Cuando Noam Chomsky contestó al primer mensaje de correo electrónico que le envié, en diciembre de 2005, jamás habría imaginado que cinco años después estaría colaborando con él en un libro. Desde ese momento, Chomsky contestó regularmente a mis mensajes y preguntas y, poco a poco, desarrollamos una relación «escrita» estable.
Algunos años después de aquella primera correspondencia electrónica, tras reflexionar sobre cómo concienciar al gran público sobre la cuestión palestina, pregunté a Chomsky si estaría dispuesto a concederme una entrevista. Aceptó y pocos meses después me hizo llegar sus respuestas, las cuales, como es habitual en él, resultaron más detalladas e informadas de lo que yo esperaba.
La entrevista obtuvo una gran acogida y fue recogida en diversas publicaciones y webs, lo que me llevó a pensar que el formato periodístico podía ser muy eficaz a la hora de informar y educar a un público que demasiado a menudo depende de la información proporcionada por el sistema corporativo de medios de comunicación, el cual tiene su principal motivación en la búsqueda de beneficios económicos.
Poco a poco fui concibiendo la idea de una segunda entrevista. En esta ocasión buscaba algo distinto, más interactivo. Decidí preguntar al renombrado historiador israelí Han Pappé si querría participar en una entrevista-tertulia junto con el profesor Chomsky. Pappé estuvo de acuerdo y durante los siguientes meses trabajé con ambos en diversos temas clave en torno a lo que usualmente recibe el nombre de «conflicto israelo-palestino».
Dicha entrevista apareció en todavía más publicaciones y webs que la anterior, quizá por ser la primera y única realizada conjuntamente a Chomsky y Pappé. Tanto así que llamó la atención del editor belga Gilles Martin, quien la publicó en un cuadernillo titulado Le Champ du possible (Aden Editions, noviembre de 2008).
Se nos ofreció entonces hacer una versión inglesa de ese cuadernillo. No obstante, había que dedicar más trabajo al proyecto. Intenté dilucidar qué tipo de libro buscaba, cuáles serían su objetivo y su sustancia. Lo último que quería era publicar por publicar, pues existen ya cientos de libros sobre el «conflicto israelo-palestino», algunos excepcionales. ¿Por qué iba a ser especial el que fuera a publicar yo?
Quise responder a esa pregunta haciéndome otra: «¿Por qué dura tanto este “conflicto”, quién puede ponerle fin y cómo?». El conflicto dura por la ignorancia, podrá ponerle fin la gente y lo conseguirá mediante la resistencia popular y la negación del silencio: ésas fueron las primeras respuestas que me vinieron a la mente. Creo con sinceridad que la situación en Palestina jamás se habría prolongado tanto en el tiempo si el gran público estuviera debidamente informado sobre lo que realmente sucede en esta región de Oriente Próximo.
Noam, Ilan y yo trabajamos en la tertulia, titulada a la sazón The Ghettoization of Palestine [La guetización de Palestina]. Profundizamos en algunos aspectos, modificamos algunas de las preguntas y añadimos otras nuevas. Han aportó además artículos acerca de diversos aspectos fundamentales de la cuestión israelo-palestina, y Noam revisó su impresionante texto «Exterminate All the Brutes»: Gaza 2009 [«Exterminar a todos los salvajes»: Gaza 2009].
Nos pareció importante combinar entrevista y ensayo. Por un lado, el formato interactivo de la entrevista-tertulia constituye un medio para expresar y explorar análisis y opiniones informadas de un modo accesible, y es a la vez una manera más flexible y amena de compartir el conocimiento de los expertos. La entrevista conjunta con dos de los más respetados especialistas en este campo, un profesor universitario estadounidense y un historiador israelí, llenaría las posibles lagunas en la comprensión del problema y permitiría llegar a un público más amplio. Ambas entrevistas abordan diversos temas relacionados con la cuestión israelo-palestina, incluido el ataque del ejército de Israel contra la «Flotilla de la Libertad» e, idealmente, permitirán a los lectores extraer sus propias conclusiones a partir de dos opiniones compatibles y aun así distintas.
Por otro lado, los ensayos, firmados por un solo autor, incorporan al libro un análisis en mayor profundidad, pues estudian periodos y sucesos históricos específicos desde novedosas perspectivas que supondrán un desafío para los lectores (también para los más versados en este tema). Los artículos seleccionados por Han Pappé ahondan en el trasfondo histórico, clave para comprender la Palestina de hoy. En los capítulos segundo y tercero, Pappé traza el desarrollo histórico de la implicación de Estados Unidos en la cuestión palestina y la importancia que tiene la negación de la Nakba («catástrofe» en árabe) para Israel. Entender la Nakba es crucial para entender la historia palestino-israelí.
