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En las postrimerías de una presidencia destinada a interesar menos a los historiadores que cualquier otra, aparte tal vez de la de William Henry Harrison (treinta y un días desde el nombramiento hasta su muerte), Arthur Morgan se reunió en el Despacho Oval con el último amigo que le quedaba para reflexionar acerca de sus últimas disposiciones. En aquel momento tenía la sensación de haberse equivocado en todas las decisiones que había tomado durante los cuatro años precedentes y a aquellas alturas no confiaba demasiado en poder enmendar hasta cierto punto las cosas. Su amigo tampoco estaba muy seguro aunque, como siempre, apenas habló y lo poco que dijo fue lo que el presidente deseaba oír.

Se trataba de la cuestión de los indultos, de las súplicas desesperadas de ladrones, malversadores y embusteros, algunos de ellos todavía en la cárcel y otros que jamás habían cumplido condena pero, pese a ello, querían recuperar el buen nombre y ver restituidos sus privilegios. Todos alegaban ser amigos, o amigos de amigos, o bien partidarios acérrimos, a pesar de que solo unos cuantos habían tenido la ocasión de manifestarle su apoyo antes de aquel momento. Qué pena que después de cuatro tumultuosos años de gobernar el mundo libre todo quedara reducido a un miserable montón de peticiones de un grupito de chorizos. ¿A qué ladrones se podía permitir volver a robar? Esta era la trascendental cuestión a la que se enfrentaba el presidente en aquellas horas finales.

Su último amigo era Critz, un antiguo compañero de la asociación estudiantil de su época universitaria en Cornell. En aquellos tiempos Morgan dirigía la división administrativa y Critz atiborraba fraudulentamente de papeletas las urnas electorales. En los últimos cuatro años Critz había sido secretario de prensa, jefe de Estado Mayor, asesor de seguridad nacional e incluso secretario de Estado, aunque solo duró tres meses en el cargo, del que fue fulminantemente destituido cuando, con su singular estilo diplomático, estuvo a punto de desencadenar la Tercera Guerra Mundial. El último nombramiento de Critz había tenido lugar el octubre anterior, durante las últimas y enloquecidas semanas de la violenta embestida de la reelección. Cuando las encuestas señalaban que el presidente Morgan iba quedando rezagado en por lo menos cuarenta estados, Critz se hizo con el control de la campaña y consiguió enemistarlo con el resto del país, excepto, hasta cierto punto, con Alaska.

Habían sido unas elecciones históricas; jamás un presidente en ejercicio había conseguido tan pocos votos electorales. Tres para ser exactos, todos de Alaska, el único estado que Morgan no había visitado siguiendo el consejo de Critz. Quinientos treinta y cinco para el aspirante, tres para el presidente Morgan. La expresión «aplastante victoria» no reflejaba ni por asomo la situación.

Una vez efectuado el recuento de votos, el aspirante, siguiendo un mal consejo, decidió poner en tela de juicio los resultados de Alaska. ¿Por qué no ir por los quinientos treinta y ocho votos electorales?, se dijo. Un candidato a la presidencia no tiene nunca la oportunidad de derrotar por completo a su contrincante, de alzarse con la madre de todas las victorias y dejar a su adversario sin un solo voto. El presidente tuvo que padecer todavía durante otras seis semanas mientras arreciaban los pleitos en Alaska. Cuando el Tribunal Supremo le otorgó finalmente los tres votos electorales del estado, él y Critz se bebieron discretamente una botella de champán.

El presidente Morgan se había enamorado de Alaska, a pesar de que los resultados solo le habían concedido finalmente un escaso margen de diecisiete votos.

Habría tenido que evitar más estados.

Perdió incluso en su Delaware natal, donde el otrora esclarecido electorado le había permitido ocho maravillosos años como gobernador. Si él no había tenido tiempo de visitar Alaska, su contrincante había ignorado por completo Delaware... ni la menor organización, ni anuncios en televisión, nada para contrarrestar la campaña. ¡Y así y todo su oponente había obtenido el cincuenta y dos por ciento de los votos!

Critz, sentado en un sillón de cuero, sostenía en las manos un cuaderno de apuntes con una lista de los cientos de cosas que había que hacer de inmediato. Observó cómo su presidente se desplazaba muy despacio de una ventana a la siguiente mientras escudriñaba la oscuridad y soñaba con lo que hubiese podido ser. El hombre estaba deprimido y humillado. A los cincuenta y ocho años su vida había terminado, su carrera era un fracaso, su matrimonio se estaba desmoronando. La señora Morgan ya había regresado a Wilmington y bromeaba sin recato acerca de irse a vivir a una cabaña de Alaska. Critz abrigaba ciertas dudas acerca de la capacidad de su amigo de pasarse el resto de la vida cazando y pescando, pero la perspectiva de vivir a más de tres mil kilómetros de la señora Morgan resultaba de lo más seductora. Hubiesen podido ganar en Nebraska si la un tanto aristocrática primera dama no se hubiera referido a su equipo de fútbol como a los Sooners, tal como se conocía popularmente a los habitantes del estado de Oklahoma.

¡Los Sooners de Nebraska!

De la noche a la mañana, Morgan cayó en picado no solo en las encuestas de Nebraska, sino también en las de Oklahoma; jamás se recuperó.

Y en Tejas, su mujer tomó un bocado de una guindilla galardonada con un premio y vomitó. Mientras la llevaban a toda prisa al hospital, un micrófono captó sus todavía famosas palabras: «¿Cómo es posible que sean ustedes tan retrasados como para comer semejante mierda?».

Nebraska cuenta con cinco votos electorales. Tejas tiene treinta y cuatro. Insultar al equipo de fútbol local era un error al que hubiesen podido sobrevivir. Sin embargo, ningún candidato supera una descripción tan degradante de la guindilla de Tejas.

¡Menuda campaña! ¡Critz estaba tentado de escribir un libro! Alguien tenía que dejar constancia del desastre.

La colaboración de casi cuarenta años entre ambos estaba a punto de terminar. Critz había conseguido un empleo con un contratista del Departamento de Defensa por doscientos mil dólares anuales y llevaría a cabo una gira de conferencias a cincuenta mil dólares cada una siempre y cuando hubiera alguien tan desesperado como para pagarlos. Tras dedicar su vida a la Administración Pública, se había quedado sin un céntimo, estaba envejeciendo rápidamente y ansiaba ganar unos dólares.

El presidente había vendido su preciosa casa de Georgetown a muy buen precio. Se había comprado un pequeño rancho en Alaska donde estaba claro que la gente lo admiraba y tenía previsto pasar el resto de sus días allí, cazando, pescando y quizá escribiendo sus memorias. Lo que hiciera en Alaska no tendría nada que ver ni con la política ni con Washington. No sería un veterano estadista, la figura decorativa del partido de nadie, la sabia voz de la experiencia. No emprendería ninguna gira de despedida, no pronunciaría discursos en convenciones, no le otorgarían ninguna cátedra de ciencias políticas. No habría ninguna biblioteca presidencial. La gente se había expresado con claridad, de un modo rotundo. Si no lo querían, él, desde luego, podía vivir sin ellos.

—Tenemos que tomar una decisión sobre Cuccinello —dijo Critz.

El presidente permanecía de pie junto a la ventana con la mirada perdida en la oscuridad, pensando todavía en Delaware.

—¿Quién?

—Figgy Cuccinello, el director cinematográfico acusado de haber mantenido relaciones sexuales con una joven aspirante a actriz.

—¿Cómo de joven?

—De quince años, creo.

—Eso es muy joven.

—Pues sí. Huyó a Argentina, donde ya lleva diez años. Ahora siente nostalgia, quiere regresar y volver a rodar películas tremendas. Dice que su arte lo está llamando para que regrese a casa.

—A lo mejor, son las chicas jóvenes las que lo están llamando para que regrese a casa.

—Eso también.

—Diecisiete años no me molestaría. Quince es demasiado.

—Su oferta llega a los cinco millones.

El presidente se volvió y miró a Critz.

—¿Ofrece cinco millones por un indulto?

—Sí, y hay que decidir con rapidez. El dinero se tiene que sacar por transferencia de Suiza. Y allí son las tres de la madrugada.

—¿Adónde iría a parar?

—Tenemos cuentas offshore en paraísos fiscales. Es fácil.

—¿Qué haría la prensa?

—Sería desagradable.

—Siempre es desagradable.

—Pero esto sería especialmente desagradable.

