Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Agradecimientos

Prólogo

Parte 1

Una carta perdida llega a su destino

Un recuerdo aclara las cosas

Los libros y los pájaros

El Milderhurst de Raymond Blythe

Paseo por el esqueleto de un jardín

Tres hermanas mustias

Los caseros en las venas

El desván vacío y las horas distantes

El Hombre de Barro, el archivo y una puerta cerrada

Dime que vendrás al baile

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Parte 2

El libro de los mágicos animales mojados

Un buen club de estriptis y la caja de Pandora

El peso de la sala de espera

De nuevo en casa

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Parte 3

Secuestros y reproches

Una trama más compleja

Capítulo 1

Capítulo 2

Las páginas de anuncios

Una invitación y una nueva edición

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Parte 4

De nuevo en Milderhurst Castle

Un traspié y un golpe

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Las sospechas de la señora Bird

La noche en que él no vino

El archivo y una revelación

Un largo camino hacia el otoño

La historia de Percy Blythe

Una noche en el castillo

El día después

Y por fin...

Parte 5

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Epílogo

Notas

Si te ha gustado esta novela...

Sobre la autora

Créditos

hor-03.html

Para Kim Wilkins, que me animó a empezar,

y para Davin Patterson, que me acompañó

hasta el punto final

hor-04.html

Agradecimientos

Mi más sincero agradecimiento a todos los que han leído y comentado los primeros borradores del manuscrito de Las horas distantes, sobre todo a Davin Patterson, Kim Wilkins y Julia Kretschmer; a mi amiga y agente, Selwa Anthony, por cuidarme tanto; a Diane Morton, por su lectura rápida de las páginas finales; y a toda mi familia —los Morton, los Patterson y en especial a Oliver y Louis— y amigos por permitirme fugarme a menudo a Milderhurst Castle y por soportarme cuando tropiezo colina abajo, me aturdo, me distraigo y en ocasiones incluso me siento un poco desplazada.

Las horas distantes comenzó como una pequeña idea sobre unas hermanas en un castillo sobre una colina. Busqué más inspiración en numerosas fuentes, entre las que se incluyen ilustraciones, fotografías, poemas, diarios, publicaciones de Mass Observation, relatos en Internet sobre la Segunda Guerra Mundial, la exposición Children’s War del Imperial War Museum de Londres, visitas a castillos y casas de campo, novelas y películas de las décadas de 1930 y 1940, historias de fantasmas y novelas góticas de los siglos XVIII y XIX. Aunque es imposible enumerar todas las obras de no ficción consultadas, las siguientes figuran entre mis favoritas: Nicola Beauman, A Very Great Profession (1995); Katherine Bradley-Hole, Lost Gardens of England (2008); Ann de Courcy, Debs at War (2005); Mark Girouard, Life in the English Country House (1979); Susan Goodman, Children of War (2005); Juliet Gardiner, Wartime Britain 1939-1945 (2004); Juliet Gardiner, The Children’s War (2005); Vere Hodgson, Few Eggs and No Oranges: The Diaries of Vere Hodgson 1940-45 (1998); Gina Hughes, A Harvest of Memories: A Wartime Evacuee in Kent (2005); Richard Broad y Suzie Fleming (eds.), Nella Last’s War: The Second World War Diaries of Housewife, 49 (1981); Norman Longmate, How We Lived Then: A History of Everyday Life in the Second World War (1971); Raynes Minns, Bombers & Mash: The Domestic Front 1939-45 (1988); Mathilde Wolff-Mönckeberg, On the Other Side: Letters to My Children from Germany 1940-1946 (1979); Jeffrey Musson, The English Manor House (1999); Adam Nicolson, Sissinghurst (2008); Virginia Nicolson, Singled Out (2007); Miranda Seymour, En la casa de mi padre (2007); Christopher Simon Sykes, Country House Camera (1980); Ben Wicks, No Time to Wave Goodbye (1989); Sandra Koa Wing, Our Longest Days (2007); Philip Ziegler, London at War 1939-1945 (1995).

hor-05.html

Shhh! ¿Puedes oírlo?

Los árboles pueden. Son los primeros en saber que se acerca.

¡Escucha! Los árboles del bosque profundo y oscuro se estremecen, agitan sus hojas como envoltorios de papel de plata gastada. El viento artero, serpenteando por sus copas, susurra que pronto dará comienzo.

Los árboles lo saben. Son antiguos y ya han visto de todo.

* * *

No hay luna.

No hay luna cuando aparece el Hombre de Barro. La noche se ha puesto un par de finos guantes de piel; ha tendido sobre la tierra una sábana oscura: un ardid, un disfraz, un hechizo para que bajo su manto todo caiga en un dulce sueño.

Oscuridad, pero no solo eso, en todo hay matices, tonalidades, texturas. Mira: la lanosidad de los árboles acurrucados, la acolchada extensión de los campos, la tersura del foso de melaza. Y sin embargo… A menos que seas muy desafortunado, no habrás notado que algo se movía donde nada debía moverse. En verdad, eres afortunado. Ninguna persona que haya visto surgir al Hombre de Barro vive para contarlo.

Allí, ¿lo ves? El foso oscuro y brillante, el foso embarrado ya no está inmóvil. A lo lejos ha aparecido una súbita burbuja, un temblor de pequeñas ondas, un leve indicio.

¡Has desviado la mirada! Y te has comportado sabiamente. Tales visiones no son para personas como tú. Dirigiremos nuestra atención hacia el castillo, algo se agita también por allí.

En lo alto de la torre.

Pon atención y lo verás.

Una muchacha aparta la colcha.

La enviaron a la cama unas horas antes; en el aposento contiguo su niñera ronca ligeramente; sueña con jabones y lirios y altos vasos de leche fresca y tibia. Pero algo ha despertado a la niña; se incorpora a hurtadillas; se desliza sobre la sábana blanca y apoya los pálidos y finos pies, el uno junto al otro, en el suelo de madera.

No hay luna que le permita ver ni ser vista, pero aun así la ventana la atrae. El cristal biselado está frío; percibe el trémulo aire helado de la noche mientras sube hasta lo alto de la estantería, y se sienta en la repisa de los libros desechados de la infancia, víctimas de su apresuramiento por crecer y marcharse de allí. Con el camisón envuelve sus piernas pálidas y apoya la mejilla en el hueco donde se juntan las rodillas.

El mundo está allí fuera, y en él, las personas se mueven como muñecos de cuerda.

Algún día, no muy lejano, lo verá por sí misma. Porque si el castillo tiene cerrojos en todas las puertas y rejas en las ventanas no es para impedir que ella salga, sino para que aquel ser no entre.

Aquel ser.

Ha oído historias sobre él. Él es una historia. Un relato de hace muchos años. Y las rejas y cerrojos, vestigios de un tiempo en que las personas creían en tales cosas. Rumores sobre monstruos que aguardan en los fosos, al acecho de hermosas doncellas. Un hombre víctima de una antigua injusticia que busca vengarse, una y otra vez.

Pero a la niña —que frunciría el ceño si supiera que la llaman de esa manera— ya no le preocupan los cuentos de hadas y los monstruos de la infancia. Es inquieta, moderna, adulta, y ansía escapar. Esa ventana, ese castillo ya no son suficientes. Sin embargo, por el momento es todo cuanto posee y, melancólica, observa a través del cristal.

En el exterior, en la lejanía, en el valle entre las colinas, el pueblo comienza a adormecerse. Un tren lejano y monótono, el último de la noche, anuncia su llegada: un chillido solitario que no recibe respuesta, y el jefe de estación, con un rígido sombrero de tela, se apresura torpemente a levantar la bandera. En el bosque cercano un cazador furtivo observa a su presa y sueña con regresar a su hogar y dormir, mientras en las afueras del pueblo, en una casita con la pintura desconchada, llora un recién nacido.

Acontecimientos perfectamente cotidianos en un mundo donde todo tiene sentido. Donde lo que está allí es visible, y si no puede verse es porque no existe. Un mundo ciertamente distinto de aquel donde la niña ha despertado.

Porque allí abajo, más cerca de lo que a ella se le ha ocurrido observar, algo está sucediendo.

* * *

El foso ha comenzado a respirar. En el fondo, enfangado, late húmedo el corazón del hombre enterrado. Un sonido que no es el aullido del viento se alza desde las profundidades y acecha la superficie. La niña lo oye; es decir, lo siente, ya que los cimientos del castillo están unidos al lodo, y el gemido se filtra a través de las piedras, sube por los muros, un piso tras otro, de un modo imperceptible llega a la repisa donde está sentada. Un libro, querido en otro tiempo, cae al suelo, y la niña de la torre se sobresalta.

El Hombre de Barro abre un ojo. Lo cierra, y vuelve a abrirlo, con un movimiento rápido, brusco. ¿Pensará aún en la familia que perdió, la bella esposa y los dos bebés regordetes y sonrosados que dejó atrás? ¿Su mente regresará incluso a los días de infancia, cuando corría con su hermano por los campos de finos y pálidos juncos? ¿O recordará quizás a esa otra mujer, aquella que lo amó antes de su muerte? Aquella que con sus halagos y atenciones y la negativa a ser rechazada hizo que el Hombre de Barro lo perdiera todo.

* * *

Algo está cambiando. La niña lo percibe y se estremece. Apoya la mano en la ventana helada y deja un rastro con forma de estrella. La hora de las brujas se cierne sobre ella, aunque no sepa nombrarla. Nadie puede ayudarla. El tren se ha marchado; el cazador furtivo duerme junto a su mujer; también el bebé duerme, desistió de gritarle al mundo todo lo que ya sabe. En el castillo, la niña junto a la ventana es la única despierta; su niñera ha dejado de roncar y respira con tanta suavidad que parece inerte. En el bosque los pájaros también guardan silencio, con la cabeza al abrigo de sus alas temblorosas, los ojos cerrados en una línea gris frente a aquello que, lo saben, se acerca.

Solo están allí la niña y el hombre que despierta en el lodo. El corazón se acelera, porque su hora ha llegado y no durará mucho. Hace girar las muñecas, los tobillos, se levanta de su lecho de fango.

No mires. Te lo ruego, aparta la mirada mientras rompe la superficie, mientras sube desde el foso, se yergue sobre la orilla mojada y oscura, levanta los brazos y respira profundamente: recuerda qué es respirar, amar, desear.

Será mejor que observes las nubes de tormenta. Incluso en la oscuridad puedes ver que se aproximan. Un estruendo de nubes furiosas, amenazantes, que retumban, ruedan, chocan hasta llegar a lo alto de la torre. ¿El Hombre de Barro trae la tormenta o es la tormenta la que trae al Hombre de Barro? Nadie lo sabe.

Desde su atalaya, la niña inclina la cabeza mientras las primeras gotas vacilantes salpican el cristal y se encuentran con su mano. El día ha sido agradable, no muy caluroso; el atardecer, fresco. No había indicios de una tormenta de medianoche. A la mañana siguiente, los lugareños observarán con sorpresa la tierra húmeda, sonreirán y, rascándose la cabeza, dirán: «¡Increíble, hemos dormido sin enterarnos!».

Pero ¡mira! ¿Qué es eso? Una masa, una silueta trepa por los muros de la torre. La figura se mueve rápida, ágil, inverosímil. Es obvio que ningún hombre puede lograr tal hazaña.

Llega a la ventana de la niña. Ya están frente a frente. Ella lo ve a través del cristal biselado, a través de la lluvia, ahora torrencial: una criatura monstruosa, embarrada. Abre la boca para gritar, para pedir ayuda, pero en ese preciso instante todo cambia.

Ante sus ojos, él cambia. Ella lo ve a través de las capas de fango. A través de generaciones de oscuridad, furia y tristeza, ve el rostro humano. El rostro de un joven. Un rostro olvidado. Un rostro de inmensa nostalgia, pesadumbre y belleza. Entonces la niña, sin pensarlo, abre el pestillo de la ventana. Para resguardarlo de la lluvia.

Raymond Blythe,
prólogo de La verdadera historia del Hombre de Barro

hor-06.html

LAS HORAS DISTANTES

PARTE

1

hor-07.html

Una carta perdida llega a su destino

1992

Todo comenzó con una carta. Una carta, perdida durante mucho tiempo, que había esperado medio siglo en una saca de correos olvidada, en el oscuro desván de una insignificante casa de Bermondsey. A menudo pienso en esa saca de correos; en los cientos de cartas de amor, facturas de tiendas, tarjetas de cumpleaños, notas de hijos a sus padres que se amontonaban y suspiraban allí, mientras sus mensajes frustrados susurraban en la oscuridad, aguardando a que alguien notara su presencia. Porque, como se suele decir, una carta siempre buscará un lector; tarde o temprano, de algún modo, las palabras encontrarán la forma de ver la luz, de revelar sus secretos.