El capítulo cuarto es una versión actualizada del magnífico ensayo «Exterminar a todos los salvajes»: Gaza 2009, de Chomsky. Este escrito rompedor se centra principalmente en el asalto a Gaza protagonizado por Israel entre diciembre de 2008 y enero de 2009 y constituye un pormenorizado análisis de las relaciones que Israel mantiene con Estados Unidos y Europa así como del papel que desempeña la resistencia social y militar en los países árabes.
Regresamos a Pappé en los capítulos quinto y séptimo, en los que se ilustran el progreso del movimiento en pos de la solución uniestatal y, por fin, las masacres provocadas por el ejército israelí en Gaza. Estos artículos ofrecen una alternativa a lo relatado por el Gobierno israelí y —estoy convencido de ello— ayudarán al lector a reencuadrar el «conflicto». Cierran el libro las más recientes reflexiones de Chomsky sobre el proceso de paz.
Mi esperanza es que este libro pueda ser una guía para aquellos que deseen excavar en el pasado con el fin de obtener una mirada más clara sobre el presente y trabajar por un futuro en el que los derechos humanos sean universales y la justicia recupere su legítimo lugar.
FRANK BARAT
Londres, julio de 2010
¿Qué opina sobre la actual situación en Gaza? ¿Cree que es indicio del comienzo del fin para la Autoridad Palestina?
Ante todo, hay que ponerse en antecedentes.
Retrocedamos a enero de 2006, cuando los palestinos votaron en unas elecciones estrechamente vigiladas, consideradas libres y justas por los observadores internacionales a pesar de los esfuerzos estadounidenses por inclinar la balanza a favor de sus favoritos, Mahmud Abbas y su partido, Al Fatah. Los palestinos, no obstante, cometieron un grave delito según los estándares occidentales. Votaron «mal». Estados Unidos unió fuerzas de inmediato con Israel para castigar a los palestinos por su error de conducta. Europa siguió, como de costumbre, torpemente su estela. No hubo nada nuevo en la reacción ante esos agravios palestinos. Aunque estemos obligados a vitorear a nuestros líderes por su sincera entrega en la labor de llevar la democracia a un mundo — pecando quizá de idealistas—, los eruditos y más serios defensores del «fomento de la democracia» reconocen que existe una «sólida línea de continuidad» que une a todas las administraciones: Estados Unidos apoyará el sistema democrático si, y sólo si, éste se ajusta a sus intereses estratégicos y económicos[1]. En resumidas cuentas: el proyecto es puro cinismo, si se piensa en ello con honestidad. De hecho, se trata de un plan para bloquear la democracia, más que para fomentarla. Un bloqueo que adquiere un carácter flagrante en Palestina.
El castigo impuesto a los palestinos por el delito de votar mal fue severo. Con el constante respaldo de Estados Unidos-Israel bloqueó fondos que legalmente debía transferir a la Autoridad Palestina, intensificó la violencia contra la franja de Gaza y estrechó el cerco sobre ella, llegando a cortar el suministro de agua en un acto de crueldad gratuita. Los ataques israelíes se endurecieron tras la captura del cabo Gilad Shalit el 25 de junio de 2006, hecho que en Occidente se tildó de crimen terrible. De nuevo, puro cinismo: justo el día anterior Israel había secuestrado a dos civiles en Gaza (un delito aún peor que el de capturar a un soldado) y los había trasladado a Israel, quebrantando así la legislación internacional, lo cual, no obstante, es ya rutina. Allí, teóricamente, pasaron a formar parte del millar de personas que Israel mantiene en prisión sin cargos, es decir, secuestrados[2]. En Occidente, esta noticia sólo despierta bostezos.
No es necesario abundar en los detalles más desagradables. El tándem Estados Unidos-Israel se aseguró de que Hamás no tuviera ninguna opción de gobierno. Claro está, los dos líderes del frente «rechacista» se negaron a responder a la petición de tregua a largo plazo hecha por Hamás con el objetivo de alcanzar un consenso internacional acerca de la creación de dos Estados, posibilidad que tanto Estados Unidos como Israel llevan rechazando treinta años prácticamente en solitario, con contadas y breves excepciones.
