«UN RAPTO EXCEPCIONAL DEL ALMA»:
NACIONALSOCIALISMO, RELIGIONES POLÍTICAS
Este libro trata de lo que sucedió cuando sectores de las elites y las masas de gente normal y corriente decidieron renunciar en Alemania a sus facultades críticas individuales en favor de una política basada en la fe, la esperanza, el odio y una autoestima sentimental colectiva de su propia raza y nación. Es, por tanto, una historia muy del siglo XX.
Se aborda en él el colapso moral progresivo y casi total de una sociedad industrial avanzada del corazón de Europa, muchos de cuyos ciudadanos abandonaron la carga de pensar por sí mismos, en favor de lo que George Orwell describió como el ritmo de tamtam de un tribalismo de nuestro tiempo. Depositaron su fe en malvados que prometían un gran salto hacia un futuro heroico, con soluciones violentas a los problemas locales y generales de la sociedad moderna de Alemania. Las consecuencias, para Alemania, Europa y el resto del mundo, fueron catastróficas, pero lo fueron aún más que para los judíos europeos, víctimas de una campaña destinada a acabar con todos ellos, hecho que consideramos con toda justificación un acontecimiento excepcionalmente terrible de la historia moderna.
Desde el punto de vista local, Alemania sufrió su segunda derrota masiva y total del siglo veinte. Éste fue el precio de la estupidez masiva y de la ambición desmesurada, pagado con las vidas de sus ciudadanos, estuviesen comprometidos directamente en crímenes terribles o caracterizados por la inocencia o la indiferencia moral. En un sentido más amplio, se sometió a otras personas a los compromisos, las indignidades y los horrores de la ocupación, los trabajos forzados y el régimen de esclavitud o el asesinato en masa en el caso de los judíos europeos, mientras que durante cuatro años los recursos humanos, culturales y productivos de las naciones aliadas hubieron de dedicarse a rechazar y destruir un régimen contrario a esos valores civilizados, de tolerancia, humanidad y libertad que tanto apreciamos. Un «arreglo rápido» de los múltiples problemas de Alemania desembocó al final en la muerte de unos cincuenta millones de personas en un conflicto de cuya herencia Europa ha tardado medido siglo en recuperarse, pues el proceso de curación y de reconciliación ha sido largo. Una de las múltiples ironías de esta historia es que la II Guerra Mundial prestó legitimidad política y moral nueva, pero espuria, a una tiranía soviética no menos implacable y sanguinaria. Pues lo que nosotros en Occidente (y muchos rusos) consideramos un enfrentamiento directo entre el bien y el mal parece menos categórico desde la perspectiva de, digamos, los bálticos, chechenos, tártaros de Crimea, croatas, polacos o ucranianos, para los que 1944-1945 no trajo liberación de la tiranía, sino varias décadas de opresión imperialista de la que al menos una de esas naciones aún está después del cambio de siglo luchando por liberarse. En este sentido, este libro trata del marco internacional más amplio de la Alemania nazi (y sus confederados ideológicos), algo que autores alemanes, por lo demás de mentalidad europea, y muchos de los que siguen sus huellas, han menospreciado en su comprensible interés por su propio legado local. No hay una razón respetable por la que los programas intelectuales de las historias de este periodo hayan de elaborarse exclusivamente en Alemania, pese a que muchos investigadores allí hayan contribuido al conocimiento y a la interpretación de este triste periodo de su Historia contemporánea, que, en un sentido profundo, no es su «propia» historia.
Aunque este libro contenga algunas ideas sobre los tremendos horrores de los que fueron responsables Hitler y sus subordinados, no se centra exclusivamente en el asesinato en masa, sobre el que tal vez haya menos misterio del que se sugiere a veces, prescindiendo de los sentidos en los que ese interés es en sí indicativo de un apetito decadente por lo morboso, que desgraciadamente forma parte del interés contemporáneo por el tema. El autor no pretende tener un conocimiento especial de los motivos de la participación individual en el asesinato y en el caos, aparte de los que han caracterizado esa conducta desde los inicios de la historia humana, y para lo que la literatura clásica, la Biblia, Shakespeare o Dostoievsky son guías tan prácticas como las obras de cualquier historiador contemporáneo. En este sentido, el libro se despoja de cualquier pretensión desmesurada antes incluso de empezar a plantearla.
El Tercer Reich. Una nueva historia es, más bien, una crónica del desmoronamiento moral y la transformación a largo plazo, y más sutil, de una sociedad industrial avanzada, cuyas consecuencias fue capaz de predecir en parte antes de que nacieran en ella observadores astutos con un instinto para estas materias. Pero las masas, estimuladas por sectores irresponsables y egoístas de la elite, a los que el filósofo de la historia Eric Voegelin calificó memorablemente una vez como «una chusma malvada», arremetieron contra la caridad, la razón y el escepticismo, depositando su fe en el personaje por lo demás ridículo de Hitler, cuya propia existencia miserable adquirió sentido cuando descubrió que su rabia contra el mundo era susceptible de una generalización indefinida. Muchos alemanes, pulverizados por la derrota y la crisis endémica, contemplaron la gama de poses cuidadosamente seleccionada de Hitler y vieron reflejada en ella aquella imagen de sí mismos que anhelaban. Tal como escribió en 1944 Konrad Heiden, el primer biógrafo de Hitler, y el más grande: «La gente sueña y un adivino les cuenta lo que están soñando». Digo «muchos alemanes» porque hubo otros, como Heiden y Voegelin, a los que su instinto, su humanidad o su inteligencia les prohibieron esa suspensión del sentido crítico, o cuyos valores políticos o religiosos básicos les impidieron descender a la neobarbarie moral. Estos dos hombres acabaron sus días en el destierro, en Maryland y Louisiana respectivamente, pero simbolizan a innumerables más, que acabaron en Brooklyn, en Florida o, para el caso, en Turquía. La existencia demostrable de esas personas hace aún más notoria la estupidez irresponsable de los que depositaron su fe en Hitler, y contradice sin duda una condena indiscriminada del pueblo alemán en general.
Aunque este libro se subtitule Una nueva historia, su enfoque conjunto tiene una larga genealogía intelectual, ya que no es en modo alguno la primera vez que se estudia el nazismo como una forma de religión política o de totalitarismo, aunque esos planteamientos no hayan vuelto a ponerse de moda hasta principios de los noventa. Sus ideas rectoras deben más a una serie de filósofos, politólogos e historiadores de la cultura y de las ideas que a la corriente general de los historiadores de este tema. En ese sentido, el libro reafirma una importante tradición intelectual, que busca identificar la esencia del fenómeno nazi por debajo de las anécdotas superficiales de si Hitler se acostó o no se acostó con su sobrina, de si quería a su perro o de si tenía planes para el duque y la duquesa de Windsor, asuntos relativamente triviales que Heiden y Voegelin habrían mirado con una indiferencia olímpica. Porque, por muy poco de moda que puedan estar, hay cuestiones intelectuales serias casi enterradas bajo la avalancha de trivialidades mórbidas, kitsch y populistas que genera este tema, y a la que no se ve final ni disminución ni siquiera sesenta años después, un tema que causa por sí solo un desasosiego creciente entre los observadores contemporáneos sensibles. Pero dejemos ya a un lado esas cavilaciones sobre nuestra propia época y nuestra cultura y pasemos a las ideas que han regido la estructura, los planteamientos básicos y el contenido de este libro.
La mayoría de nuestro vocabulario político está moldeado por la Antigüedad clásica, que nos legó términos como democracia, despotismo, dictadura y tiranía. De vez en cuando esas palabras parecían insuficientes para describir ciertos acontecimientos polémicos, lo que impulsa a los comentaristas a buscar nuevos términos, a veces en vano. Alexis de Tocqueville expuso este problema cuando se esforzaba por describir la democracia estadounidense:
«Creo, por tanto, que el tipo de opresión que amenaza a las naciones democráticas es distinto a cualquier cosa que haya podido existir antes en el mundo; nuestros contemporáneos no hallarán ningún prototipo de ella en sus recuerdos. Busco en vano una expresión que transmita con exactitud la totalidad de la idea que me he formado de ella; los viejos términos tiranía y despotismo son inadecuados: la cosa misma es nueva, y puesto que no puedo nombrarla, debo intentar definirla.
El advenimiento de los regímenes bolchevique, fascista y nacionalsocialista a Rusia y Europa sucesivamente entre 1917 y 1933 llevó a muchos intelectuales contemporáneos a preguntarse si su terminología transmitía adecuadamente el alcance de las pretensiones de esos regímenes o los horrores de los que eran responsables.»
Por supuesto, muchos intelectuales no los veían en modo alguno como horrores, sino más bien como los costes colaterales de futuros supuestamente luminosos. En el verano de 1920, el filósofo inglés Bertrand Russell viajó a la Unión Soviética al amparo de una delegación del Partido Laborista inglés que visitaba el país. Después de aproximadamente un mes de estancia allí, escribió:
«Yo no puedo compartir las esperanzas de los bolcheviques más que las de los anacoretas egipcios; ambas me parecen trágicas ilusiones falsas, destinadas a provocar siglos de oscuridad y de violencia inútil en el mundo... Los principios del Sermón de la Montaña son admirables, pero el efecto que produjeron en la naturaleza humana media fue muy distinto de lo que se pretendía. Los que siguieron a Cristo no aprendieron a amar a sus enemigos ni a poner la otra mejilla... Las esperanzas que inspiró el comunismo son, en lo fundamental, tan admirables como las que infundió el Sermón de la Montaña, pero se sostienen con igual fanatismo y es probable que hagan el mismo daño. La crueldad acecha en nuestros instintos, y el fanatismo es un camuflaje para la crueldad. Los fanáticos raras veces son auténticamente humanitarios, y aquellos a los que aterra la crueldad no se apresurarán a adoptar un credo fanático... La guerra ha dejado por toda Europa un estado de ánimo de desilusión y desesperación que pide a gritos una religión nueva, como la única fuerza capaz de dar a los hombres la energía necesaria para vivir vigorosamente. El bolchevismo ha suministrado esta nueva religión.»
Sólo una década después se les ocurrirían ideas similares a otras personas que vivían en la Alemania nacionalsocialista. Por ejemplo, el 14 de julio de 1934, Victor Klemperer, el filólogo de Dresde cuyo diario se ha hecho famoso recientemente, analizaba con su esposa Eva un discurso de Hitler que atronaba en un altavoz de la calle. Klemperer comentó: «La voz de un predicador fanático. Eva dice: Jan van Leyden. Yo digo: Rienzi», pues él optó por uno de los primeros héroes operísticos de Wagner.
Eva Klemperer no fue la única que estableció comparaciones entre Hitler y los sectarios anabaptistas del siglo XVI. La misma comparación se le ocurrió a otro autor de un diario, Friedrich Reck-Malleczewen, aristócrata misántropo que moriría luego en Dachau, y que en 1937 trazó un retrato de Hitler sólo levemente disfrazado del dirigente anabaptista Jan Böckelson, responsable de un reinado del terror en el Münster del siglo XVI. El libro se subtitulaba Historia de una locura masiva. Estas voces contemporáneas, y muchas más como ellas, volverán a aparecer a lo largo de este libro, pues a veces sus intuiciones penetrantes y su sensibilidad son de un orden más elevado de las de historiadores y otros comentaristas contemporáneos, más centrados en general en alguna teoría o dogma metodológico que en el espíritu de aquellos tiempos. La analogía con la religión se les ocurrió a aquellos que tenían una visión del mundo más serenamente secular que el dispéptico Reck-Malleczewen. En abril de 1937, un escritor anónimo redactó un notable informe para la dirección del Partido Socialdemócrata exiliada en Praga sobre la «lucha» entre los nazis y las iglesias cristianas. Siguiendo a otro informador que había escrito anteriormente sobre el fascismo italiano y el nacionalsocialismo, el autor del informe comparaba explícitamente el nazismo con una religión secularizada. Llamaba al resultado un «Estado-iglesia» o un estado «antiiglesia», con sus propios dogmas intolerantes, sus predicadores, sus ritos sagrados y sus expresiones elevadas que brindaban explicaciones totales del pasado, el presente y el futuro, al mismo tiempo que pedían a sus adeptos una dedicación inquebrantable. No bastaba la aquiescencia; esos regímenes exigían a sus poblaciones afirmación y entusiasmo constantes. Algunas de estas ideas se examinarán en esta Introducción y a lo largo del libro, pero había algo más hacia lo que llamaba la atención el autor de ese informe de lo que tendremos que ocuparnos cuando sigamos la historia de la Alemania nazi desde la I Guerra Mundial a los inicios de la reconstrucción democrática germanooccidental de posguerra.
Ese informador acuñó una metáfora excepcionalmente expresiva para las transformaciones morales que estaba efectuando el nazismo, algo casi ausente en los modernos libros de historia, con esos conceptos procedentes de la ciencia social de que hay que liberarse de los juicios de valor, como si la ética estuviese emparentada con el moralizar en vez de ser algo intrínseco a la condición humana y a la reflexión filosófica sobre ella. Este informador comparaba el proceso de transformación moral de la sociedad alemana que se planteaba el nazismo con la reconstrucción del puente de una línea férrea. Los ingenieros no podían limitarse a demoler una estructura ya existente, debido a las repercusiones en el tráfico ferroviario. Lo que hacían en su lugar era ir renovando lentamente cada tornillo, viga y raíl, un trabajo que apenas si hacía levantar la vista de los periódicos a los pasajeros. Sin embargo, un día, se darían cuenta de que el viejo puente había desaparecido y que ocupaba su sitio una nueva estructura relumbrante. Nunca llegó a surgir nada tan coherente como una «ética» nazi, para rivalizar con, digamos, la ética judeocristiana o la utilitarista, y el racismo extremo carecía por definición de aplicabilidad universal. Pero los indicios eran, de todos modos, sumamente inquietantes. Los nazis, a diferencia del experimento soviético de ingeniería de almas, fueron una etapa más allá y pretendieron una ingeniería corporal y no sólo mental, aunque fuesen a menudo difíciles de distinguir las características inhumanas que ambos regímenes pretendieron inculcar, sobre todo a los jóvenes. Ese ataque a la decencia ocupará un lugar destacado en este libro.
El enfocar los movimientos políticos como pseudorreligiones o religiones sustitutas, con liturgias eclécticas, teologías sucedáneas, vicios y virtudes, tiene una historia que merece la pena reseñar. Mucho antes, Tocqueville, con el que empezamos, comparó explícitamente la Revolución Francesa con «un renacer religioso», calificándola como «una especie de religión», que «como el islam ha invadido el mundo entero con sus apóstoles, activistas y mártires». Robespierre estaba de acuerdo, aunque por razones opuestas. Con la finalidad de aislar la Revolución de los escépticos y al mismo tiempo de la mortalidad de sus propios apóstoles, escribió: «Lo que silencia o reemplaza este pernicioso instinto [del escepticismo] y compensa la insuficiencia de la autoridad humana es ese instinto religioso que graba en nuestras almas la idea de una sanción que otorga a los principios morales un poder más elevado que el hombre». Esto no era una treta cínica para movilizar emociones y entusiasmos a los que no podía llegar la política, y menos aún la usurpación del lenguaje y los ritos sacros para potenciar el sentimiento. Estos instrumentos y trucos no tendrían nada de excepcional, ya que el sermonear y el tono sentencioso son algo común a algunas democracias avanzadas, además de a todas las dictaduras. Era más bien manifestación de la creencia de que la Providencia había santificado un orden social específico sólo a través del cual reinaría la felicidad en el mundo. El que se opusiese a esa creencia no sólo cometía un error sino que formaba parte de una conspiración demoníaca, una convicción cuyos propios orígenes se remontan a los conflictos iniciales dentro del judaísmo y el cristianismo y entre otros el de cuando el propio Satanás pasó de ser un ángel que ponía a prueba a la humanidad sembrando su camino de obstáculos a ser la encarnación del mal, que acechaba tras cualquier manifestación de heterodoxia religiosa. Los adversarios no estaban simplemente extraviados y se les podía convencer, sino que no había más solución que exterminarlos, aunque no hubiesen hecho nada aparte de existir.
Para pesar de aquellos nacionalistas mesiánicos, desde Nápoles a Polonia, para los que la nación moderna era algo que exigía una afirmación semirreligiosa diaria, las formas externas de religión fueron adoptadas por imperios y Estados cuyas credenciales democráticas eran inexistentes o dudosas. Las religiones cívicas, centradas en la nación y el Estado, o en ciertos valores, fueron frecuentes a lo largo de Europa y de la América del Norte del siglo XIX, que a menudo se vio a sí misma como el Israel de nuestros días. La grandilocuente presencia física de aquéllas señala los centros de muchas ciudades europeas, como reconocerá todo aquel que haya ascendido por el vasto monumento tipo pastel de boda erigido en honor del rey Víctor Manuel II en el centro de Roma. En esa época había también días de autocelebración nacional, como el Día de la Unificación de Italia o el Día de Sedán en Alemania. Estos monumentos y estos hitos del calendario anual les parecían vacuos y sin contenido, por su propia naturaleza, a los que abogaban por un nacionalismo más mesiánico, los que querían que su pueblo estuviese en un Estado permanente de fervor emotivo. Pensaban además que los estados nacionales modernos estaban viciados, bien por aquellos a los que incluían o excluían o bien por los intereses que representaban. El grupo excluido más numeroso, los trabajadores, o al menos aquella parte de ellos que estaba organizada en sindicatos y partidos políticos, fue elaborando por su cuenta cultos y rituales alternativos, a pesar de que la ideología que exponían fuese militantemente antirreligiosa. Los que se hallaban en los márgenes de las religiones cívicas oficiales dominadas por los grandes y buenos, pero se oponían a las organizaciones obreras, solían constituir el potencial social del fascismo y el nazismo.
Este libro empieza con la I Guerra Mundial, la catástrofe que fue causa fundamental de la mayoría de los horrores del siglo XX. Creó la efervescencia emotiva que Emil Durkheim consideró esencial para la experiencia religiosa. La Gran Guerra y el periodo de agitación que la siguió condujeron a un renacer intensificado de esa veta pseudorreligiosa de la política, la cual ejerció su máxima atracción en periodos de crisis extrema, igual que en épocas de cambio súbito y trastorno social había prosperado el quiliasmo medieval o la creencia en que era inminente un intervalo de mil años anterior al Juicio Final. Los afligidos parientes de los muertos buscaban consuelo en los monumentos, a menudo llenos de patetismo, erigidos en pueblos y ciudades que pintaban en bronce o en piedra el heroísmo estoico. Los abrumados por grave desconsuelo buscaban respuestas en el mundo de los espíritus, con imágenes fantasmales de soldados en marcha «captados» en película por charlatanes de la fotografía. Estas tentaciones e ilusiones tenían sus analogías políticas. El abismo de la Gran Guerra arrastraba hacia sí a la civilización liberal que parecía haber sido su causante, induciendo a algunos a huir del caos y el horror de la guerra buscando refugio en el credo universal del comunismo, que continuaba donde la promesa incumplida de 1789 se había detenido. Aunque la extrema derecha europea precediese a la I Guerra Mundial, la combinación de guerra, caos y revolución le infundió nuevas energías en medio de las matanzas generalizadas, además de una nueva generación de mesías demagógicos, brutales, manipuladores, que sabían lo que querían y estaban decididos a evitar los errores de sus progenitores y modelos.
Los discípulos iniciales de estos falsos mesías eran poco más que sectas marginales de forajidos y creyentes, pero debido a los efectos de crisis ontológicas (es decir, crisis que afectaban al propio sentido del yo de las personas) se convirtieron rápidamente en grandes masas, impulsadas por una entrega emotiva de una intensidad que no se veía desde la Revolución Francesa o desde los estallidos periódicos de fervor nacional de las épocas de guerra o de crisis. Los fascistas italianos y los nacionalsocialistas alemanes y muchos de sus émulos menores de toda Europa, propugnaban la política de la fe, y emplazaron sus ídolos, los símbolos lictoriales y la cruz gamada, en altares nacionalistas que estaban ya parcialmente construidos y se apropiaron de gran parte del lenguaje del patriotismo para sus fines específicos. Había suficientes elementos conocidos para atraer a los tradicionalistas y también a aquellos que buscaban la emoción de lo radicalmente distinto. Y suficiente también para aquellos para los que la violencia se había convertido en una forma de vida, en objeto de nostalgia o en una pseudofilosofía con virtudes purgativas.
La lastimera cultura de cementerio de los muertos de guerra se transformó en cultos de los no muertos militantes, en los que las víctimas de la Gran Guerra se fundían a la perfección con los caídos de la extrema derecha en sus razias terroristas, desfilando juntos después por la gloria eterna en plañideras ceremonias. Un cálido brillo sensiblero dejaba sin destacar y sin examinar contradicciones estridentes. Reemplazaba al dolor una morbidez adolescente; a la política habitual de dignidad, pragmatismo, decoro y buen juicio, un atroz sentimentalismo de masas, compuesto de ira, miedo, resentimiento y autocompasión, así como la idea de que el destino nacional debería determinarlo el juicio soberano de individuos independientes. Creencia, fe, sentimiento y obediencia al instinto derrotaban al debate, el escepticismo y el acuerdo. La gente se entregaba voluntariamente a las emociones de rebaño o de grupo, algunas de un género notoriamente repugnante. Entre los creyentes decididos, un mundo mítico de primavera eterna, héroes, demonios, fuego y espadas (en una palabra, el mundo de fantasía del parvulario) desplazaba a la realidad. O más bien la invadía, poblando la imaginación con toscas imágenes de judíos, eslavos, capitalistas y kulaks. Esto era política de niños para adultos, unos adultos aburridos e irritados con el talante prosaico de la democracia liberal de posguerra, y receptivos por tanto a los gestos heroicos y a la política como una forma de proeza teatral, incluso a expensas de la libertad personal. En un sentido más restringido, esta forma de política, con su potente énfasis en las imágenes y en el sentimentalismo étnico era muy moderna, «posmoderna», en realidad, porque los demagogos de Europa no eran ningunos ingenuos, conocían las técnicas de manipulación que necesitaban para infundir fe a las masas y sabían los efectos que causaban los actos multitudinarios, banderas, cantos, símbolos y colores. Aquellos hombres eran políticos-artistas.
El advenimiento de los regímenes fascista italiano y nazi en 1922 y 1933 respectivamente señaló el inicio de reflexiones serias sobre estas religiones políticas, como algo diferenciado de las intuiciones anecdóticas de su existencia. Los pensadores interesados solían ser los más insatisfechos con las explicaciones materialistas de los fenómenos políticos, o los que otorgaban una consideración seria a las ideas en vez de tratarlas como algo secundario respecto a los «hechos» o a estructuras socioeconómicas supuestamente «más profundas», que examinadas más detenidamente explicaban bastante poco. Como escribió Russell: «No basta con conocer los hechos para entender el bolchevismo; es necesario además entrar con simpatía o imaginación en un nuevo espíritu».
Los exponentes más destacados del siglo XX en cuanto al enfoque de los movimientos políticos como religiosos fueron los intelectuales católicos alemanes Waldemar Gurian (1902-1954) y Eric Voegelin (1901-1985), que huyeron sucesivamente de la Alemania nazi en 1937 y 1938 para enseñar en las universidades de Nôtre Dame y del estado de Louisiana; el gran pensador liberal conservador francés Raymond Aron (1905-1983); y Jacob Talmon (1916-1980), un judío polaco que trabajó en Inglaterra y en Israel y escribió una trilogía importante pero fallida sobre estos problemas. Voegelin y Aron son ambos objeto de enorme interés contemporáneo en Francia, en Alemania y en los Estados Unidos; a Talmon fuera de Israel sólo le conocen miembros del medio académico de una cierta edad, mientras que Gurian está prácticamente olvidado, a pesar de sus excelentes libros sobre el bolchevismo.
Algunos de estos pensadores, que se oponían todos ellos en mayor o menor grado a que se les calificase de forma zhadanovita de «conservadores», tuvieron experiencia directa de las realidades del totalitarismo. En el caso de Voegelin, dos libros que publicó en 1937, La idea de raza en la Historia intelectual y La raza y el Estado, pronto fueron considerados «inaccesibles», pues no sólo ponían de relieve las deficiencias científicas de las teorías raciales nazis, sino que agrupaban además el nazismo con el liberalismo y el marxismo como síntomas de una enfermedad espiritual más amplia. Su libro siguiente, Las religiones políticas (1938), que pintaba el nazismo como una herejía inmanentista actual, es decir que prometía salvación en el aquí y ahora, lo confiscó la Gestapo en cuanto salió de la imprenta. La Gestapo empezó a hostigar a Voegelin y a su esposa en su propia casa, confiscando El manifiesto comunista y otros textos prohibidos de su biblioteca, pero desechando su propuesta de que se llevaran también Mein Kampf de Hitler, aunque sólo fuese, como les dijo irónicamente, para mostrar la catolicidad de sus intereses intelectuales. Cuando la Gestapo intentó luego confiscarle el pasaporte y puso su casa bajo vigilancia, Voegelin decidió huir a Suiza y de allí a los Estados Unidos. Estos hombres no decían que el fascismo, el nacionalsocialismo o el comunismo fuesen la contrapartida exacta de una religión, pues carecían todos ellos de la profundidad del budismo, el cristianismo, el islam o el judaísmo, y no se centraban primordialmente en lo trascendente. Un charco contiene agua, pero no es un océano. Voegelin consideraba todos estos movimientos políticos subproductos de una ausencia de religión en un mundo que a él le parecía decadente, en que ideologías emparentadas con las herejías cristianas de redención en el aquí y ahora se habían fundido con doctrinas de transformación social de la posilustración. Ni Hitler ni Mussolini prescindían totalmente de Dios como fuente de validación última de su misión política. Pero las religiones políticas eran enfáticamente de «este mundo», en parte para diferenciarlas de un cristianismo supuestamente obsoleto, cuyos valores pretendían sustituir, fuesen cuales fuesen sus acomodos tácticos con las iglesias. Ni tampoco funcionaban como religiones, salvo que se equipare el entusiasmo que fomentaban con la «adoración» de un equipo de fútbol. Caricaturizaban, más bien, esquemas fundamentales de la fe religiosa, en sociedades modernas en que colectividades sacralizadas, como clase, nación o raza, habían suplantado ya parcialmente entre las masas a Dios como objetos de entusiasmo o de veneración. La nación unida, purificada de todos los elementos contaminantes raciales o políticos, y desprovista de cualquier punto de referencia moral externo, se convirtió en una congregación de los fieles, con nuevos «dirigentes», que hablaban con un vigor emotivo definido impecablemente por un receptivo participante italiano que lo calificó como «un rapto extraordinario del alma».
Este modo de pensar sobre el fascismo y el nacionalsocialismo nunca caería en desuso. Todo lo contrario, muestra signos de hacerse más fuerte. Durante las décadas de los sesenta y los setenta informó importantes estudios de Norman Cohn, George Mosse, James Billington, James Rhodes, Hans-Joachim Gamm, Uriel Tal y Klaus Vondung, mientras que el filósofo Michael Oakeshott se interesó por el carácter general de la «política de fe». Tanto Tal, que murió relativamente joven, como Mosse, que vivió hasta edad avanzada, produjeron una obra que ha ejercido un importante influjo en este libro. El interés por las religiones políticas está experimentando en la actualidad un renacimiento en varios países, con vigorosas aportaciones de historiadores tan diversos como Saul Friedländer, Philippe Burrin, Emilio Gentile, Michael Ley, Claus-Ekkehard Bärsch, Hans Maier, Julius Schoeps y Jean-Pierre Sironneau. Las religiones políticas interesan también, en un sentido general, a los antropólogos, aunque lo más frecuente es que su perspectiva global dificulte las comparaciones significativas. El estudio del irracionalismo político se ha vuelto a su vez, por desgracia, rigurosamente racionalista, o se ha suavizado ateniéndose a las explicaciones que parecen más racionales de cuestiones que pueden tener antecedentes bastante más profundos.
