Llegué a la carretera y puse la velocidad de crucero. Trataba de calmarme. Había tiempo de sobra para encontrarme con Wil en el aeropuerto, de modo que procuré relajarme mientras disfrutaba del sol otoñal y de las colinas onduladas del sur. Por no mencionar las bandadas de cuervos bordeando la autopista.
Sabía que los cuervos constituían una buena señal a pesar de haber tenido que batallar con ellos todo el verano. Según la tradición su presencia indica misterio y una cita pendiente con nuestro destino. Algunos dicen que si logras seguirlos lo suficiente pueden incluso conducirte a un momento trascendental en la vida.
Por desgracia también se presentan temprano por las mañanas para comerse los vegetales que cultivas en el jardín —a menos, claro está, que hagas un trato con ellos—. Se ríen de los espantapájaros y las escopetas. Si permites que se alimenten de una hilera de plantas cerca del bosque, tenderán a dejar el resto en paz.
Justo en ese momento un solo cuervo sobrevoló el coche delante de mí. Después dio una vuelta completa y se dirigió hacia el lugar de donde yo venía. Traté de seguir su vuelo por el espejo retrovisor pero sólo pude distinguir un todoterreno azul marino que estaba a unos cien metros de mí.
Sin pensar en este coche seguí admirando el paisaje, respiré profundo y procuré relajarme. «Nada como un buen viaje por carretera», pensé. Me pregunté cuántas personas en distintos lugares estarían experimentando en ese momento algo parecido: huir de la tensión que provoca vivir en un mundo incierto sólo para ver qué pasa.
En mi caso la diferencia consistía en que yo buscaba algo. Durante meses me había encontrado con completos desconocidos que hablaban de lo mismo: la revelación secreta de un antiguo Documento sin nombre. Supuestamente este Documento provenía de una coalición mundial de tradiciones religiosas y ya sabían de su existencia aquellos que tienen un instinto especial para esas cosas. Sin embargo, nadie parecía conocer detalles del Documento. Se decía que, por necesidad, se habían visto obligados a darlo a conocer antes de tiempo.
Estos rumores me resultaban interesantes y ligeramente cómicos. La idea de una coalición entre las diversas tradiciones religiosas no es nueva, pero se ha demostrado una y otra vez que esa alianza es imposible en la realidad. Las diferencias entre los credos eran demasiado grandes. Al final cada tradición trataba de prevalecer sobre las demás.
De hecho estaba a punto de olvidarme del asunto cuando recibí un fax de Wil. Me envió las que parecían ser dos páginas traducidas del antiguo Documento. En los márgenes de la primera página había una anotación de Wil: «Esto tiene orígenes tanto hebreos como árabes».
Conforme leí las páginas tuve la impresión de que el texto había sido escrito en tiempos modernos al proclamar que algo importante sucedería en la segunda década del siglo XXI. Hice una mueca ante la fecha pensando que se trataba de una más de las muchas profecías del fin del mundo, una más de las desafortunadas predicciones del día final que malinterpretan todo, desde el Calendario Maya hasta la Revelación pasando por Nostradamus. Todos pregonan el fin de la Tierra: «¿No has escuchado, amigo? ¡El mundo se terminará en 2012!».
Durante años los medios de comunicación han ido retrasando la fecha del supuesto fin del mundo y la gente, aunque preocupada, también parece estar muy intrigada. La gran pregunta es: ¿Por qué? ¿Qué causa esta fascinación? ¿Se trata únicamente de la emoción de estar vivo justo en el momento en el que termina el Calendario Maya? ¿Se trata de otra cosa? Nuestra fascinación por el final puede revelar una intuición latente, cada vez más notoria, de que algo mejor está a punto de nacer.
Según leía el fax de Wil notaba que las páginas comenzaban a ejercer una suerte de atracción sobrenatural. El estilo era dinámico, vagamente familiar; el tono de autenticidad se confirmó cuando vi una segunda anotación de Wil en la última página: «Esto proviene de un amigo», garabateó. «Es de verdad».
Esas mismas páginas descansaban ahora sobre el asiento del copiloto. El sol vespertino brillaba sobre ellas. Sabía que el comentario escrito de Wil significaba que, al menos en su opinión, la fuente original era auténtica y que este mensaje, de uno u otro modo, tendría que ver con su mayor obsesión: la antigua Profecía Celestina que habían descubierto en Perú.
