Glosario

GLOSARIO

Einsatzgruppe: Grupo de Acción, mayor que el Einsatzkommando.

Gestapo: Geheime Staatspolizei. Policía Secreta del Estado, también llamada Staatspolizei o Stapo.

Kripo: Kriminalpolizei. Policía Criminal, de paisano.

Luftwaffe: Fuerza Aérea.

NSDAP: Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes, Partido Nazi.

OKW: Oberkommando der Wehrmacht, Alto Mando de las Fuerzas Armadas.

RSHA: Reichssicherheitshauptamt. Oficina Central de Seguridad del Reich, fundada en 1939. Aglutinaba a la Gestapo, la Kripo, el SD y otras organizaciones policiales.

SA: Sturmabteilung. Sección de Asalto; los «camisas pardas» nazis.

SD: Sicherheitsdienst. Servicio de Seguridad del Partido Nazi.

Sipo: Sicherheitspolizei. Policía de Seguridad, fundada en 1936. Estaba compuesta por la Gestapo y la Kripo.

SS: Schutzstaffel. Brigada de Protección; los «camisas negras» de Himmler.

Wehrmacht: Fuerzas Armadas.

WVHA: Wirtschafts- und Verwaltungshauptamt. Oficina Central de Administración y Economía; departamento de la SS creado para organizar y administrar los campos de concentración.

INTRODUCCIÓN

NÚREMBERG: VOCES DEL PASADO

Por Robert Gellately

Cuando Estados Unidos entró en la II Guerra Mundial, el estadounidense Leon M. Goldensohn trabajaba como médico y psiquiatra. En 1943 ingresó en el Ejército estadounidense. No tardó en ser destinado a Francia y a Alemania, donde intervino en diversas batallas del teatro de operaciones europeo. Al poco de terminar la guerra, fue nombrado psiquiatra de la prisión de Núremberg, ciudad donde se juzgó a los criminales nazis de mayor relevancia. Goldensohn llegó a Núremberg a primeros de enero de 1946, esto es, a las seis semanas de haber comenzado el proceso, y allí permaneció hasta últimos de julio del mismo año. Como psiquiatra, su labor consistía en mantener la buena salud mental de los veintiún dirigentes nazis que, tras sobrevivir a la guerra, se debatían por sus vidas ante el Tribunal Militar Internacional. Además, cumpliendo con sus funciones como médico, visitaba a los prisioneros casi todos los días y mantenía una atenta vigilancia de sus problemas de salud. En los siete meses que pasó en la cárcel de Núremberg, conversó regularmente con muchos de los veintiún encausados que aún vivían cuando él llegó y llevó a cabo numerosas entrevistas oficiales y exhaustivas con la mayoría de ellos. Además, entrevistó a gran número de testigos de la defensa y de la acusación, algunos de los cuales también habían desempeñado un papel relevante en el régimen nazi.

Esta obra pone por primera vez al alcance del lector una amplia muestra de las entrevistas que Goldensohn realizó durante el tiempo que permaneció en Núremberg. Estas entrevistas suponen una aportación significativa a la historia del proceso y del Tercer Reich y son únicas en la medida en que fueron realizadas de manera sistemática y por un psiquiatra cualificado y porque ofrecen un nuevo testimonio de la idiosincrasia y motivos de los grandes perpetradores de los crímenes nazis.

TRASFONDO DEL PROCESO DE NÚREMBERG

El proceso de Núremberg vio la luz a pesar de un sinnúmero de trabas políticas y judiciales, pero hoy constituye, para muchos, un hito en la historia del derecho internacional. Sin embargo, aquel juicio no era en absoluto inevitable y pudo no llegar a realizarse. Durante la guerra, a medida que los dirigentes aliados iban conociendo la enormidad de las atrocidades nazis, el presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, el primer ministro de Gran Bretaña, Winston Churchill, y el secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, Josif Stalin, consideraron en uno u otro momento que la ejecución sumaria era la respuesta más apropiada a los crímenes nazis.

Al parecer, fue el ministro de Asuntos Exteriores soviético, Viacheslav Mólotov, quien, el 14 de octubre de 1942, sugirió la idea de los juicios. Ese día, Mólotov se dirigió por carta a varios gobiernos de Europa oriental en el exilio, que residían en Londres, para comentarles que Moscú se inclinaba por juzgar a los mandatarios más eminentes del «criminal Gobierno hitleriano» ante un «Tribunal internacional especial»[1]. Evidentemente, el Gobierno de Moscú estaba molesto con el hecho de que Gran Bretaña no quisiera juzgar a Rudolf Hess, el lugarteniente de Hitler que había aterrizado en Escocia en mayo de 1941, y temía que sus aliados pudieran cerrar algún tipo de trato con Alemania. Por su parte, los Aliados occidentales dedicaban poco tiempo a pensar en un lejano proceso judicial posbélico y continuaban inclinándose por algún tipo de ejecución sumaria. Ganar la guerra era su prioridad inmediata.

Finalmente, el 1 de noviembre de 1943, los tres aliados emitieron un comunicado conjunto sobre el posible destino de los criminales de guerra. El comunicado lleva el nombre de «Declaración de Moscú» y afirmaba varios principios generales. Estipulaba, por ejemplo, que aquellos que hubieran cometido crímenes de guerra serían trasladados a los mismos lugares donde los habían perpetrado, a fin de que fueran «juzgados en el lugar de los hechos». El juicio y la sentencia seguirían las leyes aplicables en cada territorio. Sin embargo, los criminales de guerra de mayor relevancia recibirían un trato distinto, ya que sus crímenes no se circunscribían a una región geográfica determinada. Pero la Declaración de Moscú dejaba en el aire el destino de esos hombres y no precisaba si habría juicios o ejecuciones sumarias[2].

La opinión de Churchill sobre los juicios distaba mucho de ser favorable. El primer ministro británico pensaba, como manifestó en la reunión previa a la Conferencia de Teherán que su gabinete celebró a puerta cerrada el 10 de noviembre de 1943, que lo más pertinente sería elaborar un breve listado de criminales de guerra. Parecía creer que ocuparse de los miembros de ese listado de manera sumarísima podría acortar el conflicto siempre y cuando esos individuos se convirtieran en figuras aisladas dentro de su propio país. Esta estrategia evitaba a los Aliados todo enredo innecesario en un procedimiento legal. El propio Churchill estaba a favor de reunir en ese listado a un número indeterminado de dirigentes nazis que podría estar entre las cincuenta y las cien personas. En cuanto un comité de juristas de varias nacionalidades revisase ese listado, los hombres que figurasen en él serían declarados «fugitivos» de la justicia y cualquiera que quisiera matarlos quedaría autorizado a hacerlo. Churchill opinaba que, si en verdad era necesario formar un Tribunal para los mayores criminales de guerra nazis, su labor debía limitarse a verificar la identidad de los «forajidos»[3].

Una de las charlas más reseñables sobre el tema de las ejecuciones sumarias tuvo lugar en la Conferencia de Teherán, que Roosevelt, Churchill y Stalin celebraron entre el 28 de noviembre y el 1 de diciembre de 1943. En la cena del día 29, Stalin dejó escapar la sugerencia de que, si hacia el final de la guerra conseguían rodear a cincuenta mil oficiales del Ejército nazi y los aniquilaban, acabarían con el poder militar de Alemania de una vez para siempre[4]. Churchill quedó atónito ante la cifra de las ejecuciones propuesta por Stalin y afirmó, sencillamente, que ni el Parlamento ni el pueblo británicos aceptarían jamás una ejecución en masa de esas dimensiones. Roosevelt, en cambio, recibió mejor la iniciativa de Stalin. Cuando Churchill manifestó su enfado (eso es al menos lo que, más tarde, el propio Churchill recordaría), el presidente estadounidense sugirió que los Aliados deberían ejecutar no a cincuenta mil oficiales, sino tan sólo a «49.000». Elliott Roosevelt, hijo del presidente, que se encontraba presente en la cena, añadió que estaba seguro de que el Ejército estadounidense «apoyaría» esta medida[5].

La deriva que tomaba la conversación le incomodó tanto, que Churchill optó por abandonar la cena. Stalin fue a buscarle y, sin perder el tono jovial de la noche, le aseguró que, por supuesto, su propuesta no era más que una broma. Sin embargo, si consideramos lo que posteriormente se dijo en algunos círculos y tenemos en cuenta que Stalin ya había instigado la aniquilación de miles de sus conciudadanos e, incluso, de muchos miembros del cuerpo de oficiales soviético, hay motivos para sospechar que, en el caso de que Churchill se hubiera mostrado de acuerdo, aquella noche se habría tomado una decisión definitiva. Que esta decisión hubiera culminado o no con un enorme número de ejecuciones queda abierto a la especulación y al debate. Ciertamente, Churchill nunca supo si, aquel día en Teherán, Stalin y Roosevelt le estaban tomando el pelo o no. Aunque aceptó las disculpas del dirigente soviético y volvió a la mesa, no quedó «completamente convencido de que aquello sólo fuera una broma, de que no hubiera una propuesta seria detrás»[6].

En el seno del Gobierno de Estados Unidos existía una profunda disensión acerca de qué debía hacerse con los crímenes de guerra nazis. Una de las voces más destacadas en favor de las ejecuciones sumarias y en contra de un proceso judicial de cualquier tipo era la de Henry Morgenthau, secretario del Tesoro, que el 5 de septiembre de 1944 propuso un plan que habría neutralizado a Alemania definitivamente. Morgenthau deseaba que, dentro de este plan, los dirigentes nazis fueran ejecutados sumariamente y en un número que estaba más próximo a la cifra mencionada por Stalin en Teherán que a la mucho más «modesta» que Churchill tenía en mente. Por fortuna, Henry L. Stimson, el secretario de Guerra, enarboló la voz de la razón en el bando estadounidense.

Stimson, que contaba a la sazón setenta y seis años, se negaba a apoyar la desindustrialización o destrucción de la economía alemana para, supuestamente, salvar al mundo de una nueva guerra y se oponía al trato que Morgenthau proponía dar a los criminales de guerra. Insistía, por el contrario, en la necesidad de un proceso judicial ortodoxo que tendría que cumplir con «los aspectos más básicos de la Declaración de Derechos». En un memorando del 9 de septiembre de 1944, advirtió con acierto que el dilema no consistía en saber si había que ser duro o blando con Alemania, sino en encontrar un método adecuado para ocuparse de los criminales nazis. Ese método debía ser consecuencia de «una planificación cuidadosa y de un procedimiento bien definido». En su opinión, Estados Unidos debía participar en algún tipo de tribunal internacional que procesase a los principales dirigentes nazis por violar «las estipulaciones que figuraban en las Normas de la Guerra» y por «haber cometido crueldades gratuitas e innecesarias durante el desarrollo del conflicto». Añadía que esas Normas habían sido refrendadas por el Tribunal Supremo de Estados Unidos y, por tanto, debían constituir «la base de toda acción judicial contra los nazis»[7].

Sin embargo, y para consternación de Stimson, Roosevelt continuaba alineándose con Morgenthau —de quien, por lo demás, era amigo personal— y optaba por las ejecuciones sumarias —que, sin juicio previo, tendría que llevar a cabo el Ejército—. De hecho, y a raíz de la Conferencia de Quebec (11 de agosto de 1944), Roosevelt y Churchill hicieron una declaración pública que calificaba de inapropiado el procesamiento de «archicriminales como Hitler, Himmler, Göring y Göbbels». La declaración decía lo siguiente: «Aparte de las formidables dificultades que supone la constitución del Tribunal, la formulación de los cargos y la recopilación de pruebas, el destino [de los dirigentes nazis] es una cuestión política, no judicial. La decisión final sobre un asunto como éste, que es del mayor y más relevante carácter político y público, no puede residir en unos jueces, por eminentes que sean o por muy capacitados que estén. La resolución debe ser «decisión conjunta de los gobiernos aliados». Esto, en realidad, ya quedó expresado en la Declaración de Moscú»[8].

Roosevelt y Churchill llegaron a la conclusión de que, teniendo todas las circunstancias en cuenta, lo mejor sería ejecutar sin juicio previo a ciertos dirigentes nazis, punto de vista que, según les parecía, Stalin también compartía. Durante la visita que realizó a Moscú en octubre de 1944, sin embargo, Churchill se quedó muy sorprendido al saber que Stalin había cambiado de opinión. El líder soviético y otros mandatarios de Moscú apoyaban ahora la celebración de un juicio según las directrices marcadas por un tribunal internacional, que era lo que en un principio había sugerido Mólotov. Es también posible que en cuanto Stalin se percató de que Churchill jamás se avendría a la ejecución de decenas de miles de oficiales y mandatarios alemanes, cediera ante la idea de someter a juicio a los criminales de guerra nazis más relevantes, juicio que podría aprovechar a efectos propagandísticos. También es posible, además, que pensara que, si optaba por un proceso judicial, podía sacar brillo a la empañada imagen que de él se tenía en Occidente[9].

