Alza los ojos hacia la sala como si se hubiera olvidado por un momento de dónde se encuentra, pero enseguida se rehace y, encogiéndose de hombros, esboza una sonrisa de disculpa.

—Después de diez horas de viaje llegamos a un lugar perdido del desierto del Néguev, o del de la Aravá, cerca de Eilat… Veamos, intentaré comunicarme conmigo mismo, que en paz descanse… Pone los ojos en blanco, echa la cabeza hacia atrás y murmura: ya lo veo…, veo unas montañas marrones y rojas, un desierto, tiendas de campaña, los barracones de la comandancia, el comedor, y una bandera de Israel deshilachada en lo alto del mástil, un charco de gasóleo, un generador degenerado que se apaga a cada momento, y unas fi ambreras de metal, el típico regalo del bar mitzvá y que teníamos que fregar con un estropajo asqueroso y agua fría, de manera que siempre estaban grasientas…

El público vuelve a estar tranquilo, disfrutando de un terreno conocido. Dóvaleh y yo pasamos cuatro días en el mismo destacamento, dormimos casi siempre en la misma tienda y comimos en la mesa del mismo comedor sin decirnos ni media palabra.

—Y los instructores, allí en la base, quiero decir, los oficiales, eran todos una panda de tarados, cada uno a su manera. Copias en bruto de un ser humano. En el ejército de verdad no los habían querido y por eso los ponían a mandar a unos pobres niños. Uno era bizco y no veía más allá de sus narices, el otro tenía los pies planos, otra tenía una hernia y otro era de Holón. Creedme si os digo que de los diez instructores que allí había a duras penas se podía llegar a componer una sola persona normal.

—Dime, añade, dirigiéndose a la médium, ¿por qué te empeñas en agriarme la leche del termo? Mira cómo se ríen todos. ¿A ti no te hacen gracia mis bromas?

—No.
—¿Cómo? ¿Que no cuento chistes graciosos?
—Tus chistes son muy malos, le responde con la mirada fija en la mesa y los dedos acariciando las asas del bolso.

—¿Malos porque no hacen reír, le pregunta él con suavidad, o malos porque, digamos, encierran cierta maldad?

Ella no contesta de inmediato. Reflexiona.
—Las dos cosas, dice finalmente.
—O sea que mis chistes no tienen gracia, repite él, y además contienen maldad.

Ella vuelve a reflexionar: Sí.
—La comedia en vivo es así.
—Pues no me parece bien.
Él la mira largamente, divertido: Entonces, ¿por qué has venido?

—Porque cuando en la casa de cultura de mi pueblo hablaron de una comedia en vivo, yo creí que sería una especie de karaoke.

Conversan como si en la sala no hubiera nadie más que ellos dos.

—Pues ahora que ya sabes lo que es, te puedes ir. —Quiero quedarme.

—¿Para qué? No solo no estás disfrutando, sino que sufres. —Es verdad. Su rostro muestra tristeza. Cada estado de ánimo por el que pasa se le refleja al momento en la cara. En realidad tengo la impresión de que durante el transcurso de la velada la he estado observando a ella tanto como a él. Pero solo ahora me doy cuenta de que no dejo de pasear la mirada de él a ella y que lo juzgo a él según la reacción de ella.

—Es mejor que te vayas. A partir de ahora te va a resultar todavía más duro.

—Quiero quedarme. Cuando frunce los labios el círculo rojo que se forma le da el aspecto de un pequeño payaso ofendido. Dóvaleh se chupa las mejillas por dentro y los ojos parecen juntársele.

De acuerdo, susurra, pero te lo he advertido, preciosa. Luego no me vengas con reclamaciones.

