El último filósofo. El filósofo.
Consideraciones sobre el conflicto del arte y del conocimiento
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A determinada altura todo coincide y se identifica: las ideas del filósofo, las obras del artista y las buenas acciones.
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Es preciso señalar la impureza y confusión con que la vida integral de un pueblo reproduce la imagen que ofrecen sus más grandes genios, los cuales no son producto de la masa, aunque la masa muestre su repercusión.
O bien, ¿cuál es la relación?
Existe un puente invisible de un genio a otro. Ésa es la verdadera «historia» real de un pueblo; todo lo demás es una variación innumerable y fantasmagórica realizada en un material peor, copias de manos inexpertas.
También las fuerzas éticas de una nación se manifiestan en sus genios.
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En el mundo espléndido del arte, ¿cuál era su modo de filosofar? ¿Desaparece el filosofar una vez alcanzada una plenitud de la vida? No: el verdadero filosofar comienza justamente ahora. Su juicio sobre la existencia afirma más porque tiene ante sí la consumación relativa, todos los velos del arte y todas las ilusiones.
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En el mundo del arte y de la filosofía el hombre trabaja en una «inmortalidad del intelecto».
Sólo la Voluntad es inmortal[1]; en comparación, ¡qué miserable parece la inmortalidad del intelecto lograda a través de la cultura que presupone cerebros humanos! Obsérvese la línea en que esto viene para la naturaleza.
Pero ¿cómo puede ser el genio al mismo tiempo la meta suprema de la naturaleza? La supervivencia por la historia y la supervivencia por la procreación.
Aquí la procreación platónica en la belleza. Por tanto el nacimiento del genio requiere la superación de la historia, debe sumergirse y eternizarse en la belleza.
¡Contra la historiografía icónica! Incluye un elemento de barbarie.
Únicamente debe hablar de lo grande y único, del modelo.
Ésta es la tarea de la nueva generación filosófica.
Los grandes griegos de la época de la tragedia no tienen nada del historiador.
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El intestino del conocimiento sin selección equivale al instinto sexual indiscriminado: signo de vulgaridad.
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El filósofo no se mantiene tan al margen del pueblo como una excepción: la Voluntad también tiene algo que ver con él. La intención es la misma, como en el arte: su propia transfiguración y redención. La Voluntad aspira a la pureza y al ennoblecimiento: de un grado a otro.
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Los instintos que distinguen a los griegos de los otros pueblos se reflejan en su filosofía. Ahora bien, son precisamente sus instintos clásicos.
Es muy importante su manera de abordar la historia.
La progresiva degradación del concepto de historiador en la Antigüedad, su disolución en la omnisciencia ávida de novedades.
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Tarea: reconocer la teleología del genio filosófico. ¿Es en realidad sólo un caminante que aparece ocasionalmente? En cualquier caso, si es auténtico, no tiene nada que ver con la situación política ocasional de un pueblo, sino que es intemporal en relación con su pueblo. Pero por esta razón su vinculación con este pueblo no es fortuita —lo específico del pueblo se manifiesta aquí en forma de individuo y ciertamente el instinto del pueblo se explica como instinto del mundo y se utiliza para resolver el enigma del mundo—. Mediante la separación, la naturaleza llega a considerar sus instintos en estado puro. El filósofo es un medio de llegar al reposo en medio de la corriente incesante, de adquirir conciencia de los tipos permanentes con desprecio de la pluralidad infinita.
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El filósofo es un manifestarse del taller de la naturaleza. El filósofo y el artista hablan de los secretos artesanos de la naturaleza.
La esfera del filósofo y del artista vive más allá del tumulto de la historia contemporánea, al margen de la necesidad.
El filósofo como freno de la rueda del tiempo.
Los filósofos aparecen en las épocas de gran peligro, cuando la rueda gira más veloz; ellos y el arte ocupan el lugar del mito en trance de desaparición. Ahora bien, se encuentran muy adelante, ya que la atención de sus contemporáneos se dirige lentamente hacia ellos.
