Una nota al lector

Hace unos años escribí un libro llamado Come, reza, ama, donde contaba la historia de un viaje que había hecho por el mundo, sola, tras un divorcio complicado. Cuando lo redacté, a los treinta y tantos años, me alejé por completo de mi trayectoria como escritora hasta entonces. Antes de Come, reza, ama, en los círculos literarios se me conocía (en caso de que se me conociera) como una autora que escribía fundamentalmente para y sobre hombres. Llevaba años trabajando de periodista en revistas como GQ y Spin, enfocadas hacia un público masculino, empleando sus páginas para explorar la masculinidad desde todos los ángulos posibles. De igual modo, los personajes de mis tres primeros libros (tanto de ficción como de no ficción) eran todos del tipo supermacho: vaqueros, pescadores de langostas, cazadores, camioneros, cargadores, leñadores…

Por aquel entonces muchos me decían que escribía como un hombre. Conste que ni siquiera tengo muy claro lo que significa «escribir como un hombre», aunque sospecho que suele decirse como un halago. En todo caso, yo en aquel momento me lo tomé como un halago. Para escribir un artículo de la revista GQ, hasta me hice pasar por un hombre durante una semana. Después de cortarme el pelo y aplastarme el pecho, me metí un condón lleno de semillas en los pantalones y me pegué una barba tipo mosca debajo del labio, en un esfuerzo por colonizar y desentrañar los fascinantes secretos de la masculinidad.

Debería añadir aquí que mi fijación con los hombres también afectaba a mi vida privada, lo cual a menudo me causaba problemas.

Mejor dicho, siempre me traía problemas.

Entre mis amoríos y mis obsesiones profesionales, el tema de la masculinidad me tenía tan ocupada que jamás dediqué ni un solo segundo al tema de la feminidad. Y desde luego, jamás perdí el tiempo dedicándome a mi propia feminidad. Por ese motivo, aparte de sentir una indiferencia general hacia mi propio bienestar, jamás había llegado a familiarizarme conmigo misma. En tal situación, cuando a eso de los treinta caí al fin en una profunda depresión, fui incapaz de entender y articular lo que me estaba pasando. Primero se me vino abajo el cuerpo, luego el matrimonio y después —durante un periodo horrible y aterrador— la mente. El flanco masculino no me servía de nada en aquella situación; la única manera de salir del embrollo anímico en que estaba era intentar dilucidarlo a tientas. Recién divorciada, hecha polvo y sintiéndome muy sola, lo abandoné todo para lanzarme a un año de viaje e introspección, para estudiarme a mí misma tan a fondo como en otro tiempo había estudiado la huidiza psicología del vaquero estadounidense.

Y después, como soy escritora, lo conté todo en un libro.

Y entonces, como la vida a veces es muy extraña, ese libro se convirtió en un best seller gigantesco y de pronto —tras una década de escribir solamente sobre el hombre y la masculinidad— me empezaron a llamar autora de chick-lit, o literatura rosa moderna. No es que tenga muy claro qué tipo de literatura es, pero estoy bastante segura de que no es un halago.

El caso es que ahora la gente me pregunta si yo ya me veía venir toda esta historia. Quieren saber si cuando estaba escribiendo Come, reza, ama me llegué a imaginar el fenómeno de ventas que iba a ser. Pues no. Era imposible que yo hubiera podido predecir o planificar una respuesta tan apabullante. Lo único que se me pasaba por la cabeza al escribir el libro era que se me perdonase el hecho de que fuera una crónica autobiográfica. Es cierto que por entonces sólo tenía un puñado de lectores, pero eran lectores fieles a la terca joven que escribía historias duras sobre hombres masculinos que hacían cosas masculinas. Jamás pensé que esos mismos lectores fuesen a disfrutar de un relato más bien sentimentaloide en primera persona sobre el intento de una mujer divorciada de hallar un remedio psicoespiritual para sus males. Esperaba que tuviesen la generosidad de entender, eso sí, que tenía motivos personales para escribir un libro así. Entonces, una vez aceptado eso, lo dejarían correr y todos podríamos seguir adelante como si nada.

Sin embargo no fue así como salieron las cosas.

(Y para dejar bien claro el asunto: el libro que tenéis entre las manos ahora tampoco es una historia dura sobre hombres masculinos que hacen cosas masculinas. ¡Que no se pueda decir que no estáis avisados!).

Otra pregunta que la gente me hace sin parar es cómo me ha cambiado la vida a partir de Come, reza, ama. A eso me resulta difícil contestar, porque la influencia ha sido monumental. Hay una analogía infantil que puede resultar útil. Cuando yo era pequeña mis padres me llevaron al Museo de Historia Natural de Nueva York. Ahí estábamos los tres, en la Sala de los Océanos. Alzando el brazo hacia el techo, mi padre señaló la enorme ballena azul que colgaba sobre nuestras cabezas, una reproducción en tamaño natural. Intentó que me fijara en el tamaño mastodóntico de aquella criatura, pero yo era incapaz de ver la ballena. Estaba justo debajo, que conste, y la estaba mirando directamente, pero era incapaz de asimilarla. Mi mente no estaba dotada para comprender algo así de grande. Veía el cielo azul y las caras asombradas de todos los que estaban en la sala (¡era obvio que estaba pasando algo emocionante!), pero fui incapaz de asimilar a la ballena en sí.

Eso es lo que me sucede a veces con Come, reza, ama. Una vez publicado el libro, llegó un momento en que ya me era imposible asimilar las dimensiones de su trayectoria, así que dejé de intentarlo y dediqué mi atención a otros pasatiempos. Plantar un jardín me resultó útil; no hay nada como quitar babosas de las tomateras para mantener la perspectiva de la vida.

Dicho esto, me ha producido cierta desazón plantearme cómo, después de un fenómeno semejante, voy a poder volver a escribir sin sentirme consciente de ser quien soy. Y no quiero fingirme falsamente nostálgica de ser una escritora sumida en las tinieblas, pero antes siempre escribía mis libros convencida de que los iban a leer muy pocas personas. Esa idea, por supuesto, casi siempre me parecía deprimente. Pero tenía un consuelo desde el punto de vista crítico: si me humillaba de un modo excesivamente atroz, al menos no habría demasiados testigos. En cualquier caso, ahora se trataba de una cuestión académica. De pronto había millones de lectores atentos a mi siguiente proyecto. ¿Cómo demonios se escribe un libro que satisfaga a millones de personas? No estaba dispuesta a hacer algo descaradamente facilón, pero tampoco quería descartar por las buenas a ese público recién adquirido —sagaz, apasionado y formado en su mayoría por mujeres—, después de todo lo que habíamos vivido juntos.