—La verdad es que a mí la prensa me importa un bledo —dijo Morgan.

—Pues entonces, ¿por qué lo preguntas? —quiso saber Critz.

—¿Se puede seguir el rastro del dinero? —preguntó el presidente, volviéndose de nuevo hacia la ventana.

—No.

Con la mano derecha, el presidente se empezó a rascar la nuca, tal como siempre hacía cuando se enfrentaba con una decisión difícil. A punto de lanzar un ataque nuclear contra Corea del Norte se había rascado la piel hasta hacerse sangre y mancharse el cuello de la camisa blanca.

—La respuesta es no —dijo—. Quince es demasiado joven.

Sin previo aviso se abrió la puerta y Artie Morgan, el hijo del presidente, irrumpió en la habitación con una Heineken en una mano y unos papeles en la otra.

—Acabo de hablar con la CIA —dijo con aire indiferente. Llevaba unos vaqueros desteñidos e iba sin calcetines—. Maynard está de camino.

Dejó los papeles sobre el escritorio y se retiró dando un portazo.

Artie hubiese aceptado los cinco millones de dólares sin dudar, se dijo Critz, independientemente de la edad de la chica. Quince años seguro que no eran demasiado poco para Artie. Habrían ganado en Kansas si no hubieran sorprendido a Artie en la habitación de un motel de Topeka con tres animadoras, la mayor de diecisiete años. Un fiscal grandilocuente había desestimado finalmente las acusaciones, dos días después de las elecciones: las chicas firmaron una declaración jurada; no habían mantenido relaciones sexuales con Artie. Estaban a punto de hacerlo y, de hecho, habían faltado segundos para que participaran en toda clase de retozos, pero una de las madres llamó a la puerta de la habitación del motel e impidió la orgía.

El presidente se sentó en su mecedora de cuero simulando hojear unos inútiles documentos.

—¿Qué es lo último que se sabe sobre Backman? —preguntó.

En los dieciocho años que llevaba como director de la CIA, Teddy Maynard había estado en la Casa Blanca menos de diez veces. Y jamás para cenar (siempre declinaba la invitación por motivos de salud), y jamás para saludar a un pez gordo extranjero (era algo que le importaba un carajo). Cuando podía caminar se pasaba alguna vez por allí para consultas con el presidente de turno y quizá con algún que otro de los que elaboraban sus programas políticos. Desde que iba en silla de ruedas, hablaba con la Casa Blanca por teléfono. Nada menos que todo un vicepresidente había sido conducido dos veces en automóvil a Langley para reunirse con Maynard.

La única ventaja de ir en silla de ruedas era que le daba un pretexto para ir o quedarse o hacer lo que le diera la real gana. Nadie quería presionar a un viejo lisiado.

Se había pasado casi cincuenta años trabajando como espía, pero ahora prefería el lujo de mirar directamente a su espalda cuando se desplazaba por ahí. Viajaba en una furgoneta blanca sin identificación —con cristales a prueba de balas, paredes de plomo y dos chicos armados hasta los dientes sentados detrás del chófer, también armado hasta los dientes—, con su silla de ruedas fijada al suelo en la parte posterior y mirando hacia atrás para que Teddy viera el tráfico que no podía verle a él. Otras dos furgonetas lo seguían a cierta distancia: cualquier imprudente intento de acercarse al director hubiese sido inmediatamente abortado. No se esperaba ninguno. Casi todo el mundo creía a Teddy Maynard muerto o pasando perezosamente sus últimos días en alguna residencia secreta donde se enviaba a morir a los viejos espías. Teddy así lo quería.

Iba envuelto en una pesada manta de color gris y lo atendía Hoby, su fiel ayudante. Mientras la furgoneta circulaba por el Cinturón a una velocidad constante de noventa y cinco kilómetros por hora, Teddy bebía té verde escanciado desde un termo por Hoby y contemplaba los vehículos que los seguían.

Hoby permanecía sentado al lado de la silla de ruedas en un taburete de cuero hecho especialmente para él.

Tras tomarse un sorbo de té, Teddy preguntó:

—¿Dónde está Backman en estos momentos?

—En su celda —contestó Hoby.

—¿Y nuestra gente está con el director de la cárcel?

—Están sentados en su despacho, esperando.

Otro sorbo de la taza de papel cuidadosamente sostenida con ambas manos.

Las manos eran frágiles, surcadas por venas y del color de la leche descremada, como si ya hubieran muerto y esperaran pacientemente al resto del cuerpo.

—¿Cuánto se tardará en sacarlo del país?

—Unas cuatro horas.

—¿Y el plan está bien organizado?

—Todo está a punto. Esperamos la luz verde.

—Espero que este imbécil vea las cosas a mi manera.

Critz y el imbécil contemplaban las paredes del Despacho Oval y su silencio quedaba interrumpido de vez en cuando por algún comentario acerca de Joel Backman. Tenían que hablar de algo, pues ninguno de los dos quería mencionar lo que realmente pensaba.

«¿Es posible que esté ocurriendo?»

«¿De veras es el final?»

Cuarenta años. De Cornell al Despacho Oval. Un final tan brusco que no habían tenido tiempo para prepararse debidamente. Contaban con cuatro años más. Cuatro años de gloria para crearse un legado con habilidad y después alejarse noblemente hacia el ocaso.

Aunque ya era tarde, afuera parecía todavía más oscuro. Las ventanas que daban a la Rosaleda eran negras. Casi podía oírse el incesante tictac del reloj de pared colgado encima de la repisa de la chimenea en su cuenta atrás definitiva.

—¿Qué hará la prensa si indulto a Backman? —preguntó el presidente, no por primera vez.

—Se pondrá furiosa.

—Tendría gracia.

—Tú ya no estarás.

—No, es cierto.

Finalizada la ceremonia del traspaso de poderes, al mediodía del día siguiente, su huida de Washington empezaría en un jet privado (propiedad de una petrolera) hasta la residencia de un viejo amigo suyo en la isla de Barbados. Siguiendo las instrucciones de Morgan, se habían retirado los televisores de la residencia, no entregarían periódicos ni revistas y todos los teléfonos habían sido desconectados. No se mantendría en contacto con nadie, ni siquiera con Critz, y menos con la señora Morgan durante por lo menos un mes. Le importaba un bledo que ardiera Washington. De hecho, esperaba en su fuero interno que ardiera. Después, de Barbados se trasladaría en secreto a su cabaña de Alaska y allí seguiría ignorando al mundo durante el invierno y hasta la llegada de la primavera.

—¿Deberíamos indultarlo? —preguntó el presidente.

—Probablemente —contestó Critz.

Ahora el presidente había pasado al «nosotros», cosa que hacía invariablemente cuando tenía que tomar alguna decisión potencialmente impopular. Para las fáciles siempre utilizaba el «yo». Cuando necesitaba una muleta, y sobre todo cuando necesitaba a alguien a quien echar la culpa, ampliaba el proceso de toma de decisiones e incluía a Critz, que llevaba cuarenta años cargando con la culpa y, aunque no cabía duda de que estaba acostumbrado, era evidente que ya estaba cansado.

—Muy probablemente no estaríamos ahora aquí de no haber sido por Joel Backman.

—Puede que tengas razón —dijo el presidente.

Siempre había afirmado que debía su elección a su brillante y carismática personalidad para organizar campañas, a su impresionante comprensión de las cuestiones y a su clara visión de Estados Unidos. El hecho de tener que reconocer finalmente que le debía algo a Joel Backman resultaba casi sorprendente.

Pero Critz era demasiado insensible y estaba demasiado cansado para sorprenderse.

Seis años antes el escándalo Backman había arrastrado a buena parte de Washington y, al final, salpicado la Casa Blanca. Una nube se cernió sobre un presidente popular y le allanó el camino a Arthur Morgan hacia la presidencia.

Ahora, saliendo a trompicones, Morgan saboreaba la idea de propinarle un arbitrario tortazo en la cara al establishment de Washington que se había pasado cuatro años ninguneándolo. El indulto para Joel Backman sacudiría los muros de todos los edificios comerciales del distrito de Columbia y el escándalo de la prensa provocaría una conmoción de colosales proporciones. A Morgan le gustaba la idea. Mientras él tomaba el sol en Barbados, la ciudad volvería a quedarse atascada una vez más, los congresistas exigirían la celebración de vistas, los fiscales actuarían ante las cámaras y los insoportables bustos parlantes escupirían su verborrea en los noticiarios por cable.

El presidente sonrió, contemplando la oscuridad.