El pueblo consciente de sus peligros produce el genio.
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Después de Sócrates ya no hay que salvar el bien común; de ahí la ética individualizante que aspira a salvar al individuo.
El instinto de conocimiento de signo desmedido e indiscriminado, con trasfondo histórico, es una señal de que la vida ha envejecido: existe un gran peligro de que los individuos se envilezcan y entonces sus intereses se encadenan poderosamente a objetos de conocimiento, sean éstos los que sean. De este modo los instintos generales se apagan y ya no refrenan al individuo.
El germano ha transfigurado todas sus limitaciones mediante las ciencias a base de transponerlas. La fidelidad, la modestia, la moderación, la aplicación, el aseo, el amor al orden son otras tantas virtudes familiares; pero también la falta de forma, todo lo no viviente de la vida, la mezquindad, su instinto ilimitado de conocimiento es consecuencia de una vida menesterosa. Sin dicho instinto sería mezquino y perverso, como muchas veces lo es a pesar de él.
Disponemos ahora de una forma superior de vida, de un trasfondo del arte; también ahora la consecuencia inmediata es un instinto de conocimiento difícil de contentar: la filosofía.
Terrible peligro: que la agitación americano-política y la inconstante cultura de eruditos se confundan.
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En el instinto de conocimiento difícil de contentar la belleza reaparece como poder.
Es absolutamente sorprendente que Schopenhauer escriba bien. También su vida tiene más estilo que la de los profesores universitarios, pero circunstancias que no han podido desarrollarse.
Actualmente nadie sabe cómo es un buen libro, es preciso hacerlo ver: no comprenden la composición. La prensa arruina cada vez más el sentimiento.
¡Poder retener lo sublime!
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Se requieren fuerzas artísticas ingentes contra la historiografía icónica y contra las ciencias de la naturaleza.
¿Qué debe hacer el filósofo? Acentuar el problema de la existencia, sobre todo los problemas eternos, en medio del hormigueo.
El filósofo debe reconocer lo necesario y el artista debe crearlo. El filósofo debe compenetrarse profundamente con el sufrimiento universal. Como los viejos filósofos griegos, cada uno expresa una necesidad. Allí, en esta laguna, inserta su sistema. Construye su mundo en dicha laguna.
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Explicitar la diferencia entre la eficiencia de la filosofía y la de la ciencia, y también la de su génesis.
No se trata de anular la ciencia, sino de dominarla. Efectivamente, en todos sus objetivos, y en todos sus métodos, depende de intenciones filosóficas, pero fácilmente lo olvida. Sin embargo, la filosofía dominante tiene que considerar el problema del grado de desarrollo que lícitamente puede alcanzar la ciencia: tiene que determinar el valor.
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Prueba de los efectos barbarizantes de la ciencia. Se pierden fácilmente al servicio de los «intereses prácticos».
Valor de Schopenhauer por provocar el recuerdo de ingenuas verdades generales: tiene la osadía de hablar bellamente de lo que se llama «trivialidades».
Carecemos de una filosofía popular noble porque no tenemos un concepto noble de peuple (publicum). Nuestra filosofía popular es para el peuple, no para el público.
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Si todavía tenemos que alcanzar una cultura necesitamos fuerzas artísticas inauditas para quebrantar el instinto de conocimiento ilimitado, para volver a crear una unidad. La suprema dignidad del filósofo se muestra al concentrar e imponer unidad al instinto de conocimiento ilimitado.
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Así debe interpretarse a los más antiguos filósofos griegos: dominan el instinto de conocimiento. ¿Cómo se llegó a que después de Sócrates el mismo se desprendiese paulatinamente de las manos? Ante todo observamos la misma tendencia en Sócrates y en su escuela: debe restringirse por la atención individual a la felicidad. Es una última fase inferior. Antes no se trataba de individuos, sino de los helenos.
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Los grandes filósofos antiguos pertenecen a la vida general de lo helénico: después de Sócrates aparecen sectas. Poco a poco la filosofía deja caer de sus manos las riendas de la ciencia.