Este pensamiento liberó un mar de recuerdos pues me vino a la mente lo rápido que había corrido la noticia de las Primeras Nueve Revelaciones alrededor del mundo. ¿Por qué? Porque tenían sentido en un mundo superficial y materialista. El mensaje de esta Profecía era claro. Ser espiritual es más que creer en alguna deidad abstracta. Significa abrazar el descubrimiento de otra dimensión de la vida, que opera de manera exclusivamente espiritual.
Cuando uno descubre esto, se da cuenta de que el universo está repleto de una suerte de encuentros fortuitos, intuiciones y misteriosas coincidencias y de que todas apuntan a la existencia de un propósito más alto y puro de nuestras vidas y de toda la historia de la humanidad. Entonces queda abierta la pregunta que se formula todo explorador al percatarse de esta realidad: ¿Cómo opera en realidad este mundo misterioso y cómo se adentra uno en sus secretos?
En aquellos días, lo sabía, algo había sucedido en la conciencia humana, lo que condujo directamente a dos nuevas Revelaciones: la Décima y la Undécima. La Décima se adentraba en el misterio de la Vida después de la Muerte y se centró durante una década en el Cielo y sus habitantes, terminando de una vez y para siempre con la antigua idea represiva de la muerte y lo que sucede después de ella. Después pareció comenzar una nueva exploración de todo lo espiritual.
Pronto llegó la siguiente Revelación, la Undécima, nacida del saber colectivo que dice que todos estamos en este mundo para participar en una agenda aún por definir, un plan de algún tipo. Dicho plan implicaba el descubrimiento de cómo podíamos manifestar nuestros más profundos sueños y llevar el mundo hacia este ideal. En los años siguientes esta intuición generó toda suerte de teorías sobre el Secreto, el Poder de la Oración y la Ley de la Atracción, teorías que parecían ser correctas pero no estaban completas.
Yo sabía que esas teorías nos habían traído hasta los tiempos recientes y duraron hasta que lo material se derrumbó bajo nuestros propios pies en la forma de un colapso financiero mundial. Después de eso nos enfrentamos a asuntos más urgentes, como la solvencia personal y el no permitir que los pesimistas nos arrastren con sus temores. Seguíamos despiertos y queríamos obtener más respuestas espirituales, pero a partir de entonces esas respuestas tendrían que ser también de índole práctica. Las respuestas debían funcionar en el mundo real sin importar lo misterioso que resultara ese supuesto mundo real.
Supe que pronto sonreiría... Qué interesante que Wil hubiera hallado los escritos en este momento. Desde hacía mucho tiempo él había pronosticado la llegada de otra Revelación, la Duodécima (la que acarrearía, según Wil, una revelación final para la humanidad, retomando el final de la Undécima Revelación). Me pregunté si la Duodécima nos enseñaría por fin a vivir esta sabiduría espiritual en un nivel superior. ¿Sería este cambio el principio de ese mundo nuevo e ideal que sentíamos que se aproximaba?
Sabía que deberíamos esperar para conocer la respuesta. Wil sólo había dicho que nos encontraríamos en el aeropuerto y que luego partiríamos a El Cairo si las cosas salían bien. ¿Si salían bien? ¿Qué quería decir con eso?
Un ciervo que atravesó la carretera terminó con mis especulaciones, por lo que tuve que reducir la velocidad. El animal cruzó a toda velocidad los seis carriles y saltó la valla que estaba al otro lado. Un ciervo constituía también un buen presagio, un símbolo de atención y alerta.
Miraba las colinas y era testigo de cómo sus colores otoñales se me brindaban con tintes ambarinos gracias al atardecer. Entonces me di cuenta de que me sentía precisamente así: más atento y vivo. Todos estos pensamientos me habían provocado un nivel de mayor energía y me habían elevado hasta un lugar en el que atendía cada detalle: el atardecer, el paisaje, las ideas que llegaban a mi mente. Era como si de pronto todo fuera más importante.
Me sobrevino otra sonrisa espontánea y franca. Había experimentado este estado mental muchas veces antes y cada vez que ocurría me tomaba por sorpresa por su ocurrencia intempestiva, aunque también me sorprendía el hecho de haber perdido ese estado mental, esa certeza que parecía tan adecuada y natural.