Mientras tanto, Israel aceleraba sus programas de anexiónfragmentación y aislamiento de las comarcas palestinas de Cisjordania, siempre con el decisivo sostén de Estados Unidos, que ocasionalmente eleva tibias quejas acompañadas de fondos generosos y palmaditas en la espalda. El proceso quedó formalizado bajo el programa de «convergencia» del ministro Ehud Olmert, cuyo fin era impedir la creación de un Estado palestino viable. El programa de Olmert fue elogiado en Occidente por su «moderación», ya que no satisfacía las demandas de los extremistas del «Gran Israel». Pronto fue dejado de lado por «demasiado moderado», de nuevo con actitud condescendiente y tenues notas desaprobatorias por parte de los hipócritas occidentales.
Para derrocar un Gobierno no deseado existe un procedimiento operativo estándar: se dota al ejército del armamento necesario y se le prepara para un golpe de Estado. El tándem Estados Unidos-Israel adoptó el plan acostumbrado armando y entrenando a Al Fatah para que recuperara por la fuerza lo que había perdido en las urnas. Asimismo, Estados Unidos animó a Mahmud Abbas a que acumulase poder iniciativa que a los ojos de la Administración de Bush y los valedores del dictatorialismo presidencial pareció perfectamente adecuada. En lo que concierne al resto del Cuarteto, Rusia no parece tener objeción de principios alguna a tal proceso, las Naciones Unidas carecen del poder necesario para desafiar al Amo, y a Europa le sobra timidez. Egipto y Jordania respaldaron la propuesta, manteniendo así la coherencia con sus políticas internas de represión y bloqueo de la democracia, políticas que cuentan también con el apoyo de Estados Unidos.
La estrategia fracasó. A pesar del flujo de ayudas militares, las tropas de Al Fatah en Gaza fueron derrotadas en un brutal enfrentamiento que muchos observadores internacionales calificaron de ataque preventivo dirigido principalmente contra el hombre fuerte de Al Fatah, el despiadado Mohamed Dahlan[3]. No obstante, los que ejercen el poder supremo suelen salvar la victoria ante las mismas fauces de la derrota, y el tándem Estados Unidos-Israel supo mover ficha rápidamente para trocar el resultado a su favor: por fin tenía el pretexto perfecto para cerrar el puño sobre los habitantes de Gaza, aplicando medidas que el renombrado especialista en derecho internacional Richard Falk describe como el preludio de un genocidio que «debería recordar al mundo el famoso juramento post-nazi del “nunca más”»[4].
El tándem Estados Unidos-Israel está en condiciones de continuar con su plan contando con el apoyo internacional, a menos que Hamás cumpla tres condiciones impuestas por la «comunidad internacional», tecnicismo que hace referencia al Gobierno de Estados Unidos y a cualquier otro que éste lleve de la mano. Para que los palestinos puedan asomarse a los muros del calabozo que es Gaza, Hamás debe: (1) reconocer a Israel o, en última instancia, el «derecho a existir» de Israel; (2) renunciar a la violencia; (3) aceptar determinados acuerdos firmados previamente, en concreto la Hoja de Ruta del Cuarteto.
La hipocresía es, de nuevo, asombrosa. En efecto, al militarista, al más fuerte, no se le impone ninguna de esas condiciones: (1) Israel no reconoce a Palestina, de hecho, hace descomunales esfuerzos para garantizar que jamás exista un Estado palestino viable, y para ello cuenta siempre con el firme apoyo estadounidense; (2) Israel no renuncia a la violencia, y el mero hecho de plantear esa cuestión cuando se habla de Estados Unidos roza el ridículo; (3) Israel rechaza de plano acuerdos previos, en concreto la Hoja de Ruta, con el apoyo de Estados Unidos. Las dos primeras observaciones hablan por sí solas. La tercera hace referencia a una realidad apenas conocida. Cuando Israel aceptó formalmente la Hoja de Ruta, agregó catorce cláusulas que la vaciaron prácticamente de contenido. Sólo pondré como ejemplo la primera de ellas: Israel pedía, entre otras cosas, que para que se pusiera en marcha un proceso de paz con expectativas de continuidad, los palestinos debían garantizar que en las calles reinaría una tranquilidad total, que se instauraría una educación para la paz, que terminarían las provocaciones y que Hamás y otras organizaciones quedarían totalmente disueltas. Así pues, los palestinos se verían obligados a satisfacer exigencias prácticamente imposibles, pero el Gobierno israelí proclamó que «la Hoja de Ruta no obligará a Israel al cese de la violencia y la instigación contra los palestinos»[5]. El resto de cláusulas va en la misma línea.