La bibliografía que trata de las religiones políticas, como la mayoría de las grandes literaturas históricas, ha subcontratado sus tareas. Una vía de investigación ha sido preguntar cómo utilizaron los ritos y el lenguaje sacro los diversos regímenes, hasta cuando rechazaban agresivamente la religión; incluso cuando en la Unión Soviética de Stalin, durante la guerra, sus despreciadas virtudes pasaron a ser temporalmente convenientes para mantener el espíritu de lucha. Éste es el nivel al que es más fácil captar ese modo de enfocar el nazismo, es decir sus ritos pseudolitúrgicos o sus evocaciones deliberadas de la Biblia con finalidades retóricas. Más recientemente ha despertado interés la repercusión de las religiones políticas en la ética, aunque las consecuencias del abandono de valores que habían servido bien a la humanidad durante un par de miles de años fueron uniformemente desastrosas, en la medida en que fueron expulsados y asesinados aquellos a los que no se podía rehacer por alguna tara indeleble, racial o de clase. Los historiadores prescinden aquí de las cronologías históricas convencionales, ya que los climas morales tienen fronteras imprecisas, aunque cualquiera que haya vivido durante las décadas de los sesenta o los ochenta no discutirá más la realidad de esos periodos de lo que lo hicieron sus antecesores en 1914-1918 o en la década de los treinta. Los investigadores sienten también un interés creciente por las opciones que eligieron los individuos del periodo, interés que se manifiesta en nuevas y absorbentes biografías de Heidegger, Heisenberg o Speer, entre los personajes importantes. Ha habido también mucho interés por la influencia que ejerció la fe bajo el nazismo en la eugenesia o en la ética médica, en la conversión de hombres normales y corrientes en predadores semihumanos en el Frente Oriental y en las diversas formas de explotación de la caridad, la ética del trabajo y el anhelo de justicia social para distraer, galvanizar y recompensar a la población alemana. Los estudios sobre las corrupciones diarias de la vida bajo regímenes comunistas, debidos en parte a una tradición de teología moral católica, sobre todo en Polonia, están muy por encima de lo que haya podido escribirse sobre la Alemania nazi, con la excepción de una literatura sumamente informada sobre oposición y resistencia. Pero en un sentido más amplio también se puede argumentar que las propias ideologías totalitarias ensombrecieron las pautas de la fe de las religiones convencionales, porque una vez investido el poder en grupos de elite, basados en una supuesta superioridad natural o en la pretensión de que sólo ellos representaban los verdaderos intereses de las masas trabajadoras, no tardaría en llegar la salvación.
La ideología nazi prometía redimir de una crisis ontológica nacional, que le atraía como atrae la sangre al tiburón depredador. El capítulo inicial de este libro intenta transmitir un poco esa atmósfera de desesperación y desesperanza y mostrar por qué un número tan significativo de personas se sintió más atraído por el Movimiento nacionalsocialista que por los partidos políticos más tradicionales. El nazismo ofrecía una inclusión intensa en una sociedad que había estado marcada por profundas divisiones, ofrecía dinamismo donde había estancamiento y ofrecía una sensación de altura de miras, casi de una misión nacional, en una sociedad en la que los intereses materiales parecían dominarlo todo. Además, lo que Hannah Arendt llamó el «sexto sentido» del totalitarismo brindaba una diagnosis sencilla de lo que realmente se estaba cociendo bajo cuerda, lo que satisfacía un deseo generalizado de creer que había fuerzas ocultas responsables de las tribulaciones de la Alemania de posguerra. Lo único que tenía que hacer la gente era dar el salto cuántico de la fe; con la entrega a un credo nacional unificado se resolvían todos los problemas de este mundo. Como aseguraban tanto Mussolini como Hitler, la fe podía realmente mover montañas o hacer que las montañas pareciesen moverse.
Pero el nazismo era distinto de otros credos políticos que consideraban los sacrificios actuales un precio que valía la pena pagar por la gloria futura, o que aseguraban que toda la virtud residía en un grupo de individuos, cuyos enemigos eran vasijas de iniquidad demoníaca. Carecía del «final feliz» aplazado pero dialécticamente garantizado del comunismo, y se sentía angustiado e invadido por fantasías y creencias apocalípticas que eran conscientemente paganas y primitivas. Aunque pretendiese paradójicamente hablar el lenguaje de la razón aplicada, y fuese capaz de cálculos refinados, el nazismo tenía un pie en el sombrío mundo irracional del mito teutónico, en el que se enjuiciaba positivamente la fatalidad heroica y en el que había que jugarse el todo por el todo: redención racial y nacional o perdición.
La afirmación de que la ideología nazi tenía contenido religioso parecen contradecirla a primera vista los hechos. En septiembre de 1938 Hitler censuró a Heinrich Himmler y Alfred Rosenberg, que eran respectivamente jefe de la SS y supuesto gran jefe ideológico del partido, por enfocar el nazismo como un culto religioso. Les recordó lo siguiente:
«El nacionalsocialismo es una concepción fría y sumamente razonada de la realidad que se basa en el máximo conocimiento científico y en su expresión espiritual [...] El movimiento nacionalsocialista no es un movimiento de culto; es, por el contrario, una filosofía política y völkisch que surgió de consideraciones de carácter exclusivamente racista. Esta filosofía no propugna cultos místicos, sino que lo que se propone es más bien cultivar y dirigir una nación que está determinada por su sangre.»
A Hitler le inquietaba que esta verdadera religión pudiese tener un funcionamiento independiente de él, fuente única de toda autoridad doctrinal, y que pudiese empujar a las iglesias cristianas a dejar de apoyar a un régimen que, aunque parezca increíble, veían con frecuencia como restaurador de la autoridad y la moralidad después del extravío de la República de Weimar. En realidad el triunfo a largo plazo del nazismo habría significado el fin de todo lo que ellas representaban. Pero Hitler estaba reconociendo también que el nazismo no era simplemente biología aplicada, sino la expresión de leyes científicas eternas, reveladas por Dios e investidas a su vez de propiedades sagradas. La ciencia y la naturaleza se investían de nuevo de magia. La claridad era compatible con el misterio, la religión con la ciencia, y la morbosidad adolescente con el vitalismo. El racismo nazi no era sólo el producto aberrante de una pseudociencia, y aún menos algo de lo que se pudiese acusar a la «ciencia» en general, pues no cabe duda alguna de que seríamos mucho más pobres sin ella. Resultaba ventajoso dar al nazismo un lustre científico, bien para vincularse a la fuerza intelectual que se consideraba en ascenso en la época o bien para justificar soluciones radicales en vez de fragmentarias e incompletas de los «problemas» raciales. Recurrir al lenguaje de la parasitología entrañaba, como se ha subrayado a menudo, un radicalismo y una lógica implacables, mientras el celo higiénico era evidente en los que, en «periodos de hierro», asumían la tarea de utilizar «escobas de hierro» para purificar el mundo de contagios raciales. Esto era enfocar la política como misión biológica, pero concebida de un modo religioso.
Hitler, lo mismo que procuraba mantenerse a distancia de los toscos prejuicios populares antisemitas de los campesinos, necesitaba, como el «artista» que proclamaba ser, algo más encumbrado que las abstrusas ideas de unos académicos trasnochados. Según el historiador Saul Friedländer, que ha sabido penetrar como nadie en este campo, Hitler identificó concepciones biológicas de degeneración y purificación con narraciones religiosas de perdición y redención. En el círculo wagneriano de Bayreuth halló una camarilla «artística» y elitista adecuada ante la que exponer esta mezcla específica, es decir, la misión ariogermánica de redimir la civilización grecorromana, de afirmar un cristianismo no judío o desorientalizado y dirigir a los pueblos a un «futuro nuevo, espléndido y lleno de luz», que sólo los judíos salidos de la oscuridad podrían impedirles alcanzar. Un cristianismo racializado y mutante, despojado de elementos «judíos» antigermánicos y purgado de sentimentalismo humanitario, es decir de pecado, culpa y compasión, era sin duda un ideal con un gran potencial. En este sentido, el nazismo no era ni simplemente ciencia descontrolada, por mucho que esa definición les vaya tan bien a los críticos de la genética moderna, ni cristianismo tergiversado, por muy bien que les vaya esto a aquellos para los que el nazismo no es más que un brote de antisemitismo cristiano. Era una síntesis creativa de ambos. Hitler, armado con su ciencia religiosa, era no sólo un Robert Koch o un Louis Pasteur de nuestro tiempo, que combatía con celo a unos patógenos mortíferos que daba la casualidad de que eran otros seres humanos, sino socio de Dios en la empresa de ordenar y perfeccionar aquella parte de la humanidad que a él le importaba. Aunque se puede indicar el momento en que el nazismo se entregó a la húbris, la soberbia sacrílega (la decisión tomada en diciembre de 1941 de enfrentarse a los Estados Unidos además de a la Rusia soviética aún parece la elección más plausible), es importante entender que, en este sentido profundo, la política de Hitler estuvo siempre imbuida de esa soberbia.
Otra tradición poderosa en el tratamiento de estos fenómenos ha sido analizarlos como formas de totalitarismo. Muchos comentaristas e investigadores aún siguen considerando que éste es el mejor medio de describir la horrible aspiración del nazismo a determinar tanto el yo social como las cuestiones básicas por medio de la ideología, la propaganda y el terror. Se trata de una idea que yo comparto. Aunque la parte «ismo» del término no resulte atractiva, lo de «total» capta con gran intensidad el carácter insaciable e intrusivo de esta forma de política que enfoca con un odio ciego al individuo, la libertad, la sociedad civil autónoma y la soberanía de la ley. A diferencia de las dictaduras tradicionales que se apartaban sólo un paso de la democracia, por ejemplo prohibiendo los sindicatos, los regímenes totalitarios se apartaban dos, ya que creaban pseudosindicatos, contra los que tenían que luchar los trabajadores, para poder plantearse afirmar sus derechos frente a sus patronos, lo que en el caso soviético era imposible, ya que se suponía que el patrono era la suma total de ellos mismos. Aunque en los tres últimos decenios se han hecho intentos de desterrar el término «totalitarismo» de la buena sociedad académica, sigue siendo un concepto útil para todo aquel que no ande esforzándose por evitar equiparar el nacionalsocialismo con el comunismo soviético; y para todo aquel que se interese por la psicología básica y no sólo por la superficie de las cosas.
Una breve historia del concepto sería más o menos así. Se propagó primero en los círculos intelectuales del fascismo italiano y de la derecha alemana, cuyos miembros abogaban por un Estado sumamente activo y permanentemente movilizado, que contrarrestaría todos los atributos supuestamente divisivos y debilitantes de las «sociedades» modernas que amenazaban con sepultarlo. El término fue mucho más popular en la Italia fascista que en la Alemania nazi, donde se insistía más en la raza y en el «movimiento» dinámico que en el Estado. La aparición de regímenes que parecían reflejar esos principios despertó a su vez el interés de los comentaristas de las democracias. The Times de Londres utilizó el término «totalitarismo» en 1929 para describir el creciente rechazo de la democracia liberal; el primer simposio sobre el tema se celebró en los Estados Unidos diez años más tarde exactamente, poco después de que el Pacto Molotov-Ribbentrop pareciese confirmar las afinidades amorales entre la Alemania nazi y la Unión Soviética; y Occidente se viese obligado a aliarse con una potencia que Churchill equiparaba con el diablo. George Orwell captó a la perfección este cinismo en 1984, cuando los propagandistas del Partido Externo se limitan a pasar sin transición de la guerra de Oceanía contra Eurasia a la guerra contra Esteasia que había decretado el Partido Interno, asegurándose de que la primera guerra quedase borrada de la memoria. La prensa totalitaria de toda Europa hizo tranquilamente un cambio de agujas similar cuando los trenes de la ideología se lanzaron traqueteantes en una nueva dirección.
Lo que una minoría considera los rasgos más dudosos de las teorías del totalitarismo (su clara exculpación de los gobiernos autoritarios o meramente dictatoriales) procedió en principio de los pensadores de izquierdas. León Trotsky, el creador del Ejército rojo, fue uno de los primeros que diferenciaron entre regímenes absolutistas limitados y totalitarismo moderno, al comparar la máxima relativamente modesta de Luis XIV «L’état c’est moi» con el «Yo soy la sociedad» de Stalin. Porque el totalitarismo no se limitó a los campos habitualmente asignados al Estado, sino que se propuso controlar la familia y la moralidad privada, así como dirigir las artes y las ciencias de forma que excedían el mero ejercicio de influencia. Si a Trotsky le hubiese importado el derecho, podría haber añadido que los regímenes totalitarios desdeñaban la predecibilidad burocrática y la soberanía de la ley como impedimentos «burgueses», considerando más conveniente el gobierno arbitrario.
Aunque se dé a veces la impresión de que el término «totalitario» es algo exclusivo de gente a la que se suele estereotipar como «combatientes de la Guerra Fría», deseosos de perjudicar al comunismo soviético asociándolo con el nazismo, en realidad los socialistas democráticos de la corriente general, por no hablar ya de los sectarios trotskistas, contaban con un honroso historial de denuncia de la pesadilla que era la Unión Soviética, y utilizaron a menudo el término «totalitario» para hacerlo. Después de todo, muchas de esas personas tenían experiencia de primera mano del trato con estalinistas en sus contextos políticos locales. Como comentaba Ernest Bevin, el ministro de Asuntos Exteriores laborista inglés de la posguerra, después de su primera entrevista con Molotov: «¡Pero si son exactamente igual que los malditos comunistas!» a los que había tenido que enfrentarse ya en la política interior inglesa.
La visión más convincente de una sociedad totalitaria desarrollada tal vez sea la de 1984, esa gran novela tan intimidatoria de George Orwell que acabamos de mencionar. Hubo abundantes prototipos, como la novela futurista de Yevgeny Zamyatin Nosotros, y Oscuridad al mediodía de Arthur Koestler, pero la obra de Orwell las superaba a ambas. Y su logro resulta aún más notable si tenemos en cuenta que la experiencia de Orwell sobre el tema se limitaba a los comunistas españoles de la Cataluña de la Guerra Civil y lo que había observado en los círculos izquierdistas ingleses, cuyo «doble rasero» respecto a la Madre Patria soviética era notorio. Orwell empezó lo que tituló en principio El último hombre de Europa durante los últimos años de la II Guerra Mundial. Las características destiladas del nazismo y del estalinismo se mezclaron con las experiencias que tenía Orwell de burocracias inglesas como la de la BBC; las zonas Esteasia, Eurasia y Oceanía inventadas en la novela, con Londres como capital de Pista de Aterrizaje de Oceanía, se hacían eco del reparto de los despojos de guerra acordado en 1943 en la Conferencia de Teherán. «El Benefactor» de Zamyatin se convierte en el «Gran Hermano», cuyos rasgos omnipresentes deben mucho a Stalin, mientras un personaje rumpelstiltskiniano, que predica el odio puño en alto procede del propagandista nazi Joseph Goebbels. Por supuesto esto no agota los cientos de fuentes de las que Orwell bebió, incluidos sus propios instintos, expresados en la novela en una frase en que dice que «los caballos son capaces de oler el heno en mal estado». El libro de Orwell resultó de especial eficacia por estar escrito en un inglés deliberadamente podado para adaptarlo al tema; el lugar que Orwell describió se parece, como la situación bajo el totalitarismo real existente, a una foto privada de color local, que es al mismo tiempo algún sitio y todos, aunque se trate inconfundiblemente de un retrato de la Rusia de Stalin, donde la delación y la represión se unían a una comida que no sabía a nada, navajas de afeitar sin filo, ginebra aceitosa y cerveza floja, embustes y carencias económicas reales en medio de una teórica abundancia estadística.
El libro, proyectado como un aviso a los intelectuales burgueses que coqueteaban con el totalitarismo, como se ejemplifica en la historia de O’Brien, el interrogador amoral para el que el poder se había convertido en una religión, era también una defensa de las buenas formas casi desaparecidas de la vida burguesa (de un mundo de libros, obras de arte y buenos vinos), a pesar de que superficialmente el socialista Orwell tuviese fe en el proletariado irreductible. La destrucción de este mundo de las buenas formas está simbolizada por el aplastamiento de un pisapapeles de cristal dentro del cual hay suspendida una delicada ramita de coral. O’Brien explica la esencia de la nueva filosofía: «Siempre, en todo momento habrá la emoción de la victoria, la sensación de pisotear a un enemigo que está desvalido. Si quieres un cuadro del futuro, imagina una bota pateando un rostro humano... eternamente». Tanto el comunismo, la sistematización del sentimiento de culpa o el autodesprecio burgueses y el resentimiento de la clase obrera bajo el disfraz de una benignidad universal, como el fascismo o el nazismo, la veneración solipsista y semitribal de la propia nación o de la propia raza, compartían, además de la violencia explícitamente glorificada, esa animadversión hacia el mundo de la urbanidad, la honradez, la prudencia y la ley y el orden.
A finales de la década de los cuarenta, la filósofa política Hannah Arendt (1906-1975) centró su atención sobre estos temas, aunque su denso volumen difícilmente puede compararse con la claridad de la inteligencia y de la prosa de Orwell. Esto se debió en parte a que amontonó una gama de temas distintos que habían interesado a lo largo de una década, y decidió mezclarlos con la Unión Soviética en una etapa relativamente avanzada. Gran parte del enfoque de su libro Los orígenes del totalitarismo resulta viciada bien por su crítica indiferenciada del imperialismo europeo o bien por la acusación conservadora de atomización, la chusma y las masas, pues a Arendt le gustaba ofender simultáneamente a todos los sectores y era ella misma, en diversos sentidos, una nube problemática en marcha.
Arendt pasaba con audacia de un gran tema al siguiente: de los bóers de Sudáfrica, que se aislaban con doctrinas raciales contra el enfrentamiento traumático con el Otro salvaje, a Lawrence de Arabia y la burocracia imperial inglesa, aunque ni en un caso ni en otro se explicitaba el vínculo ni con el totalitarismo alemán ni con el soviético. Arendt quería además derivar de alguna manera el totalitarismo de la alta cultura europea, de ahí la atracción que sentía por El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, con sus europeos desarraigados liberados de la ley, la responsabilidad y la circunspección convencional. Aunque esto era una versión extrema de imperialismo europeo, que tuvo rasgos menos sanguinarios y hasta positivos en medio de su rica diversidad, sus descripciones contenían un meollo de verdad, en lo de que las condiciones del periodo de guerra en Rusia y en la Europa oriental ocupadas se habían parecido a las de una tierra de nadie, sin ley, en la que seres civilizados habían degenerado convirtiéndose en depredadores semihumanos. Pero la conexión tampoco era tan evidente en este caso. Arendt rechazaba además con vehemencia la idea de una vía alemana hacia la modernidad históricamente independiente y se inclinaba por una ruptura radical con la trayectoria de la civilización europea, casi como si Hitler y Stalin fuesen visitantes temporales procedentes de Marte. ¿Cómo podía pensar de otro modo siendo ella misma como era un producto de aquella nación que se consideraba a sí misma la cima de la civilización? Se ha edificado toda una literatura, una literatura que muchos consideran artificiosa y narcisista, sobre esa paradoja manida de Alemania como la Kulturnation quintaesencial, un planteamiento que a muchos de sus vecinos les resulta difícil aceptar.
Pero estas críticas no deberían hacernos desdeñar los chispazos de inteligencia penetrante que el libro contiene. Arendt comprendía la importancia básica de la soberanía de la ley para las sociedades libres, expresando esto a través de la paradoja de que bajo el totalitarismo los individuos estaban más seguros si habían sido declarados culpables de algún delito que como internos de campos de concentración, nativos o refugiados, situaciones en las que quedaban emplazados al margen de la ley, en un limbo asesino en el que era posible todo. Arendt supo captar también el carácter de pesadilla del totalitarismo. Bajo el régimen totalitario se mataba a la gente en virtud de leyes raciales o históricas absolutas, sin cólera ni cálculo utilitario. El sufrimiento estaba determinado por categorías, divorciado de lo que pudiesen haber hecho las víctimas individuales, cuyas filas podían redefinirse o volver a llenarse casi ad infinitum. La necesidad de alarmas y enemigos constantes en esta economía del terror garantizaba su inflación en la práctica. Se ajustaba violentamente la realidad para adecuarla a un mundo teórico de lo que debía ser. Los criterios esotéricos de un núcleo militante interno se ocultaban a los simpatizantes normales y corrientes, desde los que ascendía una escala de ilustración hasta los Gott-Mensch dirigentes, cuyo apoyo daba a los del núcleo interno la sensación ilusoria de que estaban enraizados en la normalidad. Adónde conducía este tipo de mentalidad es algo que se analiza aquí en capítulos dedicados a la eugenesia, el antisemitismo y el holocausto del periodo bélico.
Las teorías del totalitarismo raras veces han sido incompatibles con las teorías de las religiones políticas, y destacados exponentes de las primeras como Raymond Aron, Karl-Dietrich Bracher, Carl Friedrich y Zbigniew Brzezinski han empleado esos términos casi indistintamente. Las religiones políticas se dirigen a capas profundas de la experiencia humana; y las teorías sobre ellas intentan explicar cómo se han reproducido formas y sentimientos religiosos con finalidades políticas, mientras que las teorías del totalitarismo abordan fenómenos más contemporáneos, de los que fue condición previa indispensable la creación del Estado moderno. La envergadura tecnológica de ese Estado hizo factibles las fantasías de utópicos y distópicos anteriores.
Quién fundió totalitarismo y religiones políticas de una forma más sistemática fue Jacob Talmon, aunque los hay que dicen que sus propias elaboraciones monumentales parecen construcciones totalitarias por su carencia de caminos laterales y de cabos sueltos. Talmon —como muchos historiadores inducidos por la urgencia de los acontecimientos de su propia época antes que por imperativos olímpicos a explicar cómo fueron éstos— encontró los orígenes del sesgo criminal que adoptó la Revolución Rusa en la fase jacobina de la Revolución Francesa, que él calificó de «democracia totalitaria». En otras palabras, estaba inspirado en parte por la búsqueda de los orígenes del despotismo democrático de Tocqueville. Talmon aplicó un método psicoanalítico a la mentalidad redentora-revolucionaria que en su opinión sustentaba varias causas radicales, y que consistía para él en la imposición del mundo de lo que debiera ser sobre la realidad. Su trilogía empezaba, polémicamente, con Rousseau y el argumento de la voluntad general del pueblo, a la que nada podía oponerse; y concluía, con mayor transparencia, con Robespierre, Saint-Just y Babeuf, y sus estratagemas totalitarias cada vez más demenciales para conseguir que la obstinada realidad se ajustase a lo que él llamó su «esbozo a lápiz» del mundo ideal. Según Talmon, una elite revolucionaria clarividente adivinaba la voluntad general y la dirección de la historia, dando a luz con la guillotina su visión universal de la felicidad hasta que aquella «felicidad» que habían creado les destruyó. Talmon comparó esta primera democracia totalitaria con el pragmatismo liberal, considerando que eran los dos producto de la Ilustración. Aparte de su falta de interés por las ilustraciones holandesa, inglesa, alemana, escocesa o virginiana, no otorgó la consideración debida a lo mucho que la democracia parlamentaria se basó también en instituciones, ideas e intuiciones muy anteriores al siglo XVIII, como cuando aportó un acuerdo sobre fiscalidad o defensa frente a los ataques monárquicos originales contra derechos y privilegios anteriores. Pero, en fin, Talmon era un hombre de ideas más que de impuestos o de privilegios. Le desconcertaba también el nacionalismo. Hablaba poco de sus variedades cosmopolitas de la «Primavera de las naciones», prefiriendo más bien destacar (sin duda con la experiencia del nazismo en mente) sus formas racialmente excluyentes y mesiánicas, que fundía luego con la veta más internacionalista de democracia totalitaria que había sido durante todo el tiempo su centro de interés.
Debería quedar claro con estos ejemplos que las teorías del totalitarismo no siempre han incluido modelos estáticos de Estados totalitarios, una especie de lista de control de rasgos identificadores, con la que los investigadores indican si un régimen determinado puede considerarse totalitario. Algunos se han planteado esos enfoques, a menudo con cierta contundencia, pero hasta cuando redactan listas de síntomas comunes hacen algo más que una mera clasificación. La ciencia política académica puede favorecer esa tipología, pero la literatura sobre regímenes totalitarios incluye también a Arthur Koestler, George Orwell, Czesław Miłosz y Vladimir Bukovsky, que tienen planteamientos más imaginativos. Tampoco se muestra en ninguno de estos enfoques falta de conciencia de las importantes diferencias entre ideologías, movimientos y regímenes, aunque se argumente que pese a antipatías ideológicas nominales hay afinidades subyacentes. Raymond Aron, por mencionar un ejemplo obvio, diferenció nítidamente el nazismo del comunismo pero no abandonó el totalitarismo como medio de describir su similitud a partir de «la amplitud de ambición, el radicalismo de la actitud y el extremismo de los métodos utilizados». Sin embargo, se apresura a añadir: «Para la empresa soviética, yo recordaría esta fórmula tan manida: el que iba a crear un ángel crea una bestia; para la empresa nazi: el hombre no debería intentar parecerse a un animal de presa porque, cuando lo hace, lo consigue con demasiado éxito». Carl Friedrich y Zbigniew Brzezinski vinieron a decir lo mismo, aunque menos metafóricamente, cuando afirmaron que los regímenes totalitarios eran «básicamente parecidos» pero no «del todo». Ésta es la posición que se mantiene a lo largo de este libro, que compara y contrasta periódicamente la Alemania nazi, la Italia fascista y la Rusia soviética, siempre que parece adecuado hacerlo.
No debería darse por supuesto que el uso del término totalitarismo para describir una aspiración política que lo abarca todo haya quedado desbancado en cierto modo por los descubrimientos de la investigación moderna sobre la Alemania nazi o la Unión Soviética, sobre las inevitables discrepancias entre la realidad y el ideal; las fricciones dualistas entre el partido y el Estado; o las rivalidades entre competencias burocráticas superpuestas, que actuaron, como ya escribió Leonard Schapiro en 1972, «progresivamente, como un cáncer maligno, que se abre paso penetrando por el tejido tanto del Estado como de la sociedad». Después de todo, la mayoría de los autores que han abordado el totalitarismo habían leído a los santos patrones de la historia estructuralista contemporánea sin sentir la necesidad, evidentemente, de modificar de modo sustancial sus propias conclusiones.