Se han dado muchos nombres a esta experiencia: la Zona, Percepción Elevada y, mi nombre favorito, Flujo Sincrónico. Cada nombre trata de capturar su principal característica: una súbita elevación de la experiencia, con lo que trascendemos lo ordinario y encontramos un significado sublime en el curso de los hechos. Esta percepción sincrónica nos centra de alguna manera y va mucho más allá de lo que conocemos como mera casualidad, como si se desplegara ante nosotros un destino más elevado.
De pronto me llamó la atención un local situado en el lado derecho de la carretera. Se trataba de un pequeño bar llamado El Pub. Wil se había referido a este establecimiento años atrás alabando su buena comida, en especial las tortas caseras. Yo había pasado por ahí muchas veces sin detenerme. «Ahora me sobra tiempo», pensé. ¿Por qué no comer algo aquí y evitar así la comida del aeropuerto? Tomé la siguiente salida. El todoterreno que viajaba detrás de mí también lo hizo.
Después de aparcar debajo de un roble gigantesco entré y me encontré con un establecimiento repleto. Las parejas conversaban en la barra y las familias con niños comían en las cinco o seis mesas que estaban dispuestas en el centro del lugar. Mis ojos se fijaron de inmediato en dos mujeres sentadas a una mesa pegada a la pared opuesta. Se inclinaban para hablar con evidente intensidad. Conforme avancé en dirección a ellas, noté que había una pequeña mesa desocupada junto a la suya.
Al sentarme la más joven me miró por un instante para luego volver a mirar a su amiga.
—La Primera Integración —dijo ella— sugiere que existe una manera de mantener la Sincronización. Pero no tengo todo el Documento. En algún lugar hay más de estos escritos. Debo encontrarlos.
Mi energía aumentó de nuevo. ¿Hablaba ella del mismo Documento? La mujer llevaba vaqueros y calzado especial para senderismo. Alrededor del cuello flotaba un pañuelo multicolor. Al hablar se colocaba una y otra vez el cabello detrás de las orejas. Advertí un leve aroma a perfume de rosas.
Conforme la miraba sentí una extraña atracción que me impactó. Miraba alrededor instintiva y constantemente, por lo que me sorprendió observándola y estableció un firme contacto visual. Aparté la mirada de inmediato. Cuando volví a mirar, un hombre bajo y fornido se acercó a la mesa para sorpresa de las mujeres, lo que dio lugar a una serie de sonrisas y abrazos. La mujer del pañuelo le entregó varias páginas mecanografiadas que él leyó en silencio. Mientras tanto yo pretendía leer el menú sabiendo que algo importante estaba sucediendo.
—¿Por qué vas a Arizona? —preguntó el hombre.
—Porque no deja de rondarme la idea en la cabeza —contestó la mujer del pañuelo—. Tengo que seguir mi intuición.
Escuché atentamente. Todas las personas de esa mesa parecían estar en el mismo nivel de flujo que yo.
—Debo comprender por qué me contactó mi madre —continuó la mujer—. Estos escritos me ayudarán a comprender. Lo sé.
—¿Así que te vas enseguida? —preguntó el hombre.
—Sí. Esta misma noche —contestó ella.
—Sólo sigue tu intuición—advirtió el hombre—. La Sincronización debe de estar funcionando en tu caso. Pero ten cuidado. No sabemos quiénes más pueden estar buscando esta información.
No pude soportar más. Estaba a punto de comentar algo cuando un hombre grande y musculoso de una mesa vecina a la mía murmuró:
—¡Qué tontería!
—¿Q-q-qué? —tartamudeé.
Miró en dirección a las mujeres y susurró:
—Me refiero a lo que dicen. ¡Son puras patrañas!
Por un momento no supe qué responder. Era alto y tendría cerca de 45 años, de cabello rebelde y ceño fruncido. Al hablar se inclinó hacia mi mesa.
Negó con la cabeza en desaprobación y dijo:
—Esta clase de pensamiento mágico será la muerte de nuestra civilización.
«Un escéptico», pensé. No tenía tiempo para esto.
El hombre parecía leer mi rostro. «¿Qué? ¿Está de acuerdo con ellos?».
Miré hacia otra parte para tratar de escuchar lo que decía la mujer, pero el tipo acercó su silla a mi mesa.