El rechazo instantáneo por parte de Israel de la Hoja de Ruta —siempre con el respaldo de Estados Unidos— es inaceptable para la imagen que Occidente tiene de sí mismo, así que se optó por disimularlo. El gran público pudo conocer la realidad gracias a la publicación de Palestine: Peace not Apartheid [Palestina: paz, no apartheid], de Jimmy Carter. Fueron incontables y desesperados los esfuerzos que se hicieron por desacreditar el ensayo, pero las secciones que dedicaba a este hecho —la única parte del libro que habría aportado información nueva a los que sabían algo del tema— fueron escrupulosamente obviadas.
Sería totalmente absurdo, y con razón, exigir que un partido político de Estados Unidos o de Israel cumpla con las condiciones mencionadas, pero lo justo sería que los Estados que poseen el poder absoluto sí lo hicieran. La mentalidad imperial está tan profundamente imbricada en la cultura occidental que esta paradoja pasa sin recibir crítica alguna y sin que siquiera se repare en ella.
Así pues, Israel se encuentra en situación de aplastar Gaza con aún mayor brutalidad y puede asimismo continuar con sus planes para Cisjordania, Estados Unidos mediante, esperando contar para ello con la tácita colaboración de los líderes de Al Fatah, quienes serán generosamente recompensados por su capitulación. Entre otras medidas, Israel comenzó a liberar los fondos —estimados en 600 millones de dólares— que había robado como represalia por las elecciones de enero de 2006, y se ha dignado a hacer alguna que otra concesión más. Por su parte, los programas para el debilitamiento de la democracia continúan funcionando con desvergonzada prepotencia moral y mal disimulado regodeo. Mientras se multiplican los gestos para mantener a los nativos felices —al menos a aquellos que sigan el juego—, Israel continúa con su represión y violencia inhumanas y, por supuesto, con su ciclópeo plan para garantizar la apropiación de cualquier cosa de valor que exista sobre la faz de Cisjordania. Todo gracias a la benevolencia del tío rico siempre dispuesto a ayudar.
Para regresar por fin a su pregunta, el fin de la Autoridad Palestina quizá no sea una mala idea para los palestinos, a la luz de los planes que Estados Unidos e Israel tienen de convertirlo en poco más que un régimen colaboracionista que haga la vista gorda ante los designios del rechacismo extremo. Lo que nos debe preocupar mucho más es el triunfalismo de ambas potencias, por un lado, y la cobardía europea, por otro, que pueden significar el preludio de la muerte de una nación, un suceso tan infrecuente como sombrío.
¿Bajo qué circunstancias cree que Estados Unidos podría modificar su política de respaldo incondicional a Israel?
Una gran mayoría de estadounidenses se oponen al Gobierno de su país a este respecto y apoyan el consenso internacional en torno a la creación de dos Estados. En encuestas recientes se le ha llamado a esta iniciativa el «Plan Saudí», en referencia a la postura adoptada por la Liga Arabe, que apoyan prácticamente todos los países del mundo salvo Estados Unidos e Israel. Además, una gran mayoría piensa que Estados Unidos debería negarse a ayudar a ninguna de las dos partes contendientes — ni a Israel ni a los palestinos— si no se sientan a negociar de buena fe sobre un acuerdo en tal dirección. Esto ilustra, una vez más, la gran brecha existente entre la opinión y las políticas públicas en asuntos de crítica relevancia.
Debe insistiese en que son muy pocos los que se dan cuenta de que llevar sus opiniones a la práctica implicaría interrumpir toda ayuda a Israel. Para comprender esta consecuencia, hay que escapar de las atenazadoras tesis impuestas por el sistema doctrinal, el del poder y la homogeneidad, que dibuja un panorama definido por la benevolencia de Estados Unidos, la superioridad moral de Israel y el obstruccionismo y el terrorismo palestinos, independientemente de los hechos reales.
Para responder a su pregunta, diré que la política de Estados Unidos podría cambiar si el país se convirtiera en una sociedad democrática operativa en la que una masa social informada tuviera voz en la adopción de medidas y en el diseño de medidas políticas. Tal objetivo corre a cuenta de activistas y organizadores, no sólo en el caso del conflicto israelopalestino. Se pueden pensar otras muchas condiciones que podrían empujar a un cambio en la política estadounidense, pero ninguna tan prometedora como ésta.
