BORRADOR DEFINITIVO

Guión de la película.
Versión final, noviembre de 1998, páginas 1 a 4

LA CASA DE RIVERTON © 1998
Autora y directora: Ursula Ryan

MÚSICA: Tema nostálgico y evocador, del estilo de moda durante la Primera Guerra Mundial y la posguerra. Romántico, con un matiz inquietante.

1. EXTERIOR. ESCENA FINAL EN UN CAMINO RURAL AL ANOCHECER

A ambos lados del camino se extienden interminables prados verdes. Son las ocho de la tarde. El sol estival, aún visible en el horizonte, se resiste a morir. Finalmente desaparece. Como un brillante escarabajo negro, un automóvil de la década de 1920 avanza velozmente por el sendero. Pasa a toda prisa entre viejos setos de zarzamoras teñidos de azul por el ocaso y coronados por cañas que se arquean sobre el camino.

La brillante luz de los faros vibra mientras el automóvil se desplaza rápidamente por la superficie irregular de la calzada. Nos acercamos poco a poco, hasta ponernos a la par. Tras el último rayo de sol, la noche cae sobre nosotros. La luna llena irrumpe tímidamente, proyectando franjas de luz blanca sobre el brillante capó negro.

Echamos un vistazo al interior del automóvil; en la tenue luz distinguimos vagamente el perfil de sus ocupantes: un HOMBRE y una MUJER vestidos de fiesta. El hombre va conduciendo. Las lentejuelas del traje de la mujer brillan con el resplandor de la luna. Los dos van fumando, la punta incandescente de los cigarrillos se asemeja a la luz de los faros. La MUJER ríe un comentario del HOMBRE; al echar la cabeza hacia atrás la boa de plumas deja a la vista su cuello pálido y delgado.

Llegan a una gran verja de hierro, la entrada a un túnel formado por árboles altos y oscuros. El automóvil recorre la vereda, avanzando por el umbrío y frondoso corredor. Miramos a través del parabrisas, hasta que de pronto dejamos atrás el denso follaje. Hemos llegado al destino.

Una gran mansión de estilo inglés surge imponente en la colina: a lo largo de la fachada se ven doce ventanas resplandecientes; tres mansardas y chimeneas se distinguen en el tejado de pizarra. En el centro del amplio y cuidado jardín, iluminado con farolas, se erige una gran fuente de mármol ornamentada con hormigas gigantes, águilas y dragones que, como si fueran llamas, lanzan chorros de agua a cien pies de altura.

Desde nuestra posición, observamos cómo el automóvil continúa sin nosotros, gira y se detiene en la entrada de la casa. Un joven LACAYO abre la puerta y extiende su brazo para ayudar a la mujer a bajar del coche.

SUBTÍTULO: Mansión Riverton, Inglaterra. Verano de 1924.

2. INTERIOR. SALA DE LOS CRIADOS, DE NOCHE

La cálida y oscura sala de los sirvientes de la mansión Riverton. En el ambiente se percibe el nerviosismo de los preparativos. Nuestra perspectiva está al nivel de los tobillos, mientras los atareados sirvientes recorren en todas direcciones el suelo de mármol gris. Como sonido de fondo se oyen las órdenes impartidas a los sirvientes —los de menor rango están siendo reprendidos— mezclándose con el ruido de las botellas de champán al descorcharse. Suena el timbre llamando al personal de servicio. Todavía con la cámara a la altura del tobillo, seguimos los pasos de una CRIADA que se dirige a la escalera.

3. INTERIOR. HUECO DE LA ESCALERA, DE NOCHE

Subimos por la tenebrosa escalera detrás de la CRIADA. Un leve tintineo nos indica que su bandeja está llena de copas de champán. A cada paso, nuestra visión va ascendiendo de los delgados tobillos a los pliegues de una falda negra, los picos del coqueto lazo blanco de su delantal, los rizos rubios que caen sobre el cuello de su uniforme. Por fin podemos ver lo mismo que ella.

Los sonidos de la sala de los sirvientes se desvanecen a medida que se hacen audibles la música y las risas de la fiesta. En lo alto de la escalera, la puerta se abre ante nosotros.

4. INTERIOR. SALÓN PRINCIPAL, DE NOCHE

La luz nos deslumbra en cuanto entramos en el gran salón de mármol. Del alto cielorraso pende una resplandeciente araña de cristal. El MAYORDOMO abre la puerta de entrada para dar la bienvenida a los elegantes invitados que vimos llegar en el automóvil. Sin embargo no nos detenemos, cruzamos la sala hasta la parte posterior, donde están las grandes puertas de estilo francés que comunican con la TERRAZA.

5. EXTERIOR. TERRAZA, DE NOCHE

Las puertas se abren con ímpetu. El volumen de la música y las risas va en aumento: la fiesta está en pleno apogeo. El ambiente posee el lujo propio de la posguerra. Lentejuelas, plumas, sedas se extienden hasta donde la visión pueda abarcar. Vistosos farolillos chinos, colgados en el jardín, se mecen en la suave brisa veraniega. Una BANDA DE JAZZ toca un charlestón y las mujeres bailan. Nos abrimos paso entre una multitud de rostros sonrientes, que miran en nuestra dirección mientras beben las copas de champán que la criada les ofrece de la bandeja: una mujer con labios pintados de rojo, un hombre gordo de mejillas sonrosadas a causa de la excitación y el alcohol, una anciana delgada cubierta de joyas que sostiene una larga y fina boquilla de cigarrillo mientras lanza con indolencia volutas de humo.

Resuena un formidable ESTAMPIDO y todos miran hacia arriba: el cielo nocturno se llena de brillantes fuegos artificiales. Se oyen gritos de regocijo y algunos aplausos. Los fuegos en espiral de las girándulas se reflejan en los rostros, la banda sigue tocando y las mujeres bailan, con pasos cada vez más rápidos.

CORTE HACIA:

6. EXTERIOR. EL LAGO, DE NOCHE

A medio kilómetro de allí, un JOVEN está junto a la orilla más oscura del lago Riverton. Atrás quedan los ruidos de la fiesta. El joven mira el cielo. Nos acercamos, observamos el reflejo rojizo de los fuegos artificiales en su bello rostro. Aun cuando está elegantemente vestido, hay algo indómito en él. Su cabello castaño está despeinado y le cae sobre la frente, amenazando con ocultar los ojos oscuros que recorren enajenados el cielo nocturno. El joven baja la vista y mira más allá del lugar donde estamos, como si tratara de descubrir a alguien oculto entre las sombras. Sus ojos están húmedos; su actitud, súbitamente alerta. Despega los labios, como si se dispusiera a hablar, pero no lo hace. Suspira.

Se oye un CHASQUIDO. Bajamos la mirada. El joven aferra una pistola en su mano temblorosa. La levanta, fuera de escena. La mano que permanece junto al cuerpo se estremece y luego queda rígida. La pistola dispara y cae en el suelo fangoso. Una mujer grita. La velada musical sigue su curso.

FUNDIDO EN NEGRO.

TÍTULO DE LA ESCENA: «LA CASA DE RIVERTON».

La carta

LA CARTA

URSULA RYAN

FOCUS FILM PRODUCTIONS

513478 WEST HOLLYWOOD BLDV.

WEST HOLLYWOOD, L.A

CAL. 90216 USA

DOÑA GRACE BRADLEY

HEATHVIEW NURSING HOME

1564 WILLOW ROAD

SAFFRON GREEN

ESSEX

27 de enero de 1999

Estimada señora Bradley:

Le ruego sepa disculpar que le escriba nuevamente. El motivo es que no he recibido aún respuesta a mi última carta, donde le refería el proyecto del film en el que estoy trabajando: La casa de Riverton.

La película narra una historia de amor: la relación del poeta R. S. Hunter con las hermanas Hartford, y su suicidio en 1924. Si bien contamos con autorización para filmar escenas de exteriores en la mansión Riverton, rodaremos las escenas de interiores en los estudios.

Estamos en condiciones de recrear muchos de los escenarios a partir de fotografías y descripciones. No obstante, apreciaría el asesoramiento de alguien con conocimientos directos del tema. Esta película es una pasión personal y no soportaría la posibilidad de incurrir en errores, ni siquiera los más insignificantes, con respecto al contexto histórico. Por ese motivo le estaría muy agradecida si aceptara supervisar la escenografía.

Encontré su nombre (su apellido de soltera) en una lista, entre una pila de cuadernos donados al Museo de Essex. No habría descubierto su conexión con Grace Reeves si no hubiera leído una entrevista a su nieto, Marcus McCourt, publicada en el Spectator, en la que él menciona brevemente la relación histórica de su familia con la villa de Saffron Green.

Le adjunto, para su consideración, un artículo reciente del Sunday Times acerca de mis anteriores películas y una nota promocional sobre La casa de Riverton que apareció en Los Angeles Film Weekly. Como advertirá, hemos logrado comprometer a buenos actores para protagonizar los papeles de Hunter, Emmeline Hartford y Hannah Luxton, incluyendo a Gwyneth Paltrow, quien acaba de recibir un premio Golden Globe por su trabajo en Shakespeare enamorado.

Le pido disculpas por esta intromisión, pero comenzaremos a rodar a finales de febrero en los estudios Shepperton, al norte de Londres, y estoy sumamente interesada en ponerme en contacto con usted. Tengo la esperanza de que le interese colaborar con nosotros en este proyecto. Puede escribirme a la dirección de doña Jan Ryan, 5/45 Lancaster Court, Fulham, Londres SW6.

Respetuosamente suya,

URSULA RYAN

Capítulo 1

Capítulo 1
LOS FANTASMAS SE AGITAN

El pasado noviembre tuve una pesadilla.

Estaba en el año 1924 y me encontraba nuevamente en Riverton. Todas las puertas estaban abiertas de par en par, la brisa del verano hacía flamear las cortinas de seda. En lo alto de la colina, bajo un antiguo arce, había una orquesta de la que llegaba la cadenciosa música de los violines. Las risas y el entrechocar de los vasos resonaban en el aire y el azul del cielo era de aquellos de los que pensábamos que la guerra había destruido para siempre. Un lacayo, con su elegante uniforme blanco y negro, vertía champán desde lo alto de una torre de copas de cristal y todos aplaudían, disfrutando del espléndido derroche.

Me vi a mí misma, como sucede en los sueños, moviéndome lentamente —mucho más lentamente que en la realidad— entre los invitados que formaban una masa borrosa de seda y lentejuelas.

Buscaba a alguien.

De repente el panorama cambió y me encontré junto al pabellón de verano, pero no era Riverton, no podía serlo. No era el edificio nuevo y resplandeciente que Teddy había diseñado, sino una antigua estructura con paredes por las que trepaba la hiedra, invadiendo ventanas y rodeando las columnas.

Alguien me estaba llamando. Una voz familiar de mujer llegaba desde la orilla del lago situado tras el edificio. Bajé la cuesta apartando con las manos las ramas más altas. Una silueta estaba en cuclillas en la orilla.