—¡La intuición es un mito! —dijo con firmeza—. Se ha demostrado muchas veces. Los pensamientos son sólo descargas nerviosas que reflejan cualquier cosa que creas saber sobre el medio ambiente. Y toda esa basura del doctor Jung sobre la Sincronización no es más que el acto de ver lo que se quiere ver en las casualidades del mundo. Lo sé. Soy científico.
Sonrió, aparentemente complacido por estar al tanto del origen de la teoría de la Sincronización. Y yo me irritaba cada vez más.
—Mira —le dije—, preferiría no hablar de ello.
Me volví para seguir escuchando pero ya era demasiado tarde. La mujer y sus amigos se habían levantado y caminaban hacia la puerta del local. El escéptico hizo una mueca antes de levantarse e irse también. Pensé en seguirlos pero no lo hice, me preocupaba que me tomaran por un acosador o algo así. Me senté de nuevo. Había perdido el momento.
Supe que la energía que sentí en el coche se había esfumado por completo. Ahora me sentía desanimado. Incluso llegué a ponderar la posibilidad de que el escéptico tuviera razón, pero descarté la idea rápidamente. Habían ocurrido demasiadas cosas en mi vida como para pensar de ese modo. Lo más probable era que las cosas hubieran sucedido tal como sucedieron, es decir, que estaba a punto de saber más sobre el Documento cuando me detuvo la maldición de mi vida: uno de esos escépticos que luchan por desmentir todo lo espiritual.
Habría seguido ocupado en mis asuntos de no ser porque noté que un individuo me miraba desde una esquina del bar, cerca de la puerta. Vestía una chamarra de cuero de color café y llevaba el cabello corto. Del bolsillo de su camisa colgaban unas gafas de sol. Justo después de que nuestros ojos se encontraran él se perdió detrás de un grupo de personas reunidas en esa zona del bar.
Miré con atención el recinto y descubrí que dos personas más me miraban. Vestían de forma casual y ofrecían la misma mirada monótona. Y la desviaban al notar que yo los observaba.
«Bien», pensé. Éstos eran operadores profesionales de algún tipo. Me levanté y me dirigí al baño. Ninguno reaccionó. Recorrí un pasillo estrecho para encontrar lo que buscaba: una puerta trasera. Salí al aparcamiento mal iluminado. No vi a nadie. Entonces, conforme me aproximaba a mi vehículo, alguien se ocultó detrás de la caja de una camioneta. Cuando volví a echar a andar, la persona caminó también hacia mí.
Me detuve y la persona se detuvo. Luego noté algo familiar en su postura. ¡Era Wil! Cuando llegué a él, Wil me obligó a agacharme y miró en dirección a El Pub.
—¿Qué haces aquí, amigo mío? —preguntó con su acostumbrado tono humorístico.
—No lo sé —respondí con brusquedad—. Varias personas me miraban en el interior. ¿Qué haces tú aquí, Wil?
Observé que llevaba una mochila grande de senderismo.
Hizo una seña en dirección a mi vehículo.
—Te lo digo después. Éste es tu todoterreno, ¿no? Vayámonos de aquí. Yo conduzco.
Al entrar en el vehículo miré al otro extremo del aparcamiento y vi a la mujer del pañuelo en compañía de varias personas. Sorprendentemente una de esas personas era el escéptico.
Quería seguir observando, pero más allá de ellos vi algo que me dejó aún más sorprendido. El todoterreno azul marino que había visto por el espejo retrovisor durante el camino estaba estacionado a unos treinta metros, a poca distancia de una valla. Incluso a esa distancia pude distinguir a dos hombres sentados en la parte delantera.
Debí haberlo sabido.
Mientras yo miraba hacia atrás, Wil condujo hasta la carretera y tomó rumbo al norte. Nadie parecía seguirnos.
—¿Por qué viniste a El Pub? —pregunté de nuevo.
—Tuve una corazonada —dijo—. No sabía en dónde más encontrarte. También comencé a notar que la gente me miraba, por lo que no quise usar mi teléfono móvil. Un amigo me llevaba al aeropuerto cuando recordé este lugar y pensé que quizá tú te habrías detenido aquí. Al ver tu coche pedí a mi amigo que me dejara en este lugar. —Me miró fijamente—. ¿Y tú? ¿Por qué decidiste parar aquí?
—Vi el bar desde la carretera y recordé que me lo habías recomendado. Pensé que sería un buen sitio para comer algo.
