Portadilla
Nota preliminar de Francisco Rico
El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha I
Tasa y Testimonio de las erratas
Privilegio real
Dedicatoria al Duque de Béjar
Prólogo
Al libro de don Quijote de la Mancha, Urganda la desconocida
Amadís de Gaula a don Quijote de la Mancha
Don Belianís de Grecia a don Quijote de la Mancha
La señora Oriana a Dulcinea del Toboso
Gandalín, escudero de Amadís de Gaula, a Sancho Panza, escudero de don Quijote
Del Donoso, poeta entreverado, a Sancho Panza y Rocinante
Orlando furioso a don Quijote de la Mancha
El Caballero del Febo a don Quijote de la Mancha
De Solisdán a don Quijote de la Mancha
Diálogo entre Babieca y Rocinante
Primera parte del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha
Capítulo I. Que trata de la condición y ejercicio del famoso y valiente hidalgo don Quijote de la Mancha
Capítulo II. Que trata de la primera salida que de su tierra hizo el ingenioso don Quijote
Capítulo III. Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo don Quijote en armarse caballero
Capítulo IV. De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta
Capítulo V. Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero
Capítulo VI. Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo
Capítulo VII. De la segunda salida de nuestro buen caballero don Quijote de la Mancha
Capítulo VIII. Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice recordación
Segunda parte del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha
Capítulo IX. Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron
Capítulo X. De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno y del peligro en que se vio con una caterva de yangüeses
Capítulo XI. De lo que le sucedió a don Quijote con unos cabreros
Capítulo XII. De lo que contó un cabrero a los que estaban con don Quijote
Capítulo XIII. Donde se da fin al cuento de la pastora Marcela, con otros sucesos
Capítulo XIV. Donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor, con otros no esperados sucesos
Tercera parte del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha
Capítulo XV. Donde se cuenta la desgraciada aventura que se topó don Quijote en topar con unos desalmados yangüeses
Capítulo XVI. De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta que él se imaginaba ser castillo
Capítulo XVII. Donde se prosiguen los innumerables trabajos que el bravo don Quijote y su buen escudero Sancho Panza pasaron en la venta que por su mal pensó que era castillo
Capítulo XVIII. Donde se cuentan las razones que pasó Sancho Panza con su señor don Quijote, con otras aventuras dignas de ser contadas
Capítulo XIX. De las discretas razones que Sancho pasaba con su amo y de la aventura que le sucedió con un cuerpo muerto, con otros acontecimientos famosos
Capítulo XX. De la jamás vista ni oída aventura que con más poco peligro fue acabada de famoso caballero en el mundo como la que acabó el valeroso don Quijote de la Mancha
Capítulo XXI. Que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de Mambrino, con otras cosas sucedidas a nuestro invencible caballero
Capítulo XXII. De la libertad que dio don Quijote a muchos desdichados que mal de su grado los llevaban donde no quisieran ir
Capítulo XXIII. De lo que le aconteció al famoso don Quijote en Sierra Morena, que fue una de las más raras aventuras que en esta verdadera historia se cuenta
Capítulo XXIV. Donde se prosigue la aventura de la Sierra Morena
Capítulo XXV. Que trata de las extrañas cosas que en Sierra Morena sucedieron al valiente caballero de la Mancha, y de la imitación que hizo a la penitencia de Beltenebros
Capítulo XXVI. Donde se prosiguen las finezas que de enamorado hizo don Quijote en Sierra Morena
Capítulo XXVII. De cómo salieron con su intención el cura y el barbero, con otras cosas dignas de que se cuenten en esta grande historia
Cuarta parte del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha
Capítulo XXVIII. Que trata de la nueva y agradable aventura que al cura y barbero sucedió en la misma sierra
Capítulo XXIX. Que trata de la discreción de la hermosa Dorotea, con otras cosas de mucho gusto y pasatiempo
Capítulo XXX. Que trata del gracioso artificio y orden que se tuvo en sacar a nuestro enamorado caballero de la asperísima penitencia en que se había puesto
Capítulo XXXI. De los sabrosos razonamientos que pasaron entre don Quijote y Sancho Panza, su escudero, con otros sucesos
Capítulo XXXII. Que trata de lo que sucedió en la venta a toda la cuadrilla de don Quijote
Capítulo XXXIII. Donde se cuenta la novela del «Curioso impertinente»
Capítulo XXXIV. Donde se prosigue la novela del «Curioso impertinente»
Capítulo XXXV. Donde se da fin a la novela del «Curioso impertinente»
Capítulo XXXVI. Que trata de la brava y descomunal batalla que don Quijote tuvo con unos cueros de vino tinto, con otros raros sucesos que en la venta le sucedieron
Capítulo XXXVII. Donde se prosigue la historia de la famosa infanta Micomicona, con otras graciosas aventuras
Capítulo XXXVIII. Que trata del curioso discurso que hizo don Quijote de las armas y las letras
Capítulo XXXIX. Donde el cautivo cuenta su vida y sucesos
Capítulo XL. Donde se prosigue la historia del cautivo
Capítulo XLI. Donde todavía prosigue el cautivo su suceso
Capítulo XLII. Que trata de lo que más sucedió en la venta y de otras muchas cosas dignas de saberse
Capítulo XLIII. Donde se cuenta la agradable historia del mozo de mulas, con otros extraños acaecimientos en la venta sucedidos
Capítulo XLIV. Donde se prosiguen los inauditos sucesos de la venta
Capítulo XLV. Donde se acaba de averiguar la duda del yelmo de Mambrino y de la albarda, y otras aventuras sucedidas, con toda verdad
Capítulo XLVI. De la notable aventura de los cuadrilleros y la gran ferocidad de nuestro buen caballero don Quijote
Capítulo XLVII. Del extraño modo con que fue encantado don Quijote de la Mancha, con otros famosos sucesos
Capítulo XLVIII. Donde prosigue el canónigo la materia de los libros de caballerías, con otras cosas dignas de su ingenio
Capítulo XLIX. Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo con su señor don Quijote
Capítulo L. De las discretas altercaciones que don Quijote y el canónigo tuvieron, con otros sucesos
Capítulo LI. Que trata de lo que contó el cabrero a todos los que llevaban al valiente don Quijote
Capítulo LII. De la pendencia que don Quijote tuvo con el cabrero, con la rara aventura de los disciplinantes, a quien dio felice fin a costa de su sudor
El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha II
Tasa, Fe de erratas, Aprobaciones y Privilegio
Prólogo al lector
Dedicatoria al Conde de Lemos
Capítulo I. De lo que el cura y el barbero pasaron con don Quijote cerca de su enfermedad
Capítulo II. Que trata de la notable pendencia que Sancho Panza tuvo con la sobrina y ama de don Quijote, con otros sujetos graciosos
Capítulo III. Del ridículo razonamiento que pasó entre don Quijote, Sancho Panza y el bachiller Sansón Carrasco
Capítulo IV. Donde Sancho Panza satisface al bachiller Sansón Carrasco de sus dudas y preguntas, con otros sucesos dignos de saberse y de contarse
Capítulo V. De la discreta y graciosa plática que pasó entre Sancho Panza y su mujer Teresa Panza, y otros sucesos dignos de felice recordación
Capítulo VI. De lo que le pasó a don Quijote con su sobrina y con su ama, y es uno de los importantes capítulos de toda la historia
Capítulo VII. De lo que pasó don Quijote con su escudero, con otros sucesos famosísimos
Capítulo VIII. Donde se cuenta lo que le sucedió a don Quijote yendo a ver su señora Dulcinea del Toboso
Capítulo IX. Donde se cuenta lo que en él se verá
Capítulo X. Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar a la señora Dulcinea, y de otros sucesos tan ridículos como verdaderos
Capítulo XI. De la extraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el carro o carreta de «Las Cortes de la Muerte»
Capítulo XII. De la extraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el bravo Caballero de los Espejos
Capítulo XIII. Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque, con el discreto, nuevo y suave coloquio que pasó entre los dos escuderos
Capítulo XIV. Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque
Capítulo XV. Donde se cuenta y da noticia de quién era el Caballero de los Espejos y su escudero
Capítulo XVI. De lo que sucedió a don Quijote con un discreto caballero de la Mancha
Capítulo XVII. De donde se declaró el último punto y extremo adonde llegó y pudo llegar el inaudito ánimo de don Quijote con la felicemente acabada aventura de los leones
Capítulo XVIII. De lo que sucedió a don Quijote en el castillo o casa del Caballero del Verde Gabán, con otras cosas extravagantes
Capítulo XIX. Donde se cuenta la aventura del pastor enamorado, con otros en verdad graciosos sucesos
Capítulo XX. Donde se cuentan las bodas de Camacho el rico, con el suceso de Basilio el pobre
Capítulo XXI. Donde se prosiguen las bodas de Camacho, con otros gustosos sucesos
Capítulo XXII. Donde se da cuenta de la grande aventura de la cueva de Montesinos, que está en el corazón de la Mancha, a quien dio felice cima el valeroso don Quijote de la Mancha
Capítulo XXIII. De las admirables cosas que el extremado don Quijote contó que había visto en la profunda cueva de Montesinos, cuya imposibilidad y grandeza hace que se tenga esta aventura por apócrifa
Capítulo XXIV. Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como necesarias al verdadero entendimiento de esta grande historia
Capítulo XXV. Donde se apunta la aventura del rebuzno y la graciosa del titerero, con las memorables adivinanzas del mono adivino
Capítulo XXVI. Donde se prosigue la graciosa aventura del titerero, con otras cosas en verdad harto buenas
Capítulo XXVII. Donde se da cuenta de quiénes eran maese Pedro y su mono, con el mal suceso que don Quijote tuvo en la aventura del rebuzno, que no la acabó como él quisiera y como lo tenía pensado
Capítulo XXVIII. De cosas que dice Benengeli que las sabrá quien le leyere, si las lee con atención
Capítulo XXIX. De la famosa aventura del barco encantado
Capítulo XXX. De lo que le avino a don Quijote con una bella cazadora
Capítulo XXXI. Que trata de muchas y grandes cosas
Capítulo XXXII. De la respuesta que dio don Quijote a su reprehensor, con otros graves y graciosos sucesos
Capítulo XXXIII. De la sabrosa plática que la duquesa y sus doncellas pasaron con Sancho Panza, digna de que se lea y de que se note
Capítulo XXXIV. Que cuenta de la noticia que se tuvo de cómo se había de desencantar la sin par Dulcinea del Toboso, que es una de las aventuras más famosas de este libro
Capítulo XXXV. Donde se prosigue la noticia que tuvo don Quijote del desencanto de Dulcinea, con otros admirables sucesos
Capítulo XXXVI. Donde se cuenta la extraña y jamás imaginada aventura de la dueña Dolorida, alias de la condesa Trifaldi, con una carta que Sancho Panza escribió a su mujer Teresa Panza
Capítulo XXXVII. Donde se prosigue la famosa aventura de la dueña Dolorida
Capítulo XXXVIII. Donde se cuenta la que dio de su mala andanza la dueña Dolorida
Capítulo XXXIX. Donde la Trifaldi prosigue su estupenda y memorable historia
Capítulo XL. De cosas que atañen y tocan a esta aventura y a esta memorable historia
Capítulo XLI. De la venida de Clavileño, con el fin de esta dilatada aventura
Capítulo XLII. De los consejos que dio don Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula, con otras cosas bien consideradas
Capítulo XLIII. De los consejos segundos que dio don Quijote a Sancho Panza
Capítulo XLIV. Cómo Sancho Panza fue llevado al gobierno, y de la extraña aventura que en el castillo sucedió a don Quijote
Capítulo XLV. De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión de su ínsula y del modo que comenzó a gobernar
Capítulo XLVI. Del temeroso espanto cencerril y gatuno que recibió don Quijote en el discurso de los amores de la enamorada Altisidora
Capítulo XLVII. Donde se prosigue cómo se portaba Sancho Panza en su gobierno
Capítulo XLVIII. De lo que le sucedió a don Quijote con doña Rodríguez, la dueña de la duquesa, con otros acontecimientos dignos de escritura y de memoria eterna
Capítulo XLIX. De lo que le sucedió a Sancho Panza rondando su ínsula
Capítulo L. Donde se declara quién fueron los encantadores y verdugos que azotaron a la dueña y pellizcaron y arañaron a don Quijote, con el suceso que tuvo el paje que llevó la carta a Teresa Sancha, mujer de Sancho Panza
Capítulo LI. Del progreso del gobierno de Sancho Panza, con otros sucesos tales como buenos
Capítulo LII. Donde se cuenta la aventura de la segunda dueña Dolorida, o Angustiada, llamada por otro nombre doña Rodríguez
Capítulo LIII. Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de Sancho Panza
Capítulo LIV. Que trata de cosas tocantes a esta historia, y no a otra alguna
Capítulo LV. De cosas sucedidas a Sancho en el camino, y otras que no hay más que ver
Capítulo LVI. De la descomunal y nunca vista batalla que pasó entre don Quijote de la Mancha y el lacayo Tosilos en la defensa de la hija de la dueña doña Rodríguez
Capítulo LVII. Que trata de cómo don Quijote se despidió del duque y de lo que le sucedió con la discreta y desenvuelta Altisidora, doncella de la duquesa
Capítulo LVIII. Que trata de cómo menudearon sobre don Quijote aventuras tantas, que no se daban vagar unas a otras
Capítulo LIX. Donde se cuenta del extraordinario suceso, que se puede tener por aventura, que le sucedió a don Quijote
Capítulo LX. De lo que sucedió a don Quijote yendo a Barcelona
Capítulo LXI. De lo que le sucedió a don Quijote en la entrada de Barcelona, con otras cosas que tienen más de lo verdadero que de lo discreto
Capítulo LXII. Que trata de la aventura de la cabeza encantada, con otras niñerías que no pueden dejar de contarse
Capítulo LXIII. De lo mal que le avino a Sancho Panza con la visita de las galeras, y la nueva aventura de la hermosa morisca
Capítulo LXIV. Que trata de la aventura que más pesadumbre dio a don Quijote de cuantas hasta entonces le habían sucedido
Capítulo LXV. Donde se da noticia de quién era el de la Blanca Luna, con la libertad de don Gregorio, y de otros sucesos
Capítulo LXVI. Que trata de lo que verá el que lo leyere o lo oirá el que lo escuchare leer
Capítulo LXVII. De la resolución que tomó don Quijote de hacerse pastor y seguir la vida del campo en tanto que se pasaba el año de su promesa, con otros sucesos en verdad gustosos y buenos
Capítulo LXVIII. De la cerdosa aventura que le aconteció a don Quijote
Capítulo LXIX. Del más raro y más nuevo suceso que en todo el discurso de esta grande historia avino a don Quijote
Capítulo LXX. Que sigue al de sesenta y nueve y trata de cosas no excusadas para la claridad de esta historia
Capítulo LXXI. De lo que a don Quijote le sucedió con su escudero Sancho yendo a su aldea
Capítulo LXXII. De cómo don Quijote y Sancho llegaron a su aldea
Capítulo LXXIII. De los agüeros que tuvo don Quijote al entrar de su aldea, con otros sucesos que adornan y acreditan esta grande historia
Capítulo LXXIV. De cómo don Quijote cayó malo y del testamento que hizo y su muerte
Nota complementaria. La pérdida del rucio según la segunda y la tercera edición
Anexos
Un prólogo al «Quijote»
Nota al texto
Esta edición
Vida y obras de Cervantes
Observaciones sobre la lengua del «Quijote»
Guía bibliográfica
Ilustraciones
La España del «Quijote»
La Mancha y entornos
El Mediterráneo e itinerario del Cautivo
Cueva de Montesinos
Barcelona a mediados del siglo XVI
Armadura del siglo XVI
Venta de Alhama y planta de la Posada del Potro
Página del «Amadís de Gaula»
Portada de la «Crónica del Gran Capitán»
Portada de la «Crónica de don Florisel»
Portada de la edición de Manuel Martín (1765)
Grabado de la edición de Ibarra (1780)
Índices
Refranes
Temas y pasajes memorables
Citas, obras y autores
Nombres
Palabras, locuciones y modismos
Sinopsis
Primera parte
Segunda parte
Créditos
EL INGENIOSO HIDALGO don Quijote de la Mancha se publicó en Madrid con fecha de 1605, a expensas del librero Francisco de Robles e impreso por Juan de la Cuesta. El autor, Miguel de Cervantes (Alcalá de Henares, 1547-Madrid, 1616), era hijo de un modesto “cirujano” (es decir, practicante), había servido en los tercios de Italia, luchando y siendo herido en la batalla de Lepanto (1571), y había sufrido cinco años de cautiverio en Argel. De vuelta en España, intentó en vano conseguir un cargo de algún relieve y subsistió como comisario de abastos en Andalucía, escribiendo para el teatro, colaborando en negocios editoriales y tratos financieros, administrando los bienes de su esposa o socorrido por el Conde de Lemos. La conducta de las mujeres de su familia fue a menudo objeto de escándalo, pero del Cervantes íntimo se sabe bien poco: apenas consta sino que en los últimos años extremó su religiosidad.
Tanto en verso como en prosa, Cervantes aspiró siempre a alcanzar un público amplio, con obras «de honesto entretenimiento, que deleiten con el lenguaje y admiren y suspendan con la invención» (Quijote, II, 16), sin merma de la verosimilitud y la coherencia. En el decenio de 1580 había estrenado con buen éxito varias comedias y dado a la luz una ficción pastoril, La Galatea, pero en 1605 se le consideraba un escritor pasado de moda, al margen de la prestigiosa vanguardia literaria de un Lope de Vega o un Luis de Góngora. El Ingenioso hidalgo, que había comenzado a escribir fragmentariamente bastantes años atrás, le ganó una inmensa popularidad, que sin embargo él no se dio prisa en acrecentar ni explotar sacando nuevos libros: las Novelas ejemplares no quiso publicarlas hasta 1613, y la continuación del Ingenioso hidalgo (que los editores titularon Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha) tuvo que esperar a 1615. Cervantes no llegó a dar la última mano a Los trabajos de Persiles y Sigismunda, la novela de aventuras que reputaba como su obra maestra y que se publicó póstuma en 1617.
En el presente volumen se ofrece un texto crítico del Quijote establecido a partir del examen de todas las ediciones significativas, antiguas y modernas, y con la aplicación de los métodos filológicos más rigurosos. Las notas son tan abundantes como ha parecido necesario para asegurar una adecuada comprensión, pero se han redactado siempre con la máxima claridad y concisión y se han dispuesto del modo que menos pesara sobre el texto cervantino y menos coartara la libertad del lector.
En los «Anexos», al final del volumen, se incluyen un estudio de conjunto de la novela, la justificación de los criterios textuales y gráficos adoptados, e informaciones sobre la vida y escritos de Cervantes, la lengua del Quijote y la bibliografía de la obra, así como varios mapas, esquemas e ilustraciones que complementan la anotación a pie de página. Para que el lector pueda más fácilmente hacerse una idea de determinados contenidos (refranes, citas, etc.) y apreciar la riqueza del lenguaje cervantino, los copiosos índices se han distribuido bajo diversos epígrafes. La «Sinopsis del argumento» permite localizar rápidamente los principales episodios del relato.
Francisco Rico

Como era frecuente en la época, todos los elementos de la portada se presentan sintácticamente enlazados entre sí («El ingenioso hidalgo…, compuesto por…, dirigido a…, véndese…»), pero distinguidos por los tipos y tamaños (mayúsculas, cursiva, etc.).
La composición tipográfica se centra en torno a un emblema utilizado por diversos impresores, desde el siglo XV: un halcón en la mano del cazador y con la cabeza cubierta por un capirote que se le quitará cuando llegue el momento de acometer su presa; al fondo, un león dormido con los ojos abiertos; el lema en latín (‘Tras las tinieblas espero la luz’) procede del libro de Job, XVII, 12.
El emblema es una de la varias marcas empleadas en la imprenta de Pedro Madrigal († 1593), que durante unos años (hasta 1607) estuvo regida por Juan de la Cuesta, yerno de la propietaria. El editor de la obra fue el librero y negociante Francisco de Robles, especializado en publicaciones oficiales y obras jurídicas; y fue Robles quien determinó y financió todos los aspectos del volumen, que Cuesta se limitó a confeccionar materialmente.
Yo, Juan Gallo de Andrada, escribano de Cámara del Rey nuestro Señor, de los que residen en el su Consejo, certifico y doy fe que, habiéndose visto por los señores de él un libro intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha,[2] compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra, tasaron cada pliego[3] del dicho libro a tres maravedís y medio;[4] el cual tiene ochenta y tres pliegos, que al dicho precio monta el dicho libro doscientos y noventa maravedís y medio, en que se ha de vender en papel;[5] y dieron licencia para que a este precio se pueda vender, y mandaron que esta tasa se ponga al principio del dicho libro, y no se pueda vender sin ella. Y para que de ello conste, di el presente en Valladolid, a veinte días del mes de diciembre de mil y seiscientos y cuatro años.
Juan Gallo de Andrada
Este libro no tiene cosa digna de notar que no corresponda a su original.[6] En testimonio de lo haber correcto di esta fe. En el Colegio de la Madre de Dios de los Teólogos de la Universidad de Alcalá, en primero de diciembre de 1604 años.
El Licenciado Francisco Murcia de la Llana[7]
[1] Los libros de la época debían insertar al principio una serie de documentos análogos al copyright, el depósito legal y otros requisitos modernos: la Tasa, con el precio de venta al público, de acuerdo con el número de pliegos; el Testimonio o fe de erratas, para certificar que el texto impreso se adecuaba al manuscrito presentado para su censura, salvo en las erratas expresamente señaladas; el privilegio real, con indicación del plazo durante el cual se autorizaba la publicación; y la licencia o Aprobación, eclesiástica, civil o de ambas procedencias, que en el caso de la Primera parte del Quijote, sin embargo, no llegó a imprimirse (véase la n. 16). Según es obvio, los preliminares administrativos no forman parte del texto del Quijote y en la presente edición se publican a mero título de curiosidad documental, como, por ejemplo, el facsímil de la portada.
[2] Con esa forma del título pidió Cervantes la licencia oficial para publicar el Quijote, presentándolo como «de lectura curiosa, apacible y de grande ingenio».
[3] ‘cuadernillo, hoja de papel que, doblada una o varias veces, se agrupa con otras del mismo tipo para formar un libro’.
[4] El maravedí era la principal unidad monetaria. Un real tenía 34 maravedíes. En 1605, alrededor de un quilo de carnero costaba en Castilla unos 28 maravedíes; un pollo, 55; una docena de huevos, 63.
[5] ‘sin encuadernar’.
[6] Copia en limpio visada por la censura y usada en la imprenta para la composición del libro.
[7] Francisco Murcia de la Llana, médico, escritor y corrector de libros, firmó el testimonio de erratas de la mayoría de las obras de Cervantes.
Por cuanto por parte de vos, Miguel de Cervantes, nos fue fecha relación que habíades compuesto un libro intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha, el cual os había costado mucho trabajo y era muy útil y provechoso, y nos pedistes y suplicastes[8] os mandásemos dar licencia y facultad para le poder imprimir, y privilegio por el tiempo que fuésemos servidos, o como la nuestra merced fuese; lo cual visto por los del nuestro Consejo, por cuanto en el dicho libro se hicieron las diligencias que la premática últimamente por Nos fecha sobre la impresión de los libros dispone,[9] fue acordado que debíamos mandar dar esta nuestra cédula para vos, en la dicha razón, y Nos tuvímoslo por bien. Por la cual, por os hacer bien y merced, os damos licencia y facultad para que vos, o la persona que vuestro poder hubiere, y no otra alguna, podáis imprimir el dicho libro, intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha, que desuso se hace mención,[10] en todos estos nuestros reinos de Castilla,[11] por tiempo y espacio de diez años,[12] que corran y se cuenten desde el dicho día de la data de esta nuestra cédula. So pena que la persona o personas que sin tener vuestro poder lo imprimiere o vendiere, o hiciere imprimir o vender, por el mismo caso pierda la impresión que hiciere, con los moldes y aparejos de ella, y más incurra en pena de cincuenta mil maravedís, cada vez que lo contrario hiciere. La cual dicha pena sea la tercia parte para la persona que lo acusare, y la otra tercia parte para nuestra Cámara, y la otra tercia parte para el juez que lo sentenciare. Con tanto que todas las veces que hubiéredes de hacer imprimir el dicho libro, durante el tiempo de los dichos diez años, le traigáis al nuestro Consejo, juntamente con el original que en él fue visto, que va rubricado cada plana y firmado al fin de él de Juan Gallo de Andrada, nuestro escribano de Cámara, de los que en él residen, para saber si la dicha impresión está conforme el original;[13] o traigáis fe en pública forma de como por corrector nombrado por nuestro mandado se vio y corrigió la dicha impresión por el original, y se imprimió conforme a él, y quedan impresas las erratas por él apuntadas, para cada un libro de los que así fueren impresos, para que se tase el precio que por cada volumen hubiéredes de haber. Y mandamos al impresor que así imprimiere el dicho libro no imprima el principio ni el primer pliego de él,[14] ni entregue más de un solo libro con el original al autor, o persona a cuya costa lo imprimiere, ni otro alguno, para efecto de la dicha corrección y tasa, hasta que antes y primero el dicho libro esté corregido y tasado por los del nuestro Consejo; y estando hecho, y no de otra manera, pueda imprimir el dicho principio y primer pliego, y sucesivamente ponga esta nuestra cédula y la aprobación, tasa y erratas, so pena de caer e incurrir en las penas contenidas en las leyes y premáticas de estos nuestros reinos. Y mandamos a los del nuestro Consejo y a otras cualesquier justicias de ellos guarden y cumplan esta nuestra cédula y lo en ella contenido. Fecha en Valladolid, a veinte y seis días del mes de setiembre de mil y seiscientos y cuatro años.
YO EL REY
Por mandado del Rey nuestro Señor:
Juan de Amézqueta[15]
APROBACIÓN[16]
Por mandado de Vuestra Alteza he visto un libro llamado El ingenioso hidalgo de la Mancha compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra y me parece, siendo de ello Vuestra Alteza servido, que se le podrá dar licencia para imprimirle, porque será de gusto y entretenimiento al pueblo, a lo cual en regla de buen gobierno se debe de tener atención,[17] allende de que no hallo en él cosa contra policía y buenas costumbres. Y lo firmé de mi nombre, en Valladolid, a XI de setiembre 1604.
Antonio de Herrera[18]
[8] En la época no se usaban aún las formas acabadas en -steis.
[9] Pragmática de 7 de septiembre de 1558, que regula la impresión de libros y el proceso de censura previa; en 1590 se completó con otras disposiciones.
[10] ‘mencionado más arriba’.
[11] La segunda edición, de 1605, añade el privilegio para Portugal, y dice tenerlo para Aragón.
[12] Era el lapso de tiempo más frecuente en los privilegios de impresión; Cervantes lo había pedido por veinte años.
[13] ‘conforme al original’.
[14] El primer pliego contenía la portada y los preliminares con la tasa y demás documentos.
[15] Consejero y secretario de Cámara de Felipe III.
[16] La imprenta tenía previsto incluir cuando menos esta aprobación junto a la tasa y la fe de erratas, pero, por alguna razón accidental, no llegó a hacerlo. El texto ha sido descubierto en 2008 por Fernando Bouza en el Archivo Histórico Nacional.
[17] La aprobación despacha el Quijote con las mismas fórmulas condescendientes que en multitud de otros textos análogos y en otros libros del propio Cervantes. Los biempensantes de la época no pasaban de tolerar las obras de ficción como mal menor, para dar «gusto y entretenimiento al pueblo».
[18] Historiador y cronista de amplia producción (1549-1626), bien situado en la sociedad y en la Corte, intervino en la publicación de un opúsculo (sobre unas fiestas vallisoletanas de 1605) en cuya preparación se ha conjeturado que tuvo que ver Cervantes.
MARQUÉS DE GIBRALEÓN, CONDE DE BENALCÁZAR Y BAÑARES, VIZCONDE DE LA PUEBLA DE ALCOCER, SEÑOR DE LAS VILLAS DE CAPILLA, CURIEL Y BURGUILLOS
En fe del buen acogimiento y honra que hace Vuestra Excelencia a toda suerte de libros, como príncipe tan inclinado a favorecer las buenas artes, mayormente las que por su nobleza no se abaten al servicio y granjerías del vulgo,[2] he determinado de sacar a luz al Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha al abrigo del clarísimo nombre de Vuestra Excelencia, a quien, con el acatamiento que debo a tanta grandeza, suplico le reciba agradablemente en su protección, para que a su sombra, aunque desnudo de aquel precioso ornamento de elegancia y erudición de que suelen andar vestidas las obras que se componen en las casas de los hombres que saben, ose parecer seguramente[3] en el juicio de algunos que, no conteniéndose en los límites de su ignorancia, suelen condenar con más rigor y menos justicia los trabajos ajenos; que, poniendo los ojos la prudencia de Vuestra Excelencia en mi buen deseo, fío que no desdeñará la cortedad de tan humilde servicio.
Miguel de Cervantes Saavedra
[1] Don Alonso López de Zúñiga y Sotomayor, duque de Béjar desde 1601; en 1604 residía en Valladolid con la corte. La dedicatoria que sigue, sustancialmente tomada de otra de Fernando de Herrera, no salió de la pluma de Cervantes, sino que debe atribuirse al editor, Francisco de Robles.
[2] granjerías: ‘intereses’.
[3] ‘con seguridad, sin miedo’.
Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse.[1] Pero no he podido yo contravenir al orden de naturaleza, que en ella cada cosa engendra su semejante. Y, así, ¿qué podía engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado,[2] antojadizo y lleno de pensamientos varios[3] y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel,[4] donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación? El sosiego, el lugar apacible, la amenidad de los campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de las fuentes, la quietud del espíritu son grande parte[5] para que las musas más estériles se muestren fecundas y ofrezcan partos al mundo que le colmen de maravilla y de contento. Acontece tener un padre un hijo feo y sin gracia alguna, y el amor que le tiene le pone una venda en los ojos para que no vea sus faltas, antes las juzga por discreciones y lindezas y las cuenta a sus amigos por agudezas y donaires. Pero yo, que, aunque parezco padre, soy padrastro de don Quijote, no quiero irme con la corriente del uso,[6] ni suplicarte casi con las lágrimas en los ojos, como otros hacen, lector carísimo, que perdones o disimules las faltas que en este mi hijo vieres, que ni eres su pariente ni su amigo, y tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío como el más pintado,[7] y estás en tu casa, donde eres señor de ella, como el rey de sus alcabalas,[8] y sabes lo que comúnmente se dice, que «debajo de mi manto, al rey mato»,[9] todo lo cual te exenta[10] y hace libre de todo respeto y obligación, y, así, puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere, sin temor que te calumnien por el mal ni te premien por el bien que dijeres de ella.