Era Hannah, con su vestido de novia. Su rostro pálido surgió de las sombras. El barro le salpicaba la frente ensuciando las rosas que la adornaban. Me miró. Su voz me heló la sangre.

—Llegas muy tarde —advirtió, y señaló mis manos—. Llegas demasiado tarde.

Miré mis jóvenes manos, impregnadas del oscuro barro del lago, y en ellas, el frío cadáver de un perro de caza.

Por supuesto, sé lo que motivó ese sueño: la carta de una cineasta. Últimamente no recibo muchas cartas; ocasionalmente, una postal de un amigo con un exagerado sentido del deber para contarme que está de vacaciones; una comunicación formal del banco donde tengo mis ahorros; una invitación al bautizo de un niño cuyos padres, descubro con sorpresa, ya han dejado de ser niños.

La carta de Ursula había llegado un martes por la mañana, a finales de noviembre, y cuando Sylvia vino a hacer mi cama la trajo consigo. Levantó sus cejas exageradamente delineadas y agitó el sobre.

—Tiene correo. Por el sello, parece venir de Estados Unidos. ¿Tal vez su nieto? —La ceja izquierda se arqueó enfatizando la interrogación y la voz se transformó en un ronco susurro—. Algo terrible. Sencillamente terrible. Y él… un joven tan bueno.

Cuando Sylvia terminó de lamentarse, le di las gracias por la carta. Me cae simpática. Es una de las pocas personas capaces de descubrir, más allá de las arrugas de mi cara, la persona de veinte años que habita en mí. No obstante, me niego a entablar con ella una conversación sobre Marcus.

Le pedí que abriera las cortinas. Ella frunció los labios un instante, antes de emprenderla con otro de sus temas favoritos: el clima, la probabilidad de que nevara en Navidad, los estragos que eso causaría a los internos artríticos. Hice los comentarios de rigor, pero mi mente estaba ocupada en el sobre que tenía en el regazo, preguntándose acerca de la escritura despareja, los sellos de otro país, los bordes desgastados que hablaban de una larga travesía.

—Bueno, ¿quiere que le lea la carta para que sus ojos no se cansen? —sugirió Sylvia, dando a las almohadas el voluntarioso toque final que las dejaría mullidas.

—No, gracias. ¿Podría en cambio alcanzarme las gafas?

Cuando por fin se fue, tras prometer que regresaría para ayudarme a vestirme una vez finalizada su ronda, extraje la carta del sobre. Las manos me temblaban mientras me preguntaba si, por fin, él regresaría.

Pero la carta no era de Marcus sino de una joven que estaba haciendo una película sobre el pasado. Me pedía que supervisara los escenarios y juzgara su autenticidad, que recordara objetos y lugares de tiempos lejanos. Como si no hubiera pasado toda la vida tratando de olvidar.

Ignoré la carta. La plegué cuidadosa y serenamente, guardándola dentro de un libro que hacía tiempo había desistido de leer. Y después suspiré. No era la primera vez que recordaba lo que había sucedido con Robbie y las hermanas Hartford en Riverton. Una vez vi la última parte de un documental en la televisión. Algo que estaba mirando Ruth, acerca de corresponsales de guerra. Cuando la cara de Robbie llenó la pantalla y su nombre apareció escrito debajo en una tipografía sencilla, se me erizó la piel. Pero eso fue todo. Ruth no se inmutó, el narrador continuó, y yo seguí secando los platos de la cena.

En otra ocasión, mientras leía en el periódico la guía de programas de televisión, mis ojos toparon con un nombre familiar. Uno de los programas conmemoraba los setenta años de la cinematografía británica. Me fijé en la hora en que se emitiría. Mi corazón estaba alborotado, dudaba si me atrevería a verlo. Al final fue una verdadera decepción. Casi no mencionaban a Emmeline. Sólo mostraron algunas fotos publicitarias —ninguna de ellas reflejaba su verdadera belleza— y un fragmento de una de sus películas mudas, La dama espera, donde aparecía muy rara: con mejillas hundidas y movimientos torpes, como los de una marioneta. No se hacía referencia a otros filmes, a los que habían causado el escándalo. Supongo que no los consideraban dignos de mención en estos días promiscuos e indulgentes.

Pero, si bien ya me había encontrado con esos recuerdos con anterioridad, la carta de Ursula me resultó perturbadora. Era la primera vez, en casi setenta años, que alguien me asociaba con esos hechos cayendo en la cuenta de que una joven llamada Grace Reeves estuvo ese verano en Riverton. En cierto modo aquello me hizo sentir vulnerable, identificable. Culpable.

No. Mi decisión era categórica. No respondería a la carta.

Y así fue.

No obstante, me sucedió algo curioso. Los recuerdos que durante largo tiempo había arrinconado en los oscuros confines de mi mente encontraron grietas por donde filtrarse. Las imágenes surgieron con una claridad que me dejó pasmada, con total nitidez, como si el tiempo no hubiera pasado. Tras las primeras y tímidas gotas siguió el diluvio: conversaciones enteras, palabra por palabra, con sus más mínimos matices. Las escenas se desarrollaban como en una película.

Yo misma me sorprendí. Las polillas han abierto agujeros en mis recuerdos recientes; sin embargo, el pasado lejano está claro y nítido. Últimamente los fantasmas de aquella época me visitan a menudo y me asombra descubrir que no me preocupan demasiado. Al menos, no tanto como suponía. En efecto, los espectros de los que he tratado de escapar toda mi vida se han convertido casi en un consuelo, algo que agradezco. Espero ansiosa su aparición, como si fueran protagonistas de una de esas series de las que siempre habla Sylvia, y que le hacen completar sus rondas a toda prisa para poder verlas en la sala principal. Había olvidado —o eso creía— que en medio de la oscuridad quedaban recuerdos brillantes.

La semana pasada, cuando llegó la segunda carta, el mismo fino papel escrito con la misma letra garabateada, supe que diría «sí», que aceptaría inspeccionar los escenarios. Sentía curiosidad, algo que no había experimentado desde hacía tiempo. No hay muchas cosas que despierten curiosidad a los noventa y ocho años, pero quería conocer a esa Ursula Ryan que planeaba revivirlos a todos, que tanto se apasionaba con esa historia.

De modo que le escribí una carta, le pedí a Sylvia que la enviara y acordamos una cita.

Capítulo 2

Capítulo 2
EL SALÓN

Esta mañana, cuando desperté, descubrí que durante la noche el hilo que me había tenido en vilo toda la semana se había convertido en nudo. Sylvia me ayudó a ponerme un vestido de seda nuevo, el que Ruth me compró para Navidad, y a cambiar mis zapatillas por el par de zapatos de calle que habitualmente languidecen en mi guardarropa. El cuero estaba rígido y Sylvia tuvo que esforzarse para poder calzármelos, pero ése es el precio del decoro. Soy demasiado vieja para aprender nuevos hábitos y no tolero la propensión de los internos más jóvenes a usar sus zapatillas cuando salen.

Mi cabello, que siempre fue claro, es ahora blanco como el algodón, y muy quebradizo. Su debilidad aumenta con el paso de los días y tengo la certeza de que una mañana me despertaré y comprobaré que he perdido hasta el último pelo; sólo encontraré en mi almohada unas hebras blancas que se esfumarán ante mis ojos. Tal vez no muera nunca, sino que simplemente continuaré consumiéndome hasta que un día, cuando el viento del norte sople, me transporte de aquí para fundirme en parte del cielo.

Los cosméticos devolvieron algo de vida a mis mejillas, pero estuve atenta a no abusar de ellos. Debo ser cauta para no parecer un modelo de funeraria. Sylvia siempre se ofrece a «maquillarme un poco» pero considerando su afición por los párpados sombreados de púrpura y el lápiz labial de colores estridentes temo que el resultado sea catastrófico.

Con cierto esfuerzo abroché el relicario de oro. Su elegancia decimonónica resultó incongruente con mi sencilla vestimenta. Lo enderecé, mientras me preguntaba si era presuntuoso y qué diría Ruth al verme.

Miré hacia abajo. El pequeño marco de plata que está sobre mi tocador tiene una foto de mi boda. Preferiría no tenerla allí —hace tanto tiempo de aquello, y el matrimonio duró tan poco, pobre John…— pero es un gesto de consideración hacia Ruth. Supongo que a ella le agrada creer que lo echo de menos.

Sylvia me ayudó a llegar hasta el salón de visitas —todavía me irrita llamarlo de esa manera— donde estaba servido el desayuno, y donde esperaría a Ruth, que —pese a creer que estaba cometiendo un error— había accedido a llevarme a los estudios Shepperton. Le pedí a Sylvia que me dejara en la mesa que estaba en el rincón y me trajera un zumo. Después ocupé mi tiempo leyendo nuevamente la carta de Ursula.

Ruth llegó a las ocho y media en punto. Posiblemente tuviera dudas acerca de lo atinado de la excursión, pero es y siempre ha sido empedernidamente puntual. He oído que los niños nacidos en tiempos difíciles nunca se libran de esa atmósfera asfixiante y Ruth —una niña de la segunda guerra— confirma la regla. Es muy diferente de Sylvia, que tan sólo con quince años menos va de aquí para allá con faldas ajustadas, se ríe sin recato y cambia el color de su cabello cada vez que cambia de «novio».

Esa mañana Ruth atravesó la sala, bien vestida, inmaculadamente acicalada, pero más rígida que una escoba.

—Buenos días, mamá —saludó, rozando mi mejilla con sus labios fríos. Luego echó un vistazo al vaso medio vacío que tenía delante de mí—. ¿Ya has terminado tu desayuno? Espero que hayas tomado algo más aparte de eso. Es probable que encontremos tráfico en el camino y no tengamos tiempo de parar. —Miró su reloj—. ¿Necesitas pasar al baño?

Negué con la cabeza mientras me preguntaba en qué momento me había convertido en la hija.

—Llevas el relicario de papá. Hacía años que no lo veía —comentó, acercándose para enderezármelo y asintiendo en señal de aprobación—. Era apuesto, ¿verdad?

Asentí a mi vez, conmovida por el hecho de que las pequeñas mentiras dichas a los niños sean incondicionalmente creídas. Sentí una corriente de afecto hacia mi quisquillosa hija, y contuve rápidamente la mustia y antigua culpa que siempre aflora cuando miro su cara ansiosa.

Ella me cogió del brazo, lo enlazó con el suyo y puso el bastón en mi otra mano. Muchos de los internos prefieren andadores o incluso sillas de ruedas con motor, pero yo aún me siento cómoda con mi bastón y soy un animal de costumbres que no encuentra motivo para reemplazarlo por algo más costoso.

Ruth puso en marcha el motor de su coche y nos hundimos en el tráfico que avanzaba lentamente. Es una buena chica mi Ruth: fuerte y leal. Ese día se había vestido muy formal, como si fuera a visitar a su abogado o al médico. Sabía que lo haría. Querría dar una buena impresión. Mostrarle a esa directora de cine que, más allá de lo que su madre hubiera hecho en el pasado, Ruth Bradley McCourt era un miembro respetable de la clase media.

