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Un expositor de teléfonos inalámbricos de diseño estilizado impedía ver el rostro de Nicholas Easter en su totalidad. El sujeto, además, no miraba directamente a la cámara oculta, sino más a la izquierda, fuera del alcance del objetivo. Tal vez estuviera siguiendo los movimientos de algún cliente o, quién sabe, observando a un corro de muchachos embobados ante los últimos juegos electrónicos llegados de Asia. Pese a la considerable distancia a la que se hallaba en el momento de accionar el obturador —unos cuarenta metros—, el fotógrafo había conseguido esquivar las idas y venidas del público que llenaba el centro comercial y obtener una buena instantánea. La foto en cuestión revelaba un rostro agradable, de mejillas rasuradas, facciones definidas y atractivo juvenil. Easter tenía veintisiete años; eso les constaba. No llevaba gafas, ni pendientes en la nariz, ni un corte de pelo estrafalario. Su aspecto desmentía las sospechas de que pudiera tratarse de un loco de la informática como los que solían trabajar en la misma tienda por cinco dólares la hora. Según el cuestionario correspondiente, Nicholas Easter ocupaba aquel puesto desde hacía cuatro meses y compaginaba la actividad laboral con sus estudios a tiempo parcial. Su nombre, sin embargo, no figuraba entre los de los alumnos matriculados en las universidades de quinientos kilómetros a la redonda. No cabía duda, por tanto, de que el joven no había sido del todo sincero.

No podía ser de otro modo. A su eficiente servicio de información no le habría pasado por alto un dato semejante. Si el joven hubiera dicho la verdad, sabrían ya en qué universidad estudiaba, qué curso, qué carrera, y hasta con qué resultado. Lo sabrían. Nicholas Easter vendía artículos electrónicos en un centro comercial; para ser exactos, en una tienda de la cadena Computer Hut. Era dependiente, ni más ni menos. Puede que tuviera pensado matricularse en algún centro. O que hubiera colgado los libros y fingiera seguir en la universidad porque eso lo animaba, le recordaba su meta y le daba cierto empaque.

En cualquier caso, las veleidades universitarias de Nicholas Easter no se habían materializado, ni durante aquel año académico ni en un pasado reciente, en una inscripción formal. ¿Y bien? ¿Se podía confiar en él a pesar de todo? Tal era la duda que asaltaba a los presentes cada vez que tropezaban con el nombre de Easter en la lista —con aquella iban ya dos— y veían su cara proyectada en la pantalla. Con todo, estaban casi convencidos de que se trataba de una mentirijilla sin importancia.

Nicholas Easter no fumaba, y la tienda donde trabajaba observaba una política muy estricta en ese sentido. Sin embargo, sí se le había visto —aunque no había constancia fotográfica del hecho— comiendo un taco en el mismo centro comercial junto a una colega que acompañó su limonada con dos cigarrillos. A Easter no pareció molestarle el humo. Eso descartaba, al menos, la posibilidad de que estuvieran ante un fanático antitabaco.

El rostro fotografiado sonreía ligeramente, sin separar los labios, y pertenecía a un joven delgado y bronceado. Además de la chaqueta roja de su uniforme, Easter llevaba una camisa blanca sin botones en el cuello y una corbata a rayas escogida con buen gusto. Nada que objetar en ese aspecto. En cuanto a la personalidad del sujeto, el hombre de la cámara oculta había logrado entablar conversación con él fingiendo estar interesado en adquirir cierto artilugio pasado de moda y, en su opinión, Easter era un joven despierto, servicial, eficiente y, en definitiva, agradable. En la pechera de la americana llevaba una plaquita que lo elevaba a la categoría de encargado, aunque en la tienda había al menos dos dependientes más con el mismo título.

El día después de que fuera tomada aquella fotografía, entró en la tienda una atractiva joven vestida con pantalones vaqueros. Mientras curioseaba entre los programas informáticos expuestos, la chica encendió un cigarrillo. Como fuera que Nicholas Easter era el dependiente —o el encargado, lo mismo da— más cercano, fue él quien se dirigió amablemente a la joven para pedirle que apagara el cigarrillo. Ella fingió contrariedad, se hizo la ofendida e intentó provocar una pelea. Sin olvidar en ningún momento sus buenos modales, Easter le explicó que estaba estrictamente prohibido fumar en aquella tienda, pero que era muy libre de ir a hacerlo a cualquier otra parte.

—¿Te molesta que la gente fume? —preguntó la chica después de dar otra calada.

—A mí, no —respondió él—. Pero al dueño, sí.

A continuación, Easter volvió a insistir en que apagara el cigarrillo. La chica le dijo entonces que quería comprar una radio digital y que tuviera la amabilidad de llevarle un cenicero. Nicholas sacó una lata de refresco vacía de debajo del mostrador, cogió el cigarrillo y lo apagó. Hablaron de radios durante veinte minutos, los que ella tardó en elegir uno de los modelos. Easter respondió con simpatía a las insinuaciones de la chica, que no dejó de flirtear con total descaro hasta haber hecho efectivo el importe de su compra y dado al joven su número de teléfono. Él prometió llamarla.

El incidente duró veinticuatro minutos y fue registrado por una pequeña grabadora escondida en el bolso de la chica. El contenido de la cinta había sido reproducido en dos ocasiones, tantas como la cara de Easter había sido sometida al escrutinio del equipo de abogados y peritos. El informe redactado por la joven de los vaqueros también formaba parte de la ficha de Easter, y comprendía seis hojas mecanografiadas donde se había hecho constar hasta el último de los detalles relativos al sujeto: desde los zapatos que llevaba —unas viejas zapatillas Nike— hasta el olor de su aliento —chicle de canela—, su vocabulario —nivel universitario— y la manera en que había cogido el cigarrillo. Según la experta opinión de la chica, Easter no había fumado jamás.

Todos los presentes se dejaron seducir por Easter, por el tono de su voz, su labia de vendedor profesional y su don de gentes. Era un joven inteligente y no aborrecía el tabaco. No coincidía exactamente con las características de su jurado ideal, pero valía la pena no perderlo de vista. Lo malo de Easter, jurado potencial número cincuenta y seis, era lo poco que se sabía de él. Estaba claro que había llegado a la costa del Golfo hacía menos de un año, pero su procedencia era un misterio, igual que todo lo que hacía referencia a su pasado. Tenía alquilado un apartamento de una sola habitación a ocho manzanas del juzgado de Biloxi —había fotos del edificio—, y su primera oportunidad laboral se la había ofrecido un casino de la playa. Pese a su rápido ascenso de camarero a crupier de la mesa de blackjack, Easter había abandonado el empleo al cabo de dos meses.

Poco después de que el estado de Mississippi legalizase el juego, abrieron las puertas de la noche a la mañana una docena de casinos. Con ellos llegó una nueva ola de prosperidad que atrajo a parados de todo el país. Era lógico, pues, suponer que Nicholas Easter se había mudado a Biloxi por la misma razón que otros muchos. Lo extraño de su caso es que no hubiera esperado algún tiempo antes de darse de alta en el censo electoral.

Easter conducía un escarabajo, un modelo Volkswagen del año 69. El rostro que ocupaba la pantalla fue reemplazado inmediatamente por una foto del vehículo en cuestión. No era un gran descubrimiento. Veintisiete años, soltero, presunto estudiante... Nicholas era el tipo de persona de quien podría esperarse una elección semejante. En el parachoques no había ningún adhesivo, nada que pudiera dar indicios sobre la filiación política de Easter, su conciencia social o su equipo favorito. Tampoco llevaba adhesivos del aparcamiento de la universidad; ni siquiera una calcomanía gastada con el nombre del concesionario. En pocas palabras, el coche no aportaba nada nuevo a la investigación; nada excepto la certeza de que su dueño tenía un bajo nivel de renta.

El tipo que manejaba el proyector y llevaba la voz cantante era Carl Nussman, un abogado de Chicago que había abandonado el ejercicio del derecho para fundar su propia asesoría jurídica. A cambio de una pequeña fortuna, Carl Nussman y su equipo se comprometían a escoger el jurado más favorable a la causa de su cliente. Recababan información, hacían fotografías, grababan voces y enviaban a rubias con vaqueros ceñidos allá donde hiciera falta. Carl y sus socios se movían siempre en la periferia de las normas legales y éticas, pero habría sido imposible encontrar la manera de llevarlos ante los tribunales. Al fin y al cabo, no había nada ilegal ni inmoral en el hecho de fotografiar a los futuros miembros de un jurado. La asesoría había llevado a cabo una serie exhaustiva de encuestas telefónicas a lo largo y ancho del condado de Harrison: de la primera hacía seis meses; de la segunda, dos; y de la tercera, apenas uno. El objetivo de tales encuestas había sido evaluar el estado de opinión de la comunidad respecto a varios temas relacionados con el tabaco, a fin de definir el perfil de los candidatos más adecuados. Movidos por el mismo afán, habían hecho todas las fotografías imaginables y averiguado hasta el último trapo sucio del condado. En aquel momento, la asesoría disponía de un informe sobre cada uno de los miembros del futuro jurado.

Carl apretó de nuevo el botón. El escarabajo dejó paso enseguida a una instantánea anodina de un bloque de apartamentos de paredes desconchadas. Uno de ellos era el hogar de Nicholas Easter. El rostro del joven reapareció al cabo de un segundo por obra y gracia del proyector.

—Del número cincuenta y seis solo tenemos estas tres —dijo Carl algo contrariado.