Al Jazeera informó de que Tony Blair ha sido nombrado [junio de 2007] enviado especial del Cuarteto en Oriente Próximo. ¿Cómo cree que se interpretará esta decisión en Palestina y en el resto de la región?
Quizá el comentario más acertado fue el que hizo el analista político libanés Rami Khouri. Khouri afirmó que nombrar a Tony Blair como enviado especial con el fin de alcanzar la paz entra israelíes y palestinos era como hacer al emperador Nerón jefe de los bomberos de Roma[6]. Blair ha sido en efecto nombrado enviado especial, pero no del Cuarteto, a pesar de lo que reza su cargo. La Administración de Bush no tardó un segundo en dejar muy claro que Blair representa a Washington y que sus competencias son muy limitadas. Se anunció en términos diáfanos que el presidente y Rice, la secretaria de Estado, ejercerían control unilateral sobre los asuntos más importantes, mientras que Blair se encargaría únicamente de los problemas suscitados durante el proceso de creación de instituciones, tarea imposible mientras Washington mantenga su política de rechazo extremo. Europa ni siquiera reaccionó ante esa nueva bofetada. Washington, evidentemente, da por sentado que Blair continuará siendo la «punta de lanza de la Pax Americana», tal y como describió el boletín del Royal Institute of International Affairs del Reino Unido[7].
¿Cree que los medios corporativos estadounidenses deberían preocuparse por cómo sus mentiras y fantasías salen a la luz en los medios independientes en línea (ZNet, CounterPunch, etcétera), o piensa que existe un límite en la capacidad que estos medios independientes tienen de permear la conciencia de una población como la de Estados Unidos?
Hoy en día los medios y la comunidad intelectual no tienen por qué preocuparse de que sus «mentiras y fantasías» salgan a la luz. Ese límite a que se refiere lo marcan la fuerza y el compromiso de los movimientos populares. Es cierto que existen barreras, pero no hay razón alguna para pensar que sean insalvables.
Debido a las constantes presiones del profesor Alan Dershowitz, el profesor Norman Finkelstein perdió hace poco [junio de 2007] la titularidad académica en la Universidad DePaul. ¿Cómo es posible que alguien como Dershowitz tenga tal influencia, capaz de hacer que una institución incumpla sus propias reglas?
Se ha demostrado en repetidas ocasiones que Dershowitz es un mentiroso compulsivo y un charlatán detractor de los derechos civiles más elementales, además de —y esto no sorprende a nadie— un apologeta extremo de los delitos y la violencia del Estado de Israel. Sin embargo, tanto los medios como el mundo académico lo toman en serio, lo cual nos dice mucho sobre el ambiente intelectual reinante. Con respecto a por qué las instituciones sucumben, hay que decir que son pocas las que podrían sobrevivir a la marea de mentiras, calumnias y difamaciones vertidas por Dershowitz, la Anti-Defamation League y otros valedores de Israel y de sus crímenes, que disponen de carta blanca y apenas se preocupan por las reacciones que puedan provocar. Por ejemplo, los libros de Dershowitz son siempre reverenciados por The Boston Globe, probablemente el representante más claro del ultraliberalismo periodístico del país, que, sin embargo, se niega siquiera a leer los cuidadosamente documentados estudios de Norman Finkelstein, los cuales demuestran que los escritos de Dershowitz no son más que una absurda colección de invenciones y embustes. Los auténticos académicos, especialistas y eruditos saben cómo deben hacer las cosas, como se ha demostrado desde siempre, pero reciben escasa atención.
Para el difunto Edward W. Said la solución radicaba en la creación de un Estado en el que todos los ciudadanos (árabes, judíos, cristianos, etcétera) disfrutaran de los mismos derechos democráticos. ¿Cree que debido a la situación en Gaza y a la continua expansión de asentamientos habrá un movimiento pendular hacia la solución uniestatal como única salida del conflicto?
Hay que aclarar dos cosas. En primer lugar, existe una diferencia fundamental entre la solución uniestatal y el Estado binacional. En general, los Estados-nación se han impuesto con violencia y represión significativas, por una razón: porque quieren homogeneizar a poblaciones que son en realidad diversas y complejas. Uno de los avances más sanos a los que se está llegando en Europa hoy día tiene que ver con el renacimiento de un cierto tipo de autonomía regional e identidad cultural, que refleja de manera más fidedigna el carácter de las poblaciones. En el caso de Israel y Palestina, la solución uniestatal desembocaría en el modelo estadounidense, a saber: en el exterminio y la expulsión de la población indígena. Lo más sensato es abogar por una solución binacional y reconocer que el territorio incluye hoy día dos sociedades muy distintas.
