Portadilla
Índice
Dedicatoria
Cita
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Agradecimientos
Notas
Sobre la autora
Créditos
Grupo Santillana
Para Lexie y Jake, y sus brillantes futuros
Empieza con la ausencia y el deseo.
Empieza con sangre y miedo.
Empieza con el descubrimiento de las brujas.
El volumen encuadernado en cuero no era nada extraordinario. Antiguo y gastado como estaba, a cualquier historiador normal y corriente no le habría parecido diferente de otros cientos de manuscritos en la Biblioteca Bodleiana de Oxford. Pero yo supe que había algo raro en él desde el mismo momento en que lo recibí.
La sala de lectura Duke Humphrey estaba desierta esa tarde de final de septiembre, y los pedidos de material de la biblioteca eran satisfechos rápidamente, ya que la afluencia de eruditos visitantes durante el verano había terminado y la locura del periodo de otoño todavía no había comenzado. De todas formas, me sorprendí cuando Sean me detuvo en el mostrador de préstamos.
—Doctora Bishop, aquí están tus manuscritos —susurró con un ligero tono de niño travieso en la voz. La parte delantera de su jersey de rombos tenía marcas de óxido dejadas por las viejas encuadernaciones de cuero que él sacudió con cuidado. Un mechón de pelo rubio rojizo le cayó sobre la frente mientras lo hacía.
—Gracias —le respondí con una sonrisa. Yo estaba infringiendo descaradamente las reglas que limitaban el número de libros que un lector se podía llevar por día. Sean, que había compartido muchas copas conmigo en el pub de estuco rosado al otro lado de la calle en nuestros días de estudiantes de posgrado, había estado recibiendo mis pedidos sin decir una palabra durante más de una semana—. Y deja de llamarme doctora Bishop. Siempre me parece que te estás dirigiendo a otra persona.
Esbozó una gran sonrisa y empujó los manuscritos —todos con magníficos ejemplos de ilustraciones alquímicas de las colecciones de la Bodleiana— por encima de su gastada mesa de roble, cada uno metido en una caja de cartón gris para protegerlos.
—Oh, hay uno más.
Sean desapareció por entre los anaqueles durante un momento y volvió con un grueso manuscrito en cuarto, encuadernado simplemente con cuero de becerro moteado. Lo puso encima de la pila y se inclinó para observarlo. Los finos bordes dorados de sus gafas brillaron a la débil luz que daba la vieja lámpara de lectura de bronce, fija en un estante.
—Éste no ha sido solicitado desde hace bastante tiempo. Haré una nota diciendo que hay que ponerlo en una caja cuando lo devuelvas.
—¿Quieres que te lo recuerde?
—No. Ya lo he apuntado aquí. —Sean se tocó la cabeza con la punta de los dedos.
—Tu cabeza debe de estar mejor organizada que la mía. —Mi sonrisa se hizo más amplia.
Sean me miró tímidamente y cogió la ficha de préstamos, pero ésta no salió de su sitio, metida entre la tapa y las primeras páginas.
—Ésta no quiere soltarse —comentó.
Unas voces amortiguadas llegaron a mis oídos, perturbando el habitual silencio de la sala.
—¿Has oído eso? —Miré a mi alrededor, desconcertada por los extraños ruidos.
—¿Qué? —preguntó Sean, levantando la vista del manuscrito.
Había vestigios de dorado en los bordes del volumen que atrajeron mi mirada. Pero aquellos descoloridos restos de oro no podían explicar un tembloroso reflejo, ligero e iridiscente, que parecía estar escapando por entre las páginas. Parpadeé.
—Nada. —Apresuradamente acerqué el manuscrito hacia mí. Sentí una picazón en la piel cuando ésta entró en contacto con el cuero. Sean todavía sujetaba con sus dedos la ficha de préstamos, pero en ese momento se deslizó fácilmente liberándose de la presión de la encuadernación. Puse los volúmenes en mis brazos y los sostuve con la barbilla, envuelta por un olorcillo de lo sobrenatural que ocultaba el conocido olor a virutas de lápiz y a la cera del suelo de la biblioteca.
—¿Diana? ¿Estás bien? —preguntó Sean, frunciendo el ceño con preocupación.
—Estoy bien. Sólo un poco cansada —respondí, bajando los libros para alejarlos de mi nariz.
Crucé rápidamente la parte original del siglo XV de la biblioteca, junto a las filas de mesas de lectura isabelinas con sus tres estanterías en la parte superior y sus gastadas superficies. Entre ellas, las ventanas góticas dirigían la atención del lector hacia arriba, hacia los altos artesonados, donde con pintura brillante y dorada se destacaban los detalles del blasón de la universidad, con tres coronas y un libro abierto donde su lema, «Dios es mi iluminación», era proclamado repetidamente desde arriba.
Otra académica estadounidense, Gillian Chamberlain, era mi única compañera en la biblioteca aquella noche de viernes. Gillian era profesora de Literatura Clásica en Bryn Mawr, y pasaba mucho tiempo examinando detenidamente restos de papiros encerrados entre hojas de cristal. Pasé rápido junto a ella, tratando de evitar mirarla a los ojos, pero el crujido del viejo suelo me delató.
Sentí el hormigueo en la piel que siempre se apoderaba de mí cuando otra bruja me miraba.
—¿Diana? —llamó desde la oscuridad. Acallé un suspiro y me detuve.
—Hola, Gillian. —Inexplicablemente posesiva con respecto a mi tesoro de manuscritos, me mantuve tan lejos de la bruja como me fue posible y puse mi cuerpo en un ángulo que los ocultaba de su vista.
—¿Qué vas a hacer para la fiesta de Mabon? —Gillian pasaba siempre por mi despacho para invitarme a pasar algún tiempo con mis «hermanas» mientras yo estaba en la ciudad. Al acercarse las celebraciones wiccanas del equinoccio de otoño, redoblaba sus esfuerzos para que me incorporara al grupo de brujas de Oxford.
—Trabajar —respondí inmediatamente.
—Sabes que hay algunas brujas muy buenas por aquí, ¿verdad? —dijo Gillian con un gesto de desaprobación—. Realmente deberías reunirte con nosotras el lunes.
—Gracias. Lo pensaré —dije, alejándome en dirección al ala Selden, el añadido del siglo XVII que corría perpendicular al eje principal de la sala Duke Humphrey—. Aunque estoy preparando una conferencia, de modo que no me esperéis. —Mi tía Sarah siempre me había advertido que no era posible que una bruja le mintiera a otra, pero eso no me había impedido intentarlo.
Gillian emitió un comprensivo gruñido, pero me siguió con su mirada.
De vuelta a mi asiento habitual frente a los ventanales de vidrieras, resistí la tentación de dejar caer los manuscritos sobre la mesa y limpiarme las manos. Pero en lugar de hacerlo, consciente de su antigüedad, deposité el montón con sumo cuidado.
El manuscrito que había retenido la ficha de préstamo estaba encima de los demás. Impreso en dorado, sobre el lomo había un escudo de armas que pertenecía a Elias Ashmole, un coleccionista de libros y alquimista del siglo XVII cuyos libros y trabajos habían ido a parar a la Biblioteca Bodleiana desde el Museo Ashmolean en el siglo XIX, junto con el número 782. Estiré la mano para tocar el cuero marrón.
Una ligera descarga me hizo retirar rápidamente los dedos, pero no con suficiente rapidez. El hormigueo subió por mis brazos, poniéndome la piel de gallina, para luego extenderse por los hombros, haciendo que los músculos de la espalda y el cuello se me pusieran tensos. Esta impresión desapareció rápidamente, pero me dejó una sensación vacía de deseo no realizado. Conmocionada por mi reacción, me alejé de la mesa de la biblioteca.
Incluso a una distancia segura, aquel manuscrito me estaba desafiando, amenazando las murallas que yo había levantado para separar mi carrera académica de mis derechos heredados como la última de las brujas Bishop. Allí, con mi doctorado ganado con esfuerzo, con mi propio puesto y los ascensos en la mano, con mi carrera que empezaba a florecer, había renunciado a la herencia familiar para crearme una vida que dependía de la razón y de mi capacidad como erudita, y no de inexplicables presentimientos y hechizos. Estaba en Oxford para terminar un proyecto de investigación. Cuando lo hubiese finalizado, mis conclusiones serían publicadas, demostradas con amplios análisis y notas a pie de página, y presentadas a colegas humanos, sin dejar espacio para los misterios y sin lugar alguno en mi trabajo para lo que sólo podía ser conocido por medio del sexto sentido de una bruja.
Pero —aunque de manera inconsciente— había pedido un manuscrito alquímico que necesitaba para mi investigación y que también parecía poseer un poder sobrenatural que era imposible ignorar. Me moría por abrirlo y aprender más. Sin embargo, un impulso todavía mayor me retenía. ¿Era mi curiosidad algo intelectual, estaba relacionada con mis estudios? ¿O tenía algo que ver con la relación de mi familia con la brujería?
Respiré hondo el conocido aire de la biblioteca, me llené los pulmones y cerré los ojos, con la esperanza de que eso me ayudara a ver con claridad. La Bodleiana había sido siempre un santuario para mí, un lugar no relacionado con los Bishop. Metí las manos temblorosas debajo de los codos, fijé la mirada en el Ashmole 782 en la penumbra que avanzaba y me pregunté qué hacer.
Si mi madre hubiera estado en mi lugar, habría sabido la respuesta de manera instintiva. La mayoría de los miembros de la familia Bishop eran brujas y brujos con mucho talento, pero mi madre, Rebecca, era especial. Todo el mundo lo decía. Sus habilidades sobrenaturales se habían manifestado muy pronto, y cuando estaba en la escuela primaria podía superar en poderes mágicos a la mayoría de las brujas y brujos más antiguos de la comunidad local con su conocimiento instintivo de los hechizos, su sorprendente visión del futuro y su asombroso don para ver por debajo de la superficie de las personas y los hechos. La hermana menor de mi madre, mi tía Sarah, era una bruja muy hábil también, pero su talento era más convencional: buena mano para las pociones y un perfecto dominio de la tradición clásica de hechizos y encantamientos de la brujería.
Mis colegas historiadores no sabían nada de la familia, por supuesto, pero todos en Madison, la remota ciudad del estado de Nueva York donde yo había vivido con Sarah desde que tenía siete años, estaban al tanto de la historia de los Bishop. Mis antepasados se habían ido de Massachusetts después de la guerra de la Independencia. Para aquel entonces, había pasado ya más de un siglo desde que Bridget Bishop fuera ejecutada en Salem. De todas maneras, los rumores y los chismes les siguieron hasta su nuevo hogar. Después de mudarse para establecerse en Madison, los Bishop se esforzaron mucho para demostrar lo útil que podía ser tener vecinos brujos para curar enfermos y pronosticar el tiempo. Con el trascurso de los años, la familia echó raíces en la comunidad que resultaron ser lo suficientemente profundas como para resistir los inevitables brotes de superstición y temores humanos.
Pero mi madre sentía una curiosidad por el mundo que la llevó más allá de la seguridad de Madison. Fue primero a Harvard, donde conoció a un joven brujo llamado Stephen Proctor. Él también provenía de un antiguo linaje mágico y el deseo de experimentar la vida fuera del alcance de la historia y la influencia de su familia en Nueva Inglaterra. Rebecca Bishop y Stephen Proctor eran una pareja simpática, en la que la abierta y tan norteamericana franqueza de mi madre servía de contrapeso al estilo más formal y anticuado de mi padre. Se convirtieron en antropólogos y se sumergieron en culturas y creencias extranjeras, compartiendo sus pasiones intelectuales junto con el profundo amor que sentían el uno por el otro. Después de conseguir puestos en el cuerpo docente de las escuelas de la zona —mi madre en su alma máter, mi padre en Wellesley—, hicieron viajes de investigación al extranjero y construyeron el hogar para su nueva familia en Cambridge.
Tengo pocos recuerdos de mi infancia, pero cada uno de ellos es vívido y asombrosamente claro. Todos tienen como protagonistas a mis padres: la sensación táctil de la pana en los codos de mi padre, los lirios del valle que perfumaban la colonia de mi madre, el tintineo de sus copas de vino las noches de los viernes cuando me enviaban a la cama y cenaban juntos a la luz de las velas. Mi madre me contaba cuentos para dormir, y el maletín marrón de mi padre hacía ruido cuando lo dejaba junto a la puerta de entrada. Estos recuerdos seguramente encontrarán algún eco en la mayoría de las personas.
Pero hay otras cosas que recuerdo de mis padres. Mi madre parecía que nunca se ocupaba de lavar la ropa sucia, pero mis prendas estaban siempre limpias y cuidadosamente dobladas. Las autorizaciones olvidadas para los viajes de estudio al zoológico aparecían en mi pupitre en el momento en que la maestra pasaba a recogerlas. Y fuese cual fuese el estado en que se encontrara el despacho de mi padre cuando yo iba a darle el beso de buenas noches (y por lo general parecía un lugar donde hubiera explotado algo), a la mañana siguiente estaba siempre perfectamente ordenado. Cuando estaba en la guardería le pregunté a la madre de mi amiga Amanda por qué se molestaba en lavar los platos con agua y jabón cuando lo único que hacía falta era amontonarlos, chasquear los dedos y susurrar algunas palabras. La señora Schmidt se rió ante mi extraña idea para afrontar las faenas domésticas, pero un brillo de confusión nubló sus ojos.
Esa noche mis padres me dijeron que teníamos que tener cuidado acerca de cómo hablábamos de la magia y con quién hablábamos de ella. Los humanos nos superaban en número y ellos sentían temor ante nuestros poderes, me explicó mi madre, y el miedo era la fuerza más poderosa del mundo. En esa época yo no confesaba que la magia —en especial la de mi madre— también me asustaba a mí.
De día, mi madre se asemejaba a la madre de cualquier otro niño de Cambridge: ligeramente desaliñada, un poco desorganizada y eternamente acosada por las presiones del hogar y del trabajo. Su pelo rubio estaba siempre elegantemente despeinado, aunque la ropa que usaba permanecía fiel a la moda de 1977: largas y ondulantes faldas, camisas y pantalones que le quedaban grandes y chalecos y chaquetas de hombre que compraba en tiendas de segunda mano a lo largo y a lo ancho de Boston, imitando a Annie Hall. Desde luego no era una persona a la que alguien mirara dos veces en la calle o en la fila del supermercado.
En la privacidad de nuestra casa, con las cortinas corridas y la puerta cerrada con llave, mi madre se convertía en otra persona. Sus movimientos manifestaban confianza y seguridad, sin apresuramientos ni agitación. A veces hasta parecía flotar. Mientras recorría la casa, cantando y recogiendo peluches y libros, su cara se transformaba lentamente en algo hermoso, como de otro mundo. Cuando mi madre estaba iluminada por la magia, uno no podía apartar los ojos de ella.
—Mamá tiene un petardo dentro de ella. —Era la manera en que mi padre lo explicaba con su sonrisa amplia e indulgente. Pero los petardos, según aprendí más adelante, no sólo eran brillantes y ruidosos. También eran imprevisibles y podían hacer que uno se sobresaltara y asustara.
Mi padre estaba en una conferencia una noche cuando mi madre decidió limpiar la plata y quedó fascinada por un bol de agua que había puesto en la mesa del comedor. Con la vista fija en la superficie cristalina, ésta quedó envuelta en una niebla que adquiría formas diminutas y fantasmales. Yo estaba encantada, con la boca abierta, con aquellas formas que crecían en número y llenaban la habitación de seres fantásticos. Pronto estuvieron todos trepando por las cortinas y colgados del techo. Grité pidiéndole ayuda a mi madre, pero ella seguía concentrada en el agua. Su concentración no se alteró hasta que algo medio humano, medio animal se me acercó arrastrándose y me pellizcó el brazo. Eso la sacó de sus ensoñaciones y estalló en una llovizna de luz roja enfadada que expulsó las apariciones y dejó un olor a plumas chamuscadas en la casa. Cuando regresó, mi padre sintió el olor extraño y su preocupación fue evidente. Nos encontró abrazadas en la cama. Al verlo, mi madre se deshizo en lágrimas de arrepentimiento. Nunca más me sentí del todo segura en el comedor.
Cualquier sensación de seguridad que hubiera quedado en mí desapareció después de cumplir los siete años, cuando mi madre y mi padre fueron a África, de donde no regresaron con vida.
Sacudí la cabeza para concentrarme otra vez en el dilema que tenía delante de mí. El manuscrito estaba en la mesa de la biblioteca, en medio del foco de luz de la lámpara. Su magia movilizaba algo oscuro y nudoso dentro de mí. Mis dedos volvieron a tocar el suave cuero. Esta vez la sensación de hormigueo resultó conocida. Recordé vagamente haber sentido ya antes algo parecido al revisar unos papeles que había sobre el escritorio en el despacho de mi padre.