Sin tener claro cuál iba a ser mi proceder, actué de todas formas. Tardé un año en escribir un borrador completo de este libro —quinientas páginas—, pero nada más acabarlo me di cuenta de que fallaba algo. La voz narradora no sonaba a mí. En realidad, no sonaba a nadie. Sonaba como un discurso saliendo mal traducido por un megáfono. Guardé el manuscrito con intención de no volver a echarle la vista encima y salí al jardín a iniciar una técnica contemplativa a base de escarbar, raspar y meditar.

Quiero dejar claro que no fue exactamente una crisis el periodo aquel en que no sabía bien cómo escribir, o digamos que no sabía cómo escribir con naturalidad. Por lo demás mi vida era verdaderamente agradable y estaba tan satisfecha con mi éxito personal y profesional que no tenía la menor intención de convertir mi particular dilema en un drama. Pero el asunto desde luego me estaba dando que pensar. Incluso llegué a plantearme la posibilidad de estar acabada como escritora. Dejar de escribir no era lo peor que me podía pasar en el mundo, en caso de que fuera mi destino, pero aún no lo había dilucidado. Tenía que pasar muchas más horas en el huerto de los tomates, no sé si me explico, para poder aclararme las ideas.

Al final me puse bastante contenta al admitir que era incapaz —que soy incapaz— de escribir un libro que satisfaga a millones de lectores. O al menos no sé hacerlo deliberadamente. Es decir, que no sé escribir un best seller maravilloso de encargo. Si supiera, puedo asegurar que lo habría hecho desde el principio, porque así habría llevado una vida mejor y más cómoda desde hace siglos. Pero las cosas no son así, o al menos no para las escritoras como yo. Es decir, las que escribimos lo que nos sale o lo que somos capaces de escribir en un momento dado, publicándolo a sabiendas de que, por algún motivo, no es asunto nuestro lo que le suceda al libro a partir de entonces.

Dicho esto, el libro que yo tenía que escribir, por una serie de motivos personales, era exactamente éste —otra crónica autobiográfica (¡con textos socio-históricos de regalo!) sobre mi esfuerzo por hacer las paces con la complicada institución del matrimonio—. Sobre el tema central nunca hubo ninguna duda; simplemente tardé algo en encontrar una voz propia. Al final descubrí que la única manera de lograr volver a escribir era limitar drásticamente —al menos en mi cabeza— el número de personas para quienes estaba escribiendo. Así que volví a mis inicios. Y esta versión de Comprometida no la escribí para millones de lectores. De hecho, la escribí exactamente para veintisiete lectoras: Maude, Carole, Catherine, Ann, Darcey, Deborah, Susan, Sofie, Cree, Cat, Abby, Linda, Bernadette, Jen, Jana, Sheryl, Rayya, Iva, Erica, Nichelle, Sandy, Anne, Patricia, Tara, Laura, Sarah y Margaret.

Esas veintisiete mujeres constituyen mi pequeño círculo —pero fundamental desde el punto de vista crítico— de mujeres amigas, parientes y vecinas. Abarcan edades que van desde los veintipocos hasta los noventa y tantos. Resulta que una de ellas es mi abuela; otra es mi hija adoptiva. Una es mi amiga de toda la vida; otra es mi amiga más reciente. Una está recién casada; otras dos están deseando casarse; varias acaban de volver a casarse; una en concreto está absolutamente encantada de no haberse casado jamás; otra acaba de terminar una relación con otra mujer que ha durado una década. Siete de ellas tienen hijos; dos (en el momento de escribir esto) están embarazadas; el resto —por una serie de motivos y con una amplia gama de sentimientos asociados— no tienen hijos. Algunas son amas de casa; otras son profesionales; un par de ellas, que Dios les dé valor, son amas de casa y profesionales. La mayoría son blancas; varias son negras; dos proceden de Oriente Próximo; una es escandinava; dos son australianas; una es hispanoamericana; una es una india cajún. Dos son fervientemente religiosas; a cinco de ellas no les interesa lo más mínimo el asunto de la divinidad; la mayoría está algo perpleja desde el punto de vista espiritual; las demás han logrado, con el paso de los años, llegar a un entendimiento privado con Dios. Todas estas mujeres tienen un sentido del humor por encima de la media. Todas ellas, en algún momento de su vida, han experimentado alguna tristeza que les ha partido el alma.

Durante años y años de copas y tazas de té compartidas, he hablado con estas almas luminosas de temas como el matrimonio, la intimidad, la sexualidad, el divorcio, la fidelidad, la familia, la responsabilidad y la autonomía. Podría decirse que este libro se ha escrito sobre los huesos de todas esas conversaciones. Mientras yo iba hilando las piezas de esta historia, me veía literalmente hablando en voz alta con estas amigas, parientes y vecinas, respondiendo a preguntas que a veces se remontaban décadas en el tiempo o planteando cuestiones por primera vez. Este libro nunca habría cobrado forma sin la influencia de esas veintisiete mujeres extraordinarias, a quienes estoy enormemente agradecida por su presencia colectiva. Como siempre, ha sido una lección y un consuelo tenerlas a todas reunidas a la vez.

ELIZABETH GILBERT

Nueva Jersey, 2009

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Capítulo primero.
El matrimonio y las sorpresas

El matrimonio es una relación de amistad reconocida por la policía.
ROBERT LOUIS STEVENSON

En el verano de 2006, un día a última hora de la tarde, estaba yo en un pequeño pueblo del norte de Vietnam, sentada delante de la lumbre en una polvorienta cocina, con un grupo de lugareñas cuyo idioma no entendía, empeñada en hacerles una serie de preguntas sobre el matrimonio.

Ya llevaba varios meses viajando por el sudeste asiático con un hombre que estaba a punto de convertirse en mi marido. Supongo que el término convencional para el individuo en cuestión sería «novio», pero como a ninguno de los dos nos gustaba esa palabra, no la usábamos. De hecho, a ninguno de los dos nos convencía demasiado todo el asunto del matrimonio. No teníamos pensado casarnos, ni era una de nuestras metas en la vida. Pero el destino se había interpuesto en nuestros planes, motivo por el cual estábamos viajando sin rumbo por Vietnam, Laos, Camboya e Indonesia mientras hacíamos esfuerzos ingentes —incluso desesperados— por volver a Estados Unidos para casarnos.

