Capítulo

1

Los gestos son lo único que tengo; en ocasiones, deben ser exagerados. Y si bien a veces me paso de la raya y me pongo melodramático, es porque debo hacerlo para comunicarme de forma clara y efectiva. Para que se entienda lo que quiero decir sin que quepan dudas: no tengo palabras a las que recurrir, porque, para mi gran disgusto, mi lengua tiene un diseño largo, plano y suelto, y por lo tanto es una herramienta horriblemente ineficaz para mover la comida en la boca mientras mastico, y aún menos útil para emitir inteligentes y complicados sonidos silábicos que se puedan enlazar para formar palabras y oraciones. Y por eso estoy aquí, aguardando a que Denny regrese a casa —debería llegar pronto—, tendido sobre las frescas baldosas del suelo de la cocina, sobre un charco de mi propia orina.

Soy viejo, y aunque puedo llegar a ser mucho más viejo, no es así como me quiero marchar: lleno a rebosar de medicamentos para el dolor y acribillado de inyecciones de esteroides para reducir la hinchazón de mis articulaciones. Y con la visión nublada por las cataratas. Mullidos paquetes plásticos de pañales caninos almacenados en la alacena. Estoy seguro de que Denny me compraría uno de esos carritos que he visto en las calles, los que se usan para alojar los cuartos traseros, para que los perros puedan arrastrar su propio culo cuando las cosas comienzan a fallar. Eso es humillante y degradante. No sé si es peor que disfrazar a un perro para Halloween, pero le anda cerca. Él lo haría por amor, claro. Estoy seguro de que me mantendría con vida tanto tiempo como le fuese posible, incluso si mi cuerpo se deteriora, se desintegra en torno a mí, se disuelve hasta que no me quede más que el cerebro, alimentado por cables y tubos de toda clase y suspendido en un frasco de vidrio lleno de un líquido transparente, en cuya superficie flotarían los ojos. Pero no quiero que me mantengan con vida. Porque sé lo que viene después. Lo vi en la tele. En un documental sobre Mongolia, nada menos. Fue lo mejor que he visto en televisión, después del Gran Premio de Europa de 1993, claro, la mejor carrera automovilística de todos los tiempos, en la que Ayrton Senna demostró ser un genio bajo la lluvia. Después del Gran Premio de 1993, lo mejor que vi en la tele es un documental que me lo explicó todo, me lo aclaró todo, me dijo toda la verdad: que cuando un perro termina de vivir su vida como tal, pasa a reencarnarse como humano.

Siempre me sentí casi humano. Siempre supe que en mí hay algo que me hace diferente de los demás perros. Sí, estoy metido en un cuerpo canino, pero no es más que un envoltorio. Lo importante es lo que está dentro. El alma. Y mi alma es muy humana.

Ahora estoy preparado para convertirme en hombre, aunque me doy cuenta de que perderé todo lo que fui. Toda mi memoria, todas mis experiencias. Me gustaría llevármelas a mi próxima vida. ¡He pasado por tantas cosas junto a la familia Swift! Pero no tengo mucha capacidad de decisión en el asunto. ¿Qué puedo hacer, sino forzarme a recordar? Tratar de grabar lo que sé en mi alma, es decir, en una cosa que no tiene superficie, lados, páginas, ni forma material alguna. Llevarlo tan bien metido en los bolsillos de mi existencia que, cuando abra los ojos y baje la vista a mis nuevas manos, provistas de pulgares que pueden plegarse firmemente sobre los otros dedos, ya sabré. Ya veré.

La puerta se abre y oigo su familiar saludo:

—¡Hola, Zo!

Por lo general, no puedo evitar olvidarme de mi dolor e incorporarme, menear el rabo y meterle el hocico en la ingle. En este momento en particular, resistirse requiere una voluntad de humano, pero lo hago. Aguanto. No me levanto. Estoy actuando.

—¿Enzo?

Oigo sus pasos, la preocupación latente en su voz. Me encuentra y baja la vista. Alzo la cabeza, muevo débilmente la cola, haciéndola sonar al golpearla contra el suelo. Represento mi papel.

Menea la cabeza, se pasa la mano por el cabello, deja la bolsa de plástico que contiene su cena. Huelo el pollo asado a través del plástico. Esta noche comerá pollo asado y ensalada de lechuga.

—Hola, Enzo —dice.

Se inclina hacia mí, se acuclilla, me acaricia como suele hacerlo, recorriendo el pliegue que tengo detrás de la oreja, y alzo la cabeza y le lamo el antebrazo.

—¿Qué pasó, amigo? —pregunta.

Los gestos no sirven para explicarlo.

—¿Puedes levantarte?

Lo intento y me caigo. Mi corazón late a toda prisa, da un salto, porque no, no puedo. Siento pánico. Creí estar actuando, pero realmente no puedo levantarme. Mierda. La vida imita al arte.

—Tranquilo, amigo —dice, apoyándome la mano en el pecho para calmarme—. Estoy aquí.