Entretanto, los soviéticos tomaban ya iniciativas para saldar cuentas con los invasores. En el verano de 1943, y mientras liberaban su tierra del yugo nazi, llevaron a cabo los primeros juicios, incluidos algunos en que resultaron inculpados, por participación en los crímenes nazis, algunos de sus conciudadanos. En el primero de tales procesos, celebrado en Krasnodar entre el 14 y el 17 de julio de 1943, los soviéticos dieron a conocer ante la opinión pública mundial uno de los primeros casos de asesinato en masa de judíos. Se dictaron ocho sentencias de muerte que se ejecutaron en la plaza mayor de la ciudad y ante una multitud de aproximadamente treinta mil personas[10]. En agosto y septiembre se produjeron nuevos juicios en suelo soviético, si bien fueron de menor calado, pero entre el 15 y el 18 de diciembre tuvo lugar en Járkov otro gran proceso público con un resultado similar: los culpables fueron ahorcados en la plaza del mercado ante unas cincuenta mil personas. El acontecimiento recibió amplia cobertura, con noticieros cinematográficos especiales y menciones y artículos en las radios y en la prensa. A algunos observadores occidentales, estos procedimientos les recordaban los juicios ejemplares de finales de los años treinta, que constituyeron uno de los rasgos definitorios del Gran Terror soviético. Los soviéticos utilizaron estos primeros juicios de simpatizantes nazis para apelar a la opinión pública mundial y reforzar la moral. Esta práctica, por lo demás, apoyaba más a aquellos que defendían algún tipo de proceso frente a los que optaban por la ejecución sumaria de los criminales nazis. La intención del Gobierno soviético, por supuesto, era aprovechar los procedimientos judiciales para demostrar la culpabilidad de los acusados.

Los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña mostraron su preocupación ante estos juicios celebrados a pocos kilómetros del frente. Les inquietaba sobre todo que provocaran las represalias nazis y dieran pie a la ejecución de los prisioneros de guerra británicos y estadounidenses que se encontraban en manos de los alemanes. De hecho, Hitler reaccionó con furia y, como respuesta, ordenó sus propios juicios ejemplares, aunque no de prisioneros de guerra soviéticos, sino de lo que llamó «criminales de guerra angloamericanos» y, más especialmente, «bombarderos terroristas anglosajones»[11]. Las órdenes de Hitler se obedecieron, pero acabaron en nada, como sucedió en el periodo final de la guerra con tantas de sus instrucciones más destructivas.

Alentado por Stimson, el Gobierno estadounidense fue aceptando poco a poco que un proceso judicial era preferible a las ejecuciones sumarias. Pero Stimson no podía limitarse a manifestar su oposición a Morgenthau, quien, al parecer, contaba con el apoyo del presidente Roosevelt, y tenía que presentar una alternativa. En septiembre de 1944, encargó la tarea de buscar esa alternativa al subsecretario John J. McCloy, que a su vez delegó la petición, siguiendo la cadena de mando. Finalmente, el coronel Murray C. Bernays elaboró lo que habría de ser un documento clave en la evolución de la política estadounidense.

Bernays, que había ejercido como abogado en la vida civil, redactó un documento que llamaba «proceso a los criminales de guerra europeos» y en el que aportaba argumentos muy sólidos a favor de un proceso judicial ortodoxo. Afirmaba que un juicio ofrecía enormes ventajas frente a la solución adoptada al terminar la guerra anterior, es decir, la mera condena política. Sostenía que a los nazis se les podía y se les debía acusar de conjura para cometer actos criminales. Además, argüía que podía acusarse a ciertas organizaciones (como el Partido Nazi, la Gestapo y la SS) y no sólo a unos cuantos dirigentes a título individual. Esas organizaciones también podrían ser acusadas del cargo de conjura criminal. No sería necesario inculpar a todos sus miembros, sino sólo a sus «individuos más representativos». En cuanto una organización fuera juzgada y condenada, podría juzgarse por criminal y participante en la conspiración a cualquiera de sus miembros, que pasaría a ser objeto de un proceso sumario que llevarían a cargo los Aliados. No obstante, es importante señalar que, al contrario de lo que algunos encausados manifestaron en sus entrevistas con Goldensohn, el Artículo 10 de lo que acabarían siendo los Estatutos del Tribunal Militar Internacional no declaraba criminal a ninguna organización nazi. La decisión se dejaba en manos del propio Tribunal. Asimismo, no todos los miembros de aquellas organizaciones declaradas finalmente culpables serían considerados criminales de forma automática. Por el contrario, todos ellos tenían derecho a un juicio[12].

La postura de la administración estadounidense en favor de los procesos, junto a la propuesta de culpar de conjura a diversas organizaciones nazis, fue refrendada, además de por Stimson, por Cordell Hull, secretario de Estado, y por James Forrestal, secretario de la Marina. El 11 de noviembre de 1944, los tres enviaron un memorando al presidente Roosevelt a fin de proporcionarle alguna orientación sobre la materia antes de que acudiera a la Conferencia de Yalta, que tendría lugar en fechas próximas[13].

Sorprendentemente, Roosevelt tardó en aceptar el cambio de opinión de sus subordinados. Según parece, en Yalta (7-12 de febrero de 1945), el presidente no mencionó la nueva postura de su Administración. Churchill y él seguían prefiriendo las ejecuciones sumarias, aunque no se tomó ninguna decisión al respecto.

Tal vez fueran Stalin y los soviéticos quienes más hicieron por convencer a los demás Aliados de que «había que proseguir con algún tipo de proceso judicial»[14]. Stimson y algunos otros se esforzaron por convencer al presidente en el mismo sentido. Insistieron en la necesidad de que había que evitar la impresión de que los Aliados buscaban venganza, punto de vista que aceptó el nuevo presidente, Harry S. Truman, poco después de su toma de posesión —Roosevelt había muerto de forma inesperada el 12 de abril de 1945[15]—.

Las demandas de ejecuciones sumarias quedaron en nada, porque Truman se sumó a la postura en favor de un proceso judicial que Stimson, Hull y otros altos cargos estadounidenses defendían desde finales de 1944 y principios de 1945[16]. A lo largo de 1945, los estadounidenses consiguieron convencer a los británicos, que seguían reacios. El 3 de mayo, en una reunión que tuvo lugar en San Francisco, los Aliados occidentales, a los que ya se sumaba la Francia recién liberada, y la Unión Soviética confirmaron el acuerdo de organizar un proceso judicial. Finalmente, el día 8 de agosto y tras varios meses de negociaciones en Londres, concluyeron los estatutos en el que se basaría tal proceso. Estos estatutos detallaban la constitución del Tribunal y los derechos de los acusados. Al mismo tiempo, los Aliados determinaron los cuatro cargos de la acusación: conjura, crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad[17].

Aunque los Aliados habían acordado ya la celebración del proceso, aún les quedaban por superar los últimos escollos. Parte de la dificultad residía en el hecho de que las potencias liberales y demócratas angloamericanas y la Unión Soviética tenían una concepción muy distinta de los juicios. Los soviéticos habían soportado enormes sufrimientos bajo la dominación de sus invasores germanos. Según cálculos conservadores y sin duda fidedignos, la guerra en el frente oriental costó la vida a unos veinticinco millones de personas, en su mayoría civiles [18]. Los dirigentes soviéticos querían que los juicios fueran espectaculares y ejemplares, diseñados para demostrar la «magnitud de la culpa» de los acusados. Con los procesos, cada criminal tendría «su necesario castigo»[19]. Para Estados Unidos y Gran Bretaña, en cambio, del hecho de celebrar un proceso judicial se derivaba la necesidad de que los encausados tuvieran ciertos derechos. Debía garantizarse a todos ellos, por ejemplo, la presunción de inocencia y la posibilidad de ser declarados no culpables de algunos cargos y quedar libres tras la resolución del proceso.

A los Aliados también les resultó difícil llegar a un acuerdo en cuestiones de forma y procedimiento, porque las tradiciones judiciales de Gran Bretaña y Estados Unidos por un lado y del continente por otro son muy distintas. Los dos primeros países tienen un sistema procesal basado en un mecanismo «de contradicciones»: acuden a los tribunales casos relativamente abiertos, es necesario presentar las pruebas ante el juez, y el fiscal y los abogados de la defensa, que se enfrentan ante el Tribunal y debaten el caso, interrogan a los testigos, y a veces también a los acusados, estando, unos y otros, bajo juramento —este procedimiento de careo se conoce en inglés como «contrainterrogatorio»—. En el continente europeo, en cambio, el sistema procesal es más «inquisitorial»: es un magistrado quien lleva a cabo la instrucción del proceso, que consiste en investigar el caso y reunir un informe basado en las pruebas. Cuando los cargos están suficientemente sustanciados, el Tribunal y los encausados reciben sendas copias de ese informe. Durante el proceso, son los jueces quienes deciden si escuchar o no nuevos testimonios. Son ellos quienes hacen preguntas a los testigos, pero rara vez preguntan a los acusados, quienes pueden hacer o no una declaración a la conclusión del juicio. En una de las últimas reuniones previas al proceso de Núremberg, el juez soviético —cuya participación en los tristemente famosos juicios ejemplares celebrados en Moscú a finales de los años treinta era bien conocida en Occidente— preguntó con no poca congoja: «¿Qué quieren decir los ingleses con eso de “contrainterrogar”?»[20].

Los estadounidenses y los británicos consiguieron imponer su procedimiento y lograron lo que en alguna ocasión ha sido calificado de compromiso inteligente con los soviéticos y los franceses. Los acusados, por descontado, no tuvieron voz alguna en las conversaciones previas al proceso. También se les privó de muchos de los derechos más importantes consagrados por la Constitución de Estados Unidos. Se les negó, por ejemplo, el derecho a invocar la Quinta Enmienda, que les habría permitido negarse a responder a cualquier pregunta en el caso de que hacerlo pudiera inculparles. Se les podía interrogar por turnos, y así se hizo, y no podían negarse a testificar.

LOS CARGOS

Los inculpados de Núremberg fueron acusados de cuatro cargos. Los dos primeros fueron motivo de particular controversia entre los especialistas en derecho internacional.

El primer cargo alegaba que los acusados habían «participado como responsables, organizadores, inductores o cómplices en la formulación o ejecución de un plan conjunto o conjura para cometer, o facilitar la comisión de Crímenes contra la Paz, Crímenes de Guerra y Crímenes contra la Humanidad» tal y como éstos aparecían definidos en los estatutos del Tribunal Militar Internacional[21].

El segundo cargo guardaba estrecha relación con el primero e inculpaba a los encausados y a todos aquellos que, a lo largo de los años, habían «intervenido en la planificación, preparación, iniciación y participación en guerras de agresión, guerras que también suponían la violación de diversos tratados, acuerdos y compromisos internacionales». Este cargo, por tanto, condenaba lo que se calificó como «Crímenes contra la Paz» y, evidentemente, debía incluir actos de agresión como la invasión alemana de Polonia del 1 de septiembre de 1939, incluso a pesar de que esta acción de guerra formaba parte, sin ningún género de dudas, de una conspiración llevada a cabo conjuntamente con la Unión Soviética —hecho que nadie mencionó—. El Pacto de No Agresión nazi-soviético del 23 de agosto de 1939 no sólo fue la antesala de la guerra, sino que contenía cláusulas secretas concernientes a la división de Polonia, que la Unión Soviética invadió desde el este poco después de que Alemania lo hiciera desde el oeste.

Los cargos primero y segundo, por tanto, pusieron al Tribunal ante una situación controvertida entre otras cosas porque no se acusaba a la Unión Soviética de «Crímenes contra la Paz» —lo que, en la época, habría sido muy difícil de digerir desde un punto de vista político—. El propio sentido de lo que significa hacer justicia se veía empañado por el hecho de que los soviéticos actuaran como jueces y fiscales. Visto con perspectiva, habría sido mejor no plantear los dos primeros cargos y centrarse en vez de ello en los crímenes de guerra y en los crímenes contra la humanidad.

El tercer cargo acusaba a los encausados de tener «un plan conjunto o conjura para cometer Crímenes de Guerra». La consecución de este plan, se decía, abocaba a la «guerra total», la cual excedía «las leyes y costumbres de la guerra». Más en particular, este cargo se refería a crímenes como el asesinato, la tortura y el maltrato de la población civil, las deportaciones y el uso de mano de obra esclava, el asesinato de rehenes, y el saqueo y la destrucción gratuita de ciudades, pueblos y aldeas.

El cuarto cargo afectaba a los «Crímenes contra la Humanidad», entre los que se encontraban «el asesinato, el exterminio, la esclavización, la deportación y otras acciones inhumanas cometidas contra la población civil antes y durante la guerra». El cuarto cargo se centraba en la «persecución por razones políticas, raciales y religiosas llevada a cabo en relación con la conjura mencionada en el cargo primero y en cumplimiento de ésta».

Ninguno de los acusados ante el Tribunal Militar Internacional lo fue por un cargo específico de persecución y asesinato de judíos. Términos como «genocidio» u «Holocausto» sólo se generalizaron tiempo después. El «Genocidio», término acuñado en 1944 por el jurista polaco Raphael Lemkin, fue calificado como crimen específico en 1948, tras una reunión especial de Naciones Unidas[22]. «Holocausto» ya existía —antes de 1939—, pero el término no se empleó durante el proceso[23]. Ahora bien, las atrocidades sin precedentes que se cometieron contra los judíos en toda Europa sí se mencionaron, aunque de pasada, al tratar los cargos tercero y, sobre todo, el cuarto, en el que se decía que el «asesinato en masa» de judíos había supuesto la muerte de «millones de personas».

Los cuatro cargos suponían acusaciones muy graves, pero casi ninguna de ellas tenía precedentes en la jurisprudencia internacional. Los dos primeros resultaban especialmente problemáticos. En realidad, sin su inclusión y sin el continuo y errado empeño por vincular todos los crímenes de la Alemania nazi a una conspiración general, los juicios habrían sido más fructíferos como base para futuros procesos sobre crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Además, y en un esfuerzo por dar solidez a los cuatro cargos del caso, y en particular al primero —el de conjura—, la acusación exageró la intencionalidad y coherencia de los nazis en la planificación y ejecución de su política. Los juristas estadounidenses se mostraron especialmente entusiastas con el cargo de conjura, el cual, desde cierto punto de vista, podía juzgarse a la luz de las leyes estadounidenses, aunque hasta entonces sólo se hubiera empleado de un modo mucho más limitado. La idea de incriminar a los acusados en una conjura a gran escala era motivo de preocupación para los británicos, pero desde la perspectiva estadounidense tenía la ventaja de unir los abusos de la ley y de los derechos humanos que se habían producido en Alemania antes de 1939 con los crímenes ciertamente más atroces cometidos en el curso de la guerra.