Ella lo mira sin entender y se encoge.
—¡Adelante, Natanya!, grita de pronto con una voz terrible que suena a ladrido. Pues como os decía, tras diez horas de viaje, llegamos y nos meten en una tienda de campaña. Eran unas tiendas grandes, para unas diez o veinte personas, ¿o serían para menos? No lo recuerdo, nada, que no…, la verdad es que ya casi no me acuerdo de todo aquello, no os fiéis ni de media palabra de lo que os cuente, que tengo el cerebro como un colador, os lo juro por mi madre, tan agujereado lo tengo que cuando mis hijos todavía sabían que tenían padre y venían a visitarme a mi casa, les decía eh chicos, poneos unas tarjetitas con los nombres.

Se oyen unas débiles risas.
—Allí, en Beer Ora, nos enseñaron todo lo que un orgulloso muchacho hebreo debe saber: a trepar por una pared, por si volvemos a tener la necesidad de escapar de los muros de un gueto; a reptar por los conductos de los alcantarillados; a recibir en clave las instrucciones militares para que los nazis no sepan lo que decimos y se desesperen; y hasta nos obligaban a tirarnos desde una torreta a una lona, ¿os acordáis de eso?; y a caminar por una cuerda como un camaleón; y a hacer marchas y más marchas, de día y de noche, sudando y corriendo alrededor de la base, en medio de un calor asfixiante; y a disparar cinco balas con un pequeño fusil checo que nos hacía sentir como James Bond; y eso que a mí —parpadea con encanto— disparar me traía un poco el recuerdo del sabor a madre, a yiddishkeit, porque mi madre, no sé si os lo he contado…, ¿os lo he contado ya?, trabajaba en una fábrica de armas, en Jerusalén, clasificando munición, eso es lo que hacía mi querida madre, seis turnos a la semana, un trabajo que mi padre le había conseguido porque seguro que alguien le debía algo y por eso la aceptaron, con todo su bagaje. Ni que me matéis entenderé nunca qué se le pasó a mi padre por la cabeza para buscarle un trabajo como ese: nueve horas al día manipulando balas de metralleta, ¡ta-ta-ta-ta-ta! Dóvaleh empuña una metralleta imaginaria y dispara en todas direcciones mientras se ríe con una voz muy ronca: ¡Beer Ora, allá voy! Ay, y los turnos en la cocina, entre aquellas ollas gigantes; y la sarna, con todos allí rascándonos como pequeños Jobs de juguete, por no hablar de las diarreas, porque a nuestro chef de cocina le debían de haber dado una estrella Michelin en la especialidad de cólicos…

Así continúa durante un rato sin mirarme a los ojos.
—Y por la noche fiestas, hogueras y cánticos… En los ejercicios para jóvenes bomberos me hicieron apagar una luciérnaga con la polla, así que fi guraos el cachondeo de los compañeros, chicos y chicas a una, el yin y el yang bailando el krakowiak y yo convertido en el gracioso de mi destacamento, sí, sí, os podéis reír libremente, se me pasaban de mano en mano como una pelota, porque era muy pequeño y ligero, también de edad era el más joven de todos, porque en el colegio me habían pasado de curso, pero dejemos eso…, tampoco es que fuera una lumbrera, simplemente los profesores estaban hartos de mí y de una patada me enviaron al curso superior. El caso es que en el campamento me convirtieron en un talismán, en el peluche de sus deseos. Antes de cualquier ejercicio, y sobre todo, antes de las prácticas de tiro, venían todos y me daban un capón, pero eso sí, con cariño, sin mala leche. Y me llamaban Bambino; por primera vez en mi vida tenía un nombre normal y no me llamaban «el botas» o «el trapero»…

Así fue como me encontré con Dóvaleh allí: llegué a la base, entré en la tienda de campaña para sacar las cosas del petate y me encontré con tres fornidos chicos, a los que no conocía, tirándose unos a otros una gran bolsa militar dentro de la cual gritaba de safo ra da men te un niño. Yo no conocía a aquellos chicos. Era el único de mi colegio al que habían enviado a esa tienda. Imagino que el profesor que nos había distribuido por el campamento supuso que yo me sentiría como un extraño me pusiera donde me pusiera. Recuerdo que me quedé petrificado a la entrada de la tienda, sin moverme. No podía dejar de mirarlos. Los tres chicos estaban en camiseta, y en los músculos de los brazos les brillaba el sudor. El niño que estaba dentro de la bolsa dejó de gritar y empezó a llorar, pero aquellos tres se limitaban a sonreír con sorna sin decir palabra y a lanzarse violentamente el bulto del uno al otro.

