La división del trabajo
Puede decirse que, en todas partes, la más importante mejora de las capacidades productivas del trabajo y la mayor parte de la habilidad, la destreza y el raciocinio con los que éste se desempeña o aplica tiene su origen en la división del mismo.
Más fácilmente se comprenderán las consecuencias de la división del trabajo sobre la organización general de la sociedad al considerar de qué manera opera en determinadas manufacturas. Suele suponerse que se lleva a su extremo en algunas de las más insignificantes; no quizá que se utiliza realmente con más profusión en ellas que en otras de mayor relevancia, sino que en esas manufacturas insignificantes únicamente destinadas a cubrir las pequeñas necesidades de un reducido número de personas, la cantidad total de trabajadores debe necesariamente ser pequeña y los ocupados en cada uno de los ramos del trabajo pueden con frecuencia reunirse en el mismo lugar y estar a la vista de cualquiera. Por el contrario, en las grandes manufacturas destinadas a cubrir las necesidades más importantes de la mayoría del pueblo, cualquier ramo de trabajo diferente se sirve de un número tan grande de operarios que es imposible reunirlos a todos en el mismo lugar. De una sola vez, sólo es habitual ver a los empleados en un único ramo. Por consiguiente, aunque en esas manufacturas el trabajo puede realmente dividirse en un número de partes mucho mayor que en las de naturaleza más insignificante, la división, al no ser en modo alguno tan evidente, se ha practicado con mucha menos frecuencia.
Así, citaremos el ejemplo de una manufactura muy insignificante, pero en la que se ha observado muy a menudo el uso de la división del trabajo: se trata del oficio de fabricante de alfileres, en el que es poco probable que un trabajador no preparado para esa actividad (que la división del trabajo ha convertido claramente en oficio), ni familiarizado con el uso de la maquinaria en ella utilizada (a cuya invención probablemente esa misma división del trabajo haya dado lugar), hubiera podido, con toda su industria, fabricar un alfiler al día, y no digamos fabricar veinte. Pero tal como ahora se realiza esta actividad, no sólo toda ella constituye un oficio independiente, sino que se divide en varios ramos, de los cuales la mayor parte son a su vez y en sí mismos oficios. Un hombre estira el alambre, otro lo endereza, un tercero lo corta, un cuarto lo afila y un quinto embota la punta para encajar la cabeza; para fabricar ésta se precisan tres operaciones distintas; colocarla es una actividad independiente, otra es blanquear los alfileres y es incluso un oficio en sí mismo envolverlos en papel; de este modo, la importante labor de fabricar un alfiler queda dividida en unas dieciocho operaciones distintas, que en algunas manufacturas son todas ellas ejecutadas por diferentes manos, aunque en otras el mismo hombre hace en ocasiones dos o tres de ellas. He visto una pequeña manufactura como ésta en la que sólo trabajaban diez hombres y donde, por tanto, algunos de ellos desempeñaban dos o tres operaciones distintas. Pero aunque eran muy pobres y por tanto no estaban bien provistos de la maquinaria necesaria, sí podían, con el debido esfuerzo, fabricar entre todos unas doce libras de alfileres al día. En una libra entran más de cuatro mil alfileres de tamaño medio. De ese modo, esas diez personas podrían fabricar entre todas más de cuarenta y ocho mil alfileres diarios. De suerte que se podría decir que cada persona, si hiciera una décima parte de cuarenta y ocho mil alfileres, estaría fabricando cuatro mil ochocientos diarios. Sin embargo, si todas se hubieran afanado por su cuenta e independientemente, sin que ninguna hubiera sido adiestrada para esa tarea concreta, sin duda cada una no habría siquiera podido fabricar veinte alfileres, quizás ni siquiera uno al día; es decir, sin duda no la parte doscientos cuarenta y quizá no la parte cuatro mil ochocientos de lo que en este momento todos pueden fabricar gracias a una división y combinación adecuadas de sus diferentes operaciones.