Nussman se volvió hacia el autor de las fotos, uno de los innumerables fisgones a sueldo que trabajaban para él. Al parecer, el riesgo de ser descubierto le había impedido realizar un reportaje más amplio. El fotógrafo estaba sentado de espaldas a la pared, al fondo de la sala, frente a la mesa que ocupaban abogados, ayudantes y expertos en selección de jurados. Estaba aburrido, se moría de ganas de salir de allí. Eran las siete de la tarde del viernes y, teniendo en cuenta que quien ocupaba la pantalla era el candidato número cincuenta y seis, aún quedaban otros ciento cuarenta por evaluar. El fin de semana iba a ser una pesadilla. Necesitaba una copa.

Media docena de abogados en mangas de camisa y con aspecto desaliñado garabateaban notas interminables; solo de vez en cuando levantaban la vista de la mesa para examinar el rostro de Nicholas Easter, proyectado detrás de Carl. Expertos en selección de jurados de casi todas las especialidades imaginables —psiquiatras, sociólogos, grafólogos, catedráticos de derecho y un largo etcétera— barajaban papeles y hojeaban los dos centímetros y medio de información que habían vomitado los ordenadores. No sabían qué hacer con Easter. Sospechaban que mentía y que escondía deliberadamente su pasado, pero sobre el papel —y sobre la pantalla— seguía pareciendo un buen candidato.

Tal vez no estuviera mintiendo. Tal vez el año anterior hubiera estado matriculado en alguna escuela universitaria de bajo presupuesto del este de Arizona. Tal vez se les había pasado por alto aquel detalle.

«Dejad en paz al pobre muchacho», pensó el fotógrafo sin atreverse a compartir sus pensamientos con los demás. Era consciente de que, entre tanto petimetre bien educado y bien pagado, él no era más que un cero a la izquierda. Además, no le pagaban por hablar.

Carl lanzó otra mirada al fotógrafo y carraspeó.

—Número cincuenta y siete —anunció.

La cara sudorosa de una joven madre ocupó la pantalla y provocó la hilaridad de al menos dos de los presentes.

—Traci Wilkes —dijo Carl como si la conociera de toda la vida.

Hubo un ligero movimiento de papeles sobre la mesa.

—Treinta y tres años, dos hijos, casada con un médico, dos clubes de campo, dos gimnasios y una lista completa de otras asociaciones.

Mientras enumeraba estos datos de memoria, Carl jugueteaba con el botón del proyector. El rostro sonrosado de la pantalla fue sustituido por una instantánea en la que Traci aparecía haciendo jogging por la calle. Estaba pletórica con su conjunto de lycra rosa y negro, sus zapatillas Reebok impecables, su visera blanca sobre el último grito en gafas de sol deportivas reflectantes y la melena recogida en una pulcra coleta. En el cochecito de jogging que empujaba frente a ella iba un niño pequeño. Era evidente que Traci vivía para sudar. Estaba bronceada y en forma, pero no tan delgada como habría cabido esperar. Al parecer, tenía algunas malas costumbres. La fotografía siguiente mostraba a Traci en su furgoneta Mercedes de color negro, con niños y perros asomados a todas las ventanillas. Otra instantánea había sorprendido a Traci en el momento de depositar la compra en el mismo vehículo; llevaba unas zapatillas diferentes y unos pantalones cortos muy ajustados, y tenía el aspecto de quien aspira a conservar eternamente una apariencia atlética. Había sido fácil seguirle la pista porque no paraba de hacer cosas hasta que caía rendida, y porque nunca tenía tiempo de fijarse en lo que sucedía a su alrededor.

Carl pasó rápidamente las imágenes correspondientes a la residencia de los Wilkes, un caserón de tres plantas construido en las afueras y cubierto de placas que anunciaban la profesión del cabeza de familia. Ninguna de estas fotografías mereció los comentarios de Nussman, que había reservado lo mejor para el final. En la última instantánea, tomada en el parque, Traci volvía a aparecer empapada en sudor, a escasos metros de una bicicleta de diseño tirada sobre la hierba. Sentada a la sombra de un árbol, a cubierto de miradas indiscretas y medio escondida, la joven fumaba un cigarrillo.

El fotógrafo esbozó una sonrisa estúpida. Aquel era su mejor trabajo, una instantánea obtenida a cien metros de distancia que mostraba a la esposa del doctor fumando a hurtadillas. La verdad es que no sospechaba siquiera que la joven fumara. Él mismo estaba fumando tan tranquilo cerca de una pasarela del parque cuando Traci pasó por su lado a toda prisa. El fotógrafo siguió merodeando por el parque media hora, hasta que la vio detenerse y buscar algo en la bolsa de la bici.

Durante un instante fugaz, mientras contemplaban la imagen de Traci sentada bajo el árbol, los presentes dejaron a un lado su mal humor.

—Supongo que todos estamos de acuerdo en escoger a la número cincuenta y siete —dijo Carl.

Nussman tomó nota del nombre de la candidata y bebió un sorbo de café frío de un vaso de papel. Pues claro que escogería a Traci Wilkes. ¿Quién no iba a querer a la esposa de un médico en el jurado cuando los abogados del demandante pedían millones en concepto de daños y perjuicios? ¡Ojalá todo el jurado estuviera compuesto por esposas de médicos! Lástima que eso no fuera posible. El hecho de que Traci tuviera debilidad por los pitillos no era sino una ventaja adicional.

El candidato número cincuenta y ocho era un trabajador de los astilleros Ingalls de Pascagoula. Cincuenta años, varón, de raza blanca, divorciado y dirigente sindical. Carl proyectó una imagen de la camioneta Ford del candidato, y ya estaba a punto de resumir la vida del mismo cuando la puerta se abrió para dejar paso al señor Rankin Fitch. Carl se detuvo. Los abogados se irguieron de repente y demostraron un súbito interés por la pantalla. Acto seguido empezaron a escribir febrilmente, como si aquella camioneta Ford fuera a convertirse en una pieza de museo. Los expertos en selección de jurados también pusieron manos a la obra y comenzaron a tomar notas en serio, cuidándose mucho de no cruzar su mirada con la del recién llegado.

Fitch había vuelto. Fitch estaba en la habitación.

El intruso cerró la puerta tras de sí, sin prisas, dio unos cuantos pasos en dirección a la mesa y miró a todos los presentes. Aquello parecía más un gruñido que una mirada. La carne hinchada que rodeaba sus ojos oscuros se contrajo hacia el centro; los profundos pliegues que le surcaban la frente se estrecharon aún más. Mientras su gran caja torácica aumentaba y disminuía de tamaño acompasadamente, los demás dejaron de respirar durante un par de segundos. Fitch abría la boca para ingerir alimentos y bebidas, y también para hablar de tarde en tarde, pero jamás para sonreír.

Fitch estaba malhumorado, como de costumbre. ¿Qué otra cosa podía esperarse de un hombre que no desfruncía el entrecejo ni para dormir? Solo quedaba por ver si la emprendería a insultos y amenazas —quizá incluso a golpes— con todo quisque o si se conformaría con tragar bilis. Uno nunca sabía a qué atenerse con aquel tipo. Fitch se detuvo junto a la mesa, entre dos jóvenes abogados asociados al bufete, dos socios comanditarios remunerados con sueldos de seis cifras, copropietarios de aquella sala y del resto del edificio. Fitch no pasaba de ser un forastero llegado de Washington, un intruso que llevaba un mes gruñendo y ladrando por los pasillos. Y sin embargo, ninguno de los dos licenciados se atrevió a mirarlo.

—¿Qué número? —preguntó Fitch.

—El cincuenta y ocho —respondió Carl al punto, deseoso de complacer al recién llegado.

—Volvamos al cincuenta y seis —exigió Fitch.

Carl pasó las últimas imágenes hacia atrás hasta que el rostro de Nicholas Easter volvió a aparecer en la pantalla. Abogados y peritos rebuscaron entre sus papeles.

—¿Qué se sabe de él? —preguntó Fitch.

—Nada nuevo —admitió Carl con la mirada baja.

—Espléndido. ¿Cuántos misterios quedan por resolver entre los ciento noventa y seis?

—Ocho.

Fitch soltó un bufido y demostró su decepción con un movimiento de cabeza. Todos esperaban un acceso de cólera, que finalmente no se produjo. Fitch se acarició la canosa y acicalada perilla durante unos segundos y, sin apartar la vista de Carl, esperó hasta que la gravedad del momento se hubo hecho patente.

—Quiero a todo el mundo trabajando hasta la medianoche —ordenó entonces— y mañana por la mañana desde las siete en punto. Y lo mismo el domingo.

Dicho esto, dio media vuelta y abandonó la sala dando un portazo. El aire dejó de ser irrespirable de inmediato. Los abogados, los asesores, Carl y todos los demás consultaron al unísono sus relojes. Acababan de conminarlos a permanecer treinta y nueve de las cincuenta y tres horas siguientes en aquella habitación, mirando fotografías ampliadas de caras que ya habían visto, memorizando el nombre, la fecha de nacimiento y el estado civil de casi doscientas personas.

Y lo peor era que ninguno de los presentes albergaba ni la más pequeña duda de que todos cumplirían las órdenes recibidas. Ni la más pequeña duda.