El hombre en cuestión llevaba dos años siendo mi amante, mi amor, y a lo largo de estas páginas le llamaré Felipe. Es un señor brasileño amable y cariñoso, diecisiete años mayor que yo, al que había conocido durante un viaje previo (o periplo planificado, por así decirlo) por el mundo para intentar recomponer mi corazón maltrecho. Al final de aquella travesía conocí a Felipe, que llevaba varios años viviendo tranquilamente en Bali solo, recuperándose de su propio corazón roto. Lo que vino a continuación fue una atracción mutua, un lento cortejo y, finalmente, ante nuestro mutuo asombro, el amor.

Nuestra resistencia al matrimonio, por tanto, no venía provocada por la ausencia de amor. Por el contrario, Felipe y yo nos queríamos abiertamente. Estábamos dispuestos a jurar por lo que fuera que nos íbamos a ser fieles para siempre. Incluso nos habíamos jurado lealtad eterna, aunque en privado. El problema era que los dos habíamos pasado por un divorcio siniestro, experiencia tan dolorosa que la sola idea de un matrimonio legal —con cualquiera, incluso con alguien tan maravilloso como nosotros— nos daba verdadero pánico.

Es evidente que la mayoría de los divorcios son un mal trago (Rebecca West decía: «Divorciarse es una ocupación tan alegre y útil como romper una buena vajilla de porcelana»), y nuestros casos no eran una excepción. Puntuando del uno al diez en la escala cósmica de los divorcios nefastos (en la que el uno equivale a una separación amistosa y el diez a lo más parecido a una ejecución), yo a mi divorcio le daría un 7,5. Sin haber implicado ningún suicidio o asesinato, la ruptura me pareció el proceso más repugnante que pueden protagonizar dos personas civilizadas. Y duró más de dos años.

En cuanto a Felipe, su primer matrimonio (con una australiana inteligente y profesional) había fracasado casi una década antes de conocernos en Bali. Su divorcio fue medianamente razonable, pero la pérdida de su esposa (junto con la casa, los hijos y casi dos décadas de vida compartida) había dejado en este buen hombre una impronta de tristeza con tendencia al remordimiento, la reclusión y la preocupación económica.

Nuestras experiencias, por tanto, nos habían dejado a los dos marcados, tristes y decididamente recelosos ante la prometida felicidad del sacrosanto matrimonio. Como todo el que ha caminado por el valle de las sombras del divorcio, Felipe y yo habíamos vivido en carne propia esta aterradora verdad: toda intimidad oculta bajo su hermosa superficie inicial los sigilosos resortes de la catástrofe total. También habíamos aprendido que el matrimonio es un estado en el que es fácil entrar, pero del que cuesta mucho salir. Libre de la ley, un amante no casado puede librarse de una relación nociva en cualquier momento. Pero la persona legalmente casada que quiera huir de un amor fallido pronto descubrirá que una parte importante del contrato matrimonial pertenece al Estado, que a menudo tarda mucho en darte la baja. Por tanto, te puedes ver atrapado durante meses o años en un pacto legal que te hace sentirte encerrado en un edificio en llamas. Y en mitad del incendio, querido amigo o amiga, estás en el sótano esposado a un radiador, incapaz de moverte, mientras las vigas se desmoronan a tu alrededor y todo se va llenando de humo…

Cuánto lo siento, pero el panorama no es muy halagüeño, ¿verdad?

Si cuento todas estas cosas tan desagradables es sólo para explicar por qué Felipe y yo habíamos llegado a un acuerdo bastante excéntrico nada más empezar nuestra historia de amor. Consistió en jurarnos solemnemente que jamás de los jamases, bajo ninguna circunstancia, nos íbamos a casar. Incluso nos prometimos no juntar jamás nuestros patrimonios ni bienes terrenales, para eliminar la pesadilla potencial de tener que dividirnos un turbio arsenal compartido de hipotecas, escrituras, casas, cuentas bancarias, electrodomésticos y libros preferidos. Tras cumplir fielmente esas promesas, los dos entramos en nuestra sociedad compartimentada con una auténtica sensación de bienestar. Pues del mismo modo que un compromiso legal hace sentirse acolchadas a otras muchas parejas, nuestro juramento de no casarnos nunca nos daba toda la protección afectiva necesaria para volver a arriesgarnos en el amor. Y ese compromiso nuestro —voluntariamente falto de compromisos oficiales— fue una liberación milagrosa. Era como haber encontrado el Paso del Noroeste hacia esa intimidad perfecta que, como dice García Márquez, se parece al amor, pero sin los problemas del amor.

Y eso fue lo que hicimos hasta la primavera de 2006: ocuparnos de nuestros asuntos, llevar una vida exquisitamente dividida de felicidad sin ambages. Y así podíamos haber seguido hasta el fin de los tiempos, de no haber sido por una interferencia de lo más inoportuna.

Me refiero a la intervención del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos.

 

* * *

 

El problema era que Felipe y yo —teniendo muchas virtudes en común— no teníamos la misma nacionalidad. Él era un brasileño con ciudadanía australiana y cuando nos conocimos pasaba la mayor parte de su vida en Indonesia. En cuanto a mí, era una estadounidense que, quitando los viajes, había vivido casi siempre en la costa este de Estados Unidos. Al principio no pensábamos que nuestra historia de amor apátrida nos fuera a dar problemas, aunque quizá deberíamos haberlos previsto. Como dice el refrán, puede ser que un pez y un pájaro se enamoren, pero ¿dónde van a vivir? La solución al problema, o eso nos parecía a nosotros, consistía en ser los dos viajeros y tener capacidad de adaptación (yo era un ave nadadora y Felipe un pez volador), así que el primer año lo pasamos a medio camino: remontando océanos y sobrevolando continentes para poder estar juntos.

Nuestras vidas laborales, afortunadamente, nos permitían llevar una vida así de improvisada. Ser escritora me permite llevarme el trabajo adonde quiera. Y Felipe, un joyero que importa piedras preciosas para venderlas en Estados Unidos, tiene que viajar de todas formas. Lo único que teníamos que hacer era coordinar nuestros traslados. Yo iba a Bali; él venía a Estados Unidos; los dos nos íbamos juntos a Brasil; nos volvíamos a ver en Sídney. Mientras yo daba clases de literatura creativa en la Universidad de Tennessee, pasamos unos meses muy curiosos en un hotel decrépito de Knoxville. (Eso sí que os lo recomiendo, por cierto, para poner a prueba el nivel de compatibilidad de una relación incipiente).