Perdón, soy una romántica, una costumbre adquirida después de muchos años de leer novelas del siglo XIX a la luz de una linterna mientras mis padres me creían dormida. Lo que intento decir es que si Arthur Tyrell hubiera sido un poco más responsable, si no hubiera bebido tantos ponches de ron esa Navidad de 1941, si no hubiera regresado a su casa para sumergirse en un sueño alcohólico en lugar de completar la entrega del correo, si la saca no hubiera permanecido oculta en el desván de su casa hasta que murió, cincuenta años después, cuando una de sus hijas la descubrió y se puso en contacto con el Daily Mail, todo habría sido diferente. Para mi madre, para mí, y especialmente para Juniper Blythe.

Quizás lo leyeran cuando sucedió. Apareció en todos los periódicos y en los telediarios televisivos. El Canal 4 emitió incluso un programa especial al que invitaron a algunos de los destinatarios de las cartas para hablar sobre ellas, sobre las voces que habían regresado del pasado para sorprenderlos. Allí estuvo la mujer cuyo amado había servido en la RAF, y el hombre con la tarjeta de cumpleaños que le había enviado un hijo que había sido evacuado, un niño que había muerto unas semanas después a causa de una herida de metralla. Me pareció un programa muy bueno, conmovedor por momentos, historias alegres y tristes intercaladas con antiguas secuencias filmadas de la guerra. Un par de veces me eché llorar, pero eso no significa mucho: soy bastante propensa al llanto.

Sin embargo, mi madre no apareció en el programa. Los productores se pusieron en contacto con ella y le preguntaron si en su carta había algo especial que quisiera compartir con el país, pero ella dijo que no, que era solo un pedido de ropa a una tienda que había cerrado sus puertas muchos años atrás. No era cierto. Lo sé porque yo estaba allí cuando llegó. Fui testigo de su reacción ante la carta perdida, en absoluto indiferente.

Sucedió una mañana a finales de febrero. El invierno aún no daba tregua, los parterres estaban helados, y yo había venido para ayudar con el asado del domingo. Suelo hacerlo porque a mis padres les gusta, a pesar de que soy vegetariana y sé que en algún momento de la comida mi madre comenzará a preocuparse, luego se angustiará y finalmente no podrá contenerse y me soltará las estadísticas sobre proteínas y anemia.

Yo pelaba patatas en el fregadero cuando la carta cayó al suelo por la ranura de la puerta. El hecho de que los domingos no suele repartirse la correspondencia tendría que habernos puesto sobre aviso, pero no fue así. Yo, por mi parte, estaba muy ocupada preguntándome cómo les comunicaría a mis padres que Jamie y yo nos habíamos separado. Hacía ya dos meses que había ocurrido, sabía que tendría que decir algo, pero cuanto más lo retrasaba, más difícil me resultaba. Y tenía mis razones para callar: mis padres se habían mostrado recelosos con respecto a Jamie desde un principio, no se tomaban los disgustos con tranquilidad, y mi madre se preocuparía más de lo habitual si se enteraba de que yo estaba viviendo sola en el apartamento. Aunque, por encima de todo, me aterrorizaba la inevitable e incómoda conversación que seguiría a continuación de mi anuncio. En la cara de mi madre vería primero el desconcierto, luego la alarma, seguida por la resignación cuando comprendiera que el código maternal requería de ella alguna clase de consuelo. Pero volvamos a la carta.

Un ruido, algo cae suavemente a través de la ranura.

—Edie, ¿podrías recogerla?

Era la voz de mi madre. (Edie soy yo. Perdón, tenía que haberlo dicho antes).

Señaló con la cabeza hacia el pasillo, y con la mano que no tenía dentro del pollo hizo un gesto.

Dejé la patata, me sequé las manos con un paño y fui a buscar la correspondencia. Sobre el felpudo había una sola carta: un sobre oficial de correos. Según se declaraba, su contenido era «correo enviado a una nueva dirección». Se lo leí a mi madre mientras entraba en la cocina.

Para entonces ella ya había rellenado el pollo y estaba secándose las manos. Con el ceño ligeramente fruncido, por costumbre más que por alguna expectativa en particular, observó la carta y cogió sus gafas de leer, que había dejado sobre la piña que estaba en el frutero. Echó un vistazo a la inscripción del correo y, parpadeando, comenzó a abrir el sobre.

Seguí pelando las patatas, una tarea bastante más atractiva que observar a mi madre mientras abría su correspondencia, de forma que siento reconocer que no vi su expresión cuando del interior de aquel sobre sacó otro más pequeño —prestando atención a la fragilidad del papel y al antiguo sello de correos— y le dio la vuelta para leer el nombre del remitente. Sin embargo, desde entonces la he imaginado muchas veces con sus mejillas palideciendo de pronto y los dedos lo suficientemente temblorosos como para tardar algunos minutos en abrir el sobre.

No fue necesario que imaginara el sonido: el horrible y gutural gemido seguido de inmediato por una serie de sollozos que inundaron el aire, y que hicieron que se me resbalara el pelapatatas y me cortara el dedo. Me acerqué a ella.

—Mamá… —dije, rodeándole los hombros mientras intentaba no manchar de sangre su vestido.

Ella no dijo nada. Más tarde me explicó que en ese momento no había sido capaz. Permaneció de pie, inmóvil, mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, aferrando aquel pequeño y extraño sobre —de un papel tan fino que yo podía distinguir la carta doblada en su interior—, apretándolo contra su pecho. Entonces desapareció por la escalera hacia su habitación, dejando una vaga estela de instrucciones sobre el pollo, el horno y las patatas.

Su ausencia sumió la cocina en un penoso silencio. Me mantuve serena, me moví con lentitud para no perturbarlo. Mi madre no suele llorar, pero ese momento —su congoja y la sensación que producía— me resultaba extrañamente familiar, como si ya lo hubiéramos vivido. Al cabo de quince minutos, durante los cuales pelé patatas, consideré diversas opciones sobre la identidad del remitente y me pregunté cómo debía actuar a continuación; llamé a su puerta y le pregunté si quería una taza de té. Para entonces ya se había recuperado, y nos sentamos frente a frente a la pequeña mesa de formica de la cocina. Mientras yo fingía no darme cuenta de que había llorado, comenzó a hablar del contenido del sobre.

—Es una carta de alguien que conocí hace mucho tiempo. Cuando era apenas una niña de doce o trece años —explicó.

A mi mente acudió una imagen, el recuerdo difuso de una fotografía que había visto junto a la cama de mi abuela agonizante. Tres niños —mi madre era la menor, con el cabello corto y oscuro— en primer plano, encaramados sobre algo. Era extraño, me había sentado junto a mi abuela cientos de veces y sin embargo no podía recordar los rasgos de esa niña. Quizás durante la infancia no tenemos verdadero interés en saber quiénes eran nuestros padres antes de que naciéramos, salvo que un hecho en particular arroje luz sobre el pasado. Bebí un sorbo de té y esperé a que mi madre siguiera hablando.

—No te he contado mucho sobre esa época, ¿verdad? La guerra, la Segunda Guerra Mundial. Fueron tiempos terribles, tal confusión, tanta destrucción, parecía… —Mi madre suspiró, y luego continuó—: Parecía que el mundo jamás volvería a la normalidad, que su eje se había desplazado y ya nada podría ajustarlo otra vez —dijo observando la taza humeante mientras rodeaba el borde con sus dedos—. Vivía con mi familia, mi madre, mi padre, Rita y Ed, en una pequeña casa en Barlow Street, cerca de Elephant & Castle. El día que estalló la guerra, a los niños nos reunieron en la escuela, desde allí nos dirigimos a la estación y nos subieron al tren. Jamás lo olvidaré. Todos con nuestras tarjetas de identificación, nuestras caras desconcertadas y nuestros equipajes. Las madres, arrepentidas, corrieron a la estación para pedir a gritos al guardia que les permitiera bajar a sus hijos; luego pidieron a gritos a sus hijos mayores que cuidaran de sus hermanos, que no los perdieran de vista.

Mi madre permaneció un instante en silencio, mordiéndose el labio inferior. Parecía reproducir la escena en su mente.

—Seguramente tenías miedo —dije en voz baja. Si en nuestra familia fuéramos más expresivos, me habría acercado a ella para aferrar su mano.

—Al principio sí —respondió ella, antes de quitarse las gafas y frotarse los ojos. Sin ellas, su rostro tenía un aspecto vulnerable, inacabado; recordaba a un animalito nocturno desorientado bajo la luz del día. Me sentí aliviada cuando volvió a ponérselas y prosiguió—: Jamás había estado fuera de casa, jamás había pasado la noche lejos de mi madre, pero me acompañaban mi hermano y mi hermana, mayores que yo. Mientras el tren avanzaba, una maestra repartía chocolatinas y todos comenzaron a animarse y a considerar la experiencia casi como una aventura. ¿Te imaginas? Se había declarado la guerra y nosotros cantábamos, comíamos peras en conserva y jugábamos al veo veo mirando por la ventanilla. Los niños son muy resistentes, a veces pueden ser incluso insensibles.

»Por fin llegamos a una ciudad llamada Cranbrook, donde nos dividimos en grupos y subimos a diferentes coches. El que yo ocupé junto a Ed y Rita nos llevó al pueblo de Milderhurst. Allí nos condujeron en fila hacia un gran salón. Nos esperaba un grupo de mujeres que, con una sonrisa pintada en el rostro y una lista en la mano, nos hizo formar hileras. Los habitantes del lugar empezaron a pasear entre nosotros para hacer su elección.

»Los más pequeños se iban rápido, en especial los más agraciados. Tal vez creían que darían menos trabajo, que tendrían menos tufillo a Londres —comentó mi madre, y sonrió con amargura—. La realidad pronto hablaría por sí misma. Mi hermano fue uno de los primeros seleccionados. Era un niño fuerte, alto para su edad, y los granjeros necesitaban desesperadamente que los ayudaran en su trabajo. Rita se fue un poco después junto con su amiga de la escuela.

Basta. Extendí mi mano y la apoyé sobre la suya.

—Oh, mamá…

—No te preocupes —dijo ella. Enseguida liberó su mano y me dio una palmadita en los dedos—. No fui la última. Aún quedaban algunos…, un niño pequeño con una terrible enfermedad en la piel. No sé adónde fue a parar, todavía estaba allí cuando me marché. ¿Sabes una cosa? Después de aquello, durante mucho tiempo, años, me obligué a comprar la fruta sin elegirla, aunque estuviera estropeada. Nada de examinarla y devolverla al estante si no me convencía.

—Pero finalmente fuiste elegida.

—Sí, fui elegida. —Mi made jugueteó con algo que tenía en la falda y bajó la voz. Tuve que acercarme para poder oírla—. Llegó tarde. El salón estaba casi vacío, la mayoría de los niños se había ido y las damas del Servicio de Voluntarias ya estaban guardando las tazas de té. Yo había comenzado a llorar un poco, aunque muy discretamente. Y entonces, de repente, llegó ella, y el salón, el aire mismo, pareció alterarse.

—¿Alterarse? —pregunté frunciendo el ceño. Recordé la escena de Carrie en la que explota la lámpara.

—Es difícil de explicar. ¿Conoces a alguna persona que parezca llevar su propia atmósfera adondequiera que vaya?

Tal vez. Levanté los hombros, vacilante. Mi amiga Sarah suele provocar que se vuelvan las cabezas pase por donde pase; no es precisamente un fenómeno atmosférico, pero…

—No, por supuesto. Dicho así, suena absurdo. Me refiero a que era diferente, más… ¡Oh, no lo sé! Simplemente más. Bella de un modo extraño, cabello largo, ojos grandes, aspecto algo salvaje, pero no solo eso la diferenciaba. Por entonces, en septiembre de 1939, apenas tenía diecisiete años, y sin embargo las demás mujeres parecieron replegarse cuando llegó ella.

—¿En actitud reverente?