En la Edad Media es la teología la que se hace con las riendas de la ciencia: en este momento, fase peligrosa de emancipación.
El bien general busca de nuevo una sujeción y al mismo tiempo una elevación y una concentración.
El laisser aller de nuestra ciencia, como en ciertos dogmas de economía política: se cree en un éxito absolutamente saludable.
En cierto sentido la influencia de Kant ha sido perniciosa, pues se ha perdido la fe en la metafísica. Nadie podrá contar con su «cosa en sí» como si se tratase de un principio de sujeción.
Comprendemos ahora la maravillosa aparición de Schopenhauer: recoge todos los elementos que todavía resultan útiles para dominar la ciencia. Aborda los más profundos problemas primordiales de la ética y el arte y plantea el problema del valor de la existencia.
¡Prodigiosa unidad de Wagner y de Schopenhauer! Proceden del mismo instinto. En ellos las cualidades más profundas del espíritu humano se aprestan a la lucha: como en los griegos.
Vuelta a la circunspección.
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Mi tarea: comprender la conexión interna y la necesidad de toda cultura verdadera. Los medios protectores y terapéuticos de una cultura, la relación de la misma al genio del pueblo. Todo gran mundo del arte tiene como consecuencia una cultura, aun cuando en virtud de contracorrientes hostiles muchas veces no se llega a la consumación de una obra de arte.
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La filosofía debe asegurar la cordillera espiritual a través de los siglos y, consecuentemente, la eterna fecundidad de todo lo grande.
Para la ciencia no hay cosas grandes ni pequeñas, pero sí las hay para la filosofía. El valor de la ciencia se mide con este principio.
¡El asegurar lo sublime!
En nuestra época, ¡qué falta tan grave de libros que respiren una fuerza heroica! Ni siquiera se lee a Plutarco.
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Dice Kant (en el segundo prólogo a su Crítica de la razón pura): «Yo tuve que eliminar el saber para dar lugar a la fe; el dogmatismo de la metafísica, es decir, el prejuicio de avanzar en ella sin la crítica de la razón pura, es la verdadera fuente de toda la falta de fe hostil a la moralidad que siempre es muy dogmática». Muy importante. Le impulsó una necesidad de cultura.
Extraña contraposición: «saber y creencia». ¡Qué hubieran pensado los griegos de ella! Kant no conoció ninguna otra contraposición. ¡Pero nosotros!
Una necesidad de cultura impulsa a Kant, que se propone salvar del saber una zona en la que sitúa las raíces de todo lo más alto y profundo, el arte y la ética —Schopenhauer—.
Por otra parte recopila todo lo que es digno de ser sabido en todos los tiempos —la sabiduría ética del pueblo y del hombre (punto de partida de los siete sabios, de los filósofos populares griegos)—.
Analiza los elementos de esta fe y señala lo poco que la fe cristiana satisface la necesidad más profunda: problema del valor de la existencia.
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La lucha del saber con el saber.
El mismo Schopenhauer llama la atención sobre el pensamiento y el saber inconsciente.
La sujeción del instinto de conocimiento: debe demostrarse ahora si es favorable a una religión, o bien a una cultura artística. Me quedo con el segundo aspecto.
Añado además el problema del valor del conocimiento histórico icónico y también el de la naturaleza.
Entre los griegos se trata de la sujeción en beneficio de una cultura artística (¿y una religión?), la sujeción que aspira a prevenir un desenfreno total: queremos volver a sujetar al totalmente desenfrenado.
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El filósofo del conocimiento trágico. Domina el instinto desenfrenado del saber, no mediante una metafísica nueva. No establece ninguna fe nueva. Percibe trágicamente el suelo escamoteado de la metafísica y no acaba de concentrarse con el torbellino frenético de las ciencias. Trabaja en una vida nueva: devuelve sus derechos al arte.
El filósofo del conocimiento desesperado se desvanecerá en una ciencia ciega: saber a cualquier precio.
Para el filósofo trágico se cumple la imagen de la existencia según la cual lo metafísico únicamente aparece en términos antropomórficos. No es escéptico.
