un hombre era incapaz de mostrar un muslo sin cicatrices a sus compañeros, de modo que él mismo se las provocaba.
Los asuntos de los hombres son sangrientos. Hoy, tal cosa es considerada una locura; los asuntos se resuelven con la inteligencia, usando solo las palabras, y los trabajos que requieren de fuerza son evitados. Quisiera que los más jóvenes comprendieran esto.

El monje Tannen solía decir: «La gente no comprende porque los monjes solo enseñan la doctrina de la “No mente”. La “No mente” es la mente pura, la que prescinde de las complicaciones». Esto es interesante.
El señor Sanenori dijo: «En el transcurso de una respiración, donde no puede ocultarse la perversidad, es donde se halla la Senda». De ser así, entonces solo hay una Senda. La pureza solo puede alcanzarse apilando esfuerzo sobre esfuerzo.

No hay cosa por la que debamos estar más agradecidos que por la última línea del poema: «Cuando lo pida tu corazón». Podría pensarse lo mismo del Nembutsu[5], que antes estaba en labios de muchas personas.
Actualmente, la gente tildada de «inteligente» se adorna con sabidurías superficiales y lo único que hace es engañar a los demás. Por ello son peores que los más apáticos. Una persona apática es directa. Si uno observa en lo profundo de su corazón teniendo en cuenta la frase arriba mencionada, no hallará recovecos ocultos. Será un buen examinador. Uno ha de tener en cuenta que no habrá por qué avergonzarse al examinarse a sí mismo.

La palabra gen significa «ilusión» o «aparición». En la India, un hombre que utilice conjuros se conoce como un genjutsushi («maestro de la técnica ilusoria»). Todo lo que ocurre en este mundo no es más que un espectáculo de marionetas. Así entendemos la palabra gen.

Odiar la injusticia y mantenerse fiel a la rectitud no es sencillo. Sin embargo, pensar que la rectitud es lo mejor de lo que uno es capaz y orientar nuestros mayores esfuerzos en aras de esa rectitud puede desembocar en numerosos errores. La Senda está por encima de la rectitud. Es algo muy difícil de descubrir, pero se halla en el escalafón más alto de la sabiduría. Contemplado desde este punto de vista, conceptos como la rectitud se antojan algo superficiales. Si uno no es capaz de comprender esto por sus propios medios, jamás lo hará. Existe, no obstante, una forma de alcanzar esta Senda, aunque uno no pueda hacerlo por sus propios medios: consultando a los demás. Hasta el que no ha sido capaz de alcanzar la Senda puede ver de soslayo a los que sí lo han hecho. Es parecido al dicho sobre el juego del go: «Quien vea de soslayo, tendrá ocho ojos». El dicho: «Meditación a meditación, vislumbramos nuestros errores» también significa que la Senda más elevada es el debate con los demás. Escuchar antiguos relatos y leer libros sirve para prescindir de nuestras discriminaciones y abrazar las de nuestros ancestros.

Cierto espadachín dijo en sus años de declive que en la vida de cada cual existen etapas en el estudio. En la etapa más baja, uno estudia, pero no obtiene nada de ello, y siente que tanto uno como los demás son torpes. En este punto se siente inútil. En la etapa intermedia, sigue sintiéndose inútil, pero es consciente de sus propias carencias, así como de las de los demás. En la etapa alta, uno se enorgullece de su propia habilidad, se regocija en el elogio de los demás y lamenta la carencia de habilidades en quienes no las tienen. Uno ya no es inútil. En la etapa superior uno proyecta el aspecto de no saber nada.
Estos son los niveles en general, pero existe uno trascendental, la excelencia absoluta. El que llega es consciente de la infinidad que supone adentrarse profundamente en la Senda, y nunca considera haber alcanzado una cima. Tampoco alberga pensamientos de orgullo, sino que se dispone a recorrer el camino hasta el final con humildad. Se dice que el maestro Yagyu una vez constató: «Solo sé cómo se me derrota a mí, no a los demás».
En la vida hay que progresar a diario, ser hoy más hábil que ayer y menos que mañana. El camino nunca termina.

Entre las máximas prendidas de la pared del señor Naoshige encontramos esta: «Los asuntos especialmente graves han de tratarse con ligereza». El maestro Ittei comentó: «Los asuntos triviales han de tratarse con gravedad». Uno no debería enfrentarse a más de dos o tres asuntos tildados de graves. Si meditamos en ellos durante los momentos de rutina, podremos llegar a comprenderlos. La clave está en pensar en los asuntos de antemano y formularlos con sencillez llegado el momento. Afrontar un problema nuevo y resolverlo es difícil si no eres resuelto de antemano, y siempre albergarás inseguridad antes de dar en el blanco. No obstante, si previamente estableces unas bases puedes repetir el dicho: «Los asuntos especialmente graves han de tratarse con ligereza», como sustento mismo de tus acciones consiguientes.

Alguien pasó varios años de servidumbre en Osaka y después regresó a su casa. Cuando apareció en la oficina local, todos se sorprendieron y se echaron a reír porque hablaba el dialecto kamigata. Visto bajo ese prisma, cuando uno ha pasado mucho tiempo en las zonas de Ado o Kamigata, lo mejor que puede hacer es utilizar su dialecto natal más incluso de lo normal.
En una provincia más sofisticada, es normal que la disposición de uno se vea afectada por diversos estilos. Pero es vulgar y necio mirar por encima del hombro a los de nuestro propio distrito, considerándolos groseros, o siquiera mostrarse mínimamente abierto a la persuasión del estilo del otro lugar y a la tentación de renunciar a nuestras propias raíces. El que el distrito de uno sea tosco y vulgar es un gran tesoro. La mera imitación de un estilo que no sea el propio es simple hipocresía.
Un hombre le dijo al monje Shungaku: «El carácter de la secta sutra del Loto es bueno por el temor que suscita». Shungaku replicó: «Es la secta del sutra del loto precisamente por su carácter atemorizante. Si su carácter no fuera ese, sería una secta completamente distinta». Esto es razonable.