Finalmente, las teorías sobre el totalitarismo no fueron simplemente un producto de la ideología occidental de la Guerra Fría, como si los historiadores no fuesen más que el arma académica de la CIA o del MI6. ¿Están defendiendo los que insinúan tales conexiones regímenes que asesinaron a decenas de millones de personas? Estas teorías tienen antecedentes que preceden a la Guerra Fría, y los escritos que utilizan el término totalitario, bien como un principio organizador o sólo instintivamente, que puede ser lo mejor de todo, proliferaron incluso en la década de los noventa, una década después del final de la Guerra Fría. Hay toda una gama políticamente heterogénea de comentaristas y académicos que emplean ese término, en la que se incluyen Omer Bartov, Alain Besançon, Karl-Dietrich Bracher, Stéphane Courtois, Richard Crampton, Robert Conquest, Norman Davies, István Deák, François Furet, Timothy Garton Ash, Emilio Gentile, Ulrich Herbert, Michael Ignatieff, Claude Lefort, Martin Malia, Barrington Moore Jr., Jeremy Noakes, Fritz Stern, Tzvetan Todorov, Andrzej Walicki y Amir Weiner, por citar al azar unos cuantos nombres sobresalientes; y hasta a los que presidieron sistemas totalitarios, como el antiguo secretario general Mijail Gorbachov, está claro que les resulta claramente más convincente «totalitarismo» que funestas expresiones académicas de nuevo cuño como «pluralismo autoritario» o «autoritarismo del Estado benefactor». Es de suponer que él sabe bien de qué está hablando. Decir que los europeos orientales o los rusos (por no hablar ya de los pensadores occidentales que acabamos de enumerar) son algo menos refinados en estas cuestiones que los académicos occidentales es paternalista, ya que han sido precisamente ellos quienes han tenido experiencia directa durante cuarenta y setenta años respectivamente de lo que en Occidente son claramente cuestiones académicas. Los académicos occidentales pueden permitirse celebrar los parvularios más avanzados que conoce la historia humana; los europeos orientales y los rusos en cambio han sabido del KGB y de la Stasi en carne propia. Lo mismo que afganos, chechenos y cubanos.
La literatura en la que se estudia el nazismo como una religión política o como una forma de totalitarismo queda empequeñecida por la escala industrial de la literatura sobre la Alemania nazi como un todo. El tema de un capítulo de este libro es el objeto de estudio de unos 55.000 títulos, y muchos de los otros capítulos abordaron cuestiones tratadas con una densidad más o menos similar. Un cuerpo bibliográfico tal exige guías historiográficas propias, aunque no puedan sustituir a los clásicos del tema. Este libro no pretende ni volver a inventar la rueda ni descubrir una novedosa explicación global, sino sólo ver adónde nos llevan las interpretaciones acumuladas de las religiones políticas y el concepto de totalitarismo, con la finalidad de poder dar sentido a un periodo de la historia europea que continuará informando, malinformando a veces, al mundo de la post Guerra Fría.
Una característica de este libro es que desborda los confines inmediatos de la historia alemana del periodo comprendido entre 1933 y 1945, en parte porque durante seis de aquellos años la historia de Alemania se convirtió en la historia de Europa y de un mundo más amplio, aunque el influjo del nazismo fuese evidente antes de la guerra, bien como corrientes de refugiados que huían de Alemania y de Austria hacia el mundo libre, o como las rupturas cada vez más violentas y sin principios del sistema internacional que siguió a la Gran Guerra por parte de los nuevos dirigentes de Alemania e Italia. A los valerosos historiadores alemanes que escribieron sobre estos temas cuando se prefería guardar decoroso silencio se les acusó a veces de traición a la patria, por lo que no es justo menospreciarles, pero a veces uno desea una perspectiva supraalemana. Como dejan claro los sucesivos capítulos sobre la Europa ocupada, la invasión de Rusia, el holocausto del periodo de guerra y, por último aunque no menos importante, el esfuerzo bélico de los Aliados, esta historia no afecta exclusivamente a los alemanes (o a los austríacos), ni hay una forma canónica de contarla. Apenas si se mencionan aquí por eso mismo algunos temas que han figurado muy destacadamente en la historiografía alemana, u obras no alemanas que ensombrecen la tarea de ésta, por ejemplo el supuesto influjo «modernizador» de la dictadura o los papeles relativos de la intención ideológica y de las estructuras en los orígenes de la «solución final».
Además, sin esta óptica más amplia, la historia de Alemania parece en ocasiones más excepcional de lo que fue, creándose con ello tópicos sobre el carácter nacional que no se le ocurrirían a alguien que leyese el 1984 de Orwell, que, aunque se sitúe en Inglaterra, curiosamente no se refiere a ella, como han percibido por experiencia propia los que vivieron en la Rusia de Stalin o en la Alemania nazi. Se puede decir algo muy similar de otro gran clásico de la literatura sobre el totalitarismo, La mente cautiva de Czesław Miłosz, que pocos considerarían que sólo es aplicable a la conducta de los intelectuales de la Polonia comunista a finales de la década de los cuarenta y durante la década siguiente. Ésta es la razón de que se hable de perpetradores no alemanes (ni austríacos) del holocausto, o de las guerras sucias comunales que se desencadenaron en los Balcanes o en Polonia y Ucrania, por debajo del conflicto general más conocido. La razia transeuropea nazi puede que fuese el catalizador que desencadenó esas fuerzas nefastas, pero eso difícilmente absuelve a esos países de cierta responsabilidad por lo que sucedió luego, por la «limpieza étnica» y el asesinato racial generalizado.
No habría sido posible escribir este libro sin los importantes progresos en la interpretación del nazismo efectuados por una comunidad internacional de historiadores sociales, políticos, militares, intelectuales, de la economía y de la diplomacia, cuya labor, minuciosa y sintética merece un enorme respeto. Si el libro impulsa a otros a explorar algunos de sus temas con mayor detalle, habría logrado uno de sus objetivos. Sin la calidad y la cantidad de investigación detallada producida en Europa, Israel y América del Norte este libro no habría podido plantearse siquiera, aunque vuelva deliberadamente sobre perspectivas que llevan rondando ya un tiempo, más que «descubrir» alguna estrafalaria teoría para explicar por qué los seres humanos se comportan brutalmente unos con otros cuando se presenta la oportunidad. Una bibliografía selecta indica los títulos sobresalientes a quien desee profundizar más en temas concretos, muchos de los cuales tienen un alcance bastante mayor que el de la Alemania nazi, que difícilmente puede ser objeto de una fascinación infinita. No he pretendido tratar cada tema en toda su amplitud; ni he adoptado la forma de una narración directa de los hechos, con el suicidio de Hitler en un búnker de Berlín como desenlace. Ni el antisemitismo ni la «eugenesia» serían comprensibles sin remontarse más allá de los años 1933-1945 o sin saltar las fronteras de Alemania e incluir a países con credenciales democráticas por lo demás impecables. A diferencia del colapso del comunismo de la Europa oriental y de la antigua Unión Soviética, en el que revoluciones populares, sobre todo la de los obreros católicos de Polonia, influyeron en general bastante para que se invirtieran las consecuencias del coup d’état original, la destrucción de la Alemania nazi se debió únicamente a los esfuerzos hercúleos de sus adversarios, que son también parte de esta historia. Se han tomado asimismo decisiones editoriales, por ejemplo, sobre qué aspectos de la ocupación durante la guerra o del holocausto se iban a analizar, ya que para escribir exhaustivamente sobre cada uno de esos temas haría falta como mínimo un libro inmenso y hay ya muchas alternativas excelentes disponibles, como los estudios sobre el Holocausto de Raul Hilberg y Saul Friedländer. Si el Holocausto es la verdad desvelada decisiva sobre un régimen que no tuvo paralelo en su nihilismo destructivo, no agota todo lo que hay que decir sobre el periodo del nacionalsocialismo. Pero esto es anticipar el final, en vez de ofrecer un principio útil. Regresemos al punto en el que pudo haberse iniciado la historia de la Alemania nazi. El año 1918 es tan arbitrario como cualquier otro comienzo posible. Podríamos haber retrocedido hasta 1914, o incluso hasta 1870 en realidad.
LA REPÚBLICA DE WEIMAR Y EL PARTIDO
NACIONALSOCIALISTA DE LOS TRABAJADORES
ALEMANES, 1918-1933

Friedrich Ebert, primer Presidente de la República de Weimar, consiguió restablecer cierta apariencia de normalidad en una Alemania derrotada.
Eriedrich Ebert. (© Bilderdienst Süddeutscher Verlag)
LA GRAN GUERRA Y SUS SECUELAS
Cuando estalló la guerra en el verano de 1914, la mayoría de las capitales europeas se llenaron brevemente de multitudes de oficinistas patrioteros. Observadores menos emocionales se dieron cuenta de que había terminado una era, de que eran testigos de algo aterrador y sin precedentes. El 4 de agosto de 1914 el novelista estadounidense Henry James escribió desde su casa de Inglaterra («bajo la negrura del estado de guerra general más atrozmente inmenso y súbito») a su amigo y colega el escritor Edward Waldo Emerson. Había ya cinco naciones en guerra e Inglaterra estaba a punto de unirse a ellas. James comentaba:
«Ha llegado todo como por el salto de algún monstruo horrible que saliese de su guarida: lo tenemos encima, está sobre todos nosotros aquí, antes de que nos haya dado tiempo a girarnos. Me llena de angustia y de consternación y me hace preguntarme si es para esto en realidad para lo que he llegado a la vejez, si es esto lo que todo el pasado ostensible o relativamente sereno, todo el pasado supuestamente de progreso, de nuestro siglo, ha significado y a lo que ha conducido. Es como una traición a todo aquello en lo que uno ha creído y por lo que ha vivido. Es como si las terribles naciones no pudiesen evitar alzarse de pronto en una convulsión de horror y de vergüenza. Uno decía eso ayer, ay [...] pero es ya evidentemente demasiado tarde para decirlo hoy [...] Me trae a la memoria el comienzo de las hostilidades del periodo de guerra de nuestra juventud [...] pero aquí todo el asunto está más cerca, más sobre nosotros, es más inmenso y se produce todo en un mundo más denso y más refinado.»
En 1914 se congregaron tras las banderas millones de hombres de un extremo a otro de Europa. Acabaron muertos y mutilados en cantidades inconcebibles, los vivos mezclados con los muertos en cenagosos pozos infernales, en un combate por conseguir o por impedir que Alemania ganara su primera apuesta del siglo XX por la hegemonía. Desde la década de 1860 los hombres de Estado de Europa habían aprendido a vivir con las consecuencias de las guerras breves pero limitadas de la unificación alemana, que muchos aprobaban como un proceso internacional positivo en una parte de Europa sobre la cual los extraños tenían pocas ideas negativas preconcebidas. Pero en mitad del verano de 1914 más de una década de beligerancia errática de los dirigentes alemanes, que carecían de la habilidad diplomática y de la contención del canciller Otto von Bismarck, contribuyó a que se extendiera entre los vecinos de Alemania el sentimiento de que había límites que no se le debía permitir sobrepasar. Por ello, un conflicto balcánico regional que afectaba a Austria-Hungría, aliada de Alemania, y a Serbia, apoyada por su patrón ruso, se convirtió rápidamente en una guerra primero continental y luego mundial.
El intento de la Alemania imperial de lograr el dominio continental por la fuerza de las armas se vio frustrado casi desde el principio. El alto mando alemán había planeado una guerra móvil que se coronaría con una victoria inicial aplastante, pero después de la batalla del Marne el conflicto degeneró en el oeste en una guerra de desgaste en medio de líneas de trincheras que se extendían desde Bélgica hasta la frontera suiza. El káiser Guillermo II, dándose cuenta de las profundas fisuras de la sociedad alemana, que según algunos historiadores influyeron en la decisión inicial de ir a la guerra, proclamó una «tregua civil» (o Burgfrieden). Los conflictos internos, religiosos, sociales y políticos debían ponerse en animación suspendida, ya se resolverían milagrosamente mediante una victoria alemana, que a su vez preservaría el status quo social y político autoritario interno de las exigencias generalizadas de liberalización. Las enormes tensiones de más de cuatro años de guerra total dejaron esta tregua social hecha jirones.
En contra de lo que esperaban los dirigentes alemanes, las privaciones de la guerra total entre las principales economías industriales exacerbaron tensiones sociales preexistentes y generaron nuevos agravios y resentimientos. La actividad bélica industrializada distorsionó enormemente la economía alemana, convirtiendo en humo cantidades enormes de recursos materiales y humanos, sin ninguna ventaja estratégica determinable, salvo abrir sin cesar cráteres en campos de batalla de Flandes que habían sido ya arrasados. Los costes financieros eran tan insoportables como el número de muertos. Un bloqueo naval aliado de creciente eficacia redujo los ingresos públicos procedentes de derechos de aduana, mientras que los acaudalados paralizaban la introducción de un derecho al voto más equitativo en los parlamentos locales de los Estados, junto con los regímenes fiscales más justos que las habrían acompañado. La recaudación fiscal no cubrió más que un 14 por ciento del gasto público durante casi cinco años de guerra. Así que el gobierno imperial financió la guerra con préstamos, en forma de bonos de guerra adquiridos por ciudadanos patriotas que se redimirían mediante las inmensas indemnizaciones que se exigirían a los adversarios derrotados de Alemania. Como llegó un momento en que hasta este patriotismo pecuniario no fue suficiente ya para cubrir la escalada de los costes bélicos, el gobierno alemán se limitó a imprimir más dinero, lo que disparó la tasa media anual de inflación, que pasó del 1 por ciento en 1890-1914 al 32 por ciento, una cifra que no incluía los efectos de un floreciente mercado negro. En 1918 el marco alemán había perdido tres cuartos de su valor de antes de la guerra.
La prolongación de la actividad bélica industrializada tuvo también graves repercusiones sociales, aunque las clases más castigadas por la guerra fuesen a menudo sus partidarios más acérrimos. En 1917 había desaparecido un tercio de los talleres artesanos del país, bien porque sus propietarios habían sido llamados a filas, bien porque carecían de materias primas, consumidas vorazmente por inmensas plantas industriales a las que se otorgaba una prioridad justificada por eficiencias de escala. Los tenderos no podían competir con fábricas que vendían barato y directamente a sus propios trabajadores. Los salarios de administrativos y funcionarios se estancaron, a diferencia de los abultados salarios de los especialistas de las industrias relacionadas con la guerra, y a menudo no alcanzaban a cubrir unos precios en ascenso. La afluencia de mujeres a estas ocupaciones hizo disminuir aún más los salarios. Los que hacían trabajos que se consideraban superfluos para el esfuerzo bélico se hundieron en la pobreza; la gente considerada gravosamente improductiva, como los pacientes psiquiátricos, morían de enfermedad y desamparo, pues se les asignaba prioridad baja según criterios de selección bélicos. Un porcentaje de la población en constante aumento pasó a depender del apoyo estatal o local, sus escasos medios desbaratados por la escalada imparable del coste de la vida. Proliferaban las huelgas en una fuerza de trabajo que se iba radicalizando, desarraigando, que era joven y crecientemente femenina, a pesar del hábito del gobierno de incorporar a filas o encarcelar a los cabecillas, una política que también se siguió durante la guerra, claro, en Inglaterra, donde el número de huelguistas era significativamente mayor que en Alemania.
Los trastornos del periodo bélico tuvieron también consecuencias menos tangibles. Los moralistas apreciaron un aumento de la delincuencia, los divorcios, la descortesía, la sexualidad desbocada, las enfermedades venéreas y el número de jóvenes sin padre con demasiado tiempo y dinero en sus manos. La escasez de viviendas, consecuencia de una disminución del trabajo de construcción no esencial, provocó unas condiciones de vida de hacinamiento y una pérdida de la intimidad o de la vergüenza. La guerra contribuyó a lo que un observador llamó una «moratoria de la moral» en el comportamiento personal, al ser al mismo tiempo necesario y legítimo salir adelante por cualquier medio, por muy turbio que fuese.
El floreciente mercado negro socavaba los criterios convencionales de honradez, de compensaciones debidas por un duro día de trabajo, y de quién era el que tenía mayor derecho a ciertos bienes. El corolario fue un resurgir de ideas casi medievales de un «justo» precio, con los especuladores ocupando el lugar de los usureros medievales en el folclore del periodo bélico. Los campesinos procuraban eludir los controles del Estado mediante el sacrificio ilegal del ganado y el mercado negro; los famélicos consumidores urbanos caían sobre los campos de cultivo entregados al forrajeo de alimentos y saqueaban en ocasiones trenes de suministros. Los agricultores que habían acogido gratuitamente a millones de niños urbanos evacuados se tomaban muy a mal, como es lógico, el añadido de estas incursiones. Lo que para los consumidores urbanos equivalía a una actuación positiva del Gobierno conducía a controles burocráticos rigurosos y a un régimen de inspección para los productores, por no mencionar prácticas tan ruines como denunciar a los que intentaban hacer un poco de dinero ilícito.
Como estas diferencias campo/ciudad ponían al descubierto las deficiencias de los propios mecanismos de distribución del Estado alemán, el gobierno perdió credibilidad entre los ciudadanos, acostumbrados a una administración de eficiencia legendaria. Artesanos, labradores y tenderos se consideraban víctimas impotentes de la complicidad corporativista de los trabajadores y los grandes grupos de intereses, con lo que la patética situación del «hombre pequeño» llegaría a ser un estribillo constante en los años futuros. La cuestión de quién estaba combatiendo y quien se hacía el maula adquirió tonos raciales, lo que condujo en 1916 a un ignominioso «conteo de judíos» por parte del Ministerio de la Guerra, para comprobar si era cierta la tesis de que la cobardía se explicaba por la pertenencia a una etnia. Como la investigación demostraba lo contrario, acabó abandonándose. La presencia de hombres de negocios judíos en organismos que compraban materias primas en el extranjero, y del industrial de veleidades filosóficas Walter Rathenau como máximo encargado de materiales bélicos en 1914-1915, se utilizaron para dar la impresión de que mientras los demás morían los judíos estaban prosperando, lo que era una variante de un hábito más antiguo de asignar rasgos desagradables a los judíos para enaltecer la propia virtud, una práctica no exclusiva de la Alemania moderna. Como comentaba un rabino de Leipzig: «Se llama patriotismo si los beneficios se obtienen con cañones o planchas blindadas, pero traición si es con huevos o con medias». En realidad estas afirmaciones de que los judíos estaban haciéndose los maulas quedaría desmentida por el testimonio lapidario de doce mil muertos de guerra en los cementerios judíos de Alemania, donde las familias proclamaban su orgullo por aquellos que habían caído por el Káiser y por la Patria.
Pero la minoría judía no era la principal preocupación de la mayoría de los alemanes. Se estaban fomentando por toda Europa «antiguos» odios. Al principio a los ingleses cultos les horrorizaba alinearse con la atrasada Rusia zarista contra el país del doctorado en filosofía tan admirado. Al cabo de unos años, clamarían pidiendo la sangre del huno «brutal», pretenderían extirpar un militarismo prusiano fácilmente caricaturizado con su cabello corto en brosse, cicatrices de duelos y monóculos. En la propia Alemania, las enemistades fueron centrándose gradualmente en ideas estereotípicas similares, de Inglaterra como el hogar del rapaz capitalismo «manchesteriano», o de Francia como la encarnación de las ideas que representaba la fecha de 1789, o como el hogar de una civilización de «can-can» que a los devotos de la alta Kultur les parecía irremediablemente frívola. Entre los intelectuales alemanes de una mentalidad ya antiliberal se pusieron de moda escritores que eran rabiosamente antioccidentales, como el novelista ruso Fedor Dostoievsky. A medida que iba prolongándose la guerra estos odios empezaron a desviarse hacia objetivos situados dentro de la propia Alemania. Los alemanes meridionales, relativamente liberales y antimilitaristas empezaron a achacar a la casta militar dirigente de Prusia la prolongación de una carnicería insensata.
El curso detallado de la guerra no tiene por qué preocuparnos. Sólo es importante para esta historia cómo terminó. La paz de Brest-Litovsk, que Alemania impuso al régimen bolchevique ruso en marzo de 1918, en virtud de la cual este último cedió inmensos territorios en el oeste a cambio de la posibilidad de consolidar su disputado control de la sociedad rusa, permitió a Alemania agrupar tropas para un ataque contra los aliados occidentales, que incluían desde 1917 a los Estados Unidos de América. Pero esa ofensiva final de primavera quedó paralizada cuando los aliados, reforzados con un millón de soldados norteamericanos, contraatacaron en el verano. La presencia de esas fuerzas, y los enormes recursos industriales que las apoyaban, tal vez tuviesen un efecto desmoralizador en las tropas alemanas, sobre todo teniendo en cuenta las ideas del presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, que estaba empeñado en conseguir un mundo más justo, en el que disminuyese considerablemente la posibilidad de conflictos tan devastadores. Los aliados de Alemania, primero Austria-Hungría, luego Bulgaria, empezaron a abandonar la nave, buscando condiciones de paz propias por separado.
El Ejército imperial alemán implosionó rápidamente, aunque sigue sin estar claro por qué exactamente. Se abrieron fisuras entre los oficiales y la tropa, o entre los soldados del frente y los de retaguardia. Soldados nerviosos, que no estaban ya dispuestos a que los mataran sin ninguna finalidad visible, difundieron la desmoralización entre los civiles, que ya tenían razones suficientes para estar deprimidos. Según los que controlaban el correo militar, los soldados pensaban que la guerra era una «estafa» criminal, punto de vista que por supuesto compartían gran número de «muzhiki», «poilous» y «tommies» en las trincheras enemigas. Las imágenes de los antes celebrados comandantes alemanes Hindenburg y Ludendorff provocaban ahora cuando aparecían en los cines militares silbidos y gritos de «cuchillos fuera y un par de ollas para recoger la sangre». Los civiles que se encontraban con soldados en los trenes se quedaban muy sorprendidos al oírles hablar de desertar y de automutilarse, o de que se estaban llevando armas a casa subrepticiamente para una revolución inminente.
Unidades de combate que habían sido formidables empezaron a rendirse en número creciente. Los marineros se amotinaron en Kiel, ante la perspectiva de un enfrentamiento final con la flota inglesa destinado a sabotear las negociaciones de cese el fuego en curso. La rebeldía se propagó por las provincias alemanas antes de que empezasen a aparecer signos de ella en la capital, en Berlín. Soldados, marineros y obreros (y también campesinos y gente de clase media) formaron «Consejos» o «Soviets» en poblaciones de toda Alemania. Estos Consejos adoptaron la terminología vigente entre los círculos de la oposición rusa desde 1905, no los objetivos socialrevolucionarios sectarios y limitados de los bolcheviques posteriores. El joven Heinrich Brüning, un futuro canciller de la República de Weimar, pero en 1918 comandante de compañía en el Frente Occidental, fue elegido presidente de un soviet de soldados. Recordaba que, aunque aquellos metalúrgicos pudiesen haber cantado en la vida civil el himno comunista, la «Internacional», les impresionó profundamente la noticia que les comunicó de que los bolcheviques de Lenin habían prohibido las huelgas en Rusia.
Estos signos de rebeldía fueron los síntomas del desplome alemán, más que la causa. Al ir haciéndose evidente que la última tirada del dado estratégico de la primavera de 1918 había fracasado, empezaron a venirse abajo las cosas en la cúspide del Ejército. Durante la ofensiva final las tropas alemanas sólo avanzaron poco más de sesenta kilómetros en el Frente Occidental, pero ese audaz movimiento forzó demasiado las líneas de suministro y tuvo como consecuencia un número de bajas aterrador. Tras infligirse a sí mismo la derrota, su comandante en jefe, Erich Ludendorff, recomendó un armisticio y la formación de un gobierno responsable para parlamentar. Tenía la esperanza de desviar hacia los políticos democráticos la responsabilidad por los fallos del propio alto mando. Los generales más inteligentes se dieron cuenta de que un gobierno democrático frenaría la posibilidad de una Revolución bolchevique y sería más probable que garantizase unas condiciones de paz menos draconianas de los Aliados.
A la derrota de Alemania siguió muy pronto una revolución republicana pacífica, sin que hubiese tiempo entre los dos acontecimientos para llorar a los dos millones y medio de muertos y los cuatro millones de heridos de guerra, ni para reflexionar sobre ellos. Esto fue parte del terrible desgarrón que se abrió en las vidas de generaciones de europeos (y de sus aliados imperiales), que sólo podrían transmitir a través de la invocación arquitectónica de la nada hasta los monumentos a los caídos más sensibles (como el cenotafio londinense de Whitehall). Hubo en Europa, y por el resto del mundo, más de nueve millones de muertos de guerra, caídos a una tasa media de más de seis mil al día durante más de cuatro años y medio. Se había esfumado también una forma de vida, junto con gran número de jóvenes, en una catástrofe que, para muchos europeos contemporáneos, está más presente en sus emociones y en su imaginación que la II Guerra Mundial y el Holocausto que habrían de llegar luego. A los diez años del acontecimiento, Dick Diver, el héroe de Suave es la noche de Scott Fitzgerald, captaba así el talante: «Todo mi mundo seguro, bello, encantador, estalló hecho pedazos aquí [en el Somme] con una gran ráfaga de amor explosivo de alta potencia».
La guerra y la revolución destruyeron tres grandes imperios. En Alemania se desmoronó rápidamente la cúspide del viejo orden. En Múnich el socialdemócrata independiente Kurt Eisner, antiguo periodista de Berlín, dirigió un golpe de izquierdas en 1918 que proclamó la República Bávara, poniendo fin a la venerable dinastía Wittelsbach. En Berlín los socialdemócratas de la mayoría aprovecharon una oportunidad única. La ausencia de Berlín de dirigentes cruciales de sus rivales los socialistas independientes les dejó con la iniciativa, mientras unidades del Ejército hasta entonces notorias por su lealtad al viejo orden decidieron apoyarles. Se convenció al último káiser de la dinastía de los Hohenzollern, Guillermo II, para que abdicase el 9 de noviembre; huyó del cuartel general del Ejército de Spa, Bélgica, a lo que se convertiría en un exilio de por vida en Holanda, donde permaneció hasta 1941 en que murió. Aunque a muchos dirigentes socialdemócratas les dejaba indiferentes el asunto de si se conservaba la monarquía, siempre que no se llamase Hohenzollern, Alemania se proclamó República. Un canciller provisional dimitió en favor de Friedrich Ebert, que formó un gobierno provisional compuesto por tres miembros de SPD de la mayoría y tres miembros del grupo de los socialistas independientes, que eran más radicales. Ebert, en una breve reflexión sobre la oferta, comentó: «Es un cargo difícil, pero lo asumiré».
El 10 de noviembre el general de intendencia Wilhelm Groener ofreció apoyo militar a Ebert, siempre que respaldase la autoridad del cuerpo de oficiales tradicional, a los que los soldados insubordinados les estaban arrancando los galones, y estuviese de acuerdo en combatir vigorosamente la amenaza del bolchevismo. Estos acuerdos, que perpetuaban las estrechas relaciones del periodo bélico entre las organizaciones obreras y las fuerzas armadas, garantizaron una desmovilización notablemente suave de las tropas alemanas. Pero no hubo, ni habría, ninguna declaración positiva de apoyo al nuevo Estado por parte del Ejército. Hablando en términos más generales, las elites tradicionales de Alemania estaban asombradas por la rapidez de la derrota y del cambio, y veían la aparición de una República democrática con una hostilidad y una incomprensión notorias. Su mundo se había desplomado.
La revolución que comenzó en el otoño de 1918 como un movimiento popular incruento en favor de la paz y de la democracia asumió ese invierno el carácter de un conflicto de clase sectario de violencia feroz. Mientras que el movimiento inicial en pro de un sistema de gobierno más democrático había gozado de amplio apoyo entre la burguesía liberal además de entre los obreros moderados, el que se produjo a continuación a favor de la revolución social sólo contó con el apoyo de una minoría dentro de la clase trabajadora y de los intelectuales que se proclamaban representantes de sus intereses. Los socialdemócratas de la mayoría habían conseguido sus objetivos y querían continuar con la tarea no utópica de la desmovilización, la firma de la paz y la restauración de la normalidad económica. Como buenos hombres de comité se sentían incómodos con las manifestaciones callejeras espontáneas y recelaban de los Consejos aunque estuviesen dominados por sus propios hombres. Eran realistas pragmáticos. A pesar de su retórica marxista, comprendían que la reforma gradual había merecido la pena y daban marcha atrás ante la perspectiva de arriesgar todo lo que ya habían conseguido a una tirada de dados revolucionaria. Los dirigentes socialdemócratas tenían además muy claro que eran responsables de los alemanes de todas las clases sociales, y hablaban también de la «comunidad nacional» y esto significaba para ellos convocar enseguida elecciones para una Asamblea nacional y rechazar las aventuras violentas de los sectarios de la revolución. Ebert demostró un grado de responsabilidad patriótica encomiable, y que no estaba dispuesto a someterse a los dictados de minorías irresponsables y no representativas. Las opciones que eligieron él y sus colegas deberían interpretarse además teniendo en cuenta la insistencia de los Aliados en que hubiese algún tipo de gobierno central alemán con el que pudieran negociar un acuerdo de paz en firme llegado el momento.