Me aparté decididamente del volumen encuadernado en cuero para ocuparme de algo más racional: la búsqueda de la lista de textos de alquimia que había preparado antes de salir de New Haven. Estaba sobre mi mesa, escondida entre los papeles sueltos, fichas de préstamo de libros, recibos, lápices, bolígrafos y mapas de la biblioteca, cuidadosamente ordenados por colección y luego por el número asignado a cada texto por un empleado de la biblioteca al entrar en la Bodleiana. Desde que llegué hacía unas semanas, había estado trabajando metódicamente, siguiendo esa lista. La descripción de catálogo del Ashmole 782, que había copiado, decía: Antropología o tratado que contiene una breve descripción del hombre en dos partes: la primera, anatómica; la segunda, psicológica. Como ocurría con la mayoría de las obras que yo estudiaba, no había manera de saber cuál era el contenido sólo por el título.
Mis dedos podían llegar a informarme acerca del libro sin abrir las tapas. La tía Sarah usaba siempre los dedos para saber lo que había en el correo antes de abrirlo, por si acaso el sobre contenía alguna factura que no quisiera pagar. De esa manera, podía alegar ignorancia cuando se descubriera que le debía dinero a la compañía eléctrica.
Los números dorados en el lomo hacían guiños.
Me senté para considerar las opciones.
¿Ignorar la magia, abrir el manuscrito y tratar de leerlo como un erudito humano?
¿Dejar el volumen hechizado y alejarme de allí?
Sarah se habría reído entre dientes encantada al verme en semejante aprieto. Siempre había sostenido que mis esfuerzos por mantenerme alejada de la magia eran vanos. Pero yo venía intentándolo desde el funeral de mis padres. En esa ocasión, las brujas presentes entre los invitados me habían escudriñado en busca de señales de que la sangre de los Bishop y de los Proctor estaba en mis venas. Se dedicaron a darme palmaditas con gesto alentador, prediciendo que era sólo cuestión de tiempo que yo ocupara el lugar de mi madre en el aquelarre local. Algunos habían susurrado sus dudas sobre la prudencia en la decisión de mis padres al casarse.
—Demasiado poder —susurraban cuando pensaban que yo no estaba escuchando—. Era evidente que iban a atraer la atención… incluso sin estudiar ni siquiera la antigua religión ceremonial.
Aquello fue suficiente motivo para que yo culpara de la muerte de mis padres al poder sobrenatural del que disponían y buscara para mí un estilo de vida diferente. Volví la espalda a todo lo relacionado con la magia y me sumergí en los asuntos de la adolescencia humana —caballos, muchachos y novelas románticas—, y traté de ser igual que los habitantes normales de la ciudad. En la pubertad tuve problemas de depresión y ansiedad. Un amable médico humano le aseguró a mi tía que aquello era muy normal.
Sarah no le habló de las voces, ni de mi costumbre de coger el teléfono un minuto o más antes de que sonara, ni tampoco le dijo que tenía que hechizar las puertas y las ventanas cuando había luna llena para evitar que me fuera a vagar por los bosques mientras dormía. Tampoco mencionó que cuando me enfadaba, las sillas de la casa se movían para formar una precaria pirámide antes de golpear contra el suelo una vez que mi humor mejoraba.
Cuando cumplí trece años, mi tía decidió que ya era hora de que yo canalizara algo de mi poder en el aprendizaje de los fundamentos de la brujería. Encender velas con algunas palabras susurradas o disimular granos con una poción probada en el tiempo… sólo eran los primeros pasos habituales de una bruja adolescente. Pero yo era incapaz de controlar hasta el más simple de los hechizos, quemaba todas las pociones que mi tía me enseñaba a preparar y me negaba tercamente a someterme a sus pruebas para ver si había heredado la clarividencia asombrosamente exacta de mi madre.
Las voces, los fuegos y otras erupciones inesperadas disminuyeron a medida que mis hormonas se calmaban, pero mi escaso deseo de unirme a lo que era propio de mi familia permaneció. A mi tía Sarah la ponía nerviosa el hecho de tener una bruja sin formación en casa y, con cierto alivio, me envió a una universidad en Maine. Aparte de la magia, fue una típica historia de transición a la mayoría de edad.
Lo que me alejó de Madison fue mi intelecto. Siempre fui precoz, lo cual hizo que hablara y comenzara a leer antes que otros niños de mi edad. Ayudada por una prodigiosa memoria fotográfica —lo cual hacía que fuera fácil para mí recordar las páginas de los libros de texto para poner sin problemas la información requerida en los exámenes—, mi trabajo escolar pronto quedó definido como un lugar donde el mágico legado de mi familia era irrelevante. A los dieciséis años ya había cruzado los últimos años de la escuela secundaria para comenzar la universidad.
Allí, traté de hacerme primero un sitio en el departamento de teatro. Mi imaginación se sentía atraída por el espectáculo y el vestuario, y a mi mente le fascinaba la forma en que las palabras de un dramaturgo podían hacer realidad otros lugares y otros tiempos. Mis primeras representaciones fueron consideradas por mis profesores como ejemplos extraordinarios de la manera en que una buena actuación podía transformar a un estudiante universitario normal en otra persona. La primera señal de que estas metamorfosis podrían no haber sido el resultado del talento dramático se manifestó cuando estaba haciendo el papel de Ofelia en Hamlet. Tan pronto como fui elegida para el papel, mi pelo empezó a crecer a un ritmo anormal, para caer desde los hombros hasta la cintura. Me sentaba durante horas junto al lago del campus, irresistiblemente atraída por su brillante superficie, con mi nuevo cabello revoloteando y envolviéndome. El muchacho que hacía de Hamlet quedó atrapado por la ilusión, y tuvimos un apasionado aunque peligrosamente volátil romance. Poco a poco me fui disolviendo en la demencia de Ofelia, arrastrando conmigo al resto de los actores.
El resultado podría haber sido una serie de actuaciones fascinantes, pero cada nuevo papel traía nuevos desafíos. En mi segundo año de estudiante, la situación se hizo insostenible cuando fui elegida para el papel de Annabella en la obra Lástima que sea una puta, de John Ford. Al igual que el personaje, yo atraía a una serie de devotos pretendientes —no todos ellos humanos— que me seguían por todo el campus. Cada vez que se negaban a dejarme tranquila después de que cayera el telón final, quedaba claro que, fuese lo que fuese lo que había sido desatado, no podía ser controlado. Yo no sabía muy bien cómo se había deslizado la magia en mi actuación, y no quería enterarme. Me corté el pelo muy corto. Dejé de usar faldas vaporosas y tops y opté por los jerséis de cuello alto negros, los pantalones caqui y los mocasines que usaban los más serios y ambiciosos estudiantes de Derecho. Mi energía sobrante estaba dirigida al atletismo.
Después de abandonar el departamento de teatro, intenté otras especialidades en mis estudios, buscando un campo que fuera lo suficientemente racional como para que jamás pudiera ceder ni un milímetro a la magia. Carecía yo de la precisión y la paciencia necesarias para las Matemáticas, y mis intentos en Biología fueron un desastre de pruebas fallidas y experimentos de laboratorio incompletos.
Al final de mi segundo año como estudiante universitaria, el secretario académico me exigió que escogiera alguna especialidad o tendría que pasar un quinto año en la universidad. Un programa de estudio de verano en Inglaterra me ofreció la oportunidad de alejarme todavía más de todo lo que tuviera que ver con los Bishop. Me enamoré de Oxford, del brillo silencioso de sus calles por la mañana. Mis cursos de historia se ocupaban de las hazañas de los reyes y las reinas, y las únicas voces en mi cabeza eran aquellas que susurraban desde libros escritos en los siglos XVI y XVII. Esto podía ser totalmente atribuido a la gran literatura. Y lo que era mejor, nadie en esa ciudad universitaria me conocía, y si había brujas en la ciudad aquel verano, se mantuvieron lejos de mí. Regresé a casa, informé de que había elegido la especialidad de Historia, saqué todos los cursos requeridos en un tiempo récord y me licencié con éxito antes de cumplir veinte años.
Cuando decidí hacer mi doctorado, el de Oxford fue mi primera elección entre los programas posibles. Mi especialidad era la historia de la ciencia, y mi investigación se concentró en el periodo en que ésta reemplazó a la magia, la época en que la astrología y las cazas de brujas cedieron paso a Newton y las leyes universales. La búsqueda de un orden racional en la naturaleza, en lugar de un orden sobrenatural, era un reflejo de mis propios esfuerzos por alejarme de lo oculto. Las líneas de separación que yo ya había trazado entre lo que ocurría en mi mente y lo que llevaba en mi sangre se hicieron más claras.
Mi tía Sarah dejó escapar un resoplido cuando se enteró de mi decisión de especializarme en la química del siglo XVII. Su pelo rojo brillante era un signo exterior de su temperamento vivo y su lengua afilada. Era una bruja que hablaba sin rodeos, sensata, que se imponía de inmediato en cualquier lugar que entrara. Como baluarte de la comunidad de Madison, Sarah era llamada con frecuencia para poner las cosas en su sitio cuando había una crisis, grande o pequeña, en la ciudad. Nos llevábamos mucho mejor desde que estaba fuera del alcance de su dosis diaria de agudas observaciones acerca de la fragilidad y la incoherencia humanas.
Aunque estábamos separadas por cientos de kilómetros, Sarah pensó que mis últimos intentos de evitar la magia eran ridículos, y me lo hizo saber.
—A eso solíamos llamarlo alquimia —dijo—. Hay mucha magia en eso.
—No, no la hay —protesté yo acaloradamente. La tesis central de mi trabajo era mostrar lo científica que era en realidad esa actividad—. La alquimia nos habla acerca del crecimiento de la experimentación, no de la búsqueda de un elixir mágico que convierta el plomo en oro y vuelva inmortales a las personas.
—Si tú lo dices… —replicó Sarah poco convencida—. Pero es un tema bastante extraño para escogerlo precisamente tú, que tratas de pasar por humana.
Después de obtener mi título, luché ferozmente por conseguir un puesto en el cuerpo docente de Yale, el único sitio que era más inglés que Inglaterra. Los colegas me advirtieron de que tenía pocas posibilidades de conseguir una plaza fija. Publiqué dos libros, gané un puñado de premios y recibí unas cuantas subvenciones para investigación. Luego recibí mi puesto de titular y demostré a todos que estaban equivocados.
Y lo que era más importante, mi vida a partir de entonces fue enteramente mía. Nadie en mi departamento, ni siquiera los especialistas en historia de América, relacionaba mi apellido con el de la primera mujer de Salem ejecutada por brujería en 1692. Para conservar mi duramente ganada autonomía, seguí manteniendo todo indicio de magia o de brujería lejos de mi vida. Por supuesto, había excepciones, como la vez en que recurrí a uno de los hechizos de Sarah cuando la lavadora empezó a llenarse de agua y amenazó con inundar mi pequeño apartamento en Wooster Square. Pero nadie es perfecto.
En ese momento, al volver a la realidad tras rememorar aquella parte de mi historia personal, contuve la respiración, cogí el manuscrito con ambas manos y lo puse en uno de los atriles en forma de cuña que la biblioteca proporcionaba para proteger sus libros más valiosos. Había tomado una decisión: iba a actuar como un especialista serio y trataría al Ashmole 782 como un manuscrito cualquiera. Iba a ignorar la quemazón en la punta de mis dedos, el extraño olor del libro, y simplemente iba a describir su contenido. Luego decidiría —lo más profesionalmente posible— si valía la pena dedicarle mayor atención. De todos modos, me temblaron los dedos cuando solté los pequeños cierres de latón.
El manuscrito dejó escapar un suave suspiro.
Con una mirada rápida por encima del hombro, me aseguré de que el lugar seguía estando todavía vacío. Sólo se escuchaba otro ruido, el del fuerte tictac del reloj de la sala de lectura.
Después de decidir no prestar atención al hecho de que el libro había suspirado, me volví hacia mi ordenador portátil y abrí un nuevo archivo. Esta tarea cotidiana —la había realizado centenares, si no miles, de veces antes— resultó tan reconfortante como las pulcras marcas de control en mi lista. Escribí el nombre y número del manuscrito y copié el título de la descripción de catálogo. Observé su tamaño y encuadernación para describir ambos en detalle.
Lo único que quedaba por hacer era abrir el manuscrito.
A pesar de haber soltado los cierres, resultó difícil abrir la cubierta, como si estuviera pegada a las páginas debajo de ella. Solté una imprecación entre dientes y dejé la palma de la mano apoyada sobre el cuero durante un instante, con la esperanza de que el Ashmole 782 sólo necesitara un momento para conocerme. No era exactamente magia eso de poner una mano sobre un libro. Sentí un hormigueo en la palma, igual que cuando sentía un cosquilleo en la piel cuando una bruja me miraba, y la tensión desapareció del manuscrito. Después de eso, resultó fácil abrir la tapa.
La primera página era de papel rústico. En la segunda hoja, que era de pergamino, estaban las palabras Antropología o tratado que contiene una breve descripción del hombre escritas con la letra de Ashmole. Las curvas claras y redondas me resultaban casi tan conocidas como mi propia letra. La segunda parte del título —en dos partes: la primera, anatómica; la segunda, psicológica— estaba escrita con lápiz y con otra letra, de época posterior. Me resultó conocida también, pero no pude identificarla. Con sólo rozar la escritura podría tener alguna pista, pero eso iba en contra de las reglas de la biblioteca y sería imposible documentar la información que mis dedos pudiera conseguir. En lugar de ello, tomé nota en el archivo del ordenador respecto al uso de tinta y lápiz, de las dos diferentes caligrafías y las posibles fechas de las inscripciones.
Cuando pasé la primera página, noté que el pergamino era anormalmente pesado y resultó ser la fuente del olor extraño del manuscrito. No sólo era antiguo. Había algo más, una combinación de moho y almizcle que no tenía ningún nombre. Y de inmediato me di cuenta de que tres hojas habían sido arrancadas cuidadosamente de la encuadernación.
Al fin había algo fácil de describir. Mis dedos volaron sobre las teclas: «Retirados al menos tres folios, con una regla o una navaja». Examiné atentamente la hendidura del lomo del manuscrito, pero no pude averiguar si faltaba alguna otra página. Cuanto más acercaba el pergamino a mi nariz, más me distraían el poder y el extraño olor del manuscrito.
Dirigí mi atención a la ilustración que seguía al lugar donde debían haber estado las páginas que faltaban. Mostraba a una niña que flotaba en un vaso de cristal transparente. La pequeña tenía una rosa plateada en una mano y una rosa dorada en la otra. En sus pies aparecían unas alas diminutas, y gotas de líquido rojo caían sobre su largo cabello negro. Debajo de la imagen había un rótulo escrito con tinta negra de trazo grueso que indicaba que se trataba de una representación de la hija filosófica, una imagen alegórica de un paso crucial en la creación de la piedra filosofal, la sustancia química que prometía otorgar al que la poseyera salud, riqueza y sabiduría.
Los colores eran luminosos y estaban sorprendentemente bien conservados. Antiguamente, los artistas mezclaban piedra molida y gemas en sus pinturas para producir colores tan intensos. Y la imagen misma había sido dibujada por alguien con verdadera destreza artística. Tuve que sentarme sobre las manos para impedir que trataran de averiguar más cosas tocando aquí y allá.
Pero el iluminador, a pesar de todo su talento, había introducido detalles erróneos. El vaso de cristal tenía que haber señalado hacia arriba, no hacia abajo. La figura debía ser mitad negro y mitad blanco, para mostrar que era un hermafrodita. Y debería haber tenido genitales masculinos y pechos femeninos, o dos cabezas por lo menos.
La imaginería alquímica era alegórica y notoriamente compleja. Ésa era la razón por la que yo la estudiaba, buscando líneas que pudieran revelar un enfoque sistemático y lógico para la transformación química en los días previos a la tabla periódica de los elementos. Las imágenes de la luna eran casi siempre representaciones de la plata, por ejemplo, mientras que las del sol estaban asociadas al oro. Cuando los dos eran combinados químicamente, el proceso era representado como una boda. Con el tiempo, las imágenes habían sido reemplazadas por palabras. Esas palabras, a su vez, se convirtieron en la gramática de la química.
Pero este manuscrito ponía a prueba mi creencia en la lógica de los alquimistas. Cada ilustración tenía por lo menos un defecto fundamental, y no había ningún texto que lo acompañara para ayudar a darle sentido a todo aquello.
Busqué algo —cualquier cosa— que coincidiera con mis conocimientos de alquimia. A la débil luz aparecieron ligeros vestigios de escritura sobre una de las páginas. Incliné la lamparilla para que brillara más.
No había nada allí.
Lentamente pasé la página como si fuera una frágil hoja.
Las palabras brillaban y se movían sobre la superficie, cientos de palabras invisibles a menos que el ángulo de la luz y la perspectiva del observador fueran los correctos.