Me sonrió con complicidad. Ambos sabíamos que se trataba de la Sincronización. Me pareció que tenía buen aspecto teniendo en cuenta los años que llevábamos sin vernos. Sí, tenía más arrugas en ese rostro bronceado, pero su voz y sus movimientos parecían los de un hombre mucho más joven. Sus ojos brillaban alertas.
—Hay más personas interesadas en este Documento de las que pensaba —murmuró—. Mejor cuéntame todo lo que te ha sucedido.
Mientras viajábamos al norte se lo describí todo: las ideas que había tenido al conducir, el todoterreno azul marino, el súbito flujo de Sincronización y todos los detalles de lo vivido en el bar, especialmente la parte en la que el escéptico echó a perder las cosas y lo referente a los hombres que me miraban.
Al terminar le pregunté sobre la vigilancia.
—No sé quiénes son —dijo—. Comencé a sentirme observado hace algunos días. Ayer logré ver a uno o dos en la distancia. Son muy buenos observadores.
Asentí con nerviosismo. Tomé las páginas de la traducción que estaban cerca de mi pierna y pregunté:
—¿Quién te mandó esto?
—Un amigo que vive en Egipto —respondió Wil—, uno de los principales expertos en textos antiguos. Lo conozco desde hace mucho tiempo y por teléfono me aseguró que no hay duda de que el Documento es auténtico y que probablemente date de los siglos IV o V. Sólo le enviaron la primera parte del Documento, ya traducida. Mi amigo piensa que el texto se refiere a los tiempos actuales, igual que la vieja Profecía.
Intercambiamos miradas.
»Hay más —continuó Wil—. El Documento dice que estamos en una especie de carrera. Mi amigo dice que estos fragmentos están saliendo a la luz en todas partes del mundo. Aparentemente quienquiera que esté dando a conocer este Documento está enviando fragmentos seleccionados a distintas personas con algún fin específico. Es todo lo que sé. La llamada se cortó en mitad de la conversación. No he podido volver a comunicarme con él.
Mi mente trabajaba a toda velocidad. La mujer que había visto en El Pub tenía parte del Documento y estaba a punto de viajar a Arizona. Pero ¿a qué parte de Arizona? ¿Estaba en peligro? ¿Lo estábamos nosotros?
La realidad comenzaba a ser evidente. El Documento era fascinante; ahora sabíamos que alguien oficial también estaba interesado en él. ¿Trataban de restringir su acceso? ¿Hasta dónde estaban dispuestos a llegar para lograrlo? Me invadió el miedo.
—Bueno, supongo que nuestro viaje a Egipto queda descartado —dije tratando de ser simpático.
Wil hizo un gesto de desagrado.
—Tenía la sensación de que podíamos viajar a otra parte.
De pronto clavó la mirada en el espejo retrovisor. Detrás de nosotros, a una distancia considerable, había otro todoterreno.
»Creo que nos están siguiendo —dijo.
En ese momento Wil comenzó a poner en práctica una serie de estrategias. Primero me pidió prestado mi móvil último modelo, sacó un mapa del área, apagó el teléfono y le quitó la batería. Redujo la velocidad, lo que hizo que el todoterreno también lo hiciera para mantener la distancia. Un minuto después Wil aceleró de repente, con lo que la distancia entre nuestro vehículo y el otro aumentó rápidamente. Wil logró así tomar la siguiente salida sin ser visto.
Viró a la derecha de inmediato y avanzó por un camino estrecho y pavimentado, luego dio la vuelta a la izquierda por un camino de grava que, supe de inmediato, no aparecería en el mapa.
—¿Cómo sabías de este camino?
Me miró sin decir palabra. El viejo camino estaba repleto de baches, pero nos condujo a otro camino pavimentado que nos llevó a la carretera de nuevo, unos ocho kilómetros más adelante en dirección al norte. Al volver a la autopista nos quedó claro que el tráfico estaba parado detrás de nosotros. Vimos luces azules y un camión de bomberos aparcado en el punto de la congestión.
Wil redujo la velocidad al incorporarse a esa carretera prácticamente vacía. Todos los que estaban detrás de nosotros, incluyendo a los ocupantes del todoterreno, estaban bloqueados.
Miré fijamente a Wil. Lo había visto hacer muchas cosas, pero ninguna tan rápida.
—¿Cómo supiste qué camino seguir? —pregunté.