Sólo quisiera dártela monda y desnuda, sin el ornato de prólogo, ni de la innumerabilidad y catálogo de los acostumbrados sonetos, epigramas y elogios que al principio de los libros suelen ponerse.[11] Porque te sé decir que, aunque me costó algún trabajo componerla, ninguno tuve por mayor que hacer esta prefación que vas leyendo. Muchas veces tomé la pluma para escribille,[12] y muchas la dejé, por no saber lo que escribiría; y estando una suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete[13] y la mano en la mejilla, pensando lo que diría, entró a deshora[14] un amigo mío, gracioso y bien entendido, el cual, viéndome tan imaginativo,[15] me preguntó la causa, y, no encubriéndosela yo, le dije que pensaba en el prólogo que había de hacer a la historia de don Quijote, y que me tenía de suerte que ni quería hacerle, ni menos sacar a luz así las hazañas de tan noble caballero.[16]
—Porque ¿cómo queréis vos que no me tenga confuso el qué dirá el antiguo legislador que llaman vulgo cuando vea que, al cabo de tantos años como ha que duermo en el silencio del olvido, salgo ahora, con todos mis años a cuestas, con una leyenda seca como un esparto,[17] ajena de invención, menguada de estilo, pobre de conceptos y falta de toda erudición y doctrina, sin acotaciones en las márgenes y sin anotaciones en el fin del libro, como veo que están otros libros, aunque sean fabulosos y profanos, tan llenos de sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de filósofos, que admiran a los leyentes y tienen a sus autores por hombres leídos, eruditos y elocuentes?[18] Pues ¿qué, cuando citan la Divina Escritura? No dirán sino que son unos santos Tomases y otros doctores de la Iglesia, guardando en esto un decoro tan ingenioso,[19] que en un renglón han pintado un enamorado destraído[20] y en otro hacen un sermoncico cristiano, que es un contento y un regalo oílle o leelle. De todo esto ha de carecer mi libro, porque ni tengo qué acotar en el margen, ni qué anotar en el fin, ni menos sé qué autores sigo en él, para ponerlos al principio, como hacen todos, por las letras del abecé, comenzando en Aristóteles y acabando en Xenofonte y en Zoílo o Zeuxis,[21] aunque fue maldiciente el uno y pintor el otro. También ha de carecer mi libro de sonetos al principio, a lo menos de sonetos cuyos autores sean duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas celebérrimos; aunque si yo los pidiese a dos o tres oficiales amigos,[22] yo sé que me los darían, y tales, que no les igualasen los de aquellos que tienen más nombre en nuestra España. En fin, señor y amigo mío –proseguí–, yo determino que el señor don Quijote se quede sepultado en sus archivos en la Mancha, hasta que el cielo depare quien le adorne de tantas cosas como le faltan, porque yo me hallo incapaz de remediarlas, por mi insuficiencia y pocas letras, y porque naturalmente[23] soy poltrón[24] y perezoso de andarme buscando autores que digan lo que yo me sé decir sin ellos. De aquí nace la suspensión y elevamiento,[25] amigo, en que me hallastes, bastante causa para ponerme en ella la que de mí habéis oído.[26]
Oyendo lo cual mi amigo, dándose una palmada en la frente y disparando en una carga de risa,[27] me dijo:
—Por Dios, hermano, que ahora me acabo de desengañar de un engaño en que he estado todo el mucho tiempo que ha que os conozco, en el cual siempre os he tenido por discreto y prudente en todas vuestras acciones. Pero ahora veo que estáis tan lejos de serlo como lo está el cielo de la tierra. ¿Cómo que es posible que cosas de tan poco momento[28] y tan fáciles de remediar puedan tener fuerzas de suspender y absortar un ingenio tan maduro como el vuestro,[29] y tan hecho a romper y atropellar por otras dificultades mayores? A la fe, esto no nace de falta de habilidad, sino de sobra de pereza y penuria de discurso. ¿Queréis ver si es verdad lo que digo? Pues estadme atento y veréis como en un abrir y cerrar de ojos confundo todas vuestras dificultades y remedio todas las faltas que decís que os suspenden y acobardan para dejar de sacar a la luz del mundo la historia de vuestro famoso don Quijote, luz y espejo de toda la caballería andante.
—Decid –le repliqué yo, oyendo lo que me decía–, ¿de qué modo pensáis llenar el vacío de mi temor y reducir a claridad el caos de mi confusión?
A lo cual él dijo:
—Lo primero en que reparáis de los sonetos, epigramas o elogios que os faltan para el principio, y que sean de personajes graves y de título, se puede remediar en que vos mismo toméis algún trabajo en hacerlos, y después los podéis bautizar y poner el nombre que quisiéredes, ahijándolos[30] al Preste Juan de las Indias o al Emperador de Trapisonda,[31] de quien[32] yo sé que hay noticia que fueron famosos poetas;[33] y cuando no lo hayan sido y hubiere algunos pedantes y bachilleres que por detrás os muerdan y murmuren de esta verdad, no se os dé dos maravedís, porque, ya que[34] os averigüen la mentira, no os han de cortar la mano con que lo escribistes. En lo de citar en las márgenes los libros y autores de donde sacáredes las sentencias y dichos que pusiéredes en vuestra historia, no hay más sino hacer de manera que venga a pelo algunas sentencias o latines que vos sepáis de memoria, o a lo menos que os cuesten poco trabajo el buscalle, como será poner, tratando de libertad y cautiverio:
Non bene pro toto libertas venditur auro.[35]
Y luego, en el margen, citar a Horacio, o a quien lo dijo.[36] Si tratáredes del poder de la muerte, acudir luego con
Pallida mors aequo pulsat pede pauperum tabernas
Regumque turres.[37]
Si de la amistad y amor que Dios manda que se tenga al enemigo, entraros luego al punto por la Escritura Divina, que lo podéis hacer con tantico de curiosidad[38] y decir las palabras, por lo menos, del mismo Dios:[39] «Ego autem dico vobis: diligite inimicos vestros». Si tratáredes de malos pensamientos, acudid con el Evangelio: «De corde exeunt cogitationes malae».[40] Si de la instabilidad de los amigos, ahí está Catón, que os dará su dístico:
Donec eris felix, multos numerabis amicos.
Tempora si fuerint nubila, solus eris.[41]
Y con estos latinicos y otros tales os tendrán siquiera por gramático,[42] que el serlo no es de poca honra y provecho el día de hoy. En lo que toca al poner anotaciones al fin del libro, seguramente[43] lo podéis hacer de esta manera: si nombráis algún gigante en vuestro libro, hacelde[44] que sea el gigante Golías, y con solo esto, que os costará casi nada, tenéis una grande anotación, pues podéis poner: «El gigante Golías, o Goliat, fue un filisteo a quien el pastor David mató de una gran pedrada, en el valle de Terebinto, según se cuenta en el libro de los Reyes…»,[45] en el capítulo que vos halláredes que se escribe. Tras esto, para mostraros hombre erudito en letras humanas y cosmógrafo, haced de modo como en vuestra historia se nombre el río Tajo,[46] y vereisos luego con otra famosa anotación, poniendo: «El río Tajo fue así dicho por un rey de las Españas; tiene su nacimiento en tal lugar y muere en el mar Océano, besando los muros de la famosa ciudad de Lisboa, y es opinión que tiene las arenas de oro», etc. Si tratáredes de ladrones, yo os diré la historia de Caco,[47] que la sé de coro;[48] si de mujeres rameras, ahí está el obispo de Mondoñedo, que os prestará a Lamia, Laida y Flora,[49] cuya anotación os dará gran crédito; si de crueles, Ovidio os entregará a Medea;[50] si de encantadores y hechiceras, Homero tiene a Calipso y Virgilio a Circe;[51] si de capitanes valerosos, el mismo Julio César os prestará a sí mismo en sus Comentarios,[52] y Plutarco os dará mil Alejandros.[53] Si tratáredes de amores, con dos onzas[54] que sepáis de la lengua toscana,[55] toparéis con León Hebreo[56] que os hincha las medidas.[57] Y si no queréis andaros por tierras extrañas, en vuestra casa tenéis a Fonseca, Del amor de Dios,[58] donde se cifra todo lo que vos y el más ingenioso acertare a desear en tal materia. En resolución, no hay más sino que vos procuréis nombrar estos nombres, o tocar estas historias en la vuestra, que aquí he dicho, y dejadme a mí el cargo de poner las anotaciones y acotaciones; que yo os voto a tal[59] de llenaros las márgenes y de gastar cuatro pliegos en el fin del libro. Vengamos ahora a la citación de los autores que los otros libros tienen, que en el vuestro os faltan. El remedio que esto tiene es muy fácil, porque no habéis de hacer otra cosa que buscar un libro que los acote todos, desde la A hasta la Z, como vos decís. Pues ese mismo abecedario pondréis vos en vuestro libro; que puesto que[60] a la clara se vea la mentira, por la poca necesidad que vos teníades de aprovecharos de ellos, no importa nada, y quizá alguno habrá tan simple que crea que de todos os habéis aprovechado en la simple y sencilla historia vuestra; y cuando no sirva de otra cosa, por lo menos servirá aquel largo catálogo de autores a dar de improviso autoridad al libro. Y más, que no habrá quien se ponga a averiguar si los seguistes o no los seguistes, no yéndole nada en ello. Cuanto más que, si bien caigo en la cuenta, este vuestro libro no tiene necesidad de ninguna cosa de aquellas que vos decís que le falta, porque todo él es una invectiva contra los libros de caballerías, de quien nunca se acordó Aristóteles, ni dijo nada San Basilio, ni alcanzó Cicerón,[61] ni caen debajo de la cuenta de sus fabulosos disparates las puntualidades de la verdad, ni las observaciones de la astrología,[62] ni le son de importancia las medidas geométricas, ni la confutación de los argumentos de quien se sirve la retórica, ni tiene para qué predicar a ninguno, mezclando lo humano con lo divino, que es un género de mezcla de quien no se ha de vestir ningún cristiano entendimiento.[63] Sólo tiene que aprovecharse de la imitación en lo que fuere escribiendo, que, cuanto ella fuere más perfecta, tanto mejor será lo que se escribiere. Y pues esta vuestra escritura no mira a más que a deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías, no hay para qué andéis mendigando sentencias de filósofos, consejos de la Divina Escritura, fábulas de poetas, oraciones de retóricos, milagros de santos, sino procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo,[64] pintando en todo lo que alcanzáredes y fuere posible vuestra intención, dando a entender vuestros conceptos sin intricarlos y escurecerlos. Procurad también que, leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a risa,[65] el risueño la acreciente, el simple no se enfade,[66] el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla. En efecto,[67] llevad la mira puesta a derribar la máquina mal fundada[68] de estos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más; que, si esto alcanzásedes, no habríades alcanzado poco.
Con silencio grande estuve escuchando lo que mi amigo me decía, y de tal manera se imprimieron en mí sus razones, que, sin ponerlas en disputa, las aprobé por buenas y de ellas mismas quise hacer este prólogo, en el cual verás, lector suave, la discreción de mi amigo, la buena ventura mía en hallar en tiempo tan necesitado tal consejero, y el alivio tuyo en hallar tan sincera y tan sin revueltas la historia del famoso don Quijote de la Mancha, de quien hay opinión, por todos los habitadores del distrito del campo de Montiel,[69] que fue el más casto enamorado y el más valiente caballero que de muchos años a esta parte se vio en aquellos contornos. Yo no quiero encarecerte el servicio que te hago en darte a conocer tan noble y tan honrado caballero; pero quiero que me agradezcas el conocimiento que tendrás del famoso Sancho Panza, su escudero, en quien, a mi parecer, te doy cifradas todas las gracias escuderiles que en la caterva de los libros vanos de caballerías están esparcidas. Y con esto Dios te dé salud y a mí no olvide. Vale.[70]
[1] discreto: ‘juicioso y perspicaz’.
[2] ‘mustio’.
[3] ‘dispares, discordes’.
[4] Cervantes, que estuvo preso en 1592 y en 1597, no se refiere a la redacción, sino a la concepción de su libro.
[5] ‘son de gran ayuda’.
[6] ‘hacer como los demás’.
[7] ‘como el que más’.
[8] ‘como el rey de sus impuestos’.
[9] Refrán: ‘cada uno piensa lo que quiere’.
[10] ‘te exime’.
[11] Era costumbre que los libros llevaran al comienzo algunas poesías en elogio del autor y la obra. Lope de Vega refiere que en agosto de 1604 Cervantes anduvo buscando en vano quien escribiera unos versos de alabanza para el Quijote; pero el propio Lope recurrió más de una vez a la artimaña de escribirlos él mismo y publicarlos como si fueran de poetas amigos y nobles señores.
[12] Las formas como escribille ‘escribirle’ (dalle: ‘darle’, etc.) eran de uso corriente.
[13] ‘escritorio’.
[14] ‘inesperadamente’.
[15] ‘tan pensativo’.
[16] Entiéndase: ‘sin prólogo alguno’.
[17] leyenda: ‘una lectura’, ‘un libro’.
[18] Al publicarse el Quijote, la literatura romance de mayor prestigio era la que se presentaba como inspirada por la alta cultura clásica y formulada en un lenguaje accesible sólo a los más doctos, aunque en buena parte de los casos los autores, sin grandes conocimientos de latín, no pasaran de saquear unas pocas enciclopedias y repertorios (Lope de Vega obró así más de una vez, para mostrar que no era sólo un dramaturgo popular, sino también un solvente intelectual). «Turba lega» llamaba Góngora a quienes no exhibían «ático estilo, erudición romana»; y como «ingenio lego» se definía Cervantes a sí mismo en el Viaje del Parnaso.
[19] decoro: ‘adecuación entre el tema y la forma literaria’, de acuerdo con los criterios de estilo y jerarquía social propios de la estética clásica.
[20] ‘extraviado’, en sentido moral.
[21] Jenofonte, historiador griego; Zeuxis, pintor, y Zoilo (Zoílo), filósofo, famoso por una dura diatriba contra Homero.
[22] ‘amigos del oficio’.
[23] ‘por naturaleza’.
[24] ‘comodón’.
[25] ‘la duda y el embelesamiento’.
[26] ‘causa suficiente para ponerme en duda (suspensión) es la causa que os he dicho’.
[27] ‘soltando una risotada’.
[28] ‘de tan poca importancia’.
[29] absortar: ‘dejar absorto’.
[30] ‘atribuyéndolos’.
[31] Personajes legendarios, de mención frecuente en los libros de caballerías.
[32] ‘de quienes’ (quien se usaba también para el plural).
[33] famosos: ‘dignos de fama, de reconocimiento’, como otras veces en el Quijote.
[34] ‘aunque’.
[35] ‘La libertad no se vende bien ni por todo el oro del mundo’.
[36] El verso no es de Horacio, sino que pertenece a una versión medieval de una fábula esópica.
[37] ‘La pálida muerte visita por igual las chozas de los pobres y las torres de los reyes’ (Horacio, Odas, I, IV, 13-14).
[38] ‘con un poquito de cuidado’.
[39] ‘nada menos que del mismo Dios’.
[40] ‘Por el contrario, yo os digo: amad a vuestros enemigos’ (Mateo, V, 44) y ‘Del corazón salen los malos pensamientos’ (Mateo, XV, 19).
[41] ‘Mientras seas dichoso, contarás con muchos amigos, pero si los tiempos se nublan, estarás solo’; los versos no son de Catón, sino de Ovidio (Tristia, I, IX, 5-6).
[42] ‘conocedor de la gramática latina’, hombre de cultura.
[43] ‘con seguridad, sin temor’.
[44] ‘hacedle’. El imperativo de este tipo (daldo, pedilde, etc.) empezaba a estar anticuado.
[45] En la antigua Vulgata, I Reyes, VII, 12-54; en la moderna, I Samuel, VII, 12-54.
[46] haced de modo como: ‘haced de modo que’. Cervantes usa continuamente como con el mero valor de conjunción (que), no con la función de adverbio de modo (que hoy podría escribirse con tilde: cómo).
[47] Hijo de Vulcano que robó los bueyes a Hércules mientras éste dormía (Eneida, VIII, 185 sigs.).
[48] ‘de memoria’.
[49] Fray Antonio de Guevara, obispo de Mondoñedo, trata de estas tres mujeres en sus Epístolas familiares, LXIII (1539); tenía fama de inventarse historias que presentaba como verdaderas.
[50] Medea mató a sus hijos cuando supo que su esposo Jasón iba a casarse con otra mujer (Metamorfosis, VII, 1-452).
[51] Personajes de la Odisea de Homero: la ninfa Calipso se enamoró de Ulises y lo retuvo siete años; Circe convirtió en cerdos a los miembros de la tripulación del héroe; este último relato también aparece en la Eneida, VII.
[52] El De bello Gallico y el De bello civile del propio Julio César.
[53] En las Vidas paralelas, Plutarco relata las biografías de célebres personajes de la Antigüedad, entre ellos Alejandro Magno.
[54] ‘un poco’.
[55] ‘italiana’.
[56] León Hebreo (Judá Abravanel) escribió unos Dialoghi d’amore (1535) muy leídos durante el siglo XVI.
[57] ‘que os contente con creces’.
[58] Tratado del amor de Dios (1592) de fray Cristóbal de Fonseca.
[59] ‘os juro’.
[60] ‘aunque’, como la mayoría de veces en el Quijote.
[61] Se citan en orden alfabético tres autores muy frecuentados en la teoría literaria de la época: Aristóteles por su Poética, Cicerón por sus tratados retóricos y Basilio por la epístola Ad adolescentes, utilizada en las polémicas renacentistas sobre el valor de los escritores clásicos.
[62] ‘astronomía’.
[63] mezcla: ‘tejido de hilos de diferentes clases o colores’.
[64] período: ‘discurso’, en sentido retórico.
[65] melancólico: ‘que sufre una depresión o es proclive a sufrirla’.
[66] ‘no se aburra’.
[67] ‘En fin, en suma’.
[68] ‘la trama, la turbamulta mal organizada’.
[69] Comarca de la Mancha, entre Ciudad Real y Albacete, donde se inicia la acción.
[70] ‘Que estés bien’, fórmula latina de despedida. Como se observará, mientras la mayor parte del Prólogo se centra en la crítica de las prácticas e ideales de la literatura más estimada en los primeros años del siglo XVII (véase la anterior n. 18), sólo al final declara Cervantes que su obra es una diatriba contra los libros de caballerías.
Si de llegarte a los bue-,[3]
libro, fueres con lectu-,[4]
no te dirá el boquirru-[5]
que no pones bien los de-.[6]
Mas si el pan no se te cue-
por ir a manos de idio-,[7]
verás de manos a bo-
aun no dar una en el cla-,[8]
si bien se comen las ma-
por mostrar que son curio-.[9]
Y pues la experiencia ense-[10]
que el que a buen árbol se arri-
buena sombra le cobi-,
en Béjar tu buena estre-
un árbol real te ofre-
que da príncipes por fru-,[11]
en el cual floreció un du-
que es nuevo Alejandro Ma-:[12]
llega a su sombra, que a osa-
favorece la fortu-.[13]
De un noble hidalgo manche-[14]
contarás las aventu-,
a quien ociosas lectu-
trastornaron la cabe-;
damas, armas, caballe-,
le provocaron de mo-
que, cual Orlando furio-,[15]
templado a lo enamora-,[16]
alcanzó a fuerza de bra-[17]
a Dulcinea del Tobo-.
No indiscretos[18] hieroglí-[19]
estampes en el escu-,[20]
que, cuando es todo figu-,
con ruines puntos se envi-.[21]
Si en la dirección te humi-,
no dirá mofante algu-:[22]
«¡Qué don Álvaro de Lu-,
qué Anibal el de Carta-,
qué rey Francisco en Espa-
se queja de la fortu-!».[23]
Pues al cielo no le plu-[24]
que salieses tan ladi-[25]
como el negro Juan Lati-,[26]
hablar latines rehú-.
No me despuntes de agu-,[27]
ni me alegues con filó-,
porque, torciendo la bo-,
dirá el que entiende la le-,[28]
no un palmo de las ore-:[29]
«¿Para qué conmigo flo-?».[30]
No te metas en dibu-,[31]
ni en saber vidas aje-,
que en lo que no va ni vie-[32]
pasar de largo es cordu-,
que suelen en caperu-
darles a los que grace-;[33]
mas tú quémate las ce-
sólo en cobrar buena fa-,
que el que imprime neceda-
dalas a censo perpe-.[34]
Advierte que es desati-,[35]
siendo de vidrio el teja-,
tomar piedras en las ma-
para tirar al veci-.
Deja que el hombre de jui-
en las obras que compo-
se vaya con pies de plo-,
que el que saca a luz pape-
para entretener donce-
escribe a tontas y a lo-.[36]
[1] Urganda era la maga protectora de Amadís de Gaula.
[2] ‘la que no es reconocida’, porque adopta diferentes apariencias.
[3] Las décimas de cabo roto, es decir, que en cada verso suprimen la sílaba o sílabas siguientes a la última acentuada, eran propias de la poesía cómica. Las palabras truncadas de la primera décima son buenos, lectura, boquirrubio, dedos, cuece, idiota, boca, clavo, manos, curiosos.
[4] ‘con cuidado, con tiento’.
[5] ‘simple y presumido’.
[6] ‘que no sabes lo que haces’.
[7] ‘Pero si te impacientas (el pan no se te cuece) por ser alabado por los indoctos (idiotas)’.
[8] ‘verás inmediatamente o a golpe de vista (de manos a boca) que no dan una en el clavo’.
[9] ‘aunque se mueren de ganas (se comen las manos) por demostrar su sabiduría (por mostrar que son curiosos)’.
[10] Las palabras incompletas en la segunda décima son enseña, arrima, cobija, estrella, ofrece, fruto, duque, Magno, osados, fortuna.
[11] Llama árbol real a los ascendientes del Duque de Béjar por estar emparentados con los reyes de Navarra.
[12] Alejandro Magno era modelo clásico de generosidad.
[13] «Audentes Fortuna iuvat» (Eneida, X, 284).
[14] Las palabras incompletas en la tercera décima son manchego, aventuras, lecturas, cabeza, caballeros, modo, furioso, enamorado, brazos, Toboso.
[15] Protagonista del poema caballeresco Orlando furioso de Ariosto (1516-1532).
[16] ‘afinado como enamorado’.
[17] ‘con su propio esfuerzo’.
[18] ‘impertinentes’.
[19] Las palabras incompletas de la cuarta décima son hieroglíficos, escudo, figura, envida, humillas, alguno, Luna, Cartago, España, fortuna.
[20] ‘en el emblema estampado en la portada del libro’; quizá Cervantes tenía en mente algún caso concreto.
[21] ‘cuando todo es apariencia (figura), uno lleva las de perder’; vocablos del juego de naipes: en las quínolas, las figuras (sota, caballo y rey) tienen poco valor (ruines puntos), y cuando se apuesta con ellas (se envida), es fácil perder la partida.
[22] ‘si en la dedicatoria te muestras humilde (te humillas), ningún tonto (mofante) te podrá decir’ lo que viene a continuación, es decir, ‘no se podrá hacer chanza de tu dedicatoria comparándote con ejemplos ilustres en forma burlesca’.
[23] Se trata de grandes personajes que acabaron trágicamente o sufrieron una situación desgraciada: Álvaro de Luna, privado de Juan II, fue decapitado en 1453; Aníbal (en la época se acentuaba Anibal, como palabra aguda) se suicidó para no caer en manos de los romanos; y Francisco I de Francia estuvo preso en Madrid tras ser capturado en Pavía (1525) por Carlos I.
[24] Las palabras incompletas en la quinta décima son plugo, ladino, Latino, rehúsa, agudo, filósofo, boca, leva, orejas, flores.
[25] ‘buen conocedor del latín’ y también ‘astuto’.
[26] Esclavo de color que llegó a catedrático y obtuvo celebridad como poeta en latín.
[27] ‘No te pases de listo’.
[28] ‘el truco’.
[29] ‘a menos de un palmo de las orejas’, es decir, ‘a la cara’.
[30] ‘trampas, embustes’.
[31] ‘No te compliques la vida’. Las palabras incompletas en la sexta décima son dibujos, ajenas, viene, cordura, caperuza, gracejan, cejas, fama, necedades, perpetuo.
[32] ‘en lo que ni te va ni te viene’.
[33] ‘a los que gastan bromas (gracejan) suelen darles un chasco (darles en caperuza)’.
[34] ‘el que publica tonterías (imprime necedades) las deja fijadas para siempre (dalas a censo perpetuo)’; el censo perpetuo era una suerte de hipoteca muy difícil de amortizar.
[35] Las palabras incompletas en la séptima décima son desatino, tejado, manos, vecino, juicio, compone, plomo, papeles, doncellas, locas.
[36] ‘sin ningún orden’, pero también en sentido literal: ‘para doncellas tontas y locas’.
Soneto
Tú, que imitaste la llorosa vida
que tuve, ausente[2] y desdeñado, sobre
el gran ribazo de la Peña Pobre,
de alegre a penitencia reducida;[3]
tú, a quien los ojos dieron la bebida
de abundante licor,[4] aunque salobre,
y alzándote la plata,[5] estaño y cobre,
te dio la tierra en tierra la comida,[6]
vive seguro de que eternamente,
en tanto, al menos, que en la cuarta esfera[7]
sus caballos aguije el rubio Apolo,[8]
tendrás claro renombre de valiente;
tu patria será en todas la primera;
tu sabio autor, al mundo[9] único y solo.
[1] Protagonista del más famoso libro de caballerías español, escrito probablemente en el siglo XIV y refundido en el siglo XV por Garci Rodríguez de Montalvo, que lo publicó en 1496.
[2] ‘alejado’ de su dama Oriana.
[3] ‘la vida alegre que tenía se redujo a una vida de penitencia’.
[4] ‘líquido’, aquí ‘lágrimas’.
[5] ‘y habiéndote quitado la vajilla’.
[6] ‘te dio la comida en escudillas de barro’.
[7] ‘la esfera del sol’; en la astronomía ptolemaica, la cuarta de las esferas concéntricas del universo.
[8] Es decir, ‘en tanto que amanezca, salga el sol’. Apolo, dios del sol, inicia el día conduciendo su carro a través de la cuarta esfera.
[9] ‘en este mundo’.
Soneto
Rompí, corté, abollé y dije y hice
más que en el orbe caballero andante;
fui diestro, fui valiente, fui arrogante;
mil agravios vengué, cien mil deshice.
Hazañas di a la Fama que eternice;
fui comedido y regalado amante;[2]
fue enano para mí todo gigante,
y al duelo en cualquier punto satisfice.
Tuve a mis pies postrada la Fortuna,
y trajo del copete mi cordura
a la calva Ocasión al estricote.[3]
Mas, aunque sobre el cuerno de la luna
siempre se vio encumbrada mi ventura,
tus proezas envidio, ¡oh gran Quijote!
[1] Protagonista de la Historia de Belianís de Grecia (1547-1579), libro de caballerías en cuatro partes, de Jerónimo Fernández.
[2] ‘fui un amante prudente y agradable’.
[3] ‘y mi prudencia llevó a maltraer a la Ocasión cogiéndola por los pelos de la frente (copete)’; al estricote: ‘por la calle de la amargura’. La Ocasión se representaba como una mujer calva con unos pocos pelos en la frente.
Soneto
¡Oh, quién tuviera, hermosa Dulcinea,
por más comodidad y más reposo,
a Miraflores puesto en el Toboso,
y trocara sus Londres con tu aldea!
¡Oh, quién de tus deseos y librea[2]
alma y cuerpo adornara, y del famoso
caballero que hiciste venturoso
mirara alguna desigual[3] pelea!
¡Oh, quién tan castamente se escapara
del señor Amadís como tú hiciste
del comedido hidalgo don Quijote![4]
Que así envidiada fuera y no envidiara,
y fuera alegre el tiempo que fue triste,
y gozara los gustos sin escote.[5]
[1] Oriana, hija del rey Lisuarte de Bretaña y desposada con Amadís de Gaula, vivía en el castillo de Miraflores, cerca de Londres.
[2] ‘vestido a juego con los de otros caballeros de una cuadrilla, criados de una casa, etc.’.
[3] ‘peligrosa’.
[4] Oriana se entregó a Amadís, con quien contrajo matrimonio secreto.
[5] ‘sin más problema’, referencia burlesca al embarazo de Oriana.
Soneto
Salve, varón famoso, a quien Fortuna,
cuando en el trato[1] escuderil te puso,
tan blanda y cuerdamente lo dispuso,
que lo pasaste sin desgracia alguna.
Ya la azada o la hoz poco repugna
al andante ejercicio; ya está en uso
la llaneza escudera, con que acuso
al soberbio que intenta hollar la luna.[2]
Envidio a tu jumento y a tu nombre,
y a tus alforjas igualmente envidio,
que mostraron tu cuerda providencia.[3]
Salve otra vez, ¡oh Sancho!, tan buen hombre,
que a solo tú nuestro español Ovidio[4]
con buzcorona[5] te hace reverencia.
[1] ‘oficio’.
[2] Es decir, ‘que pretende ser más que los demás’.
[3] ‘tu sensata previsión, tu precaución’.
[4] Cervantes se identifica aquí con Ovidio, probablemente pensando en la proverbial inventiva del poeta latino.
[5] ‘burla de quien da a besar falsamente la mano y en realidad propina un golpe con ella’.
Soy Sancho Panza, escude-[2]
del manchego don Quijo-;
puse pies en polvoro-,[3]
por vivir a lo discre-,[4]
que el tácito Villadie-
toda su razón de esta-
cifró en una retira-,
según siente Celesti-,[5]
libro, en mi opinión, divi-,
si encubriera más lo huma-.[6]
A Rocinante
Soy Rocinante, el famo-,[7]
bisnieto del gran Babie-:[8]
por pecados de flaque-,
fui a poder de un don Quijo-;
parejas corrí[9] a lo flo-,[10]
mas por uña de caba-[11]
no se me escapó ceba-,[12]
que esto saqué a Lazari-,
cuando, para hurtar el vi-
al ciego, le di la pa-.[13]
[1] ‘que escribe poemas donde mezcla cosas diversas’; se ha supuesto que haya aquí una referencia a Gabriel Lobo Lasso de la Vega, que podría haber colaborado en los poemas preliminares.