Me alza con facilidad, me acuna, y puedo oler su día en su cuerpo. Puedo oler todo lo que hizo. Su trabajo en el taller mecánico, donde se pasa el día de pie detrás de un mostrador, siendo amable con los clientes que le gritan porque sus BMW no funcionan bien y arreglarlos es demasiado caro y eso los enfurece tanto que le tienen que gritar a alguien. Puedo oler su almuerzo. Fue al restaurante indio que le gusta. Autoservicio. Es barato, y a veces se lleva un recipiente y roba porciones de pollo tanduri y arroz amarillo y come eso también en la cena. Huelo cerveza. Se detuvo en algún lugar. El restaurante mexicano. Huelo tortillas en su aliento. Ahora entiendo. Por lo general, soy excelente para averiguar qué ha hecho durante su ausencia, pero en este momento las emociones me han impedido prestar atención.

Me deposita con suavidad en la bañera y abre la ducha de teléfono y me dice:

—Tranquilo, Enzo.

Me acaricia y sigue hablando.

—Lamento haber llegado tarde. Tendría que haber regresado directamente a casa, pero mis compañeros de trabajo insistieron. Le dije a Craig que estaba pensando renunciar y...

Se interrumpe, y me doy cuenta de que cree que mi accidente ocurrió porque se retrasó. Oh, no. Mi intención no era ésa. Comunicarse es muy difícil, porque soy lo que soy. Hago lo que puedo. A veces hasta actúo. O mejor dicho, intento presentar mis ideas. Pero la presentación es una cosa y la expresión otra, y el hecho de que mi cuerpo no sea humano, sino canino, hace muy difíciles las cosas. No quería que se sintiera mal. Quería que viera lo obvio, que dejarme ir está bien, es lo mejor. Tiene que entenderlo por sí mismo. Ha pasado por tantas cosas, y las ha superado todas. No me necesita, ya no le sirve de nada preocuparse por mí. Para poder brillar, necesita que yo lo libere.

Es tan brillante. Reluce. Es maravilloso, con sus manos que agarran cosas y su lengua que dice cosas. Es maravillosa la forma en que se levanta y cómo mastica su comida durante tanto tiempo, convirtiéndola en una pasta antes de tragarla. Los echaré de menos a él y a la pequeña Zoë, y sé que ellos me extrañarán. Pero no puedo permitir que el sentimentalismo empañe mi gran plan. Cuando se cumpla, Denny será libre para vivir su vida y yo regresaré a la tierra bajo una nueva forma, como hombre, y lo encontraré y le estrecharé la mano y le haré saber cuánto talento tiene, y después le guiñaré un ojo y le diré: «Enzo te manda saludos», y me volveré y me alejaré deprisa y él preguntará: «¿Te conozco?, ¿nos hemos visto antes?».

Después del baño, limpia el suelo de la cocina mientras lo miro; me da mi comida, que una vez más devoro con demasiada prisa, y me deposita frente al televisor mientras prepara la cena.

—¿Vemos un vídeo? —pregunta.

«Sí, un vídeo», respondo, pero, claro, no me oye.

Pone un vídeo de una de sus carreras, enciende el televisor y miramos. Es uno de mis favoritos. Cuando los coches se ponen en sus puestos de salida, la pista está seca. Pero, en el momento mismo en que la bandera verde baja para indicar el comienzo de la carrera, cae una cortina de lluvia, un diluvio que lo cubre todo, y los coches que están a su alrededor pierden el control y hacen trompos, yendo a parar a los campos, mientras él los sobrepasa a todos como si no lloviera, como si fuera un mago que quitara el agua de su camino con un hechizo. Como en el Gran Premio de Europa de 1993, cuando Senna, en la salida misma, pasó a cuatro de los mejores pilotos, al volante de cuatro de los mejores coches: Schumacher, Wendlinger, Hill, Prost. Como si fuese un mago.

Denny es tan bueno como Ayrton Senna. Pero nadie se da cuenta porque tiene responsabilidades. Tiene a su hija, Zoë, y tenía a su esposa, Eve, que estuvo enferma hasta que murió; y me tiene a mí. Y vive en Seattle, aunque debería vivir en algún otro lugar. Y tiene un trabajo. Pero a veces, cuando se marcha, regresa con un trofeo y me lo muestra y me lo cuenta todo sobre sus carreras y sobre cómo brilló en la pista y dio una lección a todos los demás pilotos, en Sonoma, o en Texas, o en Ohio. Les enseñó en qué consiste conducir con tiempo lluvioso.

Cuando el vídeo termina dice:

—Salgamos.

Y pugno por incorporarme. Alza mi culo, me centra el peso sobre las patas traseras y quedo bien. Para demostrárselo, le froto el morro contra el muslo.

—Éste es mi Enzo.

