Agradecimientos
Este libro es una realidad gracias a Carlos Martínez, mi editor. Fue él quien contactó conmigo y me propuso el proyecto de escribir un libro sobre GTD® en el que compartir mis aprendizajes y experiencias como formador.
También ha sido posible gracias a todas las personas que a lo largo de estos años han contribuido a ampliar, de un modo u otro, mi conocimiento sobre GTD®: los lectores de mi blog, la comunidad de bloggers de GTD® en castellano, los asistentes a mis ponencias, los alumnos de mis talleres, y los partners y clientes que han confiado y siguen confiando en mí.
Mención especial merecen mis hijas, Irene y Marta, y mi mujer, Paz, que generosamente me han permitido privarlas de buena parte de la atención que merecían este verano, demostrándome en todo momento su ilusión y compromiso con este proyecto. Sin su paciencia y cariño, probablemente este libro no habría visto la luz.
Por último, quiero expresar no solo mi agradecimiento sino también mi reconocimiento hacia la excelente labor de corrección del borrador de este libro que han hecho mi familia, amigos y colegas artesanos, con un nivel de calidad impresionante y en un tiempo récord. Marta, Paz, Antonio José, Jero, David, Quique, Cruz, Jesús y Silvestre: muchísimas gracias.
Prólogo
No sé si todos los libros reflejan el carácter de su autor pero os aseguro que este sí. No solo porque la metodología GTD®, que lleva tantos años acompañando a José Miguel, ya forma parte de él, sino porque, además, leyendo este libro puedo observar muchos rasgos de su personalidad.
Veo su esmero por comunicar de forma clara y convincente, a sabiendas de que dice lo que quiere decir y tratando siempre de evitar que haya confusiones o falsas interpretaciones, al igual que observo su empeño habitual por hacer un buen trabajo. Comprobarás también su transparencia a la hora de compartir conocimiento, o su seguridad al transmitir una metodología en la que cree sinceramente.
Este libro es más que una explicación clara de cómo hay que usar la metodología GTD®. En él encontrarás algo que muchos de nosotros necesitábamos, y que al menos yo no había encontrado en otros libros hasta hoy: información sobre los motivos por los que es importante hacer las cosas de una determinada manera si quieres que este sistema funcione.
Si este libro es tu primer contacto con la metodología GTD®, quiero advertirte de que esta metodología ha cambiado, de forma significativa y para mejor, la vida de muchas personas. Si quieres que cambie también la tuya, es muy probable que además de aprender tengas que desaprender, y es posible que, en ocasiones, te descubras discutiendo y argumentando, incluso con enfado, en contra de alguno de los procedimientos que se proponen. Otros ya lo hemos hecho antes. Mi única recomendación es que te des la oportunidad de cambiar y que luego compares los resultados.
Si ya conoces GTD® y luchas por implantarlo, porque intuyes que es la solución que necesitas, pero tu sistema no termina de funcionar, creo que este libro será la ayuda que esperabas.
Por último, si ya usas esta metodología, sospecho que vas a disfrutar con la lectura e incluso es posible que te sorprendas aprendiendo alguna cosa.
En cualquier caso, estoy segura de que la lectura de este libro no te dejará indiferente. ¡Que lo disfrutes!
PAZ GARDE
Qué es GTD®
GTD® es el acrónimo de Getting Things Done, best seller publicado por el norteamericano David Allen en 2001 y considerado por muchas personas como el método más efectivo de productividad personal ideado hasta la fecha.
Hay quienes piensan que GTD® es un sistema inflexible y complejo, difícil de entender y de aplicar. Para otros, GTD® es un sistema revolucionario que les ha permitido recuperar la sensación de tener su vida bajo control y contar con la perspectiva necesaria para alcanzar los resultados que desean. En este libro encontrarás información útil para formarte tu propia opinión.