Aquí es preciso crear un concepto, pues el escepticismo no es el objetivo. Al llegar a sus límites el instinto de conocimiento se vuelve contra sí mismo para acceder a la crítica del saber. El conocimiento al servicio de la vida más perfecta. Es preciso querer incluso la ilusión: en esto consiste lo trágico.
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El último filósofo: pueden ser generaciones enteras. Simplemente tiene que ayudar a vivir. «El último», naturalmente en términos relativos. Para nuestro mundo. Demuestra la necesidad de la ilusión, del arte y del arte dominador de la vida, o nos es posible volver a producir una serie de filósofos como los que hubo en Grecia en la época de la tragedia. En la actualidad el arte cumple enteramente su misión. Un sistema así únicamente es posible en cuanto arte. Desde el punto de vista actual todo un período de la filosofía incide también en el terreno de su arte.
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Ahora la ejecución de la ciencia únicamente se logra a través del arte. Se trata de juicios de valor sobre el saber y el mucho saber. ¡Inmensa tarea y dignidad del arte en dicha tarea! Tiene que volver a crearlo todo y tiene que volver a alumbrar la vida en soledad absoluta. Los griegos nos indican lo que el arte puede hacer: si no los tuviéramos, nuestra fe sería quimérica.
De su forma depende la posibilidad de construir una religión aquí, en el vacío. Nos hemos vuelto hacia la cultura: lo «alemán» en cuanto fuerza redentora.
En cualquier caso la religión que tuviera capacidad para ello debería tener una gigantesca fuerza de amor en la que se quebrase el saber como se quiebra en el lenguaje del arte.
Pero ¿podría tal vez el arte crearse una religión, alumbrar el mito? Así sucedió entre los griegos.
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No obstante las filosofías y teologías actualmente anuladas continúan influyendo en las ciencias: aun cuando las raíces han muerto, sigue habiendo en las ramas un período de vida. Lo histórico se ha desarrollado especialmente como contrafuerza contra el mito teológico, pero también contra la filosofía: el conocimiento absoluto celebra sus saturnales aquí y en las ciencias matemáticas de la naturaleza. Lo más insignificante que se pueda distinguir realmente aquí es superior a todas las ideas metafísicas. En este caso el que determina el valor es el grado de seguridad, no el de necesidad absoluta. Es la vieja lucha de la fe y de la ciencia.
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Son criterios parciales de tipo bárbaro.
En la actualidad la filosofía únicamente puede acentuar lo relativo de todo conocimiento y lo antropomórfico, así como también la fuerza universalmente dominante de la ilusión. De este modo es incapaz de sujetar el instinto desenfrenado del conocimiento, que cada vez juzga más según el grado de seguridad y busca objetos cada vez más pequeños. En tanto que todos los hombres se sienten satisfechos cuando ha pasado un día, el historiador registra, excava y combina después para arrancar dicho día al olvido: también lo pequeño debe ser eterno por ser cognoscible.
Para nosotros únicamente tiene valor la escala estética: lo grande tiene derecho a la historia, pero no a una historiografía icónica, sino a una pintura histórica creadora y estimulante. Dejamos reposar las tumbas, pero nos enseñoreamos de lo eternamente vivo.
Tema favorito de la época: los grandes efectos de lo insignificante. Por ejemplo, en cuanto totalidad las pesquisas históricas tiene algo de magnífico; son como la mezquina vegetación que poco a poco tritura los Alpes. Vemos un gran instinto que dispone de instrumentos pequeños, pero enormemente numerosos.
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Cabría oponerle: los pequeños efectos de las grandes cosas, en el caso concreto de que éstas estuvieran representadas por individuos. Es difícil comprender; con frecuencia la tradición se extingue. El odio, por el contrario, es general; su valor descansa en la calidad, que cada vez tiene menos apreciadores.
Lo grande sólo actúa en lo grande: así el correo de antorchas de Agamenón únicamente salta de cumbre en cumbre.
La tarea de una