Dejamos nuestro apartamento; la noche es fresca, ventosa y despejada. Sólo recorremos una manzana en el paseo, y enseguida regresamos, porque la cadera me hace mucho daño y Denny se da cuenta. Denny lo sabe todo. Cuando volvemos, me da mis bizcochos de cada noche y me acurruco en mi cama, junto a la suya. Toma el teléfono y marca.

—Mike. —Mike es su amigo de la agencia, donde ambos trabajan detrás del mostrador. Lo que hacen se llama atención al cliente. Mike es un tipo menudo, de amistosas manos sonrosadas, siempre lavadas hasta el punto de quedar sin olor alguno—. Mike, ¿puedes cubrirme el turno mañana? Tengo que llevar a Enzo al veterinario otra vez.

Últimamente vamos mucho al veterinario para buscar distintos medicamentos que se supone que me ayudan a estar más cómodo, aunque lo cierto es que no es así. Y como no es así, y dado todo lo que ocurrió ayer, puse en marcha el plan maestro.

Denny deja de hablar durante un momento y cuando vuelve a hacerlo su voz no parece la suya. Es ronca, como cuando está resfriado o con un ataque de alergia.

—No sé —dice—. No estoy seguro de que vaya a ser un viaje de ida y vuelta. Temo que sea sólo de ida.

Quizá yo no pueda formar palabras, pero sí las entiendo. Y lo que dice me sorprende, por más que yo haya sido quien lo planeó. Durante un momento, quedo sorprendido porque mi plan funciona. Sé que es lo mejor para todos. Es lo mejor que Denny puede hacer. Ha hecho tanto por mí durante toda mi vida. Le debo la decisión que no quiere tomar, es decir, la decisión de liberarlo. De dejarlo ascender. Recorrimos juntos un buen camino, y ahora llega a su fin; ¿qué tiene eso de malo?

Cierro los ojos y escucho vagamente las cosas que hace cada noche antes de irse a dormir. Sonidos de lavado de dientes, de agua del grifo, de gárgaras. Tantas cosas. Las personas y sus rituales. A veces se aferran tanto a las cosas…

Capítulo 2

Capítulo

2

Me sacó de una camada de cachorros, una móvil masa entremezclada de patas, orejas, rabos, detrás de un cobertizo, en un oloroso campo cerca de un pueblo del este de Washington llamado Spangle. No recuerdo mucho del lugar del que vengo, pero sí recuerdo a mi madre, una pesada labradora con colgantes mamas que oscilaban de un lado a otro mientras mis hermanos y yo la perseguíamos por el patio. Lo cierto es que nuestra madre no parecía sentir mucha simpatía por nosotros, y le daba más o menos igual que nos alimentásemos o pasáramos hambre. Parecía aliviada cada vez que uno de nosotros se marchaba. Sabía que así se libraba de una de las exigentes criaturas que, entre gruñidos, la perseguían para consumirla a fuerza de mamar.

Nunca conocí a mi padre. Los de la granja le dijeron a Denny que era un cruce de pastor con perro de aguas, pero no lo creo. Nunca vi un perro con ese aspecto en la granja, y, aunque la mujer era agradable, el hombre alfa era un desgraciado, un mal tipo que te miraba a los ojos y te mentía, incluso cuando le convenía más decir la verdad. Hizo un pormenorizado discurso sobre la inteligencia relativa de las distintas razas caninas. Creía firmemente que los más inteligentes eran los pastores y los perros de aguas, lo cual los hacía más deseables, y valiosos cuando «se los cruzaba con una labradora para darles temperamento». Puros cuentos. Todo el mundo sabe que los pastores y los perros de aguas no son particularmente inteligentes. No piensan por sí mismos. Responden y reaccionan. Especialmente los pastores de ojos azules de Australia, esos que entusiasman tanto a la gente cuando atrapan lo que les lancen. Sí, son vivos y rápidos, pero no piensan por sí mismos; lo suyo son las costumbres, los comportamientos convencionales.

Estoy seguro de que mi padre fue un terrier. Porque los terrier saben resolver problemas. Hacen lo que les ordenan, pero sólo si ello coincide con lo que querían de antemano. Había un terrier así en la granja. Un airedale. Grande, marrón y negro, rudo. Nadie se metía con él. No estaba con nosotros en el prado cerrado de detrás de la casa. Vivía en el cobertizo que estaba al pie de la colina, donde los hombres iban a arreglar sus tractores. Pero a veces subía a la colina y, cuando lo hacía, todos se apartaban de su camino. En el campo se decía que era pendenciero y que el hombre alfa lo mantenía separado porque era capaz de matar a cualquier perro que husmeara cerca. Le arrancaba la piel del pescuezo a cualquiera por una mirada casual. Y cuando había una perra en celo la montaba a conciencia, sin que le importara quién estuviese mirando ni si a alguien le preocupaba que lo hiciese. A menudo me pregunto si él me habrá engendrado. Mi color es marrón y negro, como el suyo, mi pelo es ligeramente duro, y la gente suele preguntar si tengo sangre de terrier. Me gusta pensar que el valor y la decisión están en mis genes.