En el puente Arlington Memorial sobre el río Potomac Hoby volvió a llenar de té verde la taza de papel del director.

—Gracias —dijo Teddy en voz baja—. ¿Qué hará nuestro chico mañana cuando abandone el cargo? —preguntó.

—Huirá del país.

—Hubiese tenido que irse antes.

—Tiene previsto pasar un mes en el Caribe lamiéndose las heridas, ajeno al mundo, haciendo pucheros y esperando a que alguien le demuestre un poco de interés.

—¿Y la señora Morgan?

—Ya está otra vez en Delaware jugando al bridge.

—¿Se van a separar?

—Si él no es tonto. ¿Quién sabe?

Teddy tomó cuidadosamente un sorbo de té.

—Bueno pues, ¿cuál será nuestra influencia en caso de que Morgan oponga resistencia?

—No creo que la oponga. Las conversaciones preliminares han ido muy bien. Parece que Critz acepta la idea. Ahora comprende las cosas mucho mejor que Morgan. Critz sabe que jamás habrían visto el Despacho Oval de no ser por el escándalo Backman.

—Pero, repito, ¿qué influencia podemos ejercer en caso de que se resista?

—Ninguna, en realidad. Es idiota, pero honrado.

Abandonaron la avenida Constitución para enfilar la calle Dieciocho y cruzaron enseguida la puerta este de la Casa Blanca. Unos hombres armados con metralletas aparecieron en la oscuridad y poco después los agentes del Servicio Secreto con sus trincheras negras detuvieron la furgoneta. Se utilizaron unas palabras en clave, las radios chirriaron y, en cuestión de minutos, Teddy fue sacado de la furgoneta. Una vez dentro, un registro superficial de su silla de ruedas reveló tan solo a un arropado y lisiado anciano.

Artie, sin la Heineken y una vez más sin llamar, asomó la cabeza por la puerta y anunció:

—Aquí está Maynard.

—O sea que está vivo —dijo el presidente.

—Por los pelos.

—Pues que lo hagan pasar.

Hoby y un agente llamado Priddy siguieron a la silla de ruedas hasta el interior del Despacho Oval. El presidente y Critz saludaron a sus huéspedes y los acompañaron a la zona de los asientos, ante la chimenea. Aunque Maynard evitaba la Casa Blanca, Priddy vivía prácticamente allí e informaba cada mañana al presidente acerca de cuestiones relacionadas con el servicio de espionaje.

Mientras se acomodaban, Teddy miró a su alrededor como si buscara micrófonos ocultos y dispositivos de escucha. Estaba casi seguro de que no había ninguno; aquella práctica se había terminado con el Watergate. Nixon había mandado instalar en la Casa Blanca suficientes alambres como para controlar a una pequeña ciudad, pero, como es natural, lo había pagado muy caro. Teddy, en cambio, estaba bien controlado. Cuidadosamente oculta encima del eje de su silla de ruedas, a pocos centímetros por debajo de su asiento, había una potente grabadora que captaría todos los sonidos emitidos en el transcurso de los siguientes treinta minutos.

Trató de mirar con una sonrisa al presidente Morgan, pero, en realidad, hubiese querido decirle algo así como: «Sin duda es usted el político más limitado que jamás he conocido. Solo en Estados Unidos un imbécil como usted habría podido llegar a la cumbre».

El presidente Morgan miró con una sonrisa a Teddy Maynard, pero, en realidad, hubiese querido decirle algo así como: «Le habría tenido que despedir hace cuatro años. Su agencia ha sido un constante motivo de vergüenza para este país».

Teddy: «Me sorprendió que ganara en un solo estado, aunque fuera por diecisiete votos».

Morgan: «No sería usted capaz de encontrar a un terrorista ni siquiera aunque se anunciara en un tablón de anuncios».

Teddy: «Que le vaya bien la pesca. Pescará todavía menos truchas que votos».

Morgan: «¿Por qué no se murió de una puñetera vez tal como todo el mundo me prometió que iba a hacer?».

Teddy: «Los presidentes van y vienen, pero yo nunca me voy».

Morgan: «Fue Critz quien quiso mantenerle en el cargo. Agradézcaselo a él. Yo quería pegarle la patada a las dos semanas del comienzo de mi mandato».

Critz preguntó en voz alta:

—¿Alguien quiere café?

—No —contestó Teddy y, en cuanto lo hubo dicho, Hoby y Priddy declinaron también el ofrecimiento.

Y, puesto que la CIA no quería café, el presidente Morgan dijo:

—Sí, solo y con dos terrones.

Critz le hizo una seña con la cabeza a un secretario que esperaba junto a una puerta lateral entornada. Se volvió hacia los reunidos diciendo:

—No disponemos de mucho tiempo.

Teddy se apresuró a contestar:

—Estoy aquí para discutir la cuestión de Joel Backman.

—Sí, por eso está usted aquí —dijo el presidente.

—Tal como usted sabe —añadió Teddy casi ignorando al presidente—, el señor Backman ingresó en prisión sin decir ni una palabra. Sigue conservando unos secretos que, francamente, podrían poner en un apuro la seguridad nacional.

—No se le puede matar —terció Critz.

—No podemos colocar en la diana a ciudadanos estadounidenses, señor Critz. Va en contra de la ley. Preferimos que lo haga otro.

—No le entiendo —dijo el presidente.

—Este es el plan. Si usted concede el indulto al señor Backman y él lo acepta, lo sacaremos del país en cuestión de unas horas. Tendrá que acceder a pasarse el resto de su vida escondido. Eso no tendría que suponer ningún problema porque hay varias personas que quisieran verle muerto y él lo sabe. Lo recolocaremos en un país extranjero, probablemente en Europa, donde nos será más fácil vigilarlo. Dispondrá de una nueva identidad. Será un hombre libre y, con el tiempo, la gente se olvidará de Joel Backman.

—Eso no es el fin de la historia —dijo Critz.

—No. Esperaremos, puede que un año, filtraremos la noticia en los lugares apropiados. Localizarán al señor Backman y lo liquidarán y, cuando lo hagan, muchas de nuestras preguntas quedarán contestadas.

Una prolongada pausa mientras Teddy miraba a Critz y después al presidente. Cuando tuvo la certeza de que ambos estaban absolutamente desconcertados, siguió adelante.

—Es un plan muy sencillo, caballeros. Es simplemente cuestión de quién lo mata.

—¿O sea que usted lo controlará?

—Muy de cerca.

—¿Quién lo persigue? —preguntó el presidente.

Teddy volvió a juntar las venosas manos, se echó un poco hacia atrás y después miró hacia abajo desde su larga nariz como un maestro de escuela que se estuviera dirigiendo a sus párvulos de tercer grado.

—Tal vez los rusos, los chinos, quizá los israelíes. Podría haber otros.

Por supuesto que había otros, pero nadie esperaba que Teddy revelara todo lo que sabía. Jamás lo había hecho y jamás lo haría, independientemente de quién fuera el presidente y del tiempo que este hubiera pasado en el Despacho Oval. Iban y venían, algunos duraban cuatro años, otros ocho. A algunos les encantaba el espionaje, otros solo se preocupaban por las últimas encuestas. Morgan se había mostrado particularmente inepto en política exterior y, habida cuenta de las pocas horas que le quedaban en la Administración, estaba claro que Teddy no iba a divulgar más que lo necesario para conseguir el indulto.

—¿Y por qué razón iba Backman a aceptar semejante acuerdo? —preguntó Critz.

—Puede que no lo acepte —contestó Teddy—. Pero lleva seis años en una celda de aislamiento. Eso son veinticuatro horas al día en una diminuta celda. Una hora de sol. Tres duchas semanales. Mala comida... dicen que ha perdido veinticinco kilos. Tengo entendido que no anda muy bien de salud.

Dos meses antes, después de la arrolladora victoria del aspirante, Teddy Maynard había elaborado el plan de aquel indulto y tirado de alguno de sus muchos hilos: las condiciones de aislamiento de Backman habían empeorado considerablemente. Habían bajado casi cuatro grados la temperatura de la celda y llevaba un mes tosiendo sin parar. Su comida, más bien insulsa, se procesaba por segunda vez y se la servían fría. Tardaban el doble de tiempo en vaciar su inodoro. Los vigilantes lo despertaban a todas horas de la noche. Le habían recortado los privilegios telefónicos. Se le había prohibido de repente el acceso a la biblioteca jurídica que utilizaba dos veces por semana. Backman, que era abogado, conocía sus derechos y amenazaba con toda clase de denuncias contra la cárcel y el Gobierno, pero aún no había presentado ninguna. La lucha se estaba cobrando su tributo. Pedía pastillas para dormir y Prozac.