Dejé mi petate en la cama que me pareció que quedaba libre, la más próxima a la entrada de la tienda, y me senté en ella dándole la espalda al espectáculo. No quería entrometerme, pero tampoco estaba dispuesto a marcharme de la tienda. En un momento dado oí un golpe espantoso que me hizo poner de pie de un salto. A uno de ellos se le había escapado la bolsa y esta había caído al suelo, que era de cemento. Entonces se abrió desde dentro y asomó muy deprisa una cabeza llena de rizos negros. Lo reconocí al instante. Los otros tres debieron de ver algo en la expresión de mi cara y se rieron entre burlas. Dóvaleh volvió la cabeza siguiendo las miradas de los chicos y se me quedó mirando con los ojos como platos. Tenía el rostro bañado en lágrimas. Aquel encuentro estaba muy por encima de nuestras expectativas y, en cierto modo, de nuestras posibilidades. No dejamos entrever ningún indicio de que nos conociéramos. Como buenos negativos que éramos el uno del otro, hasta en eso estábamos perfectamente coordinados. Su grito se ahogó en mi garganta, o eso me pareció. A continuación salí de la tienda, con la cabeza bien alta, aunque seguido, eso sí, por las risotadas de aquellos tres.

—Allí todo giraba alrededor de las relaciones entre chicos y chicas, porque las hormonas andaban revolucionadas, las de algunos, sin embargo, todavía intactas en sus envoltorios de nailon, y el pasatiempo favorito era reventarse los granos con gran jolgorio. Yo todavía estaba muy verde en todos esos asuntos. Me había iniciado en los primeros tanteos conmigo mismo inspirado en revistas y alguna que otra foto, pero en lo de llegar hasta el final me limitaba, por ahora, al papel de espectador, aunque no sabéis lo que llegué a disfrutar: allí empezó mi carrera como agudo observador de la vida.

Dóvaleh sonríe y el público le devuelve la sonrisa. ¿Qué les está vendiendo? ¿Qué intenta venderse a sí mismo?

Al rato de habérmelo encontrado en la tienda de campaña, nos vimos en el comedor. Como estábamos en la misma tienda, también nos tocaba compartir mesa, aunque por suerte, lejos el uno del otro. Me llené el plato y me concentré en la comida intentado no desviar la mirada, a pesar de lo cual vi que sus compañeros de clase le vaciaban un salero entero en la sopa, que sin embargo él se tomaba haciendo mil y una muecas y sorbiendo sonoramente ante el júbilo de esos mismos compañeros. Después alguien le quitó la gorra y empezaron a lanzársela unos a otros a lo largo de la mesa. De vez en cuando caía en la comida, hasta que al final fue a aterrizar de nuevo en su cabeza, ahora goteándole todo tipo de líquidos por la cara. Pero él se limitó a lamerlos. De vez en cuando, entre las risotadas que soltaba y las muecas que hacía, posaba en mí una mirada impasible y vacía.

Al final de la comida le embutieron medio plátano en la boca. Él, entonces, empezó a rascarse las costillas y a gritar como un mono hasta que el comandante de la unidad le ordenó que se callara y se estuviera quieto.

Por la noche, cuando ya estábamos todos acostados y la luz apagada, los demás chicos de la tienda volvieron al ataque y se empeñaron en que les contara las fantasías que tenía con una de las chicas de la clase que estaba especialmente desarrollada. Él lo hizo, y con un vocabulario que me sorprendió, porque nunca hubiera creído que lo conociera. Pero sí, era su voz, era su discurso, era su riqueza de vocabulario y su desbordada imaginación. Me quedé allí acostado sin moverme, sin respirar apenas, y con la certeza de que si él no hubiera estado en aquella tienda, los demás chicos la habrían tomado conmigo.