Llevábamos una vida sincopada, a salto de mata, casi siempre juntos pero nunca quietos, como si fuésemos testigos protegidos de un estrambótico programa internacional. Nuestra relación —relajante y tranquila a un nivel personal— implicaba un constante desafío logístico que, con tanto vuelo internacional, resultaba puñeteramente caro. Y la tensión psicológica era evidente. Cada vez que nos reuníamos, era como volver a conocernos. Recuerdo la tensión cuando le esperaba en el aeropuerto de turno, haciéndome preguntas como: «¿Todavía se acordará de mí?» o «¿Me acordaré yo de él?». Entonces, al cabo del primer año, los dos empezamos a plantearnos una relación más estable, y fue Felipe quien dio el primer paso. Abandonó su casa de Bali, pequeña pero preciosa, y se vino a vivir conmigo a un chalé diminuto que había alquilado yo a las afueras de Filadelfia.

Sí, cambiar Bali por una barriada de Filadelfia puede parecer una elección curiosa, pero Felipe ya llevaba años harto del trópico. La vida en Bali le parecía demasiado simplona y se quejaba de que todos los días eran una réplica agradable y aburrida del día anterior. Ya llevaba tiempo diciendo que quería marcharse, incluso antes de conocerme a mí. Es posible que aburrirse del paraíso le parezca increíble a quien nunca lo haya probado (a mí desde luego me parecía una excentricidad), pero a Felipe el eterno ensueño de Bali llevaba años produciéndole angustia. En cuanto a mí, jamás olvidaré una de las últimas noches que pasamos en su casita de allí, sentados al aire libre, descalzos y con la piel húmeda por el cálido clima de noviembre, bebiendo vino y viendo parpadear las constelaciones en la negrura del cielo. Mientras el viento perfumado agitaba las palmeras y la brisa nos traía la música tenue de una lejana ceremonia religiosa, Felipe me miró, soltó un suspiro y dijo en tono hastiado: «Qué harto me tiene toda esta gilipollez. Estoy deseando volver a Filadelfia».

¡Y así fue como nos mudamos a la ciudad de los baches! La verdad es que el barrio nos gustaba mucho a los dos. El chalé alquilado estaba cerca de mi hermana y su familia, cuya proximidad se ha vuelto fundamental para mí con el paso de los años, y nos hacían sentirnos acompañados. Además, después de tantos años viajando a sitios exóticos por todo el mundo, era agradable y hasta estimulante volver a Estados Unidos, un país que, pese a todos sus defectos, a los dos nos seguía pareciendo interesante: un sitio veloz, multicultural, versátil, desesperantemente lleno de contradicciones, cargado de posibilidades artísticas y lleno de vida.

Fue al instalarnos en Filadelfia cuando Felipe y yo pusimos en práctica nuestras primeras sesiones de domesticidad compartida. Él seguía vendiendo sus joyas; yo trabajaba escribiendo encargos que implicaban hacer una investigación sin tener que desplazarse. Él cocinaba; yo me encargaba del jardín; de vez en cuando alguno de los dos pasaba la aspiradora. Estábamos a gusto trabajando juntos en casa y nos repartíamos las tareas del hogar sin problemas. Los dos pasábamos por una etapa ambiciosa, productiva y optimista. Llevábamos una buena vida.

Pero esos intervalos de estabilidad nunca duran mucho. Como Felipe estaba sometido a las restricciones de su visado temporal, tres meses era lo máximo que podía pasar legalmente en Estados Unidos antes de tener que marcharse durante un tiempo a algún otro país. Y cuando se iba yo me quedaba sola con mis libros y mis vecinos. Entonces, al cabo de unas semanas, volvía a Estados Unidos con otro visado de noventa días y reiniciábamos nuestra vida doméstica. Nuestra reticencia al compromiso la demuestra el hecho de que esos bloques de noventa días compartidos nos parecían casi perfectos: la cantidad exacta de planificación que nos podíamos consentir los dos trémulos divorciados sin tener un ataque de pánico. Y a veces, cuando mi trabajo me lo permitía, le acompañaba en sus viajes forzados por el visado.

Un día, cuando volvíamos a Estados Unidos de un viaje de negocios, aterrizamos —obligados por nuestros billetes baratos a hacer escala— en el aeropuerto internacional de Fort Worth, en Dallas. Yo pasé por la aduana la primera y sin problemas, como el resto de la fila de mis compatriotas. Cuando ya estaba dentro, me quedé esperando a Felipe, que estaba en el centro de una cola de extranjeros. Le vi acercarse al aduanero, que empezó a estudiar detenidamente el grueso pasaporte australiano de Felipe, mirando fijamente cada página, cada sello, cada holograma. Como normalmente no eran tan exhaustivos, me puse nerviosa. Esperé y esperé, deseando oír el golpe sólido y tranquilizador —casi como el de una biblioteca municipal— del sello del visado temporal. Pero nunca llegó.

En vez de eso, el aduanero se puso a hablar por teléfono en voz baja. Momentos después apareció un agente uniformado del Departamento de Seguridad Nacional y se llevó a mi amor del brazo.

 

* * *

 

Los agentes del aeropuerto de Dallas pasaron seis horas interrogando a Felipe. Me pasé seis horas, sin poder verle ni hacerle preguntas, sentada en una sala de espera del Departamento de Seguridad: un cuarto aséptico con luz fluorescente lleno de gente nerviosa del mundo entero, todos tensos de miedo. No tenía la menor idea de qué le estarían haciendo a Felipe, ni qué le estarían preguntando. Sabía que no había hecho nada ilegal, pero la idea no era tan reconfortante como pueda parecer. Eran los últimos días de George W. Bush: no precisamente el mejor momento para que unos agentes del gobierno se lleven a tu amante extranjero. Procuré tranquilizarme recitando la frase de aquella famosa mística del siglo XIV llamada Juliana de Norwich: «Todo irá bien, y todo irá bien, y todas las cosas del mundo irán bien». Pero no me lo creía. Nada iba bien. Ni una sola de las puñeteras cosas del mundo iba bien.

Cada cierto tiempo me levantaba de mi silla de plástico para intentar sacar algo más de información al aduanero encerrado en la cabina de cristal antibalas. Pero él ignoraba todos mis ruegos, repitiendo sin parar la misma respuesta: «Cuando tengamos algo que decirle sobre su novio, señorita, se lo haremos saber».

He de decir que en una situación semejante tal vez no exista una palabra más ñoña que «novio». A juzgar por el tono displicente con que la decía, la relación no parecía impresionarle demasiado. ¿Por qué demonios va a perder el tiempo un agente del gobierno dando información sobre un simple novio? Me faltó poco para darle explicaciones, algo así como: «Mire, ese hombre al que tienen retenido me importa mucho más de lo que se imagina». Aunque estaba en pleno ataque de ansiedad, sabía que no me habría servido de nada. Y que si me pasaba quizá incluso acabara por perjudicar a Felipe, así que me contuve, desesperada por sentirme tan inútil. Ahora se me ocurre que podría haber intentado llamar a un abogado. Pero no llevaba un teléfono encima, no quería abandonar mi puesto en la sala de espera, no conocía a ningún abogado en Dallas y era domingo por la tarde, así que ¿a quién iba a llamar?