Viajamos un trecho en silencio. Luego Ruth se puso a sintonizar la radio. Sus dedos parecían los de una anciana; vi sus nudillos hinchados a través de los cuales esa mañana habría pasado trabajosamente los anillos. Es sorprendente advertir cómo envejece una hija. Miré mis manos, cruzadas sobre el regazo. Unas manos tan ocupadas en el pasado —dedicadas tanto a tareas menores como a otras complejas—, que ahora yacían grises, fláccidas e inertes. Por fin Ruth eligió un programa de música clásica. Durante un rato el locutor habló, un tanto estúpidamente, sobre su fin de semana. Luego comenzó la música de Chopin. Fue una coincidencia, por supuesto, que precisamente ese día yo escuchara el vals en do sostenido menor.

Ruth detuvo el coche frente a unos edificios enormes, blancos y cuadrados como hangares de aviones. Apagó el motor y se quedó sentada un instante, mirando hacia adelante.

—No sé por qué tienes que hacer esto —declaró serenamente, con los labios entrecerrados—. Has logrado tanto en tu vida, has viajado, estudiado, criado una hija… ¿Por qué quieres ser recordada por lo que fuiste hace tanto tiempo?

Ella no esperaba una respuesta y yo no se la di. De pronto Ruth suspiró, salió rápidamente del coche, sacó mi bastón del maletero y sin decir una palabra me ayudó a bajar.

Ursula estaba esperándonos: era una chiquilla con el cabello rubio muy largo y liso que le caía sobre la espalda y un tupido flequillo cubriéndole la frente. La clase de chica a la que podía haberse calificado de poco agraciada si no hubiera sido bendecida con unos maravillosos ojos negros que recordaban un antiguo retrato al óleo: redondos, profundos y expresivos, con el nítido matiz de la pintura fresca.

Sonrió, hizo un gesto de saludo y se acercó presurosa a nosotras; tomó mi mano, la que tenía enlazada al brazo de Ruth, y la agitó entusiasta.

—Señora Bradley, me siento tan feliz de que haya accedido a ayudarme…

—Grace —corregí, antes de que Ruth se adelantara a pronunciar «doctora»—. Me llamo Grace.

—Grace —Ursula sonrió—, no encuentro palabras para explicarle la emoción que me causó saber que vendría.

Su acento era inglés, algo que me sorprendió porque el domicilio que figuraba en su carta era estadounidense.

—Muchas gracias por haber actuado de chófer —añadió luego, dirigiéndose a Ruth.

Sentí que el cuerpo de Ruth se apretaba contra el mío.

—¿Acaso podía haber metido a mi madre en un autobús?

Ursula rió. Me agradó comprobar que los jóvenes tienen mucha facilidad para interpretar una actitud poco amistosa como una ironía.

—Entremos, hace frío aquí afuera. Disculpen todo este alboroto. Comenzaremos a rodar la semana próxima y la gente está muy nerviosa intentando tener todo listo para entonces. Esperaba que pudiera reunirse con nuestra escenógrafa pero ha tenido que ir a Londres a conseguir unas telas. Tal vez todavía esté aquí cuando ella regrese. Tengan cuidado al atravesar la puerta, hay un pequeño escalón.

Ella y Ruth me condujeron afanosamente hacia un vestíbulo y luego a lo largo de un oscuro corredor en el que se alineaban sucesivas puertas. Algunas estaban entreabiertas y miré hacia adentro; vislumbré misteriosas siluetas frente a brillantes pantallas de monitor. Nada allí se parecía al estudio de grabación donde había estado con Emmeline muchos años atrás.

—Aquí es —anunció Ursula cuando llegamos a la última puerta—. Entremos, pediré que nos traigan té.

En cuanto abrió la puerta, fui catapultada a través del umbral hacia mi pasado.

* * *

Era el salón de Riverton. Incluso el empapelado era el mismo: «Tulipanes brillantes», un diseño art nouveau rojo borgoña del Silver Studio, tan flamante como el día en que los empapeladores llegaron desde Londres. En el centro, frente a la chimenea, un sofá Chesterfield tapizado en cuero, cubierto con sedas de la India, iguales a las que el abuelo de Hannah y Emmeline, lord Ashbury, había traído del extranjero cuando era un joven oficial de la armada. El reloj del barco estaba en el lugar habitual, sobre la repisa de la chimenea, junto al candelabro de Waterford. Alguien se había tomado el enorme trabajo de conseguir ese objeto, pero a cada segundo se revelaba su falsedad. Aun ahora, unos ochenta años después, recuerdo el sonido del reloj de la sala. El modo serenamente insistente de marcar el paso del tiempo: paciente, certero, frío, como si de alguna manera hubiera sabido, incluso entonces, que el tiempo no era amigo de quienes vivían en aquella casa.

Ruth me acompañó hasta el sillón y me dejó allí con el encargo de que permaneciera sentada mientras ella averiguaba dónde estaban los baños «por si fuera necesario». Detrás de mí había gran ajetreo. Algunas personas arrastraban enormes reflectores con patas como de insecto; alguien, en algún lugar, reía. Pero dejé que mi mente vagara. Pensaba en la última vez que estuve en ese salón —el real, no esa escenografía—, el día que supe que me iría de Riverton y jamás regresaría.

Se lo anuncié a Teddy. No le gustó nada, pero para entonces había perdido la autoridad que alguna vez tuvo. Los hechos se la habían arrebatado. Tenía la atónita palidez de un capitán que, consciente de que su barco se hunde, es incapaz de evitarlo. Me pidió que me quedara, me imploró, por lealtad hacia Hannah, alegó, ya que él no me inspiraba ese sentimiento. Y casi lo hice. Casi.

Ruth me dio un golpecito para llamarme la atención.

—Mamá, Ursula está hablándote.

—Lo siento, no me he dado cuenta.

—Mamá es un poco sorda —apuntó Ruth—. Algo previsible a su edad. He tratado de que la examinaran, pero es de lo más obstinada.

Soy obstinada, lo sé. Pero no soy sorda y no me gusta que la gente suponga que lo soy. Mi visión es escasa sin gafas, me canso con facilidad, ya no tengo un solo diente propio y sobrevivo gracias a un cóctel de píldoras, pero puedo oír tan bien como siempre. Lo que sucede es que con la edad he aprendido a escuchar sólo lo que deseo oír.

—Le estaba diciendo, señora Bradley, Grace, que debe de ser extraño volver al pasado. Bueno, a una especie de pasado. Eso seguramente habrá disparado todo tipo de recuerdos.

—Sí —respondí, con una voz deliberadamente tenue—. Así es.

—Me complace saberlo —declaró Ursula, sonriente—. Lo consideraré una señal de que lo estamos haciendo bien.

—Oh, sí.

—¿Hay alguna cosa que esté fuera de lugar? ¿Hemos olvidado algo?

Miré ese escenario de nuevo. Me detuve minuciosamente en los detalles, en el conjunto de símbolos heráldicos colocados junto a la puerta: en el centro, un cardo escocés semejante al grabado de mi relicario.

Sin embargo, faltaba algo. A pesar de su fidelidad, el escenario estaba extrañamente desprovisto de atmósfera. Como una pieza de museo, parecía decir: «Esto es el pasado, interesante, pero lejano y muerto».

Y, como una pieza de museo, carecía de vida.

Desde luego, era comprensible. Para mí, los años veinte son la época de mi juventud: una época de emoción, confusión, dicha y horror. Para los escenógrafos, la década de 1920 es historia antigua. Un periodo que debe ser cuidadosamente investigado y reconstruido, que les requiere prestar tanta atención a los detalles curiosos como si estuvieran diseñando un castillo medieval.

Advertí que Ursula me miraba, esperando con entusiasmo mi veredicto.

—Es perfecto —repuse por fin—. Todo está en su lugar.

Luego ella añadió algo que me sobresaltó:

—Salvo la familia.

—Sí —afirmé—. Salvo la familia. —Mientras parpadeaba, por un momento pude verla. Emmeline, tendida en el sofá, todo piernas y pestañas; Hannah leyendo con el ceño fruncido uno de los libros de la biblioteca; Teddy caminando sobre la alfombra de Besarabia.

—Tengo la impresión de que Emmeline llevó una vida muy entretenida —opinó Ursula.

—Sí.

—La investigación sobre ella fue sencilla. Su nombre aparece prácticamente en todas las crónicas de sociedad de entonces. Por no mencionar las cartas y los diarios íntimos de la mitad de los hombres solteros de la época.

—Siempre fue popular —observé, después de asentir con la cabeza.

Medio ocultos por el flequillo, los ojos de Ursula me miraban.

—Pero definir el personaje de Hannah no fue tan fácil.

—¿No? —pregunté, después de aclarar la voz.

—Era más misteriosa. No se trata de que los periódicos no la mencionaran; que lo hacían. También tenía sus admiradores. Sin embargo, aparentemente no eran muchas las personas que realmente la conocían. La admiraban, incluso la veneraban, pero en el fondo no sabían nada de ella.

Pensé en Hannah. La hermosa, inteligente, anhelante Hannah.

—Era una personalidad compleja.

—Sí —asintió Ursula—, ésa fue mi impresión.

—Una de ellas se casó con un estadounidense, ¿verdad? —preguntó Ruth, que había estado escuchando.

La miré, sorprendida. Siempre se había propuesto no saber absolutamente nada sobre los Hartford.

Ella me devolvió la mirada.

—He estado leyendo algunas cosas.

Eso significaba que se había preparado para la ocasión, sin importar cuán desagradable le resultara el asunto.

Ruth volvió a dirigirse a Ursula y habló cautelosamente, arriesgándose a cometer un error.

—Creo que se casó después de la guerra. ¿Cuál de las dos fue?

—Hannah. —Por fin lo había hecho. Había dicho su nombre en voz alta.

—¿Qué ocurrió con la otra hermana? —continuó Ruth—. ¿Emmeline se casó alguna vez?

—No —respondí—. Estuvo comprometida.

—Innumerables veces —acotó Ursula, sonriendo—. Por lo visto no podía decidirse por un solo hombre.

Pero lo hizo. Finalmente lo hizo.

—Supongo que jamás sabremos con exactitud qué ocurrió esa noche —opinó Ursula.

—No. —Mis pies cansados comenzaban a protestar a causa de los zapatos de cuero. Por la noche estarían hinchados. Sylvia gruñiría y luego insistiría en que los pusiera en remojo—. Supongo que no.

Ruth se irguió en su asiento.

—Pero seguramente usted sabrá lo que ocurrió, señorita Ryan. Después de todo, es el tema de su película.