La idea de conjura —que, en realidad, sirvió para dar forma a los cuatro cargos de la acusación— dejaba una puerta abierta a la defensa. Los abogados defensores aprovecharon en efecto cuantas oportunidades se les brindaron para demostrar, no sin cierta plausibilidad, que en el Tercer Reich existía una enorme confusión de autoridad. Afirmaron que el régimen nazi tenía un sistema administrativo y gubernativo caprichoso, incoherente e ineficaz. Entre los acusados, declarar ignorancia se convirtió en moneda corriente, como también aludir a la gran compartimentación de la Administración nazi. Todos aseguraron que sólo tuvieron un conocimiento limitado de cuanto sucedía y negaron toda participación en una conjura de largo alcance.

La acusación, por otra parte, tenía que demostrar que existía un plan definido y que los encausados compartían los mismos objetivos ya desde los inicios del régimen. Su propósito, en efecto, era evidenciar que desde el principio existía intención de cometer crímenes concretos, lo que significaba no sólo planear a largo plazo una guerra de agresión, sino también medidas concretas como la matanza de los judíos. En consecuencia, de igual modo que la defensa se esforzó por disminuir la voluntad de delinquir y conjurar de los acusados, los fiscales acabaron por exagerarla. El propósito de los abogados defensores era describir una imagen de caos administrativo, interminables disputas por el poder y un sistema sin un líder real. Para ellos era lógico insistir en que nadie creía en la ideología nazi ni había leído el libro de Hitler y mucho menos los de Alfred Rosenberg.

Hasta la fecha continúa existiendo entre los especialistas una notoria controversia sobre la naturaleza y extensión del papel de Hitler y sobre sus relaciones con los dirigentes nazis. Hoy, muchos historiadores defienden una interpretación compleja que combina elementos de la acusación y de la defensa[24]. Por otro lado, la imagen de Alfred Rosenberg como el principal «teórico» o «filósofo» del nazismo carece de todo crédito.

El Tribunal Militar Internacional, que finalmente sería responsable de juzgar a los principales criminales de guerra, fue resultado de largos debates políticos y judiciales. Tras la sesión preliminar, que tuvo lugar en Berlín el 18 de octubre de 1945, el proceso se trasladó al Palacio de Justicia de Núremberg, donde las sesiones comenzaron el 14 de noviembre. El juicio principal, incluidas las declaraciones y alegaciones de la acusación y de la defensa, se prolongó durante más de nueve meses: desde el 22 de noviembre de 1945 hasta el 31 de agosto de 1946. El proceso de Núremberg fue una empresa de grandes dimensiones. Había cuatro jueces y cuatro fiscales (con sus respectivos sustitutos) y cada uno de ellos contaba con un equipo propio. Todos ellos pertenecían a las potencias vencedoras: Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética; y también a Francia. El Tribunal celebró 403 sesiones públicas, escuchó a un total de 166 testigos y se basó, literalmente, en miles de declaraciones escritas y cientos de miles de documentos[25]. El proceso fue lento y pesado porque se llevó a cabo en cuatro idiomas y requería un enorme trabajo de traducción para consignar por escrito los testimonios y los contrainterrogatorios, y traducir las declaraciones escritas y el ingente número de documentos. Para dar una idea de la escala de aquellos juicios, la publicación, también en cuatro lenguas, de las trascripciones de sólo una selección de los documentos aportados como prueba ocupó cuarenta y dos gruesos volúmenes[26].

En un principio, los encausados iban a ser veinticuatro, a quienes se tenía por los mayores criminales de guerra del Gobierno nazi en varios terrenos. Entre ellos se encontraban Robert Ley, principal dirigente del Frente del Trabajo, que se suicidó el 24 de octubre de 1945, es decir, poco antes del comienzo de los juicios, y el industrial Gustav Krupp von Bohlen und Halbach, escogido por los Aliados como «representante» de la gran empresa, quien no se encontraba en unas condiciones de salud mínimas para asistir al proceso. Incluido, in absentia, entre las veintidós personas definitivamente imputadas se encontraba Martin Bormann, el secretario personal de Hitler. El Tribunal llevó a cabo sus deliberaciones los días 30 de septiembre y 1 de octubre de 1946. Doce de los acusados fueron condenados a morir en la horca (Bormann, in absentia, Hans Frank, Wilhelm Frick, Hermann Göring, Alfred Jodl, Ernst Kaltenbrunner, Wilhelm Keitel, Joachim von Ribbentrop, Alfred Rosenberg, Fritz Sauckel, Arthur SeyssInquart, y Julius Streicher). De los otros diez, tres fueron declarados no culpables (Hans Fritzsche, Franz von Papen y Hjalmar Schacht), tres fueron condenados a cadena perpetua (Rudolf Hess, Walther Funk y Erich Raeder), dos a veinte años de prisión (Baldur von Schirach y Albert Speer), uno a quince años (Constantin von Neurath) y otro a diez años (Karl Dönitz).

Inmediatamente después de escuchar la sentencia, los abogados de dos de los condenados a la horca (Jodl y Keitel) solicitaron que se concediera a sus clientes la dignidad de una ejecución militar por fusilamiento. El abogado de Raeder también solicitó el fusilamiento en lugar de la condena a cadena perpetua. Las tres peticiones fueron denegadas. El 16 de octubre de 1946, todos los condenados a muerte (con las excepciones de Bormann y Göring) fueron ahorcados. El mariscal del Reich Göring consiguió burlar al Tribunal y se suicidó en su celda poco antes de su ejecución prevista.

LAS ENTREVISTAS DE LEON GOLDENSOHN

Después de que, entre finales de 1944 y comienzos de 1945, el Gobierno de Estados Unidos decidiera que los juicios eran necesarios y preferibles a las ejecuciones sumarias, los estadounidenses adoptaron un papel protagonista. Casi de inmediato, y con el apoyo británico, insistieron en trasladar el lugar del proceso fuera del sector soviético de la Alemania ocupada. La decisión de que ese lugar fuera Núremberg se adoptó a finales de junio de 1945. La ciudad había sido prácticamente arrasada durante la guerra, pero todavía contaba con edificios e instalaciones apropiadas para el juicio[27]. Las potencias ocupantes casi se vieron obligadas a elegir Núremberg. Su nombre estaba asociado a las leyes racistas de septiembre de 1935 y, aparte de esto, la ciudad había sido escenario de las concentraciones anuales del Partido Nazi, en las que cientos de miles de personas se congregaban en la ciudad y la llenaban con su entusiasmo exacerbado por Hitler. Por tanto, que el proceso de los dirigentes nazis derrotados tuviera lugar en Núremberg tenía tanto un valor político como simbólico.

En septiembre de 1945, los fiscales estadounidenses Robert H. Jackson y Thomas J. Dodd eran ya las cabezas visibles de un equipo de doscientas personas. Formaban parte de este equipo funcionarios de justicia y especialistas en campos diversos, así como traductores y taquígrafos. Jackson fue, con mucho, el más activo de los fiscales, seguido del británico sir David Maxwell Fyfe. Los británicos, sin embargo, contaban con un personal no superior a treinta y cuatro personas, y con frecuencia no todas estaban presentes, mientras que los equipos soviético y francés eran aún más reducidos[28]. Los estadounidenses, por tanto, dominaron el proceso en casi todos sus aspectos, y no sólo porque se llevase a cabo en el sector estadounidense de Alemania.

Además del personal médico diverso, en Núremberg, los estadounidenses contaron en casi todo momento con un psicólogo y un psiquiatra. El primer psiquiatra de la prisión de Núremberg fue el mayor Douglas M. Kelley, quien ya había prestado sus servicios en el campo de prisioneros luxemburgués de Mondorf-les-Bains, lugar donde estuvieron internados muchos nazis prominentes y al que los vencedores, no sin ironía, llamaban «Vertedero». Dirigía este campo el estricto coronel Burton C. Andrus, hombre conocido por su férrea disciplina. Otros jerarcas nazis como Albert Speer y Hjalmar Schacht pasaron algún tiempo encarcelados, en condiciones menos rigurosas, en el castillo de Kransberg, cerca de Fráncfort. Este lugar recibía el apodo de «Basurero». Todos los dirigentes nazis fueron interrogados en el Vertedero o en el Basurero, y algunas de las informaciones que revelaron siguen sin conocerse hoy en día. Una selección de este material, la mayor parte del cual no se empleó en los juicios, se ha publicado recientemente[29]. El coronel Andrus y el mayor Kelley fueron trasladados del Vertedero a Núremberg. Kelley asistió al proceso tan sólo el primer mes. Cuando lo abandonó, fue Goldensohn quien ocupó su lugar.

Durante el periodo de encarcelación de los encausados, primero en Mondorf y luego en Núremberg, los centinelas estadounidenses apenas se comunicaron con los prisioneros y se limitaron a mantener una vigilancia permanente para impedir que se quitasen la vida. En un principio, se asignó un centinela para cada cuatro celdas, pero tras el suicidio de Robert Ley en octubre de 1945, el coronel Andrus situó a un soldado ante cada celda. El cometido de este soldado era vigilar a los prisioneros casi sin interrupción a través de los ventanucos que había en la puerta de cada una de las celdas. Antes de entrar en su celda —se encontraban muy separadas unas de otras—, los prisioneros tenían que quitarse el cinturón, los tirantes, los cordones de los zapatos… en definitiva todo aquello que pudiera valer para un suicidio. Los centinelas recibieron órdenes de obligar a los prisioneros a mantener bien visibles la cabeza y las manos, incluso cuando, llegada la noche, intentaban dormir (tenían que hacerlo boca arriba). Los prisioneros estaban aislados casi por completo del mundo exterior y no se les permitía leer la prensa. Todo el correo que recibían, incluso el de sus familiares, pasaba una censura previa y sólo se les permitía abandonar sus celdas a la hora de la comida, para sus ejercicios diarios o para entrevistarse con sus abogados. En estas ocasiones, y siempre que les era posible, los acusados trataban de planear una estrategia común para hacer frente a los fiscales. Por regla general, los centinelas no se comunicaban con los prisioneros, ni siquiera aunque el coronel Andrus hubiera apostado ante las celdas, sin que los acusados lo supieran, a soldados que hablaban alemán. Estos soldados debían informarle de todo aquello que les pareciese sospechoso o pudiera resultar útil en los juicios. Virtualmente, los prisioneros se vieron privados de todo contacto con otras personas y sólo se les permitía ver a sus abogados, así que no es de extrañar que estuvieran deseando hablar con los psicólogos y psiquiatras que trabajaban en la unidad médica del 685º Destacamento de Seguridad Interna (ISD), adscrito a la oficina del fiscal jefe de Estados Unidos en Núremberg. Los médicos tenían acceso a las celdas prácticamente a cualquier hora.

Cuando Leon Goldensohn fue destinado a Núremberg tenía treinta y cuatro años. Goldensohn había nacido el 19 de octubre de 1911 en Nueva York, en 1932 se había graduado en la Universidad del Estado de Ohio y en 1936 se había licenciado en la Facultad de Medicina de la Universidad George Washington. A continuación, estudió neurología en el hospital Montefiore de Nueva York y psiquiatría en el Instituto de Psiquiatría William Alanson White. Al terminar la guerra, el mayor Goldensohn fue destinado al 121º Hospital General de Núremberg y el 3 de enero de 1946 al 685º Destacamento de Seguridad Interna. Ejerció las funciones de psiquiatra de la prisión hasta el 26 de julio de 1946, es decir, hasta poco antes de la conclusión del proceso.

Cuando, en la primavera y el verano de 1945 y a la estela de la derrota de Alemania, se anunció la constitución del Tribunal Militar Internacional, se despertó una enorme expectación por saber qué había impulsado «a esos nazis»[30]. Douglas Kelley habló del «tesoro psicológico» que el psicólogo Gustave Gilbert y él tenían al alcance de la mano y, en principio, concibieron la idea de publicar un libro escrito por ambos[31]. El capitán Gilbert pertenecía a los servicios de inteligencia estadounidenses. Dominaba el alemán y consiguió que le destinaran como traductor al servicio del mayor Kelley. Era también un psicólogo cualificado y no tardó en convencer al coronel Andrus de que le designara psicólogo «oficial» de la prisión de Núremberg. Al parecer, Gilbert era de la misma opinión que Kelley: creía que podía disponer de los criminales nazis como si fueran «ratas de laboratorio»[32]. Además, un sinnúmero de periodistas, psiquiatras y psicólogos de todo el mundo intentaron tener acceso a los prisioneros. Es muy probable que, al igual que Kelley y Gilbert, Goldensohn se convirtiera en la envidia de sus compañeros de profesión y de los periodistas destacados en el proceso, ávidos de entrevistar a los inculpados[33].

El volumen que Kelley y Gilbert proyectaban nunca llegó a concretarse, si bien Kelley publicó su propio estudio en 1947. Continúa siendo una obra útil, aunque con limitaciones, pero lo cierto es que no ha resistido el paso del tiempo[34]. A los pocos meses de la publicación del libro de Kelley, Gilbert también publicó su propia versión del proceso. Estaba escrita en forma de diario, de modo que el lector pudiera seguir el transcurso del juicio a partir de las experiencias y el punto de vista del autor[35].