Fitch descendió la escalera que conducía hasta la planta baja del edificio. Allí le esperaba su chófer, un hombre corpulento llamado José. Además de las gafas oscuras, que solo se quitaba en la ducha y en la cama, José llevaba un traje negro y unas botas vaqueras del mismo color. Fitch abrió una puerta sin llamar e interrumpió una reunión. Cuatro abogados y sus respectivos ayudantes llevaban varias horas encerrados estudiando las declaraciones grabadas de los primeros testigos del demandante. La cinta de vídeo acabó segundos después de la irrupción de Fitch, que se fue por donde había venido tras dirigir cuatro palabras a uno de los juristas. José siguió a su jefe a través de un corredor lleno de libros que los condujo hasta otro pasillo, donde Fitch abrió otra puerta y asustó a otro puñado de abogados.

Whitney & Cable & White era el bufete más grande de la costa del Golfo. Fitch había escogido personalmente a los ochenta miembros que lo integraban, y esa elección les reportaría varios millones de dólares en concepto de honorarios. Para hacerse con el dinero, sin embargo, tendrían que soportar primero las injerencias de aquel tirano inmisericorde llamado Rankin Fitch.

Cuando ya no quedaba en el edificio un solo empleado que no estuviera al tanto de su presencia y aterrorizado por sus movimientos, Fitch decidió marcharse. Salió a la calle y esperó a José bajo el tibio sol de octubre. Tres manzanas más lejos, en la mitad superior de un edificio ocupado anteriormente por una entidad bancaria, divisó las ventanas iluminadas de otras oficinas. Sí, el enemigo seguía al pie del cañón. Tras aquellos cristales, los abogados del demandante y varios grupos de peritos examinaban conjuntamente un montón de fotografías tomadas con teleobjetivo. En otras palabras, hacían básicamente lo mismo que su propio equipo. El juicio iba a empezar aquel mismo lunes con el proceso de selección del jurado, y Fitch sabía que sus adversarios también trabajaban sin descanso para memorizar los nombres y las caras de los candidatos. Estaba seguro de que ellos también se estaban preguntando quién demonios era ese tal Nicholas Easter y de dónde había salido. ¿Y Ramon Caro, Lucas Miller, Andrew Lamb, Barbara Furrow y Delores DeBoe? ¿Quién era toda aquella gente? Solo en un estado como Mississippi, en un rincón dejado de la mano de Dios, podían encontrarse listas de candidatos tan poco actualizadas. Fitch había dirigido con anterioridad la defensa de otros ocho casos, cada vez en un estado diferente, y le constaba que otras jurisdicciones ya habían informatizado el censo y se ocupaban de actualizarlo periódicamente de manera que, cuando uno recibía la lista con los nombres de los futuros jurados, no tuviera que preocuparse de averiguar cuántos habían muerto ya.

Rankin Fitch siguió contemplando las luces distantes con expresión perpleja. Le habría gustado saber cómo pensaban repartirse el botín aquel atajo de buitres, si lograban salirse con la suya, claro está. ¿Cómo iban a ponerse de acuerdo a la hora de dividir las ganancias? Comparado con la degollina que tendría lugar si obtenían un veredicto favorable y conseguían hacerse con el ansiado despojo, aquel juicio parecería una simple escaramuza.

Fitch resumió la repugnancia que le inspiraban las maniobras de sus oponentes en un escupitajo. Después encendió un cigarrillo y lo sostuvo con fuerza entre sus dedos gordezuelos.

José aparcó junto a la acera un coche familiar de cristales ahumados, alquilado y reluciente, para que Fitch pudiera ocupar su lugar en el asiento delantero. También levantó la vista hacia las oficinas de los abogados del enemigo al pasar por delante, pero sabía que su jefe no era amigo de charlas y se abstuvo de hacer ningún comentario al respecto. Pronto dejaron atrás el juzgado de Biloxi y un baratillo semiabandonado cuya trastienda albergaba otras dependencias pertenecientes a Fitch y los suyos. El mobiliario era precario y alquilado, y nunca faltaba una capa de serrín en el suelo.

Al llegar a la playa, el automóvil se dirigió hacia el oeste por la autopista 90 y siguió avanzando con dificultad en medio de un intenso tráfico rodado. Era viernes por la noche, y los casinos estaban abarrotados de gente que apostaba el poco dinero que tenía y era capaz de perderlo todo menos la esperanza de recuperarlo al día siguiente. Fitch y José tardaron un buen rato en salir de Biloxi y atravesar Gulfport, Long Beach y Pass Christian. Poco después abandonaron la costa y pasaron un control de seguridad establecido a orillas de una laguna.

cap-2

2

La casa de la playa, una construcción moderna compuesta por varios bloques dispersos, no gozaba en realidad del privilegio de una playa. Por más que el embarcadero de madera blanca se perdiera en las aguas tranquilas y algosas de la bahía, el arenal más cercano se encontraba a tres kilómetros de distancia. Un pesquero de seis metros y medio de eslora era el único barco amarrado en el muelle. El arrendador de la propiedad era un magnate del petróleo de Nueva Orleans que había aceptado cobrar el alquiler de tres meses en efectivo a cambio de no hacer preguntas. Al parecer, ciertos peces gordos utilizaban temporalmente la casa como lugar de retiro, escondrijo o domicilio de paso.

En una terraza elevada varios metros sobre el agua, cuatro hombres de aspecto respetable conversaban y bebían mientras esperaban la llegada de una visita. Aunque las exigencias del negocio los convertían a menudo en adversarios acérrimos, aquella tarde habían dejado a un lado sus diferencias para jugar al golf —un recorrido de dieciocho hoyos— y compartir un piscolabis de gambas y ostras a la plancha. Más tarde, reunidos en la terraza, amenizaban la espera con unas copas y la contemplación de las aguas negras de la laguna. La sola idea de estar un viernes por la noche lejos de casa, en la costa del Golfo nada menos, los ponía de mal humor.

Con el negocio en juego, sin embargo, y dada la importancia crucial de los asuntos que se traían entre manos, la tregua y la compañía se hacían llevaderas. Cada uno de aquellos cuatro hombres presidía una gran sociedad anónima —una de las quinientas empresas más rentables según la clasificación de la revista Fortune— con cotización en la Bolsa de Nueva York. La menor de las sociedades había obtenido el año anterior ventas por valor de seiscientos millones de dólares; la mayor, por valor de cuatro mil millones. Las cuatro eran sinónimos de pingües beneficios, grandes dividendos, accionistas satisfechos y presidentes con ganancias millonarias.

Cada una de aquellas sociedades era un conglomerado —por llamarlo de alguna manera— de empresas articuladas en varias divisiones, con una producción muy diversificada, grandes presupuestos publicitarios y nombres tan insípidos como Trellco o Smith Greer, nombres escogidos para disimular el hecho de que, en el fondo, no eran más que compañías tabacaleras. Las cuatro —en círculos financieros se las conocía como las Cuatro Grandes— podían declararse herederas directas de los comerciantes de tabaco que operaban en Virginia y las Carolinas durante el siglo XIX. Producían cigarrillos —juntas abastecían el noventa y ocho por ciento de la demanda en Estados Unidos y Canadá— y otras manufacturas como palancas, cortezas de maíz o tinte capilar, pero bastaba escarbar un poco en los libros para ver que el grueso de sus beneficios procedía de la venta de tabaco. Las Cuatro Grandes se habían sometido a fusiones, cambios de nombre y otras operaciones para mejorar su imagen pública, pero las asociaciones de consumidores, los médicos y hasta los políticos seguían adelante con su campaña de aislamiento y desprestigio.

Desde hacía algún tiempo, además, los abogados venían pisándoles los talones. Viudas y huérfanos de todo el país se dedicaban a interponer demandas y pedir enormes sumas de dinero so pretexto de que los cigarrillos causaban cáncer de pulmón. Dieciséis de las demandas habían prosperado y, aunque las tabacaleras habían ganado todos los juicios, lo cierto es que se sentían cada vez más acosadas; sabían que una sola sentencia millonaria provocaría una auténtica reacción en cadena. Los picapleitos iniciarían una ofensiva publicitaria sin precedentes para convencer a fumadores y familiares de fumadores fallecidos de la oportunidad de acudir a los tribunales mientras soplaran vientos favorables.

Por regla general, aquellos cuatro hombres procuraban no sacar a relucir el tema cuando estaban a solas. En aquella ocasión, sin embargo, el alcohol los empujaba a dejar a un lado la discreción y echar sapos y culebras por la boca. Apoyados en la barandilla de la terraza, con la mirada fija en la superficie del agua, dejaron la abogacía y el sistema estadounidense de reparación de daños a la altura del betún. Cada año invertían millones en subvencionar a varios grupos que, desde Washington, intentaban influir en la reforma de las leyes de responsabilidad extracontractual de modo que sus empresas quedaran libres del acoso de los picapleitos. Necesitaban con urgencia un escudo que los protegiera de tanta presunta víctima, pero, por el momento, todos sus esfuerzos habían sido en vano. Allí estaban, sin ir más lejos, reunidos en un rincón perdido del estado de Mississippi y angustiados por el desenlace del enésimo litigio.

En respuesta a la persecución creciente de que eran objeto por parte de los tribunales, las Cuatro Grandes habían decidido presentar un frente común. El Fondo —nombre con el que era conocida la aportación monetaria conjunta a dicho frente— no tenía límites y no dejaba rastro. Dicho de otro modo: no existía. El Fondo servía para sufragar operaciones comprometidas durante los juicios; para dotar a la defensa de los mejores y más taimados abogados, los peritos más hábiles, los asesores más sutiles. Las actividades financiadas por el Fondo no conocían restricción alguna. Después de dieciséis victorias, los miembros del Fondo empezaban a preguntarse si habría algo que el Fondo no fuera capaz de conseguir. Cada sociedad anónima desviaba tres millones anuales hacia el Fondo, pero el dinero no llegaba a su destino hasta haber completado un recorrido tortuoso. Ningún contable, ningún auditor, ningún representante de la ley y el orden había llegado a sospechar siquiera la existencia de aquel fondo de reptiles.