—Sí, esa es la palabra: reverente. Parecían sorprendidas de verla, e inseguras, no sabían cómo comportarse. Al final, una de ellas comenzó a hablar, le preguntó si podía ayudarla, pero la muchacha simplemente agitó en el aire sus largos dedos y anunció que venía en busca de su evacuado. Eso dijo; no un evacuado, sino su evacuado. Y luego se dirigió directamente hacia el sitio donde yo me encontraba sentada en el suelo. «¿Cómo te llamas?», preguntó, y cuando le respondí, me sonrió y comentó que debía de estar cansada después de tan largo viaje. «¿Te gustaría venir a mi casa?», dijo. Yo asentí, supongo, porque se volvió hacia la mujer que parecía la jefa, la que sostenía la lista, y anunció que me llevaría consigo.

—¿Cómo se llamaba?

—Blythe —dijo mi madre, reprimiendo un levísimo temblor—. Juniper Blythe.

—¿Es de ella la carta?

Mi madre asintió.

—Me llevó al coche más lujoso que jamás había visto y condujo hasta el lugar donde vivía con sus hermanas. Atravesamos unos grandes portones de hierro, seguimos un sinuoso camino y llegamos a un enorme edificio de piedra rodeado por un bosque espeso. Milderhurst Castle.

Aquella descripción parecía sacada de una novela gótica. Me estremecí ligeramente. Recordé el llanto de mi madre mientras leía el nombre de la mujer y la dirección en el sobre. Había oído historias sobre los evacuados, sobre cosas que les habían sucedido.

—¿Es un recuerdo terrible? —pregunté de pronto.

—Oh, no, en absoluto. No fue terrible, todo lo contrario.

—Pero la carta te ha hecho…

—La carta ha sido una sorpresa, nada más. Un recuerdo de hace muchos años.

Mi madre se calló. Pensé en la evacuación, seguramente para ella había sido abrumador, terrorífico, extraño, el hecho de haber sido enviada a un lugar desconocido, donde todas las cosas y las personas eran tan diferentes. Yo tenía frescas aún las experiencias de mi infancia, el horror de ser lanzada a situaciones nuevas, desconcertantes, los furiosos lazos forjados —por necesidad, para sobrevivir— con edificios, con adultos comprensivos, con amigos especiales.

Al recordar esas urgentes amistades, se me ocurrió algo.

—Mamá, ¿volviste alguna vez a Milderhurst después de la guerra?

Ella levantó bruscamente la mirada.

—Claro que no. ¿Por qué habría de hacerlo?

—No lo sé. Para saludar a tus conocidos y saber qué ha sido de ellos. Para visitar a tu amiga.

—No —respondió con firmeza—. Tenía a mi familia en Londres, mi madre no podía prescindir de mí, y además había mucho que hacer después de la guerra. La vida real siguió su curso.

Y con esas palabras, el velo familiar cayó sobre nosotras y supe que la conversación había acabado.

* * *

Al final no comimos el pollo. Mi madre dijo que no se sentía bien y me preguntó si podíamos dejarlo para otro fin de semana. Me pareció poco amable recordarle que de todas formas yo no como carne y mi asistencia era una especie de servicio filial. Dije que no tenía inconveniente y le sugerí que se acostara. Ella se mostró de acuerdo, y mientras yo recogía mis cosas para guardarlas en el bolso, tomó dos aspirinas y me recordó que me protegiera las orejas del viento.

Mi padre se pasó durmiendo el tiempo que duró todo este episodio. Es mayor que mi madre y se jubiló hace unos meses. La jubilación no le sienta bien; durante la semana deambula por la casa, buscando cosas para reparar y ordenar —y volviendo loca a mi madre—, y el domingo descansa en su sillón. Es el derecho natural del hombre de la casa, asegura ante quien esté dispuesto a oírlo.

Le di un beso en la mejilla y me marché. Camino del metro me enfrenté al viento helado, cansada, nerviosa y algo deprimida por regresar sola al apartamento endemoniadamente caro que hasta hacía poco había compartido con Jamie. Solo al llegar a cierto punto entre las estaciones High Street Kensington y Notting Hill Gate caí en la cuenta de que mi madre no me había contado qué decía la carta.

hor-08.html

Un recuerdo aclara las cosas

Ahora, mientras escribo, me desilusiona un poco mi comportamiento. Todos somos expertos en perspicacia, y sabiendo ya qué habría podido descubrir, es sencillo preguntarme por qué no indagué un poco más. Pero no soy una completa idiota. Al cabo de unos días, tomé el té con mi madre y, aunque no conseguí hablarle de mi nueva situación, le pregunté acerca del contenido de la carta. Ella eludió la pregunta, dijo que no era importante, poco más que un saludo; que su reacción se había debido a la sorpresa, nada más. En aquel entonces yo no sabía que mi madre era tan buena mintiendo. No tenía motivos para dudar, continuar con las preguntas o prestar más atención a su lenguaje corporal. En general, tendemos a creer lo que nos dicen, especialmente aquellos que conocemos o nos resultan familiares, personas de confianza. Al menos, eso es lo me sucede a mí; o me sucedía.

Durante un tiempo me olvidé de Milderhurst Castle y de la evacuación de mi madre, e incluso del extraño hecho de que jamás hubiera oído nada al respecto. Como en la mayoría de los casos, era muy fácil encontrar una explicación, bastaba con intentarlo. Mi madre y yo nos llevamos bien, pero nunca fuimos especialmente íntimas, y ciertamente no nos embarcábamos en largas conversaciones sobre el pasado familiar. Tampoco sobre el presente. En resumen, su evacuación había sido una experiencia agradable aunque insignificante; no había razón para que se le ocurriera compartirla conmigo. Dios sabe que yo tampoco le contaba algunas cosas.

Más difícil de racionalizar era la fuerte y extraña sensación que me había invadido al ser testigo de su reacción ante la carta, la inexplicable certeza de un importante recuerdo que no podía precisar. Algo que había oído o visto, y olvidado, revoloteaba ahora por los oscuros recovecos de mi mente, negándose a detenerse y permitir que lo nombrara. Me esforzaba por recordar si años atrás había llegado otra carta que también la hubiera hecho llorar. Era inútil: la sensación, escurridiza y difusa, se negaba a aclararse. Decidí que probablemente era obra de mi imaginación hiperactiva; mis padres siempre habían dicho que me causaría problemas si no tomaba precauciones.

En aquella época tenía preocupaciones más urgentes. Y especialmente adónde iría a vivir cuando acabara mi contrato de alquiler del apartamento. Los seis meses pagados por anticipado habían sido el regalo de despedida de Jamie, algo así como una disculpa, una compensación por su comportamiento reprochable. Terminaban en junio. Había revisado los anuncios de los periódicos y de los escaparates de las inmobiliarias, pero con mi modesto salario era difícil encontrar una vivienda que estuviese cerca de mi trabajo.

Soy editora en la editorial Billing & Brown. Es una pequeña editorial familiar, aquí en Notting Hill. Fue fundada a finales de los años cuarenta por Herbert Billing y Michael Brown, con el objetivo inicial de publicar sus propios poemas y piezas teatrales. Creo que, cuando empezaron, adquirieron una buena reputación, pero con el transcurso de los años, a medida que las editoriales más importantes conquistaban sus cuotas de mercado y comenzaba a declinar el gusto del público por títulos de culto, se vieron obligados a publicar géneros que amablemente denominaron «especializados», y otros a los que se referían menos amablemente como «vanidades». El señor Billing —Herbert es su nombre de pila— es mi jefe; es también mi mentor, mi defensor y mi mejor amigo. No tengo muchos. En todo caso, no de los que viven y respiran. Y no pretendo parecer triste y solitaria; simplemente no pertenezco a la clase de personas que acumulan amigos o disfrutan de las multitudes. Soy buena con las palabras, pero no las habladas; a menudo pienso que sería una maravilla relacionarme solo a través del papel. Y supongo que, en cierto modo, es lo que hago, porque tengo cientos de amigos de esa otra clase, que habitan entre portadas, en gloriosas páginas impresas, en historias que siempre se desarrollan de la misma manera y nunca pierden la alegría, que me cogen de la mano y me conducen a través de mundos de extraordinario terror y placer entusiasta. Compañeros apasionantes, dignos, fiables —algunos cargados de sabios consejos—, pero, por desgracia, poco aptos para ofrecer una habitación disponible durante uno o dos meses.

Aunque no tenía experiencia en separaciones —Jamie había sido mi primer novio verdadero, el primero con quien proyecté un futuro—, sospechaba que era el momento de pedir favores a mis amigos. Acudí a Sarah. Las dos crecimos en el mismo vecindario, y mi casa se convirtió en su segundo hogar; venía cada vez que alguno de sus hermanos pequeños enloquecía y necesitaba escapar. Me halagaba que alguien como Sarah considerara un refugio aquella casa de mis padres, situada en las afueras y un tanto austera. Las dos fuimos muy amigas durante toda la secundaria, hasta que a Sarah la encontraron demasiadas veces fumando en el baño y cambió las clases de matemáticas por un instituto de belleza. Ahora trabaja por su cuenta para revistas y películas. Su éxito es maravilloso, pero desgraciadamente eso significó que, cuando la necesité, ella se encontraba en Hollywood convirtiendo actores en zombis, y su apartamento y la habitación de invitados, subarrendados a un arquitecto australiano.

Durante un tiempo me preocupé, imaginando hasta el último detalle el tipo de vida que tendría que llevar sin techo, hasta que Herbert, en un acto de caballerosidad, me ofreció un sofá en su pequeño apartamento, debajo de la oficina.

—¿Después de todo lo que hiciste por mí? —dijo cuando le pregunté si hablaba en serio—. Me levantaste del suelo. ¡Me salvaste!

Me pareció que exageraba. No lo había encontrado exactamente en el suelo, aunque sabía a qué se refería. Después de trabajar en la editorial un par de años, cuando el señor Brown murió, empecé a buscar un puesto más emocionante. Pero a Herbert le había afectado tanto la muerte de su compañero que no pude dejarlo, al menos en ese momento. Aparentemente no tenía a nadie, aparte de su rechoncha perrita, y aunque jamás hablara del tema, el tipo y la intensidad de su pena me llevaron a deducir que él y el señor Brown habían sido algo más que socios. Herbert dejó de comer, de ducharse, y una mañana se emborrachó con ginebra a pesar de ser abstemio.

No tenía demasiadas opciones: comencé a prepararle las comidas, confisqué su ginebra y cuando las cifras estuvieron muy bajas y no conseguí despertar su interés por el asunto, yo misma me encargué de llamar a las puertas para conseguir nuevos trabajos. Comenzamos a imprimir folletos para las tiendas de la zona. Cuando Herbert se enteró, se sintió tan agradecido que sobrevaloró un poco mi iniciativa. Empezó a referirse a mí como su protégée, y a entusiasmarse con el futuro de Billing & Brown: juntos haríamos renacer la empresa en honor al señor Brown. Sus ojos recuperaron el brillo y yo aplacé mi búsqueda de un nuevo empleo.

Y aquí estoy ahora. Ocho años después. Sarah no puede entenderlo. Es difícil explicarle a alguien como ella, una persona inteligente y creativa que se niega a hacer cualquier cosa en términos que no sean los propios, que el resto de nosotros poseemos diferentes criterios sobre una vida satisfactoria. Yo trabajo con personas a las que adoro, gano el dinero suficiente para mantenerme (tal vez no en un apartamento de dos ambientes en Notting Hill), puedo pasar mis días jugando con las palabras y las frases, contribuir a que las personas expresen sus ideas y realicen el sueño de publicar una obra. No significa que carezca de perspectivas. El año pasado Herbert me ascendió a vicepresidenta. El hecho de que seamos los únicos trabajadores a tiempo completo en la oficina carece de importancia. Incluso hicimos una pequeña ceremonia. Susan, la empleada a media jornada, preparó un pastel y trajo vino en su día libre para que los tres brindáramos con vino sin alcohol en tazas de té.

Ante el inminente desalojo, acepté gustosa su ofrecimiento de un sitio para dormir. Un gesto realmente conmovedor, sobre todo si consideramos las pequeñas dimensiones del apartamento. Además, no tenía otra opción.

—¡Maravilloso! Jess estará fascinada, le encantan los invitados —declaró Herbert, exultante.

Y así, en mayo, me dispuse a abandonar para siempre el apartamento que había compartido con Jamie, a pasar la última página en blanco de nuestra historia y a empezar una nueva, solamente mía. Tenía mi trabajo. Tenía buena salud. Tenía una enorme cantidad de libros. Solo debía ser valiente y enfrentarme a la inmensidad de los grises y solitarios días venideros.