Por fin, al cabo de seis horas, apareció un agente que me llevó por una serie de pasillos, una especie de madriguera de misterios burocráticos, hasta una habitación pequeña y mal iluminada donde estaba Felipe con el funcionario del Departamento de Seguridad que le había estado interrogando. Los dos hombres, sentados en unas sillas, parecían igual de agotados, pero sólo uno de los dos era el mío, mi amor, el rostro que más me gustaba del mundo. Verle en semejante estado me partió el alma. Mi primer impulso fue el de acariciarle, pero sabía que estaría prohibido, así que me quedé de pie.

Felipe me sonrió con un gesto de cansancio y dijo:

—Cariño, nuestra vida se va a poner mucho más interesante de lo que era.

Sin darme tiempo de contestar, el encargado del interrogatorio se hizo cargo de la situación, y comenzó con las explicaciones correspondientes.

—Señora —me dijo—, la hemos hecho venir para explicarle que no vamos a permitir a su novio seguir entrando y saliendo de Estados Unidos. De momento vamos a meterle en la cárcel hasta que podamos embarcarlo en un avión de vuelta a Australia, ya que tiene pasaporte australiano. A partir de ese momento tendrá prohibida la entrada en Estados Unidos.

Mi primera reacción fue física, como si se me hubiera evaporado toda la sangre del cuerpo. Durante unos segundos, se me nubló la vista. Entonces, al instante, la mente se me puso en marcha, haciendo un rápido repaso al historial previo a esta crisis tan grave como repentina. Mucho antes de conocernos, Felipe se ganaba la vida en Estados Unidos, donde pasaba temporadas cortas todos los años importando piedras preciosas y joyas de Brasil e Indonesia para venderlas legalmente en el mercado norteamericano. Estados Unidos siempre ha acogido a los empresarios internacionales como él, que aportan mercancía, divisas y comercio al país. Por su parte, Felipe ganó mucho dinero en esa época. Si pudo meter a sus hijos (que ya eran adultos) en los mejores colegios privados de Australia fue gracias a lo que ganó durante décadas en Estados Unidos, que siempre fue el centro de su vida profesional, aunque su traslado definitivo fuese tan reciente. Pero era donde tenía tanto su inventario como su lista de clientes. Si le prohibían la entrada en el país, su vida profesional se iba al garete. Sin olvidar que Estados Unidos era donde vivía yo, la mujer con quien Felipe quería compartir su vida. Y yo, por motivos familiares y profesionales, siempre iba tener el cuartel general allí. Además, Felipe ya formaba parte de mi familia. Estaba completamente integrado en el mundo de mis padres, mi hermana y mis amigos. Pero ¿cómo íbamos a continuar nuestra vida juntos si le echaban para siempre? ¿Qué solución nos quedaba? («¿Dónde vamos a dormir tú y yo? —dice una melancólica canción de amor de los indios californianos de la tribu wintu—. ¿En fría penumbra donde se acaba el cielo? ¿Dónde vamos a dormir tú y yo?»).

—¿Y qué motivo alegan para deportarle? —pregunté al funcionario, impostando un tono autoritario.

—No es una deportación propiamente dicha, señora.

Al contrario que me pasaba a mí, el funcionario no tenía que esforzarse para parecer autoritario. Le salía de manera natural.

—Simplemente le vamos a prohibir entrar en Estados Unidos porque ha venido demasiadas veces durante este último año —dijo—. No ha rebasado nunca el periodo que establece el visado temporal, pero de sus idas y venidas se deduce que vive con usted en Filadelfia. Cuando se cumplen los tres meses de rigor se marcha del país, pero siempre vuelve al poco tiempo.

Su argumento era difícil de rebatir, porque era precisamente eso lo que hacía Felipe.

—¿Y eso es ilegal? —le pregunté.

—No del todo.

—¿Es ilegal o no?

—No, señora. No es ilegal. Por eso no le vamos a detener. Pero el permiso temporal que el gobierno de Estados Unidos concede a los ciudadanos de nuestros países aliados no se puede prolongar indefinidamente a base de viajes consecutivos.

—Pues eso no lo sabíamos —le dije.

—Es verdad, señor —intervino Felipe—. Un funcionario de inmigración de Nueva York nos explicó que yo podía volver a Estados Unidos siempre que quisiera, mientras no rebasara los tres meses de mi visado temporal.

—No sé quién les habrá dicho eso, pero no es verdad.

Al oír la respuesta del funcionario recordé lo que me contó un día Felipe sobre las aduanas internacionales: «Nunca hay que bajar la guardia, cariño. Ten en cuenta que un buen día, por cualquier motivo que se le ocurra, un funcionario de aduanas puede decidir que no quiere dejarte pasar».

—¿Y usted qué haría si estuviera en nuestro lugar? —pregunté.

Es una técnica que he aprendido a usar a lo largo de los años siempre que me topo con un empleado difícil o un burócrata apático. Así la persona que está en la posición más poderosa debe tomarse la molestia de ponerse en el lugar del indefenso. Es una manera sutil de provocar la empatía. A veces funciona. La mayoría de las veces no sirve de nada, la verdad. Pero en ese momento no perdía nada por intentarlo.

—Vamos a ver. Si su novio quiere volver a entrar en Estados Unidos, tiene que conseguirse un visado mejor, más estable. Yo, en su lugar, haría lo posible para que se lo den.

—Vale —dije—. ¿Y cuál es la manera más rápida de conseguirle un visado mejor y más estable?

El aduanero miró primero a Felipe, después a mí y luego otra vez a Felipe.

—¿Lo dice en serio? —me preguntó—. Lo que tienen que hacer es casarse.

 

* * *

 

Al oírle se me cayó el alma a los pies. Casi me pareció escuchar el golpe seco que daba al llegar al suelo. Y sabía que al otro lado del cuartucho a Felipe le había pasado lo mismo. Éramos un tándem derrotado.