Me miró y preguntó a su vez:
—¿Cómo supiste que debías detenerte en El Pub para ponerte en contacto conmigo?
—De acuerdo —reconocí—. Intuición. Pero pareció tan rápido. Yo nunca he hecho algo así.
Las luces de los coches que circulaban en sentido contrario lo deslumbraban.
—He hablado con personas que conocen distintos fragmentos del Documento. Describe las muchas habilidades que los humanos no han desarrollado. Parece que ése es el tema central del Documento. Cada parte está dedicada a lo que llama la Integración de la sabiduría espiritual, y se refiere específicamente a las Revelaciones de la antigua Profecía.
—Espera un minuto —le pedí—. Eso significaría que el autor de este Documento, sea quien sea, conocía la Profecía desde esa época.
—Sí. Creo que es una especie de pieza adjunta, como una guía. Mi amigo dice que existen once partes de este Documento circulando por ahí, cada una dedicada a una Integración del conocimiento particular. Y se habla de una Duodécima.
—¿Da a conocer la Duodécima Revelación? —pregunté.
—Aparentemente, pero nadie parece tener esa parte aún, o al menos nadie habla de ella. El Documento indica que cada Integración debe ponerse en acción en orden sucesivo, comenzando por la Primera Integración: aprender a mantener la Sincronización. —Hizo una pausa y me miró antes de añadir—: Eso ha sido siempre un problema.
Sabía a qué se refería. Todos coquetean con la Sincronización. El reto, al menos en mi caso, consiste en mantener la experiencia y lograr que el flujo no sea interrumpido. De todas las dificultades inherentes a la Sincronización ésta era la más mencionada por la gente. La experiencia sincrónica parece entrar en nuestras vidas casi con facilidad, permanece un tiempo y luego termina.
Me volví para revisar el camino de nuevo. Aunque nadie nos seguía yo continuaba inquieto.
—No sé si estoy seguro de querer involucrarme con este Documento, Wil. Puede ser muy peligroso.
—¿Y qué quieres hacer?
—Quiero ir a la policía para deshacerme de estas personas. Tal vez pueda ayudar a difundir el mensaje cuando se conozca el contenido.
—¿Y qué si las cosas no suceden así? ¿Qué pasaría si la Duodécima Revelación no se encuentra nunca?
Lo miré y sonreí. Habíamos vivido muchas cosas juntos y Wil nunca me había dirigido equivocadamente. Quería escuchar lo que tuviera que decir.
»Mira —continuó—. Todo lo que hemos descubierto, la búsqueda entera de la experiencia espiritual, puede depender de este mismo momento. Tú decides, pero al menos déjame ponerte al tanto de lo que está en juego.
Wil redujo la velocidad y salió de la carretera diciendo que necesitaba concentrarse. Encontró un camino vecinal, lo tomó, se paró y apagó las luces.
»El Documento es muy claro —comenzó—. En él se dice que en este periodo de la historia la vida material hasta ahora fácil se hará más dura; habrá caos social y financiero generalizado. No obstante, se afirma que dichos retos anticipan un gran despertar espiritual en todos nosotros, un despertar en el que podremos hacer realidad muchas nuevas capacidades y percepciones. Pero cada uno de nosotros debe tomar una decisión. ¿Abrazaremos esta espiritualidad más profunda o nos aferraremos al temor? Se trata de un reto para el que es necesario ser valiente, pero también debemos ser pragmáticos. En cierto sentido los sucesos nos están obligando a poner en acción nuestras creencias. La única manera de sobrevivir al nivel de desorden al que se enfrenta el mundo es abordando la vida de manera diferente.
»El Documento dice que la primera habilidad que se manifestará es nuestra capacidad de sostener el Flujo Sincrónico. Cuando las misteriosas coincidencias se hagan más frecuentes, llegaremos a darnos cuenta de que estamos siendo guiados, y hasta protegidos de los peligros de este periodo histórico.
Hizo una pausa y luego pareció atrapar mi mirada a pesar de la tenue luz.
»Hay más. El Documento dice que aquellos de nosotros que logremos descubrir cómo mantener el flujo e integrar así esta sabiduría facilitaremos que otros se abran a la experiencia más tarde, debido únicamente a la influencia que desarrollaremos. Pero, por otra parte, si muchos de nosotros fracasamos al integrarnos en esta corriente, puede que la sabiduría no se actualice y llegue a perderse en la historia.
—¿Eso dice?