Sofoqué un grito de sorpresa.
El Ashmole 782 era un palimpsesto, un manuscrito dentro de otro manuscrito. Cuando el pergamino escaseaba, los escribas lavaban cuidadosamente la tinta de los libros antiguos y luego escribían el nuevo texto sobre las hojas en blanco. Con el tiempo, el escrito anterior a menudo reaparecía como un fantasma de texto, visible con la ayuda de la luz ultravioleta, que permitía verlo por debajo de las manchas de tinta, devolviendo la vida al texto desteñido.
Sin embargo, no existía una luz ultravioleta suficientemente poderosa como para revelar aquellos trazos. Aquél no era un palimpsesto común. El texto escrito no había sido lavado, había sido escondido con una especie de hechizo. Pero ¿por qué iba alguien a tomarse la molestia de hechizar el texto en un libro de alquimia? Hasta los expertos tenían dificultades para entender el oscuro lenguaje y la fantasiosa imaginería que usaban los autores.
Aparté la vista de las apenas perceptibles letras, que se movían demasiado rápidamente como para que yo pudiera leerlas, para concentrarme y escribir una sinopsis del contenido del manuscrito. «Desconcertante —escribí—. Leyendas para las imágenes de los siglos XV al XVII, imágenes del siglo XV principalmente. ¿Las fuentes de las imágenes tal vez más antiguas? Mezcla de papel y vitela. Tintas de color y negra, las primeras de una gran calidad poco común. Ilustraciones bien realizadas, pero los detalles son incorrectos, incompletos. Retrata la creación de la piedra filosofal, parto/creación alquímico, muerte, resurrección y transformación. ¿Una copia confusa de un manuscrito más antiguo? Un libro extraño, lleno de anomalías».
Mis dedos vacilaron encima de las teclas.
Los eruditos pueden tomar dos posturas cuando descubren información que no se corresponde con lo que ya saben: o bien la dejan de lado para que no ponga en peligro sus preciadas teorías, o bien se concentran en ella con una intensidad de rayo láser y tratan de llegar al fondo del misterio. Si el libro no hubiera estado hechizado, podría haberme sentido tentada de hacer esto último. Pero debido a que estaba embrujado, me sentía fuertemente inclinada a hacer lo primero.
Y cuando tienen dudas, los eruditos generalmente posponen la decisión.
Escribí una ambivalente línea final: «¿Se necesita más tiempo? Posiblemente tenga que volver a solicitarlo».
Casi sin respirar, cerré la tapa y la ajusté con un ligero tirón. Corrientes mágicas resonaban todavía en todo el manuscrito, siendo especialmente intensas alrededor de los cierres.
Cuando estuvo cerrado, me quedé aliviada, mirando fijamente el Ashmole 782 durante unos momentos más. Mis dedos querían regresar y tocar el cuero marrón. Pero esta vez me resistí, tal como me había resistido a tocar las inscripciones y las ilustraciones para saber más de lo que un historiador humano podía legítimamente asegurar que sabía.
La tía Sarah me había dicho siempre que la magia era un don. Si lo era, había en ella lazos que me ligaban a todas las brujas Bishop que habían existido antes que yo. Había que pagar un precio para usar ese poder mágico heredado y para utilizar los hechizos y encantamientos que constituían el oficio cuidadosamente preservado de las brujas. Al abrir el Ashmole 782, había atravesado el muro que separaba la magia de mis estudios eruditos. Pero de vuelta otra vez al lado correcto, estaba más decidida que nunca a permanecer allí.
Recogí mi ordenador y mis notas, levanté el montón de manuscritos, poniendo cuidadosamente el Ashmole 782 debajo de los otros. Afortunadamente, Gillian no estaba en su mesa, aunque sus papeles todavía estaban desperdigados sobre ella. Seguramente pensaba trabajar hasta tarde y había salido a tomar una taza de café.
—¿Has terminado? —quiso saber Sean cuando llegué al mostrador de préstamos.
—No del todo. Me gustaría reservar los tres de arriba para el lunes.
—¿Y el cuarto?
—Con ése ya he acabado —espeté, deslizando los manuscritos hacia él—. Puedes volver a ponerlo en su sitio.
Sean lo colocó encima de un montón de libros para devolver que ya había recogido. Me acompañó hasta la escalera, nos despedimos y desapareció detrás de una puerta giratoria. La cinta transportadora que iba a devolver al Ashmole 782 al interior de la biblioteca se puso en marcha.
Casi me giré para detenerlo, pero lo dejé marchar.
Tenía la mano levantada para empujar y abrir la puerta de la planta baja, cuando el aire a mi alrededor me envolvió con fuerza, como si la biblioteca me estuviera apretando. El aire brilló durante una fracción de segundo, tal como habían hecho las páginas del manuscrito en la mesa de Sean, haciéndome temblar involuntariamente y erizando el vello en mis brazos.
Algo acababa de ocurrir. Algo mágico.
Giré el rostro hacia la sala de lectura Duke Humphrey, y mis pies amenazaron con seguirlo.
«No es nada», pensé, y salí resueltamente de la biblioteca.
«¿Estás segura?», susurró una voz largamente ignorada.
Las campanas de Oxford sonaron siete veces. La noche no seguía al crepúsculo con la misma lentitud que lo habría hecho hacía unos meses, pero la transformación todavía persistía. El personal de la biblioteca había encendido las lámparas hacía apenas treinta minutos, que lanzaban pequeñas lagunas doradas en medio de la luz grisácea.
Era el 21 de septiembre. En todo el mundo, las brujas estaban compartiendo una comida en la víspera del equinoccio de otoño para celebrar Mabon y dar la bienvenida a la inminente oscuridad del invierno. Pero las brujas de Oxford iban a tener que arreglárselas sin mí. Yo tenía programado dar el discurso de apertura en un importante congreso el mes siguiente. Mis ideas todavía eran difusas y me estaba poniendo nerviosa.
Mi estómago protestó sólo de pensar en lo que mis pares, las brujas, podrían estar comiendo en alguna parte de Oxford. Había estado en la biblioteca desde las nueve y media de la mañana, y sólo había hecho una breve pausa para comer.
Sean se había tomado el día libre, y la persona que lo reemplazaba en el mostrador de préstamos era nueva. Me planteó alguna dificultad cuando le pedí un artículo bastante deteriorado y trató de convencerme de que usara el microfilm. El supervisor de la sala de lectura, el señor Johnson, oyó por casualidad la conversación y salió de su oficina para intervenir.
—Mis disculpas, doctora Bishop —se apresuró a decir, ajustándose unas pesadas gafas de montura oscura sobre la nariz—. Si usted tiene que consultar este manuscrito para su investigación, se lo facilitaremos encantados. —Desapareció para ir a buscar el artículo de préstamo restringido y lo entregó con nuevas disculpas por la contrariedad y por la inexperiencia del personal. Contenta de que mis credenciales como erudita hubieran tenido éxito, pasé la tarde leyendo alegremente.
Quité los dos pesos enrollados de las esquinas superiores del manuscrito y lo cerré con cuidado, contenta por la cantidad de trabajo realizado. Después de tropezar con el manuscrito hechizado el viernes anterior, había dedicado el fin de semana a tareas rutinarias en vez de a la alquimia para así recuperar un cierto sentido de normalidad. Llené formularios de reembolsos financieros, pagué facturas, escribí cartas de recomendación e incluso terminé la reseña de un libro. Estas tareas estuvieron entremezcladas con rituales domésticos como lavar la ropa sucia, beber copiosas cantidades de té y probar recetas de los programas de cocina de la BBC.
Tras empezar temprano esa mañana, había pasado el día tratando de concentrarme en las tareas que realizaba, en lugar de detenerme demasiado en mis recuerdos de las extrañas ilustraciones y el misterioso palimpsesto del Ashmole 782. Miré la breve lista de cosas que tenía que hacer a lo largo del día y las fui anotando. De las cuatro preguntas de mi lista de asuntos para seguir investigando, la tercera era la más fácil de resolver. La respuesta estaba en una antigua revista, Notas e Investigaciones, que estaba archivada en los estantes de una de las vitrinas que ascendían hacia los altos techos de la sala. Empujé mi sillón y decidí marcar como ya realizado uno de los temas de mi lista antes de alejarme.
Se accedía a los estantes superiores de la sección de la sala de lectura Duke Humphrey conocida como el ala Selden por medio de unas gastadas escaleras que llevaban a una galería que quedaba sobre las mesas de lectura. Subí los tortuosos peldaños hacia los estantes de madera donde se alineaban cuidadosamente los antiguos libros cubiertos por la dura tela buckram. Nadie, salvo un viejo profesor de literatura del Magdalen College y yo, parecía usarlos. Localicé el volumen y murmuré una imprecación entre dientes. Estaba en el estante más alto, justo fuera de mi alcance.
Una grave risa ahogada me sobresaltó. Giré la cabeza para ver quién se había sentado en la mesa en el extremo más lejano de la galería, pero allí no había nadie. Estaba oyendo cosas otra vez. Oxford era todavía una ciudad fantasma, y cualquiera que perteneciera a la universidad ya se había ido hacía una hora para beber una copa de jerez gratis antes de la cena en la sala común de estudiantes del último año de su propio college. Debido a la festividad de Wiccan, incluso Gillian se había marchado al caer la tarde, después de hacerme una última invitación y echar un vistazo a mi material de lectura con los ojos entrecerrados.
Busqué la escalera taburete de la galería, pero no la encontré. En la Bodleiana escaseaban de manera notoria tales elementos, y tardaría quince minutos en encontrar uno en la biblioteca y llevarlo arriba para coger el volumen. Vacilé. Aunque había tenido en mis manos un libro hechizado, me había resistido a la considerable tentación de hacer más magia un viernes. Además, nadie lo vería.
A pesar de mis razonamientos, mi piel sintió un hormigueo de angustia. No violaba mis propias reglas muy a menudo, y llevaba una cuenta mental de las situaciones que me habían incitado a recurrir a mi magia en busca de ayuda. Aquélla era la quinta vez ese año, incluyendo el hechizo de la lavadora estropeada y el haber tocado el Ashmole 782. No estaba tan mal para finales septiembre, pero tampoco era mi mejor marca personal.
Respiré hondo, levanté la mano e imaginé el libro en ella.
El volumen 19 de Notas e Investigaciones se deslizó cinco centímetros hacia atrás, se inclinó en ángulo como si una mano invisible lo estuviera arrastrando y cayó para golpear con fuerza en la palma abierta de mi mano. Una vez allí, se abrió en la página que yo necesitaba.
Había tardado tres segundos. Dejé escapar otro suspiro para liberarme un poco del sentimiento de culpa. Repentinamente, sentí una mirada helada entre mis omóplatos.
Me habían visto, y no era un observador humano normal. Cuando una bruja examina a otra, el roce de sus ojos se siente como un hormigueo. Sin embargo, las brujas no son las únicas criaturas que comparten el mundo con los humanos. También hay daimones, criaturas creativas, artísticas, que caminan por una cuerda floja entre la demencia y el genio. Mi tía describía a estos seres extraños y desconcertantes como «estrellas de rock y asesinos en serie». Además, hay vampiros, antiguos y hermosos, que se alimentan de sangre y, si no lo matan a uno antes, resultan totalmente encantadores.
Cuando un daimón me mira, siento la presión leve y perturbadora de un beso. Pero cuando un vampiro mira fijamente, se siente un frío concentrado y peligroso.
Recorrí mentalmente a todos los lectores en la sala Duke Humphrey. Había habido un vampiro, un monje angelical que examinaba detenidamente misales medievales y devocionarios como un amante. Pero no se encuentran con frecuencia vampiros en las salas de libros raros. Ocasionalmente, alguno sucumbía a la vanidad y a la nostalgia y entraba para recordar el pasado, pero eso no era habitual.
Era mucho más normal encontrar brujas y daimones en las bibliotecas. Gillian Chamberlain había estado allí aquel día, estudiando sus papiros con una lupa. Y definitivamente había dos daimones en la sala de consulta de música. Habían levantado la vista, aturdidos, cuando pasé caminando rumbo a Blackwell’s a tomar el té. Uno me dijo que le trajera un café con un poco de leche al volver, lo cual era una señal de lo abstraído que estaba en fuese cual fuese la locura que se había apoderado de él en ese momento.
No, era un vampiro quien me miraba en ese instante.
Me había encontrado con algunos vampiros, ya que yo trabajaba en un terreno en que me ponía en contacto con científicos, y había gran número de vampiros en los laboratorios de todo el mundo. La ciencia recompensa el intenso estudio y la paciencia. Y gracias a sus solitarias costumbres de trabajo, un científico podía tener un círculo reducido de conocidos, prácticamente limitado a sus compañeros de trabajo más cercanos. Eso hacía que una vida que abarcaba siglos en vez de décadas fuera mucho más fácil de llevar.
En estos tiempos, los vampiros se orientaban hacia los aceleradores de partículas, los proyectos para descifrar el genoma y la biología molecular. En otras épocas habían acudido en tropel a la alquimia, la anatomía y la electricidad. Si alguna actividad incluía explosiones, involucraba sangre o prometía revelar los secretos del universo, con seguridad habría un vampiro por allí
Agarré mi ejemplar de Notas e Investigaciones conseguido de forma poco ortodoxa y me volví para encararme con el testigo. Estaba entre las sombras, al otro lado de la sala, delante de los libros de consulta de paleografía, apoyado contra uno de los elegantes pilares de madera que sostenían la galería. Un ejemplar abierto de la Guía para escrituras usadas en inglés hasta 1500, de Janet Roberts, se balanceaba en sus manos.
Nunca había visto a aquel vampiro antes, pero estaba bastante segura de que no necesitaba ayuda sobre la manera de descifrar viejas caligrafías.
Cualquiera que haya leído algún best seller en edición de bolsillo o incluso haya visto televisión sabe que los vampiros son algo que te deja sin aliento, pero nada te prepara para ver un vampiro real. Sus estructuras óseas están tan delineadas que parecen cinceladas por un escultor experto. Además, se mueven, o hablan, y la mente no puede ni siquiera empezar a absorber lo que está viendo. Cada movimiento está lleno de gracia; cada palabra es musical. Además sus ojos son irresistibles, y es así precisamente como atrapan a sus presas. Una larga mirada, algunas palabras suaves, un roce. Cuando uno queda enganchado en la trampa de un vampiro, no hay posibilidad de huida.
Al mirar atentamente a aquel vampiro me di cuenta, con una gran sensación de angustia, de que mis conocimientos sobre el tema eran, ¡ay!, en gran parte teóricos. Poco me servían en ese momento en que me enfrentaba a uno en la Biblioteca Bodleiana.
El único vampiro con el que yo había tenido un encuentro, más bien fugaz, trabajaba en el acelerador de partículas nuclear en Suiza. Jeremy era muy delicado y hermoso, pelo rubio brillante, ojos azules y una risa contagiosa. Se había acostado con la mayoría de las mujeres en el cantón de Ginebra y en ese momento se estaba abriendo paso por la ciudad de Lausana. Qué era lo que hacía después de seducirlas era algo que yo nunca traté de investigar a fondo, y rechacé sus insistentes invitaciones a salir a tomar una copa. Siempre pensé que Jeremy era representativo de su raza. Pero en comparación con el que en ese momento tenía delante, parecía huesudo, desgarbado y extremadamente joven.
Éste era alto. Medía casi dos metros, incluso teniendo en cuenta los problemas de perspectiva relacionados con el hecho de estar mirándolo desde lo alto de la galería. Y decididamente no era muy delicado en sus formas. Los anchos hombros se estrechaban en caderas esbeltas, que se convertían en piernas delgadas y musculosas. Sus manos eran sorprendentemente largas y ágiles, una señal de delicadeza fisiológica que motivó que mi mirada se fijase en ellas para intentar descubrir cómo podían pertenecer a un hombre de semejante estatura.
Mientras mis ojos lo recorrían de arriba abajo, los suyos estaban fijos en mí. Desde el otro lado de la sala parecían negros como la noche, mirando por debajo de unas cejas gruesas e igualmente negras. Una de ellas se enarcaba formando una curva que sugería la forma de un signo de interrogación. Su cara resultaba sorprendente, con diferentes planos y superficies; sus pómulos se elevaban en ángulo hacia las cejas que protegían y daban sombra a sus ojos. Por encima de la barbilla se encontraba uno de los pocos rasgos en donde parecía reflejarse la ternura: una gran boca que, al igual que sus largas manos, no parecía armonizar con el resto.
Pero lo más perturbador en él no era su perfección física, sino la combinación salvaje de fuerza, agilidad e inteligencia aguda que era palpable incluso desde el otro lado de la sala. Con sus pantalones negros y el suave jersey gris, su cabello negro peinado hacia atrás, arrancando de la frente y muy corto en la nuca, parecía una pantera dispuesta a atacar en cualquier momento, pero que no tenía ninguna prisa por comenzar.