Al volver la vista atrás, me parece increíble que su respuesta me dejara tan asombrada. ¡Como si no supiera lo que es un matrimonio de conveniencia para conseguir una tarjeta verde! Y bien mirado, también me parece increíble que —dado lo dramático de la situación— la idea del matrimonio me pareciese deprimente, en vez de alegrarme. Porque al menos nos había dado una salida, ¿no? Pero el caso es que la idea me dejó atónita. Y angustiada. Como había eliminado de mi cabeza la idea del matrimonio, sólo oír la palabra en voz alta me escandalizaba. Era como si me hubieran dado un puñetazo que me hubiera cortado la respiración o eliminado alguna parte fundamental del cuerpo. Pero, sobre todo, me sentía atrapada. Mejor dicho, era como si nos hubieran atrapado a los dos. El pez volador y el ave nadadora habían caído en la red. Y al darme cuenta de lo ingenua que había sido, fue como si me dieran un tortazo que me dejara la cara escocida. ¿Cómo podía haber sido tan imbécil como para creer que podíamos vivir siempre como nos diera la gana?

Nos quedamos los tres callados hasta que el funcionario, al vernos las caras de tragedia, dijo:

—No quiero entrometerme, señores, pero ¿qué tiene la idea de malo?

Quitándose las gafas, Felipe se restregó los ojos, señal inequívoca de que estaba completamente agotado.

—Ay, Tom, Tom, Tom —se quejó con un enorme suspiro.

No había caído en la cuenta de que, después de un interrogatorio de seis horas, lo normal es acabar llamándose por el nombre de pila. Y más aún si el interrogado es Felipe.

—Lo digo en serio. ¿Qué tiene de malo? —insistió el funcionario Tom—. Es evidente que llevan un tiempo viviendo juntos. Y si se quieren y ninguno de los dos está casado…

—Tienes que entender una cosa, Tom —le explicó Felipe, acercándose a hablarle con una soltura ajena al habitáculo institucional donde estábamos—. Tanto Liz como yo hemos pasado por unos divorcios muy, muy, muy siniestros.

—Ah —respondió Tom en voz baja y con un gesto de comprensión.

Entonces él también se quitó las gafas para restregarse los ojos. Casi sin darme cuenta, le miré el tercer dedo de la mano izquierda. No llevaba anillo de boda. Al ver su mano desnuda y su acto reflejo de sabia compasión, hice un rápido diagnóstico: divorciado.

Fue en ese momento cuando nuestra conversación tomó un cariz surrealista.

—A ver, lo que pueden hacer es firmar un acuerdo prematrimonial —sugirió el funcionario Tom—. Porque imagino que no querrán volver a pasar por todo el lío económico típico de un divorcio. Y si lo que les asusta es la parte sentimental, se podrían meter en una terapia.

Al escucharle me quedé pasmada. ¿Un funcionario del Departamento de Seguridad Nacional haciendo de consejero matrimonial? ¿En una sala de interrogatorios? ¿Perdidos los tres en mitad del aeropuerto Fort Worth de Dallas?

Cuando logré recuperarme como para poder hablar, propuse esta ingeniosa solución:

—Agente Tom, ¿qué le parece si me las arreglo para contratar a Felipe, o algo así, en vez de casarme con él? En ese caso, ¿no podría entrar en Estados Unidos como mi empleado, en vez de mi marido?

Felipe dio un bote en la silla y exclamó:

—Cariño, ¡qué idea tan maravillosa!

El funcionario Tom se quedó mirándonos a los dos con una cara muy rara y luego se dirigió a Felipe:

—¿De verdad prefieres tener a esta mujer como jefa antes que como esposa?

—¡Dios mío, por supuesto que sí!

Me dio la impresión de que el funcionario Tom tenía que hacer un esfuerzo casi físico para evitar preguntarnos: «¿Se puede saber por qué sois tan raros?». Pero su profesionalidad se lo impidió. Al final carraspeó y nos dijo:

—Por desgracia, esa propuesta que se plantean es ilegal en este país.

Al oírle, Felipe y yo caímos de nuevo, los dos al unísono, en un melancólico silencio.

Al cabo de un buen rato, volví a intervenir.

—Pues, bueno —añadí, con sensación de derrota—, a ver si solucionamos este asunto. Si me caso con Felipe ahora mismo, en su despacho, ¿le deja entrar en el país hoy? ¿En el aeropuerto no hay un capellán que se encargue de estos asuntos?

La vida tiene momentos en que el rostro de un hombre corriente puede adquirir un aspecto casi divino, y eso fue precisamente lo que sucedió entonces. Tom —un funcionario exhausto del Departamento de Seguridad de Texas, con una chapa dorada en la camisa— me dedicó una sonrisa tristona y un gesto de compasión puramente humana que estaban totalmente fuera de lugar en aquel cuartucho rancio y deshumanizado. De golpe, parecía el mismísimo capellán.

—Uy, no —dijo con su voz apacible—. Me temo que las cosas no son así de fáciles.

Al recordarlo ahora, por supuesto, me doy cuenta de que nuestro querido funcionario Tom ya sabía lo que nos esperaba a Felipe y a mí mucho mejor que nosotros mismos. Tenía claro que conseguir un visado estadounidense para una pareja, sobre todo tras un incidente aduanero como el nuestro, no iba a ser tarea fácil. Sabía de sobra lo complicado que iba a ser el asunto: tres abogados de tres países —cada uno en un continente distinto, por cierto— que iban a tener que aportar toda la documentación legal necesaria; informes policiales de todos los países donde había vivido Felipe; pilas de cartas, fotos y demás parafernalia privada que tendríamos que reunir para demostrar que nuestra relación era verdadera (incluyendo la exasperante ironía de que nos pedirían extractos de nuestras cuentas bancarias compartidas, con el esfuerzo que habíamos hecho para tenerlas separadas); huellas dactilares; vacunas; radiografías de pecho para demostrar que no teníamos tuberculosis; entrevistas en las embajadas estadounidenses en el extranjero; pruebas fehacientes de que Felipe había hecho el servicio militar en Brasil hacía treinta años; el tiempo y los gastos de las estancias en el extranjero mientras duraba todo el proceso; y —lo peor de todo— la espantosa incertidumbre en cuanto a si semejante esfuerzo iba a servirnos de algo o no, es decir, no saber si el gobierno estadounidense, como si fuera una especie de padre anticuado y estricto, me iba a dar su permiso para casarme con este hombre, a mí, su hija legítima tan celosamente protegida.

Lo sorprendente fue que Tom, sabiendo todo eso de sobra, se portara tan bien con nosotros, algo totalmente inesperado en una situación tan tremenda. Si hay algo que yo jamás había imaginado hasta ese momento es que iba a acabar alabando por su amabilidad a un funcionario del Departamento de Seguridad Nacional. Eso da una idea de lo estrambótica que era la situación. Pero he de decir que el agente Tom tuvo con nosotros aún otro detalle más. (Es decir, antes de llevarse a Felipe esposado y meterle en la cárcel del condado de Dallas, donde pasó la noche rodeado de delincuentes). El gesto que tuvo Tom, y que le honra, fue dejarnos a Felipe y a mí solos en el cuarto de interrogatorios durante dos minutos enteros para que pudiéramos despedirnos en privado.

