El gran inquisidor

—Mira, aquí es indispensable un proemio…, es decir, un proemio literario. ¡Uf!… —rio Iván—. ¡Pero qué escritorazo soy! Mira: la acción se desarrolla en el siglo XVI, y entonces —tú, por lo demás, debes de saberlo desde las aulas—, entonces, como adrede, existía la costumbre de hacer intervenir en las obras poéticas a las potencias celestiales en las cosas de la Tierra. No digo nada de Dante. En Francia, los clérigos que actuaban de jueces, y también en los monasterios los monjes, representaban funciones enteras en las que sacaban a escena a la Madona, ángeles, santos, a Cristo y a Dios mismo. En aquella época sucedía así con toda ingenuidad. En Notre Dame de Paris, de Victor Hugo, para honrar el natalicio del Delfín de Francia, en París, en presencia de Luis el Onceno, en la sala del Hôtel de Ville, dan una función edificante y gratuita para el pueblo, intitulada Le bon jugement de la très sainte et gracieuse Vierge Marie, donde sale ella misma en persona y dicta su bon jugement. Entre nosotros, en Moscú, antiguamente, antes de Pedro[1], se dieron también representaciones dramáticas análogas, tomadas generalmente del Antiguo Testamento en aquellos tiempos; pero, aparte las representaciones dramáticas, en todo el mundo aparecieron entonces muchedumbres de cuentos y versos en los que intervenían, si era preciso, santos, ángeles y todos los poderes celestiales. Aquí, en los monasterios, también se llevaban a cabo traducciones, copias y hasta creaciones de tales poemas, y eso… en tiempos de los tártaros. Hay, por ejemplo, un poemita monacal, sin duda traducción del griego (Tránsito de la Virgen de los Tormentos), con cuadritos y una osadía nada inferiores a las dantescas. La Madre de Dios visita el infierno, siendo el Arcángel Miguel quien la conduce por entre los condenados. Ve a los pecadores y sus tormentos. Hay allí, entre otras cosas, una notable categoría de pecadores en un lago hirviendo; algunos de ellos se hunden de tal modo en las aguas, que ya no pueden salir más a flote, y de ellos olvídase Dios…, expresión sumamente profunda y fuerte. Y he aquí que, impresionada y llorosa, la Madre de Dios cae de hinojos ante el trono del Altísimo y le pide clemencia para todos cuantos allí ha visto, sin distinción alguna. Su diálogo con Dios es muy interesante. Porfía ella; no se va, y cuando Dios le señala las manos y los pies, traspasados por los clavos de su Hijo, y le pregunta cómo puede perdonar a sus verdugos…, ella va y les manda a todos los santos, a todos los mártires, a todos los ángeles y arcángeles se arrodillen junto a ella e imploran clemencia para todos sin distinción. Termina la cosa obteniendo ella de Dios la suspensión de todos los tormentos de toda índole desde el Viernes Santo hasta Pentecostés y los pecadores del infierno prorrumpen en exclamaciones de gratitud al Señor, y gritan: «Eres justo, Señor, al juzgar así». Bueno, pues de esa índole habría sido mi poemita, de haber aparecido en aquel tiempo. Yo saco a escena a Él. A decir verdad, Él nada dice en el poema, no haciendo otra cosa que mostrarse y pasar. Quince siglos van ya desde que Él prometió venir con su imperio; quince siglos desde que su profecía anunció: «En verdad, vengo pronto. El día y la hora no los sabe ni el Hijo; sólo Mi Padre, que está en los Cielos», según dijo Él mismo, estando todavía en la Tierra. Pero la Humanidad lo aguarda con la misma fe antigua y el mismo antiguo fervor. ¡Oh, con más fe todavía, pues ya van quince siglos desde que el Cielo dejó de dar testimonios al hombre!

De aquello que el corazón dice,

testimonio no da el Cielo.