[2] Décimas de cabo roto, cuyas palabras incompletas son escudero, Quijote, polvorosa, discreto, Villadiego, estado, retirado, Celestina, divino, humano.
[3] ‘salí corriendo, huí’.
[4] ‘como quería, a mis anchas’.
[5] ‘que el tácito Villadiego resumió (cifró) su norma básica en una retirada a tiempo, tal como dice La Celestina’; tácito es el que sigue la doctrina tacitista, que sitúa la actuación política por encima de las propias leyes (razón de estado) en los primeros años del siglo XVII. Villadiego es personaje folclórico en la expresión «tomar las calzas de Villadiego» (en la actualidad simplemente «tomar las de Villadiego»), es decir, ‘huir’, que se utiliza en el acto XII de La Celestina.
[6] Cervantes critica en La Celestina el placer y la demora en la descripción de los vicios humanos.
[7] Las palabras incompletas en esta segunda décima son famoso, Babieca, flaqueza, Quijote, flojo, caballo, cebada, Lazarillo, vino, paja.
[8] Caballo del Cid Campeador.
[9] correr parejas era ‘correr con dos caballos emparejados o con los jinetes asidos el uno del otro’.
[10] ‘sin fuerzas’.
[11] ‘a galope, rápidamente’, y también ‘muy cerca, a la distancia de una uña’.
[12] ‘en modo alguno se me escapó la cebada’.
[13] ‘que esto (es decir, la diligencia de Rocinante en buscar la cebada) saqué de ventaja a Lazarillo de Tormes, el héroe de la primera novela picaresca, porque fui yo quien se quedó el grano, la cebada, y a él, en cambio, di la paja con que engañó y chupó el vino que el ciego tenía en el jarro’.
Soneto
Si no eres par, tampoco le has tenido:[1]
que par pudieras ser entre mil pares,
ni puede haberle donde tú te hallares,
invicto vencedor, jamás vencido.
Orlando soy, Quijote, que, perdido
por Angélica,[2] vi remotos mares,
ofreciendo a la Fama en sus altares
aquel valor que respetó el olvido.
No puedo ser tu igual, que este decoro[3]
se debe a tus proezas y a tu fama,
puesto que,[4] como yo, perdiste el seso;
mas serlo has mío,[5] si al soberbio moro
y cita[6] fiero domas,[7] que hoy nos llama
iguales en amor con mal suceso.[8]
[1] ‘tampoco ha habido nadie comparable a ti’. Los pares eran los miembros del séquito del emperador Carlomagno.
[2] Orlando enloqueció por el amor de Angélica, que prefirió como amante a Medoro.
[3] ‘que este trato justo’.
[4] ‘aunque’, según es regular en el Quijote.
[5] ‘pero serás mi igual’.
[6] ‘escita’, habitante de Escitia, región próxima al Mar Negro, y ejemplo de fiereza en la tradición literaria.
[7] ‘vences’.
[8] ‘con mal fin’.
Soneto
A vuestra espada no igualó la mía,
Febo[2] español, curioso[3] cortesano,
ni a la alta gloria de valor mi mano,
que rayo fue do nace y muere el día.[4]
Imperios desprecié; la monarquía
que me ofreció el Oriente rojo[5] en vano
dejé, por ver el rostro soberano
de Claridiana, aurora hermosa mía.[6]
Amela por milagro único y raro,
y, ausente en su desgracia, el propio infierno
temió mi brazo, que domó su rabia.
Mas vos, godo Quijote,[7] ilustre y claro,
por Dulcinea sois al mundo eterno,[8]
y ella, por vos, famosa, honesta y sabia.
[1] Protagonista del Espejo de príncipes y caballeros (1555) de Diego Ortúñez de Calahorra.
[2] ‘Apolo, sol’.
[3] ‘pulcro, esmerado’.
[4] ‘en oriente, donde nace el día, y en occidente, donde muere’, es decir, ‘de una a otra parte del mundo, en todo el mundo’.
[5] rojo por el color rojizo del amanecer.
[6] El amor de Claridiana lleva al Caballero del Febo a renunciar al imperio de Tartaria.
[7] ‘noble Quijote’, puesto que la nobleza española se vanagloriaba de su ascendencia goda.
[8] ‘sois eterno para el mundo’.
Soneto
Maguer,[2] señor Quijote, que sandeces
vos tengan el cerbelo derrumbado,
nunca seréis de alguno reprochado
por home de obras viles y soeces.
Serán vuesas fazañas los joeces,[3]
pues tuertos desfaciendo habéis andado,[4]
siendo vegadas[5] mil apaleado
por follones cautivos y raheces.[6]
Y si la vuesa linda Dulcinea
desaguisado[7] contra vos comete,
ni a vuesas cuitas muestra buen talante,[8]
en tal desmán vueso conhorte[9] sea
que Sancho Panza fue mal alcagüete,
necio él, dura ella y vos no amante.
[1] Personaje desconocido, ya su nombre se deba a una errata o a confusión de Cervantes, ya se trate de un pseudónimo o anagrama.
[2] ‘Aunque’. Todo el poema está escrito en la fabla pretendidamente medieval que don Quijote emplea en ciertas ocasiones, a imitación de algunos libros de caballerías, y que también el narrador y los personajes utilizan ocasionalmente para situarse en la perspectiva del protagonista o darle la réplica adecuada. El rasgo más llamativo de ese castellano arcaizante es la conservación de la efe inicial (fazañas, fechos, etc.); pero en más de un caso se trata de meros pastiches que nunca existieron en la realidad de la lengua. La fabla tuvo particular fortuna en algunas parodias de obras teatrales.
[3] ‘los jueces’.
[4] ‘pues habéis andado corrigiendo injusticias’. La frase propia del Quijote es desfazer o enderezar tuertos (es decir, ‘cosas torcidas’); la palabra entuertos, que se ha hecho popular (por más que en la época significaba ‘retorcijones del embarazo’), no aparece nunca en la obra.
[5] ‘veces’.
[6] ‘por traidores viles y ruines’.
[7] ‘injusticia’.
[8] ‘ni muestra comprensión ante vuestro sufrimiento’.
[9] ‘consuelo’.
Soneto
B. ¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?
R. Porque nunca se come, y se trabaja.
B. Pues ¿qué es de la cebada y de la paja?
R. No me deja mi amo ni un bocado.
B. Andá,[1] señor, que estáis muy mal criado,
pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.
R. Asno se es de la cuna a la mortaja.
¿Quereislo ver? Miraldo enamorado.[2]
B. ¿Es necedad amar?
R. No es gran prudencia.
B. Metafísico estáis.[3]
R. Es que no como.
B. Quejaos del escudero.
R. No es bastante.
¿Cómo me he de quejar en mi dolencia,
si el amo y escudero o mayordomo
son tan rocines como Rocinante?
[1] ‘Andad’.
[2] ‘Mirad a don Quijote, que está enamorado, y veréis que es verdad lo que os digo’, es decir, que es un asno.
[3] En el sentido de ‘muy delgado’, por lo sutil de la metafísica, y por comparación implícita con el adjetivo ético: ‘moral’ y también ‘tuberculoso’.
En un lugar[3] de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme,[4] no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero,[5] adarga antigua,[6] rocín flaco[7] y galgo corredor.[8] Una olla de algo más vaca que carnero,[9] salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados,[10] lantejas los viernes, algún palomino de añadidura[11] los domingos, consumían las tres partes de su hacienda.[12] El resto de ella concluían sayo de velarte,[13] calzas de velludo para las fiestas,[14] con sus pantuflos de lo mismo,[15] y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino.[16] Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza[17] que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años.[18] Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro,[19] gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir[20] que tenía el sobrenombre de «Quijada», o «Quesada»,[21] que en esto hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben, aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba «Quijana». Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración de él no se salga un punto de la verdad.[22]
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso –que eran los más del año–, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas fanegas de tierra de sembradura[23] para comprar libros de caballerías en que leer, y, así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber de ellos; y, de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva,[24] porque la claridad de su prosa y aquellas intricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos,[25] donde en muchas partes hallaba escrito: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura». Y también cuando leía: «Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza…».[26]
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien[27] con las heridas que don Belianís[28] daba y recibía, porque se imaginaba que, por grandes maestros[29] que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello,[30] si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar –que era hombre docto, graduado en Cigüenza–[31] sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra[32] o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mismo pueblo,[33] decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo,[34] y que si alguno se le podía comparar era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo, que no era caballero melindroso ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.
En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro,[35] y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía,[36] que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver[37] con el Caballero de la Ardiente Espada,[38] que de solo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio,[39] porque en Roncesvalles había muerto a Roldán, el encantado,[40] valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos.[41] Decía mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos,[42] él solo era afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalbán,[43] y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende[44] robó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón,[45] al ama que tenía, y aun a su sobrina de añadidura.
En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república,[46] hacerse caballero andante y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio y poniéndose en ocasiones[47] y peligros donde, acabándolos,[48] cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos del imperio de Trapisonda;[49] y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del extraño gusto que en ellos sentía, se dio priesa a poner en efecto lo que deseaba.[50] Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiolas y aderezolas lo mejor que pudo; pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje,[51] sino morrión simple;[52] mas a esto suplió su industria,[53] porque de cartones hizo un modo de media celada que, encajada con el morrión, hacían una apariencia de celada entera.[54] Es verdad que, para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y, por asegurarse de este peligro,[55] la tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza y, sin querer hacer nueva experiencia de ella, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje.
Fue luego a ver su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real[56] y más tachas que el caballo de Gonela,[57] que «tantum pellis et ossa fuit»,[58] le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría; porque –según se decía él a sí mismo– no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y así procuraba acomodársele de manera que declarase quién había sido antes que fuese de caballero andante y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase él también el nombre, y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba;[59] y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar «Rocinante», nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo.
Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar «don Quijote»;[60] de donde, como queda dicho, tomaron ocasión los autores de esta tan verdadera historia que sin duda[61] se debía de llamar «Quijada», y no «Quesada», como otros quisieron decir. Pero acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse «Amadís» a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por hacerla famosa, y se llamó «Amadís de Gaula»,[62] así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse «don Quijote de la Mancha», con que a su parecer declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre de ella.
Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmádose a sí mismo,[63] se dio a entender[64] que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Decíase él:
—Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro,[65] o le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente,[66] le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle presentado,[67] y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendida: «Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania,[68] a quien venció en singular batalla[69] el jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante la vuestra merced, para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante»?
¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata de ello.[70] Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla «Dulcinea del Toboso» porque era natural del Toboso:[71] nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo,[72] como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.
[1] En el Quijote de 1605, el calificativo de ingenioso (es decir, ‘inventivo, hábil, agudo’) sólo se aplica al protagonista en las menciones del título y en los epígrafes de las cuatro partes y de tres de los capítulos (2, 6 y 16) del volumen; título y epígrafes, por otro lado, que no se introdujeron sino cuando el libro estaba ya sustancialmente redactado. La división de la obra en cuatro partes, tal como hoy se presentan (1-8, 9-14, 15-27, 28-52), fue también cosa de última hora y quedó revocada de hecho al publicarse como Segunda parte… la continuación de 1615.
[2] condición es tanto la posición social como los rasgos personales, y ejercicio, el modo de poner en práctica tal condición.
[3] ‘En una aldea, una pequeña población rural’.
[4] ‘no voy o no llego a acordarme’.
[5] ‘arrinconada u olvidada’; el astillero era la percha en donde se colgaban las armas.
[6] adarga: ‘escudo ligero de piel’.
[7] rocín: ‘caballo de trabajo’.
[8] La primera caracterización de don Quijote es menos individual que social: el personaje se presenta como «un hidalgo de los de…», un exponente típico de los hidalgos rurales con pocos medios de fortuna (por debajo, pues, del estamento de los caballeros, hidalgos ricos y con derecho a usar el don) y sin otra ocupación que mantenerse ociosos, para no decaer al estado de pecheros perdiendo los contados privilegios que aún conservaban (en especial, la exención de ciertos impuestos).
[9] Porque la carne de vaca (para la olla ‘cocido’) era más barata.
[10] salpicón: ‘fiambre preparado con los restos de la olla del mediodía’; duelos y quebrantos: quizá ‘huevos con tocino o chorizo’.
[11] ‘como plato especial’.
[12] ‘las tres cuartas partes de su renta’.
[13] sayo: ‘traje masculino con falda’, pasado de moda ya en 1605; velarte: ‘paño de abrigo de color oscuro’.
[14] calzas: ‘una especie de media abombada y con tiras para el abrigo de los muslos’; velludo: ‘felpa o terciopelo’.
[15] pantuflos: ‘calzado que se ponía sobre otros zapatos’.
[16] vellorí: ‘paño de color pardo’, de calidad mediana.
[17] ‘un mozo para todo’.
[18] En una sociedad cuya esperanza de vida apenas llegaba a los treinta años, don Quijote era un anciano.
[19] En esos rasgos, don Quijote coincide con el temperamento colérico y melancólico según la caracterización de la medicina antigua.
[20] ‘Algunos dicen’.
[21] sobrenombre: ‘apellido’.
[22] Desde el principio, don Quijote se presenta como persona que ha existido realmente, cuya fama es anterior al libro de Cervantes y cuya historia va reconstruyéndose a partir de distintos testimonios que no siempre coinciden entre sí.
[23] Una fanega medía entre media hectárea y una hectárea y media.
[24] Autor de varias continuaciones del Amadís de Gaula, entre 1514 y 1532.
[25] cartas en que los caballeros exponían los motivos y términos de un desafío.
[26] Las citas no son literales, pero sí representativas del estilo de Silva.
[27] ‘No estaba muy de acuerdo’.
[28] Protagonista de la Historia de Belianís de Grecia (1545 y 1579) de Jerónimo Fernández.
[29] ‘médicos, cirujanos’.
[30] ‘lo hubiera conseguido’.
[31] ‘en Sigüenza’, universidad de escaso prestigio.
[32] Protagonista de un libro de caballerías del mismo título, escrito por el portugués Francisco de Moraes hacia 1545.
[33] maese: tratamiento que se daba a los barberos que realizaban pequeñas curas médicas.
[34] Personaje del Espejo de príncipes y caballeros (1555), mencionado ya en los preliminares.
[35] ‘de una vez, sin dormir’, del ocaso al amanecer.
[36] aquella máquina: ‘todo aquel extraño conjunto’.
[37] ‘no podía compararse’.
[38] Amadís de Grecia, que llevaba como emblema una espada dibujada en el pecho.
[39] Personaje fabuloso, a quien la épica medieval hispana enfrentaba con Roldán.
[40] En algunas leyendas medievales, Roldán era el encantado porque sólo se le podía matar como se explica luego, en el capítulo 26.
[41] industria: ‘artimaña’. Hércules venció al gigante Anteo abrazándolo sin dejarle pisar la Tierra, madre del gigante y que le proporcionaba la fuerza.
[42] ‘insolentes’. Los gigantes aparecen frecuentemente en los libros de caballerías, siempre como deformes y diabólicos, encarnación de la fuerza bruta y la maldad (como los ogros en otras culturas). Pero en el Morgante (h. 1465), de Luigi Pulci, el simpático gigante de ese nombre salva la vida ante Roldán gracias a su cortesía.
[43] Héroe de la épica francesa, que aparece en el romancero y en el Orlando innamorato de Matteo Boiardo, adaptado al castellano en el Espejo de caballerías (1586).
[44] ‘en ultramar’.
[45] Galalón o ‘Ganelón’, el traidor de la Canción de Roldán, culpable de la derrota de los franceses en Roncesvalles.
[46] ‘de su país’.
[47] ‘lances’.
[48] ‘llevándolos a cabo’.
[49] Reinaldos de Montalbán llegó a ser emperador del reino fabuloso de Trapisonda o Trebisonda.
[50] en efecto: ‘en práctica’.
[51] celada: ‘casco que cubría la cabeza, la nuca y, si llevaba visera, también la cara’; era de encaje cuando, mediante una especie de falda, podía encajarse directamente sobre la coraza.
[52] morrión simple: ‘casco sencillo’, propio de arcabuceros.
[53] ‘su habilidad’.
[54] Don Quijote utilizó una pasta modelable hecha de cartones y engrudo o cola.
[55] asegurarse: ‘protegerse’.
[56] Juego con el doble sentido de cuartos: ‘enfermedad de las caballerías’ y ‘monedas de poco valor’.
[57] tachas: ‘defectos’. Gonela fue un famoso bufón de la corte de Ferrara.
[58] ‘era sólo piel y huesos’, según un dicho del poeta macarrónico Teófilo Folengo.
[59] La nueva orden es la caballería, en la que se profesaba, es decir, ‘se ingresaba’, mediante unos votos análogos a los religiosos.
[60] Los hidalgos no tenían derecho al tratamiento de don, que estaba reservado a los caballeros. El nombre del protagonista es el de una pieza de la armadura, el quijote (nunca mencionado en la novela), que cubría el muslo; por otro lado, recuerda al Lanzarote de las novelas artúricas y se sirve de una terminación que en español suele limitarse a términos ridículos o jocosos (véase I, 26). Así, «don Quijote» sonaba en la época como una distorsión cómica del ideal caballeresco.
[61] ‘tomaron ocasión para deducir que sin duda’.
[62] Gaula era un reino imaginario de la Bretaña continental.
[63] El ser armado caballero se entendía como análogo al sacramento de la confirmación, momento en que se puede cambiar de nombre.
[64] ‘le pareció’, ‘se convenció’.
[65] ‘golpe’.
[66] ‘en definitiva’.
[67] ‘a modo de presente, de regalo’.
[68] ínsula: ‘isla’, cultismo frecuente en los libros de caballerías (y que Sancho sólo por excepción entenderá en su sentido propio).
[69] ‘combate individual (no en grupo) entre dos caballeros’.
[70] ‘no le dio a catar su buen parecer’.
[71] En la actual provincia de Toledo. Aldonza y Dulce eran nombres de mujer que se relacionaban entre sí; la terminación en ea recordaba a Melibea, la protagonista de La Celestina, y a otras figuras literarias.
[72] peregrino: ‘original’.
Hechas, pues, estas prevenciones, no quiso aguardar más tiempo a poner en efecto su pensamiento, apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza,[1] según eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que enmendar y abusos que mejorar y deudas que satisfacer. Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga,[2] tomó su lanza y por la puerta falsa de un corral[3] salió al campo, con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo. Mas apenas se vio en el campo, cuando le asaltó un pensamiento terrible, y tal, que por poco le hiciera dejar la comenzada empresa; y fue que le vino a la memoria que no era armado caballero y que, conforme a ley de caballería, ni podía ni debía tomar armas[4] con ningún caballero, y puesto que lo fuera,[5] había de llevar armas blancas,[6] como novel caballero, sin empresa[7] en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase. Estos pensamientos le hicieron titubear en su propósito; mas, pudiendo más su locura que otra razón alguna, propuso de hacerse armar caballero del primero que topase,[8] a imitación de otros muchos que así lo hicieron, según él había leído en los libros que tal le tenían.[9] En lo de las armas blancas,[10] pensaba limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que lo fuesen más que un armiño;[11] y con esto se quietó[12] y prosiguió su camino, sin llevar otro que aquel que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de las aventuras.
Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mismo y diciendo:
—¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere[13] no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, de esta manera?: «Apenas había el rubicundo Apolo[14] tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados[15] pajarillos con sus harpadas[16] lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido,[17] por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas,[18] subió sobre su famoso caballo Rocinante y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel».[19]
Y era la verdad que por él caminaba. Y añadió diciendo:
—Dichosa edad y siglo dichoso aquel adonde saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas, para memoria en lo futuro. ¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista de esta peregrina historia! Ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno mío en todos mis caminos y carreras.
Luego volvía diciendo, como si verdaderamente fuera enamorado:
—¡Oh princesa Dulcinea, señora de este cautivo[20] corazón! Mucho agravio me habedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento[21] de mandarme no parecer[22] ante la vuestra fermosura. Plégaos,[23] señora, de membraros[24] de este vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor padece.
Con éstos iba ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus libros le habían enseñado, imitando en cuanto podía su lenguaje. Con esto, caminaba tan despacio, y el sol entraba tan apriesa y con tanto ardor, que fuera bastante a derretirle los sesos, si algunos tuviera.
Casi todo aquel día caminó sin acontecerle cosa que de contar fuese, de lo cual se desesperaba, porque quisiera topar luego luego[25] con quien hacer experiencia del valor de su fuerte brazo. Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino fue la del Puerto Lápice; otros dicen que la de los molinos de viento; pero lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los anales de la Mancha es que él anduvo todo aquel día, y, al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre, y que, mirando a todas partes por ver si descubriría algún castillo o alguna majada[26] de pastores donde recogerse y adonde pudiese remediar su mucha hambre y necesidad, vio, no lejos del camino por donde iba, una venta,[27] que fue como si viera una estrella que, no a los portales, sino a los alcázares de su redención le encaminaba.[28] Diose priesa a caminar y llegó a ella a tiempo que anochecía.
Estaban acaso[29] a la puerta dos mujeres mozas, de estas que llaman del partido,[30] las cuales iban a Sevilla con unos arrieros[31] que en la venta aquella noche acertaron a hacer jornada;[32] y como a nuestro aventurero todo cuanto pensaba, veía o imaginaba le parecía ser hecho y pasar al modo de lo que había leído, luego que vio la venta se le representó que era un castillo con sus cuatro torres y chapiteles[33] de luciente plata, sin faltarle su puente levadiza y honda cava,[34] con todos aquellos adherentes[35] que semejantes castillos se pintan. Fuese llegando a la venta que a él le parecía castillo, y a poco trecho de ella detuvo las riendas a Rocinante, esperando que algún enano se pusiese entre las almenas a dar señal con alguna trompeta de que llegaba caballero al castillo. Pero como vio que se tardaban y que Rocinante se daba priesa por llegar a la caballeriza, se llegó a la puerta de la venta y vio a las dos destraídas[36] mozas que allí estaban, que a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando. En esto sucedió acaso que un porquero que andaba recogiendo de unos rastrojos una manada de puercos (que sin perdón así se llaman)[37] tocó un cuerno, a cuya señal ellos se recogen, y al instante se le representó a don Quijote lo que deseaba, que era que algún enano hacía señal de su venida; y, así, con extraño[38] contento llegó a la venta y a las damas, las cuales, como vieron venir un hombre de aquella suerte armado, y con lanza y adarga, llenas de miedo se iban a entrar en la venta; pero don Quijote, coligiendo por su huida su miedo, alzándose la visera de papelón[39] y descubriendo su seco y polvoroso rostro, con gentil talante y voz reposada les dijo:
—Non fuyan las vuestras mercedes, ni teman desaguisado alguno, ca a la orden de caballería que profeso non toca ni atañe facerle a ninguno, cuanto más a tan altas doncellas como vuestras presencias demuestran.[40]
Mirábanle las mozas y andaban con los ojos buscándole el rostro, que la mala visera le encubría; mas como se oyeron llamar doncellas, cosa tan fuera de su profesión, no pudieron tener la risa y fue de manera que don Quijote vino a correrse[41] y a decirles:
—Bien parece la mesura[42] en las fermosas, y es mucha sandez además la risa que de leve causa procede; pero non vos lo digo porque os acuitedes[43] ni mostredes mal talante, que el mío non es de ál que de serviros.[44]
El lenguaje, no entendido de las señoras, y el mal talle[45] de nuestro caballero acrecentaba en ellas la risa, y en él el enojo, y pasara muy adelante si a aquel punto no saliera el ventero, hombre que, por ser muy gordo, era muy pacífico, el cual, viendo aquella figura contrahecha,[46] armada de armas tan desiguales[47] como eran la brida, lanza, adarga y coselete,[48] no estuvo en nada[49] en acompañar a las doncellas en las muestras de su contento. Mas, en efecto, temiendo la máquina de tantos pertrechos,[50] determinó de hablarle comedidamente y, así, le dijo:
—Si vuestra merced, señor caballero, busca posada, amén del lecho,[51] porque en esta venta no hay ninguno, todo lo demás se hallará en ella en mucha abundancia.[52]
Viendo don Quijote la humildad del alcaide[53] de la fortaleza, que tal le pareció a él el ventero y la venta, respondió:
—Para mí, señor castellano,[54] cualquiera cosa basta, porque «mis arreos son las armas, mi descanso el pelear», etc.[55]
Pensó el huésped[56] que el haberle llamado castellano había sido por haberle parecido de los sanos de Castilla,[57] aunque él era andaluz, y de los de la playa de Sanlúcar,[58] no menos ladrón que Caco, ni menos maleante que estudiantado paje[59] y, así, le respondió:
—Según eso, las camas de vuestra merced serán duras peñas, y su dormir, siempre velar; y siendo así bien se puede apear, con seguridad de hallar en esta choza ocasión y ocasiones para no dormir en todo un año, cuanto más en una noche.
Y diciendo esto fue a tener el estribo a don Quijote, el cual se apeó con mucha dificultad y trabajo, como aquel que en todo aquel día no se había desayunado.
Dijo luego al huésped que le tuviese mucho cuidado de su caballo, porque era la mejor pieza que comía pan en el mundo. Mirole el ventero, y no le pareció tan bueno como don Quijote decía, ni aun la mitad; y, acomodándole en la caballeriza, volvió a ver lo que su huésped mandaba, al cual estaban desarmando las doncellas, que ya se habían reconciliado con él; las cuales, aunque le habían quitado el peto y el espaldar, jamás supieron ni pudieron desencajarle la gola,[60] ni quitalle la contrahecha celada, que traía atada con unas cintas verdes, y era menester cortarlas, por no poderse quitar los ñudos; mas él no lo quiso consentir en ninguna manera y, así, se quedó toda aquella noche con la celada puesta, que era la más graciosa y extraña figura que se pudiera pensar; y al desarmarle, como él se imaginaba que aquellas traídas y llevadas[61] que le desarmaban eran algunas principales señoras y damas de aquel castillo, les dijo con mucho donaire:
—Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido
como fuera don Quijote
cuando de su aldea vino:
doncellas curaban de él;
princesas, del su rocino,[62]
o Rocinante, que éste es el nombre, señoras mías, de mi caballo, y don Quijote de la Mancha el mío; que, puesto que no quisiera descubrirme[63] fasta que las fazañas fechas en vuestro servicio y pro me descubrieran, la fuerza de acomodar al propósito presente este romance viejo de Lanzarote ha sido causa que sepáis mi nombre antes de toda sazón; pero tiempo vendrá en que las vuestras señorías me manden y yo obedezca, y el valor de mi brazo descubra el deseo que tengo de serviros.
Las mozas, que no estaban hechas a oír semejantes retóricas, no respondían palabra; sólo le preguntaron si quería comer alguna cosa.
—Cualquiera yantaría yo –respondió don Quijote–, porque, a lo que entiendo, me haría mucho al caso.
A dicha,[64] acertó a ser viernes[65] aquel día, y no había en toda la venta sino unas raciones de un pescado que en Castilla llaman abadejo, y en Andalucía bacallao, y en otras partes curadillo, y en otras truchuela.[66] Preguntáronle si por ventura comería su merced truchuela, que no había otro pescado que dalle a comer.
—Como haya muchas truchuelas –respondió don Quijote–, podrán servir de una trucha, porque eso se me da[67] que me den ocho reales en sencillos[68] que en una pieza de a ocho.[69] Cuanto más, que podría ser que fuesen estas truchuelas como la ternera, que es mejor que la vaca, y el cabrito que el cabrón. Pero, sea lo que fuere, venga luego,[70] que el trabajo y peso de las armas no se puede llevar sin el gobierno de las tripas.

La cena de don Quijote
I, II
Pusiéronle la mesa a la puerta de la venta, por el fresco, y trújole el huésped una porción del mal remojado y peor cocido bacallao y un pan tan negro y mugriento como sus armas; pero era materia de grande risa verle comer, porque, como tenía puesta la celada y alzada la visera,[71] no podía poner nada en la boca con sus manos si otro no se lo daba y ponía, y, así, una de aquellas señoras servía de este menester. Mas al darle de beber, no fue posible, ni lo fuera si el ventero no horadara una caña, y, puesto el un cabo en la boca, por el otro le iba echando el vino; y todo esto lo recibía en paciencia, a trueco de no romper las cintas de la celada. Estando en esto, llegó acaso a la venta un castrador de puercos, y así como llegó, sonó su silbato de cañas cuatro o cinco veces, con lo cual acabó de confirmar don Quijote que estaba en algún famoso castillo y que le servían con música y que el abadejo eran truchas, el pan candeal[72] y las rameras damas y el ventero castellano del castillo, y con esto daba por bien empleada su determinación y salida. Mas lo que más le fatigaba[73] era el no verse armado caballero, por parecerle que no se podría poner legítimamente en aventura alguna sin recibir la orden de caballería.
[1] ‘la falta, el menoscabo que cometía ante el mundo con su tardanza’.
[2] ‘metió el brazo por el asa del escudo’.
[3] falsa: ‘que no da a la calle principal’; corral: ‘jardín trasero con dependencias’.
[4] ‘combatir’.
[5] ‘y aunque lo fuera’.
[6] ‘sin distintivos’.
[7] ‘sin lema ni dibujo heráldico’.
[8] ‘del primer caballero que topase’; sólo un caballero podía armar a otro.
[9] ‘que le tenían así de enloquecido’. Las ceremonias para ser armado caballero eran objeto de especial atención en los libros y revestían gran solemnidad en la vida real, pero el objetivo podía conseguirse también merced a un «procedimiento de urgencia» minuciosamente regulado.
[10] Juego con el doble sentido de ‘armas de caballero inexperto’ y ‘limpias’.
[11] También como símbolo de pureza.
[12] ‘se calmó, se serenó’.
[13] Don Quijote espera que sus aventuras las escriba un sabio (‘mago’), como era común en los libros de caballerías.
[14] ‘el sol’.
[15] ‘de colores’.
[16] Aquí, ‘armoniosas, musicales’.
[17] Titón, anciano esposo de Eos, la Aurora.
[18] ‘el colchón’, según una sugerencia de Petrarca.
[19] Comarca de la Mancha entre Ciudad Real y Albacete. La descripción del amanecer con esa hinchada retórica no es especialmente propia de los libros de caballerías, sino común a toda la literatura de tradición grecolatina: Cervantes mismo la emplea más de una vez en tono perfectamente serio; aquí, lo significativo está sobre todo en el contraste entre la grandilocuencia del lenguaje y la imagen grotesca de don Quijote y Rocinante en el áspero paisaje manchego.