El conservadurismo con «c» minúscula estaba presente también en el ala industrial del movimiento obrero. Los Sindicatos Libres llevaban ya mucho tiempo resistiéndose a que sus miembros fuesen utilizados como carne de cañón industrial por los nerviosos intelectuales radicales, contra algunos de los cuales los dirigentes sindicales tenían prejuicios bastante trasnochados. Una Ley de servicios auxiliares de 1916 había respaldado sus intereses garantizando el derecho a organizarse y dándoles una cierta codeterminación de los salarios y de las condiciones de trabajo. Un pájaro pragmático en mano valía más que diez utopías apasionadamente propugnadas volando. De hecho, los sindicatos pensaban que, a través de su colaboración en la buena marcha del esfuerzo bélico habían avanzado ya hacia esa forma de socialismo de Estado. Se habían asegurado más concesiones a través de los Acuerdos de la Asociación Central del Trabajo de noviembre de 1918 entre los sindicatos y las asociaciones de empresarios importantes temporalmente paralizadas. Los empresarios dejaron de apoyar a sus castrados sindicatos, redujeron la duración de la jornada de trabajo sin reducir los salarios y aceptaron la existencia de comités de empresa en las de mayor tamaño. Los sindicatos renunciaron a cambio a una «socialización profunda» de los medios de producción. Lo que a los funcionarios sindicales les parecían triunfos dentro de un marco corporativo incipiente no siempre se interpretó así en los lugares de trabajo, en fábricas y minas, donde las consecuencias de la colaboración sindical del periodo bélico parecían ser la abrogación de medidas de seguridad industrial, más horas de trabajo y representación inadecuada por parte de unos dirigentes sindicales que se pasaban demasiado tiempo en los despachos de los jefes. En los primeros años de Weimar proliferarían estallidos localizados de activismo obrero, desencadenados a veces por elementos anarcosindicalistas, que los sindicatos eran a veces incapaces de controlar. Los dirigentes sindicales alemanes pensaban que «las acciones sindicalistas conducirán a excesos anárquicos del carácter más antisocial», mientras que los socialdemócratas de la mayoría aseguraban que «se puede decir que en este momento sólo hay un enemigo de la revolución alemana verdaderamente peligroso, y es la clase obrera alemana».
Los socialdemócratas independientes, que habían roto con el sector principal del partido en 1917, contaban con una mayoría democrática que quería integrar los consejos de obreros y soldados en una forma parlamentaria de gobierno, valiéndose de ellos para reducir de forma permanente el poder de generales e industriales. Deseaban, como el SPD de la mayoría, una Asamblea nacional, pero querían aplazar las elecciones, y aprovechar el periodo intermedio para llevar a cabo una socialización exhaustiva de la sociedad y la economía del país. Dicho de otro modo, no confiaban en que una asamblea elegida siguiese ese camino, y deseaban por tanto decidir por ella. Los tres ministros del gobierno de los independientes dimitieron en diciembre de 1918, después de que éste abortara un intento de utilizar la fuerza militar para rescatar a los socialdemócratas retenidos como rehenes en un cuartel por marineros en huelga. La extrema izquierda de los independientes rechazaba la democracia parlamentaria, pero se hallaba en una disyuntiva ideológica en cuanto a si el mejor vehículo de la revolución eran los obreros disciplinados o las multitudes amorfas. Durante el invierno de 1918-1919, estos espartaquistas se fusionaron con otras sectas de extrema izquierda con base en Bremen y Hamburgo para fundar el Partido Comunista de Alemania (KPD), una unión inestable de intelectuales y obreros jóvenes airados que se oponían a la democracia parlamentaria y eran partidarios de la violencia golpista. Karl Radek, agente de la Internacional Comunista, era el vínculo con los bolcheviques de Lenin. La izquierda radical, inflamada por «un espíritu de fanatismo utópico», intentó tomar el poder a principios de enero de 1919, con el pretexto de la destitución por el gobierno prusiano de Emil Eichhorn, jefe de policía de Berlín, que era de extrema izquierda y se había permitido ayudar a los marineros amotinados que habían retenido como rehenes a destacados socialdemócratas durante los disturbios que se habían producido en la capital en Navidad. Manifestantes armados ocuparon las oficinas de los periódicos importantes, incluido Vorwärts, el órgano socialdemócrata, en una tentativa de acabar con la libertad de prensa e impedir la convocatoria de una asamblea constituyente. Gustav Noske, ministro de Defensa, para restaurar el orden decidió desplegar a los voluntarios de los Freikorps, además del Ejército regular y de tropas reconocidamente leales a la República. «Puedes estar tranquilo», le dijo a Ebert. «¡Todo irá sobre ruedas!».
Entre los aliados de conveniencia de los socialdemócratas figuraban contrarrevolucionarios nihilistas que consideraban la nueva República de Alemania, según palabras de uno de ellos, «un intento de gobernar de la basura. La basura de las Iglesias, la basura de burguesía, la basura del Ejército». Los Freikorps eran condottieri modernos. Estaban formados por antiguas tropas de choque, oficiales subalternos y provisionales, estudiantes universitarios que se habían perdido la «experiencia» de la guerra y cualquiera que aún siguiese deseoso de sangre o fuese incapaz de desmovilizarse psicológicamente. Estas bandas se caracterizaban por una camaradería masculina intensa y un sentimiento de aislamiento y de traición múltiple, y sus acciones contaban con el apoyo del Ejército regular y del gobierno republicano. Empezaron combatiendo contra polacos y soviéticos en las fronteras orientales de Silesia y del Báltico, en este último caso con la tolerancia de los Aliados, que deseaban poner freno a la expansión del bolchevismo, pero se adaptaron enseguida a luchar contra compatriotas alemanes.
Estos voluntarios, unos cuatrocientos mil aproximadamente, no eran representativos de los millones de veteranos de guerra alemanes que deseaban normalidad y tranquilidad, en vez de un apocalipsis en las calles del país. Aunque muchos de ellos eran de clase media, habían absorbido una ideología antiburguesa en el movimiento juvenil prebélico, que se había hiperradicalizado durante la guerra al calificar los propagandistas intelectuales el conflicto de un enfrentamiento de valores liberales y democráticos occidentales y de valores «alemanes», y embellecer la carnicería escritores-soldados como Ernst Jünger y Ernst von Salomon. El individualismo vitalista nietzscheano se transmutó en la celebración amoral de la brutalidad pura de soldados más parecidos a máquinas que a seres humanos. He aquí cómo describe Von Salomon a su propio género:
«Cuando sondeamos en el carácter del combatiente de los Freikorps podemos hallar todos los elementos que han intervenido alguna vez en la historia alemana menos uno: el burgués. Y eso es muy natural porque la experiencia peculiar de estos hombres [...] les había convertido en una fuerza única de destructividad arrolladora [...] La tarea que se exige [al soldado es] que todo lastre, todo sentimentalismo, todos los otros valores deben dejarse a un lado implacablemente para que el individuo pueda liberar toda su fuerza.»
Estos descarnados supervivientes de las trincheras llevaron a las calles de Alemania las polaridades amigo/enemigo del periodo bélico. En una desviación clara de la represión antisocial experimentada durante los años de antes de la guerra, pero de acuerdo con sus equivalentes «blancos» o fascistas de Hungría y de Italia, estos hombres eran capaces de matar sin escrúpulo alguno a sus adversarios políticos. Entre los que tuvieron un final sangriento a sus manos figuraron los militantes izquierdistas Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, a los que asesinaron oficiales de esos Freikorps el 15 de enero de 1919. Unidades de Freikorps arrasaron centros de militancia obrera en otras partes de Alemania.
Acontecimientos internacionales elevaron la temperatura interna de Alemania de formas complejas. En la derecha ganó terreno una elisión egregia de temas étnicos y políticos. Las alegaciones falsas de época de guerra sobre los judíos y su cobardía fueron sustituidas por el juego malévolo de considerar, o, como en el caso de Lenin, confundir a judíos y revolucionarios como si fueran cosas equivalentes. Esta reacción, que había nacido como un mecanismo de supervivencia zarista, se propagó también fuera de Alemania: había, por ejemplo, muchos oficiales ingleses convencidos de que «los bolcheviques están todos ellos organizados y dirigidos por judíos», y un general estadounidense que combatía en Rusia pensaba que eran judíos la mayoría de los miembros letones de la Cheka (la policía política bolchevique).
Es cierto que en la Rusia y la Hungría bolcheviques se destacaron algunos judíos radicalizados, y que también lo hicieron en los intentos de instalar regímenes similares en Alemania. El revolucionario húngaro Béla Kun; Tibor Szamuely, jefe de los guardias rojos; y el ministro de Guerra húngaro, Vilmos Böhm, eran judíos, lo mismo que muchos comisarios políticos y miembros de los tribunales revolucionarios. Y que algunos de estos personajes eran bastante atroces se puede calibrar por el hecho de que Béla Kun, en el barullo soviético después del fracaso de la revolución húngara, actuase como jefe de la Cheka en Crimea, donde fueron asesinados unos sesenta mil tártaros del país cuando los bolcheviques acabaron con su autonomía. Trotsky (que se apellidaba Bronstein), Luxemburgo y Eisner eran judíos, pero su judeidad era nominal, su universalismo cosmopolita contrario al particularismo religioso y patriótico judío; y su extremismo utópico no era representativo de las poblaciones judías de sus respectivos países. En realidad, durante el siglo XIX, muchas familias judías rusas hacían una semana de duelo cuando un muchacho decidía unirse a los revolucionarios antizaristas. Pero estos matices no significaban nada en la atmósfera despiadada de la Europa posbélica, el periodo quintaesencial de los grands simplificateurs. Como dijo en una frase célebre el gran rabino de Moscú: «Los Trotsky hicieron las revoluciones y los Bronstein pagaron la factura». Los matices eran irrelevantes para la derecha antisemita, fuese de donde fuese. Los emigrados derechistas rusos blancos o alemanes bálticos, en especial Erwin Scheubner-Richter, Alfred Rosenberg y el conde Ernst zu Reventlow, se distinguieron propagando una interpretación antisemita del desastre humano que se había abatido sobre Rusia, e influyeron en Adolf Hitler, que procedía de un medio en el que era algo habitual establecer burdas conexiones entre judíos y revolucionarios. La derecha völkisch antisemita hablaba claramente de explotar el caos político y «aprovechar la situación para arremeter a bombo y platillo contra los judíos y utilizarlos como pararrayos de todas las quejas».
Hay una cuestión más respecto de la repercusión internacional de la Revolución bolchevique en la que es necesario insistir. Es absolutamente falso suponer que el horror a la dictadura bolchevique era algo limitado a la derecha política. De hecho algunos conservadores alemanes odiaban tan implacablemente a los polacos y a Francia, que era la principal protectora de Polonia, que estaban dispuestos a aliarse con el diablo para neutralizarlas y aprovechaban gustosamente las oportunidades comerciales o militares de la nueva Rusia, en la que Trotsky proporcionó al Ejército alemán facilidades para la fabricación secreta de aviones, gas tóxico y tanques, que contravenía las limitaciones impuestas por los Aliados. En Alemania los adversarios más coherentes de la tiranía bolchevique eran los socialdemócratas de la mayoría, que después de dar la bienvenida al derrocamiento del zar pasaron enseguida a denunciar el carácter atroz de la vida en la Unión Soviética. El Partido Católico del Centro colaboró en gran medida. Agencias de noticias, delegaciones, viajeros y, por último, aunque no por ello menos importante, la oposición menchevique a los bolcheviques, que consiguió incluso sacar clandestinamente del país relatos de la vida en los campos de concentración de Lenin, suministraron la base fáctica para la cobertura informativa de los acontecimientos de Rusia de Vorwärts, el periódico del SPD:
«El terror generalizado contra la burguesía ha ido mucho más allá de los métodos de lucha de la Revolución Francesa, que condenaba a individuos por acciones individuales. Considerar responsable a una clase por las acciones de personas individuales es un novum judicial, que en otro tipo de sistema social podría muy bien servir como justificación a los que quieren hacer a la clase obrera responsable de las acciones de un fanático, como con tanta frecuencia ha sucedido ya de forma más suave.»
El SPD rechazaba lo que Vorwärts apodaba «socialismus asiaticus» bolchevique, y proclamaba: «Nosotros no queremos las condiciones rusas, porque sabemos que bajo el dominio bolchevique el pueblo se está muriendo de hambre, a pesar de ser Rusia un país predominantemente agrícola». El dirigente social demócrata prusiano Otto Brown hablaba del «manicomio ruso», mientras que Ebert advertía: «El socialismo excluye cualquier forma de arbitrariedad [...] El desorden, la obstinación personal, los actos de violencia son los enemigos mortales del socialismo». Además, los informes atrozmente precisos de las crueldades bolcheviques no eran algo que se limitase a la derecha rabiosa (lo que habría implicado que no eran de fiar). Gracias al notable historiador estadounidense Vladimir Brovkin, todo el que quiera saber —y algunos parece que no quieren— puede fácilmente examinar la información enviada a Europa occidental por socialistas perseguidos dentro de Rusia, que otro investigador de talento, Uwe-Kai Merz, ha seguido en relación con la prensa socialdemócrata de la República de Weimar. La prensa socialdemócrata denunciaba el hambre generalizada provocada por los bolcheviques, la violencia que se utilizaba con los obreros y campesinos recalcitrantes, o los socialistas discrepantes, por medio de lo que llamaban los soldados «chinos y coreanos» (pues los socialdemócratas compartían una serie de prejuicios con el resto de los alemanes) y los crímenes de los asesinos y torturadores de que se valía el jefe polaco de la policía secreta de los bolcheviques Felix Dzerzhinsky. Atribuir estas cosas a una malévola derecha es negar el enorme valor de socialistas de diversos países que intentaron dar a conocer los hechos del despotismo bolchevique en la época.
El atroz escenario internacional afectó a Alemania, donde el antisocialismo y el antisemitismo tenían raíces propias, como en muchos otros países europeos. En Baviera los acontecimientos se centraron en Múnich, una isla de bohemia anárquica y de radicalismo político en un mar rural, predominantemente católico por lo demás, de pueblecitos y casas de madera esparcidos por las estribaciones de los Alpes. Eran el tipo de lugares en los que podían germinar y perdurar odios y agravios de proporciones propias de una epopeya escandinava. El primer ministro Kurt Eisner, después de cien días en el Gobierno durante los cuales Baviera se precipitó en el caos, fue asesinado por el conde Anton Arco-Valley, cuando se dirigía al Parlamento del estado a presentar la dimisión más de un mes después de que su partido hubiese perdido unas elecciones. El hecho de que hubiese publicado documentos oficiales relacionados con la diplomacia alemana del periodo anterior al estallido de la guerra no aumentó su popularidad en los círculos nacionalistas. Un miembro del Consejo de Trabajadores Revolucionarios disparó en una acción de represalia contra el dirigente del SPD de la mayoría Erhard Auer y contra un delegado del ala bávara del Partido del Centro, lo que indicaba que la extrema derecha no disfrutaba del monopolio de la violencia terrorista. Otro personaje del SPD de la mayoría, Johannes Hoffmann, incapaz de controlar la agitación, trasladó el Gobierno legítimo a Bamberg, permitiendo con ello que una serie de tipos raros bohemios y anarquistas, con base en Schwabing, un barrio de artistas, asumiesen el poder en Múnich durante seis días. De estos hombres sólo el nuevo ministro de Asuntos Exteriores estaba clínicamente loco: telegrafió a Lenin y al Papa para preguntarles por el paradero de la llave del retrete. Un Ejército Rojo consiguió rechazar a las fuerzas republicanas enviadas por el gobierno legítimo de Baviera.
Tras este intermedio estrafalario, se hicieron brevemente con el poder los comunistas, que proclamaron la República soviética bávara. Su jefe, Eugen Levine, recibió la bendición de Lenin que, en una actitud muy suya, quiso saber cuántos rehenes burgueses se habían tomado. Pronto se hizo patente un tono «clasista». Se racionalizó la escasez de leche con este argumento: «¿Qué importa? [...] De todas maneras la mayor parte de ella va para los niños de la burguesía. No tenemos interés en mantenerlos vivos. Si mueren no hay problema [...] Al hacerse mayores se convertirán en enemigos del proletariado». El gobierno bávaro en el exilio recibió ayuda de Berlín, de Noske, en forma de treinta y cinco mil soldados de los Freikorps, que cayeron sobre el Ejército rojo revolucionario. El 30 de abril el comandante del Ejército Rojo Egelhofer ordenó el fusilamiento de diez rehenes retenidos en el Luitpoldgymnasium, entre los que había miembros de la Asociación Thule, rabiosamente antisemita, y una mujer. Los Freikorps entraron en Múnich a primeros de mayo e impusieron un reino del terror con fusilamientos sumarios y juicios sobre la marcha. Las delicadezas del campo de batalla se fueron por la borda en unas condiciones de guerra mayoritariamente unilateral en la que hubo 606 muertos. Los oficiales animaban a sus hombres a dejar a un lado la conciencia, ya que era mejor matar a unos cuantos inocentes que dejar escapar al culpable. Entre los inocentes figuraron veinte miembros de la Asociación Católica San José, sacados a rastras de una reunión y fusilados como «terroristas comunistas». Levine fue juzgado y ejecutado por alta traición; muchos de sus colaboradores fueron fusilados sumariamente. Se vino así abajo definitivamente el sueño de los revolucionarios de una cadena de repúblicas bolcheviques que uniese Baviera, Austria y Hungría a la Unión Soviética. En cuanto a los consejos de obreros y soldados, desaparecieron cuando los gobiernos locales se negaron a financiarlos, o cuando fue desmovilizado el Ejército del káiser.
La amenaza de la extrema izquierda había sido neutralizada, aunque de un modo que agrió las relaciones entre socialdemócratas y comunistas hasta el advenimiento posterior del gobierno nazi y después, aunque un movimiento obrero unido no fue ningún obstáculo ni para el autoritarismo ni para el fascismo en otros lugares. Suele decirse que los odios de los que están muy próximos son los peores, y eso sucedió sin duda en este caso, al menos al más alto nivel, porque a nivel local los «camaradas» cooperaban a veces entre ellos en la lucha contra el «fascismo». Los comunistas acusaron a los socialdemócratas de traicionar a la revolución y de permitir que sobreviviera el capitalismo a través de reformas; los socialdemócratas odiaban a los comunistas porque les consideraban instrumentos de siniestras fuerzas moscovitas y por su aparente fe en la salvación a través de un empobrecimiento absoluto. Estas antipatías mutuas se complicaban aún más por las diferencias de edad, de origen y de temperamento de sus electorados respectivos. Había también diferencias apreciables de mentalidad y de tono, del tipo de las que llevaron al ministro inglés de Asuntos Exteriores Ernest Bevin a comentar después de su primera reunión con Molotov: «¡Pero si son exactamente igual que los malditos comunistas!».
Se considera a veces que los socialdemócratas en el Gobierno de Alemania durante la mayoría de aquellos meses trascendentales que siguieron inmediatamente a la Gran Guerra podrían, y deberían, haber actuado de otro modo, aunque ninguna de las alternativas parezca demasiado convincente. La creencia sentimental en que la clase obrera era una reserva homogénea de virtud intacta, cuya espontaneidad revolucionaria estaba predestinada a traicionar, es un ejemplo de pensamiento voluntarista, una inversión emotiva en el valor supuestamente único de una clase social predominantemente imaginaria. Los socialdemócratas podrían haberse esforzado más en formar unas milicias republicanas propias, con las que habría dependido menos de la dudosa lealtad de los Freikorps, las unidades de milicias locales de voluntarios burgueses o el Ejército regular. Pero la clase obrera, adoctrinada durante décadas en un pacifismo que se había hecho militante en las trincheras con el tiempo, no se sumaba fácilmente a esas organizaciones o se la desanimaba a hacerlo. Fuerzas como el Ejército Rojo del Ruhr eran tan inestables como los Freikorps, y estaban igual de deseosas de derrocar el orden democrático. Además, la actividad bolchevique en el Báltico y la insurgencia nacionalista polaca en Silesia, por no hablar del auténtico Ejército Rojo de la Unión Soviética que amenazaba Polonia, convertían el periodo en un momento poco auspicioso para experimentos radicales de reorganización militar.
Y sin embargo, el nuevo Gobierno de Alemania desmovilizó por entonces, con un rapidez notable, a seis millones de soldados y los devolvió a la vida productiva, aunque de un modo que aceleró la inflación heredada del periodo de guerra y postergó la estabilización de la economía del país. En vez de subir los impuestos y seguir una política deflacionista rigurosa, que había producido elevados niveles de paro en otros países, los gobiernos alemanes de posguerra se concentraron en la seguridad social, la creación de puestos de trabajo y el cumplimiento de las obligaciones que habían asumido con los heridos, las viudas y los huérfanos de guerra. Esta política social más justa se convirtió en el sustituto de una «socialización» más profunda. Deflación y paro no eran opciones que estuviesen dispuestos a aceptar los sindicatos.
El SPD podría haber expropiado a los grandes terratenientes o haber nacionalizado la industria pesada, aunque no fuesen estrategias recomendables en aquel momento más de lo que puedan serlo hoy como panacea para los males de la sociedad. Siempre que se ha ensayado esta estrategia, en particular en la Unión Soviética, ha tenido como consecuencia atraso y ruina, amén de tremendos costes medioambientales y sanitarios, infligidos sobre todo a la clase obrera en nombre de la cual se realizaba esa política. La expropiación de tierras no habría estabilizado el suministro de alimentos, que era decisivo a causa del bloqueo prolongado que había impuesto el enemigo durante la guerra para forzar a Alemania a acatar las condiciones de paz, mientras que la nacionalización de la industria podría haber facilitado los pagos de las indemnizaciones de guerra simplificando complejas vías de titularidad de propiedad privada, que los Aliados respetaban como buenos capitalistas. Dado que el mayor control público de la economía del periodo de guerra había sido ineficaz e impopular, no es probable que su prolongación durante el periodo de paz hubiese sido bien recibida por los ciudadanos. De hecho el mantenimiento de algunas de estas medidas durante la década de los veinte explica en parte el alejamiento generalizado de la comunidad campesina de los grandes partidos políticos y por tanto de la República de Weimar. Y parece bastante difícil de concebir que un gobierno basado en una versión política de la conducción con doble mando mediante consejos de sóviets hubiese podido funcionar en la práctica, incluso suponiendo que los partidos totalitarios no los empujasen a la subversión como había sucedido en Rusia, donde el control democrático había sido la ruta preferente para llegar al despotismo.
El SPD de la mayoría podría también haber ganado por la mano a los vestigios burocráticos permanentes del régimen imperial, pero ni ellos ni los consejos ad hoc tenían la experiencia técnica que es imprescindible para dirigir un complejo Estado moderno y sus fuerzas armadas. Las purgas al por mayor de burócratas, jueces o profesores universitarios pueden sentar feos precedentes. ¿No habrían llegado acaso al extremo del clero antirrepublicano protestante o del cardenal de Baviera Michael Faulhaber, que en 1922 proclamó memorablemente: «La revolución fue perjurio y alta traición y estará manchada y señalada para siempre por la marca de Caín»? El quid del asunto era que, pese a todos sus fallos, la Alemania imperial era un país industrial avanzado, con un sistema político en que se combinaba un derecho de sufragio parlamentario que era más democrático que el de Inglaterra con una forma de gobierno que era por lo demás autocrática. Si el Gobierno quedase paralizado en Rusia, una nación de campesinos no se moriría de hambre, como podemos ver hoy en que el antiguo proletariado industrial ha vuelto a la agricultura de subsistencia al fallar los salarios. Pero éste no era el caso de Alemania, donde dos tercios de la población vivían de la industria y el comercio. Los socialdemócratas pensaban que la mayoría de la gente tenía más que perder que ganar en un experimento revolucionario, que, no hay que olvidarlo, incluía medidas políticas que habrían representado una regresión respecto a un sistema en que todos los hombres y mujeres de más de veinte años tenían ya derecho al voto. No iban a poner en peligro todo lo que habían conseguido antes de la guerra, durante ella y después para ir en busca de la utopía. Los nuevos dirigentes de Alemania miraban hacia atrás además de mirar hacia adelante y decidieron no seguir el camino que habían seguido los rusos y que llevaba al caos y a la represión.
Liberada temporalmente de la amenaza de dictadura socialista extrema, la Asamblea nacional de Alemania, compuesta por delegados elegidos a mediados de enero de 1919, se reunió en Weimar, la pequeña población de Turingia, para redactar y aprobar una Constitución republicana, mientras el Gobierno estudiaba minuciosamente las condiciones de paz de los Aliados. Las dos cosas estaban relacionadas, porque la elección del lugar de reunión estaba destinada a demostrar a los Aliados que había nacido una nueva Alemania, inspirada por la ciudad de Goethe.
Las bases de la Constitución se establecieron antes de que se reuniera la Asamblea: habría de ser una República democrática y federal basada en el dualismo de Presidencia y Parlamento. En acuerdos previos entre dirigentes políticos, de la industria y del Ejército se habían establecido ya los límites de lo que se consideraba posible, y la Constitución consagró con eficacia los compromisos de la primera fase no violenta de la revolución alemana. El 11 de febrero la Asamblea eligió presidente a Ebert, que llamó a su vez a Philipp Scheidemann para formar un Gobierno basado en una coalición de los socialdemócratas de la mayoría, el Partido Católico del Centro y los liberales del Partido Democrático Alemán, partidos que tenían todos ellos un historial de cooperación en el periodo bélico y que habían sido elegidos en enero por más del 76 por ciento de los votos. Asumieron la carga principal de redactar la Constitución abogados liberales de izquierdas, aunque se hiciese sentir, para bien o para mal, la influencia de los representantes de las iglesias y de los estados federales. Hubo puntos conflictivos como los de la bandera nacional, el estatus de la educación religiosa y los derechos de los estados regionales constituyentes, pero estas deliberaciones constitucionales se llevaron a término con notable rapidez entre febrero y agosto de 1919.
Como los redactores de la Constitución estaban históricamente prevenidos contra poderes parlamentarios desmesurados, ésta combinó una presidencia electiva, a la que se otorgaban poderes especiales, con un Parlamento electivo para el que podían votar todas las personas mayores de veinte años. El ciclo electoral del Parlamento era de cuatro años; y el de la Presidencia, de siete. La Presidencia estaba concebida básicamente como un cargo honorífico, una especie de mascarón de proa del régimen que llenaba el vacío dejado por el monarca desterrado, aunque los que lo ocupasen mostrarían pocos signos de poder carismático (sólo fue elegido por votación popular el segundo, Hindenburg). El presidente, aparte de la obligación de desempeñar las tareas que suelen asignarse a los jefes de Estado, tenía poder para disolver el Parlamento, para elegir para el cargo de canciller a personas que gozasen o que fuese posible que gozasen del apoyo de una mayoría parlamentaria (lo que no era en modo alguno una conclusión predeterminada) y, en virtud del artículo 48, promulgar legislación de emergencia y desplegar las fuerzas armadas para restaurar el orden. Esta última estipulación era de una vaguedad inquietante. Ciento treinta y seis veces se permitió Ebert promulgar decretos por razones de emergencia, muchos de ellos de un carácter muy técnico y principalmente durante las crisis que se produjeron en 1923, mientras que Hindenburg, su sucesor, no promulgó ninguno entre 1925 y 1930, y rescindió ocho de los de Ebert. Pocos pensaron por entonces en el posible mal uso de este poder; y difícilmente se puede considerar a la Constitución de Weimar único responsable del advenimiento de una dictadura racista y totalitaria.