Y sólo queda la fe en el referido corazón. En verdad, había entonces muchos milagros. Había santos que operaban curaciones milagrosas; a algunos justos, según se lee en sus biografías, se les aparecía la Emperatriz Celestial. Pero el diablo no se duerme: la Humanidad ha empezado ya a dudar de la realidad de esos milagros. Como adrede, sobrevino entonces en el Norte, en Alemania, una horrible herejía. Una enorme estrella, semejante a una antorcha (o sea la Iglesia), cayó en las fuentes del agua, y éstas se volvieron amargas. Estos herejes dieron en la blasfemia de negar los milagros. Pero eso hizo que se avivase la fe de los demás. Las lágrimas de la Humanidad van a Él como antes. Lo aguardan. Lo aman, confían en Él, ansían sufrir y morir por Él, como en otros tiempos… Y cuántos siglos van ya que la Humanidad, con fe y fervor, implora: «¡Señor, ven a nos!», tantos siglos ha que se le invoca, que Él, en su piedad incomparable, se dignó descender hasta los que le imploraban. Había descendido y visitado ya antes a algunos justos, mártires y santos, viviendo éstos todavía, según en sus vidas está escrito. Entre nosotros, Tiuchev, profundamente creído de la verdad de sus palabras anunció que

Agobiado con la cruz

y disfrazado de siervo,

toda te ha reconocido,

tierra mía, bendiciendo.

Lo que irremisiblemente fue así, ya te contaré. Y he aquí que Él se dignó descender por un momento hasta el pueblo…, hasta el pueblo que padece, y sufre, y peca desaforadamente, y de un modo infantil. Lo ama. La acción de mi poema se desarrolla en España, en Sevilla, en la época más horrible de la Inquisición, cuando, para honra de Dios, en aquella tierra ardían diariamente las hogueras y

en magníficos autos de fe

quemaban a los herejes.