Recuerdo que el día en que dejé la granja hacía calor. Todos los días eran calurosos en Spangle, y yo creía que el mundo era un lugar caluroso, porque no conocía el frío. Nuca había visto la lluvia, ni sabía mucho acerca del agua. El agua era eso que había en los baldes de donde bebían los perros mayores, y era eso que el hombre alfa rociaba con una manguera en la cara de los perros que querían pelearse. Pero el día en que llegó Denny era excepcionalmente caluroso. Mis compañeros de camada y yo luchábamos como de costumbre cuando una mano se metió entre nosotros y me agarró de la piel del pescuezo, y de pronto me encontré suspendido en el aire.

—Éste —dijo un hombre.

Fue mi primer atisbo del resto de mi vida. Él era esbelto, con músculos largos y duros. No era robusto, pero sí bien plantado. Tenía unos ojos azules glaciales y penetrantes. Su pelo rizado y corto y la barba recrecida eran oscuros y duros como el pelo de un terrier irlandés.

—El mejor de la camada —comentó la mujer del alfa. Era agradable; me agradaba que nos tuviese en su suave regazo—. El más dulce. El más bonito.

—Pensábamos quedárnoslo —dijo el hombre alfa, que regresaba, con sus grandes botas embarradas, de reparar una cerca junto al arroyo. Siempre decía lo mismo. Vamos, yo apenas tenía doce semanas y ya había oído esa frase montones de veces. La usaba para sacar más dinero.

—¿Está dispuesto a desprenderse de él?

—Si pagas lo que vale. —El hombre alfa hablaba mirando al cielo, de un azul que el sol volvía pálido, con sus ojos entornados—. Si pagas lo que vale.

Capítulo 3

Capítulo

3

Denny siempre dice:

—Con mucha suavidad. Como si hubiese cáscaras de huevo en los pedales y no quisieras romperlas. Así se conduce bajo la lluvia.

Cuando miramos vídeos juntos, cosa que hacemos desde el mismo día que nos conocimos, me explica esas cosas. ¡A mí!

Equilibrio, anticipación, paciencia. Todo eso es vital. Visión periférica, ver lo que nunca viste. Cinestesia, conducir incluso con los fondillos. Pero lo que siempre me gustó más fue oírle decir que no hay que tener memoria. No recordar ni lo que se hizo un segundo atrás. Ni lo bueno ni lo malo. Porque la memoria es el tiempo que se pliega sobre sí mismo. Recordar es desprenderse del presente. Para tener éxito en las carreras de coches, el conductor no debe recordar jamás.

Por eso los pilotos registran compulsivamente cada uno de sus movimientos, cada carrera, con cámaras de cabina, con vídeos tomados desde el interior del coche. Necesitan almacenar así los datos; un conductor no puede ser testigo de su propia grandeza. Eso dice Denny. Dice que correr es hacer. Es ser parte de un momento y sólo ser testigo de ese momento, y nada más. La reflexión viene después. El gran campeón Julián Sabella Rosa dijo: «Cuando corro, mi cuerpo y mi mente están trabajando juntos con tanta velocidad y tan bien que debo asegurarme de no pensar si no quiero cometer errores».

Capítulo 4

Capítulo

4

Denny me llevó desde la granja de Spangle a un barrio de Seattle llamado Leschi, donde vivía en un pequeño apartamento alquilado que daba al lago Washington. No me agradó demasiado la vida de apartamento, pues estaba acostumbrado a los grandes espacios abiertos y aún era cachorro. Así y todo, teníamos un balcón que daba al lago, lo que me gustaba, pues heredé la afición al agua de la raza de mi madre.

Crecí deprisa y durante ese primer año entre Denny y yo se estableció un profundo cariño, además de una recíproca sensación de confianza. Por eso quedé muy sorprendido cuando se enamoró de Eve con tanta rapidez.

La trajo a casa, y enseguida noté que ella, como él, tenía un olor dulce. Llenos de bebida fermentada que los hacía actuar de manera extraña, se aferraron como si demasiadas ropas se interpusiesen entre ambos, y tiraron el uno del otro, se apretujaron, mordiendo labios, metiendo dedos, enmarañando cabellos, convertidos en una masa de puros codos, dedos de los pies y saliva. Cayeron sobre la cama y él la montó y ella le dijo:

—¡Este campo está fértil! ¡Cuidado!

Y él respondió:

—¡Siembro en esta pradera de la fertilidad! —Y se puso a labrar el campo hasta que éste cerró sus puños sobre las sábanas, arqueó la espalda y gritó de placer.

Cuando él se levantó y se fue a hacer sus ruidos acuáticos al cuarto de baño, ella me acarició la cabeza, que yo tenía muy cerca del suelo, porque apenas pasaba del año y aún era inmaduro y todos esos gritos me habían intimidado un poco. Dijo:

—No te importa que yo también lo ame, ¿verdad? No me interpondré entre vosotros.