El administrador del dinero era Rankin Fitch, un hombre al que todos despreciaban pero cuyas decisiones acataban sin rechistar. Él era la visita que esperaban. De hecho, se habían reunido en aquel lugar porque Fitch lo había dispuesto, y no se separarían ni volverían a encontrarse hasta que él lo creyera oportuno. Si soportaban la humillación de estar siempre a su disposición era porque aún no había perdido ningún juicio. Fitch tenía en su haber ocho sentencias desestimatorias, y también había que agradecer a sus artes dos juicios nulos —aunque de esto último, lógicamente, no había pruebas.

Un subalterno llevó a la terraza una bandeja con cuatro combinados distintos, preparados siguiendo escrupulosamente las instrucciones de cada uno de los interesados.

—Ya ha llegado Fitch —dijo alguien mientras se vaciaba la bandeja. Los cuatro apuraron las bebidas a la vez y de un solo trago para dirigirse inmediatamente al gabinete.

Entre tanto, Fitch bajó del coche justo delante de la puerta. Nada más cruzar el umbral, un esbirro le ofreció un vaso de agua mineral sin hielo. Fitch nunca bebía, aunque en cierto período de su pasado había consumido el alcohol suficiente para mantener un barco a flote. El recién llegado no dio las gracias al camarero ni dio muestras siquiera de haberlo visto. En vez de eso, se dirigió hacia la falsa chimenea y esperó a que los cuatro hombres de negocios ocuparan sus asientos. Otro lacayo se aventuró a acercarse a Fitch con una bandeja que contenía las sobras del piscolabis y fue rechazado con un gesto. Aunque nunca se le había sorprendido con las manos en la masa, circulaban rumores de que Fitch comía de vez en cuando. Eran prueba fehaciente de ello su volumen pectoral, el perímetro de su cintura, la papada que la perilla no acababa de disimular y un amondongamiento general. Con todo, Fitch ponía un especial cuidado en elegir siempre trajes oscuros y no desabrocharse la chaqueta, y sabía llevar su humanidad con notable empaque.

—Últimas noticias —dijo Fitch cuando consideró que los mandamases habían tenido tiempo suficiente para sentarse—. En estos momentos, la defensa en pleno está trabajando a toda máquina, y seguirá haciéndolo durante el fin de semana. La selección de jurados avanza a buen ritmo. El equipo de asesores está preparado. Todos los testigos saben qué deben decir, y todos los expertos han llegado a la ciudad. Hasta ahora no ha habido ningún problema.

—¿Qué hay de los miembros del jurado? —preguntó D. Martin Jankle al cabo de unos segundos, cuando se hubo asegurado de que Fitch había terminado.

Jankle era el elemento más inestable del grupo. Presidía la U-Tab, abreviatura de una antigua empresa que durante años se llamó Union Tobacco pero que, de resultas de una reciente campaña de imagen, operaba entonces con el nombre de Pynex. Las partes enfrentadas en el juicio que estaba a punto de empezar eran precisamente Wood y Pynex, de modo que en aquella ocasión Jankle se encontraba en primera línea de fuego. Pynex ocupaba el tercer lugar del grupo en tamaño, y había efectuado ventas por valor de casi dos mil millones a lo largo del año anterior. También era, desde el último trimestre, la mayor de las Cuatro Grandes en cuanto a reservas en metálico. Así pues, el litigio no podía ser más inoportuno. A poco que se lo propusieran sus adversarios, el jurado pronto estaría al corriente de la situación financiera de Pynex. Unas cuantas fotocopias ampliadas, y los más de ochocientos millones de líquido dejarían de ser un secreto.

—Estamos en ello —respondió Fitch—. Hay ocho nombres que aún se nos resisten. Cuatro podrían haber muerto o cambiado de domicilio. Los otros cuatro están vivos y se espera que se presenten en el juzgado el lunes.

—Un solo jurado con ideas propias puede contagiar al resto —dijo Jankle, que había ejercido la abogacía en Louisville antes de fichar por U-Tab y se empeñaba en recordar a Fitch que no trataba con un vulgar leguleyo.

—Me doy perfecta cuenta de ello —lo atajó Fitch.

—Necesitamos saber quiénes son.

—Estamos haciendo todo lo posible. No tenemos la culpa de que este estado no actualice las listas igual que los demás.

Jankle tomó un buen trago de su bebida y se quedó mirando fijamente a Fitch. Al fin y al cabo, él era el presidente de una de las empresas más importantes del país, mientras que aquel tipo era un matón de lujo que no le llegaba ni a la suela de los zapatos. Fuera cual fuese su cargo —asesor, agente, intermediario—, el caso es que trabajaba para ellos. En aquel momento disfrutaba de cierta influencia, claro está, y le gustaba pavonearse y tratar a la gente a gritos para demostrar que tenía la sartén por el mango, pero qué demonios, eso no significaba que no fuera un gorila venido a más. Jankle no consideró oportuno compartir con los demás estas reflexiones.

—¿Alguna otra duda? —le preguntó Fitch dando a entender que su pregunta había sido fruto de la irreflexión y que, si no tenía nada más productivo que decir, era mejor que no abriera la boca.

—¿Son de fiar esos abogados? —preguntó Jankle no por primera vez.

—Creo que de eso ya hemos hablado —respondió Fitch.

—Pues volveremos a hacerlo si a mí me da la gana.

—¿Por qué le preocupan nuestros abogados? —le preguntó Fitch.

—Porque... bueno, porque son de por aquí.

—Entiendo. Y sin duda es usted de la opinión que, dada la composición del jurado, sería aconsejable traer unos cuantos abogados de Nueva York. ¿Le gustaría llamar a alguien de Boston?

—No, no, lo que quiero decir es que... en fin, que nunca han llevado un caso como este.

—Eso es porque nunca había habido un caso como este en la costa del Golfo. ¿Debo interpretar sus palabras como una queja?

—Estoy preocupado, eso es todo.

—Hemos contratado a los mejores abogados de esta parte del país —dijo Fitch.

—¿Y por qué trabajan por tan poco dinero?

—¿Poco dinero? La semana pasada le preocupaban los gastos. Y ahora resulta que los abogados no cobran bastante. ¿En qué quedamos?

—El año pasado pagamos a los abogados de Pittsburgh a cuatrocientos pavos la hora. En cambio, estos trabajan por doscientos. No me parece lógico.

Fitch frunció el entrecejo y miró a Luther Vandemeer, presidente de Trellco.

—No estoy seguro de haberlo entendido bien —dijo—. O a lo mejor es que está de guasa. Resulta que nos gastamos cinco millones de dólares en este caso y ahora le da miedo que esté escatimando.

Fitch dedicó un gesto de desdén a Jankle. Vandemeer sonrió y tomó un trago.

—El caso de Oklahoma costó más de seis millones —insistió Jankle.

—Y ganamos. No recuerdo haber oído ninguna queja después del fallo...

—No me estoy quejando. Solo digo que estoy preocupado.

—¡Estupendo! Ahora mismo vuelvo al despacho, convoco a todos los abogados y les digo que mis clientes no están contentos con la factura. «Mirad, ya sé que os estáis forrando a nuestra costa, pero tenéis que esforzaros un poco más. Mis clientes quieren que subáis los precios. Aprovechad la ocasión, chicos; nos estáis saliendo demasiado baratos.» ¿Le parece buena idea?

—Cálmate, Martin —intervino Vandemeer—. El juicio aún no ha comenzado. Ya verás como estaremos hartos de abogados antes de irnos de aquí.

—Sí, ya lo sé, pero este juicio es diferente. Todos lo sabemos. —El eco de estas palabras se fue apagando mientras Jankle levantaba el vaso.

Jankle era el único miembro del grupo que tenía problemas con la bebida. La empresa había conseguido que se sometiera a una discreta cura de desintoxicación seis meses atrás, pero la tensión del pleito había vuelto a hacer mella en sus nervios. Fitch, alcohólico redimido, sabía que Jankle estaba en apuros, y también que tendría que testificar al cabo de algunas semanas. Como si no tuviera bastante de qué preocuparse, ahora le tocaba cargar con la responsabilidad de que D. Martin Jankle llegara sobrio al estrado. La flaqueza de su cliente lo sacaba de quicio.

—Supongo que el demandante también estará preparado —dijo otro de los mandamases.

—Supone bien —concedió Fitch encogiéndose de hombros—. Lo que es abogados no le faltan.

Según el último recuento, el equipo del demandante contaba con ocho abogados. Al parecer, ocho de los bufetes especializados más grandes del país habían desembolsado un millón de dólares por cabeza para financiar aquella confrontación con la industria tabacalera. Habían escogido el demandante más adecuado, la viuda de un hombre llamado Jacob L. Wood, y el escenario más propicio, la costa del Golfo. Las leyes de responsabilidad extracontractual del estado de Mississippi eran las más jugosas del país, y los jurados de Biloxi tenían cierta reputación de generosidad. Y por si todo eso fuera poco, les había tocado en suerte el juez que, de haber podido, ellos mismos habrían elegido. El abogado Frederick Harkin había defendido ante los tribunales muchas reclamaciones de daños y perjuicios antes de que un ataque al corazón lo empujara hacia la judicatura.

A ninguno de los presentes se le escapaba que aquel caso no era como los que habían superado anteriormente.

—¿Cuánto se han gastado?