El segundo punto es que Edward Said —que fue un viejo y querido amigo— fue uno de los primeros y más significados partidarios de la solución biestatal. Durante la década de 1990 llegó a la conclusión de que se había perdido la oportunidad de alcanzar dicha solución y propuso, sin dar muchos detalles, un único Estado, queriendo referirse —estoy convencido de ello— a un Estado binacional. Digo a propósito «propuso» y no «propugnó». Es esencial distinguir entre ambos términos. Podemos proponer que todo el mundo viva en paz y armonía: la propuesta se convierte en propugnación cuando diseñamos la manera de llegar desde un punto hasta otro. En el caso de la solución del Estado unitario y binacional, la única forma de propugnación que conozco obliga a pasar por diversas etapas: en primer lugar la redacción de un acuerdo conducente a un Estado doble en los términos del consenso internacional que Estados Unidos e Israel boicotean, tras lo cual se darían los pasos necesarios para la creación de una federación binacional y, por último, de un Estado democrático binacional, si las circunstancias lo permitiesen.
Es interesante considerar que cuando fue factible la creación de una federación binacional que abriese la puerta a una mayor integración —entre 1967 y mediados de la década de 1970—, las sugerencias que se hicieron al respecto (en mis propios artículos, por ejemplo) provocaron reacciones cercanas a la histeria. Hoy día dichas sugerencias no conducirían a ninguna realidad viable, pero el federalismo binacional recibe los elogios de los medios de comunicación mayoritarios (The New York Times, The New York Review of Books, etcétera). El motivo, sospecho, radica en el hecho de que reclamar hoy la solución uniestatal es un regalo para la derecha patriotera, que podrá entonces lamentarse y esgrimir su argumento de «están intentando destruirnos, así que debemos destruirlos antes nosotros a ellos» que justifique la defensa propia. La propugnación real del Estado binacional me parece por tanto tan apropiada como siempre. Mi opinión al respecto del mismo no ha cambiado desde la década de 1940. No me limito a proponerlo: lo propugno.
Miremos al futuro. ¿Cuáles podrían ser, en su opinión, el pronóstico más pesimista, el más optimista y el más probable en lo que respecta a los límites y el control de la Palestina ocupada para los próximos diez años?
El más pesimista implicaría la destrucción de Palestina. El mejor de los pronósticos a corto plazo sería la consecución de un acuerdo para la creación de dos Estados, según lo dispuesto en consenso internacional, algo que no sería en absoluto imposible. Apoyan esta opción la práctica mayoría de los países del mundo, además de la mayor parte de la población estadounidense. Se estuvo muy cerca una vez, durante el último mes de la presidencia de Clinton. En treinta años, ha sido la única ocasión en que Estados Unidos se ha desmarcado del rechacismo extremo. Estados Unidos prestó su apoyo a las negociaciones celebradas en Taba (Egipto) en enero de 2001, que rayaron en un acuerdo acorde al consenso internacional. Ehud Barak, entonces primer ministro, se apresuró a cancelar dichas negociaciones antes de tiempo. En la conferencia de prensa de clausura, los negociadores expresaron esperanzados que, de habérseles permitido continuar con su trabajo de colaboración, se habría alcanzado un acuerdo. Desde entonces han ocurrido muchas tragedias, pero la posibilidad sigue ahí. En cuanto al pronóstico más probable, me temo que será desgraciadamente similar al pesimista. Pero los asuntos humanos no son predecibles, pues demasiadas cosas dependen de la voluntad y de las decisiones que se tomen.
¿Está de acuerdo con la siguiente afirmación de Edward Said?: «El aspecto más desmoralizador del conflicto entre el sionismo y los palestinos es la oposición casi total entre los puntos de vista mayoritarios en ambos bandos. [...] ¿No sería razonable que se reuniese un grupo de historiadores e intelectuales universalmente reconocidos, compuesto por israelíes y palestinos a partes ¡guales, cuyo objetivo fuese intentar acordar, a través de una serie de encuentros, el mínimo común denominador que arroje luz sobre el origen del conflicto, [...] que se pusieran de acuerdo sobre un conjunto de hechos —quién tomó qué de quién, quién hizo qué a quién — , algo así como una Comisión de la Verdad Histórica y la Justicia Política?»[8].