—¿Quiere que indulte a Joel Backman para que usted pueda organizar su asesinato? —preguntó el presidente.

—Sí —contestó Teddy sin andarse con rodeos—. Aunque, en realidad, no lo organizaremos.

—Pero ocurrirá.

—Sí.

—¿Y su muerte redundará en interés de nuestra seguridad nacional?

—Estoy firmemente convencido de ello.

cap-2

2

El ala de aislamiento del Penal Federal de Rudley disponía de cuarenta celdas idénticas de unos tres metros y medio cuadrados, sin ventanas ni barrotes, con suelo de hormigón pintado de verde, paredes de ladrillo de cenizas y una sólida puerta metálica con una estrecha ranura en la parte inferior para las bandejas de la comida y una pequeña mirilla para que los guardias echaran un vistazo de vez en cuando. El ala estaba llena de confidentes del Gobierno, soplones relacionados con el narcotráfico, mafiosos inadaptados, un par de espías, hombres que necesitaban permanecer encerrados porque en casa había mucha gente gustosamente dispuesta a cortarles la garganta. Casi todos los cuarenta reclusos que permanecían en régimen de arresto protegido habían pedido estar en el ala A.

Joel Backman intentaba dormir cuando dos guardias abrieron ruidosamente su puerta y encendieron la luz.

—El director quiere verle —dijo uno de ellos, sin más explicaciones.

Cruzaron en silencio la gélida pradera de Oklahoma en una furgoneta de la prisión, pasando por delante de otros edificios que albergaban a delincuentes menos seguros hasta llegar al edificio de la Administración. Backman, esposado sin ningún motivo aparente, fue conducido a toda prisa al interior y después le hicieron subir dos tramos de escalera y bajar por un largo pasillo hasta un espacioso despacho donde las luces permanecían encendidas y algo importante estaba ocurriendo. Vio un reloj en la pared; eran casi las once de la noche.

Jamás había visto al director, lo cual no era insólito. Por muchas y buenas razones el director no se dejaba ver demasiado. No se presentaba candidato a ningún cargo y no tenía el menor interés en motivar a sus tropas. Lo acompañaban otros tres hombres de aspecto muy serio que llevaban un rato conversando. A pesar de que el tabaco estaba rigurosamente prohibido en los despachos del Gobierno de Estados Unidos, había un cenicero lleno y una densa niebla se elevaba casi hasta el techo.

El director dijo sin preámbulos:

—Siéntese allí, señor Backman.

—Encantado de conocerle —dijo Backman, mirando a los otros hombres presentes en la estancia—. ¿Por qué estoy aquí exactamente?

—A eso vamos.

—¿Podría, por favor, quitarme estas esposas? Le prometo no matar a nadie.

El director chasqueó los dedos en dirección a uno de los guardias, que sacó rápidamente una llave y liberó a Backman. A continuación, el guardia salió a toda prisa de la habitación con un ruidoso portazo, para disgusto del director, que era un hombre muy nervioso.

—Este es el agente especial Adair del FBI —dijo, señalándolo—. Este es el señor Knabe del Departamento de Justicia. Y este es el señor Sizemore, también de Washington.

Ninguno de los tres hizo ademán alguno de acercarse a Backman, que permanecía todavía de pie completamente perplejo. Los saludó con una inclinación de cabeza en un parco intento de ser educado. Sus esfuerzos no fueron correspondidos.

—Siéntese, por favor —dijo el director, y Backman, finalmente, se sentó—. Gracias. Como usted sabe, señor Backman, un nuevo presidente está a punto de jurar su cargo. El presidente Morgan está listo para marcharse. Ahora mismo se encuentra en el Despacho Oval, estudiando la decisión de concederle a usted el pleno indulto.

Backman experimentó de repente un violento acceso de tos, provocado en parte por la temperatura casi polar de su celda y en parte por el sobresalto de la palabra «indulto».

El señor Knabe del Departamento de Justicia le ofreció una botella de agua cuyo contenido él se bebió mojándose la barbilla hasta que, finalmente, consiguió dominar la tos.

—¿Un indulto? —preguntó en un susurro.

—Un pleno indulto con ciertos beneficios adicionales.

—Pero ¿por qué?

—El porqué no lo sé, señor Backman, mi misión no consiste en comprender lo que ocurre. Yo soy simplemente el mensajero.

El señor Sizemore, presentado simplemente como «de Washington», sin título o cargo añadido, dijo:

—Es un trato, señor Backman. A cambio de un pleno indulto, deberá usted acceder a abandonar el país para jamás regresar y vivir con una nueva identidad en un lugar donde nadie le pueda encontrar.

«Ningún problema», pensó Backman. No quería que lo encontraran.

—Pero ¿por qué? —volvió a preguntar.

La botella de agua que sostenía en la mano izquierda temblaba visiblemente.

Mientras la veía temblar, el señor Sizemore de Washington estudió a Joel Backman de la cabeza a los pies, desde su cabello gris casi rapado hasta sus viejas zapatillas de atletismo baratas, con los calcetines negros de la cárcel, y no pudo por menos que recordar la imagen de aquel hombre en su vida anterior. Le vino a la mente la portada de una revista. Una sofisticada fotografía de Joel Backman con un traje negro italiano de corte impecable, cuidado al detalle y mirando a la cámara con tanta vanidad como cupiera imaginar. Su cabello era entonces más largo y oscuro, el hermoso rostro terso y sin arrugas, la cintura ancha hablaba de muchos almuerzos de poder y de cenas de cuatro horas de duración. Le encantaban la comida, las mujeres y los automóviles deportivos. Tenía un jet privado, un yate y un puesto en Vail, de todo lo cual siempre estaba dispuesto a presumir. El llamativo titular por encima de su cabeza decía: EL INTERMEDIARIO: ¿ES EL SEGUNDO HOMBRE MÁS PODEROSO DE WASHINGTON?

La revista se encontraba en la cartera de documentos del señor Sizemore junto con una abultada carpeta acerca de Joel Backman. Le había echado un vistazo durante el vuelo de Washington a Tulsa.

Según el artículo de la revista, los ingresos del intermediario superaban al parecer los diez millones de dólares anuales, aunque el entrevistado se había mostrado más bien parco al respecto con el reportero. En el bufete jurídico que había fundado trabajaban doscientos abogados, un número más bien reducido para Washington, pero era sin duda el más poderoso en los círculos políticos: una máquina de fabricación de lobbies, no un lugar donde unos auténticos abogados ejercieran su profesión. Más bien una especie de burdel para poderosas empresas y gobiernos extranjeros.

«Oh, cómo han caído los poderosos», pensó en su fuero interno el señor Sizemore mientras contemplaba el temblor de la botella.

—No lo entiendo —acertó a musitar Backman.

—Y nosotros no tenemos tiempo de explicárselo —dijo el señor Sizemore—. Es un trato rápido, señor Backman. Por desgracia, no dispone usted de tiempo para pensarlo. Se le exige que tome una decisión inmediata. Sí o no. ¿Quiere quedarse aquí o quiere vivir con otro nombre en la otra punta del mundo?

—¿Dónde?

—No sabemos dónde, pero ya lo pensaremos.

—¿Estaré seguro?

—Solo usted puede responder a la pregunta, señor Backman.

Mientras el señor Backman reflexionaba acerca de su propia pregunta, su temblor se intensificó.

—¿Cuándo me iré? —preguntó muy despacio. Su voz había recuperado momentáneamente la fuerza, pero otro violento acceso de tos acechaba.

—Inmediatamente —contestó el señor Sizemore, el cual se había hecho con el control de la reunión, relegando al director, al FBI y al Departamento de Justicia al papel de simples espectadores.

—¿Quiere decir ahora mismo?

—Ya no regresará a su celda.

—Joder —exclamó Backman, y los demás no pudieron por menos que sonreír.

—Hay un guardia esperando junto a su celda —dijo el director—. Él le traerá lo que usted quiera.

—Siempre hay un guardia esperando junto a mi celda —le replicó Backman al director—. Si es ese pequeño y sádico hijo de puta de Sloan, díganle que se corte las muñecas con mis cuchillas de afeitar.

Todos tragaron saliva y esperaron a que las palabras escaparan por los respiraderos de la calefacción, pero cortaron el contaminado aire y resonaron un instante en la habitación.