Goldensohn también tenía intención de escribir un libro. No llegó a hacerlo, pero sí a consignar algunas notas que conservó durante un tiempo. Mecanografió algunas de esas notas poco después de que se celebraran las entrevistas. Leon Goldensohn murió pronto, el 24 de octubre de 1961, a la edad de cincuenta años, de un ataque al corazón, lo que truncó todo proyecto de escritura que pudiera tener. Sin embargo, Eli Goldensohn reunió y organizó los materiales originales de su hermano y supervisó el mecanografiado de los pequeños cuadernos que recogían todas sus notas. El presente volumen supone la publicación de una selección abreviada y editada de algunas de las entrevistas que Goldensohn realizó a diecinueve acusados y a catorce testigos.

Sus notas son muy concienzudas. Estamos, por ello, en deuda con él. Si Gustave Gilbert, el psicólogo, consignaba sus impresiones al final del día y, en este sentido, confiaba sobre todo en su memoria para reconstruir conversaciones e impresiones, Leon Goldensohn, el psiquiatra, insistía en tomar notas muy detalladas durante el transcurso mismo de las entrevistas. Aunque sólo chapurreaba el alemán, algunos de sus entrevistados sabían inglés y pudo conversar con ellos con toda libertad. Sin embargo, y pese al carácter formal de las entrevistas, quería que los acusados y los testigos se expresasen con sus propias palabras, de modo que no dudó en recurrir a los servicios de un intérprete. Consignó con gran detalle tanto sus preguntas como las respuestas de los acusados, que anotaba en el preciso momento en que las escuchaba.

El dominio que Gilbert tenía del alemán tendría que haberle facilitado la conversación con los prisioneros, la mayoría de los cuales eran comunicativos y estaban ávidos de mantener algún contacto con otras personas. Y sin embargo, algunos acusados tenían la sensación de que el psicólogo los odiaba o de que, en todo caso, no les deseaba ningún bien. Uno de ellos afirmó que se burlaba mostrándoles, por ejemplo, fotografías publicadas en la revista Barras y Estrellas en las que aparecían criminales de guerra nazis ahorcados, asegurándoles que a ellos les sucedería lo mismo. Según parece, los prisioneros miraban con mayor simpatía a Goldensohn, a quien consideraban más distante y profesional. En algunas ocasiones, sin embargo, Goldensohn y Gilbert realizaron juntos algunas entrevistas. En estos casos, era el segundo quien hacía las veces de intérprete.

Goldensohn compartía la creencia, generalizada en la época, de que los dirigentes nazis sufrían alguna especie de «patología», y, pese a la amabilidad del trato, estaba especialmente interesado en encontrar una explicación a sus «depravaciones». Nunca pretendió mantener la relación confidencial propia del terapeuta con sus pacientes, algo que, por otra parte, los prisioneros tampoco esperaban. No todos ellos estaban satisfechos con su situación, pero la mayoría parecían resignados a admitir que constituían «material» para varios libros en proyecto. Hoy en día, con nuestra preocupación por la privacidad, habría resultado problemático que un médico, con toda franqueza y en repetidas ocasiones, preguntase a un prisionero lo que pensaba de otro. En ciertas ocasiones, algún entrevistado solicitaba a Goldensohn que mantuviera la confidencialidad de su respuesta, algo a lo que, sin embargo, el psiquiatra no accedía fácilmente. Como otros médicos del equipo estadounidense, Goldensohn consideraba a los prisioneros nazis en primer lugar como sujetos de estudio y sólo muy accesoriamente como pacientes —si es que en realidad esta segunda consideración se le pasaba por la cabeza—. En efecto, en sus notas se refiere específicamente a los «sujetos» de sus investigaciones. Los prisioneros, por otra parte, consideraban sus conversaciones con los doctores como una oportunidad para dar a conocer algunas afirmaciones o puntos de vista que pronto habrían de emplear en su defensa ante el Tribunal. Goldensohn era consciente de ello e incluso lo alentaba. En sus conversaciones con los estadounidenses, los acusados rara vez bajaban la guardia, especialmente a la hora de confesar los crímenes por los que se les juzgaba. Temían que el Tribunal pudiera emplear en su contra todo cuanto dijesen. Algunos prisioneros observaban con recelo a estos profesionales y les acusaban de estar más interesados en reunir material para los libros que deseaban escribir que en darles los cuidados pertinentes[36].

Goldensohn veía a los acusados casi todos los días, pero lo que diferencia su trabajo del de los demás psiquiatras y psicólogos es su contumaz esfuerzo por mantener entrevistas formales y a menudo prolongadas. Consignaba cuanto le parecía de interés humano o psiquiátrico. Gracias a ello, ahora podemos leer lo que los encausados y los testigos opinaban acerca del papel desempeñado por alguno de ellos en cierto acontecimiento concreto, y también todos los detalles relativos a su familia e historial médico. Goldensohn preguntó a los acusados qué juicio les merecían algunos dirigentes, qué pensaban de Hitler, e incluso lo que opinaban unos de otros y de sus crímenes, y qué les había parecido su comportamiento ante el Tribunal algún día en particular. Les sometió a muchas preguntas, a veces hasta que reaccionaban con furia, pese a lo cual, él continuaba insistiendo. Aseguraba que no quería confrontar el testimonio de unos con el de otros, pero, en realidad, durante sus encuentros cara a cara con los inculpados, algunas veces lo hizo. Con frecuencia, insistía en el testimonio de algunos de ellos ante el Tribunal, señalando, por ejemplo, aquellas partes que no le parecían creíbles o que le resultaban difíciles de comprender. En ocasiones, Goldensohn se mostraba menos complaciente de lo que el fiscal había estado durante el juicio.

Normalmente, Goldensohn no registraba en sus cuadernos las conversaciones coloquiales y se limitaba a tomar nota de las entrevistas formales en las que recurría a la ayuda de un intérprete. El hecho de que tomase notas y la presencia de un traductor impedían que los entrevistados se dejasen llevar. En vez de ello, tenían tiempo de sobra para meditar sus respuestas. Pero tal vez fuese precisamente esto lo que pretendía el doctor.

Es esencial no olvidar que todos los encausados sabían que, en aquel proceso, su vida estaba en juego. Como cualquier acusado por un crimen muy grave, aquellos hombres habían decidido exculparse (para al menos una importante tradición filosófica, toda persona, sin importar lo horrendo de sus crímenes, tiene derecho a defender su vida). Para la mayoría de los acusados, que, en esencia, estaban privados de la mayor parte de sus derechos legales (al menos tal como los entiende la Constitución de Estados Unidos), el hecho de que Goldensohn tomase notas durante sus entrevistas debió disparar todas las alarmas. Los encausados no estaban protegidos contra la autoinculpación, ni Goldensohn les entrevistaba en presencia de sus abogados, ni tenían por qué desechar la posibilidad de que podrían verse obligados a responder ante el Tribunal de las palabras que, según las iban pronunciando, el psiquiatra iba consignando en su cuaderno de notas. Esto no ocurrió, pero, como mínimo, no debemos olvidar que los acusados debieron albergar dudas acerca del propósito final de aquellas entrevistas, que, por otra parte, no estaban protegidas por el carácter confidencial de la relación médico paciente. Es posible que Goldensohn se considerase ante todo médico y científico, pero desde el punto de vista de cualquiera de los acusados era uno de los vencedores, mientras que ellos eran los vencidos. Por este motivo, es muy probable que le tratasen como si fuera un miembro más del equipo de la acusación. Él les aseguró que no tenían de qué preocuparse y que podían hablar con toda libertad, pero no pudo darles ninguna base real para que le creyeran.

En general, los acusados trataban de soslayar todas las acusaciones que recaían sobre ellos, y, como uno de ellos sugirió, a veces lo consiguieron. Esto fue, en efecto, lo que afirmó Albert Speer, el arquitecto de Hitler, a quien a menudo se considera el observador más sagaz de todos los acusados. No le agradó que, al término del proceso, Hans Fritzsche, Franz von Papen y Hjalmar Schacht quedaran libres mientras él era condenado a veinte años de cárcel. En su diario consignó: «al final, las mentiras, las ocultaciones y las declaraciones fingidas han dado resultado». Speer se sentía ofendido porque el Tribunal no le hubiera exonerado a él, lo que sin duda no se debió a su falta de habilidad para mentir o encubrir la verdad[37]. A Speer, como sin duda les sucedía a otros acusados, no le agradaban las personas como Goldensohn y Gilbert. Por lo que sabemos, el arquitecto de Hitler se limitó a hacer a Goldensohn poco más que una declaración breve y lacónica (incluida en el presente volumen). Además, acusó a Gilbert de estar «siempre ávido de añadir algo a sus saberes psicológicos». Respondiendo a Gilbert cuando éste le preguntó su parecer sobre la sentencia, Speer mintió: «me parece justa —dijo—. Considerando los hechos, no se podía dictar una sentencia menor. Así que no puedo quejarme»[38]. Sin embargo, a la luz de lo que admitió posteriormente, Speer no decía la verdad. Creía que el Tribunal había sido injusto con él.

Podríamos multiplicar los ejemplos de declaraciones que ocultaron la verdad, pero eso no significa que todo lo que dijeron acusados y testigos no fuera más que un cúmulo de mentiras. En realidad, lo más notable de las entrevistas de Goldensohn es con cuánta frecuencia los entrevistados se manifiestan abiertamente y, a veces, con asombrosa sinceridad. En varias ocasiones, algunos acusados y testigos admiten la comisión de crímenes abyectos, aunque traten de descargar su culpa en otra persona. Sus excusas, razonamientos e intentos por evitar las consecuencias penales de sus actos resultan interesantes por sí mismos. A veces también comprobamos cómo Goldensohn yerra, hasta qué punto no comprende la importancia de algunas informaciones sesgadas o pasa por alto pistas reveladoras. Pese a todo, los acusados dieron a conocer una gran parte de sí mismos y de lo que les atrajo de Hitler y del nazismo.

El editor del presente volumen se puso en contacto conmigo para pedirme que supervisara y preparase una edición de las entrevistas de Leon Goldensohn. Lo he hecho con el mayor cuidado. He enmendado obvios errores de fechas, lugares y cargos, que a veces se encontraban tergiversados, y también erratas en la ortografía de algunos nombres[39]. Goldensohn no llegó a la etapa de revisión de nombres, fechas y datos, de modo que he procurado verificar cuanto me ha sido posible. A veces, al tomar nota de los antecedentes sociales, educativos y militares de un entrevistado, comete errores banales. He corregido deslices siempre que he podido identificarlos, pero no me cabe duda de que el texto todavía mantiene algunas imprecisiones. Confío en que éstas no afecten en lo sustancial a los valiosos testimonios que suponen estas entrevistas.

Siempre que me ha sido posible, he intentado que el texto siga fielmente al original; no obstante, me he visto obligado a introducir numerosos cambios estilísticos a fin de que la lectura resulte más fluida. He suprimido algunas partes con el propósito de evitar repeticiones y redundancias evidentes, lo que solía suceder cuando una sesión se ocupaba de un tema tratado anteriormente. Con el fin de que el resultado final guardase un tamaño manejable, he eliminado entrevistas completas con algunos acusados y con muchos testigos, pero mi intención siempre ha sido la de incluir todo aquello que resultara relevante para la historia. En ocasiones he tenido que hacer cambios sustanciales a fin de mantenerme fiel a la sustancia de lo que los acusados contaban. Hay problemas derivados de las dificultades que entrañaba la traducción de lo que decían los entrevistados y otros debidos a que Goldensohn entendió mal lo que le estaban relatando, como, por ejemplo, en lo relativo al funcionamiento del Estado alemán. Como todo editor, cuando se trataba de resolver cuestiones de interpretación que no quedaban bien definidas, he tenido que confiar en mi discernimiento profesional, que se ha basado en los trabajos de documentación hechos por mí y por otros.

No he intentado corregir todos los errores e inexactitudes patentes que Goldensohn consignó sin darse cuenta. A veces, los entrevistados quitaron importancia a su propio papel o conocimiento de los hechos o, simplemente, trataron de racionalizar los crímenes. Algunos también intentaron minimizar sus delitos y sostuvieron que se limitaban a intervenir en una guerra defensiva o preventiva. Algunos recordaron a Goldensohn lo que los Aliados, y especialmente los rusos, hicieron a los alemanes en la parte final de la contienda. Es imposible ocuparse en detalle de cada uno de estos episodios, pero el lector debe tener presente el problema de las falsedades deliberadas y de las inexactitudes no conscientes.

En las notas proporciono al lector aclaraciones, orientación y referencias. Aporto, cuando lo considero necesario, información básica sobre figuras destacadas y acontecimientos importantes que se mencionan en el texto. Además, atajo las falsedades, negaciones e invenciones más obvias y relevantes o la repetición de mitos o rumores infundados. Las notas también añaden información más detallada sobre algunas cuestiones importantes como, por ejemplo, la toma del poder por los nazis o el número de judíos asesinados.

Algunos entrevistados y el propio Goldensohn mencionan la cifra de cinco millones de judíos asesinados por el Tercer Reich. ¿En qué se basan para dar ese número? En realidad, ésa era la cifra que manejaba la acusación. La siguiente cita, por ejemplo, pertenece a la declaración inicial de Robert Jackson ante el Tribunal: «Se calcula que, de los 9.600.000 judíos que vivían en la Europa dominada por los nazis, perecieron un sesenta por ciento. Faltan 5.700.000 de los países donde residían, pero teniendo en cuenta el índice de mortalidad normal, hay que excluir de la cuenta a más de 4.500.000»[40]. Durante el juicio, la acusación tendió a redondear la cifra de judíos asesinados y a dejarla en cinco millones.