En realidad, creo que lo llevé muy bien y solo de vez en cuando me permitía sumergirme en sentimentalismos. En esos momentos buscaba un rincón oscuro y tranquilo para poder entregarme por completo a la fantasía: imaginaba con gran detalle los futuros días insípidos en los que caminaría por nuestra calle; deteniéndome en aquel edificio, observaría el alféizar de la ventana donde solía cultivar mis plantas, vería una silueta a través del cristal. Basta con echar un vistazo a la frágil barrera entre el pasado y el presente para conocer el dolor físico que supone darse cuenta de que uno es incapaz de volver.

* * *

De pequeña era soñadora, y un motivo de permanente frustración para mi pobre madre. Solía desesperarse cuando pisaba un charco embarrado, cuando tenía que apartarme de la cuneta o de un autobús que pasaba a toda velocidad. Decía cosas como: «Es peligroso perderse en la propia cabeza». O bien: «Si no ves lo que realmente sucede a tu alrededor, puedes sufrir un accidente. Debes prestar atención».

Era fácil para ella: jamás ha pisado la tierra una mujer más sensata y pragmática. No obstante, no resultaba tan simple para una niña acostumbrada a vivir de su imaginación desde la primera vez que se preguntó: «¿Qué sucedería si…?». Por supuesto, nunca dejé de fantasear, simplemente aprendí a ocultarlo. Pero de algún modo ella estaba en lo cierto, porque la manía de imaginar mi sombrío y deprimente futuro después de Jamie me pilló totalmente desprevenida para lo que ocurrió a continuación.

A finales de mayo recibimos una llamada telefónica de un supuesto médium que quería publicar un manuscrito sobre sus encuentros espiritistas en Romney Marsh. Cuando un potencial cliente se pone en contacto con nosotros, hacemos lo posible por contentarlo, razón por la cual me encontré conduciendo el viejo Peugeot de Herbert en dirección a Kent para conocernos, conversar y, con un poco de suerte, firmar un contrato. No conduzco muy a menudo y detesto la autopista cuando hay demasiado tráfico, así que salí al amanecer, suponiendo que tendría el camino bastante despejado para volver a Londres temprano sin problemas.

A las nueve ya estaba allí. La reunión no estuvo mal, llegamos a un acuerdo, firmamos un contrato, y a mediodía me encontraba de nuevo en la autopista. Para entonces en la carretera había bastante tráfico y era contraproducente para el coche de Herbert, que no podía circular a más de ochenta kilómetros por hora sin correr el riesgo de perder un neumático. Me coloqué en el carril de vehículos lentos, pero aun así no pude evitar que los demás conductores hicieran sonar el claxon y sacudieran la cabeza en señal de desaprobación. No es bueno para el alma sentirse un fastidio, especialmente cuando no se ha decidido serlo. Abandoné la autopista en Ashford y tomé una carretera secundaria. Mi sentido de la orientación es bastante malo, pero había una guía en la guantera y me resigné a detenerme regularmente para consultarla.

Al cabo de casi media hora estaba irremediablemente perdida. Aún no sé cómo, pero sospecho que la antigüedad del mapa contribuyó bastante a ello. Y también el hecho de que condujera admirando el paisaje —campos salpicados de flores silvestres que decoraban las cunetas a ambos lados del camino— en lugar de prestar más atención a la carretera. Daba igual el motivo. El caso es que me di cuenta de que había perdido mi localización en el mapa. Avanzaba por un camino estrecho sobre el que unos frondosos y altos árboles habían formado una especie de dosel. Finalmente tuve que admitirlo: no tenía la menor idea de si me dirigía al norte, al sur, al este o al oeste.

De todas formas, no me preocupé, al menos todavía no. Supuse que, si continuaba por aquel camino, tarde o temprano llegaría a algún cruce, algún cartel, un mojón al borde de la carretera donde alguien lo suficientemente amable dibujaría una gran X roja en mi mapa. No tenía que volver al trabajo esa tarde; las carreteras no eran infinitas; lo único que tenía que hacer era mantener los ojos abiertos.

Y así fue como lo vi, asomando de un montículo de hiedra algo agresivo. Era uno de esos antiguos postes blancos con los nombres de los pueblos cercanos grabados en flechas que indican las respectivas direcciones: «Milderhurst, 5 km».

* * *

Detuve el coche y leí el cartel otra vez. Un escalofrío me recorrió la espalda. Un extraño sexto sentido se apoderó de mí y resurgió el borroso recuerdo que había luchado por traer a la superficie desde febrero, cuando le llegó aquella carta perdida a mi madre. Como en un sueño, bajé del vehículo y me encaminé en la dirección que indicaba el cartel. Tenía la sensación de observarme a mí misma desde fuera, casi como si supiera qué iba a encontrar. Tal vez lo sabía.

Porque allí estaba, a menos de un kilómetro por el camino, justo donde había imaginado que estaría. Entre los matorrales se alzaba una enorme verja de hierro, que había sido impresionante en otro tiempo. Ahora sus hojas formaban un ángulo quebrado, inclinadas la una hacia la otra, como si compartieran una pesada carga. En la pequeña garita de piedra un cartel oxidado decía: «Milderhurst Castle».

Mientras avanzaba por el camino en dirección a la verja, mi corazón latía, rápido y enérgico. Aferré un barrote con cada mano —sentí el hierro frío, áspero, oxidado en mis palmas— y apoyé lentamente el rostro y la frente. Seguí con los ojos el sendero de grava que se alejaba, sinuoso, subiendo la montaña, hasta cruzar un puente y desaparecer en la espesura de un bosque.

Aunque hermoso, melancólico y repleto de vegetación, no fue sin embargo el paisaje lo que me dejó sin aliento. Fue el hecho de comprender súbitamente, con absoluta seguridad, que ya había estado allí. Que delante de aquel portón, entre esas rejas, había divisado los pájaros que volaban como retazos de cielo nocturno sobre el exuberante bosque.

Los detalles, susurrados, se iban concretando a mi alrededor. Me sentí inmersa en la trama de un sueño; como si ocupara de nuevo el tiempo y el espacio de mi antiguo yo. Aferré mis dedos con más fuerza a las rejas y, en algún lugar, en lo más profundo de mi cuerpo, reconocí el gesto que había hecho tiempo atrás. La piel de mis palmas lo recordaba. Yo lo recordaba. Un día soleado, la cálida brisa jugaba con el dobladillo de mi vestido —mi mejor vestido—, veía por el rabillo del ojo la alta sombra de mi madre. La miraba de soslayo mientras ella observaba el castillo, la silueta lejana y oscura en el horizonte. Yo tenía sed, tenía calor, quería nadar en el estanque ondulante que podía ver a través de la verja; nadar junto a los patos y las becadas y las libélulas que planeaban entre los juncos de las orillas.

—Mamá —recuerdo haber dicho, pero ella no respondió—. ¡Mamá!

Volvió la cabeza hacia mí, y por un instante ni una chispa de reconocimiento iluminó sus rasgos. Una expresión que no podía comprender los mantenía cautivos. Era una extraña, una mujer adulta con ojos que escondían secretos. Ahora tengo palabras para describir esa rara amalgama —arrepentimiento, cariño, pena, nostalgia—, pero en aquel momento me desconcertó. Y todavía más cuando la oí decir:

—He cometido un error. No tenía que haber venido. Es demasiado tarde.

Supongo que no le respondí, al menos en ese instante. No entendía qué intentaba decir y, antes de que pudiera preguntarle, me agarró de la mano y me arrastró por el camino hacia nuestro coche, con tanta fuerza que me dolió el hombro. Entonces percibí su perfume —que se había vuelto más penetrante y ligeramente ácido allí donde se había mezclado con el aire abrasador del día— y los olores desconocidos del campo. Puso el motor en marcha y volvimos a la carretera. Yo miraba por la ventanilla una pareja de gorriones cuando lo oí: el mismo llanto espantoso de aquel día en que recibió la carta de Juniper Blythe.

hor-09.html

Los libros y los pájaros

El portón del castillo tenía cerrojo y era demasiado alto para escalar. A decir verdad, no lo habría logrado aunque hubiera sido más bajo. Nunca fui amiga de los deportes ni de la destreza física y, desgraciadamente, a causa de aquellos recuerdos remotos que acudían a mi mente, mis piernas parecían de gelatina. Me sentía extrañamente confusa e insegura, y al cabo de un rato decidí volver a mi coche y sentarme. Me pregunté cuál era la mejor forma de actuar. Mis opciones no eran muchas. Estaba demasiado aturdida como para conducir, más aún hasta Londres, de modo que me dirigí hacia el pueblo de Milderhurst.

A primera vista era como cualquiera de los pueblos que había dejado atrás aquel día: un único camino conducía hacia el centro y desembocaba en una plaza, una iglesia y una escuela. Aparqué delante del salón parroquial. Imaginé las filas de agotados niños londinenses, sucios y desconcertados después del interminable viaje en tren. Vi la imagen fantasmal de mi madre, mucho tiempo atrás, antes de convertirse en mi madre, antes de ser muchas cosas, dirigiéndose inevitablemente a lo desconocido.

Comencé a deambular por la calle principal, intentando —sin demasiado éxito— refrenar mis fantasiosos pensamientos. Mi madre había regresado a Milderhurst, y yo la había acompañado. Nos habíamos detenido delante de aquella verja enorme y ella se había angustiado. Ahora lo recordaba. Había ocurrido. Había encontrado una respuesta, pero un montón de nuevas preguntas se habían liberado y revoloteaban en mi mente como polillas en busca de la luz. ¿Por qué habíamos ido allí y por qué había llorado mi madre? ¿A qué se refería cuando dijo que había cometido un error, que era demasiado tarde? ¿Y por qué me había mentido, hacía apenas tres meses, al decirme que la carta de Juniper Blythe no significaba nada?

Las preguntas siguieron revoloteando a mi alrededor, hasta que de pronto me encontré delante de la puerta abierta de una librería. Creo que en momentos de gran perplejidad es natural buscar algo familiar, y las altas estanterías con sus largas filas de volúmenes cuidadosamente alineados me resultaron inmensamente reconfortantes. Entre el olor de la tinta y la encuadernación, las motas de polvo que se distinguían en los rayos de luz, el abrazo del aire cálido y tranquilo, sentí que podía respirar mejor. Advertí que mi pulso volvía lentamente al ritmo habitual y mis pensamientos se aquietaban. El lugar estaba en penumbra, lo cual era aún mejor. Como un profesor que pasa lista, comencé a buscar a mis autores y títulos favoritos. Brontë: las tres presentes; Dickens: confirmado; Shelley: varias ediciones adorables. No había necesidad de moverlos de su sitio; bastaba con saber que estaban allí, rozarlos levemente con la punta de los dedos.

Continué recorriendo y observando, ordenando algún libro que se había deslizado fuera de su sitio, hasta que por fin llegué a un espacio despejado al fondo del local, con una mesa en el centro. Un cartel rezaba: «Historias locales». Allí amontonados había cuentos, grandes tomos ilustrados y libros de autores de la zona: Historias de misterio, crímenes y terror; Las aventuras de los bandidos de Hawkhurst; Una historia sobre el cultivo del lúpulo. En el centro, apoyado en un atril de madera, vi un título que conocía: La verdadera historia del Hombre de Barro.

Conteniendo la respiración, lo levanté y lo sostuve contra mi pecho.

—¿Le gusta? —preguntó la empleada de la librería, que apareció de repente con un trapo en la mano.

—Oh, sí —dije con veneración—. Por supuesto, ¿a quién no?

Cuando descubrí La verdadera historia del Hombre de Barro tenía diez años. Estaba en casa, enferma. Eran las paperas, creo, una de esas enfermedades de la niñez que obligan a pasar semanas de aislamiento. Yo debía de estar muy quejosa e insoportable, porque la sonrisa comprensiva de mi madre se había convertido en un rictus estoico. Un día, tras permitirse un breve paseo por la calle principal, regresó con renovado optimismo, y me entregó un ajado libro pedido en la biblioteca.

—Creo que te entusiasmará —dijo con cautela—. Tal vez sea para lectores un poco mayores que tú, pero eres una niña inteligente; estoy segura de que con un poco de esfuerzo podrás comprenderlo. Aunque es bastante largo comparado con los libros que acostumbras a leer, te recomiendo que perseveres.