La respeté por tener aquella delicadeza, pero de inmediato supe que sí se interpondría entre nosotros, y me pareció que su negación preventiva era engañosa.

Traté de no mostrar mi desazón, porque me daba cuenta de cuán encaprichado con ella estaba Denny. Pero debo admitir que no me mostré muy alegre por su presencia. Y, por eso, a ella tampoco le agradaba mucho la mía. Ambos éramos satélites que orbitaban en torno al sol que era Denny, y competíamos por la supremacía gravitatoria. Claro que ella tenía la ventaja que le daban su lengua y sus pulgares, y cuando la veía besarlo y acariciarlo, ella a veces me echaba un vistazo y me guiñaba un ojo, como si alardeara: «¡Mira mis pulgares! ¡Mira lo que pueden hacer!».

Capítulo 5

Capítulo

5

Los monos tienen pulgares.

Son prácticamente la especie más estúpida que hay en el planeta, después del ornitorrinco, que hace su madriguera bajo el agua, aunque respira aire. El ornitorrinco es horriblemente estúpido, pero es sólo un poco más tonto que el mono. Pero los monos tienen pulgares. Esos pulgares que tienen los monos deberían pertenecerles a los perros. «¡Dadme mis pulgares, jodidos monos!». (Me gusta, y mucho, esa observación de Al Pacino en Scarface, aunque no tiene punto de comparación con las películas de El Padrino, que son excelentes).

Veo demasiada tele. Cuando Denny se marcha por la mañana, la enciende para mí, y se ha transformado en un hábito. Me advirtió que no la viera todo el día, pero lo hago. Por suerte, sabe que me encantan los coches, así que me deja ver mucho el Speed Channel. Las carreras clásicas son las mejores, y me gustan especialmente las de Fórmula 1. También me agradan las de NASCAR, pero aún más las que se corren en circuitos cerrados. Aunque sabe que las carreras son lo que más me gusta, Denny me dijo que es bueno que tenga variedad en mi vida, así que a menudo pone otros canales, que también disfruto mucho.

A veces, cuando me pone el History Channel o el Discovery Channel o PBS, o incluso uno de los canales infantiles —cuando Zoë era pequeña acababa pasándome la mitad del día tratando de quitarme de la cabeza sus estúpidas cancioncillas—, aprendo cosas de otras culturas y otras formas de vida y me pongo a pensar acerca de mi lugar en el mundo y en lo que tiene sentido y lo que no.

Hablan mucho de Darwin; prácticamente todos los canales educativos emiten en algún momento un programa sobre la evolución, por lo general bien pensado e investigado. Así y todo, no entiendo por qué la gente insiste en enfrentar el concepto de evolución con el de creación. ¿Cómo no se dan cuenta de que espiritualidad y ciencia son una misma cosa? Los cuerpos evolucionan, las almas evolucionan, y el universo es un lugar fluido que une ambos fenómenos en un maravilloso paquete que se llama ser humano. ¿Qué tiene de malo esa idea?

Los teóricos de la ciencia no dejan de hablar de que los monos son los parientes evolutivos más cercanos al hombre. Pero eso es especulación. ¿En qué se basan? ¿En que ciertos cráneos antiguos se parecen al del hombre moderno? ¿Y eso qué prueba? ¿Se basan en el hecho de que los primates andan de pie? Ser bípedo no es ni siquiera una ventaja. Mira lo que es el pie humano, lleno de dedos torcidos y depósitos de calcio y pus que sale de uñas encarnadas que ni siquiera son lo suficientemente duras como para escarbar la tierra. Pero, aun así, anhelo que llegue el momento en que mi alma habite uno de esos mal diseñados cuerpos bípedos y pueda tener las preocupaciones de salud propias de los hombres. ¿Y qué tiene de especial que el cuerpo del hombre haya evolucionado a partir del de los monos? No importa que venga de los monos o de los peces. La idea importante es que, cuando el cuerpo se volvió lo suficientemente «humano», la primera alma humana entró en él.

Te presentaré una teoría: el pariente más cercano del hombre no es el chimpancé, como creen los de la televisión, sino, de hecho, el perro.

Ésta es mi lógica:

Argumento número 1: el espolón.

En mi opinión, el así llamado espolón, que se suele amputar de las patas delanteras de los perros a una edad temprana, es, en realidad, prueba de la existencia de un pulgar rudimentario. Es más, creo que los hombres han eliminado sistemáticamente ese pulgar de ciertas razas mediante un proceso conocido como «cría selectiva» sólo para evitar que los perros evolucionen hasta convertirse en mamíferos con manos prensiles y, por ende,«peligrosos».

Además, considero que la continua domesticación (por usar ese tonto eufemismo) a la que el hombre ha sometido al perro está motivada por el miedo. Miedo a que los perros, si se les deja evolucionar por su cuenta, lleguen, de hecho, a desarrollar pulgares y lenguas más pequeñas, lo cual los volvería superiores a los hombres, que debido a su andar bípedo son lentos y torpes. Es por eso por lo que los perros viven bajo la constante supervisión de los hombres, que los matan enseguida cuando los encuentran viviendo por su cuenta.