En varios momentos del proceso, en las conclusiones del fiscal Jackson y en el veredicto del Tribunal, se mencionó también la cifra de seis millones de judíos asesinados. Uno de los testimonios más destacados fue el de Wilhelm Höttl. Según parece, en él se apoyó la acusación. Sin embargo, Höttl sólo podía conocer la cuestión a través de terceras personas. Höttl afirmó ante el Tribunal (y lo suscribió en una declaración por escrito adicional) que, a últimos de agosto de 1944, había preguntado a Adolf Eichmann la cifra de judíos asesinados[41]. Eichmann replicó que hacía poco había informado a Himmler de que en torno a cuatro millones de judíos habían sido asesinados ya en los campos y de que otros dos millones habían muerto de varias formas, sobre todo, fusilados. Según los recuerdos de Höttl, Eichmann le había dicho que Himmler suponía que la cifra de judíos asesinados era, en esas fechas, aún mayor. Hoy, muchos historiadores dirían que, para el periodo al que nos estamos refiriendo, es decir, finales de agosto de 1944, las cifras que al parecer dio Eichmann y Höttl repitió ante el Tribunal son sin duda demasiado elevadas.

Diversos historiadores, entre los cuales destaca Raul Hilberg, que ha escrito una obra definitiva sobre la aniquilación de los judíos europeos, sitúan la cifra de judíos asesinados en torno a los 5.300.000[42]. Hilberg sitúa el número de asesinados en Auschwitz en un millón, una cifra escalofriante, pero muy por debajo de la que, ante el Tribunal, manifestó el comandante del campo, Rudolf Höss. Pese a que no resulta fiable, esta cifra —entre dos millones y medio y tres— continúa citándose a menudo, incluso en estudios en apariencia concienzudos sobre Auschwitz[43]. Es necesario que seamos todo lo escrupulosamente exactos que podamos con las cifras a fin de acallar a los revisionistas o a aquellos que niegan el Holocausto.

También se pueden leer las entrevistas de Goldensohn desde el punto de vista de lo que nos revelan sobre la opinión que en aquel tiempo tenían los estadounidenses sobre el nazismo y el Tercer Reich. Goldensohn, por ejemplo, aceptaba sin asomo de dudas uno de los cargos fundamentales de la acusación, es decir, que los nazis se habían embarcado en una conjura de enormes proporciones con la intención de cometer diversos crímenes, incluidos crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad tal y como aparecían definidos en los estatutos del Tribunal. Aceptaba la idea de que con el comienzo del Tercer Reich se había iniciado también una vasta conspiración que se prolongó durante los años que duró la guerra. Hoy en día, pocos historiadores se mostrarían de acuerdo con una interpretación tan «intencionalista» del Tercer Reich y la mayoría suscribe la opinión de que muchas de sus políticas, incluida la de asesinar a todos los judíos de Europa, fueron improvisadas y sólo se decidieron bien entrada la II Guerra Mundial. Hemos tenido mucho más tiempo para investigar los procesos decisorios en el seno del Tercer Reich, pero, aparte de esto, lo cierto es que la mayoría de nosotros tenemos una idea distinta del régimen nazi de la que tenían Goldensohn y sus coetáneos.

Nuevas investigaciones nos han permitido revisar parte de la documentación más relevante presentada en Núremberg bajo una perspectiva generalmente más amplia y en algunos casos nueva. En algunos documentos es posible entender más hoy de lo que, durante el proceso, pudieron entender la acusación o los jueces, que a veces se vieron superados por las circunstancias. Una de las muchas y sagaces tácticas de la defensa fue la de ahogar al Tribunal bajo un mar de documentos, declaraciones y afirmaciones de testigos presenciales[44]. Sólo mucho después hemos podido comprender lo que algunas personas que testificaron ante el Tribunal —y otras repitieron en sus entrevistas con Goldensohn— querían decir cuando afirmaron que los nazis tenían planes para acabar con treinta millones de personas. No habría habido uno, sino varios genocidios[45]. Los documentos más reveladores relativos a estos planes fueron remitidos al Tribunal, pero las verdaderas dimensiones del asunto no se comprendieron.

Aunque Goldensohn mantuvo por regla general un comportamiento neutral durante las entrevistas, no vaciló en dejar muy claras sus opiniones, incluido su profundo escepticismo ante muchas de las explicaciones ofrecidas por los encausados. Como sabemos por otras fuentes, algunas de sus reacciones podían ser ciertamente bruscas[46]. Entrevistó, por ejemplo, a Otto Ohlendorf, que no se encontraba entre los criminales de guerra más relevantes, pero que sí declaró como testigo ante el Tribunal. (Meses más tarde fue juzgado y ejecutado). Ohlendorf había sido jefe del Einsatzgruppe D de la SS, que, según su propio testimonio, fue responsable del asesinato de al menos noventa mil personas, judíos en su mayoría[47]. Este grupo fue uno de los cuatro escuadrones de la muerte de este tipo que los nazis organizaron en Europa oriental, aunque en realidad había muchos más[48]. A Ohlendorf le gustaba considerarse uno de los líderes «intelectuales» del Servicio de Seguridad (SD) y se tenía por un «idealista» y no por un antisemita. Por tanto, se sintió particularmente molesto el día en que Goldensohn le acusó de ser un sádico y un pervertido o un lunático. ¿Qué otra cosa podía explicar, preguntó el médico, que Ohlendorf —un hombre que se jactaba de ser «íntegro e incorruptible»— hubiera ordenado el asesinato de tantos hombres, mujeres y niños inocentes[49]?

Como el lector comprobará a través de las entrevistas, Goldensohn no solía ser tan brusco, aunque, según parece, llegó a Núremberg convencido de que algunos o quizá muchos nazis eran unos sádicos, incluidos aquellos que no intervinieron directamente en ninguna atrocidad. Como entrevistador, Goldensohn, que buscaba respuesta a sus preguntas sobre la naturaleza del nazismo, podía aplicar a veces ciertas técnicas que rayaban en la intromisión. Ciertamente, no vacilaba a la hora de acorralar a los acusados cuando sus respuestas le parecían contradictorias o poco satisfactorias, si bien solía retroceder cuando entendía que se estaba enzarzando en una comprobación demasiado meticulosa.

Con la excepción de Rudolf Hess, y en las etapas finales del juicio probablemente de Hans Frank, podría decirse de los procesados en Núremberg cualquier cosa menos que padecían una enfermedad mental. Lamentablemente, la mayoría de ellos eran personas «normales», quizá demasiado normales, y, excluido Hess, a lo largo de su trayectoria demostraron gran competencia. Según pudo comprobarse, la mayoría eran «buenos padres de familia» y muchos de ellos habían recibido una educación superior o una buena formación profesional. El doctor Gilbert les realizó un examen para medir su coeficiente intelectual que demostró que todos menos uno (Streicher) «poseían una inteligencia superior a la media» —que corresponde a una puntuación de entre 90 y 110 de un examen de CI—. De los veintiún acusados a quienes se hizo el examen, siete dieron una puntuación superior a 130 y dos superaron los 140 puntos[50]. Los antaño todopoderosos «dirigentes del Reich» rechazaban la idea de que sus captores les sometieran a un examen, pero en cuanto éste dio inicio, todos ellos se esforzaron «por hacerlo lo mejor posible a fin de ver confirmada su capacidad»[51].

NÚREMBERG COMO PROYECTO INACABADO

Entre diciembre de 1946 y abril de 1949, se desarrollaron en Núremberg otros doce procesos que suponían la continuación y complemento del primero. Si en el gran juicio inicial los jueces y fiscales pertenecían a las tres potencias aliadas y a Francia, en los juicios que siguieron, Estados Unidos procedió en solitario contra individuos y grupos concretos a quienes se acusó de la ejecución material de los crímenes[52]. Estos procesos posteriores resultaron particularmente importantes para arrojar luz sobre la participación de la sociedad en las violaciones de los derechos humanos y su implicación en los crímenes de guerra y los asesinatos en masa. Luego, a lo largo de los años, en la propia Alemania se llevaron a cabo nuevos juicios en los que las diversas potencias ocupantes —Estados Unidos, Gran Bretaña, la Unión Soviética y Francia— juzgaron a los nazis acusándoles de cargos muy diversos[53]. Los propios alemanes condenaron varios crímenes cometidos durante el Tercer Reich, y aunque la política de los crímenes de guerra era y continúa siendo extremadamente compleja, han continuado haciéndolo de manera intermitente hasta nuestros días[54].

Pese a todo, fue el primer gran proceso de Núremberg contra los mayores criminales de guerra nazis el que conmovió verdaderamente a la opinión pública. Aunque en el transcurso de la II Guerra Mundial los gobiernos aliados habían hecho públicas algunas atrocidades cometidas por los nazis, incluido el asesinato en masa de judíos, existía la tendencia a tachar todo ejemplo de exageración similar a la propaganda desaforada que sobre los alemanes se había difundido durante la I Guerra Mundial. Como poco, por lo tanto, la ingente documentación presentada en Núremberg evidenció de manera patente la existencia de tales atrocidades.

Los ciudadanos, y entre ellos hay que incluir a muchos alemanes, no estaban preparados para lo que se iba a desvelar, pero en su mayoría estaban a favor de los juicios, y aprendieron mucho de ellos[55]. Aún nos resulta difícil creer que la violación de los derechos humanos alcanzara tales extremos, o la escala de los asesinatos, o la magnitud de crueldades indescriptibles.

En general, en Estados Unidos, en Gran Bretaña y en todas partes, los positivistas del derecho han sostenido que los juicios de Núremberg no son válidos porque no se basaron en la legalidad internacional vigente. Los teóricos del derecho natural rechazan esta postura y, por el contrario, insisten en que fueron necesarios en el sentido de que la civilización tenía que protegerse a sí misma ante crímenes que no tenían precedentes. Ambas posturas continúan animando el debate académico y tienen gran importancia cuando se trata de entender cuestiones tan actuales como la polémica suscitada por la creación del nuevo Tribunal Penal Internacional de La Haya[56]. En 1945 se pasaron por alto todas las objeciones filosóficas y legales y los juicios continuaron, que era, más o menos, lo que los pragmáticos del derecho natural deseaban[57].

LAS ENTREVISTAS DE NÚREMBERG,

SU OBTENCIÓN Y CONSERVACIÓN

Por Eli Goldensohn

Leon Goldensohn tomó de su puño y letra extensas notas durante las largas entrevistas que hizo en sus celdas de Núremberg a los prisioneros alemanes. Al cabo de algunos días, aquellas notas se pasaban a máquina. Cuando, en 1946, Leon Goldensohn dejó el Ejército, recogió sus notas y las guardó en el piso de Nueva York donde vivió hasta 1950; y luego en su casa de Tenafly, localidad del estado de Nueva Jersey. Allí seguían estando en 1961, año en que murió.

Irene, la esposa de Goldensohn, conservó los cuadernos de su marido, los folios mecanografiados, las notas de algunas conferencias y otros materiales relevantes, incluida su correspondencia personal.

En 1970, Irene se trasladó a un pequeño apartamento de la cercana localidad de Fort Lee y vendió la mayor parte de su biblioteca a un comerciante de Englewood. En el lote, y sin que ella lo supiera, había varios libros escritos por algunos procesados que Goldensohn adquirió en una tienda de Núremberg. Eran libros autógrafos —algunos autores habían escrito breves dedicatorias a Goldensohn en su interior; otros se habían limitado a firmar con sus nombres—. Más tarde, el doctor John Lattimer, que trabajó conmigo en el Columbia-Presbyterian Medical Center de Nueva York, compró estos libros al comerciante de Englewood. El doctor Lattimer me preguntó si conocía a ese tal «mayor Goldensohn» que aparecía mencionado en los libros. Le aclaré que se trataba de mi hermano y a raíz de ello nos reunimos en varias ocasiones en las que yo le hablé de Leon. El doctor Lattimer me envió fotocopias de las páginas de aquellos libros en que aparecía el nombre de mi hermano, por si podían serme de utilidad.

En 1983, Irene entregó a sus hijos todos los materiales relativos a Núremberg. En 1994, respondiendo a la oferta, que yo llevaba mucho tiempo haciéndoles, de revisar los trabajos de Leon con vistas a su posible publicación, dos de sus hijos, Daniel, que vivía en San Francisco, y Julia, que vivía en Jackson, Wyoming, me enviaron todo el material que tenían en su poder, que me fue llegando por partes y a través del correo a lo largo de varios meses.

Los cuadernos de notas a lápiz originales y su trascripción mecanografiada se encuentran ahora en una caja de seguridad del M&T Bank de Nyack, Nueva York. También están en mi poder las cartas, enviadas desde el extranjero, en que Leon hablaba de la posible publicación de sus notas y seis de sus muchos cuadernos.

PRIMERA PARTE


Los acusados

KARL DÖNITZ
1891-1980

Fotografía en blanco y negro a modo de retrato de Karl Dönitz, vestido con el uniforme de la marina alemana. Mira hacia la derecha.

Karl Dönitz era gran almirante y fue comandante en jefe de la Marina alemana a partir de 1943. En su último testamento, Hitler le nombró sucesor. En Núremberg, fue sentenciado a diez años de cárcel por crímenes contra la paz y crímenes de guerra.