Cuando sólo tienes dos minutos para despedirte de la persona a la que más quieres del mundo, sin saber cuándo os vais a volver a ver, te puede superar tu propio intento de hacer, decir y solucionarlo todo a la vez. En esos dos minutos que pasamos a solas en ese cuchitril, por tanto, hicimos un plan acelerado que nos dejó casi sin respiración. A mí me tocó volverme a Filadelfia, rescindir el contrato de alquiler de la casa, meter todas nuestras cosas en un guardamuebles, buscar un abogado experto en inmigración y poner en marcha todo el proceso legal. A Felipe, obviamente, le tocó irse a la cárcel. Desde ahí le deportarían a Australia; incluso aunque desde el punto de vista legal no se pudiera considerar una deportación. (Pido disculpas por usar esa palabra a lo largo de todo este texto, pero es que no he encontrado otra mejor para explicar una expulsión de un país). Dado que Felipe ya no tenía nada en Australia, ni casa ni proyectos financieros, debería organizarse lo antes posible para mudarse a un país más barato —probablemente en el sudeste asiático—, donde yo me reuniría con él después de haberme ocupado de todos mis asuntos. Una vez allí, pasaríamos juntos un periodo lleno de incertidumbres.

Mientras Felipe me apuntaba los teléfonos de su abogado, sus hijos mayores y sus socios para tenerles a todos al corriente, yo vaciaba mi bolso sobre la mesa, buscando nerviosa todo lo que pudiera aliviarle algo su estancia en la cárcel: chicles, dinero suelto, una botella de agua, una foto de los dos y la novela que había venido leyendo en el avión, con el apropiado título de El acto del amor común.

Entonces a Felipe se le llenaron los ojos de lágrimas y me dijo:

—Gracias por aparecer en mi vida. Pase lo que pase, hagas lo que hagas a partir de ahora, quiero que sepas que me has dado los dos años más felices de mi vida y que nunca te olvidaré.

En ese momento tuve un fogonazo mental: «Dios mío, el pobre piensa que me puede dar por abandonarle». Su reacción me sorprendió y emocionó, pero ante todo me abochornó. No se me había pasado por la imaginación, desde el momento en que Tom lo planteó, la posibilidad de no casarme con Felipe para salvarle del exilio, pero parecía ser que a él sí se le había pasado por la cabeza la posibilidad de quedarse compuesto y sin novia. De verdad temía que fuera a dejarle tirado como una colilla, sin pasta y hecho polvo. ¿Qué habría hecho yo para merecer semejante fama? ¿De verdad se me conocía, incluso en los confines de nuestra pequeña historia de amor, como alguien que abandona el barco como una rata? ¿O los temores de Felipe estaban plenamente justificados, dado mi historial? Si nuestra situación hubiera sido la opuesta, yo jamás habría puesto en duda su lealtad, ni su capacidad para sacrificarlo casi todo por mí. ¿Podía él esperar de mí la misma firmeza?

Lo cierto es que de haberme sucedido algo semejante diez o quince años antes, es casi seguro que habría dejado a mi novio colgado. Siento confesar que en mi juventud tenía un escaso sentido del honor, o ninguno, y que era una gamberra especializada en hacer frivolidades. Pero ahora doy importancia al hecho de tener un carácter sólido, y con el tiempo cada vez más. Por eso en aquel momento —ese breve instante a solas con Felipe— hice lo correcto con el hombre a quien adoraba. Le juré —al oído para que entendiera que hablaba en serio— que no le iba a dejar, que haría todo lo que estuviera en mis manos para solucionar el asunto y que aunque no pudiéramos arreglar lo de su estancia en Estados Unidos, acabaríamos viviendo juntos para siempre en algún otro sitio, fuera donde fuera.

Entonces volvió el agente Tom.

En el último momento, Felipe me susurró:

—Te quiero tanto que hasta me casaría contigo.

—Y yo te quiero tanto a ti que también me casaría contigo —le prometí.

Entonces los amables funcionarios del Departamento de Seguridad nos separaron y se llevaron a Felipe esposado, primero a la cárcel y luego al exilio.

 

* * *

 

Esa noche, cuando iba sola en el avión de camino a nuestra ya obsoleta existencia en Filadelfia, me planteé con más frialdad lo que acababa de prometer. Y me sorprendí a mí misma, porque no se me saltaron las lágrimas ni me entró el pánico, quizá debido a la gravedad de la situación en sí. Lo que tenía, en cambio, era un feroz sentido del propósito, y la certeza de que aquella situación había que abordarla con la mayor seriedad. En un breve periodo de unas pocas horas, mi vida con Felipe se había dado la vuelta, como una tortilla manejada por una espumadera gigante. Y de pronto, según parecía, estábamos prometidos y nos íbamos a casar. Eso sí, la pedida de mano había sido una ceremonia bastante acelerada y extraña. En vez de una escena de Austen, parecía sacada de un libro de Kafka. Pero el compromiso iba en serio, porque no quedaba más remedio.

Pues muy bien, adelante. Desde luego, yo no iba a ser la primera mujer de mi familia en casarse para solucionar un problema grave, aunque lo mío al menos no estaba relacionado con un embarazo inesperado. Aun así, la receta era la misma: ata el nudo rápido y bien atado. Justo lo que íbamos a hacer nosotros. Pero el problema de verdad no era ése, sino otro que identifiqué esa noche en el vuelo de vuelta a Filadelfia: que yo no sabía lo que era el matrimonio.

Y ese error ya lo había cometido —casarme sin tener la menor idea de lo que significaba la institución del matrimonio— una vez en mi vida. De hecho, la primera vez que me casé, con la inmadurez propia de mis veinticinco años, fue muy parecido a un perro labrador tirándose a una piscina; tenía más o menos la misma preparación y cautela. A los veinticinco años yo era tan irresponsable que no me deberían haber dejado ni elegir la marca de mi pasta de dientes, y mi futuro no digamos, así que esa inconsciencia, como es de suponer, la pagué muy cara. Sufrí las consecuencias en carne viva, seis años después, en el lúgubre entorno de un juzgado de familia.