—Sí. Exactamente eso.
Me sonrió condescendiente.
»Así de importante es —continuó—. Y a pesar de ello somos nosotros quienes debemos elegir en lo individual.
—Sigue, por favor.
—El Documento se concentra primero en la experiencia sincrónica —prosiguió Wil— porque es el fenómeno que permite que cada uno de nosotros avance. Si hacemos que esta experiencia sea más consistente, entonces nos daremos cuenta de que nuestras vidas tratan de despegar con un destino cierto. Nos sentimos más vivos.
«Exactamente», pensé. Más vivos. Había utilizado esa misma expresión antes para describir mi propia experiencia. Y dado que había estado pensando en la revelación del Documento supe que el encuentro y la conversación de las mujeres no eran coincidencias. Así tenían que pasar las cosas. Por supuesto no tardó en aparecer el escéptico y la experiencia se perdió. Sentí el descenso de energía con sólo tener ideas escépticas.
Wil pareció percatarse de esto.
—Cuando entramos en el Flujo de la Sincronización, obtenemos claridad y vitalidad; cuando salimos del flujo, las perdemos. El punto es que ahora finalmente tenemos la oportunidad de acceder a una mayor claridad, no sólo respecto del fenómeno de la Sincronización, sino en relación a toda nuestra naturaleza espiritual. Y si no lo hacemos, nuestro futuro y el de nuestros hijos pueden cambiar de forma radical.
Hizo una pausa cuando un automóvil nos rebasó. Todo parecía en orden.
»De modo que la idea es ésta: encontramos las piezas de este Documento, una por una. Cada parte tiene fundamento en el contenido de la anterior, de manera que ofrecen perfecto sentido y continuidad, y así brindan mayor comprensión y una conciencia superior; también obtenemos todas estas habilidades nuevas que hemos mencionado. El Documento dice que cuando integremos las once primeras partes se nos entregará la parte final: la Duodécima. Después de eso no sólo comprenderemos la espiritualidad en su totalidad, sino que también seremos capaces de vivirla la mayor parte del tiempo.
Nos rebasó otro automóvil.
»Insisto: la Primera Integración echa a andar las cosas, porque implica aprender a permanecer en el Flujo de la Sincronización que nos llevará adelante.
—¿Qué dice el Documento sobre la manera de permanecer en el Flujo Sincrónico? —pregunté.
—Dice que sólo debemos aprender a recordar.
—¿Recordar qué?
—¡Que este flujo es posible! ¡Que existe! Antes, cuando apenas leías las Revelaciones de la Profecía y pasábamos el tiempo pensando y hablando de la Sincronización, ¿no te parecía que la Sincronización de los hechos se daba con más regularidad? Pues bien: eso sucedía justo porque teníamos esa expectativa en mente. Eso es todo. Sólo tienes que acordarte de recordar.
Tuve que pensar un momento. ¿Era así de simple? Antes, cuando conducía hacia El Pub, me dejé ir y comencé a pensar en la realidad de la Sincronización. Y sí: de pronto sucedió lo que aquí he narrado.
»En la práctica —aclaró Wil— todo se reduce a esperar conscientemente que tenga lugar la siguiente Sincronización, lo que significa que debemos permanecer en actitud de alerta expectante, una actitud que no resulta tan sencilla hoy en día porque nos sentimos estresados siempre, con muchas cosas que hacer. No obstante, permanecer en este estado de alerta nos ayuda de inmediato, porque tiene el efecto de desacelerar el tiempo.
Yo sabía que era cierto. Siempre que estás esperando algo y quieres apresurar los acontecimientos, las cosas tardan una enormidad en llegar. El tiempo parece reducir la marcha.
»La desaceleración del tiempo es ahora algo positivo —añadió—, porque muchos de nosotros nos sentimos abrumados por los problemas que nos llegan a la velocidad de la luz. Cuanto más desaceleremos las cosas —para esperar a que un evento sincrónico nos indique el camino correcto— más fácil será conducir la vida.
»De modo que, para empezar, deberíamos poner una nota en el espejo del baño, o decir a un amigo que nos llame para recordárnoslo a primera hora de la mañana, o cualquier otra cosa con tal de no olvidar que debemos desarrollar una expectativa de Sincronización al comienzo de cada día. Con el tiempo se convierte en un hábito. Y una vez que empiezan a tener lugar todas las misteriosas coincidencias y nuestro destino da la impresión de estar desenvolviéndose ante nuestros ojos, lo único que nos queda por hacer es permanecer en ese flujo.