Al adoptarse una representación proporcional (sin un mínimo estipulado del 5 por ciento, como establecen las directrices adoptadas en 1952 por la República Federal) tenían diputados en el Parlamento muchos partidos marginales. Sin embargo, cálculos detallados con modelos electorales alternativos indican que la victoria nacionalsocialista sólo podría haberse acelerado en vez de retrasarse con un sistema electoral a la inglesa de «el primero ocupa el puesto», dada la repercusión en los votantes de factores no relacionados con el sistema electoral. En otras palabras, los nazis podrían haber llegado al poder en 1930 en vez de hacerlo tres años después. El nuevo sistema de votación por listas preseleccionadas del partido puede que debilitase en cierto grado los vínculos personales entre los electores y sus representantes. En el lado positivo, la representación proporcional dio voz, por ejemplo, a diásporas católicas o protestantes en zonas en las que por lo demás dominaba el credo rival. Es posible también que los comentaristas exagerasen la funesta influencia que pudiesen haber ejercido sobre la democracia de Weimar iniciativas y plebiscitos destinados en principio a proporcionar un desahogo democrático entre ciclos electorales, sobre todo porque ninguna de las siete iniciativas plebiscitarias de la República tuvo éxito. El nuevo Estado no favoreció ni a las iglesias protestantes ni a la católica, actitud que complació a los católicos bastante más que a los protestantes, que habían formado parte del sistema anterior de «trono y altar». Y la única concesión al movimiento de «consejos», el artículo 165, relativo a la creación del Consejo económico del Reich, tuvo a la larga escasa trascendencia. Había un catálogo impresionante de derechos individuales básicos, entre los que figuraba el derecho de todo alemán al trabajo, garantizado en el artículo 163.
Sesenta y siete delegados de partidos representados en la coalición de gobierno (en que se incluía una cuarta parte de los del SPD, otra de los del liberal de derechas DVP y una quinta del DDP, liberal de izquierdas) se negaron significativamente a apoyar con sus votos el acuerdo constitucional, y los intentos subsiguientes de movilizar el entusiasmo popular con conferencias sobre el Día de la Constitución, el 11 de agosto, demostraron que la Constitución no arrastraba multitudes. La ceremonia inaugural de la República, la toma de posesión de Ebert como presidente, fue un acto desdichado, al que no ayudó el periódico del grupo Ullstein, que publicó fotografías de Ebert y del ministro de Defensa, Noske, en bañador. El conde Harry Kessler escribió sobre la ceremonia: «Todo muy decoroso pero sin empuje, como una confirmación en un hogar decente de clase media. La República debería evitar las ceremonias; no son adecuadas para este tipo de gobierno. Es como un ama de llaves bailando ballet». Otros contemporáneos, como el magnate del mundo editorial Hermann Ullstein, deploraron la forma que tenía la República de esconder sus virtudes dentro de una vasija. La República evitó los desfiles militares, en parte por el antimilitarismo socialista, pero también porque la fidelidad de la nueva Reichswehr era demasiado tenue para correr el riesgo de dejar a sus unidades desfilar por las calles. Pero si el presidente de Francia podía ir en un coche de caballos a Longchamps, flanqueado por relumbrantes coraceros, ¿por qué no iba a poder hacer Ebert una exhibición parecida en las carreras alemanas de Hamburgo? Ullstein comentaba que un fallo de propaganda era «hacerle la cama al enemigo». Más tarde, el general Schleicher le haría una consideración parecida a Heinrich Brüning, canciller del país en 1930-1932, proponiéndole que se pasease en coche una vez al día por Unter den Linden con una escolta de caballería. El presidente Ebert era un honrado patriota pero, como comentó el famoso pintor impresionista Max Liebermann, «no se le podía pintar». Hasta al águila de la República se le ponían objeciones, pronto se le asignó el epíteto de «buitre de la quiebra» debido a sus alas caídas. Otro fallo simbólico, atribuible principalmente al dogmatismo de la izquierda en asuntos triviales, fue negarse a acuñar una medalla conmemorativa para los supervivientes de uno de los mayores conflictos armados de la historia del mundo.
La nueva bandera roja, negra y oro republicana no despertó tampoco el entusiasmo de los que se identificaban con el negro, blanco y rojo de la bandera imperial. Se acabó llegando a un compromiso poco convincente por el que se utilizaba la vieja bandera en los barcos mercantes, porque se decía que el oro de la republicana no se distinguía bien en el mar. Una minoría desquiciada consideró que el oro de la nueva bandera era «una mancha amarilla judía». Para la extrema derecha, en la que la recién fundada Liga Alemana de Combate y Defensa Racial era la principal organización racista integradora, con un par de cientos de miles de miembros, el papel del liberal judío Hugo Preuss en la redacción del texto constitucional era otro eslabón de una supuesta cadena de nefandas actividades judías. Todo esto empezó con el triunfo del Partido Socialdemócrata en las «elecciones judías» de 1912, al que siguieron la «guerra judía» y la «revolución judía», y luego la «victoria judía» y la «República judía». La conferencia de paz de Versalles depuró aún más esta ficción paranoica autoalimentada, con los banqueros alemanes Melchior y Warburg supuestamente confabulados con sus parientes de Nueva York.
La delegación alemana presente en las conversaciones de paz de Versalles se quedó sobrecogida en mayo de 1919 al descubrir que los principios de autodeterminación del presidente estadounidense Wilson excluían a Alemania. De acuerdo con las primeras condiciones de paz ofrecidas, reforzadas con ultimátums, Alemania perdía todas sus colonias ultramarinas y los territorios reclamados por sus vecinos; estaba prohibida la unión con Austria; se imponían limitaciones en cuanto a las dimensiones y el carácter de las fuerzas armadas alemanas, y debían desaparecer las academias militares, el estado mayor, los tanques y la incipiente fuerza aérea. Habría indemnizaciones, aún no especificadas, como compensación por haber sido supuestamente Alemania la causante de la guerra, como se indicaba en el artículo 231 que le atribuía en exclusiva «la culpa del conflicto». El número de soldados pasó de 800.000 en abril de 1919 a 100.000 en enero de 1921, mientras que se licenciaba a 30.000 de los 34.000 oficiales. Si las restricciones militares golpeaban a un símbolo primordial de las proezas del país, y a la casta que las personificaba, la cláusula que le atribuía «la culpa del conflicto» y las peticiones de que entregase a sus supuestos criminales de guerra parecían injustas y vengativas. Las comisiones de los vencedores que controlarían tanto el desarme como los pagos de las indemnizaciones parecían un menoscabo semipermanente de la soberanía. Esto último es ahora un tema delicado siempre que se imponen condiciones similares, y fue un tema difícil entonces, sobre todo porque Alemania había sido derrotada sin que un solo soldado enemigo penetrase en su territorio. Las tentativas alemanas de dividir a los vencedores con contrapropuestas y amenazas de no dar su conformidad no hicieron más que reforzar la unidad de éstos y plantearon la posibilidad de incursiones militares más allá de las cabezas de puente y las zonas desmilitarizadas establecidas en el tratado. La única pequeña concesión que hicieron los vencedores a la sensibilidad alemana fue decidir que se convocaría un plebiscito para determinar el futuro de la Alta Silesia, una votación cuyo resultado intentaron invalidar por la fuerza los polacos.
Prácticamente todos los sectores de opinión alemanes censuraron furiosos esas condiciones de paz impuestas, que tan radicalmente diferían de las expectativas despertadas por el idealismo de que había hecho gala Wilson, el presidente de los Estados Unidos. Socialistas alemanes como Eduard Bernstein o Kurt Eisner, que intentaron levantar la liebre sobre las maquinaciones diplomáticas de preguerra del imperio eran una pequeña minoría. El ministro de Asuntos Exteriores Brockdorff-Rantzau, jefe de la delegación alemana en la conferencia de Versalles, encerrado en su habitación de hotel donde había micrófonos ocultos, actuó para la galería interna depositando sus guantes negros sobre su copia del tratado y dedicando a sus interlocutores, los representantes de los vencedores, un discurso alternativamente plañidero y estridente que cometió la torpeza de pronunciar sentado. El público no se dejó impresionar. La reacción del Gobierno alemán ante el tratado fue igual de emotiva; el canciller Scheidemann comentó: «¿Qué mano que se impusiese y nos impusiese estos grilletes no se secaría?». Una nación encadenada se convirtió en una metáfora conveniente, y las pérdidas de Alemania se ilustraron gráficamente en innumerables cuadros y mapas, con lo que habían sido regiones históricas del país desgajadas brutalmente de él por potencias extranjeras. El Tratado de Versalles parecía ser el triunfo de una conspiración de los vencedores para envolver Alemania en una red de obligaciones y limitaciones a perpetuidad, ya que a la carga de las indemnizaciones no se le asignaba un término definido. Esta imagen desacreditaba las instituciones internacionales y los valores idealistas del periodo de posguerra, lo mismo que la negativa del Senado de los Estados Unidos a ratificar los tratados o a refrendar la Liga de Naciones. Los intelectuales alemanes de derechas desdeñaban el derecho internacional, la moralidad y las disertaciones sobre paz universal, prefiriendo en su lugar doctrinas que considerasen inevitable el conflicto entre razas y pueblos distintos.
Era especialmente probable que los temas de nacionalidad se tiñesen de una impresión de agravio histórico, a pesar de que los que discutían los acuerdos de paz se esforzasen por proteger los derechos de las minorías. En una Europa oriental posimperial étnicamente compleja, los esfuerzos para imponer una estructura de Estados nacionales en imperios antes multinacionales tenían que llevar por fuerza a cometer injusticias con diversas minorías, incluidos los propios alemanes, pero estos problemas se consideraron en último término secundarios respecto a la búsqueda por parte de Francia de aliados estables que sustituyesen a la Rusia zarista y a la vieja búsqueda por parte de Polonia (duraba ya doscientos años) de un Estado independiente. Los enclaves exteriores de minorías étnicas alemanas situados en diversos países de Europa oriental recién fundados hubieron de soportar actos de patriotería local; Alemania hizo esfuerzos económicos y culturales correspondientes para mantener a los alemanes étnicos donde estaban.
El que no hubiese ninguna minoría alemana en un territorio determinado significaba ningún derecho alemán sobre él, una estrategia practicada de una forma mucho más radical en la misma región después de 1945. Según el chiste balcánico: «¿Por qué habría de ser yo una minoría nacional en tu Estado si tú puedes ser una en el mío?». Así que en torno al 13 por ciento de la población alemana se hallaba ahora abandonada fuera de las fronteras del antiguo Reich alemán, y se la trataba a veces de una forma ofensiva y discriminatoria. Los alemanes étnicos bajo el dominio de las autoridades francesas en Alsacia-Lorena y en la Renania o de las tropas polacas en la Prusia occidental y en Silesia contribuyeron a la intensificación emotiva del pensamiento völkisch, proporcionando ejemplos de persecución y sufrimiento, y alimentando la creencia de que todos los alemanes estarían mejor dentro de una «comunidad nacional» étnicamente uniforme.
Por muy razonable que pudiese ser la exigencia de los vencedores de que Alemania cumpliese su obligación de compensar por los daños materiales y la pérdida de barcos, y de pagar pensiones a veteranos, viudas y huérfanos, el mensaje político recibido fue que el Tratado de Versalles era una prolongación de la guerra por medios económicos. Porque, además del deseo de neutralizar el poder militar de Alemania, parecía existir la intención de desbaratar permanentemente el poder económico que lo sostenía, sin que la transformación de las circunstancias políticas internas importase gran cosa y a pesar de las consecuencias psicológicas y económicas nocivas para la estabilidad de la República de Weimar. Todos estos temores, algunos de ellos justificados, unidos a la amenaza latente de intervención armada de los vencedores para imponer las condiciones del tratado, contribuyeron a sostener la idea de que Alemania estaba enzarzada después de 1918 en una especie de guerra fría.
Versalles creó, hablando a un nivel superficial, unanimidad entre los alemanes. Pero esta paradoja tan trillada era más aparente que real. Los adversarios moderados del tratado optaban por la negociación para lograr que se modificasen las condiciones, que fue la línea que siguieron, inepta o habilidosamente, los sucesivos cancilleres de Weimar y sus ministros de Asuntos Exteriores, desde Joseph Wirth a Gustav Stresemann y a Heinrich Brüning, pero los enemigos acérrimos de la República se convencieron de que los «criminales de noviembre», como apodaban a los republicanos que habían derribado al Káiser y se habían rendido al enemigo, eran responsables de la derrota de Alemania y de aquel tratado de paz vergonzosamente gravoso. La realidad no significaba nada en cuanto la gente se dejaba arrastrar por la histeria. Por mucho ingenio que desplegase un gran estadista como Stresemann valiéndose de la reconciliación y de una ideología de europeísmo para desmantelar el entramado de Versalles, nunca podría satisfacer apetitos avivados desde la década de 1880 por visiones de Alemania haciéndose de un solo golpe con un imperio tanto continental como ultramarino, reparándose así la sensación de agravio que tenía respecto a potencias coloniales más asentadas. La política exterior de la República se quedaba inevitablemente corta frente a tan insaciables expectativas, como había sucedido también durante el imperio guillermiano, cuya política exterior nunca había sido lo suficientemente estentórea para sectores de opinión nacionalistas.
El Gobierno, dividido al principio respecto a si aceptar o no las condiciones de los vencedores, acabó aceptándolas. El Parlamento acabó autorizando a regañadientes el cumplimiento de las condiciones del tratado, que se firmó en Versalles el 28 de junio. Las iglesias protestantes del país declararon un día de duelo nacional. El Tratado era el complejo producto de consideraciones de los vencedores como las pérdidas humanas y materiales; las deudas de guerra mutuas; las presiones nacionalistas y de las minorías; y la opinión pública de sus propios países y preocupaciones legítimas de seguridad nacional del tipo «el ya mordido, doble prevenido». Como en el caso de la Constitución de Weimar, tampoco deberíamos establecer aquí conexiones automáticas entre el acuerdo de paz y la ascensión del nazismo más de una década después. Versalles no acababa irrevocablemente con la pervivencia a largo plazo de Alemania como gran potencia, y las condiciones de paz que estableció guardan escaso parecido con el tipo de las vengativas que la propia Alemania imperial impuso en 1918 al nuevo gobierno bolchevique de Rusia en el Tratado de Brest-Litovsk. Como comentó el ministro de Asuntos Exteriores belga, tras una destemplada intervención del industrial liberal de derechas alemán Hugo Stinnes en las deliberaciones sobre las indemnizaciones de guerra de Spa: «¿Qué habría sido de nosotros si un hombre así hubiese tenido la posibilidad de ser el vencedor?». Si hemos de atenernos a los términos de Brest-Litovsk, los adversarios derrotados de Alemania habrían tenido que perder el 90 por ciento de su capacidad carbonífera y el 50 por ciento de su industria. Y las condiciones que Versalles exigía a Alemania no eran más desfavorables que las que habían impuesto los tratados independientes firmados con Austria, Hungría o Turquía, y Hungría perdía además el 70 por ciento de su territorio de antes de la guerra, mientras que Alemania sólo un 13 por ciento. Pero el enfoque comparativo estaba vedado a un pueblo concentrado en su propia desgracia, lo mismo que lo estaba cualquier estimación racional coste/beneficio de la pérdida de zonas económicamente atrasadas al este, por muy seductor que fuese (para algunos) el estilo de vida aristocrático fuertemente subvencionado que había florecido allí en tiempos.
El rechazo del Tratado de Versalles fue algo que compartió todo el espectro político de Weimar, incluidos los comunistas, que lo consideraban parte de una conjura intraimperialista más amplia. No tenía ninguna ventaja política distintiva oponerse a él. Muchos de los rasgos coercitivos más transparentes del acuerdo (como los inspectorados militares, las zonas ocupadas y las indemnizaciones) habían sido en gran medida anulados antes de que el nazismo se convirtiera en un movimiento político de masas, en una Europa que no era ni mucho menos universalmente hostil a las quejas legítimas de Alemania.
Sin embargo, muchos alemanes de derechas diluyeron las iniquidades ampliamente reconocidas del Tratado de Versalles en una acusación más amplia de traición dirigida contra los supuestos «criminales de noviembre», que no sólo era inexacta sino además ridícula. Las calumnias ad hominem y el terrorismo político que apoyaban y fomentaban estas acusaciones falsas se proponían declaradamente minar el nuevo orden democrático. Los intelectuales de derechas consideraban además este orden una importación ajena, mecánica y occidentalizada, una aberración respecto a la supuesta tradición nacional autoritaria, que había transformado recientemente una miríada de principados soñolientos en una gran potencia europea. Esta posición se limitaba a ignorar la vibrante cultura política de partido que había caracterizado al imperio guillermiano. La «tregua cívica» ficticia, que algunos alemanes afirmaban que había caracterizado a la sociedad alemana durante la guerra, se trasmutó en una «comunidad nacional» imaginaria que trascendía la lucha de clases, en que obligación y orden sustituían al ideario de los derechos individuales del liberalismo occidental. En otros sectores de la vida alemana, entre los católicos y los socialistas, había, claro está, versiones alternativas de la «comunidad nacional» (basadas en principios cristianos, en la lealtad a la República y en un deseo de justicia social) que no merecen que se las pase por alto. Pero la derecha recalcitrante estaba más interesada en avanzar audazmente hacia el futuro en busca de un pasado imaginario. En su medio colérico no eran prioridades importantes la exactitud, el juego limpio y el respeto a las instituciones o a las personas; y se unían a su coro, desde la extrema izquierda, ataques venenosos contra los calificados de traidores a los principios de la revolución socialista e insidiosos ataques arrabaleros a teóricas características nacionales alemanas que irritaban a la gente sencilla de provincias. Los supuestos intelectuales que adoptaban ese criterio se burlaban de los políticos del momento, grises y honrados, y se mofaban de las fuerzas armadas y de sus compatriotas en general, cuyos estólidos valores y virtudes despreciaban, lo mismo que sus homólogos de la derecha clamaban contra «las masas» y el nuevo «sistema» político inorgánico de Weimar. Lo de «sistema» era una palabra bien elegida para insinuar algo artificiosamente ajeno y mecánico.
Los dirigentes republicanos tuvieron que recurrir a los tribunales para defenderse de las imputaciones calumniosas. En 1920 Matthias Erzberger demandó al conservador Karl Helfferich, que le había hecho objeto de graves acusaciones. Erzberger, uno de los signatarios del armisticio y autor de importantes reformas fiscales desfavorables para los ricos, era especialmente odiado por la derecha. El proceso judicial acabó inclinándose en su contra: aunque le concedieron como indemnización por daños la cantidad irrisoria de 300 marcos, en el juicio se puso al descubierto que él mismo había evadido impuestos y que había ganado dinero aprovechando información privilegiada cuando estaba en el Gobierno. El presidente Ebert tuvo también que emprender unos 170 procesos judiciales contra periodistas de derechas que pusieron en entredicho su conducta durante una huelga que habían hecho durante la guerra trabajadores del sector de municiones. Aunque un tribunal de Magdeburgo reconoció que Ebert se había incorporado a la dirección de la huelga con la intención de aplacar su radicalismo, respaldó sin embargo implícitamente las acusaciones de traición. El juicio obligó al presidente, de cincuenta y cuatro años de edad, a aplazar una apendicetomía urgente, con lo que contribuyó a su muerte.
En contraste con esto, se otorgó una considerable libertad al mariscal de campo Hindenburg cuando accedió a presentarse ante un comité del Parlamento que investigaba las causas del hundimiento militar de Alemania en 1918. Era la primera vez que la nueva Alemania republicana y democrática se enfrentaba a un destacado representante del viejo orden imperial. Fue como intentar obtener respuestas de un muro de piedra. Hindenburg leyó una declaración que llevaba preparada cuyo floreo final hacia referencia al comentario de «un general inglés» que aseguraba que «el Ejército alemán había sido apuñalado por la espalda». Se trataba de una reformulación sutil de la reacción de incredulidad de un oficial inglés a las afirmaciones que había hecho Ludendorff: «¿Quiere decir que fueron ustedes apuñalados por la espalda?». Pero el rechazo a alto nivel de cualquier responsabilidad por la derrota militar alemana no era algo que quedase limitado a sus generales del periodo bélico. El propio Ebert se había unido a ese rechazo al recibir ostentosamente a los soldados desmovilizados e «invictos» que regresaban a Alemania. Aparte de esta leyenda de la «puñalada por la espalda», cuya realidad había sido una «puñalada en el frente», se explicaba también la derrota de la Alemania imperial por la supuesta superioridad de la prensa inglesa, sobre todo de los periódicos que eran propiedad de lord Northcliffe, cuya «propaganda del horror» había demonizado a los «hunos». El cándido Sigfrido alemán, una personificación favorita de la nación, no había caído en una lucha justa, sino más bien por causa de las malas artes del Daily Mail.
Las limitaciones impuestas por los vencedores al tamaño de las fuerzas armadas alemanas de posguerra tuvieron consecuencias para los Freikorps, cuyas operaciones en el Báltico y en Polonia se dieron bruscamente por finalizadas. Aunque unas cuantas unidades se incorporaron al nuevo Ejército, la Reichswehr, o a las fuerzas de policía estatales, otras se fragmentaron en una hueste de «sociedades atléticas», «circos», «agencias de detectives», «empresas de transporte» y «brigadas de trabajo» en grandes fincas, que llevaban con ellos sus «máquinas herramientas» para utilizarlas contra trabajadores agrícolas quejosos o distinguidos políticos de Weimar. Un ataque contra Weimar adoptó la forma de explotación política del descontento de las masas, un golpe de Estado y una campaña de asesinatos.
Dirigentes descontentos de los Freikorps proporcionaron las fuerzas que respaldaban un intento de golpe de Estado en marzo de 1920. Entre los que lo apoyaban había oficiales del Ejército regular, muchos de ellos aristócratas, y la burguesía conservadora del campo del este del Elba. Entre los dirigentes figuraban Ludendorff y Wolfgang Kapp, que habían estado involucrados anteriormente en el Partido de la Patria, fundado en 1917 para movilizar apoyo para extravagantes objetivos bélicos. La breve ocupación por los golpistas en Berlín del distrito de los edificios oficiales del Gobierno la facilitó una neutralidad malintencionada dentro del Ejército regular. La defensa del Estado abstracto que la Reichswehr creía encarnar no llegaba a incluir la de su legítimo gobierno republicano. Los diversos elementos del llamado golpe Kapp-Luttwitz no armonizaban entre sí. Kapp era el hombre de ayer, que se resistía a seguir el credo de los Freikorps, según el cual «Todo seguiría yendo hoy perfectamente bien aún si hubiésemos matado más gente». A las milicias locales de voluntarios, aunque eran hostiles a la República, no les impresionaron ni el deseo de Kapp de restaurar el viejo orden ni el nihilismo de los Freikorps. Varios destacados industriales, como Carl Duisberg, no mostraron el menor interés por la impetuosidad de lo que apodaron el «partido militar».
El golpe se vino abajo en medio de una huelga general que convocó el Gobierno antes de huir a Dresde, pero que fue organizada y dirigida por los sindicatos socialistas. Como había pleno empleo, la huelga tuvo un efecto óptimo. Además, cooperaron socialdemócratas, católicos y comunistas, aunque estos últimos se opusiesen al principio a la huelga, negándose según sus palabras «a mover un dedo por la República democrática». Irónicamente, aunque el golpe fue un fracaso ignominioso, se desencadenaron fuerzas para oponerse a él que eran difíciles de contener. Los sindicatos empezaron a dictar sus propias condiciones al Gobierno, que incluían la composición del gabinete, mientras un Ejército Rojo de cincuenta mil hombres recorría el Ruhr. Los intentos que hizo el Gobierno de desarmar a esta fuerza por medio de negociaciones no tuvieron éxito y en los choques con el Ejército que siguieron resultaron muertos unos mil rebeldes. Era indicativo del talante de los tiempos el que veinte estudiantes de la Universidad de Marburgo que escoltaban a quince «espartaquistas» detenidos desde una aldea a Gotha, los fusilaran a todos en algún punto de la línea férrea.
Aunque la República sobrevivió al golpe de Kapp, en las elecciones de junio de 1920 el electorado rechazó decisivamente a los partidos de la coalición original de Weimar. Los socialdemócratas de la mayoría y la izquierda liberal del DDP perdieron respectivamente la mitad y tres quintos del apoyo que habían recibido en las elecciones anteriores, mientras que aumentaron los votos de los conservadores liberales, de los nacionalistas conservadores y de los socialistas independientes radicales. Es decir, las clases medias se desplazaron más a la derecha, mientras que parte de la clase obrera lo hizo más a la izquierda.
Después del fracaso del golpe de 1920, la derecha adoptó otras tácticas y experimentó complejas transformaciones. Baviera se convirtió en la «célula del orden», que era la expresión que utilizaba la derecha para describir la permisividad local hacia la subversión antidemocrática. Se hizo allí con el poder en marzo un régimen conservador encabezado por Gustav Ritter von Kahr. La mezcla de sensibilidades particularistas y simpatías derechistas permitía florecer a la extrema derecha. Los derechistas bávaros tomaron la iniciativa de crear la Organización Escherich, u «Orgesch», en la que se aunaban la defensa vociferante de los intereses de la clase media con los preparativos para una toma militar del poder. Sus dirigentes imaginaban escenarios apocalípticos, en los que huelgas de fabricantes y profesionales provocarían una predecible reacción «roja» que la derecha contrarrevolucionaria y la Reichswehr podrían utilizar para aplastar a la izquierda en general. En realidad parte de la izquierda pensaba de forma parecida, pues a veces los extremos andaban enredados en un pas de deux en el que cada uno se apoyaba en las provocaciones y reacciones del otro. En 1920 los socialdemócratas independientes se escindieron, incorporándose unos 350.000 de sus miembros a los comunistas, que se convirtieron por primera vez en un partido de masas. La vieja dirección comunista sufrió una purga, favorable a aquellos que tenían encomendada la tarea de dar un respiro a la Unión Soviética fomentando la agitación en Alemania. En otras palabras, los comunistas eran un instrumento de una potencia externa. Pretendían concretamente provocar a la Organización Escherich para que entrase en acción, aunque ésta no necesitaba que la provocasen demasiado. En marzo de 1921, agentes comunistas, entre los que figuraban Béla Kun y forajidos nacionales, organizaron huelgas salvajes, atracos a bancos y actos de terrorismo. Las fuerzas del Gobierno no tuvieron demasiado problema para reprimir estas actividades dirigidas desde el exterior.