Es probable que como respuesta yo tosiese de un modo autocompasivo, sin saber que estaba a punto de cruzar un significativo umbral del cual no habría retorno; que en mis manos descansaba un objeto cuya modesta apariencia ocultaba un enorme poder. Todo verdadero lector posee un libro, un momento, como el que describo; el mío fue ese ajado volumen de la biblioteca que mi madre me ofreció aquel día. Porque a pesar de que entonces no lo sabía, después de sumergirme por completo en el mundo de El Hombre de Barro la vida real ya no sería capaz de competir con la ficción. Desde entonces le he estado muy agradecida a la señorita Perry. Tal vez cuando puso la novela sobre el mostrador, instando a mi pobre madre a que se la llevara, me confundió con una niña mucho mayor, o bien vislumbró mi alma y detectó un vacío que debía ser llenado. Siempre he preferido inclinarme por esta última opción. Al fin y al cabo, el verdadero propósito de un bibliotecario es reunir a cada libro con su único y verdadero lector.

Abrí la cubierta amarillenta y desde el primer capítulo, donde se describe el despertar del Hombre de Barro en el foso oscuro y brillante, el terrible instante en que su corazón comienza a latir, me cautivó. Mis nervios se estremecieron de placer, mi piel se ruborizó, mis dedos temblaron con entusiasmo al dar la vuelta a las páginas, gastadas en la esquina donde los dedos de innumerables lectores se habían detenido antes que los míos. Viajé a lugares magníficos y aterradores sin moverme del sillón repleto de pañuelos de papel en el comedor de la casa suburbana de mi familia. El Hombre de Barro me mantuvo atrapada durante días; mi madre volvió a sonreír, mi rostro hinchado volvió a la normalidad, y mi futuro comenzó a forjarse.

* * *

Observé nuevamente el cartel escrito a mano, «Historias locales», y me volví hacia la sonriente empleada.

—¿Raymond Blythe era de esta zona?

—Oh, sí —respondió ella, colocándose un mechón de pelo detrás de las orejas—. Desde luego. Vivió y escribió en Milderhurst Castle; y murió allí. Es la magnífica finca que se encuentra a unos kilómetros del pueblo —afirmó. Y con un tono vagamente triste, añadió—: Al menos lo fue en otro tiempo.

Raymond Blythe. Milderhurst Castle. Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Tenía una hija?

—En realidad, fueron tres.

—¿Una de ellas se llamaba Juniper?

—Así es, la pequeña.

Pensé en mi madre, en el recuerdo de la joven de diecisiete años que había alterado la atmósfera al entrar en el salón parroquial, que la había rescatado de la fila de evacuados, que en 1941 le había enviado una carta que llegaría cincuenta años después y la haría llorar. Y sentí la súbita necesidad de apoyarme en algo firme.

—Las tres aún viven allí arriba —continuó la dependienta—. Mi madre suele decir que hay algo en el agua del castillo; son fuertes como un roble. Excepto Juniper, claro.

—¿Qué le ocurre?

—Demencia. Creo que es un mal de familia. Una triste historia. Dicen que era una auténtica belleza y muy inteligente también, una escritora muy prometedora, pero su novio la abandonó durante la guerra, y jamás volvió a ser la misma. Perdió la cordura, siguió esperando a que regresara, pero nunca volvió a verlo.

Abrí la boca para preguntarle adónde se había marchado el prometido de Juniper, pero comprendí que estaba entusiasmada con su relato y no admitiría interrupciones.

—Fue una suerte para ella tener dos hermanas tan piadosas. Son una especie en vías de extinción, en su época participaban en todo tipo de obras de caridad. De otro modo, la habrían internado en un hospital psiquiátrico. —La mujer echó un vistazo por encima de su hombro, comprobó que nadie oía y entonces se acercó a mí—. Recuerdo que, cuando yo era niña, Juniper solía deambular por el pueblo y los campos vecinos. No molestaba a nadie, nada de eso, simplemente vagaba sin rumbo. Los niños a menudo se asustaban, pero en general a los niños les encanta sentir miedo, ¿no es cierto?

Asentí fervientemente.

—Era completamente inofensiva —prosiguió ella—; jamás se metió en ningún problema que no pudiera solucionar por sí misma. Y todo pueblo que se precie necesita un personaje excéntrico —añadió con una temblorosa sonrisa—, alguien que haga compañía a los fantasmas. Si lo desea, aquí podrá leer más cosas sobre el tema —me alentó, ofreciéndome un libro titulado El Milderhurst de Raymond Blythe.

—Me lo llevo —respondí, entregándole un billete de diez libras—.Y también un ejemplar de El Hombre de Barro.

Estaba a punto de salir de la librería con el paquete envuelto en papel manila cuando la vendedora dijo a mis espaldas:

—Si realmente está interesada, debería considerar la posibilidad de hacer una excursión.

—¿Al castillo? —pregunté, volviendo de nuevo hacia las sombras del local.

—Tiene que hablar con la señora Bird[1], en Home Farm, el hotelito de Tenterden Road.

* * *

La granja se hallaba a unos kilómetros, volviendo por el camino que me había llevado hasta el pueblo; se trataba de una casita de ladrillos y tejas, rodeada por un jardín florido. En la parte superior destacaban las dos ventanas de una buhardilla y un remolino de palomas blancas revoloteaba sobre el tejado de una alta chimenea. Las ventanas con vidrieras estaban abiertas para aprovechar el cálido día; sus rombos titilaban ciegamente en el sol de la tarde.

Aparqué el coche bajo un fresno gigante cuyas amenazadoras ramas rozaban el borde de la casa y le daban sombra. Comencé a recorrer el soleado jardín: hermosos jazmines, dragoncillos y campanillas bordeaban el sendero de ladrillos. Un par de gansos blancos se balanceaban torpemente, sin detenerse por mi intromisión. Crucé la puerta, pasando de la brillante luz del sol a un vestíbulo débilmente iluminado. Las paredes estaban decoradas con fotografías en blanco y negro del castillo y sus alrededores. Los carteles explicaban que habían sido tomadas para la revista Country Life en 1910. En la pared más alejada, detrás del mostrador, con una placa dorada donde se leía «Recepción», me esperaba una mujer pequeña y regordeta que llevaba un traje de lino azul eléctrico.

—Supongo que es mi joven visitante de Londres —dijo, pestañeando a través de unas gafas con montura de concha. Ante mi confusión, sonrió y se explicó—: Alice me ha telefoneado desde la librería diciendo que vendría. Ciertamente usted no ha perdido el tiempo, porque me ha dicho que tardaría al menos una hora.

Eché un vistazo al canario amarillo en la suntuosa jaula que colgaba detrás de la mujer.

—Él se disponía a almorzar, pero le he dicho que llegaría tan pronto como cerrara la puerta y colocara el cartel —comentó. Entonces soltó una risita áspera que salió desde lo más profundo de su garganta. Supuse que tenía alrededor de sesenta años, pero esa risa pertenecía a una mujer mucho más joven y malvada de lo que parecía a primera vista—. Alice me ha dicho que está interesada en el castillo.

—Es cierto. Tenía la esperanza de poder visitarlo y ella me ha enviado aquí. ¿Tengo que registrarme?

—Oh, no, nada formal. Yo misma organizo las excursiones —explicó. Su pecho cubierto de lino se hinchó con orgullo y luego se desinfló—. Es decir, lo hacía.

—¿Lo hacía?

—¡Oh, sí! ¡Era un trabajo estupendo! Las señoritas Blythe al principio guiaban personalmente a los visitantes, por supuesto. Comenzaron en los años cincuenta, para mantener el castillo y salvarse del National Trust[2]; la señorita Percy no lo habría permitido de otro modo, se lo aseguro. Pero hace unos años comenzó a pesarle demasiado. Todos tenemos nuestros límites, y cuando ella alcanzó el suyo, yo estuve encantada de reemplazarla. Hubo alguna época en que organizaba cinco visitas a la semana, ahora no hay tanta demanda. Aparentemente la gente ha olvidado este antiguo lugar —comentó mi anfitriona con una mirada inquisitiva, como si yo fuera capaz de explicar los misterios del género humano.

—Me encantaría verlo por dentro —dije con entusiasmo, con esperanza, incluso con cierta impaciencia.

La señora Bird pestañeó.

—Por supuesto, querida, y a mí me encantaría enseñárselo, pero me temo que ya no es posible visitarlo.

La desilusión fue aplastante. Por un instante creí que no sería capaz de articular una palabra.

—Oh, vaya —fue todo lo que pude decir.

—Es una pena, pero la señorita Percy dice que no cambiará de opinión. Se cansó de abrir su casa para que unos turistas ignorantes dejen allí su basura. Lamento que Alice la haya confundido.

La señora Bird se encogió de hombros en señal de impotencia y un silencio incómodo se instaló entre nosotras.

Traté de comportarme con cortés resignación, pero mientras la posibilidad de visitar Milderhurst Castle se desvanecía, comencé a sentir que no había nada que deseara tan intensamente.

—Soy una gran admiradora de Raymond Blythe —me oí decir—. Creo que no me habría hecho editora si de niña no hubiera leído El Hombre de Barro. Supongo que… Es decir, quizás si usted les hablara de mí, si les asegurara a las propietarias que no soy la clase de persona que tiraría basura en su casa…

—En fin… —dijo la señora Bird, frunciendo el ceño en actitud reflexiva—. El castillo es una maravilla digna de ser vista y no hay persona más orgullosa de su propiedad que la señorita Percy… ¿Así que es editora?

Fue un involuntario golpe de suerte: la señora Bird pertenecía a una generación para la cual de esa palabra emanaba una especie de encanto de Fleet Street; mi diminuto cubículo repleto de papeles y mi contabilidad más bien sobria no tenían importancia. Me aferré a esa oportunidad como un náufrago a una balsa.

—Trabajo en la editorial Billing & Brown, de Notting Hill —declaré. Entonces recordé las tarjetas de presentación que Herbert me había regalado cuando celebramos mi ascenso. Jamás les había dado un uso profesional, pero son realmente útiles como marcapáginas. Cogí una del ejemplar de Jane Eyre que siempre llevo en el bolso por si se da la casualidad de que tenga que hacer cola en algún sitio. La esgrimí como si fuera el billete premiado de la lotería.

—¡Vaya, vicepresidenta! —leyó la señora Bird, echándome un vistazo por encima de las gafas. El repentino tono de veneración en su voz no fue producto de mi imaginación. Acarició el borde de la tarjeta, apretó los labios y asintió ligeramente con la cabeza—. Si me da un minuto, telefonearé a mis viejas amigas. Veré si me permiten hacer una visita esta tarde.

* * *

Mientras la señora Bird hablaba en voz baja por un antiguo teléfono, me senté en un sofá tapizado de cretona y abrí el paquete que contenía mis nuevos libros. Tomé la flamante copia de El Hombre de Barro y lo hice girar en mis manos. Era verdad lo que había dicho, de algún modo mi encuentro con la historia de Raymond Blythe había determinado el resto de mi vida. Me bastaba tenerlo en las manos para sentir la total seguridad de saber exactamente quién era.

El diseño de la portada de la nueva edición era igual al de la copia que mi madre había pedido a la biblioteca hacía veinte años en el barrio de West Barnes y, sonriendo para mis adentros, prometí ir a la oficina de correos y devolverla por correo certificado al llegar a casa. Finalmente, una deuda de veinte años sería saldada.

Porque cuando me curé de las paperas y llegó el momento de devolver El Hombre de Barro a la señorita Perry, el libro, aparentemente, había desaparecido. La búsqueda furibunda de mi madre y mis vehementes declaraciones de inocencia no lograron hacer que reapareciera, ni siquiera en el páramo de los objetos perdidos bajo mi cama. Agotadas todas las posibles vías de búsqueda, me dirigí resueltamente a la biblioteca para hacer mi confesión en persona. Mi pobre madre se ganó una de las famosas miradas fulminantes de la señorita Perry y casi se muere de vergüenza. Yo estaba demasiado emocionada por la deliciosa gloria de la posesión como para sentir culpa. Fue la primera y la única cosa que robé. No había alternativa: ese libro y yo éramos sencillamente el uno para el otro.

* * *

La señora Bird dejó caer el auricular del teléfono sobre la horquilla con tanta fuerza que me sobresaltó. Por la expresión de su rostro comprendí de inmediato que tenía malas noticias. Me levanté y con paso vacilante fui hasta el mostrador. Sentí un hormigueo en el pie derecho, se me había entumecido.

—Me temo que una de las hermanas Blythe no se encuentra bien —anunció la señora Bird—. La más joven ha sufrido un ataque y han llamado al médico; en este momento está de camino.

Me esforcé por disimular mi desilusión. Era inadecuado mostrar la propia frustración ante la enfermedad de una anciana.

—Qué terrible noticia. Espero que se mejore.

Ante mi preocupación la señora Bird agitó la mano, como si espantara una mosca inofensiva pero molesta.