Uno de los de su clase salió de pronto corriendo por entre las filas de camas imitando la forma de hablar del padre de Dóvaleh, y otro le fue al encuentro imitando, por lo visto, a la madre. Me cubrí la cabeza con la manta militar. Los chicos se reían, y Dóvaleh también se reía con ellos. Todavía no le había cambiado la voz, que sonaba tintineante y fresca entre las profundas voces de ellos. Uno de ellos dijo: Si me paseara por la calle Dizengoff con Grinstein, creerían que voy con una chica, y una marea de risotadas inundó la tienda.

Tras una segunda noche le supliqué a mi profesor del campamento que me trasladaran de tienda. La tercera noche la pasé ya en otra cama, en otra tienda, lejos de la suya, pero aun así seguía notando las sacudidas de la lona de la primera. La cuarta noche me pusieron a hacer guardia con una chica de mi clase y dejé de pensar en Dóvaleh.

Tengo que darle la razón: lo borré de mi mente.

—Y por las noches, carreras entre las tiendas mientras no dejaba de oírse, ahhh, uuu, quita la mano de ahí, idiota, pero hasta aquí sí puedo, ¿no?, aj, con la lengua no, tócamela, solo con la mano, es que hoy no puedo, de verdad que no, si se entera mi madre me mata, pero joder, ¿cómo se abren todas estas hebillas?, y esto qué es, mi madre, me has salpicado, hija de puta, que me las has pillado con la cremallera…

El público se desternilla de la risa. Él todavía rehúye mi mirada. Sigo esperando. Estoy preparado. En cualquier momento se volverá hacia mí con una amplia sonrisa y dirá: Mirad qué casualidad, ¡el mundo es un pañuelo! ¡Su señoría el juez Avishai Lazar estuvo allí conmigo!

La segunda mañana que estuve en el campamento me enviaron desde el campo de tiro a buscar la cantimplora que me había dejado en la tienda. Recuerdo lo agradable que me resultó estar de repente solo, sin el ruido, el vocerío y las órdenes que lo inundaban constantemente todo, el alivio que sentí al poder estar tranquilo un rato, sin la tortura de su presencia. El aire era muy puro y todo parecía bañado de un frescor balsámico (ahora, al escribirlo, me vuelve a la memoria el aroma del jabón y del agua fresca al lavarnos por la mañana que quedaba encharcada en los resquicios del suelo de cemento de la tienda).

Me senté en mi cama. La lona de la entrada estaba recogida, así que podía contemplar el desierto. Su asombrosa belleza me sirvió de consuelo desde el momento en que llegué a aquel lugar. Me esforcé por vaciar la cabeza de todo pensamiento.

Y precisamente entonces, quizá porque estaba desprevenido y había bajado la guardia, noté que por la garganta me subía un llanto que nunca había experimentado, y enseguida me di cuenta de que era un llanto de duelo, de una gran pérdida que haría que al cabo de un momento me viera acometido por unos espasmos irrefrenables.

De repente, Dóvaleh entró en la tienda. Me vio y se quedó helado. Después se fue con paso inseguro, casi tropezando, hasta su cama y se puso a rebuscar en el petate. Yo me refugié en el mío y también empecé a buscar algo con la cara prácticamente sumergida en su interior. El inmenso llanto se me pasó al instante. Después de un par de minutos, como no oía nada, creí que se habría marchado y levanté la cabeza. Estaba allí de pie, junto a su cama, vuelto hacia mí y con los brazos caídos. Intercambiamos unas miradas turbias, oscuras. Los labios se le movieron, porque quizá quería decirme algo. O puede que intentara sonreír para que lo recordara, para que me acordara de nosotros. Debí de reaccionar con un gesto de advertencia, o de rechazo, o puede que de aversión, porque vi que la cara se le deformaba en una mueca temblorosa.

Y eso fue todo. Cuando volví a mirar, lo vi alejándose de la tienda.