Misteriosos grupos de derechas, como la Organización Cónsul, desencadenaron una campaña de asesinatos y terror. Terroristas enmascarados que se hacían pasar por patriotas mataron a Erzberger y le lanzaron ácido prúsico a la cara al antiguo canciller Philipp Scheidemann en 1921; y al año siguiente mataron a tiros al ministro de Asuntos Exteriores Walter Rathenau cuando se dirigía a su despacho. Este último asesinato probablemente estuviese destinado a provocar un levantamiento de izquierdas, que fuerzas conservadoras podrían luego aplastar con impunidad. La prensa de derechas graznaba que aquellos hombres habían recibido lo que se merecían. Los que habían acuñado consignas como «Matad a Walter Rathenau, la maldita cerda judía» veían cumplidas sus esperanzas. Estos fueron los ejemplos más sobresalientes de los más de trescientos cincuenta asesinatos políticos cometidos por terroristas de derechas durante los años de Weimar. Aunque los asesinos conseguían habitualmente huir, a veces ayudados por la policía, o eran tratados con benevolencia por jueces antirrepublicanos, el Gobierno aprobó en julio de 1922 una Ley para la Protección de la República, con el fin de aplacar la indignación popular, que empezaba a plasmarse en manifestaciones de masas en las que llegaban a participar a veces millones de personas, como cuando fue asesinado el ministro de Asuntos Exteriores, el primer judío alemán que ostentaba ese cargo. El particularismo bávaro obstaculizó los intentos republicanos de contraatacar al extremismo derechista en un Estado que era especialmente proclive a él.
La tanda de crisis siguientes de la Alemania de Weimar la provocó la reclamación del pago de las indemnizaciones por parte de los vencedores. En abril de 1921 una comisión de éstos presentó la factura. Ascendía a 132 millardos de marcos oro, es decir unos 30 millardos de dólares. Ésta era la cifra rebajada, pues la presión inglesa y estadounidense había conseguido rebajar la propuesta francesa de 269 millardos de marcos. El canciller Joseph Wirth optó por una conformidad táctica, aunque sólo fuese para demostrar que Alemania era incapaz de pagar. Los vencedores, una vez impuestas las indemnizaciones, dejaron en manos de los propios alemanes el asunto de decidir cómo recaudar el dinero, a fin de evitar los costes de la ocupación militar. Francia amenazó con ampliar la ocupación, pero estaba muy claro que era sólo un farol, sobre todo después de que un inglés tan influyente como el economista John Maynard Keynes no se mostrase en modo alguno en desacuerdo con las descripciones alemanas igualmente serias de la grave situación en que Alemania decía hallarse.
El tener que efectuar estos pagos significaba que las indemnizaciones habían de competir con el deseo del Gobierno alemán de comprar paz social posponiendo la estabilización de la economía, en un momento en que las potencias vencedoras estaban padeciendo deflación y un paro elevado. Dichas potencias sospechaban que Alemania estaba utilizando la depreciación de su moneda para reducir sus obligaciones al mínimo, y para inundar el mercado con artículos de exportación a bajo precio, y estas sospechas se intensificaron con la impresión errática que causó el Acuerdo de Rapallo firmado en 1922 entre Alemania y el paria soviético, que a ojos de Occidente amenazaba con estrujar a Polonia, «gendarme de Francia en el Vístula», por el este y por el oeste en una especie de prensa de tornillo.
Cuando en Navidad y en Año Nuevo de 1922-1923 Alemania incumplió por dos veces su obligación de abonar las indemnizaciones, setenta mil soldados franceses y belgas ocuparon el Ruhr, en teoría para proteger a los técnicos que iban a requisar postes de telégrafo y madera, pero en realidad para garantizar la ventaja económica que Francia y Bélgica no habían conseguido obtener en el Tratado de Versalles. El nuevo gabinete de centroderecha del hombre de negocios de Hamburgo Wilhelm Cuno, al que Ebert había nombrado para dar una impresión de seriedad a los vencedores, respaldó irónicamente una campaña de resistencia pasiva entre los habitantes del Ruhr, sin haber emprendido ninguna planificación avanzada ni hacer acopio para esta eventualidad. Ante la resistencia pasiva las autoridades francesas recurrieron a expulsar o encarcelar a los recalcitrantes. Resultaron directamente afectados en concreto unos 46.200 funcionarios, ferroviarios y policías, junto con unos cien mil familiares suyos. A los esporádicos actos de sabotaje y de terrorismo de baja intensidad, que según algunos protagonistas se atenían explícitamente al modelo de las operaciones corrosivas del terrorismo de los republicanos irlandeses contra los ingleses, se respondió enérgicamente con fusilamientos, toma de rehenes y multas colectivas. Las fuerzas de ocupación, después de manchar su historial maltratando y humillando a la población civil, acrecentaron sus errores con agresivos registros domiciliarios, controles de identificación y ejecuciones sumarias. Los tribunales militares crearon mártires del nacionalismo, entre los que se destaca Albert Leo Schlageter, ejecutado en 1923 por las autoridades francesas de ocupación.
Los comunistas, haciendo gala de su amoralidad oportunista habitual, adoptaron a Schlageter como un héroe y Karl Radek, de la Internacional Comunista de Moscú, hizo un panegírico del «fascista» caído como si fuera un mártir. Ruth Fisher, que era medio judío, se permitió escarceos antisemitas («El que clama contra los capitalistas judíos es ya un soldado de la lucha de clases, aunque no lo sepa [...] Echad abajo a los capitalistas judíos, colgadlos de las farolas y pisoteadlos») en un cínico intento de atraerse el apoyo nacionalista y völkisch. Hubo otras solidaridades igual de sorprendentes. Obreros socialdemócratas acudieron a apoyar a su «camarada nacional» el industrial Fritz Thyssen, cuando él y varios propietarios de minas fueron juzgados por un tribunal militar francés por negarse a efectuar entregas de carbón como parte del pago de las indemnizaciones. Comités conjuntos de sindicatos y empresarios distribuían dinero entre los huelguistas, y Heinrich Brüning, por entonces una luz guiadora del movimiento sindical cristiano, fue uno de los que les llevaron maletas llenas de dinero ilegal. Irónicamente, el único partido que no compartió este espíritu nacional de resistencia fueron los ultrapatrióticos nazis, que pidieron a los alemanes que no se dejaran distraer por Francia, que se concentrasen en echar abajo a sus propios «criminales de noviembre».
Las consecuencias económicas de la ocupación del Ruhr por los vencedores en 1923 fueron catastróficas. El Gobierno alemán se sirvió del gasto deficitario para subvencionar a obreros sumariamente despedidos de su puesto de trabajo mientras compraba carbón a Inglaterra. El cese del suministro de materias primas del Ruhr acabó provocando oleadas de recortes de producción y paralizaciones temporales en otras partes. El paro pasó del 2 al 23 por ciento. La recaudación fiscal disminuyó hasta el punto de que en octubre de 1923 sólo cubría un 1 por ciento del total del gasto público. El volumen de dinero en circulación en el país aumentó astronómicamente, afluyendo en el otoño con valores inverosímiles de casi dos mil prensas que trabajaban sin descanso. Una factura de los impresores de billetes que figuraba en la contabilidad del Reichsbank ascendía a 32.776.899.763.734.490.417 marcos y 5 pfenings. Los bancos tuvieron que contratar más empleados para manejar esas enormes cifras. Aminoró la producción cuando los obreros tuvieron que llevar el jornal del día en una carretilla al banco, y las tiendas cerraron cuando los propietarios no pudieron ya comprar más género con el producto de las ventas del día antes. Konrad Heiden cuenta la siguiente historia en un capítulo titulado «La muerte del dinero»:
«Un hombre que creía que tenía una pequeña fortuna en el banco podría recibir la siguiente carta de los directores: “El banco lamenta profundamente no poder seguir administrando su depósito de sesenta y ocho mil marcos, ya que los costes no guardan proporción con el capital. Nos tomamos por ello la libertad de devolvérselo. Como no tenemos billetes de tan poco valor a nuestra disposición, hemos redondeado la suma en un millón de marcos. Se adjunta un billete de 1.000.000 de marcos”. Decoraba el sobre un sello de cinco millones de marcos con su matasellos.»
Se desarrolló una economía de trueque y las prudentes clases medias empezaron a vender sus posesiones más preciadas, aunque no podían caber muchos pianos Steinway en la casa de un campesino. Se escribieron libros sobre las transformaciones morales causadas por la inflación.
Aumentó la impresión de que, como durante la guerra, la escoria ascendía hasta la cúspide de la sociedad. La gente honrada y trabajadora consideraba que la estaban explotando vivales sin moral que exhibían sus riquezas mal ganadas en salas de fiestas y restaurantes mientras médicos, abogados y estudiantes tenían que recurrir al trabajo manual o a los comedores de la beneficencia. Había un estereotipo nada agradable suelto por el país:
«Los entendidos del momento deberían pasarse una noche por los locales y restaurantes elegantes: en todas partes, en cada cochino rincón te tropiezas con la misma cara mofletuda de los panzudos especuladores de la guerra y la paz.»
Según el autor de ese ensayo, titulado «Berlín se está convirtiendo en una puta», las cien mil prostitutas que supuestamente prestaban sus servicios en Berlín no eran ya criadas despedidas después de una relación con el señor o con el señorito, sino buenas chicas de clase media:
«Un profesor de universidad gana menos que el conductor de un tranvía, pero la hija del profesor estaba acostumbrada a usar medias de seda. No es ninguna casualidad que la bailarina desnudista Celly de Rheide sea la esposa de un antiguo oficial prusiano. Miles de familias burguesas se están viendo obligadas ya, si quieren honradamente arreglárselas con su presupuesto, a dejar su apartamento de seis habitaciones y adoptar una dieta vegetariana. Este empobrecimiento de la burguesía está necesariamente vinculado a que mujeres habituadas al lujo se hagan putas [...] La aristócrata empobrecida se convierte en camarera; el oficial al que se ha dado de baja en la marina hace películas; la hija del juez de provincias no puede esperar que su padre le compre la ropa de invierno que necesita.»
Las diferencias de sueldos se difuminaron, creando una intensa sensación de desclasamiento social que no tardó en ejemplificarse en una «Liga militante de mendigos» de clase media. Eran muchos los que padecían desnutrición crónica y que no podían conseguir los alimentos adecuados ni las medicinas, y eso les hacía propensos a la tuberculosis o al raquitismo. Aunque la política de «un marco es un marco» estaba respaldada por los tribunales y permitía a los agricultores y los que tenían una hipoteca pagar a sus acreedores, los pensionistas, los ahorradores y la gente de edad que vivía de rentas modestas se precipitaban en la pobreza y la inseguridad. A veces no tenían otro medio de evitar la indignidad que suicidarse.
La política del Gobierno alemán de resistencia a la autoridad francesa en el Ruhr, que impidió a Francia establecer un punto de apoyo permanente allí, se abandonó a finales de septiembre de 1923. Gustav Stresemann, el dirigente del Partido del Pueblo Alemán, liberal de derechas, se convirtió en el nuevo canciller de una «Gran Coalición» en la que figuraban su propio partido y el SPD. Facilitó estos arreglos el deseo tanto de la derecha como de la izquierda de culparse mutuamente por tener que poner fin a la política de resistencia pasiva a la ocupación francesa. Para la extrema derecha este abandono de la lucha en el Ruhr se sumaba a la traición fundacional que los republicanos habían cometido en noviembre de 1918. Stresemann sólo fue canciller cien días, pero actuó como ministro de Asuntos Exteriores hasta octubre de 1929 en que murió. Era un estadista extraordinario que superó su fama beligerante juvenil como «joven de Ludendorff», cuyas declaraciones de «lealtad prudencial» a la República y cuyo deseo de empezar de nuevo en el ámbito internacional eran totalmente sinceros.
Durante octubre y noviembre de 1923 Stresemann superó las amenazas tanto extremistas como separatistas que se le plantearon al Gobierno. Sin embargo, algunos extremistas se encontraban en las propias fuerzas de la ley y el orden. El comandante de la Reichswehr, general Seeckt, el dirigente pangermánico Heinrich Class e industriales de derechas del propio partido de Stresemann tenían previsto desde el otoño que un levantamiento comunista les permitiría movilizar a toda la derecha tras un «Directorio» dictatorial, que después de su instauración legal en el poder por el presidente aplastaría a los comunistas, acabaría con la democracia parlamentaria y aboliría las concesiones hechas a las organizaciones obreras.
A modo de preparación, el Ejército intensificó sus conexiones con las unidades de protección de fronteras y con la Reichswehr ilegal o «negra», formada por paramilitares clandestinos, que se había creado con su complicidad para eludir las limitaciones impuestas por los vencedores al poder militar alemán. Algunas de estas unidades estacionadas en Berlín no estaban dispuestas a esperar a Seeckt y se lanzaron precipitadamente a dar un golpe de Estado que él desaprobó, pues tenía la mala fama de ser un hombre que iría al Rubicón para pescar en él más que para cruzarlo. Los soldados del Ejército regular, bajo las órdenes de Seeckt, desarmaron a los golpistas. Mientras tanto los comunistas ensayaron su siguiente intento de echar abajo la República «burguesa».
En octubre de 1923 los comunistas entraron en gobiernos de coalición con los socialdemócratas en Sajonia y Turingia. Siguieron a esto diversas medidas políticas provocadoras, así como la formación de «centurias proletarias» armadas para llevar a cabo un «Octubre alemán», un proceso activamente solicitado y apoyado por la Internacional Comunista de Moscú, como parte de su estrategia de estabilizar el régimen bolchevique a expensas de la estabilidad de Alemania. Multitudes amenazadoras obligaban a campesinos recalcitrantes a entregar alimentos, o asaltaban a patronos y les enrollaban al cuello banderas rojas y letreros en sesiones públicas de degradación que recuerdan lo que harían los nazis después a los judíos, aunque raras veces se destaque esta similitud. El Gobierno proclamó el estado de excepción y utilizó soldados del Ejército regular para desarmar a los comunistas; el único indicio de un «Octubre Alemán» se produjo en Hamburgo, donde mil trescientos comunistas pusieron cerco a las comisarías de policía. Aunque este levantamiento fue aplastado, la actividades del antiguo púgil Ernst Thälmann, en el distrito de Barmbeck sólo le ayudaron en su ascensión dentro del partido a finales de la década de los veinte, cuando veteranos de este levantamiento, que huyeron a la Unión Soviética, regresaron a Alemania para preparar la subversión comunista. La Reichswehr, si bien actuó con rapidez para aplastar a los comunistas en la Alemania central, se mostraba notoriamente indulgente con los complots de derechas de Baviera, hasta el punto de que el 3 de noviembre los socialdemócratas dejaron el Gobierno nacional, del que se mantuvieron distanciados durante los cuatro años y medio siguientes. Compartieron también, sin duda, parte de la responsabilidad por sus acuerdos de coalición con los comunistas en Sajonia y Turingia, que habían actuado como un trapo rojo para el toro de la extrema derecha que ya estaba furioso. Se trataba además de una estrategia muy poco realista, pues era del dominio público que los acuerdos con los comunistas eran como la relación de la soga con el ahorcado.
Las conspiraciones comunistas proporcionaron un pretexto muy oportuno a los paramilitares de Baviera para concentrarse en las fronteras septentrionales de ese estado con el objetivo de iniciar una «Marcha sobre Berlín» al estilo italiano. La idea de utilizar Baviera como trampolín para un golpe contra el Gobierno de Berlín era algo que compartían Kahr y la derecha völkisch de Ludendorff (pues el general se había convertido en un político) y su adlátere más joven, un antiguo cabo del Ejército bávaro, Adolf Hitler, una odisea que analizaremos enseguida. Pero después de que el Ejército aplastase a la izquierda en Sajonia y Turingia, la corriente general de la derecha vaciló. Kahr, pese a haber ofendido a Seeckt protegiendo al general Lossow, comandante de la Reichswehr en Baviera, cuando éste se negó a cerrar el periódico de Múnich Völkischer Beobachter después de que éste atacase al jefe de la Reichswehr, no estaba dispuesto a avanzar sobre Berlín si el propio Seeckt no participaba, y éste ponía como condición para hacerlo que Kahr se distanciase del golpismo de Ludendorff y Hitler. Seeckt explicó a Kahr el dilema del Ejército sin ocultar su hostilidad a la República:
«No debe ponerse a la Reichswehr en una posición en la que tenga que combatir, por un gobierno que es ajeno a ella, contra gente que tiene las mismas convicciones que el Ejército. Por otra parte, no puede permitir que círculos irresponsables y no autorizados intenten provocar un cambio por la fuerza. Si el Ejército tuviese que defender la autoridad del Estado en dos frentes, se desmoronaría. Entonces le habríamos hecho el juego a Francia y habríamos brindado la última oportunidad de éxito al comunismo moscovita.»
Kahr, Lossow y el jefe de la policía del estado bávaro, Seisser, esperaron acontecimientos en el norte. Hitler, que se dio cuenta de que los conservadores se echaban atrás y que temía perder el apoyo que había conseguido de una coalición inestable de paramilitares völkisch, secuestró a Kahr y a Lossow, haciéndose con el control armado de un mitin que se celebraba en la Bürgerbräukeller, y proclamó una «revolución nacional völkisch». Todo lo sucedido le recordó a un testigo ocular «México» o «América Latina». Kahr, Lossow y Seisser, que se habían visto forzados a apoyar la tentativa precipitada de tomar el poder a la que se había lanzado Hitler, abandonaron el barco a la primera oportunidad. El 9 de noviembre de 1923 Hitler y Ludendorff encabezaron una marcha a través de Múnich de unos dos mil extremistas, que fue dispersada cerca de Feldherrnhalle por unas cuantas salvas de la policía del estado bávaro. Hitler, que resultó herido leve, logró escabullirse, pero los acontecimientos de ese día pasarían a formar parte de la mitología nazi, pues el enfrentamiento aportó al partido sus primeros mártires, y por tanto los más sagrados.
Este escabroso episodio pondría fin a los golpes paramilitares contra la República de Weimar. Cuando la extrema derecha hiciese su tentativa siguiente de tomar el poder, utilizaría métodos mucho más insidiosos, concretamente una combinación de la urna electoral y la violencia callejera. Pero, por el momento, la inflación desbocada se contuvo emitiendo un nuevo Reichsmark, respaldado con oro hasta un mínimo del 40 por ciento, que se cambió por fajos de papel sin valor. De acuerdo con el Plan Dawes de 1924, el emotivo tema de las indemnizaciones de guerra se transformó en un problema técnico con participación de especialistas internacionales preocupados por la estabilización más amplia del capitalismo europeo. Las elecciones que se celebraron en Inglaterra y en Francia en 1923-1924 llevaron al poder a gobiernos que no eran tan abiertamente hostiles a Alemania como sus predecesores. La participación positiva de los Estados Unidos en la Europa continental fue también decisiva. Un préstamo de 800 millones de marcos oro respaldó la confianza en la nueva moneda y actuó como una ayuda base para un programa regularizado de pagos a cuenta de las indemnizaciones. Como éstas se extendían hasta un infinito de fines de la década de los ochenta e implicaban un control extranjero del banco central y de los ferrocarriles del país, no disiparon los resentimientos nacionalistas, igual que la estabilización de la moneda no alivió los apuros de la clase media, ni de la clase obrera, que había sufrido también mucho con la inflación. Pero la República parecía haber superado su mayor momento de crisis.
Hubo incluso una pausa afortunada en el Este, aunque eso no fuese pronto tan evidente para el pueblo ruso: la ascensión de Stalin dentro de la troika que dominaba el Partido Comunista Soviético tras la muerte de Lenin. Una consecuencia del odio de Stalin a Trotsky fue que la insistencia de éste en la revolución endémica mundial se sustituyó por la doctrina de la edificación del «socialismo en un solo país» y la coexistencia con los Estados «imperialistas». Como los comunistas alemanes eran poco más que instrumentos de la Internacional Comunista y de la política exterior soviética, esto significaba que habría más «Octubres Alemanes».
LOS PARTIDOS POLÍTICOS Y LA SOCIEDAD DE WEIMAR
En el mundo desarrollado actual, en el que la democracia liberal y el capitalismo de mercado libre o social parecen haber eclipsado la mayoría de las alternativas, hace falta un esfuerzo de la imaginación para entender un periodo en que el liberalismo se consideraba una fuerza menguante, a la que estaban desplazando rápidamente el autoritarismo, el comunismo, el fascismo y el nazismo, las supuestas fuerzas del futuro. La democracia liberal corría el peligro de convertirse en una especie extinta en la Europa de entreguerras, donde en 1939 los regímenes antidemocráticos habían superado ya en número a las democracias constitucionales por dieciséis a doce. Antes de pasar a hablar del ascenso del nazismo tal vez sea conveniente decir algo sobre la política de la República de Weimar en general.
Para criterios alemanes de antes de 1914 o de después de 1945 la política de Weimar fue sumamente inestable, aunque algunas naciones hayan experimentado una inestabilidad política comparable sin degenerar en una dictadura totalitaria. Pero era probable que la inestabilidad unida a problemas económicos crónicos engendrase un sentimiento de desesperanza, aunque no se diera una correlación simple entre penuria económica aguda y política extremista. Algunos factores de fondo no eran humanamente controlables. Aunque la guerra y una gigantesca epidemia de gripe que sobrevino en 1918 (mató a más europeos de los que habían muerto en la guerra) provocasen una disminución de la población alemana, el crecimiento demográfico de preguerra siguió inundando el mercado de trabajo en la década de los veinte, de tal modo que en 1925 había cinco millones más de trabajadores que de puestos de trabajo disponibles. Esta situación no empezó a mejorar hasta 1931-1932. Al excedente de trabajadores se unía la pérdida de puestos de trabajo, ya que la competencia con los Estados Unidos, y una obsesión por la tecnología y la escala, impulsaron a la racionalización mecanizada de ciertas industrias como la minería del carbón y la fabricación de automóviles. Las líneas de montaje y la maquinaria de extracción de carbón puede que proporcionasen espectaculares aumentos de productividad, pero produjeron también paro estructural y la amenaza latente de superproducción. A causa de la simultánea inflación, la gente se resistía como es lógico a ahorrar, y el corolario era que se recurría exageradamente a fuentes exteriores de capital inversor. Los préstamos externos y los pagos de las indemnizaciones acordados reducían también el margen de maniobra del Gobierno, y también lo hacía la decisión política de subvencionar a sectores del electorado como los funcionarios públicos, los trabajadores de la industria y los campesinos a través de políticas sociales, de aumentos de salarios y de tarifas agrícolas protectoras. Dos de estas políticas eran incompatibles.
Entre 1919 y 1933 hubo veinte gobiernos en Alemania, el más duradero de los cuales, la «Gran Coalición» de Hermann Müller (1928-1930), no duró más que veintiún meses, una mejora con relación a las doce semanas que había durado su Gobierno de 1920. Sólo dos parlamentos sobrevivieron el ciclo completo de cinco años, siendo un buen periodo de duración dos años y habiendo muchos que sólo duraron unos cuantos meses. Esta inestabilidad política crónica, en periodos económicamente buenos y malos, hizo que se perdiera el respeto al Parlamento y a los políticos en una sociedad en la que ni una cosa ni otra eran algo axiomático. Lo que sucedía en la política nacional no siempre coincidía con lo que sucedía en la política de los estados federales, donde no envenenaban la atmósfera los polémicos temas de la política exterior. El mayor de los estados de la federación, Prusia, tuvo un gobierno de coalición dirigido por los socialdemócratas durante casi todo el periodo de Weimar. El problema de la organización federal era que se daban ciertos solapamientos de funciones y una pugna institucionalizada en torno a las respectivas competencias nacionales y estatales. La crítica de aquellos políticos profesionales que habían sustituido en gran medida a aficionados distinguidos adoptó diversas formas.
Los periodos de chalaneo que precedieron a la formación de muchos de los gobiernos de coalición de Weimar no eran en realidad muy edificantes, los que no estaban en el ajo nunca sabían qué acuerdos se habían hecho y qué principios se habían sacrificado. A veces no llegaba a establecerse ningún tipo de acuerdo, debido sobre todo a la tozudez ideológica de los participantes. En dos ocasiones, el presidente recurrió a hombres de negocios sobresalientes que formaron gobiernos de técnicos «apolíticos». Ni siquiera en los casos en que se había establecido una coalición estaba garantizado que ésta contase con el apoyo de los grupos parlamentarios de los partidos coaligados, algunos de los cuales se comportaban como colectivos anarquistas, aunque hubiese unos cuantos que llamasen a eso democracia. Cuarenta y cinco socialdemócratas de la Asamblea, por ejemplo, se negaron a dar su aprobación al primer gobierno de Stresemann, que incluía a cuatro de sus propios representantes, cuya presencia en él indujo a su vez a veintidós de los liberales de derechas de Stresemann a unirse a ellos en el grupo del «no». Varias coaliciones encallaron por decisiones políticas difíciles relacionadas, por ejemplo, con la distribución de la carga interna de las obligaciones exteriores o por el problema de los gastos militares frente a los sociales, decisiones que tocaban puntos neurálgicos de principios básicos. En 1927 treinta y ocho miembros de un partido conservador, el Partido Alemán Nacionalista del Pueblo o DNVP, se amotinaron al aprobar sus representantes en el gobierno la renovación de la Ley para la Protección de la República de 1922 porque incluía una prolongación del destierro de su amado káiser.
Del mismo modo, en 1928 el núcleo duro del SPD votó contra las asignaciones de fondos a la marina que el Gobierno Müller había aprobado a regañadientes, obligando al canciller y a otros miembros del gabinete del SPD a vetar su propia política. La rigidez ideológica, y por tanto la no viabilidad de ciertas permutaciones en los acuerdos de coalición, estuvo también dictada por el imperativo de no romper la cohesión del partido. Dado que los partidos políticos contenían todos fuerzas centrífugas, se corría el riesgo de perder apoyo y que los votantes se pasasen a otros partidos si se hacían demasiadas concesiones. Aparte de las idas y venidas de la izquierda, con los socialistas independientes uniéndose a los comunistas en 1920 y volviendo al seno del partido socialdemócrata dos años después, el ala bávara conservadora y particularista del Partido Católico del Centro se hizo completamente autónoma; algunos católicos de izquierdas se escindieron, por otra parte, en 1920 para formar el Partido Socialcristiano del Reich. Hubo sucesivas escisiones del DNVP nacionalista conservador. En 1922 tres diputados antisemitas lo abandonaron para unirse a un grupo escindido del Partido Nazi. También dejaron el partido dos grupos de moderados: Siegfried von Kardorff se pasó al liberal DVP y Walter Lambach formó más tarde una Asociación Conservadora del Pueblo. La influencia perturbadora del sátrapa de los medios de información Alfred Hugenberg sobre los políticos conservadores a finales de la década de los veinte produjo un éxodo de moderados, que incluyó al propio jefe del partido, Westarp. Una tentativa tardía de los liberales de izquierdas de convertirse en un partido «burgués» de base amplia resultó también catastrófica. En 1930 el dirigente del DDP Erich Koch-Weser proclamó la formación de un nuevo Partido del Estado Alemán, que estaba estrechamente vinculado al derechista Joven Orden Alemán. Aparte del antisemitismo explícito de esta última, que era poco probable que tranquilizase a votantes judíos, era un mal augurio que estos liberales moderados reformados decidiesen prescindir en su nuevo nombre del término «democrático». La izquierda liberal del Partido Democrático no tardó en abandonar a los socialdemócratas. La política no era tan decepcionante como puede sugerir todo esto, pues había tendencias equilibradoras por las que políticos católicos con conciencia social cooperaban tanto con los socialistas moderados como con los conservadores, o practicaban al menos la tolerancia pasiva.