—Por supuesto. No es la primera vez. Ha sufrido episodios como este desde que era niña.

—¿Episodios?

—Amnesias, es como suelen llamarlos. Un lapso de tiempo del que no tiene conciencia, generalmente después de una emoción muy intensa. Tiene relación con una frecuencia cardiaca anormal, muy rápida o muy lenta, no lo recuerdo. Solía perder el conocimiento y después se despertaba sin recordar qué había hecho —dijo. Luego apretó los labios. Tuve la impresión de que lo hacía para contener un comentario que era preferible callar—. Sus hermanas están ocupadas, tienen que atenderla y no podemos molestarlas. Aun así, lamentan no poder recibirla. Dicen que la casa necesita visitantes. Es curioso, sorprendente, a decir verdad, porque habitualmente no les agradan. Supongo que se sienten muy solas a veces, están únicamente ellas tres. Me han sugerido que vaya mañana, alrededor de las diez.

Sentí un nudo en el estómago. No tenía previsto pasar la noche en ese lugar, pero ante la idea de marcharme sin ver el castillo me embargó una repentina y profunda sensación de desesperanza. Me sentí desolada.

—Han cancelado una reserva, la habitación está disponible —dijo la señora Bird—. Con cena incluida.

Tenía trabajo pendiente para el fin de semana, Herbert necesitaba su coche para ir a Windsor la tarde siguiente, y no soy una persona que decida a la ligera quedarse una noche en un lugar desconocido.

—De acuerdo —respondí.

hor-10.html

El Milderhurst de Raymond Blythe

Mientras la señora Bird se encargaba de las formalidades, tomando los datos de mi tarjeta de visita, con una serie de excusas amables me alejé para echar un vistazo por la puerta trasera. Desde allí se veía un jardín con diversos edificios: un granero, un palomar y una tercera construcción con tejado cónico que luego resultaría ser un «secadero de lúpulo». En el centro había un estanque redondo, donde la pareja de gansos regordetes se deslizaba con elegancia sobre el agua caldeada por el sol, formando pequeñas olas que se expandían hasta chocar contra el borde enlosado. Más allá, un pavo real inspeccionaba el límite del césped recién cortado, que separaba el jardín de un prado de flores silvestres y el campo que se divisaba en la lejanía. El jardín iluminado por el sol, enmarcado por el hueco de la puerta donde me encontraba, parecía la foto de un lejano día primaveral que de algún modo había vuelto a la vida.

—Es extraordinario, ¿verdad? —dijo la señora Bird, que había aparecido de improviso a mi espalda sin que la hubiera oído acercarse—. ¿Ha oído hablar de Oliver Sykes?

Negué con la cabeza y ella asintió, encantada de poder iluminarme:

—Era un arquitecto, bastante conocido en su época. Terriblemente excéntrico. Vivía en Sussex, tenía su casa en Pembroke, pero hizo unos trabajos en el castillo a comienzos del siglo XX, después de que Raymond Blythe se casara por primera vez y trajera a su mujer desde Londres. Fue uno de los últimos trabajos de Sykes antes de que desapareciera para embarcarse en su propia versión del Grand Tour. Supervisó la construcción de una réplica de nuestro estanque circular, más grande, y llevó a cabo un ambicioso proyecto en el foso que rodea el castillo: lo convirtió en un espléndido circuito de natación para la señora Blythe. Era una gran nadadora, muy atlética, según se decía. Solían poner allí… —de pronto la señora Bird se llevó un dedo a la mejilla y arrugó la frente— un producto químico, ¿cuál era? —se preguntó. Luego, apartó el dedo de la cara y levantó la voz—: ¡Bird!

—Sulfato de cobre —dijo una voz incorpórea.

Observé de nuevo al canario, que hurgaba en su jaula buscando semillas. Luego mis ojos pasearon por las fotos colgadas de las paredes.

—Ah, sí, por supuesto —prosiguió la señora Bird, sin inmutarse—, sulfato de cobre, para que tuviera un color celeste —me explicó, y lanzó un suspiro—. Pero de eso hace ya mucho tiempo. Lamentablemente, el foso de Sykes se secó hace varias décadas, y la grandiosa piscina circular les pertenece solo a los gansos. Está toda sucia y llena de excrementos de pato. —Mi anfitriona me entregó una pesada llave de latón y cerró mis dedos alrededor de ella antes de anunciar—: Mañana iremos andando al castillo. El pronóstico del tiempo es bueno y es hermosa la vista desde el segundo puente. ¿Nos encontramos aquí a las diez?

—Tienes una reunión con el párroco a esa hora, querida.

La voz profunda y paciente llegó otra vez hasta nosotras. En esta ocasión conseguí precisar de dónde venía: de una pequeña puerta, apenas visible, oculta en la pared detrás de la recepción.

La señora Bird apretó los labios y pareció meditar sobre el misterioso recordatorio antes de asentir lentamente.

—Bird tiene razón. Qué pena —dijo, pero de pronto se iluminó—. No hay problema. Le dejaré las instrucciones, terminaré lo más rápido que pueda en el pueblo y me reuniré con usted en el castillo. No pasaremos allí más de una hora. No me gusta importunar, las señoritas Blythe son muy ancianas.

—Una hora, perfecto —aseguré. Podría regresar a Londres a la hora de comer.

* * *

Mi habitación era pequeña. Una cama con dosel ocupaba codiciosamente el centro, un pequeño escritorio se acurrucaba bajo la ventana, y no había mucho más. Pero la vista era extraordinaria. La habitación estaba en la parte trasera de la casa y la ventana se abría al mismo prado que había vislumbrado a través de la puerta de abajo. El segundo piso, sin embargo, ofrecía una mejor vista de la colina que subía hacia el castillo, y desde allí podía contemplar la aguja de la torre que se elevaba hacia el cielo por encima de los árboles.

En el escritorio alguien había dejado una manta de cuadros de picnic, cuidadosamente doblada, y una cesta de bienvenida repleta de fruta. El día era agradable y el lugar, encantador. Cogí un plátano, la manta, y bajé la escalera con mi nuevo libro, El Milderhurst de Raymond Blythe.

En el jardín el jazmín endulzaba el aire, y grandes ramilletes blancos se arremolinaban y colgaban desde lo alto de una pérgola de madera situada junto al parque. Enormes carpas nadaban con lentitud cerca de la superficie del estanque, agrupándose para buscar el sol de la tarde. Era maravilloso, pero seguí mi camino. Divisé a lo lejos una línea de árboles y me dirigí hacia ellos a través del prado salpicado de anémonas silvestres. Aunque no había llegado el verano, el día era agradable, el aire seco, y al llegar a los árboles tenía la frente perlada de sudor.

Extendí la manta en un lugar moteado por los rayos del sol y me quité los zapatos. Cerca de allí, un arroyo corría entre las piedras y las mariposas volaban en la brisa. La manta olía a lavandería y a hojas trituradas, y cuando me senté, la alta hierba del prado me envolvió haciendo que me sintiera completamente sola.

Apoyé El Milderhurst de Raymond Blythe en mis rodillas y deslicé la mano por la portada. En ella se veía una serie de fotografías en blanco y negro dispuestas en diversos ángulos, como si alguien las hubiera dejado caer al azar: niños agraciados vestidos a la antigua, lejanos picnics junto a un arroyo brillante, una hilera de nadadores posando junto al foso; las miradas genuinamente sorprendidas de personas para quienes el hecho de captar una imagen en una fotografía era una especie de magia.

Pasé la primera página y comencé a leer.

Capítulo 1

El hombre de Kent

Hubo quienes dijeron que el Hombre de Barro jamás había nacido, que siempre había existido, como el viento, los árboles y la tierra, pero se equivocaban. Todo lo que vive ha nacido, todo lo que vive posee un hogar, y el Hombre de Barro no era una excepción.

Para algunos autores el mundo de la ficción representa una oportunidad de escalar montañas desconocidas y describir grandes reinos de fantasía. Para Raymond Blythe, sin embargo, y para unos cuantos novelistas de su época, su propio hogar resultó ser la fuente de inspiración más fértil, fiable y fundamental, tanto en su vida como en su obra. Las diversas cartas y artículos escritos a lo largo de sus setenta y cinco años comparten un único tema: Raymond Blythe era, sin lugar a dudas, un hombre hogareño que encontraba respiro, refugio y, en última instancia, recogimiento en la parcela de tierra que durante siglos sus antepasados consideraron propia. Pocas veces la casa de un escritor ha sido utilizada en la ficción tal como aparece en el relato gótico de la literatura juvenil titulado La verdadera historia del Hombre de Barro. Incluso antes de esta obra fundamental, el castillo que se alza orgulloso en el fértil y verde suelo de Kent, y el paisaje circundante —que abarcaba las tierras de cultivo, los frondosos y susurrantes bosques y los deliciosos jardines— hicieron de Raymond Blythe el hombre que finalmente fue.

El autor había nacido en un aposento del segundo piso de Milderhurst Castle el día más caluroso del verano de 1866. El primogénito de Robert y Athena Blythe recibió el nombre de su abuelo paterno, que había amasado su fortuna en las minas de oro de Canadá. Raymond fue el mayor de cuatro hermanos; el menor de ellos, Timothy, murió trágicamente durante una violenta tempestad en el año 1876. Athena Blythe, una poetisa de cierto renombre, se sintió tan desolada por la muerte de su hijo pequeño que poco tiempo después se sumió en una profunda depresión, de la cual jamás se recuperaría. Se quitó la vida arrojándose al vacío desde la torre de Milderhurst, abandonando así a su esposo, su poesía y a sus tres hijos pequeños.

En la página siguiente se veía la fotografía de una hermosa mujer de cabello oscuro con un cuidadoso peinado, asomada a una ventana abierta mirando a sus cuatro hijitos alineados por orden de altura. Estaba fechada en 1875, y tenía el mismo candor de tantas otras antiguas fotografías de aficionados. Al parecer, el más pequeño, Timothy, se había movido durante la toma, porque su rostro sonriente se veía borroso. El pobre niño ignoraba que solo le quedaban unos meses de vida.

Leí rápidamente los párrafos siguientes —padre victoriano y distante, educado en Eton, becado en Oxford— hasta llegar al momento en que Raymond Blythe alcanzó la madurez.

En 1887, después de graduarse en Oxford, Raymond Blythe se mudó a Londres, donde comenzó su carrera literaria como colaborador de la revista Punch. Durante la década siguiente publicaría doce obras teatrales, dos novelas y una antología de poesía para niños, aunque sus cartas indican que, a pesar de sus logros profesionales, era infeliz en aquella ciudad y ansiaba regresar al amable paisaje de la infancia.

Tal vez la vida en la ciudad fue más llevadera para Raymond Blythe gracias a que en 1895 contrajo matrimonio con la señorita Muriel Palmerston, muy admirada y considerada «la más guapa de todas las jóvenes que fueron presentadas en sociedad ese año», y ciertamente sus cartas sugieren una brusca mejoría de su estado de ánimo durante ese periodo. Raymond Blythe fue presentado a la señorita Palmerston por un conocido común, que, como se demostraría luego, no se equivocó. Ambos compartían la pasión por las actividades al aire libre, los juegos de palabras y la fotografía, y formaron una encantadora pareja que en numerosas ocasiones embelleció las páginas sociales.

En 1898, cuando murió su padre, Raymond Blythe heredó Milderhurst Castle y regresó con Muriel para establecerse allí. Numerosos testimonios de la época sugieren que la pareja deseaba intensamente formar una familia desde hacía tiempo y, efectivamente, en la época de su traslado a Milderhurst, Raymond Blythe expresaba abiertamente en sus cartas la preocupación por no ser padre. No obstante, esta dicha eludiría al matrimonio Blythe durante varios años. En 1905 Muriel Blythe escribió a su madre confesándole su temor a que les fuera negada «la bendición de los hijos». Con inmensa alegría —podría aventurarse que también con cierto alivio—, al cabo de cuatro meses de haber enviado la carta, escribió nuevamente a su madre notificándole que esperaba un bebé. Finalmente resultaron ser dos: tras un complicado embarazo, que incluyó un largo periodo de reposo absoluto, en enero de 1906 Muriel dio a luz satisfactoriamente a sus gemelas. Las cartas de Raymond Blythe a sus hermanos indican que esta fue la época más feliz de su vida, y los álbumes familiares rebosaban de fotografías que daban muestra de su paternal orgullo.