[20] ‘prisionero’ y también ‘desdichado’. Don Quijote usa un lenguaje que quiere sonar a castellano medieval.
[21] ‘obstinación’.
[22] ‘no aparecer’.
[23] ‘Complázcaos’.
[24] ‘acordaros’.
[25] ‘inmediatamente’.
[26] ‘refugio’.
[27] ‘posada cerca de algún camino’.
[28] Alusión a la estrella que guió a los Reyes Magos.
[29] ‘por casualidad’.
[30] ‘prostitutas’.
[31] ‘conductores de animales de carga y viaje’, ‘muleros, acemileros’.
[32] ‘a terminar allí su jornada, a descansar’.
[33] ‘tejadillos cónicos o piramidales de las torres’.
[34] ‘foso’.
[35] ‘con todas las otras características’.
[36] ‘distraídas’ y también ‘descarriadas, prostitutas’.
[37] Es costumbre pedir perdón cuando se utiliza algún término malsonante (puercos).
[38] ‘extraordinario’.
[39] ‘la visera de cartón’.
[40] Tanto en este parlamento como en los siguientes, don Quijote vuelve a servirse de la fabla arcaizante que a él le suena a lengua de la Edad Media, época dorada de la caballería, y al estilo de los libros que lo han trastornado. Non fuyan: ‘No huyan’; desaguisado: ‘agravio’; ca: ‘porque’; altas doncellas: ‘nobles doncellas’; presencias: ‘aspecto’.
[41] ‘irritarse’.
[42] ‘Es conveniente la moderación’.
[43] ‘os apenéis’.
[44] ‘que mi talante (intención) no es otro que el de serviros’ (ál: ‘otra cosa’).
[45] ‘mala presencia’.
[46] ‘extraña, desfigurada’.
[47] ‘dispares, de distinto tipo’.
[48] ‘coraza que protege el pecho y la espalda’.
[49] ‘estuvo a punto’.
[50] ‘el apabullante conjunto de tantas armas’.
[51] ‘exceptuando el lecho’.
[52] Las ventas consistían normalmente en un patio en cuyos extremos se situaban la cuadra y la cocina, y al cual daba una planta con un cierto número de habitaciones. A menudo ofrecían poco más que un techo para hombres y caballerías, de modo que los viajeros con posibles llevaban consigo todos los víveres y pertrechos necesarios para pernoctar (véase I, 42)
[53] ‘gobernador de un castillo’.
[54] alcaide a cargo de un castillo.
[55] Primeros dos versos de un romance viejo famoso en la época, cuya continuación parafrasea el ventero en su respuesta.
[56] ‘el ventero’, pues huésped significa tanto ‘el hospedador’ como ‘el hospedado’.
[57] La expresión sano de Castilla designaba a ‘un hombre honrado’.
[58] Lugar de reunión de pícaros y fugitivos de la justicia.
[59] ‘experimentado paje’; los pajes tenían fama de pícaros.
[60] El peto, el espaldar y la gola eran las piezas del coselete que protegían el pecho, la espalda y el cuello, respectivamente.
[61] ‘aquellas mujeres manoseadas’, ‘aquellas prostitutas’.
[62] Versos iniciales del romance viejo de Lanzarote, adaptado a la ocasión.
[63] ‘aunque no habría querido darme a conocer’.
[64] ‘Casualmente’.
[65] Día de abstinencia en que estaba vedada la carne.
[66] Se trata siempre de pescado en salazón.
[67] ‘tanto me da’.
[68] ‘en monedas de un real’.
[69] ‘en una sola pieza con un valor de ocho reales’.
[70] ‘venga rápido’.
[71] Se entiende que sujetándola con ambas manos.
[72] ‘pan blanco de trigo de primerísima calidad’.
[73] ‘le preocupaba’.
Y, así, fatigado de este pensamiento, abrevió su venteril y limitada cena; la cual acabada, llamó al ventero y, encerrándose con él en la caballeriza, se hincó de rodillas ante él, diciéndole:
—No me levantaré jamás de donde estoy, valeroso caballero, fasta que la vuestra cortesía me otorgue un don que pedirle quiero, el cual redundará en alabanza vuestra y en pro del género humano.
El ventero, que vio a su huésped a sus pies y oyó semejantes razones, estaba confuso mirándole, sin saber qué hacerse ni decirle, y porfiaba con él que se levantase, y jamás quiso, hasta que le hubo de decir que él le otorgaba el don que le pedía.
—No esperaba yo menos de la gran magnificencia vuestra, señor mío –respondió don Quijote–, y así os digo que el don que os he pedido y de vuestra liberalidad me ha sido otorgado es que mañana en aquel día[1] me habéis de armar caballero, y esta noche en la capilla de este vuestro castillo velaré las armas,[2] y mañana, como tengo dicho, se cumplirá lo que tanto deseo, para poder como se debe ir por todas las cuatro partes del mundo[3] buscando las aventuras, en pro de los menesterosos, como está a cargo de la caballería y de los caballeros andantes, como yo soy, cuyo deseo a semejantes fazañas es inclinado.
El ventero, que, como está dicho, era un poco socarrón y ya tenía algunos barruntos de la falta de juicio de su huésped, acabó de creerlo cuando acabó de oírle semejantes razones y, por tener que reír aquella noche, determinó de seguirle el humor; y, así, le dijo que andaba muy acertado en lo que deseaba y pedía y que tal prosupuesto[4] era propio y natural de los caballeros tan principales como él parecía y como su gallarda presencia mostraba; y que él asimismo, en los años de su mocedad, se había dado a aquel honroso ejercicio, andando por diversas partes del mundo, buscando sus aventuras, sin que hubiese dejado los Percheles de Málaga, Islas de Riarán, Compás de Sevilla, Azoguejo de Segovia, la Olivera de Valencia, Rondilla de Granada, Playa de Sanlúcar, Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo y otras diversas partes,[5] donde había ejercitado la ligereza de sus pies, sutileza de sus manos, haciendo muchos tuertos, recuestando[6] muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas y engañando a algunos pupilos y, finalmente, dándose a conocer por cuantas audiencias y tribunales hay casi en toda España; y que, a lo último, se había venido a recoger a aquel su castillo, donde vivía con su hacienda y con las ajenas, recogiendo en él a todos los caballeros andantes, de cualquiera calidad y condición que fuesen, sólo por la mucha afición que les tenía y porque partiesen con él de sus haberes,[7] en pago de su buen deseo.
Díjole también que en aquel su castillo no había capilla alguna donde poder velar las armas, porque estaba derribada para hacerla de nuevo, pero que en caso de necesidad él sabía que se podían velar dondequiera y que aquella noche las podría velar en un patio del castillo, que a la mañana, siendo Dios servido, se harían las debidas ceremonias de manera que él quedase armado caballero, y tan caballero, que no pudiese ser más en el mundo.
Preguntole si traía dineros; respondió don Quijote que no traía blanca,[8] porque él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes que ninguno los hubiese traído. A esto dijo el ventero que se engañaba, que, puesto caso que[9] en las historias no se escribía, por haberles parecido a los autores de ellas que no era menester escribir una cosa tan clara y tan necesaria de traerse como eran dineros y camisas limpias, no por eso se había de creer que no los trujeron, y, así, tuviese por cierto y averiguado que todos los caballeros andantes, de que tantos libros están llenos y atestados, llevaban bien herradas las bolsas,[10] por lo que pudiese sucederles, y que asimismo llevaban camisas y una arqueta pequeña llena de ungüentos para curar las heridas que recibían, porque no todas veces en los campos y desiertos donde se combatían y salían heridos había quien los curase, si ya no era que tenían algún sabio encantador por amigo, que luego los socorría, trayendo por el aire en alguna nube alguna doncella o enano con alguna redoma de agua de tal virtud, que en gustando alguna gota de ella luego al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas, como si mal alguno hubiesen tenido; mas que, en tanto que esto no hubiese, tuvieron los pasados caballeros por cosa acertada que sus escuderos fuesen proveídos de dineros y de otras cosas necesarias, como eran hilas[11] y ungüentos para curarse; y cuando sucedía que los tales caballeros no tenían escuderos –que eran pocas y raras veces–, ellos mismos lo llevaban todo en unas alforjas muy sutiles, que casi no se parecían,[12] a las ancas del caballo, como que era otra cosa de más importancia, porque, no siendo por ocasión semejante, esto de llevar alforjas no fue muy admitido entre los caballeros andantes; y por esto le daba por consejo, pues aún se lo podía mandar como a su ahijado,[13] que tan presto lo había de ser, que no caminase de allí adelante sin dineros y sin las prevenciones referidas, y que vería cuán bien se hallaba con ellas, cuando menos se pensase.
Prometiole don Quijote de hacer lo que se le aconsejaba, con toda puntualidad;[14] y, así, se dio luego orden como velase las armas en un corral grande que a un lado de la venta estaba, y recogiéndolas don Quijote todas, las puso sobre una pila[15] que junto a un pozo estaba y, embrazando su adarga, asió de su lanza y con gentil continente[16] se comenzó a pasear delante de la pila; y cuando comenzó el paseo comenzaba a cerrar la noche.
Contó el ventero a todos cuantos estaban en la venta la locura de su huésped, la vela de las armas y la armazón de caballería que esperaba. Admiráronse de tan extraño género de locura y fuéronselo a mirar desde lejos, y vieron que con sosegado ademán unas veces se paseaba; otras, arrimado a su lanza, ponía los ojos en las armas, sin quitarlos por un buen espacio de ellas.[17] Acabó de cerrar la noche, pero con tanta claridad de la luna, que podía competir con el que se la prestaba,[18] de manera que cuanto el novel caballero hacía era bien visto de todos. Antojósele en esto a uno de los arrieros que estaban en la venta ir a dar agua a su recua,[19] y fue menester quitar las armas de don Quijote, que estaban sobre la pila; el cual, viéndole llegar, en voz alta le dijo:
—¡Oh tú, quienquiera que seas, atrevido caballero, que llegas a tocar las armas del más valeroso andante que jamás se ciñó espada! Mira lo que haces, y no las toques, si no quieres dejar la vida en pago de tu atrevimiento.
No se curó[20] el arriero de estas razones (y fuera mejor que se curara, porque fuera curarse en salud), antes, trabando de las correas,[21] las arrojó gran trecho de sí. Lo cual visto por don Quijote, alzó los ojos al cielo y, puesto el pensamiento –a lo que pareció– en su señora Dulcinea, dijo:
—Acorredme,[22] señora mía, en esta primera afrenta que a este vuestro avasallado pecho[23] se le ofrece; no me desfallezca[24] en este primero trance vuestro favor y amparo.
Y diciendo estas y otras semejantes razones, soltando la adarga, alzó la lanza a dos manos y dio con ella tan gran golpe al arriero en la cabeza, que le derribó en el suelo tan maltrecho, que, si segundara con otro, no tuviera necesidad de maestro[25] que le curara. Hecho esto, recogió sus armas y tornó a pasearse con el mismo reposo que primero.[26] Desde allí a poco, sin saberse lo que había pasado –porque aún estaba aturdido el arriero–, llegó otro con la misma intención de dar agua a sus mulos y, llegando a quitar las armas para desembarazar la pila, sin hablar don Quijote palabra y sin pedir favor a nadie soltó otra vez la adarga y alzó otra vez la lanza y, sin hacerla pedazos,[27] hizo más de tres la cabeza del segundo arriero, porque se la abrió por cuatro. Al ruido acudió toda la gente de la venta, y entre ellos el ventero. Viendo esto don Quijote, embrazó su adarga y, puesta mano a su espada, dijo:
—¡Oh señora de la fermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo.[28]
Con esto cobró, a su parecer, tanto ánimo, que si le acometieran todos los arrieros del mundo, no volviera el pie atrás. Los compañeros de los heridos, que tales los vieron, comenzaron desde lejos a llover piedras sobre don Quijote, el cual lo mejor que podía se reparaba con su adarga y no se osaba apartar de la pila, por no desamparar las armas. El ventero daba voces que le dejasen, porque ya les había dicho como era loco, y que por loco se libraría, aunque los matase a todos. También don Quijote las daba, mayores, llamándolos de[29] alevosos y traidores, y que el señor del castillo era un follón[30] y mal nacido caballero, pues de tal manera consentía que se tratasen los andantes caballeros; y que si él hubiera recibido la orden de caballería, que él le diera a entender su alevosía:[31]
—Pero de vosotros, soez y baja canalla, no hago caso alguno: tirad, llegad, venid y ofendedme en cuanto pudiéredes, que vosotros veréis el pago que lleváis de vuestra sandez y demasía.[32]
Decía esto con tanto brío y denuedo, que infundió un terrible temor en los que le acometían; y así por esto como por las persuasiones del ventero, le dejaron de tirar, y él dejó retirar a los heridos y tornó a la vela de sus armas con la misma quietud y sosiego que primero.
No le parecieron bien al ventero las burlas de su huésped, y determinó abreviar y darle la negra[33] orden de caballería luego,[34] antes que otra desgracia sucediese. Y, así, llegándose a él, se disculpó de la insolencia que aquella gente baja con él había usado, sin que él supiese cosa alguna, pero que bien castigados quedaban de su atrevimiento. Díjole como ya le había dicho que en aquel castillo no había capilla, y para lo que restaba de hacer tampoco era necesaria, que todo el toque[35] de quedar armado caballero consistía en la pescozada y en el espaldarazo,[36] según él tenía noticia del ceremonial de la orden, y que aquello en mitad de un campo se podía hacer, y que ya había cumplido con lo que tocaba al velar de las armas, que con solas dos horas de vela se cumplía, cuanto más que él había estado más de cuatro. Todo se lo creyó don Quijote y dijo que él estaba allí pronto[37] para obedecerle y que concluyese con la mayor brevedad que pudiese, porque, si fuese otra vez acometido y se viese armado caballero, no pensaba dejar persona viva en el castillo, excepto aquellas que él le mandase, a quien por su respeto dejaría.
Advertido y medroso de esto el castellano, trujo luego un libro donde asentaba[38] la paja y cebada que daba a los arrieros, y con un cabo de vela que le traía un muchacho, y con las dos ya dichas doncellas, se vino adonde don Quijote estaba, al cual mandó hincar de rodillas; y, leyendo en su manual,[39] como que decía alguna devota oración, en mitad de la leyenda alzó la mano y diole sobre el cuello un buen golpe, y tras él, con su misma espada, un gentil espaldarazo, siempre murmurando entre dientes, como que rezaba. Hecho esto, mandó a una de aquellas damas que le ciñese la espada, la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción, porque no fue menester poca para no reventar de risa a cada punto de las ceremonias; pero las proezas que ya habían visto del novel caballero les tenía la risa a raya. Al ceñirle la espada dijo la buena señora:
—Dios haga a vuestra merced muy venturoso caballero y le dé ventura en lides.[40]
Don Quijote le preguntó cómo se llamaba, porque él supiese de allí adelante a quién quedaba obligado por la merced recibida, porque pensaba darle alguna parte[41] de la honra que alcanzase por el valor de su brazo. Ella respondió con mucha humildad que se llamaba la Tolosa, y que era hija de un remendón[42] natural de Toledo, que vivía a las tendillas de Sancho Bienaya,[43] y que dondequiera que ella estuviese le serviría y le tendría por señor. Don Quijote le replicó que, por su amor, le hiciese merced que de allí adelante se pusiese don y se llamase «doña Tolosa». Ella se lo prometió, y la otra le calzó la espuela, con la cual le pasó casi el mismo coloquio que con la de la espada. Preguntole su nombre, y dijo que se llamaba la Molinera y que era hija de un honrado molinero de Antequera;[44] a la cual también rogó don Quijote que se pusiese don y se llamase «doña Molinera», ofreciéndole nuevos servicios y mercedes.
Hechas, pues, de galope y aprisa las hasta allí nunca vistas ceremonias, no vio la hora don Quijote de verse a caballo y salir buscando las aventuras, y, ensillando luego a Rocinante, subió en él y, abrazando a su huésped, le dijo cosas tan extrañas, agradeciéndole la merced de haberle armado caballero, que no es posible acertar a referirlas. El ventero, por verle ya fuera de la venta, con no menos retóricas, aunque con más breves palabras, respondió a las suyas y, sin pedirle la costa de la posada, le dejó ir a la buen hora.[45]
[1] ‘mañana mismo sin falta’.
[2] La noche antes de ser armado caballero, el aspirante tenía que velar las armas colocadas sobre el altar.
[3] ‘por los cuatro puntos cardinales’.
[4] ‘designio’.
[5] Eran todos barrios de mala fama en la época.
[6] ‘pretendiendo, haciendo la corte’.
[7] ‘compartiesen con él su dinero’.
[8] ‘que no llevaba ni un céntimo’; blanca: ‘moneda de muy poco valor’.
[9] ‘a pesar de que’.
[10] ‘iban bien proveídos de dineros’.
[11] ‘vendas’.
[12] ‘muy delgadas, que casi no se veían’.
[13] El caballero novel era ahijado del que lo armaba.
[14] ‘con exactitud’.
[15] ‘una cuba del abrevadero’.
[16] ‘con gallarda apostura’.
[17] ‘por un buen rato’.
[18] Es decir, el sol.
[19] ‘grupo de mulas’.
[20] ‘No hizo caso’.
[21] ‘cogiendo las armas por las correas’.
[22] ‘Socorredme’.
[23] ‘este pecho que es vasallo vuestro’.
[24] ‘no me falte’.
[25] ‘cirujano’.
[26] ‘que antes’.
[27] ‘sin romperla’; con romper o quebrar lanzas se designaba la lucha entre caballeros, y los arrieros no lo son.
[28] ‘está esperando’.
[29] ‘tildándolos de’.
[30] ‘cobarde’.
[31] ‘le castigaría por su traición’.
[32] ‘osadía’.
[33] ‘la maldita’.
[34] ‘en seguida’.
[35] ‘el elemento esencial’.
[36] El ventero describe los rasgos esenciales de la ceremonia de ser armado caballero en caso de urgencia: el golpe con la mano abierta o con la espada de plano en la nuca (pescozada) y el toque con la espada sobre cada hombro (espaldarazo).
[37] ‘dispuesto’.
[38] ‘anotaba’.
[39] ‘libro de oraciones’.
[40] La ramera utiliza una fórmula típica de los libros de caballerías.
[41] ‘tenerla informada’.
[42] remendón era el que arreglaba vestidos viejos.
[43] En la zona comercial de esa plaza de Toledo.
[44] El adjetivo honrado contradice irónicamente la fama de ladrones que tenían los molineros.
[45] Las Partidas de Alfonso el Sabio establecían que quien hubiera sido armado «por escarnio», es decir, por burla, o por no tener las condiciones adecuadas, quedaba ya inhabilitado para recibir la legítima orden de caballería. Según ello, don Quijote nunca «hubiera podido ser caballero», de modo que «toda la novela se basa en un error, producto de la locura del protagonista» (Martín de Riquer).
La del alba sería[1] cuando don Quijote salió de la venta tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo. Mas viniéndole a la memoria los consejos de su huésped cerca de[2] las prevenciones tan necesarias que había de llevar consigo, especial[3] la de los dineros y camisas, determinó volver a su casa y acomodarse[4] de todo, y de un escudero, haciendo cuenta de recibir[5] a un labrador vecino suyo que era pobre y con hijos, pero muy a propósito para el oficio escuderil de la caballería. Con este pensamiento guió a Rocinante hacia su aldea, el cual, casi conociendo la querencia,[6] con tanta gana comenzó a caminar, que parecía que no ponía los pies en el suelo.
No había andado mucho cuando le pareció que a su diestra mano, de la espesura de un bosque que allí estaba, salían unas voces delicadas, como de persona que se quejaba; y apenas las hubo oído, cuando dijo:
—Gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan presto me pone ocasiones delante donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi profesión y donde pueda coger el fruto de mis buenos deseos. Estas voces, sin duda, son de algún menesteroso o menesterosa que ha menester mi favor y ayuda.
Y, volviendo las riendas, encaminó a Rocinante hacia donde le pareció que las voces salían, y, a pocos pasos que entró por el bosque, vio atada una yegua a una encina, y atado en otra a un muchacho, desnudo de medio cuerpo arriba, hasta de edad de quince años,[7] que era el que las voces daba, y no sin causa, porque le estaba dando con una pretina[8] muchos azotes un labrador de buen talle, y cada azote le acompañaba con una reprehensión y consejo. Porque decía:
—La lengua queda y los ojos listos.[9]
Y el muchacho respondía:
—No lo haré otra vez, señor mío; por la pasión de Dios, que no lo haré otra vez, y yo prometo de tener de aquí adelante más cuidado con el hato.[10]
Y viendo don Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo:
—Descortés caballero, mal parece tomaros[11] con quien defender no se puede; subid sobre vuestro caballo y tomad vuestra lanza –que también tenía una lanza arrimada a la encina adonde estaba arrendada[12] la yegua–, que yo os haré conocer ser de cobardes lo que estáis haciendo.
El labrador, que vio sobre sí aquella figura llena de armas blandiendo la lanza sobre su rostro, túvose por muerto, y con buenas palabras respondió:
—Señor caballero, este muchacho que estoy castigando es un mi criado, que me sirve de guardar una manada de ovejas que tengo en estos contornos, el cual es tan descuidado, que cada día me falta una; y porque castigo su descuido, o bellaquería, dice que lo hago de miserable,[13] por no pagalle la soldada que le debo, y en Dios y en mi ánima que miente.
—¿«Miente» delante de mí, ruin villano?[14] –dijo don Quijote–. Por el sol que nos alumbra, que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza. Pagadle luego sin más réplica; si no, por el Dios que nos rige, que os concluya y aniquile en este punto. Desatadlo luego.
El labrador bajó la cabeza y, sin responder palabra, desató a su criado, al cual preguntó don Quijote que cuánto le debía su amo. Él dijo que nueve meses, a siete reales cada mes. Hizo la cuenta don Quijote y halló que montaban setenta y tres reales,[15] y díjole al labrador que al momento los desembolsase, si no quería morir por ello. Respondió el medroso villano que para el paso[16] en que estaba y juramento que había hecho –y aún no había jurado nada–, que no eran tantos, porque se le habían de descontar y recibir en cuenta tres pares de zapatos que le había dado, y un real de dos sangrías que le habían hecho estando enfermo.[17]
—Bien está todo eso –replicó don Quijote–, pero quédense los zapatos y las sangrías por los azotes que sin culpa le habéis dado, que, si él rompió el cuero de los zapatos que vos pagastes, vos le habéis rompido el de su cuerpo, y si le sacó el barbero sangre estando enfermo, vos en sanidad se la habéis sacado; así que por esta parte no os debe nada.
—El daño está, señor caballero, en que no tengo aquí dineros: véngase Andrés conmigo a mi casa, que yo se los pagaré un real sobre otro.
—¿Irme yo con él? –dijo el muchacho–. Mas ¡mal año![18] No, señor, ni por pienso, porque en viéndose solo me desuelle como a un San Bartolomé.[19]
—No hará tal –replicó don Quijote–: basta que yo se lo mande para que me tenga respeto;[20] y con que él me lo jure por la ley de caballería que ha recibido,[21] le dejaré ir libre y aseguraré la paga.
—Mire vuestra merced, señor, lo que dice –dijo el muchacho–, que este mi amo no es caballero, ni ha recibido orden de caballería alguna, que es Juan Haldudo[22] el rico, el vecino del Quintanar.[23]
—Importa poco eso –respondió don Quijote–, que Haldudos puede haber caballeros; cuanto más, que cada uno es hijo de sus obras.
—Así es verdad –dijo Andrés–, pero este mi amo ¿de qué obras es hijo, pues me niega mi soldada y mi sudor y trabajo?
—No niego, hermano Andrés –respondió el labrador–, y hacedme placer de veniros conmigo, que yo juro por todas las órdenes que de caballerías hay en el mundo de pagaros, como tengo dicho, un real sobre otro, y aun sahumados.[24]
—Del sahumerio os hago gracia[25] –dijo don Quijote–: dádselos en reales, que con eso me contento; y mirad que lo cumpláis como lo habéis jurado: si no, por el mismo juramento os juro de volver a buscaros y a castigaros, y que os tengo de hallar, aunque os escondáis más que una lagartija. Y si queréis saber quién os manda esto, para quedar con más veras obligado a cumplirlo, sabed que yo soy el valeroso don Quijote de la Mancha, el desfacedor de agravios y sinrazones, y a Dios quedad, y no se os parta de las mientes lo prometido y jurado, so pena de la pena pronunciada.
Y, en diciendo esto, picó a su Rocinante y en breve espacio se apartó de ellos. Siguiole el labrador con los ojos y, cuando vio que había traspuesto del bosque y que ya no parecía,[26] volviose a su criado Andrés y díjole:
—Venid acá, hijo mío, que os quiero pagar lo que os debo, como aquel desfacedor de agravios me dejó mandado.
—Eso juro yo –dijo Andrés–, y ¡cómo que andará vuestra merced acertado en cumplir el mandamiento de aquel buen caballero, que mil años viva, que, según es de valeroso y de buen juez, vive Roque[27] que si no me paga, que vuelva y ejecute lo que dijo!
—También lo juro yo –dijo el labrador–, pero, por lo mucho que os quiero, quiero acrecentar la deuda, por acrecentar la paga.
Y, asiéndole del brazo, le tornó a atar a la encina, donde le dio tantos azotes, que le dejó por muerto.
—Llamad, señor Andrés, ahora –decía el labrador– al desfacedor de agravios: veréis como no desface aquéste; aunque creo que no está acabado de hacer, porque me viene gana de desollaros vivo, como vos temíades.
Pero al fin le desató y le dio licencia que fuese a buscar su juez, para que ejecutase la pronunciada sentencia. Andrés se partió algo mohíno, jurando de ir a buscar al valeroso don Quijote de la Mancha y contalle punto por punto lo que había pasado, y que se lo había de pagar con las setenas.[28] Pero, con todo esto, él se partió llorando y su amo se quedó riendo.
Y de esta manera deshizo el agravio el valeroso don Quijote; el cual, contentísimo de lo sucedido, pareciéndole que había dado felicísimo y alto principio a sus caballerías, con gran satisfacción de sí mismo iba caminando hacia su aldea, diciendo a media voz:
—Bien te puedes llamar dichosa sobre cuantas hoy viven en la tierra, ¡oh sobre las bellas bella Dulcinea del Toboso!, pues te cupo en suerte tener sujeto y rendido a toda tu voluntad e talante a un tan valiente y tan nombrado caballero como lo es y será don Quijote de la Mancha; el cual, como todo el mundo sabe, ayer recibió la orden de caballería y hoy ha desfecho el mayor tuerto y agravio que formó la sinrazón y cometió la crueldad: hoy quitó el látigo de la mano a aquel despiadado enemigo que tan sin ocasión vapulaba a aquel delicado infante.[29]
En esto, llegó a un camino que en cuatro se dividía, y luego se le vino a la imaginación las encrucijadas donde los caballeros andantes se ponían a pensar cuál camino de aquéllos tomarían; y, por imitarlos, estuvo un rato quedo, y al cabo de haberlo muy bien pensado soltó la rienda a Rocinante, dejando a la voluntad del rocín la suya, el cual siguió su primer intento, que fue el irse camino de su caballeriza. Y, habiendo andado como dos millas,[30] descubrió don Quijote un grande tropel de gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia.[31] Eran seis, y venían con sus quitasoles,[32] con otros cuatro criados a caballo y tres mozos de mulas a pie. Apenas los divisó don Quijote, cuando se imaginó ser cosa de nueva aventura; y, por imitar en todo cuanto a él le parecía posible los pasos[33] que había leído en sus libros, le pareció venir allí de molde uno que pensaba hacer. Y, así, con gentil continente y denuedo, se afirmó bien en los estribos, apretó la lanza, llegó la adarga al pecho y, puesto en la mitad del camino, estuvo esperando que aquellos caballeros andantes llegasen, que ya él por tales los tenía y juzgaba; y, cuando llegaron a trecho que se pudieron ver y oír, levantó don Quijote la voz y con ademán arrogante dijo:
—Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la Emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.[34]
Paráronse los mercaderes al son de estas razones, y a ver la extraña figura del que las decía; y por la figura y por las razones luego echaron de ver la locura de su dueño, mas quisieron ver despacio en qué paraba aquella confesión que se les pedía, y uno de ellos, que era un poco burlón y muy mucho discreto, le dijo:
—Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa buena señora que decís; mostrádnosla, que, si ella fuere de tanta hermosura como significáis, de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad que por parte vuestra nos es pedida.
—Si os la mostrara –replicó don Quijote–, ¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; donde no,[35] conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia.[36] Que ahora vengáis uno a uno, como pide la orden de caballería, ora todos juntos, como es costumbre y mala usanza de los de vuestra ralea, aquí os aguardo y espero, confiado en la razón que de mi parte tengo.
—Señor caballero –replicó el mercader–, suplico a vuestra merced en nombre de todos estos príncipes que aquí estamos que, porque no encarguemos nuestras conciencias[37] confesando una cosa por nosotros jamás vista ni oída, y más siendo tan en perjuicio de las emperatrices y reinas del Alcarria y Extremadura, que vuestra merced sea servido de mostrarnos algún retrato de esa señora, aunque sea tamaño[38] como un grano de trigo; que por el hilo se sacará el ovillo y quedaremos con esto satisfechos y seguros, y vuestra merced quedará contento y pagado;[39] y aun creo que estamos ya tan de su parte, que, aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro le mana bermellón y piedra azufre,[40] con todo eso, por complacer a vuestra merced, diremos en su favor todo lo que quisiere.
—No le mana, canalla infame –respondió don Quijote encendido en cólera–, no le mana, digo, eso que decís, sino ámbar y algalia entre algodones;[41] y no es tuerta[42] ni corcovada, sino más derecha que un huso de Guadarrama.[43] Pero vosotros pagaréis la grande blasfemia que habéis dicho contra tamaña beldad como es la de mi señora.
Y, en diciendo esto, arremetió con la lanza baja contra el que lo había dicho, con tanta furia y enojo, que si la buena suerte no hiciera que en la mitad del camino tropezara y cayera Rocinante, lo pasara mal el atrevido mercader. Cayó Rocinante, y fue rodando su amo una buena pieza[44] por el campo; y, queriéndose levantar, jamás pudo: tal embarazo le causaban la lanza, adarga, espuelas y celada, con el peso de las antiguas armas. Y, entre tanto que pugnaba por levantarse y no podía, estaba diciendo:
—Non fuyáis, gente cobarde; gente cautiva, atended que no por culpa mía, sino de mi caballo, estoy aquí tendido.