—Y entonces, al tercer día, gritó Dóvaleh, ¿o sería el cuarto? ¡Quién sabe! ¿Quién se acuerda ya de nada? La verdad es que hace tiempo que puedo decir, y con todas las de la ley: mi memoria, que en paz descanse. El caso es que a los pocos días, estábamos allí sentados en el suelo, en círculo, bajo un sol de justicia. La única sombra que había era la que proyectaban los buitres que esperaban, hala, venga, palmadla ya de una vez. El instructor de nuestro grupo, un gafotas, nos explicaba cómo camuflarnos, o algo parecido, cuando de repente salió corriendo del barracón de la comandancia una soldado, una sargento, creo, bum, bum, bum, una chica muy bajita pero con un considerable peso específico, el uniforme a punto de estallarle y las piernas de gacela, ¡una gacela cada pierna! Pequeño tributo al humor de los años sesenta. Y venía tan ligera que se plantó donde nosotros en un instante y, sin darle tiempo a nuestro instructor a concederle el permiso para que hablara y casi sin resuello, nos soltó: Grinstein, Dov, ¿se encuentra en este destacamento?

Ese momento también lo recuerdo muy bien. A la soldado no, pero sí el estridente grito que pegó al pronunciar su nombre. Yo estaba pensando en otra cosa y no la vi acercarse, por lo que me dio un susto de muerte. El oírla pronunciar el nombre de Dov Grinstein me produjo tal conmoción, que a punto estuve de levantarme y decir que era yo.

—A mí, queridos amigos, aquello me olió muy mal al instante. La clase entera me señaló con el dedo, es él. Como si quisieran decirle a la soldado: llévatelo a él, a mí no. Sospecho que no habría sido una experiencia muy agradable estar con ellos en un campo de concentración durante el proceso de selección, añade riéndose, y sin mirarme. Entonces la sargento me dijo muy deprisa: ven, que el comandante quiere hablar contigo. Y a mí, no se me ocurre otra cosa sino decirle con mi vocecita de castrado: «Pero ¿qué he hecho, mi sargento?». Y mis compañeros empiezan a gritar: Arréstalo por frotamientos, por tirarse pedos en la tienda, todo mentiras, por cierto, y luego se ponen a cantar a coro: ¡Al calabozo con el Goma, al calabozo con el Goma! Y es que los de la clase me llamaban «el Goma». ¿Por qué? Os agradezco que mostréis tanto interés por mi persona, queridos. Pues porque estaba plagadito de pecas. Ahora ya no, han desaparecido casi todas, pero entonces tenía un montón, sí, exacto, eso fue lo que pasó, que alguien se cagó delante de mi ventilador, gracias por explicarlo tan original y gráficamente, mesa diecinueve…

Dóvaleh vuelve la cabeza muy despacio hacia el lugar desde donde ha venido el comentario, uno de sus trucos fijos, y clava una mirada inexpresiva en el hombre de la mesa diecinueve. El director de la sala enciende un foco encima de él y aparece un hombre entrado en carnes, con la cabeza afeitada y una americana amarilla. Dóvaleh no aparta los ojos de él. Lo observa largamente con los párpados entrecerrados. El público se ríe con ganas.