En cualquier otro arte y manufactura, los efectos de la división del trabajo son similares a los que se aprecian en esta insignificante tarea; aunque, en muchos de ellos, el trabajo, o bien no puede dividirse tanto, o bien no puede reducirse a operaciones tan sencillas. La división del trabajo, sin embargo, cuando puede introducirse, ocasiona en todas las artes un aumento proporcional de las capacidades productivas. Parece que la separación entre sí de los distintos oficios y actividades ha tenido lugar en razón de esta ventaja. Igualmente, donde esta separación se lleva más lejos es en aquellos países que cuentan con el más alto grado de diligencia y progreso; lo que en una sociedad en estado tosco es obra de un solo hombre, suele ser obra de varios en una sociedad adelantada. En cualquier sociedad adelantada, el campesino no suele ser más que campesino y el menestral, sólo menestral. De igual manera, el trabajo necesario para producir cualquier manufactura completa está casi siempre dividido entre un gran número de manos. ¡Cuántos oficios diferentes se utilizan en cada ramo de las hilaturas de lino y lana, desde los que cultivan el primero a los que recogen el vellón, pasando por los que blanquean y alisan el lino hasta llegar a los tintoreros y tundidores de la tela! En verdad, por su naturaleza, la agricultura no permite subdividir hasta tal punto el trabajo, ni tampoco separar tan completamente una actividad de otra, como se hace en las manufacturas. Es imposible separar la actividad del pastor tan enteramente de la del cultivador de grano como se hace comúnmente entre las del carpintero y el herrero. Quien hila no suele ser casi nunca el mismo que teje, pero el que ara, grada, arroja la simiente y cosecha el grano sí suele ser el mismo. Como la ocasión de desempeñar esas distintas funciones se repite en diferentes épocas del año, sería imposible que un único hombre se dedicara constantemente a realizar cada una de ellas. Quizá esta imposibilidad de establecer una separación total y absoluta entre las diferentes tareas de la labor agrícola sea la causa de que la mejora de las capacidades productivas en este oficio no siempre haya seguido el paso a la apreciada en las manufacturas. Verdaderamente, las naciones más opulentas suelen superar a todos sus vecinos tanto en la agricultura como en las manufacturas, pero lo normal es que se distingan más en las segundas que en la primera. En general, sus tierras están mejor cultivadas y, al disponer de más mano de obra y más caudales, producen más en relación con la extensión del terreno y su natural fertilidad. Pero esta superioridad en la producción pocas veces guarda relación con la mayor cantidad de mano de obra y de capital invertidos. En la agricultura, el trabajo del país rico no siempre es mucho más productivo que el del pobre, o, por lo menos, nunca lo es tanto como suele serlo en las manufacturas. Por consiguiente, el grano del país rico, en el mismo grado de calidad, nunca llegará más barato al mercado que el del pobre. El grano de Polonia, en el mismo grado de calidad, es tan barato como el de Francia, a pesar de la superior opulencia y desarrollo de esta última. El grano francés, en las provincias que lo producen, es igual de bueno, y en la mayoría de los años tiene casi el mismo precio que el de Inglaterra, aunque, en cuanto a opulencia y desarrollo, Francia sea quizá inferior a Inglaterra. No obstante, las regiones ricas en cereales de la segunda están mejor cultivadas que las de la primera, y se dice que las de Francia están mucho mejor cultivadas que las de Polonia. Sin embargo, aunque el país pobre, a pesar de la inferioridad de sus cultivos, pueda en cierta medida rivalizar con el rico por la baratura y calidad de su grano, no podrá aspirar a tal competencia en sus manufacturas; por lo menos cuando éstas convengan al suelo, el clima y la situación del país rico. Las sedas de Francia son mejores y más baratas que las de Inglaterra, ya que sus manufacturas de ese tejido, por lo menos con los elevados aranceles que hoy día pesan sobre la importación de seda cruda, se adaptan menos al clima de Inglaterra que al de Francia. Pero las herramientas de metal y los tejidos de lana ordinaria de Inglaterra son sin duda alguna mejores que los de Francia, y también mucho más baratos en el mismo grado de calidad. En Polonia se dice que escasea cualquier tipo de manufactura, a excepción de algunas de las más corrientes para el hogar, sin las que ningún país puede realmente subsistir.
Este gran incremento de la cantidad de trabajo que, a consecuencia de su división, el mismo número de personas puede desempeñar se debe a tres diferentes circunstancias: primero, a la mayor destreza de cada uno de los operarios; segundo, al ahorro de tiempo que suele perderse al pasar de una actividad a otra; tercero, y último, a la invención de un gran número de máquinas que facilitan y acortan el trabajo, haciendo posible que un solo hombre haga la labor de muchos.
En primer lugar, la mayor destreza del menestral aumenta necesariamente la cantidad de trabajo que puede realizar, y la división del mismo, al reducir la actividad de cada hombre a una simple operación, haciendo de ella la única labor de su vida, no puede sino aumentar enormemente la destreza de ese menestral. Me aseguran que un herrero corriente, aunque hábil con el martillo, que nunca se haya dedicado a fabricar clavos, si en alguna ocasión se viera obligado a intentarlo, apenas podría producir más de doscientos o trescientos al día, y que serían de muy mala calidad. Un herrero acostumbrado a fabricarlos, pero cuya única o principal actividad no haya sido ésa, apenas podrá, aun con toda su diligencia, fabricar más de ochocientos o mil clavos al día. He visto a varios muchachos menores de veinte años que nunca habían hecho más que fabricar clavos y que, poniendo empeño, podían producir, cada uno, más de dos mil trescientos al día. Sin embargo, la fabricación de un clavo no es en modo alguno una actividad sencilla. La misma persona ha de soplar con el fuelle, avivar o aplacar el fuego, según convenga, calentar el hierro y forjar cada una de las partes del clavo: además, para forjar la cabeza también debe cambiar de herramienta. Las diferentes operaciones en las que puede subdividirse la fabricación de un alfiler o un botón metálico son todas ellas más simples y la destreza de la persona, cuya vida se ha dedicado por entero a realizarlas, acostumbra a ser mucho mayor. La rapidez con que se ejecutan algunas de las operaciones de estas manufacturas supera la que, según suponen quienes nunca las han visto, creen que puede alcanzar la mano humana.