—Desde luego —contestó Ursula—. Sé lo fundamental. Mi bisabuela tenía parentesco político con las hermanas Hartford y estaba en Riverton esa noche. Su relato se ha convertido en una suerte de leyenda familiar que pasó de una generación a otra. Mi bisabuela se lo contó a mi abuela, ella a mi madre, y por fin llegó hasta mí. En realidad, he oído la historia muchas veces. Me causó una enorme impresión y siempre supe que algún día la transformaría en una película —explicó sonriendo, mientras se encogía de hombros—. Sin embargo, hay algunos agujeros en la historia. Tengo muchas carpetas con material que obtuve en mi investigación. Los informes policiales y los periódicos están repletos de datos, pero todo es de segunda mano. Y sospecho que además la información ha sido duramente censurada. Desgraciadamente, las dos personas que fueron testigos del suicidio han muerto hace años.

—Debo decir que me parece un tema algo morboso para una película —comentó Ruth.

—Por el contrario, es fascinante —rebatió Ursula—. Una prometedora figura de la poesía inglesa se mata una noche, junto a un oscuro lago, en el transcurso de una fiesta de la alta sociedad. Los únicos testigos son dos hermosas hermanas que desde entonces no vuelven a dirigirse la palabra. Una, su novia. La otra, según se rumoreaba, su amante. Es terriblemente romántico.

Los nudos de mi estómago se aflojaron un poco. De modo que ella pensaba abordar el núcleo de la historia de la manera habitual. Me pregunté por qué había supuesto otra cosa. Y también: qué equivocado sentido de la lealtad había hecho que me preocupara tanto; por qué, después de tantos años, todavía me preocupaba lo que la gente pudiera pensar.

Pero lo sabía. El señor Hamilton me lo había dicho el día de mi partida, cuando estaba de pie en el escalón superior de la entrada de servicio, con la bolsa de cuero donde había guardado mis escasas pertenencias, mientras la señora Townsend lloraba en la cocina. Me dijo que era algo que llevaba en mi sangre, que lo mismo había sucedido con mi madre, y antes de ella, con sus padres; que era una estúpida por haber decidido partir, por no valorar un buen puesto, con una buena familia. Había criticado la pérdida de lealtad y orgullo que caracterizaban al pueblo inglés y había jurado que no permitiría que esa actitud se infiltrara en Riverton: no habíamos luchado y ganado la guerra para después abandonar nuestras tradiciones.

En ese momento sentí pena por él, tan rígido, tan seguro de que al dejar el servicio elegía el camino de la ruina moral y económica. Sólo mucho tiempo después comencé a comprender cuán aterrorizado debía de estar, cuán despiadados debían de haberle parecido los rápidos cambios sociales que lo cercaban y le mordían los talones. Cuán desesperadamente ansiaba mantener las antiguas usanzas y certezas.

Pero en parte había estado en lo cierto. No en cuanto a las consecuencias ruinosas; mis finanzas y mi moral no empeoraron por haber abandonado Riverton. Sin embargo, una parte de mí nunca se iría de esa casa o, más bien, una parte de esa casa nunca me dejaría. Durante años, el olor a Giffen —el producto que se usaba para pulir la plata—, el ruido de los neumáticos sobre la grava, el sonido de algún timbre me devolvían a mis catorce años, al cansancio después de un largo día de trabajo, a la taza de chocolate en el comedor de servicio mientras el señor Hamilton leía en voz alta algunos pasajes de The Times —aquellos que consideraba adecuados para nuestros impresionables oídos—, Myra fruncía el ceño ante algún comentario irreverente de Alfred y la señora Townsend roncaba suavemente en la mecedora, con sus agujas de tejer y la madeja apoyadas sobre su generoso regazo.

—Aquí está —indicó Ursula—. Gracias, Tony.

Junto a mí había aparecido un joven, trayendo una improvisada bandeja con tazas y un viejo tarro de mermelada lleno de azúcar. Dejó su carga en la mesa auxiliar donde Ursula comenzó a servirla. Ruth me pasó una de las tazas.

—Mamá, ¿qué es esto? —preguntó mientras sacaba un pañuelo y lo pasaba por mi cara—. ¿No te sientes bien?

Yo sentía que mis mejillas estaban húmedas.

Era el efecto del olor del té y de estar allí, en esa habitación, sentada en ese sofá. Era el peso de los recuerdos lejanos. De los secretos largamente guardados. El choque de pasado y presente.

—Grace, ¿puedo hacer algo por usted? —Esta vez era Ursula quien hablaba—. Tal vez desee que apaguemos la calefacción.

—Voy a tener que llevarla a casa —anunció Ruth—. Sabía que no era una buena idea. Es demasiado para ella.

Sí. Quería volver a casa. Estar en casa. Me sentía flotar. El bastón guiaba mi mano. Las voces se arremolinaban a mi alrededor.

—Lo siento —repuse, a nadie en particular—. Es sólo que estoy cansada. Muy cansada. Desde hace años.

Me dolían los pies que protestaban por su confinamiento. Una persona atenta —Ursula quizá— tendió su mano para sostenerme y aferró mi brazo. Un viento frío golpeó mis mejillas húmedas.

Poco después me encontré en el coche de Ruth. Las casas, los árboles, las señales del camino iban quedando vertiginosamente atrás.

—No te preocupes, mamá. Ya ha pasado todo —aseguró Ruth—. Me siento responsable. No debí haberte llevado.

Posé mi mano en su brazo. Percibí su nerviosismo.

—Debí haber confiado en mi instinto —prosiguió—. Fue una estupidez de mi parte.

Cerré los ojos. Escuché el zumbido del radiador, la cadencia del limpiaparabrisas, el rumor del tráfico.

—Eso es, trata de descansar un poco —indicó Ruth—. Pronto estarás en casa. No tendrás que volver más a ese lugar.

Sonreí, sentí que me relajaba.

Es demasiado tarde. Estoy en casa. Estoy de vuelta.

The braintree daily herald

The Braintree Daily Herald
17 DE ENERO DE 1925

Identificado el cuerpo hallado en Preston’s Gorge: una beldad local muerta

El cuerpo encontrado ayer por la mañana en Preston’s Gorge ha sido identificado como el de una bella dama y actriz de cine de la zona, la honorable señorita Emmeline Hartford, de veintiún años de edad. La señorita Hartford viajaba de Londres a Colchester cuando su automóvil chocó con un árbol y rodó cuesta abajo hacia el desfiladero.

En Godley House, la casa de la señora Frances Vickers, una amiga de la infancia de la señorita Hartford, esperaban su llegada el domingo por la tarde. Ante la demora, la señora Vickers dio aviso a la policía.

El juez de instrucción llevará a cabo una investigación para determinar la causa del accidente, pero la policía no sospecha que se trate de un crimen. De acuerdo con los testigos, lo más probable es que el accidente fuera resultado de la alta velocidad y del suelo resbaladizo a causa del hielo.

La hermana mayor de la señorita Hartford es la honorable señora Hannah Luxton, quien está casada con el diputado del Partido Conservador por Saffron Walden, el señor Theodore Luxton. Tanto el señor como la señora Luxton han evitado hacer comentarios. No obstante, los abogados de la familia, Gifford and Jones, han hecho pública una declaración en su nombre, en la que hablan de su conmoción y solicitan respeto a su privacidad.

Ésta no es la primera tragedia que acaece a la familia en los últimos tiempos. El verano pasado la señorita Emmeline Hartford y la señora Hannah Luxton fueron desafortunados testigos del suicidio de lord Robert S. Hunter en la finca Riverton. Poco tiempo antes, en reconocimiento a su obra poética, lord Hunter había recibido el premio de literatura que otorga The Times.

Capítulo 3

Capítulo 3
EL CUARTO DE LOS NIÑOS

Hace una mañana templada, anticipo de la primavera, y estoy sentada en el banco de hierro del jardín, debajo del olmo. Me hace bien tomar un poco de aire fresco —eso dice Sylvia—, de modo que aquí estoy, escondiendo el rostro ante el tímido sol invernal y volviendo a mostrarlo, como si arrullara a un bebé; mis mejillas están tan frías y mustias como un par de melocotones dejados demasiado tiempo en la nevera.

He estado pensando en aquel día, cuando comencé a trabajar en Riverton. Puedo recordarlo con claridad. Los años transcurridos se pliegan como el fuelle de un acordeón y estoy en junio de 1914. Vuelvo a tener catorce años: ingenua, torpe, aterrorizada, subo detrás de Myra un tramo de escalera tras otro. A cada paso su falda produce un enérgico frufrú que suena como una crítica a mi inexperiencia. Yo la sigo afanosamente. El asa de mi maleta me corta los dedos. Pierdo de vista a Myra cuando gira para subir un tramo más, confío en que el siseo de su falda me indicará el camino.

Al llegar al final de la escalera, Myra continuó por un oscuro corredor de techo bajo, y se detuvo por fin, con un nítido taconazo, ante una pequeña puerta. Se volvió y frunció el ceño mientras yo avanzaba renqueando hacia ella. Sus ojos, tan oscuros como su cabello, lanzaban una mirada reprobatoria.

—¿Qué demonios te pasa? —preguntó, con un inglés apocopado, incapaz de disimular la modulación irlandesa de las vocales—. No sabía que fueras tan lenta. La señora Townsend nunca lo mencionó, estoy segura.

—No soy lenta. Es por la maleta. Pesa mucho.

—Nunca he visto semejantes aspavientos —protestó Myra—. No sé qué clase de criada esperas ser si no puedes llevar una maleta con ropa sin quejarte. Ruega que el señor Hamilton no te vea arrastrando la aspiradora como un saco de harina.

Abrió la puerta. La habitación era pequeña y austera e, inexplicablemente, olía a patatas. Pero la mitad —una cama de hierro, una cómoda y una silla— sería para mí.

—Y bien, aquél es tu lado —señaló, apuntando con la cabeza hacia el extremo de la cama—. Yo ocupo éste y agradeceré que no toques nada. —Myra pasó sus dedos por la superficie de su cómoda, acarició un crucifijo, una Biblia y un cepillo para el cabello—. Aquí no se toleran los dedos pegajosos. Ahora deshaz tu maleta, ponte el uniforme y baja para comenzar con tus tareas. No te entretengas en el camino y, por amor de Dios, no salgas de la zona de servicio. Hoy a mediodía llega el amo y se servirá un almuerzo. Todos estaremos ocupados en atenderlo. Lo último que necesito es tener que vigilarte. Espero que no seas una holgazana.

—No, Myra —contesté, comprendiendo su insinuación de que yo pudiera ser una ladrona.

—Bien, eso ya lo veremos —replicó meneando la cabeza—. No entiendo, les informé de que necesitaba una chica nueva y, ¿qué me envían?: no tienes experiencia, tampoco referencias, y a juzgar por tu aspecto, eres una holgazana.

—No soy…

—Shhh —refutó Myra y pateó el suelo para indicarme que me callara.

—La señora Townsend comenta que tu madre era rápida y hábil y que de tal palo, tal astilla. Todo lo que puedo decirte es que, por tu bien, espero que sea cierto. Lady Violet no estará dispuesta a soportar holgazanas como tú ni tampoco yo.