—No tengo acceso a esa información —respondió Fitch—, aunque ha llegado a nuestros oídos que su provisión de fondos podría ser más modesta de lo que se ha divulgado. Es posible que hayan tenido problemas para recaudar la aportación inicial de algunos abogados. En cualquier caso, llevan invertidos varios millones. Y cuentan con el apoyo de una docena de asociaciones de consumidores dispuestas a prestarles asesoramiento.

Jankle hizo tintinear los cubitos de hielo y apuró las últimas gotas de su bebida, la cuarta. La habitación quedó en silencio durante un instante. Fitch se puso de pie. Los otros miembros del grupo bajaron la vista.

—¿Cuánto durará? —preguntó Jankle al fin.

—De cuatro a seis semanas. El proceso de selección suele ser rápido por estos lares. Seguramente ya tendremos jurado el miércoles.

—El juicio de Allentown duró tres meses —arguyó Jankle.

—Esto no es Kansas, señor sabelotodo. ¿Preferiría un juicio de tres meses?

—No, si yo solo... —Jankle enmudeció avergonzado.

—¿Cuánto tiempo tenemos que quedarnos aquí? —preguntó Vandemeer mientras consultaba el reloj en un acto reflejo.

—Me da exactamente igual. Pueden irse ahora mismo o esperar hasta que haya terminado la selección del jurado. Para eso tienen aviones privados. Si les necesito, ya sé dónde encontrarlos. —Fitch dejó el vaso de agua en la repisa de la chimenea y echó un vistazo a su alrededor—. ¿Algo más? —preguntó antes de irse. Al no obtener respuesta alguna, añadió—: Así me gusta.

Los cuatro hombres oyeron que Fitch le decía algo a José mientras abría la puerta y salía. En silencio, todos fijaron la vista en la elegante moqueta que cubría el suelo. Estaban preocupados por el juicio que empezaba el lunes y por otras muchas cosas.

Jankle encendió un cigarrillo con manos trémulas.

Wendall Rohr amasó su primera fortuna en el negocio de las demandas judiciales a raíz de un incendio en una plataforma petrolífera del Golfo que causó quemaduras graves a dos trabajadores de Shell. Rohr logró embolsarse casi dos millones de dólares, y eso le valió de inmediato un puesto entre los abogados estrella. A la edad de cuarenta años, al cabo de unos cuantos casos más y de algunas inversiones, Rohr era conocido por la política agresiva de su bufete y por sus habilidades retóricas en el estrado. Entonces llegaron las drogas, el divorcio y una serie de fracasos que lo arruinaron financiera y personalmente. A sus cincuenta años, se encontró haciendo encargos de pasante y defendiendo a ladronzuelos como tantos otros colegas. Hasta que una ola de amiantosis barrió la costa del Golfo y Wendall Rohr aprovechó la oportunidad para volver al candelero. El amianto le sirvió para amasar una segunda fortuna que se propuso no echar a perder. Así pues, organizó otro bufete, reformó unas oficinas e incluso encontró una joven esposa. Sin alcohol y sin pastillas, Rohr empleó toda su energía en demandar a la empresa estadounidense en nombre de la ciudadanía damnificada. Su segundo ascenso a la gloria de los letrados fue aún más rápido que el primero. Rohr se dejó crecer una barba venerable, se engominó el pelo, se volvió radical y se convirtió en un asiduo conferenciante.

Rohr conoció a Celeste Wood, viuda de Jacob Wood, a través del joven abogado a quien el difunto había confiado la redacción de su testamento al ver acercarse el final. Jacob Wood falleció a la edad de cincuenta y un años después de haber fumado tres paquetes de cigarrillos diarios durante casi tres décadas. En el momento de su muerte, desempeñaba el cargo de jefe de producción en un astillero y ganaba cuarenta mil dólares al año.

En manos de un abogado menos ambicioso, la cosa podría haber quedado en un cadáver con los pulmones llenos de humo, uno entre tantos otros. Pero Rohr había sabido tejer una red de amistades profesionales a partir de un gran sueño común. Todos los miembros del círculo eran abogados especializados en demandas de responsabilidad civil interpuestas contra fabricantes de diferentes productos. Todos se habían hecho millonarios gracias a los implantes de silicona, los revestimientos Dalkon y el amianto. Varias veces al año se reunían para buscar la manera de explotar el único filón que aún se les resistía, el de la industria tabacalera. Ningún otro producto manufacturado legalmente en la historia de la humanidad había matado a tanta gente como el tabaco. Y los fabricantes de cigarrillos tenían los bolsillos tan hondos que los billetes se les enmohecían en el fondo.

Rohr aportó el primer millón, y con el tiempo consiguió la colaboración de otros siete bufetes. El grupo obtuvo entonces sin dificultad el apoyo del Grupo Operativo contra el Tabaco, la Coalición por un Mundo sin Humo, el Fondo pro Compensación de las Víctimas del Tabaco y un puñado de asociaciones de consumidores y organismos de control. Acto seguido se procedió a organizar el consejo que asesoraría a la demandante durante el juicio. Como era de esperar, Wendall Rohr fue nombrado presidente de dicho consejo y representante legal del caso. Finalmente, y con la máxima notoriedad posible, el grupo de Rohr interpuso la demanda correspondiente en el juzgado del condado de Harrison, en el estado de Mississippi. De eso hacía ya cuatro años.

Según las investigaciones llevadas a cabo por Fitch, el caso Wood sería el número cincuenta y cinco en su género. Con anterioridad, y por razones varias, los tribunales no habían admitido a trámite treinta y seis demandas similares; de las restantes, dieciséis habían prosperado sin merecer sentencias estimatorias, y dos se habían saldado con una declaración de nulidad de actuaciones. En resumen, hasta la fecha ningún jurado había emitido un veredicto desfavorable a los intereses que él defendía; ni un solo centavo había ido a parar a los bolsillos de un litigante de resultas de un pleito contra la industria tabacalera.

Según la teoría de Rohr, sin embargo, ninguno de los cincuenta y cuatro intentos precedentes había contado con el respaldo de un grupo como el suyo; ningún demandante había sido representado por abogados con medios suficientes para tratar a la defensa de igual a igual.

En eso, Fitch y Rohr estaban de acuerdo.

El plan de Rohr —o, mejor dicho, su estrategia a largo plazo— era tan sencillo como brillante. En Estados Unidos había cien millones de fumadores. No todos padecían cáncer de pulmón, cierto, pero sí más de los que necesitaba para no tener que buscar trabajo hasta el día de su jubilación. Una vez ganado el primer caso, solo le restaría sentarse a esperar la avalancha de clientes. Cualquier abogaducho con pretensiones y una viuda desconsolada a mano se vería capaz de promover un pleito por cáncer de pulmón. Rohr y los suyos podrían incluso permitirse el lujo de elegir los casos más suculentos.

El cuartel general de Rohr se encontraba a escasos minutos del juzgado y ocupaba las tres últimas plantas de la antigua sede de una entidad bancaria. Aquel viernes por la noche, ya tarde, Wendall Rohr abrió una puerta y entró discretamente en una sala oscura donde Jonathan Kotlack, de San Diego, dirigía una sesión de visionado de diapositivas. Kotlack se encargaba del proceso previo de investigación y selección del jurado, mientras que a Rohr le correspondía llevar el peso del interrogatorio. La larga mesa que ocupaba el centro de la habitación estaba cubierta de papeles y tazas de café. Distribuido alrededor de la mesa, un grupo de expertos contemplaba con ojos somnolientos otra cara proyectada en la pared.

Era Nelle Robert, de origen francés, cuarenta y seis años, divorciada, víctima de una violación, empleada de banca, no fumadora, muy obesa y, por consiguiente, no apta como jurado según el método Rohr. Wendall Rohr nunca escogería a una mujer gorda fuera cual fuese la opinión de los expertos y hasta del mismísimo Kotlack. No quería gordas en el jurado, sobre todo si estaban solteras, porque —decía— tendían a ser tacañas e intransigentes.

Rohr se sabía de memoria los nombres de todos los candidatos, tenía grabadas sus caras, y ya no podía más. Estaba harto de ellos y de todos los detalles que había tenido que memorizar. Salió al pasillo, se frotó los ojos y bajó la escalera de sus lujosas oficinas para dirigirse a la sala de conferencias. Allí, el Comité de Documentación intentaba poner en orden miles de papeles bajo la atenta mirada de André Durond, de Nueva Orleans. En aquel momento —eran casi las diez de la noche del viernes—, había más de cuarenta personas trabajando sin descanso en el bufete de Wendall H. Rohr.

Sin perder de vista a sus subordinados, Rohr habló con Durond durante algunos minutos. A continuación salió de la habitación y puso rumbo a la siguiente. Había acelerado el paso. Su nivel de adrenalina estaba llegando al máximo. Sabía que los abogados de las compañías tabacaleras estaban trabajando en la otra punta de la calle con el mismo ahínco.

Wendall H. Rohr pensó que ninguna otra cosa en la vida era comparable a la emoción de participar en un gran pleito.

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3

La sala principal del juzgado de Biloxi estaba en el primer piso del edificio. A esta y a otras dependencias, distribuidas alrededor de un patio central soleado, se accedía a través de una escalera embaldosada. Las paredes habían recibido no hacía mucho una capa de pintura blanca, y el suelo parecía recién encerado.