Por lo que me ha contado Denny acerca del gobierno y sus procesos internos, creo que este despreciable plan fue concebido en alguna habitación trasera de la Casa Blanca, nada menos, probablemente por algún maligno asesor de un presidente de catadura y fortaleza moral discutibles, y seguramente basándose en la correcta estimación, hecha, desgraciadamente, desde la paranoia más que desde la percepción espiritual, de que todos los perros tienen inclinaciones progresistas en los temas sociales.

Argumento número 2: el hombre lobo.

Sale la luna llena. La niebla cubre las ramas más bajas de los abetos. Un hombre emerge del rincón más oscuro del bosque y se encuentra transformado en...

¿Un mono?

Me parece que no.

Capítulo 6

Capítulo

6

Se llamaba Eve y, al principio, sentí resentimiento por la manera en que cambió nuestras vidas. Me fastidiaba la atención que Denny le prestaba a sus manos pequeñas, a sus nalgas rollizas y redondeadas, a sus modestas caderas. La forma en que contemplaba sus suaves ojos verdes, que asomaban por debajo de unos mechones de cabello rubio y lacio muy a la moda. ¿Envidiaba yo su cautivadora sonrisa, que compensaba todo lo que en ella hubiera podido considerarse no tan especial? Quizás. Porque ella era una persona, y yo no. Era todo lo que yo no era. Yo, por ejemplo, pasaba largos periodos sin cortarme el pelo ni bañarme; ella se bañaba a diario, y tenía una persona dedicada a teñirle el cabello al gusto de Denny y nada más. Mis uñas crecían demasiado y arañaban el suelo de madera; ella solía acicalar las suyas con palitos y cortaúñas y limas para asegurarse de que mantuvieran la forma y el tamaño adecuados.

La atención que prestaba a cada detalle de su apariencia también se reflejaba en su personalidad. Era una organizadora increíble, meticulosa por naturaleza. Se pasaba la vida haciendo listas y tomando notas de cosas que se debían hacer o buscar o conseguir. A menudo se trataba de listas que llamaba «para mi amor» y que se referían a Denny y a mí. Así que nuestros fines de semana estaban llenos de viajes al Home Depot o de esperas en la cola del Centro de Residuos y Reciclado de Georgetown. A mí no me gusta pintar habitaciones, reparar picaportes ni lavar cortinas. Pero, al parecer, a Denny sí, porque cuanto más trabajo de ése le daba ella para hacer, más prisa se daba él en terminar la tarea y recibir su recompensa, que, por lo general, incluía muchos morreos y caricias.

Al poco tiempo de que ella se mudara a nuestro apartamento, se casaron en una pequeña ceremonia, a la que asistimos un grupo de los amigos más íntimos de ambos y la familia inmediata de Eve. Denny no tenía hermanos ni hermanas a los que invitar, y explicó la ausencia de sus padres diciendo que simplemente no les gustaba viajar.

Los padres de Eve les dejaron claro a todos los participantes que el lugar donde se celebró la boda, una encantadora casita de playa en la isla Whidbey, pertenecía a unos amigos que no se encontraban allí. Se me permitió participar sólo bajo reglas estrictas: no podía andar libremente por la playa ni nadar en la bahía, pues de ello podía resultar que los caros suelos de caoba se rayaran con arena pegada a mis patas. Y me vi obligado a orinar y defecar en lugares muy precisos, cerca de los cubos de reciclaje.

Cuando regresamos de Whidbey, noté que Eve circulaba por el apartamento con más autoridad, y que se mostraba mucho más osada a la hora de mover o reemplazar cosas: toallas, ropa de cama e incluso muebles. Había entrado en nuestras vidas y lo había cambiado todo. Y aunque su intrusión me hacía desdichado, había algo en ella que me impedía sentir verdadera rabia por su presencia. Creo que era su vientre hinchado.

Había algo en el esfuerzo que le costaba tumbarse de costado para descansar tras quitarse la blusa y la ropa interior, en el modo en que sus senos caían sobre el pecho cuando se tendía en la cama. Me recordaba a mi madre a la hora de alimentarnos, cuando suspiraba y se echaba, antes de presentarnos sus mamas. Era como si dijese: «Esto es lo que uso para daros de comer. ¡Ahora, mamad!». Y aunque las atenciones que Eve le prodigaba a su criatura no nacida me ponían celoso, no tenía razón. Ahora me doy cuenta de que nunca le di un solo motivo para que me prodigara parecidos cuidados. Tal vez lo que me dolía era que, aunque yo amaba la forma en que se comportaba ahora que estaba encinta, sabía que nunca podría ser la fuente de sus afectos como lo era su bebé.