Sonrió. Fue una sonrisa pequeña y educada sin mostrar los dientes. De todas maneras, yo sabía muy bien que estaban allí, situados en hileras perfectamente rectas y afiladas detrás de sus pálidos labios.
El simple hecho de pensar en «dientes» envió una instintiva corriente de adrenalina por todo mi cuerpo, haciendo que mis dedos sintieran un hormigueo. De pronto, lo único en lo que podía pensar era en salir de inmediato de aquella sala. «Sal ya», me dije.
La escalera parecía más alejada de los cuatro pasos que se necesitaban para llegar a ella. Bajé corriendo hasta el piso de abajo, tropecé en el último escalón, y me lancé directamente a los brazos del vampiro, que me estaba esperando.
Por supuesto, había llegado antes que yo al pie de las escaleras.
Sus dedos estaban fríos y sus brazos parecía más de acero que de carne y hueso. El aire estaba impregnado con aromas de clavo, canela y algo que me recordaba al incienso. Me ayudó a ponerme de pie, levantó Notas e Investigaciones del suelo y me lo entregó con una pequeña reverencia.
—La doctora Bishop, supongo.
Asentí con un gesto mientras temblaba de pies a cabeza.
Metió los dedos largos y pálidos de su mano derecha en un bolsillo y sacó una tarjeta de visita blanca y azul que me ofreció.
—Matthew Clairmont.
Cogí el borde de la tarjeta, con cuidado de no tocar sus dedos al hacerlo. El conocido logotipo de la Universidad de Oxford, con las tres coronas y el libro abierto, estaba impreso junto al nombre de Clairmont, seguido por una serie de iniciales que indicaban que ya era miembro de la Royal Society.
No estaba mal para alguien que parecía tener entre treinta y cinco y cuarenta años, aunque imaginé que su verdadera edad seguramente fuese al menos diez veces superior.
En cuanto a su especialidad de investigación, no fue ninguna sorpresa ver que el vampiro era profesor de Bioquímica y asociado a Neurociencia de Oxford en el hospital John Radcliffe. Sangre y anatomía, dos de los elementos favoritos de los vampiros. La tarjeta tenía tres números de teléfono diferentes del laboratorio, además de un número del despacho y una dirección de correo electrónico. Puede que yo no lo hubiese visto hasta ese momento, pero desde luego resultaba imposible no encontrarlo.
—Profesor Clairmont —musité sin que apenas las palabras llegaran a mi garganta, y contuve el impulso de salir corriendo dando gritos hacia la salida.
—No nos conocemos —continuó, con un extraño acento en la voz. Se trataba del típico acento universitario de Oxford-Cambridge pero con un toque que me resultaba difícil identificar. Descubrí que sus ojos, que en ningún momento se apartaron de mi cara, en realidad no eran oscuros, sino que estaban dominados por pupilas dilatadas con un iris formado por una franja gris verdosa. Su atractivo era intenso, y me resultaba imposible apartar la mirada.
El vampiro movió de nuevo la boca.
—Soy un gran admirador de su trabajo.
Abrí los ojos desmesuradamente. No era imposible que un profesor de Bioquímica estuviera interesado en la alquimia del siglo XVII, pero parecía muy poco probable. Puse los dedos en el cuello de mi blusa blanca y recorrí con la mirada la sala. Éramos las dos únicas personas allí. No había nadie en el viejo mueble de roble donde se archivaban las fichas ni en la cercana mesa de ordenadores. Fuese quien fuese el que estuviese en el mostrador de devoluciones, se encontraba demasiado lejos como para acudir en mi ayuda.
—Su artículo sobre el simbolismo del color en la transformación alquímica me resultó fascinante, y su trabajo sobre el enfoque de Robert Boyle para los problemas de la expansión y la contracción resulta muy persuasivo —continuó Clairmont con suavidad, como si estuviera acostumbrado a ser el único participante activo de una conversación—. No he terminado todavía su libro más reciente sobre el aprendizaje y la educación alquímicos, pero estoy disfrutando muchísimo de él.
—Gracias —susurré.
Su mirada pasó de mis ojos a mi garganta.
Dejé de toquetear los botones alrededor de mi cuello.
Sus ojos antinaturales volvieron a mirar los míos.
—Usted tiene una manera maravillosa de evocar el pasado para sus lectores. —Tomé eso como un cumplido, ya que un vampiro sabría si era erróneo. Clairmont hizo una breve pausa—. ¿Podría invitarla a cenar?
Abrí la boca, asombrada. ¿A cenar? Tal vez no me fuera posible escapar de él en la biblioteca, pero no había razón para quedarme con él durante toda una comida…, sobre todo una que no iba a compartir, si teníamos en cuenta sus hábitos alimenticios.
—Tengo planes —dije repentinamente, incapaz de formular una explicación razonable acerca de esos planes. Matthew Clairmont debía de saber que yo era una bruja, y que obviamente no estaba celebrando Mabon.
—Es una pena —murmuró, con una ligera sonrisa en sus labios—. En otra ocasión, quizás. Usted permanecerá en Oxford durante un año, ¿verdad?
Estar cerca de un vampiro era siempre algo perturbador, y el aroma a clavo de Clairmont me recordaba al extraño olor del Ashmole 782. Incapaz de pensar con claridad, me limité a asentir con la cabeza. Era más seguro.
—Eso pensaba —dijo Clairmont—. Estoy seguro de que volveremos a encontrarnos. Oxford es una ciudad muy pequeña.
—Muy pequeña —repetí, deseando estar desarrollando mi trabajo en Londres en aquel momento.
—Hasta entonces, doctora Bishop. Ha sido un placer. —Clairmont tendió su mano. Con la excepción de su breve exploración de mi cuello, en ningún momento había apartado sus ojos de los míos. Y me pareció que ni siquiera había parpadeado. Hice un gran esfuerzo por no ser la primera en apartar la mirada.
Llevé la mano hacia delante. Vacilé un momento antes de coger la suya. Hubo una fugaz presión antes de que él la retirara. Retrocedió, sonrió, y luego desapareció en la oscuridad de la parte más antigua de la biblioteca.
Permanecí inmóvil hasta que mis manos heladas pudieron moverse sin dificultad otra vez, entonces regresé a mi mesa y apagué mi ordenador. Mientras recogía mis papeles, Notas e Investigaciones me preguntó de manera acusadora por qué me había molestado en ir a buscarla si ni siquiera iba a echarle una ojeada. Mi lista de tareas estaba también llena de reproches. Arranqué la hoja, la arrugué y la arrojé a la papelera de mimbre bajo la mesa.
—«No te inquietes por lo que ocurrirá mañana»[1] —farfullé por lo bajo.
El supervisor vespertino de la sala de lectura miró su reloj cuando devolví los manuscritos.
—Hoy termina temprano, doctora Bishop.
Asentí con un gesto, con los labios cerrados con fuerza para evitar preguntarle si sabía que había un vampiro en la sección de consulta de paleografía.
Recogió la pila de cajas de cartón gris que contenían los manuscritos.
—¿Los va a necesitar mañana?
—Sí —murmuré—. Mañana.
Una vez cumplida mi última obligación de estudiosa antes de retirarme de la biblioteca, quedé en libertad. Mis zapatos taconearon contra el suelo de linóleo y resonaron entre las paredes de piedra mientras apresuraba el paso a través de las puertas de celosía de la sala de lectura pasando junto a los libros protegidos de dedos curiosos por cintas de terciopelo, bajando las desgastadas escaleras de madera hacia el patio interior cerrado de la planta baja. Me apoyé sobre la barandilla de hierro que rodeaba la estatua de bronce de William Herbert y aspiré el aire frío hacia mis pulmones, en un esfuerzo por hacer que los vestigios de clavo y canela abandonaran mis fosas nasales.
Siempre había cosas aterradoras en la noche de Oxford, me dije a mí misma con severidad. Pues bien, había un vampiro más en la ciudad.
Además de lo que me dije a mí misma en aquel patrio interior, el camino de regreso a casa lo hice más rápido que de costumbre. La oscuridad de New College Lane era una perspectiva espeluznante en el mejor de los casos. Pasé mi tarjeta por el lector en el portón trasero del New College y sentí que parte de la tensión abandonaba mi cuerpo cuando la puerta sonó al cerrarse detrás de mí, como si cada puerta y cada pared que me separaban de la biblioteca de alguna manera me mantuvieran a salvo. Di un rodeo por debajo de los ventanales de la capilla y atravesé el estrecho pasaje hacia el patio desde el que se podía ver el único jardín medieval existente en Oxford, incluido el tradicional montículo que en otro tiempo había brindado una verde posibilidad para que los estudiantes consideraran y contemplaran los misterios de Dios y de la naturaleza. Esa noche, los chapiteles y los pasajes abovedados de la universidad tenían un aspecto particularmente gótico, y yo estaba ansiosa por entrar.
Cuando la puerta de mi apartamento se cerró detrás de mí, dejé escapar un suspiro de alivio. Vivía yo en lo más alto de una de las escaleras para el cuerpo docente del college, en alojamientos reservados a antiguos miembros visitantes. Mis habitaciones, que incluían un dormitorio, una sala de estar con una mesa redonda para cenar y una agradable y pequeña cocina, estaban decoradas con grabados antiguos y revestimiento de madera. Todo el mobiliario parecía haber salido de las antiguas estancias de los salones comunes de los estudiantes de último año y de la casa del director, y en él predominaban ajados diseños decimonónicos.
Ya en la cocina, puse dos rebanadas de pan en la tostadora y me serví un vaso de agua fría. Mientras bebía el agua de un trago, abrí la ventana para dejar entrar el aire fresco y ventilar las habitaciones cerradas.
Llevé mi refrigerio a la sala, me quité los zapatos y encendí el pequeño equipo de música. Las claras notas de Mozart inundaron el ambiente. Cuando me senté en uno de los sillones tapizados en color granate, tenía la intención de descansar unos momentos, luego darme un baño y repasar mis notas del día.
A las tres y media de la mañana, me desperté con el corazón sobresaltado, el cuello entumecido y el fuerte sabor del clavo en la boca.
Me serví un vaso de agua fresca y cerré la ventana de la cocina. Hacía frío y me estremecí al contacto con el aire húmedo.
Tras echar una ojeada a mi reloj y hacer algunos cálculos rápidos, decidí llamar a casa. Allí apenas serían las diez y media, y a Sarah y Em les gustaba la noche como si fueran murciélagos. Fui de una habitación a otra, apagué todas las luces excepto las de mi dormitorio y cogí el móvil. Me quité la ropa sucia en cuestión de minutos —¿cómo puede uno ensuciarse tanto en una biblioteca?— y me puse un par de pantalones de yoga viejos y un jersey negro con el cuello alto. Eran más cómodos que cualquier pijama.
La cama me pareció acogedora y firme debajo de mí. Me resultó tan reconfortante que casi me convencí de que no era necesaria una llamada telefónica a casa. Pero el agua no había logrado borrar los vestigios del clavo de mi lengua, y marqué el número.
—Estábamos esperando tu llamada —fueron las primera palabras que escuché.
Brujas.
Suspiré.
—Sarah, estoy bien.
—Todo indica lo contrario. —Como de costumbre, la hermana menor de mi madre no se iba a privar de decir lo que le daba la gana—. Tabitha ha estado nerviosa toda la noche. Em tuvo una clara imagen de ti perdida en el bosque en la noche, y yo no he podido comer nada desde el desayuno.
El verdadero problema era esa maldita gata. Tabitha era la preferida de Sarah y captaba cualquier tensión dentro de la familia con asombrosa precisión.
—Estoy bien. Tuve un encuentro inesperado en la biblioteca esta tarde, eso es todo.
Un clic me confirmó que Em había cogido el teléfono supletorio.
—¿Por qué no estás celebrando Mabon? —preguntó.
Emily Mather había formado parte de mi vida desde que yo tenía memoria. Ella y Rebecca Bishop se habían conocido cuando eran estudiantes de secundaria trabajando en verano en la Plimoth Plantation, donde hacían excavaciones y empujaban carretillas para los arqueólogos. Se convirtieron en estupendas amigas y luego en fieles amigas por correspondencia cuando Emily fue a Vassar y mi madre a Harvard. Más tarde, las dos volvieron a ponerse en contacto cuando Em se convirtió en bibliotecaria infantil en Cambridge. Después de la muerte de mis padres, los largos fines de semana de Em en Madison pronto la condujeron a un nuevo trabajo en la escuela primaria local. Ella y Sarah se convirtieron en una pareja inseparable, aunque Em había conservado su propio apartamento en la ciudad y ambas se habían preocupado mucho de no ser vistas yendo juntas al dormitorio mientras yo crecía. Aunque esa precaución no me engañó a mí, ni a los vecinos, ni a nadie que viviera en la ciudad. Todo el mundo las trataba como la pareja que eran, independientemente de dónde durmieran. Cuando yo me fui de casa de los Bishop, Em se instaló en ella y allí permanecía desde entonces. Al igual que mi madre y mi tía, Em procedía de un antiguo linaje de brujas.
—Me invitaron a la fiesta del aquelarre, pero no he ido. He estado trabajando.
—¿La bruja de Bryn Mawr te invitó a asistir?
Em estaba interesada en la profesora de Literatura Clásica, sobre todo (como quedó claro tras su confesión después de beber una gran cantidad de vino una noche de verano) porque hubo una época en la que había salido con la madre de Gillian. «Eran los años sesenta», se limitó a decir Em en aquella ocasión.
—Sí. —Mi tono de voz fue tenso. Ambas estaban convencidas de que yo vería la luz y empezaría a tomar en serio mi magia, ya que tenía mi propia cátedra asegurada. Nada arrojaba duda alguna sobre este pronóstico lleno de deseos, y siempre se entusiasmaban cuando yo entraba en contacto con alguna bruja—. Pero en lugar de eso, pasé la tarde con Elias Ashmole.
—¿Quién es ése? —le preguntó Em a Sarah.
—¿No lo recuerdas? Es ese tipo que ya murió y que coleccionaba libros de alquimia —le susurró Sarah.
—¿Estáis todavía ahí? —grité en el teléfono.
—Entonces, ¿con quién te tropezaste? —preguntó Sarah.
Dado que ambas eran brujas, no tenía sentido tratar de esconder nada.
—Conocí a un vampiro en la biblioteca. Uno que no había visto antes. Se llama Matthew Clairmont.
Se produjo un silencio en el auricular de Em mientras revisaba su archivo mental de criaturas notables. También Sarah se mantuvo callada durante un momento, pensando si debía estallar o no.
—Espero que te resulte más fácil deshacerte de él que de los daimones que habitualmente atraes hacia ti —dijo con brusquedad.
—Los daimones no me han molestado desde que dejé de actuar.
—No, estaba ese daimón que te siguió hasta la Biblioteca Beinecke cuando empezaste a trabajar en Yale —me corrigió Em—. El que deambulaba por la calle y fue a buscarte.
—Ése era mentalmente inestable —protesté. Al igual que el hecho de usar la brujería con la lavadora, atraer la atención de un único daimón curioso no debería ser tenido en cuenta y actuar en mi contra.
—Tú atraes criaturas como las flores atraen a las abejas, Diana. Pero los daimones no son ni remotamente tan peligrosos como los vampiros. Aléjate de él —recomendó Sarah con voz tensa.
—No tengo razón alguna para buscarlo. —Dirigí mis manos instintivamente otra vez al cuello—. No tenemos nada en común.
—No se trata de eso —dijo Sarah, levantando la voz—. Se supone que brujas, vampiros y daimones no deben mezclarse. Tú lo sabes. Hay más posibilidades de que los humanos nos descubran cuando eso ocurre. No merece la pena correr ese riesgo por ningún daimón ni por ningún vampiro. —Las únicas criaturas en el mundo que Sarah tomaba en serio eran las otras brujas. Los humanos le parecían pequeños seres infelices, ciegos al mundo que los rodeaba. Los daimones eran eternos adolescentes en los que no se podía confiar. Los vampiros estaban muy por debajo de los gatos y por lo menos en un escalón inferior al de los perros de la calle en la jerarquía de criaturas que ella establecía.
—Ya me has hablado antes de las reglas, Sarah.
—No todos obedecen las reglas, querida —señaló Em—. ¿Y qué quería?
—Dijo que estaba interesado en mi trabajo. Pero él es un científico, de modo que eso es difícil de creer. —Tamborileé con mis dedos sobre el edredón—. Me invitó a cenar.
—¿A cenar? —Sarah se mostró incrédula.
Em se echó a reír.
—No hay mucho en la carta de un restaurante que pueda resultarle atractivo a un vampiro.
—Estoy segura de que no volveré a verlo. Según su tarjeta de visita, dirige tres laboratorios y tiene dos puestos en el cuerpo docente.
