I

I

Solo hoy, al quinto día, puedo decir que no estoy seguro. El martes, sin embargo, cuando fui al puerto a despedir a Alicia, estaba convencido de que era esta la mejor solución. En rigor es lo que siempre quise: que ella enfrentara sus remordimientos, su enfermiza demora en lo que pudo haber sido, su nostalgia de otro pasado y, por ende, de otro presente. No tengo rencores, no puedo tenerlos, ni para ella ni para Lucas. Pero quiero vivir tranquilo, sin esa suerte de fantasma que asiste a mi trabajo, a mis comidas, a mi descanso. De noche, después de la cena, cuando hablamos de mi oficina, de los chicos, de la nueva sirvienta, sé que ella piensa: «En lugar de este podría estar Lucas, aquí, a mi lado, y no habría por qué hablar».

La verdad es que ella y él siempre fueron semejantes, estuvieron juntos en su interés por las cosas —aun cuando discutían agresivamente, aun cuando se agazapaban en largos silencios— y actuaban siguiendo esa espontánea coincidencia que a todos los otros —los objetos, los amigos, el mundo— nos dejaba fuera, sin pretensiones. Pero ella y yo somos indudablemente otra combinación, y precisamos hablar. Para nosotros no existe la protección del silencio; casi diría que, desde el momento que lo tenemos, la conversación acerca de trivialidades propias y ajenas nos protege a su vez de esos horribles espacios en blanco en que tendemos a mirarnos y al mismo tiempo a huirnos las miradas, en que cada uno no sabe qué hacer con el silencio del otro. Es en esas pausas cuando la presencia de Lucas se vuelve insoportable, y todos nuestros gestos, aun los tan habituales como tics, nuestro redoble de uñas sobre la mesa o la presión nerviosa de los nudillos hasta hacerlos sonar, todo ello se vuelve un elíptico manipuleo, todo ello, a fuerza de eludirla, acaba por señalar esa presencia, acaba por otorgarle una dolorosa verosimilitud que, agudizada en nuestros sentidos, excede la corporeidad.

Cuando miro a Adelita o a Martín jugando tranquilamente sobre la alfombra, y ella también los mira, y ve, como yo veo, una sombra de vulgaridad que desprestigia sus caritas casi perfectas, sé que ella especula más o menos conscientemente acerca de la luz interior, del toque intelectual que tendrían esos rostros si fueran hijos de Lucas en vez de míos. No obstante, a mí me gusta la vulgaridad de mis hijos, me gusta que no reciten poemas que no entienden, que no hagan preguntas sobre cuanto no puede importarles, que solo les conmueva lo inmediato, que para ellos aún no hayan adquirido vigencia ni la muerte ni el espíritu ni las formas estilizadas de la emoción. Serán prácticos, groseros —Martín, especialmente— en el peor de los casos, pero no cursis, no pregonadamente originales, y eso me satisface, aunque reconozca toda la torpeza, toda la cobardía de esta tímida, inocua venganza.

II

Lo peor de todo es que no siento odio. El odio sería para mí una salvación y a veces lo echo de menos como a un antípoda de la felicidad. Pero ellos se han portado tan correctamente; han establecido, de común e inconsciente acuerdo, un código tan juicioso de sus renuncias, que, de mi parte, instalarme en el odio sería el modo más fácil de convertirme a los ojos de ambos en algo irremediablemente odioso, tan irremediable y tan odioso como si ellos me enfrentaran sonriendo y me dijeran: «Te hemos puesto los cuernos».

Creo poder aspirar a que si alguna vez se acuestan juntos, yo haya quedado al margen mucho antes; tal como ellos aspiran, estoy seguro, a que si alguna vez no puedo ni aguantarlos ni aguantarme, diga que se acabó, sencillamente, sin caer en la tontería de discutirlo. Mientras tanto, esto representa, aunque no lo parezca, un equilibrio. Alicia otorga mansamente, cuidadosamente, la atención y las caricias que le exigimos. Los niños y yo. Pero es como si hubiéramos prefabricado este vínculo, como si ella nos hubiese adoptado, a los niños y a mí, y ahora no supiese en dónde ni a quién dejarnos. Y como trata de hacer menos ostensible el esfuerzo que le cuesta su naturalidad, yo se lo agradezco y ella agradece mi agradecimiento.

Lucas, por su parte, se ha eliminado discretamente de la escena; no tanto, sin embargo, como para que su ausencia se vuelva sospechosa. Por eso nos escribe una carta por quincena, en la que pormenoriza su vida periodística, sus proyectos literarios, su labor de traductor. Por eso le escribo yo también una carta quincenal, en la que opino sobre política, reniego de mi empleo y detallo los adelantos escolares de Martín y Adelita; carta que termina siempre con unas líneas marginales de Alicia en las que envía «cariñosos recuerdos al buen amigo Lucas».

III

Muchas veces me he interrogado en este cuaderno acerca de mí mismo. La estricta verdad es que he ido limitando mis aspiraciones. Hubo un tiempo en que me creí inteligente, bastante inteligente; era cuando obtenía asombrosas notas en el liceo y mis padres suspendían por un instante su insoluble conflicto para mirarse satisfechos y abrazarme, conscientes de que iba camino de convertirme en una buena inversión. Pero llegó el momento de dejar la carrera, de echar mano a lo que había aprendido tan brillantemente, y me encontré con una incapacidad total para efectuar un balance, para iniciar una contabilidad, para formular un contraasiento. Claro que todo esto lo adquirí más tarde, pero no lo debo a mi desprestigiada inteligencia, sino a mi práctica porfiada y trabajosa.