En una ocasión, por razón de un concilio para debatir el ascenso de cierto hombre, sus miembros llegaron al punto de decidir que tal ascenso era inútil, ya que el hombre había estado envuelto en una pelea de borrachos previamente. Pero alguien dijo: «Si tuviésemos que relegar a cada hombre que hubiese cometido un error, probablemente no quedarían hombres de valía. Un hombre que cometa un error será considerablemente más prudente en lo sucesivo merced a su arrepentimiento. Creo que debería ser ascendido».
Entonces otro preguntó: «¿Responderás por él?», y el primero respondió: «Por supuesto que sí».
Los demás inquirieron: «Y cómo responderás por él?».
Y él dijo: «Lo haré en virtud de que es un hombre que erró una vez. Cualquiera que no haya errado nunca es peligroso», dicho lo cual, el aludido recibió su ascenso.

Durante una deliberación concerniente a unos criminales, Nakano Kazuma propuso un castigo más ligero del que hubiera sido apropiado. Era ese un tesoro de sabiduría del que solo él era el poseedor. En ese momento, si bien había presentes varios hombres, de no ser por Kazuma, nadie habría abierto la boca. Por eso se le conoce como Maestro del Comienzo y Maestro de los Veinticinco Días.

Alguien fue avergonzado por no haber emprendido una venganza. La venganza es acudir a un sitio para que te cercenen. No hay vergüenza alguna en ello. Al creer que has de acometer la tarea, se te acabará el tiempo. Al tomar en consideración cosas, como cuántos hombres tiene el enemigo, el tiempo se amontona; al final acabarás rindiéndote.
Poco importa que el enemigo cuente con miles de hombres; lo importante es mantenerse incólume frente a ellos y decidido a pasarlos a todos por la espada, empezando desde un extremo. Conseguirás acabar con la mayor parte.

En cuanto al asalto nocturno del ronin[6] del señor Asano, el hecho de que los asaltantes no cometieran seppuku en el Sengakuji fue un error, pues pasó mucho tiempo entre la muerte de su señor hasta la muerte de su enemigo. Si el señor Kira hubiese muerto de enfermedad en ese periodo, hubiera sido extremadamente lamentable. Dada su especial sabiduría, los hombres de la provincia de Kamigata se desenvuelven muy bien en actos de alabanza, pero no pueden hacer las cosas indiscriminadamente, como ocurrió en la lucha de Nagasaki.
Si bien las cosas no han de ser juzgadas de esta manera, lo menciono en la investigación de la Senda del samurái. Llegado el momento, no habrá cuartel para el razonamiento. Y si no has realizado la pesquisa de antemano, el resultado será generalmente la vergüenza. Leer libros y escuchar lo que otros tienen que decir sirve para la previa resolución.
La Senda del samurái debería consistir, por encima de todo, en ser consciente de que no sabemos qué va a ocurrir en el plazo inmediato y cuestionarse todas las cosas, día y noche. La victoria y la derrota son relativas a la temporal fuerza de las circunstancias. La forma de evitar la vergüenza es diferente. Esta solo se halla en la muerte.
Aunque una derrota parezca segura, lucha. Ninguna sabiduría o técnica tienen nada que ver en esto. Un hombre auténtico no piensa en la victoria o en la derrota. Al hacerlo, despertarás de tus sueños.

Hay dos cosas que pueden mancillar a un siervo: las riquezas y el honor. Si uno se mantiene en las circunstancias más duras, permanecerá impoluto.
Una vez, hubo un hombre especialmente inteligente, pero en su carácter estaba el ver siempre lo negativo de sus obras. De tal modo, uno se vuelve inútil. Si uno no se convence desde el primer momento de que el mundo está repleto de situaciones indecorosas, sus modales serán, por lo general, pobres y carecerá del crédito de los demás. Y si uno no goza de tal crédito, por buena persona que pueda ser, carecerá de la esencia de las buenas personas. Esto puede considerarse una mancha.

Alguien dijo: «Este y aquel tienen una predisposición a la violencia, pero yo les dije esto a la cara…». Esto es algo inoportuno, y solo lo dijo porque quería darse a conocer como una persona dura. Fue, sin embargo, algo vulgar, delator de cierta inmadurez. Un samurái es admirado por sus modales y corrección. Hablar de los demás en ese tono no difiere del intercambio entre lanceros de baja cuna. Es vulgar.

No es bueno afincarse en una serie de opiniones. Esforzarse para comprender solo algunas cosas y quedarse ahí es un error. Esforzarse al principio para asegurarse de que uno ha adquirido los conocimientos básicos y entonces practicar para realizarse, es algo que nunca cesará en el curso de la vida. No te conformes con el grado de entendimiento que has descubierto, sino más bien piensa: «Esto no es suficiente». Uno ha de buscar a lo largo de toda su vida la mejor forma de observar la Senda. Debería estudiar, haciendo trabajar a la mente sin dejarse nada de lado. Ahí radica la Senda.

Estos son algunos de los dichos registrados de Yamamoto Jin’emon:
- Si puedes entender una cosa, podrás entender ocho.
- Una risa afectada demuestra falta de respeto en uno mismo en un hombre, y lascivia en una mujer.
- Ya sea en una conversación formal o no, hay que mirar al interlocutor siempre a los ojos. Un saludo cordial es preceptivo al inicio y al final de la conversación. Hablar con la mirada baja significa dejadez.
- Dejadez es ir con las manos en los bolsillos de la