Se dedicaba a la criatura incluso antes de que naciera. La tocaba a través de su piel tensa. Le cantaba y bailaba con ella al son de la música del estéreo. Aprendió a hacerla moverse mientras bebía zumo de naranja, cosa que hacía a menudo, pues me explicó que aunque las revistas de salud decían que había que hacerlo por el ácido fólico, ella y yo sabíamos que lo bueno era que la hacía dar patadas. Una vez me preguntó si quería ver cómo se sentía. Sí que quería, de modo que apretó mi cara contra su vientre después de beberse el ácido zumo y la sentí moverse. Creo que era un codo que empujaba con perversidad, como un ser que quisiese salir de una tumba. Me costaba imaginar exactamente qué ocurría detrás de la cortina, en el interior del saco mágico de Eve, donde el cachorro se iba formando. Pero sabía que eso que llevaba dentro era independiente de ella, y que tenía voluntad propia, y que se movía cuando quería o cuando el ácido lo instaba a hacerlo, y que no se trataba, en fin, de algo que ella controlase.

Admiro al sexo femenino. Las hacedoras de la vida. Debe de ser asombroso tener un cuerpo que puede llevar otro ser vivo en su interior. (No tengo en cuenta, claro, el caso de las tenias que he alojado en mis tripas, porque en realidad no cuentan como otra vida. Son parásitos y, para empezar, no deberían haber estado ahí). La vida que Eve llevaba en su interior era algo creado por ella. Por ella y por Denny. En aquellos días yo anhelaba que el bebé se pareciese a mí.

Recuerdo el día en que el bebé llegó. Yo acababa de alcanzar la edad adulta, a los dos años, según el calendario canino. Denny estaba en Daytona, Florida, para la carrera más importante de su vida. Se había pasado todo el año buscando patrocinadores, suplicando, rogando, acosando, hasta que tuvo suerte y dio con la persona justa en el vestíbulo de hotel justo, quien le dijo:

—Tienes cojones, hijo. Llámame mañana.

Así fue como encontró su tan anhelado patrocinador y pudo comprarse una plaza en un Porsche 993 de competición para las 24 horas de Daytona.

Las carreras de resistencia no son para débiles. Se trata de cuatro pilotos que se pasan seis horas cada uno al volante de un automóvil de carreras ruidoso, potente, exigente y caro, en un ejercicio de destreza y coraje. Las 24 horas de Daytona, que se transmiten en directo por televisión, son un evento tan impredecible como emocionante. Que Denny hubiera logrado la oportunidad de participar en el mismo año en que iba a nacer su hijo era una de esas coincidencias cuyas posibles interpretaciones varían. A Eve la afligía lo poco adecuado del momento. Denny estaba feliz porque su momento hubiese llegado, y sentía que tendría todo lo que siempre deseara.

Pero es verdad que no era el momento oportuno. El mismo día de la carrera, cuando aún faltaba una semana para la fecha de parto estimada, Eve tuvo contracciones. Llamó a las comadronas, que invadieron nuestra casa, donde se hicieron cargo de la situación. Esa noche, mientras sin duda Denny estaba conduciendo en el circuito de Daytona y ganando la carrera, Eve estaba incorporada en la cama, doblada en dos, asistida por dos regordetas damas que la sujetaban de los brazos. Tras emitir un monstruoso bramido que pareció durar una hora, expulsó un pequeño cuajarón sanguinolento de tejido humano, que pataleó convulsivamente antes de echarse a berrear. Las señoras ayudaron a Eve a recostarse y depositaron la cosita morada sobre su torso. La boca del bebé acabó encontrando el pezón de Eve y se puso a mamar.

—¿Pueden dejarnos solas un minuto...? —alcanzó a decir Eve.

—Por supuesto —respondió una de las damas, dirigiéndose a la puerta.

—Ven con nosotras, perrito... —me dijo la otra, mientras salían.

—No —la interrumpió Eve—, puede quedarse.

¿Me podía quedar? A mi pesar, me sentí orgulloso por ser incluido en el círculo íntimo de Eve. Las dos señoras se marcharon a ocuparse de lo que se tuvieran que ocupar y yo contemplé fascinado cómo Eve amamantaba a su nuevo bebé. Al cabo de unos minutos mi atención se desplazó de la primera comida del bebé al rostro de Eve, y vi que lloraba, y me pregunté por qué.

Dejó caer su mano libre, y los dedos colgaron junto a mi morro. Dudé. No quise dar por sentado que me estaba llamando. Pero entonces, sus dedos se movieron y cuando me miró a los ojos, supe que eso era lo que hacía. Le toqué la mano con la nariz. Puso los dedos en mi coronilla y me rascó, sin dejar de llorar ni de amamantar al bebé.

—Ya sé que le dije que fuera al circuito —aseguró—. Ya sé que le insistí, ya lo sé. —Las lágrimas le corrían por las mejillas—. ¡Pero cuánto me gustaría que estuviese aquí!

Yo no sabía qué hacer, pero sí que no tenía que moverme. Ella me necesitaba.

—¿Prometes protegerla siempre? —preguntó.