¡Oh! Cierto que no fue aquélla esa bajada en la que ha de aparecerse según su promesa, al final de los tiempos, en toda su gloria celestial, y que será súbita como el relámpago que brilla de Oriente a Occidente. No; Él quiso, aunque fuese por un momento, visitar a sus hijos, y, sobre todo, allí donde, como adrede, ardían las hogueras de los herejes. Por su infinita misericordia volvió a aparecerse entre los hombres en la misma forma humana en que anduviera por espacio de tres años entre ellos, quince siglos antes. Desciende sobre el ardiente suelo de la meridional ciudad, en la que, como con toda intención, la víspera misma, en magnífico auto de fe, en presencia del rey y de la Corte, caballeros, cardenales y las más altas encantadoras damas de la Corte, ante el populoso gentío de toda Sevilla, habían sido quemados por el cardenal inquisidor mayor, de una vez, cerca de cien herejes, ad majorem gloriam Dei. Se presentó allí suavemente, inadvertido, y he aquí que todos, cosa rara, lo reconocieron. Sería éste uno de los mejores pasos del poema…, es decir, el explicar por qué precisamente lo reconocieron. El pueblo, con fuerza irresistible, corre hacia Él, lo rodea, se apiña en torno suyo, lo va siguiendo. En silencio pasa Él por entre ellos con una mansa sonrisa de dolor infinito. Un sol de amor arde en su corazón, raudales de luz, claridad y fuerza fluyen de sus ojos, y, vertiéndose sobre la multitud, conmueven sus corazones con amorosas réplicas. Él les tiende las manos; los bendice, y, al contacto con Él, aunque sólo fuere con sus vestiduras, emana un poder curativo. He aquí que entre la muchedumbre exclama un anciano, ciego desde niño: «¡Señor, cúrame, y que yo te vea!». Y he aquí que como una escama se le desprende de los ojos y el ciego lo ve. La gente llora y besa la tierra que Él pisa. Los niños arrojan a su paso flores, cantan y le gritan Hosanna! «Es Él, es Él mismo —repiten todos—; tiene que ser Él; no hay nadie como Él». Él se detiene en el atrio de la catedral de Sevilla en el preciso instante en que introducen en el templo, con llanto, un blanco féretro infantil, descubierto; dentro de él va una niñita de siete años, hija única de un conocido convecino. La nena, muerta, yace toda cubierta de flores. «Él resucitará a tu hija», le gritan en el gentío a la llorosa madre. El sacerdote de la catedral, que sale a recibir el féretro, mira perplejo y frunce el ceño. Pero he aquí que se eleva el clamor de la madre de la muertecita. Se arroja a sus pies: «Si eres Tú, resucita a mi niña», exclama, tendiendo hacia Él las manos. El cortejo se detiene; dejan el féretro en el atrio, a sus pies. Mira Él, apiadado, y su boca, una vez más, profiere el thalita kumi… («levántate muchacha»). La niña se incorpora en el féretro, se sienta y mira, sonriendo, con sus asombrados ojos abiertos, en torno suyo. En las manos tiene un ramillete de blancas rosas, el que le habían puesto en la caja. En el gentío, emoción, gritos, sollozos, y he aquí que en aquel preciso momento pasa por delante de la catedral, por la plaza, el propio cardenal, inquisidor mayor. Es un anciano de cerca de noventa años, alto y tieso, de cara chupada, de ojos hundidos, pero en los que todavía chispea, como una ascuita, brillo. ¡Oh! Él no viste sus magníficas ropas cardenalicias, con las que se pavoneara ayer ante el pueblo, cuando ardieron aquellos enemigos de la romana fe…; no; en aquel instante sólo llevaba puesto su viejo basto hábito monacal. Le seguían a cierta distancia sus lúgubres ayudantes y esclavos y la santa guardia. Se detiene ante el gentío y observa desde lejos. Todo lo ha visto; ha visto cómo ponían el féretro a sus pies; ha visto cómo ha resucitado la niña, y su rostro se ha ensombrecido. Frunce sus espesas cejas blancas, y su mirada brilla con maligno fuego. Alarga el dedo y ordena a la guardia que lo prenda. Y he aquí que, tal es su fuerza y hasta tal punto está hecha a obedecerle, temblando, la gente, que en el acto la multitud se dispersa ante la guardia, la cual, en medio de un mortal silencio, sobrevenido de pronto, ponen sobre Él sus manos y se lo llevan. La muchedumbre toda, instantáneamente, como un solo hombre, se prosterna en tierra ante el anciano inquisidor, el cual, en silencio, la bendice y se aleja. Los guardias conducen al preso a un estrecho, sombrío y abovedado calabozo del antiguo edificio del Santo Tribunal, y allí lo encierran. Expira el día. Llega la cálida, ardiente e irrespirable noche sevillana. El aire huele a laurel y azahar. En medio de la profunda tiniebla se abre de pronto la férrea puerta del calabozo, y el mismo anciano inquisidor mayor, con un farolillo en la mano, penetra en ella lentamente. Viene solo; la puerta se cierra en el acto detrás de él. Se detiene en el umbral, y largo rato, uno o dos minutos, se está contemplando su rostro. Finalmente, se acerca despacio, deja el farolillo encima de la mesa y le habla: «¿Eres Tú? ¿Tú?». Pero, no obteniendo respuesta, se apresura a añadir: «No contestes; calla. Además, ¿qué podrías decir? De sobra sé lo que dirías. Y tampoco tienes derecho a añadir nada a lo que ya dijiste. ¿Por qué has venido a estorbarnos? Porque has venido a servirnos de estorbo, y harto que lo sabes. Pero ¿sabes lo que va a pasar mañana? Yo no sé quién eres Tú, ni quiero saberlo; eres Él o sólo una semblanza suya; pero mañana mismo te juzgo y te condeno a morir en la hoguera como el peor de los herejes; y ese mismo pueblo que hoy besaba tus pies, mañana, a una señal mía, se lanzará a atizar el fuego de tu hoguera, ¿sabes? Sí, puede que lo sepas —añadió, con penetrante cavilosidad y sin apartar un instante sus ojos de los del preso.

—No comprendo, Iván, qué quiere decir eso —sonrió Alíoscha, que todo ese tiempo había estado silencioso—. Si se trata de una desenfrenada fantasía o de algún error del anciano, de algún imposible quid pro quo.