A las ocho de la mañana del lunes ya había empezado a congregarse en el patio, al otro lado de las grandes puertas de madera que conducían a la sala de vistas, una pequeña multitud. En un rincón, por ejemplo, se había formado un corrillo de jóvenes uniformados con trajes oscuros. Todos guardaban un enorme parecido entre sí: aspecto cuidado, pelo corto y engominado, gafas con montura de concha o, en su defecto, un par de tirantes asomando por debajo de la chaqueta entallada. Eran analistas financieros especializados en valores de industrias tabacaleras, y habían llegado al Sur procedentes de Wall Street para seguir de cerca los primeros pasos del caso Wood.

Otro grupo, más numeroso que el anterior pero mucho menos compacto, iba ocupando por momentos el centro del patio. Todos sus miembros sostenían en la mano, como si de un incómodo apéndice se tratara, la citación que los convertía en candidatos a miembros de un jurado. Pocos se conocían entre sí, pero les había sido fácil entablar conversación gracias a una especie de solidaridad fomentada por aquellas hojas de papel. La cháchara nerviosa que iba invadiendo el patio atrajo la atención de los jóvenes trajeados del rincón. Los analistas interrumpieron su conversación y se concentraron en la observación de los jurados potenciales.

El tercer grupo, encargado de controlar el acceso a la sala de vistas, lucía uniforme oficial y una expresión circunspecta. Al menos siete agentes de la ley habían sido movilizados para mantener el orden durante el primer día del juicio. Dos de ellos andaban toqueteando el detector de metales instalado frente a la puerta. Dos más resolvían cuestiones de papeleo tras un escritorio improvisado. Se esperaba un lleno absoluto. Los otros tres agentes bebían café en vasos de papel y contemplaban el gentío.

A las ocho y media en punto, una vez abiertas las puertas de la sala, los celadores procedieron a comprobar las credenciales de los candidatos y a hacerlos pasar, uno a uno, por el detector de metales. El resto del público, analistas y reporteros incluidos, tendría que esperar fuera.

Contando tanto los bancos acolchados como las sillas plegables colocadas en los pasillos para la ocasión, la sala de vistas podía albergar a unas trescientas personas. Frente a la tribuna, tras las mesas de los letrados, pronto se congregarían otras treinta en representación de ambos litigantes. La secretaria judicial del distrito, elegida por sufragio, comprobó de nuevo las citaciones de los candidatos y —entre sonrisas e incluso abrazos en el caso de algunos conocidos— los condujo con experimentada presteza hasta los bancos que debían ocupar. Se llamaba Gloria Lane, y había desempeñado el cargo de secretaria de juzgado del condado de Harrison durante los once últimos años. Gloria no habría desperdiciado por nada del mundo aquella oportunidad de organizar y dar instrucciones a diestro y siniestro, relacionar caras y nombres, estrechar manos, hacer campaña y, en general, ser el centro de la atención durante los prolegómenos del juicio más sonado de su vida profesional. Con la ayuda de tres jóvenes ayudantes, Gloria Lane logró tener a todos los candidatos numerados, sentados y concentrados en las preguntas de un segundo cuestionario en menos de media hora.

Habían acudido todos los convocados excepto dos. De Ernest Duly se rumoreaba que se había trasladado a Florida y que allí había muerto. Y nada se sabía del paradero de la señora Tella Gail Ridehouser, que figuraba en el censo electoral desde 1959 pero que no había ejercido su derecho al voto desde que Carter derrotara a Ford. Gloria Lane declaró a ambos candidatos inexistentes. A su izquierda, ciento cuarenta y cuatro candidatos ocupaban las filas uno a doce; a su derecha, los cincuenta restantes habían sido distribuidos entre las filas trece a dieciséis. Tras consultarlo brevemente con uno de los agentes armados, y de conformidad con la orden redactada por el juez Harkin, la secretaria del juzgado dejó entrar a cuarenta espectadores y los acomodó en los asientos del fondo de la sala.

Los cuestionarios, velozmente completados por los candidatos, fueron recogidos por los ayudantes de la secretaria. A las diez de la mañana llegó a la sala el primero de una larga nómina de abogados. Los letrados no entraban por la puerta principal, sino por alguno de los dos accesos que comunicaban la parte posterior del estrado con un laberinto de despachos y dependencias menores. Todos los abogados sin excepción lucían traje oscuro y aires de suficiencia, y hasta el último de ellos intentaba llevar a cabo la inalcanzable hazaña de aparentar indiferencia sin quitar los ojos de encima a los jurados. Mientras repasaban expedientes y conferenciaban en voz baja, todos simulaban en vano preocupación por asuntos mucho más serios. Uno a uno, los letrados fueron entrando en la sala y ocupando sus puestos tras las mesas. A la derecha se sentaba la representación del demandante, y a escasos metros la defensa. El espacio que quedaba entre las mesas de los letrados y la barandilla de madera que delimitaba la tribuna estaba abarrotado de sillas.

La fila número diecisiete estaba vacía, también por orden expresa del juez Harkin, mientras que la dieciocho albergaba a los estirados cachorros de Wall Street, que no apartaban la vista de la espalda de los jurados. Detrás había algunos periodistas, una hilera de abogados locales y una muestra surtida de tipos curiosos. En la última fila estaba Rankin Fitch fingiendo leer el periódico.

Siguieron llegando más abogados y, tras ellos, los especialistas en selección de jurados, a quienes correspondieron las sillas encajonadas entre la barandilla y las mesas de los litigantes y también la desagradable tarea de escrutar los rostros inquisitivos de ciento noventa y cuatro desconocidos. Los asesores estudiaban los rasgos de los candidatos por dos razones; la primera era que les pagaban enormes sumas de dinero por hacerlo; la segunda, que se declaraban capaces de prever las reacciones de cualquier persona mediante los datos proporcionados por la expresión corporal. Sin disimular apenas su impaciencia, los especialistas se dispusieron a esperar hasta que alguno de los candidatos cruzara los brazos sobre el pecho, se llevara los dedos a la boca, inclinara la cabeza con suspicacia, o hiciera cualquier otro gesto de los varios centenares que, según los expertos, delatarían sus más íntimos prejuicios.

Los asesores no se cansaban de garabatear notas ni de examinar en silencio las caras de los candidatos, sobre todo la del número cincuenta y seis, Nicholas Easter, que acaparó buena parte de todas aquellas miradas de preocupación. Easter estaba sentado en el centro de la quinta fila. Era un joven apuesto, vestido con pantalones almidonados de color caqui y una camisa con botones en el cuello. De vez en cuando echaba un vistazo a su alrededor, pero su atención parecía centrada en la novela barata que llevaba consigo aquel día. A nadie más se le había ocurrido ir provisto de un libro.

Se llenaron las últimas sillas disponibles frente a la barandilla. En la mesa de la defensa había al menos seis expertos pendientes de los tics faciales y los rigores hemorroidales del jurado; en la del demandante solo había cuatro.

La mayoría de los candidatos no estaba del todo conforme con semejante método de evaluación, y respondía a las miradas indiscretas de los peritos frunciendo el entrecejo. La broma de un abogado provocó carcajadas entre sus colegas e hizo disminuir la tensión por primera vez en un largo cuarto de hora. A diferencia de los abogados, que cotilleaban en voz baja, los jurados no se atrevían a abrir la boca.

Como era de esperar, el último de los letrados en entrar en la sala fue Wendall Rohr, quien, para no cambiar de costumbre, llegó precedido de su propia voz. En vez de elegir un traje oscuro, Rohr se había inclinado por el conjunto de las grandes ocasiones: chaqueta deportiva a cuadros grises, pantalones grises de otro tono, chaleco blanco, camisa azul, y pajarita roja y amarilla con estampado de cachemir. Llegó dando grandes zancadas e increpando a uno de sus ayudantes, y los dos pasaron por delante de los abogados de la defensa sin dignarse siquiera a mirarlos, como si acabaran de mantener una discusión acalorada fuera de la sala. Rohr dijo algo en voz alta a otro abogado de su equipo y, una vez atraída la atención de la sala, dirigió su mirada hacia los candidatos. Aquella era su gente, y aquel era su pleito, el que había querido promover en su ciudad natal para poder presentarse algún día en aquella sala y pedir a sus paisanos que hicieran justicia. Saludó con la cabeza a un par de candidatos y guiñó el ojo a un tercero. No estaba tratando con desconocidos, y tenía la seguridad de que juntos encontrarían la verdad.

La entrada de Rohr causó cierto alboroto entre los peritos de la defensa, que nunca hasta entonces habían visto a Wendall Rohr pero habían sido largamente informados sobre su reputación. Vieron sonreír a varios jurados, personas que lo conocían personalmente, e interpretaron los correspondientes mensajes corporales mientras ellos, los candidatos, parecían relajarse ante la visión de una cara conocida. Rohr era una leyenda en la localidad. Fitch lo cubrió de maldiciones desde la última fila.

Por fin, a las diez y media, un agente irrumpió en la sala por una de las puertas que había tras el estrado y gritó: «¡En pie!». Trescientas personas se levantaron como un solo hombre. Su Señoría el juez Frederick Harkin subió al estrado y les dio permiso para sentarse de nuevo.

A sus cincuenta años, Harkin era un magistrado relativamente joven. De ideología demócrata, había sido nombrado primero interinamente por el gobernador del estado para, más tarde, ser elegido por sufragio. Durante su carrera como abogado había interpuesto numerosas demandas, o al menos eso decían los que hacían circular rumores maliciosos sobre la imparcialidad de sus sentencias. Se trataba, naturalmente, de una hábil maniobra del equipo de la defensa. En realidad, Frederick Harkin había ejercido la abogacía en un pequeño bufete que nunca destacó por su acción en los tribunales. Había sido un abogado competente y trabajador, pero su verdadera pasión no era el derecho, sino la política local, un juego que dominaba a la perfección. Un buen día, el azar le había puesto al alcance de la mano la magistratura y un sueldo de ochenta mil dólares anuales, una cifra que nunca habría soñado ganar en la abogacía.