No me lo preguntaba a mí. Se lo preguntaba a Denny, de quien yo no era más que un sustituto. Aun así, sentí el peso de la responsabilidad. Entendía que, como perro, nunca podría relacionarme con los humanos tanto como hubiera querido. Pero en ese momento me di cuenta de que había algo que podía hacer. Les podía dar a las personas que me rodeaban algo que necesitaban. Podía confortar a Eve durante la ausencia de Denny. Podía proteger al bebé de Eve. Y aunque siempre ansiaría más, había encontrado, en cierto modo, un punto de partida.

Al día siguiente Denny regresó de Daytona, Florida, de mal talante. Su ánimo cambió en cuanto tuvo en brazos a su niñita, a quien llamaron Zoë, no por mí, sino por la abuela de Eve.

—¿Ves a mi angelito, Enz? —me preguntó.

¿Si la veía? ¡Qué pregunta! ¡Prácticamente la había acompañado en su llegada al mundo!

Consciente de que caminaba sobre una capa de hielo muy delgada, Denny se conducía con mucha cautela desde su regreso. Maxwell y Trish, los padres de Eve, estaban en la casa desde el nacimiento de Zoë, cuidando de su hija y de su nieta recién nacida. Yo los llamaba los Gemelos, por lo parecidos que eran, con los cabellos teñidos con un color del mismo tono artificial, y porque inevitablemente se vestían con prendas que hacían juego: pantalones color caqui, o pantalones sueltos de poliéster, siempre con suéteres o polos. Cuando uno se ponía gafas de sol, el otro también lo hacía. Y lo mismo ocurría cuando se trataba de bermudas, que usaban con calcetines que les llegaban a las rodillas. Y siempre olían a productos químicos: plástico y potingues para el pelo con base de petróleo.

Desde que llegaron, los Gemelos se pasaban el día regañando a Eve por haber tenido a su bebé en casa. Le dijeron que eso era poner en peligro la salud de la criatura, y que en estos tiempos modernos era una irresponsabilidad tener un bebé en cualquier lugar que no fuese uno de los hospitales más prestigiosos, con los médicos más caros. Eve procuró explicarles que las estadísticas demuestran precisamente lo contrario en el caso de madres saludables, y que cualquier señal de alarma habría sido detectada de inmediato por el experto equipo de matronas tituladas, pero ellos no cedían. Afortunadamente para Eve, la llegada de Denny significó que los Gemelos dejaron de ocuparse de sus errores para concentrarse en los de él.

—Eso sí que es tener mala suerte. —Maxwell hablaba a Denny en la cocina. Maxwell estaba feliz. Me di cuenta por su voz.

—¿Te devolverán algo de tu dinero? —preguntó Trish.

Denny estaba afligido, aunque no supe por qué hasta que, esa misma noche, más tarde, vino Mike y ambos abrieron sus cervezas. Ocurrió cuando Denny estaba a punto de comenzar su tercer turno al volante. El coche respondía bien y todo parecía estar en orden. Iban segundos en su categoría, y a Denny no le costaría nada tomar la cabeza cuando el sol se pusiera y llegara el momento de conducir de noche. Pero el piloto encargado del segundo turno estrelló el vehículo contra el muro de contención durante la tercera vuelta.

Chocó cuando un Daytona Prototype —un coche mucho más veloz que el de ellos— se disponía a pasarlo. Primera regla de la conducción deportiva: jamás te apartes para dejarle paso a nadie. Haz que ellos te tengan que pasar. Pero el conductor del equipo de Denny se hizo a un lado y pisó las canicas, que es como se llama a los fragmentos de caucho que se van desprendiendo de los neumáticos y que se acumulan al borde de la pista. Pisó las canicas y la cola del auto se desequilibró, y se estrelló contra el muro casi a la máxima velocidad, y el coche se deshizo en un millón de pedacitos.

El conductor salió indemne, pero la carrera había terminado para el equipo. Y Denny, que se había pasado un año trabajando para brillar en esta ocasión, se encontró plantado en el campo, enfundado en el elegante traje de piloto que le habían dado, cubierto de pies a cabeza con los logotipos de los patrocinadores, tocado con su propio casco especial, que él había equipado con toda clase de dispositivos de radiotransmisión y orificios de ventilación adaptados y de protección reforzada, viendo cómo la oportunidad de su vida se había desviado malamente, y era sacada de la pista, amarrada a un remolque y llevada al depósito de chatarra sin que él hubiese conducido ni siquiera una vuelta.

—Y no te devuelven tu dinero —dijo Mike.

—Nada de eso me importa —dijo Denny—. Tendría que haber estado aquí.

—El parto se adelantó. No se pueden saber las cosas de antemano.

—Sí que se puede. Si haces las cosas bien, puedes.

—En cualquier caso —dijo Mike, alzando su botella de cerveza—, por Zoë.

—Por Zoë —se hizo eco Denny.

«Por Zoë —pensé—, a quien siempre protegeré».