En un último gesto desdeñoso, Myra meneó la cabeza, giró sobre sus talones y me dejó a solas en esa oscura y diminuta habitación del piso alto de la casa.

Fru fru, fru fru, fru fru…

Escuché conteniendo el aliento.

Por fin, cuando el sonido se perdió, fui de puntillas hacia la puerta, la cerré y me dediqué a observar mi nuevo hogar.

No había mucho que ver. Pasé la mano por la cama, agachando la cabeza en la parte abuhardillada. Sobre el colchón había una manta gris; uno de los extremos había sido remendado por una mano competente. En la pared se veía el único atisbo de decoración de toda la habitación: una pequeña pintura enmarcada, que ilustraba una rudimentaria escena de caza, un ciervo atravesado por una flecha, de cuyo flanco herido manaba sangre. Aparté rápidamente la mirada del animal agonizante.

Me senté con cuidado, sigilosamente, temiendo arrugar la funda del mullido colchón. El chirrido de los muelles de la cama me hizo dar un respingo, me sentí reprendida y el rubor subió por mis mejillas.

Una estrecha ventana proyectaba un rayo de luz polvoriento. Me arrodillé en la silla para mirar hacia fuera.

La habitación estaba en la parte trasera de la casa, y a gran altura. Podía ver todo el sendero que atravesaba el jardín de rosas y continuaba por las glorietas, hacia la fuente que estaba al sur. Sabía que más allá estaba el lago y hacia el otro lado el pueblo donde había pasado mis primeros catorce años. Imaginaba a mi madre sentada junto a la ventana de la cocina, donde había más luz, con la espalda encorvada sobre la ropa que zurcía.

Me pregunté cómo se estaría arreglando sin mí. En los últimos tiempos había empeorado. Por las noches la oía quejarse en su cama, a causa del dolor de los agarrotados huesos de su columna. A veces amanecía con los dedos tan rígidos que tenía que ayudarla a sumergirlos en agua tibia y frotarlos contra los míos para que al menos pudiera coger un carrete de hilo de su costurero. La señora Rodgers, una vecina del pueblo, iría a verla todos los días y el buhonero pasaba por allí dos veces por semana pero, aun así, mi madre pasaría muchísimo tiempo sola. Era poco probable que pudiera continuar con el zurcido sin mí. ¿Qué haría para conseguir dinero? Mi escaso salario ayudaría, pero ¿no habría sido mejor que me quedara con ella?

Sin embargo, ella había insistido en que solicitara ese empleo. Se negó a escuchar mis argumentos en contra. Sólo meneó la cabeza y me recordó que la suya era la voz de la experiencia. Había oído que buscaban una chica y estaba segura de que yo sería la persona indicada. No dijo una palabra acerca de cómo lo supo. Uno de los típicos secretos de mi madre.

—No está lejos —apuntó—. Podrás venir a casa y ayudarme en tus días libres.

Seguramente mi expresión me traicionó y dejó en evidencia mi reparo ante esa idea, porque ella extendió su mano para tocar mi mejilla. Era un gesto poco habitual, que yo no esperaba. La sorpresa de sentir sus manos ásperas, sus uñas melladas por las agujas, me estremeció.

—Bueno, bueno, niña. Sabías que el tiempo pasaría y tendrías que encontrar un empleo. Es por tu bien. Una oportunidad. Ya verás. No hay muchos lugares donde acepten a una muchacha tan joven. Lord Ashbury y lady Violet no son malas personas. Y el señor Hamilton puede parecer estricto pero en el fondo no es más que un hombre justo. También la señora Townsend. Si trabajas mucho y cumples con lo que se te ordene no tendrás problemas. —Me pellizcó fuertemente la mejilla con sus dedos temblorosos—. Y no olvides cuál es tu lugar, Grace. Hay muchas jovencitas que se meten en líos por ese motivo.

Yo había prometido cumplir lo que me pedía, y el sábado siguiente, vestida con mi ropa de domingo, subí caminando la colina hacia la gran mansión donde me entrevistaría lady Violet.

Éste es un hogar pequeño y tranquilo, me contó ésta; sólo vivían allí su esposo, lord Ashbury, que pasaba la mayor parte del tiempo ocupado con sus negocios y clubes, y ella misma. Sus dos hijos, el mayor James y el señor Frederick, ya eran adultos y vivían en sus respectivas casas junto a sus familias. No obstante, solían ir de visita, y si mi trabajo era satisfactorio y decidían que siguiera formando parte del servicio, seguramente los vería. Por ser sólo ellos los habitantes permanentes de Riverton se bastaban sin un administrador y dejaban en las diestras manos del señor Hamilton la dirección de las tareas. La señora Townsend, la cocinera, estaba a cargo de las cuestiones concernientes a la cocina. Si ellos me aprobaban, ésa era recomendación suficiente para que conservara mi puesto.

Lady Violet hizo una pausa y me miró detenidamente, de una manera que me hizo sentir atrapada, como un ratón en un frasco de vidrio. Sin duda había advertido que el bajo de mi vestido tenía las marcas de las veces que habíamos adecuado su largo a mi creciente estatura; que el pequeño zurcido de mis medias, donde se rozaban con los zapatos, se estaba desgastando; que mi cuello y mis orejas eran demasiado largos.

Luego había parpadeado y sonreído, con una sonrisa que dio a sus ojos el aspecto de gélidas medias lunas.

—Bien, tu aspecto es limpio, y el señor Hamilton dice que sabes coser.

Ella se puso de pie mientras yo asentía, alejándose en dirección al escritorio, mientras arrastraba ligeramente su mano por el borde de la silla.

—¿Cómo está tu madre? —había preguntado, sin volverse a mirarme—. ¿Sabías que también ella sirvió en esta casa?

A lo cual le respondí que lo sabía y que mi madre estaba bien, «gracias por su interés», e incluso me acordé de llamarla madame.

Aparentemente había dicho lo correcto, porque inmediatamente después me ofreció quince libras al año para que comenzara a trabajar al día siguiente e hizo sonar la campanilla para que Myra me acompañara hasta la salida.

Aparté mi cara de la ventana, borré la marca que había dejado mi aliento y bajé.

Mi maleta estaba donde la había dejado caer, junto a la cama de Myra. La arrastré hacia la cómoda que me correspondía. Traté de no mirar al ciervo sangrante, inmortalizado en su terrible instante final, mientras guardaba en el primer cajón mi escasa ropa: dos faldas, dos blusas y un par de medias negras que mi madre me había dejado que zurciera para que las aprovechara en el invierno. Luego eché un vistazo a la puerta y con el corazón palpitante descargué mi cargamento secreto.

Eran tres volúmenes en total. Tapas verdes, con las puntas arqueadas y letras impresas en dorado algo desvaídas. Los escondí en la parte posterior del último cajón y las cubrí con mi mantón, doblándolo cuidadosamente para dejarlos completamente ocultos. El señor Hamilton había sido claro: se aceptaba la Sagrada Biblia pero cualquier otro material de lectura podía ser considerado perjudicial y debía ser presentado ante él para que diera su aprobación, a riesgo de ser incautado. Yo no era una rebelde —más bien lo contrario, tenía un férreo sentido del deber—, pero me resultaba inconcebible vivir sin Holmes y Watson.

Guardé la maleta debajo de la cama.

Un uniforme colgaba del gancho que estaba detrás de la puerta: falda negra, delantal blanco, cofia de encaje. Me lo puse, sintiéndome como una niña que había descubierto el guardarropa de su madre. La falda era rígida al tacto y el cuello me arañaba la nuca; largas horas de uso lo habían moldeado a la medida de una persona más grande que yo. Cuando até el delantal una minúscula polilla blanca salió revoloteando en busca de un nuevo lugar donde esconderse, entre las vigas del techo. Anhelé volar junto a ella.

La cofia de encaje blanco estaba almidonada para que la parte delantera quedara erguida. Usé el espejo colocado sobre la cómoda de Myra para asegurarme de que estuviera derecha y para acomodar mi cabello claro sobre las orejas, como me había enseñado mi madre. La jovencita del espejo me llamó la atención, y pensé que su cara era muy seria. Es un sentimiento extraño el que surge en las raras ocasiones en que captamos nuestra propia imagen inmóvil. Un momento imprevisto, libre de artificio, en el que incluso olvidamos engañarnos a nosotros mismos.

* * *

Sylvia me ha traído una taza de té humeante y una porción de budín de limón. Se sienta junto a mí en el banco de hierro y echando un vistazo a la oficina saca un paquete de cigarrillos. (Es curioso el modo en que mi evidente necesidad de aire fresco parece coincidir siempre con su necesidad de una pausa encubierta para fumar un pitillo). Me ofrece uno. No acepto, como de costumbre, y ella alega, como hace siempre:

—A su edad tal vez sea lo mejor. Fumaré uno por usted.

Está guapa esta mañana, se ha hecho algo distinto en el cabello. Se lo digo. Ella asiente, echa una bocanada de humo e inclina la cabeza. Una larga cola de caballo aparece sobre su hombro.

—Son extensiones —explica—. He querido ponérmelas desde hace tiempo y pensé: la vida es demasiado corta para no ser glamurosa. Parece cabello auténtico, ¿verdad?

Tardo en responder, y ella supone que es señal de consentimiento.

—Porque lo es, es cabello verdadero, como el que usan los famosos. Tóquelo.

—Por Dios —exclamo, acariciando la gruesa cola de caballo—, es cabello auténtico.

—Hoy todo es posible —comenta Sylvia. Al agitar su cigarrillo, advierto que sus labios han dejado en él un anillo húmedo de color púrpura—. Por supuesto, eso cuesta. Afortunadamente tenía guardado un poco para algún momento de necesidad.

Sylvia sonríe. Brilla como una ciruela madura y adivino el motivo que justifica su nueva imagen. Como era previsible, surge del bolsillo de su blusa.

—Anthony —indica sonriente.

Comienzo una representación: me pongo las gafas, miro la imagen de un hombre maduro, con bigotes canosos.

—Parece adorable.

—Oh, Grace —exclama Sylvia suspirando de felicidad—, lo es. Sólo hemos ido a tomar el té un par de veces pero tengo un buen presentimiento. Es realmente un caballero, no como esos vagos con los que he salido anteriormente. Me abre la puerta, me trae flores, me arrima la silla cuando salimos. Un caballero como los de antes.

Esto último, debo decirlo, se agrega para complacerme, dado que se supone que los ancianos no pueden evitar emocionarse con lo anticuado.

—¿A qué se dedica? —le pregunto.

—Da clases en un instituto. De Historia e Inglés. Es terriblemente inteligente. Y solidario, también. Trabaja como voluntario para la Academia de Historia. Dice que su hobby es investigar acerca de todos esos lores, duques y duquesas. Sabe muchas cosas sobre esa familia que usted conocía, la que vivía en la gran casa cercana a Hastings Hill… —Sylvia se detiene y entrecierra los ojos mientras mira hacia la oficina. Luego pone los ojos en blanco—. Oh, Dios. Es la enfermera Ratchet. Ya debería estar haciendo mi ronda para servir el té. Seguramente Bertie Sinclair se ha quejado otra vez. Creo que se haría a sí mismo un favor si se privara de un bizcocho de vez en cuando. —Apaga rauda el cigarrillo y envuelve la colilla en un pañuelo de papel—. En fin, la maldad no descansa. ¿Le traigo algo antes de atender a los demás? Apenas ha probado su té.