La intención de David Allen era desarrollar una solución de productividad personal que sirviera a todo el mundo. Su visión era diseñar un método que pudiera ser aprendido y aplicado por cualquier persona, independientemente de su edad, género, nivel económico, formación, ocupación o responsabilidades. Desde este planteamiento llevó a cabo su labor de investigación, que se centró en dos grandes líneas.
Por una parte, intentó extraer los principios universales comunes a todo el material disponible hasta el momento sobre organización y eficacia personal, gestión del tiempo y otras habilidades parecidas. El objetivo era «separar el trigo de la paja», distinguir entre lo que realmente es aplicable y funciona, y lo que no son más que ideas bonitas pero imposibles de llevar a la práctica. En otras palabras, se trataba de destilar la esencia de todo lo escrito hasta entonces sobre productividad personal.
Por otra parte, completó los resultados de su investigación mediante la observación de los comportamientos de las personas cuya productividad personal —es decir, su capacidad para alcanzar resultados de forma eficaz y eficiente— era muy superior a la media. Examinó qué hacían distinto, o qué no hacían, esas personas en contraste con lo que normalmente hacían las demás.
De las conclusiones de ambas líneas de investigación nació GTD®, una metodología completa de productividad personal que, a diferencia del resto de metodologías existentes hasta el momento, ha sido desarrollada en el siglo XXI con un objetivo claro: dar soluciones a los problemas que afectan a la productividad personal en el siglo XXI.
GTD® es un método y es también una filosofía. Lo que David Allen nos propone es un sistema basado en hábitos productivos. Pero además nos invita a un cambio de actitud, a tomar el control sobre nuestra vida de forma proactiva, en lugar de limitarnos a reaccionar ante los acontecimientos. Como él mismo dice, si adoptas parte de los hábitos de GTD®, tu vida mejorará pero, si los adoptas todos de forma integrada, tu vida cambiará.
Comprender en toda su dimensión el significado y las implicaciones de estas dos palabras —sistema y hábitos— es esencial para entender, aprender y aplicar GTD® con éxito.
Según la Wikipedia, un «sistema» es un objeto caracterizado por una determinada composición, estructura y entorno y cuyos componentes se relacionan al menos con otro componente. De esta definición se deduce que un sistema es distinto de sus componentes y que, por consiguiente, las propiedades del sistema son también distintas de las propiedades de cada uno de sus componentes.
Esto implica que, si alteras cualquier componente del sistema, el sistema cambia y sus propiedades también lo hacen. En el caso concreto de GTD®, lo que quiero decir es que en el momento que modificas, sustituyes o dejas de utilizar un hábito, estás cambiando el sistema y, con ello, sus propiedades. Luego no te sorprendas si los resultados no son los esperados porque, cuando decides interpretar o adaptar GTD®, estás decidiendo también dejar de usar GTD® y usar otra cosa distinta en su lugar. Aunque la apariencia externa sea parecida, las propiedades no tienen por qué serlo y, de hecho, generalmente no lo son.
También según Wikipedia, se llama «hábito» a cualquier comportamiento repetido regularmente, que requiere de un pequeño o ningún raciocinio y que es aprendido, más que innato. Aquí tenemos toda la información que necesitamos. En primer lugar, un hábito es, como su nombre indica, un comportamiento habitual. Esto significa que si ese comportamiento aparece solo a veces o en determinadas circunstancias, deja de ser un hábito. Veremos más adelante las implicaciones que esto conlleva. En segundo lugar, el hábito normalmente no requiere pensar, ya que es un automatismo, es decir, una respuesta automática ante algo. Por último, los hábitos se aprenden, no son innatos. Esto significa que la productividad personal no es un don divino ni una bendición genética sino algo que puede ser aprendido y llevado a la práctica por cualquier persona.
Aunque volveré sobre ello más adelante, por ahora lo importante es quedarnos con esta idea: GTD® es un sistema formado por una selección concreta de hábitos específicos. Quienes intentan cambiarlo, se sorprenden porque no obtienen los resultados esperados. Esto es normal ya que, si se cambia algo, lo que se está usando ya no es GTD® sino otra cosa.