En segundo lugar, la ventaja que se obtiene ahorrando tiempo normalmente perdido al pasar de un tipo de actividad a otro es mucho mayor de la que a primera vista podríamos considerar imaginable. Es imposible pasar con gran rapidez de un tipo de actividad a otro cuando ambos se realizan en lugares diferentes y con herramientas bastante distintas. Un tejedor rural que también labre una pequeña tierra perderá siempre mucho tiempo al pasar del telar al campo y del campo al telar. Cuando los dos oficios puedan llevarse a cabo en el mismo lugar de trabajo, no cabe duda de que la pérdida de tiempo será mucho menor. Sin embargo, incluso en este caso será muy considerable. El hombre acostumbra a holgazanear un poco al pasar de una tarea a otra. Cuando principia la nueva no suele dedicarle ni mucho interés ni mucho entusiasmo; como suele decirse, no pone los cinco sentidos y, durante un rato, más que hacer algo de provecho, se dedica a holgazanear. La costumbre de distraerse y de aplicarse con indolente descuido, adquirida naturalmente o de manera bastante inevitable por cualquier menestral de campo que se vea obligado a cambiar de trabajo y de herramientas cada media hora, y a utilizar las manos de veinte formas distintas casi cada día de su vida, le tornará casi siempre descuidado y perezoso, incapaz de cualquier tarea vigorosa, aun en las más acuciantes circunstancias. De ahí que, sean cuales sean las deficiencias de su destreza, este simple hecho deba siempre reducir considerablemente la cantidad de trabajo que puede llevar a cabo.
Por último, en tercer lugar, todos comprenderán cuánto facilita y acorta el trabajo el uso de la maquinaria adecuada. No hace falta dar ningún ejemplo. Por consiguiente, me limitaré a decir que la invención de todas esas máquinas que tanto facilitan y acortan el trabajo parece deberse inicialmente a la división del trabajo. Es mucho más probable que los hombres descubran formas de elaborar un objeto cuando toda su atención se dirige a ese único objeto que cuando se dispersa entre gran variedad de cosas. Pero gracias a la división del trabajo, la atención completa de cualquier hombre se orienta de modo natural hacia un objeto muy sencillo. Por consiguiente, cabría naturalmente esperar que uno u otro de los empleados de cada ramo de actividad no tardara mucho en encontrar métodos más fáciles y apropiados de realizar su labor, allí donde la naturaleza de la misma admita tal mejora. Gran parte de las máquinas utilizadas en aquellas manufacturas en las que el trabajo está más subdividido fueron en su origen inventadas por menestrales del común que, empleados cada uno de ellos en alguna operación muy sencilla, naturalmente ocuparon su cabeza en encontrar métodos más fáciles y apropiados de llevarla a término. A cualquiera que esté muy acostumbrado a visitar esas manufacturas le habrán mostrado con frecuencia máquinas pequeñísimas, inventadas por esos operarios para facilitar y apresurar su propia parte del trabajo. En las primeras máquinas de vapor se utilizaba constantemente a un muchacho para abrir y cerrar alternativamente el conducto entre la caldera y el cilindro, a medida que subía o bajaba el pistón. Uno de esos mozos, aficionado a jugar con sus compañeros, observó que si ataba una cuerda al mango de la válvula que abría el conducto de comunicación con la otra parte de la máquina, la válvula se abría y cerraba sin su ayuda, permitiéndole así divertirse con sus compañeros de juego. De este modo, una de las grandes mejoras que ha tenido esta máquina desde que se inventó se debe a un muchacho que quería ahorrarse trabajo.
Sin embargo, no todas las mejoras en maquinaria han sido en modo alguno invención de quienes han tenido necesidad de utilizarla. Muchas se deben al ingenio de sus fabricantes, cuando crearlas se convirtió en tarea de un determinado oficio; y algunas a aquéllos que se llama filósofos u hombres dados a la especulación, cuyo oficio no es hacer nada, sino observarlo todo, y, quienes, en virtud de ello, son con frecuencia capaces de combinar las capacidades de los más alejados y dispares objetos. Para el progreso de la sociedad, la filosofía o la especulación se tornan, al igual que cualquier otro oficio, en la labor y la ocupación principales o únicas de una determinada clase de ciudadanos. Del mismo modo, al igual que cualquier otra labor, ésta se subdivide en un gran número de ramos distintos, que en cada caso dan ocupación a una determinada tribu o clase de filósofos, y esta subdivisión del trabajo en la filosofía, como en cualquier otra actividad, mejora la destreza y ahorra tiempo. Cada individuo se torna más diestro en su particular ramo, aumenta el conjunto del trabajo realizado y, con él, enormemente la cantidad de ciencia.