Un mozo de mulas de los que allí venían, que no debía de ser muy bienintencionado, oyendo decir al pobre caído tantas arrogancias, no lo pudo sufrir sin darle la respuesta en las costillas. Y, llegándose a él, tomó la lanza y, después de haberla hecho pedazos, con uno de ellos comenzó a dar a nuestro don Quijote tantos palos, que, a despecho y pesar de sus armas, le molió como cibera.[45] Dábanle voces sus amos que no le diese tanto y que le dejase; pero estaba ya el mozo picado y no quiso dejar el juego hasta envidar todo el resto de su cólera;[46] y, acudiendo por los demás trozos de la lanza, los acabó de deshacer sobre el miserable caído, que, con toda aquella tempestad de palos que sobre él llovía, no cerraba la boca, amenazando al cielo y a la tierra, y a los malandrines, que tal le parecían.
Cansose el mozo, y los mercaderes siguieron su camino, llevando que contar en todo él del pobre apaleado. El cual, después que se vio solo, tornó a probar si podía levantarse; pero si no lo pudo hacer cuando sano y bueno, ¿cómo lo haría molido y casi deshecho? Y aun se tenía por dichoso, pareciéndole que aquélla era propia desgracia de caballeros andantes, y toda la atribuía a la falta de su caballo; y no era posible levantarse, según tenía brumado[47] todo el cuerpo.
[1] ‘La hora del alba sería’; el antecedente es hora, la última palabra del capítulo precedente.
[2] ‘acerca de’.
[3] ‘especialmente’.
[4] ‘hacer provisión’.
[5] ‘pensando en contratar’.
[6] ‘el camino de vuelta a la cuadra’.
[7] ‘de alrededor de quince años’.
[8] ‘con una correa’.
[9] ‘Menos hablar y más vigilar’.
[10] ‘con el rebaño’.
[11] ‘tomarla’.
[12] ‘atada por las riendas’.
[13] ‘por tacaño’.
[14] Decirle a alguien que mentía era una ofensa tan grave, que don Quijote se siente ultrajado sólo de oír una acusación en tal sentido.
[15] Como puede comprobarse, son sesenta y tres: ¿error de don Quijote o de Cervantes?, ¿o quizá errata?
[16] ‘por la dificultad’.
[17] sangría: ‘incisión en una vena para extraer lo que se creía exceso de sangre’.
[18] ‘¡de ningún modo!’.
[19] Según la tradición, San Bartolomé murió desollado.
[20] ‘para que cumpla mi orden’.
[21] Don Quijote confunde al labrador con un caballero, quizá por la presencia de la montura y la lanza.
[22] El término haldudo significa también ‘hipócrita, falso’.
[23] Quintanar de la Orden, pueblo en las cercanías del Toboso.
[24] ‘perfumados’; y en sentido figurado ‘mejorados’.
[25] ‘os relevo, os dispenso’.
[26] ‘ya no se le veía’.
[27] Fórmula eufemística por «vive Dios».
[28] ‘con creces’; las setenas implicaban pagar siete veces el valor de la deuda.
[29] La primera empresa de don Quijote, con resultado por el momento feliz, responde puntualmente al propósito de «deshacer agravios» y «enderezar tuertos» (I, 2), y se concreta en un caso con numerosos paralelos novelescos: así cuando el héroe del Clarián de Landanís (1518) tropieza con otro caballero que «tenía ante sí un escudero desnudo en camisa, colgado por los brazos de un árbol, y facíalo azotar a dos villanos con correas muy fuertes».
[30] Algo menos de cuatro kilómetros.
[31] Murcia era en la época la principal región productora de tejidos de seda en la Península.
[32] ‘sombrillas muy grandes que se ataban a la montura’.
[33] Los pasos de armas consistían en interceptar el acceso a un lugar determinado y retar a combate a quien quisiera pasar.
[34] Es también situación con abundantes paralelos en los pasos de armas reales y en los textos literarios: «Caballeros, tornaos por donde venistes, si no otorgáis que la más hermosa dama del mundo es la que yo sirvo» (Lepolemo, Caballero de la Cruz, 1521).
[35] ‘de lo contrario’.
[36] Insultos que en los libros de caballerías se aplican regularmente a los gigantes.
[37] ‘no tengamos cargo de conciencia’.
[38] ‘aunque sea tan pequeño’.
[39] ‘y satisfecho’.
[40] ‘supura pus de minio y azufre’, sustancias venenosas rojas y amarillas.
[41] Sustancias aromáticas que solían guardarse en recipientes de vidrio protegidos con algodones.
[42] Aquí ‘torcida’.
[43] La madera de Guadarrama proveía a la corte de materia prima para los utensilios (cucharas, molinillos, etc.).
[44] ‘un buen trecho’.
[45] ‘lo dejó hecho harina’; la cibera es el grano que se echa entre las muelas del molino para que empiece a funcionar.
[46] Se utilizan expresiones sacadas de los juegos de naipes: estar picado significa ‘estar metido de lleno en la partida’; envidar el resto es ‘apostar todo lo que le queda a uno’.
[47] ‘magullado’.
Viendo, pues, que, en efecto, no podía menearse, acordó de acogerse a su ordinario remedio, que era pensar en algún paso[1] de sus libros, y trújole su locura a la memoria aquel de Valdovinos y del marqués de Mantua,[2] cuando Carloto le dejó herido en la montiña,[3] historia sabida de los niños, no ignorada de los mozos, celebrada y aun creída de los viejos, y, con todo esto, no más verdadera que los milagros de Mahoma. Ésta, pues, le pareció a él que le venía de molde para el paso en que se hallaba, y así, con muestras de grande sentimiento, se comenzó a volcar por la tierra y a decir con debilitado aliento lo mismo que dicen decía el herido caballero del bosque:
—¿Dónde estás, señora mía,
que no te duele mi mal?
O no lo sabes, señora,
o eres falsa y desleal.
Y de esta manera fue prosiguiendo el romance, hasta aquellos versos que dicen:
—¡Oh noble marqués de Mantua,
mi tío y señor carnal![4]
Y quiso la suerte que, cuando llegó a este verso, acertó a pasar por allí un labrador de su mismo lugar y vecino suyo, que venía de llevar una carga de trigo al molino; el cual, viendo aquel hombre allí tendido, se llegó a él y le preguntó que quién era y qué mal sentía, que tan tristemente se quejaba. Don Quijote creyó sin duda que aquél era el marqués de Mantua, su tío, y, así, no le respondió otra cosa sino fue proseguir en su romance, donde le daba cuenta de su desgracia y de los amores del hijo del Emperante[5] con su esposa, todo de la misma manera que el romance lo canta.[6]
El labrador estaba admirado oyendo aquellos disparates; y quitándole la visera, que ya estaba hecha pedazos, de los palos, le limpió el rostro, que le tenía cubierto de polvo; y apenas le hubo limpiado, cuando le conoció y le dijo:
—Señor Quijana –que así se debía de llamar cuando él tenía juicio y no había pasado de hidalgo sosegado a caballero andante–, ¿quién ha puesto a vuestra merced de esta suerte?
Pero él seguía con su romance a cuanto le preguntaba. Viendo esto el buen hombre, lo mejor que pudo le quitó el peto y espaldar, para ver si tenía alguna herida, pero no vio sangre ni señal alguna. Procuró levantarle del suelo, y no con poco trabajo le subió sobre su jumento, por parecerle caballería más sosegada. Recogió las armas, hasta las astillas de la lanza, y liolas sobre Rocinante, al cual tomó de la rienda, y del cabestro[7] al asno, y se encaminó hacia su pueblo, bien pensativo de oír los disparates que don Quijote decía; y no menos iba don Quijote, que, de puro molido y quebrantado, no se podía tener sobre el borrico y de cuando en cuando daba unos suspiros, que los ponía en el cielo, de modo que de nuevo obligó a que el labrador le preguntase[8] le dijese qué mal sentía; y no parece sino que el diablo le traía a la memoria los cuentos acomodados a sus sucesos, porque en aquel punto, olvidándose de Valdovinos, se acordó del moro Abindarráez, cuando el alcaide de Antequera, Rodrigo de Narváez, le prendió y llevó cautivo a su alcaidía.[9] De suerte que, cuando el labrador le volvió a preguntar que cómo estaba y qué sentía, le respondió las mismas palabras y razones que el cautivo Abencerraje respondía a Rodrigo de Narváez, del mismo modo que él había leído la historia en La Diana de Jorge de Montemayor, donde se escribe;[10] aprovechándose de ella tan a propósito, que el labrador se iba dando al diablo de oír tanta máquina de necedades; por donde conoció que su vecino estaba loco, y dábale priesa a llegar al pueblo por excusar el enfado[11] que don Quijote le causaba con su larga arenga. Al cabo de lo cual dijo:
—Sepa vuestra merced, señor don Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Jarifa que he dicho es ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho, hago y haré los más famosos hechos de caballerías que se han visto, vean ni verán en el mundo.
A esto respondió el labrador:
—Mire vuestra merced, señor, pecador de mí, que yo no soy don Rodrigo de Narváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra merced es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor Quijana.[12]
—Yo sé quién soy –respondió don Quijote–, y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia,[13] y aun todos los nueve de la Fama,[14] pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías.
En estas pláticas y en otras semejantes llegaron al lugar, a la hora que anochecía, pero el labrador aguardó a que fuese algo más noche, porque no viesen al molido hidalgo tan mal caballero.[15] Llegada, pues, la hora que le pareció, entró en el pueblo, y en la casa de don Quijote, la cual halló toda alborotada, y estaban en ella el cura y el barbero del lugar, que eran grandes amigos de don Quijote, que estaba diciéndoles su ama a voces:
—¿Qué le parece a vuestra merced, señor licenciado Pero Pérez –que así se llamaba el cura–, de la desgracia de mi señor? Tres días ha que no parecen él, ni el rocín, ni la adarga, ni la lanza, ni las armas.[16] ¡Desventurada de mí!, que me doy a entender, y así es ello la verdad como nací para morir, que estos malditos libros de caballerías que él tiene y suele leer tan de ordinario le han vuelto el juicio; que ahora me acuerdo haberle oído decir muchas veces, hablando entre sí, que quería hacerse caballero andante e irse a buscar las aventuras por esos mundos. Encomendados sean a Satanás y a Barrabás tales libros, que así han echado a perder el más delicado entendimiento que había en toda la Mancha.
La sobrina decía lo mismo, y aun decía más:
—Sepa, señor maese Nicolás –que éste era el nombre del barbero–, que muchas veces le aconteció a mi señor tío estarse leyendo en estos desalmados libros de desventuras dos días con sus noches, al cabo de los cuales arrojaba el libro de las manos, y ponía mano a la espada, y andaba a cuchilladas con las paredes; y cuando estaba muy cansado decía que había muerto a cuatro gigantes como cuatro torres, y el sudor que sudaba del cansancio decía que era sangre de las feridas que había recibido en la batalla, y bebíase luego un gran jarro de agua fría, y quedaba sano y sosegado, diciendo que aquella agua era una preciosísima bebida que le había traído el sabio Esquife,[17] un grande encantador y amigo suyo. Mas yo me tengo la culpa de todo, que no avisé a vuestras mercedes de los disparates de mi señor tío, para que los remediaran antes de llegar a lo que ha llegado, y quemaran todos estos descomulgados libros, que tiene muchos que bien merecen ser abrasados, como si fuesen de herejes.
—Esto digo yo también –dijo el cura–, y a fe que no se pase el día de mañana sin que de ellos no se haga acto público,[18] y sean condenados al fuego, porque no den ocasión a quien los leyere de hacer lo que mi buen amigo debe de haber hecho.
Todo esto estaban oyendo el labrador y don Quijote, con que acabó de entender el labrador la enfermedad de su vecino y, así, comenzó a decir a voces:
—Abran vuestras mercedes al señor Valdovinos y al señor marqués de Mantua, que viene malferido, y al señor moro Abindarráez, que trae cautivo el valeroso Rodrigo de Narváez, alcaide de Antequera.
A estas voces salieron todos, y como conocieron los unos a su amigo, las otras a su amo y tío, que aún no se había apeado del jumento, porque no podía, corrieron a abrazarle. Él dijo:
—Ténganse todos, que vengo malferido, por la culpa de mi caballo. Llévenme a mi lecho, y llámese, si fuere posible, a la sabia Urganda, que cure y cate[19] de mis feridas.
—¡Mirá, en hora maza[20] –dijo a este punto el ama–, si me decía a mí bien mi corazón del pie que cojeaba mi señor! Suba vuestra merced en buen hora, que, sin que venga esa hurgada,[21] le sabremos aquí curar. ¡Malditos, digo, sean otra vez y otras ciento estos libros de caballerías, que tal han parado a vuestra merced!
Lleváronle luego a la cama, y, catándole las feridas, no le hallaron ninguna; y él dijo que todo era molimiento, por haber dado una gran caída con Rocinante, su caballo, combatiéndose con diez jayanes,[22] los más desaforados[23] y atrevidos que se pudieran hallar en gran parte de la tierra.
—¡Ta, ta![24] –dijo el cura–. ¿Jayanes hay en la danza? Para mi santiguada[25] que yo los queme mañana antes que llegue la noche.
Hiciéronle a don Quijote mil preguntas, y a ninguna quiso responder otra cosa sino que le diesen de comer y le dejasen dormir, que era lo que más le importaba. Hízose así, y el cura se informó muy a la larga del labrador del modo que había hallado a don Quijote. Él se lo contó todo, con los disparates que al hallarle y al traerle había dicho, que fue poner más deseo en el licenciado de hacer lo que otro día[26] hizo, que fue llamar a su amigo el barbero maese Nicolás, con el cual se vino a casa de don Quijote.
[1] ‘pasaje’.
[2] Romance del Marqués de Mantua, que cuenta la derrota en combate de Baldovinos, su sobrino, a manos de Carloto, hijo de Carlomagno; se usaba en las escuelas como libro de lectura. Lo recordará de nuevo en I, 10, y II, 23.
[3] ‘espesura’.
[4] La letra del romance dice «mi señor tío carnal».
[5] ‘del Emperador’, es decir, Carlomagno.
[6] En el presente capítulo, don Quijote cree ser un héroe del romancero, antes que personaje de libro de caballerías. La misma alucinación sufre el labrador que protagoniza un anónimo Entremés de los romances, de fecha incierta, pero que si fuera anterior a la composición del Quijote debiera contarse como una de sus principales fuentes de inspiración.
[7] ‘cuerda que se ata al cuello de una caballería’.
[8] ‘rogase’.
[9] ‘fortaleza gobernada por un alcaide’. Se trata de una historia que narra la novela corta El abencerraje y la hermosa Jarifa: el protagonista, Rodrigo de Narváez, alcaide de Antequera entre 1410 y 1424, apresa al moro Abindarráez que acude a casarse en secreto con Jarifa, pero al final lo libera.
[10] La novela de El abencerraje y la hermosa Jarifa se incluyó en La Diana de Jorge de Montemayor a partir de la edición de 1561.
[11] ‘por librarse de la molestia’.
[12] Es una construcción del tipo de «el bueno de Guillermo».
[13] Los doce caballeros más importantes del ejército de Carlomagno, entre los que destacan Roldán, Oliveros, Turpín, Valdovinos, Ganelón, Reinaldos de Montalbán y Gaiferos.
[14] Nueve guerreros históricos o legendarios que constituían un modelo para los caballeros: tres hebreos (Josué, David y Judas Macabeo), tres paganos (Héctor, Alejandro Magno y Julio César) y tres cristianos (Arturo, Carlomagno y Godofredo de Bouillon).
[15] ‘tan mal montado’.
[16] Don Quijote llevaba cuarenta y ocho horas sin ser visto en su casa: estamos, pues, en el tercer día de su ausencia. Dice bien el ama «tres días ha».
[17] Confusión por ‘Alquife’, esposo de Urganda la Desconocida; esquife en germanía significaba ‘granuja’.
[18] ‘juicio público’.
[19] ‘que cuide y examine’.
[20] ‘Mirad, en hora mala’.
[21] Deformación del nombre de Urganda.
[22] ‘gigantes’.
[23] ‘desmedidos’.
[24] Interjección que indica que se ha caído en la cuenta de algún asunto (‘¡eso es!, ¡ahora caigo!’).
[25] ‘Por mi cara santiguada’, y, por tanto, ‘Por la señal de la cruz’.
[26] ‘al día siguiente’.
El cual aún todavía dormía. Pidió[2] las llaves a la sobrina del aposento donde estaban los libros autores del daño, y ella se las dio de muy buena gana. Entraron dentro todos, y la ama con ellos, y hallaron más de cien cuerpos[3] de libros grandes, muy bien encuadernados, y otros pequeños; y, así como el ama los vio, volviose a salir del aposento con gran priesa, y tornó luego con una escudilla de agua bendita y un hisopo,[4] y dijo:
—Tome vuestra merced, señor licenciado; rocíe este aposento, no esté aquí algún encantador de los muchos que tienen estos libros, y nos encanten, en pena de las que les queremos dar echándolos del mundo.[5]
Causó risa al licenciado la simplicidad del ama y mandó al barbero que le fuese dando de aquellos libros uno a uno, para ver de qué trataban, pues podía ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego.
—No –dijo la sobrina–, no hay para qué perdonar a ninguno, porque todos han sido los dañadores: mejor será arrojallos por las ventanas al patio y hacer un rimero[6] de ellos y pegarles fuego; y, si no, llevarlos al corral, y allí se hará la hoguera, y no ofenderá[7] el humo.
Lo mismo dijo el ama: tal era la gana que las dos tenían de la muerte de aquellos inocentes; mas el cura no vino en ello[8] sin primero leer siquiera los títulos. Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos fue Los cuatro de Amadís de Gaula,[9] y dijo el cura:
—Parece cosa de misterio ésta, porque, según he oído decir, este libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España,[10] y todos los demás han tomado principio y origen de éste; y, así, me parece que, como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos sin excusa alguna condenar al fuego.
—No, señor –dijo el barbero–, que también he oído decir que es el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto; y así, como a único en su arte, se debe perdonar.
—Así es verdad –dijo el cura–, y por esa razón se le otorga la vida por ahora. Veamos esotro que está junto a él.
—Es –dijo el barbero– Las sergas de Esplandián,[11] hijo legítimo de Amadís de Gaula.
—Pues en verdad –dijo el cura– que no le ha de valer al hijo la bondad del padre. Tomad, señora ama, abrid esa ventana y echadle al corral, y dé principio al montón de la hoguera que se ha de hacer.
Hízolo así el ama con mucho contento, y el bueno de Esplandián fue volando al corral, esperando con toda paciencia el fuego que le amenazaba.
—Adelante –dijo el cura.
—Este que viene –dijo el barbero– es Amadís de Grecia,[12] y aun todos los de este lado, a lo que creo, son del mismo linaje de Amadís.
—Pues vayan todos al corral –dijo el cura–, que a trueco de quemar a la reina Pintiquiniestra, y al pastor Darinel, y a sus églogas, y a las endiabladas y revueltas razones de su autor, quemaré con ellos al padre que me engendró, si anduviera en figura de caballero andante.
—De ese parecer soy yo –dijo el barbero.
—Y aun yo –añadió la sobrina.
—Pues así es –dijo el ama–, vengan, y al corral con ellos.
Diéronselos, que eran muchos, y ella ahorró la escalera y dio con ellos por la ventana abajo.
—¿Quién es ese tonel? –dijo el cura.
—Éste es –respondió el barbero– Don Olivante de Laura.[13]
—El autor de ese libro –dijo el cura– fue el mismo que compuso a Jardín de flores, y en verdad que no sepa determinar cuál de los dos libros es más verdadero o, por decir mejor, menos mentiroso; sólo sé decir que éste irá al corral, por disparatado y arrogante.[14]
—Este que se sigue es Florismarte de Hircania[15] –dijo el barbero.
—¿Ahí está el señor Florismarte? –replicó el cura–. Pues a fe que ha de parar presto en el corral, a pesar de su extraño nacimiento[16] y soñadas aventuras, que no da lugar a otra cosa la dureza y sequedad de su estilo. Al corral con él, y con esotro, señora ama.
—Que me place, señor mío –respondía ella; y con mucha alegría ejecutaba lo que le era mandado.
—Éste es El caballero Platir[17] –dijo el barbero.
—Antiguo libro es ése –dijo el cura–, y no hallo en él cosa que merezca venia. Acompañe a los demás sin réplica.
Y así fue hecho. Abriose otro libro y vieron que tenía por título El caballero de la Cruz.[18]
—Por nombre tan santo como este libro tiene, se podía perdonar su ignorancia; mas también se suele decir «tras la cruz está el diablo». Vaya al fuego.
Tomando el barbero otro libro, dijo:
—Éste es Espejo de caballerías.[19]
—Ya conozco a su merced –dijo el cura–. Ahí anda el señor Reinaldos de Montalbán con sus amigos y compañeros, más ladrones que Caco, y los Doce Pares, con el verdadero historiador Turpín,[20] y en verdad que estoy por condenarlos no más que a destierro perpetuo, siquiera porque tienen parte de la invención del famoso Mateo Boyardo,[21] de donde también tejió su tela el cristiano poeta Ludovico Ariosto;[22] al cual, si aquí le hallo, y que habla en otra lengua que la suya,[23] no le guardaré respeto alguno, pero, si habla en su idioma, le pondré sobre mi cabeza.[24]
—Pues yo le tengo en italiano –dijo el barbero–, mas no le entiendo.
—Ni aun fuera bien que vos le entendiérades –respondió el cura–; y aquí le perdonáramos al señor capitán que no le hubiera traído a España y hecho castellano, que le quitó mucho de su natural valor, y lo mismo harán todos aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua, que, por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento. Digo, en efecto, que este libro y todos los que se hallaren que tratan de estas cosas de Francia[25] se echen y depositen en un pozo seco, hasta que con más acuerdo se vea lo que se ha de hacer de ellos, exceptuando a un Bernardo del Carpio que anda por ahí,[26] y a otro llamado Roncesvalles;[27] que éstos, en llegando a mis manos, han de estar en las del ama, y de ellas en las del fuego, sin remisión alguna.
Todo lo confirmó el barbero y lo tuvo por bien y por cosa muy acertada, por entender que era el cura tan buen cristiano y tan amigo de la verdad, que no diría otra cosa por todas las del mundo. Y abriendo otro libro vio que era Palmerín de Oliva,[28] y junto a él estaba otro que se llamaba Palmerín de Ingalaterra;[29] lo cual visto por el licenciado, dijo:
—Esa oliva se haga luego rajas y se queme, que aun no queden de ella las cenizas, y esa palma de Ingalaterra se guarde y se conserve como a cosa única, y se haga para ello otra caja como la que halló Alejandro en los despojos de Dario, que la diputó para guardar en ella las obras del poeta Homero.[30] Este libro, señor compadre, tiene autoridad por dos cosas: la una, porque él por sí es muy bueno; y la otra, porque es fama que le compuso un discreto rey de Portugal.[31] Todas las aventuras del castillo de Miraguarda son bonísimas y de grande artificio; las razones, cortesanas y claras, que guardan y miran el decoro del que habla, con mucha propiedad y entendimiento. Digo, pues, salvo vuestro buen parecer, señor maese Nicolás, que éste y Amadís de Gaula queden libres del fuego, y todos los demás, sin hacer más cala y cata,[32] perezcan.
—No, señor compadre –replicó el barbero–, que este que aquí tengo es el afamado Don Belianís.[33]
—Pues ése –replicó el cura–, con la segunda, tercera y cuarta parte, tienen necesidad de un poco de ruibarbo[34] para purgar la demasiada cólera suya, y es menester quitarles todo aquello del castillo de la Fama y otras impertinencias de más importancia,[35] para lo cual se les da término ultramarino,[36] y como se enmendaren, así se usará con ellos de misericordia o de justicia; y en tanto, tenedlos vos, compadre, en vuestra casa, mas no los dejéis leer a ninguno.
—Que me place –respondió el barbero.
Y, sin querer cansarse más en leer libros de caballerías, mandó al ama que tomase todos los grandes y diese con ellos en el corral. No se dijo a tonta ni a sorda, sino a quien tenía más gana de quemallos que de echar una tela,[37] por grande y delgada que fuera; y asiendo casi ocho de una vez, los arrojó por la ventana. Por tomar muchos juntos, se le cayó uno a los pies del barbero, que le tomó gana de ver de quién era, y vio que decía Historia del famoso caballero Tirante el Blanco.[38]
—¡Válame Dios –dijo el cura, dando una gran voz–, que aquí está Tirante el Blanco! Dádmele acá, compadre, que hago cuenta que he hallado en él un tesoro de contento y una mina de pasatiempos. Aquí está don Quirieleisón de Montalbán, valeroso caballero, y su hermano Tomás de Montalbán, y el caballero Fonseca, con la batalla que el valiente de Tirante hizo con el alano, y las agudezas de la doncella Placerdemivida, con los amores y embustes de la viuda Reposada, y la señora Emperatriz, enamorada de Hipólito, su escudero. Dígoos verdad, señor compadre, que por su estilo es éste el mejor libro del mundo: aquí comen los caballeros, y duermen y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con otras cosas de que todos los demás libros de este género carecen.[39] Con todo eso, os digo que merecía el que le compuso, pues no hizo tantas necedades de industria,[40] que le echaran a galeras[41] por todos los días de su vida. Llevadle a casa y leedle, y veréis que es verdad cuanto de él os he dicho.
—Así será –respondió el barbero–, pero ¿qué haremos de estos pequeños libros que quedan?
—Éstos –dijo el cura– no deben de ser de caballerías, sino de poesía.
Y abriendo uno vio que era La Diana de Jorge de Montemayor, y dijo, creyendo que todos los demás eran del mismo género:
—Éstos no merecen ser quemados, como los demás, porque no hacen ni harán el daño que los de caballerías han hecho, que son libros de entretenimiento sin perjuicio de tercero.
—¡Ay, señor! –dijo la sobrina–, bien los puede vuestra merced mandar quemar como a los demás, porque no sería mucho que, habiendo sanado mi señor tío de la enfermedad caballeresca, leyendo éstos se le antojase de hacerse pastor y andarse por los bosques y prados cantando y tañendo, y, lo que sería peor, hacerse poeta, que según dicen es enfermedad incurable y pegadiza.
—Verdad dice esta doncella –dijo el cura–, y será bien quitarle a nuestro amigo este tropiezo y ocasión delante. Y pues comenzamos por La Diana de Montemayor, soy de parecer que no se queme, sino que se le quite todo aquello que trata de la sabia Felicia y de la agua encantada,[42] y casi todos los versos mayores,[43] y quédesele enhorabuena la prosa, y la honra de ser primero en semejantes libros.
—Este que se sigue –dijo el barbero– es La Diana llamada segunda del Salmantino;[44] y éste, otro que tiene el mismo nombre, cuyo autor es Gil Polo.[45]
—Pues la del Salmantino –respondió el cura– acompañe y acreciente el número de los condenados al corral, y la de Gil Polo se guarde como si fuera del mismo Apolo; y pase adelante, señor compadre, y démonos prisa, que se va haciendo tarde.
—Este libro es –dijo el barbero abriendo otro– Los diez libros de Fortuna de amor, compuestos por Antonio de Lofraso, poeta sardo.[46]
—Por las órdenes que recibí –dijo el cura– que desde que Apolo fue Apolo, y las musas musas, y los poetas poetas, tan gracioso ni tan disparatado libro como ése no se ha compuesto, y que, por su camino,[47] es el mejor y el más único de cuantos de este género han salido a la luz del mundo, y el que no le ha leído puede hacer cuenta que no ha leído jamás cosa de gusto. Dádmele acá, compadre, que precio más haberle hallado que si me dieran una sotana de raja[48] de Florencia.
Púsole aparte con grandísimo gusto, y el barbero prosiguió diciendo:
—Estos que se siguen son El Pastor de Iberia, Ninfas de Henares y Desengaños de celos.[49]
—Pues no hay más que hacer –dijo el cura–, sino entregarlos al brazo seglar del ama,[50] y no se me pregunte el porqué, que sería nunca acabar.
—Este que viene es El Pastor de Fílida.[51]
—No es ése pastor –dijo el cura–, sino muy discreto cortesano: guárdese como joya preciosa.
—Este grande que aquí viene se intitula –dijo el barbero– Tesoro de varias poesías.[52]
—Como ellas no fueran tantas –dijo el cura–, fueran más estimadas: menester es que este libro se escarde[53] y limpie de algunas bajezas que entre sus grandezas tiene; guárdese, porque su autor es amigo mío, y por respeto de otras más heroicas y levantadas obras que ha escrito.
—Éste es –siguió el barbero– el Cancionero de López Maldonado.[54]
—También el autor de ese libro –replicó el cura– es grande amigo mío, y sus versos en su boca admiran a quien los oye, y tal es la suavidad de la voz con que los canta, que encanta. Algo largo es en las églogas, pero nunca lo bueno fue mucho; guárdese con los escogidos. Pero ¿qué libro es ese que está junto a él?
—La Galatea de Miguel de Cervantes[55] –dijo el barbero.
—Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención: propone algo, y no concluye nada; es menester esperar la segunda parte que promete: quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y entre tanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada, señor compadre.
—Que me place –respondió el barbero–. Y aquí vienen tres todos juntos: La Araucana de don Alonso de Ercilla,[56] La Austríada de Juan Rufo,[57] jurado de Córdoba, y El Monserrato de Cristóbal de Virués, poeta valenciano.[58]
—Todos esos tres libros –dijo el cura– son los mejores que en verso heroico[59] en lengua castellana están escritos, y pueden competir con los más famosos de Italia; guárdense como las más ricas prendas de poesía que tiene España.
Cansose el cura de ver más libros, y así, a carga cerrada,[60] quiso que todos los demás se quemasen; pero ya tenía abierto uno el barbero, que se llamaba Las lágrimas de Angélica.[61]
—Lloráralas yo –dijo el cura en oyendo el nombre– si tal libro hubiera mandado quemar, porque su autor fue uno de los famosos poetas del mundo, no sólo de España, y fue felicísimo en la traducción de algunas fábulas de Ovidio.
[1] ‘gracioso’.
[2] El sujeto es el cura, el licenciado. La frase enlaza con las últimas del capítulo precedente: es uno de los indicios de que los epígrafes de los capítulos se pusieron cuando el texto estaba ya escrito.