Le aseguro que estoy bien, y ella corre por el jardín. La cola de caballo acompaña el movimiento de sus caderas.

Es bueno que me atiendan, que me traigan el té. Me gusta pensar que me he ganado este pequeño lujo. El señor sabe cuántas veces me ha tocado servirlo. A veces me entretengo imaginando cómo le habría ido a Sylvia sirviendo en Riverton. El silencioso y obediente recato del servicio doméstico no va con ella. Es demasiado campechana; no agacharía la cabeza por más que la reprendieran sobre su «lugar». No, Myra no habría encontrado en Sylvia una alumna tan dócil como yo.

La comparación difícilmente sería justa, lo sé. La gente ha cambiado mucho. El siglo nos ha aporreado y magullado. Incluso los jóvenes y privilegiados de hoy usan su cinismo como una insignia, con su mirada vacía y la mente llena de cosas que nunca quisieron saber.

Es una de las razones por las cuales nunca he hablado sobre las Hartford y Robbie Hunter y lo que ocurrió entre ellos. Y eso, a pesar de que algunas veces consideré la posibilidad de hacerlo, de librarme de esa carga. A Ruth. O más probablemente a Marcus. Pero, antes de comenzar, de alguna manera supe que eran demasiado jóvenes para comprender. Que me mirarían y harían preguntas tales como «¿Por qué ella simplemente no…?», y «¿Por qué no podían…?». Y que mi respuesta inevitablemente los desilusionaría: «Eran otros tiempos».

Por supuesto, aun entonces percibíamos claras señales de progreso. La primera guerra —la Gran Guerra— trastocó absolutamente todo. Cuando, tras la guerra, el nuevo personal comenzó a llegar (y a despedirse, como suele suceder), lleno de ideas sobre salarios mínimos y días de descanso, nos causó gran conmoción. Antes de eso, sólo había una manera de concebir el mundo, sus diferencias eran simples e intrínsecas.

Durante mi primera mañana en Riverton, el señor Hamilton me pidió que fuera a su despacho, una suerte de oficina contigua a la sala de los sirvientes, donde lo encontré encorvado, planchando The Times para evitar que la tinta le manchara los dedos. Se irguió, enderezando la montura redondeada de sus gafas sobre el tabique de su larga y brillante nariz, que siempre me recordó un apagavelas. Mi iniciación en los «usos y costumbres» era algo tan importante que la señora Townsend había interrumpido excepcionalmente su tarea —estaba asando la carne del almuerzo— para presenciarla. El señor Hamilton inspeccionó minuciosamente mi uniforme. Luego, aparentemente satisfecho, comenzó su lección acerca de la diferencia entre nosotros y ellos.

—Nunca olvides —declaró gravemente— que eres realmente afortunada por haber sido invitada a servir en una gran casa como ésta. Y junto con la buena fortuna llega la responsabilidad. Todos los aspectos de tu conducta se reflejan en la familia y debes hacerles justicia: guardar sus secretos y merecer su confianza. Recuerda que el amo es siempre quien más sabe. Obsérvalo, a él y a su familia. Sírvelos con obediencia, solicitud y gratitud. Sabrás que tu trabajo está bien hecho cuando pase desapercibido, que logras el éxito cuando tu persona parezca invisible.

El señor Hamilton miró hacia arriba, observó el aire que flotaba encima de mi cabeza, con su piel saludablemente rosada bañada de emoción.

—Y no olvides nunca, Grace, el honor que te conceden al permitirte servir en su casa.

Puedo imaginar qué habría dicho Sylvia ante esto. Ciertamente, no habría aceptado las instrucciones como yo hice. No habría sentido su rostro paralizado por la gratitud y la vaga e indefinible emoción de haber sido ascendida un escalón en la jerarquía del mundo.

Giré en el banco y noté que se había olvidado la fotografía: ese nuevo hombre que la tenía fascinada con su conversación sobre historia, aficionado a recopilar datos sobre la aristocracia. Conozco a las personas como él, esas que guardan recortes de prensa y fotografías para esbozar complejos árboles genealógicos de familias a las que no tienen acceso.

Tal vez suene desdeñosa pero no lo soy. Me interesa, e incluso me intriga, saber de qué modo el tiempo borra las vidas reales y deja sólo vagas impresiones. La carne y el espíritu se desvanecen, sólo quedan los nombres y los datos.

Cierro los ojos otra vez. El sol ha aparecido y ahora mis mejillas están tibias.

Los compañeros de Riverton han muerto hace mucho tiempo. Mientras que a mí la edad me ha marchitado, ellos permanecen eternamente juveniles, eternamente bellos.

Tal parece que me estoy volviendo sentimental y romántica. Porque ellos no son jóvenes ni bellos. Están muertos. Enterrados. No son nada. Meras imágenes que rondan los recuerdos de aquellos que alguna vez los conocimos.

Pero, por supuesto, quienes viven en la memoria jamás están realmente muertos.

* * *

La primera vez que vi a Hannah, Emmeline y su hermano David, conversaban sobre los efectos de la lepra en el rostro humano. Para entonces ya llevaban una semana en Riverton —visitaban el lugar todos los años durante el verano— pero hasta ese momento yo sólo había captado ocasionales ráfagas de sus risas y los ecos de pasos apresurados sobre la chirriante estructura de la vieja mansión.

Myra había insistido en que yo era demasiado inexperta para confiarme tareas que implicaran conocimiento del protocolo social —aun cuando tuviera que tratar con los más jóvenes— y me había destinado a trabajos que me mantuvieran alejada de los visitantes. Mientras los otros sirvientes se preparaban para la llegada de los invitados adultos, que se produciría en dos semanas, yo era responsable del cuarto de los niños.

En rigor, ya eran demasiado grandes para necesitar ese cuarto, según apuntó Myra, y probablemente no lo usarían, pero era una tradición, y en consecuencia la amplia habitación del segundo piso, en el extremo del ala este, debía ser ventilada y aseada, y las flores que la adornaban debían reemplazarse a diario.

Puedo describir esa habitación, pero me temo que ninguna descripción logrará transmitir la extraña atracción que ejercía sobre mí. Era grande, rectangular y sombría, y mostraba la palidez de un decoroso abandono. La impresión era desoladora. Como en los viejos cuentos, parecía haber caído sobre ella un hechizo, una maldición que la había mantenido dormida durante un siglo. La atmósfera pesada, densa y fría parecía suspendida sobre los objetos. Y en la casa de muñecas que estaba junto a la chimenea se veía la mesa servida para una fiesta cuyos invitados jamás llegarían. El empapelado de la pared, en su día de listas azules y blancas, se había transformado con el tiempo y la humedad en un gris opaco; el papel estaba manchado en algunas partes y despegado en otras. Escenas desvaídas de los cuentos de Hans Christian Andersen colgaban de una de las paredes: el valiente soldado de plomo lanzándose al fuego, la bella joven de zapatos rojos, la pequeña sirena que añoraba su pasado. En su lugar se percibían fantasmagóricas presencias infantiles, olía a moho y a polvo acumulado durante mucho tiempo. Estaba difusamente vivo.

Había una chimenea tiznada de hollín, y un sillón de cuero delante de unas enormes ventanas con forma de arco en la pared adyacente. Si uno se subía al oscuro banco de madera y miraba a través de los cristales sellados con plomo, podía distinguir un patio donde dos leones de cobre montaban guardia sobre sus desgastados pedestales, contemplando el cementerio construido en el valle que estaba más abajo.

Un extenuado caballo de madera descansaba junto a la ventana. Majestuoso, moteado de gris, sus bondadosos ojos negros parecían agradecer que les hubiera quitado el polvo. Y a su lado, en silenciosa comunión, estaba Raverley. El negro y curtido perro de caza que había pertenecido a lord Ashbury cuando era un niño. Había muerto tras quedar una de sus patas aprisionada en una trampa. El taxidermista había hecho un buen trabajo intentando disimular la herida pero ningún artificio era capaz de ocultar lo que acechaba detrás. Yo solía cubrir a Raverley mientras trabajaba. Dejaba caer sobre él una funda, que apenas me permitía fingir que no estaba allí, con la herida abierta debajo de su piel remendada, mirándome con sus ojos vidriosos y opacos.

Pero a pesar de todo aquello —de Raverley, del olor que delataba el lento deterioro, del empapelado desgastado— el cuarto de los niños se convirtió en mi lugar favorito. Día tras día, tal como estaba previsto, lo encontraba vacío. Los niños se entretenían en otro lugar de la finca. Yo solía hacer mis tareas habituales a toda prisa para disponer de algunos minutos y entretenerme allí a solas. Lejos de las constantes observaciones de Myra, del adusto gesto de reprobación del señor Hamilton, de la sospechosa camaradería de los otros sirvientes, que me hacía pensar que aún tenía mucho que aprender. Allí dejaba de contener el aliento, disfrutaba de la soledad e imaginaba que la habitación era mía.

En ella había libros, en abundancia, más de los que jamás había visto juntos: aventuras, relatos, cuentos de hadas se amontonaban en altos estantes a cada lado de la chimenea. Una vez me atreví a coger uno, que elegí por la sencilla razón de que me atrajo particularmente su lomo. Pasé mi mano por la antigua cubierta, lo abrí y leí atentamente el nombre impreso: TIMOTHY HARTFORD. Después pasé las gruesas páginas, respiré el polvo mohoso que se desprendía de ellas y fui transportada a otra época y a otro lugar.

Había aprendido a leer en la escuela del pueblo y mi maestra, la señorita Ruby, contenta por haber encontrado en una alumna un interés tan poco frecuente, había comenzado a prestarme libros de su propia biblioteca: Jane Eyre, Frankenstein, El castillo de Otranto. Cuando se los devolvía, comentábamos nuestros pasajes favoritos. Fue la señorita Ruby quien me sugirió que debía ser maestra. Mi madre no se mostró demasiado complacida cuando se lo conté. A su juicio las grandes ideas que la señorita Ruby sembraba en mi cabeza no nos darían de comer. Poco tiempo después me envió a la colina de Riverton, hacia Myra y el señor Hamilton, hacia la habitación de los niños.

Y durante algún tiempo ésa fue mi habitación, y sus libros fueron míos.

Pero un día apareció la niebla y comenzó a llover. Mientras iba presurosa por el pasillo entusiasmada con la idea de examinar una enciclopedia ilustrada para niños que había descubierto el día anterior, me detuve abruptamente. Se oían voces provenientes de la habitación. Me dije que seguramente era el viento, que traía el eco desde otro lugar de la casa. Una ilusión. Pero cuando abrí la puerta y escudriñé el interior sentí el impacto. Allí había gente. Jóvenes, que armonizaban a la perfección con ese lugar encantador.