El señor Sizemore carraspeó, desplazó el peso del cuerpo de la posadera izquierda a la derecha y dijo:

—Hay unos caballeros esperando en el Despacho Oval, señor Backman. ¿Va usted a aceptar el trato?

—¿El presidente me está esperando a mí?

—Se podría decir que sí.

—Está en deuda conmigo. Yo lo coloqué allí.

—No es el momento de hablar de estas cuestiones, señor Backman —dijo serenamente el señor Sizemore.

—¿Acaso me devuelve el favor?

—Ignoro lo que piensa el presidente.

—Da por sentado que es capaz de pensar.

—Voy a llamar y a decirles que la respuesta es no.

—Espere.

Backman apuró el contenido de la botella de agua y pidió otra. Se secó la boca con la manga y después dijo:

—¿Es algo así como un programa de protección de testigos o algo por el estilo?

—No es un programa oficial, señor Backman. Pero, de vez en cuando, nos hace falta ocultar a la gente.

—¿Con cuánta frecuencia pierden a alguien?

—No con mucha.

—¿No con mucha? O sea que no hay garantía de que yo vaya a estar a salvo.

—No hay nada garantizado. Pero sus posibilidades son muy buenas.

Backman miró al director y le preguntó:

—¿Cuántos años me quedan aquí, Lester?

Lester regresó bruscamente a la conversación. Nadie le llamaba Lester, un nombre que él aborrecía y evitaba. La placa con el nombre que figuraba en su escritorio ponía «L. Howard Cass».

—Catorce años, y podría dirigirse a mí como director Cass.

—Cass un cuerno. Lo más probable es que muera dentro de tres. Una combinación de desnutrición, hipotermia y cuidados sanitarios negligentes se encargarían de ello. Aquí Lester gobierna muy bien el barco, chicos.

—¿Podríamos continuar? —preguntó el señor Sizemore.

—Por supuesto que acepto el trato —dijo Backman—¿Qué necio no lo haría?

Al final, el señor Knabe del Departamento de Justicia se movió. Abrió una cartera de documentos diciendo:

—Aquí está la documentación.

—¿Para quién trabaja? —le preguntó Backman al señor Sizemore.

—Para el presidente de Estados Unidos.

—Bien, dígale que no voté por él porque estaba en chirona. Pero lo habría hecho sin duda de haber tenido la ocasión. Y dígale que le he dado las gracias, ¿de acuerdo?

—Por supuesto.

Hoby llenó otra taza de té verde, ahora sin teína porque ya era casi medianoche, y se la entregó a Teddy, que, envuelto en una manta, contemplaba el tráfico que tenían a su espalda. Se encontraban en la avenida Constitución, saliendo de la ciudad, muy cerca del puente Roosevelt. El viejo tomó un sorbo y dijo:

—Morgan es demasiado estúpido como para vender indultos. Pero el que me preocupa es Critz.

—Hay una nueva cuenta en la isla de Nevis —dijo Hoby—. Apareció hace un par de semanas, abierta por una oscura empresa propiedad de Floyd Dunlap.

—¿Y ese quién es?

—Uno de los recaudadores de fondos de Morgan.

—¿Por qué Nevis?

—Es el lugar más en boga actualmente para las actividades offshore.

—¿Y la tenemos cubierta?

—Completamente. Alguna transferencia debería tener lugar en las próximas cuarenta y ocho horas.

Teddy asintió levemente con la cabeza y miró a su izquierda para echar un vistazo parcial al centro Kennedy.

—¿Dónde está Backman?

—Está abandonando la prisión.

Teddy sonrió y tomó un sorbo de té. Cruzaron el puente en silencio y, cuando el Potomac estuvo a su espalda, preguntó:

—¿Quién se lo cargará?

—¿Importa eso realmente?

—No, por supuesto. Pero resultará muy agradable contemplar la contienda.

Vestido con un uniforme militar muy gastado pero almidonado y planchado, con todas las aplicaciones y las placas eliminadas, unas relucientes botas negras de combate y una gruesa parka de la Marina con capucha, que él se colocó cuidadosamente alrededor de la cabeza, Joel Backman salió del Penal Federal de Rudley cinco minutos después de medianoche, catorce años antes de lo debido. Había permanecido seis años allí en una celda de aislamiento y, al salir, llevaba consigo una pequeña bolsa de lona con unos cuantos libros y algunas fotografías. No miró atrás.

Tenía cincuenta y dos años, estaba divorciado y sin un céntimo, totalmente distanciado de dos de sus tres hijos. Todos los amigos le habían olvidado. Ninguno se había molestado en mantener una correspondencia después del primer año de su reclusión. Una antigua novia, una de las incontables secretarias a las que había perseguido por sus elegantes despachos, le había escrito durante diez meses hasta que el Washington Post publicó que el FBI había llegado a la conclusión de que no era probable que Joel Backman hubiera defraudado a su bufete y a sus clientes millones de dólares como inicialmente se había rumoreado. ¿Quién quiere cartearse con un abogado arruinado y convicto? Con uno rico, tal vez.

Su madre le escribía de vez en cuando, pero tenía noventa y un años y vivía en una residencia para personas con pocos recursos cerca de Oakland. Cada carta que recibía de ella le daba la impresión de que iba a ser la última. Él le escribía una vez a la semana, pero dudaba de que ella pudiera leer algo y estaba casi seguro de que nadie del personal tenía tiempo ni interés en leérselo. Ella siempre le decía «gracias por la carta», pero jamás le mencionaba lo que él le comentaba. Le enviaba postales en las ocasiones especiales. En una de sus cartas ella le había confesado que nadie más se acordaba de su cumpleaños.

Las botas pesaban mucho. Mientras avanzaba por la acera se dio cuenta de que se había pasado casi los seis años anteriores en calcetines y sin zapatos. Qué cosas tan curiosas piensa uno cuando lo sueltan sin previo aviso. ¿Cuándo había sido la última vez que calzó botas? ¿Y cuándo se podría librar de las muy condenadas?

Se detuvo un segundo y miró al cielo. Durante una hora diaria le habían permitido pasear por un pequeño patio de hierba en el exterior de su ala de la prisión. Siempre solo, siempre vigilado por un guardia, como si él, Joel Backman, un antiguo abogado que jamás en su vida había disparado un arma de fuego en un acceso de furia, fuera a convertirse de repente en un personaje peligroso y causar algún daño a alguien. El «jardín» estaba rodeado por una valla de tres metros de altura de tela metálica rematada por alambre de púas. Más allá había un canal de desagüe vacío y, más allá todavía, una interminable pradera sin árboles que debía de llegar hasta Tejas.

El señor Sizemore y el agente Adair eran sus escoltas. Lo acompañaron a un utilitario deportivo de color verde oscuro que, a pesar de no llevar identificación, proclamaba a gritos su condición de «propiedad estatal». Joel ocupó el asiento de atrás y se puso a rezar. Cerró fuertemente los ojos, apretó los dientes y le pidió a Dios que, por favor, permitiera que el motor se pusiera en marcha, las ruedas se movieran, las puertas se abrieran y la documentación estuviera en regla. «Por favor, Dios mío, no me gastes bromas crueles. ¡Que esto no sea un sueño, por favor, Dios mío!»

Veinte minutos más tarde, Sizemore fue el primero en hablar.

—Por cierto, señor Backman, ¿tiene usted apetito?

El señor Backman había dejado de rezar y se había puesto a llorar. El vehículo se había estado moviendo con regularidad, pero él no había abierto los ojos. Permanecía tumbado en el asiento trasero luchando infructuosamente con sus emociones.

—Desde luego que sí —contestó.

Se incorporó y miró afuera. Iban por una carretera interestatal. Pasaron junto a un cartel de señalización verde que decía: SALIDA PERRY. Se detuvieron en el estacionamiento de una casa especializada en tortitas, a menos de cuatrocientos metros de la interestatal. A lo lejos, grandes camiones circulaban penosamente a toda potencia de sus motores diésel. Joel los contempló un segundo y prestó atención. Levantó de nuevo los ojos y vio una media luna.

—¿Tenemos prisa? —preguntó Sizemore mientras entraban en el restaurante.

—Vamos bien de horario —fue la respuesta.