[3] ‘volúmenes’.
[4] ‘un cuenco de agua bendita y un manojo de ramas o utensilio para esparcirla (hisopo)’.
[5] ‘en castigo de las penas que han de sufrir cuando dejen el mundo y vuelvan al infierno’.
[6] ‘un montón’.
[7] ‘no molestará’.
[8] ‘no se avino a ello’.
[9] Los cuatro libros del virtuoso caballero Amadís de Gaula de Garci Rodríguez de Montalvo (la primera edición conservada es de 1508, pero antes hubo cuando menos otra de 1496).
[10] El Tirant lo Blanch se publicó en Valencia en 1490; Oliveros de Castilla es de 1499.
[11] Continuación de Amadís de Gaula escrita por el mismo Garci Rodríguez de Montalvo (1510); sergas tiene aquí el sentido de ‘proezas’.
[12] Noveno libro de la serie de los Amadises, escrito por Feliciano de Silva (1530).
[13] Se trata de la voluminosa Historia del invencible caballero don Olivante de Laura, príncipe de Macedonia, que vino a ser emperador de Constantinopla (1564) de Antonio de Torquemada.
[14] El Jardín de flores curiosas (1579) de Antonio de Torquemada es una amalgama de noticias extraordinarias; Cervantes lo aprovechó en el Persiles.
[15] Se trata de la Primera parte de la grande historia del muy animoso y esforzado príncipe Felixmarte de Hircania y de su estraño nacimiento (1556) de Melchor Ortega.
[16] Su madre fue auxiliada por una mujer salvaje cuando dio a luz al caballero en un monte.
[17] Crónica del muy valiente y esforzado caballero Platir, hijo del emperador Primaleón (1533), obra anónima del ciclo de los Palmerines.
[18] Podría tratarse o bien de La crónica de Lepolemo, llamado el caballero de la Cruz (1521), de Alonso de Salazar, o bien de El libro segundo del esforzado Caballero de la Cruz Lepolemo (1563), de Pedro de Luján.
[19] Adaptación en prosa del Orlando innamorato de Matteo Boiardo realizada por Pero López de Santamaría y Pedro de Reinosa (1586).
[20] Uno de los Doce Pares y consejero de Carlomagno, y a quien se atribuyó una crónica novelesca titulada Historia Caroli magni et Rotholandi; de ahí la ironía de verdadero historiador.
[21] Poeta italiano (1441-1494), autor del ya citado Orlando innamorato (1492).
[22] Autor del Orlando furioso (1516-1532).
[23] Probable alusión a la traducción del Orlando furioso por Jerónimo Jiménez de Urrea (1549), a quien se alude poco después con el tratamiento de señor capitán.
[24] ‘lo tendré por excelente’; como muestra de acatamiento, se colocaban sobre la cabeza las órdenes del rey y las bulas papales.
[25] ‘que tratan de las historias caballerescas del ciclo carolingio’.
[26] Probablemente se refiere al poema de Agustín Alonso Historia de las hazañas y hechos del invencible caballero Bernardo del Carpio (1585).
[27] Podría tratarse de El verdadero suceso de la batalla de Roncesvalles (1555-1583), de Francisco Garrido Villena, o bien de La segunda parte del Orlando, con el verdadero suceso de la famosa batalla de Roncesvalles (1555), de Nicolás de Espinosa.
[28] Atribuido a Francisco Vázquez (1511), es el primero de la serie de los Palmerines.
[29] Obra de Francisco de Moraes (1545) traducida por Luis de Hurtado con el título de Libro del muy esforzado caballero Palmerín de Inglaterra, hijo del rey don Duardos (1547).
[30] Era leyenda de la Antigüedad que Alejandro guardaba en una caja una copia de la Ilíada corregida por el propio Aristóteles y que procedería del botín de guerra (despojos) capturado al rey persa Darío III.
[31] Se creía que el Palmerín era obra de Juan II de Portugal o de su hijo Juan III.
[32] ‘sin hacer más averiguaciones’.
[33] Don Belianís de Grecia (1547-1579), de Jerónimo Fernández, ya ha sido citado en uno de los sonetos preliminares y en el capítulo I.
[34] El ruibarbo se utilizaba en medicina como depurativo.
[35] Se refiere a la extensa descripción que aparece en el Belianís de una maquinaria para recorrer largas distancias.
[36] ‘un plazo de tiempo muy largo’.
[37] ‘tejer una tela’; pero también, en germanía, ‘hacer el amor’.
[38] Obra de Joanot Martorell publicada por primera vez en 1490; Cervantes debía de conocer la traducción anónima al castellano de 1511.
[39] Cervantes alude al realismo de la novela de Martorell.
[40] ‘a propósito’.
[41] ‘lo condenaran a remar en las galeras’ o, menos probablemente, ‘a imprimir un libro’. El dictamen final del cura concilia la alabanza de muchas “cosas” del Tirante con la censura de “tantas (otras) necedades”.
[42] Cervantes critica el final de la novela, el filtro mágico (agua encantada) de la sabia (‘maga’) con el que Felicia resuelve artificiosamente todos los conflictos entre las parejas de enamorados.
[43] Versos de métrica italiana, es decir, heptasílabos y endecasílabos.
[44] La Segunda parte de la Diana (1563), de Alonso Pérez, médico de Salamanca.
[45] La Diana enamorada, de Gil Polo (1564), es sin duda la más valiosa continuación de la obra de Montemayor.
[46] En concreto, de Alghero; su libro se publicó en Barcelona en 1573.
[47] ‘en su estilo, su forma literaria’.
[48] ‘de lana fina’.
[49] Novelas pastoriles de Bernardo de la Vega (1591), Bernardo González de Bobadilla (1587) y Bartolomé López de Enciso (1586), respectivamente.
[50] El brazo seglar o ‘secular’ es la justicia civil, que ejecutaba la sentencia de la Inquisición. En el capítulo anterior se había hecho una mención de los «descomulgados libros … que bien merecen ser abrasados como si fuesen de herejes» (I, 5); ahora se remedan jocosamente los autos de fe y otros usos inquisitoriales, en particular los expurgos de bibliotecas y las quemas de libros en que tantas veces desembocaban.
[51] De Luis Gálvez de Montalvo (1582).
[52] Antología poética de Pedro de Padilla, publicada en 1580 y reeditada en 1587.
[53] ‘se limpie de malas hierbas’.
[54] Publicado en Madrid en 1586, con dos poemas de Cervantes.
[55] Publicada en 1585.
[56] Poema épico en tres partes, aparecidas entre 1569 y 1589, en el que se narran episodios de la conquista de Chile.
[57] Epopeya editada en 1584 que trata de las hazañas de don Juan de Austria, entre ellas la batalla de Lepanto.
[58] Poema en torno a la fundación del monasterio de Montserrat, publicado en 1587.
[59] ‘octavas reales en versos endecasílabos’, estrofa y verso propios del poema épico culto en el siglo XVI.
[60] ‘de una sola vez, sin verlos’.
[61] El verdadero título de este poema es Primera parte de Angélica (1586), de Luis Barahona de Soto; es continuación del episodio de Angélica y Medoro del Orlando furioso.
Estando en esto, comenzó a dar voces don Quijote, diciendo:
—¡Aquí, aquí, valerosos caballeros, aquí es menester mostrar la fuerza de vuestros valerosos brazos, que los cortesanos llevan lo mejor del torneo![1]
Por acudir a este ruido y estruendo, no se pasó adelante con el escrutinio de los demás libros que quedaban, y así se cree que fueron al fuego, sin ser vistos ni oídos, La Carolea[2] y León de España,[3] con los hechos del Emperador, compuestos por don Luis de Ávila,[4] que sin duda debían de estar entre los que quedaban, y quizá si el cura los viera no pasaran por tan rigurosa sentencia.[5]
Cuando llegaron a don Quijote, ya él estaba levantado de la cama y proseguía en sus voces y en sus desatinos, dando cuchilladas y reveses a todas partes, estando tan despierto como si nunca hubiera dormido. Abrazáronse con él y por fuerza le volvieron al lecho; y después que hubo sosegado un poco, volviéndose a hablar con el cura le dijo:
—Por cierto, señor arzobispo Turpín, que es gran mengua de los que nos llamamos Doce Pares dejar tan sin más ni más llevar la victoria de este torneo a los caballeros cortesanos, habiendo nosotros los aventureros ganado el prez en los tres días antecedentes.
—Calle vuestra merced, señor compadre –dijo el cura–, que Dios será servido que la suerte se mude y que lo que hoy se pierde se gane mañana; y atienda vuestra merced a su salud por ahora, que me parece que debe de estar demasiadamente cansado, si ya no es que está malferido.
—Ferido, no –dijo don Quijote–, pero molido y quebrantado, no hay duda en ello, porque aquel bastardo de don Roldán me ha molido a palos con el tronco de una encina, y todo de envidia, porque ve que yo solo soy el opuesto de sus valentías; mas no me llamaría yo Reinaldos de Montalbán, si en levantándome de este lecho no me lo pagare, a pesar de todos sus encantamentos; y por ahora tráiganme de yantar, que sé que es lo que más me hará al caso, y quédese lo del vengarme a mi cargo.
Hiciéronlo así: diéronle de comer, y quedose otra vez dormido, y ellos, admirados de su locura.
Aquella noche quemó y abrasó el ama cuantos libros había en el corral y en toda la casa, y tales debieron de arder que merecían guardarse en perpetuos archivos; mas no lo permitió su suerte y la pereza del escrutiñador,[6] y así se cumplió el refrán en ellos de que pagan a las veces justos por pecadores.
Uno de los remedios que el cura y el barbero dieron por entonces para el mal de su amigo fue que le murasen y tapiasen el aposento de los libros, porque cuando se levantase no los hallase –quizá quitando la causa cesaría el efecto–, y que dijesen que un encantador se los había llevado, y el aposento y todo; y así fue hecho con mucha presteza. De allí a dos días, se levantó don Quijote, y lo primero que hizo fue ir a ver sus libros; y como no hallaba el aposento donde le había dejado, andaba de una en otra parte buscándole. Llegaba adonde solía tener la puerta, y tentábala con las manos, y volvía y revolvía los ojos por todo, sin decir palabra; pero al cabo de una buena pieza preguntó a su ama que hacia qué parte estaba el aposento de sus libros. El ama, que ya estaba bien advertida de lo que había de responder, le dijo:
—¿Qué aposento o qué nada busca vuestra merced? Ya no hay aposento ni libros en esta casa, porque todo se lo llevó el mismo diablo.
—No era diablo –replicó la sobrina–, sino un encantador que vino sobre una nube una noche, después del día que vuestra merced de aquí se partió, y, apeándose de una sierpe en que venía caballero,[7] entró en el aposento, y no sé lo que se hizo dentro, que a cabo de poca pieza salió volando por el tejado y dejó la casa llena de humo; y cuando acordamos a mirar lo que dejaba hecho, no vimos libro ni aposento alguno: sólo se nos acuerda muy bien a mí y al ama que al tiempo del partirse aquel mal viejo dijo en altas voces que por enemistad secreta que tenía al dueño de aquellos libros y aposento dejaba hecho el daño en aquella casa que después se vería. Dijo también que se llamaba «el sabio Muñatón».
—«Frestón» diría –dijo don Quijote.
—No sé –respondió el ama– si se llamaba «Frestón» o «Fritón», sólo sé que acabó en tón su nombre.[8]
—Así es –dijo don Quijote–, que ése es un sabio encantador, grande enemigo mío, que me tiene ojeriza, porque sabe por sus artes y letras que tengo de venir, andando los tiempos, a pelear en singular batalla con un caballero a quien él favorece y le tengo de vencer sin que él lo pueda estorbar, y por esto procura hacerme todos los sinsabores que puede; y mándole yo[9] que mal podrá él contradecir ni evitar lo que por el cielo está ordenado.
—¿Quién duda de eso? –dijo la sobrina–. Pero ¿quién le mete a vuestra merced, señor tío, en esas pendencias? ¿No será mejor estarse pacífico en su casa, y no irse por el mundo a buscar pan de trastrigo,[10] sin considerar que muchos van por lana y vuelven trasquilados?
—¡Oh sobrina mía –respondió don Quijote–, y cuán mal que estás en la cuenta![11] Primero que a mí me trasquilen tendré peladas y quitadas las barbas a cuantos imaginaren tocarme en la punta de un solo cabello.
No quisieron las dos replicarle más, porque vieron que se le encendía la cólera.
Es, pues, el caso que él estuvo quince días en casa muy sosegado, sin dar muestras de querer segundar sus primeros devaneos; en los cuales días pasó graciosísimos cuentos[12] con sus dos compadres el cura y el barbero, sobre que él decía que la cosa de que más necesidad tenía el mundo era de caballeros andantes y de que en él se resucitase la caballería andantesca. El cura algunas veces le contradecía y otras concedía, porque si no guardaba este artificio no había poder averiguarse con él.[13]
En este tiempo solicitó[14] don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de bien –si es que este título se puede dar al que es pobre–, pero de muy poca sal en la mollera. En resolución, tanto le dijo, tanto le persuadió y prometió, que el pobre villano[15] se determinó de salirse con él y servirle de escudero. Decíale entre otras cosas don Quijote que se dispusiese a ir con él de buena gana, porque tal vez[16] le podía suceder aventura que ganase, en quítame allá esas pajas, alguna ínsula, y le dejase a él por gobernador de ella. Con estas promesas y otras tales, Sancho Panza, que así se llamaba el labrador, dejó su mujer y hijos y asentó por escudero de su vecino.[17]
Dio luego don Quijote orden en buscar dineros,[18] y, vendiendo una cosa y empeñando otra y malbaratándolas todas, llegó[19] una razonable cantidad. Acomodose asimismo de una rodela[20] que pidió prestada a un su amigo y, pertrechando[21] su rota celada lo mejor que pudo, avisó a su escudero Sancho del día y la hora que pensaba ponerse en camino, para que él se acomodase de lo que viese que más le era menester. Sobre todo, le encargó que llevase alforjas. Él dijo que sí llevaría y que asimismo pensaba llevar un asno que tenía muy bueno, porque él no estaba duecho[22] a andar mucho a pie.[23] En lo del asno reparó un poco don Quijote, imaginando si se le acordaba si algún caballero andante había traído escudero caballero asnalmente, pero nunca le vino alguno a la memoria; mas, con todo esto, determinó que le llevase, con presupuesto de acomodarle de más honrada caballería[24] en habiendo ocasión para ello, quitándole el caballo al primer descortés caballero que topase. Proveyose de camisas y de las demás cosas que él pudo, conforme al consejo que el ventero le había dado; todo lo cual hecho y cumplido, sin despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni don Quijote de su ama y sobrina, una noche se salieron del lugar sin que persona los viese; en la cual caminaron tanto, que al amanecer se tuvieron por seguros de que no los hallarían aunque los buscasen.
Iba Sancho Panza sobre su jumento como un patriarca, con sus alforjas y su bota, y con mucho deseo de verse ya gobernador de la ínsula que su amo le había prometido. Acertó don Quijote a tomar la misma derrota[25] y camino que el que él había tomado en su primer viaje, que fue por el campo de Montiel, por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo los rayos del sol no les fatigaban. Dijo en esto Sancho Panza a su amo:
—Mire vuestra merced, señor caballero andante, que no se le olvide lo que de la ínsula me tiene prometido, que yo la sabré gobernar, por grande que sea.
A lo cual le respondió don Quijote:
—Has de saber, amigo Sancho Panza, que fue costumbre muy usada de los caballeros andantes antiguos hacer gobernadores a sus escuderos de las ínsulas o reinos que ganaban, y yo tengo determinado de que por mí no falte tan agradecida usanza, antes pienso aventajarme en ella: porque ellos algunas veces, y quizá las más, esperaban a que sus escuderos fuesen viejos, y, ya después de hartos de servir y de llevar malos días y peores noches, les daban algún título de conde, o por lo mucho de marqués, de algún valle o provincia de poco más a menos;[26] pero si tú vives y yo vivo bien podría ser que antes de seis días ganase yo tal reino, que tuviese otros a él adherentes que viniesen de molde para coronarte por rey de uno de ellos. Y no lo tengas a mucho,[27] que cosas y casos acontecen a los tales caballeros por modos tan nunca vistos ni pensados, que con facilidad te podría dar aún más de lo que te prometo.
—De esa manera –respondió Sancho Panza–, si yo fuese rey por algún milagro de los que vuestra merced dice, por lo menos Juana Gutiérrez, mi oíslo,[28] vendría a ser reina, y mis hijos infantes.
—Pues ¿quién lo duda? –respondió don Quijote.
—Yo lo dudo –replicó Sancho Panza–, porque tengo para mí que, aunque lloviese Dios reinos sobre la tierra, ninguno asentaría bien sobre la cabeza de Mari Gutiérrez. Sepa, señor, que no vale dos maravedís para reina; condesa le caerá mejor, y aun Dios y ayuda.[29]
—Encomiéndalo tú a Dios, Sancho –respondió don Quijote–, que Él dará lo que más le convenga; pero no apoques tu ánimo tanto, que te vengas a contentar con menos que con ser adelantado.[30]
—No haré, señor mío –respondió Sancho–, y más teniendo tan principal amo en vuestra merced, que me sabrá dar todo aquello que me esté bien y yo pueda llevar.
[1] Los mantenedores o cortesanos disputaban el premio a los aventureros llegados de fuera para participar en el torneo.
[2] Poema épico de Jerónimo Sempere (1560).
[3] Obra de Pedro de la Vecilla Castellanos (1586) sobre la historia de la ciudad de León.
[4] Probable referencia al Comentario de la guerra de Alemania (1548) de Luis de Zúñiga y Ávila.
[5] La biblioteca de don Quijote, de unas dimensiones muy considerables para la época («más de cien», aunque sin llegar a los trescientos volúmenes aludidos en I, 24), está formada por tres núcleos principales: libros de caballerías, novelas pastoriles y poesía heroica. La obra de fecha más tardía es El Pastor de Iberia, publicada en 1591; y es posible que los primeros capítulos del Quijote se escribieran en ese año o poco después.
[6] ‘del que se encargó del escrutinio’.
[7] ‘en la que venía montado’.
[8] «Fristón» es el mago y supuesto autor de Don Belianís de Grecia.
[9] ‘le aseguro’.
[10] ‘a buscarse líos, por ir más allá de lo debido’.
[11] ‘cuánto te equivocas’.
[12] ‘mantuvo conversaciones muy graciosas’.
[13] ‘no había quien se entendiera con él’.
[14] ‘mandó llamar para que entrara a su servicio’.
[15] ‘rústico, de baja condición social’.
[16] ‘en algún momento’.
[17] En la Edad Media, el escudero era «el joven hidalgo, hijo de caballero, en espera de ser él armado caballero a su vez», y que durante su aprendizaje «servía al caballero, llevando el escudo y la lanza de éste» (Ramón Menéndez Pidal); en tiempos de Cervantes, se llamaba escudero al criado que acompañaba regularmente a un señor. En Sancho Panza desemboca una larga tradición, literaria y popular, que había perfilado la figura del villano cuya simpleza se asocia con una innata sabiduría; y en la literatura caballeresca se había esbozado también la imagen del escudero como contrapunto cómico del héroe.
[18] Dio … orden: ‘se ocupó’.
[19] ‘reunió’.
[20] ‘escudo pequeño y redondo de madera’.
[21] ‘reparando’.
[22] ‘ducho, acostumbrado’, quizá ya como una primera caracterización del habla rústica de Sancho.
[23] La frase proverbial «Allá va Sancho con su rocino» se aducía cuando dos personas andaban siempre juntas. Es posible que al imaginar a Sancho Panza Cervantes tuviera presente ese refrán (véase II, 34).
[24] ‘con la intención de conseguirle una montura más decente’.
[25] ‘el mismo rumbo’.
[26] ‘de poca importancia’; hoy se diría más o menos.
[27] ‘Y no creas que es difícil’.
[28] ‘mi mujer’ (porque repite «¿oíslo, marido, oíslo?»).
[29] ‘y aun con dificultades’.
[30] ‘gobernador plenipotenciario de un territorio fronterizo’.
En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:
—La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer, que ésta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.
—¿Qué gigantes? –dijo Sancho Panza.
—Aquellos que allí ves –respondió su amo–, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.[2]
—Mire vuestra merced –respondió Sancho– que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.
—Bien parece –respondió don Quijote– que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.
Y, diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran, antes iba diciendo en voces altas:
—Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.
Levantose en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo:
—Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo,[3] me lo habéis de pagar.
Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre,[4] arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el primero molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.
—¡Válame Dios! –dijo Sancho–. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?
—Calla, amigo Sancho –respondió don Quijote–, que las cosas de la guerra más que otras están sujetas a continua mudanza; cuanto más, que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha vuelto estos gigantes en molinos, por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas al cabo al cabo[5] han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.
—Dios lo haga como puede –respondió Sancho Panza.
Y, ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado estaba.[6] Y, hablando en[7] la pasada aventura, siguieron el camino del Puerto Lápice, porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero;[8] sino que iba muy pesaroso, por haberle faltado la lanza; y diciéndoselo a su escudero, le dijo:
—Yo me acuerdo haber leído que un caballero español llamado Diego Pérez de Vargas, habiéndosele en una batalla roto la espada, desgajó de una encina un pesado ramo o tronco, y con él hizo tales cosas aquel día y machacó tantos moros, que le quedó por sobrenombre «Machuca», y así él como sus descendientes se llamaron desde aquel día en adelante «Vargas y Machuca».[9] Hete dicho esto porque de la primera encina o roble que se me depare pienso desgajar otro tronco, tal y tan bueno como aquel que me imagino; y pienso hacer con él tales hazañas, que tú te tengas por bien afortunado de haber merecido venir a vellas y a ser testigo de cosas que apenas podrán ser creídas.
—A la mano de Dios[10] –dijo Sancho–. Yo lo creo todo así como vuestra merced lo dice; pero enderécese un poco, que parece que va de medio lado, y debe de ser del molimiento de la caída.
—Así es la verdad –respondió don Quijote–, y si no me quejo del dolor, es porque no es dado a los caballeros andantes quejarse de herida alguna, aunque se le salgan las tripas por ella.
—Si eso es así, no tengo yo que replicar –respondió Sancho–; pero sabe Dios si yo me holgara que vuestra merced se quejara cuando alguna cosa le doliera. De mí sé decir que me he de quejar del más pequeño dolor que tenga, si ya no se entiende[11] también con los escuderos de los caballeros andantes eso del no quejarse.
No se dejó de reír don Quijote de la simplicidad de su escudero; y, así, le declaró que podía muy bien quejarse como y cuando quisiese, sin gana o con ella, que hasta entonces no había leído cosa en contrario en la orden de caballería. Díjole Sancho que mirase que era hora de comer. Respondiole su amo que por entonces no le hacía menester, que comiese él cuando se le antojase. Con esta licencia, se acomodó Sancho lo mejor que pudo sobre su jumento, y, sacando de las alforjas lo que en ellas había puesto, iba caminando y comiendo detrás de su amo muy de su espacio,[12] y de cuando en cuando empinaba la bota, con tanto gusto, que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga.[13] Y en tanto que él iba de aquella manera menudeando tragos, no se le acordaba de ninguna promesa que su amo le hubiese hecho, ni tenía por ningún trabajo, sino por mucho descanso, andar buscando las aventuras, por peligrosas que fuesen.
En resolución, aquella noche la pasaron entre unos árboles, y del uno de ellos desgajó don Quijote un ramo seco que casi le podía servir de lanza, y puso en él el hierro que quitó de la que se le había quebrado. Toda aquella noche no durmió don Quijote, pensando en su señora Dulcinea, por acomodarse a lo que había leído en sus libros, cuando los caballeros pasaban sin dormir muchas noches en las florestas[14] y despoblados, entretenidos con las memorias de sus señoras. No la pasó así Sancho Panza, que, como tenía el estómago lleno, y no de agua de chicoria,[15] de un sueño se la llevó toda, y no fueran parte[16] para despertarle, si su amo no lo llamara, los rayos del sol, que le daban en el rostro, ni el canto de las aves, que muchas y muy regocijadamente la venida del nuevo día saludaban. Al levantarse, dio un tiento a la bota,[17] y hallola algo más flaca que la noche antes, y afligiósele el corazón, por parecerle que no llevaban camino de remediar tan presto su falta. No quiso desayunarse don Quijote, porque, como está dicho, dio en sustentarse de sabrosas memorias. Tornaron a su comenzado camino del Puerto Lápice, y a obra de las tres del día[18] le descubrieron.

La aventura de los molinos de viento y la del vizcaíno
I, VIII-IX
—Aquí –dijo en viéndole don Quijote– podemos, hermano Sancho Panza, meter las manos hasta los codos en esto que llaman aventuras. Mas advierte que, aunque me veas en los mayores peligros del mundo, no has de poner mano a tu espada para defenderme, si ya no vieres que los que me ofenden es canalla y gente baja, que en tal caso bien puedes ayudarme; pero, si fueren caballeros, en ninguna manera te es lícito ni concedido por las leyes de caballería que me ayudes, hasta que seas armado caballero.
—Por cierto, señor –respondió Sancho–, que vuestra merced será muy bien obedecido en esto, y más, que yo de mío me soy pacífico y enemigo de meterme en ruidos ni pendencias. Bien es verdad que en lo que tocare a defender mi persona no tendré mucha cuenta con esas leyes, pues las divinas y humanas permiten que cada uno se defienda de quien quisiere agraviarle.
—No digo yo menos –respondió don Quijote–, pero en esto de ayudarme contra caballeros has de tener a raya tus naturales ímpetus.
—Digo que así lo haré –respondió Sancho– y que guardaré ese precepto tan bien como el día del domingo.
Estando en estas razones, asomaron por el camino dos frailes de la orden de San Benito, caballeros sobre dos dromedarios, que no eran más pequeñas dos mulas en que venían. Traían sus antojos de camino[19] y sus quitasoles. Detrás de ellos venía un coche, con cuatro o cinco de a caballo que le acompañaban y dos mozos de mulas a pie. Venía en el coche, como después se supo, una señora vizcaína que iba a Sevilla, donde estaba su marido, que pasaba a las Indias con un muy honroso cargo. No venían los frailes con ella, aunque iban el mismo camino; mas apenas los divisó don Quijote, cuando dijo a su escudero:
—O yo me engaño, o ésta ha de ser la más famosa aventura que se haya visto, porque aquellos bultos negros que allí parecen deben de ser y son sin duda algunos encantadores que llevan hurtada alguna princesa en aquel coche, y es menester deshacer este tuerto a todo mi poderío.[20]
—Peor será esto que los molinos de viento –dijo Sancho–. Mire, señor, que aquéllos son frailes de San Benito, y el coche debe de ser de alguna gente pasajera. Mire que digo que mire bien lo que hace, no sea el diablo que le engañe.
—Ya te he dicho, Sancho –respondió don Quijote–, que sabes poco de achaque de aventuras:[21] lo que yo digo es verdad, y ahora lo verás.
Y diciendo esto se adelantó y se puso en la mitad del camino por donde los frailes venían, y, en llegando tan cerca que a él le pareció que le podrían oír lo que dijese, en alta voz dijo:
—Gente endiablada y descomunal, dejad luego al punto las altas princesas que en ese coche lleváis forzadas;[22] si no, aparejaos a recibir presta muerte, por justo castigo de vuestras malas obras.
Detuvieron los frailes las riendas, y quedaron admirados así de la figura de don Quijote como de sus razones, a las cuales respondieron:
—Señor caballero, nosotros no somos endiablados ni descomunales, sino dos religiosos de San Benito que vamos nuestro camino, y no sabemos si en este coche vienen o no ningunas forzadas princesas.
—Para conmigo no hay palabras blandas, que ya yo os conozco, fementida[23] canalla –dijo don Quijote.
Y sin esperar más respuesta picó a Rocinante y, la lanza baja, arremetió contra el primero fraile, con tanta furia y denuedo, que si el fraile no se dejara caer de la mula él le hiciera venir al suelo mal de su grado,[24] y aun malferido, si no cayera muerto. El segundo religioso, que vio del modo que trataban a su compañero, puso piernas al castillo de su buena mula,[25] y comenzó a correr por aquella campaña, más ligero que el mismo viento.
Sancho Panza, que vio en el suelo al fraile, apeándose ligeramente de su asno arremetió a él y le comenzó a quitar los hábitos. Llegaron en esto dos mozos de los frailes y preguntáronle que por qué le desnudaba. Respondioles Sancho que aquello le tocaba a él legítimamente, como despojos de la batalla que su señor don Quijote había ganado. Los mozos, que no sabían de burlas,[26] ni entendían aquello de despojos ni batallas, viendo que ya don Quijote estaba desviado de allí hablando con las que en el coche venían, arremetieron con Sancho y dieron con él en el suelo, y, sin dejarle pelo en las barbas, le molieron a coces y le dejaron tendido en el suelo, sin aliento ni sentido. Y, sin detenerse un punto, tornó a subir el fraile, todo temeroso y acobardado y sin color en el rostro; y cuando se vio a caballo, picó tras su compañero, que un buen espacio de allí le estaba aguardando, y esperando en qué paraba aquel sobresalto, y, sin querer aguardar el fin de todo aquel comenzado suceso, siguieron su camino, haciéndose más cruces que si llevaran al diablo a las espaldas.
Don Quijote estaba, como se ha dicho, hablando con la señora del coche, diciéndole:
—La vuestra fermosura, señora mía, puede facer de su persona lo que más le viniere en talante,[27] porque ya la soberbia de vuestros robadores yace por el suelo, derribada por este mi fuerte brazo; y por que no penéis por saber el nombre de vuestro libertador, sabed que yo me llamo don Quijote de la Mancha, caballero andante y aventurero, y cautivo de la sin par y hermosa doña Dulcinea del Toboso; y, en pago del beneficio que de mí habéis recibido, no quiero otra cosa sino que volváis al Toboso, y que de mi parte os presentéis ante esta señora y le digáis lo que por vuestra libertad he fecho.