Y en ese instante, sin señal o ceremonia alguna, la habitación dejó de ser mía. Me quedé inmóvil, paralizada por la indecisión, dudando sobre la conveniencia de seguir con mis tareas o regresar más tarde. Volví a observarlos, intimidada por sus risas; por sus voces claras y seguras; por sus cabellos brillantes, con trenzas aún más brillantes.

Tomé la decisión cuando vi las flores marchitas en el jarrón, sobre la chimenea. Durante la noche los pétalos habían caído y se habían desparramado a su alrededor; pensé que me reprenderían por eso. No podía arriesgarme a que Myra los viera. Ella había sido muy clara al explicarme mis obligaciones, asegurándose de que las comprendiera: si defraudaba a mis superiores, mi madre se enteraría.

Recordé las instrucciones del señor Hamilton. Aferrando el recogedor y la escoba junto al pecho me acerqué de puntillas hasta la chimenea, concentrada en ser invisible. No tuve que esforzarme. Esos jóvenes estaban habituados a compartir su casa con un ejército de seres invisibles. Me ignoraron, mientras yo simulaba ignorarlos.

Eran dos chicas y un chico. La menor rondaría los diez años, el mayor no llegaba a los diecisiete. Los tres tenían los rasgos característicos de los Ashbury: el cabello dorado y los ojos del color azul nítido y claro de la porcelana Wedgwood, herencia de la madre de lord Ashbury, una danesa que —según contaba Myra— se había casado por amor, por lo que le habían dejado sin dote y desheredado. Sin embargo, añadía también Myra, el que ríe último ríe mejor, porque cuando el hermano de su esposo murió ella se convirtió en lady Ashbury y así pasó a formar parte de la nobleza británica.

La niña más alta, de pie en el centro de la habitación, blandía un puñado de papeles donde, según proclamaba, se detallaban los síntomas de la lepra. La menor estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas; miraba a su hermana con sus grandes ojos azules, mientras rodeaba distraídamente con el brazo el cuello de Raverley. Me sorprendió y me espantó a la vez ver que lo habían arrastrado desde su rincón para hacerlo extrañamente partícipe de la escena. El chico, arrodillado en el banco que estaba junto a la ventana, miraba a través de la niebla, en dirección al cementerio.

—Entonces, Emmeline, vuelves el rostro y miras al auditorio: tu cara estará completamente atacada por la lepra —apuntó la niña más alta, regodeándose.

—¿Qué es la lepra?

—Una enfermedad de la piel —explicó la mayor—. Úlceras y supuraciones, normalmente.

—Tal vez tendríamos que hacer que se pudra su nariz, Hannah —propuso el chico, guiñando el ojo a Emmeline.

—No —gimió ella.

—No seas tan infantil, Emmeline. No lo haremos de verdad —repuso Hannah—. Fabricaremos una máscara. Algo horrendo. Trataré de encontrar en la biblioteca algún libro de medicina que tenga ilustraciones.

—No entiendo por qué tengo que ser yo la leprosa —se quejó Emmeline.

—Considéralo la voluntad de Dios —le aconsejó Hannah—. Él lo escribió.

—Pero ¿por qué tengo que hacer el papel de Miriam? ¿No puedo interpretar otro?

—No hay otros papeles —indicó Hannah—. David será Aarón porque es el más alto, y yo seré Dios.

—¿No puedo ser Dios?

—A decir verdad, no. Tú querías el papel principal.

—Lo quería, y lo quiero —confirmó Emmeline.

—En ese caso… Dios ni siquiera estará sobre el escenario —explicó Hannah—. Yo recitaré mi parte detrás de la cortina.

—Podría interpretar a Moisés —propuso Emmeline—. Raverley puede ser Miriam.

—No harás el papel de Moisés —refutó Hannah—. Necesitamos a una verdadera Miriam. Ella es mucho más importante que Moisés, que sólo dice una frase. Ésa es la razón para incluir a Raverley. Yo puedo decir su frase desde detrás de la cortina, puedo incluso eliminar el personaje de Moisés.

—Tal vez podamos representar otra escena —sugirió esperanzada Emmeline—. Una con María y el niño Jesús.

Hannah resopló fastidiada.

Los jóvenes ensayaban una obra. Alfred, el lacayo, me había contado que el fin de semana habría un recital familiar en la ribera. Era una tradición: algunos miembros de la familia cantaban, otros recitaban poesía y los niños siempre representaban una escena del libro predilecto de su abuela.

—Hemos elegido esta escena porque es importante —afirmó Hannah.

—Tú la has elegido porque dices que es importante —replicó Emmeline.

—Exactamente —corroboró Hannah—. Se trata de un padre que tiene dos tipos de reglas: unas para sus hijos y otras para sus hijas.

—Me parece absolutamente razonable —opinó irónicamente David.

Hannah lo ignoró.

—Miriam y Aarón son culpables de lo mismo: opinar sobre la boda de su hermana.

—¿Qué dicen?

—No es importante, sólo están…

—¿Dicen cosas mezquinas?

—No, y ésa no es la cuestión. Lo importante es que Dios decide que Miriam debe ser castigada con la lepra mientras que Aarón no recibe más que un sermón. ¿Eso te parece justo, Emme?

—¿Moisés se casó con una mujer africana? —preguntó Emmeline.

Hannah meneó la cabeza, exasperada. Observé que lo hacía a menudo. En la impetuosa energía que animaba los movimientos de sus largas extremidades se reflejaba su frustración. Emmeline, por el contrario, tenía la calculada actitud de una muñeca dotada de vida. Los rasgos de ambas hermanas, similares si se los consideraba individualmente —dos narices ligeramente aguileñas, dos pares de ojos intensamente azules, dos hermosas bocas— se volvían singulares en el rostro de cada una de ellas. Mientras Hannah daba la impresión de una bella reina, apasionada, misteriosa, cautivadora, Emmeline era una belleza más accesible. Aunque todavía era casi una niña, había algo en sus labios, entreabiertos cuando estaba en silencio, en sus ojos enormes, que me recordaba una sofisticada fotografía que había visto una vez, cuando cayó del bolsillo del buhonero.

—Y bien. Lo hizo, ¿verdad?

—Sí, Emme —respondió David, riendo—. Moisés se casó con una mujer etíope. Hannah está frustrada sencillamente porque nosotros no compartimos su pasión por el sufragio femenino.

—¡Hannah! No hablará en serio, ¿no? Tú no estás a favor del sufragio femenino, ¿verdad?

—Pues claro que estoy a favor —afirmó Hannah—. Y también tú.

Emmeline bajó la voz.

—¿Papá lo sabe? Si lo supiera se pondría furioso.

—Bah —refutó Hannah—. Papá es un gatito.

—Yo lo veo más como un león —opinó Emmeline, con los labios temblorosos—. Por favor, Hannah, no hagas que se enfade.

—En tu lugar no me preocuparía, Emme —aseguró David—. En este momento, estar a favor del sufragio femenino está de moda entre las mujeres de la alta sociedad.

Emmeline lo miró incrédula.

—Fanny jamás ha comentado nada.

—Toda la gente importante lucirá su traje de etiqueta cuando haga su debut la próxima temporada —concluyó David.

Emmeline lo miró con los ojos muy abiertos.

Yo escuchaba desde mi lugar, junto a la biblioteca, preguntándome de qué hablaban. Nunca había oído la palabra «sufragio» pero tenía una vaga idea. Debía de ser una clase de enfermedad, como la que había aquejado a la señora Nammersmith, en el pueblo, cuando se quitó el corsé en la procesión de Pascua y su esposo tuvo que llevarla a Londres para que la atendieran en un hospital.

—Eres un maldito provocador —le reprendió Hannah—. Que papá sea tan injusto como para impedir que Emmeline y yo vayamos al colegio no significa que debas hacernos parecer estúpidas a cada momento.

—No lo hago —contestó David, sentado en la caja de los juguetes, mientras apartaba un rizo de sus ojos.

Yo inspiré profundamente, él era tan guapo y rubio como sus hermanas.

—De todos modos, no os estáis perdiendo mucho. La escuela no es tan importante como creéis.

—Oh —exclamó Hannah, levantando la ceja en señal de desconfianza—. Pues a menudo pareces complacerte en demostrar cuánto me estoy perdiendo. —Sus ojos se abrieron exageradamente; parecían dos lunas azules y gélidas. La emoción impregnaba su voz—. ¿Acaso has hecho algo terrible por lo que vayas a ser expulsado?

—Por supuesto que no —respondió rápidamente David—. Sólo pienso que estudiar no es la única manera de aprender. Mi amigo Hunter sostiene que la vida misma es la mejor educación.

—¿Hunter?

—Ingresó este año en Eton. Su padre es una especie de científico. Por lo visto ha descubierto algo lo suficientemente importante para que el rey le otorgue el título de marqués. Está un poco loco. También Robert, si creyera lo que dicen los otros chicos, pero a mí me parece que es genial.

—Bueno —repuso Hannah—, tu loco amigo Robert Hunter es afortunado. Puede darse el lujo de desdeñar su educación. Pero ¿cómo se supone que me convertiré en una respetable autora teatral si papá insiste en mantenerme en la ignorancia? —Hannah suspiró, frustrada—. Desearía ser un chico.

—Si tuviera que ir al colegio, lo detestaría —declaró Emmeline—. También detestaría ser hombre. No tendría vestidos, los sombreros serían de lo más aburridos, tendría que hablar todo el tiempo de política y deportes…

—Me encantaría hablar de política —afirmó Hannah, con tanta vehemencia que algunos cabellos se soltaron de sus rizos cuidadosamente peinados—. Empezaría por hacer que Herbert Asquith concediera a las mujeres el derecho de votar. Incluso a las jóvenes.

David sonrió.

—Podrías ser la primera autora teatral que se convirtiera en primer ministro de Gran Bretaña.

—Creía que ibas a ser arqueóloga —recordó Emmeline—, como Gertrude Bell.

—Política, arqueóloga, puedo ser ambas cosas. Estamos en el siglo XX. —Hannah frunció el ceño—. Si tan sólo papá me permitiera recibir una educación adecuada…

—Ya sabes lo que piensa sobre la educación de las niñas —apuntó David.

Emmeline expresó su acuerdo con una frase hecha:

—El sufragio femenino conduce a la perdición. De todos modos, papá dice que la señorita Prince nos da toda la educación que necesitamos.

—Lo dice porque espera que nos convierta en aburridas esposas de hombres aburridos, que hablan correctamente francés, tocan aceptablemente el piano y tienen la cortesía de perder en el extravagante juego del bridge. De ese modo causaremos menos problemas.

—Papá afirma que a nadie le gusta una mujer que piensa demasiado —señaló Emmeline.

David puso los ojos en blanco.

—Como esa mujer canadiense que lo apartó de las minas de oro con sus discursos políticos. Nos perjudicó a todos.