Sobre este libro
Como explico más adelante, yo llegué a GTD® por necesidad y también por casualidad. En realidad, por una casualidad que me ayudó a resolver una necesidad. Eso ocurrió hace aproximadamente una década, y desde entonces soy usuario de GTD® y sigo aprendiendo sobre el método cada día.
Por una serie de circunstancias externas, en septiembre de 2011 decidí abandonar mi carrera profesional por cuenta ajena y comenzar una aventura en solitario como consultor artesano. Si sientes curiosidad por saber en qué consiste la consultoría artesana, puedes encontrar información detallada en <http://consultoriaartesana.net/>.
Desde entonces, buena parte de mi actividad profesional ha transcurrido como formador en GTD®, sobre todo en el mundo de la gran empresa, aunque también trabajo ocasionalmente con el sector público y con pymes. Según mis cálculos, a día de hoy llevo acumuladas más de 1.500 horas como formador en GTD®. Esta experiencia me ha ayudado a compartir el conocimiento adquirido durante años como usuario de GTD® y también a aprender aún más sobre el método y a entender por qué a muchas personas les cuesta a veces tanto implantar la metodología con éxito. Y, por qué no decirlo, me ha permitido comprobar que determinadas partes de los libros originales de David Allen pueden resultar excesivamente ambiguas y, por tanto, susceptibles de ser interpretadas de forma errónea.
Como parte de mi actividad de innovación y desarrollo, trabajo en red desde mediados de 2012 con otros tres consultores artesanos, también especializados en la formación en GTD®. Esta comunidad de práctica se llama GTD Lab. Durante este tiempo hemos tenido oportunidad de contrastar nuestros conocimientos, experiencias y problemáticas, tanto como usuarios de GTD® como en lo que concierne a nuestra actividad como formadores. Gracias a este intercambio de conocimiento y experiencias hemos podido refinar y mejorar nuestros talleres, así como contrastar y armonizar criterios sobre cómo rellenar algunas lagunas para el aprendizaje que presentan los libros originales de GTD®.
El objeto de este libro es poner a tu disposición todo lo que he aprendido hasta el momento sobre GTD®. Lo que he aprendido yo y, sobre todo, lo que me han enseñado los varios cientos de personas que han aprendido GTD® conmigo. Personas que, probablemente como tú, se acercaron a GTD® aspirando a mejorar su productividad personal para ganar calidad de vida y lograr los resultados que deseaban con tranquilidad y sin estrés.
Si aún no conoces nada sobre GTD®, en este libro encontrarás información más que suficiente para empezar a usarlo con buenas probabilidades de éxito. Si, por el contrario, ya sabes qué es GTD® y, por el motivo que sea, no has conseguido sacarle aún todo el partido que esperabas, este libro te ayudará a entender a qué se ha podido deber y qué puedes hacer ahora distinto para lograrlo. También es posible que seas directivo o responsable de alguna empresa y estés planteándote dar a conocer la metodología GTD® a tu organización o a tu equipo. Si es así, en este libro encontrarás la información que necesitas para aclarar aún más tus ideas y tomar la decisión. O podrías ser responsable de Formación o de Recursos Humanos y tener dudas sobre cuál es la forma idónea de implantar GTD® en tu organización, en cuyo caso cuentas con una parte del libro específicamente dedicada a ello. Y, claro está, podrías ser simplemente una persona curiosa con ganas de explorar territorios desconocidos y aprender cosas nuevas. Si es tu caso, estás de suerte, porque descubrir y aprender GTD® es, de por sí, toda una aventura.