3 de marzo de 1946

He pasado la tarde con Karl Dönitz. Es educado y afable, aunque algo desconfiado, habla un inglés casi perfecto y es necesario dejarle hablar y no interrumpirle o aprieta los labios y guarda silencio. Me he interesado por su salud. Me ha pedido que me siente y me ha hecho sitio en su catre. Hemos hablado de su reuma, que le molesta particularmente en la muñeca izquierda. Comparada con la derecha, la tiene ligeramente inflamada, pero la diferencia entre una y otra no es muy grande. Me ha preguntado mi opinión sobre el proceso y yo le he dicho que últimamente he estado muy ocupado y no he podido asistir a las sesiones con regularidad.

Las sesiones de las últimas semanas se han concentrado sobre todo en los cargos presentados contra diversas organizaciones.

—Su juez, Francis Biddle —me ha dicho Dönitz—, es un hombre perspicaz, muy perspicaz[1]. ¿Se ha fijado en las preguntas que les ha hecho a los fiscales?

Yo le he respondido que sí, que me he fijado en algunas de las preguntas del juez Biddle. Dönitz está muy impresionado con él. Le considera muy por encima de los demás jueces.

—Con esa leve sonrisa en los labios —dice— siempre que escucha algo de dudosa veracidad. Un hombre admirable. Muy justo y muy perspicaz.

Yo le he dicho que es un hombre excelente y que formó parte del gabinete de Roosevelt. El comentario era intencionado, y es que se oyen rumores de que la defensa quiere introducir propaganda contra Roosevelt la semana próxima.

A Dönitz le gustó particularmente la pregunta que Biddle le hizo al fiscal Robert H. Jackson en el sentido de hasta dónde llegaría la responsabilidad penal en el caso de que se declarase culpables a algunas organizaciones. Le parece «muy peligroso» que se condene a estas organizaciones porque a ellas pertenecían muchos miles de personas y todos los alemanes tenían algún pariente en la SA, el SD, la SS, o en alguna otra.

—¿Sabe lo que ha dicho ese general suyo, Lucius Clay[2]? Ha dicho que si el Tribunal declara culpables a esas organizaciones, él se verá obligado a arrestar de inmediato a medio millón de alemanes.

Yo le he contestado que desconozco el comentario del general Clay, pero que el fiscal Jackson dejó muy claro que no quería llevar a juicio a todos los miembros de esas organizaciones, sino tan sólo a sus dirigentes y al personal más importante[3]. Dönitz pasa por alto este detalle, cosa que también han hecho Baldur von Schirach, Wilhelm Frick y todos aquellos a quienes he entrevistado en los últimos días.

Hemos hablado de muchas cosas. De sus planes de futuro, por ejemplo.

—Conseguiré una pequeña habitación —me ha dicho— y llevaré una vida aislada junto a mi esposa. Voy a escribir mis memorias. Creo que es algo que debo hacer por el pueblo alemán, para que comprenda de qué forma sucedieron las cosas y lo poco que nosotros, los dirigentes, sabíamos de las atrocidades de Hitler y de Heinrich Himmler[4].

A un estadounidense le resulta muy difícil entenderlo, ha añadido, pero el lema de Hitler era «Cíñete a tus asuntos y limítate a cumplir con tu deber». De modo que Dönitz no sabía nada: nada de ningún plan para emprender una guerra de agresión, nada del exterminio de los judíos, nada de los planes para matar a treinta millones de eslavos, nada de las atrocidades perpetradas en Rusia y Polonia.

—Sé que los rusos hicieron lo mismo cuando invadieron Prusia oriental.

Le he desafiado preguntándole cómo lo había sabido y qué pruebas tenía. Ha admitido que su información no era de primera mano, pero lo cierto, ha dicho, era que la prensa nazi había publicado muchas noticias sobre las atrocidades perpetradas por los rusos y que no había duda de que algunas de aquellas noticias eran ciertas.

Opina que ha llevado una «vida dura». Participó en la I Guerra Mundial, en la que alcanzó el grado de teniente de la división de submarinos, y, posteriormente, permaneció en la Marina. Viajó por todo el mundo, aunque, curiosamente, nunca llegó a atracar en Estados Unidos. Esto le parece una pena, porque le habría gustado conocer esa nación. Ha estado en Japón y por todo el mundo. Desde 1918 y hasta 1935, año en que el almirante Erich Raeder le llamó para organizar la flota submarina, prestó servicio en cruceros y en otros buques[5]. Su nuevo destino era difícil y le sorprendió que se lo ofrecieran. Raeder le dijo que le ponía a cargo de los submarinos y de la formación de sus tripulaciones, pero llevaba mucho tiempo alejado de este tipo de naves y desconocía las últimas innovaciones. Por otra parte, en la Marina no había más que hombres muy jóvenes, así que tuvo que ponerse al día rápidamente.

Desde ese momento, pasaba gran parte del día en los submarinos.

—No fue bueno para mi reuma —me ha dicho— estar tanto tiempo rodeado de humedad, agua y gasóleo.

Hasta 1943 sólo vio a Hitler una vez cada dos años. A partir de 1943 le veía dos veces al mes. En los últimos meses de la guerra mantuvo contactos frecuentes con él. Cuando le informaron de que el Führer se había suicidado no sin antes nombrarle su sucesor en la jefatura del Estado, decidió pedir la paz «de inmediato». Yo le he dicho que, si no recordaba mal, en aquellos días la radio anunció que Alemania se rendiría a los estadounidenses y a los británicos, pero no a los rusos. Ha asentido. Era una prueba, me ha dicho, aunque sabía que un acuerdo de este tipo era imposible. Por otro lado, no se considera el sucesor de Hitler, opina que le escogió porque sólo una figura ajena a la política podía solicitar la paz y preparar la rendición. Por este motivo aceptó su designación como sucesor de Hitler y jefe del Estado.

Le he preguntado su opinión sobre «el principio del Führer» y me ha respondido que nunca le pareció bien, porque todo hombre necesita un «correctivo». Por eso un jefe de Estado necesita a un jefe de Estado Mayor y a otros asesores. ¿Se opuso a Hitler de alguna forma, manifestándole sus opiniones o por medio de alguna iniciativa? No. Él es un hombre de mar, sin más.

Cree que quienes cometieron la mayoría de las atrocidades eran austriacos o, cuando menos, bávaros. Me da la impresión de que los bávaros le desagradan todavía más que los austriacos.

—Son coléricos —ha afirmado.

Se ha explicado diciendo que son demasiado emotivos y ha puesto el siguiente ejemplo: si un grupo de alemanes del norte está dando un paseo en trineo por una montaña cubierta de nieve y, mientras ascienden una pendiente, se les rompe el tiro de los caballos, se bajan del trineo y proceden a repararlo. Si a unos bávaros les sucediera lo mismo, el conductor bajaría echando pestes, cogería el palo quebrado del tiro y comenzaría a golpearlo contra una roca diciendo: «¡Maldito palo, palo maldito!». Dönitz ha concluido el ejemplo con una risotada.

—¿Y qué hay del carácter de los alemanes del norte? —le he preguntado.

—El alemán del norte es tranquilo, callado, piensa; quizá sea algo tonto. —Al decir esto ha sonreído. Evidentemente, se esforzaba por darme una descripción caricaturizada de sí mismo—. El alemán del norte no se deja llevar por los extremos. Tiene horizontes más amplios que los habitantes de las montañas de Baviera y de Austria.

Le he preguntado si, en su opinión, Hermann Göring tampoco sabía nada de los planes de guerra, atrocidades, programas de exterminio, etcétera. Me ha respondido que cree que Göring está diciendo la verdad y que no sabía nada más que lo que dice que sabía.

—Me doy cuenta de que a un estadounidense esto le puede resultar inconcebible. En una democracia no podría ocurrir, pero con nuestro sistema de Gobierno sí era posible.

Joachim von Ribbentrop le parece un «hombre de madera». No tiene mucho que decir sobre él.

—Ya sabe que cuando comenzó el proceso —afirma, y a esto se limita su comentario—, dijo que, a causa de las píldoras para dormir, sus recuerdos eran muy borrosos.

Yo he replicado que es muy improbable que la memoria de un hombre se resienta a causa de unos sedantes. Dönitz se ha reído y ha dicho que a él también le parece muy raro.

—Mi abogado es muy bueno. Cuando llegue el momento de mi defensa, demostrará que yo apenas conocía a esos hombres. A Ribbentrop sólo le vi en un par de ocasiones, la primera en 1943, y creo recordar que conocí a Schirach en 1944.

Opina que su abogado, Otto Kranzbühler, un juez de la Marina, es muy capaz. Cuando le informaron de que necesitaba un abogado defensor, afirmó que no conocía a nadie. Luego se acordó de que, antes de la guerra, había estado presente en una vista presidida por este oficial. Un juicio sobre la embestida de un barco de la Marina.

—Me gustó el modo en que llevó aquel asunto, así que solicité sus servicios. He de decir que no me ha decepcionado. Y los británicos y los estadounidenses están haciendo cuanto está en su poder por colaborar en mi defensa. La pasada semana, el ayudante de mi abogado, otro ex oficial de la Marina, voló a Londres con el propósito de hacer lo necesario para conseguir unos documentos que contribuirán a mi defensa. Tiene que regresar esta semana.

—¿Sabía usted —ha proseguido Dönitz— que sir Geoffrey Lawrence, el juez británico, me remitió una carta, que el Tribunal acababa de recibir, en la que casi un centenar de comandantes de U-Boot prisioneros en Inglaterra declaran formalmente que yo nunca ordené que se ametrallara a los supervivientes de los barcos hundidos, a pesar de que este hecho se produjo algunas veces?

En cuanto a sus planes de futuro, a lo que piensa hacer cuando salga de la prisión, le he preguntado cuál será el tema central de sus memorias.

—Pues verá —me ha dicho—, básicamente, quiero que abarquen toda mi vida. Me propongo hablar del imperio, de los días de la República de Weimar, del Tercer Reich.

Su tesis principal, cree, será la necesidad de crear unos Estados Unidos de Europa bajo la dirección de Gran Bretaña.

—Una Commonwealth de naciones europeas —me ha dicho— que actúe de manera conjunta y compense el peso de Rusia en el Este.

Le he preguntado si cree que eso es lo que va a ocurrir y ha contestado que, en efecto, eso es lo que piensa y que no era una idea nueva para él. Si Gran Bretaña se propusiera acometer algo así, tendría que invitar a Alemania a formar parte de su comunidad de naciones. Y me ha dicho que Alemania debería aceptar. Porque su cultura está relacionada con Occidente y no con Oriente, como la cultura rusa.

Le he preguntado si continuaba pensando en términos de equilibrio de poder. «Sí, sin duda». Le he preguntado si su recomendación de formar una comunidad de naciones en Europa para equilibrar el poder de Rusia no suponía, implícitamente, una guerra con el Este. Me ha replicado que no sabe qué esperar a este respecto, pero que al recomendar una Europa unida considerada como comunidad de naciones bajo la protección de Gran Bretaña no pensaba en una guerra con Rusia.

Me ha preguntado dónde estoy viviendo y se lo he dicho. Quería saber si me alojaba en un hotel. Le he dicho que en un antiguo bloque de viviendas. Ha suspirado.

—Soy un viejo. He cumplido cincuenta y cuatro años, no tengo dientes y padezco reuma —se ha explicado, diciéndome que la mayoría de sus dientes son postizos y que cree que sus años de vida útil han quedado atrás—. Mi esposa tendrá que trabajar para darnos de comer mientras yo escribo mis memorias —me ha dicho, con una sonrisa enigmática.

En mi opinión, este hombre no tiene la menor idea de lo que ocurre en el mundo. Es perspicaz y en modo alguno torpe, pero su mente parece haberse quedado bloqueada y no ve más allá del proceso, de los rasgos más sobresalientes del juicio. Rechaza las atrocidades, la matanza de millones de judíos, la barbarie de la SS, el modus operandi por entero criminal del Partido Nazi. Lo único que entiende es que él es inocente de cualquier crimen pasado o presente y que cualquier intento de inculparlo a él o a cualquiera de los demás procesados es una confabulación política. Por una parte, opina que las acciones emprendidas por Alemania fueron resultado de la opresión sufrida tras la última guerra, y por otra, no se percata de su propia culpabilidad en cuanto que leal servidor de Hitler y de su régimen. Niega las atrocidades cometidas en el mar y continúa dudando de las que se perpetraron en tierra.

—¿Y las pruebas? —le he preguntado.

—En efecto —me ha respondido—. Los doctores Douglas Kelley y Gustave Gilbert me han dicho tras la proyección de esa película en la que se ve a unos ciudadanos de Weimar saliendo de Buchenwald, que por sus caras era evidente que no sabían lo que había ocurrido en ese campo. La película les muestra cuando se dirigen a Buchenwald, y todos están sonrientes. Cuando abandonan el lugar, están destrozados.

Le he preguntado si la película, en sí misma, no le parece prueba suficiente de las atrocidades y de los crímenes de guerra cometidos por el régimen nazi. ¿No le parecía esa película lo suficientemente elocuente? ¿No la aceptaba como prueba documental? «Sí, por supuesto», me ha dicho, pero en lo referente a las demás atrocidades, continuaba dudando. «Eso demuestra lo poco que nosotros, los dirigentes, sabíamos de cuanto estaba sucediendo».