—No quiero agradarle a todo el mundo —aclaró Hannah aguzando tercamente el mentón—. Tendría una pobre opinión de mí si eso ocurriera.

—Alégrate entonces —declaró David—. Puedo decirte a ciencia cierta que a un buen número de nuestros amigos no les agradas.

Hannah frunció el ceño, pero su gesto se suavizó al asomar una leve sonrisa.

—Hoy no asistiré a sus apestosas lecciones. Estoy harta de recitar «La dama de Shallot» mientras ella estruja su pañuelo y lloriquea.

—Ella llora por su propio amor frustrado —precisó Emmeline suspirando.

Hannah entornó los ojos con fastidio.

—Es la verdad —insistió Emmeline—. Lo escuché cuando la abuela se lo contaba a lady Clem. Antes de trabajar en nuestra casa, la señorita Prince estaba comprometida e iba a casarse.

—Supongo que él recapacitó —ironizó Hannah.

—Se casó con su hermana.

La frase de Emmeline acalló a Hannah, pero sólo un instante.

—Ella debió haberlo demandado por no cumplir con su compromiso.

—Lady Clem dice que debía haber exigido una reparación aún mayor, pero la abuela cree que la señorita Prince no quiso causarle problemas.

—Entonces es una estúpida —declaró Hannah—. Está mejor lejos de él.

—Qué romántico —comentó maliciosamente David—. La pobre dama está desesperadamente enamorada de un hombre que no puede tener y a ti te molesta leerle de vez en cuando un triste poema. Crueldad, ése es tu nombre, Hannah.

—No soy cruel sino práctica —puntualizó Hannah con firmeza—. El romanticismo hace que las personas se comporten tontamente y pierdan la dignidad.

David sonreía divertido, como un hermano mayor convencido de que con el tiempo Hannah cambiaría su manera de pensar.

—Es la verdad —afirmó obstinadamente Hannah—. La señorita Prince debería dejar de sufrir y comenzar a ocupar su mente, y la nuestra, en cosas de interés, como la construcción de las pirámides, la ciudad perdida de la Atlántida, las hazañas de los vikingos…

Emmeline bostezó y David alzó sus manos indicando que se daba por vencido.

—Estamos perdiendo el tiempo —señaló Hannah, mientras recogía sus papeles—. Volvamos al momento en que Miriam enferma de lepra.

—Lo hemos ensayado cientos de veces —indicó Emmeline—. ¿No podemos hacer otra cosa?

—¿Como qué?

Emmeline se encogió de hombros, dudando.

—No lo sé. —Su mirada se desvió hacia David—. ¿Podemos jugar El Juego?

No. Aquél no era momento para El Juego. Era sólo el juego. Un juego. Hasta donde yo podía comprender esa mañana, Emmeline podía referirse al juego de partir castañas, a las canicas o a las tabas. Pasaría algún tiempo hasta que El Juego se inscribiera con letras mayúsculas en mi mente y pudiera asociarlo con secretos, fantasías y aventuras inimaginables. Esa mañana húmeda y gris, mientras las gotas golpeaban los cristales de la habitación de los niños, ni siquiera podía sospecharlo.

Oculta detrás del sillón recogía los pétalos secos que se habían desparramado mientras pensaba cómo sería tener hermanos. Siempre había deseado tener uno. Se lo había dicho una vez a mi madre; le había preguntado si podía tener una hermana. Alguien con quien conversar y tener una relación de complicidad, con quien compartir secretos y soñar. Tan grande era el valor que le asignaba a la relación fraternal que incluso deseaba tener alguien con quien pelear. Mi madre se había reído, pero sin ganas, y había dicho que no cometería dos veces el mismo error.

Me preguntaba qué se sentiría al pertenecer a un grupo, al encarar el mundo como miembro de una tribu donde los demás eran, de hecho, aliados. Pensaba en eso mientras limpiaba distraídamente el sillón, cuando algo se movió debajo de mi trapo. Una manta se agitó y una voz femenina gruñó:

—¿Qué pasa? ¡Hannah! ¡David!

Esa mujer era la vejez personificada. Estaba hundida entre los almohadones, oculta a la vista. Debía de ser Nanny. Había oído hablar sobre ella en voz baja y reverente en distintos lugares de la casa. Ella había criado al propio lord Ashbury cuando era un niño y era una institución familiar tan venerable como la casa misma.

Me quedé paralizada, con el trapo en la mano, ante la mirada de tres pares de claros ojos azules.

—¿Hannah? ¿Qué ocurre? —repitió la anciana.

—Nada, Nanny —contestó Hannah—. Sólo estamos ensayando para el recital. Lo haremos en voz más baja desde ahora.

—Tened cuidado de no alterar demasiado a Raverley, encerradlo dentro.

—Sí, Nanny —declaró Hannah, cuya voz denotaba tanta sensibilidad como temperamento—. Nos aseguraremos de que esté bien y tranquilo. —Volvió a envolver a la diminuta anciana con la manta—. Eso es, Nanny querida, descanse.

—Bueno —susurró Nanny, adormilada—, dormiré un rato.

Sus ojos se cerraron y en unos instantes su respiración se tornó profunda y regular.

Yo contenía el aliento, esperando que uno de los niños hablara. Los tres continuaban mirándome con ojos muy abiertos. Los segundos pasaban lentamente, y mientras tanto me vi a mí misma haciendo frente a Myra o, peor aún, al señor Hamilton, que me pedían explicaciones: ¿cómo había interrumpido el sueño de Nanny? Y acto seguido de vuelta en casa, despedida y sin referencias, frente al rostro disgustado de mi madre.

Pero ellos no me reprendieron, no me miraron con el ceño fruncido, no me criticaron. Hicieron algo mucho más imprevisible: se dejaron llevar por su impulso y rieron estridentemente, abiertamente. Se desternillaban de risa dejando ver su complicidad.

Yo permanecí de pie, observándolos, en actitud de alerta. Su reacción me inquietaba más que el silencio que la había precedido. No pude evitar que mis labios temblaran.

Por fin la mayor de las niñas logró hablar.

—Soy Hannah —se presentó, secándose los ojos—. ¿Nos conocemos?

Respiré profundamente e hice una reverencia.

—No, señora. Soy Grace.

Emmeline rió socarronamente.

—Ella no es «señora». Es, simplemente, señorita.

—Soy Grace, señorita —corregí, evitando mirarla, e hice una nueva reverencia.

—Me suena tu cara —insistió Hannah—. ¿Estás segura de no haber estado aquí en Pascua?

—Sí, señorita. Empecé a trabajar aquí hace un mes.

—No pareces tener edad suficiente para ser criada —afirmó Emmeline.

—Tengo catorce años, señorita.

—Qué coincidencia, también yo —señaló Hannah—. Emmeline tiene diez y David es prácticamente un anciano de dieciséis.

—¿Y siempre sacudes el polvo de la cabeza de las personas mientras duermen, Grace? —preguntó entonces David.

Emmeline comenzó a reír nuevamente.

—Oh, no, señor. Sólo esta vez.

—Qué lástima —declaró David—. Así nos evitaríamos tener que bañarnos.

Yo me sentí cohibida. Mis mejillas ardían. Nunca antes había estado frente a un verdadero caballero. No uno de mi edad, del tipo que podía hacer que mi corazón se desbocara cuando hablaba de darse un baño. Es extraño. Ahora soy una anciana, y sin embargo, cuando pienso en David, el eco de aquellas viejas sensaciones vuelve a surgir dentro de mí. Entonces siento que todavía no estoy muerta.

—No le hagas caso —me aconsejó Hannah—. Se cree muy gracioso.

—Sí, señorita.

Hannah me observó burlonamente, como si quisiera decirme algo más, pero antes de que pudiera hacerlo se oyó el ruido de pasos rápidos y suaves que subían las escaleras y avanzaban por el pasillo. Tap, tap, tap, tap…

Emmeline corrió hacia la puerta y miró a través del ojo de la cerradura.

—Es la señorita Prince —anunció, mirando a Hannah—. Viene hacia aquí.

—Rápido —susurró decididamente Hannah—. O nos torturará con Tennyson.

Oí pasos veloces y faldas que crujían. Antes de que pudiera darme cuenta de lo que ocurría los tres habían desaparecido. La puerta se abrió de pronto y entró una ráfaga de aire frío y húmedo. Una figura remilgada entró en la habitación.

La señorita Prince observó detenidamente la sala; por fin su mirada se posó sobre mí.

—Tú —demandó—, ¿has visto a los niños? Llegan tarde a su clase. Los he estado esperando en la biblioteca durante diez minutos.

Yo no era una mentirosa, y no puedo explicar qué me llevó a hacerlo. Pero en ese momento, mientras la señorita Prince me miraba a través de sus gafas, no lo pensé dos veces.

—No, señorita Prince —contesté. No los he visto desde hace rato.

—¿Estás segura?

—Sí, señorita.

Ella seguía mirándome fijamente.

—Estoy segura de haber oído voces en esta habitación.

—Sólo la mía, señorita. Estaba cantando.

—¿Cantando?

—Sí, señorita.

El silencio parecía prolongarse eternamente. Sólo se quebró cuando la señorita Prince golpeó tres veces la palma de su mano con el puntero y comenzó a recorrer lentamente el perímetro de la habitación. Tap… tap… tap… tap…

Cuando llegó a la casa de muñecas advertí que el lazo de la falda de Emmeline quedaba a la vista. Tragué saliva.

—Yo…, ahora que lo pienso creo haberlos visto cuando miré por la ventana. Estaban en el cobertizo de los botes. Junto al lago.

—Junto al lago —repitió la señorita Prince. Se dirigió hacia las ventanas de estilo francés y trató de distinguirlos entre la niebla. La luz caía sobre su pálido rostro—. «Donde los sauces palidecen, tiemblan los álamos, las leves brisas se estremecen y ensombrecen».

En aquel momento yo no conocía los poemas de Tennyson. Sin embargo, pensé que había hecho una bonita descripción del lago.

—Sí, señorita —repuse.

Un instante después ella se volvió hacia mí.

—Le pediré al jardinero que vaya a buscarlos. ¿Cuál es su nombre?

—Dudley, señorita.

—Le pediré a Dudley que los traiga. No debemos olvidar que la puntualidad es una virtud inestimable.

—No, señorita —convine, haciendo una reverencia.

La señorita Prince atravesó indiferente la habitación y cerró la puerta detrás de ella.

Los niños aparecieron como por arte de magia; se habían ocultado en la casa de muñecas, detrás de las cortinas polvorientas.

Hannah me sonrió, pero yo no podía comprender qué me había pasado. Por qué lo había hecho. Estaba confundida, avergonzada, excitada. Hice una reverencia y salí apresuradamente. Mientras huía por el pasillo sentía que mis mejillas ardían. Ansiaba encontrarme otra vez a salvo, en la sala de los sirvientes, lejos de esos raros y extravagantes niños-adultos y de los extraños sentimientos que despertaban en mí.