—Opta por eso último —dijo Iván riendo—, si ya se ha apoderado de ti el realismo contemporáneo hasta tal punto, que no puedes sufrir nada fantástico… y prefieres que se trate de un quid pro quo, pues que lo sea. Una cosa es verdad —tornó a reír—: se trata de un anciano de noventa años, y bien pudiera haber perdido el juicio por su idea. El preso pudo haberle chocado por su aspecto. Podría ser también, finalmente, un sencillo delirio, una visión del anciano nonagenario ante la muerte y exaltado, además, por el auto de fe del día antes, en que ardieran cien herejes. Pero ¿no nos da a ti y a mí lo mismo se trate de un quid pro quo o una desenfrenada fantasía? Aquí lo principal es únicamente poner de manifiesto al anciano, que, por fin, a los noventa años se desborda y dice lo que noventa años tuvo callado.

—¿Y el preso también calla? Lo mira y nada dice.

—Es que así tiene que ser en todo caso —volvió a reír Iván—. El anciano mismo le hace notar que no tiene derecho a añadir nada a lo que ya una vez dijo. Si quieres éste es el rasgo fundamental del catolicismo, a mi juicio cuando menos: «Todo se lo diste al Papa, así que todo, ahora, está en poder del Papa, y no nos vengas ya con nada, no nos estorbes siquiera por algún tiempo». En este sentido no sólo hablan, sino que también escriben los jesuitas, por lo menos. Así lo he leído yo mismo en sus teólogos: «¿Tendrías Tú derecho a revelarnos uno solo de los misterios de ese mundo de donde vienes?», le pregunta mi anciano, y él mismo responde por Él: «No, no lo tienes, para no añadir nada a lo que ya una vez dijiste y no quitarle a la gente la libertad que tanto defendías cuando estabas en la Tierra. Todo cuanto de nuevo anunciases iría contra la libertad de creencia de la gente, porque aparecería como un milagro, y la libertad de creer en Ti era más preciada que todo entonces, hace mil años y medio. ¿No decías Tú entonces a menudo: “Quiero haceros libres…?”. Pues he aquí que Tú ahora asombrarías a esa libre gente, añade de pronto el anciano con pensativa sonrisa. «Sí, esto es para nosotros preciado», prosiguió, mirándolo con severidad. «Pero nosotros hemos puesto, finalmente, remate a este asunto en tu nombre. Quince siglos nos hemos estado atormentando por esa libertad; pero ahora ya todo está terminado y bien terminado. ¿No crees Tú que está bien terminado?… Me miras con mansedumbre, y ni siquiera me honras con tu enojo. Pues has de saber que ahora, ahora precisamente, esa gente está más convencida que nunca de que es enteramente libre y, sin embargo, ellos mismos nos han traído su libertad y sumisamente la han puesto a nuestros pies. Eso hemos hecho nosotros. Pero ¿Tú era ésa la libertad que anhelabas?».

—De nuevo vuelvo a no entender —le atajó Alíoscha—. ¿Es que ironiza, que se burla?

—Nada de eso. Precisamente aduce como un mérito suyo y nuestro que, finalmente, ellos les han arrebatado su libertad a las gentes y han procedido así para hacerlas felices. «Porque ahora —él se refiere, sin duda, a la Inquisición— es posible, por primera vez, pensar en la felicidad de las gentes. El hombre fue creado rebelde. ¿Es que los rebeldes pueden ser felices? Ya te lo advirtieron —le dice—. No te faltaron advertencias e indicaciones; pero no hiciste caso de advertencias; rechazaste el único camino por el que era posible hacer felices a las gentes; pero, por fortuna, al morir, dejaste encomendada la cosa a nosotros. Prometiste, afirmaste bajo tu palabra, nos conferiste el derecho de atar y desatar, y ahora es indudable que no puedes pensar en quitarnos ese derecho. ¿Por qué has venido a estorbarnos?».

—Pero ¿qué significa eso de que no le faltaron avisos e indicaciones? —inquirió Alíoscha.