—Típico —farfulló Sarah—. Eso es lo que ocurre cuando uno tiene demasiado tiempo a su disposición. Y deja de toquetear el edredón…, vas a terminar haciéndole un agujero. —Había encendido su radar de bruja al máximo y en ese momento me estaba viendo además de escucharme.
—No creo que le esté robando dinero a las viejecitas, ni que esté despilfarrando las fortunas de otras personas en la Bolsa —contesté. El hecho de que los vampiros tuviesen fama de ser fabulosamente ricos era algo que ponía nerviosa a Sarah—. Es bioquímico y también médico interesado en el funcionamiento del cerebro.
—Estoy segura de que eso es fascinante, Diana, pero ¿qué quería? —Sarah igualó mi irritación con su impaciencia, la insistencia es el ataque característico de todas las mujeres Bishop.
—Ciertamente no era cenar —dijo Em con seguridad.
Sarah resopló.
—Algo quería. Vampiros y brujas no se citan para salir juntos. A menos que estuviera planeando cenarte a ti, por supuesto. Nada les gusta más que el sabor de la sangre de bruja.
—Tal vez sólo sintiese curiosidad. O quizás le guste tu trabajo. —Em lo dijo en un tono de duda tan marcado que no pude menos que reírme.
—No estaríamos manteniendo esta conversación si hubieras tomado algunas precauciones elementales —me recriminó Sarah con aspereza—. Un hechizo protector, darle algún uso a tu habilidad como vidente y…
—No voy a usar ni magia ni brujería para saber por qué un vampiro me ha invitado a cenar —repliqué con firmeza—. Eso está fuera de discusión, Sarah.
—Entonces no nos llames en busca de respuestas si no quieres escucharlas —reaccionó Sarah, con su conocido mal genio a punto de estallar. Colgó antes de que yo pudiera reaccionar.
—Sarah se preocupa por ti. Ya lo sabes —la disculpó Em—. Y no comprende por qué no quieres usar tus dones, ni siquiera para protegerte a ti misma.
Porque los dones vienen con ataduras, como ya les había explicado antes. Traté de explicarlo de nuevo:
—Es un terreno resbaladizo, Em. Me protejo de un vampiro en la biblioteca hoy, y mañana lo hago de una pregunta difícil en una clase. Pronto me encontraría eligiendo temas de investigación cuyo resultado ya conocería y solicitando subvenciones, segura de que las iba a conseguir. Para mí es importante haber ganado mi reputación por mí misma. Si empiezo a usar magia, nada me pertenecerá del todo. No quiero ser la siguiente bruja Bishop. —Abrí la boca para hablarle a Em del Ashmole 782, pero algo hizo que volviera a cerrarla.
—Lo sé, lo sé, querida. —La voz de Em era tranquilizadora—. Comprendo. Pero Sarah no puede evitar preocuparse por tu seguridad. Tú eres la única familia que le queda.
Me pasé los dedos entre el pelo hasta dejarlos apoyados en las sienes. Las conversaciones de este tipo siempre me hacían pensar en mis padres. Vacilé, reticente a mencionar la única preocupación que me quedaba.
—¿De qué se trata? —preguntó Em. Su sexto sentido había percibido mi malestar.
—Él sabía mi nombre. Nunca lo había visto antes, pero sabía quién era yo.
Em analizó las posibilidades.
—En la solapa de la sobrecubierta de tu último libro hay una fotografía tuya, ¿no?
Mi respiración (no me había dado cuenta de que la estaba conteniendo) salió con un suave silbido.
—Sí. Eso debe de ser. Seguramente son tonterías mías. ¿Le darás un beso a Sarah de mi parte?
—Claro que se lo daré. Ah, Diana, ten cuidado. Los vampiros ingleses podrían no portarse tan bien con las brujas como los estadounidenses.
Sonreí, pensando en la formal reverencia de Matthew Clairmont.
—Tendré cuidado. Pero no te preocupes, probablemente no volveré a verlo.
Em guardó silencio.
—¿Em? —Yo esperaba una respuesta.
—El tiempo lo dirá.
Em no era tan buena para ver el futuro como se decía que había sido mi madre, pero algo la estaba molestando. Convencer a una bruja de que compartiera una vaga premonición era casi imposible. No iba a decirme qué era lo que la preocupaba respecto a Matthew Clairmont. Todavía no.
El vampiro reposaba en las sombras, en el espacio curvo del puente que cruza New College Lane y conecta dos partes del Hertford College, con la espalda apoyada contra la piedra gastada de uno de los edificios más nuevos del college y los pies en alto descansando en el techo del puente.
La bruja apareció moviéndose de manera sorprendentemente segura sobre las piedras irregulares de la acera próxima a la Bodleiana. Pasó debajo de él, acelerando el paso. Su nerviosismo la hizo parecer más joven de lo que era, acentuando su vulnerabilidad.
«Así que ésa es la gran historiadora», pensó de manera irónica, recorriendo mentalmente el currículo de ella. Incluso después de ver su fotografía, Matthew esperaba que la Bishop fuera más vieja, dados sus logros profesionales.
La espalda de Diana Bishop continuaba erguida, con los hombros firmes, a pesar de su evidente agitación. Quizás no fuese tan fácil de intimidar como era de esperar. Su comportamiento en la biblioteca le había hecho pensar eso. Lo había mirado a los ojos sin mostrar la menor sombra del temor que Matthew se había acostumbrado a inspirar, después de provocarlo, en quienes no eran vampiros, y en muchos que sí lo eran.
Cuando la Bishop dobló la esquina, Matthew se deslizó recorriendo los techos hasta llegar al muro del New College. Bajó para introducirse en el edificio silenciosamente. El vampiro conocía el diseño del college y había calculado dónde estarían sus habitaciones. Él ya estaba instalado en un portal frente a la escalera cuando ella empezó a subirla.
Matthew la siguió con la mirada por el apartamento mientras ella iba de habitación en habitación, encendiendo las luces. Abrió la ventana de la cocina, la dejó entreabierta y desapareció.
«Eso me evitará tener que romper la ventana o forzar la cerradura», pensó.
El vampiro cruzó velozmente el espacio abierto y escaló el edificio. Sus pies y sus manos fueron encontrando asideros seguros en la vieja argamasa con la ayuda de un desagüe metálico y algunas fuertes enredaderas. Desde su nuevo puesto de observación podía detectar el olor característico de la bruja y el crujido de las páginas al pasarlas. Estiró el cuello para espiar por la ventana.
La Bishop estaba leyendo. En reposo su rostro parecía diferente, pensó él. Era como si su piel se ajustara con precisión a los huesos del cráneo. Balanceó lentamente la cabeza y se deslizó contra los almohadones con un suave suspiro de cansancio. Pronto el sonido de una respiración regular indicó a Matthew que estaba dormida.
Se apartó de la pared de un salto, levantando los pies para pasar por la ventana de la cocina de la bruja. Había transcurrido bastante tiempo desde la última vez que el vampiro había trepado a las habitaciones de una mujer. Aun así, las ocasiones no eran muy frecuentes y por lo general estaban relacionadas con los momentos en que él era presa de algún apasionado enamoramiento. Pero esta vez había una razón muy diferente. De todas formas, si alguien llegara a preguntárselo, le resultaría sumamente difícil explicar de qué se trataba.
Matthew tenía que saber si el Ashmole 782 estaba todavía en poder de la Bishop. No había podido buscar en la mesa que ella utilizaba en la biblioteca, pero una mirada rápida le había indicado que no estaba entre los manuscritos que la doctora había estado consultando ese día. Aunque era imposible que una bruja —una Bishop— hubiera dejado que el volumen se le escapara de entre los dedos. Con pasos inaudibles se movió por las habitaciones. El manuscrito no estaba ni en el baño ni en el dormitorio de la bruja. Se deslizó silenciosamente junto al sofá donde ella estaba durmiendo.
Los párpados de la bruja temblaban como si estuviera contemplando una película que sólo ella era capaz de ver. Una de sus manos estaba cerrada, y de vez en cuando sus piernas se movían como si estuvieran bailando. Sin embargo, el rostro de la Bishop estaba sereno, sin mostrarse alterado por lo que hacía el resto de su cuerpo.
Algo no iba bien. Lo había percibido desde el primer momento en que vio a la Bishop en la biblioteca. Matthew se cruzó de brazos y la examinó, pero no pudo descubrir de qué se trataba. Aquella bruja no emanaba los olores acostumbrados: beleño negro, azufre y salvia. «Oculta algo —pensó el vampiro—, algo más que el manuscrito perdido».
Matthew se volvió y buscó la mesa que ella usaba como escritorio. Fue fácil encontrarla, pues estaba llena de libros y papeles. Aquél era el lugar donde había más posibilidades de que hubiese dejado el volumen sacado a escondidas. Cuando dio un paso hacia la mesa, olfateó la electricidad y se quedó inmóvil.
La luz brotaba del cuerpo de Diana Bishop, alrededor de su silueta; le salía por todos los poros. Era de un color azul pálido, casi blanco, y al principio produjo un velo como una nube que la envolvió durante unos segundos. Por un momento, su cuerpo pareció resplandecer. Matthew movió de un lado a otro la cabeza, sorprendido. Era imposible. Hacía siglos que no veía semejante aluvión luminoso en una bruja.
Pero otros asuntos más urgentes requerían su atención y Matthew reanudó la búsqueda del manuscrito, revisando apresuradamente los objetos que había sobre el escritorio. Se pasó los dedos por el pelo, frustrado. El olor de la bruja lo invadía todo y lo estaba distrayendo. Matthew miró otra vez hacia el sofá. La Bishop estaba dando vueltas y moviéndose otra vez, llevando las rodillas hacia el pecho. De nuevo, la luminosidad reapareció en la superficie, destelló por un momento y desapareció.
Matthew frunció el ceño, intrigado por la discrepancia entre lo que había oído por casualidad la noche anterior y lo que estaba presenciando con sus propios ojos. Dos brujas habían estado chismorreando sobre el Ashmole 782 y la bruja que lo había solicitado. Una había sugerido que la historiadora estadounidense no usaba sus poderes mágicos. Pero Matthew había visto la utilización en la Bodleiana, y en ese momento estaba viendo cómo esos poderes la envolvían con evidente intensidad. Sospechaba que ella usaba la magia también en sus trabajos de investigación. Muchos de los hombres sobre los que ella escribía habían sido amigos suyos: Cornelius Drebbel, Andreas Libavius, Isaac Newton. Ella había percibido perfectamente sus peculiaridades y sus obsesiones. Sin la magia, ¿cómo iba a poder una mujer moderna comprender a hombres que habían vivido hacía tanto tiempo? Fugazmente, Matthew se preguntó si la Bishop podría comprenderlo a él con la misma asombrosa precisión.
Se sobresaltó al oír que los relojes daban las tres. Tenía la garganta seca. Se dio cuenta de que había estado de pie durante varias horas, inmóvil, observando a la bruja que soñaba mientras su poder se manifestaba y entraba en reposo en oleadas. Por un momento consideró la posibilidad de saciar su sed con la sangre de aquella bruja. Sólo con probarla podría descubrir la ubicación del volumen perdido y al mismo tiempo enterarse de cuáles eran los secretos que ocultaba ella. Pero se contuvo. Su deseo de encontrar el Ashmole 782 era lo único que lo retenía junto a la enigmática Diana Bishop.
Si el manuscrito no estaba en las habitaciones de la bruja, entonces tenía que encontrarse todavía en la biblioteca.
Se dirigió silenciosamente hacia la cocina, se deslizó por la ventana y se desvaneció en la noche.
Cuatro horas después me desperté encima del edredón, con el teléfono en la mano. En algún momento me había sacado la zapatilla derecha con el pie, y quedó colgando sobre el borde de la cama. Miré el reloj y gruñí. No tenía tiempo para mi acostumbrado paseo al río, ni siquiera para correr un poco.
Abrevié mi ritual matutino, me duché y luego bebí una taza de té que me quemó la lengua mientras me secaba el pelo. Mi cabello pajizo era indomable, a pesar de cepillarlo vigorosamente. Como a la mayoría de las brujas, me resultaba difícil conseguir que los largos mechones que me llegaban hasta los hombros permanecieran en su sitio. Sarah siempre le echaba la culpa a la acumulación de magia y me aseguraba que el uso regular de mi poder impediría que la electricidad estática se concentrara, lo que haría que mi pelo fuera más dócil.
Después de cepillarme los dientes, me puse un par de vaqueros, una blusa blanca limpia y una chaqueta negra. Era sólo una rutina, y aquélla era mi ropa habitual, pero nada de eso me resultaba cómodo ese día. Mis ropas parecían apretarme y me sentía oprimida con ellas puestas. Tiré de la chaqueta para ver si conseguía que me sentara mejor, pero era demasiado esperar de una ropa de escasa calidad.
Cuando me miré en el espejo, la cara de mi madre me devolvió la mirada. Ya no podía recordar cuándo se había producido ese parecido tan intenso. ¿En algún momento en la universidad, quizás? Nadie había hecho ningún comentario sobre el asunto hasta que volví a casa durante las vacaciones de Acción de Gracias en mi primer año de estudiante universitaria. Desde entonces, aquello era lo primero que oía a todos los que habían conocido a Rebecca Bishop.
Ese día, aquella ojeada en el espejo también reveló que mi piel estaba opaca y pálida por la falta de sueño. Por eso, mis pecas, que había heredado de mi padre, se destacaban en aparente alarma y los círculos azul oscuro debajo de mis ojos los hacían parecer más claros que de costumbre. La fatiga también contribuía a alargar mi nariz y hacer que mi barbilla fuera más pronunciada. Pensé en el inmaculado profesor Clairmont y me pregunté qué aspecto tendría él a primera hora de la mañana. Probablemente tan inmaculado como la noche anterior, pensé… Era un monstruo. Hice una mueca ante mi imagen reflejada en el espejo.
Al llegar a la puerta para salir, me detuve y observé las habitaciones. Algo me rondaba en la cabeza…, una cita olvidada, un plazo no cumplido. Había algo que me faltaba y que era importante. La sensación de malestar me contrajo el estómago, lo apretó y luego desapareció. Después de echar una ojeada a mi agenda y a la montaña de correspondencia depositada sobre mi escritorio, atribuí la molestia al hambre y bajé. Las amables señoras de la cocina me ofrecieron tostadas cuando pasé. Me recordaban de cuando yo era una estudiante de posgrado y todavía seguían tratando de hacerme comer natillas y pastel de manzana a la fuerza cuando me veían estresada.
Masticar la tostada y deslizarme sobre los adoquines de New College Lane fueron elementos suficientes para convencerme de que lo de la noche anterior había sido un sueño. El pelo se movió para enredarse en torno a mi cuello y pude ver mi respiración en el aire vigorizante. Oxford es extraodinariamente normal por la mañana, con las camionetas de reparto aparcadas junto a las cocinas de los colleges, los aromas de café recalentado y el pavimento húmedo, y los incipientes rayos de sol atravesando oblicuamente la neblina. No parecía precisamente un lugar apto para dar refugio a vampiros.
El encargado de la Bodleiana, ataviado con su chaqueta azul habitual, cumplió con su rutina acostumbrada al examinar mi carné de lectora como si nunca me hubiera visto antes y sospechara que yo pudiera ser la jefa de los ladrones de libros. Finalmente, con un gesto, me dejó entrar. Dejé mi bolso en las taquillas junto a la puerta, después de sacar la cartera, el ordenador y mis notas. Luego me dirigí hacia las escaleras de caracol, rumbo al tercer piso.
El olor de la biblioteca, esa mezcla única de piedra antigua, polvo, carcoma y papel, siempre me levantaba el ánimo. El sol entraba a través de las ventanas que había sobre los descansillos de la escalera, iluminando las motas de polvo en suspensión y dibujando barras de luz sobre las antiguas paredes. Allí el sol hacía brillar los carteles de papel, ya enroscados en sus esquinas, de las conferencias del curso anterior. Todavía había que colgar los nuevos anuncios, pero faltaban pocos días para que las compuertas se abrieran y una ola de estudiantes universitarios llegara a alterar la tranquilidad de la ciudad.
Tarareando en voz baja una cancioncilla, incliné la cabeza hacia los bustos de Thomas Bodley y del rey Carlos I que flanqueaban la entrada en arco a la sala Duke Humphrey y empujé la puerta batiente junto al mostrador de préstamos.
—Tendremos que ponerlo en el ala Selden hoy —estaba diciendo el supervisor con un cierto tono de exasperación.
La biblioteca había abierto hacía apenas unos cuantos minutos, pero el señor Johnson y su personal ya estaban como locos. Había visto esta clase de comportamiento antes, pero sólo cuando esperaban a los más importantes investigadores.