—Buenas noches, Toni Soprano a la crema de limón, le dice con dulzura, bienvenido a nuestro refugio, que tengas una noche de cristales rotos. Comprendo que te estés medicando, pero ¿ha tenido que ser precisamente hoy, en medio de mi karma, cuando se te ocurre salir a ventilarte? La mujer del individuo, llorando de risa, le da una palmada en la espalda, pero él resopla y, con un gesto brusco, aparta la mano consoladora de ella. No, no, compañero, le grita Dóvaleh, si te lo digo con todo mi cariño. Yoav, que le sirvan un vodka al señor, ¡apúntamelo, que invito yo! Pero que no se olviden de echarle dos pastillas de Clonex y unas cuantas de Ritalin… No, no, si estás perfectamente bien, hombre, al final de la velada se te hará entrega del premio Al-Qaeda a la inteligencia emocional… Que no, que no me río de ti, colega, en todo caso me río contigo, hermano; solo quería decirte que la broma del ventilador ya la había oído antes un par de veces. Había uno en la clase, con el que creo que habrías hecho muy buenas migas, porque era igualito que tú, tu doble, vamos —se pone la mano a un lado de la boca y nos susurra a los demás: tenía la delicadeza de una bola de demolición y el encanto de una ingle—, venga, si me río contigo. Pues lo que te decía, aquel de la clase, cada vez que me veía, pero lo que se dice cada vez, durante ocho putos largos años, me preguntaba si no tenía una goma para borrarme las pecas, y de ahí me vino el mote del Goma, ¿lo captas? ¿Por casualidad hay alguien en la sala que también fue a mi clase? ¿No? ¿Puedo seguir mintiendo libremente? ¡De puta madre! En resumen, que me levanto, me sacudo la arena del culo, dejo allí a mis compañeros y sigo a la soldada, sabiendo que ya está, que para mí todo ha terminado, que ya no volveré más a ese sitio, que es el punto final de mi infancia.

Da un trago del termo. En la sala vuelve a resonar el amortiguado eco de numerosos corazones latiendo aceleradamente. Los espectadores siguen preguntándose hacia dónde se encamina la función. Se les está empezando a agotar la paciencia. Noto la reacción de ellos en mi cuerpo en forma de una rápida bajada del nivel de azúcar. Me acuerdo muy bien: un momento antes de que fuera requerido por la soldado, buscó mis ojos y me dedicó una larga mirada de súplica. Pero yo lo rehuí.

—¿Qué quería comentaros?, musita ahí de pie en el escenario. Ah, sí… Hoy se habla mucho de los niños marginados en el colegio, ¿verdad? Pues lo que a mí me gustaría saber, por ejemplo, aquí y ahora, es cómo era el Baba Sali en su clase. ¿Cómo? ¿Que no interesa? Pues os diré que me parece estar viendo a su profesora diciéndoles a sus padres en una tutoría: ¡Lo lamento muchísimo, señor y señora Sali, pero el pequeño Baba es un marginado!

—¿Cómo? ¿Que no tiene nada de gracia? Ya me he dado cuenta. Veo que estoy ante un público difícil y muy inteligente, de nivel europeo. Pues nada, no hay problema, lo enfocaré de otra forma, de una que sea más de vuestro gusto. Un análisis psicológico con un toque emocional. Yo, de niño, tenía una manera de lo más precisa y científica para saber quién era un marginado y quién era un líder. Lo llamaba la prueba del cordón. ¿Que cómo funcionaba? Supongamos que hay un grupo de niños que vuelve de la escuela. Los niños van riéndose, charlando, gritando. Como niños que son. Uno de ellos se agacha para atarse el cordón de la bota. Ahora bien, si el grupo se para al instante, todo el grupo, hasta los que están de espaldas a él y no ven que se ha agachado, si todos se paran al momento y lo esperan, quiere decir que pertenece al grupo, que es popular. Pero si ni siquiera se dan cuenta de que se ha parado y solo cuando ya están en la fiesta de fin de curso de octavo uno pregunta: ¿qué fue de aquel que se paró a atarse la bota? Entonces deberíais saber que ese soy yo.

La mujer diminuta está sentada en el borde de la silla, con la boca entreabierta y las piernas muy juntas. Dóvaleh, tomando otro trago del termo, la mira a los ojos y a continuación, por fin, me mira a mí. Me obsequia con una mirada larga y profunda. Es la primera vez, desde que se ha puesto a contar esa historia, que me mira directamente a los ojos, y tengo la extraña sensación de que es como si hubiera cogido la antorcha encendida de la mujer y me la pasara a mí mediante la mirada.

—Bueno, pues el caso es que sigo a la soldado y se me mete en la cabeza que me van a castigar por algo que he hecho, pero ¿qué puedo haber hecho yo, el niño más inocentón de todo el campamento, el más candoroso? Un niño tan bueno como yo… Le sonríe a la mujer diminuta guiñándole un ojo, para al instante buscarme a mí. Dime, amigo juez, ¿todavía se utiliza esta palabra? ¿Se sigue diciendo candoroso? ¿No se ha convertido en una palabra de coleccionista?