—En eso precisamente estriba lo que el anciano tiene que hacer resaltar.

—El terrible e inteligente espíritu, el espíritu de la propia destrucción y del no ser —prosiguió el anciano—, el gran espíritu te habló en el desierto, y a nosotros nos dicen los libros cómo te tentó. ¿Cómo eso? ¿Y podría decirse algo más verídico que eso que él te planteó en tres cuestiones y Tú rechazaste, y que en los libros llaman tentaciones? Y, sin embargo, si hubo alguna vez en la Tierra un milagro verdaderamente grande, fue aquel día, el día de esas tres tentaciones. Precisamente en el planteamiento de esas tres cuestiones se cifra el milagro. Si fuese posible idear, sólo para ensayo y ejemplo, que esas tres preguntas del espíritu terrible se suprimiesen sin dejar rastro en los libros y fuese menester plantearlas de nuevo, idearlas y escribirlas otra vez, para anotarlas en los libros, y a este fin se congregase a todos los sabios de la Tierra —soberanos, pontífices, eruditos, filósofos, poetas—, sometiéndoles esta cuestión, imponiéndoles esta tarea: «Discurrid, redactad tres preguntas que, no sólo estén a la altura del acontecimiento, sino que, además, expresen en tres palabras, en tres frases humanas, toda la futura historia del mundo y de la Humanidad…». ¿Piensas Tú que toda la sabiduría de la Tierra reunida podría discurrir algo semejante en fuerza y hondura a esas tres preguntas que, efectivamente, formuló entonces el poderoso e inteligente espíritu en el desierto? Sólo por esas preguntas, por el milagro de su aparición, cabe comprender que se las ha uno con una inteligencia no humana, sino eterna y absoluta. Porque en esas tres preguntas parece compendiada en un todo y pronosticada toda la ulterior historia humana y manifestadas las tres imágenes en que se funden todas las insolubles antítesis históricas de la humana naturaleza en toda la Tierra. Entonces esto no podía ser aún tan evidente, porque lo por venir era desconocido; pero ahora que quince siglos han pasado, vemos que en esas tres cuestiones está todo hasta tal punto intuido y predicho, y hasta del extremo ha resultado justificado, que añadirle ni quitarle nada es imposible. Decide Tú mismo quién tenía razón: ¿Tú o aquel que te interrogaba? Recuerda la primera pregunta. Aunque no a la letra, su sentido es éste: «Tú quieres irle al mundo, y le vas, con las manos desnudas, con una ofrenda de libertad que ellos, en su simpleza y su innata cortedad de luces, ni imaginar pueden, que les infunde horror y espanto…, porque nunca en absoluto hubo para el hombre y para la sociedad humana nada más intolerable que la libertad. ¿Y ves Tú esas piedras en este árido y abrasado desierto?… Pues conviértelas en pan, y detrás de Ti correrá la Humanidad como un rebaño, agradecida y dócil, aunque siempre temblando, no sea que Tú retires tu mano y se le acabe tu pan». Pero Tú no quisiste privar al hombre de su libertad y rechazaste la proposición, porque ¿qué libertad es esa —pensaste— que se compra con pan? Tú objetaste que el hombre vive no sólo de pan. Pero ¿no sabes que en nombre de ese mismo pan terrenal se sublevará contra Ti el espíritu de la Tierra y luchará contigo y te vencerá, y todos irán tras él, exclamando: «¿Quién es semejante a esa bestia, que nos ha dado el fuego del Cielo?». ¿Sabes que pasarán los siglos y la Humanidad proclamará, por la boca de su saber y de su ciencia, que no existe el crimen y, por consiguiente, tampoco el pecado, que sólo hay hambrientos? «¡Dales de comer, y entonces podrás exigirles que sean buenos!». He aquí lo que escriben en las banderas que enarbolan contra Ti y con las cuales echan abajo tu templo. Pero, en lugar de tu templo, se alza un nuevo edificio, vuelve a erguirse la terrible torre de Babel, y, aunque ésta tampoco llegue a su término como la otra, a pesar de todo, Tú podrías