Antes de GTD®
Siempre me he considerado una persona organizada. Por ejemplo, cuando iba a la universidad utilizaba una agenda electrónica de bolsillo. En ella tomaba nota de todo lo que quería tener bajo control, tanto si eran cosas que debía hacer como si se trataba de eventos clave —por ejemplo, los exámenes—. A mis compañeros de estudios aquello les parecía un poco raro, más propio de profesionales consagrados que de jóvenes estudiantes. Sin embargo, a mí lo que me parecía raro era que ellos rara vez tuvieran una idea clara de cuáles eran los próximos compromisos que les vencían —trabajos de clase que había que entregar, por ejemplo— o cuándo era la fecha concreta del próximo examen.
También es cierto que la idea de usar una agenda —electrónica o no— tenía su razón de ser. Además de estar centrado en mis estudios, en aquella época dedicaba muchas horas a hacer deporte, impartía también un buen número de clases particulares a la semana, pertenecía al equipo directivo de un club deportivo y tenía novia. Esto significa que, si quería que me diera tiempo a todo sin que nada se resintiera, debía gestionar mis compromisos de la forma más eficaz y eficiente posible. Y, precisamente como resultado de esa búsqueda, llegué a la agenda.
Más adelante, cuando comencé mi carrera profesional, continué con aquel hábito productivo. Es lo que tienen los hábitos, que cuesta adoptarlos pero, una vez adoptados, cuesta también perderlos. Así que, en mi caso, seguía utilizando mi agenda electrónica más por costumbre que por necesidad.
Una de las cosas que descubrí por aquel entonces es que los dispositivos móviles son más cómodos para consultar información que para introducirla. A día de hoy, sigo pensando lo mismo.
Ya inmerso en el mundo profesional, el volumen de cosas que iban a parar a mi agenda era considerablemente mayor que cuando era estudiante. Eso hizo que me planteara cambiar de herramienta, en busca de algo más operativo, sobre todo de cara a la entrada de datos. Fue así como descubrí el Lotus Organizer, que se convirtió en compañero inseparable durante bastantes años. La ventaja del Lotus Organizer era que lo tenía todo el día abierto en el ordenador, por lo que tanto la entrada de nueva información como la consulta de la ya existente se convertía en algo fácil e inmediato. La única desventaja que tenía es que no era portátil, pero tampoco me importaba demasiado ya que, para las cosas «personales», seguía usando mi vieja agenda electrónica.
El Lotus Organizer es un buen representante de una forma de organización personal que, a día de hoy, aún cuenta con un inmenso número de adeptos. El modelo es sencillo y aparentemente potente. Se trata de combinar el uso de un calendario o agenda con el de una lista de tareas. Una «ventaja» que ofrecía el Lotus Organizer era que «movía» automáticamente al día siguiente todas las tareas no completadas el día anterior, con lo que te «ahorrabas» el tener que copiar a diario un buen número de ellas.
Y así fue como, con mi agenda y mi lista de tareas, me organicé durante mis primeros diez años de carrera profesional. Lógicamente, como bien saben las personas que usan este mismo método, hay épocas mejores y épocas peores, con claro predominio de las segundas. Durante esos diez años, asumí que las épocas peores se debían, o bien a que la vida es así, con sus altibajos, o bien a que mi uso de aquellas herramientas no era —probablemente— todo lo eficiente que podía llegar a ser. Lo que, curiosamente, nunca llegué a plantearme es que a lo mejor existía una tercera explicación y que esta tenía que ver, precisamente, con usar una agenda y una lista de tareas como herramienta de organización.
De repente, todo cambió. Después de una década ocupando posiciones muy diversas siempre dentro de HP, me ofrecieron una oportunidad profesional realmente atractiva y llena de desafíos. Por una parte, un nuevo sector, el de la Biotecnología, que era desconocido para mí. Por otra, el cambio de escala, al pasar de una empresa con varias decenas de miles de empleados a otra que contaba solo con unos pocos miles a nivel mundial. En España, en concreto, no llegaban a cuarenta, frente a los más de mil que había en HP. Como consecuencia de lo anterior tuve ante mí un reto profesional doble, ya que lo reducido de la plantilla en España no justificaba una posición a tiempo completo. Así que, casi de la noche a la mañana, me encontré con dos nuevos trabajos, uno local y otro internacional, en una empresa y en un sector que no conocía.