Todo esto que don Quijote decía escuchaba un escudero de los que el coche acompañaban, que era vizcaíno,[28] el cual, viendo que no quería dejar pasar el coche adelante, sino que decía que luego había de dar la vuelta al Toboso, se fue para don Quijote y, asiéndole de la lanza, le dijo, en mala lengua castellana y peor vizcaína, de esta manera:
—Anda, caballero que mal andes; por el Dios que criome, que, si no dejas coche, así te matas como estás ahí vizcaíno.[29]
Entendiole muy bien don Quijote, y con mucho sosiego le respondió:
—Si fueras caballero, como no lo eres, ya yo hubiera castigado tu sandez y atrevimiento, cautiva criatura.[30]
A lo cual replicó el vizcaíno:
—¿Yo no caballero? Juro a Dios tan mientes como cristiano. Si lanza arrojas y espada sacas, ¡el agua cuán presto verás que al gato llevas! Vizcaíno por tierra, hidalgo por mar, hidalgo por el diablo, y mientes que mira si otra dices cosa.[31]
—Ahora lo veredes, dijo Agrajes[32] –respondió don Quijote.
Y, arrojando la lanza en el suelo, sacó su espada y embrazó su rodela, y arremetió al vizcaíno, con determinación de quitarle la vida. El vizcaíno, que así le vio venir, aunque quisiera apearse de la mula, que, por ser de las malas de alquiler,[33] no había que fiar en ella, no pudo hacer otra cosa sino sacar su espada; pero avínole bien[34] que se halló junto al coche, de donde pudo tomar una almohada, que le sirvió de escudo, y luego se fueron el uno para el otro, como si fueran dos mortales enemigos. La demás gente quisiera ponerlos en paz, mas no pudo, porque decía el vizcaíno en sus mal trabadas razones que si no le dejaban acabar su batalla, que él mismo había de matar a su ama y a toda la gente que se lo estorbase. La señora del coche, admirada y temerosa de lo que veía, hizo al cochero que se desviase de allí algún poco, y desde lejos se puso a mirar la rigurosa contienda, en el discurso de la cual dio el vizcaíno una gran cuchillada[35] a don Quijote encima de un hombro, por encima de la rodela, que, a dársela sin defensa, le abriera hasta la cintura. Don Quijote, que sintió la pesadumbre de aquel desaforado golpe, dio una gran voz, diciendo:
—¡Oh, señora de mi alma, Dulcinea, flor de la fermosura, socorred a este vuestro caballero, que por satisfacer a la vuestra mucha bondad en este riguroso trance se halla!
El decir esto, y el apretar la espada, y el cubrirse bien de su rodela, y el arremeter al vizcaíno, todo fue en un tiempo, llevando determinación de aventurarlo todo a la[36] de un golpe solo.
El vizcaíno, que así le vio venir contra él, bien entendió por su denuedo su coraje, y determinó de hacer lo mismo que don Quijote; y, así, le aguardó bien cubierto de su almohada, sin poder rodear[37] la mula a una ni a otra parte, que ya, de puro cansada y no hecha a semejantes niñerías, no podía dar un paso.
Venía, pues, como se ha dicho, don Quijote contra el cauto vizcaíno con la espada en alto, con determinación de abrirle por medio, y el vizcaíno le aguardaba asimismo levantada la espada y aforrado[38] con su almohada, y todos los circunstantes estaban temerosos y colgados de lo que había de suceder de aquellos tamaños golpes con que se amenazaban; y la señora del coche y las demás criadas suyas estaban haciendo mil votos y ofrecimientos a todas las imágenes y casas de devoción de España, porque Dios librase a su escudero y a ellas de aquel tan grande peligro en que se hallaban.
Pero está el daño de todo esto que en este punto y término deja pendiente el autor de esta historia esta batalla, disculpándose que no halló más escrito de estas hazañas de don Quijote, de las que deja referidas. Bien es verdad que el segundo autor de esta obra no quiso creer que tan curiosa historia estuviese entregada a las leyes del olvido, ni que hubiesen sido tan poco curiosos los ingenios de la Mancha, que no tuviesen en sus archivos o en sus escritorios algunos papeles que de este famoso caballero tratasen; y así, con esta imaginación, no se desesperó de hallar el fin de esta apacible historia, el cual, siéndole el cielo favorable, le halló del modo que se contará en la segunda parte.[39]
[1] ‘Del éxito’.
[2] La legua equivale aproximadamente a cinco quilómetros y medio.
[3] Hijo de Urano y Gea y hermano de los Titanes, tenía cincuenta cabezas y cien brazos.
[4] ‘preparada para el ataque’; ristre: ‘soporte en el peto de la coraza, que permite mantener la lanza fija’.
[5] ‘al final de todo’.
[6] ‘tenía la paletilla medio descoyuntada’. El episodio más célebre y más representativo del Quijote es también el narrado con mayor brevedad.
[7] ‘hablando de’.
[8] ‘con mucho tránsito’.
[9] El hecho relatado es histórico y ocurrió durante el cerco de Jerez en 1223. En el Quijote alternan machacar y machucar.
[10] ‘Que sea lo que Dios quiera’.
[11] ‘si no es que se aplica’.
[12] ‘muy cómodamente’.
[13] Los vinos de Málaga eran muy apreciados.
[14] ‘bosques’.
[15] El bulbo de achicoria molido y hervido se usaba como somnífero.
[16] ‘no hubieran sido suficientes’.
[17] ‘bebió un trago de la bota’.
[18] ‘y hacia las tres de la tarde’.
[19] ‘anteojos para protegerse del sol y del polvo’.
[20] ‘con todas mis fuerzas’. Don Quijote reproduce de nuevo un modelo de los libros de caballerías. Por ejemplo, en el Espejo de príncipes (1555), de Diego Ortúñez de Calahorra, Trebacio «vio un grande y entoldado carro, que cuatro caballos le traían», con «una doncella vestida de muy ricas y preciadas ropas», «muy triste y sospirando como quien alguna cuita o fuerza padescía. Y mirando por quién guardaba el carro, vio ir en su guarda dos grandes y desemejados gigantes con sendas hachas en las manos…».
[21] ‘en materia de aventuras’.
[22] ‘por la fuerza, contra su voluntad’.
[23] ‘falsa’.
[24] ‘a su pesar’.
[25] ‘espoleó con los talones a su enorme mula’.
[26] ‘que no estaban para bromas’.
[27] ‘en gana’.
[28] ‘vasco’.
[29] ‘Vete, caballero, en mala hora, que, por el Dios que me creó, si no dejas el coche, tan cierto es que este vizcaíno te matará como que tú estás ahí’. Cervantes parodia el castellano de los vascos, como es común en otros autores de la época.
[30] ‘mezquina criatura’.
[31] ‘¿Que yo no soy caballero? Juro a Dios, como cristiano, que mientes. Si arrojas la lanza y sacas la espada, verás cuán presto llevo el gato al agua. El vizcaíno es hidalgo por tierra, por mar y por el diablo, y mira que mientes si otra cosa dices’.
[32] Fórmula de amenaza. Agrajes es un personaje del Amadís de Gaula.
[33] Las mulas de alquiler solían ser de mala calidad.
[34] ‘tuvo la suerte’.
[35] ‘golpe que se da con el filo de la espada’.
[36] ‘a la ventura, a la fortuna’.
[37] ‘darle la vuelta, mover’.
[38] ‘protegido’.
[39] El recurso de detener la narración en un punto de particular interés, alegando falta de documentación u otro impedimento, tenía precedentes literarios y folclóricos, y tampoco faltaba en los libros de caballerías: «Dejó el gran sabio Lirgandeo en el último capítulo de su historia a los dos raros en valor y fortaleza … dando en el aire la vuelta con sus furiosos caballos, las espadas en alto…» (Espejo de príncipes).
Dejamos en la primera parte de esta historia al valeroso vizcaíno y al famoso don Quijote con las espadas altas y desnudas, en guisa de descargar dos furibundos fendientes,[2] tales, que, si en lleno se acertaban, por lo menos se dividirían y fenderían de arriba abajo y abrirían como una granada; y que en aquel punto tan dudoso paró y quedó destroncada tan sabrosa historia, sin que nos diese noticia su autor dónde se podría hallar lo que de ella faltaba.
Causome esto mucha pesadumbre, porque el gusto de haber leído tan poco se volvía en disgusto de pensar el mal camino que se ofrecía para hallar lo mucho que a mi parecer faltaba de tan sabroso cuento. Pareciome cosa imposible y fuera de toda buena costumbre que a tan buen caballero le hubiese faltado algún sabio que tomara a cargo el escribir sus nunca vistas hazañas, cosa que no faltó a ninguno de los caballeros andantes,
de los que dicen las gentes
que van a sus aventuras,[3]
porque cada uno de ellos tenía uno o dos sabios como de molde, que no solamente escribían sus hechos, sino que pintaban sus más mínimos pensamientos y niñerías, por más escondidas que fuesen; y no había de ser tan desdichado tan buen caballero, que le faltase a él lo que sobró a Platir[4] y a otros semejantes. Y, así, no podía inclinarme a creer que tan gallarda historia hubiese quedado manca y estropeada, y echaba la culpa a la malignidad del tiempo, devorador y consumidor de todas las cosas, el cual, o la tenía oculta, o consumida.
Por otra parte, me parecía que, pues entre sus libros se habían hallado tan modernos como Desengaño de celos y Ninfas y pastores de Henares,[5] que también su historia debía de ser moderna y que, ya que no estuviese escrita, estaría en la memoria de la gente de su aldea y de las a ella circunvecinas. Esta imaginación me traía confuso y deseoso de saber real y verdaderamente toda la vida y milagros de nuestro famoso español don Quijote de la Mancha, luz y espejo de la caballería manchega, y el primero que en nuestra edad y en estos tan calamitosos tiempos se puso al trabajo y ejercicio de las andantes armas, y al de desfacer agravios, socorrer viudas, amparar doncellas, de aquellas que andaban con sus azotes y palafrenes[6] y con toda su virginidad a cuestas, de monte en monte y de valle en valle: que si no era que algún follón o algún villano de hacha y capellina[7] o algún descomunal gigante las forzaba, doncella hubo en los pasados tiempos que, al cabo de ochenta años, que en todos ellos no durmió un día debajo de tejado, y se fue tan entera a la sepultura como la madre que la había parido.[8] Digo, pues, que por estos y otros muchos respetos es digno nuestro gallardo Quijote de continuas y memorables alabanzas, y aun a mí no se me deben negar, por el trabajo y diligencia que puse en buscar el fin de esta agradable historia; aunque bien sé que si el cielo, el caso y la fortuna no me ayudan, el mundo quedara falto y sin el pasatiempo y gusto que bien casi dos horas podrá tener el que con atención la leyere. Pasó, pues, el hallarla en esta manera:
Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado de esta mi natural inclinación tomé un cartapacio[9] de los que el muchacho vendía y vile con carácteres que conocí ser arábigos. Y puesto que aunque los conocía no los sabía leer, anduve mirando si parecía por allí algún morisco aljamiado[10] que los leyese, y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante, pues aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua le hallara.[11] En fin, la suerte me deparó uno, que, diciéndole mi deseo y poniéndole el libro en las manos, le abrió por medio, y, leyendo un poco en él, se comenzó a reír.
Preguntele yo que de qué se reía, y respondiome que de una cosa que tenía aquel libro escrita en el margen por anotación. Díjele que me la dijese, y él, sin dejar la risa, dijo:
—Está, como he dicho, aquí en el margen escrito esto: «Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha».
Cuando yo oí decir «Dulcinea del Toboso», quedé atónito y suspenso, porque luego se me representó que aquellos cartapacios contenían la historia de don Quijote. Con esta imaginación, le di priesa que leyese el principio, y haciéndolo así, volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que decía: Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo. Mucha discreción fue menester para disimular el contento que recibí cuando llegó a mis oídos el título del libro, y, salteándosele[12] al sedero, compré al muchacho todos los papeles y cartapacios por medio real; que si él tuviera discreción y supiera lo que yo los deseaba, bien se pudiera prometer y llevar más de seis reales de la compra. Aparteme luego con el morisco por el claustro de la iglesia mayor, y roguele me volviese[13] aquellos cartapacios, todos los que trataban de don Quijote, en lengua castellana, sin quitarles ni añadirles nada, ofreciéndole la paga que él quisiese. Contentose con dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo, y prometió de traducirlos bien y fielmente y con mucha brevedad. Pero yo, por facilitar más el negocio y por no dejar de la mano tan buen hallazgo, le truje a mi casa, donde en poco más de mes y medio la tradujo toda, del mismo modo que aquí se refiere.[14]
Estaba en el primero cartapacio pintada muy al natural la batalla de don Quijote con el vizcaíno, puestos en la misma postura que la historia cuenta, levantadas las espadas, el uno cubierto de su rodela, el otro de la almohada, y la mula del vizcaíno tan al vivo, que estaba mostrando ser de alquiler a tiro de ballesta.[15] Tenía a los pies escrito el vizcaíno un título que decía «Don Sancho de Azpetia»,[16] que, sin duda, debía de ser su nombre, y a los pies de Rocinante estaba otro que decía «Don Quijote». Estaba Rocinante maravillosamente pintado, tan largo y tendido, tan atenuado y flaco, con tanto espinazo, tan hético confirmado,[17] que mostraba bien al descubierto con cuánta advertencia y propiedad se le había puesto el nombre de «Rocinante». Junto a él estaba Sancho Panza, que tenía del cabestro a su asno, a los pies del cual estaba otro rétulo que decía «Sancho Zancas», y debía de ser que tenía, a lo que mostraba la pintura, la barriga grande, el talle corto y las zancas largas,[18] y por esto se le debió de poner nombre de «Panza» y de «Zancas», que con estos dos sobrenombres le llama algunas veces la historia.[19] Otras algunas menudencias había que advertir, pero todas son de poca importancia y que no hacen al caso a la verdadera relación de la historia, que ninguna es mala como sea verdadera.
Si a ésta se le puede poner alguna objeción cerca de su verdad, no podrá ser otra sino haber sido su autor arábigo, siendo muy propio de los de aquella nación ser mentirosos; aunque, por ser tan nuestros enemigos, antes se puede entender haber quedado falto en ella que demasiado. Y así me parece a mí, pues cuando pudiera y debiera extender la pluma en las alabanzas de tan buen caballero, parece que de industria[20] las pasa en silencio: cosa mal hecha y peor pensada, habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y nonada apasionados,[21] y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición,[22] no les hagan torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir. En ésta sé que se hallará todo lo que se acertare a desear en la más apacible; y si algo bueno en ella faltare, para mí tengo que fue por culpa del galgo[23] de su autor, antes que por falta del sujeto.[24] En fin, su segunda parte, siguiendo la traducción, comenzaba de esta manera:
Puestas y levantadas en alto las cortadoras espadas de los dos valerosos y enojados combatientes, no parecía sino que estaban amenazando al cielo, a la tierra y al abismo:[25] tal era el denuedo y continente que tenían. Y el primero que fue a descargar el golpe fue el colérico vizcaíno; el cual fue dado con tanta fuerza y tanta furia, que, a no volvérsele[26] la espada en el camino, aquel solo golpe fuera bastante para dar fin a su rigurosa contienda y a todas las aventuras de nuestro caballero; mas la buena suerte, que para mayores cosas le tenía guardado, torció la espada de su contrario, de modo que, aunque le acertó en el hombro izquierdo, no le hizo otro daño que desarmarle todo aquel lado, llevándole de camino gran parte de la celada, con la mitad de la oreja, que todo ello con espantosa ruina vino al suelo, dejándole muy maltrecho.
¡Válame Dios, y quién será aquel que buenamente pueda contar ahora la rabia que entró en el corazón de nuestro manchego, viéndose parar[27] de aquella manera! No se diga más sino que fue de manera que se alzó de nuevo[28] en los estribos y, apretando más la espada en las dos manos, con tal furia descargó sobre el vizcaíno, acertándole de lleno sobre la almohada y sobre la cabeza, que, sin ser parte tan buena defensa, como si cayera sobre él una montaña, comenzó a echar sangre por las narices y por la boca y por los oídos, y a dar muestras de caer de la mula abajo, de donde cayera, sin duda, si no se abrazara con el cuello; pero, con todo eso, sacó los pies de los estribos y luego soltó los brazos, y la mula, espantada del terrible golpe, dio a correr por el campo, y a pocos corcovos[29] dio con su dueño en tierra.
Estábaselo con mucho sosiego mirando don Quijote, y como lo vio caer, saltó de su caballo y con mucha ligereza se llegó a él, y poniéndole la punta de la espada en los ojos, le dijo que se rindiese; si no, que le cortaría la cabeza. Estaba el vizcaíno tan turbado, que no podía responder palabra; y él lo pasara mal, según estaba ciego don Quijote, si las señoras del coche, que hasta entonces con gran desmayo habían mirado la pendencia, no fueran a donde estaba y le pidieran con mucho encarecimiento les hiciese tan gran merced y favor de perdonar la vida a aquel su escudero. A lo cual don Quijote respondió, con mucho entono y gravedad:
—Por cierto, fermosas señoras, yo soy muy contento de hacer lo que me pedís, mas ha de ser con una condición y concierto: y es que este caballero me ha de prometer de ir al lugar del Toboso y presentarse de mi parte ante la sin par doña Dulcinea, para que ella haga de él lo que más fuere de su voluntad.
La temerosa y desconsolada señora, sin entrar en cuenta de lo que don Quijote pedía, y sin preguntar quién Dulcinea fuese, le prometieron que el escudero haría todo aquello que de su parte le fuese mandado.[30]
—Pues en fe de esa palabra yo no le haré más daño, puesto que me lo tenía bien merecido.[31]
[1] Recuérdese que el Quijote de 1605 apareció dividido en cuatro partes, por más que la continuación de 1615 da tal división por inexistente.
[2] ‘golpes de espada dados de arriba a abajo’.
[3] Estos dos versos parecen ser eco de una traducción castellana de los Trionfi de Petrarca.
[4] Protagonista de la Crónica del caballero Platir que estaba en la biblioteca de don Quijote.
[5] Novelas pastoriles citadas en el capítulo 6.
[6] ‘con sus fustas y caballos mansos’.
[7] ‘casquete de cuero’.
[8] Inversión burlesca de «como la había parido su madre».
[9] ‘carpeta’.
[10] ‘que hablara castellano’.
[11] ‘la lengua hebrea’, con alusión a la abundancia de conversos en Toledo.
[12] ‘adelantándome’.
[13] ‘tradujese’.
[14] A partir de ahora, el Quijote se ofrece regularmente como la traducción, por un morisco bilingüe, de la Historia escrita en árabe por Cide (‘señor’) Hamete (‘Hamid’) Benengeli (derivado de ‘berenjena’), de acuerdo con el tradicional expediente de presentar un relato más o menos ficticio como copia o versión de un manuscrito hasta entonces inédito y a menudo (sobre todo en los libros de caballerías) compuesto en una lengua exótica. Cervantes, el narrador que empezaba el relato con un «no quiero acordarme» y continuaba investigando los «anales de la Mancha» y ponderando las discrepancias entre «los autores que de este caso escriben», se descubre ahora como una especie de editor y comentarista. Ni esas ni otras referencias a las diversas fuentes y opiniones en torno a la historia de don Quijote se dejan conciliar en un sistema coherente; pero se trata de bromas y parodias diáfanas, que en ningún momento pretenden ni pueden confundir al lector.
[15] ‘que se veía que era de alquiler desde muy lejos’.
[16] ‘Azpeitia’, en la actual Guipúzcoa (pero vizcaíno solía designar al ‘vasco’ de cualquier procedencia).
[17] ‘tan consumido por la tisis’.
[18] Cervantes no da ninguna otra descripción del escudero, ni en ningún lugar del Quijote se dice que Sancho sea paticorto, como siempre se le ha pintado.
[19] De hecho, ésta es la única vez en que se le nombra Zancas.
[20] ‘a propósito’.
[21] ‘en modo alguno parciales’.
[22] ‘el odio ni la amistad’.
[23] ‘perro’, insulto que solía aplicarse al musulmán.
[24] ‘por falta de la materia’.
[25] ‘al mar’.
[26] ‘desviársele’.
[27] ‘tratar’.
[28] ‘por primera vez’.
[29] ‘brincos’.
[30] Al concluir la oración, se retoma como sujeto «las señoras del coche» de líneas más atrás, y no «la temerosa y desconsolada señora» que correspondería. Es una de las más características entre las numerosas incongruencias sintácticas de la prosa cervantina, que fluye con la libertad de la lengua hablada, sin perder por ello transparencia (de hecho, en ninguna edición del siglo XVII se creyó necesario corregir este pasaje).
[31] ‘aunque se lo tenía bien merecido’.
Ya en este tiempo se había levantado Sancho Panza, algo maltratado de los mozos de los frailes, y había estado atento a la batalla de su señor don Quijote, y rogaba a Dios en su corazón fuese servido de darle victoria y que en ella ganase alguna ínsula de donde le hiciese gobernador, como se lo había prometido. Viendo, pues, ya acabada la pendencia y que su amo volvía a subir sobre Rocinante, llegó a tenerle el estribo y, antes que subiese, se hincó de rodillas delante de él y, asiéndole de la mano, se la besó y le dijo:
—Sea vuestra merced servido, señor don Quijote mío, de darme el gobierno de la ínsula que en esta rigurosa pendencia se ha ganado, que, por grande que sea, yo me siento con fuerzas de saberla gobernar tal y tan bien como otro que haya gobernado ínsulas en el mundo.
A lo cual respondió don Quijote:
—Advertid, hermano Sancho, que esta aventura y las a ésta semejantes no son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas, en las cuales no se gana otra cosa que sacar rota la cabeza, o una oreja menos. Tened paciencia, que aventuras se ofrecerán donde no solamente os pueda hacer gobernador, sino más adelante.[2]
Agradecióselo mucho Sancho y, besándole otra vez la mano y la falda de la loriga,[3] le ayudó a subir sobre Rocinante, y él subió sobre su asno y comenzó a seguir a su señor, que a paso tirado,[4] sin despedirse ni hablar más con las del coche, se entró por un bosque que allí junto estaba. Seguíale Sancho a todo el trote de su jumento, pero caminaba tanto Rocinante, que, viéndose quedar atrás, le fue forzoso dar voces a su amo que se aguardase. Hízolo así don Quijote, teniendo las riendas a Rocinante hasta que llegase su cansado escudero, el cual, en llegando, le dijo:
—Paréceme, señor, que sería acertado irnos a retraer a alguna iglesia,[5] que, según quedó maltrecho aquel con quien os combatistes, no será mucho que den noticia del caso a la Santa Hermandad[6] y nos prendan; y a fe que si lo hacen, que primero que salgamos de la cárcel, que nos ha de sudar el hopo.[7]
—Calla –dijo don Quijote–, ¿y dónde has visto tú o leído jamás que caballero andante haya sido puesto ante la justicia, por más homicidios que hubiese cometido?
—Yo no sé nada de omecillos[8] –respondió Sancho–, ni en mi vida le caté[9] a ninguno; sólo sé que la Santa Hermandad tiene que ver con los que pelean en el campo, y en esotro no me entremeto.
—Pues no tengas pena,[10] amigo –respondió don Quijote–, que yo te sacaré de las manos de los caldeos,[11] cuanto más de las de la Hermandad. Pero dime por tu vida: ¿has visto más valeroso caballero que yo en todo lo descubierto de la tierra? ¿Has leído en historias otro que tenga ni haya tenido más brío en acometer, más aliento en el perseverar, más destreza en el herir, ni más maña en el derribar?
—La verdad sea –respondió Sancho– que yo no he leído ninguna historia jamás, porque ni sé leer ni escribir; mas lo que osaré apostar es que más atrevido amo que vuestra merced yo no le he servido en todos los días de mi vida, y quiera Dios que estos atrevimientos no se paguen donde tengo dicho. Lo que le ruego a vuestra merced es que se cure, que le va mucha sangre de esa oreja, que aquí traigo hilas y un poco de ungüento blanco[12] en las alforjas.
—Todo eso fuera bien excusado –respondió don Quijote– si a mí se me acordara de hacer una redoma del bálsamo de Fierabrás,[13] que con sola una gota se ahorraran tiempo y medicinas.
—¿Qué redoma y qué bálsamo es ése? –dijo Sancho Panza.
—Es un bálsamo –respondió don Quijote– de quien tengo la receta en la memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay pensar morir de ferida alguna. Y así, cuando yo le haga y te le dé, no tienes más que hacer sino que, cuando vieres que en alguna batalla me han partido por medio del cuerpo, como muchas veces suele acontecer, bonitamente la parte del cuerpo que hubiere caído en el suelo, y con mucha sutileza, antes que la sangre se yele, la pondrás sobre la otra mitad que quedare en la silla, advirtiendo de encajallo igualmente y al justo.[14] Luego me darás a beber solos dos tragos del bálsamo que he dicho, y verasme quedar más sano que una manzana.
—Si eso hay[15] –dijo Panza–, yo renuncio desde aquí el gobierno de la prometida ínsula, y no quiero otra cosa en pago de mis muchos y buenos servicios sino que vuestra merced me dé la receta de ese extremado licor, que para mí tengo que valdrá la onza adondequiera más de a dos reales, y no he menester yo más para pasar esta vida honrada y descansadamente. Pero es de saber ahora si tiene mucha costa el hacelle.[16]
—Con menos de tres reales se pueden hacer tres azumbres[17] –respondió don Quijote.
—¡Pecador de mí! –replicó Sancho–, pues ¿a qué aguarda vuestra merced a hacelle y a enseñármele?
—Calla, amigo –respondió don Quijote–, que mayores secretos pienso enseñarte, y mayores mercedes hacerte; y, por ahora, curémonos, que la oreja me duele más de lo que yo quisiera.
Sacó Sancho de las alforjas hilas y ungüento. Mas, cuando don Quijote llegó a ver rota su celada, pensó perder el juicio y, puesta la mano en la espada y alzando los ojos al cielo, dijo:
—Yo hago juramento al Criador de todas las cosas y a los santos cuatro Evangelios, donde más largamente están escritos,[18] de hacer la vida que hizo el grande marqués de Mantua cuando juró de vengar la muerte de su sobrino Valdovinos, que fue de no comer pan a manteles, ni con su mujer folgar,[19] y otras cosas que, aunque de ellas no me acuerdo, las doy aquí por expresadas, hasta tomar entera venganza del que tal desaguisado me fizo.
Oyendo esto Sancho, le dijo:
—Advierta vuestra merced, señor don Quijote, que si el caballero cumplió lo que se le dejó ordenado de irse a presentar ante mi señora Dulcinea del Toboso, ya habrá cumplido con lo que debía, y no merece otra pena si no comete nuevo delito.
—Has hablado y apuntado muy bien –respondió don Quijote–, y, así, anulo el juramento en cuanto lo que toca a tomar de él nueva venganza; pero hágole y confírmole de nuevo de hacer la vida que he dicho hasta tanto que quite por fuerza otra celada tal y tan buena como ésta a algún caballero. Y no pienses, Sancho, que así a humo de pajas hago esto, que bien tengo a quien imitar en ello: que esto mismo pasó, al pie de la letra, sobre el yelmo de Mambrino,[20] que tan caro le costó a Sacripante.[21]
—Que dé al diablo vuestra merced tales juramentos, señor mío –replicó Sancho–, que son muy en daño de la salud y muy en perjuicio de la conciencia. Si no, dígame ahora: si acaso en muchos días no topamos hombre armado con celada, ¿qué hemos de hacer? ¿Hase de cumplir el juramento, a despecho de tantos inconvenientes e incomodidades, como será el dormir vestido y el no dormir en poblado, y otras mil penitencias que contenía el juramento de aquel loco viejo del marqués de Mantua, que vuestra merced quiere revalidar ahora? Mire vuestra merced bien que por todos estos caminos no andan hombres armados, sino arrieros y carreteros, que no sólo no traen celadas, pero quizá no las han oído nombrar en todos los días de su vida.
—Engáñaste en eso –dijo don Quijote–, porque no habremos estado dos horas por estas encrucijadas, cuando veamos más armados que los que vinieron sobre Albraca, a la conquista de Angélica la Bella.[22]
—Alto, pues; sea así –dijo Sancho–, y a Dios prazga que nos suceda bien y que se llegue ya el tiempo de ganar esta ínsula que tan cara me cuesta, y muérame yo luego.
—Ya te he dicho, Sancho, que no te dé eso cuidado alguno, que, cuando faltare ínsula, ahí está el reino de Dinamarca, o el de Sobradisa,[23] que te vendrán como anillo al dedo, y más que, por ser en tierra firme, te debes más alegrar. Pero dejemos esto para su tiempo, y mira si traes algo en esas alforjas que comamos, porque vamos luego en busca de algún castillo donde alojemos esta noche y hagamos el bálsamo que te he dicho, porque yo te voto a Dios que me va doliendo mucho la oreja.
—Aquí trayo una cebolla y un poco de queso, y no sé cuántos mendrugos de pan –dijo Sancho–, pero no son manjares que pertenecen a tan valiente caballero como vuestra merced.
—¡Qué mal lo entiendes! –respondió don Quijote–. Hágote saber, Sancho, que es honra de los caballeros andantes no comer en un mes, y, ya que coman, sea de aquello que hallaren más a mano; y esto se te hiciera cierto si hubieras leído tantas historias como yo, que, aunque han sido muchas, en todas ellas no he hallado hecha relación de que los caballeros andantes comiesen, si no era acaso[24] y en algunos suntuosos banquetes que les hacían, y los demás días se los pasaban en flores.[25] Y aunque se deja entender que no podían pasar sin comer y sin hacer todos los otros menesteres naturales, porque en efecto eran hombres como nosotros, hase de entender también que andando lo más del tiempo de su vida por las florestas y despoblados, y sin cocinero, que su más ordinaria comida sería de viandas rústicas, tales como las que tú ahora me ofreces. Así que, Sancho amigo, no te congoje lo que a mí me da gusto: ni quieras tú hacer mundo nuevo,[26] ni sacar la caballería andante de sus quicios.
—Perdóneme vuestra merced –dijo Sancho–, que como yo no sé leer ni escribir, como otra vez he dicho, no sé ni he caído en las reglas de la profesión caballeresca; y de aquí adelante yo proveeré las alforjas de todo género de fruta seca[27] para vuestra merced, que es caballero, y para mí las proveeré, pues no lo soy, de otras cosas volátiles[28] y de más sustancia.
—No digo yo, Sancho –replicó don Quijote–, que sea forzoso a los caballeros andantes no comer otra cosa sino esas frutas que dices, sino que su más ordinario sustento debía de ser de ellas y de algunas yerbas que hallaban por los campos, que ellos conocían y yo también conozco.
—Virtud es –respondió Sancho– conocer esas yerbas, que, según yo me voy imaginando, algún día será menester usar de ese conocimiento.