¿Y quiénes son esos «intelectuales e historiadores universalmente reconocidos»? Edward confiaba mucho más que yo en la importancia e integridad de tales intelectuales reconocidos. Dicho esto, no creo que existan muchas discusiones en torno a los hechos desnudos, salvo por parte de unos cuantos mentirosos marginales. Las discusiones tienen que ver con los hechos que se quieren resaltar y con la interpretación que se les da.
El sindicato universitario University and College Union, del Reino Unido, ha votado a favor de considerar el boicot académico contra las universidades israelíes. ¿Cree que éste y otros tipos de boicots (contra los productos israelíes, por ejemplo) pueden ser medidas adecuadas con efectos positivos sobre la política de Israel?
Siempre me he mostrado muy escéptico con respecto a los boicots académicos. Puede que en un momento determinado se den motivos de fuerza mayor, pero en general me parece que los canales académicos deben mantenerse siempre abiertos. El boicot, en general, es una táctica, no un principio. Como otras tácticas, es necesario evaluar sus consecuencias probables. Es ésta una cuestión de gran importancia, al menos para aquellos que se preocupan por el destino de las víctimas. Deben considerarse cuidadosamente las circunstancias existentes.
Tomemos el ejemplo de Suráfrica e Israel, que a menudo son comparados en este contexto. Los boicots tuvieron cierto efecto en el caso de Suráfrica, pero no hay que olvidar que se pusieron en marcha tras un largo periodo de concienciación y organización. Dicho periodo desembocó en la condena masiva del apartheid, incluso en las corrientes de opinión mayoritarias y en el seno de poderosas instituciones, entre ellas el sector empresarial estadounidense, que ejerce indiscutiblemente una influencia abrumadora en la elaboración de programas políticos. Durante esa etapa, el boicot se convirtió en un instrumento efectivo, pero el caso de Israel es radicalmente distinto. El trabajo de concienciación y organización apenas ha comenzado. El resultado es que las llamadas al boicot terminan convirtiéndose en armas para la derecha más dura, lo cual ha ocurrido, tal y como era de esperaren varias ocasiones. Los que se preocupan por el destino de los palestinos no deberían emprender acciones que puedan perjudicarlos.
No obstante, los boicots con objetivos cuidadosamente seleccionados, cuya naturaleza y fin puedan ser comprendidos por el público en la situación informativa actual sí pueden ser herramientas efectivas. Un ejemplo es la retirada por parte de algunas universidades del capital invertido en empresas implicadas en la represión, la violencia y la violación de derechos humanos por parte de Estados Unidos e Israel. En Europa, una iniciativa inteligente sería pedir el fin del tratamiento preferente a las exportaciones israelíes hasta que Israel detenga la destrucción sistemática del sistema agrícola palestino y permita que la economía palestina se desarrolle libremente. En Estados Unidos, por otro lado, podrían reducirse las ayudas que el país dedica a Israel en 600 millones de dólares, los mismos que las autoridades israelíes han sustraído al negarse a transferir los fondos correspondientes al Gobierno electo en Gaza. Debe arrojarse luz sobre el cinismo con que se atreven a enviar cuantiosas ayudas a las facciones que apoyan, en un ejercicio más de socavación de la democracia. Mirando más allá, otro proyecto sensato sería respaldar la opinión de la mayoría de estadounidenses, según la cual toda la ayuda a Israel debería ser cancelada hasta que ese país acepte negociar un acuerdo de paz serio por vías diplomáticas y ceje en su empeño de impedir la realización del consenso internacional sobre un acuerdo biestatal. Dicho proyecto, no obstante, requerirá serios esfuerzos en lo que concierne a la concienciación y organización de la sociedad. Los lectores de la prensa mayoritaria conocen bien la naturaleza abominable del apartheid, pero diariamente se les ilustra con imágenes de un Israel que busca desesperadamente la paz ante los constantes ataques de terroristas palestinos que quieren destruir el país.