Al pensar ahora en mi primera boda no puedo por menos de recordar la novela de Richard Aldington Muerte de un héroe, donde habla del aciago día en que dos jóvenes se casan: «¿Acaso se pueden tabular todas las ignorancias, las primordiales ignorancias, de George Augustus e Isabel cuando se juran el uno al otro permanecer unidos hasta que la muerte los separe?». Pues yo también fui una joven novia aturdida, parecidísima a la Isabel sobre la que Aldington escribió: «Su desconocimiento abarcaba la gama casi completa de la sabiduría humana. El problema consiste en descubrir lo que sí sabe».

Pero en ese momento —a mis bastante menos aturdidos treinta y siete años— tampoco creía saber demasiado sobre la realidad de una pareja institucionalizada. Como mi matrimonio había fracasado, todo aquel asunto me daba pánico, pero eso no me convertía en una experta en la materia; en todo caso en una experta en el error y el terror, dos campos donde ya abundan los expertos. Pero mi destino parecía exigirme un nuevo matrimonio y ya había vivido lo suficiente como para saber que las intervenciones del destino a menudo son una invitación para afrontar o incluso superar nuestros mayores miedos. No hace falta ser un genio para reconocer que si las circunstancias te empujan hacia aquello que más odias y temes, en el peor de los casos tendrás una oportunidad interesante para crecer.

Eso era lo que fui rumiando lentamente en el avión al que me subí en Dallas —mi mundo entero patas arriba, mi amor expulsado del país, los dos prácticamente obligados a casarnos—, que tal vez debiera aprovechar la ocasión para reconciliarme con la idea del matrimonio antes de volver a meterme en él de bruces. Quizá me había llegado el momento de intentar desentrañar el misterio divino y humano de esa institución —confusa, frustrante y contradictoria, pero obstinadamente imperecedera— que llamamos matrimonio.

 

* * *

 

Así que eso fue lo que hice. Durante los diez meses siguientes —mientras Felipe y yo viajábamos como dos apátridas desarraigados y yo trabajaba como una bestia para conseguir que volviera a Estados Unidos y poder casarnos (casarnos en Australia o cualquier otro país del mundo, según nos había advertido el agente Tom, sólo iba a conseguir enervar aún más al Departamento de Seguridad Nacional, lo cual retrasaría nuestro proceso de inmigración todavía más)— en lo único que pensaba, sobre lo único que leía y casi de lo único que hablaba era del desconcertante tema del matrimonio.

Fiché a mi hermana (que por suerte es historiadora) para que me mandara desde Filadelfia cajas de libros sobre el matrimonio. En cualquier sitio donde estuviéramos Felipe y yo, me encerraba en la habitación del hotel a estudiar los libros, pasando horas incontables empapándome de la sabiduría matrimonial de autoras de la talla de Stephanie Coontz y Nancy Cott, cuyos nombres no conocía entonces, pero que se convirtieron en mis maestras y heroínas. Si he de ser sincera, mi dedicación al estudio me convirtió en una turista nefasta. Durante aquellos meses en que viajábamos continuamente, Felipe y yo recorrimos lugares hermosos y fascinantes, pero me temo que apenas presté atención a nuestro entorno. En todo caso, durante ese periplo nunca tuve la sensación de estar viajando tranquilamente. Era más parecido a una expulsión, a una hégira. Viajar porque no se puede estar en casa, porque a uno de los dos no le está legalmente permitido regresar, no puede ser una ocupación agradable.

Además, nuestra situación económica era preocupante. Faltaba un año para que Come, reza, ama se convirtiera en un lucrativo best seller, pero el fenómeno aún no se había producido y ni se nos pasaba por la cabeza que pudiera ocurrir. Como Felipe tenía cortado el acceso a su fuente de ingresos, teníamos que ir tirando con lo que me habían pagado por mi último libro, sin saber cuánto nos iba a durar. Un tiempo sí, pero no para siempre. Yo había empezado a trabajar en mi última novela, pero mi investigación y escritura se vio interrumpida por la deportación de Felipe. Por eso acabamos en el sudeste asiático, donde dos personas frugales pueden vivir razonablemente con veinte euros diarios. Aunque la palabra «sufrimiento» es exagerada para definir aquel periodo de exilio (no éramos refugiados políticos, ni mucho menos), sí puedo decir que nuestra vida era extrañamente tensa, y que esa sensación se veía agravada por la incertidumbre en cuanto al futuro.

Así pasamos cerca de un año, esperando al día en que Felipe tenía cita para ir al consulado de Estados Unidos en Sídney, Australia. Saltando entretanto de país en país, parecíamos una pareja insomne que no da con la postura adecuada en una incómoda cama nueva. Y muchas fueron las noches en que, tumbada en alguna incómoda cama de hotel, me dedicaba a repasar mis prejuicios sobre el matrimonio, filtrando toda la información que había leído, minando la historia en busca de alguna conclusión reconfortante.

Tengo que aclarar que mi investigación estaba centrada en examinar la historia del matrimonio occidental, por lo que este libro refleja esa limitación cultural. Cualquier experto en historia o antropología matrimonial detectará enormes ausencias en mi texto, pues he dejado sin explorar continentes y siglos enteros de la historia de la humanidad, además de saltarme modelos nupciales bastante esenciales (como la poligamia, por poner un ejemplo). Habría sido agradable, y sin duda interesante, investigar a fondo todas las costumbres matrimoniales del planeta, pero no tenía tiempo. Estudiar la compleja naturaleza del matrimonio islámico, por ejemplo, me habría supuesto años de dedicación, pero tenía una fecha límite que me impedía una labor tan extensa. No podía dejar de oír el tictac de un reloj psicológico, porque en un año —me gustara o no— tenía que casarme. Por tanto, lo más razonable era centrarme en la historia del matrimonio monógamo occidental, para intentar entender mis nociones heredadas, mi propio modelo familiar y el catálogo de ansiedades generado por mi propio legado cultural.

Tenía la esperanza de que al profundizar en mi investigación lograría mitigar mi profunda aversión al matrimonio. No tenía la certeza de conseguirlo, pero la experiencia me había demostrado que cuanto más sabía de un tema menos me asustaba. (Hay temores que pueden conjurarse, como pasa en el cuento de El enano saltarín, sólo al descubrir y pronunciar su nombre secreto). Lo que de verdad quería lograr, por encima de todo, era ir limpia de corazón al matrimonio con Felipe, en vez de tomármelo como una píldora amarga y difícil de tragar. Se me podrá tachar de anticuada, pero me apetecía estar feliz el día de mi boda. Mejor dicho, feliz y consciente de mi felicidad.

Este libro es la historia de cómo lo conseguí.

Y todo empieza —porque una historia tiene que tener un comienzo— en las montañas del norte de Vietnam.