Y sacando en esto lo que dijo que traía, comieron los dos en buena paz y compaña. Pero, deseosos de buscar donde alojar aquella noche, acabaron con mucha brevedad su pobre y seca comida. Subieron luego a caballo y diéronse priesa por llegar a poblado antes que anocheciese, pero faltoles el sol, y la esperanza de alcanzar lo que deseaban, junto a unas chozas de unos cabreros, y, así, determinaron de pasarla allí; que cuanto fue de pesadumbre para Sancho no llegar a poblado fue de contento para su amo dormirla al cielo descubierto, por parecerle que cada vez que esto le sucedía era hacer un acto posesivo[29] que facilitaba la prueba de su caballería.
[1] El título no se corresponde con lo que se cuenta en el capítulo: el episodio del vizcaíno ya ha concluido, y el de los yangüeses está en el capítulo 15. La anomalía tiene que ver sin duda con los cambios que a última hora introdujo Cervantes en su original primitivo.
[2] ‘sino aún más’.
[3] ‘cota ligera’, sobre la que se colocaba la coraza. La loriga tenía un faldón que Sancho besa en señal de sumisión.
[4] ‘a paso rápido’.
[5] No se podía apresar a quien se refugiaba (retraía) en una iglesia.
[6] Cuerpo armado con poderes policiales y condenatorios que se ocupaba de los delitos cometidos fuera de las poblaciones.
[7] ‘nos ha de costar muchos sudores’; hopo es el ‘mechón de pelo o barba’.
[8] Sancho confunde homicidios con omecillos (‘rencores’).
[9] ‘lo guardé’.
[10] ‘no te preocupes’.
[11] ‘yo te sacaré de apuros’, con alusión al sometimiento de Israel por los caldeos.
[12] ‘pomada para las heridas’.
[13] Bebida maravillosa que aparece en gestas y novelas medievales.
[14] ‘con exactitud’.
[15] ‘Si eso es verdad’.
[16] ‘si es muy caro prepararlo’.
[17] Un azumbre equivale a unos dos litros.
[18] Fórmula frecuente en los documentos para resumir otro testimonio.
[19] ‘yacer’. Vuelve aquí a evocarse el romance del Marqués de Mantua.
[20] Rey musulmán a quien Reinaldos de Montalbán derrota y quita el yelmo en el Orlando innamorato de Boiardo.
[21] Fue Dardinel de Almonte el que murió al intentar recuperar el precioso yelmo en el Orlando furioso de Ariosto, mientras que Sacripante peleó con Reinaldos por Angélica.
[22] Episodio del Orlando innamorato en el que Angélica es encerrada por su padre Galfrón, rey de Catay, en la fortaleza de la peña Albraca, y varios ejércitos de millones de caballeros, atraídos por su belleza, ponen cerco al castillo.
[23] Galaor, hermano de Amadís, era el soberano del reino imaginario de Sobradisa.
[24] ‘ocasionalmente’.
[25] ‘en cosas sin sustancia, en ayunas’.
[26] ‘variar las costumbres’.
[27] ‘frutos secos’ y también ‘fruta desecada para su conservación’.
[28] Doble sentido de volátiles: ‘cosas inasibles’ y ‘aves’.
[29] ‘acto que prueba la posesión de un derecho’.
Fue recogido de los cabreros con buen ánimo, y, habiendo Sancho lo mejor que pudo acomodado a Rocinante y a su jumento, se fue tras el olor que despedían de sí ciertos tasajos de cabra que hirviendo al fuego en un caldero estaban; y aunque él quisiera en aquel mismo punto ver si estaban en sazón de trasladarlos del caldero al estómago, lo dejó de hacer, porque los cabreros los quitaron del fuego y, tendiendo por el suelo unas pieles de ovejas, aderezaron con mucha priesa su rústica mesa y convidaron a los dos, con muestras de muy buena voluntad, con lo que tenían. Sentáronse a la redonda de las pieles seis de ellos, que eran los que en la majada había, habiendo primero con groseras ceremonias[1] rogado a don Quijote que se sentase sobre un dornajo[2] que vuelto del revés le pusieron. Sentose don Quijote, y quedábase Sancho en pie para servirle la copa, que era hecha de cuerno. Viéndole en pie su amo, le dijo:
—Porque veas, Sancho, el bien que en sí encierra la andante caballería y cuán a pique están los que en cualquiera ministerio de ella se ejercitan de venir brevemente a ser honrados y estimados del mundo, quiero que aquí a mi lado y en compañía de esta buena gente te sientes, y que seas una misma cosa conmigo, que soy tu amo y natural señor; que comas en mi plato y bebas por donde yo bebiere, porque de la caballería andante se puede decir lo mismo que del amor se dice: que todas las cosas iguala.
—¡Gran merced! –dijo Sancho–; pero sé decir a vuestra merced que como yo tuviese bien de comer, tan bien y mejor me lo comería en pie y a mis solas como sentado a par de un emperador. Y aun, si va a decir verdad, mucho mejor me sabe lo que como en mi rincón sin melindres ni respetos, aunque sea pan y cebolla, que los gallipavos[3] de otras mesas donde me sea forzoso mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si me viene gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen consigo. Así que, señor mío, estas honras que vuestra merced quiere darme por ser ministro y adherente[4] de la caballería andante, como lo soy siendo escudero de vuestra merced, conviértalas en otras cosas que me sean de más cómodo[5] y provecho; que éstas, aunque las doy por bien recibidas, las renuncio para desde aquí al fin del mundo.
—Con todo eso, te has de sentar, porque a quien se humilla, Dios le ensalza.[6]
Y asiéndole por el brazo, le forzó a que junto de él se sentase.
No entendían los cabreros aquella jerigonza de escuderos y de caballeros andantes, y no hacían otra cosa que comer y callar y mirar a sus huéspedes, que con mucho donaire y gana embaulaban tasajo como el puño. Acabado el servicio de carne, tendieron sobre las zaleas[7] gran cantidad de bellotas avellanadas,[8] y juntamente pusieron un medio queso, más duro que si fuera hecho de argamasa. No estaba, en esto, ocioso el cuerno, porque andaba a la redonda tan a menudo, ya lleno, ya vacío, como arcaduz de noria,[9] que con facilidad vació un zaque[10] de dos que estaban de manifiesto.[11] Después que don Quijote hubo bien satisfecho su estómago, tomó un puño de bellotas en la mano y, mirándolas atentamente, soltó la voz a semejantes razones:
—Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes[12] alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia: aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre;[13] que ella sin ser forzada ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían. Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en trenza y en cabello,[14] sin más vestidos de aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra, y no eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la púrpura de Tiro[15] y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas verdes de lampazos[16] y yedra entretejidas, con lo que quizá iban tan pomposas y compuestas como van ahora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se declaraban los conceptos amorosos del alma simple y sencillamente, del mismo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había la fraude, el engaño ni la malicia mezcládose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje[17] aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar ni quién fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, sola y señera, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento le menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propia voluntad. Y ahora, en estos nuestros detestables siglos, no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta;[18] porque allí, por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia[19] y les hace dar con todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. De esta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el gasaje[20] y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero. Que aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía,[21] por saber que sin saber vosotros esta obligación me acogistes y regalastes,[22] es razón que, con la voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra.
Toda esta larga arenga (que se pudiera muy bien excusar) dijo nuestro caballero, porque las bellotas que le dieron le trujeron a la memoria la edad dorada, y antojósele hacer aquel inútil razonamiento a los cabreros, que, sin respondelle palabra, embobados y suspensos, le estuvieron escuchando.[23] Sancho asimismo callaba y comía bellotas, y visitaba muy a menudo el segundo zaque, que, porque se enfriase el vino, le tenían colgado de un alcornoque.
Más tardó en hablar don Quijote que en acabarse la cena, al fin de la cual uno de los cabreros dijo:
—Para que con más veras pueda vuestra merced decir, señor caballero andante, que le agasajamos con pronta y buena voluntad, queremos darle solaz y contento con hacer que cante un compañero nuestro que no tardará mucho en estar aquí; el cual es un zagal muy entendido y muy enamorado, y que, sobre todo,[24] sabe leer y escribir y es músico de un rabel,[25] que no hay más que desear.
Apenas había el cabrero acabado de decir esto, cuando llegó a sus oídos el son del rabel, y de allí a poco llegó el que le tañía, que era un mozo de hasta veinte y dos años,[26] de muy buena gracia.[27] Preguntáronle sus compañeros si había cenado, y, respondiendo que sí, el que había hecho los ofrecimientos le dijo:
—De esa manera, Antonio, bien podrás hacernos placer de cantar un poco, porque vea este señor huésped que tenemos que también por los montes y selvas hay quien sepa de música. Hémosle dicho tus buenas habilidades y deseamos que las muestres y nos saques verdaderos;[28] y, así, te ruego por tu vida que te sientes y cantes el romance de tus amores, que te compuso el beneficiado[29] tu tío, que en el pueblo ha parecido muy bien.
—Que me place –respondió el mozo.
Y sin hacerse más de rogar se sentó en el tronco de una desmochada encina,[30] y, templando su rabel, de allí a poco, con muy buena gracia, comenzó a cantar, diciendo de esta manera:
ANTONIO
—Yo sé, Olalla,[31] que me adoras,
puesto que no me lo has dicho
ni aun con los ojos siquiera,
mudas lenguas de amoríos.
Porque sé que eres sabida,
en que me quieres me afirmo,
que nunca fue desdichado
amor que fue conocido.
Bien es verdad que tal vez,
Olalla, me has dado indicio
que tienes de bronce el alma
y el blanco pecho de risco.[32]
Mas allá entre tus reproches
y honestísimos desvíos,
tal vez la esperanza muestra
la orilla de su vestido.
Abalánzase al señuelo[33]
mi fe, que nunca ha podido
ni menguar por no llamado
ni crecer por escogido.
Si el amor es cortesía,
de la que tienes colijo
que el fin de mis esperanzas
ha de ser cual imagino.
Y si son servicios parte
de hacer un pecho benigno,[34]
algunos de los que he hecho
fortalecen mi partido.
Porque si has mirado en ello,
más de una vez habrás visto
que me he vestido en los lunes
lo que me honraba el domingo.[35]
Como el amor y la gala
andan un mismo camino,
en todo tiempo a tus ojos
quise mostrarme polido.
Dejo el bailar por tu causa,
ni las músicas te pinto
que has escuchado a deshoras
y al canto del gallo primo.[36]
No cuento las alabanzas
que de tu belleza he dicho,
que, aunque verdaderas, hacen
ser yo de algunas malquisto.
Teresa del Berrocal,
yo alabándote, me dijo:
«Tal piensa que adora a un ángel
y viene a adorar a un jimio,[37]
merced a los muchos dijes[38]
y a los cabellos postizos,
y a hipócritas hermosuras,
que engañan al Amor mismo».
Desmentila y enojose;
volvió por ella su primo,[39]
desafiome, y ya sabes
lo que yo hice y él hizo.
No te quiero yo a montón,[40]
ni te pretendo y te sirvo
por lo de barraganía,[41]
que más bueno es mi designio.
Coyundas[42] tiene la Iglesia
que son lazadas de sirgo;[43]
pon tú el cuello en la gamella:[44]
verás como pongo el mío.
Donde no,[45] desde aquí juro
por el santo más bendito
de no salir de estas sierras
sino para capuchino.
Con esto dio el cabrero fin a su canto; y aunque don Quijote le rogó que algo más cantase, no lo consintió Sancho Panza, porque estaba más para dormir que para oír canciones, y, así, dijo a su amo:
—Bien puede vuestra merced acomodarse desde luego adonde ha de posar esta noche, que el trabajo que estos buenos hombres tienen todo el día no permite que pasen las noches cantando.
—Ya te entiendo, Sancho –le respondió don Quijote–, que bien se me trasluce que las visitas del zaque piden más recompensa de sueño que de música.
—A todos nos sabe bien, bendito sea Dios –respondió Sancho.
—No lo niego –replicó don Quijote–, pero acomódate tú donde quisieres, que los de mi profesión mejor parecen velando que durmiendo. Pero, con todo esto, sería bien, Sancho, que me vuelvas a curar esta oreja, que me va doliendo más de lo que es menester.
Hizo Sancho lo que se le mandaba, y, viendo uno de los cabreros la herida, le dijo que no tuviese pena, que él pondría remedio con que fácilmente se sanase. Y tomando algunas hojas de romero, de mucho que por allí había, las mascó y las mezcló con un poco de sal, y, aplicándoselas a la oreja, se la vendó muy bien, asegurándole que no había menester otra medicina, y así fue la verdad.
[1] ‘con cortesías rústicas’.
[2] ‘artesa’, recipiente de madera en que se da de comer al ganado.
[3] ‘pavos comunes’, frente al pavo real.
[4] ‘servidor y adjunto’.
[5] ‘de mayor utilidad’.
[6] Lucas, XIV, 11.
[7] ‘pieles de ovejas curtidas sin quitarles la lana’.
[8] ‘dulces’.
[9] ‘una suerte de cubo que gira con la noria y permite extraer agua’.
[10] ‘bota de cuero’.
[11] ‘que estaban a la vista’.
[12] ‘fuertes, robustos’.
[13] ‘la tierra’.
[14] ‘con el cabello trenzado o suelto’.
[15] Ciudad fenicia de la Antigüedad, famosa por su púrpura.
[16] ‘plantas de hojas vellosas y flores con espinas’.
[17] ‘de la sentencia arbitraria’.
[18] El laberinto del rey Minos, construido por Dédalo para encerrar al Minotauro.
[19] El amor fue considerado hasta el Renacimiento como una enfermedad.
[20] ‘agasajo, atenciones’.
[21] ‘sin embargo’.
[22] ‘obsequiasteis’.
[23] El mito de un paraíso perdido, de una primitiva edad de oro plenamente feliz en su simplicidad, ha existido en muchas culturas. Don Quijote retoma la formulación poética inspirada en Virgilio y Ovidio y recreada especialmente por la literatura pastoril del Renacimiento, y la integra en su explicación del origen y la razón de ser de la caballería andante, como punto de partida de toda su visión utópica.
[24] ‘además’.
[25] ‘instrumento rústico de tres cuerdas que se tocaba con arco’.
[26] ‘de unos veintidós años’.
[27] ‘muy agradable’.
[28] ‘y confirmes que hemos dicho la verdad’.
[29] ‘clérigo que disfruta de la renta (beneficio) aneja a una plaza o responsabilidad eclesiástica’.
[30] ‘encina con la copa tronchada’.
[31] Forma rústica de ‘Eulalia’.
[32] ‘de piedra’.
[33] ‘reclamo para capturar aves’.
[34] ‘Y si los servicios amorosos sirven para que un corazón se le muestre favorable’.
[35] ‘que los lunes me he puesto el traje de los domingos’.
[36] ‘a medianoche, al primer canto del gallo’.
[37] ‘simio’.
[38] ‘colgantes, alhajas’.
[39] ‘su primo la defendió’.
[40] ‘de cualquier manera’.
[41] ‘amancebamiento, vida en común fuera del matrimonio’.
[42] ‘Correas para atar los bueyes al yugo’.
[43] ‘lazos de seda’.
[44] ‘arco del yugo’.
[45] ‘En otro caso’.
Estando en esto, llegó otro mozo de los que les traían del aldea el bastimento,[1] y dijo:
—¿Sabéis lo que pasa en el lugar, compañeros?
—¿Cómo lo podemos saber? –respondió uno de ellos.
—Pues sabed –prosiguió el mozo– que murió esta mañana aquel famoso pastor estudiante llamado Grisóstomo, y se murmura que ha muerto de amores de aquella endiablada moza de Marcela, la hija de Guillermo el rico, aquella que se anda en hábito de pastora por esos andurriales.[2]
—Por Marcela, dirás –dijo uno.
—Por ésa digo –respondió el cabrero–; y es lo bueno que mandó en su testamento que le enterrasen en el campo, como si fuera moro, y que sea al pie de la peña donde está la fuente del alcornoque, porque, según es fama y él dicen que lo dijo, aquel lugar es adonde él la vio la vez primera. Y también mandó otras cosas, tales, que los abades[3] del pueblo dicen que no se han de cumplir ni es bien que se cumplan, porque parecen de gentiles. A todo lo cual responde aquel gran su amigo Ambrosio, el estudiante, que también se vistió de pastor con él, que se ha de cumplir todo, sin faltar nada, como lo dejó mandado Grisóstomo, y sobre esto anda el pueblo alborotado; mas, a lo que se dice, en fin se hará lo que Ambrosio y todos los pastores sus amigos quieren, y mañana le vienen a enterrar con gran pompa adonde tengo dicho. Y tengo para mí que ha de ser cosa muy de ver; a lo menos, yo no dejaré de ir a verla, si supiese no volver[4] mañana al lugar.
—Todos haremos lo mismo –respondieron los cabreros–, y echaremos suertes a quién ha de quedar a guardar las cabras de todos.
—Bien dices, Pedro –dijo uno–, aunque no será menester usar de esa diligencia, que yo me quedaré por todos; y no lo atribuyas a virtud y a poca curiosidad mía, sino a que no me deja andar el garrancho[5] que el otro día me pasó este pie.
—Con todo eso, te lo agradecemos –respondió Pedro.
Y don Quijote rogó a Pedro le dijese qué muerto era aquél y qué pastora aquélla; a lo cual Pedro respondió que lo que sabía era que el muerto era un hijodalgo rico, vecino de un lugar que estaba en aquellas sierras, el cual había sido estudiante muchos años en Salamanca, al cabo de los cuales había vuelto a su lugar con opinión de muy sabio y muy leído.[6]
—Principalmente decían que sabía la ciencia de las estrellas, y de lo que pasan allá en el cielo el sol y la luna, porque puntualmente nos decía el cris del sol y de la luna.[7]
—Eclipse se llama, amigo, que no cris, el escurecerse esos dos luminares mayores –dijo don Quijote.
Mas Pedro, no reparando en niñerías, prosiguió su cuento diciendo:
—Asimismo adivinaba cuándo había de ser el año abundante o estil.
—Estéril queréis decir, amigo –dijo don Quijote.
—Estéril o estil –respondió Pedro–, todo se sale allá.[8] Y digo que con esto que decía se hicieron su padre y sus amigos, que le daban crédito, muy ricos, porque hacían lo que él les aconsejaba, diciéndoles: «Sembrad este año cebada, no trigo; en éste podéis sembrar garbanzos, y no cebada; el que viene será de guilla de aceite;[9] los tres siguientes no se cogerá gota».
—Esa ciencia se llama astrología –dijo don Quijote.
—No sé yo cómo se llama –replicó Pedro–, mas sé que todo esto sabía, y aún más. Finalmente, no pasaron muchos meses después que vino de Salamanca, cuando un día remaneció[10] vestido de pastor, con su cayado y pellico,[11] habiéndose quitado los hábitos largos que como escolar traía;[12] y juntamente se vistió con él de pastor otro su grande amigo, llamado Ambrosio, que había sido su compañero en los estudios. Olvidábaseme de decir como Grisóstomo, el difunto, fue grande hombre de componer coplas: tanto, que él hacía los villancicos para la noche del Nacimiento del Señor, y los autos para el día de Dios,[13] que los representaban los mozos de nuestro pueblo, y todos decían que eran por el cabo.[14] Cuando los del lugar vieron tan de improviso vestidos de pastores a los dos escolares, quedaron admirados y no podían adivinar la causa que les había movido a hacer aquella tan extraña mudanza. Ya en este tiempo era muerto el padre de nuestro Grisóstomo, y él quedó heredado en mucha cantidad de hacienda, así en muebles como en raíces,[15] y en no pequeña cantidad de ganado, mayor y menor, y en gran cantidad de dineros; de todo lo cual quedó el mozo señor de soluto,[16] y en verdad que todo lo merecía, que era muy buen compañero y caritativo y amigo de los buenos, y tenía una cara como una bendición. Después se vino a entender que el haberse mudado de traje no había sido por otra cosa que por andarse por estos despoblados en pos de aquella pastora Marcela que nuestro zagal nombró denantes,[17] de la cual se había enamorado el pobre difunto de Grisóstomo. Y quiéroos decir ahora, porque es bien que lo sepáis, quién es esta rapaza: quizá, y aun sin quizá, no habréis oído semejante cosa en todos los días de vuestra vida, aunque viváis más años que sarna.
—Decid Sarra[18] –replicó don Quijote, no pudiendo sufrir el trocar de los vocablos del cabrero.
—Harto vive la sarna –respondió Pedro–; y si es, señor, que me habéis de andar zahiriendo a cada paso los vocablos, no acabaremos en un año.
—Perdonad, amigo –dijo don Quijote–, que por haber tanta diferencia de sarna a Sarra os lo dije; pero vos respondistes muy bien, porque vive más sarna que Sarra, y proseguid vuestra historia, que no os replicaré más en nada.
—Digo pues, señor mío de mi alma –dijo el cabrero–, que en nuestra aldea hubo un labrador aún más rico que el padre de Grisóstomo, el cual se llamaba Guillermo, y al cual dio Dios, amén de las muchas y grandes riquezas, una hija de cuyo parto murió su madre, que fue la más honrada mujer que hubo en todos estos contornos. No parece sino que ahora la veo, con aquella cara que del un cabo tenía el sol y del otro la luna;[19] y, sobre todo, hacendosa y amiga de los pobres, por lo que creo que debe de estar su ánima a la hora de ahora gozando de Dios en el otro mundo. De pesar de la muerte de tan buena mujer, murió su marido Guillermo, dejando a su hija Marcela, muchacha y rica, en poder de un tío suyo sacerdote y beneficiado en nuestro lugar. Creció la niña con tanta belleza, que nos hacía acordar de la de su madre, que la tuvo muy grande; y, con todo esto, se juzgaba que le había de pasar la de la hija. Y así fue, que cuando llegó a edad de catorce a quince años nadie la miraba que no bendecía a Dios, que tan hermosa la había criado, y los más quedaban enamorados y perdidos por ella. Guardábala su tío con mucho recato y con mucho encerramiento; pero, con todo esto, la fama de su mucha hermosura se extendió de manera que así por ella como por sus muchas riquezas, no solamente de los de nuestro pueblo, sino de los de muchas leguas a la redonda, y de los mejores de ellos, era rogado, solicitado e importunado su tío se la diese por mujer. Mas él, que a las derechas[20] es buen cristiano, aunque quisiera casarla luego, así como la vía de edad,[21] no quiso hacerlo sin su consentimiento, sin tener ojo[22] a la ganancia y granjería que le ofrecía el tener la hacienda de la moza dilatando su casamiento. Y a fe que se dijo esto en más de un corrillo en el pueblo, en alabanza del buen sacerdote; que quiero que sepa, señor andante, que en estos lugares cortos[23] de todo se trata y de todo se murmura, y tened para vos, como yo tengo para mí, que debía de ser demasiadamente bueno el clérigo que obliga a sus feligreses a que digan bien de él, especialmente en las aldeas.
—Así es la verdad –dijo don Quijote–, y proseguid adelante, que el cuento es muy bueno, y vos, buen Pedro, le contáis con muy buena gracia.
—La del Señor no me falte, que es la que hace al caso. Y en lo demás sabréis que aunque el tío proponía a la sobrina y le decía las calidades de cada uno en particular, de los muchos que por mujer la pedían, rogándole que se casase y escogiese a su gusto, jamás ella respondió otra cosa sino que por entonces no quería casarse y que, por ser tan muchacha, no se sentía hábil para poder llevar la carga del matrimonio. Con estas que daba, al parecer, justas excusas, dejaba el tío de importunarla y esperaba a que entrase algo más en edad y ella supiese escoger compañía a su gusto. Porque decía él, y decía muy bien, que no habían de dar los padres a sus hijos estado contra su voluntad.[24] Pero hételo aquí, cuando no me cato,[25] que remanece un día la melindrosa Marcela hecha pastora; y sin ser parte su tío ni todos los del pueblo, que se lo desaconsejaban, dio en irse al campo con las demás zagalas del lugar, y dio en guardar su mismo ganado. Y así como ella salió en público y su hermosura se vio al descubierto, no os sabré buenamente decir cuántos ricos mancebos, hidalgos y labradores, han tomado el traje de Grisóstomo y la andan requebrando por esos campos; uno de los cuales, como ya está dicho, fue nuestro difunto, del cual decían que la dejaba de querer y la adoraba. Y no se piense que porque Marcela se puso en aquella libertad y vida tan suelta y de tan poco o de ningún recogimiento, que por eso ha dado indicio, ni por semejas,[26] que venga en menoscabo de su honestidad y recato: antes es tanta y tal la vigilancia con que mira por su honra, que de cuantos la sirven y solicitan ninguno se ha alabado ni con verdad se podrá alabar que le haya dado alguna pequeña esperanza de alcanzar su deseo. Que puesto que no huye ni se esquiva de la compañía y conversación de los pastores, y los trata cortés y amigablemente, en llegando a descubrirle su intención cualquiera de ellos, aunque sea tan justa y santa como la del matrimonio, los arroja de sí como con un trabuco.[27] Y con esta manera de condición hace más daño en esta tierra que si por ella entrara la pestilencia, porque su afabilidad y hermosura atrae los corazones de los que la tratan a servirla y a amarla; pero su desdén y desengaño los conduce a términos de desesperarse,[28] y, así, no saben qué decirle, sino llamarla a voces cruel y desagradecida, con otros títulos a éste semejantes, que bien la calidad de su condición manifiestan. Y si aquí estuviésedes, señor, algún día, veríades resonar estas sierras y estos valles con los lamentos de los desengañados que la siguen. No está muy lejos de aquí un sitio donde hay casi dos docenas de altas hayas, y no hay ninguna que en su lisa corteza no tenga grabado y escrito el nombre de Marcela, y encima de alguna una corona grabada en el mismo árbol, como si más claramente dijera su amante que Marcela la lleva y la merece de toda la hermosura humana. Aquí suspira un pastor, allí se queja otro; acullá se oyen amorosas canciones, acá desesperadas endechas.[29] Cuál hay que pasa todas las horas de la noche sentado al pie de alguna encina o peñasco, y allí, sin plegar[30] los llorosos ojos, embebecido y transportado en sus pensamientos, le halló el sol a la mañana; y cuál hay que sin dar vado ni tregua a sus suspiros, en mitad del ardor de la más enfadosa siesta[31] del verano, tendido sobre la ardiente arena, envía sus quejas al piadoso cielo. Y de éste y de aquél, y de aquéllos y de éstos, libre y desenfadadamente triunfa la hermosa Marcela, y todos los que la conocemos estamos esperando en qué ha de parar su altivez y quién ha de ser el dichoso que ha de venir a domeñar condición tan terrible y gozar de hermosura tan extremada. Por ser todo lo que he contado tan averiguada verdad, me doy a entender que también lo es la que nuestro zagal dijo que se decía de la causa de la muerte de Grisóstomo. Y así os aconsejo, señor, que no dejéis de hallaros mañana a su entierro, que será muy de ver, porque Grisóstomo tiene muchos amigos, y no está de este lugar a aquel donde manda enterrarse media legua.
—En cuidado me lo tengo[32] –dijo don Quijote–, y agradézcoos el gusto que me habéis dado con la narración de tan sabroso cuento.
—¡Oh! –replicó el cabrero–, aún no sé yo la mitad de los casos sucedidos a los amantes de Marcela, mas podría ser que mañana topásemos en el camino algún pastor que nos los dijese. Y por ahora bien será que os vais a dormir debajo de techado, porque el sereno[33] os podría dañar la herida; puesto que es tal la medicina que se os ha puesto, que no hay que temer de contrario accidente.
Sancho Panza, que ya daba al diablo el tanto hablar del cabrero, solicitó por su parte que su amo se entrase a dormir en la choza de Pedro. Hízolo así, y todo lo más de la noche se le pasó en memorias de su señora Dulcinea, a imitación de los amantes de Marcela. Sancho Panza se acomodó entre Rocinante y su jumento, y durmió, no como enamorado desfavorecido, sino como hombre molido a coces.
[1] ‘las provisiones’.
[2] La historia de Grisóstomo y Marcela es la primera de las varias recreaciones que en el Quijote se ofrecen de los motivos básicos de la égloga y la novela pastoril (al modo de La Galatea, primer libro de Cervantes), con su visión idílica de la vida y el amor entre rústicos. La trama romancesca se enlaza con las intervenciones de don Quijote, con quien los protagonistas coinciden en la elección de unos modelos forjados en la literatura y no fáciles de conciliar con la realidad. Es posible que en una versión del Quijote inmediatamente anterior a la que se manejó en la imprenta los capítulos 11-14 estuvieran situados en el mismo núcleo que las aventuras de Sierra Morena (23-26) y que al cambiarlos Cervantes de sitio en el último momento se produjeran anomalías como la manifiesta en el epígrafe del capítulo 10.
[3] ‘los curas’.
[4] ‘aunque supiese que no podría volver’.
[5] ‘la rama rota’.
[6] con opinión: ‘con reputación’.
[7] cris: forma popular de eclipse.
[8] ‘todo viene a ser lo mismo’.
[9] ‘cosecha copiosa de olivas’.
[10] ‘apareció’.
[11] ‘chaleco de piel de cordero’.
[12] Los estudiantes llevaban sotanas negras hasta los pies.
[13] Día de Corpus Christi, en el que se representaban autos, piezas teatrales de un solo acto y de tema religioso; los villancicos se cantaban en la misa del Gallo y podían ir acompañados de una muy esquemática representación dramática.
[14] ‘perfectos’.
[15] ‘bienes muebles (aperos y animales para la labranza) y bienes raíces (tierras)’.
[16] ‘con sus bienes a libre disposición, sin estar sujetos a ninguna servidumbre’.
[17] ‘antes’.
[18] Se refiere a Sara, mujer de Abraham, que vivió ciento veintisiete años, y que el pastor confunde con sarna, enfermedad contagiosa de la piel.
[19] ‘aquella cara tan bella como el cielo’.
[20] ‘de verdad’.
[21] ‘porque la veía ya en edad de casarse’.
[22] ‘sin hacerle caso’.
[23] ‘pequeños, poco poblados’.
[24] dar estado: ‘dar en matrimonio o hacer entrar en religión’.
[25] ‘cuando menos lo espero’.
[26] ‘ni por asomo’.
[27] ‘estructura de hierro o de madera que servía para lanzar fuegos artificiales’.
[28] ‘suicidarse’.
[29] ‘composiciones líricas de tono patético o triste’.
[30] ‘cerrar’.
[31] ‘calor de la hora sexta, del mediodía’.
[32] ‘Lo tendré en cuenta’.
[33] ‘la humedad y el frío de la noche’.