—Ya ha hecho su pedido y está allí, esperando. —La desconocida encargada del día anterior me miró con el ceño fruncido y mostró el montón de libros que llevaba en sus brazos—. Éstos también son para él. Los solicitó a la sala de lectura de la Nueva Bodleiana.
Allí era donde guardaban los libros de Asia oriental. No era mi terreno y perdí el interés rápidamente.
—Llévele ésos ahora y dígale que le enviaremos los manuscritos en menos de una hora. —El supervisor parecía tenso cuando regresó a su despacho.
Sean levantó los ojos al cielo cuando me acerqué al mostrador de devoluciones.
—Hola, Diana. ¿Quieres los manuscritos que tienes reservados?
—Gracias —susurré, pensando encantada en la pila que me esperaba—. Un día importante, ¿no?
—Eso parece —respondió en tono seco, antes de desaparecer en la jaula con llave donde se guardaban los manuscritos por la noche. Regresó con mi montón de tesoros—. Aquí tienes. ¿Número de asiento?
—A4. —Allí me sentaba siempre, en el rincón sudeste más alejado del ala Selden, donde la luz natural era mejor.
El señor Johnson vino corriendo hacia mí.
—Ah, doctora Bishop, hemos puesto al profesor Clairmont en el A3. Tal vez usted prefiera sentarse en el A1 o A6. —Se balanceaba nerviosamente pasando el peso de su cuerpo de un pie a otro y se ajustó las gafas, parpadeando al mirarme a través del grueso cristal.
Lo miré a los ojos.
—¿El profesor Clairmont?
—Sí. Está trabajando con los estudios de Needham y pidió buena luz y espacio para desplegar su material.
—¿Joseph Needham, el historiador de la ciencia china? —En algún lugar de mi plexo solar, la sangre empezó a hervir.
—Sí. También era bioquímico, por supuesto. De ahí el interés del profesor Clairmont —explicó el señor Johnson. A medida que pasaban los minutos se le veía cada vez más aturdido—. ¿Le gustaría sentarse en el A1?
—Prefiero el puesto A6. —La idea de sentarme al lado de un vampiro, incluso con un asiento vacío entre los dos, era profundamente inquietante. Pero sentarme frente a uno en el A4 era inimaginable. ¿Cómo podría concentrarme preguntándome qué estaban viendo aquellos ojos extraños? Si las mesas en el ala medieval hubieran sido más cómodas, me habría colocado debajo de una de las gárgolas que protegían las angostas ventanas para hacerle frente al remilgado gesto de desaprobación de Gillian Chamberlain.
—Oh, eso es magnífico. Gracias por su comprensión. —El señor Johnson suspiró aliviado.
Al entrar a la luz del ala Selden, entrecerré los ojos. Clairmont tenía un aspecto inmaculado y descansado y su cutis pálido contrastaba con el pelo oscuro. En esta ocasión su jersey gris de cuello abierto tenía motas verdes, y el cuello se elevaba ligeramente en la parte de atrás. Una mirada por debajo de la mesa reveló pantalones gris oscuro, calcetines a juego y zapatos negros que seguramente costaban más que el guardarropa completo de un académico normal.
La sensación de inquietud regresó. ¿Qué estaba haciendo Clairmont en la biblioteca? ¿Por qué no estaba en su laboratorio?
Sin hacer esfuerzo alguno por silenciar mis pasos, caminé en dirección al vampiro. Clairmont, sentado en diagonal frente a mí, en el otro extremo del grupo de mesas y aparentemente ajeno a mi presencia, continuó leyendo. Dejé mi bolsa de plástico y los manuscritos en el espacio señalado como A5 para marcar así los límites exteriores de mi territorio.
Levantó la vista con las cejas arqueadas en un gesto de aparente sorpresa.
—Doctora Bishop. Buenos días.
—Profesor Clairmont. —Me pasó por la mente la idea de que había podido escuchar todo que habíamos dicho acerca de él en la entrada de la sala de lectura, ya que tenía el oído de un murciélago. Me resistí a mirarlo a los ojos y empecé a sacar una a una las cosas que traía en mi bolsa, construyendo una pequeña fortificación de elementos de trabajo entre el vampiro y yo. Clairmont observó hasta que se me acabó el equipamiento, entonces bajó las cejas para concentrarse y volvió a su lectura.
Saqué el cable de mi ordenador y desaparecí bajo la mesa para conectarlo al enchufe múltiple. Cuando me levanté, él seguía leyendo, pero también estaba tratando de no sonreír.
—Seguramente usted estaría más cómodo en el extremo norte —mascullé por lo bajo, mientras buscaba mi lista de manuscritos.
Clairmont levantó la vista con las pupilas dilatadas, haciendo que sus ojos se volvieran súbitamente oscuros.
—¿Le molesta que esté aquí, doctora Bishop?
—Por supuesto que no —repliqué apresuradamente. La garganta se me cerró ante el repentino y penetrante aroma a clavo que acompañaba sus palabras—, pero me sorprende que se sienta cómodo exponiéndose al sur.
—Usted no creerá todo lo que ha leído, ¿verdad? —Una de sus cejas gruesas y negras se alzó para tomar la forma de un signo de interrogación.
—Si me está preguntando si creo que usted va a estallar en llamas apenas la luz del sol lo toque, la respuesta es no. —Los vampiros no se convertían en una bola de fuego al contacto con la luz del sol, y tampoco tenían colmillos. Ésos eran mitos humanos—. Pero nunca he conocido antes… a alguien como usted a quien le gustara disfrutar de ese contacto.
El cuerpo de Clairmont permanecía inmóvil, pero podría haber jurado que estaba reprimiendo la risa.
—¿Cuánta experiencia directa ha tenido usted, doctora Bishop, con «alguien como yo»?
¿Cómo sabía él que yo no había tenido mucha experiencia con vampiros? Los vampiros tenían sentidos y habilidades extraordinarias, pero no sobrenaturales, como la clarividencia o leer la mente. Estas capacidades eran propias de las brujas, y en raras ocasiones podían aparecer en los daimones también. Así era el orden natural de las cosas, o por lo menos así era como mi tía me lo había explicado cuando era niña y no podía dormir por temor a que un vampiro me robara los pensamientos y volara por la ventana llevándoselos.
Lo examiné atentamente.
—Por alguna razón, profesor Clairmont, no creo que los años de experiencia puedan decirme lo que necesito saber en este momento.
—Me encantará responder a su pregunta, si puedo —dijo, cerrando su libro y poniéndolo sobre la mesa. Esperó con la paciencia de un profesor que escuchara a un estudiante rebelde y no demasiado inteligente.
—¿Qué es lo que quiere usted?
Clairmont se acomodó en su sitio, con las manos apoyadas de manera relajada sobre los brazos del sillón.
—Quiero examinar los trabajos del doctor Needham y estudiar la evolución de sus ideas sobre la morfogénesis.
—¿Morfogénesis?
—Los cambios en las células embrionarias que dan como resultado la diferenciación…
—Sé lo que es la morfogénesis, profesor Clairmont. No es eso lo que estoy preguntando.
Un tic hizo que su boca se moviera. Crucé mis brazos sobre el pecho en un gesto de autoprotección.
—Ya veo. —Curvó sus largos dedos y apoyó los codos en el sillón—. Vine a la biblioteca de Bodley anoche para pedir algunos manuscritos. Una vez dentro, decidí mirar un poco… Me gusta conocer el ambiente, ya me comprende, puesto que no vengo muy a menudo a este lugar. Y allí estaba usted, en la galería. Y por supuesto, lo que vi después de eso fue muy inesperado.
Movió de nuevo la boca con un tic.
Me ruboricé al recordar que había usado la magia sólo para alcanzar un libro. Y traté de no sentirme desarmada ante su uso de la antigua expresión «la biblioteca de Bodley», pero no tuve mucho éxito.
«Cuidado, Diana —me advertí a mí misma—. Está tratando de atraerte con su encanto».
—Así que su historia es que esto no ha sido más que una serie de extrañas coincidencias que culminan con un vampiro y una bruja sentados frente a frente revisando manuscritos como dos vulgares lectores.
—No creo que alguien que se ha tomado el trabajo de examinarme cuidadosamente pueda pensar que soy una persona vulgar, ¿verdad? —La voz ya apagada de Clairmont bajó hasta convertirse en un susurro burlón, y se inclinó hacia delante en su sillón. Su piel pálida reflejó la luz y pareció brillar—. Pero, por lo demás, sí. Se trata sólo de una serie de coincidencias, fáciles de explicar.
—Yo creía que los científicos ya no creían en las coincidencias.
Se rió silenciosamente.
—Alguien tiene que creer en ellas.
Clairmont siguió mirándome fijamente, lo cual era extremadamente perturbador. La ayudante entró en la sala de lectura empujando el antiguo carrito de madera hasta llegar al codo del vampiro, con las cajas de manuscritos cuidadosamente ordenados en los estantes.
El vampiro apartó sus ojos de mi rostro.
—Estupendo, Valerie. Agradezco su ayuda.
—Por supuesto, profesor Clairmont —respondió Valerie, mirándolo fascinada y sonrojándose. El vampiro la había encantado sólo con darle las gracias. Resoplé—. Díganos si necesita alguna otra cosa —agregó, regresando a su cueva junto a la entrada.
Clairmont cogió la primera caja, deshizo el nudo del hilo con sus largos dedos y miró al otro lado de la mesa.
—No quiero interrumpir su trabajo.
Matthew Clairmont me había sacado ventaja. Había tratado bastante con colegas más antiguos y podía reconocer las señales como para saber que cualquier respuesta no haría más que empeorar la situación. Abrí mi ordenador, apreté el botón de encendido con más fuerza de la necesaria y cogí el primero de mis manuscritos. Apenas la caja quedó desatada, puse su contenido encuadernado en piel en el atril que tenía delante de mí.
Durante la siguiente hora y media, examiné las primeras páginas al menos treinta veces. Empecé por el principio, leyendo los conocidos versos de un poema atribuido a George Ripley que prometían revelar los secretos de la piedra filosofal. Dadas las sorpresas de esa mañana, las descripciones de cómo hacer el León Verde, o de cómo crear al Dragón Negro, y cómo preparar una sangre mística a partir de ingredientes químicos, resultaban todavía más oscuras que de costumbre.
Clairmont, sin embargo, había avanzado mucho en lo suyo, y había llenado páginas de papel color crema con rápidos movimientos de su portaminas Montblanc Meisterstück. De vez en cuando, daba la vuelta a una hoja con un crujido que hacía rechinar mis dientes y empezaba otra vez.
De vez en cuando, el señor Johnson recorría la sala, controlando que nadie estuviera estropeando los libros. El vampiro seguía escribiendo mientras yo miraba furiosa a ambos.
A las diez cuarenta y cinco sentí un hormigueo conocido cuando Gillian Chamberlain entró apresuradamente en el ala Selden. Se dirigió directamente hacia mí…, posiblemente para decirme lo bien que se lo había pasado en la cena de Mabon. Entonces vio al vampiro y dejó caer su bolsa de plástico llena de lápices y papeles. Él levantó la vista y la miró hasta que ella volvió corriendo al ala medieval.
A las once y diez sentí la presión insidiosa de un beso en el cuello. Era el daimón perplejo y adicto a la cafeína de la sala de consulta de música. Enrollaba una y otra vez un juego de auriculares de plástico blanco entre sus dedos, para luego desenrollarlo y lanzarlos girando por el aire. El daimón me vio, inclinó la cabeza hacia Matthew, y se sentó ante uno de los ordenadores del centro de la sala. Había un cartel pegado con cinta adhesiva a la pantalla que rezaba: NO FUNCIONA. YA SE HA AVISADO AL SERVICIO TÉCNICO. Permaneció allí durante varias horas, mirando por encima del hombro y luego al techo de vez en cuando como si tratara de precisar dónde estaba y cómo había llegado allí.
Volví a dirigir mi atención a George Ripley, con los fríos ojos de Clairmont sobre mi cabeza.
A las once cuarenta sentí parches helados entre mis omóplatos.
Aquello era el colmo. Sarah siempre decía que uno de cada diez seres era una criatura no humana, pero en la sala Duke Humphrey aquella mañana las criaturas superaban en número a los humanos en una relación de cinco a uno. ¿De dónde habían salido?
Me puse de pie bruscamente y me di la vuelta, asustando a un angelical y tonsurado vampiro con un montón de misales medievales en los brazos justo cuando estaba tratando de sentarse en un sillón demasiado pequeño para él. Dejó escapar un chillido ante la atención repentina y no deseada que había provocado. Al ver a Clairmont, se puso más blanco de lo que jamás imaginé que fuera posible, incluso para un vampiro. Con una reverencia de disculpa, se escabulló hacia los rincones más sombríos de la biblioteca.
En el trascurso de la tarde, algunos humanos y tres criaturas más entraron en el ala Selden.
Dos desconocidos vampiros de sexo femenino que parecían ser hermanas pasaron junto a Clairmont y se detuvieron entre los estantes de historia local debajo de la ventana para coger libros sobre los primeros asentamientos en Bedfordshire y Dorset escribiendo notas en un solo bloc de papel. Una de ellas susurró algo y Clairmont giró la cabeza con tanta rapidez que de ser cualquier otro ser inferior se habría roto el cuello. Les dirigió un suave siseo que hizo que el pelo se me erizara en el cuello. Se miraron la una a la otra y partieron tan silenciosamente como habían aparecido.
La tercera criatura era un hombre de edad que estaba de pie en medio de un rayo de luz del sol y miraba embelesado las vidrieras antes de volver sus ojos hacia mí. Vestía con la ropa habitual de un académico: chaqueta de tweed marrón con coderas de ante, pantalones de pana en un tono de verde ligeramente irritante y una camisa de algodón con las puntas del cuello abotonadas y manchas de tinta en el bolsillo. Ya estaba dispuesta a considerar que era simplemente otro profesor de Oxford cuando un hormigueo en mi piel me dijo que se trataba de un brujo. De todas formas, era un desconocido, y volví a concentrarme en mi manuscrito.
Pero una suave sensación de presión en la parte posterior de mi cráneo hizo que me resultara imposible seguir leyendo. La presión se extendió hasta las orejas, aumentando en intensidad a medida que me envolvía la frente, y mi estómago se contrajo de pánico. Aquello ya no era un saludo silencioso, sino una amenaza. Pero ¿por qué otro brujo iba a estar amenazándome?
El brujo avanzó hacia mi mesa con aparente indiferencia. Mientras se acercaba, una voz susurró en mi cabeza, que en ese momento estaba latiendo. Era demasiado débil como para distinguir las palabras. Yo estaba segura de que provenían de aquel brujo, pero ¿de quién demonios se trataba?
Mi respiración se hizo poco profunda. «Sal de inmediato de mi cabeza», dije ferozmente sin abrir la boca, tocándome la frente.
Clairmont se movió con tal rapidez que no lo vi dar la vuelta a las mesas. En un instante estaba de pie con una mano sobre mi sillón y la otra apoyada en la superficie delante de mí. Sus anchos hombros estaban curvados en torno a mí, como las alas de un halcón que protege a su presa.
—¿Está usted bien? —preguntó.
—Estoy bien —respondí con voz temblorosa, totalmente confundida, sin comprender la razón por la que un vampiro tenía que protegerme de un brujo.
En la galería encima de nosotros, una lectora estiraba el cuello para ver qué estaba pasando. Permanecía allí, frunciendo el entrecejo. Era imposible que un brujo, una bruja y un vampiro pasaran inadvertidos a un humano.
—Aléjese. Los humanos nos han descubierto —dije con los dientes apretados.
Clairmont se enderezó hasta alcanzar su altura total, pero mantuvo la espalda vuelta hacia el brujo y su cuerpo en un ángulo entre nosotros como un ángel vengador.
—Ah, me he equivocado —murmuró el brujo detrás de Clairmont—. Creí que este asiento estaba libre. Discúlpeme. —Retrocedió, alejándose con pasos suaves, y la presión en mi cabeza poco a poco fue desapareciendo.
Se produjo una ligera brisa cuando la mano fría del vampiro llegó a mi hombro, se detuvo y regresó al respaldo del sillón. Clairmont se inclinó hacia mí.
—Se ha puesto muy pálida —dijo suavemente en voz baja—. ¿Quiere que la lleve a su casa?
—No. —Sacudí la cabeza, con la esperanza de que volviera a sentarse para que yo pudiera recuperar la serenidad. En la galería, la lectora humana seguía mirándonos con preocupación.
—Doctora Bishop, realmente creo que debe permitirme que la lleve a su casa.
—¡No! —Mi voz salió más fuerte de lo que yo había previsto. La convertí en un susurro—: Nadie me va a obligar a salir de esta biblioteca…, ni usted ni nadie.
El rostro de Clairmont estaba inquietantemente cerca. Lentamente, respiró hondo, y otra vez percibí un fuerte olor a canela y a clavo. Algo en mis ojos lo convenció de que yo hablaba en serio, y se alejó. Estiró la boca hasta convertirla en una severa línea y regresó a su asiento.