Durante la entrevista me ha dibujado un submarino de bolsillo y me ha explicado su funcionamiento. Le he comentado que, según me han dicho, emprender una misión en uno de esos submarinos era una aventura prácticamente suicida para su único tripulante. Ha asentido, pero me ha dicho que era un arma muy eficaz cuando el enemigo se encontraba próximo a la costa y, tácitamente, ha admitido que merecía la pena perder una vida a cambio de hundir un acorazado u otro barco. Yo le he dicho que no me gustaría estar en la piel del piloto de uno de esos torpedos tripulados. Él se ha echado a reír y ha dicho:

—Por hundir un gran barco, merece la pena.

Cuando me iba, porque me llamaban por teléfono, en la hoja en que había dibujado el submarino de bolsillo, ha escrito (en alemán): «Por una agradable tarde de conversación», y ha puesto su firma. Me ha dicho que ha disfrutado mucho de la charla y que debería dejarme caer por su celda alguna que otra vez.

2 de mayo de 1946

Esta tarde he visitado a Dönitz. Hjalmar Schacht se ha pasado todo el día en el estrado. Dönitz ha sonreído y me ha preguntado dónde he estado toda la semana. Le he explicado que he pasado cinco días de visita en Londres. Dönitz quería saber qué tal están las cosas en Inglaterra, qué sienten sus ciudadanos, qué piensan de los juicios, si Londres está muy destruido, etcétera. Le he explicado que mis impresiones se basan en una estancia muy breve y que todo lo que puedo decir es que parece que las cosas van mejor que el año pasado, cuando estuve allí por estas mismas fechas. En cuanto a la postura de la opinión pública respecto a los juicios, lo cierto es que no he sabido qué decirle, aunque sí da la impresión de que la prensa británica dedica más espacio al proceso que la prensa estadounidense.

—Ajá. ¿Y qué tienen que decir sobre la defensa de Julius Streicher? ¿Qué han comentado sobre el inicio del caso Schacht? ¿Estaba usted en Londres cuando se ha producido?

Le he dicho que, en mi opinión, los periódicos londinenses daban del proceso una cobertura muy apropiada, porque, durante mi estancia en la capital británica y gracias al Times, he podido seguir los acontecimientos de Núremberg razonablemente bien.

—¿Ha advertido usted lo distintos que son unos ingleses de otros? Los hay que son como los alemanes del norte, otros se parecen más a los bávaros o a los de las regiones orientales.

Le he dicho que no me he fijado en esas diferencias.

—Yo la veo en la sala del Tribunal. La mayor parte del tiempo no presto atención a las interminables discusiones entre la defensa y la acusación. No me interesan. Observo las expresiones de los jueces. Biddle tiene una cara simpática y muy inteligente. Los demás jueces, con la excepción de los franceses y los rusos, que parecen de piedra, le observan y reaccionan de acuerdo a lo que le dice al oído a Lawrence. Me da la impresión de que el juez Lawrence trata de que la justicia se imponga, pero es Biddle quien interviene y consigue que el fiscal ruso se comporte con decencia cuando empieza con alguna de sus fantasiosas acusaciones.

¿Qué piensa Dönitz de la defensa de Streicher?

—No presté mucha atención. Estuve dibujando y observando a Biddle.

—¿Y del caso de Schacht?

—Pues verá, no quiero iniciar ningún frente entre nosotros, los acusados. Schacht se equivoca respecto a Hitler. No tiene por qué acusarle tan directamente. Si sabía que había ordenado el exterminio, ¿por qué no lo dijo antes del juicio? Personalmente, y a pesar de su testamento final, no creo que Hitler diera la orden[6].

Le he dicho que casi estaba repitiendo palabra por palabra lo que dice Göring, quien opina lo mismo y me dijo que es probable que fuera Martin Bormann quien redactó el testamento del Führer en su nombre[7].

A Dönitz no le agrada la idea de haber dicho algo que parece salido de labios de Göring.

—Yo no soy un político. Cuando empezó la guerra era capitán de corbeta. Apenas mantuve contactos con Hitler hasta 1942. Siempre me dio la impresión de ser un hombre razonable y sus demandas parecían provechosas para Alemania. Ahora me doy cuenta de que tenía muy poca consideración por otros pueblos como los judíos o los estados vecinos. Pero jamás tuve la más ligera sospecha de las iniciativas que se tomaban en lo concerniente a los judíos. Hitler decía que todo hombre debía ocuparse de sus asuntos y los míos eran los U-Booten y la flota.

Como de costumbre, Dönitz ha comenzado a hablar de su propio caso y de lo ridículo que le parece.

—Es absurdo. Ese oficial estadounidense que presentó los cargos contra mí me ha hecho un favor. Mis mejores testigos son los testigos de la acusación. Todo se reduce a lo siguiente: si un submarino torpedea un barco y puede recoger a los supervivientes, espléndido, nada que objetar. Pero si ese submarino está en peligro y debe abandonar el lugar rápidamente, no tiene por qué rescatar a los supervivientes. Esto es tan válido para la Marina alemana como para las marinas inglesa y estadounidense.

Ha vuelto a repetir que es apolítico, que no es más que un marino que ha cumplido con su deber. Si Alemania hubiera ganado la guerra, afirma, el Partido Nazi habría perdido el poder. No le cabe duda. Tras regresar a casa, los soldados y marinos no habrían permitido que un simple jefe de grupo hubiera dirigido sus destinos. Habrían optado por la libertad. Muy probablemente, afirma, poco después de una victoria alemana, el Gobierno nacionalsocialista habría caído[88].

—¿No es más lógico pensar que, desde un punto de vista político, si Hitler hubiera ganado la guerra, habría alcanzado una posición aún más fuerte que antes?

—No, no lo creo. No después de haber visto los crímenes que se han cometido en nombre del Partido, el exterminio, los asesinatos en masa. No. Opino que un grupo de militares se habría hecho con el poder casi de inmediato.

He señalado que me daba la impresión de que, si había aceptado la jefatura del Estado alemán que le había legado Hitler, era porque estaba muy satisfecho con el dictador en todos los sentidos.

—¿Es eso un crimen? ¿Es un crimen aceptar el Gobierno de un país que se derrumba? ¿Es un crimen evitar que los rusos, el enemigo natural de Alemania, se queden con nuestras armas y nuestro capital humano? A ojos de Rusia probablemente lo sea. Pero yo hablo de los occidentales. Yo sabía que teníamos que capitular y quería hacerlo ante los estadounidenses y los británicos, y no en el Este. Ni siquiera se me acusa de crímenes de guerra relacionados con las atrocidades. Es evidente que contra mí no tienen caso. Sólo llegué a una posición de poder en 1943. ¿Cómo se me puede acusar de conjura?

»Sólo tienen un cargo contra mí: que di orden de no rescatar a ningún superviviente. Eso es falso y la acusación y sus propios testigos lo han demostrado. Este juicio no puede acabar más que con un error, porque se fundamenta en el error. ¿Cómo puede un Tribunal extranjero juzgar al Gobierno soberano de otro país? ¿Podríamos nosotros haber procesado a su presidente Franklin D. Roosevelt y al secretario Henry Morgenthau, o a Winston Churchill y a Anthony Eden, si hubiéramos ganado la guerra? No podríamos haberlo hecho y no lo habríamos hecho. De haber juicio, tiene que llevarlo a cabo la nación de cada uno, y con tribunales establecidos por ella.

Dönitz se ha alterado mucho y ha elevado la voz.

—¡Quién iba a imaginar que los rusos acabarían por sentarse en Núremberg para juzgar a los dirigentes alemanes! Los rusos hundieron un barco alemán repleto de hombres, mujeres y niños. Conozco el caso. Pero ¿se ha investigado? Ustedes los estadounidenses tampoco están libres de culpa. Ustedes armaron barcos mercantes antes de que Estados Unidos entrase en guerra.

Le he dicho que no tengo intención de entrar en polémicas con él, que sólo quiero conocer sus opiniones a fin de intentar comprender sus acciones. Me ha sonreído con suspicacia.

—Y escribir un libro sobre mí, diciéndole al mundo lo estúpido que soy, ¿o no?

Le he asegurado que, si llego a escribir algún libro, tendría que recibir la aprobación de las autoridades competentes, y que no es mi intención retratarle como otra cosa que lo que es.

Le he dicho que una de las cosas que más perplejo me deja es que Hitler le escogiera como sucesor.

—Hitler me eligió porque, sin duda, pensaba que sólo un hombre razonable y con una reputación honrada como marino podía conseguir una paz decente. Y yo acepté de buen grado, ¿por qué no? En aquel entonces desconocía su exterminio de los judíos, del que he sabido en Núremberg por vez primera.

—¿También desconocía la persecución a que los judíos se vieron sometidos?

—Sí y no. Hacia 1938 conocí por los periódicos las sanciones y la violencia callejera que se pusieron en marcha contra ellos[9]. Pero estaba demasiado ocupado con todo lo concerniente a los submarinos y a los problemas navales como para preocuparme por los judíos.

—¿Le preocupa ahora el destino de esos judíos?

—Tengo la conciencia tranquila. Yo no tomé parte en esas brutalidades ni en ninguna acción criminal. Que ayudara a Hitler a librar una guerra por mi patria no quiere decir que le ayudara también a aniquilar a los judíos. El asunto no se puede plantear así.

—¿Conocía la existencia de campos de concentración?

—Sí. En 1933 y 1934 ya sabía de su existencia. Pero por aquel entonces sólo había en ellos unas doce mil personas, enemigos políticos[10]. Ahora, sólo en la Alemania ocupada por los estadounidenses hay más de seiscientos mil alemanes internados. ¿Ha pensado en eso alguna vez? —me ha preguntado, sonriendo, como si se hubiera apuntado un tanto.

Entonces ¿yo estaba en lo cierto al entender que justificaba la existencia de campos de concentración?

—En cierta medida, estaba justificada, sí. Si en 1933 Hitler no hubiera metido a los comunistas en campos, habría estallado la guerra civil y se habría producido una masacre. Los comunistas se habrían alzado contra el Gobierno legalmente constituido. El mayor peligro de guerra civil en Alemania se produjo en 1932, cuando se trataba, claramente, de elegir entre el comunismo y el nacionalsocialismo. Por eso Paul von Hindenburg y otros elementos conservadores burgueses optaron por Hitler. Lo mismo hice yo, y lo volvería a hacer si otra vez hubiera que escoger entre el comunismo y el nazismo —dijo, y continuó explicando que aquéllos fueron tiempos revolucionarios y que internar en campos de concentración a unos cuantos adversarios políticos no era algo particularmente malo—. Metiendo en campos a esa gente de ideas extranjeras, se salvó sangre alemana. ¿Era preferible dejar que estallara una guerra civil?

14 de julio de 1946

Cuando he entrado en su celda, el ex gran almirante yacía tendido en su catre con un pañuelo sobre la cabeza y la frente. Se ha puesto en pie como un resorte. Se ha alegrado de verme y me ha preguntado qué hay de nuevo en el mundo. Yo le he contestado que esta mañana la radio no decía nada importante. Me ha comentado que tiene un ligero resfriado, del que culpa a la corriente que entra en la celda desde la ventana abierta y sale a través del ventanuco de la puerta.

Ha hablado como siempre, con sus habituales e incisivas evasivas. Mañana, su abogado, Kranzbühler, leerá su pliego de conclusiones.

—Un hombre muy crítico, mi abogado —ha comentado—. Me ha dicho que en lo que concierne a los crímenes, la defensa es clara y el fiscal no tiene en qué apoyarse.

Hace algunas semanas, cuando había terminado con su defensa, su abogado también le dijo que el jefe de Estado Mayor de un almirante estadounidense que había llegado al proceso como visitante había querido que le trasladara sus felicitaciones.

—Su almirante dice que me tiene en la más alta estima y que cree que he llevado mi defensa perfectamente. A través de su jefe de Estado Mayor me dijo que mi conducta había sido irreprochable y que sentía por mí una enorme admiración.

Recuerdo haber visto a un grupo de oficiales de la Marina durante las sesiones en que Dönitz subió al estrado, pero no sé cómo se llama ese almirante y Dönitz tampoco, aunque ha subrayado la importancia del saludo recibido por medio de su abogado.

—Los rusos les causarán problemas, ya lo verán. Conozco a esos rusos. Ernest Bevin afirmó que el pacto de Potsdam era un disparate[11]. Harold Laski, el líder del Partido Laborista, también dijo que las fronteras trazadas por las tres potencias en Potsdam constituían un gran error. —Dönitz ha procedido a trazar un mapa de Europa en un cuaderno y la línea de demarcación entre las zonas rusa, británica y estadounidense de Alemania—. Todo el trigo y las patatas, el verdadero granero de Alemania, queda en la zona rusa. Nunca retirarán sus tropas. Extenderán el comunismo. Tampoco se retirarán jamás de los Balcanes. La pobre Turquía está completamente rodeada por los rusos. Todo lo que los rusos han hecho en el pasado año demuestra claramente que se están alineando contra las potencias occidentales, es decir, contra Estados Unidos y Gran Bretaña.

»Los rusos me acusan de haber enviado a nuestros ejércitos y a nuestras flotas a Occidente en cuanto recibí el mando de Alemania después de la muerte de Hitler. Pues bien, deje que le diga que el general Dwight Eisenhower y en especial el general Bedell Smith y el mariscal Bernard Montgomery agradecieron mucho en aquellos momentos que yo no permitiera que los rusos se hicieran con nuestra flota y con tres millones de soldados alemanes con sus armas. Yo sabía muy bien que si enviaba la flota a rendirse, por ejemplo, a Leningrado, y que si dejaba que los rusos capturasen a tres millones de soldados, se harían mucho más fuertes y que, al final, muchos soldados alemanes lucharían contra Alemania.