La gran multiplicación de productos de las diferentes artes que trae consigo la división del trabajo es la que, en una sociedad bien gobernada, ocasiona la opulencia universal que se extiende hasta las personas de menor categoría. Cualquier menestral puede repartir gran cantidad de sus productos, conservando únicamente los que le sean de provecho y, dado que todos los demás menestrales están exactamente en la misma situación, el primero podrá intercambiar gran cantidad de sus propios artículos por gran cantidad o, lo que es lo mismo, por el precio de gran cantidad, de los de los demás. Les proporcionará en abundancia aquello que les sea de provecho y ellos harán lo propio con lo que él precise, y así una abundancia general se extenderá por los diferentes estamentos sociales.
Pensemos en las comodidades que disfruta el artesano o jornalero más corriente en un país civilizado y próspero, y observaremos que el número de personas de cuya industria se ha empleado una parte, aunque sea pequeña, en procurarle tales comodidades, superará cualquier cálculo. La zamarra de lana, por ejemplo, que cubre al jornalero, por vulgar y basta que pueda parecer, es fruto del trabajo de gran cantidad de artesanos. El pastor, el escogedor de lana y su pelaire o cardador, el tintorero, el repasador, el hilador, el tejedor, el abatanador, el tundidor y muchos otros deben unir sus diversas artes para completar este artículo tan cotidiano. Además, ¡cuántos tratantes y arrieros deben de haberse empleado para llevar los materiales desde algunos de esos artesanos hasta otros, que con frecuencia viven en lugares muy apartados del país! ¡Cuánto comercio y navegación, especialmente, cuántos constructores de barcos, marineros, fabricantes de velas y cabos debieron de emplearse para reunir todas las sustancias utilizadas por el tintorero, que a menudo provienen de los lugares más remotos del mundo! Igualmente, ¡cuánta variedad de actividades es necesaria para fabricar las herramientas que precisa el más humilde de esos artesanos! Y no mencionaremos complicadas máquinas como el buque del marinero, el ingenio del abatanador o incluso el telar del tejedor; pensemos únicamente en la variedad de tareas que son imprescindibles para fabricar un utensilio tan sencillo como las tijeras con las que el pastor corta la lana. El minero, el que construye el horno para fundir metal, el vendedor de madera, el fogonero que prende el carbón que se usa en la fundición, el ladrillero, el albañil, los hombres que alimentan el horno, el que lo mantiene en buen uso, el forjador, el herrero, todos ellos deben combinar sus diferentes artes para producir ese utensilio. Del mismo modo, si tuviéramos que examinar toda su ropa y el menaje de su hogar; la tosca camisa de lino que roza su piel; los zapatos que le cubren los pies; la cama en la que yace y todos los elementos que la componen; la rejilla del fogón en el que prepara sus vituallas; los carbones que destina a tal fin, sacados de las entrañas de la tierra y acarreados quizá hasta él cruzando un extenso mar y después de un largo viaje terrestre; todos los demás útiles de su cocina; todos los de su mesa; los cuchillos y los tenedores; los platos de barro o peltre en los que se sirve y divide sus alimentos; las diferentes personas que han intervenido en preparar su pan y su cerveza; la ventana de cristal que deja pasar el calor y la luz, protegiéndole del viento y la lluvia, con todo el conocimiento y destreza necesarios para crear esa hermosa y afortunada invención, sin la que estas partes septentrionales del mundo poco podrían permitirse viviendas de gran comodidad; además de las herramientas de los diferentes trabajadores empleados para producir cosas tan necesarias; decía que, si examináramos todas esas cosas y pensáramos en la variedad de actividades empleadas para cada una de ellas, apreciaríamos que, sin el concurso y la cooperación de muchos miles de personas, la más modesta de ellas de un país civilizado no podría abastecerse, ni siquiera para lograr esas comodidades que muy equivocadamente consideramos constituyen su moderada y sencilla manera de vivir. Si la comparamos, en verdad, con el lujo más desmedido de los grandes, su situación sin duda nos parecerá extremadamente sencilla y moderada; y sin embargo, quizá pueda decirse que la situación de un príncipe europeo no siempre supera hasta tal punto la de un labrador industrioso y frugal como la de éste supera la de muchos reyes africanos, dueños y señores absolutos de las vidas y libertades de diez mil salvajes desnudos.