Recuerdo que, durante la entrevista de trabajo, me explicaron que las dos posiciones que iba a ocupar serían a media jornada. Sin embargo, no fue hasta unas semanas después de incorporarme a la nueva empresa cuando comprendí el verdadero significado de la expresión «media jornada». Se referían, claro está, a dedicar doce horas diarias a cada una de ellas.
Los primeros meses fueron un calvario. Yo intentaba animarme a mí mismo, diciéndome que debía aguantar un poco y que, en seguida, todo volvería a la normalidad. A fin de cuentas, había cambiado de puesto media docena de veces en los diez años anteriores y había logrado sobrevivir sin mayores problemas. ¿Por qué iba a ser distinto ahora?
La verdad es que no lo sé, pero lo fue. Pasaron las semanas y los meses, y aquello, lejos de mejorar, empeoró. El agotamiento era evidente y el estrés se había hecho dueño de la situación. Recuerdo con angustia la frustrante sensación de ir a la oficina sabiendo que, muy probablemente, regresaría a casa con más e-mails en mi bandeja de entrada de los que había encontrado a primera hora. Tenía complejo de mal estudiante, de esos que empiezan en octubre sabiendo que les van a quedar la mitad de las asignaturas para el verano. Era muy deprimente.
Lo siguiente que se resintió, como era de esperar, fue la salud. Después del agotamiento y el estrés siguieron el insomnio y las pesadillas, las taquicardias y la hipertensión. Evidentemente no hacía ningún deporte, ya que la vida no me daba para más. La situación llegó a tal extremo que llegué a la conclusión de que había cometido un grave error profesional con aquel cambio, que había intentado abarcar más de lo que mis capacidades me permitían y que debía plantearme buscar otro trabajo más acorde con mi capacidad real si no quería perder mi salud en el empeño, motivo por el que comencé a buscar activamente una nueva oportunidad.
Pero, como todo el mundo sabe, las oportunidades profesionales no suelen surgir cuando uno quiere sino cuando el azar decide. Por este motivo decidí complementar mi búsqueda de alternativas profesionales con otro tipo de búsqueda: la de formas de mejorar mi productividad personal a corto plazo. Impulsado por esta idea, comencé a investigar sobre el tema en los escasos ratos libres de los que disponía. Leí todo lo que encontré sobre organización personal, gestión del tiempo y otras líneas de autoayuda. No podía faltar el conocido best seller Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, de S. R. Covey, un libro que me llamó la atención tanto por lo potente de los hábitos que propone como por la ausencia de un método claro y conciso para gestionar la realidad del día a día.
Como ocurre con muchas de las grandes cosas en la vida, di con la solución que necesitaba por pura casualidad. Llevaba un par de años utilizando un software específico para elaborar mapas mentales, una herramienta de creatividad ideada por el británico Tony Buzan. Sin embargo, yo no lo utilizaba con este fin sino simplemente para tomar notas en las reuniones. Se lo había visto usar en una ocasión a un colega británico y me había encantado lo útil que era, tanto para tomar notas como para estructurarlas y así poder acceder a ellas fácil y cómodamente. Como es común, en el proceso de registro del software me habían ofrecido la posibilidad de suscribirme a una newsletter mensual en la que aparecía información interesante sobre posibles usos de la herramienta, otros programas complementarios y, en general, información diversa sobre los mapas mentales. Fue precisamente en una de estas newsletters —que normalmente no solía leer— en la que vi por casualidad un artículo sobre una nueva aplicación que habían desarrollado para poder implantar la, según los autores, «conocida» metodología de productividad personal mediante este software de mapas mentales. Recuerdo que pensé que «conocida» sería para ellos, ya que yo no había oído hablar de GTD® en mi vida. Al margen de eso, la newsletter añadía que si descargabas la versión de prueba podías utilizarla gratis durante treinta días y, además, te regalaban los dos primeros capítulos del «best seller» mundial Getting Things Done en formato pdf.