No hay hostilidad en su voz ni en su mirada, y eso me confunde. Le confirmo que la palabra todavía existe. Él la pronuncia una y otra vez como si se tratara de un prolongado susurro dirigido a sí mismo, se recrea en ella, y yo no me resisto a la tentación y la susurro junto con él.

—O puede que se trate de algo relacionado con mi padre, alguna de sus ocurrencias, porque quizá haya decidido que esto o lo otro no le gusta del campamento, o que atenta contra su honor, o quizá haya descubierto, supongamos, que eso de los campamentos militares para niños es cosa de los laboristas del Mapai, y como él es de los revisionistas del Beitar…, aunque lo más lógico es que haya encontrado los números de las revistas porno que tengo escondidos en la caja de la persiana de mi habitación y me quiera sermonear, aunque vete tú a saber, porque con él nunca se está seguro de qué lado te va a venir el golpe.

Está ahí de pie en la parte delantera del escenario, muy cerca de las primeras mesas, con los brazos cruzados y las manos encajadas bajo las axilas. Algunos tienen el rostro vuelto hacia él. Otros parecen refugiarse en sí mismos, asaltados por una especie de flojera por la conmoción que sienten y un poco cansados de intentar seguirlo toda la noche en sus idas y venidas aunque, por otro lado, se vean incapaces de desconectar del todo.

—Y entonces me doy cuenta de que la sargento está hablando conmigo. Camina y habla muy deprisa, me dice que tengo que volver a casa enseguida, que no hay tiempo que perder, que tengo que estar en el entierro a las cuatro, pero todo eso me lo dice sin volver la cabeza hacia mí, como si…, no sé…, como si temiera mirarme, así que lo que tengo ante los ojos todo ese rato, no lo olvidéis, es su culo, que no es poca cosa. Bueno, lo del culo es, además, un tema aparte. Porque decidme, hombres que estáis hoy en esta sala, con la mano en el corazón, ¡he dicho que con la mano en el corazón, mesa trece! Entre nosotros, ¿habéis conocido alguna vez a alguna mujer que esté contenta con su culo? ¿Habéis visto a una sola en este mundo?

Dóvaleh sigue hablando. Veo que mueve los labios. Gesticula, sonríe. Pero por mi mente empieza a flotar una neblina blanca, lechosa.

—Porque os sonará eso de ver a una mujer ante el espejo mirándose por atrás desde este lado, desde este otro… Y es que una mujer, cuando se trata de su propio culo, es capaz de girar la cabeza trescientos sesenta y cinco grados sin ningún problema, os lo juro, ¡demostrado científicamente! Y esa es una capacidad de la que solo disfrutan dos seres más en toda la naturaleza: el girasol y el cigüeñal de un motor. Pues ahí está ella, mirándose así y asá…

Dóvaleh hace una demostración práctica y casi se cae encima de las mesas cercanas al escenario. Miro a mi alrededor. Veo muchos agujeros: unos pequeños cráteres abiertos a carcajadas.

—Se mira y se mira…, analiza…, y no debéis olvidar que lleva en la cabeza el programa ese, Google-Ass, que le proporciona las medidas que tenía a los diecisiete años, así que poco a poco se le pone la cara que se le pone solo y exclusivamente para esto, que en yiddish se llama rostro endémico y en hebreo, como en otros muchos idiomas, cara de culo. En ese momento es cuando dice, con voz de reina de tragedia griega: Pues vaya, se me está empezando a caer… ¡No! ¡Peor! ¡Ya lo tengo caído! ¿Captáis lo que es eso? ¡De repente se pone a hablar como si fuera la asistenta social de su propio culo! Como si este, por su cuenta y riesgo, con premeditación y alevosía, hubiera decidido caérsele por todas partes, deshacerse de su compañera, darle por completo la espalda ¡y convertirse en un culo marginal!