¿Qué funcionario electo no se enternecería ante la visión de una sala abarrotada de votantes? Su Señoría no pudo evitar desplegar una gran sonrisa mientras daba la bienvenida a los jurados. Viéndole, cualquiera habría creído que se habían presentado voluntarios. La sonrisa del juez fue desvaneciéndose a medida que este se acercaba al final de un breve discurso de bienvenida, destinado a convencer a los candidatos de la importancia de su presencia en la sala. Harkin, que no era conocido por su simpatía ni por su buen humor, no tardó en ensombrecer el semblante.

Y no sin razón: había tantos letrados en la sala que las mesas se habían quedado pequeñas. Según la información que obraba en manos del tribunal, ocho eran abogados del demandante, y nueve, de la defensa. Cuatro días antes, a puerta cerrada, el juez Harkin había determinado el lugar que ocuparían ambas partes en la sala. Una vez seleccionado el jurado e iniciado el juicio propiamente dicho, solo seis abogados por bando podrían seguir ocupando las mesas de los letrados. El resto tendría que conformarse con las sillas que dejarían vacantes los expertos en selección de jurados. Harkin también había asignado sendos asientos a las partes implicadas: Celeste Wood, la viuda demandante, y un representante de Pynex. La distribución de los asientos figuraba en el pequeño manual de instrucciones que Su Señoría había redactado especialmente para la ocasión.

La demanda en cuestión había sido interpuesta cuatro años atrás, y desde el principio había despertado opiniones encontradas. En el momento de celebrarse la vista preliminar, la documentación del caso ocupaba ya once archivadores, y la inversión realizada por ambas partes ascendía a varios millones de dólares. El juicio duraría un mes como poco, y reuniría en la misma sala a algunos de los juristas más brillantes del país, así como algunos de sus egos más sobresalientes. Sea como fuere, Fred Harkin estaba decidido a imponer su autoridad con mano de hierro.

Su Señoría se acercó al micrófono e hizo una breve sinopsis del caso con fines meramente informativos. Digamos que era todo un detalle explicar a aquellos pobres candidatos por qué estaban allí. Entre otras cosas, el juez dijo que estaba previsto que el juicio durara varias semanas y que no sería necesario aislar a los jurados. Añadió que la ley contemplaba ciertas excepciones al deber cívico de formar parte de un jurado, y preguntó si el ordenador había seleccionado por error a alguien con más de sesenta y cinco años. Seis manos se alzaron al punto. El juez, sorprendido, dirigió una mirada perpleja a Gloria Lane, que se encogió de hombros como si aquello fuera su pan de cada día. En vista de que tenían la posibilidad de hacerlo, cinco de los seis candidatos mencionados decidieron abandonar la sala inmediatamente. Ya solo quedaban ciento ochenta y nueve. Los asesores tacharon de la lista los nombres correspondientes y siguieron haciendo sus garabatos. Los abogados tomaron nota de lo acontecido con aire severo.

—Sigamos —dijo el juez—. ¿Algún ciego en la sala? Legalmente ciego, se entiende. —Era una pregunta intrascendente, y provocó algunas sonrisas. ¿Para qué iba a querer un ciego estar en un jurado? Sería algo inaudito.

Uno de los candidatos que se sentaban en el centro del grupo, en la fila siete para ser exactos, levantó la mano tímidamente. Era el número sesenta y tres, un tal Herman Grimes, de cincuenta y nueve años, programador informático, de raza blanca, casado y sin hijos. ¿Qué demonios significaba eso? ¿Es que nadie se había dado cuenta de que aquel tipo era ciego? Los expertos de ambas partes conferenciaron por separado. Las fotografías del expediente Grimes comprendían varias panorámicas de su casa y un par de instantáneas del interesado en el porche. Llevaba unos tres años viviendo en aquella zona. No había mencionado ningún impedimento físico en los cuestionarios.

—Tenga la amabilidad de ponerse en pie —dijo el juez.

Herman Grimes se levantó despacio, sin sacar las manos de los bolsillos. Llevaba ropa deportiva y gafas corrientes. No parecía ciego.

—¿Su número, por favor? —preguntó Harkin, que, a diferencia de los abogados y sus asesores, no había tenido que memorizar vida y milagros de todos los candidatos.

—El... sesenta y tres.

—¿Y su nombre? —El juez seguía hojeando el listado producido por el ordenador del juzgado.

—Herman Grimes.

Harkin encontró el nombre que buscaba y levantó la vista hacia los casi dos centenares de caras.

—¿Y dice que es usted legalmente ciego?

—Sí, señor.

—En tal caso, señor Grimes, está usted exento. Puede marcharse.

Herman Grimes no se movió ni un milímetro de donde estaba. Se limitó a mirar lo que fuera que veía y decir:

—¿Por qué?

—¿Cómo dice?

—¿Por qué tengo que marcharme?

—Porque es usted ciego.

—No hace falta que me lo diga.

—Y porque... en fin, porque los ciegos no pueden ser miembros de un jurado —insistió Harkin mirando a derecha e izquierda en busca de aprobación—. Le repito que puede usted marcharse, señor Grimes.

Herman Grimes vaciló unos segundos, los que tardó en decidir su réplica. El resto de la sala, entre tanto, había enmudecido por completo.

—¿Y quién dice que los ciegos no pueden ser miembros de un jurado? —dijo al fin.

Para entonces Su Señoría ya había echado mano de un código. ¡Y pensar que había preparado meticulosamente aquel caso! Hacía un mes que no presidía ningún juicio y vivía recluido en sus dependencias estudiando minuciosamente todo lo que tuviera que ver con alegatos, secreto de sumario, jurisprudencia y normas de enjuiciamiento. A lo largo de su carrera había seleccionado muchos jurados, jurados de todo tipo para todo tipo de casos, y había llegado a creer que ya no le quedaba nada nuevo por ver. ¿Acaso merecía caer en semejante emboscada nada más empezar la selección? ¡Y con la sala llena a rebosar, nada menos!

—¿Me está usted diciendo que quiere formar parte de este jurado, señor Grimes? —preguntó el juez en tono distendido mientras pasaba páginas a toda velocidad y miraba de reojo a la pléyade de jurisperitos reunida en la sala.

Grimes empezaba a sulfurarse.

—Adelante, explíqueme por qué una persona ciega no puede ser jurado. Si hay una ley que dice tal cosa, es una ley discriminatoria y la impugnaré. Y si no está escrito en ninguna parte y es solo cuestión de uso, estoy dispuesto a meterle un pleito ahora mismo.

No cabía duda de que el señor Grimes no era lego en materia de litigios.

En un lado de la sala había doscientos ciudadanos de a pie, los que la ley había llevado a la fuerza hasta el juzgado. En el otro estaba la ley personificada: el juez, elevado por encima del resto de los mortales; un puñado de letrados envarados y engreídos; el personal de justicia, los celadores, los alguaciles... El señor Herman Grimes acababa de asestar un duro golpe al sistema en nombre de sus conciudadanos, y no le importaba haber recibido en pago de su hazaña poca cosa más que risas y cuchufletas.

Frente a la tribuna, los abogados sonreían porque sonreían los candidatos, pero también se movían inquietos y se rascaban la cabeza sin saber qué hacer.

—Nunca había visto algo así —susurraban entre ellos.

La ley establecía que una persona ciega podía ser eximida de la obligación de prestar servicio al Estado como miembro de un jurado. Al llegar a la palabra «podía», el juez optó por salir del paso y dar la razón al candidato. Demandado en su propia sala... ¡hasta ahí podríamos llegar! Tiempo habría de hacer entrar en razón al tal señor Grimes. Además, había otras maneras de librarse de él. Discutiría el tema con los letrados.

—Pensándolo mejor —rectificó el juez—, creo que sería usted un magnífico jurado, señor Grimes. Tome asiento, por favor.

Herman Grimes hizo un gesto afirmativo con la cabeza y sonrió.

—Gracias, señor —dijo educadamente.

¿Cómo valorar a un candidato ciego? Esa es la pregunta que se planteaban los expertos mientras Grimes volvía a sentarse sin prisas. ¿Cuáles serían sus prejuicios? ¿De qué lado estarían sus simpatías? Uno de los pocos axiomas universalmente aceptados en aquel juego sin reglas era que la presencia de jurados con minusvalías —propensos a abrazar la causa del más débil— beneficiaba los intereses del demandante. Las excepciones, sin embargo, habían sido muchas.

Desde su asiento en la última fila, Rankin Fitch se esforzaba en vano por captar la atención de Carl Nussman, el hombre que se había embolsado un millón doscientos mil dólares a cambio de seleccionar al jurado ideal. Arropado como siempre por su equipo de expertos, Nussman seguía observando a los candidatos y tomando notas como si la noticia de que Herman Grimes era ciego no lo hubiera pillado por sorpresa. Nussman disimulaba, y Fitch lo sabía perfectamente. Su complejo sistema de información había sido incapaz de detectar aquel pequeño detalle. ¿Qué más se les habría pasado por alto?, se preguntaba Fitch. Tan pronto como el juez levantara la sesión, ese Nussman se iba a enterar de lo que valía un peine.