Imagino que no es necesario aclarar que me faltó tiempo para descargar aquella versión de prueba y ver qué aspecto tenía. Lo hice y el primer pensamiento que tuve fue «¡Uy! ¡Qué difícil parece esto!». De hecho, pasé casi de inmediato a ojear el pdf que había descargado, con la esperanza de que fuera más sencillo. No sé muy bien qué me impulsó a continuar, porque la verdad es que sencillo no era. Leer Getting Things Done en inglés y en pdf es una experiencia sin la que se puede vivir estupendamente. De verdad. Pero imagino que en mi caso la necesidad de dar con una solución a mis problemas me ayudó a seguir adelante y terminar de leer aquellos dos capítulos.
Cuesta describir cuánto me alegro de haber tomado aquella decisión. La dificultad inicial fue quedando en segundo plano mientras me adentraba en el texto. A pesar del abuso de la jerga y de construcciones gramaticales americanas por mí desconocidas, aquel documento en pdf logró atraparme. Por primera vez, en mucho tiempo, la sensación que me transmitía lo que leía era «esto sí puede ser la solución». No es que no me hubiera servido nada de lo que había leído hasta entonces. En casi todo lo que había pasado por mis manos había encontrado ideas interesantes y consejos útiles. Pero ninguno que pudiera dar a mi situación el vuelco que necesitaba. Y ahora, por primera vez, sí tenía entre mis manos una posible solución «de verdad».
Cuando terminé de leer los dos capítulos estaba ilusionado y agobiado a la vez. Ilusionado porque había dado con la solución que buscaba. Agobiado porque no sabía si iba a ser capaz de implantarla. Ahora, muchos años más tarde, no puedo evitar recordar aquel instante cuando alguien, al terminar uno de mis talleres, me dice: «A ver si soy capaz de implantarlo». «Me llevo un reto y una ilusión», comentaba recientemente un alumno. Creo que esta frase define a la perfección lo que yo sentía en aquel momento.
Mi estimación, que por supuesto es completamente subjetiva, es que el uso sistemático de GTD® me ha proporcionado una mejora de un 40 por ciento en mi productividad personal. La forma de llegar a esta conclusión ha sido comparando la cantidad y la calidad de los resultados que era capaz de conseguir antes de usar GTD® con los que he sido capaz de conseguir después. Además, gracias a los testimonios de diversos alumnos, he podido comprobar en los últimos años que este margen de mejora es bastante universal y que el uso de GTD®, aun en sus etapas iniciales, supone una mejora inmediata de al menos un 30 por ciento en productividad personal. Eso sí, siempre que se esté usando realmente GTD®.
Descubriendo GTD®
El descubrimiento de GTD® marcaba el inicio de una larga aventura que duraría aproximadamente un año y medio. Una aventura de experimentación y aprendizaje, repleta de errores y de fracasos pero también de logros memorables y de enormes satisfacciones. Y sí, has leído bien. He dicho un año y medio. Estarás diciéndote: ¿por qué?, ¿cómo es posible? ¡Eso es una locura!
Bueno, en realidad no. Locura, según Einstein, es esperar resultados distintos haciendo las mismas cosas de siempre. Y este tipo de locura lo padecemos, en mayor o menor medida, casi todas las personas. Pero dejémoslo ahí por el momento.
Decía que la aventura duró aproximadamente un año y medio y probablemente te estés preguntando qué pasó después. Lo que pasó es que mi vida experimentó un cambio profundo y radical, algo que cuesta creer hasta que no se ha vivido la experiencia. La sensación casi permanente de desasosiego había desaparecido por completo. Ya no había estrés. La jornada laboral volvía a tener una duración razonable, y los fines de semana significaban nuevamente familia, ocio y descanso en lugar de más trabajo. Por fin había vuelto a hacer deporte y además me estaba planteando abrir un blog.