A continuación, una doble página mostraba varias fotografías de dos niñas. Aunque evidentemente eran muy parecidas, una era más pequeña y delicada que la otra, y parecía sonreír con menos seguridad que su hermana. En la última foto se veía un hombre de cabello ondulado y rostro amable sentado en una silla tapizada, con las dos pequeñas en las rodillas vestidas con unos trajecitos de encaje. Algo en su actitud —la luz de los ojos, quizás, o la sutil presión de sus manos en el brazo de cada niña— expresaba su profundo amor por ambas, y se me ocurrió, mientras la observaba de cerca, que era muy raro encontrar una fotografía de la época que mostrara al padre en una situación tan doméstica, tan sencilla. Me invadió un sentimiento afectuoso hacia Raymond Blythe y continué leyendo.

Sin embargo, la dicha no sería duradera. Muriel Blythe murió una tarde de invierno de 1910, cuando una brasa candente que saltó de la chimenea atravesó la pantalla y cayó en su falda. La gasa de su vestido se incendió de inmediato, y ella se convirtió en una tea antes de que pudieran acudir en su ayuda. El fuego se extendió y alcanzó incluso la pequeña torre este de Milderhurst Castle y la amplia biblioteca de la familia Blythe. Las quemaduras en el cuerpo de la señora Blythe eran considerables, y a pesar de haber sido envuelta en vendas húmedas y de haber recibido la atención de los mejores médicos, en menos de un mes sucumbió a las terribles heridas.

La pena de Raymond Blythe tras la muerte de su esposa fue tan profunda que durante años no consiguió publicar una sola página. Algunas fuentes afirman que sufrió un paralizante bloqueo que le impedía escribir, mientras que otras opinan que se negó a trabajar y clausuró su despacho, al que regresó para componer su ahora famosa novela, La verdadera historia del Hombre de Barro, resultado de un periodo de intensa actividad en 1917. Si bien la obra despertó un generalizado interés entre los jóvenes lectores, diversos críticos ven en la historia una alegoría de la Gran Guerra, en la que se perdieron tantas vidas en los fangosos campos de Francia; en particular, se ha trazado un paralelo entre el personaje del Hombre de Barro y los soldados que regresaban a su casa, a su familia, después de la terrible masacre. El propio Raymond Blythe fue herido en Flandes en 1916 y enviado de regreso a Milderhurst, donde convaleció al cuidado de un equipo privado de enfermeras.

La falta de identidad del Hombre de Barro y la lucha del narrador por averiguar el nombre primigenio, olvidado, de la criatura, junto a su posición y lugar en la historia son vistos también como un homenaje al gran número de soldados desconocidos de la Gran Guerra y la inadaptación que habría sentido Raymond Blythe a su regreso.

A pesar de la cantidad de artículos de investigación dedicados a su análisis, la verdad que existe detrás de la inspiración de El Hombre de Barro es aún un misterio. Raymond Blythe era sumamente reservado en relación con la composición de la novela. Se limitaba a afirmar que había sido «un regalo de las musas» y que la historia le había llegado completa. Quizás como resultado de ello, La verdadera historia del Hombre de Barro es una de las pocas novelas que han logrado captar y mantener el interés del público, y adquirir una trascendencia casi mítica. Aun cuando las cuestiones relativas a su creación y a sus influencias son fuertemente debatidas por los investigadores literarios de diferentes países, la fuente de inspiración de El Hombre de Barro no deja de ser uno de los mayores misterios literarios del siglo XX.

Un misterio literario. Un escalofrío me recorrió la espalda mientras repetía aquellas palabras en voz baja. Me encantaba El Hombre de Barro por su historia y la sensación que me provocaba la manera en que había sido escrito, pero enterarme de que la composición de la novela estaba envuelta en misterio lo hacía mejor aún.

Aunque para entonces Raymond Blythe ya era respetado en el ámbito profesional, el enorme éxito comercial y de crítica de La verdadera historia del Hombre de Barro eclipsó sus trabajos anteriores y a partir de ahí sería conocido como el creador de la novela favorita del país. En 1924 la producción de la obra de teatro El Hombre de Barro, en el West End de Londres, lo popularizó entre un público aún más amplio, pero a pesar de las incesantes demandas de los lectores, Raymond Blythe se negó a escribir una segunda parte. La novela fue dedicada en primer lugar a sus hijas gemelas, Persephone y Seraphina, aunque en ediciones posteriores fue agregada una segunda línea, con las iniciales de sus dos esposas: MB y OS.

Junto a su triunfo profesional, la vida personal de Raymond Blythe volvió a florecer. Se casó por segunda vez en 1919, con una mujer llamada Odette Silverman, que conoció en una fiesta de Bloomsbury organizada por lady Londonderry. Aunque el origen de la señorita Silverman era modesto, su talento como arpista le permitió acceder a un círculo social que en otras circunstancias ciertamente le habría sido vedado. El noviazgo fue breve y el matrimonio causó cierto escándalo, debido a las respectivas edades de los novios —él tenía más de cincuenta y ella, de dieciocho, era solo cinco años mayor que las hijas de su primer matrimonio— y a la disparidad de sus orígenes. Circuló el rumor de que Raymond Blythe había sido hechizado por la belleza y la juventud de Odette Silverman. La boda se celebró en la capilla de Milderhurst, abierta por primera vez desde el funeral de Muriel Blythe.

En 1922 Odette dio a luz una niña a quien llamaron Juniper. Su belleza es evidente en las numerosas fotografías de la época que se conservan actualmente. De nuevo, a pesar de algunos comentarios jocosos sobre la persistente falta de un hijo y heredero, las cartas escritas por Raymond Blythe en aquella época indican que estaba encantado con el nuevo miembro de la familia. Por desgracia, esta felicidad no sería duradera. Las nubes de tormenta ya oscurecían el horizonte.

En diciembre de 1924 Odette murió debido a complicaciones en las primeras etapas de su segundo embarazo.

Di la vuelta a la página con avidez y me encontré con dos fotos. En la primera, Juniper Blythe tendría alrededor de cuatro años. Se la veía sentada, con las piernas extendidas, cruzadas a la altura de los tobillos. Sus pies estaban descalzos y su expresión demostraba que no le agradaba haber sido sorprendida en un momento de solitaria contemplación. Miraba fijamente a la cámara con sus ojos almendrados, tal vez demasiado separados. Junto al delicado cabello rubio, la nariz respingona salpicada de pecas y la pequeña boca salvaje, esos ojos creaban un aura de sabiduría mal conseguida.

En la siguiente foto, Juniper ya era una muchacha. El paso de los años parecía instantáneo. La misma mirada gatuna se enfrentaba a la cámara desde un rostro adulto, de enorme y extraña belleza. Recordé el relato de mi madre, la descripción del modo en que las otras mujeres del pueblo se habían apartado al verla llegar, de la atmósfera que ella parecía llevar consigo. Al observar la fotografía pude imaginarlo con claridad. Era una joven curiosa y reservada, distraída y alerta, todo al mismo tiempo. Los rasgos particulares, los destellos y atisbos de emoción e inteligencia se combinaban para formar una mezcla irresistible. Me apresuré a leer el pie de foto en busca de una fecha: abril de 1939. Ese mismo año mi madre, que ya había cumplido los doce, la había conocido.

Tras la muerte de su segunda esposa, Raymond Blythe se recluyó en su despacho. Excepto algún breve artículo en el Times, no volvió a publicar nada digno de mención. Aunque Blythe se hallaba trabajando en un proyecto en el momento de su muerte, no era, como muchos esperaban, una nueva entrega de El Hombre de Barro, sino un ensayo científico bastante extenso sobre la naturaleza no lineal del tiempo, que explicaba sus propias teorías, familiares para los lectores de El Hombre de Barro, acerca de la capacidad del pasado de filtrarse en el presente. La obra quedó inconclusa.

En los últimos años de su vida, la salud de Raymond Blythe se deterioró. Creía que el Hombre de Barro de su famosa historia había cobrado vida, que lo perseguía y lo atormentaba. Un temor comprensible, aunque imaginario, teniendo en cuenta la trágica serie de acontecimientos que a lo largo de su vida afectaron a sus seres queridos. Es previsible, sin lugar a dudas, que un antiguo castillo como este se relacione con historias escalofriantes, de la misma forma que es natural que una novela tan aclamada como La verdadera historia del Hombre de Barro, que transcurre entre los muros de Milderhurst Castle, aliente este tipo de teorías.

Raymond Blythe se convirtió al catolicismo a finales de la década de 1930 y en sus últimos años se negó a recibir visitas, excepto la de su confesor. Falleció el viernes 4 de abril de 1941, al caer de la torre de Milderhurst, lo mismo que sesenta y cinco años antes había sucedido con su madre.

Al final del capítulo había otra fotografía de Raymond Blythe. Era totalmente diferente de la primera —el joven padre sonriente con las dos gemelas regordetas en las rodillas— y, mientras la examinaba, recordé instantáneamente mi conversación con Alice en la librería, y en especial su comentario acerca de que la inestabilidad mental que acosaba a Juniper era un mal de familia. En ese hombre, en esa versión de Raymond Blythe, nada quedaba de aquella tranquila satisfacción tan notoria en la primera fotografía. En cambio, parecía invadido por la angustia: los ojos recelosos, la boca apretada, la barbilla tensa. La foto estaba fechada en 1939, Raymond tenía entonces setenta y tres años. Sin embargo, las profundas líneas que surcaban su rostro no eran solo producto de la edad: cuanto más la observaba, más me convencía. Había creído que el biógrafo se refería metafóricamente al tormento de Raymond Blythe, pero ahora comprendía que no era así. El hombre de la fotografía presentaba la atemorizada máscara de un prolongado tormento interno.

* * *

De pronto llegó el atardecer, cubrió las depresiones que el terreno formaba entre las lomas y los bosques de Milderhurst, se extendió por los campos y devoró la luz. La fotografía de Raymond Blythe se disolvió en la oscuridad y cerré el libro. Pero no me marché. Todavía no. Me volví para mirar, a través de una brecha entre los árboles, el lugar donde se alzaba el castillo: una masa oscura, en la cima de la colina, bajo el cielo azul oscuro. Y me estremecí de placer al pensar que a la mañana siguiente atravesaría su portón.

Esa tarde, los personajes del castillo habían cobrado vida para mí, mi piel los había absorbido mientras leía. Sentí que los conocía desde siempre, que a pesar de haber llegado al pueblo de Milderhurst por accidente, era justo que yo estuviera allí. Me había embargado la misma sensación al leer por primera vez Cumbres borrascosas, Jane Eyre y Casa desolada. La sensación de conocer la historia, de confirmar algo que siempre había sospechado; algo que había estado siempre en mi futuro, esperando a que lo encontrara.

hor-11.html

Paseo por el esqueleto de un jardín

Si cierro los ojos, aún puedo ver el resplandeciente cielo de esa mañana: el sol de principios de verano ardía en su velo celeste. Supongo que está muy nítido en mi memoria porque cuando volví a ver Milderhurst la estación había cambiado y los jardines, los bosques y los campos estaban envueltos en los tonos metalizados del otoño. Pero ese día no. Al partir hacia el castillo con las minuciosas instrucciones de la señora Bird en la mano, me animaba la emoción de un deseo largamente sepultado. Todo renacía: el canto de los pájaros coloreaba el aire, el zumbido de las abejas lo espesaba y el cálido sol me atraía, colina arriba, hacia el castillo.

Caminé sin detenerme hasta que, cuando creí que corría peligro de perderme para siempre en una arboleda interminable, apareció ante mí una verja oxidada que me condujo a una piscina abandonada. Era extensa y circular, de al menos diez metros de diámetro, y enseguida reconocí aquella que me había mencionado la señora Bird, la que Oliver Sykes diseñara cuando Raymond Blythe llevó a su primera esposa a vivir al castillo. Por supuesto, tenía cierto parecido con su hermana menor de la granja, pero aun así me llamaron la atención las diferencias. Mientras que el estanque de la señora Bird brillaba alegremente bajo el sol y el césped recién cortado rodeaba el enlosado, esta había sido abandonada a su suerte mucho tiempo atrás. El musgo cubría las piedras del borde y entre ellas se habían abierto grietas, de modo que la piscina estaba rodeada de caléndulas y margaritas; sus rostros amarillos competían por la irregular luz del sol. Los nenúfares se apiñaban, exuberantes, en la superficie. La cálida brisa los hacía ondular sobre el agua como la piel de un gran pez de una especie ignota: una exótica aberración.