Esto no ocurre únicamente en los medios de comunicación, por cierto. Pondré un ejemplo: la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard publicó una investigación sobre la guerra del Líbano de 2006 que, pese a no ser en absoluto atípica, hay que leerla para creerla. Su autor es Marvin Kalb, un periodista muy respetado, director del programa sobre medios de comunicación de la Kennedy School. Según Kalb, los medios estaban controlados casi totalmente por Hezbolá y por esa razón se negaban a reconocer que Israel «libraba una batalla a vida o muerte por su supervivencia», inmerso en una guerra en defensa propia en dos frentes, el Líbano y Gaza[9]. El ataque de que había sido víctima el desvalido Israel en el frente de Gaza había sido, ni más ni menos, que la captura del cabo Shalit. El secuestro de civiles gazatíes el día anterior, y otros innumerables delitos similares habían sido por tanto en defensa propia. El ataque desde el frente del Líbano, por su parte, consistió en la captura de dos soldados por parte de Hezbolá el día 12 de julio. Más cinismo así pues: durante décadas, Israel ha secuestrado y matado civiles en el Líbano o en alta mar, entre Líbano y Chipre reteniendo a muchos como rehenes durante largos periodos, mientras otros tantos eran enviados a centros de tortura como la Instalación 1391, de la que ni siquiera se ha informado en Estados Unidos[10]. Nadie ha condenado nunca a Israel por sus agresiones ni ha exigido ataques terroristas exhaustivos como venganza. Como siempre, el cinismo alcanza límites insospechados, ilustrando la mentalidad imperialista, ya imperceptible de tan profundamente enraizada.
Pero déjeme continuar con lo que estaba explicando sobre la versión que la Kennedy School daba de la guerra. En ella se intentaba demostrar el sesgo radical de la prensa árabe y se revelaba con horror que ésta hablaba de una proporción de 22 a 1 entre bajas libanesas e israelíes, a diferencia del periodismo occidental que mantenía, por supuesto, la neutralidad. El hecho sin embargo, es que la proporción real resultó ser de 25 a 1. Kalb cita además a Steven Erlanger, corresponsal de The New York Times, al que parecían haber disgustado enormemente las imágenes de destrucción de Beirut sur porque estaban sacadas de contexto: en ellas no se mostraba que el resto de Beirut no había sido destruido. Por la misma regla de tres, las fotografías del World Trade Center del 11-S serían prueba del extremo sesgo del periodismo occidental, pues no mostraban que el resto de la ciudad de Nueva York había salido indemne del ataque. La falsificación y el engaño, de las cuales éstos son sólo dos ejemplos, lo dejarían a uno de piedra, de no estar ya acostumbrado. Hasta que no superemos ambas cosas, es probable que las acciones punitivas, por merecidas que sean, se vuelvan contra quien las impone.
Todo esto nos lleva a otra cuestión. En la mayor parte de los casos, Israel puede actuar únicamente dentro del marco establecido por el gran poder del que depende desde que, en 1971, tomara la fatídica decisión de anteponer la expansión a la paz, rechazando la propuesta de paz entre Egipto e Israel hecha por el presidente Anuar el-Sadat y ocupando el Sinaí egipcio. Podría debatirse hasta qué punto los israelíes dependen del apoyo estadounidense, pero lo indiscutible es que las masacres de palestinos y el resto de crímenes violentos son sólo posibles porque Estados Unidos proporciona un apoyo económico, militar, diplomático e ideológico sin precedentes. Si tiene que haber boicots, ¿por qué no a Estados Unidos, cuyo delito menos grave es precisamente el respaldo a Israel? ¿Y al Reino Unido? Conocemos la respuesta, nada atractiva, pues menoscava la integridad del boicot.
Para terminar, Gilbert Achcar escribió en abril de 2003 una «Carta a un activista antiguerra algo deprimido» que terminaba así: «El espectacular crecimiento de este movimiento ha sido posible únicamente porque se apoya sobre los cimientos de tres años de progresos en el seno del movimiento internacional contra la globalización neoliberal nacido en Seattle. Estos dos frentes continuarán alimentándose mutuamente para seguir concienciando a la gente de que neoliberalismo y guerra son las dos caras de un mismo sistema de dominación que debe ser derrocado»[11]. ¿Qué mensaje enviaría hoy a los activistas contra la guerra y por los derechos humanos de todo el mundo acerca del papel que desempeñan en esta lucha a escala global?
Gilbert Achcar tiene toda la razón, aunque es necesario reconocer, y estoy convencido de que él estará de acuerdo conmigo, que el norte es un recién llegado a los muy prometedores movimientos por la justicia global. Estos se originaron en el sur; no en vano las reuniones del Foro Social Mundial se han celebrado en lugares como Brasil, la India, Venezuela o Kenia. Tienen también gran importancia los movimientos solidarios que se originaron en la década de 1980, principalmente en Estados Unidos, y que han proliferado desde entonces en muchos ámbitos, lo cual constituye un hecho sin precedentes en los cientos de años de imperialismo occidental. La lección que deben aprender los activistas es llana y simple: el futuro, también el de Palestina, está en sus manos.