evitar esa nueva torre y abreviar en mil años el sufrir de las gentes…, porque ellas vendrán a nosotros después de haber perdido mil años con su torre. Nos buscarán de nuevo bajo la tierra, en las catacumbas, escondidos (porque de nuevo nos expulsarán y martirizarán); nos hallarán y nos dirán: «Dadnos de comer, porque aquellos que nos habían prometido el fuego de los Cielos no nos lo han dado». Y entonces también nosotros les edificaremos una torre hasta su remate, porque sólo construye del todo el que da de comer, y de comer sólo damos nosotros en tu nombre, y mentimos al decir que en tu nombre. ¡Nunca, nunca sin nosotros hubieran tenido qué comer! Ninguna ciencia les dará el pan mientras continúen siendo libres, sino que acabarán por traer su libertad y echarla a nuestros pies y decirnos: «Mejor será que nos impongáis vuestro yugo, pero dadnos de comer». Comprenderán, por fin, que la libertad y el pan de la Tierra, las dos cosas juntas para cada uno, son inconcebibles, porque nunca, nunca sabrán ellos repartírselos entre sí. Se convencerán asimismo de que tampoco pueden ser nunca libres, porque son apocados, viciosos, insignificantes y rebeldes. Tú les prometiste el pan del Cielo; pero vuelvo a repetirlo, ¿puede ese pan compararse a los ojos de una raza de gentes débiles, eternamente viciosas y eternamente ingratas, con el de la Tierra? Y si tras de Ti, en nombre del pan de los Cielos, iban miles y decenas de miles, ¿qué viene a ser eso comparado con los millones y decenas de miles de millones que no están capacitados para dejar el pan de la Tierra por el de los Cielos? ¿Es que a Ti sólo te son queridos las decenas de miles de grandes y fuertes, y los demás millones, numerosos, como las arenas del mar, débiles, pero llenos de amor a Ti, están obligados a servir únicamente de instrumento a los grandes y fuertes? No, a nosotros también nos son queridos los débiles. Son viciosos y rebeldes; pero, a lo último, también ellos se someterán. Nos admirarán y nos tendrán por dioses, por habernos avenido, estando a la cabeza de ellos, a soportar la libertad que ellos temían y señorearlos… ¡Tan terrible habrá de ser para ellos, a lo último, eso de ser libres! Pero nosotros decimos que somos siervos tuyos y gobernamos en tu nombre. Volveremos a engañarlos, porque ya no te permitiremos que te nos acerques. En ese engaño se cifrará también nuestro dolor, porque nos veremos obligados a mentir. He ahí lo que significa esa primera cuestión del desierto, y he aquí lo que Tú rechazaste en nombre de la libertad, a la que pusiste por encima de todo. Y, sin embargo, en esa cuestión se encerraba un magno secreto de este mundo. De haber optado por el pan, habrías respondido al general y sempiterno pesar humano, lo mismo como individuo aislado que como Humanidad completa…; es decir, ¿ante quién adorar? No hay desvelo más continuo y doloroso para el hombre que, luego que deja la libertad, buscar a toda prisa a quién adorar. Pero busca el hombre inclinarse ante aquello que es ya indiscutible, tan indiscutible, que todo el mundo, de golpe, ha convenido en la general adoración de ello. Porque la inquietud de esas lamentables criaturas no se reduce sólo a buscar aquello ante lo que yo u otro nos prosternamos, sino a buscar aquello en que todos crean y se prosternan, e irremisiblemente todos juntos. Pues he ahí que esa necesidad de la generalidad de la oración es también el tormento más grande de cada hombre suelto y de toda la Humanidad junta, desde el comienzo de los siglos. Por esa general adoración se exterminaron unos a otros con la espada. Crearon dioses y se desafiaron entre sí: «Dejad vuestros dioses y venid a adorar a los nuestros; de lo contrario, moriréis, igual que vuestros dioses». Y así será hasta el fin del mundo, hasta cuando desaparezcan del mundo los dios