Aunque no podía ver el fondo de la piscina, intuí que era profunda. En el otro extremo distinguí un trampolín. La tabla de madera descolorida y astillada, los resortes oxidados…, aquel artilugio parecía sostenerse allí de milagro. De la rama de un inmenso árbol colgaba un columpio de madera suspendido con dos cuerdas, ahora inmovilizado por las zarzas que se habían abierto camino desde arriba.

Las matas espinosas no se detenían en las cuerdas: gozaban de una encantadora libertad, avanzaban sin obstáculos en el misterioso claro abandonado. A través de una maraña de ávido follaje, atisbé un pequeño edificio de ladrillos. Al ver la cima del tejado a dos aguas supuse que se trataba de un vestuario. La puerta estaba cerrada con un candado completamente oxidado. Cuando por fin encontré las ventanas, comprobé que estaban cubiertas de una gruesa capa de suciedad que no pude quitar. En la parte trasera, sin embargo, había un cristal roto, con una mata de pelo gris enganchada al pico más afilado, que me permitía echar un vistazo, lo que hice, por supuesto, sin dilación.

El suelo, y todo lo demás, estaba cubierto por décadas de polvo, tan denso que podía olerlo desde fuera. El interior estaba ligeramente iluminado gracias a una claraboya de la cual se habían desprendido los postigos, algunos de los cuales colgaban todavía de los goznes, mientras otros ya habían caído al suelo. Por allí se filtraban finos rayos, que bajaban formando espirales de luz tenue. En una hilera de estantes distinguí toallas cuidadosamente dobladas; era imposible adivinar su color original. Y de una elegante puerta en la pared más lejana colgaba un cartel que decía: «Vestuario». Más allá, una cortina de gasa se agitaba suavemente sobre un montón de sillas apiladas, como solía hacerlo antaño, aunque nadie la viera desde hacía mucho tiempo.

Di un paso atrás, consciente de pronto del ruido de mis zapatos sobre las hojas caídas. Una misteriosa quietud inundaba el lugar —solo llegaba hasta allí el débil chapotear de los nenúfares— y por un instante pude imaginar cómo habría sido todo aquello muchos años atrás. Una tenue pantalla cubrió el paisaje abandonado: un alegre grupo con antiguos trajes de baño, toalla en mano, bebía refrescos, saltaba desde el trampolín, se sumergía en el agua fresca.

Y entonces la imagen se desvaneció. Cerré los ojos, y cuando los abrí estaba otra vez sola, junto al vestuario rodeado de maleza. Me rodeó la vaga impresión de un remordimiento inefable. Me pregunté por qué la piscina había sido abandonada. Por qué su último y lejano ocupante se había desentendido del lugar, había colocado ese candado y se había marchado para no regresar nunca más. Las tres señoritas Blythe ya eran ancianas, pero no siempre lo habían sido. Más de un verano caluroso habría sido una ocasión ideal para nadar en un lugar como aquel.

Las respuestas finalmente llegarían, aunque todavía no. También descubriría otras cosas, secretas, y responderían preguntas que ni siquiera se me había ocurrido formular. Pero, en aquel momento, aún no sabía nada. Aquella mañana, de pie en el jardín que rodeaba Milderhurst Castle, me libré sin dificultad de mis cavilaciones y me concentré en la tarea más inmediata. La exploración en la piscina no me aproximaba a mi cita con las señoritas Blythe, y además, tenía el inquietante presentimiento de que ni siquiera estaba autorizada a pasear por allí.

Leí atentamente, una vez más, las instrucciones de la señora Bird. Tal como sospechaba, no mencionaba la piscina. De hecho, de acuerdo con las indicaciones, en aquel momento debía avanzar entre dos columnas rumbo a la fachada del castillo orientada al sur.

La desazón amenazó con apoderarse de mí.

No veía las columnas, aquel no era el jardín señalado en el papel.

Y a pesar de no estar sorprendida por haber perdido el rumbo —soy capaz de desorientarme cruzando Hyde Park—, me resultaba sumamente fastidioso. El tiempo apremiaba. En lugar de volver sobre mis pasos y empezar de nuevo, decidí que la única alternativa viable era seguir avanzando y esperar lo mejor. Al otro lado de la piscina se veía un portón y, más allá, una empinada escalera de piedra tallada en la ladera de la frondosa colina. Al menos cien escalones, cada cual hundiéndose ante el siguiente, como si la construcción entera se hubiera realizado en un único y gran suspiro. A pesar de todo, el trayecto parecía prometedor, de modo que comencé a ascender. Supuse que era cuestión de lógica: el castillo y las hermanas Blythe estaban en la cima; si continuaba subiendo, en algún momento me toparía con ellos.

* * *

Las hermanas Blythe. Creo que fue entonces cuando empecé a pensar en ellas de ese modo. La palabra «hermanas» se impuso a «Blythe». Algo similar sucedía con los hermanos Grimm, y nada podía hacer por evitarlo. Es curioso cómo ocurren las cosas. Antes de la carta de Juniper, jamás había oído hablar de Milderhurst Castle, y ahora ese lugar me atraía de un modo irresistible, al igual que la luz atrae a una pequeña y polvorienta polilla. Al principio todo se relacionaba con mi madre, por supuesto, con la noticia de su evacuación y el misterioso castillo de nombre gótico. Después surgió la asociación con Raymond Blythe; era nada menos que el lugar donde El Hombre de Barro había cobrado vida. Pero, a medida que me acercaba a la luz, comprendía que algo nuevo aceleraba mis latidos. Tal vez por efecto de la lectura del día anterior, o la charla previa con la señora Bird durante el desayuno, en algún momento las hermanas Blythe se convirtieron en el objeto específico de mi fascinación.

Debo decir que los hermanos me interesan en general. Su intimidad me intriga y me produce rechazo. El hecho de compartir los componentes genéticos, la distribución azarosa y a veces injusta de la herencia, la inexorabilidad del vínculo es algo que escasamente comprendo. Tuve un hermano, no por mucho tiempo. Fue sepultado antes de que lo conociera, y cuando logré reconstruir lo suficiente como para sentir su ausencia, sus huellas habían sido cuidadosamente borradas. Dos certificados —uno de nacimiento, otro de defunción— en una delgada carpeta en un armario, una pequeña fotografía en la cartera de mi padre y otra en el cajón de joyas de mi madre eran todo lo que quedaba para atestiguar su paso por este mundo. Además, claro está, de los recuerdos y la pena que habitaban en la cabeza de mis padres. Pero no los compartían conmigo.

No es mi intención crear incomodidad o inspirar lástima, solo quiero decir que, a pesar de no haber tenido nada material o memorable para evocar a Daniel, durante toda mi vida he sentido el lazo que nos unía. Un hilo invisible nos conecta con la misma fuerza que el día se une a la noche. Siempre fue así, incluso cuando era pequeña. Si yo era una presencia en la casa de mis padres, él era una ausencia, una frase omitida en cada momento de felicidad: «Si estuviera con nosotros…»; cada vez que los desilusionaba: «Él no lo habría hecho»; cada vez que comenzaba un nuevo año en la escuela: «Esos chicos habrían sido sus compañeros». La mirada perdida que sorprendía en sus ojos siempre que creían estar solos.

No quiero decir con esto que mi curiosidad por las hermanas Blythe tenga algo que ver con Daniel, en absoluto. Por lo menos no directamente. Pero la suya era una historia muy hermosa. Las dos hermanas mayores sacrifican su propia vida para dedicarse al cuidado de la pequeña: un corazón roto, una mente extraviada, un amor no correspondido. Me pregunté cómo habrían sido las cosas si hubiera estado dispuesta a dar la vida por Daniel. No podía dejar de pensar en las tres hermanas, tan unidas, envejeciendo, marchitándose juntas, pasando sus días en ese hogar ancestral. Últimas supervivientes de una familia grandiosa, romántica.

* * *

Subí con cuidado. En el camino me topé con un viejo reloj de sol, una hilera de pacientes vasijas decorativas en sus silenciosos pedestales, dos ciervos de piedra enfrentados a ambos lados de un seto abandonado, hasta que por fin llegué al último escalón, que desembocaba en una explanada. Ante mí se abrió un sendero de nudosos árboles frutales cuidadosamente alineados, cuyas copas se unían en lo alto. Me indicaba que siguiera hacia delante. Recuerdo haber pensado, esa primera mañana, que el jardín tenía un plan, un orden, sentía que me esperaba, que se negaba a permitir que me perdiera, y en cambio conspiraba para llevarme hacia el castillo.

Una tontería sentimental, por supuesto. Supongo que la empinada cuesta me había dejado un poco mareada y propensa a ideas exageradas. De todas formas, me sentía inspirada. Era una intrépida (y algo sudorosa) aventurera que había abandonado mi hogar para embarcarse a conquistar… algo. Aun cuando mi misión particular tuviera como objetivo el encuentro con tres ancianas y una visita guiada a su casa de campo. Si era afortunada, tal vez me invitaran a tomar el té.

Al igual que la piscina, este sector del jardín mostraba signos de un prolongado abandono, y mientras atravesaba la galería arbolada me parecía caminar dentro del esqueleto de un antiguo y gigantesco monstruo, desaparecido hacía largo tiempo. Las costillas gigantes se extendían hacia arriba, me envolvían, y las largas líneas de sombra creaban la ilusión de que también se arqueaban por debajo. Avancé a toda prisa. Al llegar al fin del sendero arbolado, me detuve.

Frente a mí, envuelto en sombras a pesar del día soleado, se alzaba Milderhurst Castle. La parte posterior del castillo, me dije con el ceño fruncido al ver la letrina, las cañerías expuestas, la inconfundible ausencia de columnas, senderos o jardín principal.

Y entonces comprendí por qué me había desorientado. En algún momento no había girado donde debía y en vez de acercarme al castillo por el sur, había rodeado la colina arbolada, y había llegado por el norte.

Sin embargo, todo está bien si termina bien. Había llegado, relativamente ilesa, y tampoco era ofensivamente tarde. Descubrí con alegría una franja de hierba silvestre que rodeaba el jardín tapiado del castillo. Comencé a seguirla, y al fin —fanfarria triunfal de trompeta—, me topé con las columnas que me había descrito la señora Bird. Al otro lado del jardín sur, precisamente donde debía estar, la fachada de Milderhurst Castle se elevaba en todo su esplendor, casi hasta rozar el sol.

* * *

El silencioso e inexorable paso del tiempo que ya había percibido en las escaleras del jardín parecía aquí más concentrado, como si hubiera tejido una red alrededor del castillo. El edificio mostraba una gracia cargada de dramatismo, y decididamente mi intrusión no le afectaba. Las aburridas ventanas de guillotina dirigían sus miradas más allá de mi persona, hacia el Canal de la Mancha, con una inmutable expresión de fatiga que profundizaba mi sensación de ser anodina, transitoria; de que el antiguo y espléndido edificio había visto demasiadas cosas como para molestarse demasiado por mí.

Una bandada de estorninos alzó el vuelo desde lo alto de la chimenea, planeó por el cielo y se adentró en el valle donde se encontraba la casa de la señora Bird. El ruido, el movimiento eran extrañamente desconcertantes.

Los seguí con la mirada mientras pasaban, rozando las copas de los árboles, hacia los minúsculos tejadillos de tejas rojas. La granja parecía estar muy lejos. Me invadió de pronto la extraña sensación de que en algún punto de mi caminata por la colina arbolada había cruzado una especie de línea invisible. Había estado allí, ahora estaba aquí, y había en juego algo más complejo que un simple cambio de lugar.

Volviéndome hacia el castillo, vi en el arco inferior de la torre una gran puerta negra, abierta de par en par. Curiosamente, no lo había notado antes.

Comencé a avanzar por el césped, pero cuando llegué a la escalinata de piedra vacilé. Sentado sobre un viejo galgo de mármol se encontraba su descendiente de carne y hueso, un perro negro que, según descubriría luego, era un lurcher. Al parecer, me observaba desde mi llegada al jardín.

Ahora estaba delante de mí, cerrándome el paso y escrutándome con sus ojos oscuros. Me faltó voluntad, fuerza para continuar. De pronto mi respiración se aceleró y comencé a sentir frío. Aunque no estaba asustada. Es difícil de explicar, aquel perro me parecía un barquero, o un mayordomo anticuado, alguien que debía autorizarme a seguir adelante.

El lurcher se acercó en silencio, sin apartar la vista de mí. Su hocico me rozó suavemente la punta de los dedos, luego dio media vuelta y se fue al trote. Desapareció a través de la puerta abierta.

Según entendí, me indicaba que lo siguiera.