Rusia es la mayor amenaza para la paz mundial, ha dicho Dönitz, y ha citado algunos artículos del Reader’s Digest firmados por Joseph Kennedy, ex embajador estadounidense en Gran Bretaña, y otras fuentes.

—¿Cree que puede haber otra guerra?

—No, es casi imposible —ha respondido, encogiéndose de hombros—. Con nuevas armas como la bomba atómica… Rusia la tendrá y la emplearía primero. El mundo se ha vuelto muy complicado. Pero el problema es inminente y obvio. Hace poco vi una viñeta publicada por el Herald Tribune en la que el mundo aparecía dividido por una gran zanja, Estados Unidos y Gran Bretaña estaban a un lado, y Rusia al otro.

—De acuerdo, pero, a su juicio, ¿de qué forma pueden resolverse esas dificultades?

—No puedo decírselo ahora, mientras estoy prisionero. Pónganme en libertad y escribiré y hablaré con toda franqueza. Rusia es la nación más criminal del mundo y el comunismo su mayor mal. Cuando me acusan de participar en una conjura, no puedo evitar la carcajada. Son los rusos los que siempre están conspirando.

»Los rusos nos pidieron una parte de Dinamarca y regiones de Polonia antes de que entrásemos en guerra con ellos. Y ahora me acusan de conjura política. Yo estaba con mi flota en el golfo de Vizcaya, apenas viajé a Berlín antes de 1943, año en que Raeder se retiró y me nombraron comandante en jefe de la Marina. Acepté la responsabilidad de la guerra submarina en 1933 y de la Marina al completo en 1943, pero hacerme responsable de lo que les ha ocurrido a los judíos en Alemania o a los soldados rusos en el frente oriental… Es tan ridículo que lo único que puedo hacer es echarme a reír.

—¿Y qué hay de la propia Marina? ¿Aplicó la Marina una política antisemita?

—En absoluto. Que yo recuerde, tenía a mis órdenes a cuatro oficiales de alta graduación judíos. Uno de ellos era Rogge, un vicealmirante que estuvo a cargo de la instrucción de los cadetes de la Marina hasta el final de la guerra[12]. Otro era un capitán. Rogge envió una declaración por escrito que ha contribuido a mi defensa. Si cualquiera de esos cuatro oficiales judíos hubieran sabido lo que les estaba ocurriendo a los judíos en el interior de Alemania o en cualquier otro lugar a causa de Himmler y de Hitler, me lo habrían dicho. En 1943 recibí una carta de Hitler en la que se quejaba de que el Partido había protestado por el hecho de que un judío estuviera a cargo de la instrucción de los cadetes navales. Se refería al almirante Rogge. Le contesté que se metiera en sus asuntos.

»Nuestra Marina era como una isla. Teníamos plena autonomía. En alguna ocasión, Hitler sugirió que debía ser la SS u otro órgano del Partido los que se ocupasen de juzgar los delitos penales o políticos que tuvieran lugar en el seno de la Marina. Yo siempre me negué y le dije que era la Marina la que debía juzgar a los infractores.

—¿Acaso no tenía la menor noticia de la persecución que sufrían los judíos?

—En efecto. Yo no sabía nada que no tuviera que ver con los asuntos navales.

—¿Cuál es su actitud hacia los judíos?

—No tengo prejuicios. En cierta ocasión, en el año 1934, hice escala en un puerto español y recibí la visita de un judío alemán propietario de unas minas de plomo del norte de España. Quería celebrar una comida a bordo y me puse en contacto con el cónsul alemán. Le mencioné que, entre otras personas, deseaba invitar a este judío y a su hija. El cónsul me dijo que era imposible, porque ese hombre era judío. Mi asistente me miró con una sonrisa, pues sabía cuál era mi forma de pensar. Dije al cónsul que como en mi barco era yo quien mandaba, podía invitar a bordo a quien quisiese. Y, en efecto, ese hombre y su hija vinieron a comer.

»Era una buena persona. Antes de zarpar, me dio las gracias y demostró cierta simpatía hacia el nazismo. En aquella época yo coleccionaba porcelana. En esa parte de España hay una fábrica de porcelana con doscientos años de antigüedad. Fabrica unos platos decorados en blanco y azul que quería añadir a mi colección, pero que no pude encontrar. Cuando ya nos habíamos hecho a la mar, mi asistente se presentó ante mí y me entregó uno de esos platos. Era un regalo del judío alemán. Fue muy elegante. No quiso entregármelo personalmente, esperó a que zarpáramos y sólo entonces lo recibí. Crucé alguna correspondencia con él hasta 1939. No sé qué sería de él después. En una de sus cartas me contó que su hija se había casado con un príncipe español.

—¿Qué opinión le merece el proceso?

—¡Ay! Me parece una broma. Lo que hagan con nosotros poco importa. Mi propio caso está muy claro, así que me limito a permanecer aquí, sentado en mi celda, con la conciencia tranquila, y espero la decisión de los jueces. Es probable que británicos y estadounidenses, por un lado, y franceses y rusos, por otro, opinen de modo distinto acerca de quién es culpable y de qué delito, y demás. Si el proceso se limita a dilucidar quién ordenó la matanza de los judíos y otras matanzas de seres humanos, por mí de acuerdo, yo no habría permanecido varado en este puerto ni tres horas. Pero llevo aquí desde noviembre, oyendo lo mismo una y otra vez. La mitad del tiempo ni siquiera presto atención, me limito a dibujar o a escribir lo que se me pasa por la cabeza.

—¿Le parece culpable alguno de los veintiún acusados? —le pregunto. Responde con evasivas.

—No soy juez, no quiero expresar mi opinión. Antes de llegar a Mondorf[13], no le habría estrechado la mano a Göring, no me gustaba. Nunca vi a Streicher antes de Mondorf y al principio no quería hablar con él. Pero ahora lo hago. Todos tenemos el mismo destino, al menos de momento, y no veo motivo para que no debamos mantener la cordialidad.

—De acuerdo, pero, seguramente —insisto—, ¿no le parece que los veintiún acusados no tienen el mismo grado de culpabilidad respecto a lo que se está juzgando?

—Desde luego, en el fondo de mi corazón sé que hay distintos grados de culpabilidad. Pero no puedo condenar a ninguno de los hombres que comparten conmigo el mismo destino. El gran absurdo de este proceso es que faltan los dos hombres a quienes hay que culpar de todas las acciones criminales, es decir, Hitler y Himmler.

—¿No les hizo falta a Hitler y a Himmler colaboración para lograr sus objetivos? ¿No es razonable suponer que un antiguo cabo del Ejército alemán necesitaba la ayuda de personas más preparadas para llevar a cabo sus iniciativas?

—Bueno, en primer lugar, Hitler no era un cabo alemán cualquiera. Tenía una cabeza extraordinaria. En el examen de inteligencia que me hizo el doctor Gilbert[14], yo pude recordar nueve dígitos de adelante hacia atrás. Hitler tenía una memoria fuera de lo común. Era capaz de recordar todo lo que leía.

—¿Hay que deducir de sus palabras que, en su opinión, ninguno de los acusados es culpable de nada? ¿Pretende decir que todos ellos pueden descargar toda la culpa en Hitler y en Himmler?

—Digámoslo de otra forma. Yo asumo la responsabilidad de lo que hayan hecho los submarinos alemanes desde 1933 y de lo que haya hecho la Marina alemana desde 1943. Pero hacerme responsable de una conjura es falaz. Todo hombre debe ser responsable sólo de su parcela.

—En ese caso, ¿sería correcto decir, por ejemplo, que Wilhelm Keitel es responsable de los abusos del Ejército alemán puesto que las órdenes que avalaban esos abusos llevaban su firma?

—No es mi intención decir tal cosa. Keitel estaba bajo la influencia de Hitler de un modo absoluto. Mi propio caso es más claro. Su almirante, el que me envió saludos y me tiene en tan alta estima, apoya lo que digo.

—¿Y qué hay de Ernst Kaltenbrunner, jefe de la RSHA, que recibía órdenes directas de Himmler?

—Opino lo mismo, que Himmler era el responsable y no Kaltenbrunner. Lo que sí sé es que si yo hubiera recibido órdenes de hacer lo que hizo la SS, me habría negado.

Dönitz adopta un «frente de firmeza» con los demás acusados que resulta particularmente obstinado en lo que a Göring se refiere.

—En lo que concierne a este juicio, no veo tacha en el comportamiento de Göring. No se ha probado ninguno de los cargos que hay contra él. Precisamente, le he comentado que el problema del nacionalsocialismo es que es una casa dividida, que nosotros, los alemanes, tratamos de vivir en comunidad sin tener en cuenta a nuestros vecinos, y Göring está de acuerdo conmigo. De modo que ni siquiera Göring es tan mal tipo como la acusación quiere hacerle creer al mundo. —Acto seguido, tras sonreír con cinismo, Dönitz ha añadido—: Espere y verá.

Le he preguntado qué quería insinuar.

—¿A qué tengo que esperar?

—Usted espere y verá. Su presidente, Harry Truman, y el secretario de Estado, James Byrnes, tendrán problemas con Rusia. Oriente amenaza a Occidente. Dos culturas y dos tipos de seres humanos distintos pugnan por el poder. Algún día me darán las gracias por haber enviado la flota a Occidente y por retirar a nuestros ejércitos para evitar que se rindieran a los rusos. Creo que eso es lo que, en el fondo, piensa el almirante estadounidense que el otro día estuvo presente en el juicio. Su presidente ha sido muy listo al enviar a negociar a Moscú al general Bedell Smith, y a China al general George Marshall. En ambos países hace falta que un militar tantee el terreno y tome el pulso a lo que está sucediendo. Sólo un militar puede averiguar, mejor de lo que podría hacerlo cualquier civil, qué pasos se están siguiendo en preparación de una guerra.

»He recibido algunas cartas de mis antiguos oficiales. Todos ellos me hacen preguntas, y la verdad es que me agrada enormemente que se pongan en contacto conmigo. ¿Sabe usted que Rusia ha pedido a varios de mis ingenieros navales y a los responsables del diseño de nuestros submarinos que trabajen para el Gobierno y revelen los planes secretos de un nuevo submarino alemán que podría viajar sumergido desde Alemania hasta Japón? En efecto, los rusos andan detrás de esos secretos. Luego construirían cientos de submarinos como ése, que nosotros teníamos casi listo cuando terminó la guerra.

Le he dicho que hay algunos aspectos de su biografía que me gustaría aclarar. Él se ha mostrado cortés pero evasivo sobre muchas materias que a mí me interesan particularmente, sobre todo las que están relacionadas con su primera infancia.

Su madre murió muy joven, al parecer de tuberculosis, cuando él no tenía más que cuatro años. Su padre, que no volvió a casarse, falleció de uremia a los cincuenta y cinco años. Por aquel entonces, Dönitz tenía veintiuno. Tenía un hermano dos años mayor que él, pero murió en 1943, durante uno de los bombardeos de Berlín. Su infancia transcurrió en Schlesweig-Holstein y fue «feliz». «Varios parientes» de su padre asumieron el papel de madres en distintas épocas.

El suyo es un matrimonio feliz. Su esposa vive en Schleswig-Holstein, está perfectamente y se limita a esperar que le pongan en libertad. Su primogénita está casada y tiene tres hijos pequeños. Vive en la misma localidad que la madre. Además, Dönitz tenía dos hijos marinos que murieron en acto de servicio en 1943 y 1944. Tenían veintiuno y veintitrés años y no estaban casados.

—Aquí en la prisión, entre los acusados, sólo cuento con un amigo de verdad: Albert Speer. Es un gran arquitecto y un genio de la organización. En 1943, cuando llegué a Berlín para hacerme cargo de la Marina, había una gran escasez de alojamientos. La Marina me asignó una casa de aspecto sombrío en Dahlem, así que llamé a mi amigo Speer y le dije que me hacía falta otro alojamiento. Me dijo que haría cuanto estuviera en su mano. Al día siguiente me telefoneó y me dijo que le gustaría que mi esposa echara un vistazo a la vivienda que había encontrado para mí. Era una hermosa casa de campo situada sobre una colina. Estaba rodeada de un jardín magnífico y tenía dos ventanales muy amplios, uno a cada lado. Tenía dos plantas unidas por una preciosa y amplia escalera. Speer y su esposa venían muchas noches a vernos y nosotros les devolvíamos la visita. Se traía a sus pianistas y violinistas, que eran espléndidos. Compartimos muchas veladas musicales.

Dönitz aprendió a tocar la flauta en su infancia y todavía la toca «bastante bien». Me ha dicho que su padre quería que estudiara violín, pero que, por aquella misma época, su hermano estaba aprendiendo a tocar ese instrumento: parecía un gato que se hubiera pillado la cola en una puerta; así que él se negó a aprender violín y optó por la flauta.

—Ahora lo lamento, porque lo prefiero a cualquier otro instrumento. Lo cual demuestra que debí seguir el consejo de mi padre.

—¿Cuál es su opinión sobre el principio del Führer? —Está bien mientras el Führer sea bueno. Hitler lo era, o al me-

nos eso pensaba yo hasta el final de la guerra, cuando se supieron todas esas atrocidades. El principio del hombre fuerte en política no tiene nada de malo. De hecho, es una pena que su presidente Roosevelt no esté vivo todavía. El resultado de la conferencia de Potsdam habría sido muy distinto. Allí estaban Churchill, Truman y Stalin. Churchill acababa de ser derrotado y Clement Attlee estaba a punto de ser investido[15]. Truman había tomado posesión hacía muy poco y no sabía cómo manejar a Stalin. Roosevelt jamás habría aceptado las fronteras que nos ha legado la conferencia de Potsdam.