Hizo una pausa dramática.
»Y para hacer eso —continuó— necesitamos aprender a comunicar a los demás lo que nos sucede.
—¿Qué?
—Piensa en qué sucede cuando pierdes el flujo —explicó—. ¿No suele ocurrir cuando nos topamos con una situación en la que nos vemos obligados a interactuar con los que no están en el flujo y, por tanto, no pueden ver todos los significados que nosotros vemos? Su efecto es que salimos del flujo de forma abrupta.
Pensé en lo que acababa de sucederme con el escéptico. En ese caso al menos había sido más que cierto.
—Cuando estoy inmerso en el flujo —dije—, suelo tratar de evitar a los demás precisamente para que no me saquen de ese estado.
—Lo sé —dijo Wil en tono de amistoso reproche.
—¿Estás diciendo que debería haberme tomado tiempo para hablar con ese escéptico, aunque no quisiera hacerlo?
—No. Sugiero que deberías haber sido abierto y veraz con él, pidiéndole quizá que aguardara unos minutos mientras hablabas con las personas de la mesa. Te estaba importunando, pero no por eso tenías que salir del flujo. Perdiste el flujo porque no encontraste la manera de comunicarle honestamente quién eres y qué estabas haciendo.
—No creo que estuviera interesado en nada que yo pudiera decir.
—Se te escapa el meollo del asunto. No dije que debieras defender tu posición o convencerlo de nada. Sólo debías comunicarle la verdad de la situación tal como la ves con el propósito de mantenerte centrado en el flujo. Pudo haberse marchado o considerar que eras un tanto grosero; ése es su problema. El caso es que tú habrías mantenido el flujo.
Volvió a hacer una pausa dramática antes de continuar:
»Y de haber manejado así las cosas ¡habrías estado abierto a la posibilidad de que ese hombre tuviera información para ti! Gracias a la antigua Profecía de Perú sabes que debes tratar la supuesta interrupción de este hombre no como una amenaza sino como una Sincronización potencial en sí misma. Nada impide que, a largo plazo, lo que ese extraño te dijera resultara tanto o más importante que lo que estabas aprendiendo de la mujer.
La llamada de atención me revolvió y me vigorizó al mismo tiempo. Si estaba entendiendo bien, al decir la verdad sobre la situación personal (cualquiera que ésta sea) se mantiene el flujo, principalmente porque nos mantiene centrados en la claridad de nuestra propia experiencia vital. De nuevo volví a preguntarme si podía ser tan simple.
Cuando formulé la pregunta a Wil, él rio entre dientes y dijo:
—Así de simple y complejo a la vez. Y si quieres continuar encontrando las Integraciones debes comenzar por concentrarte en decir la verdad absoluta, a ti y a los demás. Debes comunicar lo que realmente te está pasando, sin importar lo esotéricas que puedan ponerse las cosas.
Yo seguía pensando cuando Wil arrancó el coche y volvió a la carretera. Tras recorrer una distancia corta se pasó al carril izquierdo para evitar a un coche parado a mano derecha. Dentro se distinguía la solitaria silueta del conductor. La luz iluminó su rostro por un instante.
—¡Es él! —dije sin poder creerlo del todo—. El escéptico de El Pub. Es él.
Wil miró atrás.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Mientras lo observábamos, el hombre siguió por la carretera y tomó la primera salida. Wil me miró con suspicacia.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Parece que ya estás de nuevo en el flujo. Tal vez se te está ofreciendo otra oportunidad.
—¿Te refieres a la oportunidad de hablar con él?
—Bueno —dijo Wil mirando al salpicadero del coche—, querías saber adónde se dirigiría la mujer que has visto. Y dijiste que él estaba hablando con ella en el aparcamiento. Necesitamos echar gasolina, de modo que podemos regresar y encontrarnos con él.
Miré a Wil y acepté sin que la idea me gustara mucho que digamos.
—De acuerdo. Hagámoslo, pero no estoy seguro de qué le voy a decir a este tipo.
—Sólo dile la verdad —aconsejó Wil—. Dile que crees que las coincidencias significativas son reales y ocurren por alguna razón... y dile que ésta es la segunda vez que tu camino se cruza con el suyo.