Se sentaron alrededor de una mesa cerca de la ventana de la fachada mientras Joel miraba hacia el exterior. Pidió una torrija impregnada de huevo y leche con fruta, nada muy sustancioso, pues temía que su cuerpo estuviera demasiado acostumbrado a las bazofias con que se había alimentado hasta entonces. La conversación fue muy escasa; los dos chicos del Gobierno estaban programados para decir muy poco y eran incapaces de mantener una conversación intrascendente. Y a Joel no le apetecía oír lo que pudieran decirle.

Trató de no sonreír. Sizemore informaría más tarde de que Backman miraba ocasionalmente hacia la puerta y parecía observar detenidamente a los demás clientes. No parecía asustado, muy al contrario. A medida que transcurrían los minutos y disminuía el sobresalto, pareció que se adaptaba rápidamente y se animaba un tanto. Devoró dos raciones de torrijas y se bebió cuatro tazas de café solo.

Pocos minutos después de las cuatro de la madrugada cruzaron la verja de Fort Summit, cerca de Brinkley, Tejas. Backman fue conducido al hospital de la base y examinado por dos médicos. Exceptuando un resfriado, la tos y la extrema delgadez, no estaba en mala forma. Después fue acompañado a un hangar donde le presentaron al coronel Gantner, el cual se convirtió de inmediato en su mejor amigo. Siguiendo las instrucciones de Gantner y bajo su estrecha supervisión, Joel se cambió de ropa y se puso un mono verde de paracaidista del Ejército con el apellido HERZOG estampado en el bolsillo derecho.

—¿Ese soy yo? —preguntó Joel, contemplando el apellido.

—Durante las próximas cuarenta y ocho horas —contestó Gantner.

—¿Y mi graduación?

—Comandante.

—No está mal.

En algún momento, durante aquellas sucintas instrucciones, el señor Sizemore de Washington y el agente Adair se marcharon y Joel Backman jamás los volvió a ver. Con las primeras luces del alba, Joel cruzó la escotilla posterior de un C-130 de carga y siguió a Gantner hasta un pequeño cuarto de literas del nivel superior donde otros seis soldados se estaban preparando para un largo vuelo.

—Ocupe esta litera —le dijo Gantner, indicándole una próxima al suelo.

—¿Puedo preguntar adónde vamos? —dijo Joel en voz baja.

—Puede, pero yo no le puedo contestar.

—Simple curiosidad.

—Le informaré cuando aterricemos.

—¿Y eso cuándo será?

—Dentro de unas catorce horas.

Sin ninguna ventanilla para distraerse, Joel se tumbó en la litera, se cubrió la cabeza con una manta y ya roncaba cuando despegaron.

cap-3

3

Critz durmió unas cuantas horas y salió de casa mucho antes de que empezara el jaleo del comienzo del nuevo mandato. Poco después del amanecer, él y su esposa fueron trasladados a Londres en uno de los muchos jets privados de su nuevo patrón. Tendría que pasarse dos semanas allí y después regresar al torbellino del Cinturón, en calidad de nuevo e influyente representante de lobbies y participar en un juego muy antiguo. Aborrecía la idea. Se había pasado años viendo cómo los perdedores políticos cruzaban la calle e iniciaban nuevas carreras ejerciendo presión sobre sus antiguos compañeros y vendiendo su alma a quienquiera que tuviera dinero suficiente para pagar cualquier influencia que ellos alegaran tener. Era una actividad repugnante. Estaba harto de la vida política, pero, por desgracia, no sabía hacer otra cosa.

Pronunciaría algunos discursos, quizá escribiera un libro, se pasaría unos cuantos años esperando que alguien se acordara de él. Pero Critz sabía con cuánta rapidez se olvida en Washington a los otrora poderosos.

El presidente Morgan y el director Maynard habían acordado aplazar el caso Backman veinticuatro horas pasada la hora del inicio del mandato. A Morgan no le importaba; estaría en Barbados. En cambio, Critz no se sentía vinculado por ningún acuerdo y mucho menos con un personaje como Teddy Maynard. Después de una larga cena regada con mucho vino, hacia las dos de la madrugada en Londres, llamó a un corresponsal de la CBS en la Casa Blanca y le reveló en secreto los datos esenciales del indulto de Backman. Tal como había previsto, la CBS dio a conocer la historia en su programa de chismorreos de primera hora y, antes de las ocho de la mañana, la noticia ya se había propagado como un rayo por todo el distrito de Columbia.

¡Joel Backman había recibido un pleno indulto incondicional en el último momento!

Se ignoraban los detalles de su liberación. Lo último que se sabía de él era que permanecía en una cárcel de máxima seguridad de Oklahoma.

En una ciudad ya de por sí crispada, el día comenzó con la irrupción del indulto en escena y el primer día de ocupación efectiva del cargo de un nuevo presidente.

El depauperado bufete jurídico Pratt & Bolling se encontraba en la avenida Massachusetts, a cuatro manzanas al norte de Dupont Circle; no era una mala ubicación, aunque no se parecía ni de lejos a su antigua sede de la avenida Nueva York. Unos cuantos años antes, cuando Joel Backman estaba al mando —y entonces el bufete se llamaba Backman, Pratt & Bolling—, este había insistido en pagar el alquiler más alto de la ciudad para permanecer de pie delante de los enormes ventanales de su amplio despacho del octavo piso y contemplar la Casa Blanca desde arriba.

La Casa Blanca ya no se veía por ninguna parte; no había lujosos despachos con vistas impresionantes; el edificio tenía tres pisos en lugar de ocho. Y de los doscientos abogados generosamente remunerados quedaban aproximadamente treinta que a duras penas ganaban para vivir. La primera quiebra —conocida en los despachos como Backman I— había diezmado la firma, pero también había conseguido salvar milagrosamente de la cárcel a sus socios. La Backman II se había debido a tres años de encarnizadas luchas internas y pleitos entre los supervivientes. Los competidores del bufete gustaban de comentar que Pratt & Bolling se pasaba más tiempo demandándose a sí mismo que a aquellos a quienes lo contrataban para que demandara.

Pero a primera hora de aquella mañana los competidores se mostraban muy tranquilos. Joel Backman era un hombre libre. El intermediario estaba suelto. ¿Protagonizaría un regreso? ¿Volvería a Washington? ¿Sería cierto todo aquello? Seguramente no.

Kim Bolling se encontraba en aquellos momentos internado en un centro de desintoxicación alcohólica y desde allí sería enviado directamente a una clínica mental privada donde pasaría muchos años. La insoportable tensión de los últimos seis años lo había llevado al borde del abismo, hasta un punto sin retorno. La tarea de afrontar la última pesadilla de Joel Backman cayó sobre las anchas espaldas de Carl Pratt.

Pratt había sido el que veintidós años antes había pronunciado el fatídico «sí, quiero» cuando Backman le había propuesto la fusión entre sus dos pequeños bufetes. Pratt había sido el que se había pasado dieciséis años trabajando duramente para limpiar la basura que Backman dejaba a su espalda mientras el bufete se ampliaba y los honorarios crecían como la espuma y todos los límites éticos se difuminaban hasta el extremo de resultar irreconocibles. Pratt había sido el que había luchado semanalmente con su socio, pero que, con el tiempo, había aprendido a gozar de los frutos de su enorme éxito.

Y había sido Pratt el que había estado muy cerca de una demanda federal poco antes de que Joel Backman asumiera heroicamente la culpa en nombre de todos. El acuerdo de Backman entre el fiscal y su defensa, un acuerdo que exculpaba a todos los demás socios del bufete, exigía una multa de diez millones de dólares que fue la causa directa de la primera quiebra, la Backman I.

Pero una quiebra era mejor que la cárcel, se recordaba Pratt a sí mismo casi a diario. Aquella mañana a primera hora empezó a pasear por su modesto despacho, murmurando para sus adentros mientras trataba desesperadamente de creer que la noticia simplemente no era cierta. De pie delante de su pequeña ventana que daba al edificio de ladrillo gris de la puerta de al lado, se preguntó cómo era posible que ocurriera tal cosa. ¿Cómo era posible que un antiguo abogado/intermediario arruinado, expulsado del colegio de abogados y totalmente desacreditado convenciera a un presidente a punto de finalizar su mandato de que le concediera un indulto en el último momento?

Sin embargo, reconocía Pratt, si alguien en el mundo era capaz de obrar semejante milagro, ese era Joel Backman.

Pratt se pasó unos minutos al teléfono, echando mano de su amplia red de soplones y sabelotodos. Un antiguo amigo que había conseguido sobrevivir en el Departamento de la Presidencia bajo cuatro presidentes —dos de cada partido— le había confirmado finalmente la verdad.