A los políticos se les veía en Alemania como una clase distinta, con características de grupo que trascendían sus aparentes fidelidades de partido. En realidad, los parlamentarios trabajaban muchas horas, sobre todo en comités, y parece ser que les gustaba mucho más el yogur líquido que el coñac. Sin embargo, la visión que tenía el público de ellos era que se trataba de bon vivants que regresaban al Reichstag de los bares y restaurantes de Berlín sólo para tejemanejes y trapicheos o para discusiones destempladas en que los comunistas acababan tocando «La Internacional» con trompetas de juguete mientras los nacionalistas conservadores cantaban el himno nacional. En los parlamentos de los estados, los diputados comunistas se ponían guantes rojos para estrechar protocolariamente las manos de sus adversarios después de las ceremonias de jura del cargo, o, peor aún, llevaban cuencos de estaño para poder literalmente lavarse las manos a fin de evitar cualquier posible contaminación ideológica. Este tipo de estupidez ostentosa tiene sus equivalentes en algunas democracias contemporáneas. Al desprecio de los políticos como clase contribuyó la idea generalizada de que los partidos dividían Alemania en campos socioeconómicos, ideológicos o religiosos artificiales, dentro del marco de una República que muchos alemanes consideraban vinculada a una potencia extranjera ocupante. Esto magnificó los atractivos de un pasado prepolítico imaginario (del que la «tregua cívica» del periodo bélico se convirtió en una plantilla idealizada) e hizo que resultase mucho más atractivo cualquier partido político que prometiese trascendencia consensual y liberación nacional al mismo tiempo, sobre todo si ese partido decía no ser un partido político convencional. El «movimiento» nazi dominó a la perfección este juego de manos.
Mucho de lo anterior se da también en las democracias modernas y no es en modo alguno exclusivo de la República de Weimar. Muchos historiadores intentan explicar la inestabilidad política endémica de Weimar por la herencia del pasado imperial de Alemania, en el que partidos políticos relativamente impotentes adoptaban mayoritariamente posiciones ideológicas negativas, una costumbre que les resultó difícil superar cuando se les dio una responsabilidad política real. Se podría argumentar, más convincentemente, que a los alemanes, una vez que se esfumaron las ilusiones del imperio, no les quedó nada más que un espectáculo de intereses particulares enfrentados, que el simbolismo manido de la República a duras penas podía ocultar. Esta idea era corriente en la época, entre teóricos constitucionalistas de derechas como Carl Schmitt, que deseaba reafirmar la primacía del Estado sobre la mera sociedad. Otros estudiosos se centraron en el populismo demagógico de asociaciones nacionalistas extraparlamentarias del tipo de la Liga de la Marina o la Liga Pangermánica del periodo guillermiano como precursor de un potencial fascista extremo, aunque esas organizaciones parecen cosas trasnochadas comparadas con los nacionalsocialistas, más violentos, destemplados y plebeyos. Los miembros de la Liga de la Marina no agredían físicamente a los socialistas ni a los judíos.
Durante la guerra se cruzó algún umbral ético decisivo que modificó la forma de actuar dentro de la política alemana; sucedió igual, sin duda, en otros países europeos, en los que también se hizo endémica la violencia política. El apoyo a la violencia terrorista no se esfumaba por arte de magia ante las puertas augustas del Parlamento de Weimar. Aparte de los comunistas y los nazis, cuya fe en la violencia como una forma de purificación era explícita, un destacado socialdemócrata acusaba a los nacionalistas conservadores de participar en el asesinato del ministro de Asuntos Exteriores Walter Rathenau, a lo que un destacado político del Partido del Centro añadió: «El enemigo está a la derecha, vertiendo un hilo de su veneno en las heridas de la nación». Dejando a un lado la cuestión de hasta qué punto estaban implicados los nacionalistas conservadores en el terrorismo, es indiscutible que muchos de ellos no aceptaban el sistema de gobierno democrático de Weimar y eran sólo una minoría los que practicaban un «republicanismo prudencial», que no era precisamente un respaldo rotundo a la incipiente democracia alemana. Era también preocupante que además de la SA (Sturmabteilung) nazi y la Liga de Combatientes del Frente Rojo comunista, los nacionalistas conservadores y los socialdemócratas tuviesen organizaciones paramilitares. Éstas eran, respectivamente, los Stahlhelm, llamados así por los cascos en forma de cubo de carbón de la I Guerra Mundial, y Bandera Negra, Roja y Gualda del Reich. Todas ellas estaban implicadas en actos de violencia contra sus adversarios. A mediados de 1920 algunos estados alemanes tuvieron que prohibir los ceniceros de cristal en los lugares en que se celebraban actos políticos y también llevar bastones en público, ya que se estaban usando demasiados de estos objetos como armas ofensivas.
Las deficiencias y limitaciones de los partidos existentes deben de ser sin duda las causas que explican en parte el éxito extraordinario de los nacionalsocialistas, que a partir de 1928 pasaron de un apoyo de poco más del 2 por ciento de los votos, que no les daba derecho ni a un solo escaño en el Parlamento alemán, a más del 37 por ciento cuatro años más tarde.
Los socialdemócratas padecieron en Weimar de la sempiterna aflicción de los partidos de izquierdas, es decir, la cuestión de si se debía subordinar la realidad a la teoría o se habían de revisar viejos dogmas para adaptarlos a unas circunstancias sociales que experimentaban cambios. Los que manejaban las velas ideológicas del partido se enfrentaban con el dilema nada envidiable de elegir entre parecer radicales, para mantener a bordo a los que antes habían sido izquierdistas independientes, o abandonar la retórica de la «lucha de clases» para ampliar la base del partido a otros sectores del electorado, como los campesinos, los intelectuales pequeñoburgueses y los asalariados de cuello blanco. Esta última vía revisionista gozó de un breve triunfo en el congreso del partido que se celebró en Gorlitz en 1921, pero luego el influjo de la izquierda redogmatizó la línea oficial en Heidelberg en 1925 como precio a pagar porque continuara prestando su apoyo. Aunque no fue ésta la última tentativa de conquistar sectores del electorado distintos a la clase obrera, no era probable que esos votantes se sintieran atraídos por un partido que ponía rutinariamente los intereses proletarios en primer término, y que preconizaba contra toda evidencia que los campesinos y los pequeños empresarios estaban condenados a desaparecer como víctimas colaterales de la marcha la historia. En realidad, sería el proletariado industrial clásico el que quedaría reducido a una minoría en las sociedades avanzadas a finales del siglo XX. Aunque pudiese parecer razonable tácticamente mantenerse en esta pureza ideológica, se echaba por tierra al hacerlo cualquier posibilidad de que el SPD se convirtiese en un «partido del pueblo» de base amplia. Los socialdemócratas conseguían una mayor unanimidad en la política social y en la reforma de la seguridad social, pues era más fácil para la izquierda y para la derecha ponerse de acuerdo cuando se trataba de mejorar la situación de los trabajadores. Entre sus políticas sociales progresistas figuraron los convenios colectivos vinculantes, los consejos de fábrica y, a partir de 1927, un impresionante sistema de prestaciones a los parados, medidas apoyadas también por el Partido Católico del Centro. Pero las subidas salariales y los mayores costes de estas políticas sociales despertaron la hostilidad de muchos empresarios, que se radicalizaron, hasta el punto de que empezaron a buscar alguna alternativa autoritaria a lo que apodaban el «Estado sindical».
La costosa compra de tranquilidad social era algo patente también en otras partes. Dirigentes urbanos ambiciosos de diversas tendencias políticas construyeron aeropuertos, puentes, salas de exposiciones, bibliotecas, parques, planetarios, estadios, piscinas, líneas de tranvías y otros servicios, primordialmente con la ayuda de créditos extranjeros. Aunque estas medidas mejoraron la calidad de vida de mucha gente, tenían un precio. La banca internacional contemplaba consternada lo que el Banco de la Reserva Federal de Nueva York describía como la política de Tammany Hall (sede central del Partido Demócrata estadounidense). Firmas respetables de Wall Street, como J. P. Morgan, preferían mantenerse al margen, dejando las inversiones en Alemania a operadores con menos miedo al riesgo. Tanto dinero circulando por los pasillos municipales del poder trajo consigo casos de corrupción. Además, algunos políticos que propugnaban la guerra de clases para otros preferían para ellos casas lujosas y restaurantes caros; y enfurecían con su hipocresía a los moralistas de todas las tendencias.
Los socialdemócratas irritaban también a sus adversarios burgueses. En los gobiernos de los estados, en los que solían ser ellos los que controlaban las carteras de educación y de cultura, procuraban que la educación fuese laica y global, y procuraban además subvencionar diversos experimentos artísticos y teatrales que se consideraban entonces provocadores, aunque resulten insulsos y tediosos vistos hoy. La intromisión en las escuelas religiosas de Prusia había sacado a las calles a sesenta mil católicos. El tono zafio de los socialdemócratas ofendía también a veces a sectores más amplios. Los estudios locales, como la clásica crónica de William Sheridan Allen sobre Northeim, una población predominantemente funcionarial situada en un importante nudo ferroviario, muestran que a los ciudadanos de clase media no les gustaba nada tener que tratar con «engrasadores» y «reparadores de vías» en las cámaras del consejo, porque solían ser «susceptibles, agresivos y exigentes». Una retórica socialista estridente de «derechos» se enfrentaba a una charla pomposa del «deber» en un diálogo de sordos.
Aunque el SPD parecía impresionante sobre el papel, con un millón de afiliados y cinco millones de sindicalistas favorables a él, las tendencias sociales seculares reforzaban el autoaislamiento ideológico del partido. Los proletarios clásicos que trabajaban en las grandes fábricas humeantes de las ciudades eran una minoría en proceso de estancamiento dentro de la clase obrera alemana: alrededor de un 30 por ciento de la fuerza de trabajo, aunque casi un 60 por ciento de los miembros del Partido Socialdemócrata, la mayoría de ellos artesanos. El 60 por ciento de los trabajadores alemanes no estaban afiliados a ningún sindicato. Y aunque los sindicatos tuviesen estrechas conexiones en la cúspide con los socialdemócratas, eso no significaba que sus miembros votasen automáticamente a ese partido. Entre un tercio y la mitad de los trabajadores no votaban por ninguno de los partidos marxistas (es decir, socialdemócratas y comunistas).
La mayoría de los trabajadores, como la mayoría de la gente, probablemente tuviesen fidelidades complejas y divididas. Parece plausible, por ejemplo, que pudiesen identificarse con los intereses del negocio o la industria que les diese trabajo. No todos los jefes alemanes padecían timidez sindical como el propietario de minas Emil Kirdorf, una parodia dickensiana o lawrenciana del empresario caradura; empresas como la de óptica Zeiss, de Jena, fomentaban la lealtad de los trabajadores a través de un capitalismo socialmente responsable. Los trabajadores podían identificarse también con sus colegas inmediatos, y en ocasiones con la dirección, en vez de hacerlo con una clase abstracta, a pesar de los esfuerzos de los marxistas por demostrar lo contrario.
La homogeneidad de la clase obrera era una esperanza ideológica más que un hecho socioeconómico verificable. Lo mismo que términos como «hombres de negocios» o «agricultores» abarcaban diversos estilos de vida, el término «trabajadores» incluía diferencias significativas de edad, género, especialidad, salario y condiciones de trabajo. ¿Qué unía a sirvientes domésticos, carteros, ferroviarios, peones rurales y capataces y artesanos sumamente especializados? Además, algunos de estos «trabajadores» vivían en medios donde el socialismo era culturalmente dominante, otros donde la tradición y la organización socialistas eran débiles. Los había que vivían cerca de su lugar de trabajo y había otros, como los artesanos de la construcción de Hesse que trabajaban en Francfort, que recorrían kilómetros para trasladarse a trabajar allí desde poblaciones más pequeñas. Unos eran católicos, otros protestantes, una diferencia más que militaba contra un comportamiento político uniforme.
Y puesto que no había ninguna clase obrera uniforme, no había por qué esperar que los obreros actuasen o pensasen de forma unificada. Además, muchos supuestos intelectuales pequeño burgueses y empleados asalariados que obtenían modestos ingresos en trabajos no manuales, regresaban después del trabajo a los barrios obreros en los que vivían con padres, maridos y hermanos que se consideraban obreros. Por otra parte, muchos obreros no trabajaban en fábricas y no se consideraban proletarios, vestían uniformes en el trabajo en vez de monos o trabajaban en talleres en que el patrono tenía un rostro humano y era un buen tipo que también vestía mono, y no estaban demasiado orgullosos de mancharse las manos. Un artesano especializado podía convertirse también en jefe si era emprendedor y trabajaba duro.
El SPD estaba bien asentado en los centros industriales del interior de Alemania, pero en Renania-Westphalia y en la Alta Silesia, donde tenía más importancia la fidelidad a un credo religioso que las solidaridades socioeconómicas, se enfrentaba a una dura competencia del Partido Católico del Centro. Mientras el Partido del Centro, en cuyos consejos tenían una importancia creciente sindicalistas católicos como Adam Stegerwald, cooperaban con los socialdemócratas en cuestiones de política social, la cooperación era más limitada en cuestiones que afectaban a la religión, y alejaba en cualquier caso a los católicos conservadores. Aunque los socialdemócratas disfrutaron de cierta popularidad inicial en el campo, ésta se vino abajo en cuanto su insistencia en alimentos baratos para los trabajadores urbanos chocó con el deseo de los campesinos de tarifas arancelarias protectoras, que elevaran los precios.
Tampoco el SPD ni el Partido Comunista ejercieron una atracción especial entre las mujeres, sobre todo cuando la práctica patriarcal prevalecía sobre la charla sentenciosa o el opio sociológico pseudocientífico se oponía a otras formas de fe. El número de mujeres afiliadas al SPD nunca sobrepasó el 20 por ciento, mientras que entre los comunistas era aún más bajo. Según los sondeos de opinión contemporáneos, la mayoría de los socialdemócratas querían que las mujeres trabajaran en casa, y tenían lo que eran entonces las ideas imperantes en cuanto a lo de pegar a los hijos. Como los jóvenes rebeldes son una preocupación perenne de los académicos de clase media, los estudiosos han indicado rutinariamente que los socialdemócratas no consiguieron despertar entusiasmo entre los jóvenes. Mientras tres cuartas partes de los comunistas tenían menos de cuarenta años, y un tercio menos de treinta, sólo poco más del 17 por ciento de los socialdemócratas pertenecían a este último grupo de edad (la mayoría tenían entre cuarenta y sesenta años). La juventud impetuosa no se sentía atraída por un partido en el que había que trabajar para ascender en la jerarquía de comités. La inclinación natural de los jóvenes por los coros mineros y los análisis de Marx y Kautsky se veía además debilitada por el ambiente del periodo de Weimar, con sus salas de fiestas, tiendas relumbrantes y películas de Hollywood que convertían a los hipotéticos combatientes de clase en hedonistas de fin de semana y consumidores masivos. Había una minoría de trabajadores que eran miembros activos de la subcultura socialdemócrata de los clubes de ciclistas, coros y asociaciones defensoras de la cremación; pero la mayoría no lo eran. Junto con jóvenes de la burguesía, que también rompían a veces sus amarras culturales tradicionales, los jóvenes obreros participaban en lo que se ha ido convirtiendo desde entonces en una cultura de masas universal. Puede que la Alemania de Weimar fuese una «sociedad de clases», pero esa estructura empezaba a dar muestras visibles de deshilacharse.
Los socialdemócratas preferían el lujo de la oposición a las dificultades o las responsabilidades del Gobierno. Desde 1923 a 1928, el SPD se negó a participar en gobiernos de coalición, ya que habría entrañado poner en entredicho su ideología de la lucha de clases y perder apoyo en favor de la extrema izquierda. El partido que había creado la República estaba intimidado por una minoría vociferante de fundamentalistas dogmáticos que clamaba: «Esta República tiene el mismo tejido económico que tenía el viejo estado autoritario [...] y esto determina la posición básica del movimiento socialdemócrata, que es de oposición». Debido en parte a la intransigencia dogmática de los intereses empresariales dentro del DVP, liberal de derechas, la rigidez ideológica del SPD lo condenó a vagar en los páramos de la oposición durante unos años en que era posible y vital al mismo tiempo estabilizar la República. El partido no volvió a compartir el poder hasta vísperas de la Gran Depresión, lo que fue más bien como ofrecer un barco a un capitán en medio de un tifón.
Tampoco eran los partidos no marxistas barcos felices, pues se cruzaban en la noche y sus votantes no católicos saltaban a bordo de un potente navío que asomaba por la banda de estribor. La geografía y la religión reducían el ámbito nacional tanto del Partido Católico del Centro como de los partidos nacionalistas conservadores, aunque hubiese diásporas católicas en zonas que eran por lo demás protestantes. Los nacionalistas conservadores extendían su influencia hacia el oeste, pero el 40 por ciento de su apoyo aún procedía del este del río Elba, pese a que la representación proporcional y la aparición de partidos rurales populistas hicieran que distase mucho ya de ser automático el voto rural.
El Partido del Centro abarcaba un electorado socialmente diverso y su grupo del Reichstag incluía un cierto número de protestantes. Tenía que armonizar diversos intereses, entre los que figuraban los de un clero cada vez más prendado del movimiento no político de Acción Católica, los de sindicalistas de tendencia izquierdista y los de un ala derecha representada por personajes tan archiantidemocráticos como el futuro canciller Franz von Papen. Este último, estrechamente vinculado a las elites de los terratenientes, los militares y el mundo de los negocios, gozaba de considerable influencia, en buena parte por actuar como testaferro de los propietarios de Germania, el principal periódico del Partido del Centro. El Partido del Centro pasó a alinearse cada vez más con la derecha moderada en la política nacional, pero su composición le convertía en un partido con una tendencia natural al compromiso y al acuerdo, salvo cuando estaban en juego temas confesionales, lo que explica por qué era capaz de aliarse con los socialdemócratas en el mayor de los estados, en Prusia, mientras en Baviera su rama correspondiente operaba en estrecha alianza con los nacionalistas conservadores.
Al Partido del Centro se le votaba sobre todo en las pequeñas comunidades rurales, donde la Iglesia católica y un medio religioso tradicional hacían predecible que se le apoyase; pero ese apoyo se debilitaba en las poblaciones de mayor tamaño, donde los católicos se hallaban expuestos a influencias pluralistas, o a la cultura política arraigada de los socialdemócratas. También sucedía esto en las zonas rurales que atraían a turistas. Algunos católicos del campo, como los de la Selva Negra, eran hostiles al SPD pero también profundamente anticlericales, una actitud que les dejaba sin espacio político. En zonas en las que los católicos estaban rodeados de mayorías protestantes, tendía a ser más fuerte el apoyo al Partido del Centro. Las relaciones de éste con sus votantes católicos se complicaban por el hecho de que en toda Europa la Iglesia estaba empezando a dar la espalda a los partidos políticos para centrarse más concretamente en asuntos morales y espirituales a través de la Acción Católica. La reacción católica ante el desafío del nacionalsocialismo fue también ambivalente. La jerarquía estaba dispuesta a dar instrucciones a los fieles sobre cómo debían votar, y era hostil al anticlericalismo y el neopaganismo de los nazis. A los sacerdotes católicos se les instó en Alemania a que rechazaran el nacionalsocialismo, y los nazis no obtuvieron de ellos el respaldo clerical del que disfrutaron a menudo en zonas protestantes. Sólo un puñado de sacerdotes apoyaron el nazismo, la mayoría descontentos o ingenuos, como el abate Schachleiter, que argumentaba que «si los católicos no cooperan con el NSDAP, se corre el peligro de que el nacionalsocialismo se convierta en un movimiento exclusivamente protestante». Es probable que fuesen más característicos los sacerdotes del campo que vinculaban el voto a la posibilidad de la condenación; era más excéntrico un sacerdote bávaro que decía a sus feligresas que los nazis estaban planeando ejecutar a todas las mujeres de más de sesenta años.
Conviene, sin embargo, no pintar el catolicismo alemán con tonos demasiado rosados. Los católicos, que solían proceder de sectores rurales de la población atrasados e incultos, tenían prejuicios contra los judíos, a los que identificaban con los liberales anticlericales, los marxistas ateos, los hombres de negocios avispados y, en realidad, con el protestantismo, porque los judíos y los protestantes compartían a veces facultades teológicas. Este prejuicio se hallaba en parte compensado por los notables esfuerzos de políticos católicos como Konstantin Fehrenbach y Heinrich Krone en la Asociación de Oposición al Antisemitismo. Pero, como se demostró en Italia y en España, el autoritarismo institucional de la Iglesia le daba una afinidad latente con el autoritarismo político; en Alemania se demostró esto con el giro a la derecha del Partido del Centro a partir de 1928, en que pasó a presidirlo el primer eclesiástico que lo hizo, monseñor Ludwig Kaas.
Los alemanes eran predominantemente protestantes, con una mayoría luterana y una minoría reformada, y los protestantes no habían tenido necesidad de crear un partido político confesional. Ellos eran vencedores, no víctimas. Pues la acusación de ser «enemigos del Reich» con una vinculación internacional había sido uno de los principales estímulos para que se hubiese llegado a fundar un partido político católico. Sin embargo, la implantación bastante débil del protestantismo entre la clase obrera urbana llevó a algunos clérigos a abrazar ideologías seculares del tipo del antisemitismo. Equipado con esto, el antiguo predicador de la corte Adolf Stoecker se había esforzado en vano por atraer a los obreros de Berlín a su Partido Socialcristiano de los Trabajadores a finales de la década de 1870. El clero protestante adoptó oficialmente una posición de neutralidad política, aunque sólo fuese para no ahuyentar a feligreses cuyas convicciones políticas fuesen más firmes que las religiosas. Pero había varios factores que empujaban al clero hacia la derecha, sobre todo en las zonas rurales. En la Alemania oriental, el 60 por ciento de los clérigos protestantes eran beneficiarios de los grandes terratenientes, cuyas familias habían construido las iglesias. Emplazados en una posición servil, tendían a estar de acuerdo con la mano que les alimentaba. El clero rural compartía también la atmósfera omnipresente de crisis agraria, crisis que se emparejaba con una defensa moralista del campo frente a las «cloacas» del asfalto urbano. Bendecían a los nacionalistas conservadores y a la asociación de veteranos Stahlhelm. Consideraban que Weimar favorecía al catolicismo político, miraban con aversión a los socialdemócratas y temblaban ante la idea de los abortos y el amor libre que se practicaban en la Unión Soviética. Algunos de ellos profesaban un antisemitismo que le habría parecido bastante burdo a Lutero, valiéndose a menudo de la misma argumentación para atacar también a los católicos. Puede que tuviesen reservas respecto a los elementos de «cristianismo germánico» del Partido Nazi, pero cuando sus patronos los terratenientes y sus feligreses se inclinaron en esa dirección, les siguieron, sobre todo cuando los nazis les aseguraron que «la religión es el fundamento de la ética y de la moralidad».
La mayoría de los políticos liberales de Alemania eran protestantes, pero los partidos liberales también contaban con el apoyo de tres cuartas partes de los judíos alemanes. Para el Partido Democrático, liberal de izquierdas, como para los socialdemócratas, que se abstenían a veces de proponer candidatos judíos, esta fidelidad resultaba embarazosa, y aseguraban que los candidatos judíos les hacían perder un número de votos mayor que el de todos los votantes judíos que había. La mayoría de los judíos liberales eran en primer lugar alemanes, en segundo liberales y en tercero judíos. Muchos de ellos estaban de acuerdo con Willy Helpach, candidato presidencial del Partido Democrático en las elecciones de 1925, en que era seguro que la asimilación neutralizaría el prejuicio antisemita. La práctica se atenía a la prescripción. En 1927 hubo un matrimonio mixto de alemanes judíos y alemanes cristianos por cada dos matrimonios de alemanes judíos. La asistencia a las sinagogas cayó en picado y los judíos liberales hicieron caso omiso de las escuelas exclusivamente judías, considerando que fomentaban una mentalidad de gueto perjudicial para la simbiosis cultural germano-judía de la que tan orgullosos se sentían. Los dirigentes de comunidades liberales bloqueaban las subvenciones a estas escuelas. El parcial resurgir de la espiritualidad judía, del que había algunas muestras, no era incompatible con esta tendencia.
Los judíos asimilados recelaban también de la influencia de los «judíos orientales», es decir polacos y rusos, y pedían que se reforzasen los controles de la inmigración y que se ilustrase a aquellos inmigrantes en los usos y costumbres del país. Los judíos alemanes, predominantemente de clase media y devotos de la alta cultura germánica, no tenían casi nada en común con los judíos del «Este» atrasado, que les parecían la encarnación de algún embarazoso yo anterior. Ellos pensaban que había que dejar de comportarse como campesinos, o en este caso dejar de actuar como los habitantes de los shtetls, los pueblecitos judíos de Rusia, un punto de vista que compartían con la burguesía de todas partes en una época sin inhibiciones contemporáneas en cuanto a enseñar a la gente una conducta decorosa. Puede que los judíos alemanes creyesen también que su propia autoimagen cuidadosamente construida de refinada contención corría cierto peligro por culpa de aquellos inmigrantes no reconvertidos. Las tentativas de privar del derecho de sufragio y de representación pública a los judíos orientales se debían también al temor a que la ortodoxia o el sionismo pudiesen ganarle la partida a la oligarquía liberal judía arraigada de Alemania. Cuando las autoridades prusianas de Recklinghausen intentaron garantizar el derecho de sufragio de los judíos orientales, los judíos liberales hablaron sombríamente de «hordas negras» y de los «hijos de las estepas de Asia».
Pero la «Cuestión Judía» no era el tema más apasionante del momento, y menos aún en los círculos liberales, gentiles o judíos, que tenían otras preocupaciones. Prescindiendo de fanáticos que existen en todas partes y en todas las épocas, la mayoría de los alemanes no dedicaban sus horas de vigilia a pensar en los judíos, aunque una inmensa literatura científica centrada en las relaciones entre alemanes y judíos transmita involuntariamente esa impresión. Había que pinchar a la gente para que se pusiera a pensar en los judíos. La mayoría de los alemanes se interesaban mucho más por cuestiones religiosas y de clase que por el 1 por ciento escaso de su población. Había sectores de la clase obrera que odiaban claramente a los que estaban por encima de ellos; muchos de los que pertenecían a la clase media baja temían hundirse en el proletariado; y algunos sectores de los grandes negocios, aunque no todos, eran hostiles a las organizaciones obreras. Esto no agota, claro está, la gama de animosidades de la Alemania de Weimar, como la de otras partes en esa época, pero indica que una visión judeocéntrica del periodo puede ser exagerada. Los asuntos religiosos tuvieron también gran importancia en ciertos momentos. Un ejemplo de esto fue el fracaso del católico Wilhelm Marx cuando se presentó como candidato a la presidencia en 1925, en que el esporádico anticatolicismo protestante y la irreligiosidad socialdemócrata se unieron a una intempestiva candidatura comunista para privar a Marx de la victoria.
Los dos partidos liberales, el Partido Democrático Alemán (DDP) y el Partido del Pueblo Alemán (DVP), carecían de vínculos confesionales y de raíces regionales y su base social estaba tan fragmentada como las clases medias a las que principalmente representaba. Algunos liberales de izquierdas se consideraban un puente burgués tendido hacia los socialdemócratas; otros, los de la derecha, unían al nacionalismo el dogmatismo de la libre empresa. Los diversos intentos de unir a las dos partes se han comparado a la unión de dos hermanos que no hubiesen conseguido encontrar novia, en una época en la que no se conocían matrimonios de individuos del mismo sexo. Los dos partidos pasaron por periodos de graves tensiones internas: los liberales de derechas, entre los industriales y los seguidores con que contaban entre los asalariados de cuello blanco; los de izquierdas, entre empresarios y hombres de negocios por una parte e intelectuales y pacifistas por la otra. Los estratos a los que intentaban movilizar, que iban desde funcionarios públicos e industriales a campesinos, carecían de cohesión visible, mientras que los grupos de intereses en los que se apoyaban eran con frecuencia antagónicos. A los agricultores que tenían que vender un porcentaje de su cosecha al Estado no les entusiasmaban los «demócratas de asfalto» que eran en parte responsables del inicio de aquella política. Los funcionarios que apoyaban al Partido del Pueblo Alemán no veían con buenos ojos a los dirigentes que pensaban que la economía podía prescindir de los plumíferos que sobraban. Aunque ninguno de los dos partidos creó maquinarias de ámbito nacional, el que los votantes liberales (fuesen académicos, profesionales, campesinos o tenderos) tuviesen un carácter individualista no significaba que la política fuese lo que ocupase siempre su pensamiento como lo más importante. Los dos partidos crearon organizaciones juveniles, pero estas organizaciones fueron perdiendo miembros a medida que avanzaba la década de los veinte.