Pasamos lo que quedaba de la tarde en un estado de incomodidad. Traté de leer más allá del segundo folio de mi primer manuscrito, y Clairmont revisó sus papeles sueltos y sus cuadernos de notas escritas con apretada letra con la concentración de un juez que decide una pena capital.
Hacia las tres mis nervios estaban tan deshechos que ya no podía concentrarme. Había perdido el día.
Recogí mis dispersas pertenencias y volví a colocar el manuscrito en su caja.
Clairmont levantó la vista.
—¿Se va a su casa, doctora Bishop? —El tono de su voz era amable, pero sus ojos emitían destellos.
—Sí —repliqué con brusquedad.
La cara del vampiro se volvió cuidadosamente inexpresiva.
Todas las criaturas no humanas de la biblioteca me miraron al salir: el amenazante brujo, Gillian, el monje vampiro, incluso el daimón. No conocía al encargado de la tarde que estaba en el mostrador de devoluciones, ya que no solía marcharme a esa hora del día. El señor Johnson echó un poco hacia atrás su silla, vio que era yo, y miró su reloj con sorpresa.
En el patio cerrado empujé las puertas de cristal de la biblioteca para abrirlas y aspiré una bocanada de aire fresco. Pero iba a necesitar más que aire fresco para poder terminar el día.
Quince minutos después estaba con un par de pantalones de deporte ajustados en la pantorrilla que se estiraban en seis direcciones diferentes, una desteñida camiseta sin mangas del Club de Remo del New College y un jersey de lana. Después de atarme los cordones de las zapatillas deportivas, me puse a correr en dirección al río.
Cuando llegué, algo de mi tensión ya había desaparecido. «Envenenamiento por adrenalina», así era como uno de mis médicos había llamado a esas oleadas de ansiedad que me perturbaban desde la infancia. Los médicos explicaron que, por razones que no podían comprender, mi cuerpo parecía pensar que estaba en una constante situación de peligro. Uno de los especialistas a los que mi tía consultó le explicó con toda seriedad que se trataba de un resto bioquímico de las épocas en que los humanos eran cazadores. Podía solucionarlo simplemente corriendo para eliminar la carga de adrenalina de mi flujo sanguíneo, tal como hacen las gacelas al escapar de un león.
Desgraciadamente para ese médico, cuando viajé de niña al Serengeti con mis padres, fui testigo de una de esas persecuciones. La gacela perdió, lo cual me produjo una fuerte impresión.
Desde entonces, he probado tanto medicación como meditación, pero nada me ha resultado tan efectivo para controlar el pánico como la actividad física. En Oxford eso significaba remar todas las mañanas antes de que los equipos de remeros de la universidad convirtieran el angosto río en una ajetreada calle en hora punta. Pero todavía no habían empezado las clases en la universidad y no habría demasiado movimiento en el río esa tarde.
Mis pies hicieron crujir la grava triturada de los senderos que conducían al lugar donde se guardaban los botes. Saludé con la mano a Pete, el barquero que andaba por allí con llaves inglesas y latas de grasa tratando de arreglar lo que los estudiantes destrozaban durante los entrenamientos. Me detuve en el séptimo cobertizo y me incliné para aliviar una punzada en un costado antes de coger la llave sobre el farol que había delante de la puerta.
Botes blancos y amarillos alineados en sus soportes me dieron la bienvenida al entrar. Había botes grandes de ocho puestos para el primer equipo masculino, botes ligeramente más pequeños para las mujeres, y otros de menor calidad y tamaño. Un cartel colgado de la proa de un brillante bote nuevo que no había sido todavía aparejado informaba a los visitantes de que NADIE PUEDE SACAR LA MUJER DEL TENIENTE FRANCÉS DE ESTE COBERTIZO SIN PERMISO DEL PRESIDENTE DEL CLUB. El nombre del bote estaba recién pintado con letras de estilo victoriano sobre un costado, en honor al graduado del New College que había creado ese personaje.
En la parte posterior del cobertizo había una embarcación ligera de menos de treinta centímetros de ancho y más de siete metros de largo suspendida de una serie de eslingas ubicadas a la altura de la cadera. «Bendito seas, Pete», pensé. Había empezado a dejar el bote de regatas en el suelo del cobertizo. Sobre el asiento se veía una nota que decía: «El college entrena el próximo lunes. El bote volverá a su soporte».
Me quité las zapatillas empujándolas con los pies, cogí dos remos con palas curvas del almacén junto a las puertas y los llevé hasta el embarcadero. Luego volví a buscar el bote individual.
Dejé deslizar con suavidad la embarcación de remos en el agua y puse un pie sobre el asiento para evitar que se alejara flotando mientras colocaba los remos en los escálamos. Sostuve ambos remos en una mano como un par de palillos chinos gigantescos, con cuidado subí al bote y lo aparté del embarcadero empujando con la mano izquierda. El bote se alejó flotando por el río.
Remar era como una religión para mí, una religión que se practicaba con una serie de rituales y movimientos repetidos hasta que se convertían en una meditación. El ritual empezaba en el momento en que me ponía en contacto con el equipo, pero su verdadera magia se producía con la combinación de precisión, ritmo y fuerza que requería el hecho de remar. Desde mis días de estudiante universitaria, el remo insuflaba en mí una sensación de tranquilidad como no lo conseguía hacer ninguna otra cosa.
Mis remos se hundían en el agua, para luego rozar la superficie al avanzar. Cogí el ritmo, impulsando cada movimiento de los remos con mis piernas y sintiendo la resistencia del agua cuando la paleta del remo iba hacia atrás deslizándose por debajo de las ondas. El viento era frío y afilado y atravesaba mi ropa con cada movimiento que hacía.
Mientras me iba desplazando con una cadencia perfecta, tenía la sensación de ir volando. Durante estos momentos dichosos, estaba suspendida en el tiempo y el espacio, era un cuerpo ingrávido sobre un río en movimiento. Mi pequeño y rápido bote avanzaba veloz, y yo me movía en perfecta unión con él. Cerré los ojos y sonreí. Los acontecimientos del día fueron perdiendo importancia.
El cielo se oscureció detrás de mis párpados cerrados, y el retumbar de los ruidos del tráfico me indicó que estaba pasando por debajo del puente Donnington. Al volver a la luz del sol al otro lado, abrí los ojos… y sentí el frío toque de la mirada de un vampiro sobre mi esternón.
Una figura estaba de pie en el puente con un abrigo largo que flameaba alrededor de sus rodillas. Aunque no podía ver su cara con claridad, la considerable altura del vampiro y el tamaño de su cuerpo sugerían que podía tratarse de Matthew Clairmont. Otra vez.
Lancé algunas maldiciones y a punto estuve de perder un remo. El muelle de la ciudad de Oxford estaba cerca. La idea de hacer una maniobra ilegal y cruzar el río para poder pegarle al vampiro en su hermosa cabeza con cualquier instrumento del equipo de remo que tuviera a mano era muy tentadora. Mientras elaboraba mi plan, descubrí a una mujer flaca de pie en el embarcadero. Vestía un mono manchado de pintura. Fumaba un cigarrillo al tiempo que hablaba por un teléfono móvil.
Aquélla no era una imagen típica en los cobertizos de Oxford.
Levantó la mirada, sus ojos golpearon mi piel. Un daimón de sexo femenino. Retorció la boca en una sonrisa de lobo y continuó hablando por teléfono.
Aquello era sencillamente demasiado raro. Primero Clairmont y ahora un montón de criaturas que aparecían cada vez que él lo hacía. Abandoné mi plan y volqué toda mi inquietud en el remo.
Aunque logré continuar por el río, la serenidad de la excursión había desaparecido. Dirigí el bote hacia el frente de la Taberna de Isis y allí descubrí a Clairmont, que estaba de pie al lado de una de las mesas del pub. Se las había arreglado para llegar allí desde el puente de Donnington —a pie— en menos tiempo de lo que yo había necesitado con un bote de remos de competición.
Tiré con fuerza de ambos remos, los levanté sesenta centímetros sobre el agua, como las alas de un ave enorme, y me deslicé directamente al destartalado muelle de madera de la taberna. Cuando salí del bote, Clairmont ya había cruzado los seis o siete metros de césped que había entre nosotros. Su peso hundió un poco la plataforma flotante en el agua, y el bote se cabeceó para adaptarse a ella.
—¿Qué diablos piensa usted que está haciendo? —le pregunté, apartándome de los remos y subiendo por la rampa de maderas desiguales hacia donde estaba el vampiro en ese momento. Respiraba agitada por el esfuerzo, con las mejillas enrojecidas—. ¿Usted y sus amigos están siguiéndome?
Clairmont frunció el ceño.
—No son mis amigos, doctora Bishop.
—¿No? No he visto tantos vampiros, brujas y daimones en un mismo sitio desde que mis tías me arrastraron a un festival pagano de verano cuando tenía trece años. Si no son sus amigos, ¿por qué están siempre dando vueltas cerca de usted? —Me sequé la frente con el dorso de la mano y eché hacia atrás el pelo húmedo apartándolo de mi cara.
—¡Santo cielo —exclamó incrédulo el vampiro en voz baja—, los rumores son ciertos!
—¿Qué rumores? —pregunté impaciente.
—¿Usted cree que… esos especímenes quieren pasar el tiempo conmigo? —La voz de Clairmont transmitía desprecio y un cierto tono que sonaba a sorpresa—. Increíble.
Me quité el jersey de lana por encima de los hombros. Clairmont dirigió con rapidez la mirada a mis clavículas, recorrió mis brazos desnudos y bajó hasta la punta de mis dedos. Me sentía inusitadamente desnuda con mi ropa habitual de remo.
—Sí —repliqué—. He vivido en Oxford. Visito la ciudad todos los años. Lo único que ha sido diferente esta vez es usted. Desde que apareció anoche, he perdido mi sitio habitual en la biblioteca, me he sentido observada por extraños vampiros y daimones, y he sido amenazada por brujos desconocidos.
Clairmont alzó un poco los brazos, como si fuera a cogerme por los hombros para zarandearme. Aunque yo no era precisamente de baja estatura, con algo más de un metro setenta, él era tan alto que tenía que inclinar la cabeza bastante hacia atrás para poder mirarlo a los ojos. Claramente consciente de su tamaño y su fuerza en comparación conmigo, retrocedí y me crucé de brazos, recurriendo a mi imagen profesional para mostrar fortaleza.
—Ellos no están interesados en mí, doctora Bishop. Están interesados en usted.
—¿Por qué? ¿Qué podrían querer de mí?
—¿De verdad que no sabe por qué todo daimón, bruja y vampiro al sur de las Midlands la sigue? —Había un cierto tono de incredulidad en su voz, y por su expresión parecía como si me viera por primera vez.
—No —respondí, posando mis ojos sobre dos hombres que disfrutaban de su jarra de cerveza en una mesa cercana. Afortunadamente, estaban absortos en su propia conversación—. No he hecho otra cosa en Oxford que leer antiguos manuscritos, remar en el río y preparar mi conferencia sin hacer vida social. Eso es lo único que hago siempre aquí. No hay razón alguna para que ninguna criatura me preste tanta atención.
—Piensa, Diana. —La voz de Clairmont era intensa. Una oleada de algo que no era miedo me recorrió la piel cuando me tuteó—. ¿Qué has estado leyendo?
Cerró rápidamente los párpados sobre sus extraños ojos, pero no antes de que yo viera la avidez reflejada en ellos.
Mis tías me habían advertido de que Matthew Clairmont quería algo. Tenían razón.
Clavó sus increíbles ojos negros, con un halo gris, otra vez en mí.
—Te están siguiendo porque creen que has encontrado algo perdido hace muchos años —explicó de mala gana—. Quieren recuperarlo y creen que tú puedes conseguírselo.
Pensé en los manuscritos que había consultado durante los últimos días. Mi corazón se estremeció. Sólo había un candidato posible para atraer tanta atención.
—Si no son sus amigos, ¿cómo sabe qué es lo que quieren?
—Me entero de cosas, doctora Bishop. Tengo muy buen oído —dijo con paciencia, volviendo a su formalidad característica—. Soy también bastante observador. En un concierto, el domingo por la noche, dos brujas estaban hablando de una estadounidense, una hermana bruja, que encontró un libro en la Biblioteca Bodleiana que habían dado por perdido. Desde entonces he advertido la presencia de muchas caras nuevas en Oxford, y me incomodan.
—Es Mabon. Eso explica por qué las brujas están en Oxford. —Estaba tratando de ponerme a la altura de su tono paciente, aunque no había respondido a mi última pregunta.
Con una sonrisa sardónica, Clairmont sacudió la cabeza.
—No, no es por el equinoccio. Es por el manuscrito.
—¿Qué sabe usted sobre el Ashmole 782? —pregunté en voz baja.
—Menos que usted —respondió Clairmont, entrecerrando sus ojos hasta convertirlos en pequeñas ranuras. Eso le dio todavía más aspecto de bestia enorme y letal—. Jamás lo he visto. Usted lo ha tenido en sus manos. ¿Dónde está ahora, doctora Bishop? Usted no es tan tonta como para dejarlo en su habitación.
Me sentí consternada.
—¿Usted cree que lo robé? ¿De la Bodleiana? ¿Cómo se atreve a sugerir semejante cosa?
—No lo tenía el lunes por la noche —explicó—. Y no estaba sobre su mesa tampoco hoy.
—Realmente es observador —repliqué bruscamente—, si pudo ver todo eso desde donde estaba sentado. Lo devolví el viernes, si le interesa. —Se me ocurrió, un poco tarde, que podría haber estado hurgando entre las cosas que había sobre mi mesa—. ¿Qué tiene de especial ese manuscrito como para que usted ande husmeando entre los papeles de una colega?
Hizo una ligera mueca, pero mi victoria por atraparlo haciendo algo tan inapropiado fue oscurecida por una punzada de miedo al darme cuenta de que aquel vampiro me estaba siguiendo muy de cerca.
—Simple curiosidad —replicó, mostrando los dientes. Sarah no me había engañado: los vampiros no tienen colmillos.
—Supongo que no esperará usted que me crea eso.
—No me importa lo que usted crea, doctora Bishop. Pero debe estar alerta. Estas criaturas no bromean. Y cuando se den cuenta de que usted es una bruja muy poco convencional… —Clairmont sacudió la cabeza.
—¿Qué quiere decir? —Palidecí, aturdida.
—Es poco habitual en estos tiempos que una bruja tenga tanto… potencial. —La voz de Clairmont se redujo a un ronroneo que vibraba en la parte inferior de su garganta—. No todos pueden verlo… por el momento…, pero yo sí. Hay brillo en usted cuando se concentra. Y también cuando está enfadada. Seguramente los daimones de la biblioteca lo detectarán pronto, si no lo han hecho ya.
—Gracias por la advertencia, pero no necesito su ayuda. —Me dispuse a alejarme con gesto airado, pero él estiró rápidamente la mano y me cogió del brazo, deteniéndome.
—No esté tan segura de ello. Tenga cuidado, por favor. —Clairmont vaciló; su rostro estaba desencajado, alterando sus líneas perfectas mientras luchaba con algo—. Especialmente si ve de nuevo a ese brujo.
Detuve la mirada en su mano sobre mi brazo. Clairmont me soltó. Bajó los párpados y cerró los ojos.
Mi viaje remando de regreso al cobertizo de botes fue lento y regular, pero los movimientos repetitivos no lograron alejar mi persistente confusión e inquietud. De vez en cuando, había una mancha gris en el camino de sirga, pero nada más atrajo mi atención, salvo la gente que regresaba a su casa del trabajo en bicicleta y algún paseante con su perro.
Después de devolver el equipo y cerrar con llave el cobertizo, empecé a avanzar por el camino de sirga con paso firme.
Matthew Clairmont estaba de pie al otro lado del río, delante del cobertizo para barcos de la universidad.
Empecé a correr, y cuando miré atrás por encima de mi hombro había desaparecido.
Después de la cena me senté en el sofá junto a la chimenea apagada de la sala y encendí mi ordenador portátil. ¿Por qué querría un científico del calibre de Clairmont ver con tanto interés un manuscrito de alquimia —aunque se tratara de uno que estaba embrujado— como para sentarse todo el día en la Bodleiana, frente a una bruja, y revisar viejas notas sobre morfogénesis? Tenía su tarjeta de visita en uno de los bolsillos de mi bolso. La saqué y la apoyé contra la pantalla.
En Internet, debajo de un enlace de una novela de misterio sin ninguna relación con él y los inevitables accesos a las redes sociales, una serie de listas biográficas parecía prometedora: su página web como parte del cuerpo docente, un artículo en Wikipedia y enlaces a los actuales miembros de la Royal Society.