Hubo un tiempo, asimismo, en que me creí capaz de sufrir y disfrutar una de esas pasiones sobrecogedoras que justifican una existencia. Creí sentirla por dos o tres mujeres, todas mayores que yo, que me trataban previstamente como a un muchacho y escuchaban mi teoría de la pasión como quien oye llover. Eso me daba tanta rabia que me apartaba con la doble intención de atraerlas y fastidiarlas. Ellas, claro, ya no lo tomaban a la tremenda; yo tampoco, ya que las olvidaba. Solo mucho tiempo después me daba cuenta de que nada había existido, de que la pretendida pasión me desbordaba a priori, antes de que alguna mujer la reclamase. Aun Alicia... Pero lo de Alicia es más complejo y tal vez sea mejor explicármelo aparte.

De modo que, perdida la esperanza de creerme inteligente o apasionado, me queda la menos presuntuosa de saberme sincero. Para saberme sincero he empezado estas notas, en las que castigo mi mediocridad con mi propio y objetivo testimonio. Es cierto que el mundo rebosa de vulgares, pero no de vulgares que se reconozcan como tales. Yo sí me reconozco. Por otra parte, comprendo que este orgullo absurdo no me brinda nada, como no sea un bochornoso fastidio de mí mismo.

Ahora bien, ¿de qué depende mi vulgaridad? ¿Con qué, con quién debo medirla, compararla? Que la reconozca en mis acciones, en mis intenciones, en mis torpezas, no significa un encono especialmente destinado a mi carácter. Tampoco los otros, salvo inseguras excepciones— me parecen geniales. Sí, todo el mundo me parece vulgar, pero eso tampoco prueba nada, con excepción de que mi concepto de lo excelso, de lo destacable, de lo extraordinario, no es nada vulgar, ya que lo reputo inalcanzable. ¿Entonces? Entonces, nada.

IV

Temo que las notas de este domingo ocupen más carillas que de costumbre. Alicia sigue en Buenos Aires, Martín está en el cine y Adelita fue a ver a la abuela. El cielo gris, cercano, que difunde mi ventana, es —también él— un mediocre, un cielo sin Dios y sin sol, una excelsa chatura que nunca me impresiona. El otro cielo, brillante, luminoso, el de las ansias de vivir y las películas en tecnicolor, es una falsa alarma. Mi cielo es este y debo aprovecharlo. Escribiré toda la tarde, en esta rara soledad, porque me encuentro a gusto, porque siempre me agrada ajustar mis cuentas personales, tomar conciencia de las comprobaciones más desoladoras, enterarme mejor de cómo soy.

A veces pienso si esta preocupación por investigar mis propias reacciones no confirmaría una antigua creencia de Alicia: que soy un egoísta reincidente. Para ella esto debe constituir una evidencia tan tangible, que considera enojoso decírmelo. Admiro su tacto, siempre lo he admirado, y francamente no sé si no preferiría que ella me insultara, que me gritara hasta provocar en sí misma, junto con el pretexto de las lágrimas, la liberación de tantos reproches y tantos perdones. Después de todo, qué curioso, qué extraño sería para nosotros otro tipo de vida, con discusiones, llantos, estallidos. Recuerdo cómo me sorprendió el rostro de Alicia cuando la muerte de su padre. Nunca la había visto llorar, y en aquel instante, en que había perdido su serenidad y una desesperada resignación, una horrible impotencia aflojaba su tensión habitual, parecía de veras una muchacha inerme, abrazada a mí, con los cabellos en desorden sobre el rostro, desbordada al fin por la amargura. Naturalmente, era solo una errata y los cinco últimos años se han encargado de rectificarla, de convencerme de que aquello fue una claudicación momentánea, un inexplicable desconcierto que nada tenía que ver con su esencia verdadera.

V

Pensándolo mejor, tal vez sea esta una buena ocasión para narrarlo todo; desde este presente que ahora me revela antiguos deseos y, lo que es mucho peor, antiguas carencias de deseos. Pero ¿por dónde empezar? ¿Cuáles son, en realidad, mis primeros recuerdos? Acaso todo esto haya comenzado mucho antes, cuando yo era una criatura que mi memoria no alcanza a liberar. Siento profunda envidia de ese niño, encastillado en un terrible olvido, perdido para siempre, aunque ahora me lo muestren en conmovedoras fotografías jugando con el perro o inmovilizado en un traje radiante de marinero o abrazado furiosamente a un oso, una prima, una silla.

Siento que allí está el secreto, en esa mirada incompatible con el hombre que ahora soy y en la que está presente —además de una tremenda inocencia, es decir, de toda la ignorancia disponible— otra actitud para sufrir la vida. ¿Qué otro pude haber sido? Sé que estas interrogaciones no me llevarán a nada, pero creo sinceramente, aun sin saber a ciencia cierta por qué, que lo único que excede en mí la vulgaridad es justamente eso que pude ser y que no soy.

La mera posibilidad —aunque sea, en mi caso, una posibilidad frustrada— alcanza para dar otro tono a la vida corriente. No deja de ser curioso que yo crea irracionalmente en que pude haber sido mejor y que a la vez eso baste para amargarme y conformarme. Para mí significa una especie de morosa fruición el imaginar las probables prolongaciones de ciertas dudas del pasado y figurarme cómo habría sido este presente si en tal o cual instante yo me hubiera decidido por el otro rumbo. Pero ¿existe verdaderamente ese otro rumbo? En realidad, solo existe la dirección que tomamos. Lo que pude haber sido ya no vale. Nadie acepta esa moneda; yo tampoco.