La derecha conservadora merece atención especial, porque si ella hubiese sido un vehículo más eficaz de la opinión nacionalista tal vez no la hubiese desbordado tan brutalmente por el flanco un competidor extremista: cuando el conservadurismo es fuerte y se siente seguro, no suelen florecer los extremismos marginales. Es un punto que conviene analizar, si tenemos en cuenta que uno de cada tres votantes nazis había desertado de las filas de los conservadores. El Partido Nacional Alemán del Pueblo o SNVP era una coalición inestable de tres partidos de antes de la guerra, con un añadido del sector völkisch que quería hacerlo monomaníacamente antisemita. Incluía elitistas reaccionarios, algunos vinculados aún a un prusianismo estrecho no adulterado por la unión con el resto de Alemania; elitistas que se disfrazaban de populistas y revolucionarios; y un ala socialcristiana, estrechamente vinculada a sindicatos conservadores influida por la «democracia conservadora» de Disraeli. Algunos conservadores deseaban colaborar en el Gobierno para proteger intereses de los hacendados, los industriales y los sindicatos; otros rechazaban cualquier participación en el detestado «sistema» de Weimar.
Los nacionalistas conservadores estaban también divididos a lo largo de líneas generacionales así como por el estilo y la radicalidad temperamental. Los reaccionarios de más edad echaban de menos el viejo imperio; a otros, entre los que se incluían intelectuales más jóvenes, les emocionaban intensamente las posibilidades que habían traído consigo la guerra y la revolución. Algunos de estos brillantes jóvenes, como por ejemplo Edgar Julius Jung, combinaban la inteligencia con el instinto asesino: Jung fue uno de los principales instrumentos del asesinato del separatista renano Josef Heinz. Él mismo sería a su vez asesinado por los nazis. Otros jóvenes nacionalistas conservadores despreciaban menos a la gente corriente que Jung y veían en las clases trabajadoras patriotas y disciplinadas de 1914 y en los soldados-máquinas de las trincheras los instrumentos del futuro. La masa moderna —renacionalizada, pensaban— podría tener sus usos limitados. Podría ser útil para probar lo que pasaba por pensamiento de calidad en aquellos círculos, aunque mucho de ello parezca banal y pretencioso, incluso cuando no era un simple disparate.
Arthur Moeller van den Bruck era uno de los conservadores «jóvenes» de Weimar con mayor influencia, aunque en la década de los veinte era ya un hombre bien entrado en la edad madura. Desertor de la enseñanza secundaria, había abandonado Alemania antes de la guerra para eludir el servicio militar y había andado vagando por Europa gracias a su considerable fortuna personal, idealizando más y más Alemania a medida que pasaba más tiempo alejado de ella. En sus prolíficos escritos Moeller sostenía que el mundo se componía de naciones jóvenes y viejas, una idea de una banalidad asombrosa, y que la joven nación alemana había sido derrotada en 1918 por dos viejas, Inglaterra y Francia, porque éstas habían invitado a unirse a ellas a unos Estados Unidos jóvenes y crédulos. El destino de Alemania estaba ahora con la otra joven potencia del este; antes bien, Alemania debería ocupar una posición a medio camino entre el individualismo liberal de Occidente y el colectivismo eslavo.
Moeller fue la luz guiadora del Juni-Klub, un foro para gente predominantemente de derechas (el nombre conmemoraba el mes de la ratificación del Tratado de Versalles). Personajes de la extrema izquierda flirtearon en ocasiones con el Klub, siendo el más notable de ellos Karl Radek, de la Internacional Comunista, cuando los comunistas estaban centrados en su «línea Schlageter». Moeller dirigió una publicación influyente llamada Conciencia y una serie de seminarios, en uno de los cuales habló Hitler en 1922 como si se tratase de un público de salón de cervecería. Ese mismo año publicó Moller su libro más influyente. En principio pensó titularlo «El tercer partido», pero como esto le sonaba a la misma política que intentaba superar, optó por otro de tono más místico, El Tercer Reich, que evocaba el imperio de los mil años antes del Juicio Final descrito por el místico medieval Joaquín de Fiore. Moeller rechazaba el conservadurismo anticuado y vilipendiaba el liberalismo: «Todo hombre que ya no se sienta parte de una comunidad es en cierta medida un liberal». Creía en una revolución conservadora que reconciliaría a las clases y restauraría la autoridad. Ofrecía la visión de un socialismo nacionalista, bajo un dirigente autoritario, que conduciría a Alemania a una nueva era en la que todas sus contradicciones quedarían superadas para siempre. Este futuro estado final era el Tercer Reich. Aunque Moeller sufrió una crisis nerviosa y se suicidó en 1924, y fue subsiguientemente repudiado por los nazis, había creado un concepto.
Una de las razones de que a los nazis no les interesase Moeller es que no era antisemita. Había otros conservadores que eran aún menos de fiar que él en este punto. Aunque la incorporación del antisemitismo al programa conservador Tívoli de antes de la guerra no había evitado la disminución del voto conservador, los nacionalistas conservadores de posguerra se aventuraron como era de rigor por esta vía. Para ello recibieron ayuda de la Liga Alemana de Combate y Defensa Racial, que se infiltró en ramas locales del partido conservador para forzarlas a introducir oficialmente el antisemitismo en su programa. A partir de 1920 el programa del partido incluyó esta cláusula: «Luchamos en consecuencia contra todo espíritu subversivo antigermánico, ya emane de los judíos o de otros círculos. Nos oponemos expresamente al predominio cada vez más amenazador de los judíos en el Gobierno y en la vida pública desde la Revolución. La afluencia de razas extranjeras a nuestras fronteras debe cesar». Los nacionalistas conservadores no presentaban candidatos judíos, lo mismo que los liberales y el SPD, y aprovechaban gustosos los votos que podía proporcionar un candidato antisemita en las grandes ciudades, pero había límites más allá de los cuales el partido rehusaba aventurarse. Se trazó la línea en lo de prohibir a los judíos pertenecer al partido, lo que condujo al éxodo de la derecha völkisch.
Los conservadores, además de ese celo insuficiente en la «Cuestión Judía», tenían otra desventaja desde el punto de vista nazi. Aunque retóricamente populistas, y a pesar de contar con un número significativo de seguidores en la clase obrera, nunca superaron la imagen de ser un partido que sólo admitía a la gente común y corriente por la puerta de servicio, y no contribuía a disipar esa impresión el hecho de que celebrasen siempre sus mítines en los mejores hoteles de la ciudad (tampoco los nazis hacían ascos al espléndido Hotel Vier Jahreszeiten de Múnich). El puñado de jóvenes conservadores que admiraban a los soldados-trabajadores no podían contrarrestar estas tendencias y, además, hombres como Jung o Moeller eran elitistas intelectuales, chispas brillantes que revoloteaban por los clubes de caballeros más selectos de Berlín. Hasta cuando hablaban para un sector bien dispuesto, como el funcionariado, se las arreglaban para dirigirse a «la aristocracia intelectual y cultural» de sus escalones superiores, excluyendo a la masa de plumíferos rutinarios, de trabajadores ferroviarios y de los servicios públicos. Esta impresión se hizo indeleble a finales de 1926, año en que el DNVP se puso a la cabeza de la oposición a los intentos de comunistas y socialdemócratas de expropiar los bienes de la familia real destronada. A la gente de clase media que estaba en la ruina no pareció impresionarle demasiado la posición política del DNVP en este asunto: «Los Hohenzollern poseían en tiempos 88,5 millones de marcos en hipotecas, dinero en efectivo y valores. Pero, ¿no saben que, exactamente igual que ustedes, perdieron su fortuna con la inflación? Sólo les queda un millón en efectivo. ¿Es demasiado eso para una gran familia de cuarenta y nueve personas?». Es evidente que muchos pensaban que lo era. A principios de la década de los treinta el conservadurismo parecía consistir en poco más que conspiraciones elitistas para arrebatar a las masas el derecho de sufragio y para castrar el Reichstag, dos cosas que difícilmente podían proporcionarle muchos votos.
Fue este aire de hipocresía, privilegio e ineficacia pretenciosa lo que permitió a Hitler desbordar por el flanco no sólo a la «vieja» y la «nueva» derecha, sino a organizaciones rivales völkisch como los pangermanistas, que profesaban por lo demás una ideología similar a la suya, describiendo a sus dirigentes como académicos que tenían buenas intenciones pero estaban chiflados. Como escribió en enero de 1922:
«Los racistas no fueron capaces de extraer las conclusiones prácticas de los juicios teóricos correctos, sobre todo en la Cuestión Judía. De este modo el movimiento racista alemán siguió un proceso similar al de las décadas de 1880 y 1890. Lo mismo que en aquel periodo, su jefatura fue cayendo gradualmente en manos de hombres sumamente honorables pero fantásticamente ingenuos, hombres cultos, profesores universitarios, concejales de barrio, maestros y abogados... en suma, una clase burguesa, idealista y refinada. Carecía del cálido aliento del vigor juvenil de la nación.»
Lo mismo que la retórica de los partidos liberales no impedía a sus votantes desertar en masa para apoyar a partidos más receptivos a sus problemas mundanos, la retórica de los nacionalistas conservadores, monárquica, racista y revanchista no contenía a la corriente de seguidores que les abandonaban para apoyar a un partido que hablaba más directamente de sus intereses en tonos que ellos podían entender fácilmente. De hecho, como los dirigentes conservadores andaban conspirando para hallar medios de excluir una vez más a las masas de la política, los nazis podían presentarse temporalmente como los defensores de derechos democráticos que se habían conseguido en 1918, aunque fuese para acabar aboliéndolos del todo.
El perfil electoral del Partido Nacionalsocialista se ha descrito como el de un partido integrador del pueblo con un acentuado carácter mesocrático, o, menos pretenciosamente, con el perfil de un hombre barrigudo. Dejando a un lado por el momento el notable apoyo que tenían los nazis entre la clase obrera, echemos un vistazo más detenido a esta Mittelstand, una palabra que no se traduce bien como «clase media». Historiadores estadounidenses como Thomas Childers y Larry Eugene Jones han cartografiado diestramente el cese del apoyo a los partidos «burgueses» a raíz de la inflación y la estabilización de la moneda durante el régimen de Weimar. La retórica de partido no significaba nada para un electorado cuyas preocupaciones eran al mismo tiempo materiales y morales: ¿qué utilidad tenía la insistencia de Stresemann en vincular la reconciliación con el exterior y la recuperación de la economía interna del país si se negaba a proteger a los viticultores en su propio distrito electoral de Hesse-Nassau?
Millones de personas prudentes se habían arruinado por la hiperinflación; a otros les habían afectado las austeridades del periodo de estabilización monetaria subsiguiente (aunque hubiese anomalías importantes dentro de las pautas amplias de ganadores y perdedores). Estas ondas de choque resonaban bajo la superficie de la República incluso durante su periodo en apariencia más estable, entre 1924 y 1928. La cifra de funcionarios y asalariados de cuello blanco despedidos alcanzó niveles nunca vistos debido a los recortes del gasto público y a nuevas tecnologías que eliminaron muchas tareas administrativas. Tal vez se quedasen sin trabajo hasta 750.000 empleados del Gobierno y de los estados entre 1923 y 1924, un golpe tremendo para gente que creía pertenecer a una casta con un puesto de trabajo vitalicio. En el sector bancario, que era entonces el más seguro para asalariados de cuello blanco, se esfumaron ciento cincuenta mil empleos. Y habrían de llegar más cosas parecidas.
Los funcionarios alemanes, además de perder las retribuciones simbólicas que les había otorgado el imperio (importantes en una sociedad en la que se detallaban la ocupación y los títulos en la guía telefónica), habían dejado de recibir el sueldo por trimestres y por adelantado, pasando a engrosar las filas de los que recibían un cheque mensual. La diferencia de ingresos de un funcionario y un obrero, que durante el imperio había sido inmensa, disminuyó en una cuantía significativa. Los rumores de que se preparaba una reforma destinada a restringir la titularidad permanente a la elite del escalafón administrativo abrió fisuras internas entre el núcleo central del funcionariado profesional y otros empleados del Estado, y agudizó los resentimientos contra los intrusos con nombramientos políticos. La inflación fomentó la difusión de los grandes almacenes que proporcionaron puestos de trabajo a un pequeño ejército de personal administrativo y de ventas (lo que explica en parte la relativa frialdad hacia el nacionalsocialismo de los empleados de comercio), pero estos establecimientos debilitaron también pequeños negocios del sector servicios que no podían competir. La inflación y las medidas de austeridad redujeron también las fuentes de crédito privadas y de carácter cooperativo, de modo que artesanos y pequeños comerciantes tuvieron que recurrir al mercado industrial de capitales, pese a la disminución del consumo y el aumento de la presión fiscal. Hubo más quiebras, el equivalente mesocrático del paro, en 1924 que en los cinco años anteriores juntos.
La Alemania rural hacía mucho que estaba angustiada por una fuga a largo plazo de la tierra y por la competencia de productos extranjeros más baratos, y la angustia había producido ya retórica romántica y resentida antes de la guerra. Durante la guerra el Gobierno introdujo controles ineficaces que agudizaron las tensiones entre los habitantes de la ciudad y los del campo. Los campesinos empezaron a emular a los obreros socialdemócratas formando asociaciones sindicales. Luego el Tratado de Versalles supuso una pérdida de más del 14 por ciento de las tierras del cultivo del país. Las reformas iniciadas por los gobiernos de posguerra desfeudalizaron las relaciones entre los trabajadores agrícolas y sus patronos introduciendo relaciones contractuales, y la Constitución de Weimar obligó a los terratenientes a hacer un uso de la tierra acorde con los intereses colectivos, distribuyéndose en caso necesario parcelas entre campesinos sin tierra. La inflación permitió a los campesinos liquidar trece millardos de Reichsmarks de deuda, pero se les penalizó retroactivamente con gravámenes e impuestos extraordinarios sobre la propiedad de la tierra, que se estaban utilizando, en su opinión, para subvencionar a los parados y a un ejército creciente de burócratas. También les trató mal la naturaleza. Hubo inundaciones, granizadas y brotes de glosopeda, e incluso una plaga de ratones, mientras un retorno de la filoxera diezmaba las vides híbridas americanas que se habían plantado después de la primera irrupción de la enfermedad. Todo esto significaba que los campesinos no tardarían en volver a estar endeudados, bien para poder pagar los diez impuestos distintos que pesaban sobre ellos (y que no incluían el seguro de paro), bien para poder comprar abonos, maquinaria, semillas y ganado. Al desaparecer el crédito barato a largo plazo, tenían que recurrir a créditos caros a corto plazo. El endeudamiento rural crónico alteró las costumbres relacionadas con la herencia y los viejos campesinos se aferraban desesperadamente a sus tierras, mientras los hijos jóvenes no podían conseguir ya acuerdos monetarios para abandonar rápidamente el nido familiar. Como las posibilidades de trabajo en las poblaciones rurales eran limitadas, estos jóvenes tendían a estar disponibles para crear problemas.
Algunos campesinos estaban más arruinados que otros. Había, por considerar la diferencia más elemental, enormes disparidades entre los tres millones de campesinos con menos de cinco acres y los de las tres mil fincas de más de quinientos. Y el tamaño se traducía en influencia política. Las grandes fincas que producían cereales estaban protegidas por tarifas elevadas sobre el grano importado y, en el este prusiano, por un paquete de subsidios de emergencia de orientación política con un programa geopolítico evidente. Por el contrario, los pequeños productores de carne y lácteos, que no tenían canales directos hasta el presidente, el terrateniente Hindenburg, estaban indefensos contra las importaciones baratas de Dinamarca, Holanda, Francia y Polonia. A los viticultores les afectaban negativamente los acuerdos comerciales con Francia y España que inundaban el país de alcohol barato. En 1924 y 1925 hubo manifestaciones de campesinos en Pomerania, Sajonia y Schleswig-Holstein, mientras que en el Mosela quinientos viticultores se reunieron en Bernkastel y, acompañados por las sombras de las protestas campesinas anteriores, se dirigieron tras una bandera negra a saquear las aduanas y las oficinas del fisco.
La estabilización de la moneda también perjudicó a los que tenían propiedades, a los pensionistas y a los pequeños rentistas. Los dueños de inmuebles que habían liquidado sus hipotecas durante el periodo de inflación se vieron sometidos a controles sobre las rentas. Individuos que habían invertido un dinero duramente ganado en bonos, papel del Estado o cuentas de ahorro, y entre los que se incluían muchos ancianos, vieron esfumarse sus ahorros. Gente bien venida a menos se hallaba a merced de burocracias de la seguridad social insensibles, que parecían obsesionadas con los problemas de los jóvenes. Los ancianos iban ya camino de convertirse en una carga para la gente más joven. Los acreedores que pretendían conseguir una revaluación de las deudas en oro en vez de en papel moneda devaluado se quedaron estupefactos cuando el Gobierno prescindió del Parlamento y utilizó el Tercer Decreto Fiscal de Emergencia de 24 de febrero de 1924 para revaluar las deudas en papel al 15 por ciento de su valor en marcos oro, eximiendo la deuda del Estado del proceso sine die. Los nacionalistas conservadores intentaron explotar el descontento pidiendo una revaluación del 25 por ciento, pero esto era una traición evidente a las demandas originales del 100 por ciento de un partido forzado por los intereses de los grandes negocios a apoyar la legislación revaluadora.
Muchas personas de clase media víctimas de la inflación y de la estabilización se enfurecieron hasta el punto de amenazar con hacerse comunistas, pero lo que en realidad hicieron fue pasarse a partidos que defendían sus intereses y que representaban sus pequeñas voces en medio de la cacofonía de los representantes del gran capital y de las grandes asociaciones obreras. La absurda amenaza retórica de hacerse comunistas era inquietante, sin embargo, ya que indicaba la profunda desesperación de la clase media. Muchos de estos votantes de clase media empezaron a oscilar entre partidos liberales, conservadores y de intereses especiales hasta que la decepción les condujo a una alternativa mucho más radical. Los partidos locales y los que representaban intereses especiales no eran nada nuevo en el escenario político del país. En 1919 habían presentado candidatos a la Asamblea Nacional unos veintinueve partidos de este tipo que habían obtenido entre todos un 2 por ciento de los votos. En 1924 obtuvieron el 8 por ciento, superando a los liberales de izquierdas y alcanzando casi al DVP de Stresemann. Miembros enfurecidos de las clases medias hallaron nuevos hogares políticos a mediados de la década de los veinte, entre los que figuraban, a nivel nacional, el Partido de la Economía de la Clase Media (WP); el Partido del Reich para el Derecho del Pueblo y la Revaluación (VRP), más conocido como Partido de la Justicia del Pueblo; el Partido de los Campesinos Alemanes (DB) y el Partido Nacional Cristiano de Agricultores y Ganaderos (CNBLP). Había diversos partidos regionales, como los Güelfos Hannoverianos, pero la lealtad a una dinastía era menos evidente que el odio a Prusia, y sobre todo al Berlín «rojo». En 1926, en unas elecciones estatales en Sajonia, dos de estos pequeños partidos obtuvieron unos resultados sorprendentemente buenos, mientras que el voto de liberales y conservadores descendió aproximadamente un 40 por ciento. En las elecciones de mayo de 1928, los partidos escindidos consiguieron un 14 por ciento de los votos, superando a los obtenidos por todos los liberales e igualando a los conservadores. No podía ser más deslumbrante su crecimiento desde principios de la década de los veinte. Antes de que se iniciase la Gran Depresión, aproximadamente un tercio de los votantes de clase media habían abandonado los partidos burgueses tradicionales porque no utilizaban ya la retórica correcta en las cuestiones que les interesaban a ellos.
Estos partidos escindidos eran muestra del activismo de las clases medias alemanas. Estaban decepcionadas con los partidos «burgueses» tradicionales, que parecían estar demasiado preocupados por la lucha del gran capital contra las organizaciones obreras, un choque de titanes en el que los campesinos y empresarios y negociantes modestos apenas si tenían importancia. Como había dicho el Partido de la Economía: «Los grandes negocios y el marxismo se esfuerzan ambos por aniquilar a la Mittelstand». La defensa de los propios intereses se disfrazaba de moralidad y patriotismo, pues estas gentes creían sinceramente poseer virtudes excepcionales (honradez, decencia, lealtad, prudencia, sentido de la responsabilidad, etcétera). Y ser el cimiento firme de la sociedad sobre el que «se apoyaba el Estado». Se consideraban un estamento más que una clase. Los pensionistas y los veteranos de guerra podían también hacer brotar las lágrimas. Querían «justicia»; una disminución drástica de la administración, de los impuestos y de la seguridad social; un Estado fuerte; y una alternativa profesional o corporativa al parlamento. Querían además, sobre todo, aislarse frente a cambios cuyo control quedaba en muchos casos fuera del alcance del gobierno.
Los campesinos eran el sector más militante de este estrato, y a veces recurrían a la acción directa, incluidos el asesinato y las bombas, contra personas a las que consideraban enemigos. Los campesinos creían ser tan vitales para la economía y la sociedad como la clase media, un punto de vista que las políticas comerciales imperantes parecían pasar por alto con tal de conseguir alimentos baratos para los trabajadores urbanos. Ellos querían que el Estado protegiera una versión romántica de la vida rural, pero su propia práctica era absolutamente moderna: la tierra cambiaba de manos como cualquier otra mercancía; los campesinos tomaban dinero prestado y empleaban trabajadores y maquinaria que ahorraba mano de obra. Pero procuraban también preservar una forma de vida tradicional que estas prácticas solían debilitar. Querían los beneficios del capitalismo y que el Estado les aislase de sus consecuencias y sus riesgos. Esto era tan inaceptable entonces para la mayoría de la gente como lo es hoy.
La militancia rural de base era en parte expresión de una gente habituada a la cooperación (bien a través de familias ampliadas o de cooperativas rurales) que no disponía de ninguna estructura para defender colectivamente sus objetivos. La Liga Nacional Rural era ineficaz y carecía de la influencia política de la difunta Liga Agraria de antes de la guerra, al menos en lo referente a los pequeños criadores de cerdos, menos afortunados que los grandes productores de cereales. Las deudas y los impuestos, además de los desastres naturales, radicalizaron enormemente a la comunidad campesina. Aunque el problema de las deudas afectaba sobre todo a las grandes propiedades, pronto se propagó a propietarios más modestos. Las subastas y ejecuciones forzosas se convirtieron en un hecho corriente: hubo más de diez mil subastas de propiedades agrícolas de menos de cincuenta acres sólo en 1931-1932. Estas subastas se convirtieron en el blanco de campesinos furiosos, lo mismo que las aduanas y las oficinas de Hacienda donde se guardaban las pruebas de sus deudas (lo mismo que los campesinos medievales rebeldes habían hecho hogueras en otros tiempos con los registros señoriales). El activismo se propagó a Baviera, Renania, Hesse, Pomerania, Schleswig-Holstein y Württemberg. A principios de 1928 treinta mil campesinos se manifestaron en Oldenburg; cuarenta mil en Stuttgart; y ciento cuarenta mil en las ciudades de Schleswig-Holstein.
Había diferencias sutiles entre cada epicentro regional de protesta rural. En Schleswig-Holstein la acción directa adquirió forma terrorista, con una campaña de bombas contra oficinas del Gobierno. En la novela de Hans Fallada Bauern, Bonzen und Bomben se ofrece una versión aséptica de las acciones de los campesinos. Schleswig-Holstein era una región fronteriza, cuyos habitantes consideraban que Prusia se los había anexionado en 1866. Las organizaciones paramilitares y völkisch, incluidos los nazis, florecieron allí durante el periodo de Weimar. Como en la zona eran relativamente débiles los grupos de presión agrarios, no había nada que actuase como barrera entre el campesinado y los aviesos agitadores políticos.
Los grupos de presión agrarios fueron, sin embargo, los que dirigieron el radicalismo campesino en Brandemburgo, Pomerania y Turingia, aunque esos grupos acabaron después nazificados. En la Alemania meridional y occidental, sacerdotes y también el Partido Católico del Centro, y su equivalente bávaro, dirigieron muchas protestas rurales, mientras recordaban simultáneamente a los campesinos que su sector no era el único de la sociedad que tenía problemas. Era sintomático de la micropolítica agraria el que fuese infinitamente fisípara. Los viticultores del Mosela, por ejemplo, estaban divididos entre los que cosechaban vinos de vides del país de alta calidad y los que cultivaban vides híbridas americanas que daban vino para el sector más barato del mercado. Estos conflictos debilitaban a menudo la homogeneidad de sus propias asociaciones agrícolas.
Éstas son sólo indicaciones de las fracturas que existían dentro de la sociedad alemana. Se trataba en parte de determinantes estructurales de un país enorme a caballo entre mundos diversos y dividido por diferencias confesionales. Pero podrían decirse cosas parecidas de muchos otros países que también estaban divididos por las creencias religiosas y en los que había grandes diferencias entre las zonas metropolitanas y periféricas. El Berlín «rojo» tenía sus equivalentes en el Madrid «rojo» y la Viena «roja». Los problemas económicos y las tensiones políticas estaban desgarrando la República de Weimar y los partidos políticos eran incapaces de trascender sus entornos respectivos. Las personas cuya experiencia de posguerra era de caos y de desastres era lógico que deseasen seguridad y predecibilidad de los acontecimientos. Prácticamente todos los partidos, incluida la derecha socialdemócrata, participaban de la retórica de una «comunidad nacional», con alguna forma de colectivismo autoritario como la solución ideal para las divisiones de Alemania.
Pero no conviene exagerar la significación de estas divisiones. Ya se ha indicado antes que la República de Weimar padeció de una forma de déficit simbólico. Esto demostró ser falso en un aspecto. En 1925 murió el presidente Ebert. Fue uno de los personajes más decentes del periodo y el primer dirigente socialdemócrata que demostró poseer cualidades de estadista. Fue elegido para sucederle un personaje militar muy anciano y muy reaccionario, el mariscal de campo Paul von Hindenburg, en vez del católico liberal Wilhelm Marx, al que habían apoyado los votantes socialdemócratas, aunque no le apoyase todo el partido. Pese a que el comunista Ernst Thälmann no obtuvo más que el 6,4 por ciento de los votos, esto bastó para que Marx no obtuviese una mayoría. Como decía un titular de un periódico liberal: «Hindenburg por la gracia de Thälmann». La derecha mostró en esta ocasión una coherencia impropia de ella. Las celebraciones de la victoria fueron sonadas y en ocasiones violentas, como cuando miembros del Stahlhelm se dedicaron a pegar a los socialistas y a apedrear las ventanas de las oficinas del SPD. Hindenburg era popular en un sentido en el que no lo había sido el socialdemócrata Ebert, incluso en sectores como los estibadores de Kiel, y el 3 de octubre, día de su santo, se convirtió en ocasión para recordar anualmente una «Alemania real» por debajo de la transitoria República de Weimar.