—¿Dónde está? —preguntó Pratt en tono apremiante, como si Backman pudiera resucitar de un momento a otro en el distrito de Columbia.

—Nadie lo sabe —fue la respuesta.

Pratt cerró la puerta y reprimió el impulso de abrir la botella de vodka del despacho. Tenía cuarenta y nueve años cuando su socio había sido enviado a prisión para cumplir una condena de veinte sin libertad condicional, y a menudo se preguntaba qué haría cuando tuviera sesenta y uno y Backman saliera de la cárcel. En aquel momento, Pratt tenía la sensación de haber sido víctima de una estafa de catorce años.

La sala de justicia estaba tan abarrotada de gente que el juez aplazó dos horas la vista para que se pudiera organizar y atender en cierto modo la demanda de asientos. Todas las agencias importantes de noticias del país exigían un lugar para sentarse o permanecer de pie. Numerosos peces gordos del Departamento de Justicia, el FBI, el Pentágono, la CIA, la NSA, la Casa Blanca y la Colina del Capitolio, sede del Congreso de Estados Unidos, querían un asiento porque según ellos cumplirían mejor sus objetivos si presenciaban el linchamiento de Joel Backman. Cuando el acusado apareció finalmente en la tensa sala, la gente se quedó repentinamente helada y el único sonido fue el del taquígrafo de actas preparando su máquina.

Backman fue acompañado a la mesa de la defensa; su pequeño ejército de abogados se apretujó a su alrededor como si esperara balas procedentes de la galería. Un tiroteo no hubiera constituido ninguna sorpresa, si bien los servicios de seguridad consideraban el riesgo muy inferior al de una visita presidencial. En primera fila, directamente detrás de la mesa de la defensa, se sentaban Carl Pratt y aproximadamente media docena de socios, o desde hacía poco antiguos socios, del señor Backman. Todos ellos habían sido registrados exhaustivamente y con razón. A pesar de que odiaban con toda su alma a aquel hombre, no tenían más remedio que ser partidarios suyos. Si su acuerdo entre el fiscal y la defensa no prosperaba a causa de un contratiempo de última hora, volverían a convertirse en piezas de caza y no tardarían en tener que afrontar desagradables juicios.

Por lo menos estaban sentados en la primera fila, entre el público, y no junto a la mesa de la defensa, donde estaban los timadores. Por lo menos estaban vivos. Ocho días antes, Jacy Hubbard, uno de sus socios estrella, había sido hallado muerto en el cementerio de Arlington: un supuesto suicidio que no convencía a nadie. Hubbard, antiguo senador por Tejas, había dejado su escaño después de veinticuatro años con el exclusivo, aunque secreto, propósito de ofrecer su significativa influencia al mejor postor. Naturalmente, Joe’ Backman jamás hubiese permitido que semejante pez gordo se escapara de su red, por lo que él y el resto de los socios de Backman, Pratt & Bolling habían contratado a Hubbard por un millón de dólares anuales por el simple hecho de que el bueno de Jacy podía entrar en el Despacho Oval siempre que quisiera.

La muerte de Hubbard había obrado maravillas; a Joel Backman ya no le cabía duda acerca del punto de vista del Gobierno. El obstáculo que había retrasado las negociaciones del acuerdo entre el fiscal y la defensa se había esfumado de repente. Backman no solo aceptaría la condena de veinte años, sino que lo haría de inmediato. ¡Estaba deseando que lo sometieran a un régimen de custodia protegida!

El fiscal del Estado era aquel día un alto funcionario del Departamento de Justicia y, en presencia de un público tan numeroso y prestigioso, actuó con mucha grandilocuencia. No iba a utilizar una sola palabra pudiendo utilizar tres; había demasiada gente. Estaba en el escenario: un insólito momento en una larga carrera más bien aburrida en que todo el país estaría casualmente viéndole. Con una completa falta de gracia se lanzó a la lectura a gritos del auto de acusación e inmediatamente quedó claro que no tenía ningún talento para la interpretación y que carecía del más mínimo instinto teatral por más que se esforzara. Al cabo de ocho minutos de soporífero monólogo, el juez, mirando con expresión adormilada por encima de sus gafas de lectura, dijo:

—¿Sería usted tan amable, señor, de darse un poco de prisa y bajar además la voz?

Los cargos eran dieciocho y los presuntos delitos iban del espionaje a la traición. Tras su lectura, Joel Backman quedó absolutamente vilipendiado, clasificado en la misma categoría que Hitler. Su abogado recordó inmediatamente al tribunal y a todos los presentes que ningún aspecto de la acusación se había demostrado, que, de hecho, se trataba de una simple exposición de parte del caso, es decir, del punto de vista absolutamente parcial del Gobierno acerca de aquellas cuestiones. Explicó que su cliente se declararía culpable solo de cuatro de los dieciocho cargos: tenencia ilícita de documentos militares. A continuación, el juez leyó el largo acuerdo de culpabilidad y durante veinte minutos no se dijo nada. Los artistas sentados en la primera fila dibujaban la escena con frenético entusiasmo, pero sus imágenes no tenían casi ningún parecido con la realidad. Oculto en la última fila y sentado entre desconocidos estaba Neal Backman, el hijo mayor de Joel. En aquel momento seguía siendo un asociado de Backman, Pratt & Bolling, pero la situación estaba a punto de cambiar. Contemplaba el procedimiento sumido en un estado de conmoción, incapaz de creer que su otrora poderoso progenitor estuviera declarándose culpable y a punto de ser enterrado en el sistema penal federal.

Al final, el acusado fue acompañado al estrado, donde levantó la mirada hacia el juez con tanto orgullo como le fue posible. Mientras los abogados le hablaban en susurros a ambos oídos, se declaró culpable de los cuatro cargos y fue conducido de nuevo a su asiento. Consiguió no mirar a los ojos a nadie.

La fecha de la sentencia quedó fijada para el mes siguiente. Mientras esposaban y se llevaban a Backman, todos los presentes tenían muy claro que este no se vería obligado a divulgar sus secretos y que permanecería efectivamente en la cárcel durante un período de tiempo prolongado, en cuyo transcurso sus conspiraciones se irían desvaneciendo. La gente empezó a dispersarse muy despacio. Los reporteros consiguieron la mitad de la historia que querían. Los grandes hombres de las agencias se marcharon en silencio... algunos se alegraban de que los secretos se hubieran protegido y otros estaban furiosos por el hecho de que se estuvieran ocultando los delitos. Carl Pratt y sus agobiados socios se dirigieron al bar más próximo.

El primer reportero llamó al despacho poco antes de las nueve de la mañana. Pratt ya había advertido a su secretaria de que se esperaban tales llamadas. Debía decir a todos que él estaba ocupado en los tribunales a causa de cierto asunto muy largo y que era probable que se pasara varios meses sin regresar al despacho. Las líneas telefónicas no tardaron en quedar colapsadas y una jornada aparentemente productiva se fue al traste. Los abogados y los empleados del bufete lo dejaron todo y se pasaron el rato hablando únicamente de la noticia de Backman. Muchos contemplaban la puerta principal como esperando que el fantasma regresara a buscarlos.

Solo, detrás de una puerta cerrada, Pratt se tomaba un Bloody Mary viendo las noticias por cable. Por suerte, un grupo de turistas daneses había sido secuestrado en Filipinas, de lo contrario Joel Backman hubiese sido el centro de atención. Pero se estaba acercando al segundo lugar, pues habían empezado a presentarse en pantalla toda clase de expertos, maquillados y colocados bajo los focos de los estudios, para comentar los legendarios pecados de aquel hombre.

Un antiguo jefe del Pentágono calificó el indulto de «golpe potencial a nuestra seguridad nacional». Un juez federal retirado, que aparentaba hasta el último de los noventa y tantos años que tenía, lo calificó, como era de esperar, de «error judicial». Un novato senador de Vermont reconoció que sabía muy poco acerca del escándalo Backman, pese a lo cual se mostró encantado de aparecer en directo en la televisión por cable y dijo que tenía previsto pedir toda clase de investigaciones. Un funcionario anónimo de la Casa Blanca dijo que el nuevo presidente estaba «muy molesto» por el indulto y pensaba revisarlo, pero cualquiera sabía lo que había querido decir con eso.

Y venga y venga. Pratt se preparó otro Bloody Mary.