—Damas y caballeros —prosiguió el juez en un tono menos cordial, impaciente por seguir adelante con el juicio una vez salvada la amenaza de una demanda por discriminación—, la próxima fase del proceso de selección del jurado llevará bastante tiempo. Se refiere a la existencia de impedimentos físicos que pudieran entorpecer su labor de jurado. Nuestra intención no es poner a nadie en evidencia, pero si tienen ustedes algún problema debemos saber de qué se trata. Empezaremos con la primera fila.

Mientras Gloria Lane se colocaba junto a la fila indicada por el juez, un hombre de unos sesenta años levantó la mano, se puso en pie y abandonó la tribuna por la portezuela de vaivén que llevaba al estrado. Un alguacil lo acompañó hasta la silla de los testigos y apartó el micrófono. El juez se desplazó hasta el extremo de su tarima y se inclinó para poder hablar en voz baja con el candidato; dos abogados, uno por cada litigante, se situaron frente al estrado para interponerse entre el jurado y el público; y el relator de la sala completó la barrera. Cuando todos estuvieron en su sitio, el juez preguntó al candidato por su enfermedad.

El hombre dijo padecer una hernia discal, y aportó el certificado médico correspondiente. El juez lo declaró exento y permitió que abandonara la sala, cosa que hizo a toda prisa.

A mediodía, cuando Harkin ordenó un receso para almorzar, trece candidatos habían obtenido la exención por motivos de salud. El resto de los presentes había sido presa del tedio, y todo hacía pensar que volverían a aburrirse a partir de la una y media.

Nicholas Easter salió del juzgado solo y se dirigió a pie a un Burger King que estaba a seis manzanas de distancia. Pidió un Whopper y una Coca-Cola, y escogió una mesa al lado de la ventana. Contempló a los niños que se columpiaban en el parque, hojeó un ejemplar del USA Today y comió sin prisas. Al fin y al cabo, disponía de una hora y media.

La rubia de los vaqueros ajustados que había hablado con Nicholas en la tienda entró en el local luciendo un pantalón corto y ancho, una camiseta holgada y unas zapatillas Nike recién estrenadas, y con una bolsa de deporte al hombro. El segundo encuentro con Easter se produjo cuando la chica pasó con su bandeja junto a la mesa del joven y se paró al reconocerlo.

—¿Nicholas? —preguntó fingiendo cierta vacilación.

Easter la miró. Estaba seguro de haberla visto antes, pero no recordaba su nombre.

—Ya veo que no te acuerdas de mí —dijo la chica sin perder la sonrisa—. Estuve en tu tienda hace un par de semanas. Buscaba una...

—Sí, ya me acuerdo —la interrumpió Easter tras echar una breve mirada a sus bonitas piernas bronceadas—. Te llevaste una radio digital.

—Exacto. Me llamo Amanda. Y si no recuerdo mal, te dejé mi número de teléfono. Debes de haberlo perdido...

—¿Quieres sentarte?

—Gracias. —La chica se sentó rápidamente y cogió una patata frita.

—Aún tengo el número —dijo Easter—. De hecho...

—Tranquilo, seguro que has llamado varias veces. Tengo el contestador estropeado.

—No, no te he llamado. Pero estaba considerando esa posibilidad.

—Ya —respondió la chica casi riendo. Tenía una dentadura perfecta, y parecía empeñada en que él se diera cuenta. Llevaba el pelo recogido en una coleta. Era demasiado guapa y demasiado peripuesta para ser aficionada al jogging, y no tenía ni una sola gota de sudor en la cara.

—¿Qué te trae por aquí? —preguntó el joven.

—Tengo clase de aerobic.

—¿Y te pones a comer patatas fritas justo antes de la clase?

—¿Y por qué no?

—Pues no lo sé, pero no parece muy lógico.

—Necesito hidratos de carbono.

—Claro. ¿También fumas antes de ir a clase?

—A veces. ¿Por eso no me has llamado? ¿Porque fumo?

—No, no es eso.

—Anda, Nicholas, di la verdad. —La chica seguía sonriendo y tratando de aparentar timidez.

—Bueno, confieso que me pasó por la cabeza.

—Números cantan. ¿Con cuántas fumadoras has salido?

—Con ninguna, que yo recuerde.

—¿Y eso?

—No sé, a lo mejor es que no me gusta tragar humo de segunda mano. Bueno, la verdad es que me trae sin cuidado.

—¿Has fumado alguna vez? —La rubia cogió otra patata y lo miró a los ojos.

—Sí, claro. Todos los niños lo hacen. A los diez años le robé un paquete de Camel a un fontanero que vino a casa. Me lo fumé todo en dos días. Me sentó como un tiro y pensé que me estaba muriendo de cáncer. —Nicholas tomó un bocado de hamburguesa.

—¿Nada más?

Nicholas estaba masticando la comida.

—Creo que no —dijo después de reflexionar unos segundos—. No me acuerdo de ningún otro cigarrillo. ¿Y tú? ¿Cómo empezaste a fumar?

—Fue una tontería. Estoy intentando dejarlo.

—Mejor para ti. Eres demasiado joven.

—Gracias... No me lo digas. Cuando lo deje, me llamarás. ¿A que sí?

—Igual te llamo de todas maneras.

—Ese cuento me suena—replicó la rubia, toda dientes y descaro, antes de coger una pajita y tomar un buen sorbo de su refresco—. Por cierto, ¿puede saberse qué estás haciendo aquí?

—Comiéndome un Whopper. ¿Y tú?

—Ya te lo he dicho. Voy de camino al gimnasio.

—Es verdad. Yo pasaba por aquí. He venido al centro a hacer un recado, me ha entrado hambre y...

—¿Por qué trabajas para Computer Hut?

—¿Quieres decir que por qué malgasto mi vida trabajando por cuatro perras en un vulgar centro comercial?

—Más o menos.

—También estudio.

—¿Dónde?

—En ninguna parte. Tengo que pedir el traslado.

—¿De dónde?

—De North Texas State.

—¿Y dónde quieres matricularte ahora?

—Seguramente en Southern Mississippi.

—¿Qué estudias?

—Informática. Oye, haces muchas preguntas...

—Pero todas son fáciles, ¿no?

—Puede. ¿Y tú? ¿Dónde trabajas?

—En ninguna parte. Acabo de divorciarme de un hombre rico. No hemos tenido hijos. Tengo veintiocho años, estoy soltera y no me gustaría dejar de estarlo, pero tampoco me importaría echar una cana al aire de vez en cuando. ¿Por qué no me llamas?

—¿Cómo de rico?

La pregunta de Nicholas hizo reír a la chica.

—Tengo que irme —dijo tras consultar el reloj—. La clase empieza dentro de diez minutos. —Y de pie, mientras cogía la bolsa y olvidaba la bandeja—: Ya nos veremos.

Easter la vio alejarse a bordo de un pequeño BMW.

El juez eximió al resto de los enfermos tan deprisa como pudo, de modo que a las tres de la tarde ya solo quedaban en la sala ciento cincuenta y nueve candidatos. De regreso en el estrado tras un receso de quince minutos, Harkin comunicó a los presentes el inicio de otra fase del proceso de selección. Mediante un grave sermón sobre el ejercicio de la responsabilidad cívica, el juez trató de disuadir a los candidatos de alegar otros impedimentos que los estrictamente físicos. El primer intento en ese sentido llegó de parte de un ejecutivo atribulado que subió al estrado y confesó en voz baja al juez, a los dos letrados y al relator que trabajaba ochenta horas a la semana para una gran empresa que sufría grandes pérdidas. Si algo le impedía acudir a la oficina, se produciría un verdadero desastre. El juez le dijo que volviera a su sitio y que ya se vería.

El segundo intento fue protagonizado por una mujer de mediana edad que regentaba una guardería pirata en su domicilio.

—Me gano la vida cuidando niños, señoría —susurró con lágrimas en los ojos—. No sé hacer otra cosa. Gano doscientos dólares a la semana y casi no llego a fin de mes. Si tengo que venir aquí todos los días, tendré que contratar a alguien para que cuide a los niños, y a los padres no les va a gustar encontrarse con una desconocida. Además, no sé con qué dinero iba a contratarla. ¡Me quedaría sin un céntimo!

Los candidatos restantes siguieron con gran interés los movimientos de la mujer, que avanzó por el pasillo, pasó de largo su fila y, finalmente, salió de la sala. Debía de haber contado una buena historia. El ejecutivo atribulado echaba chispas.

A las cinco y media el tribunal había eximido a un total de quince personas. Dieciséis más habían sido enviadas de vuelta a su asiento al no resultar sus excusas suficientemente lastimeras. Por orden del juez, Gloria Lane repartió entre los candidatos otro cuestionario, más largo que el anterior. Debían entregarlo cumplimentado a las nueve de la mañana del día siguiente. Acto seguido, Harkin levantó la sesión, no sin antes recordar a los presentes la prohibición de hablar del caso fuera de aquella sala.

Rankin Fitch ya se había marchado cuando el juez ordenó el último receso el lunes por la tarde. Estaba en su despacho, pocas travesías más abajo. El nombre de Nicholas Easter no figuraba en los archivos de la Universidad de North Texas State. La rubia había grabado la breve charla de la hamburguesería, y Fitch acababa de escuchar la cinta correspondiente por segunda vez. Aquel encuentro casual había sido idea suya. Era una maniobra arriesgada, pero había dado buen resultado. En aquel momento la chica estaba a bordo de un avión de vuelta a Washington. Su contestador de Biloxi estaba conectado, y lo seguiría estando hasta que hubiera concluido la selección del jurado. Si Easter se decidía a llamarla, cosa que Fitch dudaba, le sería imposible hablar con ella.