Si me preguntas si implantar GTD® fue fácil, te seré sincero: no lo fue. Si me preguntas si valió la pena, también te seré sincero: sí, sin duda alguna. Volvería a hacerlo cuantas veces fuera necesario.
GTD® es muy fácil. De verdad. Consiste en una serie de hábitos sencillos que, de forma combinada, producen resultados espectaculares. Estos hábitos están además al alcance de cualquier persona, independientemente de a qué se dedique o de la formación que tenga.
Lo que ya no es tan fácil es implantar GTD®. Esto ocurre porque las personas somos «animales de costumbres», como vulgarmente se dice. Cuando tenemos la costumbre de hacer algo de determinada manera, dejar de hacerlo de esa forma concreta y pasar a hacerlo de otra distinta no nos resulta nada fácil ni, por supuesto, cómodo. Yo al principio no lo entendía. «¿Cómo es posible que, siendo tan evidente, me esté costando tanto implantar GTD®?», pensaba.
Tardé muchos años en entender la verdadera naturaleza del problema. Fue el verano anterior a que mi hija mayor empezara a ir al instituto. Ella estaba acostumbrada a compaginar sus estudios con un buen número de actividades extraescolares, algo que venía propiciado por el hecho de vivir en un pueblo pequeño en el que todo queda cerca. Sus amigos más mayores, los que ya iban al instituto, la habían asustado diciéndole que iba a acusar mucho el cambio y que no iba a tener más remedio que abandonar alguna de esas actividades si no quería que sus estudios se resintieran.
Mi hija decidió anticiparse al problema y al terminar el curso me dijo: «Papá, quiero que este verano me enseñes a usar GTD®». Y claro, ¿qué padre se niega ante una petición así por parte de un hijo? Así que, encantado con el reto, me dispuse a explicar GTD® a mi hija adolescente. Lógicamente tuve que adaptar el contenido, y sobre todo el ritmo de explicación, de modo que no le resultara tedioso a una niña de once años. Para ello, lo que hice fue descomponer el método en pequeñas partes y dedicar entre quince y veinte minutos al día a ir analizando cada una de ellas.
Al cabo de un par de semanas habíamos acabado de ver todos los conceptos básicos de la metodología y le dije a mi hija que con eso tenía suficiente por el momento. Reconozco que su respuesta no era la que yo esperaba y no es que esperara gran cosa. En lugar de algunas palabras de reconocimiento, no tanto hacia mí como hacia el método en sí, lo que me encontré fue un duro golpe para mi ego. «Papá —me dijo con expresión incrédula— ¿a ti de verdad te pagan por explicar esto en las empresas?...»
Recuperada mi autoestima, me di cuenta del enorme aprendizaje que me había proporcionado aquella pregunta de mi hija. La dificultad para aprender GTD® es independiente de GTD®. No se trata de que GTD® sea difícil, porque es muy fácil, sino de que su aprendizaje entra en conflicto con otros aprendizajes previos que ya hemos tenido sobre el mismo tema. Dicho de otro modo, es prácticamente imposible aprender GTD® sin desaprender previamente todo lo que nos han venido contando con anterioridad sobre organización personal, gestión del tiempo y otros conceptos relacionados.
Años más tarde, ya como formador en GTD®, he tenido oportunidad de confirmar este aprendizaje innumerables veces. Las personas más organizadas son las que más dificultad encuentran para entender y asimilar los conceptos de GTD®, precisamente porque son las que más cosas necesitan desaprender. Por el contrario, las personas que no tienen nada que desaprender, porque nunca han seguido ningún consejo o método de organización, son las que más rápida y fácilmente interiorizan sus conceptos y los aplican.
En resumen, la dificultad para aprender y aplicar GTD® no está en GTD® sino en nuestras creencias.