Lo peor de lo peor, un «corresponsal» —no simplemente un «reportero»— sacó una nota acerca del senador Hubbard y Pratt tendió la mano hacia el mando a distancia. Subió el volumen cuando la pantalla mostró una fotografía de gran tamaño del rostro de Hubbard. El antiguo senador había sido encontrado muerto con una bala en la cabeza una semana antes de que Backman se declarara culpable. Lo que a primera vista parecía un suicidio fue calificado posteriormente de dudoso a pesar de que en ningún momento se había identificado a ningún sospechoso. La pistola carecía de identificación y probablemente era robada. Hubbard practicaba la caza, pero jamás había utilizado pistola. Los residuos de pólvora de su mano derecha planteaban dudas. La autopsia reveló una fuerte concentración de alcohol y barbitúricos en su cuerpo. El alcohol no era desde luego sorprendente, pero no se sabía que Hubbard consumiera pastillas. Pocas horas antes se le había visto con una atractiva joven en un bar de Georgetown, cosa bastante propia de él.

La teoría más extendida era la de que la joven le había introducido en el cuerpo suficiente cantidad de barbitúricos para dejarlo sin sentido y después lo había dejado en manos de asesinos profesionales. Estos lo habían trasladado a una zona apartada del cementerio de Arlington y le habían disparado un solo tiro en la cabeza. Su cuerpo descansaba sobre la tumba de su hermano, un condecorado héroe del Vietnam. Un detalle muy bonito, pero quienes le conocían bien decían que raras veces hablaba de su familia y muchos ignoraban la existencia del hermano muerto.

La sospecha era que Hubbard había sido asesinado por los mismos que deseaban pegarle un tiro a Joel Backman. Y durante años Carl Pratt y Kim Bolling se habían gastado un montón de dinero en guardaespaldas profesionales por si acaso sus nombres figuraban en la misma lista. Pero no era así, evidentemente. Los detalles del fatídico acuerdo que atrapó a Backman y mató a Hubbard los habían elaborado ellos dos y, con el tiempo, Pratt había suavizado las medidas de seguridad que lo rodeaban, aunque seguía llevando consigo una Ruger a todas partes.

Pero Backman estaba lejos y la distancia aumentaba a cada minuto. Curiosamente, él también pensaba en Jacy Hubbard y en la gente que quizá lo había matado. Disponía de tiempo suficiente para pensar. Catorce horas en una litera plegable de un ruidoso avión de carga eran muy eficaces para embotar los sentidos de una persona normal. Sin embargo, para un recluso recién liberado que acababa de huir de seis años de aislamiento, el vuelo resultaba de lo más estimulante.

Quienquiera que hubiera asesinado a Jacy Hubbard estaría deseando hacer lo mismo con Joel Backman, por lo que, mientras volaba a ocho mil metros de altura, este se planteó unas cuantas preguntas cruciales. ¿Quién había ejercido influencia para que le concedieran el indulto? ¿Dónde se proponían ocultarlo? ¿Quiénes eran exactamente «ellos»?

Unas preguntas agradables, en realidad. Menos de veinticuatro horas antes sus preguntas habían sido: ¿Tratan de matarme de hambre? ¿De congelarme? ¿Estoy perdiendo poco a poco la razón, en esta celda de tres metros y medio por tres metros y medio, o la estoy perdiendo muy rápido? ¿Veré alguna vez a mis nietos? ¿Lo deseo?

Le gustaban más las nuevas preguntas, por muy inquietantes que fueran. Por lo menos, podría caminar por una calle de algún lugar y respirar el aire y sentir el sol y detenerse tal vez en una cafetería y tomarse un café bien cargado.

Una vez había tenido un cliente, un acaudalado importador de cocaína, que había caído en una trampa de la DEA, el organismo de lucha contra la droga. El cliente era una pieza tan valiosa que los federales le ofrecieron una nueva vida con un nuevo nombre y un nuevo rostro a cambio de delatar a los colombianos. Los delató, efectivamente, y, después de someterse a una operación, reapareció al norte de Chicago. Allí regentaba una pequeña librería. Joel se había pasado por ella años más tarde y había encontrado al cliente con perilla, fumando en pipa y con pinta de personaje un tanto intelectual y mundano. Tenía una nueva esposa y tres hijastros, y los colombianos jamás tuvieron ni idea de lo ocurrido.

Aquí afuera hay un mundo muy grande. No es tan difícil esconderse.

Joel cerró los ojos, permaneció inmóvil prestando atención al constante zumbido de los cuatro motores y trató de decirse que dondequiera que lo llevaran no viviría como un fugitivo. Se adaptaría, sobreviviría, no viviría atemorizado.

Escuchó la conversación en voz baja, dos literas más abajo, de dos soldados intercambiando historias acerca de todas las chicas que habían conocido. Pensó en Mo, el delator de la mafia que en el transcurso de los últimos cuatro años había ocupado la celda de al lado y que, durante las veinticuatro horas del día, era el único ser humano con quien podía hablar. No se veían, pero ambos podían oírse por un respiradero. Mo no echaba de menos a su familia, a sus amigos, su barrio, la comida, la bebida o la luz del sol. Mo solo hablaba de sexo. Contaba largas y complicadas historias acerca de sus aventuras. Contaba chistes, algunos de los más guarros que Joel hubiera escuchado en su vida. Incluso escribía poemas acerca de sus antiguas amantes, orgías y fantasías.

No echaría de menos a Mo y su imaginación.

Sin querer, se volvió a quedar dormido.

El coronel Gantner lo estaba sacudiendo mientras le decía en un susurro:

—Comandante Herzog, comandante Herzog. Tenemos que hablar.

Backman salió de su litera y siguió al coronel por un oscuro y estrecho pasillo entre las literas hasta llegar a un pequeño cuarto, un poco más cerca de la cabina.

—Siéntese —dijo Gantner.

Ambos se acurrucaron junto a una mesita metálica.

Gantner sostenía una carpeta en la mano.

—Este es el trato —empezó diciendo—. Aterrizamos dentro de aproximadamente una hora. El plan consiste en que usted esté enfermo, tan enfermo como para que una ambulancia del hospital de la base permanezca esperando el aparato en la pista de aterrizaje. Las autoridades italianas efectuarán su habitual y rápida inspección de los documentos y puede que lleguen incluso a echarle un vistazo a usted. Probablemente no. Estaremos en una base militar estadounidense donde los soldados van y vienen constantemente. Tengo un pasaporte para usted. Yo hablaré con los italianos y después usted será conducido en la ambulancia al hospital.

—¿Italianos?

—Sí, italianos. ¿Ha oído hablar alguna vez de la Base Aérea de Aviano?

—No.

—Ya me lo imaginaba. Lleva en manos estadounidenses desde que expulsamos a los alemanes en 1945. Está al nordeste de Italia, cerca de los Alpes.

—Debe de ser bonito.

—No está mal, pero es una base.

—¿Cuánto tiempo permaneceré allí?

—La decisión no me corresponde a mí. Mi misión consiste en sacarle de este avión y llevarlo al hospital de la base. Allí, otra persona se hará cargo de la situación. Eche un vistazo a esta biografía del comandante Herzog, por si acaso.

Joel se pasó unos cuantos minutos leyendo la historia imaginaria del comandante Herzog y aprendiéndose de memoria los detalles de su pasaporte falso.

—Recuerde que está muy enfermo y sedado —dijo Gantner—. Finja simplemente estar en coma.

—Llevo seis años en coma.

—¿Le apetece un poco de café?

—¿Qué hora es en el lugar adonde vamos?

Gantner consultó su reloj y efectuó un rápido cálculo.

—Probablemente aterrizaremos cerca de la una de la madrugada.

—Me encantaría un poco de café.

Gantner le ofreció una taza de papel y un termo y se retiró.

Tras beberse dos tazas, Joel notó que los motores reducían la potencia. Regresó a su litera y trató de cerrar los ojos.

Mientras el C-130 rodaba hasta detenerse, una ambulancia de las Fuerzas Aéreas se situó marcha atrás cerca de la rampa posterior. Unos soldados paseaban por allí, buena parte de ellos todavía medio dormidos. La camilla que transportaba al comandante Herzog fue bajada por la rampa y cuidadosamente colocada en la ambulancia. El más próximo oficial italiano permanecía sentado en el interior de un jeep estadounidense contemplando indiferente la escena mientras procuraba conservar el calor. La ambulancia se alejó sin demasiada prisa y, cinco minutos más tarde, el comandante Herzog fue introducido en el pequeño hospital de la base e instalado en una pequeña habitación del segundo piso donde dos policías militares montaron guardia junto a su puerta.