Hice clic en la página web del cuerpo docente y resoplé. Matthew Clairmont era uno de esos profesores a los que no les gustaba poner ninguna información —ni siquiera académica— en la red. En la web de Yale, con una visita se podía conseguir información, contacto y un currículo completo prácticamente de todos los miembros del cuerpo docente. Era evidente que Oxford tenía una actitud diferente con respecto a la privacidad. No era de extrañar que un vampiro enseñara allí.
No había ningún enlace con Clairmont en el hospital, aunque éste figuraba en su tarjeta. Escribí «John Radcliffe Neurociencia» en la ventana de búsqueda y me condujo a una página general de los servicios del departamento. Pero no había ninguna referencia a ningún médico; sólo una larga lista de temas de investigación. Hice clic sistemáticamente en cada título y finalmente lo encontré en una página dedicada al «lóbulo frontal», aunque no había información adicional.
El artículo de Wikipedia no me ayudó mucho más, y el sitio de la Royal Society no fue mejor. Todo lo que parecía apuntar a algo útil en la página principal estaba escondido detrás de las contraseñas. No tuve suerte imaginando cuáles podrían ser el nombre de usuario y la contraseña de Clairmont y me fue denegado el acceso a cualquier cosa tras mi sexto intento fallido.
Frustrada, introduje el nombre del vampiro en los buscadores de revistas científicas.
—Bien. —Me eché hacia atrás satisfecha.
Matthew Clairmont podía no estar muy presente en Internet, pero era indudablemente activo en la bibliografía académica. Después de hacer clic en una ventana para ordenar los resultados por fecha, obtuve su historial intelectual.
Pero mi sentimiento de triunfo inicial se desvaneció. No tenía un historial intelectual. Tenía cuatro.
El primero empezaba con el cerebro. Gran parte de él me superaba, pero Clairmont parecía haber conseguido una reputación científica y médica al mismo tiempo con el estudio de cómo el lóbulo frontal del cerebro procesa los impulsos y los deseos. Había hecho algunos avances muy importantes relacionados con el papel que los mecanismos neuronales tienen en las respuestas de satisfacción retardada, conectados con la corteza prefrontal. Abrí una nueva ventana de navegación para ver un diagrama anatómico y comprobar de qué parte del cerebro se trataba.
Hay quienes sugieren que toda investigación científica es una autobiografía ligeramente velada. Mi pulso se sobresaltó. Dado que Clairmont era un vampiro, yo esperaba que la satisfacción retardada fuera algo en lo que destacaría.
Unos cuantos toques de ratón más me dejaron claro que el trabajo de Clairmont tomaba un sorprendente giro apartándose del cerebro para ocuparse de los lobos…, lobos noruegos, para ser más exactos. Debía de haber pasado una buena cantidad de tiempo en las noches escandinavas durante el transcurso de su investigación, lo cual no era ningún problema para un vampiro, teniendo en cuenta su temperatura corporal y su capacidad de ver en la oscuridad. Traté de imaginarlo con un anorak y la ropa de varios días, con una libreta de notas en medio de la nieve, pero no lo logré.
Después de eso, aparecieron las primeras referencias a la sangre.
Mientras el vampiro estaba con los lobos en Noruega, había empezado a analizar su sangre para determinar grupos de familia y patrones genéticos. Clairmont había aislado cuatro clanes entre los lobos noruegos, tres de los cuales eran autóctonos. Al cuarto pudo rastrearlo en el tiempo hasta llegar a un lobo procedente de Suecia o Finlandia. Llegó a la conclusión de que había una sorprendente cantidad de apareamientos entre manadas que daba como resultado un intercambio de material genético que influía en la evolución de la especie.
En ese momento estaba rastreando rasgos genéticos en otras especies animales y también en seres humanos. Muchas de sus publicaciones más recientes eran técnicas: métodos para colorear muestras de tejido y procesos para utilizar ADN particularmente antiguo y frágil.
Agarré un mechón de mi pelo y tiré con fuerza de él con la esperanza de que la presión aumentara la circulación de la sangre e hiciera que las terminaciones nerviosas de mis cansadas neuronas funcionaran con normalidad otra vez. Aquello carecía de sentido. Ningún científico podía producir tal cantidad de trabajos en tantas disciplinas diferentes. Sólo la adquisición de los conocimientos necesarios requeriría más de una vida, por lo menos de una vida humana.
Un vampiro podría conseguirlo, si hubiera estado trabajando en temas como ésos durante varias décadas. ¿Qué edad tenía Matthew Clairmont detrás de esa cara de treinta y tantos?
Me levanté y preparé té para servirme una taza. Con la taza humeante en una mano, rebusqué en mi bolso hasta que encontré mi móvil y marqué un número con el pulgar.
Una de las mejores cosas de los científicos es que llevan siempre sus teléfonos consigo. Y también que contestan al segundo timbrazo.
—Christopher Roberts.
—Chris, soy Diana Bishop.
—¡Diana! —La voz de Chris tenía un tono cariñoso, y había música sonando de fondo—. Me enteré de que has ganado otro premio por tu libro. ¡Felicidades!
—Gracias —dije, cambiando de posición en mi asiento—. Ha sido totalmente inesperado.
—No para mí. Es un trabajo excelente. Y hablando de eso, ¿cómo va la investigación? ¿Ya has terminado de escribir el tema central?
—Me falta mucho todavía —respondí. Eso era lo que debería estar haciendo, no persiguiendo vampiros en Internet—. Escucha, disculpa que te moleste en el laboratorio. ¿Tienes un minuto?
—Por supuesto. —Gritó para que alguien bajara el ruido. Pero siguió con el mismo volumen—. Espera. —Se oyeron ruidos amortiguados, luego silencio—. Así está mejor —dijo tímidamente—. Los nuevos alumnos vienen con mucha energía al principio del semestre.
—Los estudiantes universitarios siempre tienen mucha energía, Chris. —Sentí una ligera punzada, pues echaba de menos las clases y los nuevos estudiantes.
—Tú ya lo sabes. Pero ¿cómo estás tú? ¿Qué necesitas?
Chris y yo nos habíamos hecho cargo de nuestros puestos en el cuerpo docente de Yale el mismo año, y se suponía que él no iba a conseguir la titularidad. Se me adelantó en un año al recibir una beca MacArthur para su brillante trabajo como biólogo molecular.
No se comportó como un genio distante cuando le hice una llamada inesperada para preguntarle por qué un alquimista podría describir dos sustancias calentadas en un alambique como ramas que crecen de un árbol. Nadie más en el departamento de Química había mostrado interés en ayudarme, pero Chris envió a dos estudiantes de doctorado a conseguir los materiales necesarios para repetir el experimento y luego insistió en que fuera al laboratorio personalmente. Observamos a través de las paredes de un vaso de precipitados de cristal cómo un grumo de barro gris pasaba por una gloriosa transformación y se convertía en un árbol rojo con cientos de ramas. Desde entonces éramos amigos.
Respiré hondo.
—He conocido a alguien el otro día.
Chris gritó alborozado. Durante años me había estado presentando hombres que había conocido en el gimnasio.
—No se trata de ningún idilio —me apresuré a decir—. Es un científico.
—Un encantador científico es precisamente lo que necesitas. Necesitas un desafío… y una vida propia.
—Mira quién habla. ¿A qué hora te fuiste del laboratorio ayer? Además, ya hay un científico encantador en mi vida —bromeé.
—No cambies de tema.
—Oxford es una cuidad tan pequeña que no puedo evitar seguir encontrándomelo. Y él parece estar todo el tiempo dando vueltas por aquí. —No era exactamente así, pensé, cruzando los dedos, pero se aproximaba mucho—. He echado una mirada a su trabajo y entiendo la mayor parte, pero debo de estar perdiéndome alguna cosa porque hay algo que no encaja.
—No me digas que es astrofísico —dijo Chris—. Ya sabes que la física no es mi fuerte.
—Se supone que eres un genio.
—Lo soy —replicó de inmediato—. Pero mi genio no incluye los juegos de cartas ni la física. Nombre, por favor. —Chris trataba de ser paciente, pero, para él, ningún cerebro se movía a suficiente velocidad.
—Matthew Clairmont. —Su nombre se me quedó atascado en la garganta, como el olor a clavo la noche anterior.
Chris dejó escapar un silbido.
—El escurridizo y solitario profesor Clairmont. —Se me puso la piel de gallina en los brazos—. ¿Qué le has hecho? ¿Le has hechizado con esos ojos tuyos?
Dado que Chris no sabía que era una bruja, su uso de la palabra «hechizado» fue totalmente fortuito.
—Admira mi trabajo sobre Boyle.
—Bien —se burló Chris—. ¿Le lanzaste una mirada con esos enloquecedores ojos claros y él pensó en la ley de Boyle? Es un científico, Diana, no un monje. Y un científico importante, para ser exactos.
—¿De verdad? —repliqué con voz apenas audible.
—De verdad. Fue un fenómeno, igual que tú, y empezó a publicar cuando todavía era un estudiante. Buen material, nada de tonterías. Trabajos que uno estaría feliz de firmar, si lograra producirlos a lo largo de toda una carrera profesional.
Revisé mis notas, garabateadas en un bloc de papel amarillo rayado.
—¿Ése fue su estudio de los mecanismos neuronales y la corteza prefrontal?
—Veo que has hecho los deberes —dijo en tono de aprobación—. No seguí demasiado los trabajos iniciales de Clairmont, lo que me interesa son sus trabajos sobre química, pero sus publicaciones sobre los lobos tuvieron mucha repercusión.
—¿Por qué?
—Manifestó un talento asombroso para profundizar en ciertos aspectos…: por qué los lobos eligen ciertos lugares para vivir, cómo forman grupos sociales, cómo se aparean. Parecía como si él fuera también un lobo.
—Tal vez sea un lobo. —Traté de que mi voz sonara indiferente, pero algo amargo y envidioso floreció en mi boca y mis palabras sonaron ásperas.
Matthew Clairmont no tenía problemas en usar sus habilidades sobrenaturales y su sed de sangre para avanzar en su carrera. Si el vampiro hubiera necesitado tomar alguna decisión sobre el Ashmole 782 el viernes por la noche, habría tocado las ilustraciones del manuscrito. Yo no tenía ninguna duda sobre esta cuestión.
—Habría sido más fácil explicar la calidad de su trabajo si fuera en realidad un lobo —continuó Chris pacientemente, ignorando mi comentario—. Pero como no lo es, no tienes más remedio que admitir que es muy bueno. Fue elegido para formar parte de la Royal Society precisamente por eso, una vez que dieron a conocer sus conclusiones. La gente empezó a decir que era el próximo Attenborough. Después de eso, desapareció durante un tiempo.
«Seguro que desapareció», pensé. Y en voz alta dije:
—Luego apareció otra vez, dedicado a la evolución y a la química, ¿no?
—Sí, pero su interés por la evolución fue un desarrollo natural a partir de los lobos.
—¿Y qué es lo que te interesa de su trabajo en química?
La voz de Chris adquirió un tono vacilante:
—Bueno, está actuando como actúa un científico cuando ha descubierto algo grande.
—No comprendo. —Fruncí el ceño.
—Nos ponemos nerviosos y raros. Nos escondemos en nuestros laboratorios y no asistimos a ninguna conferencia por temor a llegar a decir algo que le sirva a otro para avanzar.
—Está actuando como un lobo. —Para entonces yo ya sabía mucho sobre lobos. Las conductas posesivas y cautelosas que Chris describía coincidían perfectamente con las de los lobos noruegos.
—Exactamente. —Chris se rió—. ¿Ha mordido a alguien?, ¿lo han sorprendido aullándole a la luna?
—No que yo sepa —susurré—. ¿Clairmont siempre ha sido tan solitario?
—No es a mí a quien hay que preguntarle —admitió Chris—. Tiene un título en Medicina, y debe de haber atendido a algunos pacientes, aunque nunca tuvo fama como médico. Y los lobos lo querían. Pero no ha asistido a ninguna de las conferencias sobre el tema en los tres últimos años. —Hizo una pausa—. Pero espera un minuto. Sucedió algo hace unos años.
—¿Qué?
—Presentó un trabajo…, no puedo recordar los detalles…, y una mujer le hizo una pregunta. Era una pregunta inteligente, pero él se mostró desdeñoso. Ella insistió. Él se irritó y luego se enfadó. Un amigo que estaba allí me contó que nunca había visto a alguien pasar de ser cortés a estar furioso con tanta rapidez.
Ya estaba yo tecleando, tratando de encontrar información sobre aquella controversia.
—Doctor Jekyll y míster Hyde, ¿eh? No hay ningún dato sobre ese episodio en la red.
—No me sorprende. Los químicos no ventilan la ropa sucia en público. Eso nos daña a todos a la hora de las subvenciones. No queremos que los burócratas piensen que somos unos tremendos megalómanos. Eso se lo dejamos a los físicos.
—¿Clairmont consigue subvenciones?
—Ajá. Sí. Siempre cuenta con fondos más que suficientes. No te preocupes por la carrera del profesor Clairmont. Puede que tenga fama de ser despectivo con las mujeres, pero no desperdicia el dinero. Su trabajo es demasiado bueno como para que pueda ser acusado de eso.
—¿Lo conoces personalmente? —pregunté, con la esperanza de que Chris me diera su opinión sobre Clairmont.
—No. Seguramente no encontrarás más que a unas cuantas docenas de personas que puedan decir que lo conocen. No da clases. Hay un montón de historias, sin embargo…: que no le gustan las mujeres, que es un esnob intelectual, no contesta el correo que le llega, no acepta estudiantes de investigación.
—Me da la impresión de que tú crees que todo eso son tonterías.
—No sé si se trata de tonterías —respondió Chris en tono pensativo—. Simplemente no estoy seguro de que eso sea importante, teniendo en cuenta que él podría ser quien revele los secretos de la evolución o cure la enfermedad de Parkinson.
—Haces que parezca un cruce entre Salk y Darwin.
—No es una mala analogía, por cierto.
—¿Tan bueno es? —Pensé en Clairmont estudiando los trabajos de Needham con feroz concentración y sospeché que era más que bueno.
—Sí. —Chris bajó la voz—: Si yo fuera un aficionado a las apuestas, apostaría cien dólares a que gana un premio Nobel antes de morir.
Chris era un genio, pero no sabía que Matthew Clairmont era un vampiro. No iba a haber ningún premio Nobel. El propio vampiro se aseguraría de que así fuera para mantener su anonimato. A los ganadores de los premios Nobel les sacan fotos.
—Acepto la apuesta —dije riéndome.
—Deberías empezar a ahorrar, Diana, porque esta vez vas a perder. —Chris se rió entre dientes.
Él había perdido nuestra última apuesta. Le había apostado cincuenta dólares a que iba a tener su titularidad antes que yo. Su dinero estaba en el mismo marco donde estaba su fotografía, sacada la mañana en que la fundación MacArthur lo llamó. En ella, Chris se estaba pasando las manos entre sus apretados rizos negros, con una sonrisa tímida iluminando su rostro oscuro. Su titularidad le llegó nueve meses después.
—Gracias, Chris. Has sido de gran ayuda —dije sinceramente—. Debes volver a los muchachos. Probablemente ya hayan hecho explotar alguna cosa.
—Sí, debo controlarlos. Las alarmas de incendios no han sonado, lo cual es una buena señal. —Vaciló—. Confiésalo, Diana. No estás preocupada por decir algo inadecuado si te encuentras con Matthew Clairmont en algún cóctel. Así es como actúas cuando estás trabajando en un problema de investigación. ¿Qué hay en él que ha encendido tu imaginación?
A veces Chris parecía sospechar que yo era diferente. Pero no había manera de decirle la verdad.
—Tengo debilidad por los hombres inteligentes.
Suspiró.
—Está bien, no me lo digas. No mientes muy bien, ¿lo sabías? Pero ten cuidado. Si te rompe el corazón, tendré que darle una paliza, y este semestre estoy demasiado ocupado.
—Matthew Clairmont no va a romperme el corazón —insistí—. Es un colega…, uno con amplios intereses intelectuales, eso es todo.
—Para ser tan lista, eres muy despistada. Te apuesto diez dólares a que te invita a salir antes de que termine esta semana.
Me eché a reír.
—¿Nunca aprenderás? Diez dólares entonces… o su equivalente en libras esterlinas británicas… cuando gane.
Nos despedimos. Todavía no sabía mucho sobre Matthew Clairmont, pero tenía una mejor perspectiva de las preguntas que quedaban por resolver, sobre todo de la más importante: por qué alguien que trabajaba en la investigación evolutiva estaba tan interesado en la alquimia del siglo XVII.
Navegué por Internet hasta que mis ojos estuvieron demasiado cansados como para continuar. Cuando los relojes dieron la medianoche, estaba rodeada de notas sobre lobos y genética, pero no había avanzado mucho a la hora de desentrañar el misterio del interés por el Ashmole 782 de Matthew Clairmont.